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Hace años vi un documental muy curioso en el que se analizaba la conciencia humana desde los parámetros de la física cuántica. Me impresionó vivamente. De aceptar cuanto decía al pie de la letra, uno acababa deduciendo que el ser humano, como observador, puede transformar la realidad con sus elecciones; es decir, a su antojo. Esas deducciones, envueltas en un lenguaje científico, llevaban más al ámbito de la mística que al de la ciencia, pero cuando el documental se popularizó, científicos y místicos pusieron el grito en el cielo, considerando, cada cual por sus propias razones, que el material era herético. Ambos tenían razón. El asunto no tiene nada que ver ni con la física ni con la mística. Tiene que ver con la psicología, y en casos extremos, con la psiquiatría.

No es la realidad efectiva lo que nuestras elecciones transforman. Lo que transforman es nuestra percepción de la realidad. Cuando un independentista catalán dice, por ejemplo, que hoy Cataluña ya es una república independiente y que su presidente  en el exilio  fue depuesto por una potencia extranjera que ha derrocado al gobierno legítimo por la fuerza, a uno que no perciba en su misma onda se le queda la cara a cuadros. Cuando un integrista, por poner otro ejemplo, dice que imponiendo la Constitución española Cataluña recuperará la paz, la convivencia y la prosperidad de inmediato, aunque unos dos millones de catalanes se emperren en vivir en su república, a uno que no perciba en su onda se le pone el cerebro en modo escepticismo radical.

La mente humana puede crear realidades en dimensiones paralelas al espacio que perciben  los seres humanos física y mentalmente sanos. Esa capacidad de crear otro tipo de realidades no depende de elementos cuánticos; depende de la voluntad. Por eso, esas dimensiones imaginarias sólo pueden existir en el ámbito de la mente.

Cataluña es hoy una prueba dramática de la existencia en la sociedad de dos dimensiones imaginarias creadas por la voluntad de dos grupos distintos.

En una habitan los independentistas convencidos de que la voluntad basta para crear y mantener un país independiente. Bastó la voluntad de sus líderes para convencerles de que la existencia de la República de Cataluña solo dependía  de su propia elección. Y la eligieron. Y la voluntad de quienes la eligieron se convirtió, por la voluntad de sus líderes, en un mandato que obligaba a todos a respetar esa elección. El cálculo riguroso de cuántos eligieron la república independiente no se toma en cuenta porque no coincide ni con las expectativas ni con la voluntad de los líderes. Los líderes eligieron crear su realidad y eligieron creer que todo el pueblo de Cataluña elegiría  vivir en esa realidad. Los números, rotundamente objetivos, pertenecen al universo del que su voluntad ha decidido exiliarse. En la dimensión creada por los líderes del independentismo y sus seguidores, todos los habitantes de Cataluña son el pueblo que ha elegido la independencia, y quien no haya elegido la independencia no existe porque habita en otra dimensión.

En otra dimensión viven los líderes que han elegido creer en una España homogénea, sin diferencias ni fisuras. En esa realidad que sólo existe en sus mentes por la gracia de su voluntad, las diferentes etnias y culturas que habitan el país son fenómenos propios de aquellos Coros y Danzas del franquismo que tan bien reflejaban la diversidad folclórica que colorea el  territorio español. Para estos, los catalanes pueden vivir felices bailando sardanas en sus plazas lo días de fiesta, subiéndose los unos sobre los otros en esas torres humanas tan coloristas y vistosas, promoviendo su literatura en juegos florales  y con premios locales.  Por encima de ese folclorismo inofensivo, se encuentra el respeto universal a la Constitución Española; lo más serio, lo más rotundo porque es el fundamento que sostiene la nación, la única nación que es España. En la realidad de estos líderes, la Constitución no se puede modificar en lo esencial porque no se pueden modificar las esencias, y  todo lo que tenga que ver con España es esencial.  Naturalmente, es el español la lengua que debe enseñarse en todos los colegios porque todos los padres quieren que sus hijos dominen un idioma que se habla en todo el mundo. Los catalanes serán felices hablando en su lengua en privado sin que nadie se lo prohíba y los padres serán felices si no se impone a sus hijos en los colegios el estudio de una lengua minoritaria y económicamente inútil. Que la importancia de una lengua depende exclusivamente de su eficacia como vehículo de comunicación entre quienes de ella se sirven para comunicarse, es un valor que no existe en la dimensión de los defensores de la homogeneidad de España.

Para ellos, sólo tiene valor aquello que contribuya a que España sea valorada por la comunidad internacional como país solvente, serio.  Porque España es un país serio y no hay español serio que no la conciba como la conciben los líderes políticos que defienden su unidad y su homogeneidad. Y porque España es un país serio, es necesario conservar el equilibrio que garantiza la estabilidad social y que sólo se alcanza donde todos los ricos  son igual de ricos y todos los pobres, igual de pobres.

En la dimensión creada por los líderes del españolismo liberal y sus seguidores, todos los habitantes de España, o sea, todos lo que tienen derecho a llamarse Ciudadanos, quieren una España única y liberal,  y quien no la quiera así no existe porque habita en una dimensión distinta.

Pero hay una realidad que existe y persiste al margen de la voluntad de transformarla según nuestros deseos. En esa realidad inconmovible, quien infringe la ley va a la cárcel y los políticos que ignoran las necesidades de los ciudadanos se arriesgan a la derrota electoral. Es en esa realidad, la realidad real, donde habita la mayoría de los catalanes.

El catalán que vive percibiendo la realidad efectiva sin crearse ni creerse universos paralelos, pasa de independencia, de Constitución, de abstracciones; pasa de ideologías; pasa de los circunloquios con que los políticos procuran enmarañar sus discursos para no tener que decir la verdad; pasa de mentiras manipuladoras. A los catalanes que viven respetando la realidad que perciben sus sentidos y analizándola con su razón les interesan, como al resto de los españoles, los problemas concretos que tienen que ir resolviendo para vivir de la mejor manera posible. El catalán preocupado por problemas concretos quiere gobernantes que ofrezcan soluciones concretas. 

¿Y quién gobierna y gestiona la realidad; la realidad ajena a consignas, ideologías, patriotismos  y monsergas; la realidad a la que todos tenemos que enfrentarnos cada día para sobrevivir? Es lo que tendrán que decidir cinco millones y medio de catalanes el 21 de diciembre. En ese día crucial para la supervivencia de Cataluña, es decir, de nuestra casa, solo contará la cantidad. De la cantidad de quienes voten por el voluntarismo independentista o por el voluntarismo españolista liberal, dependerá que los políticos elegidos por los unos o los otros sigan obligando a todos a vivir en la dimensión imaginaria del uno o del otro hasta que todos nos estrellemos, tarde o temprano, contra la realidad real.  ¿Hay otra alternativa?

En la realidad ajena a las dimensiones imaginarias, están las propuestas del candidato Miquel Iceta. Miquel Iceta sabe, como sabemos todos, hasta aquellos que habiendo claudicado del análisis racional de las circunstancias aún conservan un resto de cordura, que en la realidad real en la que nos toca luchar a diario, nuestra casa está dividida y empobrecida porque los voluntarismos la han abandonado para ocuparse exclusivamente de la dimensión en la que cada cual eligió habitar.

Iceta sabe, como sabemos todos, que para poner nuestra casa en orden y en pie, hay que aplicar soluciones concretas a los problemas concretos que han deshecho nuestra convivencia y nuestra economía.  Sabe que la convivencia se arregla dando participación a todos, sin exclusiones, en la reconstrucción de Cataluña. Sabe que la economía de Cataluña volverá a flotar cuando los catalanes vuelvan a trabajar unidos creando una atmósfera en la que impere la sensatez, el análisis racional de la realidad y el esfuerzo por sacarle a la realidad el mejor partido. Sólo así llegará el dinero que necesitamos para reconstruirnos y volverá el que huyó de la incertidumbre causada por la irracionalidad.

Iceta sabe, como sabemos todos, aunque algunos quieran ignorarlo, que nuestra casa vive privada de la aportación de miles de catalanes que han sido expulsados a los márgenes de la pobreza por el concepto del liberalismo que prioriza el dinero sobre cualquier otra cosa; sobre cualquier persona. Iceta sabe que el dinero no se hace solo; que la creación de riqueza requiere el esfuerzo de toda la sociedad; que Cataluña no puede darse el lujo de prescindir de una parte importante de su población pagando la costosísima factura de la desigualdad.

Miquel Iceta es el candidato del Partido de los Socialistas de Cataluña. Pero sabe que la realidad real no es un territorio cruzado por dos vías de dirección única; derecha e izquierda. Y sabe que en el momento crítico en que se encuentra Cataluña no hay tiempo para regodearse en definiciones ideológicas ni para velar por intereses de partido.

Cataluña necesita que todos los catalanes despierten de sus ensoñaciones, que se levanten  con los pies firmes en el suelo y se pongan a trabajar para reconstruir lo que se ha destruido. Porque nadie puede independizarse de la realidad sin grave peligro de perder todo lo que la realidad le ha ofrecido hasta ahora y todo lo que sigue ofreciendo a quien esté dispuesto a trabajar respetando sus normas.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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