(Publiqué este articulo esta mañana en Cosas de la vieja de la montaña. Va de gobierno, por lo que también puede considerarse opinión política)

Llamaron los griegos aristocracia al gobierno de los mejores, considerando mejores a quienes sobresalían en el uso de sus facultades mentales. Pero nunca fue ese tipo de excelencia la que determinó que unos fueran mejores que otros. Siempre se consideraron los mejores quienes detentaban el poder de someter al resto de sus coterráneos. Era el mejor entre los primitivos quien tenía la porra más mortífera gracias a su mayor fuerza o habilidad. Cuando los sapiens decidieron mudarse de las cuevas a casas estables y organizar sus comunidades, siguieron considerándose los mejores quienes mataban más y mejor.

El sapiens fue evolucionando a medida que descubría modos más cómodos de vivir. Surgieron los palacios donde habitaba el mejor de los mejores; el que por mayor fuerza o astucia conseguía imponer su liderato sobre los demás. Para legitimar su liderato, esos reyes se arrogaron pronto el designio divino, cuando no se declararon dioses ellos mismos. Fueron ellos quienes concedieron título de mejor a los mejores iniciando la aristocracia. Durante siglos, los aristócratas defendieron al rey, a las cosas del rey y a sus propias cosas matando adversarios, y de ese modo obtuvieron tierras y construyeron castillos, luego palacios que, además de aumentar sus comodidades, daban fe de su superioridad.

Sobre la trayectoria de la aristocracia en la Edad Media, Carlo Cipolla escribió un ensayo sumamente recomendable por la sencillez con que explica todo lo que todos deberíamos saber y, sobre todo, porque sus escasas páginas nos hacen leerlas sonriendo. Allegro ma non troppo empieza con una explicación de lo que es humorismo. Dice Cipolla en su introducción a los ensayos: “Tengo la profunda convicción de que siempre que se presente la ocasión de practicar el humorismo es un deber social impedir que tal ocasión se pierda”. Sus ensayos no pierden esa ocasión al ilustrarnos sobre la historia del gobierno de los “mejores” con tal maestría que quien los lea con detenimiento y voluntad de reflexión, acabará comprendiendo  la evolución política de la sociedad, desde su punto de partida hasta su desastre actual.

La aristocracia, tal como se entiende históricamente, ya no manda. Manda la democracia, dicen, el gobierno del pueblo. Pero no hay nadie en sus cabales, ni tonto de pueblo ni de ciudad, que hoy se crea que el pueblo manda en algún lugar políticamente organizado de la tierra. Hace mucho tiempo que los aristócratas de antigua cepa viven de sus rentas pagando al rey un tributo por su título y sin hacer otra cosa en su vida que aquello que la conciencia le dicte a quien de ellos la tenga. Los de nuevo cuño tienen el honor de que los títulos se siguen concediendo por servicios prestados y que esos servicios hoy no tienen nada que ver con la espada y la sangre, pero  son títulos honoríficos que no reportan beneficio alguno a quienes los ostentan, fuera del lustre. ¿No cabría, entonces, llamar hoy aristócratas a nuestros gobernantes ya que los ha elegido el pueblo y se supone que el pueblo elige a los mejores? Es broma.

Lo que sí es necesario preguntarse es si los sapiens han evolucionado hasta convertirse en seres humanos. Es evidente que todos, no. El individuo humano se caracteriza por su habilidad en el uso  de su facultad racional. Considerando la irracionalidad rampante, resulta que los individuos humanos son minoría entre una masa de sapiens no evolucionados.

Basta un somero vistazo a la casa de los sapiens y a los efectos de la conducta de los sapiens en toda la sociedad para que la realidad confirme la afirmación anterior.

¿En qué realidad objetiva se funda la creencia que decreta al hombre superior a la mujer? En la fuerza que le proporciona la testosterona. Sin necesidad de porra, con la sola fuerza de sus manos, el primitivo podía someter a golpes a su congénere femenina. Muchísimos hombres siguen haciéndolo. No han adquirido la habilidad que permite utilizar la razón adecuadamente. De ahí que la lucha contra la violencia de género no consiga erradicarla. A un sapiens habituado a satisfacer sus necesidades mediante el uso de la fuerza, solo puede detenerle una fuerza superior a la suya. Los asesinatos de mujeres se acabarían el día en que toda mujer amenazada llevara a todas horas un guardaespaldas cachas que le hiciera al sapiens violento la cara nueva en cuanto infringiera una orden de alejamiento. Pero la solución es prácticamente imposible. Todos los guardaespaldas pagados por el gobierno están ocupados protegiendo a políticos.

Esa violencia primitiva no es exclusiva de los sapiens machos. Algunas sapiens hembras, trastornadas por su brutal sometimiento o simplemente por imitación de la conducta de los machos, solucionan la educación de sus hijos a base de mamporros y bofetadas. Lo que a su vez puede conducir a un niño a agredir a un compañero más débil, amparándose en su fuerza o en la fuerza de un grupo.

¿Se trata de conductas aisladas en el seno doméstico o en el ámbito escolar? Solo la fuerza de la ley evita que las calles de los países civilizados se diferencien de las cuevas donde habitaban los trogloditas o de los campos de batalla donde los primitivos de diferentes épocas se cortaban las cabezas para obtener sus deseos. El ansia de violencia sigue agitando las glándulas de los sapiens y si no van por la vida matándose los unos a los otros es gracias al cine, las series, los juegos. El sapiens recurre a las pantallas para recibir las dosis de adrenalina y otras hormonas que su cerebro necesita viendo como unos personajes se torturan y se descuartizan, y hasta participando, los que pueden, en torturas y descuartizamientos gracias a la tecnología que permite actuar en la realidad virtual.  ¿Qué pasaría si se prohibiera la violencia en películas y juegos? O aumentaría exponencialmente el número de lectores  con los millones de sapiens que buscarían compulsivamente escenas violentas en los libros, o las calles se volverían tan inseguras como vías medievales infestadas de bandidos.

Desde una perspectiva racional, los mejores de la especie son los que han evolucionado desde el estadio de sapiens al de seres humanos, personas  que rigen su conducta por un criterio moral informado por su razón. El ser humano es el único que objetivamente merece el nombre que dieron los griegos a los mejores: aristo; excelente. Pero sobra el sufijo crata, de cratos; poder. El poder del ser humano suele circunscribirse a sí mismo.

En una democracia, todos los ciudadanos tienen derecho a elegir a sus gobernantes, y componiéndose la sociedad de una inmensa mayoría de sapiens, seres cuya conducta la determinan, prioritariamente, sus vísceras y los valores impuestos por razones ajenas, los candidatos elegidos son aquellos que consiguen satisfacer las necesidades viscerales de los electores. Podría decirse, pues, que la democracia es el gobierno de los sapiens, pero como todos sabemos, en la realidad no es así. Una vez elegido, el gobernante desprecia olímpicamente a sus electores. La mayoría de sapiens que le ha llevado al poder cae en una inmensa maquinaria donde toda personalidad es triturada para convertirla en un número. Los políticos no pueden gobernar para personas porque no son las personas las que van a mantenerle en el poder; es el número de votos.

Llevó la razón a algunos pensadores griegos y romanos a concluir que el mejor sistema de gobierno era la república aristocrática. Ese gobierno ideal nunca ha logrado encarnarse en la realidad. Su reino se encuentra en el ámbito de cada conciencia. Es en su propia mente donde el ser humano ejerce su poder, un poder que nadie puede arrebatarle. No hay político ni mercachifle ni estafador que consiga derribar las puertas del castillo donde manda la razón de un ser humano. Ante la calamidad en que los gobernantes han convertido a las sociedades, al mundo, el único refugio que queda al ser humano autenticamente aristócrata es la república aristocrática de su casa.

 

(Escudo de la Repúbica Aristocrática de Triago obra de Su Excelencia Alfonso Morena del Alamo, Embajador Plenipotenciario de la República).

 

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