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No nos respetan, ni los políticos en el poder ni las autoridades designadas por los políticos en el poder. Eso lo saben y lo aceptan casi todos como borregos. Aceptaron una reforma laboral que convertía a casi todos en casi esclavos de los empresarios. Esa aceptación reveló el miedo que atenazaba y sigue atenazando a la mayoría de la población. El miedo obligó a casi todos a doblar la cerviz y, con la cerviz doblada, casi todos se perdieron el respeto a sí mismos. ¿Quién les iba a respetar?

Un hecho reciente y gravísimo nos revela hasta qué punto se ha convertido la mayoría de los ciudadanos de este país en mindundis. Por supuesto, el hecho reciente más grave que hemos sufrido ha sido el atentado en La Rambla de Barcelona, y ningún ejemplo más revelador.

“Si alguien quiere insinuar que el atentado se podía haber evitado, que lo diga”, dijo en rueda de prensa Josep Lluís Trapero, el Mayor de los Mossos d’Esquadra. Y el Sindicato de Mossos d’Esquadra dijo que insinuar que el atentado de Las Ramblas podía haberse evitado era “ruin”.

Pues bien, yo digo que el atentado de Las Ramblas podía haberse evitado, y lo digo porque no acepto que nadie me calle retándome a asumir consecuencias negativas o a cargar con el sambenito de la ruindad. Podía haberse evitado, repito, si al leer la advertencia sobre un posible atentado en Las Ramblas, que el 25 de mayo envió a los cuerpos y fuerzas de seguridad del estado de España, el National Counterterrorism Center, NCTC, en el que se integran las principales agencias de información de EEUU como la CIA, el NSA o el FBI; podía haberse evitado, vuelvo a repetir, si ante esa advertencia se hubiera tomado alguna medida, aunque solo fuera por si acaso, impidiendo el acceso de vehículos a la zona peatonal de Las Ramblas, por ejemplo; informando, al menos, al ayuntamiento de Barcelona por si quería tomar alguna medida por si acaso, aunque solo fuera por si acaso.

Pero nos dicen que no se le dio credibilidad al documento. Y con eso nos tenemos que quedar; eso nos tenemos que tragar y a callar. Porque ni siquiera se dignaron pedir disculpas por haberse equivocado al evaluar un documento que podía haber salvado dieciséis vidas humanas.  ¿Tan terrible habría sido que Trapero compareciera ante los medios aceptando haber recibido la advertencia; aceptando que todos los jefes de la lucha antiterrorista se equivocaron al evaluar su credibilidad; librando de toda responsabilidad a los Mossos d’Esquadra cuya conducta ejemplar nadie pone en duda; y, finalmente, presentando su renuncia irrevocable por su parte de responsabilidad en el error cometido?

Pero en vez de actuar con la dignidad exigible a una persona de su cargo, Trapero ataca al periódico que dio la noticia y reta al resto de la humanidad a que se atreva a decir que el atentado terrorista podría haberse evitado. El sindicato de su cuerpo le secunda y va más allá sentenciando que quien se atreva es ruin, o sea, vil, bajo, despreciable. ¿Y cómo reacciona el resto de los ciudadanos a esta falta de respeto chulesco?

Cuanto comentarista hay en este país se apresura a repetir una y otra vez que la culpa del atentado es de los terroristas por si lectores y escuchantes resultan ser tan imbéciles que no se han enterado o para evitar que les tachen de ruines, anticatalanes o conspiradores a sueldo del gobierno central. Reaccionan con miedo, un miedo que tapan balbuceando obviedades.  Corren tuiteros a poner verde al periódico que publicó la advertencia; a denunciar una conspiración contra los mossos y contra toda Cataluña. Esos no parecen tener miedo porque se sienten amparados por los poderosos que en Cataluña ordenan y mandan, aunque a lo mejor están de parte del poder porque también tienen miedo, miedo a ser expulsados del grupo en el que fundan su seguridad habiéndose dejado convencer de que ese grupo lo forma la mayoría. Otros tuiteros contestan tratando de argumentar el asunto racionalmente, pero son muy pocos, poquísimos. ¿Y el resto? Silencio. Son cosas de Cataluña, del coñazo catalán que sólo a los catalanes concierne. Son cosas de la política, eso que a todos acogota, pero contra lo que ningún ciudadano puede rebelarse; eso que no interesa a los ciudadanos normales porque contra un enfermedad crónica, ¿qué vas a hacer? Acostumbrarte a sufrirla mientras no te mata.

No se podría haber evitado un atentado en la Sagrada Familia o en el Parque Güell o el Paseo de Gracia, por ejemplo. No se podía haber evitado el de Cambrils. Pero digo y repito que el de Las Ramblas  sí se podía haber evitado. Y digo que me importa un cuerno que un sindicato me llame ruin por decirlo o que me caiga la amenaza del Mayor que insinúa “a ver quién es el guapo que se atreve a decirlo”.

Me atrevo yo, bloguera y activista que, según los baremos de evaluación al uso, no soy nadie. Pues alguien soy porque tengo voz y voto y porque estoy harta de me ninguneen los que se consideran importantes y lo son porque ganan sueldazos que les pagamos los millones de españoles a los que, por ser anónimos y no ganar sueldazos, nos consideran nadies sin más derecho que oír, ver y callar. Aunque, para ser más precisos, es evidente, a la vista de lo visto y oído,  que preferirían que fuéramos ciegos y sordos.

Como ciegos y sordos ha asistido la mayoría de los ciudadanos a la comparecencia de Mariano Rajoy en un pleno en el que debía explicar su actuación como máxima autoridad de su partido en casos de corrupción como el Gürtel. Mariano Rajoy se dio el lujo de no mencionar el asunto para el que se le había exigido comparecer con una desfachatez que confirma la absoluta falta de respeto que le merecen los nadies. Los nadies no increpan, no exigen, haga lo que haga. ¿Para qué hacer entonces o dejar de hacer teniendo en cuenta su opinión? La opinión ya la dan en las urnas sus votantes que le siguen y le seguirán votando haga lo que haga, diga lo que diga o no diga lo que no le dé la gana de decir, porque no se respetan a sí mismos; porque lo único que merece su respeto es su miedo, miedo  a que alguien o algo pueda sacudir los cimientos de su casa.

A pesar de este panorama trágico, patético, de individuos que van a la suya ignorando cuanto acontece al margen de sus barrigas, un puñado de nadies se niega a permanecer ciego y sordo; se niega a permanecer mudo. Son los comentaristas de las redes sociales que se informan para compartir información, que comentan  para compartir sus reflexiones y mover a los demás a reflexionar. Pero así como hay nadies que se creen álguienes despreciando la política por bodrio, los hay que desprecian las redes por cosa de jóvenes tontos o de viejos que no tienen nada que hacer. Y es cierto que las redes sociales están llenas de tontos y desocupados y de energúmenos que se excitan las suprarrenales insultando y de otro tipo de energúmenos que pueden resultar hasta peligrosos.

Pero también hay activistas políticos y sociales; jóvenes y viejos que asumen su responsabilidad como ciudadanos haciendo lo que la mayoría, por miedo o por pereza, se niega a hacer. Son estos los que día a día reivindican el derecho de los ciudadanos a ser respetados por los políticos que viven de sus impuestos. Son estos los que partiendo del respeto a sí mismos intentan reanimar el respeto a sí mismo de cada individuo para que la sociedad pueda exigir respeto a los políticos; el respeto que exige una auténtica democracia.

Somos relativamente pocos los que utilizamos las redes como arma de combate contra la política mercantilista, inhumana que está acabando con los derechos de los ciudadanos en el mundo entero. Pero cada día somos más, un poco más de voluntades que prenden como esquejes en el árbol social. Los políticos saben que esos esquejes pueden acabar en selva que les sofoque. Saben que puede llegar el día no muy lejano en que una cantidad considerable de ciudadanos informados y combativos les exijan respeto  si es que quieren ser elegidos y seguir cobrando. El trabajo, la función de los que día a día utilizamos las redes para orientarnos y orientar es conseguir que quienes gestionan nuestro dinero tengan que respetarnos de una puñetera vez.

 

 

 

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