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Pienso, luego Iceta

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Las últimas encuestas sobre las elecciones autonómicas en Cataluña nos plantean un misterio aparentemente  insondable. Los partidos independentistas vuelven a aproximarse a la mayoría absoluta.

Tras unos cinco años  de yermo político en el que solo sonaban las arengas,  los cánticos y los clamores de independencia; en el que solo  iluminaban el panorama desolador las estrellas de las esteladas; con el rastro infamante de los perjudicados que fueron cayendo por el camino, y que  tirados se quedaron porque no podían seguir caminando sin ayuda y nadie les ayudó, uno se pregunta, perplejo, qué clase de personas quieren seguir vagando sine die en este purgatorio.

La respuesta nos la da el documento EnfoCATs, que ahora navega por Internet al alcance de cualquiera. En él, los diseñadores de la hoja de ruta hacia la independencia  analizan por grupos los tipos de persona a los que tienen que venderles el “procés” y la forma de convencerles, o mantenerles convencidos, con más efectividad.

El primer grupo corresponde a los que en el documento se les llama “Convencidos hiperventilados”. Curiosa asociación la que establecen entre el seguidor del ideal de independencia  y un paciente aquejado del trastorno por el que aumenta la frecuencia de la respiración causando, entre otros síntomas, obnubilación de las facultades mentales. ¿Qué quieren decir? ¿Que el convencido de que la independencia de Cataluña es posible, aunque se opongan el gobierno español y el mundo entero, padece una disminución de su facultad racional? El mismo documento dice que este tipo de personas necesita conocer de hitos y celebrar hechos. De lo cual se deduce que las manifestaciones de protesta, de resistencia o de exhibición de agravios  se nutren de convencidos hiperventilados; que para convencidos hiperventilados se emiten los programas de la radio y televisión públicas catalanas y de otras emisoras subvencionadas; que para convencidos hiperventilados se escriben artículos en la prensa afín y se cuentan historias de una Historia de Cataluña adaptada a la necesidad de hitos y celebraciones que apremia a los convencidos hiperventilados.

Todos los otros grupos que se enumeran en el documento tienen su ¡qué!, pero los del último, los que definen como “Convencidos del NO”, parecen correr verdadero peligro. Dice el documento que para sumarse esencialmente, los del NO necesitan “Motivos de impacto personal inmediato”. ¿Y eso que es? Cualquier cosa impactante, supongo, desde un golpe en toda la cabeza con una porra o con lo que sea, a pedir a la madre hiperventilada del negativo que se le ponga de rodillas hecha una mar de lágrimas suplicándole que diga que sí a la independencia. El peligro más serio aparece en la columna que titulan “Qué tenemos que hacer”. La primera medida reza: “Activar sus entornos independentistas más cercanos”. ¿Para qué? ¿Para que parientes y amigos del negativo le destierren o le linchen si no abraza el independentismo o, nuevamente,  activar a su madre para que vaya llorando por la casa o amenace echarle o prohibirle la entrada si se emperra en su NO? La segunda medida recomienda “Desincentivar la participación”. ¿Cómo? ¿Qué los ayuntamientos independentistas nieguen  a los negativos subvenciones o participación de cualquier tipo en los actos de su pueblo o ciudad? ¿Convencerles de que no voten?

Este documento y el ya célebre cuaderno Moleskin de Josep Maria Jové, secretario general de Vicepresidencia, Economía y Hacienda  del gobierno independentista, nos revelan la voluntad de los líderes del “procés” de conseguir una población hiperventilada, irracional. Y nos revelan, además, que esa estrategia no obedeció  a la irracionalidad de los líderes. Quienes diseñaron en serias reuniones el EnfoCATs y quien anotaba escrupulosamente cuanto ocurría en esas reuniones eran racionalmente conscientes de lo que hacían. Sabían, y así lo manifestaron en diversas ocasiones, que el único modo de imponer la independencia contra la oposición del gobierno español, era poner de escudo a la gente. ¿Qué el referendum era ilegal? En una democracia,  la voluntad del pueblo está por encima de las leyes. ¿Qué el gobierno de España no permitiría votar el 1 de octubre? No podría impedirlo si se convocaba a la gente a plantarse ante las puertas de los recintos donde se iba a votar impidiendo el paso a las fuerzas de seguridad. ¿Qué la guardia civil emplearía la fuerza para abrirse paso e impedir la entrada  a los que iban a votar? Las imágenes de la violencia policial darían la vuelta al mundo inclinando a la opinión pública internacional a favor de los catalanes oprimidos por un gobierno totalitario que no respetaba los derechos humanos. ¿Qué la posterior  declaración unilateral de independencia era ilegal y podría provocar que el gobierno español interviniera la autonomía de Cataluña? El gobierno no se atrevería a hacer tal cosa contra la voluntad del pueblo que votó a favor de la independencia; unos dos millones según el “govern” aunque nunca se sepa de dónde salió esa cifra. En el documento, los líderes afirman que el éxito del “procés” depende de la conflictividad que se genere en Cataluña.

En resumen, la estrategia para conseguir que Cataluña se constituyera en república independiente consistía en movilizar a los “convencidos hiperventilados” provocando, con discursos y eventos, la secreción hormonal que producen las emociones, secreción que a su vez produce la hiperventilación. Es decir, que la independencia de Cataluña dependería del número de hiperventilados que se movilizaran para hacer en la calle el trabajo a los políticos. Es decir, que la República de Cataluña solo sería posible si la exigía un pueblo hiperventilado, irracional, enloquecido. Para mantenerle enloquecido podía recurrirse a la mentira, sin límite ni reparo moral, (ver “El Príncipe” de Nicolás Maquiavelo).Y sin límite, sin reparo moral ni de cualquier otra índole, sin ningún miedo al desmentido o al ridículo, los líderes independentistas, desde Mas a Puigdemont pasando por Junqueras y Rovira, se pusieron a mentir para mantener la hiperventilación, y aún siguen en ello.

La estrategia de los líderes del “procés” produjo resultados inmediatos. Los no hiperventilados decidieron poner pies en polvorosa por lo que pudiera pasar. Los bancos perdieron unos 9.000 millones en depósitos y cuentas a la vista; cerca de 3.000 empresas sacaron de Cataluña sus sedes sociales. Una población de hiperventilados bajo el control de líderes dispuestos a que su pueblo se enfrente a lo que sea  con tal de lograr sus fines, espanta a cualquiera que esté en pleno uso de sus facultades mentales. Pues bien, ese es el panorama que se comprometen a repetir Puigdemont y Junqueras si ganan las elecciones. La CUP promete, además, cargarse el sistema completo para empezar a reconstruir de cero, Dios sabe cómo, la gloriosa República de Cataluña. ¿Quiénes pueden votar para que se repita un panorama así? Los convencidos hiperventilados y los nuevos prosélitos captados por las mentiras.

Ante esta perspectiva terrorífica, dicen las encuestas que un gran número de electores está dispuesto a votar por Ciudadanos.

Ciudadanos también cuenta con convencidos hiperventilados. Están en ese grupo los que se emocionan ante una bandera de España con la misma intensidad con la que se emociona un independentista ante su estelada; los que se emocionan oyendo un pasodoble de Manolo Escobar tanto como a un independentista emociona el canto de Els segadors.

Además de esos convencidos hiperventilados, se dice que votarán a Ciudadanos quienes creen que ese partido impondrá una paz a la fuerza que acabe con la conflictividad forzada por los independentistas. Entre estos últimos están quienes, por diversos motivos, no entienden lo que significa Josep Lluis si no se lo traducen al castellano, y saben que Ciudadanos acabará con la inmersión en el catalán porque para eso lo fundaron; y están quienes quieren que en Cataluña mande un gobierno en todo similar al PP español para que Cataluña pueda disfrutar de la estabilidad sin sobresaltos que a España ofrece Mariano Rajoy.

Por supuesto, los líderes de Ciudadanos mienten tanto como los independentistas para convencer al cliente. Prometen moderación, transversalidad, voluntad de diálogo, políticas sociales, copiando de sus competidores lo que haga falta con tal de quitarles clientela, mientras en el Congreso apoyan con sus votos las medidas ultraconservadoras del PP, sus compañeros de ideología.

El éxito de la candidata de Ciudadanos depende, pues, del voto de los convencidos hiperventilados, de personas con dificultades para aprender idiomas y de personas tan escamadas con la conflictividad independentista que quieren la paz a toda costa. En España, las mayorías que ha obtenido el PP a pesar de su corrupción y de la ineptitud del gobierno, se explican por el miedo. En Cataluña, el voto de los escamados se va a Ciudadanos por la misma razón.

Hace siglos, un pensador, horrorizado por el daño que la irracionalidad hacía a la mente humana, decidió rechazar todas las ideas creadas e impuestas por otras mentes y reemplazarlas por los productos de su propio esfuerzo racional. René Descartes popularizó un principio que la inmensa mayoría conoce y repite aunque nunca haya oído hablar del filósofo francés: “pienso, luego existo”. El ser humano ha sido creado, por Dios o por la Naturaleza, para pensar, para analizar la realidad y orientarse en ella con su pensamiento.  La evolución del ser humano depende de que su pensamiento sea informado por su razón. Hoy, es la razón lo único que puede sacarnos del atolladero.

La situación actual de Cataluña requiere que todo aquel que quiera vivir en paz, en concordia; que todo aquel que entienda que la paz y la concordia sólo son posibles donde impera la solidaridad y la igualdad; que  todo aquel que quiera progresar mirando al frente, negándose rotundamente a cualquier cosa que le empuje a retroceder; que todo aquel que tiene en su mano sacar a Cataluña del bache en el que la ha hundido la irracionalidad, piense, razone antes de ejercer el derecho al voto, siendo el voto lo único que le otorga el poder efectivo para transformar su país.

Pensando, razonando, me pregunto, ¿qué candidato me ha dado pruebas, durante toda su trayectoria política y particularmente durante la última legislatura, de ser capaz de devolver a Cataluña la sociedad solidaria, igualitaria, progresista que puede volver a distinguirla como nación de vanguardia en el conjunto de las naciones de España? ¿Qué candidato me garantiza que en Cataluña volverá a imperar la racionalidad?

Pienso, luego Miquel Iceta Llorens.

https://es.scribd.com/document/361162525/EnfoCATs-Full-de-ruta-del-Govern-per-a-la-independencia

 

 

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El horror de ser socialista.

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Decidí ser escritora a los siete años. A todos les hizo mucha gracia y la verdad es que me estimularon elogiando todo lo que escribía. Al terminar el bachillerato tenía muy claro que quería estudiar Filosofía y Letras; más por la filosofía que por las letras. Mi padre sufrió un disgusto muy serio cuando se lo dije. Mi elección demostraba mi absoluta carencia de sentido práctico y eso, naturalmente, le preocupó. Mi madre, por su parte, no concebía que yo pudiera ser otra cosa que abogada porque era la profesión en la que más podía ayudarme por sus conexiones. La universidad americana, con su sistema de créditos, me permitió optar por un camino intermedio: “mayor”en Ciencias Políticas y “minor” en Literatura Inglesa.

En el segundo semestre de mi primer año de universidad descubrí que era socialista. Descubrí también que mi socialismo era cosa de mi conciencia, de mi pensamiento, de mis emociones, pero que no tenía nada de práctico. Pronto me golpeó el desprecio de mis compañeros socialistas, entusiasmados, todos ellos, con la revolución cubana. ¿El socialismo aceptaba la supresión de todas las libertades, las constantes ejecuciones que convertían en chiste la palabra “paredón”, los comités de vigilancia que imponían la pureza ideológica en los barrios, el adoctrinamiento desde la más tierna infancia? Mi pregunta provocaba sonrisas de condescendencia. Era muy joven, era mujer, era natural que sólo se me ocurrieran tonterías. Uno tuvo a bien explicarme lo que era pragmatismo y que el pragmatismo en política tenía que estar por encima de cualquier ideología. ¿Por encima del bienestar, de la vida de los seres humanos?, pregunté. Me respondió que en política yo nunca llegaría a ninguna parte, y acertó. Pero yo, terca de nacimiento, seguí con mi idea del socialismo, un socialismo democrático que no tenía nada que ver con el mal llamado comunismo. En cuanto al pragmatismo, a algunos les sirvió en España para convertirse en “beautiful people”. El hecho de no tenerlo me sirvió a mi para ir convirtiéndome en más persona mientras más me preocupaban las personas, fueran beautiful o no. Eso que he ganado.

Hace poco más de tres años me pidieron que colaborara en un periódico. Empecé muy bien, muy filosófica. Me pusieron los artículos en la sección de Sociedad. Pero poco a poco, fui derivando hacia la política y descendiendo a lo concreto, y tan concreta me volví, que acabé defendiendo al PSOE abiertamente en la campaña electoral de 2015. Según las encuestas, yo apostaba por el partido perdedor. Pero bueno, lo de pragmatismo no me había entrado nunca, repito.

Algo empezó a sonarme mal en aquella campaña. No sólo eran los adversarios del candidato socialista los interesados en hacerle perder. Dentro del mismo partido sonaban, día sí y día también, voces que ponían en duda, de un modo u otro, sus aptitudes para ser presidente del gobierno. Ya te vale, me dije, así no hay quien gane. Pero como carezco de sentido práctico y contra eso no hay nada que hacer, mi conciencia, mis convicciones y mis emociones me obligaron a defender a Pedro Sánchez a capa y espada cuando perdió las elecciones, cuando perdió la investidura, cuando algunos compañeros suyos lo destronaron y cuando los militantes lo volvieron a entronar. Y en esas sigo. ¿Qué gano? Una satisfacción personal que no tiene precio.

Sigo siendo socialista a pesar de todos los tuits que cada día me recuerdan los errores que cometió el PSOE hace diez, veinte, cuarenta años y cuando Pablo Iglesias Posse apoyó la dictadura de Primo de Rivera, dice uno. ¿Qué hubiera hecho el PSOE en la conquista de América? El caso es que nunca he tenido carnet del PSOE ni me interesan los que siguen a un partido como si fuera un equipo de fútbol. Me interesa la persona que con hechos y palabras me demuestra que está en política porque le interesan las personas. Y por eso me metí en el fregado de defender a capa y espada a Miquel Iceta cuando ser socialista en Cataluña se convirtió en un horror. Pero no es que sea masoquista. Es que siento un profundo respeto por las facultades mentales que me tocaron en la lotería genética, y mis facultades mentales me dicen que, como están las cosas en Cataluña, es la única elección si una quiere votar con responsabilidad.

Si miramos a la izquierda más siniestra, nos encontramos con una pandilla que confunde la política y las instituciones con un espectáculo. En Cataluña, la CUP no habla de propuestas sociales ni explica su programa de gobierno. Hay que acabar con el sistema, dicen, exhibiendo banderas y eslóganes en camisetas y cartelitos, vestidos y despeinados como si estuvieran en un desierto empujando una furgoneta averiada. Para empezar, hay que sacar a Cataluña de España sea como sea, aunque haya que tirar la furgoneta por un precipicio. Ya se empezará a reconstruir cuando se haya destruido todo. Y la reconstrucción será muy divertida bailando un mambo.

En cuanto a sus afines ideológicos, los de ERC tampoco tienen tiempo para ocuparse de los problemas de la gente. Por encima de todo está la independencia, también como sea y cueste lo que cueste. Sus diputados en el Congreso dan la campanada todos los días como si todos los días fueran fin de año. Uno, tronando con lo que le salga mientras agita su cabellera de león; otro, ofreciendo al respetable su particular versión de la comedia con atrezo y todo. En Cataluña no ofrecen programa para las elecciones. Confían la parte más importante de su campaña a los cartelitos que hay por todos los pueblos y ciudades  del territorio moviendo a los corazones a apiadarse de los que llaman presos políticos y a exigir su liberación. Exigiendo a la juez que encarceló a los encarcelados por violar la ley, demuestran su falta de respeto por la judicatura; lo que demuestra, a su vez, que coherencia no les falta. Al votar por la declaración unilateral de independencia se cargaron sin reparo alguno la Constitución española y el Estatut de Cataluña de un plumazo. ¿Qué respeto les puede merecer lo que digan un fiscal y una jueza? Encima nos dicen que si gana ERC y Junqueras sigue en la cárcel, será presidenta de la Generalitat Marta Rovira, una señora que no tiene reparo en acusar al gobierno español de haber  amenazado al govern con llenar las calles de Barcelona de sangre y muertos si se proclamaba la independencia. Y aún así la proclamaron.  Si los del “cutre look” divierten al estilo de la familia Adams, los de ERC dan más miedo que una película de zombies.

Del PdeCat, antes CiU, ahora Junts por Cataluña, sobra todo lo que se pueda decir porque ya se encarga de decir suficientes disparates su president en el exilio. Otra vez, de sus preocupaciones brillan por su ausencia los catalanes. Lo único que importa es separarse de España, que Puigdemont pueda ser president de la Generalitat cuando regrese, glorioso, del exilio, y si Europa no le quiere reconocer la hazaña, otro referéndum para sacar a Cataluña de Europa con las mismas garantías de que los catalanes votarán sí o sí que tuvo  el llamado referéndum del 1 de octubre.

Pero hay otra alternativa. Hace ya más de diez años, surgió en Cataluña un partido defensor de quienes le tenían manía al catalán. La manía, naturalmente, se extendió al catalanismo, al Estatut, a todo lo que pusiera en peligro las esencias de España, una, grande y libre. ¿Hay algo en Ciudadanos que permita suponer que con Arrimadas en la presidencia de la Generalitat alguien, por fin, empezará a ocuparse de gestionar el país en beneficio de los catalanes? Imposible deducirlo de sus discursos de pre campaña. Su principal objetivo, su manía actual, es convencer al PSC para que le dé sus votos a Arrimadas. “No pongáis palos en las ruedas”, clama la aspirante a presidenta de la Generalitat. ¿Y qué piensa hacer si llega a la ansiada cumbre? ¿Moler a palos a los dos millones de catalanes, más o menos, que seguirán defendiendo su lengua y su nación? Lo único que no necesitan los catalanes en este momento es que continúe la agitación social que nos está llevando a la ruina.

Me he equivocado en muchísimas cosas  en esta vida. Pero no me equivoqué al elegir al socialismo democrático como faro de mis convicciones políticas. No me equivoqué al defender a Pedro Sánchez porque al final, contra toda teoría sobre el funcionamiento tradicional de los partidos, los militantes corrigieron al aparato y le devolvieron la secretaría general.

No me equivoqué al decidir que defendería al PSC y a Miquel Iceta y que le daría mi voto aunque muchos me pusieran a parir. Porque sigo respetando mi inteligencia, como don recibido sin mérito propio, que me obliga a ser agradecida desarrollándola mediante el uso de mi facultad racional. Porque amo a Cataluña con la intensidad, tal vez también heredada, de mis antepasados. Porque no tiene ningún sentido amar a Cataluña, que es solo un segmento en un mapa, si lo que de Cataluña se ama no son las personas que la habitan.

Porque me amo y me importo sobre todas las cosas y a los otros como a mí misma, por la cuenta que me tiene, voy a votar por quien creo que asume y practica los mismos principios y valores que informan mi criterio. A quien creo que como president de la Generalitat gestionará los asuntos de las personas teniendo en cuenta el bien de las personas y nada más. Así que hasta el 21 de diciembre defenderé a Miquel Iceta y al PSC aunque la propaganda de independentistas y españolistas integristas hayan hecho que ser socialista en Cataluña sea un horror.

 

 

 

 

 

¿Independizarse de la cordura o ponerse a trabajar?

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Hace años vi un documental muy curioso en el que se analizaba la conciencia humana desde los parámetros de la física cuántica. Me impresionó vivamente. De aceptar cuanto decía al pie de la letra, uno acababa deduciendo que el ser humano, como observador, puede transformar la realidad con sus elecciones; es decir, a su antojo. Esas deducciones, envueltas en un lenguaje científico, llevaban más al ámbito de la mística que al de la ciencia, pero cuando el documental se popularizó, científicos y místicos pusieron el grito en el cielo, considerando, cada cual por sus propias razones, que el material era herético. Ambos tenían razón. El asunto no tiene nada que ver ni con la física ni con la mística. Tiene que ver con la psicología, y en casos extremos, con la psiquiatría.

No es la realidad efectiva lo que nuestras elecciones transforman. Lo que transforman es nuestra percepción de la realidad. Cuando un independentista catalán dice, por ejemplo, que hoy Cataluña ya es una república independiente y que su presidente  en el exilio  fue depuesto por una potencia extranjera que ha derrocado al gobierno legítimo por la fuerza, a uno que no perciba en su misma onda se le queda la cara a cuadros. Cuando un integrista, por poner otro ejemplo, dice que imponiendo la Constitución española Cataluña recuperará la paz, la convivencia y la prosperidad de inmediato, aunque unos dos millones de catalanes se emperren en vivir en su república, a uno que no perciba en su onda se le pone el cerebro en modo escepticismo radical.

La mente humana puede crear realidades en dimensiones paralelas al espacio que perciben  los seres humanos física y mentalmente sanos. Esa capacidad de crear otro tipo de realidades no depende de elementos cuánticos; depende de la voluntad. Por eso, esas dimensiones imaginarias sólo pueden existir en el ámbito de la mente.

Cataluña es hoy una prueba dramática de la existencia en la sociedad de dos dimensiones imaginarias creadas por la voluntad de dos grupos distintos.

En una habitan los independentistas convencidos de que la voluntad basta para crear y mantener un país independiente. Bastó la voluntad de sus líderes para convencerles de que la existencia de la República de Cataluña solo dependía  de su propia elección. Y la eligieron. Y la voluntad de quienes la eligieron se convirtió, por la voluntad de sus líderes, en un mandato que obligaba a todos a respetar esa elección. El cálculo riguroso de cuántos eligieron la república independiente no se toma en cuenta porque no coincide ni con las expectativas ni con la voluntad de los líderes. Los líderes eligieron crear su realidad y eligieron creer que todo el pueblo de Cataluña elegiría  vivir en esa realidad. Los números, rotundamente objetivos, pertenecen al universo del que su voluntad ha decidido exiliarse. En la dimensión creada por los líderes del independentismo y sus seguidores, todos los habitantes de Cataluña son el pueblo que ha elegido la independencia, y quien no haya elegido la independencia no existe porque habita en otra dimensión.

En otra dimensión viven los líderes que han elegido creer en una España homogénea, sin diferencias ni fisuras. En esa realidad que sólo existe en sus mentes por la gracia de su voluntad, las diferentes etnias y culturas que habitan el país son fenómenos propios de aquellos Coros y Danzas del franquismo que tan bien reflejaban la diversidad folclórica que colorea el  territorio español. Para estos, los catalanes pueden vivir felices bailando sardanas en sus plazas lo días de fiesta, subiéndose los unos sobre los otros en esas torres humanas tan coloristas y vistosas, promoviendo su literatura en juegos florales  y con premios locales.  Por encima de ese folclorismo inofensivo, se encuentra el respeto universal a la Constitución Española; lo más serio, lo más rotundo porque es el fundamento que sostiene la nación, la única nación que es España. En la realidad de estos líderes, la Constitución no se puede modificar en lo esencial porque no se pueden modificar las esencias, y  todo lo que tenga que ver con España es esencial.  Naturalmente, es el español la lengua que debe enseñarse en todos los colegios porque todos los padres quieren que sus hijos dominen un idioma que se habla en todo el mundo. Los catalanes serán felices hablando en su lengua en privado sin que nadie se lo prohíba y los padres serán felices si no se impone a sus hijos en los colegios el estudio de una lengua minoritaria y económicamente inútil. Que la importancia de una lengua depende exclusivamente de su eficacia como vehículo de comunicación entre quienes de ella se sirven para comunicarse, es un valor que no existe en la dimensión de los defensores de la homogeneidad de España.

Para ellos, sólo tiene valor aquello que contribuya a que España sea valorada por la comunidad internacional como país solvente, serio.  Porque España es un país serio y no hay español serio que no la conciba como la conciben los líderes políticos que defienden su unidad y su homogeneidad. Y porque España es un país serio, es necesario conservar el equilibrio que garantiza la estabilidad social y que sólo se alcanza donde todos los ricos  son igual de ricos y todos los pobres, igual de pobres.

En la dimensión creada por los líderes del españolismo liberal y sus seguidores, todos los habitantes de España, o sea, todos lo que tienen derecho a llamarse Ciudadanos, quieren una España única y liberal,  y quien no la quiera así no existe porque habita en una dimensión distinta.

Pero hay una realidad que existe y persiste al margen de la voluntad de transformarla según nuestros deseos. En esa realidad inconmovible, quien infringe la ley va a la cárcel y los políticos que ignoran las necesidades de los ciudadanos se arriesgan a la derrota electoral. Es en esa realidad, la realidad real, donde habita la mayoría de los catalanes.

El catalán que vive percibiendo la realidad efectiva sin crearse ni creerse universos paralelos, pasa de independencia, de Constitución, de abstracciones; pasa de ideologías; pasa de los circunloquios con que los políticos procuran enmarañar sus discursos para no tener que decir la verdad; pasa de mentiras manipuladoras. A los catalanes que viven respetando la realidad que perciben sus sentidos y analizándola con su razón les interesan, como al resto de los españoles, los problemas concretos que tienen que ir resolviendo para vivir de la mejor manera posible. El catalán preocupado por problemas concretos quiere gobernantes que ofrezcan soluciones concretas. 

¿Y quién gobierna y gestiona la realidad; la realidad ajena a consignas, ideologías, patriotismos  y monsergas; la realidad a la que todos tenemos que enfrentarnos cada día para sobrevivir? Es lo que tendrán que decidir cinco millones y medio de catalanes el 21 de diciembre. En ese día crucial para la supervivencia de Cataluña, es decir, de nuestra casa, solo contará la cantidad. De la cantidad de quienes voten por el voluntarismo independentista o por el voluntarismo españolista liberal, dependerá que los políticos elegidos por los unos o los otros sigan obligando a todos a vivir en la dimensión imaginaria del uno o del otro hasta que todos nos estrellemos, tarde o temprano, contra la realidad real.  ¿Hay otra alternativa?

En la realidad ajena a las dimensiones imaginarias, están las propuestas del candidato Miquel Iceta. Miquel Iceta sabe, como sabemos todos, hasta aquellos que habiendo claudicado del análisis racional de las circunstancias aún conservan un resto de cordura, que en la realidad real en la que nos toca luchar a diario, nuestra casa está dividida y empobrecida porque los voluntarismos la han abandonado para ocuparse exclusivamente de la dimensión en la que cada cual eligió habitar.

Iceta sabe, como sabemos todos, que para poner nuestra casa en orden y en pie, hay que aplicar soluciones concretas a los problemas concretos que han deshecho nuestra convivencia y nuestra economía.  Sabe que la convivencia se arregla dando participación a todos, sin exclusiones, en la reconstrucción de Cataluña. Sabe que la economía de Cataluña volverá a flotar cuando los catalanes vuelvan a trabajar unidos creando una atmósfera en la que impere la sensatez, el análisis racional de la realidad y el esfuerzo por sacarle a la realidad el mejor partido. Sólo así llegará el dinero que necesitamos para reconstruirnos y volverá el que huyó de la incertidumbre causada por la irracionalidad.

Iceta sabe, como sabemos todos, aunque algunos quieran ignorarlo, que nuestra casa vive privada de la aportación de miles de catalanes que han sido expulsados a los márgenes de la pobreza por el concepto del liberalismo que prioriza el dinero sobre cualquier otra cosa; sobre cualquier persona. Iceta sabe que el dinero no se hace solo; que la creación de riqueza requiere el esfuerzo de toda la sociedad; que Cataluña no puede darse el lujo de prescindir de una parte importante de su población pagando la costosísima factura de la desigualdad.

Miquel Iceta es el candidato del Partido de los Socialistas de Cataluña. Pero sabe que la realidad real no es un territorio cruzado por dos vías de dirección única; derecha e izquierda. Y sabe que en el momento crítico en que se encuentra Cataluña no hay tiempo para regodearse en definiciones ideológicas ni para velar por intereses de partido.

Cataluña necesita que todos los catalanes despierten de sus ensoñaciones, que se levanten  con los pies firmes en el suelo y se pongan a trabajar para reconstruir lo que se ha destruido. Porque nadie puede independizarse de la realidad sin grave peligro de perder todo lo que la realidad le ha ofrecido hasta ahora y todo lo que sigue ofreciendo a quien esté dispuesto a trabajar respetando sus normas.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

¿Por qué al PSC? ¿Por qué a Miquel Iceta?

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Otra vez en pleno desayuno, una noticia me revuelve el estómago. Noticia local, de Lleida. Ya hay tres aviones fletados para transportar a Bruselas participantes en la manifestación de los independentistas del próximo 7 de diciembre. Dispuestos a fletar un cuarto avión, dicen, porque el tercero ya está casi completo. El viaje de ida y vuelta cuesta 400€.

La noticia me dejó atónita. Empecé a ponerme morada de indignación por dentro. Porque yo no soy política ni analista política profesional. Soy una persona que se toma en serio la vida de las otras personas, nada más, y por eso y sólo por eso, soy política y analista política como cualquiera que entiende que es la política lo que determina en gran parte la vida de un ciudadano. Y también por eso me indigno y trino porque, como no me lo exige mi profesión, no tengo que controlar emociones ni medir palabras para quedar políticamente correcta y sesuda en una tertulia de radio o televisión o en un artículo de periódico. Lo único que me contiene en estos momentos es la buena educación porque lo que acude a mi mente me haría arrojar sapos y culebras.

¿Pero por qué me pongo así? Se trata de unos cuantos cientos de catalanes que viajan a Bélgica para pedir la liberación de sus compañeros encarcelados y el derecho de Cataluña a que se reconozca su república y se la libre de la opresión del estado español. Son gente pacífica, amantes de la libertad, que en los aviones, coches y trenes que les lleven a Bruselas, vivirán una experiencia única de alegría y confraternización que podrán recordar con orgullo el  resto de sus vidas.

Pues por eso me pongo así. Por eso se rebela dentro de mi todo lo que tengo de ser humano. Por eso me salto la norma social que exige que se respeten las opiniones de los demás; norma sensata y justa, pero que llevada a un extremo sin matices, encubre el relativismo moral de las conciencias degeneradas. Mi código me exige intransigencia con toda opinión que niegue o desprecie los valores humanos, siendo el primero el respeto al otro por respeto a su humanidad. Y por eso no respeto la opinión de los que creen que para conseguir la independencia de Cataluña hay que ignorar las necesidades de todos los catalanes.

Anoche, la radio  me arrancó de mi cama caliente cubierta por un nórdico estupendo y me tiró en el pasillo de la morgue de Barcelona sobre una colchoneta  de plástico. Tenía 15, 16, 17 años, y lloraba, lloraba sin parar recordando mi casa, mis padres, mi cama. Decía la radio que esos niños que están durmiendo en el suelo de la morgue están allí porque una denuncia obligó a la Generalitat a sacarles de un centro de internamiento en el que vivían en condiciones infrahumanas. Puede que en ese pasillo se sientan mejor. Ojalá, porque dice la Generalitat que no tiene dónde meter a todos los niños que  llegan a Cataluña  tras haber sido rescatados de una patera.

Esta mañana a las seis, como de costumbre, encendí la radio de mi mesilla antes de encender la luz. La radio me habló de la subida de precios de la electricidad y de la cantidad de gente, en Cataluña, que no se puede pagar el recibo que les permita iluminar y calentar su casa. Dos lucecitas me indicaron en la oscuridad que mi estufa estaba encendida. Me incorporé y me senté en la cama sin sentir frío, aunque la radio me dijo que mi pueblo estaba a 4ºC. Encendí la luz. Sólo tuve que estirar el brazo y buscar el interruptor con la mano para que la luz se encendiera. Me vi aterida de frío, buscando a tientas una vela para ir a la cocina a calentarme leche. ¿Tendrán leche en una casa sin nevera? ¿Tendrán gas para calentar lo que sea y agua para bañarse? Tendrán que ponerse la ropa a toda prisa en la habitación en penumbras mientras por dentro les hiela el terror a afrontar otro día de miseria. ¿Dónde habrá pasado la noche la familia que ayer desahuciaron de su casa por no poder pagar el alquiler? La Generalitat no ha podido pagar subsidios sociales. Alguien dice que por la intervención de las cuentas y el 155. Pero es que algunos hace meses que no se pagan. Ni subsidios ni subvenciones a las ONG que se encargan de los más necesitados ni nada que no fuera a financiar el proceso que habría de conducir a Cataluña a la gloria de la independencia.

Me vi y me sentí pobre, impotente, abandonada en un mundo en el que respiro dentro de un mundo que vive en una dimensión aparte porque el mundo que me rodea no sabe ni que existo ni quiere saberlo. Hablan de millones de pobres, de tantos desempleados, de tantos de tantos años, de tantos que trabajan sin que les llegue el sueldo para pagar el alquiler, el agua, la luz. Soy uno de tantos entre millones. No tengo nombre, ni siquiera un número propio que me identifique. Voy a pedir a una oficina del gobierno, porque eso es lo único que puede hacer un pobre, pedir. Y en la oficina me dicen que hay que esperar porque no hay fondos. ¿Y cómo se le dice al hambre, a la propia y a la de los hijos, que tiene que esperar porque antes de llenarle la barriga a un pobre hay miles de sueldos de políticos que pagar, y miles de gastos que cubrir para que el proceso  pueda culminar triunfante en la República de Cataluña?

Y en eso estaba cuando la radio me cuenta que ya hay tres aviones completos para llevar a los independentistas a Bruselas, que se fletará otro si hace falta y que el viaje cuesta 400€.

Sé que soy un ser humano porque puedo meterme en la piel de otro para sentir lo que siente. Puedo sentir el desamparo de un niño al que todos ignoran; la impotencia de un pobre excluido de todo lo que permite, aquí y ahora, vivir una vida digna. Puedo meterme en la piel de un independentista y sentir cómo se encienden sus emociones cuando alguien le dice que la tierra que ama podrá ver ondear  su propia bandera  entre las de todas las naciones independientes. Pero cuando dentro de esa piel siento que esas emociones son lo único que importa; que esa bandera, que esa independencia vale más, para su criterio, que lo que sienten y necesitan sus compatriotas, solo percibo frío y oscuridad. ¿Cómo puede un ser humano entregar su devoción a una entelequia ignorando a las personas de carne y hueso?

Ya ha empezado la precampaña para las elecciones autonómicas del 21 de diciembre. Ya han empezado los aspirantes a cargos a ofrecer y a criticar lo que ofrecen los otros. En Cataluña, los unos y los otros siguen girando en la noria maléfica de la independencia que arrancó hace unos cinco años y parece dispuesta a girar por toda la eternidad.

Unos confiesan que mintieron prometiendo a los ciudadanos una independencia imposible y piden el voto de los ciudadanos para seguir amparándose en la decisión de los ciudadanos para volver cargar a la independencia sobre sus hombros y volver a escalar la montaña del proceso hacia la independencia imposible hasta llegar a la cumbre donde la independencia volverá  a caer y a rodar cuesta abajo. Otros dicen que la independencia es imposible, que hay que respetar la Constitución, etc., etc.  Y mientras los unos y los otros siguen lanzándose a la cara la independencia, convertida en pelota electoral, la persona que vive y trabaja en Cataluña y necesita soluciones a los problemas que le impiden vivir como un ser humano sabe que tendrá que buscarse la vida como pueda porque hoy y el 22 de diciembre y todos los días sucesivos hasta nadie sabe cuándo, nadie se dignará ni a mirarle porque lo único que tiene que importar en Cataluña es la santa y sagrada independencia. Tendrán que buscarse la vida como puedan los pobres, pero no sólo los pobres. Dice uno de esos estudios que en Cataluña han aumentado los trastornos mentales, la depresión y las enfermedades derivadas del estrés por la incertidumbre que causa la situación política. Porque hay mucha gente que hasta ahora ha vivido bien y que ahora tiene miedo a perder el negocio o el trabajo que hasta ahora le ha permitido vivir bien. Una persona atenazada por la pobreza o por el miedo a la pobreza no puede vivir una vida plenamente humana.

Con la radio apagada hasta medio día, en el silencio que permite la reflexión y después de ir reflexionando para comunicar lo que pienso, llego a la misma conclusión a la que hace tiempo que vengo llegando. El 21 de diciembre votaré por quien me hable de los niños que están durmiendo en un pasillo de la morgue de Barcelona, de los que no tienen luz, de los que han perdido su casa, de los que buscan un empleo, de los que necesitan un salario digno, de lo que no quieren verse exhibiendo su enfermedad en una cama de hospital en medio de un pasillo. Voy a votar por el partido que se olvide de la independencia, aún sabiendo que es el tema de moda que atrae todos los oídos;  voy a votar por el candidato que se olvide hasta del partido que defiende. Voy a votar por el político capaz de meterse en la piel de los catalanes y dispuesto a gestionar el gobierno de Cataluña sintiendo y pensando en lo que los catalanes necesitan para vivir, física y emocionalmente, como seres humanos.

 

 

Frenazo o empujón

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Como presidenta de la Assamblea Nacional Catalana, Carme Forcadell desató una campaña nunca vista para convencer a los catalanes de que la independencia era posible y de que todo patriota catalán estaba obligado a luchar por conseguirla con manifestaciones multitudinarias que conmoverían al mundo y harían que la presión internacional forzara al gobierno de España a permitir la secesión de Cataluña.

La propaganda, utilizando todos los recursos de sugestión y manipulación, convenció a un gran número de catalanes de que los efectos de la crisis económica eran culpa de España, de que bajo la independencia todos esos efectos desaparecerían y de que Cataluña volvería a ser un país próspero, digno miembro de la Unión Europea, que iba a recibirla con los brazos abiertos.

Todo era mentira.

Después de permitir que la Ley del Referendum y la Ley de Transitoriedad Jurídica y Fundacional de la República fuesen aprobadas contra las órdenes del Tribunal Constitucional, y saltándose el reglamento de la cámara para neutralizar a la oposición. Carme Forcadell, premiada con la presidencia del Parlament por su labor al frente de la ANC, proclamó ambas leyes imponiendo una legalidad catalana al margen y en contra de la legalidad del estado. Los catalanes se encontraron de pronto en un estado nuevo bajo un nuevo sistema legal que los obligaba a todos, tanto a la minoría independentista, como a la mayoría que no lo era.

En la práctica, se abolió la democracia.

Las consecuencias de todo el proceso hacia la independencia fueron la división de la sociedad catalana con deterioro de la convivencia, el deterioro de los servicios sociales, la escapada de empresas asustadas por la incertidumbre, la disminución de puestos de trabajo y la caída del PIB.

Ahora Forcadell, para librarse de la cárcel, dice al Supremo que la proclamación de la independencia fue simbólica, sin ningún efecto jurídico. Es decir, que todo fue un teatro que se hizo para complacer a aquellos que se habían tragado sus mentiras. Y dice, además, que acepta la aplicaciòn del artículo 155 de la Constitución por medio del cual Cataluña ha perdido su autonomía hasta la celebración de las elecciones el 21 de diciembre.

Cataluña sale del procés humillada ante España y ante el mundo, más empobrecida, partida por la mitad. ¿Cómo salen los que organizaron este desastre?

Puigdemont monta su teatro particular en Bélgica auto proclamándose presidente de una república que no existe, aprovechando cualquier ocasión para desprestigiar a España y, por ende, a Cataluña.

Forcadell paga una fianza de 150.000€ para eludir la cárcel.

Evidentemente, los políticos independentistas no sufren las mismas estrecheces económicas que los ciudadanos.

Artur Mas aprovecha entrevistas para pedir a los catalanes que contribuyan con su dinero para pagar los dos millones y medio de euros que le exige el tribunal por haber financiado de forma indebida el remedo de referéndum que se hizo el 9-N de 2014. O sea que todos los catalanes, independentistas y no independentistas, tuvieron que pagar por esa consulta ilegal y ahora Mas les pide que vuelvan a pagar para evitar que le embarguen sus bienes.

Todos los catalanes tuvieron que pagar todos los gastos que ocasionó el referéndum del 1 de octubre. Cuando se hayan cuantificado y se carguen a quienes promovieron y llevaron a cabo ese referéndum, se pedirá a todos los catalanes que lo vuelvan a pagar para que sus políticos no sufran las consecuencias de sus actos.

La locura independentista llegó esta semana a su punto álgido. La entrada en prisión de parte del ex govern movilizó a multitudes de independentistas, instigadas por Puigdemont en el “exilio” y todos los demás líderes, para pedir la libertad de los que llaman presos políticos.

Esas multitudes cerraron carreteras y vías de tren impidiendo a la mayoría de los catalanes acceder a los puestos de trabajo y a sus casas; causando perjuicios a los transportistas, muchos de ellos autónomos, que intentaban llevar sus mercancías para ganarse el pan. Hoy amenazan con cerrar las fronteras hasta conseguir sus fines. ¿A quién perjudican estas manifestaciones?

La paralización del país no perjudica a nadie más que a los catalanes. El procés independentista ha sido una estrategia maléfica que ha estado a punto de hundir a Cataluña, o sea, a todos los que viven y trabajan en su territorio.

¿Podemos decir que con las elecciones Cataluña se habrá salvado, que empezará la reconstrucción de tanto destrozo y que caminará hacia la normalidad? No; rotundamente, no.

Carme Forcadell puede empezar a decir que dijo lo que dijo ante el Supremo para no tener que ir a la cárcel. Que la validez de declaración de independencia la da la gente y que en una democracia es la gente la que tiene que decidir. Es la falacia que han utilizado durante cinco años para sacar adelante su procés.

Esquerra Republicana de Cataluña ha sido siempre independentista y no dejará de serlo ahora por más que Oriol Junqueras salga de la cárcel con el halo de mártir. Dicen las encuestas que ganará las elecciones del 21 de diciembre. Para ganarlas sabe que no puede espantar a los votantes independentistas renunciando a un referéndum de autodeterminación, y sabe que no puede seguir con el rollo independentista si no quiere volver a prisión por repetición del delito. Pero no le resultará difícil conjugar ambas cosas. Acostumbrados como están esos lideres al uso de mentiras y falacias para inocular sus mensajes, Junqueras se dedicará a prometer reformas sociales en concordancia con la palabra esquerra que lleva el nombre de su partido. Pocos le recordarán que nada hizo por la justicia social en Cataluña, obsesionado como estaba por la ejecución del procés. Junqueras confía en que la manipulación realizada durante cinco años de propaganda haya inhabilitado totalmente la facultad racional de suficientes catalanes como para garantizarle el triunfo electoral.

Así que hacia las elecciones se dirigen ERC en una esquina y Ciudadanos, exhibiendo musculatura de derecha matona, en la otra. En el medio, Miquel Iceta Llorens y el Partit Socialista de Cataluña. Difícil posición de árbitro en medio de dos contrincantes dispuestos a todo por ganar la pelea.

Miquel Iceta ocupa, en efecto, la posición más ingrata, menos comprendida y que menos arrastra. Donde hay guerra, predica y promete paz. Donde hay odio, predica y promete escuchar al contrario y llegar a una síntesis que convenza a las partes. Donde hay resignación y desencanto, predica y promete volver a ocuparse de los problemas que afectan al ciudadano: el empleo, la justicia social.

Miquel Iceta predica la necesidad del esfuerzo; de empezar, chino chano, la larga caminata que nos espera para reconstruir todo lo que se ha destruído. 

Predicar la necesidad del esfuerzo por limpiar y reparar los destrozos que ocasionó el carnaval, ¿conseguirá atraer los votos necesarios para evitar la repetición de la pesadilla independentista? La irresponsabilidad de los líderes independentistas, algunos conversos como Artur Mas,  hizo de la política catalana, durante cinco años, un programa propio de la telebasura, agitando emociones que estimularan las glándulas del espectador, proporcionando a los fans el placer de la diversión.

¿Podrá la mayoría de los catalanes recuperar el uso de su facultad racional y comprender la necesidad del esfuerzo, por árido que sea, para reconstruir su maltrecho país? Si no lo recuperan, la decadencia de Cataluña seguirá conduciendo a todos precipicio abajo hasta tocar fondo. Y no será Cataluña la que se estrelle. Cataluña es solo el nombre de una nación. Los que se estrellarán serán los catalanes que la habitan.

Las elecciones del 21 de diciembre pueden ser el frenazo que evite la caída o puede ser el empujón definitivo al fondo del pozo.

 

 

 

 

Cuestión de dignidad

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Anoche, releyendo la novela de Kazuo Ishiguro “The Remains of the Day”, titulada en español Lo que queda del día, la mente se me fue a la tragicomedia absurda en la que los catalanes hemos sido obligados a participar como espectadores indefensos, todos, y como comparsa bulliciosa, algunos. El resto de los españoles también, pero llegaron tarde a la representación y los efectos sufridos se han limitado al hartazgo, hasta ahora.

¿Que tendrá que ver el relato en primera persona de un mayordomo inglés rememorando las vicisitudes de su trabajo en la mansión de un aristócrata a principios del siglo pasado, con el esperpento del ascenso y caída de la República de Cataluña?, cabría preguntarse. Creo que el mayordomo nos da la respuesta.

En la novela de Ishiguro, Mr. Stevens, sirviente vocacional, analiza en su diario  su particular concepto de la dignidad; cualidad que considera fundamental  para que alguien en el ejercicio de su profesión pueda alcanzar la excelencia. El análisis de la dignidad y su contraria puede llevarnos a comprender las causas del embrollo que nos acogota. Causas que pueden resumirse en un diagnóstico: hemos perdido la dignidad. Unos, por su propias elecciones; otros, porque nos la arrebataron, el caso es que nos hemos o nos han convertido en indignos. ¿Indignos de qué?

La primera legislatura de Mariano Rajoy y su partido fue una exhibición sin tapujos de flagrante indignidad, la indignidad de unos políticos que merecerían el más absoluto desprecio de un mayordomo inglés de primera clase. Pero no son los únicos políticos indignos de este país. Hace años ya que la mayoría de los políticos perdieron la dignidad de su profesión y las nuevas generaciones han accedido a sus cargos sin tener ni remota idea de lo que la dignidad de un político significa y de lo que exige. Es muy probable que ni siquiera acepten que se les compare con un mayordomo. Lo que revela hasta qué punto desconocen la naturaleza y las exigencias de su profesión.

Un político es un sirviente, un servidor de los ciudadanos. Esto no es una frase propagandística, aunque todos los políticos la utilizan para pescar votantes. Esto  es un hecho que solo puede negarse faltando a la democracia y a la decencia. Son los ciudadanos los que con su voto emplean al político; los que le pagan sueldo y prebendas. Esto da derecho al ciudadano, como a cualquier patrón, a exigir a su servidor que le sirva bien. En la realidad, sin embargo, los servidores políticos se sitúan por encima de los amos que les contratan para servirles. Son los servidores los que mandan en la casa y en todos sus habitantes. Son ellos los que deciden cuáles son sus obligaciones y cuánto tienen que pagarles por realizarlas. Son ellos los que deciden cuándo y cuánto se suben sus sueldos. Son ellos los que determinan el caso -mucho, poco o nada- que le hacen a su empleador.

Esta situación incongruente recuerda la de otro mayordomo, el de la novelita “El sirviente” de Robin Maugham. Aquí, un mayordomo manipulador consigue dominar a su amo hasta el punto de anular su voluntad y quedarse con su casa. ¿Cómo puede ocurrir algo así? Para que ocurra es necesario que el amo sea un infeliz con serios problemas psicológicos y una absoluta carencia de dignidad.

De este ejemplo podemos deducir que el número apabullante de políticos indignos que rigen todas las instituciones de este país responde a la falta de dignidad de una mayoría de ciudadanos que desconocen o no quieren asumir sus funciones; que ni siquiera asumen con responsabilidad la función suprema que les exige la democracia que es elegir  racionalmente a los políticos que designan para administrar su casa.

Nos dice el mayordomo de Ishiguro que la máxima ambición profesional de un miembro de su gremio es servir a personas de la más alta dignidad. Por dignidad no entiende el lugar en la escala social del empleador; se refiere a su valor moral. Y por valor moral no entiende asuntos relacionados con la vida privada; se refiere a los valores inspirados por el principio de la justicia. Nos dice que los mayordomos de su generación ambicionaban servir a personas que desearan contribuir a la creación de un mundo mejor; a personas comprometidas con promover el progreso de la humanidad. Esa aspiración suprema compartida por empleador y sirviente es el fundamento de una relación de confianza entre ambos, la relación que garantiza el progreso de cualquier empresa, de cualquier casa.

Hoy se dice que ya no tenemos políticos de elevado nivel intelectual y moral dispuestos a emplear todas sus facultades para gestionar lo mejor posible la casa de los ciudadanos. Lo que no se dice porque no suena bien, es que la carencia de políticos dignos y competentes revela la ineptitud de los empleadores en la elección de sus empleados.

España, nuestra casa común, muestra hoy un caos desolador. La mayoría de los ciudadanos se abandonó a la bartola, como un patrono irresponsable, dejando la administración de su casa en manos de los peores y dejando que los peores asumieran el mando de su vida y su hacienda. Un hombre, empleado para gestionar el país, ha vivido durante años permitiendo que el personal  a su cargo, designado por él mismo, robara a placer a los amos de la casa. Parece que hay indicios de que ha sido, más que cómplice por omisión, beneficiario del robo. Pero lo que realmente aterra por sus efectos destructivos es que la mayoría de los empleadores de este hombre, empobrecidos por el expolio, no tiene intención de despedirle. Esto significa que el ciudadano ha caído en una apatía angustiosa que arrastra a la casa de todos a la ruina moral.

Mientras en el resto de España la mayoría va a sus asuntos desentendiéndose de lo que ocurre a su alrededor, en Cataluña un gran número de ciudadanos se desentiende de sus asuntos  entregando su voluntad a mayordomos desquiciados por el fanatismo o por ambiciones personales disfrazadas de fanatismo.

Hechizados por la propaganda, dos millones, más o menos, de catalanes renuncian a los principios democráticos y de justicia que exhibían con orgullo como parte de su idiosincrasia, y se lanzan a defender a los mayordomos que decidieron ignorar las leyes por las que se regía la casa, creando un nuevo código e intentando imponerlo a todos los habitantes; a los hechizados y a los que aún conservan sana su facultad racional. Multitudes de hechizados se echan a la calle a exhibir banderas y gritar consignas, paralizan el país con huelgas, se niegan a aceptar la realidad de que están solos con su locura y de que su locura está destruyendo la economía y la convivencia; está destruyendo la casa de todos. Pero lo que más aterra por sus efectos destructivos, es que esos hechizados no tienen intención de despedir a los mayordomos que se apoderaron de su voluntad convirtiendo a una nación orgullosa de sus logros en una casa de locos.

Parece que el resultado de las próximas elecciones nos va a devolver al momento en que se produjo el brote psicótico. Parece que a nadie le importa seguir girando en un bucle sin escapatoria posible hasta que el caos total obligue a detener la programación por los medios que sean.  Parece que quien no está hechizado sufre la misma apatía que permite a los mayordomos corruptos gobernar en toda España.

Este desastre, ¿tiene solución? Si la tiene, ya no depende de la política; depende de la psicología. O los amos recuperan la dignidad y, con ella, el gobierno de su casa, echando a los sirvientes manipuladores, corruptos y ladrones, y haciendo un esfuerzo por contratar a mayordomos honestos y profesionales,  o España, Cataluña incluida, volverá a cubrirse con la niebla oscura y pestilente de las peores épocas de su historia.

Lo que me recuerda otra reflexión del mayordomo de Ishiguro que debe aplicarse a todo sirviente político. El profesionalismo en política no es engañar, manipular, servir a los dictados de la codicia y el beneficio propio. El profesionalismo en política exige obedecer a los dictados de la bondad y del deseo de que la justicia prevalezca en el mundo. Creer que esta aseveración es ingenua es síntoma de  una grave carencia de dignidad y de ningún sentido del honor. Exigir menos a los profesionales de la política es condenar la casa a la decadencia y a su eventual destrucción.

 

 

 

 

Se acabó

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Una Olga Guillot desgarrada cantó por toda América su bolero “Se acabó”. Lola Flores electrizó al público de toda España gritando esas palabras definitivas.

“Se acabó. Mi amor lo mataste. Se acabó. No voy a escucharte. Ya me agotan las mismas mentiras que a diario repites. Me enfureces, me enloqueces, Es mejor evitar que después lamentar lo que pueda pasar. Se acabó”.

Pues eso. Que como dice la amante cabreada, se acabó la comedia, el bolero, el tango. Se acabó el sainete esperpéntico que convirtió a Cataluña en  hazmereír de España y del mundo.

Cinco años duró la representación, más o menos. Cinco años en los que los catalanes se quedaron sin leyes con que paliar los efectos de la depresión; sin gobierno que se ocupara de mejorar la situación de los enfermos, de los desempleados y subempleados, de los medio pobres y de los pobres totales.  Cinco años sin hacer ni caso a las asociaciones, organizaciones, columnistas que día tras día clamaban para que se vieran y se escucharan los problemas que destrozan a los que  eufemísticamente se llama los desfavorecidos, para no decir abandonados a su suerte por el gobierno.

El “poble”, la voz divina que Puigdemont y los suyos dicen oír y cuyos mandatos dicen sentirse obligados a cumplir por encima de cualquier consideración humana, no incluye a los desechos de  la sociedad. El “poble” está formado por los ciudadanos acomodados del país y sus vástagos. En el “poble” no hay gente de izquierdas. Cataluña no necesita partidos que reivindiquen la justicia social porque en la República de Cataluña no habrá pobreza que requiera asistencia ni riqueza a repartir. Todos serán ricos cuando España ya no pueda seguir robando a los catalanes como robaban los moros en la Edad Media, que solo aparecían para exigir tributos.  En el “poble” solo hay independentistas.

Por eso fue el “poble” el que salió a votar el 1 de octubre y su rotunda voz se escuchó en todos los confines de la tierra. Los que no fueron a votar no son “poble”. Los cinco millones de individuos que se negaron a ignorar las leyes votando en una cosa que ya no era referéndum porque el referéndum había sido anulado por el Tribunal Constitucional, dejaron de existir. Solo el “poble” suena y manda y lo que manda es independencia “peti qui peti”. ¿Y cuántos forman el “poble”? Preguntarlo es una blasfemia. El “poble”, como Dios, es uno y lo que dice solo pueden interpretarlo sus intermediarios en la tierra que son los políticos independentistas y sus brazos propagandísticos, la ANC y Omnium Cultural.

Desde el 1 de octubre España se convirtió en una dictadura brutal que apalea a gente inocente en la calle, que encarcela a valientes independentistas  por manifestar su opinión, que invadirá Cataluña o la República de Cataluña la semana que viene para imponer su tiranía al “poble”. Mariano Rajoy, un señor más bien plasta, que hasta antes de ayer solo se ocupaba de tapar la mierda de su partido y hacer la supervivencia más difícil a los abandonados, de pronto va a convertirse en frenético Erdogan que transformará España en Turquía. O sea, que la semana que viene, en Cataluña todos kurdos.

Porque sí, la semana que viene se acabó. Porque ya no hay quien aguante tanta mentira, tanta locura; ni siquiera el gallego tranquilo. Se acabó. Porque resulta que estamos hartos de hacer el ridículo proclamando imposibles, de que la fama de sensatez y laboriosidad que teníamos los catalanes se trueque en fama de mentirosos, de que la obcecación de los gobernantes se acabe entendiendo como trastorno mental, Porque estamos hartos de que los actores se hayan adueñado del teatro y se nieguen a abandonar el escenario en el que han estado representando durante cinco años una tragicomedia tan absurda que habría matado de envidia a Beckett, a Ionesco y a todos sus imitadores juntos. Estamos tan hartos que cuando lleguen los gestores de Madrid a desalojar a los actores y la realidad se imponga con toda su crudeza, cuando veamos a vecinos y alcaldes arriar sus esteladas y masticar su decepción y su resentimiento, los que no somos ese “poble” del que hablan los políticos respiraremos aliviados aunque por dentro también nos lacere el dolor.

Era esto lo que buscaban los partidos independentistas por sus propios motivos perversos. Pues bien, lo han conseguido. Se acabó la autonomía de Cataluña, el orgullo de los catalanes, la concordia. Se acabó. Lo que no sabemos cuándo se acabará es la revuelta que empezará a sacudir nuestras calles a partir del sábado cuando salga el “poble” a defender su tiranía.

 

 

 

 

 

 

Volver a empezar

Los analistas, expertos y blabladores varios que llevamos años escuchando y leyendo en radio y prensa para que nos ayuden a comprender lo que está pasando y va a pasar en Cataluña, llevan meses girando y girando y girando en torno a los mismos argumentos, como trompos de pilas inagotables, como si no encontraran nada nuevo que decir. Uno acaba sospechando que giran y giran porque tienen pánico a detenerse y decir las cosas como son, les caiga lo que les caiga. Algunos, muy pocos, se han armado de valor y algo dicen que se aproxima y nos aproxima a la realidad. Uno siente como en esos casos  le salen del corazón los efluvios del agradecimiento, como al leer el artículo de hoy de Javier Marías en El País.  En el lamentable estado moral y psicológico de España entera, incluyendo a Cataluña, que es la que peor está, una verdad se recibe como un chorro de agua  milagrosa en el desierto.

No voy a dar aquí mi opinión sobre el horror desatado por el anuncio de la aplicación del tiránico artículo de la constitución que debería cortar por lo sano la locura independentista. No tengo nada que decir que no se haya dicho, y la locura, a pesar del artículo lapidario,  aún está por desatarse  con toda su virulencia en las calles, que Dios no me oiga. Así que voy a analizar el momento histórico supremo que ayer nos regalaron Rajoy y Puigdemont reduciendo mi perspectiva al espacio minúsculo de mi propio jardín; o sea, desde mi propia perspectiva egocéntrica (ver mi artículo anterior: “Yo”)

Mi padre era un nacionalista radical. Lo más sagrado en su alma eran su madre y su país. Pero cuando decía “su país” no se refería a España. A Cataluña, tampoco. Se refería al Pallars Sobirà, la tierra que por el sur empieza al atravesar la puerta del desfiladero de Collegats y se extiende hacia al norte hasta la frontera de Francia. Aunque a decir verdad, para mi padre, su país se reducía a la capital de la comarca: el pueblo de Sort. Muchas veces, sobre todo antes de un viaje de cinco horas por las carretas infernales de antaño,  le oí decir que lo único de malo que tenía su país era que estaba en el culo del mundo. Curiosamente, no entendía el nacionalismo de su hermana pequeña, nacionalismo catalán de toda la vida que de toda la vida comparte la mayoría de los catalanes. Fue mi tía la que me contó la horrible derrota de Cataluña en la Guerra de Sucesión y el brutal Decreto de Nueva Planta que privó a los catalanes de todos sus derechos. Fue ella la que me enseñó hasta qué punto puede conmover el sentimiento una sardana prohibida por Franco y finalmente autorizada a finales de los 50. Diez años después, mi tía aún lloraba recordando el día en que pudo cantar la Santa Espina en una plaza de Lleida. “Som i serem gent catalana tan si es vol com si no es vol”, somos y seremos gente catalana, tanto si se quiere, como si no se quiere. También fue mi tía la que me enseñó que la mierda de la montaña no huele mal, y que al puput se le oye cantar en primavera. Y también fue ella la que me enseñó a bailar sardanas.

Yo venía del extranjero, de educarme en otra lengua. No logré comprender racionalmente ni el nacionalismo de mi padre ni el de mi tía, pero la intensidad de su amor por su tierra  se me arraigó en lo más profundo del alma con la fuerza con que se graban las emociones. Lo que hoy me hace comprender, racionalmente y de todas las maneras, el grado de estupidez que aqueja a los políticos que se creen que a los catalanes hay que tratarles a lo Felipe V para tenerlos a raya.  Eso creyó Franco y prohibió la lengua. El día que los catalanes olvidaran su lengua infernal, se incorporarían al rebaño de las ovejas del Señor en el sagrado predio de España. Pues bien, el individuo no lo consiguió en todos sus largos años de represión, y muy probablemente no lo hubiera conseguido ni viviendo más vidas que Tomás, mi gato. Por cierto, para seguir en la línea autobiográfica, mi padre siempre habló en dialecto pallarés y en dialecto daba sus conferencias en Barcelona a los profesionales cosmopolitas que asistían a sus cursos. Que yo sepa, todos le entendían.  Un día un pallarés me preguntó si a mi padre no le daba vergüenza que le notaran por el dialecto que era de pueblo. ¿Cómo iba a darle vergüenza hablar en la lengua de su país?

El catalán lleva el catalanismo tan arraigado en el alma como llevaban los judíos el recuerdo de la patria perdida que no habían pisado ni pisarían nunca. Ama su lengua con la pasión con que el gitano venera su romaní y en él su orgullo indoeuropeo.  Extraña analogía, porque el catalán nunca fue expulsado de su tierra. Me recuerda el caso de los puertorriqueños. Nadie les ha echado nunca de su país. En él pudieron seguir hablando español después de la guerra que les convirtió en territorio de los Estados Unidos. En él pudieron mimar y desarrollar su propia cultura, híbrido de la indígena, la española y la africana. ¿Se sentían oprimidos por los americanos? La inmensa mayoría, no. Por pertenecer al gigante del norte, Puerto Rico se libró de la miseria y las dictaduras que han asolado a casi todos los países de Latinoamérica. Y sin embargo, siempre ha habido un partido y un movimiento independentista. Estados Unidos ha concedido varias veces un referéndum para que los puertorriqueños manifiesten libremente si quieren  la independencia. La inmensa mayoría de los puertorriqueños han dicho siempre que no. Pero solo el muy frío deja de emocionarse cuando oye el himno de su isla y la letra de Verde luz de Antonio Cabán Vale.

Isla mía, flor cautiva,
para ti quiero tener.
Libre tu cielo,
sola tu estrella
isla doncella, quiero tener.

Solo quien carece de empatía, eso que nos hace identificarnos con el otro y compartir sus sentimientos, eso que nos hace humanos; sólo quien carece de empatía, repito, es incapaz de entender la profundidad y la intensidad del sentimiento nacionalista. Ese sentimiento es más terco que el dolor por un amor perdido; tan terco es,  que solo se apaga cuando se apaga el cuerpo. Ahí están los gallegos, los vascos, los andaluces, el cántabro que va presumiendo de sus anchoas por do quiera que puede colar sus loores, y sigue contando.  Sí, señor, España es una nación de naciones. Hay quien se escandaliza de que se llame nación a un territorio de España, hay quien se asusta viendo en la palabra una amenaza contra la unidad del país. Ese escándalo, ese susto delata un entendimiento muy pobremente iluminado. El nacionalista como mi padre, como mi tía, como el boricua orgulloso de serlo, no es nacionalista contra nada ni contra nadie. Es nacionalista porque la tierra llama, cela, exige lo que considera suyo mediante fuerzas misteriosas del alma que nadie puede aniquilar. Esos que salen con banderas de aquí o de allá defendiendo su nación como prehistóricos defendiendo el territorio de su tribu no son nacionalistas; son seres que se han quedado atrás en la vía de la evolución. En cuanto a esos señores y señoras bien vestidos que, en un despacho o ante un micrófono, defienden con ardor que nación solo puede ser España y a las otras hay que agregarles las letras alidad para que se vea que no es lo mismo, ¿qué se puede decir de su cortedad de miras? Hay quien nace tocanarices y ni los más altos cargos ni las más serias responsabilidades les quitan la mala costumbre.

Y bien, la democracia nos permitió vivir tranquilos y felices con nuestro nacionalismo, viendo y disfrutando con el resto de España cómo España iba progresando dentro de la Comunidad, luego Unión Europea. Cuarenta años de libertad, de democracia, de progreso. Hasta que  unos cuantos, por intereses perversos o por fanatismo, utilizaron el nacionalismo de los catalanes para ofrecerles una independencia imposible.

No voy a relatar las causas de las plagas  que se abatieron sobre nuestra nación hace cinco años. Me he cansado de escribirlas en mis artículos y de leerlas en otros. A quienes han causado la devastación a la que ahora nos enfrentamos, les juzgará la historia. A estas alturas, muchos de los que cayeron en el engaño tras cinco años de mentiras, ya se han dado cuenta de lo que nos han hecho esos paisanos nuestros que presumían de auténticos catalanes. Porque, no volvamos a engañarnos, quienes nos han hecho perder nuestras instituciones esta vez no han sido pérfidos españoles, han sido catalanes. Han sido catalanes los que esta vez nos  han vuelto a dejar vencidos y humillados.

Y esto no terminará dentro de una semana.  Lo más probable es que la destrucción continúe con manifestaciones constantes que desestabilicen y paralicen el país. No hay más que oír las barbaridades que los que aún nos gobiernan siguen pregonando para movilizar a la gente.  Pero tarde o temprano, de mejor o peor manera, la tormenta pasará. Lo que entonces debe importarnos por encima de todo es enfrentarnos al desastre con la firme voluntad de empezar otra vez de cero y la seguridad de que llegaremos tan lejos como llegamos y estábamos antes de que la locura independentista nos arrancara el suelo de los pies.

 

Amenazados de muerte

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España agoniza. Cataluña está en coma.

Con nueva bandera, constitución, congreso, nació una nueva España hace cuarenta años. Los pesimistas le auguraron vida corta; los realistas suspendieron el juicio. Hoy, cuarenta años después, la España que entonces era nueva agoniza con los días contados, y en el diagnóstico coinciden pesimistas y realistas. Al día de hoy, parece que no tiene salvación.

Con la liga de los partidos políticos que empezó hace cuarenta años, empezaron las trampas. Las elecciones se ganan con propaganda, y los aspectos más espectaculares de la propaganda cuestan mucho dinero. Los partidos políticos se dieron cuenta enseguida de que ese dinero no se podía recaudar por medios legales. Los dos partidos con mayores posibilidades de acceder al poder se lanzaron a por dinero zambulléndose en las cloacas donde bullen las transacciones oscuras. Puesto que el campeonato de la liga iba a ganarlo quien más dinero pudiese obtener, por los medios que fueran, para pagar la propaganda más eficaz que consiguiese convencer al mayor número de votantes, la ética se desterró de la política y los escrúpulos se convirtieron en freno de ingenuos. Fue así como la España nueva se vio atacada desde su nacimiento por bacterias patógenas que le negaron un desarrollo saludable.

Hace relativamente poco, la corrupción empezó a desbordar las cloacas. Todos sospechaban desde siempre financiamiento delictivo en los partidos. Todos sospechaban desde siempre que algunos políticos se llenaban sus cuentas bancarias con dinero público. Pero ninguno de los que tenía información comprobable se atrevía a soltarla poniendo su propio presente y futuro en peligro.  Hablaban los que habían oído algo por aquí y por allá, pero en plan cotilleo de bar. Un día la podredumbre ya no pudo ocultarse por más tiempo; puede que a alguien no le interesara que se siguiera ocultando. ¿A quién? A saber Dios, pero no parece un disparate suponer que fueron los mismos corruptos los que decidieron airearla. ¿Por qué? Porque en vez de ahuyentar el voto de la mayoría, podía tener un efecto contrario cuya causa no es tan difícil sospechar.

Un día subieron las tarifas de teléfono y las de la luz, por ejemplo.  Y Aznar y Felipe fueron a parar a los consejos de administración de empresas que los mismos habían ayudado en sus gobiernos. Mientras los ciudadanos se empobrecían a millones, los susodichos cobraban sueldos que para los pobres serían de infarto. Fue así como el español dejó de creer en los políticos y en la política misma. Fue así como el ciudadano se dio cuenta de que era solo  un trabajador al servicio de los políticos a quienes debía mantener con su trabajo. Si en los dos siglos anteriores la lucha del trabajador se dirigía contra el patrón de la fábrica que amasaba su fortuna a base de explotarles, este siglo le reveló que quienes le explotaban eran el poder financiero y los políticos.

Pero luchar contra los políticos, sin hacer distingos, no es lo mismo que enfrentarse a los explotadores de una fábrica. Luchar contra los políticos sin hacer distingos es luchar contra la política, y luchar contra la política es luchar contra la democracia. La alternativa a la política democrática es o la dictadura, la tiranía del más fuerte, o la anarquía, la tiranía del desorden, el caos total.  Quedan pocos que recuerden el caos de la guerra y sus horribles consecuencias, pero aún quedan muchos que oyeron de sus padres el relato de una infancia, adolescencia y juventud destrozadas por la muerte, el hambre y la dictadura. Nadie quiere anarquía y nadie quiere perder la democracia que tenemos; una democracia de mínimos, pero que al menos nos permite quejarnos sin miedo a la cárcel, a la tortura o al paredón. Los políticos que hoy se llevan los votos, corruptos o no, son los que prometen ley, orden, estabilidad, paz para que cada cual pueda ganarse la supervivencia como pueda. ¿No era eso lo que nos prometía Franco? Pues sí. O sea, que lo que nos ofrecen es ir minando poco a poco la democracia que tenemos, a cambio de paz y estabilidad, para que acabemos aceptando una dictadura encubierta, legitimada por los votos de los que tienen miedo a perder hasta el derecho a la supervivencia.

España agoniza de miedo y resignación.

Y Cataluña está en coma. Como una erupción volcánica, una lava corrosiva descendió desde las cumbres del poder hasta arrasar a toda la sociedad. Todos sabemos de dónde salió, pero nadie pensó que de aquella estrategia partidista sin escrúpulos y sin visos de responsabilidad, pudieran desatarse las fuerzas que han traído a Cataluña la desgracia y que amenazan convertir a la nación en zona de desastre.

La Generalitat y el partido de Artur Mas vieron en la agitación del sentimiento independentista de los catalanes una panacea que curara a su gobierno y a su partido de todos sus males; recortes y corrupción. Para que la agitación fuera efectiva, decidieron subvencionar generosamente a dos organizaciones dispuestas a entregarse al diseño y ejecución de una propaganda destinada a convencer a todos los catalanes de que todo catalán auténtico debía desear la independencia y de que lograr la independencia debía ser una aspiración que eclipsara a cualquier otro asuntom por importante que pudiera parecer,  porque la independencia iba a solucionar todos los problemas de todos los habitantes del país.

La Asamblea Nacional Catalana y Omnium Cultural se entregaron a la labor sin descanso y sin escrúpulos. Pueblo por pueblo, colegio por colegio, las dos organizaciones se dedicaron durante cinco años a adoctrinar a abuelos, padres e hijos; un adoctrinamiento pertinaz, repetitivo, psicológicamente tan agresivo como el lavado de cerebro. Para lograr el fin, no se puso a los medios ningún límite moral. Falsearon la historia y se utilizaron todas las mentiras que hicieran falta para dar apariencia de validez a sus argumentos.  Tantas fueron y a tanta gente convencieron, que en Cataluña se empezó a vivir y se sigue viviendo en un mundo paralelo al resto del mundo; un mundo incoherente donde las emociones  han suplantado a la razón y el cúmulo de premisas falsas grabadas en el cerebro por el adoctrinamiento conduce indefectiblemente a conclusiones erróneas.

La conclusión más grave a tanto argumento falso fue declarar legítimo y legal un referéndum, se hiciera como se hiciera, y declarar que el resultado, se obtuviera como se obtuviera, imponía un mandato de todo el pueblo catalán a sus políticos para que proclamaran la República de Cataluña. Dijo el govern que en la votación había participado el 43% de los catalanes llamados a votar. Dice la aritmética que el 43% no llega a la mitad de un todo. Dice el govern que todo el pueblo de Cataluña exige la independencia y que la aritmética no tiene nada que decir.

¿A quién llama el govern  “pueblo de Cataluña”? ¿Quiénes forman ese 43%? Hace años que la ANC va pueblo por pueblo, ciudad por ciudad,  barrio por barrio reclutando gente para llenar los autobuses que habrán de conducirla cada 11 de septiembre a la gran manifestación de la Diada, e instando a todo catalán auténtico a que asista aunque vaya en su propio vehículo. La respuesta ciudadana ha sido multitudinaria todos los años. ¿Quién se atreve en un pueblo, en una ciudad pequeña, en un barrio a hacer que sus vecinos y parientes duden de su auténtica catalanidad? La ANC y Omnium Cultural han conseguido movilizar unos dos millones de personas al año, más o menos, esparciendo por el mundo la imagen de un pueblo pacífico que llena las calles cantando “independencia” para ablandar a un gobierno opresor y recabar la ayuda de todos los países democráticos para lograr la libertad. Pues bien, de ese 43% que según el govern fue a votar resistiendo heroicamente los ataques salvajes de la policía del estado opresor; de ese 43% de catalanes auténticos y heroicos, depende la  independencia, el nacimiento de la República de Cataluña. Cuando alguien ajeno al delirio multitudinario intenta demostrar a un independentista que la independencia es imposible, el debate acaba siempre con un rotundo argumento final: saldrá a manifestarse tanta gente que nos tendrán que dar la independencia sí o sí.

La independencia de Cataluña, su presente y su futuro, dependen, pues,  de las multitudes dispuestas a defender en la calle cualquier decisión del govern, sea legal o no, sea o no antidemocrática; multitudes émulas de Gandhi que fuercen al gobierno español y a la comunidad internacional a reconocer la independencia de Cataluña, aunque sea por lástima de tanto pacífico suplicante. Los ciudadanos que se disuelven en esas multitudes movidos por la emoción no se plantean que su govern, dispuesto a ignorar las leyes y las normas que estructuran a la democracia, tanto las de España como las propias,  no les garantiza que la nueva república se base en leyes y normas democráticas que su govern se sienta obligado a cumplir. A esos ciudadanos no les importa que el capital huya del caos provocado por la constante agitación en las calles. No les importa que cientos de miles de compatriotas malvivan acosados por el desempleo y la pobreza. No les importa que un Parlament situado al margen de la democracia y de la ley se haya paralizado durante años sin ocuparse de los problemas cotidianos que exigen legislación. El lavado de cerebro produce en esos ciudadanos una respuesta condicionada. Si algo o alguien quiere impedir la independencia, hay que echarse a la calle porque a millones de manifestantes en la calle no puede vencerles ni un ejército. ¿Quién se va a atrever a disparar contra unos ciudadanos indefensos? Esos ciudadanos no se dan cuenta de que su govern les está utilizando como escudos humanos.

Cataluña está en coma. El govern y el  Parlament han asestado a la democracia un golpe mortal de necesidad. Como esos ilusos que se niegan a tratarse un cáncer con los medios que les ofrece la ciencia y confían su vida a un curandero, un 43% de los catalanes, en cifras del govern, ha confiado  todos los males de la Cataluña enferma al milagro de una independencia que ni existe ni existirá.

Tal vez, cuando las leyes del estado obliguen a todos a curarse el delirio mediante su facultad racional, comprendan que la soñada independencia no valía ninguno de sus esfuerzos. ¿Cataluña independiente para qué? ¿Para sufrir en solitario la misma corrupción, la misma democracia agonizante que afecta a toda España? ¿Para seguir confiando mayoritariamente  el gobierno de sus vidas a partidos de derechas para quienes el bienestar de los ciudadanos cuenta en último lugar, como el resto de los españoles? ¿Para acabar dándose cuenta de que los catalanes, después de más de 500 años de convivencia con las otras etnias de España, son, al fin y al cabo, tan idiosincráticamente españoles como el español que más? Para  volver a casa no hacía falta tanto ruido, tanta destrucción.

 

 

 

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El mundo se ha vuelto feo, muy feo. Música, moda, cine, televisión se aleja cada vez más de lo que hasta ahora considerábamos bello. Cierto que la apreciación de la belleza es, o parece ser, subjetiva. Había, siglos ha, unos cánones que fueron cambiando por épocas. Pero los cambios eran superficiales. En el núcleo del asunto estaba la Belleza, inconmovible, y todos los cambios buscaban aproximarse a ella o, al menos, no contradecirla.

El siglo XXI ya no busca cambios que adornen, con la Belleza mandando desde el lugar luminoso de las ideas. Ya no prevalece el buen gusto sobre los gustos cambiantes. Hoy parece que la Fealdad hubiera desterrado a la Belleza definitivamente, y que, con la misma ansia con que hasta hace poco, con más o menos  acierto, se pretendía realzar lo bello, se persigue superar cada vez más a lo anteriormente considerado como más feo.

Este viraje no es hijo del capricho. Nace de digresiones ideológicas, homogeneizadas y etiquetadas para su venta con la marca de una palabra que la publicidad ha dotado de virtudes prodigiosas: libertad.

La libertad, derecho supremo de todos los seres humanos, a todos nos permite eso que a todos nos hace sentirnos en la cúspide de la creación: ser nosotros mismos. La libertad finalmente nos libra de  engorrosos esfuerzos para superarnos, para evolucionar. Sé tú mismo. Si te molesta peinarte, enróllate el pelo en la coronilla de cualquier manera o rápatelo a cero; estírate en público, sácate los mocos, huélete las axilas, húrgate los dedos de los pies, coge los cubiertos como te dé la gana, y si te estorban, come con los dedos. En el fondo de ti mismo vive prisionero el hombre que la naturaleza parió y que la llamada civilización fue encadenando y amordazando. Pero está vivo dentro de ti mismo. Déjale salir, déjale hablar. Sé libre. Sé tú mismo.

Ejemplo de los prodigios que la libertad podía obrar en el hombre, macho y hembra, el más espectacular fue la libertad sexual de las mujeres a finales de los sesenta; en España tal vez un poco más tarde. A la mujer, oprimida por siglos de pacatería, se le dijo que era libre de dar rienda suelta a sus deseos sexuales; que podía acostarse con cualquiera, vaya, sin que nadie tuviera derecho a afear su conducta. Lo que no se le dijo fue que el asunto, además de tener efectos secundarios, no era tan fácil como parecía. Por defender la libertad de las mujeres, los machos empezaron a invitar a sus camas o a sus coches a cualquier mujer que les apeteciera. Las mujeres descubrieron muy pronto que eran libres de tener relaciones sexuales con quien fuera, pero que no eran libres de decir que no.  La que decía que no, se ganaba el apelativo de estrecha que por entonces empezó a resultar tan insultante y tan socialmente excluyente como hoy resulta la palabra fascista. Total, que la relación sexual de las mujeres resultó un chollo para los hombres porque pudieron ahorrarse un pastón en prostitutas y evitarse el aburrido trámite de la masturbación para liberarse del apremio de sus hormonas.  ¿Quiénes promocionaron la libertad sexual de las mujeres? No hace falta documentarse para acertar. Lo que hoy importa a efectos prácticos es que las mujeres tragaron el anzuelo y decidieron ser ellas mismas, o sea, volver a su naturaleza primitiva.  ¿Y cómo eran las hembras primitivas? En la casi generalidad de las tribus,  criaturas sometidas a la voluntad del más fuerte.

Este ejemplo puede aplicarse a todos los ámbitos de las relaciones humanas, incluyendo a la política, por supuesto. Hoy el cebo más efectivo para atraer al cardumen es la libertad. Ofrecer libertad es algo que no falla en los mensajes publicitarios y en la propaganda política. La masa corre a abrazarla con la ceguera de esos peces que nadan alegres hacia la boca abierta de los tiburones y alegres llegan a sus barrigas sin enterarse siquiera de donde se han metido. Los peces engullidos no pueden protestar, claro. No pueden quejarse ni denunciar la propaganda engañosa que les llevó a la perdición. Como no puede quejarse esa pobre amiga mía que se pasó la juventud diciendo que sí a cualquiera que le propusiera ir con él a la cama o al coche o al huerto. Me quedé de piedra el día que me dijo que no disfrutaba en absoluto del trajín. ¿Por qué lo haces entonces?, pregunté. Porque si no, no me llamaría nadie y me quedaría sin nadie con quien salir.  ¿Libertad?

El ejemplo más dramático de la mentira que se esconde tras la panacea del siglo lo están sufriendo Cataluña y España entera. Unas organizaciones, supuestamente privadas y realmente politizadas hasta el tuétano, esparcieron por todo el territorio nacional, pueblo por pueblo, el cebo irresistible. ¡Libertad!, clamaron en reuniones, conferencias, presentaciones de libros, romerías, festivales, fiestas mayores y menores. La consigna de sus bien entrenados miembros era sacar la palabra, viniera o no viniera a cuento, a fin de enardecer uno de los instintos primitivos más potentes: la territorialidad. La estrategia era tan simple como la del ejemplo anterior y fundada en la misma proposición. Dígasele a los catalanes que jamás podrán ser ellos mismos hasta que sean libres; dígaseles que tienen derecho a serlo y, cuando estén bien encandilados, dígaseles lo que tienen que hacer para adquirir la libertad.

Se buscan y se encuentran razones muy válidas para justificar la rebeldía radical que ha arrastrado a un gran número de catalanes del seny (sensatez) a la rauxa (arrebato). No se puede decir que la indignación de los catalanes carece de fundamento justo.  Lo que sí se puede decir y comprobar objetivamente, es que la propaganda consiguió quitar de la cabeza de un gran número de catalanes la esperanza de conseguir reparación a sus agravios a través de la negociación racional.

Esa multitud de catalanes, ya convertidos al independentismo, siguieron a quienes les prometían libertad con el entusiasmo y la ceguera con que las mujeres empezaron a entregarse al sexo, sin sospechar que las estaban empujando a otra forma de esclavitud.

Dice la Constitución que la unidad de España tiene que prevalecer sobre cualquier otra consideración. Nos cargaremos la Constitución y no pasará nada, dijeron los propagandistas. Nos cargaremos todas las leyes españolas y nadie podrá impedirlo porque millones de catalanes saldrán a la calle a defender su libertad y no habrá policías ni porras ni pelotas de goma ni pistolas ni tanques ni cañones que puedan dispersar a tantos millones. ¿Y si van cayendo como moscas y cada vez son menos los que pueden salir a manifestarse? Europa y el mundo nos defenderán. ¿Y si no quieren defendernos? Querrán. Nadie se atreve contra la libertad.

Todavía hay millones de catalanes que se lo creen, aunque entre esos millones, cada vez hay más que se han cansado del jaleo. Todavía salen en multitud a la calle porque a muchos les pasa como a mi amiga, que tienen miedo a  quedarse solos, a no tener con quién salir; a que les llamen fascistas.

A pocos días de que el president declare la independencia unilateral de Cataluña, si es que respeta la Ley de Transitoriedad que se supone que sustituya a las leyes del estado español, la gente empieza a detectar el engaño de lo que le han vendido como panacea. Las grandes empresas han empezado a huir de Cataluña en estampida porque los grandes empresarios no tragan cebos. Hace dos días, los propagandistas –en Cataluña todos los políticos independentistas lo son- negaban rotundamente que empresa alguna se fuera con su sede social a otra parte.  Algunas grandes empresas ya habían comunicado al gobierno que se irían, pero con el entendimiento obnubilado por sus propias mentiras, convencidos de poder transformar la realidad con la magia de su pensamiento, el president, el vice president y, de los reyes abajo, todo dios, se atrevieron a decir al público que las empresas no se iba, y uno hasta se atrevió a decir que las empresas se pelearían por invertir en Cataluña.

El catalán dispuesto a hacer un esfuerzo de racionalidad por encima de sus sentimientos ya se ha dado cuenta de la jugada, ha pronunciado un rotundo no, gracias, y ha vuelto a sus asuntos esperando que las cosas, esas cosas que afectan a su vida y a la vida de su familia, no vayan a peor.

Pero todavía hay muchos catalanes, muchísimos, que no se resignan a todo lo que a veces tiene de desagradable aceptar las cosas como son. Son los que aceptan que ahora les digan que no se preocupen si todas las grandes empresas se van. Es temporal, les dicen; cuando seamos independientes volverán. Y se lo creen porque dudar puede conducirles al abatimiento y si el equipo pierde la moral, pierde el partido. De la moral, del empuje de la gente depende la victoria, les dicen. Y si la única manera de conservar la moral es tragando más mentiras, pues se tragan y ya está.