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Cáscaras vacías

(Publiqué este artículo en Publicoscopia hace unos dos años. Hoy puede servir para aclarar el concepto de plurinacionalidad y espantar el miedo a quienes ven en el concepto un peligro para la unidad de España que no existe).

 

¿Qué es España? Alguien contestará que es un país; otro, queriendo precisar objetivamente agregará: de Europa. Habrá a quien la pregunta excite el nervio del nacionalismo y responda que es un país con una historia gloriosa. En fin, más o menos lo mismo que lo que un portugués respondería sobre Portugal; un francés sobre Francia; un catalán sobre Cataluña. En todo caso, lo más probable es que la mayoría de las respuestas  definan  un espacio deshabitado. Porque a la pregunta, qué es España, es muy difícil que alguien responda diciendo que es el país de los españoles.

Hablamos de un país como si se tratara de algo abstracto, un concepto que está por encima de los seres humanos que lo habitan. Hasta no hace mucho, se educaba a los hombres para dar la vida por su patria, y hoy por hoy hay gente matándose en varias partes del mundo por defender la suya. Este hecho es una de las pruebas más evidentes del atroz salvajismo que aún convive con la facultad de la razón  en las profundidades del alma humana. Porque un concepto abstracto del país, de la patria, parece a primera consideración producto de una inteligencia capaz de  elevarse al pensamiento teórico; pero una reflexión más profunda nos conduce a la mente del hombre primitivo, enfrascada en la brutal defensa  del territorio de su tribu. Habrá quien vea una diferencia esencial entre una actitud y la otra; y tendrá razón. El primitivo defendía su supervivencia y la de su gente; quien defiende la patria está defendiendo un concepto carente de humanidad.

El país, la patria, es un trozo más o menos grande de tierra cuyos límites se establecieron en algún momento de la historia mediante pactos políticos que en la mayoría de los casos surgieron de guerras y conquistas. Esos límites se trazaron sobre papel sin tener en cuenta a las personas que vivían entre esos límites. Así, se separaron grupos de una misma etnia; se mezclaron grupos étnicamente distintos; se obligó a algunos a vivir bajo una bandera extraña; se crearon conflictos, en fin, que el tiempo casi nunca consigue resolver. Porque las inteligencias que dibujaron los países tomando en cuenta intereses políticos, económicos, estratégicos, no se detuvieron a considerar  que esos trozos de tierra son algo en la medida en que haya alguien que reconozca lo que son; y que son, por lo tanto, las personas lo que debe contar por encima de todo. Porque no se quiere entender que si no hubiera persona alguna que le otorgara valor a un país, no habría diferencia entre cualquier país de la tierra y una cáscara vacía de cualquier cosa.

Decir que España dejaría de ser España si un cataclismo eliminara a todos los españoles aunque dejara todo el territorio intacto es tan evidente que suena a ripio.  Sin embargo, aún hay quienes vuelven el argumento del revés. El hecho de que el territorio pueda sobrevivir a sus habitantes demuestra la superioridad del país, dicen. ¿Qué país? ¿España, por ejemplo? España morirá el día en que no haya nadie que la reconozca por su nombre. Esa España eterna que inculcaban a los niños en tiempos de caudillos y de gestas, sólo puede ser eterna en la memoria de Dios, si es que Dios concede ese nombre a la porción del mundo que los mortales llamamos España. Que así sea o quiera creerse que es depende de la fe de cada cual.  Objetivamente, o España es el territorio en el que habitan los españoles o no es. Por supuesto, lo mismo puede decirse de Portugal, de Francia, de Cataluña. De Cataluña, no, gritarán algunos. ¿Por qué? Porque es España. ¿Por qué? Porque lo dicen tratados centenarios, las leyes, la Constitución. Es decir, legajos redactados por políticos que en el momento de su redacción no se detuvieron ni un instante a pensar en las personas concretas que habitaban Cataluña ni en las que habitaban España.  Objetivamente, Cataluña es el territorio en el que habitan los catalanes.

Este hecho incuestionable se puede esgrimir como razón fundamental que justifica el derecho de los catalanes a separarse de España. ¿Pero cómo se va a separar? ¿Estableciendo una frontera que deje a los españoles de la raya para allá y a los catalanes de la raya para aquí? Como se han establecido siempre las fronteras, se dirá. Lo que demuestra la lentitud con que evoluciona la inteligencia; una lentitud tan lenta que el avance resulta casi imperceptible.

Hace poco, los políticos rusos, por intereses que nada tenían que ver con las personas, indujeron a los rusos de Crimea a separarse de Ucrania y les suministraron armas para que hicieran valer su decisión. El gobierno de Ucrania mandó su ejército para evitar la separación de Crimea. Unos y otros empezaron a matarse. Crimea, una región próspera donde los unos y los otros vivían como personas civilizadas, se transformó, por voluntad de los políticos, en un territorio en guerra, un lugar  donde los habitantes pierden el derecho a vivir como seres humanos y tienen que defender su vida como animales; un territorio de miseria y muerte. Y quien dice Crimea, dice Sarajevo. Las fronteras que hoy dividen Yugoslavia en distintos países costaron cientos de miles de vidas humanas. ¿Hay quien con clara conciencia de lo que es un ser humano otorgue a esas líneas imaginarias más valor que a una sola de las personas que tuvo que morir para que esas líneas se trazaran?

La situación en Cataluña es muy distinta. No hay armas ni países extranjeros interesados en suministrarlas ni están los catalanes dispuestos a renunciar a su natural pacífico. Pero la causa última de los conflictos por cuestiones limítrofes es la misma en cualquier caso: la estupidez y la inmoralidad de unos seres que pervierten la política entendiéndola como la práctica de estrategias para llegar al poder y conservarlo. Los españoles en general, y los catalanes en particular, han tenido la mala suerte de verse gobernados, en el territorio de los unos y en el de los otros y al mismo tiempo,  por políticos estúpidos e inmorales.

Todos recordamos el proceso que culminó en la aprobación del último estatuto de Cataluña: aprobación del Parlament catalán, del Parlamento español, de la mayoría del pueblo catalán en referendo. Y todos recordamos al presidente del Partido Popular recogiendo firmas contra el estatut ante cámaras fotográficas y de televisión para cosechar votos como defensor de la unidad de España. Una vez aprobado el estatut, todos recordamos también la sonrisa prepotente con la que varios miembros del Partido Popular se retrataron en el momento de recurrir contra el estatut ante el Tribunal Constitucional.

La estupidez de esos actos de provocación gratuita no se le escapó a nadie con dos dedos frente. ¿Afectaba el estatut a los españoles, alteraba en algo la calidad de su vida? Rotundamente, no. Pero es que no era el bienestar de los españoles lo que defendían Rajoy y los miembros de su partido. Defendían a España, decían; esa abstracción, esa cáscara vacía por la que había que humillar a los catalanes. ¿Para qué? Para ganar votos. ¿Y por qué querrían los españoles premiar con sus votos  a quienes humillaran a los catalanes? La estupidez y la inmoralidad de los gobernantes se extienden como una plaga por el territorio que gobiernan contagiando a los habitantes que no pueden o no quieren defenderse del microbio atacándolo con la reflexión. Francisco Franco quiso vengarse de los catalanes por no haberle entregado Barcelona y el resto del territorio  al principio del golpe de estado, obligándole a un gran esfuerzo para ganar la guerra. La venganza consistió, entre otras cosas, en convencer a los españoles de que los catalanes, separatistas casi satánicos, habían sido los causantes de la guerra civil. Cuarenta años de adoctrinamiento dieron su fruto, en este como en otros asuntos.

Cuando el Tribunal Constitucional deroga artículos del estatut refrendado por los catalanes -algunos que el mismo tribunal acepta en los estatutos de otras autonomías-, los catalanes se hartan de un país del que llevan siglos sufriendo intentos varios y por varios medios de hacerles humillar la cerviz. Su indignación, su hartazgo no se dirige contra los españoles; se dirige contra España, esa cáscara vacía que representa a los políticos estúpidos e inmorales que se aprovechan del anticatalanismo para conseguir y conservar el poder.

Desde ese momento, cada vez son más los catalanes que exigen separar su territorio del que perciben como enemigo del modo de vida que les ofrecía el estatut. El clamor llega a los políticos que están en el poder  en Cataluña. Y, ¡eureka!, se les ocurre que erigiéndose en defensores de la independencia, pueden conseguir que sus compatriotas les perdonen un gobierno tan nefasto que ha destruido la vida de miles de personas y condena a otros miles a la pobreza, privando a todos de derechos y servicios esenciales.

Artur Mas y su partido se ponen manos a la obra con tal entusiasmo  que el contenido y el despliegue de la propaganda a favor de la independencia merecerían estudiarse como ejemplares en todas las universidades del mundo. No se detienen ante ninguna consideración moral. El President que había prometido serlo de todos los catalanes, pone la Generalitat al servicio de los independentistas despreciando a los catalanes que no se quieren separar de España, aún sin saber a ciencia cierta si son la mayoría de los habitantes del país. Se utilizan organizaciones en todos los pueblos para conseguir adhesiones a la independencia; algunas voluntarias y otras inducidas por el miedo a señalarse públicamente como “unionistas” enemistándose con parientes y amigos; se insta -y a algunos se obliga mediante pactos- a los alcaldes y regidores a que, después de jurar los  cargos para los que han sido elegidos en las municipales,  lean un texto a favor de la independencia que contradice ese juramento o promesa haciendo pública manifestación de incoherencia y falsedad. Finalmente, Mas convoca elecciones legales dándoles carácter de plebiscito ilegal y asegurándose volver a ganar la presidencia camuflado entre los candidatos de una lista sin programa de gobierno que solo pide el sí a la independencia.

¿Piden Mas y su partido la independencia para mejorar la vida de los catalanes? Difícilmente cuando han sido ellos mismos los que han empeorado la vida de sus compatriotas aplicando  el neoliberalismo más salvaje en sus años de gobierno. Lo que Mas y su partido defienden no es el bienestar de los catalanes; es la independencia de Cataluña, dicen,  esa abstracción, esa cáscara vacía por la que vale la pena dividir a los ciudadanos; jugar con los sentimientos de los independentistas prometiéndoles una independencia que no se va a conseguir; engañarles todo el tiempo que haga falta alimentando esperanzas falsas para que toda su atención se concentre en la defensa de la independencia. Mientras  tanto, los que no están de acuerdo con la independencia concentran toda su atención en la defensa de la unidad de España. Mientras tanto, los unos y los otros ignoran la magnitud y el horror de los problemas que afectan a miles de personas en Cataluña. Otra vez, las personas son reducidas a la condición de objetos que los políticos estúpidos e inmorales utilizan según y para lo que les conviene, que es, siempre, el poder.

¿Qué es España hoy por hoy? El territorio donde todos los españoles sufren las consecuencias de un gobierno formado por políticos estúpidos e inmorales que han llevado a los habitantes del país al borde de la ruina económica y  moral. Pensar que la solución consiste en fraccionar el territorio para que cada cual pueda encerrarse en su casa a rumiar su propia miseria separado de los demás, es haberse contagiado de la estupidez y la inmoralidad de sus gobernantes; haber sucumbido a sus designios aceptando la condición de objetos a su servicio.

¿Hay alguna solución racional? Sin duda alguna, que todos los españoles se unan para quitar el poder a los políticos que invocan abstracciones mientras destrozan la vida de personas concretas, y que elijan para gobernarles a personas que se comprometan  a gestionar los recursos en beneficio de las personas concretas que habitan el país.

Pero, ¿qué es un español? Simplemente, quien habita en un país que él llama España. Pero es que no todos los españoles son étnica, cultural y psicológicamente iguales. Cierto. Los avatares políticos metieron en el territorio que llamamos España a tribus -naciones o nacionalidades, según se prefiera- distintas: vascos, catalanes, andaluces, castellanos, gallegos…Los políticos estúpidos e inmorales suelen destacar las diferencias y estimular antagonismos entre ellas cuando les conviene. La solución exige que los españoles se defiendan de esa manipulación aceptando la unidad del territorio en el que habitan todos; aceptando y respetando las diferencias que distinguen a una tribu de las demás, en la misma medida en que  exigen aceptación y respeto  por las diferencias de su propia tribu; defendiendo el derecho de su propia tribu, y también y en la misma medida el derecho de todas las demás, a exigir que los gobernantes conozcan y reconozcan las necesidades específicas de cada una de las tribus que conviven en España y cuyos miembros reciben por ello el nombre genérico de españoles.

Es una solución simplista, dirán algunos. Es simple, tan simple como que no cuesta nada entender que es la única solución posible a todos los conflictos de un mundo en el que los habitantes marchan ciegos hacia una progresiva deshumanización que puede acabar con todos, más pronto de lo que predicen las estadísticas sobre recursos naturales.

O nos detenemos a mirar a los ojos de las personas que nos rodean, a verlos, a tratar de entender lo que nos dicen y de compadecernos con lo que padecen,  o muy pronto seremos todos invisibles dentro de inmensas cáscaras vacías con las que políticos estúpidos e inmorales seguirán jugando, como han jugado siempre, porque siempre ha habido y probablemente habrá individuos de esa especie infecta. Está en nuestras manos evitar que esos individuos lleguen al poder.

 

 

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¡Alerta! No se ha ganado la guerra

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Dice la definición más sencilla que un partido político es una asociación de personas que comparten principios, valores, proyectos y objetivos con el fin de acceder al gobierno y llevarlos a la práctica. Pero entienden hoy los simples, es decir, la plebe,  que un partido político es una organización jerárquica cuyo fin es acceder al gobierno del país o conseguir, por lo menos, el mayor número de diputados. ¿Para llevar a cabo su programa? Después de algunos años oyendo a todos los políticos de todos los partidos prometer más o menos lo mismo en campañas electorales y recurrir a todas las estratagemas para conseguir el poder, los simples se han vuelto escépticos. Por eso responderían a la pregunta que no; que los partidos persiguen elegir al mayor número de diputados para conseguir la mayor cantidad del dinero que el estado destina a subvencionar a los partidos por cada diputado electo. Así de simple.

Los partidos necesitan dinero, mucho dinero, y por eso necesitan ganar, ganar y ganar, como hace poco repetía una candidata a voz en grito convencida de que los simples, siempre perdedores, se arriman a los ganadores con la misma ilusión que les embelesa cuando se asoman a la vida de los ricos y famosos en revistas y televisión; la ilusión de que la gloria se contagia mirando. Ganar, ganar y ganar, repetía la señora, exhibiendo en la cúspide de su currículo haber ganado unas elecciones autonómicas y blandiendo ante todos el currículo de su contrincante como si fuera un trapo, un trapo ensuciado por la mancha indeleble de haber perdido dos elecciones generales.

Ni la señora ni sus promotores ni sus asesores comprendieron que en un país en el que millones lo han perdido todo y otros millones lo han perdido casi todo y otros millones viven con el pánico en los huesos a perder lo que tienen, proclamarse ganadora y hablar de ganar, ganar y ganar sonaba con la brutalidad humillante de una bofetada.

La plebe, los simples, los que no saben nada de ciencias políticas; los que ni siquiera sospechan y, menos, entienden que la política sea una ciencia, se han acostumbrado a perder, perder y perder. A perder lo que cobran con sus salarios escasos o sus escasas pensiones  cuando les toca pagar , pagar y pagar el IRPF, las facturas de la luz y el agua, el IVA que encarece hasta los artículos más necesarios, los alquileres que suben amenazando dejar a miles sin techo.

Pero la señora se atrevió a presumir de que lo suyo era ganar, y claro, perdió. Porque sus promotores y sus asesores  no se dieron cuenta de que los simples ya saben que nunca se les incluye en la repartición del bote. Porque los simples ya no se conforman con una victoria vicaria. Porque parece que los simples ya no son tan simples.

Los simples del PSOE, los militantes llenamítines y pegacarteles, no se dejaron engatusar ni por discursos melodramáticos ni por las recomendaciones de los líderes míticos. Votaron a uno que no había ganado elecciones, pero que había cumplido sus promesas. Simples que no saben cómo funciona un partido político, gruñen entre dientes los todopoderosos que el 21 de mayo se enteraron de que los simples les habían arrebatado el poder. Gruñen y seguirán gruñendo porque no se resignan a perder, perder y perder.

No se resignan y algunos lo han demostrado sin vergüenza ni pudor. Hoy, mientras los simples celebraban el triunfo del secretario general elegido por ellos, los perdedores se consolaban repitiéndose la manida frase de Napoleón; habremos perdido una batalla, pero no la guerra. ¿Consuelo con la intención de calmarse el dolor y nada más? O sentencia surgida de la seguridad de  que la batalla perdida ha sido solo un accidente que las próximas elecciones generales se encargarán de reparar. Los perdedores de las primarias saben que ganar la guerra puede ser muy fácil. Lo único que tienen que hacer es repetir la estrategia que convirtió a Pedro Sánchez en perdedor de elecciones.

Ya la han empezado a repetir. Felipe González no menciona a Pedro Sánchez en el vídeo en el que felicita al partido. Susana Díaz no esconde su disgusto. Se deja ver como ánima en pena y no asiste a la clausura para no sufrir la entronización de su enemigo. Ximo Puig lanza advertencias para que no le muevan en Valencia. Alfonso Guerra, contra la política conciliadora y federal impulsada por Sánchez, sale en televisión pidiendo que se suspenda la autonomía de Cataluña. Los delegados de Andalucía abandonan sus asientos la noche de la votación. ¿Y qué han conseguido? Han conseguido que los medios publiquen a toda prisa artículos que destacan la división del PSOE.

 

Nada aleja más a los votantes que un partido que es noticia cada día por sus conflictos internos. Los simples están hartos de ver sus asuntos relegados al trastero de lo que no interesa; hartos de ver a un partido que se llama socialista salir en prensa escrita, radio y televisión solo por las escaramuzas diarias entre los que tienen como principal objetivo defender su cuota personal de poder. Luego los perdedores de las primarias no tienen que hacer otra cosa más que dar carnaza a los medios para que del PSOE solo se escriba y se hable de sus follones internos. De aquí a las elecciones generales, el ruido de la carraca sobre la división habrá ahogado la ilusión y la esperanza que ha despertado entre los votantes el nuevo PSOE. Si los anti Sánchez  se esfuerzan en mantener la imagen de un partido ensimismado en sus problemas, saben que pueden conseguir hasta que el partido quede en tercer lugar. Pero esto ¿no les perjudica también a ellos? El ímpetu con que Susana Díaz se ofreció a salvar al partido  que ella misma, sus promotores y sus seguidores habían ayudado a hundir en las urnas, hacen ociosa la respuesta.

Es imprescindible que los nuevos líderes del partido insistan en la unidad, pero sin olvidar que eso no neutralizará a los que se empeñen en ventilar la división. ¿Cómo se les puede neutralizar? Otra vez dependerá de los simples, de los militantes, simpatizantes y votantes que creyeron en Pedro Sánchez y que en pocos meses han demostrado al país el poder del activismo en las redes. Tendrán que ser los socialdemócratas anónimos los que repitan sin descanso todas las medidas políticas que se propongan en el partido; todos los actos de los diputados socialistas en Congreso. Los medios no se van a ocupar de eso; de eso que solo importa a los simples que luchan por la supervivencia. Por eso los simples tienen que seguir en pie de guerra divulgando lo que interesa a los ciudadanos y silenciando todo lo que salga de los metebulla.

 

 

 

 

 

 

Las lenguas malas

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No es lo mismo las lenguas malas que las malas lenguas. Se llama malas lenguas a las personas que inventan o difunden chismes sobre los demás, siendo chismes las noticias verdaderas o falsas que se murmuran sobre terceros. ¿A qué viene la explicación? La semana pasada, nuestro presidente del gobierno llamó chismes a las gravísimas acusaciones que pesan sobre la conducta de su Ministro de Justicia, de su Fiscal General del Estado y de su Fiscal Anticorrupción. No eran simples murmuraciones. Eran hechos demostrables que ponían en duda la independencia del Poder Judicial y, por ende, la existencia misma de la democracia en nuestro país.  ¿Cómo se le ocurre a un presidente despachar el asunto calificando a tan graves acusaciones de chismes? Si el presidente se llama Mariano Rajoy, no hay que asombrarse demasiado. Otras cosas muy serias ha despachado con un “ya tal”. Mariano Rajoy se cuenta en el grupo de las lenguas malas; gente que, conociendo perfectamente su idioma, utilizan las palabras, pervirtiendo su significado, para manipular. ¿Cómo sacarse de encima el peso de las evidencias que descubren como incompetentes y partidistas a un ministro y dos fiscales? Fácil. Dígasele al vulgo que no son más que chismes y el vulgo culpará a las malas lenguas de todo lo que se imputa a esos tres servidores públicos de trayectoria intachable.

Hay palabras que llevan, por obra de las convenciones sociales, una carga positiva, y hay otras condenadas. por el mismo motivo, a cargar con la contraria. Ejemplos de las primeras son amor, cariño, integración, unión; de las segundas, deslealtad, división, traición. Pero las palabras no tienen en sí mismas la virtud de decir verdad o mentira. Esa virtud corresponde a quien las utiliza. Todos sabemos que las palabras son tan mentirosas, falsas, hipócritas como quien las concibe, o todo lo contrario, claro.  Por eso pueden confundir y confunden. Y por eso, la inmensa mayoría de la población vive confundida por una progresiva perversión del lenguaje utilizada por la publicidad, la propaganda y, sobre todo, los políticos, con la intención de atontarnos para neutralizar nuestra capacidad crítica.

Hasta hace poco, nos vimos bombardeados durante días por declaraciones de amor. Susana Díaz repitió, en los cuatro puntos cardinales de España, que amaba a su partido; que sentía pasión por su partido;  que su partido era su vida y que por su partido dejaba la piel. Aún estaba en la memoria de todos el escándalo que el 1 de octubre de 2016 informó a todo el país de que la división interna del PSOE había estallado como una bomba molotov partiendo en dos el partido, y que la catástrofe había sido provocada por Susana Díaz, sus promotores  y sus seguidores. Entonces, ¿cómo hacer creíble su juramento de amor eterno tras haber exhibido una deslealtad que hasta hace poco sólo se concebía en los tránsfugas? Fácil. No fue deslealtad. Dividió el partido por diferentes razones, pero enseguida, con la desaparición de Pedro Sánchez, ella misma lo iba a coser, dijo. Pero la metáfora de la costura sólo le sirvió para llenar las redes de viñetas y comentarios sarcásticos. Un día dejó de ofrecerse como remendona y recurrió a una argucia más sofisticada, aunque más manida: derivar sus culpas a otro. Cara a cara, en televisión, le dijo a Pedro Sánchez. “El problema eres tú”. La asociación entre Pedro Sánchez y la palabra problema podía haber inducido a la deducción simplista de que todos los conflictos del partido se explicaban por la conducta de una sola persona con nombre y apellidos. Pero no coló. Hacía muchos meses que Pedro Sánchez iba explicando por toda España cuales eran los problemas del partido, no con palabras cargadas, sino con un relato franco y preciso que no menospreciaba la inteligencia de sus oyentes. Un relato que contaba lo que había sucedido y lo que tendría que suceder para solucionar los problemas; problemas que no podrían solucionarse con el simplismo de la frase: “El problema eres tú”.

En la noche aciaga en que Susana Díaz supo que el PSOE no había hecho caso alguno a sus protestas de amor, relegó la palabra al trastero de los arcaísmos y soltó otra en la que de verdad le iba la vida: unión. Esta sí tuvo una resonancia, diríase que telepática. Casi al mismo tiempo, los promotores y seguidores  de Díaz empezaron a clamar de norte a sur, de Asturias a Extremadura, “Unión, Pedro Sánchez, unión; sobre todas las cosas unión; “lo único de vital importancia es la unión” Sólo les faltó agregar “que todo lo demás son chismes”.

Quedarse con una palabra y dejar que el significado que convencionalmente se le otorga se nos introduzca en el cerebro por el oído, como esos gusanos carnívoros de las selvas del sur, puede ser mortalmente peligroso para el entendimiento de la víctima y, por extensión, para el de la mayoría de la sociedad.  Unión, por ejemplo. Decir unión es decir concordia, armonía. Se une el alma del místico a su Creador fundiendo su voluntad con la voluntad divina. Unen sus vidas los enamorados para eliminar la amenaza de la ausencia. La familia que reza unida permanece unida, decía aquel apóstol del rosario. ¿Hay vocablo que tenga connotación más positiva? Sin embargo, la palabra, dentro de un contexto, puede revelar una realidad de lo más perniciosa. El supuesto místico puede ser un fanático que endose a Dios los caprichos de su propia voluntad trastornada; los que un día se unieron por amor pueden acabar detestando la presencia constante del otro; las familias que imponían el rezo del rosario a sus miembros y hasta a los empleados domésticos podían no conseguir otra cosa que hacer ese momento detestable para todos los obligados. Lo que nos lleva a deducir que en un momento en el que imperan los mensajes cortos, las palabras fuera de contexto, la ausencia de relatos que nos permitan reflexionar y sacar conclusiones inteligentes, hay que desconfiar de las palabras con que las lenguas malas nos quieren confundir, por mejor que nos suenen.

¿Qué significa el llamamiento de las élites del PSOE a la unión? ¿Qué pretenden situando a la unión como máxima prioridad a la que el nuevo Secretario General, antes depuesto por los mismos, debe entregar todos sus desvelos? Algunos dicen que el partido se dividió por asuntos personales. Algo en la personalidad, en el talante de Pedro Sánchez causaba rechazo a los líderes pasados y a los cargos presentes, parece. Y hasta aquí el relato de los rebeldes. Pero a ninguna inteligencia normal puede bastar una explicación tan infantil. Algo más debe haber, se dice el ciudadano. Los líderes del PSOE no iban a arriesgarse a dividir un partido con más de cien años de historia sólo porque no les gustaba el Secretario General que habían elegido los militantes. ¿Seguro que sólo fue por eso? ¿No habría algo más profundo, más serio, como discrepancias en la ideología, por ejemplo? Uno de los líderes afirmó rotundamente en varios medios que las discrepancias no tenían nada que ver con la ideología.

Pero sólo caben dos explicaciones: o  los rebeldes se rebelaron por un berrinche infantil o la gran división del partido se produce por diferencias ideológicas. El militante o votante del PSOE que piensa opta por la razón más adulta. Entre Pedro Sánchez y su equipo y los líderes del aparato tienen que haber profundas diferencias ideológicas. Y son esas diferencias ideológicas las que producen la desafección de las bases por los líderes impuestos tras la dimisión forzada de Pedro Sánchez, y lo que luego lanzará a la mayoría de los militantes a devolver a Pedro Sánchez la Secretaría General.

Ese sencillo razonamiento conduce sin dificultad a la conclusión de que la primera prioridad del nuevo Secretario General no puede ser unificar, coser, integrar, tranquilizando y contentando a los rebeldes. La primera prioridad tiene que ser, necesariamente, devolver al partido los principios y valores que le distinguen de otras organizaciones políticas; devolver al partido la ideología que distingue a un partido socialdemócrata de los que no lo son. De lo que también se deduce, pensando un poquito más, que si el PSOE quiere continuar siendo el referente socialista del  país, de nada servirá integrar a los rebeldes fingiendo una unión falsa y, por lo tanto, endeble. No es cierta la frase que se está repitiendo desde el 21 de mayo, “En el PSOE caben todos”. Suena muy bien, muy positiva. Pero si el PSOE quiere volver a los principios y valores que inspiran a un partido socialdemócrata, es evidente que en él sólo pueden caber los hombres y mujeres firmemente convencidos de que la ideología socialdemócrata, sin diluciones, sin claudicaciones, sin componendas para tocar poder a toda costa, es requisito indispensable para pertenecer y trabajar en el Partido Socialista Obrero Español.

El poder es nuestro

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Si en el futuro un historiador riguroso y sagaz se pone a buscar el punto de salida de la carrera que cambió la historia de España, lo encontrará el 21 de mayo de 2017. No por el hecho de que un hombre llamado Pedro Sánchez recuperara la Secretaría General del PSOE. El sorprendente retorno de Sánchez  demostró a todos, socialistas y no socialistas, que en la sociedad española  se había producido  lentamente, de un modo casi imperceptible, una auténtica revolución. Ese día nos enteramos todos de que el poder ya no es patrimonio exclusivo de las oligarquías, de los aparatos de los partidos, ni siquiera de las élites financieras. Ese día nos enteramos de que el poder es de todos; de que el poder es nuestro.

Casi nueve meses antes, la Ejecutiva y el Comité Federal del PSOE habían infligido a la mayoría de los militantes del partido una humillación sin precedentes. Ignorando a esa mayoría que había elegido a un secretario general, el llamado aparato realizó una serie de maniobras para deponerle, torciendo y hasta saltándose los estatutos. El propósito público del golpe era permitir la gobernabilidad del país absteniéndose en la investidura de Rajoy para que pudiera seguir gobernando con su PP. Lo que significaba humillar también a las 5.424.709 personas  que habían votado a Pedro Sánchez en las elecciones generales, confiando en su promesa de no permitir, bajo ningún concepto, el gobierno de un partido corrupto que en los cuatro años de la legislatura anterior, había condenado al 30% de los españoles a la pobreza y al 50% de los empleados, a la precariedad.

Cuando la élite del PSOE, consigue forzar la dimisión del Secretario General,  parece que la tragedia de la división del partido acaba con un final feliz; feliz para el aparato. Los militantes de base se darán cuenta y tendrán que aceptar que no son nadie, se dicen los poderosos del partido. Los militantes de base se darán cuenta de que su función es la de pagar su cuota; pegar carteles; repartir volantes; llenar mítines. Que a ninguno de esos mindundis se le ocurra que la militancia le da derecho a inmiscuirse en las políticas y en las estrategias que se deciden en las altas esferas. El militante, al fin y al cabo, no es más que un forofo que defiende al partido, pase lo que pase,  con la irracionalidad incondicional con que los forofos defienden a su equipo de fútbol. Algunos son figurones que hacen cualquier cosa por hacerse una foto al lado de un líder, para presumir, entre amigos y allegados, de su proximidad al poder. Otros quieren distinguirse, entre amigos y allegados, como miembros de un grupo político para dar color a su vida gris. Otros son, simplemente, ingenuos sin muchas luces. Sean como sean, es justo y necesario que disfruten de pequeñas compensaciones y es obligación de los líderes proporcionárselas repartiendo besos y abrazos, posando con los figurones para selfies y cosas así, sobre todo en períodos electorales. Pero el militante tiene que respetar el hecho incontrovertible de que en un partido político, en cualquier partido político, incluyendo un partido socialista, hay clases. A la plebe hay que dejarle muy claro que a la clase superior se accede o por contactos que están fuera del alcance de los inferiores, o trepando  con astucia y/o a codazos. Aquellos a quienes el destino ha confinado a la masa de los anónimos, en la masa se tienen que quedar respetando la distancia infinita que les separa de los políticos con nombre propio público y notorio. Dicen que esa distancia es la que ha causado la desafección que los ciudadanos sienten hacia los políticos que dicen representarles. ¿Y qué? El político experimentado sabe que los sentimientos de los mindundis se agitan en los mítines, y a agitarlos se ponen cuando necesitan sus votos. Como el mindundi tiene que saber que una vez haya votado, lo suyo es volverse a casa y no incordiar hasta la próxima campaña electoral.

Pero he aquí que el 1 de octubre de 2016, los militantes y simpatizantes del PSOE se rebelaron. He aquí que los anónimos se negaron a bajar la cabeza y morderse la lengua. Jóvenes y viejos, militantes, simpatizantes y votantes del PSOE,  se  lanzaron a Internet para hacerse oír en los cuatro puntos cardinales de España y en parte del extranjero, gritando su indignación por las marrullerías y la prepotencia de los líderes que habían derrocado al Secretario General. Cuando esos líderes decidieron que los diputados del PSOE tenían que abstenerse para permitir que gobernara Mariano Rajoy, la indignación se volvió incontrolable. Fueron miles los anónimos que se pusieron a escribir contra tamaña indecencia. Algunos con estudios y talento para construir comentarios y artículos; otros que apenas eran capaces de articular sus pensamientos; otros que los articulaban con graves errores ortográficos. Daba igual. La indignación y el ansia de justicia los igualaron a todos. Para todos, el PSOE ya no sería de una élite. Sería de todos los socialistas o dejaría de ser.

Los líderes del PSOE de la Gestora hicieron caso omiso, por supuesto. Ellos habían escrito el guion y no estaban dispuestos a permitir que los anónimos le cambiaran ni una coma. Que se desahogaran. Ya se cansarían. Y para dar tiempo a que se cansaran, la Gestora prolongó su interinidad nueve meses antes de convocar las primarias. No hay pataleo que pueda durar tanto, debieron pensar. Pero se equivocaron. A nadie se le ocurrió que unos escritos desperdigados por las redes sociales pudieran tener influencia alguna sobre la mayoría, ni, mucho menos, el poder de alterar decisiones tomadas por los líderes con nombres propios públicos y notorios. Ninguno de esos líderes se dio cuenta de que la tecnología había otorgado a los anónimos un poder que hasta ahora la plebe solo había conquistado en la calle con revoluciones sangrientas.  Los comentarios, notas, artículos de los anónimos no eran un pataleo infantil. En ellos, los que nunca habían tenido voz pública  comunicaban sus reflexiones estimulando a otros compañeros a reflexionar y comunicar, a su vez, el fruto de sus reflexiones.  Y fue así como el 21 de mayo de 2017, una militancia informada y activa como nunca antes se había visto, hizo que el aparato del PSOE se estrellara contra la realidad de que en el siglo XXI, ya no se puede ningunear a los anónimos.

Pedro Sánchez y los de su equipo no se estrellaron. Con la misma determinación  con que se habían negado a permitir el gobierno de un partido indecente, declararon desde el principio de la campaña para que Sánchez recuperara la Secretaría General, que el PSOE tenía que ser de la militancia; que los militantes, en un partido socialista, no podían ser meros espectadores pasivos obligados a tragar todas  las decisiones que tomaran los importantes. Pedro Sánchez y los de su equipo fueron repitiendo por toda España que en un partido socialista tienen que importar igual todos los que comparten el anhelo de regenerar la política del país; el anhelo de que los políticos trabajen por la justicia social devolviendo a los ciudadanos el protagonismo al que tienen derecho por ser ellos quienes les eligen y les pagan el sueldo. Pedro Sánchez y su equipo ganaron las primarias porque se dieron cuenta que el poder ya no era de una élite de intocables; porque se dieron cuenta de que el poder es de todos los que piensan y ya no están dispuestos a callar.

El PSOE roto. Populismo versus socialismo

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Tras el debate de ayer, algunos comentaristas de prensa escrita y hablada han llegado a la conclusión de que el PSOE está dividido. Me hago cruces. Hay que ser lento, por Dios. El PSOE empezó a dar síntomas de división allá por diciembre de 2015, si no un poco antes, y esta humilde analista así lo entendió y escribió por aquellas fechas, y lo siguió escribiendo durante meses, y no lo ha dejado de escribir hasta hoy. La grieta empezaron a abrirla a golpe de martillo los ínclitos barones que se dedicaron a hacer una campaña paralela a la de Pedro Sánchez, su Secretario General, sugiriendo que Pedro Sánchez no era el candidato adecuado para que el PSOE disputara la presidencia del gobierno a Mariano Rajoy.

Sorprendía entonces a cualquier observador imparcial que los más aparatosos miembros del aparato del partido atacaran a su propio candidato. Cada vez que Fernández Vara, por ejemplo, se veía frente a una alcachofa, las dudas que vertía sobre la idoneidad de Pedro Sánchez conseguían más votos para el Partido Popular que los discursos para tontos de Mariano Rajoy. Pedro Sánchez se desayunaba cada día, en plena campaña electoral, con las líneas rojas y los consejos no solicitados que los aristócratas del PSOE le enviaban a través de los medios; aristócratas que se consideraban superiores al Secretario General y a los militantes que le habían elegido, y capacitados, por lo tanto, para enmendarle la plana a todo dios.  La guinda la puso más tarde, en las segundas elecciones, el mítico Felipe González, padre del PSOE, padre de todos los socialistas de este país. El padre todopoderoso empezó a sugerir en entrevistas y artículos que Pedro Sánchez no sabía por dónde iba ni adónde ir, y que por eso su divina majestad se veía obligado a descender al mundo de los mortales para indicar a Sánchez el camino correcto. Pero Sánchez tenía el corazón más duro que el del Faraón. Seguía a la suya. Felipe González decidió entonces obligarle por las malas a volver al camino de la fe verdadera, y si eso no era posible, conseguir al menos que el heresiarca no hiciera prosélitos. Felipe González firmó un artículo demoledor contra Pedro Sánchez y reveló a los medios que Pedro Sánchez le había engañado en una conversación privada.

Sorprendente, sin duda. Pero la mayor sorpresa se produjo la noche electoral y en los días siguientes cuando los aristócratas empezaron a subrayar con mina de plomo, en todos los medios, que el candidato de su partido había sacado los peores resultados de toda la historia del PSOE. No sorprendía tanto el hecho de que la élite del partido se echara basura encima. Lo más sorprendente de todo el asunto era el grado extremo de cinismo que esos notables eran capaces de exhibir. Después de su brutal contra campaña para que a nadie le cupiera duda de que el PSOE tenía un problema interno tan serio que difícilmente podría ocuparse de los problemas del país, ¿cómo se atrevían a  decir a la gente que Pedro Sánchez tenía la culpa de que el PSOE hubiera sacado los peores resultados de su historia? Sólo si tenían la certeza de que la gente es tan estúpida y desmemoriada como la calificó en sus diarios Joseph Goebbels, Ministro de Propaganda del Partido Nacional Socialista; en corto, Nazi.

Muy convencidos tenían que estar de que aquel genio de la propaganda tenía razón, porque desde los resultados de las elecciones de 2015, felizmente corroborados por las de junio de 2016, hasta el debate de ayer, los autoproclamados titanes del PSOE no han dejado de repetir ni un momento, como carracas de Viernes Santo, que Pedro Sánchez perdió las elecciones obteniendo el peor resultado de la historia del PSOE.

Y con la carraca fue Susana Díaz, portavoz de la élite, al debate de ayer en Ferraz. Como si el mismo espíritu de Goebbles la conminara a a repetir, “Repite, repite, repite, que así le entra a los tontos y no se van a preguntar nada más”, Susana Díaz repitió y repitió y repitió que Sánchez había sacado solo 85 diputados, el peor resultado en toda la historia del PSOE.

También Pedro Sánchez repitió como defensa que una vez desalojado de la Secretaría General, el PSOE utilizó esos diputados para abstenerse y permitir el gobierno del partido más corrupto que ha tenido España y, por supuesto, el resto del primer mundo.

A lo que Susana Díaz respondía diciendo que no se podía hacer otra cosa con los 85 diputados que había sacado Sánchez, el peor resultado de la historia del PSOE.

Todo lo que se dijo ayer en el debate se resumió en los medios con esas dos ideas fuerza. “Tú perdiste, cariño”; “La abstención no se puede justificar”. Y en  medio de los dos contendientes, Patxi López exhibiendo racionalidad y clamando por la paz. López, por lo visto,  no se ha enterado de que el PSOE hace tiempo que lo dividieron, probablemente por la mitad, y que hace falta mucho más que las buenas intenciones de un chico bueno para pegar los dos trozos.

Hoy Susana llevará su carraca a otra parte. Crecida por los elogios de los suyos, volverá a gemir y a gritar repitiendo lo que sus seguidores quieren oír: “100% PSOE; amo al PSOE; me dejaré la piel por el PSOE; yo gané, el otro perdió; yo siempre gano”. “Muy bien, Susana” dice el espíritu de Goebbles. “Al pueblo hay que darle lo que quiere oír y nada más. El pueblo es ignorante. No obligues a los tontos a pensar y te lo agradecerán”

Los titanes que derrocaron al Secretario General –por cierto, la palabra derrocar la utilizó Javier Fernández, presidente de la omnipotente Gestora- tienen las ideas muy claras; unos motivos racionalmente explicables. Alguien les convenció de que la única salida airosa que hoy tiene la socialdemocracia es unirse a la derecha, someterse al neoliberalismo triunfante, bien permitiendo sus gobiernos o bien entrando en coalición con ellos para tocar poder. Pero a la plebe no se le puede decir la verdad. A la plebe hay que decirle lo que la plebe quiere escuchar, es decir, que en vez de argumentos racionales, lo que hoy tiene la mayor posibilidad de convencer es el discurso populista; véanse los millones de votantes de Marine Le Pen y de Pablo Iglesias. No importa si ese discurso va de izquierdas o de derechas, de nacionalismo a lo grande o a lo más local. Lo que importa es que agite las glándulas, que emocione. Y para conseguirlo hace falta que el discurso sea lo más rastrero posible y que quien lo pronuncia tenga ciertas cualidades histriónicas.

El PSOE está dividido y quien lo niegue o es tonto o miente. La división es irreparable por más Patxis o terceras figuras que se ofrezcan a echar cemento. El PSOE está dividido entre dos extremos irreconciliables. En una esquina los que defienden un concepto de partido estructurado para administrar el poder, desde el gobierno o desde la oposición, con el fin de mantener a la familia del partido unida y en paz. En otra esquina, quienes se empeñan en luchar por una ideología, por unos valores, por una regeneración moral del partido con el fin de regenerar un país destrozado por la corrupción y la pérdida de derechos y libertades.

Dicen los titanes que esa segunda opción es anticuada. Tal vez tengan razón. Tal vez el primer mundo ya ha asimilado la doctrina del sálvese quien pueda como pueda y ya no interese nada más. Pero aún quedan muchos que no aceptan que la vida necesite el paliativo de la resignación hasta que llegue el último momento. ¿Muchos? ¿Cuántos? El PSOE lo sabrá el 22 de mayo. ¿Cuántos leerán hasta entonces las 54 páginas del programa de Pedro Sánchez? ¿Cuántos se conformarán con vibrar según las vibraciones de la voz de Susana Díaz? El 22 se verá. ¿Y si gana Pedro Sánchez y el PSOE se parte en dos? ¿Y si se parte en dos el PSOE porque gana Susana Díaz? Qué pesadez. El PSOE ya está partido en dos. Igual de claro está que tanto si ganan los populistas como si ganan los socialistas, uno de los dos bandos tendrá que abandonar el partido, a menos que los perdedores renuncien a sus convicciones para apuntarse al bando ganador.

 

 

La hora de los pringados

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Y bien, no hay bruto tan bruto que no haya descubierto a estas alturas que en España, los pringados hemos estado trabajando, unos como profesionales y otros como peones, para mantener a políticos que han vivido a costa nuestra permitiéndose lujos que los sin-poder jamás nos podremos permitir.

Todos aceptábamos con más o menos resignación pagar los sueldos de los cargos altos, medianos y menores elegidos por nosotros para gestionar el país; todos aceptábamos subvencionar a los partidos para que pudieran mantener su cotarro y ofrecernos, cada cuatro años, modos de mejorar nuestra vida. Si queremos democracia, hay que mantener a políticos y partidos; no hay otra.

Pero he aquí que la acción de la Justicia nos revela de pronto que ni los políticos ni los partidos se han conformado con las subvenciones, sueldos y privilegios que les pagábamos por ley. Sin vergüenza, sin reparo, sin decencia, políticos y partidos nos han estado robando durante años el dinero que con gran esfuerzo entregábamos al fisco, confiando ingenuamente en que se nos devolvería en servicios  públicos.

Se ha tenido que montar en una universidad todo un equipo de investigación para hacer una auditoría que permita dar una suma fidedigna de todo el dinero que nos han robado en los despachos y despachitos de los politicastros de toda España.  Son miles de millones. Los miles de millones que recortaron a la educación, a la sanidad, a los sueldos de los funcionarios, a los pensionistas, a las mujeres cuya vida depende de la protección de los policías y los jueces, a los policías, a los jueces. Mientras los políticos se desplazan en coches oficiales y acuden tranquilamente a eventos públicos sabiéndose protegidos por sus guardaespaldas, las mujeres amenazadas de muerte por tipos infrahumanos salen a la calle con miedo a encontrarse en cualquier esquina con el puñal asesino. No hay dinero para protegerlas. Las mujeres a quienes tipos infrahumanos han amenazado con matar a sus hijos, tienen que entregar los hijos al asesino en potencia porque así lo ha decidido un juez; porque no ha habido dinero para dotar a la justicia con los medios necesarios para salir de su estancamiento decimonónico; porque los políticos no han querido regenerar a la Justicia para no poner en peligro su impunidad. En peligro están mujeres, niños, enfermos crónicos, familias sin empleo y sin subsidios, ancianos sin asistencia. Sus vidas no valen lo mismo que el bienestar de los psicópatas que utilizan la política para robar.

Nos han robado miles de millones mientras un cuarto de la población caía y sigue cayendo en las cunetas de la pobreza; mientras millones de niños se enfrentan a un futuro de pobreza a perpetuidad heredada de sus padres. Nos han robado miles de millones para comprarse casas, coches; para pagarse viajes, hoteles, comidas, putas.

Y hay brutos tan brutos en este país que, siendo de la clase de los pringados, han seguido votando al partido que más les ha robado. ¿Por qué? Porque es tal el desbarajuste que exhiben los otros partidos, que los pobres no saben a quién votar. ¿Qué el Partido Popular es malo? Pocos se atreven a negarlo. Pero es malo conocido, y ya lo dice el dicho. Más vale un presidente que no se inmuta aunque le rodeen volcanes a punto de erupción, que otro que pueda poner el país patas arriba tras haberlo lanzado de cabeza a un precipicio.

¿Quién vota por Unidos Podemos? Los que están tan hartos que ven un ventanuco a la liberación si se lían la manta a la cabeza. Este triste país ha estado siempre lleno de  gente tan apaleada por la vida que ya no le importa lanzarse a la aventura como último recurso. Alguno consigue derrotar a la adversidad, pero la mayoría se estrella  en el intento. El muro de la realidad no se aparta  para que no se la pegue el que camina sordo y ciego. De todos modos, a nadie se le puede negar bajo ningún concepto el derecho a pegársela. Lo malo es cuando millones deciden arriesgarse poniendo en peligro la estabilidad de todos los demás. No todos tienen espíritu aventurero y nadie tiene derecho a imponer a otro que renuncie a la reflexión. El histrionismo de Pablo Iglesias y los espectáculos que monta Unidos Podemos para hacerse notar, se agradecen. Dotan de cierto morbo a una vida política que resulta insoportablemente tediosa. Pero lo mejor es que pueden disfrutarse  sin miedo a que Pablo Iglesias y los suyos puedan llegar al gobierno, dejándonos a todos medio vivos como los que luchan a lo bestia por sobrevivir en otros países destrozados por el mismo tipo de aventuras. Afortunadamente, los que se lían la manta a la cabeza siguen siendo minoría  en este país.

¿Quién vota por Ciudadanos? Aquellos a quienes les da apuro votar al Partido Popular. Total, parece que son del mismo credo, pero Ciudadanos no huele tan mal como el PP.

¿Y quién vota al PSOE? Cada vez menos. Los gobiernos de Felipe González terminaron tan sucios o más que los del PP que hoy nos escandalizan. Hubo en ellos políticos que robaron para aumentar su propio peculio y otros que robaron para el partido porque ya se sabe que el poder de un partido es directamente proporcional al dinero que se pueda gastar.  Perdió González ante Aznar y dijo al partido y a los ciudadanos, “Ahí os quedáis”. Tenía toda una vida profesional por delante. Zapatero ganó las elecciones a Aznar porque  un golpe brutal de la mala suerte reveló a los ciudadanos hasta qué punto el gobierno era capaz de mentir. Todo empezó tan bien que parecía demasiado bueno para ser verdad. Y el dicho se cumplió en todo su apabullante pesimismo. Zapatero terminó su última legislatura haciendo méritos para que le nombraran candidato a las siguientes elecciones por el Partido Popular. Leyes como la de dependencia, memoria histórica, igualdad, violencia de género y otras se quedaron en engañifas por falta de fondos. Los fondos ya se los estaban llevando a casa muchos del PP y algunos del PSOE. ¿Zapatero no sabía nada? En este país nadie sabe nada que no le convenga saber.

Entonces, ¿no habrá quién nos libre de la pesadilla del PP? ¿Seguiremos tras quienes nos esquilman económica y moralmente como ovejas a las que llevan al matadero? ¿Es que a los pringados de este país ya no les queda ni la esperanza de convertirse en ciudadanos de una democracia, con derecho a exigir respeto a los políticos  cuyo salario pagan con su trabajo?

El 21 de mayo los militantes del PSOE elegirán a su Secretario General. El partido está hoy dividido en dos bandos: quienes se negaron a permitir el gobierno del PP y quienes violentaron todo lo imaginable para conseguir que los diputados del PSOE se abstuvieran para permitir el gobierno del PP. En el fondo no hay más. En la forma, lo que hay es esperpéntico.

Los compromisos de Felipe González con grandes empresarios, financieros y empresas multinacionales le obligaron a utilizar toda su influencia en el partido para librarse de Pedro Sánchez. Sánchez no solo se negaba a una gran coalición con el PP que las altas instancias económicas y políticas de Europa contemplaban como el escenario que tan bien les había servido en Alemania; Sánchez se negaba a pactar con Rajoy; Sánchez se negaba a permitir con la abstención del PSOE que España volviera a caer bajo la férula de un partido inhumano e indecente.  Lo que vino después sobra. Lo sabemos todos. Importa lo que ahora está ocurriendo.

González y las élites del partido ponen a Susana Díaz a dar la cara para evitar que  Pedro Sánchez recupere la Secretaria General devolviendo el partido a sus orígenes socialdemócratas. No hace falta programa, creen. No hace falta que Susana Díaz haga grandes esfuerzos por memorizar un argumentario bien trabado que convenza a los militantes de su idoneidad como líder del partido y luego candidata a la presidencia del gobierno. Los pringados saben que tras ella están los notables del partido. Basta hacerles creer que votar por ella será como votar por el mítico Felipe; será volver a votar con el triunfo asegurado; será votar con el entusiasmo de aquellos pringados que celebraban los triunfos de sus candidatos socialistas, también conocidos en aquella época como la beautiful people.  Susana Díaz, bien maquillada porque ya se sabe que España es machista, repite lo que le han dicho que repita; que va a ganar. Habla de amor, de entrega, de unión fraternal empezando las frases con un pianísimo sugerente que poco a poco va creciendo hasta llegar a un clímax de gritos aplaudidos por el respetable. Eso, repetido en todas partes porque a martillazos se hunde el clavo, y promocionado en los medios más importantes, todos ellos grandes empresas interesadas también en conservar el statu quo, hará que Susana gane de calle. Luego será cosa de convencer a los pringados de todo el país para que la voten en unas elecciones generales. En esas no ganará, pero podrá quedar en segundo lugar, lo que haría posible en España el esplendoroso milagro de la gran coalición con el PP por el que suspira toda la derecha europea.

El día 21 llegará la hora de los pringados; la hora en que los pringados militantes del PSOE dirán en las primarias si ya han sucumbido a la resignación, como los pringados que siguen votando al PP, o si, por el contrario, están dispuestos a votar por un programa dictado por la esperanza de devolver a este país un gobierno que gestione los recursos para el bienestar de los ciudadanos. El día 21 serán los pringados los que decidan si están dispuestos a dejarse engañar por enésima vez o si dan el voto a uno que sacrificó su carrera política por no faltar a su palabra dada a militantes y votantes.

Dicen que el ejemplo de los políticos se contagia a toda la sociedad. El día 21, los pringados militantes del PSOE podrán demostrar si se han contagiado por la miasma que desprenden los políticos corruptos   y los que ejercen la política velando exclusivamente por los intereses de sus partidos sin cumplir con quienes les pagan, o si se han dejado contagiar por la esperanza de regenerar la vida política y social de este país avalando las propuestas socialdemócratas de Pedro Sánchez.

El día 21 los políticos tendrán que callar. Será la hora de los pringados.

 

 

Remedio contra el mareo

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Lo de los avales a los candidatos del PSOE ha sido casi tan fuerte como si se tratara de votos en primarias. Con los 57.000 avales que presentó Pedro Sánchez, no solo se quedaron con la boca abierta Susana Díaz y los suyos. Los principales comentaristas radiofónicos  y telefónicos  del país se quedaron también con la boca abierta y la lengua balbuceante.

En la mañana siguiente a la entrega de avales, mientras aún continuaba su verificación, se produjo un fenómeno digno de estudio psicológico. En cuanto un tertuliano empezaba a salpicar sus frases de pausas para darse tiempo a pensar, tales como “ehhhhh” “ahhhhhhhhhh”, se podía predecir  que iba a defender la postura de Susana Díaz y los suyos, y resultaba evidente que le estaba costando ímprobos esfuerzos marear al público para que no se diera cuenta de que el asunto es indefendible.

Con los artículos de la prensa pasó otro tanto. Para unos, Susana Díaz arrasó, y para convencer de los motivos por los cuales arrasó, el opinante recurre al mareo de lectores vagando por las ramas del bosque de Trillemarka para no caer en la ciénaga de la realidad.

Total, que se trata de marear como sea, de acelerar el carrusel a tope para que a los cerebros de oyentes y lectores, a los que se supone ignorantes e  infantiles, se les desconecten las neuronas y  sean incapaces de estimular el entendimiento que posee todo  adulto en uso de sus facultades mentales por ignorante que sea.

¿Cómo frenar el carrusel? No hace falta frenarlo. Lo mejor es dejar que se mareen los que al aparato se suben para manipular, y enterrar los pies en la tierra para que nada ni nadie nos arrastre al artefacto.

¿Y cómo enterrar los pies en la tierra? Muy fácil. Cuando la voluntad decide aferrarse a la realidad, no hay magia oscura que pueda arrebatar al entendimiento. Se trata de una simple elección; dejarse marear por palabrería huera o hacer oídos sordos a todo lo que no sean argumentos racionales fundados en datos objetivos.

Cuando un articulista o un tertuliano dice que un asunto es muy complejo y que no se debe simplificar, lo probablemente más probable es que empiece a buscar vericuetos para huir de la simplicidad contundente de un hecho al que, por diversas razones, no quiere llegar. Al articulista y al tertuliano le pagan por dar una opinión, y esa opinión está sujeta a motivos e intereses diversos. Un hecho no le permite proteger sus intereses, ni siquiera dejarse llevar por sus preferencias subjetivas. Así que si el hecho no se ajusta a su conveniencia, el opinante se pondrá a saltar de cerro en cerro para evitar mencionarlo.

Lo que explica que la mayoría de la prensa escrita y hablada de este país se devane los sesos para titular con medias verdades que ocultan la verdad. Cuentan con que estamos en la era de la prisa por no perder el hilo de un grupo de whatsapp, los últimos incidentes en un reality, el giro de una serie. Cuentan con que la mayoría no lee la prensa y con que la mayoría de los que la leen, no leen más allá de los titulares.  Cuentan con que un “Susana Díaz arrasa”, por ejemplo, convencerá a los militantes que no les gusta perder, más que el más emotivo de los discursos que Susana Díaz pronuncie.

Con esto en mente y la firme voluntad de no tragarnos nada que nos vendan envuelto en opiniones, por experto y prestigioso que sea el opinante, contaremos con un remedio infalible contra el mareo.

Contra cualquier intento de marear, hay que responder con hechos.

Y la integridad política de Pedro Sánchez se defiende con unos hechos irrefutables.

Pedro Sánchez se comprometió en campaña a que el PSOE que lideraba no permitiría de ninguna manera el gobierno del PP. Cumplió.

El Comité Federal del 1 de octubre decidió por mayoría que el PSOE se abstuviera para que pudiese gobernar el PP. Pedro Sánchez dimitió.

La Gestora impuso la abstención a todos los diputados del PSOE para que pudiera gobernar el PP. Pedro Sánchez entregó su acta de diputado para no sumarse a la abstención.

La abstención dividió al PSOE entre quienes estaban de acuerdo con la decisión del Comité Federal y la Gestora, y los socialistas que no aceptaban bajo ningún concepto que el PSOE permitiera el gobierno del PP.

Contra estos hechos, solo valen opiniones, predicciones de futuribles, irracionalidades varias. Quienes no tienen suficiente fluidez mental o verbal, defienden su postura contraria a Sánchez recurriendo a la falacia o a la mentira  Para evitar subirse a ese carrusel y perder el tiempo dando vueltas con ellos, hay que repetir ad nauseam lo que absolutamente nadie puede negar: los hechos.

He aquí la clave del triunfo de Pedro Sánchez en la recogida de avales y del triunfo que con toda probabilidad obtendrá en las primarias. Pedro Sánchez no ha tenido que convencer a persona alguna con discursos populistas o con argumentos subjetivos. Pedro Sánchez no tiene que producir argumentos de ninguna índole para convencer a persona alguna de que cumple su palabra aunque le cueste su cargo.  Los hechos mondos y lirondos avalan su palabra con toda la contundencia de la realidad.

Quienes intentan marear con opiniones, se aferran al recurso de decir que todo es opinable y que todos tenemos derecho a dar nuestra opinión. Falso. Los hechos no son opinables. Que un hecho invalida cualquier opinión y que una opinión nunca puede cambiar un hecho es un axioma que a nadie en su sano juicio se le ocurre negar.

Por eso, ante los hechos que supusieron el final de Pedro Sánchez como Secretario General del PSOE, sus detractores huyen despavoridos. Quienes intentan defender la abstención, acaban poniéndose perdidos con la porquería que cubre al Partido Popular y teniendo que engañar sobre la influencia del PSOE en el Congreso para que no se les culpe de los desmanes neoliberales del gobierno. Por eso ya ni la defienden. Por eso, los partidarios de Pedro Sánchez no tienen que defenderle de otra cosa que no sea su firme determinación de no entregar el gobierno a un partido corrupto que ha hundido a millones en la pobreza.

Por eso, no hace falta otro remedio contra el mareo que no sea la verdad. Lo demás, a hacer puñetas.

 

 

 

 

 

¡Regocijaos, hermanos! ¡Somos pobres, pero trabajamos!

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Hoy todos los medios de comunicación lanzan al aire entre fanfarrias la bajada histórica del paro en abril. Las cifras están en todas partes para quien se quiera entretener consultándolas. En abril trabajaron miles que no estaban trabajando en marzo. En abril cotizaron en la Seguridad Social miles que en marzo no pudieron cotizar. Vamos en la buena dirección, decía el PP, y tenía razón. La reforma laboral hoy demuestra su bondad. Ha sido un éxito.

Cuenta el evangelio de Lucas una parábola que la mayoría conoce muy bien. Empieza así:

“Había un hombre rico, que se vestía de púrpura y de lino fino y hacía cada día banquete con esplendidez. Había también un mendigo llamado Lázaro, que estaba echado a la puerta de aquel, lleno de llagas… y ansiaba saciarse de las migajas que caían de la mesa del rico”.

Y sigue diciendo que el pobre, Lázaro, por más señas, murió y fue al cielo. Y el rico, por más señas, Epulón, murió y fue al infierno.

Esta parábola sirvió a la Iglesia durante siglos para contener a los miserables. Si sufrían su penuria perpetua con paciencia y resignación, les esperaba la Gloria después de muertos.

Las parábolas son eternas porque nacieron de la sabiduría divina. Hoy nos recuerda ésta que todavía hay quien se harta en mesas llenas de manjares y quien vive pendiente de las sobras para sobrevivir.

Pues bien, hermanos, regocijaos. En abril cayeron más sobras que nunca de las mesas de los ricos. Esas mesas que existen porque los pobres las llenan trabajando por una miseria y volviendo a las calles a mendigar trabajo cuando a los ricos no les conviene seguir pagando sueldos hasta la próxima estación.

Claro que la reforma laboral ha sido un éxito. Preguntad a los empresarios. Y ha sido un éxito también para los trabajadores. Preguntad al pobre que no duerme porque no sabe cómo va a pagar el alquiler de su casa, pero que siente cierto alivio por la mañana porque al menos el sueldo le ha alcanzado para dar desayuno a sus hijos. ¿Y cuando ese miserable trabajo se le acabe? El pobre no puede hacer presupuestos ni previsiones. Si la cosa va algo bien, amanecerá trabajando. Si va mal, amanecerá mendigando y acabará por la noche, en la cama, animándose con la esperanza de que mañana será otro día.

El pobre Lázaro de nuestras entrañas ya ni siquiera espera la Gloria. No sufre su penuria con resignación; la sufre con rabia y rebeldía, rebeldía que suelta con palabrotas amenazando a los culpables de su desventura con venganzas imposibles.

Cuando llega el día de las elecciones, el pobre Lázaro vuelve a votar al PP porque, sean lo que sean sus políticos, al menos le garantizan que de su mesa caerán sobras para mantenerle, a él y a su familia, con vida.

A la trituradora

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El 1 de octubre de 2016 unos señores del PSOE se cargaron al PSOE. Omito los nombres para ahorrar espacio porque los conocemos todos. No hay encuesta de intención de voto que hoy no sitúe al que fue partido gobernante o primer partido de la oposición durante treinta y cinco años en tercer o cuarto lugar. La portavoz de los demoledores,  Susana Díaz, hoy recorre España prometiendo reconstruir el partido y llevarle al triunfo electoral.  Su discurso conmueve. Es como el de una niña que hubiera escacharrado un jarrón de valor incalculable y fuera gimiendo por toda la casa, con un tubo de pegamento en la mano: “No me castiguéis. Yo lo voy a arreglar”. Pero los adultos saben que el jarrón tardaría años en arreglarse aunque de ello se ocupara un equipo de los mejores restauradores.

La realidad es que a ningún político con poder de este país le interesa restaurar al PSOE, y menos que a ninguno, a quienes destrozaron el partido a golpes dejándole casi noqueado aquel 1 de octubre y rematándole unos días después en el discurso de investidura de Mariano Rajoy. Cada uno de los diputados que ese día se levantaron del escaño para decir “abstención” sabía que la palabra significaba una sentencia de muerte. ¿Por qué lo hicieron? Unos porque creían en la palabra de la que les había prometido “Esto lo arreglo yo”, y no era cosa de arriesgar cargo y sueldo contrariando a quienes tenían el poder de garantizarles ambos. Otros, porque estaban convencidos de que era necesario destruir al PSOE porque, como Cartago, la socialdemocracia en España constituía una amenaza permanente contra el Imperio, el imperio de los poderes fácticos de la España eterna. ¿Pero es posible que fueran los mismos próceres del PSOE los que decidieran destruir el partido? ¿Por qué?

A Felipe González le permitieron llegar al poder porque se comprometió a no tocar a los intocables. Y no los tocó. Para que pudiera encandilar a la plebe con un triunfo, le permitieron cobrarse la cabeza de Ruíz Mateos, un advenedizo a quien los patricios no podían ver. Y le dejaron ofrecer escuela pública, mientras  no incordiara a las concertadas. Y no las incordió. Y abrigar en su seno a intelectuales ateos y agnósticos mientras no tocara los acuerdos con la Santa Sede. Y tampoco los tocó. Cuando Felipe González salió de La Moncloa, le llevaron en coche con chófer a un nuevo destino que le garantizaba ingresos a pedir de boca  y la intocabilidad perpetua  siempre y cuando no los utilizara contra los intocables de siempre. Hasta el día de hoy, Felipe González, bien entrenado por sus años de brega,  ha cumplido sus compromisos con los neoliberales sin faltar.

Cuando un golpe aciago de la suerte llevó al poder a José Luis Rodríguez Zapatero, creyeron él y los suyos que los votos daban manos libres para hacer lo que quisieran. Los intocables no tardaron en llamarle a capítulo. Vale lo  de los homosexuales; son pocos y gastan mucho. Vale lo de la memoria histórica, que suena muy bien, pero ni un céntimo del estado para desenterrar huesos y nada de sacar papeles viejos que pudieran comprometer la memoria de los cuarenta años gloriosos que transformaron a España en modelo de virtudes. Zapatero no quiso o no se atrevió a mancillar ese recuerdo. Para hacerse perdonar veleidades socialistas, le subió a la Iglesia lo que cobraba del estado, de nosotros. Pero faltaba algo más, una demostración de que también estaba dispuesto a respetar los intereses de los intocables financieros. Para apaciguarles, Zapatero tuvo que promulgar una reforma laboral pro empresarios. Cuando Zapatero salió de La Moncloa, ni Franco le hubiera visto el rojo por ninguna parte.

Todo iba bien en un PSOE que aún tenía votos suficientes para  repartir cargos a los más importantes manteniendo el orden en la pajarera. Y todo podía haber seguido bien. Los vientos fétidos que empezaban a salir del Partido Popular estaban alejando a millones de votantes. La reforma laboral de Mariano Rajoy, más salvaje que la de Zapatero, y otras medidas sensatas de su gobierno, estaban dejando a media España en la pobreza. Sólo era cuestión de esperar a que Mariano Rajoy y los suyos se ahogaran en su propia cloaca o a que la mayoría no pudiera soportar la peste y la miseria por más tiempo. Entonces saldría a escena el PSOE con un candidato joven y guapo  que lanzaría promesas como rosas y, a lo mejor, devolvía al partido montones de actas de diputado para que muchos más estuvieran contentos y el partido pudiese disfrutar otros cuatro años de paz.

Pero resultó que el candidato joven y guapo cerró la puerta de su despacho a intocables del partido y se puso a programar y predicar reformas que pusieron nerviosos a los intocables de afuera. Dicen que no recibía ni le hacía caso a nadie. Lo que solo podía querer decir que estaba dispuesto a hacer de su capa un sayo. Esa capa y ese sayo eran tan rojos que no hubiera podido salir con ellos ni a la esquina de su casa en tiempos de Franco. Pedro Sánchez no atendía a razones porque ni siquiera daba pie a que se le explicaran las razones para mantener  en España el sistema económico y social del franquismo.  Tenía entre ceja y ceja reconvertir al PSOE en un partido socialista y obrero, y ni siquiera por la guinda se le podía coger en falta porque también  lo quería español. Su contumacia asustó a la Iglesia y convenció a los magnates de los negocios de que no se podían correr riesgos permitiendo en España la supervivencia de una socialdemocracia díscola que, no solo haría daño a la derecha española, sino que podía servir de ejemplo y estímulo a la agonizante socialdemocracia europea.

No hace falta repetir cómo derrocaron a Pedro Sánchez los próceres de su partido. Lo sabe todo el mundo y ya cansa. No hace falta repetir como el PSOE de la Gestora se transforma en muleta del Partido Popular superando en utilidad a Ciudadanos. Todos lo hemos visto, oído y leído. Y todo lo visto, oído y leído por los espectadores pasivos basta y sobra para que, en el inconsciente colectivo del país, el PSOE de la Gestora se haya constituido en símbolo de indecencia por apoyar  a un partido indecente. Ya pueden soltar los culpables todas las explicaciones que sea capaz de pergeñar su entendimiento. Todos sabemos desde niños que lo más fácil de encontrar en esta vida son excusas para justificar cuanto nos parezca que necesita justificación.

Pero como España es la cuna del esperpento, lo que no bastan son los argumentos racionales para explicar las causas y consecuencias de los gatuperios políticos. El éxito de un guiso depende del aliño y en esta olla podrida, el aliño no podía faltar. Apareció Podemos.

A Pablo Iglesias y su grupo inicial les descubrieron los ojeadores de varios equipos: el chavista para contar con una cuña en la Unión Europea; el neoliberal español y de allende para ofrecerse como el orden frente al caos. Unos bisoños profesores de Políticas manifestándose en la calle como radicales, con un cabecilla que podría protagonizar una serie de televisión acaparando todas las audiencias, podían hundir en la derrota a cualquier equipo que pretendiera cuestionar la supremacía de la derecha con un proyecto de socialismo moderado. ¿Quién financió el ascenso de aquella tribu hasta constituirla en partido político? ¿Quién lanzó a Pablo Iglesias a la apoteosis? Puede que nunca se sepa objetivamente. Pero las respuestas carecen de importancia ante los resultados de una estrategia genial. Podemos, unidos después a todas las tribus que Iglesias pudo recoger de aquí y allá, se llevaron al monte de las bienaventuranzas a todos los rojos desencantados con el rosa pálido, viejo, del PSOE. ¿Es que Unidos Podemos es de izquierdas? Según. Pablo Iglesias dice que no, y no miente. El narcisismo le hace verse por encima de toda dirección accidental. Pero por lo estrafalario de su indumentaria, de sus discursos y de su comportamiento en lugares serios, las masas le ponen la etiqueta de revolucionario de izquierdas  a falta de otro arquetipo al que asociarlo.

El día en que el PSOE de la Gestora culminó el desmantelamiento del socialismo permitiendo el gobierno del PP con su sonora abstención, Unidos Podemos quedó ante los españoles como el único partido de izquierdas de este país. Pablo Iglesias se vio como el héroe destinado a recibir la dignidad de Dios y decidió hacer todos los méritos posibles para hacerse ver, produciendo escenas y discursos que le garantizaban cobertura radiofónica y televisiva en prime time. En el último episodio, aparece flanqueado por su corte. Une las cejas. Fija las pupilas en una cámara, en otra, en otra. Va a hacer un anuncio trascendental que conmoverá los cimientos del país. Luego de una estudiada pausa que enardece la expectación, anuncia que va a presentar una moción de censura.

Quien sabe algo de política se queda con cara de bueno, vale. A los del PSOE de la Gestora les roza una ligera preocupación. Una cosa es que los votantes les manden al tercer lugar y otra que la debacle les lance al limbo en el que habitan Rosa Díez y compañía. ¿Qué tienen para competir con la estrella de la política española? Promesas socializantes, no, desde luego. No les creerían ni en sus casas. Tienen a Susana Díaz, pero su voz de coreuta de tragedia griega, tan antigua, tan engolada, tan plañidera, aburre hasta a sus mentores.  Como no se pongan  los gerifaltes del partido a manipular cuentas, avales, papeletas y voluntades, el rojo de bronce puede aplastarlos a todos  como el cinturón del sastrecillo valiente. Es posible que en eso estén.

¿Y en qué estamos los ciudadanos, esos ciudadanos que les mantenemos a todos, empresarios y políticos,  sin chistar? Esperando sin chistar a que el rojo de bronce aparezca como deus ex machina apagando la trituradora de voluntades hacia la que nos están empujando los esbirros del poder.

 

 

 

 

Parte de guerra.

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Breve nota para informar dónde estamos y a dónde vamos

Ante la realidad, comprobable en todas sus presentaciones, de que Susana Díaz se está cayendo con todo el equipo, el aparato del partido se está movilizando para impedir, por todos los medios, que gane Pedro Sánchez.

La Gestora, sus mentores y seguidores, saben por las encuestas que, con Susana Díaz como Secretaria General, el PSOE se derrumbaría al disminuir drásticamente el número de militantes y de votantes.

La obstinación de los poderes oficiales y de los fácticos por eliminar a Pedro Sánchez de la contienda y poner a Susana Díaz en la Secretaría General, indica con toda claridad que hay una deliberada intención de relegar al PSOE, a la socialdemocracia, a un lugar testimonial, irrelevante, que no ponga en peligro la supremacía de la doctrina del neoliberalismo que el poder financiero intenta imponer en el mundo.

Lo que hoy parece ser un humilde movimiento de las bases del PSOE para defender a su Secretario General derrocado, es, en realidad, una batalla en defensa de la socialdemocracia. Esta batalla hará historia. No solo se dirime entre dos conceptos políticos distintos. Se lucha por dos regímenes antagónicos: la democracia, el gobierno del pueblo para el pueblo, y la dictadura del Dinero, el gobierno para los intereses financieros que antepone los beneficios económicos a las necesidades de los ciudadanos.