Así habló Mariano, el profeta

Publicado en Publicoscopia el 28 de junio de 2015

El presidente del Gobierno y del Partido Popular, Mariano Rajoy. | EFE.

Escribí este artículo hace un año. Entonces, las encuestas volvían a dar ganador en  las elecciones al Partido Popular. Hoy vuelven a decir lo mismo. Hoy, después de innumerables casos de corrupción y de la conducta de un presidente que se atrinchera en la mentira y la indolencia, la mayoría vuelve a querer que sea Mariano Rajoy quien dirija los destinos de este país. ¿Por qué? Tal vez porque Rajoy es el hombre que mejor conoce a los habitantes de este país.

Así habló Mariano, el profeta

“¿No es vuestra alma acaso pobreza y suciedad y un lamentable bienestar?” (Así habló Zaratustra. Friedrich Nietzsche).

 

Cuando Mariano Rajoy tenía cincuenta y seis años, dejó su casa y marchó a La Moncloa. Allí gozó de su espíritu y de su soledad durante tres años y meses sin más compañía que la de su voluntad y su inteligencia. Pero al fin su corazón se transformó y, levantándose una mañana, decidió bajar al mundo de los hombres para regalar y repartir su sabiduría.

Cuando Mariano Rajoy llegó a la tierra de los hombres, encontró una gran muchedumbre ansiosa de escuchar al sabio que venía a hablarles de su destino. Y Mariano Rajoy les habló. Habiendo recorrido el camino desde el gusano hasta el hombre, les dijo, muchas cosas en el hombre aún siguen siendo de gusano. Habiendo sido monos, les recordó, ahora el hombre es más mono que cualquier mono. Y advirtió a los hombres-gusanos-monos que le escuchaban: “Yo os conjuro, hermanos míos, permaneced fieles a la tierra de los gusanos y los monos, y no creáis a quien os habla de esperanzas sobre terrenales. Son envenenadores, lo sepan o no”.

Mariano Rajoy empieza la precampaña de la precampaña electoral con las ideas clarísimas y la certeza de que sus enseñanzas serán aceptadas como palabras divinas por la mayoría y volverán a convencer a la absoluta mayoría de que debe otorgarle otra vez el poder absoluto. Algunos piensan que tal certeza no puede obedecer a otra cosa que la estupidez. Mariano Rajoy es el líder peor valorado de cuantos políticos lideran algo en este país. Su partido pierde, al menos, la mayoría absoluta, en todas las encuestas.

Solo un tonto muy tonto, se dicen algunos, puede creerse que dejando las cosas tan chungas como están, negándose a cambiar sustancialmente cosa alguna, los trasquilados ciudadanos volverán a su regazo para que les sigan trasquilando cuanto les quede por trasquilar. Se equivocan. Solo un tonto muy tonto o un hombre que ha llegado a la iluminación de su propia naturaleza y a la conclusión de que si él es como es y no puede ser de otra manera, así deben ser todos los hombres vulgares y corrientes de este país. Mariano Rajoy se propone convencer a sus congéneres apelando a la verdad de lo que son y dándoles la buena noticia de que ni él ni su gobierno les pide ni les pedirá nunca que se esfuercen por ser de otra manera.

Si se puede gobernar un país sin afanarse; dejándose llevar a remolque por los que más pueden y saben más; sin renunciar a las aficiones personales; descansando cuando el cuerpo pide descanso y dando vacaciones al cerebro cuando las necesita, ¿cómo no va a poder gobernar su vida satisfactoriamente cualquiera que siga el ejemplo de su gobernante?

El evangelio de Rajoy es un bálsamo para el hombre al que los otros líderes golpean con amenazas de cambio. Cambiar cuesta. Todo cambio exige reorganizarse, adaptarse a lo nuevo. Bastante costó a empleados, funcionarios, becarios, asalariados, pensionistas y demás adaptarse a las circunstancias que se dieron con las crisis. Pedir a los ciudadanos otro cambio sería cruel y totalmente innecesario.

El mesías de la coleta promete cambio radical excitando la indignación por todo lo que pasa y todo lo que hay. Pero vivir en permanente estado de indignación estresa y agota, luego no puede ser bueno para la salud. En el caso menos grave, el indignado puede acabar con una úlcera péptica.  No hay más que ver a los indignados; casi todos son flacos y tienen cara de mala leche.

Otro líder propone una sociedad renovada por la libertad, la justicia social, la solidaridad, y promete recuperar el estado de bienestar. Pero una cosa es cantarle a la libertad y otra exigirla. Como todos sabemos, la libertad deja al hombre en manos de sí mismo obligándole a decidir cómo realizar su propia existencia. ¿Puede haber algo más aterrador y más injusto? Encima del estrés constante que causa tomar decisiones, uno tiene que cargar con la responsabilidad si se equivoca. Un buen gobernante es el que libra al ciudadano del agobio de gobernarse. La justicia social es que todos tengan trabajo, y por lo tanto es justo que se den todas las facilidades a los empresarios, que son  quienes crean empleo. Y nada más solidario que el trabajo a tiempo parcial y los contratos temporales para dar  a otros la oportunidad de trabajar. En cuanto a eso que llaman bienestar, no es bienestar porque no se puede estar bien cuando uno no cumple sus compromisos ni paga sus deudas. Se está bien cuando uno está bien como está; eso es bienestar.

Mariano Rajoy habla y el hombre vulgar y corriente le entiende porque en sus palabras está la verdad. Y la verdad es que nadie piensa en salvarse porque lo que quiere el hombre vulgar y corriente es sobrevivir. Quejarse de las cosas como son es una costumbre, pero cambiarlas es un engorro que a nadie apetece. Es como esa prenda de ropa que nos ponemos para estar por casa; puede estar vieja, fea, pero si alguien nos la tira a la basura, nos llevamos un disgusto.  El regalo más grande que se puede hacer a la humanidad es dejarla vivir en paz sin cambiar nada.

Por eso Mariano sigue hablando a los hombres que le entienden sin decir cosa alguna que no le puedan entender. El hombre es un arroyo contaminado, les  dice. ¿A qué imponer una ética que nadie está dispuesto a observar? La ética la inventaron los griegos y mirad cómo están. Algunos hoy insisten en meter la ética en la política como si la política tuviera algo que ver con la moral y pudiera, de algún modo, mejorarla. Son vendedores de humo, trina Mariano, farsantes que ofrecen lo imposible, y lo saben. Hace muchos siglos que los gobernantes comprendieron que la única moral que conviene a la humanidad es una moral hecha a la medida del hombre. Esa moral sana es la religión.

La religión nos dice que somos pecadores desde el momento en que fuimos concebidos y que mientras dure nuestra vida en la tierra no podemos ser otra cosa que pecadores. Corruptos somos todos por naturaleza y es por lo tanto contra natura exigirnos una moral que violenta nuestros instintos. ¿Quién no ha mentido alguna vez? ¿Quién, pudiendo defraudar, no ha defraudado? Los que prometen acabar con la corrupción mienten porque para acabar con la corrupción, habría que acabar con la humanidad.

¿Queréis gobernantes incorruptibles, es decir, inhumanos? ¿Queréis gobernantes que os digan siempre la verdad?  El hombre es como los monos que se arrastran por el fango y trepan unos por encima de los otros y este mundo es fango y huele mal porque no puede ser de otra manera. ¿Queréis que vuestros gobernantes os cuenten de verdad por qué millones de niños tienen que morir de hambre y millones de mujeres tienen que sufrir opresión y algunos países tienen que estar en guerra y por qué no podemos dejar entrar a los que se arriesgan a huir de las guerras y de la miseria  aunque haya que dejarlos morir y por qué antes que repartir medicamentos tenemos que dejar morir a algunos enfermos? Si os dijéramos toda la verdad os amargaríamos la vida. ¿Y quién quiere vivir amargado?

La religión nos dice que Dios es misericordioso y sabe cómo somos y como somos nos quiere porque es nuestro Padre celestial. Dios no quiere que nos agobiemos, por eso nos dio la confesión. ¿Por qué agobiarse y perder la autoestima al ver que no podemos dejar de pecar? El Dios de la única religión verdadera nos permite limpiar nuestras culpas con padrenuestros, avemarías y glorias.  Todos esos que predican la regeneración de la política y el ostracismo de los políticos corruptos, o mienten o son unos ingenuos que no saben lo que es gobernar. A todos esos, despreciadles porque lo único que de verdad os ofrecen es complicaros la existencia.

Mariano Rajoy volverá a ganar las elecciones porque en él reconocen, los hombres vulgares y corrientes, al profeta que por amor bajó de La Moncloa para reconciliarles consigo mismos.

Así habló Mariano a los hombres que le escuchaban y así seguirá hablando a quienes le seguirán escuchando: “Hijos míos, no queráis superar lo insuperable. No queráis convertiros en superhombres. Vuestro padre os ama como sois porque sois como vuestro padre. Las cosas no cambian, solo dan vueltas para volver al mismo sitio. De la tierra vinimos, y a la tierra tenemos que volver. Mientras tanto, lo sensato es disfrutar de la tierra como los gusanos, engordando en paz”.

Solo un enigma inquieta a Mariano Rajoy. ¿Cómo es que viendo cómo y por qué ha triunfado, todavía hay hombres en este país  que se empeñan en cambiar las cosas y regenerar la política  y salvar a la sociedad? ¿Se creerán  superhombres de verdad o será que son tontos? Mariano Rajoy se irrita porque no encuentra respuesta. Hay cosas que los hombres vulgares y corrientes no pueden comprender.

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Autor: mariamirrocafort

Nací en 1948. Tengo un hijo. Soy escritora, articulista y profesora. Soy progresista. No pertenezco a ningún partido político, voto según lo que me dicta la razón. Creo en Dios, pero no en religiones con intermediarios que pretenden hablar en nombre de Dios.

2 comentarios en “Así habló Mariano, el profeta”

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