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Y hoy vuelvo a mi ámbito personal porque lo que está pasando en Cataluña afecta a mi familia, a mi casa, a mi vida; me afecta a mí como persona. Las consideraciones políticas y legales son necesarias para justificar acciones y reacciones. Intelectualizan el asunto y hay que intelectualizarlo para no acabar lelos del todo, pero la verdad, la pura verdad, es que cada cual es un individuo que contempla el mundo desde su perspectiva interior y que, pase lo que pase, solo le importa en cuanto le afecte personalmente.

¿Qué está pasando en Cataluña? Más o menos lo mismo que en el resto de España.

Me viene a la memoria una anécdota de quien fue el mejor hipnotizador de este país y del extranjero, que en el mundo del espectáculo se conoció con el nombre de profesor Fassman.

Una mañana, en una arteria muy concurrida de la Barcelona de los años veinte, todos los clientes que llenaban una barbería salieron precipitadamente a la calle impelidos por el grito de ¡fuego! que soltó varias veces un adolescente alterado por el pánico. Ya en la calle, el chico volvió a gritar -¡Hay que apagarlo!

Algunos clientes volvieron a entrar en el local echando agua al suelo, a las paredes, al techo, con todos los recipientes que encontraron. El tumulto despertó la solidaridad de los comerciantes vecinos. En un santiamén, cientos de cubos y palanganas salidas de todas partes bombardearon con agua el local y su vitrina. Cuando llegaron los bomberos, del fuego  no había ni rastro. Entonces el chico que había desatado el pánico y sus consecuencias con su grito, informó a la concurrencia que nunca había habido  fuego; que el fuego solo había existido en la imaginación de quienes se habían afanado en apagarlo. Se trataba simplemente de un experimento, explicó, un experimento de sugestión colectiva.

El experimento tuvo serias consecuencias para el chico, que entonces se llamaba José Mir Rocafort, pero esa es otra historia. Ya adulto y con su seudónimo, Fassman volvió a repetir el “experimento”  varias veces a lo largo de su larga vida en diferentes locales con el mismo éxito.  Ya no lo hacía para experimentar. La certeza del resultado convertía el acto en una travesura. El éxito le proporcionaba, además de satisfacción, el asombro que nunca perdió ante la evidencia de que algunas personas están dispuestas a entregar su voluntad a otro hasta el punto de permitir que las órdenes ajenas alteren su percepción física e intelectual de la realidad.

¿Quién no sabe, a estas alturas, que  los medios utilizan técnicas de sugestión para vender un producto, una idea? Basta decir que un determinado color se va a llevar este otoño, para que todo el que puede renovar vestuario corra a comprarse ese color que se va a poner de moda. Pero, ¿quién decide qué se va a poner de moda? Nadie se lo pregunta. Una o varias voluntades ajenas han decidido apropiarse de la voluntad de los individuos para quienes sentirse aceptados en su círculo social es un valor que merece el sacrificio de su propia voluntad.

Como todos sabemos, la sugestión colectiva para obtener la adhesión de la sociedad a una ideología o política determinada se realiza mediante la propaganda, propaganda destinada a ejercer la persuasión coercitiva, o en términos populares, a someter a los individuos al lavado de cerebro.

Lo que hoy está pasando en Cataluña es, ni más ni menos, un  fenómeno de sugestión colectiva.  Al día de hoy, una gran parte de los catalanes repite que habrá referendum el 1 de octubre y República de Cataluña el día después. De nada sirve intentar, mediante argumentos racionales, convencerles de que la ley del referéndum se ha anulado; de que los únicos que creerán que Cataluña se ha convertido en una república independiente serán los que sigan bajo los efectos del trance hipnótico, como aquellos que veían fuego en una barbería inundada de agua. Habrá referéndum, habrá independencia, repiten creyendo que la propaganda que a ellos les convenció será suficiente para convencer al mundo entero.

¿Y qué pasará a quienes concibieron y aplicaron esa propaganda para sugestionar a los catalanes manipulando sus sentimientos? En el peor de los casos, el President de la Generalitat y la Presidenta del Parlament  serán inhabilitados y sacados de ambas dependencias por la fuerza pública si se niegan a salir. Diríase que es lo que persiguen con su obstinación irracional, esperando que el shock de ver a sus máximas autoridades arrestadas por la Guardia Civil saque a millones de catalanes a la calle; a tantos millones que ni España ni el mundo los puedan ignorar. Carles Puigdemont, Carme Forcadell y los suyos confían en que los catalanes sigan viendo fuego, cada vez más fuego.

Quienes no han escatimado medios y técnicas propagandísticas para traernos hasta aquí, olvidan que los catalanes lucharon durante muchos años por sobreponerse a todas las derrotas conquistando día a día, esfuerzo a esfuerzo, la paz para sí mismos y sus familias. Mañana se manifestará una multitud. Irán cientos de miles de familias en una manifestación festiva que ya se ha vuelto tradicional el día de la Diada. Gritarán independencia, sí, y el grito les saldrá del alma y les emocionará, pero cuando la manifestación concluya, cada cual volverá a su casa, a sus asuntos. En cuanto al 1 de octubre y los días siguientes, solo protestarán en la calle los que no recuerdan lo que perdieron sus abuelos y lo que les costó recuperarlo a su padres; esos o los que no tienen nada que perder.

¿Y qué ganarán los que gritaron fuego? Oriol Junqueras y su partido esperan recoger las lágrimas del desencanto, de la vergüenza  y de la indignación ganando las próximas elecciones autonómicas. Mariano Rajoy  y su partido esperan recuperar votos, tal vez hasta volver a la mayoría absoluta, en las próximas elecciones generales. Ningún político, ninguna ideología podrá borrar de la mente de los españoles la gloriosa estampa de los salvadores de la patria. Porque también la mayoría de los españoles ha sucumbido a la sugestión colectiva, y por más que les roben y les quiten, siguen creyendo que solo Rajoy y el PP les puede garantizar la supervivencia.

¿Hay algún modo de evitar todo esto aquí y allá? Ante la eficacia del lavado de cerebro al que han sometido a los ciudadanos, no parece que  la sugestión pueda ser revertida por ningún argumento racional. Tal vez haría falta que la voz de Fassman gritara con potencia de ultratumba: ¡Que no hay fuego, coño! Pero los de la otra dimensión solo se manifiestan en sesiones espiritistas y para verles u oirles hay que tener fe en la doctrina espírita.

Para terminar, permítanme un inciso, que no una disculpa. Soy tan malhablada como lo era mi padre porque él decía que soltar palabrotas inofensivas era muy bueno para la salud.

 

 

 

 

 

 

 

 

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