El horror de ser socialista.

Decidí ser escritora a los siete años. A todos les hizo mucha gracia y la verdad es que me estimularon elogiando todo lo que escribía. Al terminar el bachillerato tenía muy claro que quería estudiar Filosofía y Letras; más por la filosofía que por las letras. Mi padre sufrió un disgusto muy serio cuando se lo dije. Mi elección demostraba mi absoluta carencia de sentido práctico y eso, naturalmente, le preocupó. Mi madre, por su parte, no concebía que yo pudiera ser otra cosa que abogada porque era la profesión en la que más podía ayudarme por sus conexiones. La universidad americana, con su sistema de créditos, me permitió optar por un camino intermedio: “mayor”en Ciencias Políticas y “minor” en Literatura Inglesa.

En el segundo semestre de mi primer año de universidad descubrí que era socialista. Descubrí también que mi socialismo era cosa de mi conciencia, de mi pensamiento, de mis emociones, pero que no tenía nada de práctico. Pronto me golpeó el desprecio de mis compañeros socialistas, entusiasmados, todos ellos, con la revolución cubana. ¿El socialismo aceptaba la supresión de todas las libertades, las constantes ejecuciones que convertían en chiste la palabra “paredón”, los comités de vigilancia que imponían la pureza ideológica en los barrios, el adoctrinamiento desde la más tierna infancia? Mi pregunta provocaba sonrisas de condescendencia. Era muy joven, era mujer, era natural que sólo se me ocurrieran tonterías. Uno tuvo a bien explicarme lo que era pragmatismo y que el pragmatismo en política tenía que estar por encima de cualquier ideología. ¿Por encima del bienestar, de la vida de los seres humanos?, pregunté. Me respondió que en política yo nunca llegaría a ninguna parte, y acertó. Pero yo, terca de nacimiento, seguí con mi idea del socialismo, un socialismo democrático que no tenía nada que ver con el mal llamado comunismo. En cuanto al pragmatismo, a algunos les sirvió en España para convertirse en “beautiful people”. El hecho de no tenerlo me sirvió a mi para ir convirtiéndome en más persona mientras más me preocupaban las personas, fueran beautiful o no. Eso que he ganado.

Hace poco más de tres años me pidieron que colaborara en un periódico. Empecé muy bien, muy filosófica. Me pusieron los artículos en la sección de Sociedad. Pero poco a poco, fui derivando hacia la política y descendiendo a lo concreto, y tan concreta me volví, que acabé defendiendo al PSOE abiertamente en la campaña electoral de 2015. Según las encuestas, yo apostaba por el partido perdedor. Pero bueno, lo de pragmatismo no me había entrado nunca, repito.

Algo empezó a sonarme mal en aquella campaña. No sólo eran los adversarios del candidato socialista los interesados en hacerle perder. Dentro del mismo partido sonaban, día sí y día también, voces que ponían en duda, de un modo u otro, sus aptitudes para ser presidente del gobierno. Ya te vale, me dije, así no hay quien gane. Pero como carezco de sentido práctico y contra eso no hay nada que hacer, mi conciencia, mis convicciones y mis emociones me obligaron a defender a Pedro Sánchez a capa y espada cuando perdió las elecciones, cuando perdió la investidura, cuando algunos compañeros suyos lo destronaron y cuando los militantes lo volvieron a entronar. Y en esas sigo. ¿Qué gano? Una satisfacción personal que no tiene precio.

Sigo siendo socialista a pesar de todos los tuits que cada día me recuerdan los errores que cometió el PSOE hace diez, veinte, cuarenta años y cuando Pablo Iglesias Posse apoyó la dictadura de Primo de Rivera, dice uno. ¿Qué hubiera hecho el PSOE en la conquista de América? El caso es que nunca he tenido carnet del PSOE ni me interesan los que siguen a un partido como si fuera un equipo de fútbol. Me interesa la persona que con hechos y palabras me demuestra que está en política porque le interesan las personas. Y por eso me metí en el fregado de defender a capa y espada a Miquel Iceta cuando ser socialista en Cataluña se convirtió en un horror. Pero no es que sea masoquista. Es que siento un profundo respeto por las facultades mentales que me tocaron en la lotería genética, y mis facultades mentales me dicen que, como están las cosas en Cataluña, es la única elección si una quiere votar con responsabilidad.

Si miramos a la izquierda más siniestra, nos encontramos con una pandilla que confunde la política y las instituciones con un espectáculo. En Cataluña, la CUP no habla de propuestas sociales ni explica su programa de gobierno. Hay que acabar con el sistema, dicen, exhibiendo banderas y eslóganes en camisetas y cartelitos, vestidos y despeinados como si estuvieran en un desierto empujando una furgoneta averiada. Para empezar, hay que sacar a Cataluña de España sea como sea, aunque haya que tirar la furgoneta por un precipicio. Ya se empezará a reconstruir cuando se haya destruido todo. Y la reconstrucción será muy divertida bailando un mambo.

En cuanto a sus afines ideológicos, los de ERC tampoco tienen tiempo para ocuparse de los problemas de la gente. Por encima de todo está la independencia, también como sea y cueste lo que cueste. Sus diputados en el Congreso dan la campanada todos los días como si todos los días fueran fin de año. Uno, tronando con lo que le salga mientras agita su cabellera de león; otro, ofreciendo al respetable su particular versión de la comedia con atrezo y todo. En Cataluña no ofrecen programa para las elecciones. Confían la parte más importante de su campaña a los cartelitos que hay por todos los pueblos y ciudades  del territorio moviendo a los corazones a apiadarse de los que llaman presos políticos y a exigir su liberación. Exigiendo a la juez que encarceló a los encarcelados por violar la ley, demuestran su falta de respeto por la judicatura; lo que demuestra, a su vez, que coherencia no les falta. Al votar por la declaración unilateral de independencia se cargaron sin reparo alguno la Constitución española y el Estatut de Cataluña de un plumazo. ¿Qué respeto les puede merecer lo que digan un fiscal y una jueza? Encima nos dicen que si gana ERC y Junqueras sigue en la cárcel, será presidenta de la Generalitat Marta Rovira, una señora que no tiene reparo en acusar al gobierno español de haber  amenazado al govern con llenar las calles de Barcelona de sangre y muertos si se proclamaba la independencia. Y aún así la proclamaron.  Si los del “cutre look” divierten al estilo de la familia Adams, los de ERC dan más miedo que una película de zombies.

Del PdeCat, antes CiU, ahora Junts por Cataluña, sobra todo lo que se pueda decir porque ya se encarga de decir suficientes disparates su president en el exilio. Otra vez, de sus preocupaciones brillan por su ausencia los catalanes. Lo único que importa es separarse de España, que Puigdemont pueda ser president de la Generalitat cuando regrese, glorioso, del exilio, y si Europa no le quiere reconocer la hazaña, otro referéndum para sacar a Cataluña de Europa con las mismas garantías de que los catalanes votarán sí o sí que tuvo  el llamado referéndum del 1 de octubre.

Pero hay otra alternativa. Hace ya más de diez años, surgió en Cataluña un partido defensor de quienes le tenían manía al catalán. La manía, naturalmente, se extendió al catalanismo, al Estatut, a todo lo que pusiera en peligro las esencias de España, una, grande y libre. ¿Hay algo en Ciudadanos que permita suponer que con Arrimadas en la presidencia de la Generalitat alguien, por fin, empezará a ocuparse de gestionar el país en beneficio de los catalanes? Imposible deducirlo de sus discursos de pre campaña. Su principal objetivo, su manía actual, es convencer al PSC para que le dé sus votos a Arrimadas. “No pongáis palos en las ruedas”, clama la aspirante a presidenta de la Generalitat. ¿Y qué piensa hacer si llega a la ansiada cumbre? ¿Moler a palos a los dos millones de catalanes, más o menos, que seguirán defendiendo su lengua y su nación? Lo único que no necesitan los catalanes en este momento es que continúe la agitación social que nos está llevando a la ruina.

Me he equivocado en muchísimas cosas  en esta vida. Pero no me equivoqué al elegir al socialismo democrático como faro de mis convicciones políticas. No me equivoqué al defender a Pedro Sánchez porque al final, contra toda teoría sobre el funcionamiento tradicional de los partidos, los militantes corrigieron al aparato y le devolvieron la secretaría general.

No me equivoqué al decidir que defendería al PSC y a Miquel Iceta y que le daría mi voto aunque muchos me pusieran a parir. Porque sigo respetando mi inteligencia, como don recibido sin mérito propio, que me obliga a ser agradecida desarrollándola mediante el uso de mi facultad racional. Porque amo a Cataluña con la intensidad, tal vez también heredada, de mis antepasados. Porque no tiene ningún sentido amar a Cataluña, que es solo un segmento en un mapa, si lo que de Cataluña se ama no son las personas que la habitan.

Porque me amo y me importo sobre todas las cosas y a los otros como a mí misma, por la cuenta que me tiene, voy a votar por quien creo que asume y practica los mismos principios y valores que informan mi criterio. A quien creo que como president de la Generalitat gestionará los asuntos de las personas teniendo en cuenta el bien de las personas y nada más. Así que hasta el 21 de diciembre defenderé a Miquel Iceta y al PSC aunque la propaganda de independentistas y españolistas integristas hayan hecho que ser socialista en Cataluña sea un horror.

 

 

 

 

 

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Autor: mariamirrocafort

Nací en 1948. Tengo un hijo. Soy escritora, articulista y profesora. Soy progresista. No pertenezco a ningún partido político, voto según lo que me dicta la razón. Creo en Dios, pero no en religiones con intermediarios que pretenden hablar en nombre de Dios.

5 comentarios en “El horror de ser socialista.”

  1. Es cuando menos curioso como transcurre la vida de cada uno de nosotros. Es también un misterio el cómo nacemos, crecemos y nos desarrollamos.
    Tus convicciones democráticas son las mías, María, tú llegaste a ellas por un camino, yo por otro muy distinto, pero al final nos encontramos en las mismas ideas.
    A los nueve años estaba en el seminario, creo recordar que duré cuatro o cinco meses. Hastiado de aquel nacional-catolicismo, colgué la sotana y me volví descreído, con nueve años había entendido la diferencia de predicar y dar trigo. Mi adolescencia la pasé interno en los escolapios. Debo reconocer que enseñaban con gran rigor y disciplina. A mi me sirvió de mucho aquella disciplina y aquel seguir pensando con total libertad.
    En el año de la Constitución trabajaba en banca, tenía un hijo y presidí la mesa electoral de mi circunscripción. Mi primer voto fue para el Partido Socialista Popular de mi admirado Tierno Galván, en esas primeras elecciones también me toco ser presidente de mesa, en mi colegio electoral ganó el PSOE.
    El resto de mi vida me tocó vivir rodeado de gentes de AP, luego PP, todos pensaban que yo, dado mis orígenes, era uno de ellos, nada más lejos de la realidad. Seguí votando socialismo porque yo me sentía socialista, no de carné, que nunca he tenido, pero si como portador de los valores del verdadero socialismo, ello me ha reportado más de un disgusto, pero con las convicciones, con la forma de ver la vida, no se negocia.
    Yo no podré votar en las elecciones del 21D, pero mis simpatías, mi solidaridad, estará con Miguel Iceta, al que deseo fervientemente que gane, por inteligente, coherente y socialista.
    Abrazote, María

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  2. Me ha gustado como siempre tu artículo. Me gusta que a la vez de comentar de política, metas de vez en cuando, algún pasaje o dato personal.
    Hay sin embargo algo con lo que no estoy muy de acuerdo, y que además, unas pocas líneas más adelante, me parece que tu misma rectificas.
    Es cuando hablas de tu carencia de sentido práctico. Creo que a nuestra edad, lo práctico pasa a otro plano. Tal como pasa el tiempo, nos damos cuenta que lo realmente práctico, es hacer lo que creemos.
    El tiempo, quita importancia a lo que antes era práctico. Al final, nos damos cuenta que lo que tenemos, sea mucho o poco, no importa casi nada. Lo realmente importante, es el bagaje de nuestra vida. Sobre todo, cuando la edad nos va limitando actividades y dando paso, -cada vez más-, a los recuerdos de lo vivido.

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  3. Muy cierto, Angel, lo importante es lo que somos porque hemos sido, ese hemos sido es lo que ha marcado nuestro carácter, más allá de lo que tengamos en el terreno material, que deja de tener importancia a medida que se acerca la nada.

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  4. Bueno, otra vez al terminar mi comentario, compruebo, (muy agradablemente), que de nuevo Stradivarius1951, se me ha adelantado, con otra gran respuesta.
    Como sé tu edad María, y supongo que el sufijo 1951 de Stradivarius, es su fecha de nacimiento, somos más o menos de la misma época. Yo soy de 1955.

    Con esa fecha de nacimiento, era normal que hiciese el bachillerato en un colegio interno menor regido por falangistas. Vosotros, fuisteis, al parecer, más adelantados que yo en daros cuenta de vuestra ideología. Pero somo un par de años antes. Yo lo hice a los 11. Recuerdo perfectamente, como casi la totalidad de mis compañeros, (incluido mi fallecido hermano, que por entonces estudiaba ya primero de magisterio), se apuntaban a la OJE. Habían ventajas importantes para un niño, pertenecer a la Organización. Habían excursiones en unos viejos autobuses, unos recreativos, donde los de la OJE no pagaban… y alguna que otra ventaja más.

    Jamás me apunté.

    A veces pienso que quizá por eso tuve una estancia en dicho colegio, debido a esa negativa a apuntarme a dicha OJE. Recibí más castigos, palos incluídos, que nadie. Bueno, para no mentir, creo que quedé en segundo lugar. Había un amigo que me ganaba en castigos. Pero cuando lo pienso, al momento descarto la idea. No era por no pertenecer a la organización, por lo que era un “privilegiado” , con los castigos. Creo que era lo normal en un colegio donde su director era un falangista exboxeador, y casi la totalidad de educadores, incluido también el ujier.
    Pero aquel director, solo estuvo un año en su puesto en el tiempo que permanecí yo. Después, lo cambiaron. Nombraron a un Capitán de paracaidistas para el puesto.

    Siempre odié ese colegio: El Doncel. Fueron quizá los peores tiempos de mi juventud.

    En su favor, quiero pensar que gracias a ellos, desde entonces, he sido socialista. Primero solo socialista de ideología y después también como militante.

    Creo que todo ello, me ha beneficiado como persona. O quiero pensar que así ha sido.

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