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Como cada domingo desde hace unas cuantas semanas, la radio me lleva años atrás, a los días tenebrosos en que la mayoría de los españoles renegaron de su condición humana y se transformaron en bestias. Miles de pueblos conservan hoy monumentos que cuentan esa bestialidad. En las fosas comunes, miles de huesos esperan que alguien les saque, que les ponga nombre, que les vuelva a llorar, que les vuelva a dar el amor que perdieron cuando el odio les arrancó de los suyos, de la vida. Hoy he llorado con las lágrimas de la anciana que se abrazaba a unos huesos rescatados de una de esas fosas  porque podrían ser los de su padre, pero aunque no lo fueran, porque en ese abrazo abrazaba a todas las víctimas de las banderías que enloquecieron a los españoles empujándoles a regar su tierra de sangre y lágrimas.

Hoy me he despertado con mi tierra envuelta en banderas; senyeras, esteladas, rojigualdas. Cada bandera identifica al portador con una bandería, con una facción  de las tantas que hoy dividen la tierra de los catalanes en bandos irreconciliables. Vuelvo a hacerme la pregunta que millones de españoles se han venido haciendo durante los últimos ochenta años. ¿Cómo ha podido pasar esto? ¿Por qué? Los interesados en justificar su postura ofrecen diferentes respuestas; respuestas superficiales, respuestas que no satisfacen la curiosidad del alma humana, porque no hay alma auténticamente humana que pueda comprender por qué unos seres humanos se lanzan contra otros  para defender una idea. Porque no hay alma auténticamente humana que comprenda por qué y cómo puede un ser humano deshumanizarse, convertirse de pronto en el salvaje que defiende su territorio a dentelladas y zarpazos como cualquier animal.

Mi pueblo está sembrado de lazos amarillos. Hay más de cinco mil adornando todas las barandillas de puentes, de paseos; el muro de la plaza de la iglesia, las ramas de algunos árboles. Nadie ha pedido permiso a los vecinos para que mi pueblo, como tantos otros pueblos, haga pública profesión de ingenuidad, de adhesión a una mentira. Tampoco se pidió permiso a los habitantes del pueblo para plantar en uno de sus límites una gran estelada en un mástil muy alto. Por la voluntad y el poder de quienes le rigen, mi pueblo está ostentosamente adscrito a una de las facciones en las que hoy se divide mi país; a una sola de las facciones que dividen a mi pueblo. Y uno hasta agradece que solo sean unos lazos y una bandera. Sobrecoge pensar qué pasaría si tanto fanático dispusiera de armas. Sobrecoge pensar que después de ochenta  años llorando muertos, de cuarenta luchando por la libertad, tantos catalanes hayan vuelto al principio de los tiempos del odio. ¿Cómo nos ha podido pasar esto?

Dios o la Naturaleza, como se prefiera, creó a un ser llamado a ser humano por la gracia de una facultad que le distingue de todas las especies; la facultad de la razón. Al mismo tiempo, Dios o la Naturaleza dotaron a ese ser de otra facultad desconocida en el reino animal; la voluntad. La voluntad permite y a la vez exige al ser humano ir construyendo su propia vida mediante sus elecciones. Y la voluntad le permite, además, dejar de ser humano cuando quiera. El ser humano es el único ser vivo sobre la tierra que puede dejar de ser lo que es ignorando lo que le hace ser lo que es. El ser humano puede deshumanizarse abdicando de la facultad de la razón. Es eso lo que pasó hace ochenta años; es eso lo que nos está pasando ahora.

El jueves 21 de diciembre se vuelven a poner las urnas para que los catalanes decidan a donde quieren ir y cómo. Esta vez no se trata de una farsa montada por unos políticos empeñados en hacer su santa voluntad sin contar con el amparo de la ley, ni siquiera con la voluntad de la mayoría de los catalanes. Esta vez las elecciones cuentan con la garantía de las leyes y de un recuento de votos que no dependerá del capricho de unos políticos inmaduros que nos han puesto en evidencia ante el mundo entero actuando como niños malcriados presos de una pataleta. El 21 de diciembre se decidirá el futuro inmediato de todos los catalanes. Y ese futuro depende del número de catalanes dispuestos a liberar su razón de la tiranía de sus emociones y sentimientos; dispuestos a votar como seres humanos, es decir, racionales; dispuestos a elegir racionalmente cómo quieren que sea su país durante los próximos cuatro años; cómo quieren que sean sus vidas y las de sus hijos.  

En las elecciones contienden dos bloques, dicen: independentista y constitucionalista. ¿Cuántos elegirán a un partido de su bloque porque dentro de su bloque es el que les inspira mayor simpatía? Ese número de seres obnubilados por sus emociones puede llevarnos a todos a la ruina; a la ruina moral, económica y social.

¿Cuántos elegirán a un partido negándose a aceptar la división en bloques, reflexionando sobre el programa y los candidatos que el partido presenta; sobre la garantía que la trayectoria y personalidad de esos candidatos les ofrecen para darles un voto de confianza? De estos últimos depende que los catalanes podamos dejar atrás la tentación de revivir los tiempos del odio y ponernos a trabajar para reconstruir lo que la política irracional ha destruido.

Sobra enumerar las evidencias de irracionalidad que han dado todos los partidos y asociaciones independentistas. Quien repase en su memoria sin pasión lo que estos han hecho, lo que han logrado durante cinco años, no necesitará más argumentos que los que ofrece la realidad para darse cuenta del daño que han hecho a Cataluña, a los catalanes, y que seguirán haciendo si salen elegidos.

Ciudadanos se fundó para oponerse a la inmersión lingüística que pretendía reparar el daño causado por la dictadura a los niños catalanes prohibiendo la enseñanza de su lengua. Su trayectoria de los primeros años en el Parlament y ante la opinión pública, consistió en erigirse en adalides en la defensa del español denunciando la discriminación de esa lengua en Cataluña, creando una conflictividad lingüística que no existía. Su salto a la política nacional ha ampliado sus intereses y sus ambiciones. En España, Ciudadanos se identifica con la política más conservadora rivalizando en derechismo con el Partido Popular. En Cataluña, se proponen ofreciendo  un programa social, es decir, desplazado a la izquierda, copiado más o menos del socialismo. ¿Es que hay dos Ciudadanos, uno  para aquí y otro para allá? Sea como sea, es lo de menos. Lo de más es que si gana las elecciones, si consigue formar o presidir el gobierno de la Generalitat y controlar el Parlament, tendremos confrontación para cuatro años más; volveremos a los tiempos del odio. Ciudadanos no solo pidió que se interviniera la autonomía de Cataluña, pidió que se hiciera con mucha más dureza de lo que se hizo. Por Ciudadanos no hubiera habido elecciones que devolvieran a los catalanes el gobierno de su autonomía tan pronto. Esto no lo olvidarán los independentistas y se pueden pasar cuatro años haciendo todo lo posible para que no lo olvidemos los demás. ¿Cuántos votarán a Ciudadanos con las vísceras porque el catalán no les gusta, por odio a los independentistas, por miedo a que los independentistas acaben de destruir el país? Ese voto hará que vivamos cuatro años más en una casa dividida donde unos por un lado y otros por el otro no hagan nada por sacar adelante  la casa común.

En cuanto al PP, más de lo mismo y cuanto se diga, sobra. Basta mirar al resto de España.

Los candidatos de los dos bloques han ignorado las necesidades de los catalanes durante toda la campaña, como las han estado ignorando durante cinco años y, si se quiere,  más. Todos se han comportado y se comportan como una gatería jugando con ovillos de lana, enmarañando la situación económica y social del país como si para conseguir sus objetivos, fuera necesario enredar todo lo posible a los catalanes.

Entonces, ¿a quién voto?, me pregunto. Tanto los independentistas como los del bloque PP-Ciudadanos atacan a un candidato que se niega a participar en su peculiar espectáculo de lucha libre; los comentaristas de impresionante currículum le ignoran; los tuiteros y feisbuqueros mandados por su bloque respectivo le ponen a parir. ¿Qué tiene Miquel Iceta que despierte tanta animadversión?

Hay algo que hoy parece estar absolutamente pasado de moda; el sentido de la responsabilidad. Miquel Iceta ofrece hacerse responsable de reconducir a los catalanes a la vía de toda la vida. La vía familiar por la que transitábamos sin más sobresaltos que los problemas cotidianos a los que todos nos tenemos que enfrentar.  La vía por la que íbamos haciendo lo que queríamos hacer: vivir en paz, trabajar para prosperar y ver prosperar a nuestros hijos; sentirnos ciudadanos del mundo o catalanistas  a morir o las dos cosas sin que ninguna de las opciones determinara nuestra relación con nosotros mismos y con los demás.

A Miquel Iceta no le quieren ninguno de sus compañeros candidatos porque se niega a engancharse del brazo del uno o del otro excluyendo a los de los otros partidos. No le quieren los medios porque no satisface el morbo de los morbosos  lanzando dardos y haciendo sangre para divertir al personal.  A Miquel Iceta no le quieren sus adversarios políticos porque en su programa y en cada uno de sus discursos pone en evidencia a quién entiende la política como medio para lograr sus fines. Miquel Iceta, sin alharacas, con absoluta sencillez, pero también con una firmeza que no admite discusión, recuerda a todos que la política es, debe ser, un servicio público; que la obligación de un gobierno es gestionar los recursos en beneficio del bien común.

Lo que ha dejado a Cataluña en el estado en que se encuentra y bajo la amenaza de ir a peor no ha sido la política, ha sido el politiqueo de politicastros.  Como estoy convencida de que solo un político responsable puede devolver a los catalanes la racionalidad que nos aleje del peligro mortal de los tiempos del odio, voy a votar a Miquel Iceta porque me lo dicta mi razón.

 

 

 

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