Harta, como casi todos, de tanto análisis de tanto analista escribiendo y blablablando sobre el alzamiento de los caudillos independentistas catalanes y la respuesta del obtuso caudillo de la unidad de España, voy a tratar el asunto desde mi perspectiva personal, que a lo mejor no le interesa a nadie, pero que a mí sí me apetece contarla.

Dice la primera estrofa de un poema mío: “Yo nací en primavera/ y desde entonces me lo conmemoran/ las hojas muertas”. No es totalmente metafórico. Nací en el octubre de Buenos Aires y nunca más volvió a sorprenderme octubre bajo la estrella del sur. Llegué a Barcelona con dos años, más o menos, después de una gira artística de mis padres por todas las Américas, tan fructífera, que de ella volvieron a su tierra con una estela de sonados éxitos, pingües ingresos y una nueva persona metida en una cesta. Ese primer yo que no recuerdo fue recibido en la familia como la nena argentina.

Creo que fue en esos primeros momentos de mi vida  cuando se me declaró un despiste crónico que había de durarme hasta el día de hoy. De ahí en adelante, me tocó visitar varios aeropuertos y vivir en varios internados, lo que significó adaptarme, o intentar adaptarme, a nuevas arquitecturas, nuevas comidas, nuevas compañías y hasta nueva lengua y nuevos lenguajes. La parte positiva del asunto le tocó a mi intelecto al recibir un suministro de conocimientos  que difícilmente hubiera podido adquirir en un pueblo. De la parte negativa, dan fe otros versos míos, y cito: “Sin tierra ni cielos que llamara míos/ fui por todas partes como por asilos”.

Mi trajinar tuvo otras consecuencias que aún no sé si colocar en la columna de los pros o en la de los contras. La más seria fue una empatía casi enfermiza que me ha llevado toda la vida por la calle de la amargura porque no hay ser humano con el que no me solidarice y no hay ser humano que no tenga una amargura con la que solidarizarse. Y ahora cito la paráfrasis de una frase de Terencio que escribiera  Unamuno: “Soy hombre, a ningún otro hombre estimo extraño”. Sólo quien padece del mismo mal puede comprender cómo se vive llevando a cuestas a millones de refugiados que viven muriendo en miles de campos de concentración o a los millones de pobres que en este país malviven a la vuelta de cada esquina, por poner dos ejemplos.

Después de llegar a mi juventud del modo más azaroso, a los 35 años decidí plantarme en la tierra de mi padre para echar raíces. A esta tierra me he aferrado como una criatura hambrienta al pecho de su madre. Fui antifranquista durante la transición, ¿cómo no iba a serlo cuando mi propia madre había sufrido en su infancia y adolescencia los zarpazos de un régimen que nació y se alimentó  con la sangre de sus compatriotas? Fui independentista en Cataluña, ¿cómo no iba a serlo cuando por fin podía llamar mía a una nación vilipendiada en el resto de España?

Ser independentista en la Cataluña de los ochenta y hasta hace muy poco era defender una identidad; los derechos de una nación que solo podían negar las mentes más cerriles o los políticos más perversamente interesados en seguir alimentando la catalanofobia franquista. Contra la nación catalana se alzaban, todavía se alzan, los más indignos representantes del nacionalismo español; esos que, incapaces de lograr cosa alguna que les permita sentirse orgullosos de sí mismos, se aferran al orgullo vicario que les merecen las hazañas de Hitler y de Franco. Ser independentista significaba defenderse de la escoria que cifra su propia estimación en el ataque a quienes tienen una cultura distinta a la suya.

¿Ser independentista significaba, entonces, querer separarse de España? Rotundamente, no. No lo quería el primer President de la Generalitat de la restauración democrática; no lo querían ninguno de los Presidents elegidos después; no lo querían quienes salieron a pedir Estatut de Autonomía en 1977; no lo querían quienes celebraban cada año en la calle la Diada bajo un cielo de senyeres. A lo largo de todos estos años, sólo un puñado de teóricos ha planteado en serio la posibilidad de la secesión y sólo un puñado de fanáticos ha hecho ruido de vez en cuando para exigirla.

Y entonces llegó, como un fantasma del pasado más negro, un hombre dispuesto a sacrificar a los españoles para alcanzar el poder y cimentarlo tan bien cimentado que nadie se lo pudiese arrebatar en vida. Y como si un poder diabólico hubiera alineado los astros para favorecerle,  Mariano Rajoy se encontró con dos colaboradores impagables: la crisis y Artur Mas. No hace falta repetir lo que ha hecho Rajoy en su partido y en España. Todos los días lo repiten  columnistas y tertulianos de todos los colores; unos con alabanzas y otros con críticas y hasta con denuestos. Cualquier enumeración de esas barbaridades resultaría ociosa.

Y llegó Artur Mas con el encargo de salvar a su partido a toda costa de las consecuencias de su corrupción, y la necesidad de salvarse a sí mismo del castigo de los votantes por haber recortado el presupuesto sólo por donde más daño podía hacer a los pobres y medio pobres. Y a toda costa quiso decir a toda costa. A costa de la paralización del gobierno, a costa de arriesgar la autonomía, a costa de alterar la paz en Cataluña  y la convivencia entre los catalanes. Y como se trataba de que fuera a toda costa, puso la propaganda del secesionismo en manos de la Asociación Nacional de Cataluña, fanáticos expertos en fanatizar, y puso de encargado de la Generalitat a otro fanático secesionista que carecía, y carece, de la más mínima noción de lo que es y de lo que exige la tarea política.

Y volviendo a lo mío, cuento otro efecto secundario de mi vida errante. Detesto las fronteras, esas líneas que trazaron los vencedores de guerras poniéndose a dibujar después de haber asesinado a miles para que el dibujo quedara a su gusto. Ahora resulta que los secesionistas me quieren confinar a Cataluña dentro de sus fronteras convirtiéndola en un país pequeño gobernado por mentes estrechas que predican la necesidad de estrecharse. Ahora resulta que Cataluña, acrisoladora de etnias, siempre abierta a todas las innovaciones, siempre a la vanguardia de todas las vanguardias; mundo de seres humanos  que vivían con la sagrada norma de dejar vivir, de caminar siempre hacia adelante sin  obstruir el camino a los demás; ahora resulta que, por el capricho de las glándulas de unos fanáticos, tiene que convertirse  en una mota  que  mancille el límpido azul de Europa. Muchas medidas de Mariano Rajoy y los suyos advierten de su intención de retrotraer a los españoles al pasado gris de la edad de plomo franquista. La propaganda de los secesionistas nos quiere arrastrar al diecinueve de los nacionalismos, y su brazo radical antisistema aún más atrás; a la selva del buen salvaje.

Me niego. Me niego a que me obliguen a decidir si quiero convertir a Cataluña en colonia recién liberada que tenga que aprender a caminar por los derroteros de la independencia  enterándose de lo que vale el experimento, como  hoy se siguen enterando las ex colonias africanas; o a decidir que no quiero ese experimento porque con Cataluña no juego. Claro que cualquiera tiene derecho a lanzarse por un risco, como también tiene derecho a exigir que no le tomen por tonto o por loco. Yo me niego a que me obliguen a decidir; me niego por amor a Cataluña y por respeto a mi inteligencia y a mi facultad racional.

Y para terminar con mi nota autobiográfica, haré una confesión. Mi empatía ha estado siempre acompañada por una ingenuidad patética. Me precio de que en asuntos del intelecto nadie me la da con queso. Pero admito que en cuanto concierne a mi inteligencia emocional, me la dan con cualquier cosa. Es por eso que, en estos días tumultuosos, me distraigo de la preocupación y la amargura que me causa lo que ocurre, soñando despierta que todos los millones de catalanes que se manifiestan con esteladas, y muchos millones más, se lanzan a la calle a exigir a los políticos de Cataluña y del resto de España que pongan fin al sufrimiento de los millones de compatriotas que la crisis hundió en la pobreza; soñando que todos los millones de catalanes entienden, por fin, que Cataluña no es un nombre y un dibujo en un papel, sino el espacio en el que habitan millones de hermanos infinitamente más importantes que las ambiciones políticas de todos los caudillos que en el mundo ha habido y que estén por haber.

 

 

 

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