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Hoy todos los medios de comunicación lanzan al aire entre fanfarrias la bajada histórica del paro en abril. Las cifras están en todas partes para quien se quiera entretener consultándolas. En abril trabajaron miles que no estaban trabajando en marzo. En abril cotizaron en la Seguridad Social miles que en marzo no pudieron cotizar. Vamos en la buena dirección, decía el PP, y tenía razón. La reforma laboral hoy demuestra su bondad. Ha sido un éxito.

Cuenta el evangelio de Lucas una parábola que la mayoría conoce muy bien. Empieza así:

“Había un hombre rico, que se vestía de púrpura y de lino fino y hacía cada día banquete con esplendidez. Había también un mendigo llamado Lázaro, que estaba echado a la puerta de aquel, lleno de llagas… y ansiaba saciarse de las migajas que caían de la mesa del rico”.

Y sigue diciendo que el pobre, Lázaro, por más señas, murió y fue al cielo. Y el rico, por más señas, Epulón, murió y fue al infierno.

Esta parábola sirvió a la Iglesia durante siglos para contener a los miserables. Si sufrían su penuria perpetua con paciencia y resignación, les esperaba la Gloria después de muertos.

Las parábolas son eternas porque nacieron de la sabiduría divina. Hoy nos recuerda ésta que todavía hay quien se harta en mesas llenas de manjares y quien vive pendiente de las sobras para sobrevivir.

Pues bien, hermanos, regocijaos. En abril cayeron más sobras que nunca de las mesas de los ricos. Esas mesas que existen porque los pobres las llenan trabajando por una miseria y volviendo a las calles a mendigar trabajo cuando a los ricos no les conviene seguir pagando sueldos hasta la próxima estación.

Claro que la reforma laboral ha sido un éxito. Preguntad a los empresarios. Y ha sido un éxito también para los trabajadores. Preguntad al pobre que no duerme porque no sabe cómo va a pagar el alquiler de su casa, pero que siente cierto alivio por la mañana porque al menos el sueldo le ha alcanzado para dar desayuno a sus hijos. ¿Y cuando ese miserable trabajo se le acabe? El pobre no puede hacer presupuestos ni previsiones. Si la cosa va algo bien, amanecerá trabajando. Si va mal, amanecerá mendigando y acabará por la noche, en la cama, animándose con la esperanza de que mañana será otro día.

El pobre Lázaro de nuestras entrañas ya ni siquiera espera la Gloria. No sufre su penuria con resignación; la sufre con rabia y rebeldía, rebeldía que suelta con palabrotas amenazando a los culpables de su desventura con venganzas imposibles.

Cuando llega el día de las elecciones, el pobre Lázaro vuelve a votar al PP porque, sean lo que sean sus políticos, al menos le garantizan que de su mesa caerán sobras para mantenerle, a él y a su familia, con vida.

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