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Diversas definiciones, digamos clásicas, de la política dicen que se trata de una lucha de individuos para conquistar el poder. Es en el cómo y el para qué de esa conquista donde unos y otros difieren.

La ética nos dice a todos que la política tiene que ser la gestión de los recursos de una comunidad humana –estado, ciudad, pueblo-  teniendo siempre como fin el bien común.   Si el objeto de la ética es el estudio del bien y el mal, y si el bien es aquello que conviene a la felicidad de los seres humanos y el mal aquello que la impide, la política ética tiene que ser la utilización del poder para garantizar un ambiente económico y social que propicie la felicidad de los ciudadanos.

La humanidad tardó siglos en aceptar que la ética pudiese determinar los fines políticos. Eso se planteó casi antes de ayer y todavía no ha conseguido entrar en ciertas mentes. Hasta el día de hoy, la experiencia nos dice que el asunto queda muy bonito en papel, pero que en la práctica, a los políticos les sigue tirando la doctrina de Maquiavelo; el que manda no debe permitir que la ética o la moral determine sus fines.

Dicen que el libro más leído de todos los tiempos es el Quijote; puede.  Pero el libro que mayor adhesión ha suscitado entre los políticos es, sin duda, El Príncipe de Nicolás Maquiavelo; tanto si se lo han leído, como si no. Esa adhesión práctica  al paradigma del precursor de la llamada Ciencia Política  no se basa en el estudio racional, reflexivo de su doctrina. Se basa, con toda seguridad, en el hecho de que su paradigma encuentra eco en las profundidades más tenebrosas del alma humana; allí donde habitan pasiones como la codicia y la ambición de poder. Las reflexiones de Maquiavelo sentaron las bases de la política moderna, pero también engendraron el politiqueo en la acepción más peyorativa de la palabra.

Hace cuarenta años, España intentó quitarse de encima la mugre franquista introduciendo política democrática en la gestión del bien común. Ahora bien, para limpiarse después de tantos años viviendo en el estercolero de la dictadura, no bastaba con el jabón en esponja que le aplicaron los padres de la constitución; hacía falta echar desinfectante y rascar con piedra pómez. Pero nadie se atrevió a meter mano a fondo por miedo a que saltaran las fieras a defender su cochambre. La Constitución vistió  a la política de democracia, pero bajo el vestido, el politiqueo siguió bullendo en la gusanera de siempre.

Los partidos políticos, recién nacidos a la legalidad, pronto perdieron sus ideales clandestinos para convertirse en organizaciones endogámicas donde la lealtad y el peloteo a los cargos superiores superan el valor del talento,  la capacidad, la competencia, y hasta la honestidad. Los cargos y los lugares en las listas que se presentan a la elección de los ciudadanos, salen de un casting en el que se seleccionan los más dóciles al llamado aparato -a los que más mandan-  por mostrencos, cínicos, desvergonzados, inmorales, etc.,  que sean los aspirantes. Y así llegamos a una película protagonizada por políticos ineptos, mediocres y, en cantidad alarmante, deshonestos.

No hace falta que el ciudadano tenga estudios superiores para que pueda discernir el contenido de los discursos que los políticos sueltan en los medios y en sede parlamentaria. Cualquier hijo de vecino de cualquier vecindario se ha dado cuenta hace tiempo de que la mayoría de los políticos repiten un guion escrito por un grupo de expertos en comunicación; eufemismo que hoy maquilla lo que es, en realidad, manipulación, es decir, distorsionar cuanto haga falta la verdad o la justicia para convencer al personal.

La voluntad de tomar el pelo al público se ha ido haciendo cada vez más descarada y cada vez más evidente debido a que, en el casting para la selección de los expertos,  se han ido imponiendo las mismas normas que para la selección de los actores políticos. Lo mismo ocurre con los comentaristas políticos de la mayoría de los medios de comunicación. No se busca quien sepa exponer la verdad de un modo inteligente y comprensible. Se busca quien esté dispuesto a exprimirse los sesos para hacer pasar por verdad lo que no lo es. Así ha llegado el discurso político a un nivel rastrero. Y así sigue bajando el nivel intelectual de los discursos sin que a nadie se le ocurra intentar elevarlo. Los políticos, por brutos que sean,  siguen considerándose una clase superior a la plebe; a esos que los doctos de la Edad Media llamaban los simples por considerar que la falta de instrucción les convertía en incautos y mentecatos. Esto ha llevado a asesores, politólogos y  políticos a deducir que al simple se le puede echar cualquier cosa porque se traga cualquier cosa que le echen sin detenerse a pensar.

Pero, ay, que de repente, como tormenta de verano con truenos y centellas, las bases de un partido, los simples, eligen a uno que los discursos de políticos y medios de comunicación, es decir, los poderosos, habían declarado maldito. De repente los simples descubren su poder y lo utilizan para despreciar a los supuestos doctos que les despreciaban y dar su poder a quien les promete gobernar por y para ellos. De repente el principal partido de la oposición cae de cabeza y las élites se ven obligadas a mirar desde abajo a quienes, desde arriba, ahora les dictan cómo tiene que ser la política de un partido socialista y democrático. ¿Qué produjo el milagro? Que, de repente, apareció un político que decidió cumplir su  promesa electoral y que dimitió cuando las élites le impedían cumplirla.

Pedro Sánchez propuso una política que volvía del revés lo que para Maquiavelo era un axioma. Si los militantes le elegían para liderar el PSOE, sería la ética la que determinaría sus fines y la moral la que regularía el comportamiento de todo aquel que tuviera poder de decisión en el partido; es decir, de todos los militantes. Pedro Sánchez prometió  utilizar el poder para garantizar un ambiente económico y social que propiciara la felicidad de los ciudadanos y prometió a los ciudadanos, representados por los militantes, dotarles del poder de controlar la vida pública de todos los cargos. Prometió, en resumen, devolver la política al Partido Socialista Obrero Español y acabar con el politiqueo. Y los militantes le creyeron porque su promesas venían avaladas por su trayectoria de cumplir a toda costa. Y le eligieron.

No hace falta una larga reflexión para comprender el alcance de semejante cataclismo político y social en un país en que la corrupción se ha llegado a aceptar como una enfermedad crónica y el politiqueo como forma habitual de despachar los asuntos públicos. Solo los más ingenuos pueden dudar de que los políticos afincados en el régimen maquiavélico lucharán con uñas y dientes para defender sus predios y sus privilegios. La campaña contra Pedro Sánchez se inició al día siguiente de su elección como Secretario General y no cesará hasta el día siguiente a las próximas elecciones estatales.

¿Quién dirigirá esa campaña? Todos los partidos que ven amenazada su forma de funcionar; es decir, todos. Será más pública, evidente y comprensible la campaña del Partido Popular y sus medios afines, pero a ella se sumarán hasta los que predican la necesidad de unir a las izquierdas. Porque en un país donde los políticos han ido renunciando a los valores éticos en aras de conquistar el poder a toda costa, la dirección del nuevo PSOE resulta incómoda para todos porque a todos pone en evidencia.

El PSOE de Pedro Sánchez no cuenta ni contará con más apoyo que el de sus militantes. Pero la experiencia del 21 de mayo debería advertir a todos los políticos de que ese apoyo puede ser suficiente. Tal vez el poder efectivo de los simples consiga sacudir las conciencias o meter el miedo en los cuerpos de los políticos que se creían protegidos por la ignorancia y apatía de los votantes, y les haga ponerse a hacer política, política ética.

 

 

 

 

 

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