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Yo

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Hace poco, un amigo de Facebook comentó una nota mía tildándola de “yoísta”. Tan impresionado había quedado el hombre por lo egocéntrico de mi escritura, que dijo no haber visto tanto “yoísmo” en su vida. Agradecí su comentario de corazón y sin ninguna ironía. Él no podía saberlo, pero estaba elogiando mi coherencia, una coherencia que me ha costado mucho esfuerzo y muchos años alcanzar.

En un libro que escribí y se publicó en España y América allá por el 87, dediqué el penúltimo capítulo a la explicación y defensa de lo que llamé perspectiva egocéntrica. No era un invento mío, por supuesto. Lo mío era el término y la manera de enfocar el asunto. Lo resumí así: “Es en el espacio interior de cada individuo donde se decide la búsqueda de información, su integración y todas las relaciones que establece con el espacio externo a él…El hombre sólo puede conocer y actuar en función de su conocimiento, desde una perspectiva egocéntrica”.

Cada uno de nosotros tiene una realidad interior distinta a la del espacio que le rodea; un mundo absolutamente propio y sólo parcialmente comunicable. Es en ese mundo interior donde habita eso que llamamos Yo, el yo que percibe, piensa, siente, se emociona; el yo que decide nuestros actos, nuestra relación con el mundo de afuera.  Sólo desde el yo se puede entender el mundo y decidir qué vamos a hacer en él.

Pero ocurre que las convenciones sociales han querido darle un significado peyorativo a palabras como ego, egocéntrico, egoísmo. Convencionalmente, al Yo se le presenta como enemigo de cualidades bien consideradas y bien vistas como la humildad, la generosidad, el altruismo. Es decir, que eso que somos por dentro y que no podemos dejar de ser, resulta que es malo, razón por la cual tenemos que aceptar que todos somos malos o, como dice la Iglesia, pecadores. Lo que convierte al mundo en un valle de lágrimas,  y a nuestra existencia, en una tragedia sin remisión ni solución.

¿A quién se le ocurrió la brillante idea de convencer al ser humano de que es un ente infecto incapaz de cosa buena si Dios no le ayuda; condenado a complicarse y amargarse la vida, complicándosela y amargándosela, por extensión, a los demás? Respuesta fácil. Pergeñó la idea eso que llamamos genéricamente el Poder, incluyendo en el nombre a todos los seres infectos que a lo largo de los siglos han utilizado su fuerza, la bruta o la de cualquier otra índole, para exprimir al más débil. Destruye el amor y el respeto que un ser humano debe sentir por sí mismo si quiere cumplir su obligación natural de ser feliz, y tendrás un individuo dócil que no se atreverá a cuestionar ninguna norma que le impongan.

¿Y por qué sociedades enteras han aceptado los conceptos que el Poder les ha inoculado con el fin de destruir el Yo, único gobernante legítimo del mundo interior de cada individuo humano? ¿Por qué la mayoría acepta convertir su mundo interior y el de los demás en mero depósito de conceptos, valores y creencias ajenos, incorporándose y obligando a sus iguales a incorporarse al rebaño que transita, sin pensar,  por las colladas que le designa el Poder? ¿Por qué los domesticados acuden prestos a aplastar a cualquiera que manifiesta un yo saludable, libre, que se niega a dejarse domesticar? Otras preguntas de fácil respuesta; por el miedo.

El Poder se ha impuesto siempre por el miedo. ¿Significa eso que la mayoría de la sociedad es cobarde? Significa que la mayoría se aferra a la supervivencia sin saber que eso que en ellos se empeña en sobrevivir es su yo. La gran tragedia de la existencia de la mayoría de las personas es precisamente la lucha constante del yo por sobrevivir contra la constante presión de aquellos que intentan destruirle. El yo sufre, se queja de los ataques que recibe y son sus quejas y su pataleo lo que nos angustia, nos agobia y nos impide conseguir el equilibrio, llegar a esa satisfacción con uno mismo que es la felicidad permanente. Pero el yo, a pesar de las convenciones sociales y el miedo a rebelarse contra ellas, sólo se destruye cuando el cuerpo se apaga para siempre. Todos conocemos el “Pienso, luego existo” que se atribuye a Descartes. ¿Quién piensa? Yo. Y si pienso que existo no cabe duda de que existo.  O lo que es lo mismo, mi existencia depende del Yo que la confirma. De aquí que quien vive acallando o intentando ignorar eso que piensa y siente dentro de sí mismo vive luchando contra su propia existencia, es decir, se condena a una angustia perpetua cuya causa ni siquiera consigue identificar.

La humildad sincera nace de la inteligencia cuando realmente consiste en el reconocimiento de las propias limitaciones y debilidades. Cuando la humildad se exhibe porque está bien vista, es falsa, como lo es la modestia. ¿Por qué está feo que yo diga que mi hijo es muy guapo o que escribo muy bien? Estaría feo decir lo contrario porque sería una mentira. Estaría feo callárselo por no molestar a quien molesta que otros ejerzan su derecho a reconocer públicamente sus cualidades o sus éxitos. Este suele ser un miserable aquejado por un complejo de inferioridad o por una carencia real de cualidades que, en lugar de esforzarse por superar sus problemas, padece segregaciones biliares ante la superioridad de un prójimo. ¿Merecen estos infelices que uno se oculte bajo una falsa humildad por miedo al rechazo social?

La generosidad es una cualidad loable que se da en los seres humanos que sienten empatía por el otro. El altruismo supone llevar la generosidad al extremo de procurar el bien del otro aún a costa del bien propio. Pero es falso que la generosidad y su extremo no cuenten con recompensa. La recompensa inmediata del que da es la satisfacción que le produce dar. Hay personas muy generosas que dejan de serlo en cuanto el beneficiado deja de cumplir sus expectativas. Hay personas aparentemente altruistas que dejan de serlo cuando se dan cuenta de que vivir para los demás no es el fin para el que un ser humano ha venido a este mundo. La generosidad auténtica es la que nace de una auténtica empatía y la empatía solo puede sentirla quien se ama a sí mismo.

Hace poco decía una política en la radio: “Me da miedo la gente que no duda, que tiene las cosas claras”.  A mí, a mi yo, le dan pánico los políticos que no tienen clara cosa alguna. La duda es necesaria en el sentido cartesiano porque es lo que nos conduce en busca de la verdad; busca que no debe cesar mientras dura la vida. Pero en el sentido ético y moral, no solo hay que tener las cosas muy claras,  hay que ser intransigente con aquello que es ética y moralmente incorrecto. El respeto a la libertad y a los derechos humanos, por ejemplo,  es un imperativo ético y moral en toda circunstancia. El ser humano debe exigírselo a sí mismo y a los demás. Si uno comulga con los valores llamados de izquierdas, no se vale condenar los atentados contra la libertad y los derechos humanos que perpetran gobiernos de derechas y abstenerse de condenarlos si los perpetran gobiernos supuestamente de izquierdas. Quien tiene esas cosas muy claras, no dudará a la hora de condenar a Trump y a Maduro por igual. El gran hombre que fue Albert Camus dio un ejemplo al respecto cuando, perteneciendo al Partido Comunista, se negó a silenciar la existencia de campos en los que se esclavizaba a los trabajadores  en la Unión Soviética. ¿Por qué sigue habiendo tanto estúpido empeñado en atacar al contrario y silenciar todo defecto en quien considera correligionario?

Las sociedades humanas, todas, han persistido y persisten a lo largo de los siglos en matar el Yo de sus individuos. La mayoría de los individuos se dejan matar el Yo por el miedo más antiguo que a todos aqueja; el terror a la soledad, a ser excluidos del grupo, a quedarse solos. Lo cierto, lo indiscutible es que todo en lo que la humanidad ha conseguido evolucionar, se ha debido a las conciencias solitarias que han reflexionado en su propio laboratorio interior, y que analizando y buscando soluciones desde su perspectiva egocéntrica, han conseguido ir mejorando el mundo.

Yo tengo muy poca paciencia con los cobardes que, incapaces siquiera de aceptar su propia cobardía, atentan contra la valentía del individuo que se niega a seguir al rebaño.

 

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La derrota por la división

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Media España disfruta en las playas, en las montañas, aquí o en el extranjero. La otra media soporta como puede calor y penurias en sus casas agradeciendo el techo que aún les cobija, con el miedo, más o menos consciente, al día en que ya no lo tendrán. Una media ignora a la otra media. La primera, porque no es cosa de amargarse las vacaciones con problemas ajenos. La otra, porque no es cosa de agravarse su amargura pensando en lo que tienen los demás.

El principal partido de la oposición, el que podría disputar el poder a la derecha que nos gobierna con leyes inhumanas, está dividido. Una mujer que no acepta la derrota de su ambición por gobernar el Partido Socialista, se atrinchera en su feudo montando una guerrilla que desgaste al partido durante los próximos dos años para que en las próximas elecciones su Secretario General no tenga posibilidad alguna de triunfo, y su fracaso le permita a ella volver a ofrecerse para coser los harapos de un partido deshecho. Esa mujer es hoy por hoy el mejor aliado con el que cuenta la derecha para que el socialismo no le amenace el poder.

Cataluña se rompe. Un gobierno formado por un batiburrillo de grupos y personalidades independentistas que no obtuvo ni votos ni escaños suficientes para gobernar, asistido por los votos de un partido radicalmente independentista y anti sistema, se erige en defensor a las bravas de la independencia, ignorando a más de la mitad de la población que rechaza, tanto la secesión, como los métodos que el gobierno impone  para conseguirla. El govern ya no es el govern de todos los catalanes. Es el govern de los catalanes que quieren separarse de España; a los otros, que les den.

Venezuela espera en capilla a que se abra el matadero para que empiece a correr la sangre. Mientras  en Venezuela los odios se enconan y las salvajadas se multiplican, en nuestro país se invoca el nombre de Venezuela para poner etiquetas en un ejercicio de frivolidad imbécil. Venezuela, clama la derecha a tiempo y a destiempo para atacar a Podemos. Los irresponsables de Podemos, fieles a quienes les ayudaron a meterse en la política profesional, se niegan a condenar al bárbaro que, en su ambición demente por convertirse en dictador bananero,  ha empujado a la ruina a uno de los países más ricos del mundo. Venezuela, claman unos imbéciles que van de socialistas, defendiendo cualquier locura del aspirante a dictador, proclamándole defensor del socialismo a lo Cuba soviética y tratando de fascista a cualquiera que se oponga a la entronización del bruto inmaduro que quiere destruir el país. El vulgo, sin detenerse en consideraciones,  se divide entre los que defienden a la oposición venezolana porque la derecha los defiende y quienes defienden al tirano en ciernes porque los defiende la supuesta izquierda de Unidos Podemos.

Los Estados Unidos de América se descomponen. Los más ignorantes de la gran nación, defensores fanáticos de los intereses de su raza y de su credo, enemigos acérrimos de cualquiera que les dispute el privilegio de considerarse los únicos hijos de Dios, eligieron a un fanático de su tribu para gobernar los destinos del país y garantizar la supremacía de su país en el mundo. Ese fanático ha convertido a la primera potencia mundial en hazmerreír de todo el orbe y ha obsequiado a los políticos y anónimos más responsables con un motivo constante de preocupación. A nadie le cabe duda ya de que el presidente de los Estados Unidos padece un grave desequilibrio mental que pone en peligro la supervivencia del mundo entero.

¿A qué se debe esta epidemia universal de división que amenaza con desintegrar los fundamentos de la sociedad humana? El dinero colocó en los gobiernos a los defensores de la libertad sin límites para  hacer dinero; los gobiernos demolieron todos los diques que contenían la ambición de los amos del gran capital; la ambición se desbordó y los amos enloquecieron venciendo todos los escrúpulos y cualquier obstáculo que les impidiese aumentar su riqueza. No tuvieron en cuenta que, en su locura, estaban invocando a la Discordia para ofrecerle el reino de la tierra. O sí lo tuvieron en cuenta, pero no les importó.

Y fue así como la Discordia, madre de las Mentiras, del Desorden, de la Insensatez, de la Pena, del Dolor, de las Disputas, de las Batallas, de las Matanzas, de la Ruina, del Hambre  respondió a la invocación y volvió, con toda su prole,  a instalarse entre los mortales. Nunca estuvo lejos. La Discordia se alimenta de la estupidez, y estúpidos ha habido siempre.  Pero cuando en un momento dado se produce  en la tierra una superabundancia de estúpidos, la Discordia y sus hijos se desmelenan  poniendo al mundo patas arriba.

Media España disfruta en las playas, en las montañas, aquí o en el extranjero. La otra media soporta como puede calor y penurias en sus casas. A la mayoría de los que componen alguna de las dos mitades no le importa lo que pase en Cataluña ni en Venezuela ni en cualquier parte del mundo, España incluida. La mayoría no sabe quiénes  eran  la Discordia y sus hijos, no sabe de esas fantasías con que los griegos precristianos intentaban explicarse cielos y tierra sin dejar a las generaciones futuras otra tarea que la de racionalizar los productos de su imaginación. La mayoría no se pone a racionalizar cosa alguna que no sea lo imprescindible para sobrevivir, para ir viviendo en su valva con el menor esfuerzo posible. A la hora de elegir a quienes entregarán el gobierno de sus vidas durante unos cuantos años, votarán a quien mayor estabilidad les ofrezca. Si esos que prometen estabilidad la consiguen destrozando las vidas  de la mitad del prójimo, la otra mitad repite la pregunta de Caín: “¿Soy, acaso, el guardián de mi hermano?”  El mandamiento del Cristo ha caído en desuso. Difícilmente puede amar al prójimo como a sí mismo quien ha sacrificado razón, voluntad, sentimientos y emociones al culto del dinero.

El gran capital no ha logrado imponerse como amo único del mundo por la pericia financiera de sus magnates. Se ha impuesto dividiendo al género humano, mediante sus operaciones, en ricos y pobres; y dividiendo a los pobres en medio pobres, pobres excluidos de la sociedad y pobres sentenciados a morir de hambre. Hecha la división, encarga a sus medios de comunicación de masas que divulguen  urbi et orbi, con absoluta crudeza, las consecuencias de pertenecer a un grupo o al otro. El pánico a caer de categoría se apodera de los medio pobres; el pánico lanza a los excluidos a una lucha bestial por la supervivencia. Los unos y los otros se encierran en un egoísmo maligno que les ciega a todo cuanto ocurre a todos los que sobreviven a su alrededor.

Divide y vencerás, dicen que dijo Julio César y no ha habido quien quiera vencer que no le haya hecho caso.  Divide a un partido político, y ganará el contrario. Divide a la sociedad y ninguna de las partes tendrá fuerza suficiente para vencer al enemigo común. Dividiendo a la sociedad, fragmentándola en una miríada de individuos aislados e indefensos, el gran capital se ha asegurado su supremacía invencible.

Toda la España rica y poderosa disfruta en el mar o en la montaña, aquí o en el extranjero,  ajena a los problemas de quienes no pertenecen al círculo exclusivo de los ricos y poderosos. Estos también creen que lo que ocurre fuera de su círculo no les concierne. Estos creen que mientras mande el gran capital, tendrán sus privilegios garantizados; como creen los medio pobres que mientras mande el gran capital no les puede ir peor; como creen los excluidos que mientras mande el gran capital pueden seguir albergando la esperanza de que haya sobras para repartir y de que algunas les caigan por caridad.

Entonces, ¿tendremos que vivir, nosotros y nuestros descendientes, bajo la férula de los amos del dinero sin esperanza alguna de liberarnos, de integrarnos en una sociedad de seres humanos solidarios que se ayudan, los unos a los otros, a evolucionar? Suenan voces chillonas que dicen que hay que destruir el sistema. ¿Para sustituirlo por qué? Algunas de esas voces dicen que por la anarquía, vía libre al salvajismo prehistórico. Otras dicen que se tiene que imponer la dictadura de los más desfavorecidos, lo que significa la tiranía del populista que convence a los más desfavorecidos de que sin él no hay salvación. Estos gritones gesticulantes solo consiguen agravar el miedo de la mayoría, un miedo que les fuerza a preferir que  las cosas se queden como están.

Entonces, ¿no hay esperanza? Si la derrota del bien, de los valores que movieron a una mayoría sana a  luchar por una sociedad más justa y solidaria la perpetró la división, la única solución posible no puede ser más evidente: la unión. Lo único que puede derrotar al capitalismo salvaje es la unión de quienes estén dispuestos a combatirlo defendiendo los  valores y los derechos humanos.

Lo único que puede evitar la pèrdida  definitiva de los derechos y las libertades de todos es la unión del socialismo contra las consecuencias sociales del capitalismo salvaje. Hay que hacer entender a quienes dividen por intereses personales, que sus intereses están en peligro, como los de todos; que quienes dividen  debilitando al conjunto, no tienen lugar entre los que luchan por unir para vencer.

Lo único que puede evitar la derrota de todos los españoles es la unión de todos los españoles para devolver a la sociedad la dignidad que solo es posible cuando se observa una moral dirigida por la ética. Una unión que solo se puede conseguir sin miedos, sin complejos, sin falsos patriotismos, cuando todos los que se sienten auténticamente españoles abracen sin recelos, con pleno sentido de la propiedad, las culturas de todas las naciones que forman el estado indivisible que se llama España.

Lo único que puede evitar la derrota de todos los españoles es la defensa de los derechos humanos, aquí y en todo el mundo, y la condena rotunda y sin ambigüedades de la violación de esos derechos, ocurra donde ocurra, con la autoridad moral que otorga la decencia.

O nos unimos los decentes, los humanos, para combatir a los amos del capital o se nos meriendan y nos convierten en desechos. No hay otra.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Nos vamos al carajo

Al borde del precipicio, España está a punto de dar un paso al frente.

Los historiadores marcan el fin del imperio español en 1898 con la pérdida de Cuba, Puerto Rico, Filipinas y Guam en la guerra contra los Estados Unidos. Quedaron cachos de tierra por ahí que se vendieron a Alemania y el Sahara Occidental que se regaló a Marruecos abandonando a su suerte a los españoles que quedaron dentro.

2017 podría ser el año que historiadores futuros utilicen para señalar el momento en que España toca fondo en su caída como país democrático y socialmente avanzado.

No hay guerras ni acontecimientos transcendentales que marquen el hito. Hay un ambiente turbio en el que se revuelven toda clase de desechos políticos, sociales, morales, como los orgánicos en los cubos de sobras que se le echan a los cerdos. Los historiadores tendrán que ponerse a revolver entre toda la porquería buscando pistas que les permitan analizar lo que pasó.

¿Qué está pasando? Desde la primera legislatura de Mariano Rajoy estamos asistiendo a una demolición controlada de las instituciones. Las actuaciones y declaraciones de sus ministros crean,  en los ciudadanos, un profundo malestar, una pérdida de confianza  en los políticos y la concomitante desafección. El intento del ministro de justicia de controlar a la fiscalía, la actuación de algunos jueces y fiscales y el espectáculo de la declaración de Mariano Rajoy en el tribunal han convencido a los pocos que aún lo dudaban de la parcialidad de una Justicia que no es igual para todos. Convénzase a los ciudadanos de que las instituciones no están a su servicio, de que solo sirven para machacar a los débiles y de que no pueden  regenerarse ni sustituirse por algo mejor, y tendremos a una población de súbditos dóciles resignados a trabajar para que miles de desaprensivos sigan ostentando cargos bien remunerados. Es decir, la democracia se habrá ido al carajo y con ella, por supuesto, nuestros derechos y nuestras libertades.

¿Cuándo empezaron a colocar la red de explosivos destinada a hacer saltar a nuestra democracia por los aires? Lo dije el 23 de noviembre de 2014 y no lo voy a repetir. Si a alguien le interesa, puede leerlo en este enlace,  Objetivo demolición, pero después de leer este artículo hasta el final; lo recomiendo.

Ante la realidad aterradora de que estamos siendo gobernados por psicópatas inmorales –en el sentido de la característica común a todos los tipos de psicopatía, que es la incapacidad de empatizar con los demás- la mayoría de los ciudadanos no reacciona. Los medios siguen anunciando productos que sugieren una realidad idílica. En los programas matutinos, por ejemplo, después de noticias espeluznantes sale una señora con voz de alegría imperturbable anunciando a las amigas que ya pueden encontrar las mejores marcas de la ropa más fashion en la supertienda de referencia que paga el anuncio. Dan la noticia del EPA con cifras varias, entre ellas, el millón largo de familias con todos los miembros en paro y la cantidad de los que no tienen ningún ingreso, pasando en décimas de segundos a la cuña de una pareja que acaba de poner en su casa una alarma de una conocida empresa de seguridad porque se van de vacaciones y quieren que sean unas vacaciones muy tranquilitas. ¿Y qué mejor forma de empezar unas vacaciones que estrenando coche? Los anuncios con coches de todas las gamas nos llevan por carreteras idílicas a la luz del sol y a la de la luna.

Analizando todo esto a la distancia del razonamiento frío, puro y duro, y considerando la tendencia de voto, se llega a la conclusión de que este país está compuesto por una mayoría de psicópatas -en el sentido de apáticos-,  gobernada por un puñado de psicópatas -en el sentido de anormales carentes de conciencia social.  ¿Significa esto que vivimos en un gigantesco manicomio abandonados a nuestra suerte? Significa que se ha impuesto en nuestro país, como en muchos otros, la doctrina del mercantilismo salvaje: sálvese quien tenga para comprar, y el que no tenga, como pueda.

Un somero repaso a la historia nos dice que siempre ha sido así. Entre la sociedad del siglo XVI, por ejemplo, y la sociedad franquista, por decir algo, no hay una diferencia radical en la valoración que un individuo humano hace de sus congéneres. El tanto tienes, tanto vales lo recogió Cervantes, a quien seguramente le llegó a través de los siglos por vía oral. Lo que podría llevarnos a aceptar que el egoísmo maligno es inherente al ser humano. Esta deducción puede ser válida para un ateo, pero no para quien cree que el hombre, macho y hembra, fue creado a imagen y semejanza de Dios. Para quien cree en Dios, el libre albedrío, la libertad del hombre para elegir el modo en que quiere vivir su existencia, forma parte de la esencia humana. La experiencia parece dar la razón a los fatalistas, pero los millones de ejemplos de la empatía  que motiva la generosidad, empatía que también a lo largo de todos los siglos ha convivido con el egoísmo maligno, da la razón a quienes afirman que la bondad y la maldad son cosa de la libre elección de cada cual.

España conoció un período en que el bienestar de los ciudadanos determinó las decisiones de los políticos en el poder, y en la sociedad prendió la noción de que todos los hombres, machos y hembras, son esencialmente iguales y tienen, por lo tanto, derecho a la igualdad en la percepción de servicios públicos y derecho a la igualdad de oportunidades. Parecía que la sociedad española, con sus políticos a la cabeza, daba un paso al frente en la evolución de su humanidad.

Fue hace muy poco. Aún hay millones que vivieron aquel momento de ilusión y esperanza que iluminó a todo el país con la luz de un rayo; momento que duró lo que una tormenta eléctrica. ¿Qué pasó para que todos esos se dejaran arrastrar hacia atrás renunciando a todo lo que habían conseguido? Todas las voces a una dicen que la crisis. Lo que equivale a aceptar que aquella voluntad de regeneración no tenía más consistencia que, por ejemplo, la promesa de ordenar su habitación todos los sábados que hace un adolescente a su madre para que le deje salir con los amigos.  Ante la crisis, la mayoría de los españoles reaccionó con el pánico que a los primitivos producía un fenómeno natural aparatoso. Y el pánico les empujó a sacrificar cuanto eran al dios del Dinero.

Y así está la mayoría, asistiendo a escándalos constantes de corrupción sin escandalizarse más de lo que le escandaliza un culebrón televisivo; horrorizándose medio segundo ante la escena de unos refugiados muertos mientras intentaban salvar el muro del Mediterráneo, de un campo de refugiados, de niños desnutridos; encogiéndose de hombros porque el mundo es así y es lo que hay y lo más sano es no angustiarse cuando no se puede hacer nada por cambiarlo. Además, España no está tan mal y va a mejor como dicen esas cifras espectaculares de la macroeconomía. Se está creando empleo a saco, más que en Europa, y pronto los que tuvieron que marchar  por la crisis, volverán. Los únicos que hoy se quieren marchar de España son los catalanes porque son unos desagradecidos.

Pues sí, parece que los catalanes se quieren marchar. ¿Por qué? El esperpento del llamado desafío catalán confirma la precariedad de la salud mental en nuestro país. Un día, su más espabilado político descubre que, avivando el sentimiento independentista congénito de la mayoría de los catalanes, puede conseguir que la adrenalina nuble los entendimientos deshabilitando a la razón. Se produce un fenómeno de hipnosis colectiva. Toda la política catalana y toda reacción de los catalanes a la política catalana se reduce a un solo concepto, a una sola consigna: independencia. ¿Pero cómo? Resulta que el bono catalán tiene la misma calificación que, por ejemplo, el bono de Nigeria. Resulta que Cataluña es la autonomía con la deuda más alta de todas las autonomías de España. ¿Cómo va a conseguir, como país independiente, los  empréstitos que necesita para su funcionamiento cotidiano? En más claro, ¿cómo va a conseguir el dinero que necesita para sobrevivir? Cataluña funciona en estos momentos gracias al FLA, Fondo de Liquidez Autonómica, que aporta el estado. ¿Y sin el FLA, y sin crédito, qué hacemos? El hipnotizado responde que en Cataluña sobrará el dinero cuando sea independiente porque España no seguirá robándola. ¿De dónde saldrá ese dinero que convertirá a la República de Cataluña en el país de jauja? ¿De dónde saldrá el dinero que le permita, al menos, sobrevivir? De los impuestos de los catalanes. Vale. ¿Alguien que sepa hacer un ocho sin dos canutos se ha puesto a calcular ingresos y gastos?

Son tan evidentes las respuestas que sólo se le pueden escapar a quien tenga la razón descompensada. Para hacerse perdonar todas sus tropelías, Mariano Rajoy y los suyos no paran de repetir las cifras que demuestran la recuperación económica de España. ¿Por qué no repiten con el mismo ahínco las cifras reales que demuestran la inviabilidad económica de la independencia de Cataluña? El motivo se hizo evidente hace años. Para Artur Mas, la independencia tenía tal valor estratégico, que podía desplazar del foco de la opinión pública catalana  todos los asuntos de corrupción de Convergència i Unió y sus allegados, al mismo tiempo que le garantizaba votos a granel como defensor de Cataluña. Para Mariano Rajoy, la ocurrencia de los catalanes podía servirle para lo mismo; dejar en plano remoto la corrupción de su partido y garantizarse votos como defensor de la unidad de España. Carles Puigdemont y Oriol Junqueras siguieron la ruta trazada por Mas, pero a lo bestia, porque estos sí que son independentistas por convicción y por emoción. Referendum sí o sí y secesión sí o sí y aquí no manda ni tribunal ni policía ni nada ni nadie que venga del estado español. Aquí manda el Parlament, es decir, los diputados de Junts pel Sí, un batiburrillo de partidos y personalidades que  solo tienen en común la obsesión por lograr la independencia,  y los de la CUP, independentistas antisistema. ¿No nos advierte el desaforado fanatismo de los dirigentes y parte de la sociedad catalana del peligro real de una revolución que podría afectar a toda España? Qué va, dice Mariano Rajoy, siempre tranquilo. O esos se cansan y se buscan alguna manera más o menos digna de salir del jardín o acaban inhabilitados en su casa o, peor, en la cárcel. ¿Y no saltará la opinión internacional a defenderles? Si, hombre. ¿Cómo defiende a los palestinos y a los saharauis, por ejemplo? Y los catalanes, ¿no se echarán a la calle? Los catalanes, como cualquier español, tienen familias que mantener, negocios que cuidar. Al miedo de perderlo todo se unirá la depresión al despertar a una realidad sin independencia a la vista; la amargura de comprobar cómo les engañaron y el coste económico y social que tendrán que pagar por el engaño. Muchos seguirán culpando a España del desastre y se vengarán votando a Esquerra Republicana. Si antes no se dan cuenta de que la situación económica y social seguirá empeorando en Cataluña hasta el desastre mientras ellos sigan dando vueltas en el tiovivo.

Mariano Rajoy acaba de empezar sus vacaciones sin preocupación que se las amargue. Empezará la próxima legislatura como salvador económico y político de España. Sus medios, afines y no tanto, cada vez más presionados por los financieros que los sostienen, cantarán sus loas con entusiasmo creciente a medida que sus éxitos resulten más incontestables. Si los antisistema la arman en Cataluña, las revueltillas le vendrán de perlas para revisar la Ley Mordaza y amordazar más y mejor para preservar la paz. Poco a poco, España recuperará la cordura y el sentido común que hacía marchar a los españoles en orden hacia sus puestos de trabajo y de ahí a sus casas sin incordiar a nadie, y los domingos al fútbol y a los toros, que es muy español y muy bonito, en la época gloriosa en que España era reconocida en el Vaticano como el Baluarte de Occidente. Mariano Rajoy Brey será por muchos años el caudillo civil que conducirá a un pueblo entregado. ¿Y la izquierda? La izquierda que patalee en el Parlamento con mociones de censura y comisiones de investigación y más que se les ocurra. Seguirá cumpliendo una doble función. Por un lado, hará más amenos los debates parlamentarios, de por sí aburridísimos. Por el otro y más importante, contribuirá a que la gente no ponga en duda que seguimos viviendo en una democracia.

 

Que España se suicide

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Vuelven a arreciar voces pidiendo a Pedro Sánchez que proponga una moción de censura contra el gobierno. Otra vez le tienden una trampa. La aritmética dice que no hay modo de ganarla. ¿Pactando con Podemos e independentistas catalanes? Eso supondría hacer concesiones, como aceptar el referéndum, por ejemplo.

La matraca del referéndum no para. Se escuda en una proposición que a cualquier amante de la libertad le parece indiscutible; el derecho a decidir. Lo que solo demuestra el uso interesado del lenguaje para manipular conciencias y emociones.

El referéndum es ilegal. Y lo es, no porque lo digan el PP y Ciudadanos y quien lo quiera decir. Lo dice el entendimiento que no esté obnubilado por los sentimientos y las emociones; por el fanatismo. No hay que irse por ninguna rama para entenderlo.

Si se concede a los catalanes el derecho a separarse de España, ¿por qué no a los vascos? ¿Por qué no a los gallegos o a los andaluces? ¿Por qué no dividir a España en minúsculas repúblicas independientes? Esas repúblicas dependerían las unas de las otras para sobrevivir, por supuesto, como también dependerían de lo que haya quedado del reino. Es decir, España se desintegraría dando un salto de pértiga al pasado anterior a la gloriosa creación de Alemania, de Italia; al romántico siglo XIX.

Pero no hace falta perderse en futuribles para augurar el suicidio de España.  La Constitución española manifiesta la unidad indivisible del Estado. Claro que la Constitución puede y debe reformarse, pero no para que permita la posibilidad de que España se suicide.

¿Pueden las diversas  naciones que constituyen España convivir en paz y a gusto? Claro que pueden y podrán con una Constitución que reconozca las diferencias de identidad y los derechos de cada una de esas naciones. Pueden como han podido los Länders de Alemania, los estados de los Estados Unidos de América. ¿Qué no se pueden comparar? Sí se puede y su realidad se puede adaptar a las necesidades propias de la realidad de España.

Que no nos vengan con cuentos utilizando cifras para confundir al personal. Aquí no hay ninguna comunidad que le robe a la otra. Lo que hay son políticos que nos roban a todos y que para ocultar sus chanchullos o los chanchullos de sus partidos, juegan a confundir a los ciudadanos tomándonos por imbéciles.

No habrá referéndum legal. Eso lo sabe cualquiera que piense. La Constitución no se va a reformar para legalizarlo antes del 1 de octubre. ¿Qué el govern saca las urnas por sus atributos provocando sanciones? El resultado beneficiaría a dos personajes: Rajoy como defensor de la unidad de España podría soñar con una nueva mayoría absoluta; Puigdemont tendría que irse a su casa, pero como héroe de la independencia, mártir libertador.

A quienes no beneficiará el referéndum catalán será a los catalanes anónimos. Unos cuantos contenedores quemados por independentistas antisistema no supondrán grandes perjuicios. Lo que sí ya ha perjudicado a todos los catalanes y nos continuará perjudicando es  la fractura social causada por quienes nos han dividido, etiquetando como buenos catalanes a los independentistas y como malos catalanes a quienes entendemos que segregarse de España es de una frivolidad infantil.

Gracias a Franco, los catalanes teníamos fama de intratables, antipáticos, insolidarios y cosas peores. Los independentistas del govern y otros partidos nos han devuelto la mala fama agregando la cualidad de coñazos. Después del 2 de octubre, si pasa algo el 1, tendremos que empezar de nuevo a curar las heridas en casa y a ganarnos la fama que nuestro esfuerzo limpió, desmintiendo las infamias franquistas.

¿Qué pasará después del 1 de octubre si antes no pasa nada que acabe con esta pesadilla? Pasará que todos querremos olvidar la pesadilla cuanto antes y nos pondremos a trabajar para olvidarla como hicimos tras el horror de la guerra civil y los cuarenta años de dictadura.

No hay que ser independentista para ser catalán, muy catalán. Para ser un buen catalán hay que ser fiel a la idiosincrasia que nos transmitieron nuestros antepasados; al cultivo del esfuerzo, del trabajo, de la creatividad y del entendimiento; al cultivo del seny.

España no se va a suicidar ni ninguna de las naciones que la constituyen le va a pedir que se suicide.

 

 

El timo de los tres siglos

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(Este artículo lo escribí el 2 de agosto de 2014. Podía haberlo escrito ayer. Lo dediqué a una de las víctimas mortales de la crisis como representante de los miles de compatriotas empobrecidos por la inmoralidad infrahumana de los políticos en el poder y de sus beneficiados).

 

In memoriam Don Gustavo Arguellas, activista de STOP DESAHUCIOS de Granada, padre de dos hijos, que se quitó la vida a los 37 años al habérsele notificado el proceso de desahucio de su casa por el Banco Mare Nostrum.

Sin preámbulos: el gobierno de Cataluña y el partido del gobierno, con la complicidad de todos los otros partidos que exigen la celebración de una consulta para que los catalanes decidan si quieren la independencia o no,  y  con la aquiescencia del gobierno de España y del partido que le sostiene, han engañado a la mayoría de España y de Cataluña con lo que ha sido un timo de tal enormidad que no existe comparación posible con caso alguno en toda la historia de Cataluña y España.

Sin rodeos: para disminuir el déficit, el gobierno de Convergència i Unió, fiel a su ideología de derechas, empezó a recortar  el presupuesto para política social antes de que la derecha española empezara a hacer lo mismo en el estado español. Como de costumbre, se vendió a la ciudadanía que la causa de las terribles consecuencias de la crisis era el expolio al que España sometía a Cataluña desde siempre. Como de costumbre, la mayoría aceptó esa transferencia de la culpa que los políticos catalanes han utilizado desde siempre para eludir su responsabilidad.  Sólo que esta vez, con más del 20% de desempleados y el 29% de pobres, por empezar la larga lista de horrores que sufre Cataluña y que todos conocemos,   a los catalanes no les basta con culpar  a España; exigen la separación.

El 11 de septiembre de 2012 casi dos millones de personas pidieron la independencia en las calles de Barcelona. Durante más de dos décadas, Jordi Pujol Soley, desde el trono de CiU,  se había investido con la dignidad de defensor de Cataluña, pero sin exigir el derecho a la autodeterminación. La tarde de aquella Diada fue el pueblo el que salió a la calle a defender a Cataluña sin intermediarios. A Artur Mas, el nuevo rey, empujado por la marea humana hasta las orillas del Mar Rojo, se le subió el Moisés a la cabeza y se proclamó líder del camino hacia la independencia con un discurso grandilocuente que emocionaba a propios y a extraños.  Faltaban dos meses para las elecciones al Parlament.  Aquella reacción del pueblo indignado era como un regalo del cielo. Mas se veía en la cumbre del Sinaí, tan alto e inaccesible como Pujol, su padre político; demasiado alto  como para que nadie se atreviera a culparle de los desastres causados por su gobierno. El malo culpable era otro y estaba en Madrid. Pero pasó que el pueblo de Cataluña resultó ser tan desagradecido como el pueblo judío que tuvo que sufrir Moisés, y en vez de adorarle como había adorado a su padre, le dio un repaso en las elecciones que le dejó turulato. Mientras, agazapado entre los juncos, un nuevo líder esperaba, aún espera, que Moisés baje del monte para subir él. Artur Mas reaccionó, eso sí, como un catalán de pura cepa: se puso a trabajar, pero no en la reconstrucción del país devastado por su salvaje política de austeridad. Como si Dios mismo desde la zarza ardiente le hubiese dado el báculo de libertador de Cataluña, Mas se ha dedicado a incordiar una y otra vez al Faraón y a quien quiera escucharle con la cantinela: se va a celebrar una consulta legal para que el pueblo decida si quiere la independencia o no.

Hasta aquí, la historia; ahora, sin preámbulos ni rodeos, la realidad de este momento. España es un país empobrecido, corrupto, cutre. Cataluña quiere independizarse de España para convertirse en un país empobrecido, corrupto, cutre, pero miles de veces más pequeño que España. ¿Qué posibilidades tiene Cataluña de lograr la independencia? Ninguna.  La Constitución otorga al gobierno del estado todas las prerrogativas y establece todas las medidas que han de tomarse  para garantizar la unidad de España, desde la suspensión de una Autonomía, hasta la intervención del Ejército in extremis. El gobierno de Cataluña le ha hecho creer a los catalanes que el gobierno del estado no podrá ignorar un voto masivo de los catalanes a favor de la independencia. Es falso; puede ignorarlo y lo haría en caso de que tal voto se produjera. El gobierno de Cataluña le ha hecho creer a los catalanes que se hará una consulta legal sí o sí. Media verdad. Si se llega a hacer una consulta, se hará cubierta por unas elecciones o se hará a pie de calle o en locales cedidos por ayuntamientos o por asociaciones, es decir, una consulta casera sin más trascendencia que la que quieran darle los medios de comunicación durante los días en que el asunto se considere noticiable. ¿Qué pasará después? Artur Mas, su gobierno y su partido seguirán repitiendo su lista de agravios y reivindicaciones, como los discos rallados de otra época, hasta que los ciudadanos les quiten los micrófonos.  Mariano Rajoy seguirá presentándose ante los españoles como garante de la constitución y de la unidad de la patria con la esperanza de que los ciudadanos admiren su firmeza y le perdonen todo lo demás.

El anunciadísimo  choque de trenes entre Cataluña y España, feliz metáfora más sobada que un abrigo de diez inviernos, no es otra cosa que los  amagos de Artur Mas contra la resistencia roqueña  de Mariano Rajoy. Puestos a soltar metáforas trilladas podemos decir que la sangre no llegará al río. Los españoles de todas las naciones de España  ya tragaron, durante la guerra y la posguerra, toda la sangre que podían tragar. La tierra de España con todas sus naciones está sembrada de fosas comunes donde yacen los huesos de los asesinados por un régimen que instauró el terror para defender los privilegios de unos cuantos. El superviviente más saludable y longevo de aquella salvajada fue el miedo. Es el miedo lo que aún impide que esas fosas se abran y se exhumen los restos de lo que fueron personas, ciudadanos españoles cuyas vidas importaron un bledo a los compatriotas que los asesinaron. Nadie quiere más sangre, más terror, más salvajismo. Ni los españoles han caído, a pesar de todo, en tal grado de imbecilidad como para recurrir a la violencia ni los catalanes s’han begut l’enteniment,  se han bebido el entendimiento, como reza la frase de la gente de seny.

Mariano Rajoy, Artur Mas y viceversa no han tenido reparo alguno en utilizar un sentimiento tan intenso y profundo como el nacionalismo de sus respectivos pueblos para tapar sus vergüenzas y las de los  partidos que les llevaron al poder. ¿Nacionalistas? ¿Nacionalistas de qué? De dos naciones empobrecidas, no por la irresponsabilidad de los ciudadanos ni por expolios mutuos; empobrecidas por los bancos que se dedicaron a robar a sus clientes y por los políticos que endeudaron a todos los ciudadanos para rescatar a los bancos; empobrecidas por leyes laborales que han dado a los empresarios todo tipo de facilidades para jugar a su favor con el temor al desempleo y esclavizar a sus empleados cuando deciden dar trabajo; empobrecidas porque sus ciudadanos se han visto privados de servicios fundamentales y asistencia social por los empresarios y políticos que han sacado su dinero del país para no contribuir con sus impuestos al bienestar de todos. ¿Nacionalistas de qué? ¿De entelequias de naciones deshabitadas?

En su conferencia de prensa del 1 de agosto, Mariano Rajoy anunciaba que España ha salido de la crisis y ya ha entrado en el feliz terreno de las cifras macroeconómicas positivas. Y decía que ese triunfo se había logrado gracias al esfuerzo de todos los españoles. ¿Esfuerzo de qué? Si unos ladrones asaltan a un infeliz en la calle, ¿vamos a decir que gracias al esfuerzo del infeliz por llevar dinero en los bolsillos, los ladrones lograron huir con su botín? ¿En qué mundo vivimos y en qué lenguas estamos hablando? Las cifras mejoran porque políticos, empresarios y banqueros nos han robado; porque han hecho correr  dinero negro bajo las mesas de notarios, registradores, alcaldes, regidores, diputados provinciales, autonómicos, estatales, directores y secretarios generales  y todo bicho viviente con acceso al poder, mientras que el dinero que arrancan a las nóminas de los asalariados se utiliza para tapar los agujeros que han causado la ambición desmedida y la ineptitud de un ejército de desaprensivos sin patriotismo, sin compasión, con las emociones blindadas bajo sus chaquetas y sus corbatas.

Saldremos adelante. Los ciudadanos de todas las naciones de España saldremos como salimos de una guerra y de cuarenta años de oscuridad. Saldremos adelante con nuestro esfuerzo, pero no gracias a la reestructuración que nos han impuesto a lo bestia; si no a pesar de ella. Saldremos adelante y sacaremos adelante a nuestras naciones y con ellas a España, sin manifestaciones, sin discursos,  sin alharacas  nacionalistas, porque el nacionalismo no se vocea; se siente y se trabaja.

Habrá quien ingenua o interesadamente nos diga que a pesar de todas las evidencias no se puede dudar del patriotismo español de Mariano Rajoy ni del patriotismo catalán de Artur Mas. A ellos,  a sus partidos y a todo lo que representan cabe decirles las palabras inmortales de Clark Gable a Vivian Leigh en Lo que el viento se llevó: Lo que ustedes sientan o dejen de sentir ya “no podría importarnos menos”.

 

 

La política y el politiqueo

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Diversas definiciones, digamos clásicas, de la política dicen que se trata de una lucha de individuos para conquistar el poder. Es en el cómo y el para qué de esa conquista donde unos y otros difieren.

La ética nos dice a todos que la política tiene que ser la gestión de los recursos de una comunidad humana –estado, ciudad, pueblo-  teniendo siempre como fin el bien común.   Si el objeto de la ética es el estudio del bien y el mal, y si el bien es aquello que conviene a la felicidad de los seres humanos y el mal aquello que la impide, la política ética tiene que ser la utilización del poder para garantizar un ambiente económico y social que propicie la felicidad de los ciudadanos.

La humanidad tardó siglos en aceptar que la ética pudiese determinar los fines políticos. Eso se planteó casi antes de ayer y todavía no ha conseguido entrar en ciertas mentes. Hasta el día de hoy, la experiencia nos dice que el asunto queda muy bonito en papel, pero que en la práctica, a los políticos les sigue tirando la doctrina de Maquiavelo; el que manda no debe permitir que la ética o la moral determine sus fines.

Dicen que el libro más leído de todos los tiempos es el Quijote; puede.  Pero el libro que mayor adhesión ha suscitado entre los políticos es, sin duda, El Príncipe de Nicolás Maquiavelo; tanto si se lo han leído, como si no. Esa adhesión práctica  al paradigma del precursor de la llamada Ciencia Política  no se basa en el estudio racional, reflexivo de su doctrina. Se basa, con toda seguridad, en el hecho de que su paradigma encuentra eco en las profundidades más tenebrosas del alma humana; allí donde habitan pasiones como la codicia y la ambición de poder. Las reflexiones de Maquiavelo sentaron las bases de la política moderna, pero también engendraron el politiqueo en la acepción más peyorativa de la palabra.

Hace cuarenta años, España intentó quitarse de encima la mugre franquista introduciendo política democrática en la gestión del bien común. Ahora bien, para limpiarse después de tantos años viviendo en el estercolero de la dictadura, no bastaba con el jabón en esponja que le aplicaron los padres de la constitución; hacía falta echar desinfectante y rascar con piedra pómez. Pero nadie se atrevió a meter mano a fondo por miedo a que saltaran las fieras a defender su cochambre. La Constitución vistió  a la política de democracia, pero bajo el vestido, el politiqueo siguió bullendo en la gusanera de siempre.

Los partidos políticos, recién nacidos a la legalidad, pronto perdieron sus ideales clandestinos para convertirse en organizaciones endogámicas donde la lealtad y el peloteo a los cargos superiores superan el valor del talento,  la capacidad, la competencia, y hasta la honestidad. Los cargos y los lugares en las listas que se presentan a la elección de los ciudadanos, salen de un casting en el que se seleccionan los más dóciles al llamado aparato -a los que más mandan-  por mostrencos, cínicos, desvergonzados, inmorales, etc.,  que sean los aspirantes. Y así llegamos a una película protagonizada por políticos ineptos, mediocres y, en cantidad alarmante, deshonestos.

No hace falta que el ciudadano tenga estudios superiores para que pueda discernir el contenido de los discursos que los políticos sueltan en los medios y en sede parlamentaria. Cualquier hijo de vecino de cualquier vecindario se ha dado cuenta hace tiempo de que la mayoría de los políticos repiten un guion escrito por un grupo de expertos en comunicación; eufemismo que hoy maquilla lo que es, en realidad, manipulación, es decir, distorsionar cuanto haga falta la verdad o la justicia para convencer al personal.

La voluntad de tomar el pelo al público se ha ido haciendo cada vez más descarada y cada vez más evidente debido a que, en el casting para la selección de los expertos,  se han ido imponiendo las mismas normas que para la selección de los actores políticos. Lo mismo ocurre con los comentaristas políticos de la mayoría de los medios de comunicación. No se busca quien sepa exponer la verdad de un modo inteligente y comprensible. Se busca quien esté dispuesto a exprimirse los sesos para hacer pasar por verdad lo que no lo es. Así ha llegado el discurso político a un nivel rastrero. Y así sigue bajando el nivel intelectual de los discursos sin que a nadie se le ocurra intentar elevarlo. Los políticos, por brutos que sean,  siguen considerándose una clase superior a la plebe; a esos que los doctos de la Edad Media llamaban los simples por considerar que la falta de instrucción les convertía en incautos y mentecatos. Esto ha llevado a asesores, politólogos y  políticos a deducir que al simple se le puede echar cualquier cosa porque se traga cualquier cosa que le echen sin detenerse a pensar.

Pero, ay, que de repente, como tormenta de verano con truenos y centellas, las bases de un partido, los simples, eligen a uno que los discursos de políticos y medios de comunicación, es decir, los poderosos, habían declarado maldito. De repente los simples descubren su poder y lo utilizan para despreciar a los supuestos doctos que les despreciaban y dar su poder a quien les promete gobernar por y para ellos. De repente el principal partido de la oposición cae de cabeza y las élites se ven obligadas a mirar desde abajo a quienes, desde arriba, ahora les dictan cómo tiene que ser la política de un partido socialista y democrático. ¿Qué produjo el milagro? Que, de repente, apareció un político que decidió cumplir su  promesa electoral y que dimitió cuando las élites le impedían cumplirla.

Pedro Sánchez propuso una política que volvía del revés lo que para Maquiavelo era un axioma. Si los militantes le elegían para liderar el PSOE, sería la ética la que determinaría sus fines y la moral la que regularía el comportamiento de todo aquel que tuviera poder de decisión en el partido; es decir, de todos los militantes. Pedro Sánchez prometió  utilizar el poder para garantizar un ambiente económico y social que propiciara la felicidad de los ciudadanos y prometió a los ciudadanos, representados por los militantes, dotarles del poder de controlar la vida pública de todos los cargos. Prometió, en resumen, devolver la política al Partido Socialista Obrero Español y acabar con el politiqueo. Y los militantes le creyeron porque su promesas venían avaladas por su trayectoria de cumplir a toda costa. Y le eligieron.

No hace falta una larga reflexión para comprender el alcance de semejante cataclismo político y social en un país en que la corrupción se ha llegado a aceptar como una enfermedad crónica y el politiqueo como forma habitual de despachar los asuntos públicos. Solo los más ingenuos pueden dudar de que los políticos afincados en el régimen maquiavélico lucharán con uñas y dientes para defender sus predios y sus privilegios. La campaña contra Pedro Sánchez se inició al día siguiente de su elección como Secretario General y no cesará hasta el día siguiente a las próximas elecciones estatales.

¿Quién dirigirá esa campaña? Todos los partidos que ven amenazada su forma de funcionar; es decir, todos. Será más pública, evidente y comprensible la campaña del Partido Popular y sus medios afines, pero a ella se sumarán hasta los que predican la necesidad de unir a las izquierdas. Porque en un país donde los políticos han ido renunciando a los valores éticos en aras de conquistar el poder a toda costa, la dirección del nuevo PSOE resulta incómoda para todos porque a todos pone en evidencia.

El PSOE de Pedro Sánchez no cuenta ni contará con más apoyo que el de sus militantes. Pero la experiencia del 21 de mayo debería advertir a todos los políticos de que ese apoyo puede ser suficiente. Tal vez el poder efectivo de los simples consiga sacudir las conciencias o meter el miedo en los cuerpos de los políticos que se creían protegidos por la ignorancia y apatía de los votantes, y les haga ponerse a hacer política, política ética.

 

 

 

 

 

Cáscaras vacías

(Publiqué este artículo en Publicoscopia hace unos dos años. Hoy puede servir para aclarar el concepto de plurinacionalidad y espantar el miedo a quienes ven en el concepto un peligro para la unidad de España que no existe).

 

¿Qué es España? Alguien contestará que es un país; otro, queriendo precisar objetivamente agregará: de Europa. Habrá a quien la pregunta excite el nervio del nacionalismo y responda que es un país con una historia gloriosa. En fin, más o menos lo mismo que lo que un portugués respondería sobre Portugal; un francés sobre Francia; un catalán sobre Cataluña. En todo caso, lo más probable es que la mayoría de las respuestas  definan  un espacio deshabitado. Porque a la pregunta, qué es España, es muy difícil que alguien responda diciendo que es el país de los españoles.

Hablamos de un país como si se tratara de algo abstracto, un concepto que está por encima de los seres humanos que lo habitan. Hasta no hace mucho, se educaba a los hombres para dar la vida por su patria, y hoy por hoy hay gente matándose en varias partes del mundo por defender la suya. Este hecho es una de las pruebas más evidentes del atroz salvajismo que aún convive con la facultad de la razón  en las profundidades del alma humana. Porque un concepto abstracto del país, de la patria, parece a primera consideración producto de una inteligencia capaz de  elevarse al pensamiento teórico; pero una reflexión más profunda nos conduce a la mente del hombre primitivo, enfrascada en la brutal defensa  del territorio de su tribu. Habrá quien vea una diferencia esencial entre una actitud y la otra; y tendrá razón. El primitivo defendía su supervivencia y la de su gente; quien defiende la patria está defendiendo un concepto carente de humanidad.

El país, la patria, es un trozo más o menos grande de tierra cuyos límites se establecieron en algún momento de la historia mediante pactos políticos que en la mayoría de los casos surgieron de guerras y conquistas. Esos límites se trazaron sobre papel sin tener en cuenta a las personas que vivían entre esos límites. Así, se separaron grupos de una misma etnia; se mezclaron grupos étnicamente distintos; se obligó a algunos a vivir bajo una bandera extraña; se crearon conflictos, en fin, que el tiempo casi nunca consigue resolver. Porque las inteligencias que dibujaron los países tomando en cuenta intereses políticos, económicos, estratégicos, no se detuvieron a considerar  que esos trozos de tierra son algo en la medida en que haya alguien que reconozca lo que son; y que son, por lo tanto, las personas lo que debe contar por encima de todo. Porque no se quiere entender que si no hubiera persona alguna que le otorgara valor a un país, no habría diferencia entre cualquier país de la tierra y una cáscara vacía de cualquier cosa.

Decir que España dejaría de ser España si un cataclismo eliminara a todos los españoles aunque dejara todo el territorio intacto es tan evidente que suena a ripio.  Sin embargo, aún hay quienes vuelven el argumento del revés. El hecho de que el territorio pueda sobrevivir a sus habitantes demuestra la superioridad del país, dicen. ¿Qué país? ¿España, por ejemplo? España morirá el día en que no haya nadie que la reconozca por su nombre. Esa España eterna que inculcaban a los niños en tiempos de caudillos y de gestas, sólo puede ser eterna en la memoria de Dios, si es que Dios concede ese nombre a la porción del mundo que los mortales llamamos España. Que así sea o quiera creerse que es depende de la fe de cada cual.  Objetivamente, o España es el territorio en el que habitan los españoles o no es. Por supuesto, lo mismo puede decirse de Portugal, de Francia, de Cataluña. De Cataluña, no, gritarán algunos. ¿Por qué? Porque es España. ¿Por qué? Porque lo dicen tratados centenarios, las leyes, la Constitución. Es decir, legajos redactados por políticos que en el momento de su redacción no se detuvieron ni un instante a pensar en las personas concretas que habitaban Cataluña ni en las que habitaban España.  Objetivamente, Cataluña es el territorio en el que habitan los catalanes.

Este hecho incuestionable se puede esgrimir como razón fundamental que justifica el derecho de los catalanes a separarse de España. ¿Pero cómo se va a separar? ¿Estableciendo una frontera que deje a los españoles de la raya para allá y a los catalanes de la raya para aquí? Como se han establecido siempre las fronteras, se dirá. Lo que demuestra la lentitud con que evoluciona la inteligencia; una lentitud tan lenta que el avance resulta casi imperceptible.

Hace poco, los políticos rusos, por intereses que nada tenían que ver con las personas, indujeron a los rusos de Crimea a separarse de Ucrania y les suministraron armas para que hicieran valer su decisión. El gobierno de Ucrania mandó su ejército para evitar la separación de Crimea. Unos y otros empezaron a matarse. Crimea, una región próspera donde los unos y los otros vivían como personas civilizadas, se transformó, por voluntad de los políticos, en un territorio en guerra, un lugar  donde los habitantes pierden el derecho a vivir como seres humanos y tienen que defender su vida como animales; un territorio de miseria y muerte. Y quien dice Crimea, dice Sarajevo. Las fronteras que hoy dividen Yugoslavia en distintos países costaron cientos de miles de vidas humanas. ¿Hay quien con clara conciencia de lo que es un ser humano otorgue a esas líneas imaginarias más valor que a una sola de las personas que tuvo que morir para que esas líneas se trazaran?

La situación en Cataluña es muy distinta. No hay armas ni países extranjeros interesados en suministrarlas ni están los catalanes dispuestos a renunciar a su natural pacífico. Pero la causa última de los conflictos por cuestiones limítrofes es la misma en cualquier caso: la estupidez y la inmoralidad de unos seres que pervierten la política entendiéndola como la práctica de estrategias para llegar al poder y conservarlo. Los españoles en general, y los catalanes en particular, han tenido la mala suerte de verse gobernados, en el territorio de los unos y en el de los otros y al mismo tiempo,  por políticos estúpidos e inmorales.

Todos recordamos el proceso que culminó en la aprobación del último estatuto de Cataluña: aprobación del Parlament catalán, del Parlamento español, de la mayoría del pueblo catalán en referendo. Y todos recordamos al presidente del Partido Popular recogiendo firmas contra el estatut ante cámaras fotográficas y de televisión para cosechar votos como defensor de la unidad de España. Una vez aprobado el estatut, todos recordamos también la sonrisa prepotente con la que varios miembros del Partido Popular se retrataron en el momento de recurrir contra el estatut ante el Tribunal Constitucional.

La estupidez de esos actos de provocación gratuita no se le escapó a nadie con dos dedos frente. ¿Afectaba el estatut a los españoles, alteraba en algo la calidad de su vida? Rotundamente, no. Pero es que no era el bienestar de los españoles lo que defendían Rajoy y los miembros de su partido. Defendían a España, decían; esa abstracción, esa cáscara vacía por la que había que humillar a los catalanes. ¿Para qué? Para ganar votos. ¿Y por qué querrían los españoles premiar con sus votos  a quienes humillaran a los catalanes? La estupidez y la inmoralidad de los gobernantes se extienden como una plaga por el territorio que gobiernan contagiando a los habitantes que no pueden o no quieren defenderse del microbio atacándolo con la reflexión. Francisco Franco quiso vengarse de los catalanes por no haberle entregado Barcelona y el resto del territorio  al principio del golpe de estado, obligándole a un gran esfuerzo para ganar la guerra. La venganza consistió, entre otras cosas, en convencer a los españoles de que los catalanes, separatistas casi satánicos, habían sido los causantes de la guerra civil. Cuarenta años de adoctrinamiento dieron su fruto, en este como en otros asuntos.

Cuando el Tribunal Constitucional deroga artículos del estatut refrendado por los catalanes -algunos que el mismo tribunal acepta en los estatutos de otras autonomías-, los catalanes se hartan de un país del que llevan siglos sufriendo intentos varios y por varios medios de hacerles humillar la cerviz. Su indignación, su hartazgo no se dirige contra los españoles; se dirige contra España, esa cáscara vacía que representa a los políticos estúpidos e inmorales que se aprovechan del anticatalanismo para conseguir y conservar el poder.

Desde ese momento, cada vez son más los catalanes que exigen separar su territorio del que perciben como enemigo del modo de vida que les ofrecía el estatut. El clamor llega a los políticos que están en el poder  en Cataluña. Y, ¡eureka!, se les ocurre que erigiéndose en defensores de la independencia, pueden conseguir que sus compatriotas les perdonen un gobierno tan nefasto que ha destruido la vida de miles de personas y condena a otros miles a la pobreza, privando a todos de derechos y servicios esenciales.

Artur Mas y su partido se ponen manos a la obra con tal entusiasmo  que el contenido y el despliegue de la propaganda a favor de la independencia merecerían estudiarse como ejemplares en todas las universidades del mundo. No se detienen ante ninguna consideración moral. El President que había prometido serlo de todos los catalanes, pone la Generalitat al servicio de los independentistas despreciando a los catalanes que no se quieren separar de España, aún sin saber a ciencia cierta si son la mayoría de los habitantes del país. Se utilizan organizaciones en todos los pueblos para conseguir adhesiones a la independencia; algunas voluntarias y otras inducidas por el miedo a señalarse públicamente como “unionistas” enemistándose con parientes y amigos; se insta -y a algunos se obliga mediante pactos- a los alcaldes y regidores a que, después de jurar los  cargos para los que han sido elegidos en las municipales,  lean un texto a favor de la independencia que contradice ese juramento o promesa haciendo pública manifestación de incoherencia y falsedad. Finalmente, Mas convoca elecciones legales dándoles carácter de plebiscito ilegal y asegurándose volver a ganar la presidencia camuflado entre los candidatos de una lista sin programa de gobierno que solo pide el sí a la independencia.

¿Piden Mas y su partido la independencia para mejorar la vida de los catalanes? Difícilmente cuando han sido ellos mismos los que han empeorado la vida de sus compatriotas aplicando  el neoliberalismo más salvaje en sus años de gobierno. Lo que Mas y su partido defienden no es el bienestar de los catalanes; es la independencia de Cataluña, dicen,  esa abstracción, esa cáscara vacía por la que vale la pena dividir a los ciudadanos; jugar con los sentimientos de los independentistas prometiéndoles una independencia que no se va a conseguir; engañarles todo el tiempo que haga falta alimentando esperanzas falsas para que toda su atención se concentre en la defensa de la independencia. Mientras  tanto, los que no están de acuerdo con la independencia concentran toda su atención en la defensa de la unidad de España. Mientras tanto, los unos y los otros ignoran la magnitud y el horror de los problemas que afectan a miles de personas en Cataluña. Otra vez, las personas son reducidas a la condición de objetos que los políticos estúpidos e inmorales utilizan según y para lo que les conviene, que es, siempre, el poder.

¿Qué es España hoy por hoy? El territorio donde todos los españoles sufren las consecuencias de un gobierno formado por políticos estúpidos e inmorales que han llevado a los habitantes del país al borde de la ruina económica y  moral. Pensar que la solución consiste en fraccionar el territorio para que cada cual pueda encerrarse en su casa a rumiar su propia miseria separado de los demás, es haberse contagiado de la estupidez y la inmoralidad de sus gobernantes; haber sucumbido a sus designios aceptando la condición de objetos a su servicio.

¿Hay alguna solución racional? Sin duda alguna, que todos los españoles se unan para quitar el poder a los políticos que invocan abstracciones mientras destrozan la vida de personas concretas, y que elijan para gobernarles a personas que se comprometan  a gestionar los recursos en beneficio de las personas concretas que habitan el país.

Pero, ¿qué es un español? Simplemente, quien habita en un país que él llama España. Pero es que no todos los españoles son étnica, cultural y psicológicamente iguales. Cierto. Los avatares políticos metieron en el territorio que llamamos España a tribus -naciones o nacionalidades, según se prefiera- distintas: vascos, catalanes, andaluces, castellanos, gallegos…Los políticos estúpidos e inmorales suelen destacar las diferencias y estimular antagonismos entre ellas cuando les conviene. La solución exige que los españoles se defiendan de esa manipulación aceptando la unidad del territorio en el que habitan todos; aceptando y respetando las diferencias que distinguen a una tribu de las demás, en la misma medida en que  exigen aceptación y respeto  por las diferencias de su propia tribu; defendiendo el derecho de su propia tribu, y también y en la misma medida el derecho de todas las demás, a exigir que los gobernantes conozcan y reconozcan las necesidades específicas de cada una de las tribus que conviven en España y cuyos miembros reciben por ello el nombre genérico de españoles.

Es una solución simplista, dirán algunos. Es simple, tan simple como que no cuesta nada entender que es la única solución posible a todos los conflictos de un mundo en el que los habitantes marchan ciegos hacia una progresiva deshumanización que puede acabar con todos, más pronto de lo que predicen las estadísticas sobre recursos naturales.

O nos detenemos a mirar a los ojos de las personas que nos rodean, a verlos, a tratar de entender lo que nos dicen y de compadecernos con lo que padecen,  o muy pronto seremos todos invisibles dentro de inmensas cáscaras vacías con las que políticos estúpidos e inmorales seguirán jugando, como han jugado siempre, porque siempre ha habido y probablemente habrá individuos de esa especie infecta. Está en nuestras manos evitar que esos individuos lleguen al poder.

 

 

¡Alerta! No se ha ganado la guerra

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Dice la definición más sencilla que un partido político es una asociación de personas que comparten principios, valores, proyectos y objetivos con el fin de acceder al gobierno y llevarlos a la práctica. Pero entienden hoy los simples, es decir, la plebe,  que un partido político es una organización jerárquica cuyo fin es acceder al gobierno del país o conseguir, por lo menos, el mayor número de diputados. ¿Para llevar a cabo su programa? Después de algunos años oyendo a todos los políticos de todos los partidos prometer más o menos lo mismo en campañas electorales y recurrir a todas las estratagemas para conseguir el poder, los simples se han vuelto escépticos. Por eso responderían a la pregunta que no; que los partidos persiguen elegir al mayor número de diputados para conseguir la mayor cantidad del dinero que el estado destina a subvencionar a los partidos por cada diputado electo. Así de simple.

Los partidos necesitan dinero, mucho dinero, y por eso necesitan ganar, ganar y ganar, como hace poco repetía una candidata a voz en grito convencida de que los simples, siempre perdedores, se arriman a los ganadores con la misma ilusión que les embelesa cuando se asoman a la vida de los ricos y famosos en revistas y televisión; la ilusión de que la gloria se contagia mirando. Ganar, ganar y ganar, repetía la señora, exhibiendo en la cúspide de su currículo haber ganado unas elecciones autonómicas y blandiendo ante todos el currículo de su contrincante como si fuera un trapo, un trapo ensuciado por la mancha indeleble de haber perdido dos elecciones generales.

Ni la señora ni sus promotores ni sus asesores comprendieron que en un país en el que millones lo han perdido todo y otros millones lo han perdido casi todo y otros millones viven con el pánico en los huesos a perder lo que tienen, proclamarse ganadora y hablar de ganar, ganar y ganar sonaba con la brutalidad humillante de una bofetada.

La plebe, los simples, los que no saben nada de ciencias políticas; los que ni siquiera sospechan y, menos, entienden que la política sea una ciencia, se han acostumbrado a perder, perder y perder. A perder lo que cobran con sus salarios escasos o sus escasas pensiones  cuando les toca pagar , pagar y pagar el IRPF, las facturas de la luz y el agua, el IVA que encarece hasta los artículos más necesarios, los alquileres que suben amenazando dejar a miles sin techo.

Pero la señora se atrevió a presumir de que lo suyo era ganar, y claro, perdió. Porque sus promotores y sus asesores  no se dieron cuenta de que los simples ya saben que nunca se les incluye en la repartición del bote. Porque los simples ya no se conforman con una victoria vicaria. Porque parece que los simples ya no son tan simples.

Los simples del PSOE, los militantes llenamítines y pegacarteles, no se dejaron engatusar ni por discursos melodramáticos ni por las recomendaciones de los líderes míticos. Votaron a uno que no había ganado elecciones, pero que había cumplido sus promesas. Simples que no saben cómo funciona un partido político, gruñen entre dientes los todopoderosos que el 21 de mayo se enteraron de que los simples les habían arrebatado el poder. Gruñen y seguirán gruñendo porque no se resignan a perder, perder y perder.

No se resignan y algunos lo han demostrado sin vergüenza ni pudor. Hoy, mientras los simples celebraban el triunfo del secretario general elegido por ellos, los perdedores se consolaban repitiéndose la manida frase de Napoleón; habremos perdido una batalla, pero no la guerra. ¿Consuelo con la intención de calmarse el dolor y nada más? O sentencia surgida de la seguridad de  que la batalla perdida ha sido solo un accidente que las próximas elecciones generales se encargarán de reparar. Los perdedores de las primarias saben que ganar la guerra puede ser muy fácil. Lo único que tienen que hacer es repetir la estrategia que convirtió a Pedro Sánchez en perdedor de elecciones.

Ya la han empezado a repetir. Felipe González no menciona a Pedro Sánchez en el vídeo en el que felicita al partido. Susana Díaz no esconde su disgusto. Se deja ver como ánima en pena y no asiste a la clausura para no sufrir la entronización de su enemigo. Ximo Puig lanza advertencias para que no le muevan en Valencia. Alfonso Guerra, contra la política conciliadora y federal impulsada por Sánchez, sale en televisión pidiendo que se suspenda la autonomía de Cataluña. Los delegados de Andalucía abandonan sus asientos la noche de la votación. ¿Y qué han conseguido? Han conseguido que los medios publiquen a toda prisa artículos que destacan la división del PSOE.

 

Nada aleja más a los votantes que un partido que es noticia cada día por sus conflictos internos. Los simples están hartos de ver sus asuntos relegados al trastero de lo que no interesa; hartos de ver a un partido que se llama socialista salir en prensa escrita, radio y televisión solo por las escaramuzas diarias entre los que tienen como principal objetivo defender su cuota personal de poder. Luego los perdedores de las primarias no tienen que hacer otra cosa más que dar carnaza a los medios para que del PSOE solo se escriba y se hable de sus follones internos. De aquí a las elecciones generales, el ruido de la carraca sobre la división habrá ahogado la ilusión y la esperanza que ha despertado entre los votantes el nuevo PSOE. Si los anti Sánchez  se esfuerzan en mantener la imagen de un partido ensimismado en sus problemas, saben que pueden conseguir hasta que el partido quede en tercer lugar. Pero esto ¿no les perjudica también a ellos? El ímpetu con que Susana Díaz se ofreció a salvar al partido  que ella misma, sus promotores y sus seguidores habían ayudado a hundir en las urnas, hacen ociosa la respuesta.

Es imprescindible que los nuevos líderes del partido insistan en la unidad, pero sin olvidar que eso no neutralizará a los que se empeñen en ventilar la división. ¿Cómo se les puede neutralizar? Otra vez dependerá de los simples, de los militantes, simpatizantes y votantes que creyeron en Pedro Sánchez y que en pocos meses han demostrado al país el poder del activismo en las redes. Tendrán que ser los socialdemócratas anónimos los que repitan sin descanso todas las medidas políticas que se propongan en el partido; todos los actos de los diputados socialistas en Congreso. Los medios no se van a ocupar de eso; de eso que solo importa a los simples que luchan por la supervivencia. Por eso los simples tienen que seguir en pie de guerra divulgando lo que interesa a los ciudadanos y silenciando todo lo que salga de los metebulla.

 

 

 

 

 

 

Las lenguas malas

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No es lo mismo las lenguas malas que las malas lenguas. Se llama malas lenguas a las personas que inventan o difunden chismes sobre los demás, siendo chismes las noticias verdaderas o falsas que se murmuran sobre terceros. ¿A qué viene la explicación? La semana pasada, nuestro presidente del gobierno llamó chismes a las gravísimas acusaciones que pesan sobre la conducta de su Ministro de Justicia, de su Fiscal General del Estado y de su Fiscal Anticorrupción. No eran simples murmuraciones. Eran hechos demostrables que ponían en duda la independencia del Poder Judicial y, por ende, la existencia misma de la democracia en nuestro país.  ¿Cómo se le ocurre a un presidente despachar el asunto calificando a tan graves acusaciones de chismes? Si el presidente se llama Mariano Rajoy, no hay que asombrarse demasiado. Otras cosas muy serias ha despachado con un “ya tal”. Mariano Rajoy se cuenta en el grupo de las lenguas malas; gente que, conociendo perfectamente su idioma, utilizan las palabras, pervirtiendo su significado, para manipular. ¿Cómo sacarse de encima el peso de las evidencias que descubren como incompetentes y partidistas a un ministro y dos fiscales? Fácil. Dígasele al vulgo que no son más que chismes y el vulgo culpará a las malas lenguas de todo lo que se imputa a esos tres servidores públicos de trayectoria intachable.

Hay palabras que llevan, por obra de las convenciones sociales, una carga positiva, y hay otras condenadas. por el mismo motivo, a cargar con la contraria. Ejemplos de las primeras son amor, cariño, integración, unión; de las segundas, deslealtad, división, traición. Pero las palabras no tienen en sí mismas la virtud de decir verdad o mentira. Esa virtud corresponde a quien las utiliza. Todos sabemos que las palabras son tan mentirosas, falsas, hipócritas como quien las concibe, o todo lo contrario, claro.  Por eso pueden confundir y confunden. Y por eso, la inmensa mayoría de la población vive confundida por una progresiva perversión del lenguaje utilizada por la publicidad, la propaganda y, sobre todo, los políticos, con la intención de atontarnos para neutralizar nuestra capacidad crítica.

Hasta hace poco, nos vimos bombardeados durante días por declaraciones de amor. Susana Díaz repitió, en los cuatro puntos cardinales de España, que amaba a su partido; que sentía pasión por su partido;  que su partido era su vida y que por su partido dejaba la piel. Aún estaba en la memoria de todos el escándalo que el 1 de octubre de 2016 informó a todo el país de que la división interna del PSOE había estallado como una bomba molotov partiendo en dos el partido, y que la catástrofe había sido provocada por Susana Díaz, sus promotores  y sus seguidores. Entonces, ¿cómo hacer creíble su juramento de amor eterno tras haber exhibido una deslealtad que hasta hace poco sólo se concebía en los tránsfugas? Fácil. No fue deslealtad. Dividió el partido por diferentes razones, pero enseguida, con la desaparición de Pedro Sánchez, ella misma lo iba a coser, dijo. Pero la metáfora de la costura sólo le sirvió para llenar las redes de viñetas y comentarios sarcásticos. Un día dejó de ofrecerse como remendona y recurrió a una argucia más sofisticada, aunque más manida: derivar sus culpas a otro. Cara a cara, en televisión, le dijo a Pedro Sánchez. “El problema eres tú”. La asociación entre Pedro Sánchez y la palabra problema podía haber inducido a la deducción simplista de que todos los conflictos del partido se explicaban por la conducta de una sola persona con nombre y apellidos. Pero no coló. Hacía muchos meses que Pedro Sánchez iba explicando por toda España cuales eran los problemas del partido, no con palabras cargadas, sino con un relato franco y preciso que no menospreciaba la inteligencia de sus oyentes. Un relato que contaba lo que había sucedido y lo que tendría que suceder para solucionar los problemas; problemas que no podrían solucionarse con el simplismo de la frase: “El problema eres tú”.

En la noche aciaga en que Susana Díaz supo que el PSOE no había hecho caso alguno a sus protestas de amor, relegó la palabra al trastero de los arcaísmos y soltó otra en la que de verdad le iba la vida: unión. Esta sí tuvo una resonancia, diríase que telepática. Casi al mismo tiempo, los promotores y seguidores  de Díaz empezaron a clamar de norte a sur, de Asturias a Extremadura, “Unión, Pedro Sánchez, unión; sobre todas las cosas unión; “lo único de vital importancia es la unión” Sólo les faltó agregar “que todo lo demás son chismes”.

Quedarse con una palabra y dejar que el significado que convencionalmente se le otorga se nos introduzca en el cerebro por el oído, como esos gusanos carnívoros de las selvas del sur, puede ser mortalmente peligroso para el entendimiento de la víctima y, por extensión, para el de la mayoría de la sociedad.  Unión, por ejemplo. Decir unión es decir concordia, armonía. Se une el alma del místico a su Creador fundiendo su voluntad con la voluntad divina. Unen sus vidas los enamorados para eliminar la amenaza de la ausencia. La familia que reza unida permanece unida, decía aquel apóstol del rosario. ¿Hay vocablo que tenga connotación más positiva? Sin embargo, la palabra, dentro de un contexto, puede revelar una realidad de lo más perniciosa. El supuesto místico puede ser un fanático que endose a Dios los caprichos de su propia voluntad trastornada; los que un día se unieron por amor pueden acabar detestando la presencia constante del otro; las familias que imponían el rezo del rosario a sus miembros y hasta a los empleados domésticos podían no conseguir otra cosa que hacer ese momento detestable para todos los obligados. Lo que nos lleva a deducir que en un momento en el que imperan los mensajes cortos, las palabras fuera de contexto, la ausencia de relatos que nos permitan reflexionar y sacar conclusiones inteligentes, hay que desconfiar de las palabras con que las lenguas malas nos quieren confundir, por mejor que nos suenen.

¿Qué significa el llamamiento de las élites del PSOE a la unión? ¿Qué pretenden situando a la unión como máxima prioridad a la que el nuevo Secretario General, antes depuesto por los mismos, debe entregar todos sus desvelos? Algunos dicen que el partido se dividió por asuntos personales. Algo en la personalidad, en el talante de Pedro Sánchez causaba rechazo a los líderes pasados y a los cargos presentes, parece. Y hasta aquí el relato de los rebeldes. Pero a ninguna inteligencia normal puede bastar una explicación tan infantil. Algo más debe haber, se dice el ciudadano. Los líderes del PSOE no iban a arriesgarse a dividir un partido con más de cien años de historia sólo porque no les gustaba el Secretario General que habían elegido los militantes. ¿Seguro que sólo fue por eso? ¿No habría algo más profundo, más serio, como discrepancias en la ideología, por ejemplo? Uno de los líderes afirmó rotundamente en varios medios que las discrepancias no tenían nada que ver con la ideología.

Pero sólo caben dos explicaciones: o  los rebeldes se rebelaron por un berrinche infantil o la gran división del partido se produce por diferencias ideológicas. El militante o votante del PSOE que piensa opta por la razón más adulta. Entre Pedro Sánchez y su equipo y los líderes del aparato tienen que haber profundas diferencias ideológicas. Y son esas diferencias ideológicas las que producen la desafección de las bases por los líderes impuestos tras la dimisión forzada de Pedro Sánchez, y lo que luego lanzará a la mayoría de los militantes a devolver a Pedro Sánchez la Secretaría General.

Ese sencillo razonamiento conduce sin dificultad a la conclusión de que la primera prioridad del nuevo Secretario General no puede ser unificar, coser, integrar, tranquilizando y contentando a los rebeldes. La primera prioridad tiene que ser, necesariamente, devolver al partido los principios y valores que le distinguen de otras organizaciones políticas; devolver al partido la ideología que distingue a un partido socialdemócrata de los que no lo son. De lo que también se deduce, pensando un poquito más, que si el PSOE quiere continuar siendo el referente socialista del  país, de nada servirá integrar a los rebeldes fingiendo una unión falsa y, por lo tanto, endeble. No es cierta la frase que se está repitiendo desde el 21 de mayo, “En el PSOE caben todos”. Suena muy bien, muy positiva. Pero si el PSOE quiere volver a los principios y valores que inspiran a un partido socialdemócrata, es evidente que en él sólo pueden caber los hombres y mujeres firmemente convencidos de que la ideología socialdemócrata, sin diluciones, sin claudicaciones, sin componendas para tocar poder a toda costa, es requisito indispensable para pertenecer y trabajar en el Partido Socialista Obrero Español.

El poder es nuestro

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Si en el futuro un historiador riguroso y sagaz se pone a buscar el punto de salida de la carrera que cambió la historia de España, lo encontrará el 21 de mayo de 2017. No por el hecho de que un hombre llamado Pedro Sánchez recuperara la Secretaría General del PSOE. El sorprendente retorno de Sánchez  demostró a todos, socialistas y no socialistas, que en la sociedad española  se había producido  lentamente, de un modo casi imperceptible, una auténtica revolución. Ese día nos enteramos todos de que el poder ya no es patrimonio exclusivo de las oligarquías, de los aparatos de los partidos, ni siquiera de las élites financieras. Ese día nos enteramos de que el poder es de todos; de que el poder es nuestro.

Casi nueve meses antes, la Ejecutiva y el Comité Federal del PSOE habían infligido a la mayoría de los militantes del partido una humillación sin precedentes. Ignorando a esa mayoría que había elegido a un secretario general, el llamado aparato realizó una serie de maniobras para deponerle, torciendo y hasta saltándose los estatutos. El propósito público del golpe era permitir la gobernabilidad del país absteniéndose en la investidura de Rajoy para que pudiera seguir gobernando con su PP. Lo que significaba humillar también a las 5.424.709 personas  que habían votado a Pedro Sánchez en las elecciones generales, confiando en su promesa de no permitir, bajo ningún concepto, el gobierno de un partido corrupto que en los cuatro años de la legislatura anterior, había condenado al 30% de los españoles a la pobreza y al 50% de los empleados, a la precariedad.

Cuando la élite del PSOE, consigue forzar la dimisión del Secretario General,  parece que la tragedia de la división del partido acaba con un final feliz; feliz para el aparato. Los militantes de base se darán cuenta y tendrán que aceptar que no son nadie, se dicen los poderosos del partido. Los militantes de base se darán cuenta de que su función es la de pagar su cuota; pegar carteles; repartir volantes; llenar mítines. Que a ninguno de esos mindundis se le ocurra que la militancia le da derecho a inmiscuirse en las políticas y en las estrategias que se deciden en las altas esferas. El militante, al fin y al cabo, no es más que un forofo que defiende al partido, pase lo que pase,  con la irracionalidad incondicional con que los forofos defienden a su equipo de fútbol. Algunos son figurones que hacen cualquier cosa por hacerse una foto al lado de un líder, para presumir, entre amigos y allegados, de su proximidad al poder. Otros quieren distinguirse, entre amigos y allegados, como miembros de un grupo político para dar color a su vida gris. Otros son, simplemente, ingenuos sin muchas luces. Sean como sean, es justo y necesario que disfruten de pequeñas compensaciones y es obligación de los líderes proporcionárselas repartiendo besos y abrazos, posando con los figurones para selfies y cosas así, sobre todo en períodos electorales. Pero el militante tiene que respetar el hecho incontrovertible de que en un partido político, en cualquier partido político, incluyendo un partido socialista, hay clases. A la plebe hay que dejarle muy claro que a la clase superior se accede o por contactos que están fuera del alcance de los inferiores, o trepando  con astucia y/o a codazos. Aquellos a quienes el destino ha confinado a la masa de los anónimos, en la masa se tienen que quedar respetando la distancia infinita que les separa de los políticos con nombre propio público y notorio. Dicen que esa distancia es la que ha causado la desafección que los ciudadanos sienten hacia los políticos que dicen representarles. ¿Y qué? El político experimentado sabe que los sentimientos de los mindundis se agitan en los mítines, y a agitarlos se ponen cuando necesitan sus votos. Como el mindundi tiene que saber que una vez haya votado, lo suyo es volverse a casa y no incordiar hasta la próxima campaña electoral.

Pero he aquí que el 1 de octubre de 2016, los militantes y simpatizantes del PSOE se rebelaron. He aquí que los anónimos se negaron a bajar la cabeza y morderse la lengua. Jóvenes y viejos, militantes, simpatizantes y votantes del PSOE,  se  lanzaron a Internet para hacerse oír en los cuatro puntos cardinales de España y en parte del extranjero, gritando su indignación por las marrullerías y la prepotencia de los líderes que habían derrocado al Secretario General. Cuando esos líderes decidieron que los diputados del PSOE tenían que abstenerse para permitir que gobernara Mariano Rajoy, la indignación se volvió incontrolable. Fueron miles los anónimos que se pusieron a escribir contra tamaña indecencia. Algunos con estudios y talento para construir comentarios y artículos; otros que apenas eran capaces de articular sus pensamientos; otros que los articulaban con graves errores ortográficos. Daba igual. La indignación y el ansia de justicia los igualaron a todos. Para todos, el PSOE ya no sería de una élite. Sería de todos los socialistas o dejaría de ser.

Los líderes del PSOE de la Gestora hicieron caso omiso, por supuesto. Ellos habían escrito el guion y no estaban dispuestos a permitir que los anónimos le cambiaran ni una coma. Que se desahogaran. Ya se cansarían. Y para dar tiempo a que se cansaran, la Gestora prolongó su interinidad nueve meses antes de convocar las primarias. No hay pataleo que pueda durar tanto, debieron pensar. Pero se equivocaron. A nadie se le ocurrió que unos escritos desperdigados por las redes sociales pudieran tener influencia alguna sobre la mayoría, ni, mucho menos, el poder de alterar decisiones tomadas por los líderes con nombres propios públicos y notorios. Ninguno de esos líderes se dio cuenta de que la tecnología había otorgado a los anónimos un poder que hasta ahora la plebe solo había conquistado en la calle con revoluciones sangrientas.  Los comentarios, notas, artículos de los anónimos no eran un pataleo infantil. En ellos, los que nunca habían tenido voz pública  comunicaban sus reflexiones estimulando a otros compañeros a reflexionar y comunicar, a su vez, el fruto de sus reflexiones.  Y fue así como el 21 de mayo de 2017, una militancia informada y activa como nunca antes se había visto, hizo que el aparato del PSOE se estrellara contra la realidad de que en el siglo XXI, ya no se puede ningunear a los anónimos.

Pedro Sánchez y los de su equipo no se estrellaron. Con la misma determinación  con que se habían negado a permitir el gobierno de un partido indecente, declararon desde el principio de la campaña para que Sánchez recuperara la Secretaría General, que el PSOE tenía que ser de la militancia; que los militantes, en un partido socialista, no podían ser meros espectadores pasivos obligados a tragar todas  las decisiones que tomaran los importantes. Pedro Sánchez y los de su equipo fueron repitiendo por toda España que en un partido socialista tienen que importar igual todos los que comparten el anhelo de regenerar la política del país; el anhelo de que los políticos trabajen por la justicia social devolviendo a los ciudadanos el protagonismo al que tienen derecho por ser ellos quienes les eligen y les pagan el sueldo. Pedro Sánchez y su equipo ganaron las primarias porque se dieron cuenta que el poder ya no era de una élite de intocables; porque se dieron cuenta de que el poder es de todos los que piensan y ya no están dispuestos a callar.