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Ni tirar de la cadena

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Hace algo más de un año, estaba yo comiendo en un restaurante cuando entró un grupo de unas doce personas. Les habían preparado una mesa al lado de la mía. Yo casi estaba terminando. Había ido a comer tarde.  Cuando el grupo llegó, el único cliente que quedaba en el restaurante era yo.

Estaba con mi postre cuando alguien del grupo levantó la voz y se presentó al resto de comensales diciendo su nombre y su cargo en un partido político. Siguió con un discurso corto. Luego se presentó una mujer que también dijo nombre y cargo y que también soltó un discurso.

Mis orejas se convirtieron en antenas y las manos se me fueron sin permiso a mi pluma y al cuaderno de notas que llevo a todas partes. Mi mente repetía: “Joder, joder, joder” mientras los discursantes iban soltando reflexiones interesantísimas. Tardé pocos minutos en enterarme de que se trataba de una reunión de  un partido político de nuevo cuño y de que quienes se habían presentado y soltaban discursos eran cargos llegados de Barcelona para instruir a políticos locales sobre el argumentario y las estrategias de la nueva formación.

Puse cara de vieja pánfila e inofensiva y empecé a transcribir todo lo que oía con la concentración y el rigor de un taquígrafo de tribunal. La acústica del local casi vacío y el hecho de que nadie bajara la voz por notar mi presencia, me permitieron oírlo todo y apuntarlo todo.

Tanta excitación y tanto interés por mi parte se debían al hecho de que el partido no tenía de nuevo más que el nombre. No conocía a los cargos de la metrópolis, pero a algunos comensales sí les conocía de vista. Eran todos políticos de Convergència i Unió; algunos de ellos, alcaldes de los pueblos de la comarca. Todos ellos estaban allí para demostrar su adhesión al nuevo nombre del partido de siempre: PdeCat, Partido Demócrata Europeo Catalán.

Los discursos y preguntas duraron mientras los comensales iban picando entremeses. Cuando llegó el primer plato de verdad, se hizo el casi silencio que consigue el hambre. Pensé quedarme a esperar que  los efectos del vino volvieran a mover las lenguas a la conversación. Pero empecé a sentir que me había hecho daño la comida y que la imaginación me estaba revolviendo las tripas como suele hacerlo en ciertas circunstancias: de la mesa de al lado me llegaba un insoportable olor a mierda.

Al salir de restaurante, la adrenalina me hizo volar a casa con la intención de escribir un artículo citando literalmente lo que más me había impresionado. El aire del camino me apagó el incendio. ¿Para qué divulgar todo aquello? ¿A quién podía beneficiar?  En cualquier caso, solo conseguiría buscarme problemas por pura estupidez. ¿Quién iba a creer a una vieja pánfila con ínfulas de periodista aguerrida?

Año y pico llevan mis notas de ese día encerradas en un cuaderno, encerrado éste en un armario con el resto de cuadernos llenos.  De esas notas saqué reflexiones que luego sí vertí en artículos. Tal como pensé aquel día, mis reflexiones no han servido para nada, como no hubiera servido que hubiese citado palabra por palabra lo que oí, incluyendo nombres. Hoy he vuelto a leer aquella transcripción. Ha perdido actualidad, pero la lectura volvió a revolcarme las tripas.

Durante aquella comida de trabajo de un partido nacionalista catalán al que la mayoría de catalanes consideró durante décadas defensor de la nación y de sus ciudadanos, no se mencionó ni una sola vez a Cataluña; no se mencionó ni una sola vez  a los catalanes. Los cargos llegados de Barcelona venían a instruir a sus representantes comarcales sobre el modo de pescar votos y sobre todo, de no perder los ya pescados.  Se les instó a hacer una lista con los nombres de quienes se dejarían pescar con facilidad porque bastaría con una llamada telefónica para que mordieran el anzuelo.  Se les instruyó sobre los argumentos que debían utilizar  para asegurarse la pesca. Para esa gente, los ciudadanos de este país valían lo mismo  que las truchas de nuestro río y ganar las elecciones no era el modo de llegar al poder para implantar medidas sociales; era como ganar un campeonato de pesca.

Hoy, la justicia nos ha demostrado, finalmente, que Convergència Democràtica de Catalunya, partido fundado por un hombre que durante décadas se consideró el padre de la patria catalana, era un garito donde ladrones sinvergüenzas se dedicaron durante décadas a robar impuestos pagados por todos los catalanes, mientras negaban a todos los catalanes los beneficios que pagaban con sus impuestos. ¿Y qué? Eso ya lo sabíamos todos hace mucho tiempo, pensarán muchos. ¿Que por qué la mayoría continuaba votando a ese partido? Porque ese partido pagaba muy bien con cargos, empleos, subvenciones a quienes se demostraban fieles votantes acallando todo escrúpulo moral a la hora de darle el voto. ¿Que todos esos votantes contribuyeron a perpetuar una sociedad injusta, mercantilista, inhumana? ¿Y qué? Ande yo caliente, dice el dicho, y el resto que espabile. Si Dios bajara del cielo a pedirles cuentas, la respuesta la podían encontrar en la Biblia, en las palabras de Caín: “¿Acaso soy el guardián de mi hermano?”.

Del nacionalismo pragmático, Convergència saltó al independentismo radical cuando su presidente, Artur Mas, decidió que el follón que armaría un secesionismo combatiente, podría ocultar toda la podredumbre de su partido. Pero por si no lo conseguía, Artur Mas hizo una leva de independentistas famosos y los metió, con Convergència y Esquerra Republicana de Catalunya en una lista cuyo nombre nadie asociaría a la corrupción: Junts pel Sí. Todos, Oriol Junqueras y los suyos incluidos, mordieron el cebo. ¿Que Convergència era un nido de ladrones? ¿Y qué? Todo catalán que se preciara y tuviera miedo de que no le apreciaran los demás, votaría Sí a la independencia aunque ese sí estuviera embarrado de mierda.

De mierda se embarraron Oriol Junqueras y todos los suyos. Esquerra presume de no haber tenido un solo caso de corrupción en sus ochenta y siete años de vida. Tan laxa e hipócrita se ha vuelto la sociedad que gobernar con corruptos no se considera corrupción. Pues bueno, Junqueras saltó a la vicepresidencia de la Generalitat dispuesto a embarrarse con quien fuera con tal de conseguir la independencia de Cataluña. ¿Independencia para qué? ¿Para seguir robando a la catalana con mucho más botín que robar por no tener que regalar impuestos que pudieran robar los políticos españoles? Da igual. Independencia. Aunque el president se llame Puigdemont y esté, a todas luces, como un cencerro; aunque el partido de Pujol y de Mas se llame ahora Junts per Catalunya. Esquerra se apunta por si la justicia absuelve a Junqueras y puede llegar a la Generalitat como héroe de la gloriosa gesta que proclamó la independencia de la República de Catalunya. ¿Que no hubo tal gesta, que no hubo tal república, que sólo hubo un contubernio de empecinados que no se detuvieron a sopesar el daño que le estaban haciendo al país y a los catalanes? ¿Y qué? Más de dos millones de catalanes volvieron a votar por la independencia porque a ellos tampoco les importa lo que pueda suceder al país y a todos sus habitantes.

Cambiemos los varios nombres de Convergència por Partido Popular; los de sus líderes, por Mariano Rajoy y los suyos; el nombre de Cataluña, por el nombre de España. ¿Alguna diferencia? La estupidez reina dentro de todas las coordenadas de nuestro país. Manda el dinero y la desesperación por conseguirlo a toda costa; aún a costa de todos los demás.

Una sociedad entrenada por el miedo no le hace ascos ni a nada ni a nadie. Nada frena a los individuos en su lucha por sobrevivir. La moral, la compasión se vuelven accesorios. Y hasta la hipocresía deja de considerarse necesaria para maquillar la fealdad. El día ha llegado ya en que nadie se molesta siquiera en tirar de la cadena para que su mierda no apeste a toda la casa. Total, nos hemos acostumbrado tanto al olor de la mierda que ya no nos molesta.

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Aristocracia

(Publiqué este articulo esta mañana en Cosas de la vieja de la montaña. Va de gobierno, por lo que también puede considerarse opinión política)

Llamaron los griegos aristocracia al gobierno de los mejores, considerando mejores a quienes sobresalían en el uso de sus facultades mentales. Pero nunca fue ese tipo de excelencia la que determinó que unos fueran mejores que otros. Siempre se consideraron los mejores quienes detentaban el poder de someter al resto de sus coterráneos. Era el mejor entre los primitivos quien tenía la porra más mortífera gracias a su mayor fuerza o habilidad. Cuando los sapiens decidieron mudarse de las cuevas a casas estables y organizar sus comunidades, siguieron considerándose los mejores quienes mataban más y mejor.

El sapiens fue evolucionando a medida que descubría modos más cómodos de vivir. Surgieron los palacios donde habitaba el mejor de los mejores; el que por mayor fuerza o astucia conseguía imponer su liderato sobre los demás. Para legitimar su liderato, esos reyes se arrogaron pronto el designio divino, cuando no se declararon dioses ellos mismos. Fueron ellos quienes concedieron título de mejor a los mejores iniciando la aristocracia. Durante siglos, los aristócratas defendieron al rey, a las cosas del rey y a sus propias cosas matando adversarios, y de ese modo obtuvieron tierras y construyeron castillos, luego palacios que, además de aumentar sus comodidades, daban fe de su superioridad.

Sobre la trayectoria de la aristocracia en la Edad Media, Carlo Cipolla escribió un ensayo sumamente recomendable por la sencillez con que explica todo lo que todos deberíamos saber y, sobre todo, porque sus escasas páginas nos hacen leerlas sonriendo. Allegro ma non troppo empieza con una explicación de lo que es humorismo. Dice Cipolla en su introducción a los ensayos: “Tengo la profunda convicción de que siempre que se presente la ocasión de practicar el humorismo es un deber social impedir que tal ocasión se pierda”. Sus ensayos no pierden esa ocasión al ilustrarnos sobre la historia del gobierno de los “mejores” con tal maestría que quien los lea con detenimiento y voluntad de reflexión, acabará comprendiendo  la evolución política de la sociedad, desde su punto de partida hasta su desastre actual.

La aristocracia, tal como se entiende históricamente, ya no manda. Manda la democracia, dicen, el gobierno del pueblo. Pero no hay nadie en sus cabales, ni tonto de pueblo ni de ciudad, que hoy se crea que el pueblo manda en algún lugar políticamente organizado de la tierra. Hace mucho tiempo que los aristócratas de antigua cepa viven de sus rentas pagando al rey un tributo por su título y sin hacer otra cosa en su vida que aquello que la conciencia le dicte a quien de ellos la tenga. Los de nuevo cuño tienen el honor de que los títulos se siguen concediendo por servicios prestados y que esos servicios hoy no tienen nada que ver con la espada y la sangre, pero  son títulos honoríficos que no reportan beneficio alguno a quienes los ostentan, fuera del lustre. ¿No cabría, entonces, llamar hoy aristócratas a nuestros gobernantes ya que los ha elegido el pueblo y se supone que el pueblo elige a los mejores? Es broma.

Lo que sí es necesario preguntarse es si los sapiens han evolucionado hasta convertirse en seres humanos. Es evidente que todos, no. El individuo humano se caracteriza por su habilidad en el uso  de su facultad racional. Considerando la irracionalidad rampante, resulta que los individuos humanos son minoría entre una masa de sapiens no evolucionados.

Basta un somero vistazo a la casa de los sapiens y a los efectos de la conducta de los sapiens en toda la sociedad para que la realidad confirme la afirmación anterior.

¿En qué realidad objetiva se funda la creencia que decreta al hombre superior a la mujer? En la fuerza que le proporciona la testosterona. Sin necesidad de porra, con la sola fuerza de sus manos, el primitivo podía someter a golpes a su congénere femenina. Muchísimos hombres siguen haciéndolo. No han adquirido la habilidad que permite utilizar la razón adecuadamente. De ahí que la lucha contra la violencia de género no consiga erradicarla. A un sapiens habituado a satisfacer sus necesidades mediante el uso de la fuerza, solo puede detenerle una fuerza superior a la suya. Los asesinatos de mujeres se acabarían el día en que toda mujer amenazada llevara a todas horas un guardaespaldas cachas que le hiciera al sapiens violento la cara nueva en cuanto infringiera una orden de alejamiento. Pero la solución es prácticamente imposible. Todos los guardaespaldas pagados por el gobierno están ocupados protegiendo a políticos.

Esa violencia primitiva no es exclusiva de los sapiens machos. Algunas sapiens hembras, trastornadas por su brutal sometimiento o simplemente por imitación de la conducta de los machos, solucionan la educación de sus hijos a base de mamporros y bofetadas. Lo que a su vez puede conducir a un niño a agredir a un compañero más débil, amparándose en su fuerza o en la fuerza de un grupo.

¿Se trata de conductas aisladas en el seno doméstico o en el ámbito escolar? Solo la fuerza de la ley evita que las calles de los países civilizados se diferencien de las cuevas donde habitaban los trogloditas o de los campos de batalla donde los primitivos de diferentes épocas se cortaban las cabezas para obtener sus deseos. El ansia de violencia sigue agitando las glándulas de los sapiens y si no van por la vida matándose los unos a los otros es gracias al cine, las series, los juegos. El sapiens recurre a las pantallas para recibir las dosis de adrenalina y otras hormonas que su cerebro necesita viendo como unos personajes se torturan y se descuartizan, y hasta participando, los que pueden, en torturas y descuartizamientos gracias a la tecnología que permite actuar en la realidad virtual.  ¿Qué pasaría si se prohibiera la violencia en películas y juegos? O aumentaría exponencialmente el número de lectores  con los millones de sapiens que buscarían compulsivamente escenas violentas en los libros, o las calles se volverían tan inseguras como vías medievales infestadas de bandidos.

Desde una perspectiva racional, los mejores de la especie son los que han evolucionado desde el estadio de sapiens al de seres humanos, personas  que rigen su conducta por un criterio moral informado por su razón. El ser humano es el único que objetivamente merece el nombre que dieron los griegos a los mejores: aristo; excelente. Pero sobra el sufijo crata, de cratos; poder. El poder del ser humano suele circunscribirse a sí mismo.

En una democracia, todos los ciudadanos tienen derecho a elegir a sus gobernantes, y componiéndose la sociedad de una inmensa mayoría de sapiens, seres cuya conducta la determinan, prioritariamente, sus vísceras y los valores impuestos por razones ajenas, los candidatos elegidos son aquellos que consiguen satisfacer las necesidades viscerales de los electores. Podría decirse, pues, que la democracia es el gobierno de los sapiens, pero como todos sabemos, en la realidad no es así. Una vez elegido, el gobernante desprecia olímpicamente a sus electores. La mayoría de sapiens que le ha llevado al poder cae en una inmensa maquinaria donde toda personalidad es triturada para convertirla en un número. Los políticos no pueden gobernar para personas porque no son las personas las que van a mantenerle en el poder; es el número de votos.

Llevó la razón a algunos pensadores griegos y romanos a concluir que el mejor sistema de gobierno era la república aristocrática. Ese gobierno ideal nunca ha logrado encarnarse en la realidad. Su reino se encuentra en el ámbito de cada conciencia. Es en su propia mente donde el ser humano ejerce su poder, un poder que nadie puede arrebatarle. No hay político ni mercachifle ni estafador que consiga derribar las puertas del castillo donde manda la razón de un ser humano. Ante la calamidad en que los gobernantes han convertido a las sociedades, al mundo, el único refugio que queda al ser humano autenticamente aristócrata es la república aristocrática de su casa.

 

(Escudo de la Repúbica Aristocrática de Triago obra de Su Excelencia Alfonso Morena del Alamo, Embajador Plenipotenciario de la República).

 

¿Y ahora qué hacemos?

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La mayoría de los catalanes decidió ayer votar con el sentimiento, las emociones; es decir, las gándulas. Pues bien, cuatro años más en que se profundizará la división, en que la grieta se puede convertir en un abismo. Mientras la política seguirá dando vueltas en la noria -independencia sí, independencia no- el catalán, la persona que lucha cada día para llegar al día siguiente, se encontrará cada vez más solo para enfrentarse a los problemas que le plantea el país tal como está. Pero es lo que ha elegido la mayoría, ignorar los problemas sociales tapándolo todo con banderas y lacitos.

¿Y ahora qué hacemos? Elegir. Seguimos a la manada blandiendo banderas, gritando, cantando o tomamos conciencia de nuestras facultades, de lo que somos y de lo que podemos llegar a ser dedicando nuestros mayores esfuerzos a evolucionar como seres humanos. Podemos dejar nuestras vidas en manos de una masa que se niega a razonar o la ponemos en manos de nuestra facultad racional decidiendo a cada momento dar una paso adelante para ser cada vez más personas. Si dejamos la solución a nuestros problemas en manos de los demás; si dejamos que sea la mayoría la que determine lo que es normal y lo  que no lo es, lo que es o no legítimo, lo que debe estar bien visto o mal visto, habremos perdido para siempre la oportunidad de ser lo que veníamos a ser cuando llegamos a este mundo.

A quienes tienen decidido tomar el timón y ser patrones de su propio barco, pase lo que pase y por picado que esté el mar, buen viaje. Nosotros, solo nosotros -y con razón me incluyo- ganamos ayer la elecciones.

Carles Puigdemont: “Mi cabeza por un trono”

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Carles Puigdemont recuerda a aquel  Carlos María Isidro de Borbón, hermano de Fernando VII, que vivió toda su vida adulta y se fue de este mundo aspirando a un trono que, según él, le habían robado ilegítimamente. Don Carlos nunca aceptó que su hermano, el rey, publicara la Pragmática Sanción, aprobada por las Cortes en 1789; ley que permitiría a su hija Isabel heredar el trono España. La Pragmática Sanción era legítima y legal desde el momento de su publicación, pero Don Carlos, con su particular idea de la legalidad, decidió negarle  validez y movió a sus partidarios a iniciar una guerra en tres etapas, con diversos alzamientos y guerrillas entre medio, que cubrió de sangre  el País Vasco, Navarra y Cataluña durante cuarenta y tres años.

¿Qué tendrá que ver con el infante Don Carlos un alcalde de provincias que llegó a la Generalitat de rebote? Se trata de una analogía que admite todas las salvedades posibles, por supuesto.

Elegido diputado por aparecer en el tercer lugar de la lista de JuntspelSí por Girona, Puigdemont fue elegido por Artur Mas para que fuera investido President, y lo fue el 10 de enero de 2016. Al día siguiente, el flamante President hacía su entrada solemne en el Palau de la Generalitat ante una escuadra de Mossos que le rendían honores como Comandante en Jefe de las fuerzas armadas catalanas. Tal vez  fue en  ese momento cuando, por misteriosas redes preternaturales, el espíritu de Don Carlos de Borbón descendió sobre  su alma poseyéndola plenamente.

Carles Puigdemont  se sintió cómodo en el trono desde el primer instante en que sus nalgas lo tocaron, tan cómodo que decidió que ningún poder de este mundo le iba a expulsar el culo de tan egregio lugar, aunque fuera el poder en pleno de todo el estado español. ¿Con qué fuerzas contaba para oponerse a las de España? Puigdemont y los suyos se pusieron a trabajar rápidamente para diseñar un Full de ruta en el que se detallara punto por punto la estrategia a seguir para ganar la guerra.

Tomando en cuenta la inferioridad numérica de los Mossos con respecto al ejército español y considerando que no era de esperar que potencia extranjera alguna ofreciera su ejército para  asistir a su  causa, Puigdemont y sus asesores comprendieron desde el principio que la guerra solo podría ganarla el poble de Catalunya. Concentraron, pues, sus esfuerzos en analizar la composición de tan abigarrado ejército, dividiendo a sus integrantes en grupos según su grado de adhesión. Los individuos que formarían la  tropa de vanguardia, la que se podía mandar al combate con solo pedírselo por redes y prensa, eran aquellos que, para entenderse, llamaron convencidos hiperventilados. Esos convencidos y otros que se pudieron convencer por el camino formaron la élite del ejército de la República de Cataluña tomando calles, carreteras, estaciones de tren, colegios electorales ilegales y hasta las calles de Bruselas. Es un ejército pacífico que se divierte agitando banderas, gritando consignas y cantando canciones patrióticas, pero resulta invencible ante las fuerzas del orden españolas; policías sin recursos para enfrentarse a los móviles de la multitud dispuesta sacar fotografías en cuanto un uniformado con material antidisturbios aparece blandiendo una porra.

¿Quiénes son los hiperventilados? ¿Quiénes forman el poble de Puigdemont? Curiosamente, una población muy similar a la de los carlistas del siglo XIX: pequeños propietarios, el clero, lo más tradicional y conservador del mundo rural. En lenguaje moderno, los carlistas serían la derecha en oposición a los liberales, que serían la izquierda.  Pero, ¿no obtuvo Puigdemont la investidura gracias a un partido de extrema izquierda radical? Cuando se trata de conservar el trono no se le hace ascos a nada ni a nadie.

Y fue así como se desató la primera guerra carlista en la Cataluña del siglo XXI. Hasta ahora no ha habido muertos. Todavía no está el poble para sangre de verdad. Pero en el momento en que Carles Puigdemont anuncia una pronta separación de España, se rompen las hostilidades entre los catalanes dividiendo familias, separando amigos, enemistando a vecinos. Se diría que el ambiente está preparado para estallar si Carles Puigdemont recupera su trono y sigue dirigiendo la guerra desde la presidencia de la Generalitat durante cuatro años más.

¿Es esto posible? Puigdemont cree que sí. Exiliado en Bélgica por voluntad propia, sigue considerándose President de la Generalitat, y como tal se presenta ante los gobiernos europeos esperando que le otorguen la legitimidad que las leyes españolas le niegan. Su futuro y el futuro de Cataluña siguen dependiendo del poble, ese poble mayoritariamente rural que, representado por sus alcaldes,  hace poco rindió honores en Bruselas a su President depuesto en una escena que, de haber ocurrido en otro recinto, nos hubiera catapultado hacia atrás, a los tiempos del medioevo.

Siglo XII o siglo XIX, qué más da. Puigdemont vive fuera del espacio y del tiempo. Algunos dicen que ha perdido la cabeza. También la perdió Don Carlos por el trono de España.

Oriol Junqueras. La historia interminable

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Es difícil no sentir ternura y compasión por Oriol Junqueras. Independentista desde niño, con una fe y una lealtad tan fuertes como su fe religiosa, Junqueras no ha perdido nunca la intensidad con que un niño se aferra a sus creencias.

Oriol Junqueras es el Bastián Baltasar Bux de su propia Historia Interminable dedicado en cuerpo y alma a la salvación de su Fantasía, la República de Catalunya. Ni siquiera la prisión ha logrado conmover su fe. Convencido de que la República vivirá y sobrevivirá en la medida en que sea capaz de desearla, Junqueras sigue deseando para que la Nada de la realidad no acabe con su sueño. No existen para él los escollos que quieren barrarle el paso hacia la Emperatriz Infantil, Fantasía, su República. No puede comprender que más de la mitad de los catalanes no compartan su sueño. No puede comprender que la historia de ese sueño empezó a escribirse cuando un político astuto y cínico utilizó el viaje a Fantasía para engañar a quienes compartían el sueño de Junqueras. No puede comprender que ese viaje terminó en la Nada, una realidad que ningún amuleto puede modificar.

Todos los catalanes sabemos el daño que nos ha causado la aventura independentista. Durante cinco años se nos han recortado derechos y libertades con más ferocidad que la de las tijeras del gobierno español. Todo catalán que no ha emprendido el viaje por Fantasía siente miedo e indignación ante el empecinamiento con que los políticos que se llaman independentistas quieren obligarnos a continuar durante cuatro años más  la horrenda travesía, sabiendo que volverá a conducirnos a la Nada.

Pero es difícil no librar a Junqueras de un juicio severo. Porque es, o al menos parece, limpio, honesto, sincero. El día que vuelva a la docencia podrá seguir dando lo mejor de su pensamiento a sus alumnos con la misma intensidad con que se entregó a la política. Se convertirá entonces en Karl Konread Koreander, el librero que introduce a Bastian en Fantasía revelándole el valor y la necesidad de la imaginación. Junqueras no renunciará a su Fantasía, su Reoública, y seguramente enseñará a otros el camino; aunque tal vez la experiencia le lleve a enseñarles también lo que  Michael Ende resumió diciendo: “entre la realidad y lo fantástico existe un sutil equilibrio que no debe perturbarse: separado de lo real, lo fantástico pierde su contenido”.​

Tal vez Junqueras se estremezca cuando dentro de unos años recuerde lo cerca que sus deseos y sus fantasías estuvieron de tirar a Cataluña por un precipicio. Pero no creo que esa realidad, una vez aceptada, le haga renunciar a su fe, a sus sentimientos. Creo que con ellos se irá a donde quiera que vaya su alma con el amor, con las Aguas de la Vida, que según mi fe, podrá disfrutar toda la eternidad. Esa será su recompensa.

 

 

 

Los tiempos del odio

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Como cada domingo desde hace unas cuantas semanas, la radio me lleva años atrás, a los días tenebrosos en que la mayoría de los españoles renegaron de su condición humana y se transformaron en bestias. Miles de pueblos conservan hoy monumentos que cuentan esa bestialidad. En las fosas comunes, miles de huesos esperan que alguien les saque, que les ponga nombre, que les vuelva a llorar, que les vuelva a dar el amor que perdieron cuando el odio les arrancó de los suyos, de la vida. Hoy he llorado con las lágrimas de la anciana que se abrazaba a unos huesos rescatados de una de esas fosas  porque podrían ser los de su padre, pero aunque no lo fueran, porque en ese abrazo abrazaba a todas las víctimas de las banderías que enloquecieron a los españoles empujándoles a regar su tierra de sangre y lágrimas.

Hoy me he despertado con mi tierra envuelta en banderas; senyeras, esteladas, rojigualdas. Cada bandera identifica al portador con una bandería, con una facción  de las tantas que hoy dividen la tierra de los catalanes en bandos irreconciliables. Vuelvo a hacerme la pregunta que millones de españoles se han venido haciendo durante los últimos ochenta años. ¿Cómo ha podido pasar esto? ¿Por qué? Los interesados en justificar su postura ofrecen diferentes respuestas; respuestas superficiales, respuestas que no satisfacen la curiosidad del alma humana, porque no hay alma auténticamente humana que pueda comprender por qué unos seres humanos se lanzan contra otros  para defender una idea. Porque no hay alma auténticamente humana que comprenda por qué y cómo puede un ser humano deshumanizarse, convertirse de pronto en el salvaje que defiende su territorio a dentelladas y zarpazos como cualquier animal.

Mi pueblo está sembrado de lazos amarillos. Hay más de cinco mil adornando todas las barandillas de puentes, de paseos; el muro de la plaza de la iglesia, las ramas de algunos árboles. Nadie ha pedido permiso a los vecinos para que mi pueblo, como tantos otros pueblos, haga pública profesión de ingenuidad, de adhesión a una mentira. Tampoco se pidió permiso a los habitantes del pueblo para plantar en uno de sus límites una gran estelada en un mástil muy alto. Por la voluntad y el poder de quienes le rigen, mi pueblo está ostentosamente adscrito a una de las facciones en las que hoy se divide mi país; a una sola de las facciones que dividen a mi pueblo. Y uno hasta agradece que solo sean unos lazos y una bandera. Sobrecoge pensar qué pasaría si tanto fanático dispusiera de armas. Sobrecoge pensar que después de ochenta  años llorando muertos, de cuarenta luchando por la libertad, tantos catalanes hayan vuelto al principio de los tiempos del odio. ¿Cómo nos ha podido pasar esto?

Dios o la Naturaleza, como se prefiera, creó a un ser llamado a ser humano por la gracia de una facultad que le distingue de todas las especies; la facultad de la razón. Al mismo tiempo, Dios o la Naturaleza dotaron a ese ser de otra facultad desconocida en el reino animal; la voluntad. La voluntad permite y a la vez exige al ser humano ir construyendo su propia vida mediante sus elecciones. Y la voluntad le permite, además, dejar de ser humano cuando quiera. El ser humano es el único ser vivo sobre la tierra que puede dejar de ser lo que es ignorando lo que le hace ser lo que es. El ser humano puede deshumanizarse abdicando de la facultad de la razón. Es eso lo que pasó hace ochenta años; es eso lo que nos está pasando ahora.

El jueves 21 de diciembre se vuelven a poner las urnas para que los catalanes decidan a donde quieren ir y cómo. Esta vez no se trata de una farsa montada por unos políticos empeñados en hacer su santa voluntad sin contar con el amparo de la ley, ni siquiera con la voluntad de la mayoría de los catalanes. Esta vez las elecciones cuentan con la garantía de las leyes y de un recuento de votos que no dependerá del capricho de unos políticos inmaduros que nos han puesto en evidencia ante el mundo entero actuando como niños malcriados presos de una pataleta. El 21 de diciembre se decidirá el futuro inmediato de todos los catalanes. Y ese futuro depende del número de catalanes dispuestos a liberar su razón de la tiranía de sus emociones y sentimientos; dispuestos a votar como seres humanos, es decir, racionales; dispuestos a elegir racionalmente cómo quieren que sea su país durante los próximos cuatro años; cómo quieren que sean sus vidas y las de sus hijos.  

En las elecciones contienden dos bloques, dicen: independentista y constitucionalista. ¿Cuántos elegirán a un partido de su bloque porque dentro de su bloque es el que les inspira mayor simpatía? Ese número de seres obnubilados por sus emociones puede llevarnos a todos a la ruina; a la ruina moral, económica y social.

¿Cuántos elegirán a un partido negándose a aceptar la división en bloques, reflexionando sobre el programa y los candidatos que el partido presenta; sobre la garantía que la trayectoria y personalidad de esos candidatos les ofrecen para darles un voto de confianza? De estos últimos depende que los catalanes podamos dejar atrás la tentación de revivir los tiempos del odio y ponernos a trabajar para reconstruir lo que la política irracional ha destruido.

Sobra enumerar las evidencias de irracionalidad que han dado todos los partidos y asociaciones independentistas. Quien repase en su memoria sin pasión lo que estos han hecho, lo que han logrado durante cinco años, no necesitará más argumentos que los que ofrece la realidad para darse cuenta del daño que han hecho a Cataluña, a los catalanes, y que seguirán haciendo si salen elegidos.

Ciudadanos se fundó para oponerse a la inmersión lingüística que pretendía reparar el daño causado por la dictadura a los niños catalanes prohibiendo la enseñanza de su lengua. Su trayectoria de los primeros años en el Parlament y ante la opinión pública, consistió en erigirse en adalides en la defensa del español denunciando la discriminación de esa lengua en Cataluña, creando una conflictividad lingüística que no existía. Su salto a la política nacional ha ampliado sus intereses y sus ambiciones. En España, Ciudadanos se identifica con la política más conservadora rivalizando en derechismo con el Partido Popular. En Cataluña, se proponen ofreciendo  un programa social, es decir, desplazado a la izquierda, copiado más o menos del socialismo. ¿Es que hay dos Ciudadanos, uno  para aquí y otro para allá? Sea como sea, es lo de menos. Lo de más es que si gana las elecciones, si consigue formar o presidir el gobierno de la Generalitat y controlar el Parlament, tendremos confrontación para cuatro años más; volveremos a los tiempos del odio. Ciudadanos no solo pidió que se interviniera la autonomía de Cataluña, pidió que se hiciera con mucha más dureza de lo que se hizo. Por Ciudadanos no hubiera habido elecciones que devolvieran a los catalanes el gobierno de su autonomía tan pronto. Esto no lo olvidarán los independentistas y se pueden pasar cuatro años haciendo todo lo posible para que no lo olvidemos los demás. ¿Cuántos votarán a Ciudadanos con las vísceras porque el catalán no les gusta, por odio a los independentistas, por miedo a que los independentistas acaben de destruir el país? Ese voto hará que vivamos cuatro años más en una casa dividida donde unos por un lado y otros por el otro no hagan nada por sacar adelante  la casa común.

En cuanto al PP, más de lo mismo y cuanto se diga, sobra. Basta mirar al resto de España.

Los candidatos de los dos bloques han ignorado las necesidades de los catalanes durante toda la campaña, como las han estado ignorando durante cinco años y, si se quiere,  más. Todos se han comportado y se comportan como una gatería jugando con ovillos de lana, enmarañando la situación económica y social del país como si para conseguir sus objetivos, fuera necesario enredar todo lo posible a los catalanes.

Entonces, ¿a quién voto?, me pregunto. Tanto los independentistas como los del bloque PP-Ciudadanos atacan a un candidato que se niega a participar en su peculiar espectáculo de lucha libre; los comentaristas de impresionante currículum le ignoran; los tuiteros y feisbuqueros mandados por su bloque respectivo le ponen a parir. ¿Qué tiene Miquel Iceta que despierte tanta animadversión?

Hay algo que hoy parece estar absolutamente pasado de moda; el sentido de la responsabilidad. Miquel Iceta ofrece hacerse responsable de reconducir a los catalanes a la vía de toda la vida. La vía familiar por la que transitábamos sin más sobresaltos que los problemas cotidianos a los que todos nos tenemos que enfrentar.  La vía por la que íbamos haciendo lo que queríamos hacer: vivir en paz, trabajar para prosperar y ver prosperar a nuestros hijos; sentirnos ciudadanos del mundo o catalanistas  a morir o las dos cosas sin que ninguna de las opciones determinara nuestra relación con nosotros mismos y con los demás.

A Miquel Iceta no le quieren ninguno de sus compañeros candidatos porque se niega a engancharse del brazo del uno o del otro excluyendo a los de los otros partidos. No le quieren los medios porque no satisface el morbo de los morbosos  lanzando dardos y haciendo sangre para divertir al personal.  A Miquel Iceta no le quieren sus adversarios políticos porque en su programa y en cada uno de sus discursos pone en evidencia a quién entiende la política como medio para lograr sus fines. Miquel Iceta, sin alharacas, con absoluta sencillez, pero también con una firmeza que no admite discusión, recuerda a todos que la política es, debe ser, un servicio público; que la obligación de un gobierno es gestionar los recursos en beneficio del bien común.

Lo que ha dejado a Cataluña en el estado en que se encuentra y bajo la amenaza de ir a peor no ha sido la política, ha sido el politiqueo de politicastros.  Como estoy convencida de que solo un político responsable puede devolver a los catalanes la racionalidad que nos aleje del peligro mortal de los tiempos del odio, voy a votar a Miquel Iceta porque me lo dicta mi razón.

 

 

 

Pienso, luego Iceta

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Las últimas encuestas sobre las elecciones autonómicas en Cataluña nos plantean un misterio aparentemente  insondable. Los partidos independentistas vuelven a aproximarse a la mayoría absoluta.

Tras unos cinco años  de yermo político en el que solo sonaban las arengas,  los cánticos y los clamores de independencia; en el que solo  iluminaban el panorama desolador las estrellas de las esteladas; con el rastro infamante de los perjudicados que fueron cayendo por el camino, y que  tirados se quedaron porque no podían seguir caminando sin ayuda y nadie les ayudó, uno se pregunta, perplejo, qué clase de personas quieren seguir vagando sine die en este purgatorio.

La respuesta nos la da el documento EnfoCATs, que ahora navega por Internet al alcance de cualquiera. En él, los diseñadores de la hoja de ruta hacia la independencia  analizan por grupos los tipos de persona a los que tienen que venderles el “procés” y la forma de convencerles, o mantenerles convencidos, con más efectividad.

El primer grupo corresponde a los que en el documento se les llama “Convencidos hiperventilados”. Curiosa asociación la que establecen entre el seguidor del ideal de independencia  y un paciente aquejado del trastorno por el que aumenta la frecuencia de la respiración causando, entre otros síntomas, obnubilación de las facultades mentales. ¿Qué quieren decir? ¿Que el convencido de que la independencia de Cataluña es posible, aunque se opongan el gobierno español y el mundo entero, padece una disminución de su facultad racional? El mismo documento dice que este tipo de personas necesita conocer de hitos y celebrar hechos. De lo cual se deduce que las manifestaciones de protesta, de resistencia o de exhibición de agravios  se nutren de convencidos hiperventilados; que para convencidos hiperventilados se emiten los programas de la radio y televisión públicas catalanas y de otras emisoras subvencionadas; que para convencidos hiperventilados se escriben artículos en la prensa afín y se cuentan historias de una Historia de Cataluña adaptada a la necesidad de hitos y celebraciones que apremia a los convencidos hiperventilados.

Todos los otros grupos que se enumeran en el documento tienen su ¡qué!, pero los del último, los que definen como “Convencidos del NO”, parecen correr verdadero peligro. Dice el documento que para sumarse esencialmente, los del NO necesitan “Motivos de impacto personal inmediato”. ¿Y eso que es? Cualquier cosa impactante, supongo, desde un golpe en toda la cabeza con una porra o con lo que sea, a pedir a la madre hiperventilada del negativo que se le ponga de rodillas hecha una mar de lágrimas suplicándole que diga que sí a la independencia. El peligro más serio aparece en la columna que titulan “Qué tenemos que hacer”. La primera medida reza: “Activar sus entornos independentistas más cercanos”. ¿Para qué? ¿Para que parientes y amigos del negativo le destierren o le linchen si no abraza el independentismo o, nuevamente,  activar a su madre para que vaya llorando por la casa o amenace echarle o prohibirle la entrada si se emperra en su NO? La segunda medida recomienda “Desincentivar la participación”. ¿Cómo? ¿Qué los ayuntamientos independentistas nieguen  a los negativos subvenciones o participación de cualquier tipo en los actos de su pueblo o ciudad? ¿Convencerles de que no voten?

Este documento y el ya célebre cuaderno Moleskin de Josep Maria Jové, secretario general de Vicepresidencia, Economía y Hacienda  del gobierno independentista, nos revelan la voluntad de los líderes del “procés” de conseguir una población hiperventilada, irracional. Y nos revelan, además, que esa estrategia no obedeció  a la irracionalidad de los líderes. Quienes diseñaron en serias reuniones el EnfoCATs y quien anotaba escrupulosamente cuanto ocurría en esas reuniones eran racionalmente conscientes de lo que hacían. Sabían, y así lo manifestaron en diversas ocasiones, que el único modo de imponer la independencia contra la oposición del gobierno español, era poner de escudo a la gente. ¿Qué el referendum era ilegal? En una democracia,  la voluntad del pueblo está por encima de las leyes. ¿Qué el gobierno de España no permitiría votar el 1 de octubre? No podría impedirlo si se convocaba a la gente a plantarse ante las puertas de los recintos donde se iba a votar impidiendo el paso a las fuerzas de seguridad. ¿Qué la guardia civil emplearía la fuerza para abrirse paso e impedir la entrada  a los que iban a votar? Las imágenes de la violencia policial darían la vuelta al mundo inclinando a la opinión pública internacional a favor de los catalanes oprimidos por un gobierno totalitario que no respetaba los derechos humanos. ¿Qué la posterior  declaración unilateral de independencia era ilegal y podría provocar que el gobierno español interviniera la autonomía de Cataluña? El gobierno no se atrevería a hacer tal cosa contra la voluntad del pueblo que votó a favor de la independencia; unos dos millones según el “govern” aunque nunca se sepa de dónde salió esa cifra. En el documento, los líderes afirman que el éxito del “procés” depende de la conflictividad que se genere en Cataluña.

En resumen, la estrategia para conseguir que Cataluña se constituyera en república independiente consistía en movilizar a los “convencidos hiperventilados” provocando, con discursos y eventos, la secreción hormonal que producen las emociones, secreción que a su vez produce la hiperventilación. Es decir, que la independencia de Cataluña dependería del número de hiperventilados que se movilizaran para hacer en la calle el trabajo a los políticos. Es decir, que la República de Cataluña solo sería posible si la exigía un pueblo hiperventilado, irracional, enloquecido. Para mantenerle enloquecido podía recurrirse a la mentira, sin límite ni reparo moral, (ver “El Príncipe” de Nicolás Maquiavelo).Y sin límite, sin reparo moral ni de cualquier otra índole, sin ningún miedo al desmentido o al ridículo, los líderes independentistas, desde Mas a Puigdemont pasando por Junqueras y Rovira, se pusieron a mentir para mantener la hiperventilación, y aún siguen en ello.

La estrategia de los líderes del “procés” produjo resultados inmediatos. Los no hiperventilados decidieron poner pies en polvorosa por lo que pudiera pasar. Los bancos perdieron unos 9.000 millones en depósitos y cuentas a la vista; cerca de 3.000 empresas sacaron de Cataluña sus sedes sociales. Una población de hiperventilados bajo el control de líderes dispuestos a que su pueblo se enfrente a lo que sea  con tal de lograr sus fines, espanta a cualquiera que esté en pleno uso de sus facultades mentales. Pues bien, ese es el panorama que se comprometen a repetir Puigdemont y Junqueras si ganan las elecciones. La CUP promete, además, cargarse el sistema completo para empezar a reconstruir de cero, Dios sabe cómo, la gloriosa República de Cataluña. ¿Quiénes pueden votar para que se repita un panorama así? Los convencidos hiperventilados y los nuevos prosélitos captados por las mentiras.

Ante esta perspectiva terrorífica, dicen las encuestas que un gran número de electores está dispuesto a votar por Ciudadanos.

Ciudadanos también cuenta con convencidos hiperventilados. Están en ese grupo los que se emocionan ante una bandera de España con la misma intensidad con la que se emociona un independentista ante su estelada; los que se emocionan oyendo un pasodoble de Manolo Escobar tanto como a un independentista emociona el canto de Els segadors.

Además de esos convencidos hiperventilados, se dice que votarán a Ciudadanos quienes creen que ese partido impondrá una paz a la fuerza que acabe con la conflictividad forzada por los independentistas. Entre estos últimos están quienes, por diversos motivos, no entienden lo que significa Josep Lluis si no se lo traducen al castellano, y saben que Ciudadanos acabará con la inmersión en el catalán porque para eso lo fundaron; y están quienes quieren que en Cataluña mande un gobierno en todo similar al PP español para que Cataluña pueda disfrutar de la estabilidad sin sobresaltos que a España ofrece Mariano Rajoy.

Por supuesto, los líderes de Ciudadanos mienten tanto como los independentistas para convencer al cliente. Prometen moderación, transversalidad, voluntad de diálogo, políticas sociales, copiando de sus competidores lo que haga falta con tal de quitarles clientela, mientras en el Congreso apoyan con sus votos las medidas ultraconservadoras del PP, sus compañeros de ideología.

El éxito de la candidata de Ciudadanos depende, pues, del voto de los convencidos hiperventilados, de personas con dificultades para aprender idiomas y de personas tan escamadas con la conflictividad independentista que quieren la paz a toda costa. En España, las mayorías que ha obtenido el PP a pesar de su corrupción y de la ineptitud del gobierno, se explican por el miedo. En Cataluña, el voto de los escamados se va a Ciudadanos por la misma razón.

Hace siglos, un pensador, horrorizado por el daño que la irracionalidad hacía a la mente humana, decidió rechazar todas las ideas creadas e impuestas por otras mentes y reemplazarlas por los productos de su propio esfuerzo racional. René Descartes popularizó un principio que la inmensa mayoría conoce y repite aunque nunca haya oído hablar del filósofo francés: “pienso, luego existo”. El ser humano ha sido creado, por Dios o por la Naturaleza, para pensar, para analizar la realidad y orientarse en ella con su pensamiento.  La evolución del ser humano depende de que su pensamiento sea informado por su razón. Hoy, es la razón lo único que puede sacarnos del atolladero.

La situación actual de Cataluña requiere que todo aquel que quiera vivir en paz, en concordia; que todo aquel que entienda que la paz y la concordia sólo son posibles donde impera la solidaridad y la igualdad; que  todo aquel que quiera progresar mirando al frente, negándose rotundamente a cualquier cosa que le empuje a retroceder; que todo aquel que tiene en su mano sacar a Cataluña del bache en el que la ha hundido la irracionalidad, piense, razone antes de ejercer el derecho al voto, siendo el voto lo único que le otorga el poder efectivo para transformar su país.

Pensando, razonando, me pregunto, ¿qué candidato me ha dado pruebas, durante toda su trayectoria política y particularmente durante la última legislatura, de ser capaz de devolver a Cataluña la sociedad solidaria, igualitaria, progresista que puede volver a distinguirla como nación de vanguardia en el conjunto de las naciones de España? ¿Qué candidato me garantiza que en Cataluña volverá a imperar la racionalidad?

Pienso, luego Miquel Iceta Llorens.

https://es.scribd.com/document/361162525/EnfoCATs-Full-de-ruta-del-Govern-per-a-la-independencia

 

 

El horror de ser socialista.

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Decidí ser escritora a los siete años. A todos les hizo mucha gracia y la verdad es que me estimularon elogiando todo lo que escribía. Al terminar el bachillerato tenía muy claro que quería estudiar Filosofía y Letras; más por la filosofía que por las letras. Mi padre sufrió un disgusto muy serio cuando se lo dije. Mi elección demostraba mi absoluta carencia de sentido práctico y eso, naturalmente, le preocupó. Mi madre, por su parte, no concebía que yo pudiera ser otra cosa que abogada porque era la profesión en la que más podía ayudarme por sus conexiones. La universidad americana, con su sistema de créditos, me permitió optar por un camino intermedio: “mayor”en Ciencias Políticas y “minor” en Literatura Inglesa.

En el segundo semestre de mi primer año de universidad descubrí que era socialista. Descubrí también que mi socialismo era cosa de mi conciencia, de mi pensamiento, de mis emociones, pero que no tenía nada de práctico. Pronto me golpeó el desprecio de mis compañeros socialistas, entusiasmados, todos ellos, con la revolución cubana. ¿El socialismo aceptaba la supresión de todas las libertades, las constantes ejecuciones que convertían en chiste la palabra “paredón”, los comités de vigilancia que imponían la pureza ideológica en los barrios, el adoctrinamiento desde la más tierna infancia? Mi pregunta provocaba sonrisas de condescendencia. Era muy joven, era mujer, era natural que sólo se me ocurrieran tonterías. Uno tuvo a bien explicarme lo que era pragmatismo y que el pragmatismo en política tenía que estar por encima de cualquier ideología. ¿Por encima del bienestar, de la vida de los seres humanos?, pregunté. Me respondió que en política yo nunca llegaría a ninguna parte, y acertó. Pero yo, terca de nacimiento, seguí con mi idea del socialismo, un socialismo democrático que no tenía nada que ver con el mal llamado comunismo. En cuanto al pragmatismo, a algunos les sirvió en España para convertirse en “beautiful people”. El hecho de no tenerlo me sirvió a mi para ir convirtiéndome en más persona mientras más me preocupaban las personas, fueran beautiful o no. Eso que he ganado.

Hace poco más de tres años me pidieron que colaborara en un periódico. Empecé muy bien, muy filosófica. Me pusieron los artículos en la sección de Sociedad. Pero poco a poco, fui derivando hacia la política y descendiendo a lo concreto, y tan concreta me volví, que acabé defendiendo al PSOE abiertamente en la campaña electoral de 2015. Según las encuestas, yo apostaba por el partido perdedor. Pero bueno, lo de pragmatismo no me había entrado nunca, repito.

Algo empezó a sonarme mal en aquella campaña. No sólo eran los adversarios del candidato socialista los interesados en hacerle perder. Dentro del mismo partido sonaban, día sí y día también, voces que ponían en duda, de un modo u otro, sus aptitudes para ser presidente del gobierno. Ya te vale, me dije, así no hay quien gane. Pero como carezco de sentido práctico y contra eso no hay nada que hacer, mi conciencia, mis convicciones y mis emociones me obligaron a defender a Pedro Sánchez a capa y espada cuando perdió las elecciones, cuando perdió la investidura, cuando algunos compañeros suyos lo destronaron y cuando los militantes lo volvieron a entronar. Y en esas sigo. ¿Qué gano? Una satisfacción personal que no tiene precio.

Sigo siendo socialista a pesar de todos los tuits que cada día me recuerdan los errores que cometió el PSOE hace diez, veinte, cuarenta años y cuando Pablo Iglesias Posse apoyó la dictadura de Primo de Rivera, dice uno. ¿Qué hubiera hecho el PSOE en la conquista de América? El caso es que nunca he tenido carnet del PSOE ni me interesan los que siguen a un partido como si fuera un equipo de fútbol. Me interesa la persona que con hechos y palabras me demuestra que está en política porque le interesan las personas. Y por eso me metí en el fregado de defender a capa y espada a Miquel Iceta cuando ser socialista en Cataluña se convirtió en un horror. Pero no es que sea masoquista. Es que siento un profundo respeto por las facultades mentales que me tocaron en la lotería genética, y mis facultades mentales me dicen que, como están las cosas en Cataluña, es la única elección si una quiere votar con responsabilidad.

Si miramos a la izquierda más siniestra, nos encontramos con una pandilla que confunde la política y las instituciones con un espectáculo. En Cataluña, la CUP no habla de propuestas sociales ni explica su programa de gobierno. Hay que acabar con el sistema, dicen, exhibiendo banderas y eslóganes en camisetas y cartelitos, vestidos y despeinados como si estuvieran en un desierto empujando una furgoneta averiada. Para empezar, hay que sacar a Cataluña de España sea como sea, aunque haya que tirar la furgoneta por un precipicio. Ya se empezará a reconstruir cuando se haya destruido todo. Y la reconstrucción será muy divertida bailando un mambo.

En cuanto a sus afines ideológicos, los de ERC tampoco tienen tiempo para ocuparse de los problemas de la gente. Por encima de todo está la independencia, también como sea y cueste lo que cueste. Sus diputados en el Congreso dan la campanada todos los días como si todos los días fueran fin de año. Uno, tronando con lo que le salga mientras agita su cabellera de león; otro, ofreciendo al respetable su particular versión de la comedia con atrezo y todo. En Cataluña no ofrecen programa para las elecciones. Confían la parte más importante de su campaña a los cartelitos que hay por todos los pueblos y ciudades  del territorio moviendo a los corazones a apiadarse de los que llaman presos políticos y a exigir su liberación. Exigiendo a la juez que encarceló a los encarcelados por violar la ley, demuestran su falta de respeto por la judicatura; lo que demuestra, a su vez, que coherencia no les falta. Al votar por la declaración unilateral de independencia se cargaron sin reparo alguno la Constitución española y el Estatut de Cataluña de un plumazo. ¿Qué respeto les puede merecer lo que digan un fiscal y una jueza? Encima nos dicen que si gana ERC y Junqueras sigue en la cárcel, será presidenta de la Generalitat Marta Rovira, una señora que no tiene reparo en acusar al gobierno español de haber  amenazado al govern con llenar las calles de Barcelona de sangre y muertos si se proclamaba la independencia. Y aún así la proclamaron.  Si los del “cutre look” divierten al estilo de la familia Adams, los de ERC dan más miedo que una película de zombies.

Del PdeCat, antes CiU, ahora Junts por Cataluña, sobra todo lo que se pueda decir porque ya se encarga de decir suficientes disparates su president en el exilio. Otra vez, de sus preocupaciones brillan por su ausencia los catalanes. Lo único que importa es separarse de España, que Puigdemont pueda ser president de la Generalitat cuando regrese, glorioso, del exilio, y si Europa no le quiere reconocer la hazaña, otro referéndum para sacar a Cataluña de Europa con las mismas garantías de que los catalanes votarán sí o sí que tuvo  el llamado referéndum del 1 de octubre.

Pero hay otra alternativa. Hace ya más de diez años, surgió en Cataluña un partido defensor de quienes le tenían manía al catalán. La manía, naturalmente, se extendió al catalanismo, al Estatut, a todo lo que pusiera en peligro las esencias de España, una, grande y libre. ¿Hay algo en Ciudadanos que permita suponer que con Arrimadas en la presidencia de la Generalitat alguien, por fin, empezará a ocuparse de gestionar el país en beneficio de los catalanes? Imposible deducirlo de sus discursos de pre campaña. Su principal objetivo, su manía actual, es convencer al PSC para que le dé sus votos a Arrimadas. “No pongáis palos en las ruedas”, clama la aspirante a presidenta de la Generalitat. ¿Y qué piensa hacer si llega a la ansiada cumbre? ¿Moler a palos a los dos millones de catalanes, más o menos, que seguirán defendiendo su lengua y su nación? Lo único que no necesitan los catalanes en este momento es que continúe la agitación social que nos está llevando a la ruina.

Me he equivocado en muchísimas cosas  en esta vida. Pero no me equivoqué al elegir al socialismo democrático como faro de mis convicciones políticas. No me equivoqué al defender a Pedro Sánchez porque al final, contra toda teoría sobre el funcionamiento tradicional de los partidos, los militantes corrigieron al aparato y le devolvieron la secretaría general.

No me equivoqué al decidir que defendería al PSC y a Miquel Iceta y que le daría mi voto aunque muchos me pusieran a parir. Porque sigo respetando mi inteligencia, como don recibido sin mérito propio, que me obliga a ser agradecida desarrollándola mediante el uso de mi facultad racional. Porque amo a Cataluña con la intensidad, tal vez también heredada, de mis antepasados. Porque no tiene ningún sentido amar a Cataluña, que es solo un segmento en un mapa, si lo que de Cataluña se ama no son las personas que la habitan.

Porque me amo y me importo sobre todas las cosas y a los otros como a mí misma, por la cuenta que me tiene, voy a votar por quien creo que asume y practica los mismos principios y valores que informan mi criterio. A quien creo que como president de la Generalitat gestionará los asuntos de las personas teniendo en cuenta el bien de las personas y nada más. Así que hasta el 21 de diciembre defenderé a Miquel Iceta y al PSC aunque la propaganda de independentistas y españolistas integristas hayan hecho que ser socialista en Cataluña sea un horror.

 

 

 

 

 

¿Independizarse de la cordura o ponerse a trabajar?

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Hace años vi un documental muy curioso en el que se analizaba la conciencia humana desde los parámetros de la física cuántica. Me impresionó vivamente. De aceptar cuanto decía al pie de la letra, uno acababa deduciendo que el ser humano, como observador, puede transformar la realidad con sus elecciones; es decir, a su antojo. Esas deducciones, envueltas en un lenguaje científico, llevaban más al ámbito de la mística que al de la ciencia, pero cuando el documental se popularizó, científicos y místicos pusieron el grito en el cielo, considerando, cada cual por sus propias razones, que el material era herético. Ambos tenían razón. El asunto no tiene nada que ver ni con la física ni con la mística. Tiene que ver con la psicología, y en casos extremos, con la psiquiatría.

No es la realidad efectiva lo que nuestras elecciones transforman. Lo que transforman es nuestra percepción de la realidad. Cuando un independentista catalán dice, por ejemplo, que hoy Cataluña ya es una república independiente y que su presidente  en el exilio  fue depuesto por una potencia extranjera que ha derrocado al gobierno legítimo por la fuerza, a uno que no perciba en su misma onda se le queda la cara a cuadros. Cuando un integrista, por poner otro ejemplo, dice que imponiendo la Constitución española Cataluña recuperará la paz, la convivencia y la prosperidad de inmediato, aunque unos dos millones de catalanes se emperren en vivir en su república, a uno que no perciba en su onda se le pone el cerebro en modo escepticismo radical.

La mente humana puede crear realidades en dimensiones paralelas al espacio que perciben  los seres humanos física y mentalmente sanos. Esa capacidad de crear otro tipo de realidades no depende de elementos cuánticos; depende de la voluntad. Por eso, esas dimensiones imaginarias sólo pueden existir en el ámbito de la mente.

Cataluña es hoy una prueba dramática de la existencia en la sociedad de dos dimensiones imaginarias creadas por la voluntad de dos grupos distintos.

En una habitan los independentistas convencidos de que la voluntad basta para crear y mantener un país independiente. Bastó la voluntad de sus líderes para convencerles de que la existencia de la República de Cataluña solo dependía  de su propia elección. Y la eligieron. Y la voluntad de quienes la eligieron se convirtió, por la voluntad de sus líderes, en un mandato que obligaba a todos a respetar esa elección. El cálculo riguroso de cuántos eligieron la república independiente no se toma en cuenta porque no coincide ni con las expectativas ni con la voluntad de los líderes. Los líderes eligieron crear su realidad y eligieron creer que todo el pueblo de Cataluña elegiría  vivir en esa realidad. Los números, rotundamente objetivos, pertenecen al universo del que su voluntad ha decidido exiliarse. En la dimensión creada por los líderes del independentismo y sus seguidores, todos los habitantes de Cataluña son el pueblo que ha elegido la independencia, y quien no haya elegido la independencia no existe porque habita en otra dimensión.

En otra dimensión viven los líderes que han elegido creer en una España homogénea, sin diferencias ni fisuras. En esa realidad que sólo existe en sus mentes por la gracia de su voluntad, las diferentes etnias y culturas que habitan el país son fenómenos propios de aquellos Coros y Danzas del franquismo que tan bien reflejaban la diversidad folclórica que colorea el  territorio español. Para estos, los catalanes pueden vivir felices bailando sardanas en sus plazas lo días de fiesta, subiéndose los unos sobre los otros en esas torres humanas tan coloristas y vistosas, promoviendo su literatura en juegos florales  y con premios locales.  Por encima de ese folclorismo inofensivo, se encuentra el respeto universal a la Constitución Española; lo más serio, lo más rotundo porque es el fundamento que sostiene la nación, la única nación que es España. En la realidad de estos líderes, la Constitución no se puede modificar en lo esencial porque no se pueden modificar las esencias, y  todo lo que tenga que ver con España es esencial.  Naturalmente, es el español la lengua que debe enseñarse en todos los colegios porque todos los padres quieren que sus hijos dominen un idioma que se habla en todo el mundo. Los catalanes serán felices hablando en su lengua en privado sin que nadie se lo prohíba y los padres serán felices si no se impone a sus hijos en los colegios el estudio de una lengua minoritaria y económicamente inútil. Que la importancia de una lengua depende exclusivamente de su eficacia como vehículo de comunicación entre quienes de ella se sirven para comunicarse, es un valor que no existe en la dimensión de los defensores de la homogeneidad de España.

Para ellos, sólo tiene valor aquello que contribuya a que España sea valorada por la comunidad internacional como país solvente, serio.  Porque España es un país serio y no hay español serio que no la conciba como la conciben los líderes políticos que defienden su unidad y su homogeneidad. Y porque España es un país serio, es necesario conservar el equilibrio que garantiza la estabilidad social y que sólo se alcanza donde todos los ricos  son igual de ricos y todos los pobres, igual de pobres.

En la dimensión creada por los líderes del españolismo liberal y sus seguidores, todos los habitantes de España, o sea, todos lo que tienen derecho a llamarse Ciudadanos, quieren una España única y liberal,  y quien no la quiera así no existe porque habita en una dimensión distinta.

Pero hay una realidad que existe y persiste al margen de la voluntad de transformarla según nuestros deseos. En esa realidad inconmovible, quien infringe la ley va a la cárcel y los políticos que ignoran las necesidades de los ciudadanos se arriesgan a la derrota electoral. Es en esa realidad, la realidad real, donde habita la mayoría de los catalanes.

El catalán que vive percibiendo la realidad efectiva sin crearse ni creerse universos paralelos, pasa de independencia, de Constitución, de abstracciones; pasa de ideologías; pasa de los circunloquios con que los políticos procuran enmarañar sus discursos para no tener que decir la verdad; pasa de mentiras manipuladoras. A los catalanes que viven respetando la realidad que perciben sus sentidos y analizándola con su razón les interesan, como al resto de los españoles, los problemas concretos que tienen que ir resolviendo para vivir de la mejor manera posible. El catalán preocupado por problemas concretos quiere gobernantes que ofrezcan soluciones concretas. 

¿Y quién gobierna y gestiona la realidad; la realidad ajena a consignas, ideologías, patriotismos  y monsergas; la realidad a la que todos tenemos que enfrentarnos cada día para sobrevivir? Es lo que tendrán que decidir cinco millones y medio de catalanes el 21 de diciembre. En ese día crucial para la supervivencia de Cataluña, es decir, de nuestra casa, solo contará la cantidad. De la cantidad de quienes voten por el voluntarismo independentista o por el voluntarismo españolista liberal, dependerá que los políticos elegidos por los unos o los otros sigan obligando a todos a vivir en la dimensión imaginaria del uno o del otro hasta que todos nos estrellemos, tarde o temprano, contra la realidad real.  ¿Hay otra alternativa?

En la realidad ajena a las dimensiones imaginarias, están las propuestas del candidato Miquel Iceta. Miquel Iceta sabe, como sabemos todos, hasta aquellos que habiendo claudicado del análisis racional de las circunstancias aún conservan un resto de cordura, que en la realidad real en la que nos toca luchar a diario, nuestra casa está dividida y empobrecida porque los voluntarismos la han abandonado para ocuparse exclusivamente de la dimensión en la que cada cual eligió habitar.

Iceta sabe, como sabemos todos, que para poner nuestra casa en orden y en pie, hay que aplicar soluciones concretas a los problemas concretos que han deshecho nuestra convivencia y nuestra economía.  Sabe que la convivencia se arregla dando participación a todos, sin exclusiones, en la reconstrucción de Cataluña. Sabe que la economía de Cataluña volverá a flotar cuando los catalanes vuelvan a trabajar unidos creando una atmósfera en la que impere la sensatez, el análisis racional de la realidad y el esfuerzo por sacarle a la realidad el mejor partido. Sólo así llegará el dinero que necesitamos para reconstruirnos y volverá el que huyó de la incertidumbre causada por la irracionalidad.

Iceta sabe, como sabemos todos, aunque algunos quieran ignorarlo, que nuestra casa vive privada de la aportación de miles de catalanes que han sido expulsados a los márgenes de la pobreza por el concepto del liberalismo que prioriza el dinero sobre cualquier otra cosa; sobre cualquier persona. Iceta sabe que el dinero no se hace solo; que la creación de riqueza requiere el esfuerzo de toda la sociedad; que Cataluña no puede darse el lujo de prescindir de una parte importante de su población pagando la costosísima factura de la desigualdad.

Miquel Iceta es el candidato del Partido de los Socialistas de Cataluña. Pero sabe que la realidad real no es un territorio cruzado por dos vías de dirección única; derecha e izquierda. Y sabe que en el momento crítico en que se encuentra Cataluña no hay tiempo para regodearse en definiciones ideológicas ni para velar por intereses de partido.

Cataluña necesita que todos los catalanes despierten de sus ensoñaciones, que se levanten  con los pies firmes en el suelo y se pongan a trabajar para reconstruir lo que se ha destruido. Porque nadie puede independizarse de la realidad sin grave peligro de perder todo lo que la realidad le ha ofrecido hasta ahora y todo lo que sigue ofreciendo a quien esté dispuesto a trabajar respetando sus normas.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

¿Por qué al PSC? ¿Por qué a Miquel Iceta?

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Otra vez en pleno desayuno, una noticia me revuelve el estómago. Noticia local, de Lleida. Ya hay tres aviones fletados para transportar a Bruselas participantes en la manifestación de los independentistas del próximo 7 de diciembre. Dispuestos a fletar un cuarto avión, dicen, porque el tercero ya está casi completo. El viaje de ida y vuelta cuesta 400€.

La noticia me dejó atónita. Empecé a ponerme morada de indignación por dentro. Porque yo no soy política ni analista política profesional. Soy una persona que se toma en serio la vida de las otras personas, nada más, y por eso y sólo por eso, soy política y analista política como cualquiera que entiende que es la política lo que determina en gran parte la vida de un ciudadano. Y también por eso me indigno y trino porque, como no me lo exige mi profesión, no tengo que controlar emociones ni medir palabras para quedar políticamente correcta y sesuda en una tertulia de radio o televisión o en un artículo de periódico. Lo único que me contiene en estos momentos es la buena educación porque lo que acude a mi mente me haría arrojar sapos y culebras.

¿Pero por qué me pongo así? Se trata de unos cuantos cientos de catalanes que viajan a Bélgica para pedir la liberación de sus compañeros encarcelados y el derecho de Cataluña a que se reconozca su república y se la libre de la opresión del estado español. Son gente pacífica, amantes de la libertad, que en los aviones, coches y trenes que les lleven a Bruselas, vivirán una experiencia única de alegría y confraternización que podrán recordar con orgullo el  resto de sus vidas.

Pues por eso me pongo así. Por eso se rebela dentro de mi todo lo que tengo de ser humano. Por eso me salto la norma social que exige que se respeten las opiniones de los demás; norma sensata y justa, pero que llevada a un extremo sin matices, encubre el relativismo moral de las conciencias degeneradas. Mi código me exige intransigencia con toda opinión que niegue o desprecie los valores humanos, siendo el primero el respeto al otro por respeto a su humanidad. Y por eso no respeto la opinión de los que creen que para conseguir la independencia de Cataluña hay que ignorar las necesidades de todos los catalanes.

Anoche, la radio  me arrancó de mi cama caliente cubierta por un nórdico estupendo y me tiró en el pasillo de la morgue de Barcelona sobre una colchoneta  de plástico. Tenía 15, 16, 17 años, y lloraba, lloraba sin parar recordando mi casa, mis padres, mi cama. Decía la radio que esos niños que están durmiendo en el suelo de la morgue están allí porque una denuncia obligó a la Generalitat a sacarles de un centro de internamiento en el que vivían en condiciones infrahumanas. Puede que en ese pasillo se sientan mejor. Ojalá, porque dice la Generalitat que no tiene dónde meter a todos los niños que  llegan a Cataluña  tras haber sido rescatados de una patera.

Esta mañana a las seis, como de costumbre, encendí la radio de mi mesilla antes de encender la luz. La radio me habló de la subida de precios de la electricidad y de la cantidad de gente, en Cataluña, que no se puede pagar el recibo que les permita iluminar y calentar su casa. Dos lucecitas me indicaron en la oscuridad que mi estufa estaba encendida. Me incorporé y me senté en la cama sin sentir frío, aunque la radio me dijo que mi pueblo estaba a 4ºC. Encendí la luz. Sólo tuve que estirar el brazo y buscar el interruptor con la mano para que la luz se encendiera. Me vi aterida de frío, buscando a tientas una vela para ir a la cocina a calentarme leche. ¿Tendrán leche en una casa sin nevera? ¿Tendrán gas para calentar lo que sea y agua para bañarse? Tendrán que ponerse la ropa a toda prisa en la habitación en penumbras mientras por dentro les hiela el terror a afrontar otro día de miseria. ¿Dónde habrá pasado la noche la familia que ayer desahuciaron de su casa por no poder pagar el alquiler? La Generalitat no ha podido pagar subsidios sociales. Alguien dice que por la intervención de las cuentas y el 155. Pero es que algunos hace meses que no se pagan. Ni subsidios ni subvenciones a las ONG que se encargan de los más necesitados ni nada que no fuera a financiar el proceso que habría de conducir a Cataluña a la gloria de la independencia.

Me vi y me sentí pobre, impotente, abandonada en un mundo en el que respiro dentro de un mundo que vive en una dimensión aparte porque el mundo que me rodea no sabe ni que existo ni quiere saberlo. Hablan de millones de pobres, de tantos desempleados, de tantos de tantos años, de tantos que trabajan sin que les llegue el sueldo para pagar el alquiler, el agua, la luz. Soy uno de tantos entre millones. No tengo nombre, ni siquiera un número propio que me identifique. Voy a pedir a una oficina del gobierno, porque eso es lo único que puede hacer un pobre, pedir. Y en la oficina me dicen que hay que esperar porque no hay fondos. ¿Y cómo se le dice al hambre, a la propia y a la de los hijos, que tiene que esperar porque antes de llenarle la barriga a un pobre hay miles de sueldos de políticos que pagar, y miles de gastos que cubrir para que el proceso  pueda culminar triunfante en la República de Cataluña?

Y en eso estaba cuando la radio me cuenta que ya hay tres aviones completos para llevar a los independentistas a Bruselas, que se fletará otro si hace falta y que el viaje cuesta 400€.

Sé que soy un ser humano porque puedo meterme en la piel de otro para sentir lo que siente. Puedo sentir el desamparo de un niño al que todos ignoran; la impotencia de un pobre excluido de todo lo que permite, aquí y ahora, vivir una vida digna. Puedo meterme en la piel de un independentista y sentir cómo se encienden sus emociones cuando alguien le dice que la tierra que ama podrá ver ondear  su propia bandera  entre las de todas las naciones independientes. Pero cuando dentro de esa piel siento que esas emociones son lo único que importa; que esa bandera, que esa independencia vale más, para su criterio, que lo que sienten y necesitan sus compatriotas, solo percibo frío y oscuridad. ¿Cómo puede un ser humano entregar su devoción a una entelequia ignorando a las personas de carne y hueso?

Ya ha empezado la precampaña para las elecciones autonómicas del 21 de diciembre. Ya han empezado los aspirantes a cargos a ofrecer y a criticar lo que ofrecen los otros. En Cataluña, los unos y los otros siguen girando en la noria maléfica de la independencia que arrancó hace unos cinco años y parece dispuesta a girar por toda la eternidad.

Unos confiesan que mintieron prometiendo a los ciudadanos una independencia imposible y piden el voto de los ciudadanos para seguir amparándose en la decisión de los ciudadanos para volver cargar a la independencia sobre sus hombros y volver a escalar la montaña del proceso hacia la independencia imposible hasta llegar a la cumbre donde la independencia volverá  a caer y a rodar cuesta abajo. Otros dicen que la independencia es imposible, que hay que respetar la Constitución, etc., etc.  Y mientras los unos y los otros siguen lanzándose a la cara la independencia, convertida en pelota electoral, la persona que vive y trabaja en Cataluña y necesita soluciones a los problemas que le impiden vivir como un ser humano sabe que tendrá que buscarse la vida como pueda porque hoy y el 22 de diciembre y todos los días sucesivos hasta nadie sabe cuándo, nadie se dignará ni a mirarle porque lo único que tiene que importar en Cataluña es la santa y sagrada independencia. Tendrán que buscarse la vida como puedan los pobres, pero no sólo los pobres. Dice uno de esos estudios que en Cataluña han aumentado los trastornos mentales, la depresión y las enfermedades derivadas del estrés por la incertidumbre que causa la situación política. Porque hay mucha gente que hasta ahora ha vivido bien y que ahora tiene miedo a perder el negocio o el trabajo que hasta ahora le ha permitido vivir bien. Una persona atenazada por la pobreza o por el miedo a la pobreza no puede vivir una vida plenamente humana.

Con la radio apagada hasta medio día, en el silencio que permite la reflexión y después de ir reflexionando para comunicar lo que pienso, llego a la misma conclusión a la que hace tiempo que vengo llegando. El 21 de diciembre votaré por quien me hable de los niños que están durmiendo en un pasillo de la morgue de Barcelona, de los que no tienen luz, de los que han perdido su casa, de los que buscan un empleo, de los que necesitan un salario digno, de lo que no quieren verse exhibiendo su enfermedad en una cama de hospital en medio de un pasillo. Voy a votar por el partido que se olvide de la independencia, aún sabiendo que es el tema de moda que atrae todos los oídos;  voy a votar por el candidato que se olvide hasta del partido que defiende. Voy a votar por el político capaz de meterse en la piel de los catalanes y dispuesto a gestionar el gobierno de Cataluña sintiendo y pensando en lo que los catalanes necesitan para vivir, física y emocionalmente, como seres humanos.