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El 1 de octubre de 2016 unos señores del PSOE se cargaron al PSOE. Omito los nombres para ahorrar espacio porque los conocemos todos. No hay encuesta de intención de voto que hoy no sitúe al que fue partido gobernante o primer partido de la oposición durante treinta y cinco años en tercer o cuarto lugar. La portavoz de los demoledores,  Susana Díaz, hoy recorre España prometiendo reconstruir el partido y llevarle al triunfo electoral.  Su discurso conmueve. Es como el de una niña que hubiera escacharrado un jarrón de valor incalculable y fuera gimiendo por toda la casa, con un tubo de pegamento en la mano: “No me castiguéis. Yo lo voy a arreglar”. Pero los adultos saben que el jarrón tardaría años en arreglarse aunque de ello se ocupara un equipo de los mejores restauradores.

La realidad es que a ningún político con poder de este país le interesa restaurar al PSOE, y menos que a ninguno, a quienes destrozaron el partido a golpes dejándole casi noqueado aquel 1 de octubre y rematándole unos días después en el discurso de investidura de Mariano Rajoy. Cada uno de los diputados que ese día se levantaron del escaño para decir “abstención” sabía que la palabra significaba una sentencia de muerte. ¿Por qué lo hicieron? Unos porque creían en la palabra de la que les había prometido “Esto lo arreglo yo”, y no era cosa de arriesgar cargo y sueldo contrariando a quienes tenían el poder de garantizarles ambos. Otros, porque estaban convencidos de que era necesario destruir al PSOE porque, como Cartago, la socialdemocracia en España constituía una amenaza permanente contra el Imperio, el imperio de los poderes fácticos de la España eterna. ¿Pero es posible que fueran los mismos próceres del PSOE los que decidieran destruir el partido? ¿Por qué?

A Felipe González le permitieron llegar al poder porque se comprometió a no tocar a los intocables. Y no los tocó. Para que pudiera encandilar a la plebe con un triunfo, le permitieron cobrarse la cabeza de Ruíz Mateos, un advenedizo a quien los patricios no podían ver. Y le dejaron ofrecer escuela pública, mientras  no incordiara a las concertadas. Y no las incordió. Y abrigar en su seno a intelectuales ateos y agnósticos mientras no tocara los acuerdos con la Santa Sede. Y tampoco los tocó. Cuando Felipe González salió de La Moncloa, le llevaron en coche con chófer a un nuevo destino que le garantizaba ingresos a pedir de boca  y la intocabilidad perpetua  siempre y cuando no los utilizara contra los intocables de siempre. Hasta el día de hoy, Felipe González, bien entrenado por sus años de brega,  ha cumplido sus compromisos con los neoliberales sin faltar.

Cuando un golpe aciago de la suerte llevó al poder a José Luis Rodríguez Zapatero, creyeron él y los suyos que los votos daban manos libres para hacer lo que quisieran. Los intocables no tardaron en llamarle a capítulo. Vale lo  de los homosexuales; son pocos y gastan mucho. Vale lo de la memoria histórica, que suena muy bien, pero ni un céntimo del estado para desenterrar huesos y nada de sacar papeles viejos que pudieran comprometer la memoria de los cuarenta años gloriosos que transformaron a España en modelo de virtudes. Zapatero no quiso o no se atrevió a mancillar ese recuerdo. Para hacerse perdonar veleidades socialistas, le subió a la Iglesia lo que cobraba del estado, de nosotros. Pero faltaba algo más, una demostración de que también estaba dispuesto a respetar los intereses de los intocables financieros. Para apaciguarles, Zapatero tuvo que promulgar una reforma laboral pro empresarios. Cuando Zapatero salió de La Moncloa, ni Franco le hubiera visto el rojo por ninguna parte.

Todo iba bien en un PSOE que aún tenía votos suficientes para  repartir cargos a los más importantes manteniendo el orden en la pajarera. Y todo podía haber seguido bien. Los vientos fétidos que empezaban a salir del Partido Popular estaban alejando a millones de votantes. La reforma laboral de Mariano Rajoy, más salvaje que la de Zapatero, y otras medidas sensatas de su gobierno, estaban dejando a media España en la pobreza. Sólo era cuestión de esperar a que Mariano Rajoy y los suyos se ahogaran en su propia cloaca o a que la mayoría no pudiera soportar la peste y la miseria por más tiempo. Entonces saldría a escena el PSOE con un candidato joven y guapo  que lanzaría promesas como rosas y, a lo mejor, devolvía al partido montones de actas de diputado para que muchos más estuvieran contentos y el partido pudiese disfrutar otros cuatro años de paz.

Pero resultó que el candidato joven y guapo cerró la puerta de su despacho a intocables del partido y se puso a programar y predicar reformas que pusieron nerviosos a los intocables de afuera. Dicen que no recibía ni le hacía caso a nadie. Lo que solo podía querer decir que estaba dispuesto a hacer de su capa un sayo. Esa capa y ese sayo eran tan rojos que no hubiera podido salir con ellos ni a la esquina de su casa en tiempos de Franco. Pedro Sánchez no atendía a razones porque ni siquiera daba pie a que se le explicaran las razones para mantener  en España el sistema económico y social del franquismo.  Tenía entre ceja y ceja reconvertir al PSOE en un partido socialista y obrero, y ni siquiera por la guinda se le podía coger en falta porque también  lo quería español. Su contumacia asustó a la Iglesia y convenció a los magnates de los negocios de que no se podían correr riesgos permitiendo en España la supervivencia de una socialdemocracia díscola que, no solo haría daño a la derecha española, sino que podía servir de ejemplo y estímulo a la agonizante socialdemocracia europea.

No hace falta repetir cómo derrocaron a Pedro Sánchez los próceres de su partido. Lo sabe todo el mundo y ya cansa. No hace falta repetir como el PSOE de la Gestora se transforma en muleta del Partido Popular superando en utilidad a Ciudadanos. Todos lo hemos visto, oído y leído. Y todo lo visto, oído y leído por los espectadores pasivos basta y sobra para que, en el inconsciente colectivo del país, el PSOE de la Gestora se haya constituido en símbolo de indecencia por apoyar  a un partido indecente. Ya pueden soltar los culpables todas las explicaciones que sea capaz de pergeñar su entendimiento. Todos sabemos desde niños que lo más fácil de encontrar en esta vida son excusas para justificar cuanto nos parezca que necesita justificación.

Pero como España es la cuna del esperpento, lo que no bastan son los argumentos racionales para explicar las causas y consecuencias de los gatuperios políticos. El éxito de un guiso depende del aliño y en esta olla podrida, el aliño no podía faltar. Apareció Podemos.

A Pablo Iglesias y su grupo inicial les descubrieron los ojeadores de varios equipos: el chavista para contar con una cuña en la Unión Europea; el neoliberal español y de allende para ofrecerse como el orden frente al caos. Unos bisoños profesores de Políticas manifestándose en la calle como radicales, con un cabecilla que podría protagonizar una serie de televisión acaparando todas las audiencias, podían hundir en la derrota a cualquier equipo que pretendiera cuestionar la supremacía de la derecha con un proyecto de socialismo moderado. ¿Quién financió el ascenso de aquella tribu hasta constituirla en partido político? ¿Quién lanzó a Pablo Iglesias a la apoteosis? Puede que nunca se sepa objetivamente. Pero las respuestas carecen de importancia ante los resultados de una estrategia genial. Podemos, unidos después a todas las tribus que Iglesias pudo recoger de aquí y allá, se llevaron al monte de las bienaventuranzas a todos los rojos desencantados con el rosa pálido, viejo, del PSOE. ¿Es que Unidos Podemos es de izquierdas? Según. Pablo Iglesias dice que no, y no miente. El narcisismo le hace verse por encima de toda dirección accidental. Pero por lo estrafalario de su indumentaria, de sus discursos y de su comportamiento en lugares serios, las masas le ponen la etiqueta de revolucionario de izquierdas  a falta de otro arquetipo al que asociarlo.

El día en que el PSOE de la Gestora culminó el desmantelamiento del socialismo permitiendo el gobierno del PP con su sonora abstención, Unidos Podemos quedó ante los españoles como el único partido de izquierdas de este país. Pablo Iglesias se vio como el héroe destinado a recibir la dignidad de Dios y decidió hacer todos los méritos posibles para hacerse ver, produciendo escenas y discursos que le garantizaban cobertura radiofónica y televisiva en prime time. En el último episodio, aparece flanqueado por su corte. Une las cejas. Fija las pupilas en una cámara, en otra, en otra. Va a hacer un anuncio trascendental que conmoverá los cimientos del país. Luego de una estudiada pausa que enardece la expectación, anuncia que va a presentar una moción de censura.

Quien sabe algo de política se queda con cara de bueno, vale. A los del PSOE de la Gestora les roza una ligera preocupación. Una cosa es que los votantes les manden al tercer lugar y otra que la debacle les lance al limbo en el que habitan Rosa Díez y compañía. ¿Qué tienen para competir con la estrella de la política española? Promesas socializantes, no, desde luego. No les creerían ni en sus casas. Tienen a Susana Díaz, pero su voz de coreuta de tragedia griega, tan antigua, tan engolada, tan plañidera, aburre hasta a sus mentores.  Como no se pongan  los gerifaltes del partido a manipular cuentas, avales, papeletas y voluntades, el rojo de bronce puede aplastarlos a todos  como el cinturón del sastrecillo valiente. Es posible que en eso estén.

¿Y en qué estamos los ciudadanos, esos ciudadanos que les mantenemos a todos, empresarios y políticos,  sin chistar? Esperando sin chistar a que el rojo de bronce aparezca como deus ex machina apagando la trituradora de voluntades hacia la que nos están empujando los esbirros del poder.

 

 

 

 

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