Al borde del precipicio, España está a punto de dar un paso al frente.

Los historiadores marcan el fin del imperio español en 1898 con la pérdida de Cuba, Puerto Rico, Filipinas y Guam en la guerra contra los Estados Unidos. Quedaron cachos de tierra por ahí que se vendieron a Alemania y el Sahara Occidental que se regaló a Marruecos abandonando a su suerte a los españoles que quedaron dentro.

2017 podría ser el año que historiadores futuros utilicen para señalar el momento en que España toca fondo en su caída como país democrático y socialmente avanzado.

No hay guerras ni acontecimientos transcendentales que marquen el hito. Hay un ambiente turbio en el que se revuelven toda clase de desechos políticos, sociales, morales, como los orgánicos en los cubos de sobras que se le echan a los cerdos. Los historiadores tendrán que ponerse a revolver entre toda la porquería buscando pistas que les permitan analizar lo que pasó.

¿Qué está pasando? Desde la primera legislatura de Mariano Rajoy estamos asistiendo a una demolición controlada de las instituciones. Las actuaciones y declaraciones de sus ministros crean,  en los ciudadanos, un profundo malestar, una pérdida de confianza  en los políticos y la concomitante desafección. El intento del ministro de justicia de controlar a la fiscalía, la actuación de algunos jueces y fiscales y el espectáculo de la declaración de Mariano Rajoy en el tribunal han convencido a los pocos que aún lo dudaban de la parcialidad de una Justicia que no es igual para todos. Convénzase a los ciudadanos de que las instituciones no están a su servicio, de que solo sirven para machacar a los débiles y de que no pueden  regenerarse ni sustituirse por algo mejor, y tendremos a una población de súbditos dóciles resignados a trabajar para que miles de desaprensivos sigan ostentando cargos bien remunerados. Es decir, la democracia se habrá ido al carajo y con ella, por supuesto, nuestros derechos y nuestras libertades.

¿Cuándo empezaron a colocar la red de explosivos destinada a hacer saltar a nuestra democracia por los aires? Lo dije el 23 de noviembre de 2014 y no lo voy a repetir. Si a alguien le interesa, puede leerlo en este enlace,  Objetivo demolición, pero después de leer este artículo hasta el final; lo recomiendo.

Ante la realidad aterradora de que estamos siendo gobernados por psicópatas inmorales –en el sentido de la característica común a todos los tipos de psicopatía, que es la incapacidad de empatizar con los demás- la mayoría de los ciudadanos no reacciona. Los medios siguen anunciando productos que sugieren una realidad idílica. En los programas matutinos, por ejemplo, después de noticias espeluznantes sale una señora con voz de alegría imperturbable anunciando a las amigas que ya pueden encontrar las mejores marcas de la ropa más fashion en la supertienda de referencia que paga el anuncio. Dan la noticia del EPA con cifras varias, entre ellas, el millón largo de familias con todos los miembros en paro y la cantidad de los que no tienen ningún ingreso, pasando en décimas de segundos a la cuña de una pareja que acaba de poner en su casa una alarma de una conocida empresa de seguridad porque se van de vacaciones y quieren que sean unas vacaciones muy tranquilitas. ¿Y qué mejor forma de empezar unas vacaciones que estrenando coche? Los anuncios con coches de todas las gamas nos llevan por carreteras idílicas a la luz del sol y a la de la luna.

Analizando todo esto a la distancia del razonamiento frío, puro y duro, y considerando la tendencia de voto, se llega a la conclusión de que este país está compuesto por una mayoría de psicópatas -en el sentido de apáticos-,  gobernada por un puñado de psicópatas -en el sentido de anormales carentes de conciencia social.  ¿Significa esto que vivimos en un gigantesco manicomio abandonados a nuestra suerte? Significa que se ha impuesto en nuestro país, como en muchos otros, la doctrina del mercantilismo salvaje: sálvese quien tenga para comprar, y el que no tenga, como pueda.

Un somero repaso a la historia nos dice que siempre ha sido así. Entre la sociedad del siglo XVI, por ejemplo, y la sociedad franquista, por decir algo, no hay una diferencia radical en la valoración que un individuo humano hace de sus congéneres. El tanto tienes, tanto vales lo recogió Cervantes, a quien seguramente le llegó a través de los siglos por vía oral. Lo que podría llevarnos a aceptar que el egoísmo maligno es inherente al ser humano. Esta deducción puede ser válida para un ateo, pero no para quien cree que el hombre, macho y hembra, fue creado a imagen y semejanza de Dios. Para quien cree en Dios, el libre albedrío, la libertad del hombre para elegir el modo en que quiere vivir su existencia, forma parte de la esencia humana. La experiencia parece dar la razón a los fatalistas, pero los millones de ejemplos de la empatía  que motiva la generosidad, empatía que también a lo largo de todos los siglos ha convivido con el egoísmo maligno, da la razón a quienes afirman que la bondad y la maldad son cosa de la libre elección de cada cual.

España conoció un período en que el bienestar de los ciudadanos determinó las decisiones de los políticos en el poder, y en la sociedad prendió la noción de que todos los hombres, machos y hembras, son esencialmente iguales y tienen, por lo tanto, derecho a la igualdad en la percepción de servicios públicos y derecho a la igualdad de oportunidades. Parecía que la sociedad española, con sus políticos a la cabeza, daba un paso al frente en la evolución de su humanidad.

Fue hace muy poco. Aún hay millones que vivieron aquel momento de ilusión y esperanza que iluminó a todo el país con la luz de un rayo; momento que duró lo que una tormenta eléctrica. ¿Qué pasó para que todos esos se dejaran arrastrar hacia atrás renunciando a todo lo que habían conseguido? Todas las voces a una dicen que la crisis. Lo que equivale a aceptar que aquella voluntad de regeneración no tenía más consistencia que, por ejemplo, la promesa de ordenar su habitación todos los sábados que hace un adolescente a su madre para que le deje salir con los amigos.  Ante la crisis, la mayoría de los españoles reaccionó con el pánico que a los primitivos producía un fenómeno natural aparatoso. Y el pánico les empujó a sacrificar cuanto eran al dios del Dinero.

Y así está la mayoría, asistiendo a escándalos constantes de corrupción sin escandalizarse más de lo que le escandaliza un culebrón televisivo; horrorizándose medio segundo ante la escena de unos refugiados muertos mientras intentaban salvar el muro del Mediterráneo, de un campo de refugiados, de niños desnutridos; encogiéndose de hombros porque el mundo es así y es lo que hay y lo más sano es no angustiarse cuando no se puede hacer nada por cambiarlo. Además, España no está tan mal y va a mejor como dicen esas cifras espectaculares de la macroeconomía. Se está creando empleo a saco, más que en Europa, y pronto los que tuvieron que marchar  por la crisis, volverán. Los únicos que hoy se quieren marchar de España son los catalanes porque son unos desagradecidos.

Pues sí, parece que los catalanes se quieren marchar. ¿Por qué? El esperpento del llamado desafío catalán confirma la precariedad de la salud mental en nuestro país. Un día, su más espabilado político descubre que, avivando el sentimiento independentista congénito de la mayoría de los catalanes, puede conseguir que la adrenalina nuble los entendimientos deshabilitando a la razón. Se produce un fenómeno de hipnosis colectiva. Toda la política catalana y toda reacción de los catalanes a la política catalana se reduce a un solo concepto, a una sola consigna: independencia. ¿Pero cómo? Resulta que el bono catalán tiene la misma calificación que, por ejemplo, el bono de Nigeria. Resulta que Cataluña es la autonomía con la deuda más alta de todas las autonomías de España. ¿Cómo va a conseguir, como país independiente, los  empréstitos que necesita para su funcionamiento cotidiano? En más claro, ¿cómo va a conseguir el dinero que necesita para sobrevivir? Cataluña funciona en estos momentos gracias al FLA, Fondo de Liquidez Autonómica, que aporta el estado. ¿Y sin el FLA, y sin crédito, qué hacemos? El hipnotizado responde que en Cataluña sobrará el dinero cuando sea independiente porque España no seguirá robándola. ¿De dónde saldrá ese dinero que convertirá a la República de Cataluña en el país de jauja? ¿De dónde saldrá el dinero que le permita, al menos, sobrevivir? De los impuestos de los catalanes. Vale. ¿Alguien que sepa hacer un ocho sin dos canutos se ha puesto a calcular ingresos y gastos?

Son tan evidentes las respuestas que sólo se le pueden escapar a quien tenga la razón descompensada. Para hacerse perdonar todas sus tropelías, Mariano Rajoy y los suyos no paran de repetir las cifras que demuestran la recuperación económica de España. ¿Por qué no repiten con el mismo ahínco las cifras reales que demuestran la inviabilidad económica de la independencia de Cataluña? El motivo se hizo evidente hace años. Para Artur Mas, la independencia tenía tal valor estratégico, que podía desplazar del foco de la opinión pública catalana  todos los asuntos de corrupción de Convergència i Unió y sus allegados, al mismo tiempo que le garantizaba votos a granel como defensor de Cataluña. Para Mariano Rajoy, la ocurrencia de los catalanes podía servirle para lo mismo; dejar en plano remoto la corrupción de su partido y garantizarse votos como defensor de la unidad de España. Carles Puigdemont y Oriol Junqueras siguieron la ruta trazada por Mas, pero a lo bestia, porque estos sí que son independentistas por convicción y por emoción. Referendum sí o sí y secesión sí o sí y aquí no manda ni tribunal ni policía ni nada ni nadie que venga del estado español. Aquí manda el Parlament, es decir, los diputados de Junts pel Sí, un batiburrillo de partidos y personalidades que  solo tienen en común la obsesión por lograr la independencia,  y los de la CUP, independentistas antisistema. ¿No nos advierte el desaforado fanatismo de los dirigentes y parte de la sociedad catalana del peligro real de una revolución que podría afectar a toda España? Qué va, dice Mariano Rajoy, siempre tranquilo. O esos se cansan y se buscan alguna manera más o menos digna de salir del jardín o acaban inhabilitados en su casa o, peor, en la cárcel. ¿Y no saltará la opinión internacional a defenderles? Si, hombre. ¿Cómo defiende a los palestinos y a los saharauis, por ejemplo? Y los catalanes, ¿no se echarán a la calle? Los catalanes, como cualquier español, tienen familias que mantener, negocios que cuidar. Al miedo de perderlo todo se unirá la depresión al despertar a una realidad sin independencia a la vista; la amargura de comprobar cómo les engañaron y el coste económico y social que tendrán que pagar por el engaño. Muchos seguirán culpando a España del desastre y se vengarán votando a Esquerra Republicana. Si antes no se dan cuenta de que la situación económica y social seguirá empeorando en Cataluña hasta el desastre mientras ellos sigan dando vueltas en el tiovivo.

Mariano Rajoy acaba de empezar sus vacaciones sin preocupación que se las amargue. Empezará la próxima legislatura como salvador económico y político de España. Sus medios, afines y no tanto, cada vez más presionados por los financieros que los sostienen, cantarán sus loas con entusiasmo creciente a medida que sus éxitos resulten más incontestables. Si los antisistema la arman en Cataluña, las revueltillas le vendrán de perlas para revisar la Ley Mordaza y amordazar más y mejor para preservar la paz. Poco a poco, España recuperará la cordura y el sentido común que hacía marchar a los españoles en orden hacia sus puestos de trabajo y de ahí a sus casas sin incordiar a nadie, y los domingos al fútbol y a los toros, que es muy español y muy bonito, en la época gloriosa en que España era reconocida en el Vaticano como el Baluarte de Occidente. Mariano Rajoy Brey será por muchos años el caudillo civil que conducirá a un pueblo entregado. ¿Y la izquierda? La izquierda que patalee en el Parlamento con mociones de censura y comisiones de investigación y más que se les ocurra. Seguirá cumpliendo una doble función. Por un lado, hará más amenos los debates parlamentarios, de por sí aburridísimos. Por el otro y más importante, contribuirá a que la gente no ponga en duda que seguimos viviendo en una democracia.

 

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