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Una Olga Guillot desgarrada cantó por toda América su bolero “Se acabó”. Lola Flores electrizó al público de toda España gritando esas palabras definitivas.

“Se acabó. Mi amor lo mataste. Se acabó. No voy a escucharte. Ya me agotan las mismas mentiras que a diario repites. Me enfureces, me enloqueces, Es mejor evitar que después lamentar lo que pueda pasar. Se acabó”.

Pues eso. Que como dice la amante cabreada, se acabó la comedia, el bolero, el tango. Se acabó el sainete esperpéntico que convirtió a Cataluña en  hazmereír de España y del mundo.

Cinco años duró la representación, más o menos. Cinco años en los que los catalanes se quedaron sin leyes con que paliar los efectos de la depresión; sin gobierno que se ocupara de mejorar la situación de los enfermos, de los desempleados y subempleados, de los medio pobres y de los pobres totales.  Cinco años sin hacer ni caso a las asociaciones, organizaciones, columnistas que día tras día clamaban para que se vieran y se escucharan los problemas que destrozan a los que  eufemísticamente se llama los desfavorecidos, para no decir abandonados a su suerte por el gobierno.

El “poble”, la voz divina que Puigdemont y los suyos dicen oír y cuyos mandatos dicen sentirse obligados a cumplir por encima de cualquier consideración humana, no incluye a los desechos de  la sociedad. El “poble” está formado por los ciudadanos acomodados del país y sus vástagos. En el “poble” no hay gente de izquierdas. Cataluña no necesita partidos que reivindiquen la justicia social porque en la República de Cataluña no habrá pobreza que requiera asistencia ni riqueza a repartir. Todos serán ricos cuando España ya no pueda seguir robando a los catalanes como robaban los moros en la Edad Media, que solo aparecían para exigir tributos.  En el “poble” solo hay independentistas.

Por eso fue el “poble” el que salió a votar el 1 de octubre y su rotunda voz se escuchó en todos los confines de la tierra. Los que no fueron a votar no son “poble”. Los cinco millones de individuos que se negaron a ignorar las leyes votando en una cosa que ya no era referéndum porque el referéndum había sido anulado por el Tribunal Constitucional, dejaron de existir. Solo el “poble” suena y manda y lo que manda es independencia “peti qui peti”. ¿Y cuántos forman el “poble”? Preguntarlo es una blasfemia. El “poble”, como Dios, es uno y lo que dice solo pueden interpretarlo sus intermediarios en la tierra que son los políticos independentistas y sus brazos propagandísticos, la ANC y Omnium Cultural.

Desde el 1 de octubre España se convirtió en una dictadura brutal que apalea a gente inocente en la calle, que encarcela a valientes independentistas  por manifestar su opinión, que invadirá Cataluña o la República de Cataluña la semana que viene para imponer su tiranía al “poble”. Mariano Rajoy, un señor más bien plasta, que hasta antes de ayer solo se ocupaba de tapar la mierda de su partido y hacer la supervivencia más difícil a los abandonados, de pronto va a convertirse en frenético Erdogan que transformará España en Turquía. O sea, que la semana que viene, en Cataluña todos kurdos.

Porque sí, la semana que viene se acabó. Porque ya no hay quien aguante tanta mentira, tanta locura; ni siquiera el gallego tranquilo. Se acabó. Porque resulta que estamos hartos de hacer el ridículo proclamando imposibles, de que la fama de sensatez y laboriosidad que teníamos los catalanes se trueque en fama de mentirosos, de que la obcecación de los gobernantes se acabe entendiendo como trastorno mental, Porque estamos hartos de que los actores se hayan adueñado del teatro y se nieguen a abandonar el escenario en el que han estado representando durante cinco años una tragicomedia tan absurda que habría matado de envidia a Beckett, a Ionesco y a todos sus imitadores juntos. Estamos tan hartos que cuando lleguen los gestores de Madrid a desalojar a los actores y la realidad se imponga con toda su crudeza, cuando veamos a vecinos y alcaldes arriar sus esteladas y masticar su decepción y su resentimiento, los que no somos ese “poble” del que hablan los políticos respiraremos aliviados aunque por dentro también nos lacere el dolor.

Era esto lo que buscaban los partidos independentistas por sus propios motivos perversos. Pues bien, lo han conseguido. Se acabó la autonomía de Cataluña, el orgullo de los catalanes, la concordia. Se acabó. Lo que no sabemos cuándo se acabará es la revuelta que empezará a sacudir nuestras calles a partir del sábado cuando salga el “poble” a defender su tiranía.

 

 

 

 

 

 

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