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El PSOE roto. Populismo versus socialismo

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Tras el debate de ayer, algunos comentaristas de prensa escrita y hablada han llegado a la conclusión de que el PSOE está dividido. Me hago cruces. Hay que ser lento, por Dios. El PSOE empezó a dar síntomas de división allá por diciembre de 2015, si no un poco antes, y esta humilde analista así lo entendió y escribió por aquellas fechas, y lo siguió escribiendo durante meses, y no lo ha dejado de escribir hasta hoy. La grieta empezaron a abrirla a golpe de martillo los ínclitos barones que se dedicaron a hacer una campaña paralela a la de Pedro Sánchez, su Secretario General, sugiriendo que Pedro Sánchez no era el candidato adecuado para que el PSOE disputara la presidencia del gobierno a Mariano Rajoy.

Sorprendía entonces a cualquier observador imparcial que los más aparatosos miembros del aparato del partido atacaran a su propio candidato. Cada vez que Fernández Vara, por ejemplo, se veía frente a una alcachofa, las dudas que vertía sobre la idoneidad de Pedro Sánchez conseguían más votos para el Partido Popular que los discursos para tontos de Mariano Rajoy. Pedro Sánchez se desayunaba cada día, en plena campaña electoral, con las líneas rojas y los consejos no solicitados que los aristócratas del PSOE le enviaban a través de los medios; aristócratas que se consideraban superiores al Secretario General y a los militantes que le habían elegido, y capacitados, por lo tanto, para enmendarle la plana a todo dios.  La guinda la puso más tarde, en las segundas elecciones, el mítico Felipe González, padre del PSOE, padre de todos los socialistas de este país. El padre todopoderoso empezó a sugerir en entrevistas y artículos que Pedro Sánchez no sabía por dónde iba ni adónde ir, y que por eso su divina majestad se veía obligado a descender al mundo de los mortales para indicar a Sánchez el camino correcto. Pero Sánchez tenía el corazón más duro que el del Faraón. Seguía a la suya. Felipe González decidió entonces obligarle por las malas a volver al camino de la fe verdadera, y si eso no era posible, conseguir al menos que el heresiarca no hiciera prosélitos. Felipe González firmó un artículo demoledor contra Pedro Sánchez y reveló a los medios que Pedro Sánchez le había engañado en una conversación privada.

Sorprendente, sin duda. Pero la mayor sorpresa se produjo la noche electoral y en los días siguientes cuando los aristócratas empezaron a subrayar con mina de plomo, en todos los medios, que el candidato de su partido había sacado los peores resultados de toda la historia del PSOE. No sorprendía tanto el hecho de que la élite del partido se echara basura encima. Lo más sorprendente de todo el asunto era el grado extremo de cinismo que esos notables eran capaces de exhibir. Después de su brutal contra campaña para que a nadie le cupiera duda de que el PSOE tenía un problema interno tan serio que difícilmente podría ocuparse de los problemas del país, ¿cómo se atrevían a  decir a la gente que Pedro Sánchez tenía la culpa de que el PSOE hubiera sacado los peores resultados de su historia? Sólo si tenían la certeza de que la gente es tan estúpida y desmemoriada como la calificó en sus diarios Joseph Goebbels, Ministro de Propaganda del Partido Nacional Socialista; en corto, Nazi.

Muy convencidos tenían que estar de que aquel genio de la propaganda tenía razón, porque desde los resultados de las elecciones de 2015, felizmente corroborados por las de junio de 2016, hasta el debate de ayer, los autoproclamados titanes del PSOE no han dejado de repetir ni un momento, como carracas de Viernes Santo, que Pedro Sánchez perdió las elecciones obteniendo el peor resultado de la historia del PSOE.

Y con la carraca fue Susana Díaz, portavoz de la élite, al debate de ayer en Ferraz. Como si el mismo espíritu de Goebbles la conminara a a repetir, “Repite, repite, repite, que así le entra a los tontos y no se van a preguntar nada más”, Susana Díaz repitió y repitió y repitió que Sánchez había sacado solo 85 diputados, el peor resultado en toda la historia del PSOE.

También Pedro Sánchez repitió como defensa que una vez desalojado de la Secretaría General, el PSOE utilizó esos diputados para abstenerse y permitir el gobierno del partido más corrupto que ha tenido España y, por supuesto, el resto del primer mundo.

A lo que Susana Díaz respondía diciendo que no se podía hacer otra cosa con los 85 diputados que había sacado Sánchez, el peor resultado de la historia del PSOE.

Todo lo que se dijo ayer en el debate se resumió en los medios con esas dos ideas fuerza. “Tú perdiste, cariño”; “La abstención no se puede justificar”. Y en  medio de los dos contendientes, Patxi López exhibiendo racionalidad y clamando por la paz. López, por lo visto,  no se ha enterado de que el PSOE hace tiempo que lo dividieron, probablemente por la mitad, y que hace falta mucho más que las buenas intenciones de un chico bueno para pegar los dos trozos.

Hoy Susana llevará su carraca a otra parte. Crecida por los elogios de los suyos, volverá a gemir y a gritar repitiendo lo que sus seguidores quieren oír: “100% PSOE; amo al PSOE; me dejaré la piel por el PSOE; yo gané, el otro perdió; yo siempre gano”. “Muy bien, Susana” dice el espíritu de Goebbles. “Al pueblo hay que darle lo que quiere oír y nada más. El pueblo es ignorante. No obligues a los tontos a pensar y te lo agradecerán”

Los titanes que derrocaron al Secretario General –por cierto, la palabra derrocar la utilizó Javier Fernández, presidente de la omnipotente Gestora- tienen las ideas muy claras; unos motivos racionalmente explicables. Alguien les convenció de que la única salida airosa que hoy tiene la socialdemocracia es unirse a la derecha, someterse al neoliberalismo triunfante, bien permitiendo sus gobiernos o bien entrando en coalición con ellos para tocar poder. Pero a la plebe no se le puede decir la verdad. A la plebe hay que decirle lo que la plebe quiere escuchar, es decir, que en vez de argumentos racionales, lo que hoy tiene la mayor posibilidad de convencer es el discurso populista; véanse los millones de votantes de Marine Le Pen y de Pablo Iglesias. No importa si ese discurso va de izquierdas o de derechas, de nacionalismo a lo grande o a lo más local. Lo que importa es que agite las glándulas, que emocione. Y para conseguirlo hace falta que el discurso sea lo más rastrero posible y que quien lo pronuncia tenga ciertas cualidades histriónicas.

El PSOE está dividido y quien lo niegue o es tonto o miente. La división es irreparable por más Patxis o terceras figuras que se ofrezcan a echar cemento. El PSOE está dividido entre dos extremos irreconciliables. En una esquina los que defienden un concepto de partido estructurado para administrar el poder, desde el gobierno o desde la oposición, con el fin de mantener a la familia del partido unida y en paz. En otra esquina, quienes se empeñan en luchar por una ideología, por unos valores, por una regeneración moral del partido con el fin de regenerar un país destrozado por la corrupción y la pérdida de derechos y libertades.

Dicen los titanes que esa segunda opción es anticuada. Tal vez tengan razón. Tal vez el primer mundo ya ha asimilado la doctrina del sálvese quien pueda como pueda y ya no interese nada más. Pero aún quedan muchos que no aceptan que la vida necesite el paliativo de la resignación hasta que llegue el último momento. ¿Muchos? ¿Cuántos? El PSOE lo sabrá el 22 de mayo. ¿Cuántos leerán hasta entonces las 54 páginas del programa de Pedro Sánchez? ¿Cuántos se conformarán con vibrar según las vibraciones de la voz de Susana Díaz? El 22 se verá. ¿Y si gana Pedro Sánchez y el PSOE se parte en dos? ¿Y si se parte en dos el PSOE porque gana Susana Díaz? Qué pesadez. El PSOE ya está partido en dos. Igual de claro está que tanto si ganan los populistas como si ganan los socialistas, uno de los dos bandos tendrá que abandonar el partido, a menos que los perdedores renuncien a sus convicciones para apuntarse al bando ganador.

 

 

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La hora de los pringados

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Y bien, no hay bruto tan bruto que no haya descubierto a estas alturas que en España, los pringados hemos estado trabajando, unos como profesionales y otros como peones, para mantener a políticos que han vivido a costa nuestra permitiéndose lujos que los sin-poder jamás nos podremos permitir.

Todos aceptábamos con más o menos resignación pagar los sueldos de los cargos altos, medianos y menores elegidos por nosotros para gestionar el país; todos aceptábamos subvencionar a los partidos para que pudieran mantener su cotarro y ofrecernos, cada cuatro años, modos de mejorar nuestra vida. Si queremos democracia, hay que mantener a políticos y partidos; no hay otra.

Pero he aquí que la acción de la Justicia nos revela de pronto que ni los políticos ni los partidos se han conformado con las subvenciones, sueldos y privilegios que les pagábamos por ley. Sin vergüenza, sin reparo, sin decencia, políticos y partidos nos han estado robando durante años el dinero que con gran esfuerzo entregábamos al fisco, confiando ingenuamente en que se nos devolvería en servicios  públicos.

Se ha tenido que montar en una universidad todo un equipo de investigación para hacer una auditoría que permita dar una suma fidedigna de todo el dinero que nos han robado en los despachos y despachitos de los politicastros de toda España.  Son miles de millones. Los miles de millones que recortaron a la educación, a la sanidad, a los sueldos de los funcionarios, a los pensionistas, a las mujeres cuya vida depende de la protección de los policías y los jueces, a los policías, a los jueces. Mientras los políticos se desplazan en coches oficiales y acuden tranquilamente a eventos públicos sabiéndose protegidos por sus guardaespaldas, las mujeres amenazadas de muerte por tipos infrahumanos salen a la calle con miedo a encontrarse en cualquier esquina con el puñal asesino. No hay dinero para protegerlas. Las mujeres a quienes tipos infrahumanos han amenazado con matar a sus hijos, tienen que entregar los hijos al asesino en potencia porque así lo ha decidido un juez; porque no ha habido dinero para dotar a la justicia con los medios necesarios para salir de su estancamiento decimonónico; porque los políticos no han querido regenerar a la Justicia para no poner en peligro su impunidad. En peligro están mujeres, niños, enfermos crónicos, familias sin empleo y sin subsidios, ancianos sin asistencia. Sus vidas no valen lo mismo que el bienestar de los psicópatas que utilizan la política para robar.

Nos han robado miles de millones mientras un cuarto de la población caía y sigue cayendo en las cunetas de la pobreza; mientras millones de niños se enfrentan a un futuro de pobreza a perpetuidad heredada de sus padres. Nos han robado miles de millones para comprarse casas, coches; para pagarse viajes, hoteles, comidas, putas.

Y hay brutos tan brutos en este país que, siendo de la clase de los pringados, han seguido votando al partido que más les ha robado. ¿Por qué? Porque es tal el desbarajuste que exhiben los otros partidos, que los pobres no saben a quién votar. ¿Qué el Partido Popular es malo? Pocos se atreven a negarlo. Pero es malo conocido, y ya lo dice el dicho. Más vale un presidente que no se inmuta aunque le rodeen volcanes a punto de erupción, que otro que pueda poner el país patas arriba tras haberlo lanzado de cabeza a un precipicio.

¿Quién vota por Unidos Podemos? Los que están tan hartos que ven un ventanuco a la liberación si se lían la manta a la cabeza. Este triste país ha estado siempre lleno de  gente tan apaleada por la vida que ya no le importa lanzarse a la aventura como último recurso. Alguno consigue derrotar a la adversidad, pero la mayoría se estrella  en el intento. El muro de la realidad no se aparta  para que no se la pegue el que camina sordo y ciego. De todos modos, a nadie se le puede negar bajo ningún concepto el derecho a pegársela. Lo malo es cuando millones deciden arriesgarse poniendo en peligro la estabilidad de todos los demás. No todos tienen espíritu aventurero y nadie tiene derecho a imponer a otro que renuncie a la reflexión. El histrionismo de Pablo Iglesias y los espectáculos que monta Unidos Podemos para hacerse notar, se agradecen. Dotan de cierto morbo a una vida política que resulta insoportablemente tediosa. Pero lo mejor es que pueden disfrutarse  sin miedo a que Pablo Iglesias y los suyos puedan llegar al gobierno, dejándonos a todos medio vivos como los que luchan a lo bestia por sobrevivir en otros países destrozados por el mismo tipo de aventuras. Afortunadamente, los que se lían la manta a la cabeza siguen siendo minoría  en este país.

¿Quién vota por Ciudadanos? Aquellos a quienes les da apuro votar al Partido Popular. Total, parece que son del mismo credo, pero Ciudadanos no huele tan mal como el PP.

¿Y quién vota al PSOE? Cada vez menos. Los gobiernos de Felipe González terminaron tan sucios o más que los del PP que hoy nos escandalizan. Hubo en ellos políticos que robaron para aumentar su propio peculio y otros que robaron para el partido porque ya se sabe que el poder de un partido es directamente proporcional al dinero que se pueda gastar.  Perdió González ante Aznar y dijo al partido y a los ciudadanos, “Ahí os quedáis”. Tenía toda una vida profesional por delante. Zapatero ganó las elecciones a Aznar porque  un golpe brutal de la mala suerte reveló a los ciudadanos hasta qué punto el gobierno era capaz de mentir. Todo empezó tan bien que parecía demasiado bueno para ser verdad. Y el dicho se cumplió en todo su apabullante pesimismo. Zapatero terminó su última legislatura haciendo méritos para que le nombraran candidato a las siguientes elecciones por el Partido Popular. Leyes como la de dependencia, memoria histórica, igualdad, violencia de género y otras se quedaron en engañifas por falta de fondos. Los fondos ya se los estaban llevando a casa muchos del PP y algunos del PSOE. ¿Zapatero no sabía nada? En este país nadie sabe nada que no le convenga saber.

Entonces, ¿no habrá quién nos libre de la pesadilla del PP? ¿Seguiremos tras quienes nos esquilman económica y moralmente como ovejas a las que llevan al matadero? ¿Es que a los pringados de este país ya no les queda ni la esperanza de convertirse en ciudadanos de una democracia, con derecho a exigir respeto a los políticos  cuyo salario pagan con su trabajo?

El 21 de mayo los militantes del PSOE elegirán a su Secretario General. El partido está hoy dividido en dos bandos: quienes se negaron a permitir el gobierno del PP y quienes violentaron todo lo imaginable para conseguir que los diputados del PSOE se abstuvieran para permitir el gobierno del PP. En el fondo no hay más. En la forma, lo que hay es esperpéntico.

Los compromisos de Felipe González con grandes empresarios, financieros y empresas multinacionales le obligaron a utilizar toda su influencia en el partido para librarse de Pedro Sánchez. Sánchez no solo se negaba a una gran coalición con el PP que las altas instancias económicas y políticas de Europa contemplaban como el escenario que tan bien les había servido en Alemania; Sánchez se negaba a pactar con Rajoy; Sánchez se negaba a permitir con la abstención del PSOE que España volviera a caer bajo la férula de un partido inhumano e indecente.  Lo que vino después sobra. Lo sabemos todos. Importa lo que ahora está ocurriendo.

González y las élites del partido ponen a Susana Díaz a dar la cara para evitar que  Pedro Sánchez recupere la Secretaria General devolviendo el partido a sus orígenes socialdemócratas. No hace falta programa, creen. No hace falta que Susana Díaz haga grandes esfuerzos por memorizar un argumentario bien trabado que convenza a los militantes de su idoneidad como líder del partido y luego candidata a la presidencia del gobierno. Los pringados saben que tras ella están los notables del partido. Basta hacerles creer que votar por ella será como votar por el mítico Felipe; será volver a votar con el triunfo asegurado; será votar con el entusiasmo de aquellos pringados que celebraban los triunfos de sus candidatos socialistas, también conocidos en aquella época como la beautiful people.  Susana Díaz, bien maquillada porque ya se sabe que España es machista, repite lo que le han dicho que repita; que va a ganar. Habla de amor, de entrega, de unión fraternal empezando las frases con un pianísimo sugerente que poco a poco va creciendo hasta llegar a un clímax de gritos aplaudidos por el respetable. Eso, repetido en todas partes porque a martillazos se hunde el clavo, y promocionado en los medios más importantes, todos ellos grandes empresas interesadas también en conservar el statu quo, hará que Susana gane de calle. Luego será cosa de convencer a los pringados de todo el país para que la voten en unas elecciones generales. En esas no ganará, pero podrá quedar en segundo lugar, lo que haría posible en España el esplendoroso milagro de la gran coalición con el PP por el que suspira toda la derecha europea.

El día 21 llegará la hora de los pringados; la hora en que los pringados militantes del PSOE dirán en las primarias si ya han sucumbido a la resignación, como los pringados que siguen votando al PP, o si, por el contrario, están dispuestos a votar por un programa dictado por la esperanza de devolver a este país un gobierno que gestione los recursos para el bienestar de los ciudadanos. El día 21 serán los pringados los que decidan si están dispuestos a dejarse engañar por enésima vez o si dan el voto a uno que sacrificó su carrera política por no faltar a su palabra dada a militantes y votantes.

Dicen que el ejemplo de los políticos se contagia a toda la sociedad. El día 21, los pringados militantes del PSOE podrán demostrar si se han contagiado por la miasma que desprenden los políticos corruptos   y los que ejercen la política velando exclusivamente por los intereses de sus partidos sin cumplir con quienes les pagan, o si se han dejado contagiar por la esperanza de regenerar la vida política y social de este país avalando las propuestas socialdemócratas de Pedro Sánchez.

El día 21 los políticos tendrán que callar. Será la hora de los pringados.

 

 

Remedio contra el mareo

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Lo de los avales a los candidatos del PSOE ha sido casi tan fuerte como si se tratara de votos en primarias. Con los 57.000 avales que presentó Pedro Sánchez, no solo se quedaron con la boca abierta Susana Díaz y los suyos. Los principales comentaristas radiofónicos  y telefónicos  del país se quedaron también con la boca abierta y la lengua balbuceante.

En la mañana siguiente a la entrega de avales, mientras aún continuaba su verificación, se produjo un fenómeno digno de estudio psicológico. En cuanto un tertuliano empezaba a salpicar sus frases de pausas para darse tiempo a pensar, tales como “ehhhhh” “ahhhhhhhhhh”, se podía predecir  que iba a defender la postura de Susana Díaz y los suyos, y resultaba evidente que le estaba costando ímprobos esfuerzos marear al público para que no se diera cuenta de que el asunto es indefendible.

Con los artículos de la prensa pasó otro tanto. Para unos, Susana Díaz arrasó, y para convencer de los motivos por los cuales arrasó, el opinante recurre al mareo de lectores vagando por las ramas del bosque de Trillemarka para no caer en la ciénaga de la realidad.

Total, que se trata de marear como sea, de acelerar el carrusel a tope para que a los cerebros de oyentes y lectores, a los que se supone ignorantes e  infantiles, se les desconecten las neuronas y  sean incapaces de estimular el entendimiento que posee todo  adulto en uso de sus facultades mentales por ignorante que sea.

¿Cómo frenar el carrusel? No hace falta frenarlo. Lo mejor es dejar que se mareen los que al aparato se suben para manipular, y enterrar los pies en la tierra para que nada ni nadie nos arrastre al artefacto.

¿Y cómo enterrar los pies en la tierra? Muy fácil. Cuando la voluntad decide aferrarse a la realidad, no hay magia oscura que pueda arrebatar al entendimiento. Se trata de una simple elección; dejarse marear por palabrería huera o hacer oídos sordos a todo lo que no sean argumentos racionales fundados en datos objetivos.

Cuando un articulista o un tertuliano dice que un asunto es muy complejo y que no se debe simplificar, lo probablemente más probable es que empiece a buscar vericuetos para huir de la simplicidad contundente de un hecho al que, por diversas razones, no quiere llegar. Al articulista y al tertuliano le pagan por dar una opinión, y esa opinión está sujeta a motivos e intereses diversos. Un hecho no le permite proteger sus intereses, ni siquiera dejarse llevar por sus preferencias subjetivas. Así que si el hecho no se ajusta a su conveniencia, el opinante se pondrá a saltar de cerro en cerro para evitar mencionarlo.

Lo que explica que la mayoría de la prensa escrita y hablada de este país se devane los sesos para titular con medias verdades que ocultan la verdad. Cuentan con que estamos en la era de la prisa por no perder el hilo de un grupo de whatsapp, los últimos incidentes en un reality, el giro de una serie. Cuentan con que la mayoría no lee la prensa y con que la mayoría de los que la leen, no leen más allá de los titulares.  Cuentan con que un “Susana Díaz arrasa”, por ejemplo, convencerá a los militantes que no les gusta perder, más que el más emotivo de los discursos que Susana Díaz pronuncie.

Con esto en mente y la firme voluntad de no tragarnos nada que nos vendan envuelto en opiniones, por experto y prestigioso que sea el opinante, contaremos con un remedio infalible contra el mareo.

Contra cualquier intento de marear, hay que responder con hechos.

Y la integridad política de Pedro Sánchez se defiende con unos hechos irrefutables.

Pedro Sánchez se comprometió en campaña a que el PSOE que lideraba no permitiría de ninguna manera el gobierno del PP. Cumplió.

El Comité Federal del 1 de octubre decidió por mayoría que el PSOE se abstuviera para que pudiese gobernar el PP. Pedro Sánchez dimitió.

La Gestora impuso la abstención a todos los diputados del PSOE para que pudiera gobernar el PP. Pedro Sánchez entregó su acta de diputado para no sumarse a la abstención.

La abstención dividió al PSOE entre quienes estaban de acuerdo con la decisión del Comité Federal y la Gestora, y los socialistas que no aceptaban bajo ningún concepto que el PSOE permitiera el gobierno del PP.

Contra estos hechos, solo valen opiniones, predicciones de futuribles, irracionalidades varias. Quienes no tienen suficiente fluidez mental o verbal, defienden su postura contraria a Sánchez recurriendo a la falacia o a la mentira  Para evitar subirse a ese carrusel y perder el tiempo dando vueltas con ellos, hay que repetir ad nauseam lo que absolutamente nadie puede negar: los hechos.

He aquí la clave del triunfo de Pedro Sánchez en la recogida de avales y del triunfo que con toda probabilidad obtendrá en las primarias. Pedro Sánchez no ha tenido que convencer a persona alguna con discursos populistas o con argumentos subjetivos. Pedro Sánchez no tiene que producir argumentos de ninguna índole para convencer a persona alguna de que cumple su palabra aunque le cueste su cargo.  Los hechos mondos y lirondos avalan su palabra con toda la contundencia de la realidad.

Quienes intentan marear con opiniones, se aferran al recurso de decir que todo es opinable y que todos tenemos derecho a dar nuestra opinión. Falso. Los hechos no son opinables. Que un hecho invalida cualquier opinión y que una opinión nunca puede cambiar un hecho es un axioma que a nadie en su sano juicio se le ocurre negar.

Por eso, ante los hechos que supusieron el final de Pedro Sánchez como Secretario General del PSOE, sus detractores huyen despavoridos. Quienes intentan defender la abstención, acaban poniéndose perdidos con la porquería que cubre al Partido Popular y teniendo que engañar sobre la influencia del PSOE en el Congreso para que no se les culpe de los desmanes neoliberales del gobierno. Por eso ya ni la defienden. Por eso, los partidarios de Pedro Sánchez no tienen que defenderle de otra cosa que no sea su firme determinación de no entregar el gobierno a un partido corrupto que ha hundido a millones en la pobreza.

Por eso, no hace falta otro remedio contra el mareo que no sea la verdad. Lo demás, a hacer puñetas.

 

 

 

 

 

¡Regocijaos, hermanos! ¡Somos pobres, pero trabajamos!

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Hoy todos los medios de comunicación lanzan al aire entre fanfarrias la bajada histórica del paro en abril. Las cifras están en todas partes para quien se quiera entretener consultándolas. En abril trabajaron miles que no estaban trabajando en marzo. En abril cotizaron en la Seguridad Social miles que en marzo no pudieron cotizar. Vamos en la buena dirección, decía el PP, y tenía razón. La reforma laboral hoy demuestra su bondad. Ha sido un éxito.

Cuenta el evangelio de Lucas una parábola que la mayoría conoce muy bien. Empieza así:

“Había un hombre rico, que se vestía de púrpura y de lino fino y hacía cada día banquete con esplendidez. Había también un mendigo llamado Lázaro, que estaba echado a la puerta de aquel, lleno de llagas… y ansiaba saciarse de las migajas que caían de la mesa del rico”.

Y sigue diciendo que el pobre, Lázaro, por más señas, murió y fue al cielo. Y el rico, por más señas, Epulón, murió y fue al infierno.

Esta parábola sirvió a la Iglesia durante siglos para contener a los miserables. Si sufrían su penuria perpetua con paciencia y resignación, les esperaba la Gloria después de muertos.

Las parábolas son eternas porque nacieron de la sabiduría divina. Hoy nos recuerda ésta que todavía hay quien se harta en mesas llenas de manjares y quien vive pendiente de las sobras para sobrevivir.

Pues bien, hermanos, regocijaos. En abril cayeron más sobras que nunca de las mesas de los ricos. Esas mesas que existen porque los pobres las llenan trabajando por una miseria y volviendo a las calles a mendigar trabajo cuando a los ricos no les conviene seguir pagando sueldos hasta la próxima estación.

Claro que la reforma laboral ha sido un éxito. Preguntad a los empresarios. Y ha sido un éxito también para los trabajadores. Preguntad al pobre que no duerme porque no sabe cómo va a pagar el alquiler de su casa, pero que siente cierto alivio por la mañana porque al menos el sueldo le ha alcanzado para dar desayuno a sus hijos. ¿Y cuando ese miserable trabajo se le acabe? El pobre no puede hacer presupuestos ni previsiones. Si la cosa va algo bien, amanecerá trabajando. Si va mal, amanecerá mendigando y acabará por la noche, en la cama, animándose con la esperanza de que mañana será otro día.

El pobre Lázaro de nuestras entrañas ya ni siquiera espera la Gloria. No sufre su penuria con resignación; la sufre con rabia y rebeldía, rebeldía que suelta con palabrotas amenazando a los culpables de su desventura con venganzas imposibles.

Cuando llega el día de las elecciones, el pobre Lázaro vuelve a votar al PP porque, sean lo que sean sus políticos, al menos le garantizan que de su mesa caerán sobras para mantenerle, a él y a su familia, con vida.

A la trituradora

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El 1 de octubre de 2016 unos señores del PSOE se cargaron al PSOE. Omito los nombres para ahorrar espacio porque los conocemos todos. No hay encuesta de intención de voto que hoy no sitúe al que fue partido gobernante o primer partido de la oposición durante treinta y cinco años en tercer o cuarto lugar. La portavoz de los demoledores,  Susana Díaz, hoy recorre España prometiendo reconstruir el partido y llevarle al triunfo electoral.  Su discurso conmueve. Es como el de una niña que hubiera escacharrado un jarrón de valor incalculable y fuera gimiendo por toda la casa, con un tubo de pegamento en la mano: “No me castiguéis. Yo lo voy a arreglar”. Pero los adultos saben que el jarrón tardaría años en arreglarse aunque de ello se ocupara un equipo de los mejores restauradores.

La realidad es que a ningún político con poder de este país le interesa restaurar al PSOE, y menos que a ninguno, a quienes destrozaron el partido a golpes dejándole casi noqueado aquel 1 de octubre y rematándole unos días después en el discurso de investidura de Mariano Rajoy. Cada uno de los diputados que ese día se levantaron del escaño para decir “abstención” sabía que la palabra significaba una sentencia de muerte. ¿Por qué lo hicieron? Unos porque creían en la palabra de la que les había prometido “Esto lo arreglo yo”, y no era cosa de arriesgar cargo y sueldo contrariando a quienes tenían el poder de garantizarles ambos. Otros, porque estaban convencidos de que era necesario destruir al PSOE porque, como Cartago, la socialdemocracia en España constituía una amenaza permanente contra el Imperio, el imperio de los poderes fácticos de la España eterna. ¿Pero es posible que fueran los mismos próceres del PSOE los que decidieran destruir el partido? ¿Por qué?

A Felipe González le permitieron llegar al poder porque se comprometió a no tocar a los intocables. Y no los tocó. Para que pudiera encandilar a la plebe con un triunfo, le permitieron cobrarse la cabeza de Ruíz Mateos, un advenedizo a quien los patricios no podían ver. Y le dejaron ofrecer escuela pública, mientras  no incordiara a las concertadas. Y no las incordió. Y abrigar en su seno a intelectuales ateos y agnósticos mientras no tocara los acuerdos con la Santa Sede. Y tampoco los tocó. Cuando Felipe González salió de La Moncloa, le llevaron en coche con chófer a un nuevo destino que le garantizaba ingresos a pedir de boca  y la intocabilidad perpetua  siempre y cuando no los utilizara contra los intocables de siempre. Hasta el día de hoy, Felipe González, bien entrenado por sus años de brega,  ha cumplido sus compromisos con los neoliberales sin faltar.

Cuando un golpe aciago de la suerte llevó al poder a José Luis Rodríguez Zapatero, creyeron él y los suyos que los votos daban manos libres para hacer lo que quisieran. Los intocables no tardaron en llamarle a capítulo. Vale lo  de los homosexuales; son pocos y gastan mucho. Vale lo de la memoria histórica, que suena muy bien, pero ni un céntimo del estado para desenterrar huesos y nada de sacar papeles viejos que pudieran comprometer la memoria de los cuarenta años gloriosos que transformaron a España en modelo de virtudes. Zapatero no quiso o no se atrevió a mancillar ese recuerdo. Para hacerse perdonar veleidades socialistas, le subió a la Iglesia lo que cobraba del estado, de nosotros. Pero faltaba algo más, una demostración de que también estaba dispuesto a respetar los intereses de los intocables financieros. Para apaciguarles, Zapatero tuvo que promulgar una reforma laboral pro empresarios. Cuando Zapatero salió de La Moncloa, ni Franco le hubiera visto el rojo por ninguna parte.

Todo iba bien en un PSOE que aún tenía votos suficientes para  repartir cargos a los más importantes manteniendo el orden en la pajarera. Y todo podía haber seguido bien. Los vientos fétidos que empezaban a salir del Partido Popular estaban alejando a millones de votantes. La reforma laboral de Mariano Rajoy, más salvaje que la de Zapatero, y otras medidas sensatas de su gobierno, estaban dejando a media España en la pobreza. Sólo era cuestión de esperar a que Mariano Rajoy y los suyos se ahogaran en su propia cloaca o a que la mayoría no pudiera soportar la peste y la miseria por más tiempo. Entonces saldría a escena el PSOE con un candidato joven y guapo  que lanzaría promesas como rosas y, a lo mejor, devolvía al partido montones de actas de diputado para que muchos más estuvieran contentos y el partido pudiese disfrutar otros cuatro años de paz.

Pero resultó que el candidato joven y guapo cerró la puerta de su despacho a intocables del partido y se puso a programar y predicar reformas que pusieron nerviosos a los intocables de afuera. Dicen que no recibía ni le hacía caso a nadie. Lo que solo podía querer decir que estaba dispuesto a hacer de su capa un sayo. Esa capa y ese sayo eran tan rojos que no hubiera podido salir con ellos ni a la esquina de su casa en tiempos de Franco. Pedro Sánchez no atendía a razones porque ni siquiera daba pie a que se le explicaran las razones para mantener  en España el sistema económico y social del franquismo.  Tenía entre ceja y ceja reconvertir al PSOE en un partido socialista y obrero, y ni siquiera por la guinda se le podía coger en falta porque también  lo quería español. Su contumacia asustó a la Iglesia y convenció a los magnates de los negocios de que no se podían correr riesgos permitiendo en España la supervivencia de una socialdemocracia díscola que, no solo haría daño a la derecha española, sino que podía servir de ejemplo y estímulo a la agonizante socialdemocracia europea.

No hace falta repetir cómo derrocaron a Pedro Sánchez los próceres de su partido. Lo sabe todo el mundo y ya cansa. No hace falta repetir como el PSOE de la Gestora se transforma en muleta del Partido Popular superando en utilidad a Ciudadanos. Todos lo hemos visto, oído y leído. Y todo lo visto, oído y leído por los espectadores pasivos basta y sobra para que, en el inconsciente colectivo del país, el PSOE de la Gestora se haya constituido en símbolo de indecencia por apoyar  a un partido indecente. Ya pueden soltar los culpables todas las explicaciones que sea capaz de pergeñar su entendimiento. Todos sabemos desde niños que lo más fácil de encontrar en esta vida son excusas para justificar cuanto nos parezca que necesita justificación.

Pero como España es la cuna del esperpento, lo que no bastan son los argumentos racionales para explicar las causas y consecuencias de los gatuperios políticos. El éxito de un guiso depende del aliño y en esta olla podrida, el aliño no podía faltar. Apareció Podemos.

A Pablo Iglesias y su grupo inicial les descubrieron los ojeadores de varios equipos: el chavista para contar con una cuña en la Unión Europea; el neoliberal español y de allende para ofrecerse como el orden frente al caos. Unos bisoños profesores de Políticas manifestándose en la calle como radicales, con un cabecilla que podría protagonizar una serie de televisión acaparando todas las audiencias, podían hundir en la derrota a cualquier equipo que pretendiera cuestionar la supremacía de la derecha con un proyecto de socialismo moderado. ¿Quién financió el ascenso de aquella tribu hasta constituirla en partido político? ¿Quién lanzó a Pablo Iglesias a la apoteosis? Puede que nunca se sepa objetivamente. Pero las respuestas carecen de importancia ante los resultados de una estrategia genial. Podemos, unidos después a todas las tribus que Iglesias pudo recoger de aquí y allá, se llevaron al monte de las bienaventuranzas a todos los rojos desencantados con el rosa pálido, viejo, del PSOE. ¿Es que Unidos Podemos es de izquierdas? Según. Pablo Iglesias dice que no, y no miente. El narcisismo le hace verse por encima de toda dirección accidental. Pero por lo estrafalario de su indumentaria, de sus discursos y de su comportamiento en lugares serios, las masas le ponen la etiqueta de revolucionario de izquierdas  a falta de otro arquetipo al que asociarlo.

El día en que el PSOE de la Gestora culminó el desmantelamiento del socialismo permitiendo el gobierno del PP con su sonora abstención, Unidos Podemos quedó ante los españoles como el único partido de izquierdas de este país. Pablo Iglesias se vio como el héroe destinado a recibir la dignidad de Dios y decidió hacer todos los méritos posibles para hacerse ver, produciendo escenas y discursos que le garantizaban cobertura radiofónica y televisiva en prime time. En el último episodio, aparece flanqueado por su corte. Une las cejas. Fija las pupilas en una cámara, en otra, en otra. Va a hacer un anuncio trascendental que conmoverá los cimientos del país. Luego de una estudiada pausa que enardece la expectación, anuncia que va a presentar una moción de censura.

Quien sabe algo de política se queda con cara de bueno, vale. A los del PSOE de la Gestora les roza una ligera preocupación. Una cosa es que los votantes les manden al tercer lugar y otra que la debacle les lance al limbo en el que habitan Rosa Díez y compañía. ¿Qué tienen para competir con la estrella de la política española? Promesas socializantes, no, desde luego. No les creerían ni en sus casas. Tienen a Susana Díaz, pero su voz de coreuta de tragedia griega, tan antigua, tan engolada, tan plañidera, aburre hasta a sus mentores.  Como no se pongan  los gerifaltes del partido a manipular cuentas, avales, papeletas y voluntades, el rojo de bronce puede aplastarlos a todos  como el cinturón del sastrecillo valiente. Es posible que en eso estén.

¿Y en qué estamos los ciudadanos, esos ciudadanos que les mantenemos a todos, empresarios y políticos,  sin chistar? Esperando sin chistar a que el rojo de bronce aparezca como deus ex machina apagando la trituradora de voluntades hacia la que nos están empujando los esbirros del poder.

 

 

 

 

Parte de guerra.

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Breve nota para informar dónde estamos y a dónde vamos

Ante la realidad, comprobable en todas sus presentaciones, de que Susana Díaz se está cayendo con todo el equipo, el aparato del partido se está movilizando para impedir, por todos los medios, que gane Pedro Sánchez.

La Gestora, sus mentores y seguidores, saben por las encuestas que, con Susana Díaz como Secretaria General, el PSOE se derrumbaría al disminuir drásticamente el número de militantes y de votantes.

La obstinación de los poderes oficiales y de los fácticos por eliminar a Pedro Sánchez de la contienda y poner a Susana Díaz en la Secretaría General, indica con toda claridad que hay una deliberada intención de relegar al PSOE, a la socialdemocracia, a un lugar testimonial, irrelevante, que no ponga en peligro la supremacía de la doctrina del neoliberalismo que el poder financiero intenta imponer en el mundo.

Lo que hoy parece ser un humilde movimiento de las bases del PSOE para defender a su Secretario General derrocado, es, en realidad, una batalla en defensa de la socialdemocracia. Esta batalla hará historia. No solo se dirime entre dos conceptos políticos distintos. Se lucha por dos regímenes antagónicos: la democracia, el gobierno del pueblo para el pueblo, y la dictadura del Dinero, el gobierno para los intereses financieros que antepone los beneficios económicos a las necesidades de los ciudadanos.

Matarnos el alma

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Matarnos el alma de miedo, de asco, de aburrimiento ha sido la estrategia de Mariano Rajoy Brey durante sus siete años de poder absoluto; siendo Mariano Rajoy Brey el estratega político más genial que ha dado este país. En uno de mis artículos, comparé su perspicacia con la de Napoleón, y el nuestro salía ganando.

Gracias a la torpeza con la que José Luis Rodríguez Zapatero gestionó la crisis y al seguidismo de Alfredo Pérez Rubalcaba, Mariano Rajoy tomó España el 20 de diciembre de 2011 con un formidable ejército de votos, y una vez instalado en la Moncloa, concibió una estrategia invencible para asegurarse de que ni dios le podría desalojar del poder.

Sabido es, desde tiempos inmemoriales, que el obstáculo más escabroso que encuentra un político en el desempeño de sus funciones de gobierno es la opinión pública, que dicen los periodistas; la vox populi, que dicen los antiguos; la voz de la plebe, para entendernos. Las críticas y exigencias de la masa ignorante, semi ignorante e ignorante con ínfulas de saber, compuesta esta última por leídos y titulados, son un coñazo. Cuando el político llega a un elevado nivel de mando, ya sabe lo que tiene que hacer, pero durante el tiempo que el mando le dura, se ve obligado a soportar el incordio de los que, sin entender un ápice de las interioridades de la política práctica, se creen con derecho a importunarle porque le han votado. Es por esta razón que no hay político con mando en plaza que no envidie, aún en lo más recóndito de su alma, gobernar con la tranquilidad inalterable de los dictadores.

Hay que ponerse en la piel de un político para comprender el engorro que supone saber su trabajo observado, controlado y criticado por los mindundis. Sólo así, con auténtica empatía, podremos comprender la nostalgia que sienten Mariano Rajoy y los suyos por el pasado franquista. Ay, qué tiempos aquellos en que, si alguien se movía, le sacaban de la foto a patadas o de un balazo, por lo que no había guapo que se moviera. Ay, qué tiempos aquellos en que la España nuestra era un remanso de paz.  Por eso, con la elevada intención de devolver la paz a los españoles, Mariano Rajoy se propuso, desde el primer momento en que la mayoría le sentó en el trono, recuperar la España una, grande y tranquila; librar a los españoles de la pesadilla de cuarenta años de democracia.

La tarea no resultó tan difícil como cabría pensar; no a un príncipe de los ingenios políticos como Rajoy. Se fijó dos objetivos: demoler las instituciones democráticas y neutralizar al principal partido de la oposición. El PSOE no suponía en aquellos momentos ningún peligro que no pudiera vencer la mayoría absoluta del PP, pero había que prepararse por si en algún momento dejaba de ser absoluta.

Rajoy y los suyos se aplicaron enseguida a la demolición de las instituciones con el esmero y la diligencia de hormigas.  Para evitar una enumeración de los actos que se llevaron a cabo con tal fin, actos que ya han pasado a la historia, dejo aquí el enlace al artículo en que los enumeré allá por el mes de junio de 2016. “Objetivo demolición”, se llamaba.

Pero la demolición, lenta y sin ruido, no se terminó hace un año. Llevamos unos días asistiendo al espectáculo del derrumbe de la Fiscalía. Resulta que el Fiscal Anticorrupción fue nombrado por su aprecio al PP, y resulta que el mismo propuso a los fiscales suspender uno de los registros practicados este miércoles en busca de pruebas para los casos de corrupción en el Canal de Isabel II, y resulta que impuso no acusar de organización criminal al principal imputado por el caso.  Si, mosqueados por la actuación de ciertos jueces, a los ciudadanos sólo les quedaba la confianza en el Ministerio Público, después de comprobar el contubernio entre el gobierno y los fiscales, ya no habrá cándido capaz de creer en la justicia, suponen.

En cuanto a la neutralización del PSOE, diríase que Mariano Rajoy y los suyos fueron favorecidos por un milagro de Dios. En la campaña electoral de 2015, ocurrió un fenómeno inaudito; inaudito en España y en cualquier parte del mundo. La élite del PSOE demostró públicamente su animadversión a su propio candidato. Cuando, a pesar de todo, el candidato saca, por dos veces, los votos suficientes para mantenerse como jefe de la oposición, la élite le obliga a dimitir. ¿Por qué? Porque Pedro Sánchez se negaba a imponer a los diputados del PSOE que se abstuvieran para permitir el gobierno del PP. Le sucede una Gestora que impone a los diputados la abstención para que Mariano Rajoy vuelva a ser presidente. El PSOE se divide y se desangra. Tan maltrecho le ha dejado la batalla interna que haría falta otro milagro para devolverle el prestigio y la posibilidad de que los ciudadanos vuelvan a considerarle una alternativa a la derecha. Hoy por hoy, la élite del PSOE ha conseguido evitar que el primer partido de la oposición amenace el poder de Mariano Rajoy y los suyos. ¿Milagro? Quien no crea en milagros puede entretenerse investigando antecedentes y consecuentes de los personajes involucrados, para elaborar su teoría de la conspiración.

Y bien, al día de hoy de 2017, las encuestas dicen que la mayoría de los ciudadanos ya está lo suficientemente ablandada a palos, abrumada por las noticias de corrupción, paralizada y enmudecida por el pánico a que le pueda caer algo peor. Las encuestas dicen que al gobierno del PP le esperan largos años de victoria. ¿Conseguirán en ese tiempo aprobar las leyes que faltan para que el país vuelva a ser el baluarte de la defensa de los valores que adornaban a la España de Franco? Visto lo visto, ¿por qué no?

Se oye la voz lejana de Pedro Sánchez ensalzando la libertad, la igualdad, la solidaridad; los valores del socialismo. ¿Cuántos oídos quedan abiertos a esa voz? Dicen que son miles los que la escuchan, aunque los medios de comunicación apenas se hacen eco y con sordina. Dicen que son millones los que repiten que, a pesar de todos los esfuerzos por matarnos el alma de miedo, de asco, de aburrimiento, nuestras almas aún no están muertas. Dicen que mientras hay vida, hay esperanza.

 

 

Tragar sapos

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Al grano.

Los militantes, simpatizantes y votantes del PSOE han estado tragando sapos desde la campaña electoral de 2015. Cada declaración, cada entrevista, cada manifiesto que en aquellos momentos salía de próceres del PSOE contra el candidato de su propio partido era un sapo que se tenía que tragar el ciudadano socialista viendo con estupor e impotencia cómo las perspectivas de voto disminuían a medida que arreciaban las declaraciones contra Pedro Sánchez. Esas declaraciones, ventiladas por todos los medios, sembraron dudas, confusión entre la gente de izquierdas. ¿Y cómo no? Si personajes tan sonoros del partido socialista dudaban en público de su propio candidato, aún a costa de hundir a su propio partido, debía haber razones de mucho peso contra Sánchez, de tanto peso que la élite del PSOE consideraba preferible que el partido se hundiera en las urnas antes de que un hombre tan nefasto llegara al poder.  ¿Es posible?, se preguntaba el ciudadano que acostumbra a preguntarse el contenido y los ingredientes de lo que le echan para deglutir, ¿es posible que algo tan grave como el hundimiento de un partido centenario responda simplemente a un asunto de animadversión personal? Cuesta creer que el presidente de una comunidad autónoma como Fernández Vara, por poner un ejemplo, o la mismísima encarnación histórica del PSOE como Felipe González, por poner otro, decidieran poner en grave peligro al partido sólo porque su Secretario General no les hacía caso. Son legión los que aún se preguntan: ¿es posible que personajes de ese calibre sean tan estúpidos como para ponerse zancadillas a sí mismos?

La confusión consiguió que muchos votantes socialistas se abstuvieran y que otros votaran por un partido de ideología semejante que no presentaba tan alarmantes signos de división. Los sapos se les atragantaron. Pero a pesar de todo, cinco millones de socialistas votaron por el PSOE de Pedro Sánchez consiguiendo mantenerle como jefe de la oposición. La cifra indicaba la fortaleza de un partido y de un candidato capaces de resistir el insólito y brutal ataque de los suyos. Pero, bien manipulado y ventilado el asunto, también podía exhibirse como el fracaso de Sánchez y el triunfo de los que habían prevenido a los votantes en su contra. Los críticos anti Sánchez se centraron en un solo argumento para seguir criticándole y exigiendo su dimisión: había conseguido los peores resultados de la historia del PSOE. Que esto no fuera del todo cierto, que fuera, en realidad, una falacia, no importaría a nadie. Lo único que importaba a los críticos era que los cinco millones de fieles se tragaran el sapo aceptando que, con la dimisión de Sánchez, el PSOE recuperaría todo su esplendor.

Pero Sánchez se negó a dimitir. Mostrando una valentía, una firmeza y un aguante extraordinarios, Sánchez manifestó su voluntad de continuar siendo el Secretario General del partido y de cumplir sus promesas electorales como jefe de la oposición. Los críticos intentaron minarle criticándole cada vez más en los medios. Las cualidades que hacían de Sánchez un líder sólido y creíble se ventilaron como pura obstinación en conservar el poder. Pero Sánchez resistía la avalancha con la cabeza afuera. ¿Qué hacer? Si se hubiera tratado de un asunto puramente personal, los críticos, sin otra alternativa, habrían esperado a que el díscolo y antipático personaje se quemara, friccionado a la derecha por el PP, y a la izquierda por Podemos. Pero había algo más, algo mucho más serio. Algo tan serio, que el 28 de septiembre los críticos consiguen que diecisiete miembros de la Ejecutiva dimitan para forzar la dimisión del Secretario General. El número no alcanza y la desfachatez de sumarse a los ausentes no cuela. Pedro Sánchez no dimite. Lo que hace es convocar al Comité Federal para proponer la celebración de un Congreso que permita a los militantes decidir lo que quieren hacer con el partido.

En dos días, los críticos deciden aprovechar el Comité Federal para lanzarse a por todas. Lanzarse a por todas significaba poner al PSOE en la picota: ventilar sus conflictos internos exponiéndole al escarnio público; ahondar su descrédito a sabiendas de que el partido resultante del cataclismo podía tardar décadas en recuperar su prestigio, su credibilidad y su peso social. ¿Estarían dispuestos los militantes a tragarse tan gigantesco sapo? Puede que ni siquiera se hiciesen esa pregunta. Ya no importaba quién ni cuántos estarían dispuestos a tragar. En ese Comité Federal se reveló finalmente la causa que animaba la histeria de los críticos. El PSOE tenía que abstenerse para permitir el gobierno del PP aún a costa de su propia supervivencia. Pedro Sánchez se negaba sin atender a otro argumento que no fuera cumplir con su promesa electoral de oponerse al gobierno de la derecha. Luego había que sacar a Pedro Sánchez de en medio costara lo que costara, aunque costara hundir al PSOE en la ignominia.

Y el Comité Federal consiguió que Sánchez dimitiera. Los militantes se encontraron de pronto con otro sapo que tragar: la Gestora. Entrando a saco, con la proverbial prepotencia de Alfonso Guerra, la Gestora empezó a apretar todo tornillo suelto para asegurarse la sumisión de todos los cargos del partido, encomendando a los cargos que atornillaran a los inferiores. A los militantes no les quedó otra que tragarse el sapo.

La Gestora, apoyada por los críticos, obligó a los diputados del PSOE a abstenerse. Otra vez el diputado Pedro Sánchez demostró su dignidad y su integridad entregando el acta antes que hacerse cómplice de una decisión que despreciaba la voluntad de cinco millones de votantes. Once diputados tuvieron el valor de votar que no arrostrando cualquier consecuencia. Los militantes, atónitos, tuvieron que tragarse el sapo de la abstención. A partir de aquí, el PSOE podía descansar de tanto barullo, alcanzando pactos puntuales con el PP y acompañando con fanfarrias cualquier logro en políticas sociales arrancado al gobierno, dando por triunfos consumados lo que eran solo proposiciones de ley.  ¿Quién lo iba a cuestionar? Los militantes habían tragado ya tantos sapos, algunos colosales, que no venía de uno más.

La Gestora tardó todo lo que quiso en convocar las primarias para elegir un nuevo Secretario General. Por un lado, se había anunciado como candidato Patxi López, abstencionista leal al aparato que, por lo tanto,  no suponía ningún problema para los próceres.  Pero he aquí que, por otro, el incombustible Pedro Sánchez se lanzaba otra vez a la lid con un ejército de militantes fieles que iba engrosando de población en población por donde Sánchez pasaba.

Los próceres perdieron los nervios. Pedro Sánchez volvía a amenazar el compromiso del aparato socialista con los poderes neoliberales de España y Europa; el compromiso de dejar hacer para que les dejarán vivir.  Si Pedro Sánchez conseguía hacer imposible el gobierno de Rajoy, las consecuencias caerían sobre las cabezas de quienes no hubieran podido impedir su segundo ascenso al poder del PSOE.

La histeria hizo presa de los próceres, y los próceres empezaron a quedarse en cueros haciendo locuras. Lanzan a Susana Díaz como candidata, asistiendo al espectáculo de su presentación y exhibiendo el poder de su elegida con la presencia en el acto de casi todo el aparato del partido. Están seguros de que los militantes, ante tanto poderío, se tragarán el sapo sin chistar. Pero Pedro Sánchez sigue convocando a multitudes. Parece que la mayoría de militantes ya no tragan. De nada sirve que Susana Díaz vaya de ciudad en ciudad quejándose del amargo dolor que le causa la desunión en el partido desde el escándalo del 1 de octubre. Los militantes se niegan a tragar. No hay corto que no sepa que Susana Díaz participó, que no sepa cómo participó en la conjura que asestó al PSOE un golpe de muerte.  Susana Díaz lleva por doquier un mensaje de compañerismo, de unión que la mayoría de los militantes rechaza por ver en sus discursos otro sapo que les quieren hacer tragar. Y ya no tragan. No tragan la neutralidad de la Gestora ni sus esfuerzos por obstaculizar el voto de los militantes afines a Pedro Sánchez. No tragan la pureza de Patxi López, autoproclamado candidato de compromiso para evitar que el partido se rompa. El partido está roto desde el 1 de octubre y quien no lo acepta abiertamente está ofreciendo a la militancia otro sapo a tragar. Y ya no traga. No traga que la Gestora no haya tomado medida alguna contra Miguel Heredia, hombre de confianza de Susana Díaz, grabado mientras soltaba una barbaridad tras otra ante Juventudes del partido. Para ocultar las más gordas, se da la orden de destacar la única que, siendo desagradable, no tiene la trascendencia de las demás. Heredia llamó hijaputa a Margarita Robles. Echad esto a la plebe y acudirán al escándalo como las moscas a la mierda. Pero los militantes no tragaron. De las palabras de Heredia, lo que saltó fue la calumnia contra Pedro Sánchez atribuyéndole pactos ocultos y el recurso a la mentira poniendo por testigo a Ignacio Fernández Toxo. Susana Díaz reaccionó declarando no estar de acuerdo con las palabras de Heredia. La Gestora también le desautoriza, y ya está. Lo demás, que se lo traguen los militantes como se han tragado todos los sapos hasta hoy. Pero los militantes ya no tragan. La mayoría de los militantes exigen en las redes, a diario, la dimisión de Heredia. Nadie les hace caso, por supuesto. Un aparato que ignoró sin empacho la voluntad de cinco millones de votantes, ¿cómo va a tomar en cuenta las exigencias de unos cuantos miles de tuiteros y feisbuqueros?

Miles de militantes manifiestan a diario en las redes que ya no están dispuestos a tragar más sapos; que ya no tragan ni los discursos apaciguadores de Patxi López ni los lacrimógenos de Susana Díaz. Que no van a tragar ningún chanchullo perpetrado por los próceres, la Gestora, Susana Díaz o todos los Tronos y Potestades del mundo preternatural para evitar que Pedro Sánchez gane las primarias. Contra quienes esparcen miedo como en algunos pueblos se esparcía sal contra las brujas, diciendo que si gana Sánchez se divide el PSOE, la mayoría de los militantes gritan que ya no tragan, que quien no sepa a estas alturas que el partido se dividió el 1 de octubre y se acabó de dividir el día de la abstención, es que es tonto de remate.

Tontos de remate parecen los que no se han dado cuenta de que los tragasapos ya no tragan. ¿Que por sabe Dios qué medios gana López o Díaz las primarias contra todas las encuestas y predicciones fiables? Si eso ocurre, son miles los militantes que manifiestan su voluntad de abandonar el partido y cabe suponer que millones de votantes le dejarán de votar. Puede que los próceres lo consideren un sacrificio necesario para proteger a las grandes empresas, a la economía global. Pero, ¿tendrán las mismas miras tan internacionalmente elevadas quienes trabajan en el PSOE esperando la justa recompensa a sus desvelos? ¿Qué pasará cuando empiecen los personajes y personajillos a pelearse por un lugar en las listas conscientes de que pueden quedar solo diez o, con suerte, veinte actas de diputado para repartir? Multiplíquese el número de las víctimas políticas de la hecatombe por el número de cargos en ayuntamientos, diputaciones, comunidades autónomas que exigirán su parte de un pastel que ya no existe porque próceres, Gestora y seguidores tragasapos se lo han comido. Pasará entonces que el follón en el PSOE será más violento y sonoro que todos los que se han visto y oído hasta hoy. A lo que el militante que ya no traga sapos responde que ya verán lo que hacen.

Ni próceres ni Gestora ni afines pueden ya confiar en que los militantes sigan tragando por su amor al PSOE. Los militantes socialistas, rojos según Lambán, hoy están dispuestos a enjugarse las lágrimas, apretar los dientes y abandonar el partido porque PSOE desnaturalizado ya no es el de sus padres, ya no es el que podría encandilar a sus hijos. Pedro Sánchez les dice que el PSOE es de los militantes y los militantes responden que, si no llega a serlo, se convertirá en una olla de grillos irrelevante, como otros partidos socialistas europeos, porque la mayoría de los militantes y votantes ya no está dispuesta a tragar.

 

 

 

 

 

 

Los próceres pasaron olímpicamente de esos cinco millones de votantes.

 

El PSOE sigue y seguirá dividido entre una élite oficial que preconiza una socialdemocracia de centro, dispuesta a pactar o a coalicionar con la derecha, y la socialdemocracia de siempre, de izquierdas, es decir, socialista.

Los partidarios de la versión descafeinada que hoy detentan el poder al haberse adueñado del partido, copian a la derecha la estrategia de prevenir contra radicalismos rompedores llegando a utilizar lenguaje franquista. Quien se aleja de la ortodoxia oficial es rojo. Eso sí, denuestan a cualquiera que cuestione su socialismo, acusándole de incurrir en el insulto y provocar la desunión.

Los socialistas de toda la vida que no están dispuestos a ceder el partido para que lo transformen en cara amable de la derecha están dando la batalla desde afuera. Cada vez son más los militantes que hablan en las redes de un cisma inevitable. Cada vez son más los que se atreven a decir con claridad que quien quiera pertenecer a un PASOK o a un SPDA que lo funde, pero que no se apropie de las siglas del PSOE para llevarlo a engrosar el limbo de la socialdemocracia europea.

 

 

 

 

El PSOE aparatosamente aparatoso

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Susana Díaz es candidata a Secretaria General del PSOE. La sopa de ajo lleva ajo. Y es la candidata oficial de los medios. Quien detesta el ajo no come sopa de ajo. Hoy, Pepa Bueno, en su programa de La SER, predecía a la candidata un triunfo arrollador por contar con el apoyo de casi todo el aparato del PSOE.  Y diríase que la predicción no es arriesgada porque el aparato pesa, deslumbra, arrastra a los militantes a los que verse en foto con famoso ilusiona mucho más que una ideología política y su aplicación. No es lo mismo ver en carne y hueso o en pantalla del televisor a los dioses del panteón socialista puestos en primera fila para aplaudir a su predilecta, que ver en la foto de un periódico a una multitud de desconocidos arropando a un candidato denostado, aislado, defenestrado y repudiado por todos los famosos del partido.

Por poco que sepa, todo el que algo sabe, sabe que las emociones arrastran más que todas las carretas cargadas de contenido intelectual. Y como lo sabe, Susana Díaz se ha construido un discurso cargado de frases concebidas para estimular las glándulas. Con ese discurso empezó a responder a la entrevista, y con ese discurso siguió respondiendo, le preguntara Pepa lo que le preguntara.

Así, el escándalo del 1 de octubre que dividió al PSOE y lo relegó, según todas las encuestas, a la cola de casi todos los partidos fue, para Susana, un dolor, mucho dolor, un dolor muy grande para todos los asistentes a ese aciago Comité Federal. Buena respuesta. Cuando uno se encuentra con una vecina del barrio o del pueblo que acaba de salir del hospital y le pregunta qué le pasó, no espera que le responda detallando el historial médico y el tratamiento aplicado. Si la vecina es consciente de las exigencias del trato social, se limitará a decir cómo se sintió y cómo se siente. Susana Díaz parece conocer muy bien a sus vecindarios.

Insistió Pepa Bueno en el asunto, intentado extraer de la entrevistada un análisis, una opinión, un producto de su intelecto que explicara qué fue aquello, por qué pasó.  Susana Díaz recurrió entonces a lo que recurren casi todos los políticos en caso de aprieto; al argumentario.

Montarse una justificación para un asunto que huele que apesta a manejo inconfesable, no es cosa que se pueda improvisar durante una entrevista. Los cerebros de un partido encargados de articular los argumentos que el político ha de ofrecer a la plebe, medios mediante o directamente en mítines, dedican largas horas a preparar lo que podría entenderse como la papilla con que se alimenta a la opinión pública. Los del PSOE oficial tienen que haberse exprimido el cerebro hasta la extenuación dedicando horas y días a elaborar justificaciones con visos de racionalidad que actuasen como preparados para mitigar tanto dolor.

El problema del argumentario del PSOE oficial sobre el cataclismo del 1 de octubre es que esos cerebros no han conseguido producir argumento alguno que la realidad no refute.

El argumento de que Pedro Sánchez hacía perder elecciones evoca rápidamente las críticas, las chulerías, los manifiestos, los consejos venenosos que las personalidades de su partido vertieron en todos los medios para evitar que Pedro Sánchez ganara las elecciones. Y, evidentemente, no conviene que los militantes recuerden esa contracampaña porque obligaría a los cerebros a exprimirse otra vez para explicar por qué las personalidades del partido querían que el PSOE perdiera las elecciones; las dos generales y las de Galicia y el País Vasco. Es por eso que los políticos oficiales del PSOE de la Gestora cada vez repiten menos lo de que Pedro Sánchez es un perdedor.

Susana Díaz recurrió en la entrevista a otro argumento menos comprometido. El PSOE es demócrata, ella es demócrata, todos los socialistas son demócratas. Los demócratas no pueden permitir que se bloquee el gobierno de un país por no querer votar a la lista más votada. Entiéndase, por lo tanto, que había que deshacerse de Pedro Sánchez porque Pedro Sánchez tenía bloqueado el gobierno del país por negarse rotundamente a permitir el gobierno del Partido Popular. Pero mentar al PP evoca algo todavía peor. ¿Ser demócrata exige entregar el gobierno del país a un partido imputado por corrupción; algo nunca antes visto? ¿Ser demócrata exige entregar el gobierno de un país al partido responsable de la pérdida de derechos de los trabajadores; de la precariedad laboral; de hacer de España otra vez un país de inmigrantes por volver a hacer de España un país con millones de pobres? ¿Ser demócrata exige entregar el gobierno de un país a un partido que en la legislatura anterior eliminó libertades fundamentales con la ley que hasta los del mismo partido llaman Ley Mordaza?  La evocación, para quienes tienen cierta cultura o la edad suficiente para evocar ciertas cosas, conduce a los tenebrosos días en que un anciano Paul Von Hindenburg entregó la cancillería de Alemania a Adolf Hitler porque el partido nacionalsocialista había sido el más votado en las elecciones al Reichstag. Se ve que los cerebros del PSOE oficial todavía no se han dado cuenta de que ese argumento también puede resultar contraproducente.

O ya se lo están pensando porque, a las últimas, Susana Díaz soltó otro que últimamente se está imponiendo en el argumentario. Vamos a ver, si se dice que fue necesario defenestrar a Pedro Sánchez porque quería convocar un Congreso en veinte días, puede que el personal se quede a cuadros y deje de rumiar. Debe ser muy malo eso de convocar un Congreso con urgencia. Aunque la mayoría no sepa por qué, puede que trague, como aceptaría la gravedad de su estado un paciente al que su médico le dijera que tiene una contracción del esternocleidomastoideo. ¿Y si a alguien se le ocurre preguntar para qué quería Pedro Sánchez convocar un Congreso a toda prisa? A esa pregunta se puede contestar: que la conteste Pedro Sánchez, introduciendo la sospecha de que Pedro Sánchez podía tener algún motivo oculto inconfesable. ¿Pero qué pasa si el entrevistador resulta más incisivo e insiste en que se explique el para qué? Él político entrevistado debe tener siempre en cuenta lo que, parafraseando un dicho de los tiempos de mi madre, dice: “contra el vicio de preguntar, está la virtud de contestar lo que te dé la gana”.

Susana Díaz tuvo el dicho como máxima durante toda la entrevista de Pepa Bueno, igual que ha demostrado tenerlo en todas las entrevistas que le han hecho. Ella lleva su guion memorizado, y si algún aguerrido periodista sale con una pregunta que en el guion no consta, Susana Díaz responde sin empacho como si le hubieran preguntado otra cosa. Pero Pepa Bueno no le preguntó el para qué y Susana Díaz y los redactores de su argumentario están convencidos de que muy pocos, poquísimos se lo preguntarán. Y lo que cuenta para ganar elecciones no es el grupo de los que se preguntan cosas; es la mayoría que se emociona con palabras y argumentos emocionantes. No hay más que escuchar las razones que los seguidores de Susana Díaz esgrimen para seguirla: es mujer, es buena gente, tiene la mirada limpia, quiere un partido unido lleno de esperanza y de ilusión, quiere ganar elecciones. Pero, se pregunta uno, ¿no habrá quién se plantee por qué quería Sánchez un Congreso exprés? ¿Había alguna urgencia? Hombre, según cómo se mire. Con el gobierno bloqueado porque Sánchez había prometido que al gobierno del PP no se le podía dar otra cosa que un no y porque Sánchez se empeñaba en cumplir su promesa contra viento y marea y terremotos y ataques de histeria, hacía falta un Congreso para que los militantes dijeran si querían permitir el gobierno del PP o arriesgarse a terceras elecciones o a las que hicieran falta con tal de que su PSOE, su partido socialista de toda la vida no cargara con la ignominia de haber permitido el gobierno de una derecha corrupta e inhumana.

Otra vez la abstención, se pongan como se pongan. No hay manera de evitar que, hagan lo que hagan y digan lo que digan, a los políticos del PSOE oficial les saquen el cadáver del armario. A alguno se le ocurrió el otro día culpar a Pedro Sánchez de no haber consultado a los militantes si querían la abstención. Pero no cuela. El fantasma del cadáver les sigue acusando sin compasión. Desesperando ya de justificar lo injustificable, a otro se le ocurrió amenazar con que, si gana el villano de Sánchez, él se va. Tampoco funcionó. En las redes sociales le montaron una despedida con agradecimiento.

En fin, que, volviendo al principio, a Susana Díaz solo se le puede predecir la victoria si triunfa el aparato, y el aparato solo puede triunfar, si la mayoría sigue hipnotizada por la impresión de ver junto a ella a los personajes más famosos del país.  Y es que, como diría nuestro sabio Rajoy, el aparato es mucho aparato y muy aparatoso,.

 

 

Siempre ha habido dos PSOE

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Ante toda la cúpula histórica y la mayoría de la élite con cargos del PSOE actual, Susana Díaz se proclamó el domingo candidata a Secretaria General del PSOE de siempre. “No voy a imitar el modelo de otro” dijo, frase que algunos medios interpretaron como rechazo al populismo de Podemos, aunque otras cosas que dijo contradicen la interpretación. El discurso de Susana Díaz fue, de principio a fin, de un populismo descarado, sin mesura; empezando por el recuerdo indefectible de su filiación –casta de fontaneros, familia humilde, muy humilde, y obrera, muy obrera-, pasando por la letanía habitual de figuras retóricas lanzadas como dardos a las glándulas, y rematando sus frases más encendidas al estilo del más puro Pablo Iglesias de Podemos: “Quiero que seamos felices y que haya ilusión”, por ejemplo.

Los discursos populistas plantean serias dificultades al hermeneuta. En el batiburrillo de frases concebidas para excitar las emociones, cuesta encontrar una conexión que permita un análisis racional; una lógica que indique lo que el orador quiere decir. Cuando Susana Díaz se comprometió el domingo a no pedir el voto “desde la nostalgia y el rencor”, ¿a qué nostalgia, a qué rencor se refería? ¿Nostalgia de los ex presidentes que, en las últimas etapas de sus gobiernos, mancharon su historia con medidas del más puro neoliberalismo? ¿O nostalgia de un Secretario General que se comprometió en campaña a no permitir el gobierno neoliberal del PP, y cumplió? ¿Rencor de los militantes por el escándalo del 1 de octubre y la subsiguiente abstención para permitir el gobierno del PP? ¿O rencor contra el Secretario General defenestrado por no querer rendirse y por seguir luchando por un PSOE socialista?

El domingo, la élite del pasado y la actual, el aparato del PSOE, cayó sobre militantes y votantes como una losa. Lo mismo de siempre, lo mismo que hace indistinguibles a un partido tradicional de derechas de un partido tradicional de izquierdas; partidos que, al margen de su proclamada ideología, son, por encima de todo, un voluminoso aparato de cargos que imponen y observan unas normas rígidas, concebidas para conservar sus empleos, sus sueldos y, sobretodo, su poder.

Los partidos políticos han funcionado, y hasta hoy funcionan, como las religiones institucionalizadas. Hay una jerarquía que toma las decisiones y una masa de obreros, de fieles que solo cuentan para pedirles que trabajen por el partido, que aporten sus cuotas, que hagan proselitismo y que le voten cuando toca votar.

Enfrascados en un trabajo cotidiano que consiste, sobre todo, en no perder el cargo o en seguir trepando para acceder a un cargo superior, los miembros de la jerarquía de un partido, llámese de derechas o de izquierdas, tienen muy poco tiempo para ocuparse en dar respuesta a las necesidades de los ciudadanos. Lo importante, dice la jerarquía, es ganar elecciones para poder aplicar los programas, implantar las medidas que han prometido en campaña. Pero una vez llegados al poder, las medidas quedan sujetas al imperio de lo posible; y lo que es posible o no, lo deciden, en parte, las circunstancias económicas, pero, sobre todo, los intereses del partido, es decir, del aparato.

Y ha ocurrido lo que la miopía de los jerarcas no les permitió prever. El ciudadano se hartó. Se hartó de los discursos emotivos, de las promesas falsas, de los engaños; se hartó del politiqueo, de los tejemanejes; se hartó de los partidos de siempre. El hartazgo fue tal, que unos cuantos millones votaron en España por un candidato que prometía el oro y el moro sin decir de dónde los iba a sacar, solo porque tronaba contra los partidos tradicionales de los que se marcaba diferente en el peinado, en la ropa, en el discurso. El hartazgo fue tal, que los americanos votaron por un hombre, evidentísimamente desequilibrado, solo porque decía barbaridades y proponía cosas que ni demócratas ni republicanos se atrevían a decir o a proponer. El hartazgo sigue siendo tal, que ciudadanos aparentemente sensatos de toda Europa dicen estar dispuestos a votar por candidatos de la ultraderecha que parecen salidos del mismo manicomio que el presidente americano.

Cuando el domingo Susana Díaz se proclamó cien por cien PSOE, demostró que, de la miopía, había pasado a la ceguera total. ¿De dónde va a sacar los votos un partido que en la presentación de su candidata favorita exhibe, estallando de orgullo, a dos ex presidentes a quienes, en otros tiempos, se debieron medidas de profundo calado social, y que acabaron por pasarse a lo más diestro con una reforma industrial que dejó al país sin otra alternativa que el ladrillo convirtiéndolo en nido de especuladores; con una reforma laboral que condenó a los asalariados a sobrevivir como pudieran cargando con la angustia de la precariedad? ¿De dónde va a sacar los votos un partido en el que sus cargos más importantes se lanzaron a la yugular de un candidato que pretendía sacar a los jerarcas de su ciudad santa, abriendo todas las puertas para que entrara la masa? ¿Cómo van a pedir ahora a la masa que les vote cuando, estallando de orgullo, la candidata favorita congrega en su presentación a los jerarcas más importantes? ¿Quién va a votar por un partido que el domingo no ofreció otra cosa que más de lo mismo multiplicado por cien? ¿Quién va a votar por una candidata que a voz en cuello soltaba palabras bonitas para maquillar el cadáver de la esperanza? Porque si algo dejó claro ese ciento por ciento PSOE es que nadie puede esperar un cambio, una renovación. Lo que hay es lo que hubo y no puede haber nada más que lo que hay, y hay que conformarse y resignarse con el descubrimiento de Benavente: “Es la vida la losa de los sueños”. Es el PSOE de siempre un partido sensato, responsable, con sentido común, como el PP.

El domingo, en otra parte de España, aquel Secretario General que creían muerto políticamente los que le habían apuñalado en octubre, habló de otro PSOE; un PSOE que ha existido siempre desde su fundación, compuesto por socialistas excluidos de cargos, de sueldos, de poder. No había entre el público grandes personajes del pasado ni muchos cargos altos, medianos o pequeños de ahora mismo –muchos tienen mucho que perder.  Había personas que estaban allí buscando un poco de oxígeno que les mantuviera encendido el cabito de vela de ilusión que aún les queda.

Pedro Sánchez les dijo que había otro PSOE, el de las personas, el de las personas que no se resignan a ser en su partido cuota o voto; el de las personas que exigen el respeto que merece un ser humano, no solo en las campañas electorales, sino en el momento crucial de cumplir una promesa.  Pedro Sánchez les habló del pasado, de las aspiraciones que crearon el partido socialista hace más de un siglo. Y les habló del futuro, un futuro en el que las personas puedan llevar las riendas de quienes les gobiernan.  Y prometió, prometió medidas concretas para conseguir que el PSOE volviera a sus orígenes socialistas con un programa concebido en interés de los obreros, de los asalariados, de los desfavorecidos. Y quienes le escucharon, le creyeron. Porque Pedro Sánchez, bien aseado, peinado, vestido, nada histriónico, resulta ser, en la España de hoy, el único personaje absolutamente revolucionario que existe en el panorama político. Porque cumplió su promesa electoral y para cumplirla, sacrificó su carrera política. En nuestra anémica democracia no se había visto nunca nada igual.

¿Quién le va a votar a un PSOE o al otro? Seguramente quien comprenda que siempre ha habido dos y que predicar la unión de los dos esconde, en realidad, el deseo de que el monstruo del aparato se meriende a los débiles, como siempre: Que se vote al uno o al otro dependerá de los intereses o de la conciencia de cada cual; de su aceptación de las cosas como son o de su capacidad de soñar.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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