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¿Por qué al PSC? ¿Por qué a Miquel Iceta?

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Otra vez en pleno desayuno, una noticia me revuelve el estómago. Noticia local, de Lleida. Ya hay tres aviones fletados para transportar a Bruselas participantes en la manifestación de los independentistas del próximo 7 de diciembre. Dispuestos a fletar un cuarto avión, dicen, porque el tercero ya está casi completo. El viaje de ida y vuelta cuesta 400€.

La noticia me dejó atónita. Empecé a ponerme morada de indignación por dentro. Porque yo no soy política ni analista política profesional. Soy una persona que se toma en serio la vida de las otras personas, nada más, y por eso y sólo por eso, soy política y analista política como cualquiera que entiende que es la política lo que determina en gran parte la vida de un ciudadano. Y también por eso me indigno y trino porque, como no me lo exige mi profesión, no tengo que controlar emociones ni medir palabras para quedar políticamente correcta y sesuda en una tertulia de radio o televisión o en un artículo de periódico. Lo único que me contiene en estos momentos es la buena educación porque lo que acude a mi mente me haría arrojar sapos y culebras.

¿Pero por qué me pongo así? Se trata de unos cuantos cientos de catalanes que viajan a Bélgica para pedir la liberación de sus compañeros encarcelados y el derecho de Cataluña a que se reconozca su república y se la libre de la opresión del estado español. Son gente pacífica, amantes de la libertad, que en los aviones, coches y trenes que les lleven a Bruselas, vivirán una experiencia única de alegría y confraternización que podrán recordar con orgullo el  resto de sus vidas.

Pues por eso me pongo así. Por eso se rebela dentro de mi todo lo que tengo de ser humano. Por eso me salto la norma social que exige que se respeten las opiniones de los demás; norma sensata y justa, pero que llevada a un extremo sin matices, encubre el relativismo moral de las conciencias degeneradas. Mi código me exige intransigencia con toda opinión que niegue o desprecie los valores humanos, siendo el primero el respeto al otro por respeto a su humanidad. Y por eso no respeto la opinión de los que creen que para conseguir la independencia de Cataluña hay que ignorar las necesidades de todos los catalanes.

Anoche, la radio  me arrancó de mi cama caliente cubierta por un nórdico estupendo y me tiró en el pasillo de la morgue de Barcelona sobre una colchoneta  de plástico. Tenía 15, 16, 17 años, y lloraba, lloraba sin parar recordando mi casa, mis padres, mi cama. Decía la radio que esos niños que están durmiendo en el suelo de la morgue están allí porque una denuncia obligó a la Generalitat a sacarles de un centro de internamiento en el que vivían en condiciones infrahumanas. Puede que en ese pasillo se sientan mejor. Ojalá, porque dice la Generalitat que no tiene dónde meter a todos los niños que  llegan a Cataluña  tras haber sido rescatados de una patera.

Esta mañana a las seis, como de costumbre, encendí la radio de mi mesilla antes de encender la luz. La radio me habló de la subida de precios de la electricidad y de la cantidad de gente, en Cataluña, que no se puede pagar el recibo que les permita iluminar y calentar su casa. Dos lucecitas me indicaron en la oscuridad que mi estufa estaba encendida. Me incorporé y me senté en la cama sin sentir frío, aunque la radio me dijo que mi pueblo estaba a 4ºC. Encendí la luz. Sólo tuve que estirar el brazo y buscar el interruptor con la mano para que la luz se encendiera. Me vi aterida de frío, buscando a tientas una vela para ir a la cocina a calentarme leche. ¿Tendrán leche en una casa sin nevera? ¿Tendrán gas para calentar lo que sea y agua para bañarse? Tendrán que ponerse la ropa a toda prisa en la habitación en penumbras mientras por dentro les hiela el terror a afrontar otro día de miseria. ¿Dónde habrá pasado la noche la familia que ayer desahuciaron de su casa por no poder pagar el alquiler? La Generalitat no ha podido pagar subsidios sociales. Alguien dice que por la intervención de las cuentas y el 155. Pero es que algunos hace meses que no se pagan. Ni subsidios ni subvenciones a las ONG que se encargan de los más necesitados ni nada que no fuera a financiar el proceso que habría de conducir a Cataluña a la gloria de la independencia.

Me vi y me sentí pobre, impotente, abandonada en un mundo en el que respiro dentro de un mundo que vive en una dimensión aparte porque el mundo que me rodea no sabe ni que existo ni quiere saberlo. Hablan de millones de pobres, de tantos desempleados, de tantos de tantos años, de tantos que trabajan sin que les llegue el sueldo para pagar el alquiler, el agua, la luz. Soy uno de tantos entre millones. No tengo nombre, ni siquiera un número propio que me identifique. Voy a pedir a una oficina del gobierno, porque eso es lo único que puede hacer un pobre, pedir. Y en la oficina me dicen que hay que esperar porque no hay fondos. ¿Y cómo se le dice al hambre, a la propia y a la de los hijos, que tiene que esperar porque antes de llenarle la barriga a un pobre hay miles de sueldos de políticos que pagar, y miles de gastos que cubrir para que el proceso  pueda culminar triunfante en la República de Cataluña?

Y en eso estaba cuando la radio me cuenta que ya hay tres aviones completos para llevar a los independentistas a Bruselas, que se fletará otro si hace falta y que el viaje cuesta 400€.

Sé que soy un ser humano porque puedo meterme en la piel de otro para sentir lo que siente. Puedo sentir el desamparo de un niño al que todos ignoran; la impotencia de un pobre excluido de todo lo que permite, aquí y ahora, vivir una vida digna. Puedo meterme en la piel de un independentista y sentir cómo se encienden sus emociones cuando alguien le dice que la tierra que ama podrá ver ondear  su propia bandera  entre las de todas las naciones independientes. Pero cuando dentro de esa piel siento que esas emociones son lo único que importa; que esa bandera, que esa independencia vale más, para su criterio, que lo que sienten y necesitan sus compatriotas, solo percibo frío y oscuridad. ¿Cómo puede un ser humano entregar su devoción a una entelequia ignorando a las personas de carne y hueso?

Ya ha empezado la precampaña para las elecciones autonómicas del 21 de diciembre. Ya han empezado los aspirantes a cargos a ofrecer y a criticar lo que ofrecen los otros. En Cataluña, los unos y los otros siguen girando en la noria maléfica de la independencia que arrancó hace unos cinco años y parece dispuesta a girar por toda la eternidad.

Unos confiesan que mintieron prometiendo a los ciudadanos una independencia imposible y piden el voto de los ciudadanos para seguir amparándose en la decisión de los ciudadanos para volver cargar a la independencia sobre sus hombros y volver a escalar la montaña del proceso hacia la independencia imposible hasta llegar a la cumbre donde la independencia volverá  a caer y a rodar cuesta abajo. Otros dicen que la independencia es imposible, que hay que respetar la Constitución, etc., etc.  Y mientras los unos y los otros siguen lanzándose a la cara la independencia, convertida en pelota electoral, la persona que vive y trabaja en Cataluña y necesita soluciones a los problemas que le impiden vivir como un ser humano sabe que tendrá que buscarse la vida como pueda porque hoy y el 22 de diciembre y todos los días sucesivos hasta nadie sabe cuándo, nadie se dignará ni a mirarle porque lo único que tiene que importar en Cataluña es la santa y sagrada independencia. Tendrán que buscarse la vida como puedan los pobres, pero no sólo los pobres. Dice uno de esos estudios que en Cataluña han aumentado los trastornos mentales, la depresión y las enfermedades derivadas del estrés por la incertidumbre que causa la situación política. Porque hay mucha gente que hasta ahora ha vivido bien y que ahora tiene miedo a perder el negocio o el trabajo que hasta ahora le ha permitido vivir bien. Una persona atenazada por la pobreza o por el miedo a la pobreza no puede vivir una vida plenamente humana.

Con la radio apagada hasta medio día, en el silencio que permite la reflexión y después de ir reflexionando para comunicar lo que pienso, llego a la misma conclusión a la que hace tiempo que vengo llegando. El 21 de diciembre votaré por quien me hable de los niños que están durmiendo en un pasillo de la morgue de Barcelona, de los que no tienen luz, de los que han perdido su casa, de los que buscan un empleo, de los que necesitan un salario digno, de lo que no quieren verse exhibiendo su enfermedad en una cama de hospital en medio de un pasillo. Voy a votar por el partido que se olvide de la independencia, aún sabiendo que es el tema de moda que atrae todos los oídos;  voy a votar por el candidato que se olvide hasta del partido que defiende. Voy a votar por el político capaz de meterse en la piel de los catalanes y dispuesto a gestionar el gobierno de Cataluña sintiendo y pensando en lo que los catalanes necesitan para vivir, física y emocionalmente, como seres humanos.

 

 

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Frenazo o empujón

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Como presidenta de la Assamblea Nacional Catalana, Carme Forcadell desató una campaña nunca vista para convencer a los catalanes de que la independencia era posible y de que todo patriota catalán estaba obligado a luchar por conseguirla con manifestaciones multitudinarias que conmoverían al mundo y harían que la presión internacional forzara al gobierno de España a permitir la secesión de Cataluña.

La propaganda, utilizando todos los recursos de sugestión y manipulación, convenció a un gran número de catalanes de que los efectos de la crisis económica eran culpa de España, de que bajo la independencia todos esos efectos desaparecerían y de que Cataluña volvería a ser un país próspero, digno miembro de la Unión Europea, que iba a recibirla con los brazos abiertos.

Todo era mentira.

Después de permitir que la Ley del Referendum y la Ley de Transitoriedad Jurídica y Fundacional de la República fuesen aprobadas contra las órdenes del Tribunal Constitucional, y saltándose el reglamento de la cámara para neutralizar a la oposición. Carme Forcadell, premiada con la presidencia del Parlament por su labor al frente de la ANC, proclamó ambas leyes imponiendo una legalidad catalana al margen y en contra de la legalidad del estado. Los catalanes se encontraron de pronto en un estado nuevo bajo un nuevo sistema legal que los obligaba a todos, tanto a la minoría independentista, como a la mayoría que no lo era.

En la práctica, se abolió la democracia.

Las consecuencias de todo el proceso hacia la independencia fueron la división de la sociedad catalana con deterioro de la convivencia, el deterioro de los servicios sociales, la escapada de empresas asustadas por la incertidumbre, la disminución de puestos de trabajo y la caída del PIB.

Ahora Forcadell, para librarse de la cárcel, dice al Supremo que la proclamación de la independencia fue simbólica, sin ningún efecto jurídico. Es decir, que todo fue un teatro que se hizo para complacer a aquellos que se habían tragado sus mentiras. Y dice, además, que acepta la aplicaciòn del artículo 155 de la Constitución por medio del cual Cataluña ha perdido su autonomía hasta la celebración de las elecciones el 21 de diciembre.

Cataluña sale del procés humillada ante España y ante el mundo, más empobrecida, partida por la mitad. ¿Cómo salen los que organizaron este desastre?

Puigdemont monta su teatro particular en Bélgica auto proclamándose presidente de una república que no existe, aprovechando cualquier ocasión para desprestigiar a España y, por ende, a Cataluña.

Forcadell paga una fianza de 150.000€ para eludir la cárcel.

Evidentemente, los políticos independentistas no sufren las mismas estrecheces económicas que los ciudadanos.

Artur Mas aprovecha entrevistas para pedir a los catalanes que contribuyan con su dinero para pagar los dos millones y medio de euros que le exige el tribunal por haber financiado de forma indebida el remedo de referéndum que se hizo el 9-N de 2014. O sea que todos los catalanes, independentistas y no independentistas, tuvieron que pagar por esa consulta ilegal y ahora Mas les pide que vuelvan a pagar para evitar que le embarguen sus bienes.

Todos los catalanes tuvieron que pagar todos los gastos que ocasionó el referéndum del 1 de octubre. Cuando se hayan cuantificado y se carguen a quienes promovieron y llevaron a cabo ese referéndum, se pedirá a todos los catalanes que lo vuelvan a pagar para que sus políticos no sufran las consecuencias de sus actos.

La locura independentista llegó esta semana a su punto álgido. La entrada en prisión de parte del ex govern movilizó a multitudes de independentistas, instigadas por Puigdemont en el “exilio” y todos los demás líderes, para pedir la libertad de los que llaman presos políticos.

Esas multitudes cerraron carreteras y vías de tren impidiendo a la mayoría de los catalanes acceder a los puestos de trabajo y a sus casas; causando perjuicios a los transportistas, muchos de ellos autónomos, que intentaban llevar sus mercancías para ganarse el pan. Hoy amenazan con cerrar las fronteras hasta conseguir sus fines. ¿A quién perjudican estas manifestaciones?

La paralización del país no perjudica a nadie más que a los catalanes. El procés independentista ha sido una estrategia maléfica que ha estado a punto de hundir a Cataluña, o sea, a todos los que viven y trabajan en su territorio.

¿Podemos decir que con las elecciones Cataluña se habrá salvado, que empezará la reconstrucción de tanto destrozo y que caminará hacia la normalidad? No; rotundamente, no.

Carme Forcadell puede empezar a decir que dijo lo que dijo ante el Supremo para no tener que ir a la cárcel. Que la validez de declaración de independencia la da la gente y que en una democracia es la gente la que tiene que decidir. Es la falacia que han utilizado durante cinco años para sacar adelante su procés.

Esquerra Republicana de Cataluña ha sido siempre independentista y no dejará de serlo ahora por más que Oriol Junqueras salga de la cárcel con el halo de mártir. Dicen las encuestas que ganará las elecciones del 21 de diciembre. Para ganarlas sabe que no puede espantar a los votantes independentistas renunciando a un referéndum de autodeterminación, y sabe que no puede seguir con el rollo independentista si no quiere volver a prisión por repetición del delito. Pero no le resultará difícil conjugar ambas cosas. Acostumbrados como están esos lideres al uso de mentiras y falacias para inocular sus mensajes, Junqueras se dedicará a prometer reformas sociales en concordancia con la palabra esquerra que lleva el nombre de su partido. Pocos le recordarán que nada hizo por la justicia social en Cataluña, obsesionado como estaba por la ejecución del procés. Junqueras confía en que la manipulación realizada durante cinco años de propaganda haya inhabilitado totalmente la facultad racional de suficientes catalanes como para garantizarle el triunfo electoral.

Así que hacia las elecciones se dirigen ERC en una esquina y Ciudadanos, exhibiendo musculatura de derecha matona, en la otra. En el medio, Miquel Iceta Llorens y el Partit Socialista de Cataluña. Difícil posición de árbitro en medio de dos contrincantes dispuestos a todo por ganar la pelea.

Miquel Iceta ocupa, en efecto, la posición más ingrata, menos comprendida y que menos arrastra. Donde hay guerra, predica y promete paz. Donde hay odio, predica y promete escuchar al contrario y llegar a una síntesis que convenza a las partes. Donde hay resignación y desencanto, predica y promete volver a ocuparse de los problemas que afectan al ciudadano: el empleo, la justicia social.

Miquel Iceta predica la necesidad del esfuerzo; de empezar, chino chano, la larga caminata que nos espera para reconstruir todo lo que se ha destruído. 

Predicar la necesidad del esfuerzo por limpiar y reparar los destrozos que ocasionó el carnaval, ¿conseguirá atraer los votos necesarios para evitar la repetición de la pesadilla independentista? La irresponsabilidad de los líderes independentistas, algunos conversos como Artur Mas,  hizo de la política catalana, durante cinco años, un programa propio de la telebasura, agitando emociones que estimularan las glándulas del espectador, proporcionando a los fans el placer de la diversión.

¿Podrá la mayoría de los catalanes recuperar el uso de su facultad racional y comprender la necesidad del esfuerzo, por árido que sea, para reconstruir su maltrecho país? Si no lo recuperan, la decadencia de Cataluña seguirá conduciendo a todos precipicio abajo hasta tocar fondo. Y no será Cataluña la que se estrelle. Cataluña es solo el nombre de una nación. Los que se estrellarán serán los catalanes que la habitan.

Las elecciones del 21 de diciembre pueden ser el frenazo que evite la caída o puede ser el empujón definitivo al fondo del pozo.

 

 

 

 

Cuestión de dignidad

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Anoche, releyendo la novela de Kazuo Ishiguro “The Remains of the Day”, titulada en español Lo que queda del día, la mente se me fue a la tragicomedia absurda en la que los catalanes hemos sido obligados a participar como espectadores indefensos, todos, y como comparsa bulliciosa, algunos. El resto de los españoles también, pero llegaron tarde a la representación y los efectos sufridos se han limitado al hartazgo, hasta ahora.

¿Que tendrá que ver el relato en primera persona de un mayordomo inglés rememorando las vicisitudes de su trabajo en la mansión de un aristócrata a principios del siglo pasado, con el esperpento del ascenso y caída de la República de Cataluña?, cabría preguntarse. Creo que el mayordomo nos da la respuesta.

En la novela de Ishiguro, Mr. Stevens, sirviente vocacional, analiza en su diario  su particular concepto de la dignidad; cualidad que considera fundamental  para que alguien en el ejercicio de su profesión pueda alcanzar la excelencia. El análisis de la dignidad y su contraria puede llevarnos a comprender las causas del embrollo que nos acogota. Causas que pueden resumirse en un diagnóstico: hemos perdido la dignidad. Unos, por su propias elecciones; otros, porque nos la arrebataron, el caso es que nos hemos o nos han convertido en indignos. ¿Indignos de qué?

La primera legislatura de Mariano Rajoy y su partido fue una exhibición sin tapujos de flagrante indignidad, la indignidad de unos políticos que merecerían el más absoluto desprecio de un mayordomo inglés de primera clase. Pero no son los únicos políticos indignos de este país. Hace años ya que la mayoría de los políticos perdieron la dignidad de su profesión y las nuevas generaciones han accedido a sus cargos sin tener ni remota idea de lo que la dignidad de un político significa y de lo que exige. Es muy probable que ni siquiera acepten que se les compare con un mayordomo. Lo que revela hasta qué punto desconocen la naturaleza y las exigencias de su profesión.

Un político es un sirviente, un servidor de los ciudadanos. Esto no es una frase propagandística, aunque todos los políticos la utilizan para pescar votantes. Esto  es un hecho que solo puede negarse faltando a la democracia y a la decencia. Son los ciudadanos los que con su voto emplean al político; los que le pagan sueldo y prebendas. Esto da derecho al ciudadano, como a cualquier patrón, a exigir a su servidor que le sirva bien. En la realidad, sin embargo, los servidores políticos se sitúan por encima de los amos que les contratan para servirles. Son los servidores los que mandan en la casa y en todos sus habitantes. Son ellos los que deciden cuáles son sus obligaciones y cuánto tienen que pagarles por realizarlas. Son ellos los que deciden cuándo y cuánto se suben sus sueldos. Son ellos los que determinan el caso -mucho, poco o nada- que le hacen a su empleador.

Esta situación incongruente recuerda la de otro mayordomo, el de la novelita “El sirviente” de Robin Maugham. Aquí, un mayordomo manipulador consigue dominar a su amo hasta el punto de anular su voluntad y quedarse con su casa. ¿Cómo puede ocurrir algo así? Para que ocurra es necesario que el amo sea un infeliz con serios problemas psicológicos y una absoluta carencia de dignidad.

De este ejemplo podemos deducir que el número apabullante de políticos indignos que rigen todas las instituciones de este país responde a la falta de dignidad de una mayoría de ciudadanos que desconocen o no quieren asumir sus funciones; que ni siquiera asumen con responsabilidad la función suprema que les exige la democracia que es elegir  racionalmente a los políticos que designan para administrar su casa.

Nos dice el mayordomo de Ishiguro que la máxima ambición profesional de un miembro de su gremio es servir a personas de la más alta dignidad. Por dignidad no entiende el lugar en la escala social del empleador; se refiere a su valor moral. Y por valor moral no entiende asuntos relacionados con la vida privada; se refiere a los valores inspirados por el principio de la justicia. Nos dice que los mayordomos de su generación ambicionaban servir a personas que desearan contribuir a la creación de un mundo mejor; a personas comprometidas con promover el progreso de la humanidad. Esa aspiración suprema compartida por empleador y sirviente es el fundamento de una relación de confianza entre ambos, la relación que garantiza el progreso de cualquier empresa, de cualquier casa.

Hoy se dice que ya no tenemos políticos de elevado nivel intelectual y moral dispuestos a emplear todas sus facultades para gestionar lo mejor posible la casa de los ciudadanos. Lo que no se dice porque no suena bien, es que la carencia de políticos dignos y competentes revela la ineptitud de los empleadores en la elección de sus empleados.

España, nuestra casa común, muestra hoy un caos desolador. La mayoría de los ciudadanos se abandonó a la bartola, como un patrono irresponsable, dejando la administración de su casa en manos de los peores y dejando que los peores asumieran el mando de su vida y su hacienda. Un hombre, empleado para gestionar el país, ha vivido durante años permitiendo que el personal  a su cargo, designado por él mismo, robara a placer a los amos de la casa. Parece que hay indicios de que ha sido, más que cómplice por omisión, beneficiario del robo. Pero lo que realmente aterra por sus efectos destructivos es que la mayoría de los empleadores de este hombre, empobrecidos por el expolio, no tiene intención de despedirle. Esto significa que el ciudadano ha caído en una apatía angustiosa que arrastra a la casa de todos a la ruina moral.

Mientras en el resto de España la mayoría va a sus asuntos desentendiéndose de lo que ocurre a su alrededor, en Cataluña un gran número de ciudadanos se desentiende de sus asuntos  entregando su voluntad a mayordomos desquiciados por el fanatismo o por ambiciones personales disfrazadas de fanatismo.

Hechizados por la propaganda, dos millones, más o menos, de catalanes renuncian a los principios democráticos y de justicia que exhibían con orgullo como parte de su idiosincrasia, y se lanzan a defender a los mayordomos que decidieron ignorar las leyes por las que se regía la casa, creando un nuevo código e intentando imponerlo a todos los habitantes; a los hechizados y a los que aún conservan sana su facultad racional. Multitudes de hechizados se echan a la calle a exhibir banderas y gritar consignas, paralizan el país con huelgas, se niegan a aceptar la realidad de que están solos con su locura y de que su locura está destruyendo la economía y la convivencia; está destruyendo la casa de todos. Pero lo que más aterra por sus efectos destructivos, es que esos hechizados no tienen intención de despedir a los mayordomos que se apoderaron de su voluntad convirtiendo a una nación orgullosa de sus logros en una casa de locos.

Parece que el resultado de las próximas elecciones nos va a devolver al momento en que se produjo el brote psicótico. Parece que a nadie le importa seguir girando en un bucle sin escapatoria posible hasta que el caos total obligue a detener la programación por los medios que sean.  Parece que quien no está hechizado sufre la misma apatía que permite a los mayordomos corruptos gobernar en toda España.

Este desastre, ¿tiene solución? Si la tiene, ya no depende de la política; depende de la psicología. O los amos recuperan la dignidad y, con ella, el gobierno de su casa, echando a los sirvientes manipuladores, corruptos y ladrones, y haciendo un esfuerzo por contratar a mayordomos honestos y profesionales,  o España, Cataluña incluida, volverá a cubrirse con la niebla oscura y pestilente de las peores épocas de su historia.

Lo que me recuerda otra reflexión del mayordomo de Ishiguro que debe aplicarse a todo sirviente político. El profesionalismo en política no es engañar, manipular, servir a los dictados de la codicia y el beneficio propio. El profesionalismo en política exige obedecer a los dictados de la bondad y del deseo de que la justicia prevalezca en el mundo. Creer que esta aseveración es ingenua es síntoma de  una grave carencia de dignidad y de ningún sentido del honor. Exigir menos a los profesionales de la política es condenar la casa a la decadencia y a su eventual destrucción.

 

 

 

 

Se acabó

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Una Olga Guillot desgarrada cantó por toda América su bolero “Se acabó”. Lola Flores electrizó al público de toda España gritando esas palabras definitivas.

“Se acabó. Mi amor lo mataste. Se acabó. No voy a escucharte. Ya me agotan las mismas mentiras que a diario repites. Me enfureces, me enloqueces, Es mejor evitar que después lamentar lo que pueda pasar. Se acabó”.

Pues eso. Que como dice la amante cabreada, se acabó la comedia, el bolero, el tango. Se acabó el sainete esperpéntico que convirtió a Cataluña en  hazmereír de España y del mundo.

Cinco años duró la representación, más o menos. Cinco años en los que los catalanes se quedaron sin leyes con que paliar los efectos de la depresión; sin gobierno que se ocupara de mejorar la situación de los enfermos, de los desempleados y subempleados, de los medio pobres y de los pobres totales.  Cinco años sin hacer ni caso a las asociaciones, organizaciones, columnistas que día tras día clamaban para que se vieran y se escucharan los problemas que destrozan a los que  eufemísticamente se llama los desfavorecidos, para no decir abandonados a su suerte por el gobierno.

El “poble”, la voz divina que Puigdemont y los suyos dicen oír y cuyos mandatos dicen sentirse obligados a cumplir por encima de cualquier consideración humana, no incluye a los desechos de  la sociedad. El “poble” está formado por los ciudadanos acomodados del país y sus vástagos. En el “poble” no hay gente de izquierdas. Cataluña no necesita partidos que reivindiquen la justicia social porque en la República de Cataluña no habrá pobreza que requiera asistencia ni riqueza a repartir. Todos serán ricos cuando España ya no pueda seguir robando a los catalanes como robaban los moros en la Edad Media, que solo aparecían para exigir tributos.  En el “poble” solo hay independentistas.

Por eso fue el “poble” el que salió a votar el 1 de octubre y su rotunda voz se escuchó en todos los confines de la tierra. Los que no fueron a votar no son “poble”. Los cinco millones de individuos que se negaron a ignorar las leyes votando en una cosa que ya no era referéndum porque el referéndum había sido anulado por el Tribunal Constitucional, dejaron de existir. Solo el “poble” suena y manda y lo que manda es independencia “peti qui peti”. ¿Y cuántos forman el “poble”? Preguntarlo es una blasfemia. El “poble”, como Dios, es uno y lo que dice solo pueden interpretarlo sus intermediarios en la tierra que son los políticos independentistas y sus brazos propagandísticos, la ANC y Omnium Cultural.

Desde el 1 de octubre España se convirtió en una dictadura brutal que apalea a gente inocente en la calle, que encarcela a valientes independentistas  por manifestar su opinión, que invadirá Cataluña o la República de Cataluña la semana que viene para imponer su tiranía al “poble”. Mariano Rajoy, un señor más bien plasta, que hasta antes de ayer solo se ocupaba de tapar la mierda de su partido y hacer la supervivencia más difícil a los abandonados, de pronto va a convertirse en frenético Erdogan que transformará España en Turquía. O sea, que la semana que viene, en Cataluña todos kurdos.

Porque sí, la semana que viene se acabó. Porque ya no hay quien aguante tanta mentira, tanta locura; ni siquiera el gallego tranquilo. Se acabó. Porque resulta que estamos hartos de hacer el ridículo proclamando imposibles, de que la fama de sensatez y laboriosidad que teníamos los catalanes se trueque en fama de mentirosos, de que la obcecación de los gobernantes se acabe entendiendo como trastorno mental, Porque estamos hartos de que los actores se hayan adueñado del teatro y se nieguen a abandonar el escenario en el que han estado representando durante cinco años una tragicomedia tan absurda que habría matado de envidia a Beckett, a Ionesco y a todos sus imitadores juntos. Estamos tan hartos que cuando lleguen los gestores de Madrid a desalojar a los actores y la realidad se imponga con toda su crudeza, cuando veamos a vecinos y alcaldes arriar sus esteladas y masticar su decepción y su resentimiento, los que no somos ese “poble” del que hablan los políticos respiraremos aliviados aunque por dentro también nos lacere el dolor.

Era esto lo que buscaban los partidos independentistas por sus propios motivos perversos. Pues bien, lo han conseguido. Se acabó la autonomía de Cataluña, el orgullo de los catalanes, la concordia. Se acabó. Lo que no sabemos cuándo se acabará es la revuelta que empezará a sacudir nuestras calles a partir del sábado cuando salga el “poble” a defender su tiranía.

 

 

 

 

 

 

Volver a empezar

Los analistas, expertos y blabladores varios que llevamos años escuchando y leyendo en radio y prensa para que nos ayuden a comprender lo que está pasando y va a pasar en Cataluña, llevan meses girando y girando y girando en torno a los mismos argumentos, como trompos de pilas inagotables, como si no encontraran nada nuevo que decir. Uno acaba sospechando que giran y giran porque tienen pánico a detenerse y decir las cosas como son, les caiga lo que les caiga. Algunos, muy pocos, se han armado de valor y algo dicen que se aproxima y nos aproxima a la realidad. Uno siente como en esos casos  le salen del corazón los efluvios del agradecimiento, como al leer el artículo de hoy de Javier Marías en El País.  En el lamentable estado moral y psicológico de España entera, incluyendo a Cataluña, que es la que peor está, una verdad se recibe como un chorro de agua  milagrosa en el desierto.

No voy a dar aquí mi opinión sobre el horror desatado por el anuncio de la aplicación del tiránico artículo de la constitución que debería cortar por lo sano la locura independentista. No tengo nada que decir que no se haya dicho, y la locura, a pesar del artículo lapidario,  aún está por desatarse  con toda su virulencia en las calles, que Dios no me oiga. Así que voy a analizar el momento histórico supremo que ayer nos regalaron Rajoy y Puigdemont reduciendo mi perspectiva al espacio minúsculo de mi propio jardín; o sea, desde mi propia perspectiva egocéntrica (ver mi artículo anterior: “Yo”)

Mi padre era un nacionalista radical. Lo más sagrado en su alma eran su madre y su país. Pero cuando decía “su país” no se refería a España. A Cataluña, tampoco. Se refería al Pallars Sobirà, la tierra que por el sur empieza al atravesar la puerta del desfiladero de Collegats y se extiende hacia al norte hasta la frontera de Francia. Aunque a decir verdad, para mi padre, su país se reducía a la capital de la comarca: el pueblo de Sort. Muchas veces, sobre todo antes de un viaje de cinco horas por las carretas infernales de antaño,  le oí decir que lo único de malo que tenía su país era que estaba en el culo del mundo. Curiosamente, no entendía el nacionalismo de su hermana pequeña, nacionalismo catalán de toda la vida que de toda la vida comparte la mayoría de los catalanes. Fue mi tía la que me contó la horrible derrota de Cataluña en la Guerra de Sucesión y el brutal Decreto de Nueva Planta que privó a los catalanes de todos sus derechos. Fue ella la que me enseñó hasta qué punto puede conmover el sentimiento una sardana prohibida por Franco y finalmente autorizada a finales de los 50. Diez años después, mi tía aún lloraba recordando el día en que pudo cantar la Santa Espina en una plaza de Lleida. “Som i serem gent catalana tan si es vol com si no es vol”, somos y seremos gente catalana, tanto si se quiere, como si no se quiere. También fue mi tía la que me enseñó que la mierda de la montaña no huele mal, y que al puput se le oye cantar en primavera. Y también fue ella la que me enseñó a bailar sardanas.

Yo venía del extranjero, de educarme en otra lengua. No logré comprender racionalmente ni el nacionalismo de mi padre ni el de mi tía, pero la intensidad de su amor por su tierra  se me arraigó en lo más profundo del alma con la fuerza con que se graban las emociones. Lo que hoy me hace comprender, racionalmente y de todas las maneras, el grado de estupidez que aqueja a los políticos que se creen que a los catalanes hay que tratarles a lo Felipe V para tenerlos a raya.  Eso creyó Franco y prohibió la lengua. El día que los catalanes olvidaran su lengua infernal, se incorporarían al rebaño de las ovejas del Señor en el sagrado predio de España. Pues bien, el individuo no lo consiguió en todos sus largos años de represión, y muy probablemente no lo hubiera conseguido ni viviendo más vidas que Tomás, mi gato. Por cierto, para seguir en la línea autobiográfica, mi padre siempre habló en dialecto pallarés y en dialecto daba sus conferencias en Barcelona a los profesionales cosmopolitas que asistían a sus cursos. Que yo sepa, todos le entendían.  Un día un pallarés me preguntó si a mi padre no le daba vergüenza que le notaran por el dialecto que era de pueblo. ¿Cómo iba a darle vergüenza hablar en la lengua de su país?

El catalán lleva el catalanismo tan arraigado en el alma como llevaban los judíos el recuerdo de la patria perdida que no habían pisado ni pisarían nunca. Ama su lengua con la pasión con que el gitano venera su romaní y en él su orgullo indoeuropeo.  Extraña analogía, porque el catalán nunca fue expulsado de su tierra. Me recuerda el caso de los puertorriqueños. Nadie les ha echado nunca de su país. En él pudieron seguir hablando español después de la guerra que les convirtió en territorio de los Estados Unidos. En él pudieron mimar y desarrollar su propia cultura, híbrido de la indígena, la española y la africana. ¿Se sentían oprimidos por los americanos? La inmensa mayoría, no. Por pertenecer al gigante del norte, Puerto Rico se libró de la miseria y las dictaduras que han asolado a casi todos los países de Latinoamérica. Y sin embargo, siempre ha habido un partido y un movimiento independentista. Estados Unidos ha concedido varias veces un referéndum para que los puertorriqueños manifiesten libremente si quieren  la independencia. La inmensa mayoría de los puertorriqueños han dicho siempre que no. Pero solo el muy frío deja de emocionarse cuando oye el himno de su isla y la letra de Verde luz de Antonio Cabán Vale.

Isla mía, flor cautiva,
para ti quiero tener.
Libre tu cielo,
sola tu estrella
isla doncella, quiero tener.

Solo quien carece de empatía, eso que nos hace identificarnos con el otro y compartir sus sentimientos, eso que nos hace humanos; sólo quien carece de empatía, repito, es incapaz de entender la profundidad y la intensidad del sentimiento nacionalista. Ese sentimiento es más terco que el dolor por un amor perdido; tan terco es,  que solo se apaga cuando se apaga el cuerpo. Ahí están los gallegos, los vascos, los andaluces, el cántabro que va presumiendo de sus anchoas por do quiera que puede colar sus loores, y sigue contando.  Sí, señor, España es una nación de naciones. Hay quien se escandaliza de que se llame nación a un territorio de España, hay quien se asusta viendo en la palabra una amenaza contra la unidad del país. Ese escándalo, ese susto delata un entendimiento muy pobremente iluminado. El nacionalista como mi padre, como mi tía, como el boricua orgulloso de serlo, no es nacionalista contra nada ni contra nadie. Es nacionalista porque la tierra llama, cela, exige lo que considera suyo mediante fuerzas misteriosas del alma que nadie puede aniquilar. Esos que salen con banderas de aquí o de allá defendiendo su nación como prehistóricos defendiendo el territorio de su tribu no son nacionalistas; son seres que se han quedado atrás en la vía de la evolución. En cuanto a esos señores y señoras bien vestidos que, en un despacho o ante un micrófono, defienden con ardor que nación solo puede ser España y a las otras hay que agregarles las letras alidad para que se vea que no es lo mismo, ¿qué se puede decir de su cortedad de miras? Hay quien nace tocanarices y ni los más altos cargos ni las más serias responsabilidades les quitan la mala costumbre.

Y bien, la democracia nos permitió vivir tranquilos y felices con nuestro nacionalismo, viendo y disfrutando con el resto de España cómo España iba progresando dentro de la Comunidad, luego Unión Europea. Cuarenta años de libertad, de democracia, de progreso. Hasta que  unos cuantos, por intereses perversos o por fanatismo, utilizaron el nacionalismo de los catalanes para ofrecerles una independencia imposible.

No voy a relatar las causas de las plagas  que se abatieron sobre nuestra nación hace cinco años. Me he cansado de escribirlas en mis artículos y de leerlas en otros. A quienes han causado la devastación a la que ahora nos enfrentamos, les juzgará la historia. A estas alturas, muchos de los que cayeron en el engaño tras cinco años de mentiras, ya se han dado cuenta de lo que nos han hecho esos paisanos nuestros que presumían de auténticos catalanes. Porque, no volvamos a engañarnos, quienes nos han hecho perder nuestras instituciones esta vez no han sido pérfidos españoles, han sido catalanes. Han sido catalanes los que esta vez nos  han vuelto a dejar vencidos y humillados.

Y esto no terminará dentro de una semana.  Lo más probable es que la destrucción continúe con manifestaciones constantes que desestabilicen y paralicen el país. No hay más que oír las barbaridades que los que aún nos gobiernan siguen pregonando para movilizar a la gente.  Pero tarde o temprano, de mejor o peor manera, la tormenta pasará. Lo que entonces debe importarnos por encima de todo es enfrentarnos al desastre con la firme voluntad de empezar otra vez de cero y la seguridad de que llegaremos tan lejos como llegamos y estábamos antes de que la locura independentista nos arrancara el suelo de los pies.

 

Amenazados de muerte

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España agoniza. Cataluña está en coma.

Con nueva bandera, constitución, congreso, nació una nueva España hace cuarenta años. Los pesimistas le auguraron vida corta; los realistas suspendieron el juicio. Hoy, cuarenta años después, la España que entonces era nueva agoniza con los días contados, y en el diagnóstico coinciden pesimistas y realistas. Al día de hoy, parece que no tiene salvación.

Con la liga de los partidos políticos que empezó hace cuarenta años, empezaron las trampas. Las elecciones se ganan con propaganda, y los aspectos más espectaculares de la propaganda cuestan mucho dinero. Los partidos políticos se dieron cuenta enseguida de que ese dinero no se podía recaudar por medios legales. Los dos partidos con mayores posibilidades de acceder al poder se lanzaron a por dinero zambulléndose en las cloacas donde bullen las transacciones oscuras. Puesto que el campeonato de la liga iba a ganarlo quien más dinero pudiese obtener, por los medios que fueran, para pagar la propaganda más eficaz que consiguiese convencer al mayor número de votantes, la ética se desterró de la política y los escrúpulos se convirtieron en freno de ingenuos. Fue así como la España nueva se vio atacada desde su nacimiento por bacterias patógenas que le negaron un desarrollo saludable.

Hace relativamente poco, la corrupción empezó a desbordar las cloacas. Todos sospechaban desde siempre financiamiento delictivo en los partidos. Todos sospechaban desde siempre que algunos políticos se llenaban sus cuentas bancarias con dinero público. Pero ninguno de los que tenía información comprobable se atrevía a soltarla poniendo su propio presente y futuro en peligro.  Hablaban los que habían oído algo por aquí y por allá, pero en plan cotilleo de bar. Un día la podredumbre ya no pudo ocultarse por más tiempo; puede que a alguien no le interesara que se siguiera ocultando. ¿A quién? A saber Dios, pero no parece un disparate suponer que fueron los mismos corruptos los que decidieron airearla. ¿Por qué? Porque en vez de ahuyentar el voto de la mayoría, podía tener un efecto contrario cuya causa no es tan difícil sospechar.

Un día subieron las tarifas de teléfono y las de la luz, por ejemplo.  Y Aznar y Felipe fueron a parar a los consejos de administración de empresas que los mismos habían ayudado en sus gobiernos. Mientras los ciudadanos se empobrecían a millones, los susodichos cobraban sueldos que para los pobres serían de infarto. Fue así como el español dejó de creer en los políticos y en la política misma. Fue así como el ciudadano se dio cuenta de que era solo  un trabajador al servicio de los políticos a quienes debía mantener con su trabajo. Si en los dos siglos anteriores la lucha del trabajador se dirigía contra el patrón de la fábrica que amasaba su fortuna a base de explotarles, este siglo le reveló que quienes le explotaban eran el poder financiero y los políticos.

Pero luchar contra los políticos, sin hacer distingos, no es lo mismo que enfrentarse a los explotadores de una fábrica. Luchar contra los políticos sin hacer distingos es luchar contra la política, y luchar contra la política es luchar contra la democracia. La alternativa a la política democrática es o la dictadura, la tiranía del más fuerte, o la anarquía, la tiranía del desorden, el caos total.  Quedan pocos que recuerden el caos de la guerra y sus horribles consecuencias, pero aún quedan muchos que oyeron de sus padres el relato de una infancia, adolescencia y juventud destrozadas por la muerte, el hambre y la dictadura. Nadie quiere anarquía y nadie quiere perder la democracia que tenemos; una democracia de mínimos, pero que al menos nos permite quejarnos sin miedo a la cárcel, a la tortura o al paredón. Los políticos que hoy se llevan los votos, corruptos o no, son los que prometen ley, orden, estabilidad, paz para que cada cual pueda ganarse la supervivencia como pueda. ¿No era eso lo que nos prometía Franco? Pues sí. O sea, que lo que nos ofrecen es ir minando poco a poco la democracia que tenemos, a cambio de paz y estabilidad, para que acabemos aceptando una dictadura encubierta, legitimada por los votos de los que tienen miedo a perder hasta el derecho a la supervivencia.

España agoniza de miedo y resignación.

Y Cataluña está en coma. Como una erupción volcánica, una lava corrosiva descendió desde las cumbres del poder hasta arrasar a toda la sociedad. Todos sabemos de dónde salió, pero nadie pensó que de aquella estrategia partidista sin escrúpulos y sin visos de responsabilidad, pudieran desatarse las fuerzas que han traído a Cataluña la desgracia y que amenazan convertir a la nación en zona de desastre.

La Generalitat y el partido de Artur Mas vieron en la agitación del sentimiento independentista de los catalanes una panacea que curara a su gobierno y a su partido de todos sus males; recortes y corrupción. Para que la agitación fuera efectiva, decidieron subvencionar generosamente a dos organizaciones dispuestas a entregarse al diseño y ejecución de una propaganda destinada a convencer a todos los catalanes de que todo catalán auténtico debía desear la independencia y de que lograr la independencia debía ser una aspiración que eclipsara a cualquier otro asuntom por importante que pudiera parecer,  porque la independencia iba a solucionar todos los problemas de todos los habitantes del país.

La Asamblea Nacional Catalana y Omnium Cultural se entregaron a la labor sin descanso y sin escrúpulos. Pueblo por pueblo, colegio por colegio, las dos organizaciones se dedicaron durante cinco años a adoctrinar a abuelos, padres e hijos; un adoctrinamiento pertinaz, repetitivo, psicológicamente tan agresivo como el lavado de cerebro. Para lograr el fin, no se puso a los medios ningún límite moral. Falsearon la historia y se utilizaron todas las mentiras que hicieran falta para dar apariencia de validez a sus argumentos.  Tantas fueron y a tanta gente convencieron, que en Cataluña se empezó a vivir y se sigue viviendo en un mundo paralelo al resto del mundo; un mundo incoherente donde las emociones  han suplantado a la razón y el cúmulo de premisas falsas grabadas en el cerebro por el adoctrinamiento conduce indefectiblemente a conclusiones erróneas.

La conclusión más grave a tanto argumento falso fue declarar legítimo y legal un referéndum, se hiciera como se hiciera, y declarar que el resultado, se obtuviera como se obtuviera, imponía un mandato de todo el pueblo catalán a sus políticos para que proclamaran la República de Cataluña. Dijo el govern que en la votación había participado el 43% de los catalanes llamados a votar. Dice la aritmética que el 43% no llega a la mitad de un todo. Dice el govern que todo el pueblo de Cataluña exige la independencia y que la aritmética no tiene nada que decir.

¿A quién llama el govern  “pueblo de Cataluña”? ¿Quiénes forman ese 43%? Hace años que la ANC va pueblo por pueblo, ciudad por ciudad,  barrio por barrio reclutando gente para llenar los autobuses que habrán de conducirla cada 11 de septiembre a la gran manifestación de la Diada, e instando a todo catalán auténtico a que asista aunque vaya en su propio vehículo. La respuesta ciudadana ha sido multitudinaria todos los años. ¿Quién se atreve en un pueblo, en una ciudad pequeña, en un barrio a hacer que sus vecinos y parientes duden de su auténtica catalanidad? La ANC y Omnium Cultural han conseguido movilizar unos dos millones de personas al año, más o menos, esparciendo por el mundo la imagen de un pueblo pacífico que llena las calles cantando “independencia” para ablandar a un gobierno opresor y recabar la ayuda de todos los países democráticos para lograr la libertad. Pues bien, de ese 43% que según el govern fue a votar resistiendo heroicamente los ataques salvajes de la policía del estado opresor; de ese 43% de catalanes auténticos y heroicos, depende la  independencia, el nacimiento de la República de Cataluña. Cuando alguien ajeno al delirio multitudinario intenta demostrar a un independentista que la independencia es imposible, el debate acaba siempre con un rotundo argumento final: saldrá a manifestarse tanta gente que nos tendrán que dar la independencia sí o sí.

La independencia de Cataluña, su presente y su futuro, dependen, pues,  de las multitudes dispuestas a defender en la calle cualquier decisión del govern, sea legal o no, sea o no antidemocrática; multitudes émulas de Gandhi que fuercen al gobierno español y a la comunidad internacional a reconocer la independencia de Cataluña, aunque sea por lástima de tanto pacífico suplicante. Los ciudadanos que se disuelven en esas multitudes movidos por la emoción no se plantean que su govern, dispuesto a ignorar las leyes y las normas que estructuran a la democracia, tanto las de España como las propias,  no les garantiza que la nueva república se base en leyes y normas democráticas que su govern se sienta obligado a cumplir. A esos ciudadanos no les importa que el capital huya del caos provocado por la constante agitación en las calles. No les importa que cientos de miles de compatriotas malvivan acosados por el desempleo y la pobreza. No les importa que un Parlament situado al margen de la democracia y de la ley se haya paralizado durante años sin ocuparse de los problemas cotidianos que exigen legislación. El lavado de cerebro produce en esos ciudadanos una respuesta condicionada. Si algo o alguien quiere impedir la independencia, hay que echarse a la calle porque a millones de manifestantes en la calle no puede vencerles ni un ejército. ¿Quién se va a atrever a disparar contra unos ciudadanos indefensos? Esos ciudadanos no se dan cuenta de que su govern les está utilizando como escudos humanos.

Cataluña está en coma. El govern y el  Parlament han asestado a la democracia un golpe mortal de necesidad. Como esos ilusos que se niegan a tratarse un cáncer con los medios que les ofrece la ciencia y confían su vida a un curandero, un 43% de los catalanes, en cifras del govern, ha confiado  todos los males de la Cataluña enferma al milagro de una independencia que ni existe ni existirá.

Tal vez, cuando las leyes del estado obliguen a todos a curarse el delirio mediante su facultad racional, comprendan que la soñada independencia no valía ninguno de sus esfuerzos. ¿Cataluña independiente para qué? ¿Para sufrir en solitario la misma corrupción, la misma democracia agonizante que afecta a toda España? ¿Para seguir confiando mayoritariamente  el gobierno de sus vidas a partidos de derechas para quienes el bienestar de los ciudadanos cuenta en último lugar, como el resto de los españoles? ¿Para acabar dándose cuenta de que los catalanes, después de más de 500 años de convivencia con las otras etnias de España, son, al fin y al cabo, tan idiosincráticamente españoles como el español que más? Para  volver a casa no hacía falta tanto ruido, tanta destrucción.

 

 

 

Miénteme más

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El mundo se ha vuelto feo, muy feo. Música, moda, cine, televisión se aleja cada vez más de lo que hasta ahora considerábamos bello. Cierto que la apreciación de la belleza es, o parece ser, subjetiva. Había, siglos ha, unos cánones que fueron cambiando por épocas. Pero los cambios eran superficiales. En el núcleo del asunto estaba la Belleza, inconmovible, y todos los cambios buscaban aproximarse a ella o, al menos, no contradecirla.

El siglo XXI ya no busca cambios que adornen, con la Belleza mandando desde el lugar luminoso de las ideas. Ya no prevalece el buen gusto sobre los gustos cambiantes. Hoy parece que la Fealdad hubiera desterrado a la Belleza definitivamente, y que, con la misma ansia con que hasta hace poco, con más o menos  acierto, se pretendía realzar lo bello, se persigue superar cada vez más a lo anteriormente considerado como más feo.

Este viraje no es hijo del capricho. Nace de digresiones ideológicas, homogeneizadas y etiquetadas para su venta con la marca de una palabra que la publicidad ha dotado de virtudes prodigiosas: libertad.

La libertad, derecho supremo de todos los seres humanos, a todos nos permite eso que a todos nos hace sentirnos en la cúspide de la creación: ser nosotros mismos. La libertad finalmente nos libra de  engorrosos esfuerzos para superarnos, para evolucionar. Sé tú mismo. Si te molesta peinarte, enróllate el pelo en la coronilla de cualquier manera o rápatelo a cero; estírate en público, sácate los mocos, huélete las axilas, húrgate los dedos de los pies, coge los cubiertos como te dé la gana, y si te estorban, come con los dedos. En el fondo de ti mismo vive prisionero el hombre que la naturaleza parió y que la llamada civilización fue encadenando y amordazando. Pero está vivo dentro de ti mismo. Déjale salir, déjale hablar. Sé libre. Sé tú mismo.

Ejemplo de los prodigios que la libertad podía obrar en el hombre, macho y hembra, el más espectacular fue la libertad sexual de las mujeres a finales de los sesenta; en España tal vez un poco más tarde. A la mujer, oprimida por siglos de pacatería, se le dijo que era libre de dar rienda suelta a sus deseos sexuales; que podía acostarse con cualquiera, vaya, sin que nadie tuviera derecho a afear su conducta. Lo que no se le dijo fue que el asunto, además de tener efectos secundarios, no era tan fácil como parecía. Por defender la libertad de las mujeres, los machos empezaron a invitar a sus camas o a sus coches a cualquier mujer que les apeteciera. Las mujeres descubrieron muy pronto que eran libres de tener relaciones sexuales con quien fuera, pero que no eran libres de decir que no.  La que decía que no, se ganaba el apelativo de estrecha que por entonces empezó a resultar tan insultante y tan socialmente excluyente como hoy resulta la palabra fascista. Total, que la relación sexual de las mujeres resultó un chollo para los hombres porque pudieron ahorrarse un pastón en prostitutas y evitarse el aburrido trámite de la masturbación para liberarse del apremio de sus hormonas.  ¿Quiénes promocionaron la libertad sexual de las mujeres? No hace falta documentarse para acertar. Lo que hoy importa a efectos prácticos es que las mujeres tragaron el anzuelo y decidieron ser ellas mismas, o sea, volver a su naturaleza primitiva.  ¿Y cómo eran las hembras primitivas? En la casi generalidad de las tribus,  criaturas sometidas a la voluntad del más fuerte.

Este ejemplo puede aplicarse a todos los ámbitos de las relaciones humanas, incluyendo a la política, por supuesto. Hoy el cebo más efectivo para atraer al cardumen es la libertad. Ofrecer libertad es algo que no falla en los mensajes publicitarios y en la propaganda política. La masa corre a abrazarla con la ceguera de esos peces que nadan alegres hacia la boca abierta de los tiburones y alegres llegan a sus barrigas sin enterarse siquiera de donde se han metido. Los peces engullidos no pueden protestar, claro. No pueden quejarse ni denunciar la propaganda engañosa que les llevó a la perdición. Como no puede quejarse esa pobre amiga mía que se pasó la juventud diciendo que sí a cualquiera que le propusiera ir con él a la cama o al coche o al huerto. Me quedé de piedra el día que me dijo que no disfrutaba en absoluto del trajín. ¿Por qué lo haces entonces?, pregunté. Porque si no, no me llamaría nadie y me quedaría sin nadie con quien salir.  ¿Libertad?

El ejemplo más dramático de la mentira que se esconde tras la panacea del siglo lo están sufriendo Cataluña y España entera. Unas organizaciones, supuestamente privadas y realmente politizadas hasta el tuétano, esparcieron por todo el territorio nacional, pueblo por pueblo, el cebo irresistible. ¡Libertad!, clamaron en reuniones, conferencias, presentaciones de libros, romerías, festivales, fiestas mayores y menores. La consigna de sus bien entrenados miembros era sacar la palabra, viniera o no viniera a cuento, a fin de enardecer uno de los instintos primitivos más potentes: la territorialidad. La estrategia era tan simple como la del ejemplo anterior y fundada en la misma proposición. Dígasele a los catalanes que jamás podrán ser ellos mismos hasta que sean libres; dígaseles que tienen derecho a serlo y, cuando estén bien encandilados, dígaseles lo que tienen que hacer para adquirir la libertad.

Se buscan y se encuentran razones muy válidas para justificar la rebeldía radical que ha arrastrado a un gran número de catalanes del seny (sensatez) a la rauxa (arrebato). No se puede decir que la indignación de los catalanes carece de fundamento justo.  Lo que sí se puede decir y comprobar objetivamente, es que la propaganda consiguió quitar de la cabeza de un gran número de catalanes la esperanza de conseguir reparación a sus agravios a través de la negociación racional.

Esa multitud de catalanes, ya convertidos al independentismo, siguieron a quienes les prometían libertad con el entusiasmo y la ceguera con que las mujeres empezaron a entregarse al sexo, sin sospechar que las estaban empujando a otra forma de esclavitud.

Dice la Constitución que la unidad de España tiene que prevalecer sobre cualquier otra consideración. Nos cargaremos la Constitución y no pasará nada, dijeron los propagandistas. Nos cargaremos todas las leyes españolas y nadie podrá impedirlo porque millones de catalanes saldrán a la calle a defender su libertad y no habrá policías ni porras ni pelotas de goma ni pistolas ni tanques ni cañones que puedan dispersar a tantos millones. ¿Y si van cayendo como moscas y cada vez son menos los que pueden salir a manifestarse? Europa y el mundo nos defenderán. ¿Y si no quieren defendernos? Querrán. Nadie se atreve contra la libertad.

Todavía hay millones de catalanes que se lo creen, aunque entre esos millones, cada vez hay más que se han cansado del jaleo. Todavía salen en multitud a la calle porque a muchos les pasa como a mi amiga, que tienen miedo a  quedarse solos, a no tener con quién salir; a que les llamen fascistas.

A pocos días de que el president declare la independencia unilateral de Cataluña, si es que respeta la Ley de Transitoriedad que se supone que sustituya a las leyes del estado español, la gente empieza a detectar el engaño de lo que le han vendido como panacea. Las grandes empresas han empezado a huir de Cataluña en estampida porque los grandes empresarios no tragan cebos. Hace dos días, los propagandistas –en Cataluña todos los políticos independentistas lo son- negaban rotundamente que empresa alguna se fuera con su sede social a otra parte.  Algunas grandes empresas ya habían comunicado al gobierno que se irían, pero con el entendimiento obnubilado por sus propias mentiras, convencidos de poder transformar la realidad con la magia de su pensamiento, el president, el vice president y, de los reyes abajo, todo dios, se atrevieron a decir al público que las empresas no se iba, y uno hasta se atrevió a decir que las empresas se pelearían por invertir en Cataluña.

El catalán dispuesto a hacer un esfuerzo de racionalidad por encima de sus sentimientos ya se ha dado cuenta de la jugada, ha pronunciado un rotundo no, gracias, y ha vuelto a sus asuntos esperando que las cosas, esas cosas que afectan a su vida y a la vida de su familia, no vayan a peor.

Pero todavía hay muchos catalanes, muchísimos, que no se resignan a todo lo que a veces tiene de desagradable aceptar las cosas como son. Son los que aceptan que ahora les digan que no se preocupen si todas las grandes empresas se van. Es temporal, les dicen; cuando seamos independientes volverán. Y se lo creen porque dudar puede conducirles al abatimiento y si el equipo pierde la moral, pierde el partido. De la moral, del empuje de la gente depende la victoria, les dicen. Y si la única manera de conservar la moral es tragando más mentiras, pues se tragan y ya está.

 

Blablableo

El blablableo de políticos y analistas nos tiene refritos y echando humo.

La palabra más pronunciada en los últimos días: “diálogo”. Instada por políticos y analistas, la gente se ha puesto a repetir “diálogo” con la misma ceguera irracional con que los de la estelada repiten “indépendéncià”. Entre los repetidores, están los aquejados de buenismo, los aquejados de bobismo y quienes intentan dar un viso de racionalidad a toda esta locura.

Nadie se atreve a precisar sobre qué se tiene que dialogar. Que se sienten y hablen, dicen todos, que parlem. Vale, parlem, pero ¿de qué? ¿De la selección española? ¿De la sequía pertinaz que está convirtiendo zonas de España en desiertos? ¿Es que no hay forma de que en este país políticos y analistas se pongan a comunicar, a informar como adultos? ¿O es que el miedo les ha encogido a todos dejándoles en posición fetal?

Pues habrá que recordarles algunas evidencias, a ver si crecen.

No se puede dialogar con una de las partes exigiendo independencia. La independencia la prohíben la Constitución y la razón. España no puede renunciar a un trozo de territorio sin peligro de que se le quieran independizar otros trozos. Europa no puede permitir que un trozo de España se independice, porque otros países se pueden empezar a trocear, troceando a Europa entera.

A lo que sigue que no se puede dialogar sobre un referéndum pactado. Si la independencia no es posible, tampoco lo es que el gobierno de España se  juegue la unidad del país en un referéndum. El gobierno de España no puede arriesgar la unidad de España de ninguna manera. Fue elegido por ciudadanos que aceptan la Constitución, y juró defenderla. La Constitución declara explícitamente que la unidad del estado no se puede romper. ¿Hay alguien que no lo sepa? ¿Qué pasa? ¿Qué en el fondo todos se han puesto en la onda de independentistas y antisistema y sugieren que todas las leyes son susceptibles de cargárselas?

Cuando se pide al presidente que dialogue con el president, ¿se le está pidiendo que se salte también la Constitución? Pues, si es eso, que lo digan los que están con lo de diálogo para arriba y para abajo. Y si no es eso, que lo digan también y bien claro para que Puigdemont y los suyos no se hagan ilusiones.

Lo de repetir que se dialogue suena muy bien, pero no va a detener la fuga de capitales ni va a evitar que se enquiste la situación económica y socialmente desastrosa que estamos viviendo en Cataluña. ¿O es que están pidiendo que el gobierno y el govern dialoguen porque mientras están sentaditos dialogando nos pueden seguir moliendo a palos o a sustos y disgustos hasta que a los ciudadanos no nos queden fuerzas para quejarnos ni para exigir cosa alguna?

Dice Puigdemont que es independentista desde chiquitito. Pero es que ahora no es chiquitito. Es que tiene en sus manos el presente y el futuro de Cataluña y el bienestar de los catalanes. Cataluña no es Disneyland París. Los catalanes no pueden vivir saliendo a manifestarse todos los días con esteladas y cantando canciones emotivas. Para superar fijaciones infantiles está el psicoanálisis. No se puede exigir a los catalanes que soporten el infantilismo de sus líderes como si fuéramos psicoanalistas. A los psicoanalistas les pagan. Nosotros les pagamos a ellos. ¿Es que pretenden que aceptemos ir de burros y, encima, apaleados?

Dice Rajoy que tomará todas las medidas necesarias para hacer cumplir la ley. Eso no se anuncia, se hace. ¿O es que también ha entrado en el juego de casitas? “Si no te comes la verdura, te doy una colleja”. ¿Y nos extraña que en Cataluña independentistas y antisistema estén haciendo lo que les da la gana, riéndose en las barbas del gobierno español? El espectáculo de las urnas y papeletas escondidas que de repente aparecen y desaparecen y los mossos levantando actas y dejando hacer y la policía abriéndose camino a palos entre la gente y la gente metiendo votos a puñados en la calle no se le consentiría a ningún presidente de un país democrático. Pero tenemos uno, que además de presidente del gobierno, es presidente de un partido imputado por corrupción. Si no se atreve a actuar con mayor contundencia es porque él mismo sabe que carece de toda autoridad moral para imponer el respeto a la ley.

De todo lo cual se deduce que lo que España necesita para no convertirse en un país moral y legalmente fallido no es diálogo ni mediación ni buenismo ni bobismo ni infantilismo ni líderes políticos ni influenciadores de los medios blablablando para aburrir al personal. Lo que Cataluña y España necesitan son elecciones autonómicas y generales de inmediato antes de que los políticos infantiloides y los simplemente inmorales acaben con nuestro país, o sea, con nosotros.

 

 

 

 

 

 

La nave de los estúpidos

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El president de Cataluña y los suyos han dado una demostración espectacular del daño que pueden infligir a la sociedad unos individuos estúpidos.

Define el diccionario al estúpido como una persona necia, falta de inteligencia. No me circunscribo aquí a esa definición. El historiador económico Carlo Cipolla describió el fenómeno de la estupidez con mayor amplitud destacando el daño que los estúpidos infligen a la sociedad.  Aquí me baso en sus deducciones.

Una persona es estúpida, dice Cipolla,  si causa daño a otras personas o grupo de personas sin obtener al mismo tiempo un provecho para sí, o  incluso peor, provocándose daño a sí misma.

El Govern y el Parlament de Cataluña decidieron el 7 de septiembre forzar dos leyes que iban a causar un daño, hasta hoy incalculable, a toda la sociedad catalana, sin que hasta hoy pueda comprenderse muy bien qué ganancia pretendían obtener.

Es inútil intentar comprenderlo. Dice Cipolla que a las personas razonables les resulta difícil imaginar y entender un comportamiento estúpido. Es así, porque tal comportamiento escapa a la razón; porque responde al universo sin límites del absurdo. Las personas razonables se encuentran completamente desarmadas y a merced del estúpido, explica,  precisamente por la imposibilidad de comprender la estupidez. Es esta indefensión del razonable lo que hace que los estúpidos sean tan peligrosos y funestos.

Puigdemont y los suyos rompen con las leyes de España y proclaman, por ley, que en Cataluña rige, desde ese momento, una legalidad distinta. Amparándose en esa nueva legalidad, convocan un referéndum para legitimar con votos la separación de España y se comprometen a proclamar la independencia en cuanto se compruebe que la mayoría de los votos dicen que sí a la secesión.

Por el camino de la razón se llega sin ninguna dificultad a entender  que esas leyes catalanas no tienen otro fundamento que el voluntarismo de quienes las concibieron.  Por el camino de la razón se llega al muro infranqueable de la realidad contra la que, inexorablemente, acabarán estrellándose quienes las concibieron y pretenden imponerlas o sí o sí. Ese muro es la Constitución del estado español  en la que se proclama la unidad indivisible de España.

Una gran parte de los catalanes creen que la Constitución ya no rige en Cataluña, que los catalanes ya son independientes porque lo ha decretado su Parlament y ellos lo  han votado en referéndum. Esa parte de los catalanes que cree por fe cuanto dicen el govern y sus propagandistas, la ANC, Omnium Cultural, pertenece el grupo de individuos que Cipolla denomina los incautos o desgraciados, aquellos que benefician a los demás y se perjudican a sí mismos.

Debería bastar recordarles que el estado español tiene todos los recursos para evitar la secesión; entre ellos, el ejército, garante de la unidad de España por mandato constitucional. Pero es inútil. A cada argumento racional, el incauto responde con el argumentario que le dictan los líderes independentistas. Hace meses, un amigo me dijo que el gobierno de España no podría evitar el referéndum. Le respondí que sí podía y lo haría aunque tuviera que enviar a la Policía y a la Guardia Civil. Se rio a carcajadas.

Los líderes independentistas aseguraron a los catalanes que podrían votar sin ningún problema y que si votaban que sí, Cataluña sería independiente en 48 horas. Cuando el Tribunal Superior de Justicia ordena confiscar el material para la votación y cerrar cualquier local donde se pretendiera poner urnas, los líderes instigan a la gente a salir a la calle y a ponerse frente a las puertas de los locales donde se fuera a votar, para barrar el paso a las fuerzas del orden. Las fuerzas del orden sacan a la gente a porrazos. Los líderes siguen instigando a la gente a manifestarse contra las fuerzas del orden. Protestas multitudinarias. Huelga general. ¿Resultado? Cuantitativamente proporcional a la magnitud de la estupidez de los líderes: centenares de lesionados y millones en pérdidas para la economía del país.

Mientras tanto, Mariano Rajoy y su gobierno observan las protestas y las huelgas con parsimonia inalterable. ¿A quién perjudica esa exhibición de multitudes en las calles  y tiendas y negocios cerrados? A los catalanes, por supuesto, a nadie más que a los catalanes.

Porque Mariano Rajoy no es estúpido. Mariano Rajoy razona perfectamente. Pertenece al grupo que Cipolla llama los malvados, aquellos que perjudican a los demás para beneficiarse a sí mismos. Mientras los incautos catalanes corren de aquí para allá repitiendo los disparates que les dictan, Rajoy contempla cómo la cesta que ha puesto para pescar se va llenando de votos sin costarle más esfuerzo que aparecer de vez en cuando en los medios para recordar a todos  su firmeza en la defensa de la unidad de España. Pero, ¿no teme que, como dicen los líderes independentistas, la comunidad internacional le obligue a reconocer el derecho a la autodeterminación de los catalanes y la independencia que los catalanes pidieron en el referéndum?

Por supuesto que no. No hay líder europeo al que se le ocurra poner en peligro la unidad de su país y la solidez de la Unión Europea abriendo la puerta a todos los independentismos que puedan surgir dentro de sus fronteras. ¿Y los Estados Unidos? Menos. La caótica mente de Trump puede hacer que se pregunte qué pasaría si a los tejanos, que siempre han sido muy suyos,  se les va la pinza y deciden seguir el ejemplo catalán. No hay gobierno dispuesto a tomarse en serio un llamado referéndum que no pasó de sainete tragicómico; muy triste para quienes asistieron a la distancia analizándolo racionalmente.

Cuando Puigdemont anuncia el resultado de la votación rocambolesca llamándola referéndum con la misma cara pétrea con que ha anunciado tantas mentiras, sabe que estas mentiras llegarán a las glándulas de los incautos, y que los incautos saldrán a la calle arrebatados por la emoción dando la cara y el cuerpo por los líderes que les agitan. ¿Qué beneficio obtienen de todo el perjuicio que están causando a su país, siendo el peor la división de la sociedad catalana? Tal vez la satisfacción de sentirse mártires de la independencia, aunque esto es algo tan subjetivo que no se puede afirmar. Objetivamente, de toda esta locura ningún catalán puede esperar beneficio alguno.

¿Y la corrupción? ¿Y el desempleo y los salarios indignos y el trabajo precario y la pobreza? ¿Y la falta de personal y medios en los hospitales y en las residencias de ancianos? ¿Y las carencias en los colegios y universidades? En Cataluña, una palabra ha cubierto una gran parte de las conciencias como una estelada colosal: independencia. ¿Qué pasará cuando esa cubierta se retire y nos veamos todos a la intemperie? Lo peor que nos podría pasar es que Rajoy pusiera en práctica toda su maldad y dejara a los líderes independentistas seguir con su acción devastadora dejando a Cataluña sola, con una deuda descomunal y un bono basura, teniendo que volver a una economía primitiva para no morirnos de hambre. Pero esto, afortunadamente, no puede ocurrir porque Rajoy no es estúpido.

Algunos estúpidos, dice Cipolla, causan sólo perjuicios limitados, pero hay otros que llegan a ocasionar daños terribles, no ya a uno o a dos individuos, sino a comunidades o sociedades enteras.

Contaba Platón que en una nave, los marineros se volvieron locos, depusieron al capitán y los más locos se hicieron con el control del timón después de echar por la borda a quienes tenían idea de cómo navegar. Los locos que quedaron, tal vez simplemente estúpidos, llevaron a la nave al naufragio.

Tal vez los catalanes aún estemos a tiempo de que algo, alguien nos salve. Tal vez encontremos, como siempre, las fuerzas dentro de nosotros mismos para salvarnos. Pero costará muchos años reconstruir las ruinas en las que habrá quedado nuestra sociedad cuando termine esta travesía por la locura.

Las leyes fundamentales de la estupidez humana. Carlo M. Cipolla

 

 

 

No hay derecho

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No hay derecho a decidir, por intereses espurios, llevar a Cataluña al desastre y amenazar con el desastre a España entera.

No hay nadie medianamente informado y capaz de razonar que no sepa que las consecuencias, económicas y de otra índole, de una ruptura serían gravísimas para Cataluña y para España. ¿Por qué se empeñan, entonces, el gobierno de España y el govern de Cataluña en llevarnos al desastre? Error de perspectiva. En el desastre estamos hace años, sin gobierno al que recurrir para que declare esta miseria de país zona catastrófica y nos dé las ayudas que requiere volver a ponerlo en pie.

Ante la desastrosa realidad, ambos gobiernos reaccionaron con una brillante idea. Si este desastre no se puede arreglar -y no conviene que a alguno se le ocurra y se le permita arreglarlo-, lo que se puede hacer  para evitar el pago de responsabilidades es amenazar a la gente con un desastre mayor. Si alguien tiene que elegir entre que le corten las dos piernas o dejar que la gangrena le corte la vida, cualquiera en su sano juicio se conforma con el mal menor.

Éxito total. Pensando en el posible desastre por venir, la mayoría ha conseguido desviar la atención del presente, y una mayoría de la mayoría ha llegado a pensar que, al fin y al cabo, la realidad actual no es tan desastrosa.

No hay derecho  a que los políticos en el poder de España, Cataluña incluida, hayan pervertido el criterio moral de una sociedad que había descubierto los valores que permiten evolucionar al hombre, macho y hembra, hacia la plena condición humana.

Las medidas políticas aplicadas por la derecha triunfante en España, Cataluña incluida, consiguieron convertir a todo el territorio nacional en tierra del sálvese quien pueda. Quien tenía los medios para salvarse aceptó esas medidas sin objeción. Quien no los tenía aceptó todo lo que le cayera encima con tal de que le permitieran sobrevivir. Los que lo perdieron todo se quedaron sin voz para quejarse y engrosaron, y siguen engrosando, las filas de los que nunca han tenido nada y que, por lo tanto, para nada pueden contar. España, Cataluña incluida, logró ponerse a la altura de los Estados Unidos.

Una clase rica, cada vez más rica, contribuye al orgullo nacional con el glamour que distingue a los países desarrollados. Las clases inferiores trinan contra los dueños de lujos y privilegios, pero como siempre han trinado y de trinar no pasan, sus trinos no inquietan a nadie.  Las mujeres de las clases inferiores agradecen las fotos de mansiones, joyas, ropa de alta costura que les permiten pasar el tiempo en la peluquería mientras les coge el tinte. Los hombres agradecen las fotos de cochazos que pasan del millón, de los aviones privados de los futbolistas, de las hembras colosales que llevan a sus fiestas y con las que se casan.  A casi nadie se le ocurre reivindicar el valor del trabajo exigiendo salarios proporcionales al esfuerzo y a su contribución real a la economía del país. Cuando se convoca una huelga o una manifestación, sólo van los directamente implicados. Son manifestaciones sin banderas, sin himnos, sin gritos que emocionen. Aburren, ¿para qué se van a manifestar quienes ni ganan ni pierden con el asunto?

Una clase media, cada vez más baja, agradece poder ir a la peluquería, poder pagar a plazos un coche de gama media o baja, según, poder ir de vacaciones a donde va la gente de su clase. La mayoría no encuentra motivos para participar activamente en la exigencia de justicia social. El mundo siempre ha sido injusto. Lo que más injusto les parece es que les obliguen a contribuir para mejorar la vida de quienes no han tenido su suerte, y si se trata de refugiados o de extranjeros huyendo del hambre, para de contar.

De los de la clase más baja, de los que tienen que vivir de subvenciones, cada vez más escasas, o de la caridad, no hay nada que decir. Ni se ven ni se oyen.

Parece un dato curioso que la mayoría de los nacionalistas catalanes que apoyan la independencia son los de salarios más altos, entre 4.500€ y 5.000€ mensuales, mientras que la mayoría de los que quieren permanecer en España percibe salarios que rozan el umbral de la pobreza. Pero, bien mirado, el asunto se entiende. Cataluña ha sido gobernada durante tres décadas por una burguesía nacionalista que pudo mantener una tensión controlada con el gobierno de España para obtener beneficios, mientras  alimentaba la catalanidad con el nacionalismo cultural que alguien bautizó como catalanismo de “espardenya” (alpargata). La siembra dio el fruto de Omnium Cultural y Asamblea Nacional Catalana, y ambas instituciones, con la ayuda generosa del gobierno, se dedicaron a predicar el ansia y el derecho a la independencia por todos los confines de la nación. A quien la prédica no le ha arrebatado el entendimiento, le cuesta muy poco descubrir los sofismas, medias verdades y mentiras completas que conforman el argumentario de los predicadores. Es un conjunto de enunciados muy simples, al alcance de los entendimientos con menos luces, en todo observante de las reglas del que fuera ministro de propaganda  del Tercer Reich.

No hay derecho a haber intoxicado la mente de una gran cantidad de catalanes con discursos y arengas dirigidas a estimular las glándulas para que la adrenalina les obnubile la razón. Viendo a los padres llevar a sus hijos pequeños a los colegios para evitar los desalojos de la policía, uno se pregunta si la sugestión colectiva puede trastornar a medio país hasta ese punto. Otra vez responde el genio de la propaganda nazi que logró enloquecer a la mayoría de los alemanes; la propaganda, cuidadosamente diseñada para apelar a lo más primitivo del ser humano, sí puede; puede siempre que encuentre mentes desprotegidas por carecer de criterio propio. Esa falta generalizada de un criterio alimentado con valores humanos, falta causada por una educación deficiente, ha permitido a los gobernantes de Cataluña, como a los de España, romper la integridad moral del ciudadano y, por ende, de la sociedad. En Cataluña, específicamente, los gobernantes independentistas han podido hacer barbaridades en el Parlament y tomar decisiones que rozan la demencia, poniendo en ridículo a toda la nación, sin que una gran parte de los ciudadanos pudiera detectar sus desafueros.

No hay derecho a destruir el prestigio nacional e internacional de la nación catalana. Orgullosos desde siempre, por motivos indiscutibles, de nuestra sensatez, de nuestra capacidad de trabajo, de nuestra disposición al esfuerzo constante por mejorar, por avanzar, los catalanes aparecemos hoy como fanáticos irresponsables que se niegan a acatar la Constitución española y hasta el Estatut de Cataluña; como enajenados que aceptan la decisión de su propio Parlament de acabar con la democracia; como ignorantes que claman por salir de España y, por ende, de Europa, para quedarnos solos, aislados, sin los recursos de que ahora disponemos para seguir luchando por la recuperación económica.

No habrá referéndum mañana. El referéndum fue anulado y cualquier cosa que se haga para votar, será cualquier cosa menos un referéndum. No habrá independencia. No la habría aunque votara la mayoría del censo y votara sí el cien por cien.  Eso lo saben perfectamente los gobernantes que han sacado a la gente a la calle a realizar un simulacro patético ofreciendo a Cataluña al escarnio público. Hoy nadie sabe cómo acabará el sainete, pero Mariano Rajoy en España y Carles Puigdemont en Cataluña descansan seguros de que los medios seguirán discutiendo el asunto y de que el larguísimo balablablá seguirá distrayendo al personal para que nadie recuerde la corrupción y el mal gobierno.

No hay derecho.