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La mayoría de los catalanes decidió ayer votar con el sentimiento, las emociones; es decir, las gándulas. Pues bien, cuatro años más en que se profundizará la división, en que la grieta se puede convertir en un abismo. Mientras la política seguirá dando vueltas en la noria -independencia sí, independencia no- el catalán, la persona que lucha cada día para llegar al día siguiente, se encontrará cada vez más solo para enfrentarse a los problemas que le plantea el país tal como está. Pero es lo que ha elegido la mayoría, ignorar los problemas sociales tapándolo todo con banderas y lacitos.

¿Y ahora qué hacemos? Elegir. Seguimos a la manada blandiendo banderas, gritando, cantando o tomamos conciencia de nuestras facultades, de lo que somos y de lo que podemos llegar a ser dedicando nuestros mayores esfuerzos a evolucionar como seres humanos. Podemos dejar nuestras vidas en manos de una masa que se niega a razonar o la ponemos en manos de nuestra facultad racional decidiendo a cada momento dar una paso adelante para ser cada vez más personas. Si dejamos la solución a nuestros problemas en manos de los demás; si dejamos que sea la mayoría la que determine lo que es normal y lo  que no lo es, lo que es o no legítimo, lo que debe estar bien visto o mal visto, habremos perdido para siempre la oportunidad de ser lo que veníamos a ser cuando llegamos a este mundo.

A quienes tienen decidido tomar el timón y ser patrones de su propio barco, pase lo que pase y por picado que esté el mar, buen viaje. Nosotros, solo nosotros -y con razón me incluyo- ganamos ayer la elecciones.

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