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Publicado en Publicoscopia el 23 de noviembre de 2014

 

Desde el asesinato de Kennedy hace cincuenta años, no hay suceso trágico de alcance nacional o internacional que no cuente con su teoría de la conspiración. Hemos acabado aceptando que hay una Mano Negra que mueve a los políticos como marionetas en el gran teatro del mundo, haciendo que conduzcan sus rebaños en la dirección adecuada para esquilmarlos mejor.

 

El pasado 20 de noviembre se cumplió el tercer aniversario del ascenso al poder absoluto de Mariano Rajoy. Tan nefasta ha sido la gestión de su gobierno para la inmensa mayoría de los españoles, que tiene visos de suceso trágico. Para explicarla, no podía faltar la teoría conspirativa. No es posible que un gobierno sea tan inepto todo el tiempo como para cargarse en tres años los fundamentos de un país. Tanta ineptitud aparente podría encubrir una demolición controlada.

El gobierno, por comisión y omisión, ha ido desmantelando el estado y minando, a un tiempo, la confianza de la sociedad en las instituciones.

Desde los primeros Consejos en la Moncloa, el poder ejecutivo lanza un brutal ataque contra sí mismo que no deja ministro a salvo de la animadversión popular.

La Ministra de Trabajo se gana el aborrecimiento de los asalariados con una reforma laboral que elimina sus derechos dejándoles a merced de la voluntad, mala o buena, de los empresarios, y unos recortes en la prestación de desempleo que hunden a millones en la miseria. La de Sanidad, recorta, cobra, privatiza, excluye. Por primera vez en muchos años, enfermar en España sin dinero puede significar la muerte. Encima, estas señoras justifican sus medidas inhumanas con disparates y estupideces tales que habrían servido como pruebas fehacientes de la inferioridad intelectual de las mujeres a los frenólogos del siglo XIX. Uno se pregunta si no se tratará de un intento deliberado de matar dos pájaros de un tiro: destruir la fe en la gestión política y dar alas al machismo.

No ocurre lo mismo con el Ministro de Educación. Destruye, impávido, el resultado de décadas de esfuerzo por lograr una enseñanza pública igualitaria y laica, haciéndola retroceder a los tiempos de los Principios del Movimiento Nacional. Pero lo explica bien. Un nutrido repertorio de falacias le permite lucir una retórica de buen comunicador. Lo que no evita que todos los afectados por sus medidas retrógradas y elitistas le manifiesten su más profundo rechazo.

El Ministro del Interior no puede explicar sus leyes y medidas de un modo coherente porque se oponen a derechos constitucionales como el de manifestación y convenios internacionales como el derecho de asilo. Incapaz de apoyarse en la argumentación racional para defender sus decisiones, recurre al apoyo de la Santísima Virgen.

El de Justicia impone tasas para vedar el acceso a los tribunales a quien no tenga dinero e intenta que las mujeres pobres no puedan abortar en España. Su ley del aborto se demuestra tan impopular que, por eso y por otras cosas, a Rajoy no le importa incumplir otra promesa electoral poniendo la ley a dormir el sueño de los justos. El Ministro dimite y busca asilo en terreno radical, dejando tras de sí un reguero de indultos que solivianta a los jueces.

El Ministro de Industria se luce transformando las facturas de luz en un galimatías imposible de comprender que encubre cantidades imposibles de pagar para millones de pobres. Instituye en el país una nueva modalidad de pobreza; la pobreza energética. Como esta no iba a notarse en el invierno de Canarias, el Ministro compensa a sus compatriotas con otro grave motivo de preocupación imponiendo prospecciones petrolíferas en lugares del mar cercanos a reservas naturales, parques nacionales, zonas de conservación y reservas de la biosfera.

Mariano Rajoy contempla, hierático, la destrucción de la confianza de los ciudadanos en el poder ejecutivo. De ahora en adelante, a nadie se le ocurrirá esperar que algún ministro le saque las castañas del fuego.

Y que nadie espere ayuda del legislativo. Como todos saben, el Senado no sirve para otra cosa que para colocar a correligionarios sin mejor destino conformándoles con pingües sueldos, dietas y privilegios. El Parlamento se ha convertido en un teatro donde los partidos de la oposición escenifican su disconformidad y el partido del gobierno vota para demostrar a todos que ideas y discursos son inútiles ante la apisonadora de la mayoría.

¿Y el poder judicial? Sepultados bajo toneladas de legajos, los jueces se arrastran de proceso en proceso a la velocidad de perezosos en tierra. El trabajo que pudo haberles quitado la ley de tasas judiciales impidiendo que recurra a la Justicia quien no se la pueda pagar, lo multiplica la salida a flote de innumerables casos de corrupción, como si de golpe se hubieran reventado todas las cloacas del país. Por si fuera poco, Mariano Rajoy se enzarza con los catalanes y les echa encima al Constitucional a ver si los calla. No los calla. Y entonces le echa a la judicatura una querella contra el President y dos Consellers, con una ristra de delitos que va a mantener ocupados a policía judicial, secretarios, fiscales y jueces durante años. ¿Qué el poder judicial va a colapsar si no se moderniza y se le inyecta sangre nueva? ¿Y quién quiere un poder judicial que funcione bien?

Del descrédito de los partidos políticos se encarga la propaganda. Funcionan en el reino de las tinieblas susurrando pactos y componendas que no pueden oír los ciudadanos. Todos son iguales. Tras el maquillaje de la ideología y de los eslóganes que la pregonan, se esconden individuos a quienes sólo importan su promoción profesional y su bolsillo. El día de las elecciones no habrá partido, viejo o nuevo, que haya podido resistir la demolición.

La Iglesia ya no es el regazo maternal donde se refugian las conciencias. Es un nido de ladrones que se apropian del patrimonio del estado y no pagan impuestos. Es la guarida desde la que sacerdotes y obispos atacan a los niños.

La policía ya no tranquiliza protegiendo al ciudadano; han convertido a los agentes en esbirros del poder.

¿Queda algo?

Queda el niño que no puede ir al comedor escolar porque los padres no tienen con qué pagárselo y no le ha llegado la beca. Queda la anciana que va a encender la luz de la cocina y no enciende y no le sorprende porque no ha podido pagar la factura y estaba esperando que le cortaran el servicio de un momento a otro. No importa, piensa mientras busca una vela. A una anciana de ochenta cinco años ayer la desahuciaron de su casa y ella, al menos, tiene techo. Quedan la mujer y los hijos de un hombre que se muere porque no puede pagarse el medicamento con que detener el avance de su enfermedad crónica. Pero estos y millones como estos no se ven.

En el lugar en que se demolió el estado y con él la vida digna y el futuro de millones de hombres, mujeres y niños queda un espacio inmenso, limpio, dispuesto para la construcción de nuevas estructuras que van a generar mucho dinero, muchas empresas, muchos consejos de administración, muchas comisiones. Los pobres también se beneficiarán de la bonanza y vivirán felices porque tendrán empleo aunque sigan siendo pobres.

¿Y no corre peligro el nuevo orden ante la embestida de esos jóvenes que amenazan al poder con propuestas anticapitalistas?

El capital no se inmuta. Está todo controlado. Una buena parte de la ciudadanía, huérfana, desmoralizada, no dudará en volver a votar por el padre fuerte y protector que le promete que todo irá bien. Sólo los pocos a quienes queda algo de valor y de esperanza votarán por los vendedores de humo.

Entonces, ¿todo ha sido una demolición controlada? ¿Nada se ha derrumbado por azar?

Algunas de las teorías de la conspiración se han demostrado ciertas; otras no.

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