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Amenazados de muerte

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España agoniza. Cataluña está en coma.

Con nueva bandera, constitución, congreso, nació una nueva España hace cuarenta años. Los pesimistas le auguraron vida corta; los realistas suspendieron el juicio. Hoy, cuarenta años después, la España que entonces era nueva agoniza con los días contados, y en el diagnóstico coinciden pesimistas y realistas. Al día de hoy, parece que no tiene salvación.

Con la liga de los partidos políticos que empezó hace cuarenta años, empezaron las trampas. Las elecciones se ganan con propaganda, y los aspectos más espectaculares de la propaganda cuestan mucho dinero. Los partidos políticos se dieron cuenta enseguida de que ese dinero no se podía recaudar por medios legales. Los dos partidos con mayores posibilidades de acceder al poder se lanzaron a por dinero zambulléndose en las cloacas donde bullen las transacciones oscuras. Puesto que el campeonato de la liga iba a ganarlo quien más dinero pudiese obtener, por los medios que fueran, para pagar la propaganda más eficaz que consiguiese convencer al mayor número de votantes, la ética se desterró de la política y los escrúpulos se convirtieron en freno de ingenuos. Fue así como la España nueva se vio atacada desde su nacimiento por bacterias patógenas que le negaron un desarrollo saludable.

Hace relativamente poco, la corrupción empezó a desbordar las cloacas. Todos sospechaban desde siempre financiamiento delictivo en los partidos. Todos sospechaban desde siempre que algunos políticos se llenaban sus cuentas bancarias con dinero público. Pero ninguno de los que tenía información comprobable se atrevía a soltarla poniendo su propio presente y futuro en peligro.  Hablaban los que habían oído algo por aquí y por allá, pero en plan cotilleo de bar. Un día la podredumbre ya no pudo ocultarse por más tiempo; puede que a alguien no le interesara que se siguiera ocultando. ¿A quién? A saber Dios, pero no parece un disparate suponer que fueron los mismos corruptos los que decidieron airearla. ¿Por qué? Porque en vez de ahuyentar el voto de la mayoría, podía tener un efecto contrario cuya causa no es tan difícil sospechar.

Un día subieron las tarifas de teléfono y las de la luz, por ejemplo.  Y Aznar y Felipe fueron a parar a los consejos de administración de empresas que los mismos habían ayudado en sus gobiernos. Mientras los ciudadanos se empobrecían a millones, los susodichos cobraban sueldos que para los pobres serían de infarto. Fue así como el español dejó de creer en los políticos y en la política misma. Fue así como el ciudadano se dio cuenta de que era solo  un trabajador al servicio de los políticos a quienes debía mantener con su trabajo. Si en los dos siglos anteriores la lucha del trabajador se dirigía contra el patrón de la fábrica que amasaba su fortuna a base de explotarles, este siglo le reveló que quienes le explotaban eran el poder financiero y los políticos.

Pero luchar contra los políticos, sin hacer distingos, no es lo mismo que enfrentarse a los explotadores de una fábrica. Luchar contra los políticos sin hacer distingos es luchar contra la política, y luchar contra la política es luchar contra la democracia. La alternativa a la política democrática es o la dictadura, la tiranía del más fuerte, o la anarquía, la tiranía del desorden, el caos total.  Quedan pocos que recuerden el caos de la guerra y sus horribles consecuencias, pero aún quedan muchos que oyeron de sus padres el relato de una infancia, adolescencia y juventud destrozadas por la muerte, el hambre y la dictadura. Nadie quiere anarquía y nadie quiere perder la democracia que tenemos; una democracia de mínimos, pero que al menos nos permite quejarnos sin miedo a la cárcel, a la tortura o al paredón. Los políticos que hoy se llevan los votos, corruptos o no, son los que prometen ley, orden, estabilidad, paz para que cada cual pueda ganarse la supervivencia como pueda. ¿No era eso lo que nos prometía Franco? Pues sí. O sea, que lo que nos ofrecen es ir minando poco a poco la democracia que tenemos, a cambio de paz y estabilidad, para que acabemos aceptando una dictadura encubierta, legitimada por los votos de los que tienen miedo a perder hasta el derecho a la supervivencia.

España agoniza de miedo y resignación.

Y Cataluña está en coma. Como una erupción volcánica, una lava corrosiva descendió desde las cumbres del poder hasta arrasar a toda la sociedad. Todos sabemos de dónde salió, pero nadie pensó que de aquella estrategia partidista sin escrúpulos y sin visos de responsabilidad, pudieran desatarse las fuerzas que han traído a Cataluña la desgracia y que amenazan convertir a la nación en zona de desastre.

La Generalitat y el partido de Artur Mas vieron en la agitación del sentimiento independentista de los catalanes una panacea que curara a su gobierno y a su partido de todos sus males; recortes y corrupción. Para que la agitación fuera efectiva, decidieron subvencionar generosamente a dos organizaciones dispuestas a entregarse al diseño y ejecución de una propaganda destinada a convencer a todos los catalanes de que todo catalán auténtico debía desear la independencia y de que lograr la independencia debía ser una aspiración que eclipsara a cualquier otro asuntom por importante que pudiera parecer,  porque la independencia iba a solucionar todos los problemas de todos los habitantes del país.

La Asamblea Nacional Catalana y Omnium Cultural se entregaron a la labor sin descanso y sin escrúpulos. Pueblo por pueblo, colegio por colegio, las dos organizaciones se dedicaron durante cinco años a adoctrinar a abuelos, padres e hijos; un adoctrinamiento pertinaz, repetitivo, psicológicamente tan agresivo como el lavado de cerebro. Para lograr el fin, no se puso a los medios ningún límite moral. Falsearon la historia y se utilizaron todas las mentiras que hicieran falta para dar apariencia de validez a sus argumentos.  Tantas fueron y a tanta gente convencieron, que en Cataluña se empezó a vivir y se sigue viviendo en un mundo paralelo al resto del mundo; un mundo incoherente donde las emociones  han suplantado a la razón y el cúmulo de premisas falsas grabadas en el cerebro por el adoctrinamiento conduce indefectiblemente a conclusiones erróneas.

La conclusión más grave a tanto argumento falso fue declarar legítimo y legal un referéndum, se hiciera como se hiciera, y declarar que el resultado, se obtuviera como se obtuviera, imponía un mandato de todo el pueblo catalán a sus políticos para que proclamaran la República de Cataluña. Dijo el govern que en la votación había participado el 43% de los catalanes llamados a votar. Dice la aritmética que el 43% no llega a la mitad de un todo. Dice el govern que todo el pueblo de Cataluña exige la independencia y que la aritmética no tiene nada que decir.

¿A quién llama el govern  “pueblo de Cataluña”? ¿Quiénes forman ese 43%? Hace años que la ANC va pueblo por pueblo, ciudad por ciudad,  barrio por barrio reclutando gente para llenar los autobuses que habrán de conducirla cada 11 de septiembre a la gran manifestación de la Diada, e instando a todo catalán auténtico a que asista aunque vaya en su propio vehículo. La respuesta ciudadana ha sido multitudinaria todos los años. ¿Quién se atreve en un pueblo, en una ciudad pequeña, en un barrio a hacer que sus vecinos y parientes duden de su auténtica catalanidad? La ANC y Omnium Cultural han conseguido movilizar unos dos millones de personas al año, más o menos, esparciendo por el mundo la imagen de un pueblo pacífico que llena las calles cantando “independencia” para ablandar a un gobierno opresor y recabar la ayuda de todos los países democráticos para lograr la libertad. Pues bien, de ese 43% que según el govern fue a votar resistiendo heroicamente los ataques salvajes de la policía del estado opresor; de ese 43% de catalanes auténticos y heroicos, depende la  independencia, el nacimiento de la República de Cataluña. Cuando alguien ajeno al delirio multitudinario intenta demostrar a un independentista que la independencia es imposible, el debate acaba siempre con un rotundo argumento final: saldrá a manifestarse tanta gente que nos tendrán que dar la independencia sí o sí.

La independencia de Cataluña, su presente y su futuro, dependen, pues,  de las multitudes dispuestas a defender en la calle cualquier decisión del govern, sea legal o no, sea o no antidemocrática; multitudes émulas de Gandhi que fuercen al gobierno español y a la comunidad internacional a reconocer la independencia de Cataluña, aunque sea por lástima de tanto pacífico suplicante. Los ciudadanos que se disuelven en esas multitudes movidos por la emoción no se plantean que su govern, dispuesto a ignorar las leyes y las normas que estructuran a la democracia, tanto las de España como las propias,  no les garantiza que la nueva república se base en leyes y normas democráticas que su govern se sienta obligado a cumplir. A esos ciudadanos no les importa que el capital huya del caos provocado por la constante agitación en las calles. No les importa que cientos de miles de compatriotas malvivan acosados por el desempleo y la pobreza. No les importa que un Parlament situado al margen de la democracia y de la ley se haya paralizado durante años sin ocuparse de los problemas cotidianos que exigen legislación. El lavado de cerebro produce en esos ciudadanos una respuesta condicionada. Si algo o alguien quiere impedir la independencia, hay que echarse a la calle porque a millones de manifestantes en la calle no puede vencerles ni un ejército. ¿Quién se va a atrever a disparar contra unos ciudadanos indefensos? Esos ciudadanos no se dan cuenta de que su govern les está utilizando como escudos humanos.

Cataluña está en coma. El govern y el  Parlament han asestado a la democracia un golpe mortal de necesidad. Como esos ilusos que se niegan a tratarse un cáncer con los medios que les ofrece la ciencia y confían su vida a un curandero, un 43% de los catalanes, en cifras del govern, ha confiado  todos los males de la Cataluña enferma al milagro de una independencia que ni existe ni existirá.

Tal vez, cuando las leyes del estado obliguen a todos a curarse el delirio mediante su facultad racional, comprendan que la soñada independencia no valía ninguno de sus esfuerzos. ¿Cataluña independiente para qué? ¿Para sufrir en solitario la misma corrupción, la misma democracia agonizante que afecta a toda España? ¿Para seguir confiando mayoritariamente  el gobierno de sus vidas a partidos de derechas para quienes el bienestar de los ciudadanos cuenta en último lugar, como el resto de los españoles? ¿Para acabar dándose cuenta de que los catalanes, después de más de 500 años de convivencia con las otras etnias de España, son, al fin y al cabo, tan idiosincráticamente españoles como el español que más? Para  volver a casa no hacía falta tanto ruido, tanta destrucción.

 

 

 

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Miénteme más

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El mundo se ha vuelto feo, muy feo. Música, moda, cine, televisión se aleja cada vez más de lo que hasta ahora considerábamos bello. Cierto que la apreciación de la belleza es, o parece ser, subjetiva. Había, siglos ha, unos cánones que fueron cambiando por épocas. Pero los cambios eran superficiales. En el núcleo del asunto estaba la Belleza, inconmovible, y todos los cambios buscaban aproximarse a ella o, al menos, no contradecirla.

El siglo XXI ya no busca cambios que adornen, con la Belleza mandando desde el lugar luminoso de las ideas. Ya no prevalece el buen gusto sobre los gustos cambiantes. Hoy parece que la Fealdad hubiera desterrado a la Belleza definitivamente, y que, con la misma ansia con que hasta hace poco, con más o menos  acierto, se pretendía realzar lo bello, se persigue superar cada vez más a lo anteriormente considerado como más feo.

Este viraje no es hijo del capricho. Nace de digresiones ideológicas, homogeneizadas y etiquetadas para su venta con la marca de una palabra que la publicidad ha dotado de virtudes prodigiosas: libertad.

La libertad, derecho supremo de todos los seres humanos, a todos nos permite eso que a todos nos hace sentirnos en la cúspide de la creación: ser nosotros mismos. La libertad finalmente nos libra de  engorrosos esfuerzos para superarnos, para evolucionar. Sé tú mismo. Si te molesta peinarte, enróllate el pelo en la coronilla de cualquier manera o rápatelo a cero; estírate en público, sácate los mocos, huélete las axilas, húrgate los dedos de los pies, coge los cubiertos como te dé la gana, y si te estorban, come con los dedos. En el fondo de ti mismo vive prisionero el hombre que la naturaleza parió y que la llamada civilización fue encadenando y amordazando. Pero está vivo dentro de ti mismo. Déjale salir, déjale hablar. Sé libre. Sé tú mismo.

Ejemplo de los prodigios que la libertad podía obrar en el hombre, macho y hembra, el más espectacular fue la libertad sexual de las mujeres a finales de los sesenta; en España tal vez un poco más tarde. A la mujer, oprimida por siglos de pacatería, se le dijo que era libre de dar rienda suelta a sus deseos sexuales; que podía acostarse con cualquiera, vaya, sin que nadie tuviera derecho a afear su conducta. Lo que no se le dijo fue que el asunto, además de tener efectos secundarios, no era tan fácil como parecía. Por defender la libertad de las mujeres, los machos empezaron a invitar a sus camas o a sus coches a cualquier mujer que les apeteciera. Las mujeres descubrieron muy pronto que eran libres de tener relaciones sexuales con quien fuera, pero que no eran libres de decir que no.  La que decía que no, se ganaba el apelativo de estrecha que por entonces empezó a resultar tan insultante y tan socialmente excluyente como hoy resulta la palabra fascista. Total, que la relación sexual de las mujeres resultó un chollo para los hombres porque pudieron ahorrarse un pastón en prostitutas y evitarse el aburrido trámite de la masturbación para liberarse del apremio de sus hormonas.  ¿Quiénes promocionaron la libertad sexual de las mujeres? No hace falta documentarse para acertar. Lo que hoy importa a efectos prácticos es que las mujeres tragaron el anzuelo y decidieron ser ellas mismas, o sea, volver a su naturaleza primitiva.  ¿Y cómo eran las hembras primitivas? En la casi generalidad de las tribus,  criaturas sometidas a la voluntad del más fuerte.

Este ejemplo puede aplicarse a todos los ámbitos de las relaciones humanas, incluyendo a la política, por supuesto. Hoy el cebo más efectivo para atraer al cardumen es la libertad. Ofrecer libertad es algo que no falla en los mensajes publicitarios y en la propaganda política. La masa corre a abrazarla con la ceguera de esos peces que nadan alegres hacia la boca abierta de los tiburones y alegres llegan a sus barrigas sin enterarse siquiera de donde se han metido. Los peces engullidos no pueden protestar, claro. No pueden quejarse ni denunciar la propaganda engañosa que les llevó a la perdición. Como no puede quejarse esa pobre amiga mía que se pasó la juventud diciendo que sí a cualquiera que le propusiera ir con él a la cama o al coche o al huerto. Me quedé de piedra el día que me dijo que no disfrutaba en absoluto del trajín. ¿Por qué lo haces entonces?, pregunté. Porque si no, no me llamaría nadie y me quedaría sin nadie con quien salir.  ¿Libertad?

El ejemplo más dramático de la mentira que se esconde tras la panacea del siglo lo están sufriendo Cataluña y España entera. Unas organizaciones, supuestamente privadas y realmente politizadas hasta el tuétano, esparcieron por todo el territorio nacional, pueblo por pueblo, el cebo irresistible. ¡Libertad!, clamaron en reuniones, conferencias, presentaciones de libros, romerías, festivales, fiestas mayores y menores. La consigna de sus bien entrenados miembros era sacar la palabra, viniera o no viniera a cuento, a fin de enardecer uno de los instintos primitivos más potentes: la territorialidad. La estrategia era tan simple como la del ejemplo anterior y fundada en la misma proposición. Dígasele a los catalanes que jamás podrán ser ellos mismos hasta que sean libres; dígaseles que tienen derecho a serlo y, cuando estén bien encandilados, dígaseles lo que tienen que hacer para adquirir la libertad.

Se buscan y se encuentran razones muy válidas para justificar la rebeldía radical que ha arrastrado a un gran número de catalanes del seny (sensatez) a la rauxa (arrebato). No se puede decir que la indignación de los catalanes carece de fundamento justo.  Lo que sí se puede decir y comprobar objetivamente, es que la propaganda consiguió quitar de la cabeza de un gran número de catalanes la esperanza de conseguir reparación a sus agravios a través de la negociación racional.

Esa multitud de catalanes, ya convertidos al independentismo, siguieron a quienes les prometían libertad con el entusiasmo y la ceguera con que las mujeres empezaron a entregarse al sexo, sin sospechar que las estaban empujando a otra forma de esclavitud.

Dice la Constitución que la unidad de España tiene que prevalecer sobre cualquier otra consideración. Nos cargaremos la Constitución y no pasará nada, dijeron los propagandistas. Nos cargaremos todas las leyes españolas y nadie podrá impedirlo porque millones de catalanes saldrán a la calle a defender su libertad y no habrá policías ni porras ni pelotas de goma ni pistolas ni tanques ni cañones que puedan dispersar a tantos millones. ¿Y si van cayendo como moscas y cada vez son menos los que pueden salir a manifestarse? Europa y el mundo nos defenderán. ¿Y si no quieren defendernos? Querrán. Nadie se atreve contra la libertad.

Todavía hay millones de catalanes que se lo creen, aunque entre esos millones, cada vez hay más que se han cansado del jaleo. Todavía salen en multitud a la calle porque a muchos les pasa como a mi amiga, que tienen miedo a  quedarse solos, a no tener con quién salir; a que les llamen fascistas.

A pocos días de que el president declare la independencia unilateral de Cataluña, si es que respeta la Ley de Transitoriedad que se supone que sustituya a las leyes del estado español, la gente empieza a detectar el engaño de lo que le han vendido como panacea. Las grandes empresas han empezado a huir de Cataluña en estampida porque los grandes empresarios no tragan cebos. Hace dos días, los propagandistas –en Cataluña todos los políticos independentistas lo son- negaban rotundamente que empresa alguna se fuera con su sede social a otra parte.  Algunas grandes empresas ya habían comunicado al gobierno que se irían, pero con el entendimiento obnubilado por sus propias mentiras, convencidos de poder transformar la realidad con la magia de su pensamiento, el president, el vice president y, de los reyes abajo, todo dios, se atrevieron a decir al público que las empresas no se iba, y uno hasta se atrevió a decir que las empresas se pelearían por invertir en Cataluña.

El catalán dispuesto a hacer un esfuerzo de racionalidad por encima de sus sentimientos ya se ha dado cuenta de la jugada, ha pronunciado un rotundo no, gracias, y ha vuelto a sus asuntos esperando que las cosas, esas cosas que afectan a su vida y a la vida de su familia, no vayan a peor.

Pero todavía hay muchos catalanes, muchísimos, que no se resignan a todo lo que a veces tiene de desagradable aceptar las cosas como son. Son los que aceptan que ahora les digan que no se preocupen si todas las grandes empresas se van. Es temporal, les dicen; cuando seamos independientes volverán. Y se lo creen porque dudar puede conducirles al abatimiento y si el equipo pierde la moral, pierde el partido. De la moral, del empuje de la gente depende la victoria, les dicen. Y si la única manera de conservar la moral es tragando más mentiras, pues se tragan y ya está.

 

Blablableo

El blablableo de políticos y analistas nos tiene refritos y echando humo.

La palabra más pronunciada en los últimos días: “diálogo”. Instada por políticos y analistas, la gente se ha puesto a repetir “diálogo” con la misma ceguera irracional con que los de la estelada repiten “indépendéncià”. Entre los repetidores, están los aquejados de buenismo, los aquejados de bobismo y quienes intentan dar un viso de racionalidad a toda esta locura.

Nadie se atreve a precisar sobre qué se tiene que dialogar. Que se sienten y hablen, dicen todos, que parlem. Vale, parlem, pero ¿de qué? ¿De la selección española? ¿De la sequía pertinaz que está convirtiendo zonas de España en desiertos? ¿Es que no hay forma de que en este país políticos y analistas se pongan a comunicar, a informar como adultos? ¿O es que el miedo les ha encogido a todos dejándoles en posición fetal?

Pues habrá que recordarles algunas evidencias, a ver si crecen.

No se puede dialogar con una de las partes exigiendo independencia. La independencia la prohíben la Constitución y la razón. España no puede renunciar a un trozo de territorio sin peligro de que se le quieran independizar otros trozos. Europa no puede permitir que un trozo de España se independice, porque otros países se pueden empezar a trocear, troceando a Europa entera.

A lo que sigue que no se puede dialogar sobre un referéndum pactado. Si la independencia no es posible, tampoco lo es que el gobierno de España se  juegue la unidad del país en un referéndum. El gobierno de España no puede arriesgar la unidad de España de ninguna manera. Fue elegido por ciudadanos que aceptan la Constitución, y juró defenderla. La Constitución declara explícitamente que la unidad del estado no se puede romper. ¿Hay alguien que no lo sepa? ¿Qué pasa? ¿Qué en el fondo todos se han puesto en la onda de independentistas y antisistema y sugieren que todas las leyes son susceptibles de cargárselas?

Cuando se pide al presidente que dialogue con el president, ¿se le está pidiendo que se salte también la Constitución? Pues, si es eso, que lo digan los que están con lo de diálogo para arriba y para abajo. Y si no es eso, que lo digan también y bien claro para que Puigdemont y los suyos no se hagan ilusiones.

Lo de repetir que se dialogue suena muy bien, pero no va a detener la fuga de capitales ni va a evitar que se enquiste la situación económica y socialmente desastrosa que estamos viviendo en Cataluña. ¿O es que están pidiendo que el gobierno y el govern dialoguen porque mientras están sentaditos dialogando nos pueden seguir moliendo a palos o a sustos y disgustos hasta que a los ciudadanos no nos queden fuerzas para quejarnos ni para exigir cosa alguna?

Dice Puigdemont que es independentista desde chiquitito. Pero es que ahora no es chiquitito. Es que tiene en sus manos el presente y el futuro de Cataluña y el bienestar de los catalanes. Cataluña no es Disneyland París. Los catalanes no pueden vivir saliendo a manifestarse todos los días con esteladas y cantando canciones emotivas. Para superar fijaciones infantiles está el psicoanálisis. No se puede exigir a los catalanes que soporten el infantilismo de sus líderes como si fuéramos psicoanalistas. A los psicoanalistas les pagan. Nosotros les pagamos a ellos. ¿Es que pretenden que aceptemos ir de burros y, encima, apaleados?

Dice Rajoy que tomará todas las medidas necesarias para hacer cumplir la ley. Eso no se anuncia, se hace. ¿O es que también ha entrado en el juego de casitas? “Si no te comes la verdura, te doy una colleja”. ¿Y nos extraña que en Cataluña independentistas y antisistema estén haciendo lo que les da la gana, riéndose en las barbas del gobierno español? El espectáculo de las urnas y papeletas escondidas que de repente aparecen y desaparecen y los mossos levantando actas y dejando hacer y la policía abriéndose camino a palos entre la gente y la gente metiendo votos a puñados en la calle no se le consentiría a ningún presidente de un país democrático. Pero tenemos uno, que además de presidente del gobierno, es presidente de un partido imputado por corrupción. Si no se atreve a actuar con mayor contundencia es porque él mismo sabe que carece de toda autoridad moral para imponer el respeto a la ley.

De todo lo cual se deduce que lo que España necesita para no convertirse en un país moral y legalmente fallido no es diálogo ni mediación ni buenismo ni bobismo ni infantilismo ni líderes políticos ni influenciadores de los medios blablablando para aburrir al personal. Lo que Cataluña y España necesitan son elecciones autonómicas y generales de inmediato antes de que los políticos infantiloides y los simplemente inmorales acaben con nuestro país, o sea, con nosotros.

 

 

 

 

 

 

La nave de los estúpidos

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El president de Cataluña y los suyos han dado una demostración espectacular del daño que pueden infligir a la sociedad unos individuos estúpidos.

Define el diccionario al estúpido como una persona necia, falta de inteligencia. No me circunscribo aquí a esa definición. El historiador económico Carlo Cipolla describió el fenómeno de la estupidez con mayor amplitud destacando el daño que los estúpidos infligen a la sociedad.  Aquí me baso en sus deducciones.

Una persona es estúpida, dice Cipolla,  si causa daño a otras personas o grupo de personas sin obtener al mismo tiempo un provecho para sí, o  incluso peor, provocándose daño a sí misma.

El Govern y el Parlament de Cataluña decidieron el 7 de septiembre forzar dos leyes que iban a causar un daño, hasta hoy incalculable, a toda la sociedad catalana, sin que hasta hoy pueda comprenderse muy bien qué ganancia pretendían obtener.

Es inútil intentar comprenderlo. Dice Cipolla que a las personas razonables les resulta difícil imaginar y entender un comportamiento estúpido. Es así, porque tal comportamiento escapa a la razón; porque responde al universo sin límites del absurdo. Las personas razonables se encuentran completamente desarmadas y a merced del estúpido, explica,  precisamente por la imposibilidad de comprender la estupidez. Es esta indefensión del razonable lo que hace que los estúpidos sean tan peligrosos y funestos.

Puigdemont y los suyos rompen con las leyes de España y proclaman, por ley, que en Cataluña rige, desde ese momento, una legalidad distinta. Amparándose en esa nueva legalidad, convocan un referéndum para legitimar con votos la separación de España y se comprometen a proclamar la independencia en cuanto se compruebe que la mayoría de los votos dicen que sí a la secesión.

Por el camino de la razón se llega sin ninguna dificultad a entender  que esas leyes catalanas no tienen otro fundamento que el voluntarismo de quienes las concibieron.  Por el camino de la razón se llega al muro infranqueable de la realidad contra la que, inexorablemente, acabarán estrellándose quienes las concibieron y pretenden imponerlas o sí o sí. Ese muro es la Constitución del estado español  en la que se proclama la unidad indivisible de España.

Una gran parte de los catalanes creen que la Constitución ya no rige en Cataluña, que los catalanes ya son independientes porque lo ha decretado su Parlament y ellos lo  han votado en referéndum. Esa parte de los catalanes que cree por fe cuanto dicen el govern y sus propagandistas, la ANC, Omnium Cultural, pertenece el grupo de individuos que Cipolla denomina los incautos o desgraciados, aquellos que benefician a los demás y se perjudican a sí mismos.

Debería bastar recordarles que el estado español tiene todos los recursos para evitar la secesión; entre ellos, el ejército, garante de la unidad de España por mandato constitucional. Pero es inútil. A cada argumento racional, el incauto responde con el argumentario que le dictan los líderes independentistas. Hace meses, un amigo me dijo que el gobierno de España no podría evitar el referéndum. Le respondí que sí podía y lo haría aunque tuviera que enviar a la Policía y a la Guardia Civil. Se rio a carcajadas.

Los líderes independentistas aseguraron a los catalanes que podrían votar sin ningún problema y que si votaban que sí, Cataluña sería independiente en 48 horas. Cuando el Tribunal Superior de Justicia ordena confiscar el material para la votación y cerrar cualquier local donde se pretendiera poner urnas, los líderes instigan a la gente a salir a la calle y a ponerse frente a las puertas de los locales donde se fuera a votar, para barrar el paso a las fuerzas del orden. Las fuerzas del orden sacan a la gente a porrazos. Los líderes siguen instigando a la gente a manifestarse contra las fuerzas del orden. Protestas multitudinarias. Huelga general. ¿Resultado? Cuantitativamente proporcional a la magnitud de la estupidez de los líderes: centenares de lesionados y millones en pérdidas para la economía del país.

Mientras tanto, Mariano Rajoy y su gobierno observan las protestas y las huelgas con parsimonia inalterable. ¿A quién perjudica esa exhibición de multitudes en las calles  y tiendas y negocios cerrados? A los catalanes, por supuesto, a nadie más que a los catalanes.

Porque Mariano Rajoy no es estúpido. Mariano Rajoy razona perfectamente. Pertenece al grupo que Cipolla llama los malvados, aquellos que perjudican a los demás para beneficiarse a sí mismos. Mientras los incautos catalanes corren de aquí para allá repitiendo los disparates que les dictan, Rajoy contempla cómo la cesta que ha puesto para pescar se va llenando de votos sin costarle más esfuerzo que aparecer de vez en cuando en los medios para recordar a todos  su firmeza en la defensa de la unidad de España. Pero, ¿no teme que, como dicen los líderes independentistas, la comunidad internacional le obligue a reconocer el derecho a la autodeterminación de los catalanes y la independencia que los catalanes pidieron en el referéndum?

Por supuesto que no. No hay líder europeo al que se le ocurra poner en peligro la unidad de su país y la solidez de la Unión Europea abriendo la puerta a todos los independentismos que puedan surgir dentro de sus fronteras. ¿Y los Estados Unidos? Menos. La caótica mente de Trump puede hacer que se pregunte qué pasaría si a los tejanos, que siempre han sido muy suyos,  se les va la pinza y deciden seguir el ejemplo catalán. No hay gobierno dispuesto a tomarse en serio un llamado referéndum que no pasó de sainete tragicómico; muy triste para quienes asistieron a la distancia analizándolo racionalmente.

Cuando Puigdemont anuncia el resultado de la votación rocambolesca llamándola referéndum con la misma cara pétrea con que ha anunciado tantas mentiras, sabe que estas mentiras llegarán a las glándulas de los incautos, y que los incautos saldrán a la calle arrebatados por la emoción dando la cara y el cuerpo por los líderes que les agitan. ¿Qué beneficio obtienen de todo el perjuicio que están causando a su país, siendo el peor la división de la sociedad catalana? Tal vez la satisfacción de sentirse mártires de la independencia, aunque esto es algo tan subjetivo que no se puede afirmar. Objetivamente, de toda esta locura ningún catalán puede esperar beneficio alguno.

¿Y la corrupción? ¿Y el desempleo y los salarios indignos y el trabajo precario y la pobreza? ¿Y la falta de personal y medios en los hospitales y en las residencias de ancianos? ¿Y las carencias en los colegios y universidades? En Cataluña, una palabra ha cubierto una gran parte de las conciencias como una estelada colosal: independencia. ¿Qué pasará cuando esa cubierta se retire y nos veamos todos a la intemperie? Lo peor que nos podría pasar es que Rajoy pusiera en práctica toda su maldad y dejara a los líderes independentistas seguir con su acción devastadora dejando a Cataluña sola, con una deuda descomunal y un bono basura, teniendo que volver a una economía primitiva para no morirnos de hambre. Pero esto, afortunadamente, no puede ocurrir porque Rajoy no es estúpido.

Algunos estúpidos, dice Cipolla, causan sólo perjuicios limitados, pero hay otros que llegan a ocasionar daños terribles, no ya a uno o a dos individuos, sino a comunidades o sociedades enteras.

Contaba Platón que en una nave, los marineros se volvieron locos, depusieron al capitán y los más locos se hicieron con el control del timón después de echar por la borda a quienes tenían idea de cómo navegar. Los locos que quedaron, tal vez simplemente estúpidos, llevaron a la nave al naufragio.

Tal vez los catalanes aún estemos a tiempo de que algo, alguien nos salve. Tal vez encontremos, como siempre, las fuerzas dentro de nosotros mismos para salvarnos. Pero costará muchos años reconstruir las ruinas en las que habrá quedado nuestra sociedad cuando termine esta travesía por la locura.

Las leyes fundamentales de la estupidez humana. Carlo M. Cipolla

 

 

 

No hay derecho

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No hay derecho a decidir, por intereses espurios, llevar a Cataluña al desastre y amenazar con el desastre a España entera.

No hay nadie medianamente informado y capaz de razonar que no sepa que las consecuencias, económicas y de otra índole, de una ruptura serían gravísimas para Cataluña y para España. ¿Por qué se empeñan, entonces, el gobierno de España y el govern de Cataluña en llevarnos al desastre? Error de perspectiva. En el desastre estamos hace años, sin gobierno al que recurrir para que declare esta miseria de país zona catastrófica y nos dé las ayudas que requiere volver a ponerlo en pie.

Ante la desastrosa realidad, ambos gobiernos reaccionaron con una brillante idea. Si este desastre no se puede arreglar -y no conviene que a alguno se le ocurra y se le permita arreglarlo-, lo que se puede hacer  para evitar el pago de responsabilidades es amenazar a la gente con un desastre mayor. Si alguien tiene que elegir entre que le corten las dos piernas o dejar que la gangrena le corte la vida, cualquiera en su sano juicio se conforma con el mal menor.

Éxito total. Pensando en el posible desastre por venir, la mayoría ha conseguido desviar la atención del presente, y una mayoría de la mayoría ha llegado a pensar que, al fin y al cabo, la realidad actual no es tan desastrosa.

No hay derecho  a que los políticos en el poder de España, Cataluña incluida, hayan pervertido el criterio moral de una sociedad que había descubierto los valores que permiten evolucionar al hombre, macho y hembra, hacia la plena condición humana.

Las medidas políticas aplicadas por la derecha triunfante en España, Cataluña incluida, consiguieron convertir a todo el territorio nacional en tierra del sálvese quien pueda. Quien tenía los medios para salvarse aceptó esas medidas sin objeción. Quien no los tenía aceptó todo lo que le cayera encima con tal de que le permitieran sobrevivir. Los que lo perdieron todo se quedaron sin voz para quejarse y engrosaron, y siguen engrosando, las filas de los que nunca han tenido nada y que, por lo tanto, para nada pueden contar. España, Cataluña incluida, logró ponerse a la altura de los Estados Unidos.

Una clase rica, cada vez más rica, contribuye al orgullo nacional con el glamour que distingue a los países desarrollados. Las clases inferiores trinan contra los dueños de lujos y privilegios, pero como siempre han trinado y de trinar no pasan, sus trinos no inquietan a nadie.  Las mujeres de las clases inferiores agradecen las fotos de mansiones, joyas, ropa de alta costura que les permiten pasar el tiempo en la peluquería mientras les coge el tinte. Los hombres agradecen las fotos de cochazos que pasan del millón, de los aviones privados de los futbolistas, de las hembras colosales que llevan a sus fiestas y con las que se casan.  A casi nadie se le ocurre reivindicar el valor del trabajo exigiendo salarios proporcionales al esfuerzo y a su contribución real a la economía del país. Cuando se convoca una huelga o una manifestación, sólo van los directamente implicados. Son manifestaciones sin banderas, sin himnos, sin gritos que emocionen. Aburren, ¿para qué se van a manifestar quienes ni ganan ni pierden con el asunto?

Una clase media, cada vez más baja, agradece poder ir a la peluquería, poder pagar a plazos un coche de gama media o baja, según, poder ir de vacaciones a donde va la gente de su clase. La mayoría no encuentra motivos para participar activamente en la exigencia de justicia social. El mundo siempre ha sido injusto. Lo que más injusto les parece es que les obliguen a contribuir para mejorar la vida de quienes no han tenido su suerte, y si se trata de refugiados o de extranjeros huyendo del hambre, para de contar.

De los de la clase más baja, de los que tienen que vivir de subvenciones, cada vez más escasas, o de la caridad, no hay nada que decir. Ni se ven ni se oyen.

Parece un dato curioso que la mayoría de los nacionalistas catalanes que apoyan la independencia son los de salarios más altos, entre 4.500€ y 5.000€ mensuales, mientras que la mayoría de los que quieren permanecer en España percibe salarios que rozan el umbral de la pobreza. Pero, bien mirado, el asunto se entiende. Cataluña ha sido gobernada durante tres décadas por una burguesía nacionalista que pudo mantener una tensión controlada con el gobierno de España para obtener beneficios, mientras  alimentaba la catalanidad con el nacionalismo cultural que alguien bautizó como catalanismo de “espardenya” (alpargata). La siembra dio el fruto de Omnium Cultural y Asamblea Nacional Catalana, y ambas instituciones, con la ayuda generosa del gobierno, se dedicaron a predicar el ansia y el derecho a la independencia por todos los confines de la nación. A quien la prédica no le ha arrebatado el entendimiento, le cuesta muy poco descubrir los sofismas, medias verdades y mentiras completas que conforman el argumentario de los predicadores. Es un conjunto de enunciados muy simples, al alcance de los entendimientos con menos luces, en todo observante de las reglas del que fuera ministro de propaganda  del Tercer Reich.

No hay derecho a haber intoxicado la mente de una gran cantidad de catalanes con discursos y arengas dirigidas a estimular las glándulas para que la adrenalina les obnubile la razón. Viendo a los padres llevar a sus hijos pequeños a los colegios para evitar los desalojos de la policía, uno se pregunta si la sugestión colectiva puede trastornar a medio país hasta ese punto. Otra vez responde el genio de la propaganda nazi que logró enloquecer a la mayoría de los alemanes; la propaganda, cuidadosamente diseñada para apelar a lo más primitivo del ser humano, sí puede; puede siempre que encuentre mentes desprotegidas por carecer de criterio propio. Esa falta generalizada de un criterio alimentado con valores humanos, falta causada por una educación deficiente, ha permitido a los gobernantes de Cataluña, como a los de España, romper la integridad moral del ciudadano y, por ende, de la sociedad. En Cataluña, específicamente, los gobernantes independentistas han podido hacer barbaridades en el Parlament y tomar decisiones que rozan la demencia, poniendo en ridículo a toda la nación, sin que una gran parte de los ciudadanos pudiera detectar sus desafueros.

No hay derecho a destruir el prestigio nacional e internacional de la nación catalana. Orgullosos desde siempre, por motivos indiscutibles, de nuestra sensatez, de nuestra capacidad de trabajo, de nuestra disposición al esfuerzo constante por mejorar, por avanzar, los catalanes aparecemos hoy como fanáticos irresponsables que se niegan a acatar la Constitución española y hasta el Estatut de Cataluña; como enajenados que aceptan la decisión de su propio Parlament de acabar con la democracia; como ignorantes que claman por salir de España y, por ende, de Europa, para quedarnos solos, aislados, sin los recursos de que ahora disponemos para seguir luchando por la recuperación económica.

No habrá referéndum mañana. El referéndum fue anulado y cualquier cosa que se haga para votar, será cualquier cosa menos un referéndum. No habrá independencia. No la habría aunque votara la mayoría del censo y votara sí el cien por cien.  Eso lo saben perfectamente los gobernantes que han sacado a la gente a la calle a realizar un simulacro patético ofreciendo a Cataluña al escarnio público. Hoy nadie sabe cómo acabará el sainete, pero Mariano Rajoy en España y Carles Puigdemont en Cataluña descansan seguros de que los medios seguirán discutiendo el asunto y de que el larguísimo balablablá seguirá distrayendo al personal para que nadie recuerde la corrupción y el mal gobierno.

No hay derecho.

Derecho a no votar

Harta, como casi todos, de tanto análisis de tanto analista escribiendo y blablablando sobre el alzamiento de los caudillos independentistas catalanes y la respuesta del obtuso caudillo de la unidad de España, voy a tratar el asunto desde mi perspectiva personal, que a lo mejor no le interesa a nadie, pero que a mí sí me apetece contarla.

Dice la primera estrofa de un poema mío: “Yo nací en primavera/ y desde entonces me lo conmemoran/ las hojas muertas”. No es totalmente metafórico. Nací en el octubre de Buenos Aires y nunca más volvió a sorprenderme octubre bajo la estrella del sur. Llegué a Barcelona con dos años, más o menos, después de una gira artística de mis padres por todas las Américas, tan fructífera, que de ella volvieron a su tierra con una estela de sonados éxitos, pingües ingresos y una nueva persona metida en una cesta. Ese primer yo que no recuerdo fue recibido en la familia como la nena argentina.

Creo que fue en esos primeros momentos de mi vida  cuando se me declaró un despiste crónico que había de durarme hasta el día de hoy. De ahí en adelante, me tocó visitar varios aeropuertos y vivir en varios internados, lo que significó adaptarme, o intentar adaptarme, a nuevas arquitecturas, nuevas comidas, nuevas compañías y hasta nueva lengua y nuevos lenguajes. La parte positiva del asunto le tocó a mi intelecto al recibir un suministro de conocimientos  que difícilmente hubiera podido adquirir en un pueblo. De la parte negativa, dan fe otros versos míos, y cito: “Sin tierra ni cielos que llamara míos/ fui por todas partes como por asilos”.

Mi trajinar tuvo otras consecuencias que aún no sé si colocar en la columna de los pros o en la de los contras. La más seria fue una empatía casi enfermiza que me ha llevado toda la vida por la calle de la amargura porque no hay ser humano con el que no me solidarice y no hay ser humano que no tenga una amargura con la que solidarizarse. Y ahora cito la paráfrasis de una frase de Terencio que escribiera  Unamuno: “Soy hombre, a ningún otro hombre estimo extraño”. Sólo quien padece del mismo mal puede comprender cómo se vive llevando a cuestas a millones de refugiados que viven muriendo en miles de campos de concentración o a los millones de pobres que en este país malviven a la vuelta de cada esquina, por poner dos ejemplos.

Después de llegar a mi juventud del modo más azaroso, a los 35 años decidí plantarme en la tierra de mi padre para echar raíces. A esta tierra me he aferrado como una criatura hambrienta al pecho de su madre. Fui antifranquista durante la transición, ¿cómo no iba a serlo cuando mi propia madre había sufrido en su infancia y adolescencia los zarpazos de un régimen que nació y se alimentó  con la sangre de sus compatriotas? Fui independentista en Cataluña, ¿cómo no iba a serlo cuando por fin podía llamar mía a una nación vilipendiada en el resto de España?

Ser independentista en la Cataluña de los ochenta y hasta hace muy poco era defender una identidad; los derechos de una nación que solo podían negar las mentes más cerriles o los políticos más perversamente interesados en seguir alimentando la catalanofobia franquista. Contra la nación catalana se alzaban, todavía se alzan, los más indignos representantes del nacionalismo español; esos que, incapaces de lograr cosa alguna que les permita sentirse orgullosos de sí mismos, se aferran al orgullo vicario que les merecen las hazañas de Hitler y de Franco. Ser independentista significaba defenderse de la escoria que cifra su propia estimación en el ataque a quienes tienen una cultura distinta a la suya.

¿Ser independentista significaba, entonces, querer separarse de España? Rotundamente, no. No lo quería el primer President de la Generalitat de la restauración democrática; no lo querían ninguno de los Presidents elegidos después; no lo querían quienes salieron a pedir Estatut de Autonomía en 1977; no lo querían quienes celebraban cada año en la calle la Diada bajo un cielo de senyeres. A lo largo de todos estos años, sólo un puñado de teóricos ha planteado en serio la posibilidad de la secesión y sólo un puñado de fanáticos ha hecho ruido de vez en cuando para exigirla.

Y entonces llegó, como un fantasma del pasado más negro, un hombre dispuesto a sacrificar a los españoles para alcanzar el poder y cimentarlo tan bien cimentado que nadie se lo pudiese arrebatar en vida. Y como si un poder diabólico hubiera alineado los astros para favorecerle,  Mariano Rajoy se encontró con dos colaboradores impagables: la crisis y Artur Mas. No hace falta repetir lo que ha hecho Rajoy en su partido y en España. Todos los días lo repiten  columnistas y tertulianos de todos los colores; unos con alabanzas y otros con críticas y hasta con denuestos. Cualquier enumeración de esas barbaridades resultaría ociosa.

Y llegó Artur Mas con el encargo de salvar a su partido a toda costa de las consecuencias de su corrupción, y la necesidad de salvarse a sí mismo del castigo de los votantes por haber recortado el presupuesto sólo por donde más daño podía hacer a los pobres y medio pobres. Y a toda costa quiso decir a toda costa. A costa de la paralización del gobierno, a costa de arriesgar la autonomía, a costa de alterar la paz en Cataluña  y la convivencia entre los catalanes. Y como se trataba de que fuera a toda costa, puso la propaganda del secesionismo en manos de la Asociación Nacional de Cataluña, fanáticos expertos en fanatizar, y puso de encargado de la Generalitat a otro fanático secesionista que carecía, y carece, de la más mínima noción de lo que es y de lo que exige la tarea política.

Y volviendo a lo mío, cuento otro efecto secundario de mi vida errante. Detesto las fronteras, esas líneas que trazaron los vencedores de guerras poniéndose a dibujar después de haber asesinado a miles para que el dibujo quedara a su gusto. Ahora resulta que los secesionistas me quieren confinar a Cataluña dentro de sus fronteras convirtiéndola en un país pequeño gobernado por mentes estrechas que predican la necesidad de estrecharse. Ahora resulta que Cataluña, acrisoladora de etnias, siempre abierta a todas las innovaciones, siempre a la vanguardia de todas las vanguardias; mundo de seres humanos  que vivían con la sagrada norma de dejar vivir, de caminar siempre hacia adelante sin  obstruir el camino a los demás; ahora resulta que, por el capricho de las glándulas de unos fanáticos, tiene que convertirse  en una mota  que  mancille el límpido azul de Europa. Muchas medidas de Mariano Rajoy y los suyos advierten de su intención de retrotraer a los españoles al pasado gris de la edad de plomo franquista. La propaganda de los secesionistas nos quiere arrastrar al diecinueve de los nacionalismos, y su brazo radical antisistema aún más atrás; a la selva del buen salvaje.

Me niego. Me niego a que me obliguen a decidir si quiero convertir a Cataluña en colonia recién liberada que tenga que aprender a caminar por los derroteros de la independencia  enterándose de lo que vale el experimento, como  hoy se siguen enterando las ex colonias africanas; o a decidir que no quiero ese experimento porque con Cataluña no juego. Claro que cualquiera tiene derecho a lanzarse por un risco, como también tiene derecho a exigir que no le tomen por tonto o por loco. Yo me niego a que me obliguen a decidir; me niego por amor a Cataluña y por respeto a mi inteligencia y a mi facultad racional.

Y para terminar con mi nota autobiográfica, haré una confesión. Mi empatía ha estado siempre acompañada por una ingenuidad patética. Me precio de que en asuntos del intelecto nadie me la da con queso. Pero admito que en cuanto concierne a mi inteligencia emocional, me la dan con cualquier cosa. Es por eso que, en estos días tumultuosos, me distraigo de la preocupación y la amargura que me causa lo que ocurre, soñando despierta que todos los millones de catalanes que se manifiestan con esteladas, y muchos millones más, se lanzan a la calle a exigir a los políticos de Cataluña y del resto de España que pongan fin al sufrimiento de los millones de compatriotas que la crisis hundió en la pobreza; soñando que todos los millones de catalanes entienden, por fin, que Cataluña no es un nombre y un dibujo en un papel, sino el espacio en el que habitan millones de hermanos infinitamente más importantes que las ambiciones políticas de todos los caudillos que en el mundo ha habido y que estén por haber.

 

 

 

¡Que no hay fuego, coño!

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Y hoy vuelvo a mi ámbito personal porque lo que está pasando en Cataluña afecta a mi familia, a mi casa, a mi vida; me afecta a mí como persona. Las consideraciones políticas y legales son necesarias para justificar acciones y reacciones. Intelectualizan el asunto y hay que intelectualizarlo para no acabar lelos del todo, pero la verdad, la pura verdad, es que cada cual es un individuo que contempla el mundo desde su perspectiva interior y que, pase lo que pase, solo le importa en cuanto le afecte personalmente.

¿Qué está pasando en Cataluña? Más o menos lo mismo que en el resto de España.

Me viene a la memoria una anécdota de quien fue el mejor hipnotizador de este país y del extranjero, que en el mundo del espectáculo se conoció con el nombre de profesor Fassman.

Una mañana, en una arteria muy concurrida de la Barcelona de los años veinte, todos los clientes que llenaban una barbería salieron precipitadamente a la calle impelidos por el grito de ¡fuego! que soltó varias veces un adolescente alterado por el pánico. Ya en la calle, el chico volvió a gritar -¡Hay que apagarlo!

Algunos clientes volvieron a entrar en el local echando agua al suelo, a las paredes, al techo, con todos los recipientes que encontraron. El tumulto despertó la solidaridad de los comerciantes vecinos. En un santiamén, cientos de cubos y palanganas salidas de todas partes bombardearon con agua el local y su vitrina. Cuando llegaron los bomberos, del fuego  no había ni rastro. Entonces el chico que había desatado el pánico y sus consecuencias con su grito, informó a la concurrencia que nunca había habido  fuego; que el fuego solo había existido en la imaginación de quienes se habían afanado en apagarlo. Se trataba simplemente de un experimento, explicó, un experimento de sugestión colectiva.

El experimento tuvo serias consecuencias para el chico, que entonces se llamaba José Mir Rocafort, pero esa es otra historia. Ya adulto y con su seudónimo, Fassman volvió a repetir el “experimento”  varias veces a lo largo de su larga vida en diferentes locales con el mismo éxito.  Ya no lo hacía para experimentar. La certeza del resultado convertía el acto en una travesura. El éxito le proporcionaba, además de satisfacción, el asombro que nunca perdió ante la evidencia de que algunas personas están dispuestas a entregar su voluntad a otro hasta el punto de permitir que las órdenes ajenas alteren su percepción física e intelectual de la realidad.

¿Quién no sabe, a estas alturas, que  los medios utilizan técnicas de sugestión para vender un producto, una idea? Basta decir que un determinado color se va a llevar este otoño, para que todo el que puede renovar vestuario corra a comprarse ese color que se va a poner de moda. Pero, ¿quién decide qué se va a poner de moda? Nadie se lo pregunta. Una o varias voluntades ajenas han decidido apropiarse de la voluntad de los individuos para quienes sentirse aceptados en su círculo social es un valor que merece el sacrificio de su propia voluntad.

Como todos sabemos, la sugestión colectiva para obtener la adhesión de la sociedad a una ideología o política determinada se realiza mediante la propaganda, propaganda destinada a ejercer la persuasión coercitiva, o en términos populares, a someter a los individuos al lavado de cerebro.

Lo que hoy está pasando en Cataluña es, ni más ni menos, un  fenómeno de sugestión colectiva.  Al día de hoy, una gran parte de los catalanes repite que habrá referendum el 1 de octubre y República de Cataluña el día después. De nada sirve intentar, mediante argumentos racionales, convencerles de que la ley del referéndum se ha anulado; de que los únicos que creerán que Cataluña se ha convertido en una república independiente serán los que sigan bajo los efectos del trance hipnótico, como aquellos que veían fuego en una barbería inundada de agua. Habrá referéndum, habrá independencia, repiten creyendo que la propaganda que a ellos les convenció será suficiente para convencer al mundo entero.

¿Y qué pasará a quienes concibieron y aplicaron esa propaganda para sugestionar a los catalanes manipulando sus sentimientos? En el peor de los casos, el President de la Generalitat y la Presidenta del Parlament  serán inhabilitados y sacados de ambas dependencias por la fuerza pública si se niegan a salir. Diríase que es lo que persiguen con su obstinación irracional, esperando que el shock de ver a sus máximas autoridades arrestadas por la Guardia Civil saque a millones de catalanes a la calle; a tantos millones que ni España ni el mundo los puedan ignorar. Carles Puigdemont, Carme Forcadell y los suyos confían en que los catalanes sigan viendo fuego, cada vez más fuego.

Quienes no han escatimado medios y técnicas propagandísticas para traernos hasta aquí, olvidan que los catalanes lucharon durante muchos años por sobreponerse a todas las derrotas conquistando día a día, esfuerzo a esfuerzo, la paz para sí mismos y sus familias. Mañana se manifestará una multitud. Irán cientos de miles de familias en una manifestación festiva que ya se ha vuelto tradicional el día de la Diada. Gritarán independencia, sí, y el grito les saldrá del alma y les emocionará, pero cuando la manifestación concluya, cada cual volverá a su casa, a sus asuntos. En cuanto al 1 de octubre y los días siguientes, solo protestarán en la calle los que no recuerdan lo que perdieron sus abuelos y lo que les costó recuperarlo a su padres; esos o los que no tienen nada que perder.

¿Y qué ganarán los que gritaron fuego? Oriol Junqueras y su partido esperan recoger las lágrimas del desencanto, de la vergüenza  y de la indignación ganando las próximas elecciones autonómicas. Mariano Rajoy  y su partido esperan recuperar votos, tal vez hasta volver a la mayoría absoluta, en las próximas elecciones generales. Ningún político, ninguna ideología podrá borrar de la mente de los españoles la gloriosa estampa de los salvadores de la patria. Porque también la mayoría de los españoles ha sucumbido a la sugestión colectiva, y por más que les roben y les quiten, siguen creyendo que solo Rajoy y el PP les puede garantizar la supervivencia.

¿Hay algún modo de evitar todo esto aquí y allá? Ante la eficacia del lavado de cerebro al que han sometido a los ciudadanos, no parece que  la sugestión pueda ser revertida por ningún argumento racional. Tal vez haría falta que la voz de Fassman gritara con potencia de ultratumba: ¡Que no hay fuego, coño! Pero los de la otra dimensión solo se manifiestan en sesiones espiritistas y para verles u oirles hay que tener fe en la doctrina espírita.

Para terminar, permítanme un inciso, que no una disculpa. Soy tan malhablada como lo era mi padre porque él decía que soltar palabrotas inofensivas era muy bueno para la salud.

 

 

 

 

 

 

 

 

Que se separen ellos

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Quien empiece a leer esto buscando un sesudo análisis político sobre la situación de Cataluña, se ha equivocado de sitio. Que se vaya a uno de los periódicos con nombre y apellidos; están llenos del asunto. Aquí voy a contar una experiencia personal, personalísima, del estado en que ha quedado mi masa cerebral después de ver un vídeo en el que se promociona el Sí en el referéndum del 1 de octubre; ese fantasma que nadie ha visto ni verá, pero del que todos hablan.

Llego a mi despacho, abro el ordenador y el primer aviso que me encuentro es de El Independiente. Lo abro porque hoy se me hizo tarde y todavía estoy con la taza de café con leche en la mano y ya es hora de ponerme a leer.

Lo abro y me encuentro un vídeo de campaña por el Sí de la CUP, el partido antisistema e independentista que gobierna en Cataluña con el PdCat.

Creo que me ha dado un pasmo. No me atrevo a hablar en voz alta por si me he quedado sin voz. Tengo miedo a que se me vaya a quedar para siempre la cara de estúpida que se me ha puesto. Miro el café con leche y me pregunto, ¿podré cerrar la boca para tomarme un sorbito?

Decido contarlo a ver si me vuelve a subir la sangre de los pies al cerebro. Así que, lo cuento.

Sale una especie de tribu del desierto, pero vestidos a lo guarrindongo moderno,  empujando una furgoneta por un yermo de rocas y polvo. Unos de la tribu dicen que llevan dos años empujando y que eso es el “procés”. Finalmente logran empujar la furgo hasta la cima de un risco, y con otro empujón, la despeñan.

Ahí es donde me quedo yo como un témpano. ¿Querrá eso decir que no van a parar hasta que nos zumben por un precipicio y nos descacharren?

Asoman las caras de unos de la tribu para ver el estropicio de la furgoneta. Uno de ellos pregunta si eso es Itaca. Imagino que va a salir Lluis Llach con su gorrito cantando la canción, pero no. Sale una casi anciana de la tribu y dice en tono declamatorio contenido que Itaca la hace el pueblo. Otro, más práctico, pregunta que ahora qué. Y entonces aparece por detrás una chica que sale mucho en medios porque es diputada y portavoz, y anuncia, sonriente, que ahora empieza el mambo.

Y sí. Empieza la música de Pérez Prado, tan cubana, y por eso, tan catalana. Sale uno muy sucio, tan sucio como todos los demás, revienta un huevo, lo echa en un bolito y empieza a batirlo mientras a su alrededor la tribu baila. Mambo, empieza el mambo, la alegría descocada, la rauxa sin fin.

¿Qué nos están diciendo? ¿Que Itaca, la Cataluña en utópico, va a empezar de la nada en medio de ninguna parte, con el pueblo vestido a lo buen salvaje 2.0, comiendo tortilla, pero bailando contentos al son de lo que toquen?

Ay. madre, ¿y ahora qué?, me digo yo. Yo, que después del susto de la enfermedad que casi se me lleva a la otra dimensión, con la secreta esperanza de que la vida me diera otra oportunidad, me propuse y cumplí no salir de mi habitación por la mañana sin haberme maquillado y vestido muy combinada y muy elegante; yo,  que hago encaje de bolillos con las cuentas para poderme pagar la peluquería porque decía mi padre que el pelo realza todo lo demás, ¿qué hago yo cuando resulta que ahora hay que hacer Itaca en chanclas, con cualquier cosa para taparse las partes de abajo y cualquier camiseta para taparse las de arriba? Yo que me compré una body milk para estar perfumadita y suavecita después de la ducha, porque la esperanza es lo último que se pierde, ¿qué hago yo entre las caras sucias y los pelos despeinados o rapados de los constructores de la nueva Itaca; sentirme para los restos como modelo de las revistas de los tiempos de mi madre?

Cuando las sacudidas de la vida me desbordan, vuelvo mis ojos y mi pensamiento a las fotos de un mueble que tengo junto a mi escritorio. En ellas, las caras de mi abuela, de mis padres, de mi tía que iba para santa y  del hermanito que se fue de esta dimensión a los cinco años, me recuerdan que, por obra y gracia de mi fe, no estoy sola. Hoy les he mirado buscando alivio a mi desasosiego y he visto una cara más, otra cara que vi en otra parte.

Allá en el pueblo de Peramea, un hombre hizo pintar su cara en la piedra que corona la fachada de una casa. Bajo su cara, un nombre: Ian Rocafort, y una fecha, 1516. Es una cara tosca, pelo largo y flequillo. Seguramente no se parecía al dueño. Debía ser más bien un modelo de las caras de entonces. Caras de hombres duros, curtidos por el trabajo, por una vida sin blanduras. Esos hombres, machos y hembras, vivieron construyendo un país. Es muy probable que no hubieran oído hablar de Itaca ni supieran lo que era una utopía. Vivían inmersos en la naturaleza, en una realidad que exigía todo su esfuerzo sin darles tiempo a ignorarla imaginando mundos imposibles.

La cara de Ian Rocafort me ha devuelto la cara de mi abuela, una cara que parece tallada en piedra. La cara de una mujer que no dejó de trabajar por su casa hasta el mismo día en que se fue a los 92 años. Y su cara me ha devuelto la de mi padre, tan parecida a la suya. La cara de un hombre que salió de su última clase cojeando, a los 83 años, cuando el cáncer ya no le dejó seguir trabajando. Y esas caras me hacen verme a mí, trabajando a los 68 porque unos buenos amigos me dicen que mi trabajo sirve para algo.

¿Y ahora vienen unos niñatos y no tan niñatos a decirnos que el pueblo tiene que empezar a construir Itaca?

Y una mierda.

Hemos construido Cataluña, una Cataluña seria, formal, que no ha dejado de luchar en las circunstancias más adversas para seguir siendo Cataluña; la Cataluña de los catalanes que hablan en catalán y en castellano y muchos en otra lengua más; de la Cataluña que ha crecido con la ayuda de las gentes de toda España que vinieron aquí a trabajar con y como nosotros; de la Cataluña abierta al mundo que llevó por el mundo comerciantes, empresarios, artistas que enriquecieron el mundo, y que del mundo se trajo  todo cuanto pudiera enriquecerla. ¿Y ahora nos dicen que tenemos que construir otro país con nuevas reglas que pisotean a las que hasta ahora nos han regido?

Y una mierda.

Búsquense un desierto. Vivan en furgonetas o despéñenlas. Coman tortilla si es que saben cómo criar gallinas. Bailen mambo o reggae o lo que les roti. Pero no intenten destruir la realidad de un país que ha costado siglos de esfuerzo y sufrimiento ir transformando hasta convertirlo en la Cataluña que hoy sigue luchando para no retroceder ante el empuje de los políticos que quieren arrancarla del mundo  civilizado para convertirla en un yermo donde habría que empezar a construir nadie sabe el qué.

Quien se quiera separar que se separe y se vaya con sus banderas y sus mambos a otra parte.

 

 

 

 

 

 

 

A ver si nos respetan de una puñetera vez

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No nos respetan, ni los políticos en el poder ni las autoridades designadas por los políticos en el poder. Eso lo saben y lo aceptan casi todos como borregos. Aceptaron una reforma laboral que convertía a casi todos en casi esclavos de los empresarios. Esa aceptación reveló el miedo que atenazaba y sigue atenazando a la mayoría de la población. El miedo obligó a casi todos a doblar la cerviz y, con la cerviz doblada, casi todos se perdieron el respeto a sí mismos. ¿Quién les iba a respetar?

Un hecho reciente y gravísimo nos revela hasta qué punto se ha convertido la mayoría de los ciudadanos de este país en mindundis. Por supuesto, el hecho reciente más grave que hemos sufrido ha sido el atentado en La Rambla de Barcelona, y ningún ejemplo más revelador.

“Si alguien quiere insinuar que el atentado se podía haber evitado, que lo diga”, dijo en rueda de prensa Josep Lluís Trapero, el Mayor de los Mossos d’Esquadra. Y el Sindicato de Mossos d’Esquadra dijo que insinuar que el atentado de Las Ramblas podía haberse evitado era “ruin”.

Pues bien, yo digo que el atentado de Las Ramblas podía haberse evitado, y lo digo porque no acepto que nadie me calle retándome a asumir consecuencias negativas o a cargar con el sambenito de la ruindad. Podía haberse evitado, repito, si al leer la advertencia sobre un posible atentado en Las Ramblas, que el 25 de mayo envió a los cuerpos y fuerzas de seguridad del estado de España, el National Counterterrorism Center, NCTC, en el que se integran las principales agencias de información de EEUU como la CIA, el NSA o el FBI; podía haberse evitado, vuelvo a repetir, si ante esa advertencia se hubiera tomado alguna medida, aunque solo fuera por si acaso, impidiendo el acceso de vehículos a la zona peatonal de Las Ramblas, por ejemplo; informando, al menos, al ayuntamiento de Barcelona por si quería tomar alguna medida por si acaso, aunque solo fuera por si acaso.

Pero nos dicen que no se le dio credibilidad al documento. Y con eso nos tenemos que quedar; eso nos tenemos que tragar y a callar. Porque ni siquiera se dignaron pedir disculpas por haberse equivocado al evaluar un documento que podía haber salvado dieciséis vidas humanas.  ¿Tan terrible habría sido que Trapero compareciera ante los medios aceptando haber recibido la advertencia; aceptando que todos los jefes de la lucha antiterrorista se equivocaron al evaluar su credibilidad; librando de toda responsabilidad a los Mossos d’Esquadra cuya conducta ejemplar nadie pone en duda; y, finalmente, presentando su renuncia irrevocable por su parte de responsabilidad en el error cometido?

Pero en vez de actuar con la dignidad exigible a una persona de su cargo, Trapero ataca al periódico que dio la noticia y reta al resto de la humanidad a que se atreva a decir que el atentado terrorista podría haberse evitado. El sindicato de su cuerpo le secunda y va más allá sentenciando que quien se atreva es ruin, o sea, vil, bajo, despreciable. ¿Y cómo reacciona el resto de los ciudadanos a esta falta de respeto chulesco?

Cuanto comentarista hay en este país se apresura a repetir una y otra vez que la culpa del atentado es de los terroristas por si lectores y escuchantes resultan ser tan imbéciles que no se han enterado o para evitar que les tachen de ruines, anticatalanes o conspiradores a sueldo del gobierno central. Reaccionan con miedo, un miedo que tapan balbuceando obviedades.  Corren tuiteros a poner verde al periódico que publicó la advertencia; a denunciar una conspiración contra los mossos y contra toda Cataluña. Esos no parecen tener miedo porque se sienten amparados por los poderosos que en Cataluña ordenan y mandan, aunque a lo mejor están de parte del poder porque también tienen miedo, miedo a ser expulsados del grupo en el que fundan su seguridad habiéndose dejado convencer de que ese grupo lo forma la mayoría. Otros tuiteros contestan tratando de argumentar el asunto racionalmente, pero son muy pocos, poquísimos. ¿Y el resto? Silencio. Son cosas de Cataluña, del coñazo catalán que sólo a los catalanes concierne. Son cosas de la política, eso que a todos acogota, pero contra lo que ningún ciudadano puede rebelarse; eso que no interesa a los ciudadanos normales porque contra un enfermedad crónica, ¿qué vas a hacer? Acostumbrarte a sufrirla mientras no te mata.

No se podría haber evitado un atentado en la Sagrada Familia o en el Parque Güell o el Paseo de Gracia, por ejemplo. No se podía haber evitado el de Cambrils. Pero digo y repito que el de Las Ramblas  sí se podía haber evitado. Y digo que me importa un cuerno que un sindicato me llame ruin por decirlo o que me caiga la amenaza del Mayor que insinúa “a ver quién es el guapo que se atreve a decirlo”.

Me atrevo yo, bloguera y activista que, según los baremos de evaluación al uso, no soy nadie. Pues alguien soy porque tengo voz y voto y porque estoy harta de me ninguneen los que se consideran importantes y lo son porque ganan sueldazos que les pagamos los millones de españoles a los que, por ser anónimos y no ganar sueldazos, nos consideran nadies sin más derecho que oír, ver y callar. Aunque, para ser más precisos, es evidente, a la vista de lo visto y oído,  que preferirían que fuéramos ciegos y sordos.

Como ciegos y sordos ha asistido la mayoría de los ciudadanos a la comparecencia de Mariano Rajoy en un pleno en el que debía explicar su actuación como máxima autoridad de su partido en casos de corrupción como el Gürtel. Mariano Rajoy se dio el lujo de no mencionar el asunto para el que se le había exigido comparecer con una desfachatez que confirma la absoluta falta de respeto que le merecen los nadies. Los nadies no increpan, no exigen, haga lo que haga. ¿Para qué hacer entonces o dejar de hacer teniendo en cuenta su opinión? La opinión ya la dan en las urnas sus votantes que le siguen y le seguirán votando haga lo que haga, diga lo que diga o no diga lo que no le dé la gana de decir, porque no se respetan a sí mismos; porque lo único que merece su respeto es su miedo, miedo  a que alguien o algo pueda sacudir los cimientos de su casa.

A pesar de este panorama trágico, patético, de individuos que van a la suya ignorando cuanto acontece al margen de sus barrigas, un puñado de nadies se niega a permanecer ciego y sordo; se niega a permanecer mudo. Son los comentaristas de las redes sociales que se informan para compartir información, que comentan  para compartir sus reflexiones y mover a los demás a reflexionar. Pero así como hay nadies que se creen álguienes despreciando la política por bodrio, los hay que desprecian las redes por cosa de jóvenes tontos o de viejos que no tienen nada que hacer. Y es cierto que las redes sociales están llenas de tontos y desocupados y de energúmenos que se excitan las suprarrenales insultando y de otro tipo de energúmenos que pueden resultar hasta peligrosos.

Pero también hay activistas políticos y sociales; jóvenes y viejos que asumen su responsabilidad como ciudadanos haciendo lo que la mayoría, por miedo o por pereza, se niega a hacer. Son estos los que día a día reivindican el derecho de los ciudadanos a ser respetados por los políticos que viven de sus impuestos. Son estos los que partiendo del respeto a sí mismos intentan reanimar el respeto a sí mismo de cada individuo para que la sociedad pueda exigir respeto a los políticos; el respeto que exige una auténtica democracia.

Somos relativamente pocos los que utilizamos las redes como arma de combate contra la política mercantilista, inhumana que está acabando con los derechos de los ciudadanos en el mundo entero. Pero cada día somos más, un poco más de voluntades que prenden como esquejes en el árbol social. Los políticos saben que esos esquejes pueden acabar en selva que les sofoque. Saben que puede llegar el día no muy lejano en que una cantidad considerable de ciudadanos informados y combativos les exijan respeto  si es que quieren ser elegidos y seguir cobrando. El trabajo, la función de los que día a día utilizamos las redes para orientarnos y orientar es conseguir que quienes gestionan nuestro dinero tengan que respetarnos de una puñetera vez.

 

 

 

La dictadura independentista

Desde ayer ya sabemos que el Govern de Catalunya tiene una ley en la que se basará la proclamación y el desarrollo de la República de Catalunya. Y desde ayer saben, los que se hayan tomado la molestia de leer las 45 páginas de esa ley, que el Govern de Catalunya y el Parlament a su servicio tienen la intención de separarse de España y hacer de Cataluña un estado bajo un régimen totalitario en discordancia con los países democráticos de Europa.  Un simple ejemplo: la imaginaria República de Catalunya ignorará la separación de poderes.

Dejo a los analistas el análisis en profundidad de la  Llei de transitorietat jurídica i fundacional de la república. Para eso les pagan. Baste decir que el documento es un disparate desde el punto de vista lógico, jurídico y hasta semántico. ¿No hay en Cataluña filósofos, juristas, lingüistas capaces de redactar un documento tan trascendental de un modo, al menos, formalmente correcto? Claro que los hay, y de prestigio internacional,  pero, o no les llamaron a contribuir en el diseño político del nuevo estado, o no hubo erudito dispuesto a poner su prestigio en entredicho   participando en una pantomima que ya ha trascendido el ridículo para convertirse en debate de  alienados.

Lo que interesa al lector anónimo para quien escribo, al lego en los intríngulis jurídicos y políticos, es cómo puede afectar esa ley a los catalanes y al resto de los españoles. Cómo nos afecta ya desde hace tiempo aunque hasta ayer  ha estado durmiendo en un cajón y hasta hoy no se ha presentado a trámite en ninguna parte.

Hace años que los catalanes vivimos bajo la dictadura del Govern y el Parlament independentistas.  La Asamblea Nacional Catalana, el brazo propagandístico más importante y sonoro del gobierno, ya ha abierto locales en los pueblos, ya pone paradas en los mercados  y en las calles preparando la manifestación del 11 de septiembre. No se puede decir que intente manipular con su propaganda; lo que hace es presionar a la gente con un descaro absoluto y una descarada prepotencia. Son pocos los que en las ciudades y pueblos de Cataluña se atreven a declararse públicamente contrarios a la independencia por miedo a enemistarse con parientes y amigos; por miedo a lo que más teme la gente corriente: el rechazo. El catalán al que repugnan la ideología de la extrema derecha de los nacionalistas españoles, el anti catalanismo de Ciudadanos, la política del Partido Popular, se ve incluido en esos grupos por los independentistas que no aceptan ni la más mínima razón contra la independencia. O eres independentista y aceptas sin cuestionar todo lo que declare o decrete el govern y todo lo que apruebe la mayoría en el parlament –mayoría en diputados, pero no en votos- o eres un traidor a Cataluña.

Todos sabemos, todos, todos menos los que han caído en el trance provocado por la sugestión colectiva inducida durante cinco años por los políticos que se dicen independentistas; todos sabemos, repito, incluyendo a todos los políticos de todos los pelajes, que ni habrá referéndum vinculante ni Cataluña se separará de España para constituirse en república independiente. ¿Por qué se empeñan entonces, el govern y los partidos que le apoyan en dar por hecho algo que es, rotundamente, imposible? ¿Por qué siguen  engañando a los catalanes independentistas y obligando a callar a quienes no lo son? Un brevísimo repaso al pasado más reciente permite comprender lo que sin explicación parece un episodio de locura colectiva.

Artur Mas decretó por sus fueros que las elecciones del 27 de septiembre de 2015 tuvieran carácter de plebiscito. Las elecciones al Parlament las ganó Junts pel sí, amalgama de grupos y personalidades independentistas.  El plebiscito lo perdió la independencia. La suma de las opciones no independentistas obtuvo más votos.  

Todos sabemos que la mayoría del pueblo catalán no quiere la independencia. Esto se habría manifestado en un referendo que  habría zanjado el asunto. Pero Mariano Rajoy y su gobierno se emperraron en negar a los catalanes el derecho a votar, como se emperraron en echar por tierra el Estatut de 2006 que había aprobado el Parlamento español y que aprobó la mayoría de los catalanes en referendo. Podía haberse encontrado alguna fórmula para dejar que los catalanes expresaran su voluntad sin violar la constitución, pero no quisieron. No quisieron porque no les interesaba. Si la mayoría de los catalanes hubiera manifestado su voluntad de permanecer en España, como sin duda hubiera ocurrido, el problema se habría terminado, pero ni al gobierno español ni al gobierno catalán interesaba que se acabara el ruido. 

Desde 2012, Artur Mas y después su encargado, Carles Puigemont,  han exhibido una voluntad inquebrantable de mantener la pugna contra el gobierno español exigiendo que Cataluña se convierta en una república independiente. Desde 2012, Mariano Rajoy y su partido han exhibido la voluntad inquebrantable de dejar que los políticos independentistas catalanes pataleen todo lo que quieran. El ruido acapara la atención de los ciudadanos para desviarla de la corrupción que hizo de Convergència i Unió y del Partido Popular unas organizaciones inmorales e inhumanas en las que su financiación y el lucro personal de sus cargos estaban por encima de los intereses de los ciudadanos. Uno en Cataluña y el otro en España se encargaron de degenerar a la sociedad convenciendo a la mayoría de los votantes, durante años, que a los políticos no hay que exigirles coherencia ética; que la corrupción no tiene por qué castigarse en  las urnas; que un país se puede convertir moralmente en una cloaca inmunda en la que solo los ingenuos se sientan incómodos y avergonzados.

Y así llegamos al día después de las últimas elecciones catalanas. Sin el más mínimo escrúpulo democrático, el govern y el Parlament de Cataluña, con Puigdemont y Forcadell a la cabeza, declararon su voluntad de gobernar y legislar única y exclusivamente  para los independentistas. El resto de los catalanes, es decir, la mayoría, no contaba según la premisa: los que no quieren que Cataluña sea una república independiente  no merecen ser considerados catalanes; luego govern y Parlament no tienen por qué tomarles en cuenta a la hora de gobernar y legislar.  No se ha gobernado ni legislado administrando los fondos públicos para el bien común. No se ha procurado solucionar o paliar los problemas que aquejan a una sociedad depauperada que va sobreviviendo en precario; unos, porque no tienen ni lo necesario para vivir dignamente; otros, porque no tienen la certeza de poder conservar lo que tienen. Todos los problemas se solucionarán cuando Cataluña sea una república independiente, dicen. Y quienes se han dejado hipnotizar por una propaganda brutal, se lo creen. Para financiar esa propaganda brutal a favor de la independencia, se han utilizado fondos que corresponderían a todos los catalanes. O sea, que todos, independentistas y no independentistas hemos tenido que financiar la propaganda con que a todos nos intentan manipular para que se vuelva independentista el que no lo es.

Convergència Democràtica de Catalunya, ya libre de  Unió, consiguió su propósito. Hasta ahora ningún político de ese partido ha tenido que pagar sus delitos ni, por supuesto, devolver el dinero robado a todos los contribuyentes. Cuando la cosa se le puso muy fea a un partido que llegó  a erigirse en fundador del país, se cambió el nombre creyendo que los catalanes aceptarían al Partit Demòcrata Europeu Català como formación nueva, sin lastre ni rastro de corrupción. Es decir, atribuyendo a los catalanes una ingenuidad rayana en la imbecilidad.  Tan convencidos estaban sus dirigentes de las pocas luces de los catalanes que no dudaron en nombrar presidente del nuevo partido a Artur Más. Seguro que nadie los iba a asociar a la antigua Convergència. Jugada genial. Si Cataluña consiguiera constituirse en república independiente, su nueva ley amnistiaría a todos los independentistas. ¿Y quién duda del independentismo de los políticos de Convergència? Con la república, la responsabilidad por el 3% quedaría borrada por la magnánima firma de quien fuera presidente del flamante estado.

En cuanto a la corrupción del PP, ¿a quién importa? ¿A quién va a importar estando en peligro la unidad de España? Pero, ¿verdaderamente está en peligro la unidad de España? Ni por asomo. En cuanto aparezcan las urnas o lo que se habilite para votar en alguna parte, sea donde sea, el Tribunal Constitucional, a instancias del gobierno, anulará la votación.  ¿Entrará en vigor la Llei de transitorietat? No en este mundo. En cuanto se registre en el Parlamente, el Tribunal Constitucional declarará su inconstitucionalidad. ¿Entonces? Entonces puede pasar una de dos cosas. O los más radicales de la CUP se ponen a quemar contenedores y los fanáticos más desequilibrados salen con palos a la calle a atacar a lo que sea que represente a España o no pasa nada que no haya pasado ya. Habrá elecciones anticipadas en Cataluña y, según las encuestas, será president de la Generalitat Oriol Junqueras y nos pasaremos cuatro años más dentro del bucle de pesadilla que llevamos años padeciendo.

¿Y los ciudadanos? Como los ciudadanos españoles. No cuentan. Los ciudadanos nunca contamos cuando los políticos se juegan el sillón, sean españoles de Cataluña o del resto de España.