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Anoche, releyendo la novela de Kazuo Ishiguro “The Remains of the Day”, titulada en español Lo que queda del día, la mente se me fue a la tragicomedia absurda en la que los catalanes hemos sido obligados a participar como espectadores indefensos, todos, y como comparsa bulliciosa, algunos. El resto de los españoles también, pero llegaron tarde a la representación y los efectos sufridos se han limitado al hartazgo, hasta ahora.

¿Que tendrá que ver el relato en primera persona de un mayordomo inglés rememorando las vicisitudes de su trabajo en la mansión de un aristócrata a principios del siglo pasado, con el esperpento del ascenso y caída de la República de Cataluña?, cabría preguntarse. Creo que el mayordomo nos da la respuesta.

En la novela de Ishiguro, Mr. Stevens, sirviente vocacional, analiza en su diario  su particular concepto de la dignidad; cualidad que considera fundamental  para que alguien en el ejercicio de su profesión pueda alcanzar la excelencia. El análisis de la dignidad y su contraria puede llevarnos a comprender las causas del embrollo que nos acogota. Causas que pueden resumirse en un diagnóstico: hemos perdido la dignidad. Unos, por su propias elecciones; otros, porque nos la arrebataron, el caso es que nos hemos o nos han convertido en indignos. ¿Indignos de qué?

La primera legislatura de Mariano Rajoy y su partido fue una exhibición sin tapujos de flagrante indignidad, la indignidad de unos políticos que merecerían el más absoluto desprecio de un mayordomo inglés de primera clase. Pero no son los únicos políticos indignos de este país. Hace años ya que la mayoría de los políticos perdieron la dignidad de su profesión y las nuevas generaciones han accedido a sus cargos sin tener ni remota idea de lo que la dignidad de un político significa y de lo que exige. Es muy probable que ni siquiera acepten que se les compare con un mayordomo. Lo que revela hasta qué punto desconocen la naturaleza y las exigencias de su profesión.

Un político es un sirviente, un servidor de los ciudadanos. Esto no es una frase propagandística, aunque todos los políticos la utilizan para pescar votantes. Esto  es un hecho que solo puede negarse faltando a la democracia y a la decencia. Son los ciudadanos los que con su voto emplean al político; los que le pagan sueldo y prebendas. Esto da derecho al ciudadano, como a cualquier patrón, a exigir a su servidor que le sirva bien. En la realidad, sin embargo, los servidores políticos se sitúan por encima de los amos que les contratan para servirles. Son los servidores los que mandan en la casa y en todos sus habitantes. Son ellos los que deciden cuáles son sus obligaciones y cuánto tienen que pagarles por realizarlas. Son ellos los que deciden cuándo y cuánto se suben sus sueldos. Son ellos los que determinan el caso -mucho, poco o nada- que le hacen a su empleador.

Esta situación incongruente recuerda la de otro mayordomo, el de la novelita “El sirviente” de Robin Maugham. Aquí, un mayordomo manipulador consigue dominar a su amo hasta el punto de anular su voluntad y quedarse con su casa. ¿Cómo puede ocurrir algo así? Para que ocurra es necesario que el amo sea un infeliz con serios problemas psicológicos y una absoluta carencia de dignidad.

De este ejemplo podemos deducir que el número apabullante de políticos indignos que rigen todas las instituciones de este país responde a la falta de dignidad de una mayoría de ciudadanos que desconocen o no quieren asumir sus funciones; que ni siquiera asumen con responsabilidad la función suprema que les exige la democracia que es elegir  racionalmente a los políticos que designan para administrar su casa.

Nos dice el mayordomo de Ishiguro que la máxima ambición profesional de un miembro de su gremio es servir a personas de la más alta dignidad. Por dignidad no entiende el lugar en la escala social del empleador; se refiere a su valor moral. Y por valor moral no entiende asuntos relacionados con la vida privada; se refiere a los valores inspirados por el principio de la justicia. Nos dice que los mayordomos de su generación ambicionaban servir a personas que desearan contribuir a la creación de un mundo mejor; a personas comprometidas con promover el progreso de la humanidad. Esa aspiración suprema compartida por empleador y sirviente es el fundamento de una relación de confianza entre ambos, la relación que garantiza el progreso de cualquier empresa, de cualquier casa.

Hoy se dice que ya no tenemos políticos de elevado nivel intelectual y moral dispuestos a emplear todas sus facultades para gestionar lo mejor posible la casa de los ciudadanos. Lo que no se dice porque no suena bien, es que la carencia de políticos dignos y competentes revela la ineptitud de los empleadores en la elección de sus empleados.

España, nuestra casa común, muestra hoy un caos desolador. La mayoría de los ciudadanos se abandonó a la bartola, como un patrono irresponsable, dejando la administración de su casa en manos de los peores y dejando que los peores asumieran el mando de su vida y su hacienda. Un hombre, empleado para gestionar el país, ha vivido durante años permitiendo que el personal  a su cargo, designado por él mismo, robara a placer a los amos de la casa. Parece que hay indicios de que ha sido, más que cómplice por omisión, beneficiario del robo. Pero lo que realmente aterra por sus efectos destructivos es que la mayoría de los empleadores de este hombre, empobrecidos por el expolio, no tiene intención de despedirle. Esto significa que el ciudadano ha caído en una apatía angustiosa que arrastra a la casa de todos a la ruina moral.

Mientras en el resto de España la mayoría va a sus asuntos desentendiéndose de lo que ocurre a su alrededor, en Cataluña un gran número de ciudadanos se desentiende de sus asuntos  entregando su voluntad a mayordomos desquiciados por el fanatismo o por ambiciones personales disfrazadas de fanatismo.

Hechizados por la propaganda, dos millones, más o menos, de catalanes renuncian a los principios democráticos y de justicia que exhibían con orgullo como parte de su idiosincrasia, y se lanzan a defender a los mayordomos que decidieron ignorar las leyes por las que se regía la casa, creando un nuevo código e intentando imponerlo a todos los habitantes; a los hechizados y a los que aún conservan sana su facultad racional. Multitudes de hechizados se echan a la calle a exhibir banderas y gritar consignas, paralizan el país con huelgas, se niegan a aceptar la realidad de que están solos con su locura y de que su locura está destruyendo la economía y la convivencia; está destruyendo la casa de todos. Pero lo que más aterra por sus efectos destructivos, es que esos hechizados no tienen intención de despedir a los mayordomos que se apoderaron de su voluntad convirtiendo a una nación orgullosa de sus logros en una casa de locos.

Parece que el resultado de las próximas elecciones nos va a devolver al momento en que se produjo el brote psicótico. Parece que a nadie le importa seguir girando en un bucle sin escapatoria posible hasta que el caos total obligue a detener la programación por los medios que sean.  Parece que quien no está hechizado sufre la misma apatía que permite a los mayordomos corruptos gobernar en toda España.

Este desastre, ¿tiene solución? Si la tiene, ya no depende de la política; depende de la psicología. O los amos recuperan la dignidad y, con ella, el gobierno de su casa, echando a los sirvientes manipuladores, corruptos y ladrones, y haciendo un esfuerzo por contratar a mayordomos honestos y profesionales,  o España, Cataluña incluida, volverá a cubrirse con la niebla oscura y pestilente de las peores épocas de su historia.

Lo que me recuerda otra reflexión del mayordomo de Ishiguro que debe aplicarse a todo sirviente político. El profesionalismo en política no es engañar, manipular, servir a los dictados de la codicia y el beneficio propio. El profesionalismo en política exige obedecer a los dictados de la bondad y del deseo de que la justicia prevalezca en el mundo. Creer que esta aseveración es ingenua es síntoma de  una grave carencia de dignidad y de ningún sentido del honor. Exigir menos a los profesionales de la política es condenar la casa a la decadencia y a su eventual destrucción.

 

 

 

 

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