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El mundo se ha vuelto feo, muy feo. Música, moda, cine, televisión se aleja cada vez más de lo que hasta ahora considerábamos bello. Cierto que la apreciación de la belleza es, o parece ser, subjetiva. Había, siglos ha, unos cánones que fueron cambiando por épocas. Pero los cambios eran superficiales. En el núcleo del asunto estaba la Belleza, inconmovible, y todos los cambios buscaban aproximarse a ella o, al menos, no contradecirla.

El siglo XXI ya no busca cambios que adornen, con la Belleza mandando desde el lugar luminoso de las ideas. Ya no prevalece el buen gusto sobre los gustos cambiantes. Hoy parece que la Fealdad hubiera desterrado a la Belleza definitivamente, y que, con la misma ansia con que hasta hace poco, con más o menos  acierto, se pretendía realzar lo bello, se persigue superar cada vez más a lo anteriormente considerado como más feo.

Este viraje no es hijo del capricho. Nace de digresiones ideológicas, homogeneizadas y etiquetadas para su venta con la marca de una palabra que la publicidad ha dotado de virtudes prodigiosas: libertad.

La libertad, derecho supremo de todos los seres humanos, a todos nos permite eso que a todos nos hace sentirnos en la cúspide de la creación: ser nosotros mismos. La libertad finalmente nos libra de  engorrosos esfuerzos para superarnos, para evolucionar. Sé tú mismo. Si te molesta peinarte, enróllate el pelo en la coronilla de cualquier manera o rápatelo a cero; estírate en público, sácate los mocos, huélete las axilas, húrgate los dedos de los pies, coge los cubiertos como te dé la gana, y si te estorban, come con los dedos. En el fondo de ti mismo vive prisionero el hombre que la naturaleza parió y que la llamada civilización fue encadenando y amordazando. Pero está vivo dentro de ti mismo. Déjale salir, déjale hablar. Sé libre. Sé tú mismo.

Ejemplo de los prodigios que la libertad podía obrar en el hombre, macho y hembra, el más espectacular fue la libertad sexual de las mujeres a finales de los sesenta; en España tal vez un poco más tarde. A la mujer, oprimida por siglos de pacatería, se le dijo que era libre de dar rienda suelta a sus deseos sexuales; que podía acostarse con cualquiera, vaya, sin que nadie tuviera derecho a afear su conducta. Lo que no se le dijo fue que el asunto, además de tener efectos secundarios, no era tan fácil como parecía. Por defender la libertad de las mujeres, los machos empezaron a invitar a sus camas o a sus coches a cualquier mujer que les apeteciera. Las mujeres descubrieron muy pronto que eran libres de tener relaciones sexuales con quien fuera, pero que no eran libres de decir que no.  La que decía que no, se ganaba el apelativo de estrecha que por entonces empezó a resultar tan insultante y tan socialmente excluyente como hoy resulta la palabra fascista. Total, que la relación sexual de las mujeres resultó un chollo para los hombres porque pudieron ahorrarse un pastón en prostitutas y evitarse el aburrido trámite de la masturbación para liberarse del apremio de sus hormonas.  ¿Quiénes promocionaron la libertad sexual de las mujeres? No hace falta documentarse para acertar. Lo que hoy importa a efectos prácticos es que las mujeres tragaron el anzuelo y decidieron ser ellas mismas, o sea, volver a su naturaleza primitiva.  ¿Y cómo eran las hembras primitivas? En la casi generalidad de las tribus,  criaturas sometidas a la voluntad del más fuerte.

Este ejemplo puede aplicarse a todos los ámbitos de las relaciones humanas, incluyendo a la política, por supuesto. Hoy el cebo más efectivo para atraer al cardumen es la libertad. Ofrecer libertad es algo que no falla en los mensajes publicitarios y en la propaganda política. La masa corre a abrazarla con la ceguera de esos peces que nadan alegres hacia la boca abierta de los tiburones y alegres llegan a sus barrigas sin enterarse siquiera de donde se han metido. Los peces engullidos no pueden protestar, claro. No pueden quejarse ni denunciar la propaganda engañosa que les llevó a la perdición. Como no puede quejarse esa pobre amiga mía que se pasó la juventud diciendo que sí a cualquiera que le propusiera ir con él a la cama o al coche o al huerto. Me quedé de piedra el día que me dijo que no disfrutaba en absoluto del trajín. ¿Por qué lo haces entonces?, pregunté. Porque si no, no me llamaría nadie y me quedaría sin nadie con quien salir.  ¿Libertad?

El ejemplo más dramático de la mentira que se esconde tras la panacea del siglo lo están sufriendo Cataluña y España entera. Unas organizaciones, supuestamente privadas y realmente politizadas hasta el tuétano, esparcieron por todo el territorio nacional, pueblo por pueblo, el cebo irresistible. ¡Libertad!, clamaron en reuniones, conferencias, presentaciones de libros, romerías, festivales, fiestas mayores y menores. La consigna de sus bien entrenados miembros era sacar la palabra, viniera o no viniera a cuento, a fin de enardecer uno de los instintos primitivos más potentes: la territorialidad. La estrategia era tan simple como la del ejemplo anterior y fundada en la misma proposición. Dígasele a los catalanes que jamás podrán ser ellos mismos hasta que sean libres; dígaseles que tienen derecho a serlo y, cuando estén bien encandilados, dígaseles lo que tienen que hacer para adquirir la libertad.

Se buscan y se encuentran razones muy válidas para justificar la rebeldía radical que ha arrastrado a un gran número de catalanes del seny (sensatez) a la rauxa (arrebato). No se puede decir que la indignación de los catalanes carece de fundamento justo.  Lo que sí se puede decir y comprobar objetivamente, es que la propaganda consiguió quitar de la cabeza de un gran número de catalanes la esperanza de conseguir reparación a sus agravios a través de la negociación racional.

Esa multitud de catalanes, ya convertidos al independentismo, siguieron a quienes les prometían libertad con el entusiasmo y la ceguera con que las mujeres empezaron a entregarse al sexo, sin sospechar que las estaban empujando a otra forma de esclavitud.

Dice la Constitución que la unidad de España tiene que prevalecer sobre cualquier otra consideración. Nos cargaremos la Constitución y no pasará nada, dijeron los propagandistas. Nos cargaremos todas las leyes españolas y nadie podrá impedirlo porque millones de catalanes saldrán a la calle a defender su libertad y no habrá policías ni porras ni pelotas de goma ni pistolas ni tanques ni cañones que puedan dispersar a tantos millones. ¿Y si van cayendo como moscas y cada vez son menos los que pueden salir a manifestarse? Europa y el mundo nos defenderán. ¿Y si no quieren defendernos? Querrán. Nadie se atreve contra la libertad.

Todavía hay millones de catalanes que se lo creen, aunque entre esos millones, cada vez hay más que se han cansado del jaleo. Todavía salen en multitud a la calle porque a muchos les pasa como a mi amiga, que tienen miedo a  quedarse solos, a no tener con quién salir; a que les llamen fascistas.

A pocos días de que el president declare la independencia unilateral de Cataluña, si es que respeta la Ley de Transitoriedad que se supone que sustituya a las leyes del estado español, la gente empieza a detectar el engaño de lo que le han vendido como panacea. Las grandes empresas han empezado a huir de Cataluña en estampida porque los grandes empresarios no tragan cebos. Hace dos días, los propagandistas –en Cataluña todos los políticos independentistas lo son- negaban rotundamente que empresa alguna se fuera con su sede social a otra parte.  Algunas grandes empresas ya habían comunicado al gobierno que se irían, pero con el entendimiento obnubilado por sus propias mentiras, convencidos de poder transformar la realidad con la magia de su pensamiento, el president, el vice president y, de los reyes abajo, todo dios, se atrevieron a decir al público que las empresas no se iba, y uno hasta se atrevió a decir que las empresas se pelearían por invertir en Cataluña.

El catalán dispuesto a hacer un esfuerzo de racionalidad por encima de sus sentimientos ya se ha dado cuenta de la jugada, ha pronunciado un rotundo no, gracias, y ha vuelto a sus asuntos esperando que las cosas, esas cosas que afectan a su vida y a la vida de su familia, no vayan a peor.

Pero todavía hay muchos catalanes, muchísimos, que no se resignan a todo lo que a veces tiene de desagradable aceptar las cosas como son. Son los que aceptan que ahora les digan que no se preocupen si todas las grandes empresas se van. Es temporal, les dicen; cuando seamos independientes volverán. Y se lo creen porque dudar puede conducirles al abatimiento y si el equipo pierde la moral, pierde el partido. De la moral, del empuje de la gente depende la victoria, les dicen. Y si la única manera de conservar la moral es tragando más mentiras, pues se tragan y ya está.

 

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