Los analistas, expertos y blabladores varios que llevamos años escuchando y leyendo en radio y prensa para que nos ayuden a comprender lo que está pasando y va a pasar en Cataluña, llevan meses girando y girando y girando en torno a los mismos argumentos, como trompos de pilas inagotables, como si no encontraran nada nuevo que decir. Uno acaba sospechando que giran y giran porque tienen pánico a detenerse y decir las cosas como son, les caiga lo que les caiga. Algunos, muy pocos, se han armado de valor y algo dicen que se aproxima y nos aproxima a la realidad. Uno siente como en esos casos  le salen del corazón los efluvios del agradecimiento, como al leer el artículo de hoy de Javier Marías en El País.  En el lamentable estado moral y psicológico de España entera, incluyendo a Cataluña, que es la que peor está, una verdad se recibe como un chorro de agua  milagrosa en el desierto.

No voy a dar aquí mi opinión sobre el horror desatado por el anuncio de la aplicación del tiránico artículo de la constitución que debería cortar por lo sano la locura independentista. No tengo nada que decir que no se haya dicho, y la locura, a pesar del artículo lapidario,  aún está por desatarse  con toda su virulencia en las calles, que Dios no me oiga. Así que voy a analizar el momento histórico supremo que ayer nos regalaron Rajoy y Puigdemont reduciendo mi perspectiva al espacio minúsculo de mi propio jardín; o sea, desde mi propia perspectiva egocéntrica (ver mi artículo anterior: “Yo”)

Mi padre era un nacionalista radical. Lo más sagrado en su alma eran su madre y su país. Pero cuando decía “su país” no se refería a España. A Cataluña, tampoco. Se refería al Pallars Sobirà, la tierra que por el sur empieza al atravesar la puerta del desfiladero de Collegats y se extiende hacia al norte hasta la frontera de Francia. Aunque a decir verdad, para mi padre, su país se reducía a la capital de la comarca: el pueblo de Sort. Muchas veces, sobre todo antes de un viaje de cinco horas por las carretas infernales de antaño,  le oí decir que lo único de malo que tenía su país era que estaba en el culo del mundo. Curiosamente, no entendía el nacionalismo de su hermana pequeña, nacionalismo catalán de toda la vida que de toda la vida comparte la mayoría de los catalanes. Fue mi tía la que me contó la horrible derrota de Cataluña en la Guerra de Sucesión y el brutal Decreto de Nueva Planta que privó a los catalanes de todos sus derechos. Fue ella la que me enseñó hasta qué punto puede conmover el sentimiento una sardana prohibida por Franco y finalmente autorizada a finales de los 50. Diez años después, mi tía aún lloraba recordando el día en que pudo cantar la Santa Espina en una plaza de Lleida. “Som i serem gent catalana tan si es vol com si no es vol”, somos y seremos gente catalana, tanto si se quiere, como si no se quiere. También fue mi tía la que me enseñó que la mierda de la montaña no huele mal, y que al puput se le oye cantar en primavera. Y también fue ella la que me enseñó a bailar sardanas.

Yo venía del extranjero, de educarme en otra lengua. No logré comprender racionalmente ni el nacionalismo de mi padre ni el de mi tía, pero la intensidad de su amor por su tierra  se me arraigó en lo más profundo del alma con la fuerza con que se graban las emociones. Lo que hoy me hace comprender, racionalmente y de todas las maneras, el grado de estupidez que aqueja a los políticos que se creen que a los catalanes hay que tratarles a lo Felipe V para tenerlos a raya.  Eso creyó Franco y prohibió la lengua. El día que los catalanes olvidaran su lengua infernal, se incorporarían al rebaño de las ovejas del Señor en el sagrado predio de España. Pues bien, el individuo no lo consiguió en todos sus largos años de represión, y muy probablemente no lo hubiera conseguido ni viviendo más vidas que Tomás, mi gato. Por cierto, para seguir en la línea autobiográfica, mi padre siempre habló en dialecto pallarés y en dialecto daba sus conferencias en Barcelona a los profesionales cosmopolitas que asistían a sus cursos. Que yo sepa, todos le entendían.  Un día un pallarés me preguntó si a mi padre no le daba vergüenza que le notaran por el dialecto que era de pueblo. ¿Cómo iba a darle vergüenza hablar en la lengua de su país?

El catalán lleva el catalanismo tan arraigado en el alma como llevaban los judíos el recuerdo de la patria perdida que no habían pisado ni pisarían nunca. Ama su lengua con la pasión con que el gitano venera su romaní y en él su orgullo indoeuropeo.  Extraña analogía, porque el catalán nunca fue expulsado de su tierra. Me recuerda el caso de los puertorriqueños. Nadie les ha echado nunca de su país. En él pudieron seguir hablando español después de la guerra que les convirtió en territorio de los Estados Unidos. En él pudieron mimar y desarrollar su propia cultura, híbrido de la indígena, la española y la africana. ¿Se sentían oprimidos por los americanos? La inmensa mayoría, no. Por pertenecer al gigante del norte, Puerto Rico se libró de la miseria y las dictaduras que han asolado a casi todos los países de Latinoamérica. Y sin embargo, siempre ha habido un partido y un movimiento independentista. Estados Unidos ha concedido varias veces un referéndum para que los puertorriqueños manifiesten libremente si quieren  la independencia. La inmensa mayoría de los puertorriqueños han dicho siempre que no. Pero solo el muy frío deja de emocionarse cuando oye el himno de su isla y la letra de Verde luz de Antonio Cabán Vale.

Isla mía, flor cautiva,
para ti quiero tener.
Libre tu cielo,
sola tu estrella
isla doncella, quiero tener.

Solo quien carece de empatía, eso que nos hace identificarnos con el otro y compartir sus sentimientos, eso que nos hace humanos; sólo quien carece de empatía, repito, es incapaz de entender la profundidad y la intensidad del sentimiento nacionalista. Ese sentimiento es más terco que el dolor por un amor perdido; tan terco es,  que solo se apaga cuando se apaga el cuerpo. Ahí están los gallegos, los vascos, los andaluces, el cántabro que va presumiendo de sus anchoas por do quiera que puede colar sus loores, y sigue contando.  Sí, señor, España es una nación de naciones. Hay quien se escandaliza de que se llame nación a un territorio de España, hay quien se asusta viendo en la palabra una amenaza contra la unidad del país. Ese escándalo, ese susto delata un entendimiento muy pobremente iluminado. El nacionalista como mi padre, como mi tía, como el boricua orgulloso de serlo, no es nacionalista contra nada ni contra nadie. Es nacionalista porque la tierra llama, cela, exige lo que considera suyo mediante fuerzas misteriosas del alma que nadie puede aniquilar. Esos que salen con banderas de aquí o de allá defendiendo su nación como prehistóricos defendiendo el territorio de su tribu no son nacionalistas; son seres que se han quedado atrás en la vía de la evolución. En cuanto a esos señores y señoras bien vestidos que, en un despacho o ante un micrófono, defienden con ardor que nación solo puede ser España y a las otras hay que agregarles las letras alidad para que se vea que no es lo mismo, ¿qué se puede decir de su cortedad de miras? Hay quien nace tocanarices y ni los más altos cargos ni las más serias responsabilidades les quitan la mala costumbre.

Y bien, la democracia nos permitió vivir tranquilos y felices con nuestro nacionalismo, viendo y disfrutando con el resto de España cómo España iba progresando dentro de la Comunidad, luego Unión Europea. Cuarenta años de libertad, de democracia, de progreso. Hasta que  unos cuantos, por intereses perversos o por fanatismo, utilizaron el nacionalismo de los catalanes para ofrecerles una independencia imposible.

No voy a relatar las causas de las plagas  que se abatieron sobre nuestra nación hace cinco años. Me he cansado de escribirlas en mis artículos y de leerlas en otros. A quienes han causado la devastación a la que ahora nos enfrentamos, les juzgará la historia. A estas alturas, muchos de los que cayeron en el engaño tras cinco años de mentiras, ya se han dado cuenta de lo que nos han hecho esos paisanos nuestros que presumían de auténticos catalanes. Porque, no volvamos a engañarnos, quienes nos han hecho perder nuestras instituciones esta vez no han sido pérfidos españoles, han sido catalanes. Han sido catalanes los que esta vez nos  han vuelto a dejar vencidos y humillados.

Y esto no terminará dentro de una semana.  Lo más probable es que la destrucción continúe con manifestaciones constantes que desestabilicen y paralicen el país. No hay más que oír las barbaridades que los que aún nos gobiernan siguen pregonando para movilizar a la gente.  Pero tarde o temprano, de mejor o peor manera, la tormenta pasará. Lo que entonces debe importarnos por encima de todo es enfrentarnos al desastre con la firme voluntad de empezar otra vez de cero y la seguridad de que llegaremos tan lejos como llegamos y estábamos antes de que la locura independentista nos arrancara el suelo de los pies.

 

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