(Publiqué este artículo en Publicoscopia hace unos dos años. Hoy puede servir para aclarar el concepto de plurinacionalidad y espantar el miedo a quienes ven en el concepto un peligro para la unidad de España que no existe).

 

¿Qué es España? Alguien contestará que es un país; otro, queriendo precisar objetivamente agregará: de Europa. Habrá a quien la pregunta excite el nervio del nacionalismo y responda que es un país con una historia gloriosa. En fin, más o menos lo mismo que lo que un portugués respondería sobre Portugal; un francés sobre Francia; un catalán sobre Cataluña. En todo caso, lo más probable es que la mayoría de las respuestas  definan  un espacio deshabitado. Porque a la pregunta, qué es España, es muy difícil que alguien responda diciendo que es el país de los españoles.

Hablamos de un país como si se tratara de algo abstracto, un concepto que está por encima de los seres humanos que lo habitan. Hasta no hace mucho, se educaba a los hombres para dar la vida por su patria, y hoy por hoy hay gente matándose en varias partes del mundo por defender la suya. Este hecho es una de las pruebas más evidentes del atroz salvajismo que aún convive con la facultad de la razón  en las profundidades del alma humana. Porque un concepto abstracto del país, de la patria, parece a primera consideración producto de una inteligencia capaz de  elevarse al pensamiento teórico; pero una reflexión más profunda nos conduce a la mente del hombre primitivo, enfrascada en la brutal defensa  del territorio de su tribu. Habrá quien vea una diferencia esencial entre una actitud y la otra; y tendrá razón. El primitivo defendía su supervivencia y la de su gente; quien defiende la patria está defendiendo un concepto carente de humanidad.

El país, la patria, es un trozo más o menos grande de tierra cuyos límites se establecieron en algún momento de la historia mediante pactos políticos que en la mayoría de los casos surgieron de guerras y conquistas. Esos límites se trazaron sobre papel sin tener en cuenta a las personas que vivían entre esos límites. Así, se separaron grupos de una misma etnia; se mezclaron grupos étnicamente distintos; se obligó a algunos a vivir bajo una bandera extraña; se crearon conflictos, en fin, que el tiempo casi nunca consigue resolver. Porque las inteligencias que dibujaron los países tomando en cuenta intereses políticos, económicos, estratégicos, no se detuvieron a considerar  que esos trozos de tierra son algo en la medida en que haya alguien que reconozca lo que son; y que son, por lo tanto, las personas lo que debe contar por encima de todo. Porque no se quiere entender que si no hubiera persona alguna que le otorgara valor a un país, no habría diferencia entre cualquier país de la tierra y una cáscara vacía de cualquier cosa.

Decir que España dejaría de ser España si un cataclismo eliminara a todos los españoles aunque dejara todo el territorio intacto es tan evidente que suena a ripio.  Sin embargo, aún hay quienes vuelven el argumento del revés. El hecho de que el territorio pueda sobrevivir a sus habitantes demuestra la superioridad del país, dicen. ¿Qué país? ¿España, por ejemplo? España morirá el día en que no haya nadie que la reconozca por su nombre. Esa España eterna que inculcaban a los niños en tiempos de caudillos y de gestas, sólo puede ser eterna en la memoria de Dios, si es que Dios concede ese nombre a la porción del mundo que los mortales llamamos España. Que así sea o quiera creerse que es depende de la fe de cada cual.  Objetivamente, o España es el territorio en el que habitan los españoles o no es. Por supuesto, lo mismo puede decirse de Portugal, de Francia, de Cataluña. De Cataluña, no, gritarán algunos. ¿Por qué? Porque es España. ¿Por qué? Porque lo dicen tratados centenarios, las leyes, la Constitución. Es decir, legajos redactados por políticos que en el momento de su redacción no se detuvieron ni un instante a pensar en las personas concretas que habitaban Cataluña ni en las que habitaban España.  Objetivamente, Cataluña es el territorio en el que habitan los catalanes.

Este hecho incuestionable se puede esgrimir como razón fundamental que justifica el derecho de los catalanes a separarse de España. ¿Pero cómo se va a separar? ¿Estableciendo una frontera que deje a los españoles de la raya para allá y a los catalanes de la raya para aquí? Como se han establecido siempre las fronteras, se dirá. Lo que demuestra la lentitud con que evoluciona la inteligencia; una lentitud tan lenta que el avance resulta casi imperceptible.

Hace poco, los políticos rusos, por intereses que nada tenían que ver con las personas, indujeron a los rusos de Crimea a separarse de Ucrania y les suministraron armas para que hicieran valer su decisión. El gobierno de Ucrania mandó su ejército para evitar la separación de Crimea. Unos y otros empezaron a matarse. Crimea, una región próspera donde los unos y los otros vivían como personas civilizadas, se transformó, por voluntad de los políticos, en un territorio en guerra, un lugar  donde los habitantes pierden el derecho a vivir como seres humanos y tienen que defender su vida como animales; un territorio de miseria y muerte. Y quien dice Crimea, dice Sarajevo. Las fronteras que hoy dividen Yugoslavia en distintos países costaron cientos de miles de vidas humanas. ¿Hay quien con clara conciencia de lo que es un ser humano otorgue a esas líneas imaginarias más valor que a una sola de las personas que tuvo que morir para que esas líneas se trazaran?

La situación en Cataluña es muy distinta. No hay armas ni países extranjeros interesados en suministrarlas ni están los catalanes dispuestos a renunciar a su natural pacífico. Pero la causa última de los conflictos por cuestiones limítrofes es la misma en cualquier caso: la estupidez y la inmoralidad de unos seres que pervierten la política entendiéndola como la práctica de estrategias para llegar al poder y conservarlo. Los españoles en general, y los catalanes en particular, han tenido la mala suerte de verse gobernados, en el territorio de los unos y en el de los otros y al mismo tiempo,  por políticos estúpidos e inmorales.

Todos recordamos el proceso que culminó en la aprobación del último estatuto de Cataluña: aprobación del Parlament catalán, del Parlamento español, de la mayoría del pueblo catalán en referendo. Y todos recordamos al presidente del Partido Popular recogiendo firmas contra el estatut ante cámaras fotográficas y de televisión para cosechar votos como defensor de la unidad de España. Una vez aprobado el estatut, todos recordamos también la sonrisa prepotente con la que varios miembros del Partido Popular se retrataron en el momento de recurrir contra el estatut ante el Tribunal Constitucional.

La estupidez de esos actos de provocación gratuita no se le escapó a nadie con dos dedos frente. ¿Afectaba el estatut a los españoles, alteraba en algo la calidad de su vida? Rotundamente, no. Pero es que no era el bienestar de los españoles lo que defendían Rajoy y los miembros de su partido. Defendían a España, decían; esa abstracción, esa cáscara vacía por la que había que humillar a los catalanes. ¿Para qué? Para ganar votos. ¿Y por qué querrían los españoles premiar con sus votos  a quienes humillaran a los catalanes? La estupidez y la inmoralidad de los gobernantes se extienden como una plaga por el territorio que gobiernan contagiando a los habitantes que no pueden o no quieren defenderse del microbio atacándolo con la reflexión. Francisco Franco quiso vengarse de los catalanes por no haberle entregado Barcelona y el resto del territorio  al principio del golpe de estado, obligándole a un gran esfuerzo para ganar la guerra. La venganza consistió, entre otras cosas, en convencer a los españoles de que los catalanes, separatistas casi satánicos, habían sido los causantes de la guerra civil. Cuarenta años de adoctrinamiento dieron su fruto, en este como en otros asuntos.

Cuando el Tribunal Constitucional deroga artículos del estatut refrendado por los catalanes -algunos que el mismo tribunal acepta en los estatutos de otras autonomías-, los catalanes se hartan de un país del que llevan siglos sufriendo intentos varios y por varios medios de hacerles humillar la cerviz. Su indignación, su hartazgo no se dirige contra los españoles; se dirige contra España, esa cáscara vacía que representa a los políticos estúpidos e inmorales que se aprovechan del anticatalanismo para conseguir y conservar el poder.

Desde ese momento, cada vez son más los catalanes que exigen separar su territorio del que perciben como enemigo del modo de vida que les ofrecía el estatut. El clamor llega a los políticos que están en el poder  en Cataluña. Y, ¡eureka!, se les ocurre que erigiéndose en defensores de la independencia, pueden conseguir que sus compatriotas les perdonen un gobierno tan nefasto que ha destruido la vida de miles de personas y condena a otros miles a la pobreza, privando a todos de derechos y servicios esenciales.

Artur Mas y su partido se ponen manos a la obra con tal entusiasmo  que el contenido y el despliegue de la propaganda a favor de la independencia merecerían estudiarse como ejemplares en todas las universidades del mundo. No se detienen ante ninguna consideración moral. El President que había prometido serlo de todos los catalanes, pone la Generalitat al servicio de los independentistas despreciando a los catalanes que no se quieren separar de España, aún sin saber a ciencia cierta si son la mayoría de los habitantes del país. Se utilizan organizaciones en todos los pueblos para conseguir adhesiones a la independencia; algunas voluntarias y otras inducidas por el miedo a señalarse públicamente como “unionistas” enemistándose con parientes y amigos; se insta -y a algunos se obliga mediante pactos- a los alcaldes y regidores a que, después de jurar los  cargos para los que han sido elegidos en las municipales,  lean un texto a favor de la independencia que contradice ese juramento o promesa haciendo pública manifestación de incoherencia y falsedad. Finalmente, Mas convoca elecciones legales dándoles carácter de plebiscito ilegal y asegurándose volver a ganar la presidencia camuflado entre los candidatos de una lista sin programa de gobierno que solo pide el sí a la independencia.

¿Piden Mas y su partido la independencia para mejorar la vida de los catalanes? Difícilmente cuando han sido ellos mismos los que han empeorado la vida de sus compatriotas aplicando  el neoliberalismo más salvaje en sus años de gobierno. Lo que Mas y su partido defienden no es el bienestar de los catalanes; es la independencia de Cataluña, dicen,  esa abstracción, esa cáscara vacía por la que vale la pena dividir a los ciudadanos; jugar con los sentimientos de los independentistas prometiéndoles una independencia que no se va a conseguir; engañarles todo el tiempo que haga falta alimentando esperanzas falsas para que toda su atención se concentre en la defensa de la independencia. Mientras  tanto, los que no están de acuerdo con la independencia concentran toda su atención en la defensa de la unidad de España. Mientras tanto, los unos y los otros ignoran la magnitud y el horror de los problemas que afectan a miles de personas en Cataluña. Otra vez, las personas son reducidas a la condición de objetos que los políticos estúpidos e inmorales utilizan según y para lo que les conviene, que es, siempre, el poder.

¿Qué es España hoy por hoy? El territorio donde todos los españoles sufren las consecuencias de un gobierno formado por políticos estúpidos e inmorales que han llevado a los habitantes del país al borde de la ruina económica y  moral. Pensar que la solución consiste en fraccionar el territorio para que cada cual pueda encerrarse en su casa a rumiar su propia miseria separado de los demás, es haberse contagiado de la estupidez y la inmoralidad de sus gobernantes; haber sucumbido a sus designios aceptando la condición de objetos a su servicio.

¿Hay alguna solución racional? Sin duda alguna, que todos los españoles se unan para quitar el poder a los políticos que invocan abstracciones mientras destrozan la vida de personas concretas, y que elijan para gobernarles a personas que se comprometan  a gestionar los recursos en beneficio de las personas concretas que habitan el país.

Pero, ¿qué es un español? Simplemente, quien habita en un país que él llama España. Pero es que no todos los españoles son étnica, cultural y psicológicamente iguales. Cierto. Los avatares políticos metieron en el territorio que llamamos España a tribus -naciones o nacionalidades, según se prefiera- distintas: vascos, catalanes, andaluces, castellanos, gallegos…Los políticos estúpidos e inmorales suelen destacar las diferencias y estimular antagonismos entre ellas cuando les conviene. La solución exige que los españoles se defiendan de esa manipulación aceptando la unidad del territorio en el que habitan todos; aceptando y respetando las diferencias que distinguen a una tribu de las demás, en la misma medida en que  exigen aceptación y respeto  por las diferencias de su propia tribu; defendiendo el derecho de su propia tribu, y también y en la misma medida el derecho de todas las demás, a exigir que los gobernantes conozcan y reconozcan las necesidades específicas de cada una de las tribus que conviven en España y cuyos miembros reciben por ello el nombre genérico de españoles.

Es una solución simplista, dirán algunos. Es simple, tan simple como que no cuesta nada entender que es la única solución posible a todos los conflictos de un mundo en el que los habitantes marchan ciegos hacia una progresiva deshumanización que puede acabar con todos, más pronto de lo que predicen las estadísticas sobre recursos naturales.

O nos detenemos a mirar a los ojos de las personas que nos rodean, a verlos, a tratar de entender lo que nos dicen y de compadecernos con lo que padecen,  o muy pronto seremos todos invisibles dentro de inmensas cáscaras vacías con las que políticos estúpidos e inmorales seguirán jugando, como han jugado siempre, porque siempre ha habido y probablemente habrá individuos de esa especie infecta. Está en nuestras manos evitar que esos individuos lleguen al poder.

 

 

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