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Pedro Sánchez arrasa entre los militantes, simpatizantes y votantes socialistas de tal manera, que ya los medios empiezan a mencionar su nombre por miedo a hacer un escandaloso ridículo en las próximas primarias del PSOE. Presentó su programa en un Círculo de Bellas Artes lleno hasta el techo que vibraba de fervor socialista,  ante quienes tuvieron que escucharlo en otra sala porque en el teatro no cabían y ante quienes le escucharon en la calle por el mismo motivo. La Cadena SER no se atrevió a ignorar el evento, pero tampoco a tratarlo con imparcialidad. Tomemos como ejemplo el tratamiento que del acto ofreció la emisora a sus oyentes, suponiendo que no deferirá mucho de otros medios que quieran presumir de imparciales.

Al día siguiente del acontecimiento en el Círculo de Bellas Artes, la SER ofrece, en el programa Hoy  por hoy,  corte de Pedro Sánchez en el que expone las claves fundamentales de su proyecto; crear una gran alianza de fuerzas progresistas que acabe con el neoliberalismo, y el reconocimiento de la plurinacionalidad de España. A este corte sigue uno de Patxi López diciendo que algunos han convertido el “No es No” en un proyecto; que el “No es No” no puede ser un proyecto y que el proyecto socialista tiene que ser el “Sí es Sí”.

Hay que ser más corto que un tubo de radio -como se decía en la época de las radios con tubos- para no ver la diferencia entre las manifestaciones de un candidato y el otro. Pedro Sánchez propone en pocas frases un proyecto que pretende transformar el país de acuerdo con los principios de la socialdemocracia. Patxi López suelta el discurso del político convencido del bajísimo nivel intelectual de quienes le escuchan, tan bajo que hay que explicarles que el “No es No” no es un proyecto, para, a renglón seguido, meterles en la mollera que el proyecto del PSOE tiene que ser el “Sí es Sí”. Confieso la precariedad de mis entendederas por no entender por qué el “No” no es proyecto y el “Sí”, sí lo es. La única razón que se me ocurre me lleva a imaginar que Patxi López termina diciendo in mentem: “Porque lo digo yo” o “Porque lo dice la Gestora” o “Porque lo dicen los que dicen a la Gestora lo que tiene que decir”.

Sin embargo, la SER manifiesta su equidistancia –término que ya todos entendemos con una acepción que la Real Academia aún se resiste a registrar. “Aquí tenéis las voces de los dos candidatos a la Secretaría General del PSOE. Igual tiempo, igual importancia, ningún comentario”. Tomando en cuenta que los cortes inician un tramo de análisis político, ¿no merecería un comentario, por somero que fuese, la abismal diferencia entre lo que un candidato y el otro entienden por proyecto? Considerando, además, la presunción de ignorancia que se otorga a la mayoría, ¿no sería una obra de misericordia enseñar al personal lo que la palabra proyecto significa? Porque la verdad es que hace mucho tiempo que muchos vivimos confundidos.

Resulta que Pedro Sánchez se pasó la campaña electoral de 2015 proponiendo y explicando su proyecto para el gobierno del país, proyecto contenido, además, en el programa del PSOE que podía leerse en Internet. Pedro Sánchez volvió a proponer y explicar su proyecto durante los días previos a las elecciones de junio de 2016. Pedro Sánchez siguió proponiendo y explicando su proyecto en las campañas a las autonómicas de Galicia y el País Vasco. Pedro Sánchez sigue proponiendo y explicando su proyecto en todos los actos que ha realizado por diversas ciudades de la geografía nacional, o sea España, desde que el Comité Federal del 1 de octubre le obligó a dimitir. Y resulta que después de tantas propuestas y explicaciones, hay políticos y comentaristas que siguen repitiendo que Pedro Sánchez no tiene proyecto.  O sea que, o los que creemos haber escuchado y leído el proyecto de Pedro Sánchez padecemos de alucinaciones, o los que nos dicen que tal proyecto no existe quieren convencernos de que alucinamos. Pero puede haber otra  explicación. En su afán por convencer al personal de que Pedro Sánchez no ofrece absolutamente nada digno de nuestra atención, es probable que quienes en tal cosa se afanan no tengan ni tiempo de, ni interés en procurar enterarse de nada de lo que Pedro Sánchez escribe o dice.

Por fin esta semana, demostrando una gran sagacidad, uno de los políticos del PSOE reconvertido por el interés de España en ayudante del PP, acepta públicamente que Pedro Sánchez ya tiene un proyecto y descubre que es rojo. ¡Cáspita! ¿Pero el PSOE no era rojo de toda la vida?  ¿Qué era entonces? Como dicen los comentaristas, el asunto no es baladí.

Lo de rojos fue un invento de los golpistas de Franco que tras dividir el país en dos bandos enfrentando a los españoles en una guerra civil, todavía tuvieron el humor de colorearlos. Los azules, color del cielo de los justos, llamaron rojos peyorativamente a quienes consideraban huestes del infierno. Todos sabemos lo que significó ser tildado de rojo tras la victoria de Franco ayudado por Hitler y Musolini: para unos, la muerte; para otros, la prisión; para otros, el exilio; para otros, arrastrar su miseria toda la vida en un país en el que se le cerraban todas las puertas porque en todas las casas se vivía con el temor de molestar a los victoriosos y omnipotentes azules.

También con temor, uno se pregunta, ¿dónde estamos?, ¿cuándo? Hay que estar muy desinformado y sin ganas algunas de enterarse de lo que pasa para no haberse dado cuenta de que en los últimos cinco años el gobierno del Partido Popular nos ha estado llevando a rastras por el túnel del tiempo hacia atrás. La corrupción, la impunidad de los corruptos, los intentos de manipular a la justicia, la imposición subrepticia de autocensura en los medios, la asfixia de los trabajadores con salarios de miseria y condiciones de trabajo rayando la esclavitud, la división del país entre una élite económica minúscula que acapara todos los privilegios y una mayoría que trabaja para sobrevivir, nos ha ido devolviendo a la época de la dictadura.  Y sale un preboste y llama rojo a quien pretende frenar la marcha atrás. Entonces, ¿es que ya hemos llegado a aquellos días en que, muerto el Caudillo, el Ministerio del Interior velaba  para evitar que España cayera en las garras satánicas de la democracia?  ¿Ya hemos vuelto a la época fratricida en que una victoriosa España azul llamaba rojos a quienes habían luchado y seguían luchando en la clandestinidad por una sociedad libre, justa, solidaria?

Pues sí, ya hemos llegado. Aunque uno pueda decir o escribir lo que piensa sin que le metan en la cárcel. Hay muchas formas de imponer la censura. El miedo a perder trabajo y sueldo suele ser uno de los modos más eficaces de controlar las lenguas; otro, el miedo a perder contactos; a enemistarse con los repartidores de cargos; a verse expulsado a los márgenes de la sociedad.

Ya hemos llegado. Las homilías y declaraciones de obispos contra la igualdad de hombres y mujeres y la satanización de la homosexualidad se airean en los medios sin que se aplique ninguna de las leyes vigentes para atajar la incitación al machismo y a la homofobia.

Ya hemos llegado. Aunque se permita a dos partidos nuevos hacer una oposición mucho más aparente que efectiva. Rivera e Iglesias no presentan más peligro que el de dos actores en una representación teatral. Ambos contribuyen a hacernos creer que vivimos en una democracia. Ambos pueden protestar cuanto quieran y se les agradece porque distraen al personal.

La realidad es que aquí mandan los azules; los del PP y los que llaman rojos a quienes se atreven a presentar un proyecto progresista y a quienes no nos resignamos a retroceder renunciando a nuestros derechos de ciudadanos libres. Ya hemos llegado a la pretransición. Ahora nos toca ganarnos el derecho a la democracia como se lo ganaron nuestros antecesores.

 

 

 

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