Encuestas (y gritos de terror)

Cada día, la prensa muestra y analiza el mismo cuadro: un país tenebroso en el que se revuelven  la corrupción, la violencia, la precariedad, la pobreza con sus tintes más oscuros. A quien no tiene ni encuentra forma de evadirse de este paisaje infernal, la vida se le convierte en un grito de desesperación. Pero hay  una mayoría que sí puede, aunque sea a trancas y barrancas. Para esos, la publicidad diseña anuncios de la moda en grandes almacenes,  anuncios de coches, de viajes; anuncios para atiborrar la imaginación de cosas que se deben adquirir para evitar que el individuo se encuentre a solas ante la realidad y no le quede más remedio que ponerse a gritar de desesperación o lidiar con ella.

Esas dos alternativas preocupan a los que mandan, un poco o mucho según lo mucho o lo poco que les afecte. La primera podría acabar en suicidio, lo que no sería nada grave porque sólo afectaría a los interesados y sus familias. La segunda podría empujar  a la revuelta a un número considerable de individuos. Para estos, para los que cuentan por su cantidad, los que mandan han descubierto, entre otras cosas, el efecto sedante de las encuestas sobre intención de voto. Estas encuestas pueden tener un efecto devastador sobre la mente y los nervios de los individuos si les comunican que todo seguirá igual y que no hay nada que hacer para cambiar de cuadro. O pueden mantener despierta la esperanza que, como es lo único que no se pierde hasta el último suspiro, se supone que algo de ella tienen todos los vivos y que ningún vivo la quiere perder.  ¿Esperanza de cambio? Según convenga.

Hace unos tres años y medio, ese descubrimiento se utilizó para hacerle una brillante campaña a Podemos.  Pareció a los que mandan que la imagen y los discursos populacheros de esos chicos podían fumigar el ambiente con vapores de esperanza para acabar con el peligro de la revuelta social contra la pérdida de libertades, derechos y el pan nuestro de cada día. Además, podrían servir para atraer izquierdosos quitando votos al Partido Socialista, el verdadero terror de los que mandan.

Se diseñó una propaganda espectacular para convertir a Podemos en icono de salvación y a su líder en estrella mediática.  Y la prensa afín, por ideología o por miedo a los que mandan, presentó al nuevo partido de desenchaquetados como un soplo de frescura en la irrespirable atmósfera de la crisis, viciada por el tufo a garbanzos revenidos que exhalaban los políticos de siempre. Las encuestas dieron a Podemos otro empujón para asaltar los cielos. Tanto éxito tuvo la campaña, que Podemos metió a 5 diputados en el parlamento europeo y, poco después,  a 69 en el parlamento español. Los que mandan se quedaron atónitos ante su propio éxito y se asustaron;  se habían pasado. Se trataba de distraer a los desesperados con estimulantes psicotrópicos, no de abrirle el camino a un populismo que a veces sonaba a izquierda radical. La campaña mediática pro Iglesias se acabó. Podemos desapareció de los medios tan de repente como había llegado. Y por culpa del ninguneo y de su propia desorientación, Iglesias y su fenómeno se desinflaron como globos después de una fiesta.

Ahora le ha llegado el turno de recibir promoción gratuita a Ciudadanos, el comodín que la derecha se sacó de la manga en Cataluña, allá por el 2006, para reventar el catalanismo de izquierdas.  Escogieron a un chico fino y bien vestido de 26 años que tenía, además de imagen atractiva para la clase media y alta, un gran talento para hilvanar frases y una conciencia a prueba de escrúpulos dispuesta a no hacer ascos a la política antisocial de los neoliberales  y a tragarse la corrupción sistémica de la derecha. Cuando gracias a la financiación de sus mentores, Ciudadanos se extendió por todo el país, su líder puso sonrisa de anuncio y cara de chico formal. Desde entonces, ha mostrado tan amplio repertorio de caras que, al día de hoy, nadie sabe cuál es la suya de verdad; puede que ni él lo sepa.  Ahora la propaganda de la derecha dice que ese individuo proteico puede llegar a presidente del gobierno. Es probable que las encuestas amañadas de ciertos medios estén exagerando sin mesura, pero, ¿y si no? Ciudadanos ganó  las elecciones en Cataluña como adalid de la unidad de España y su líder se presenta como tal ante todo el país quitándole el puesto a Rajoy.  La pachorra de Rajoy y la peste del PP se han vuelto insoportables. Hasta los medios afines a la derecha por afición o por obligación, no tienen reparo en ventilar sus porquerías. ¿Cómo toleran tanta crítica el poder económico y los políticos a su servicio? No la toleran, la instigan. Parece que el poder económico ya tiene otro delfín; más joven, más dinámico y hasta más dócil que el rancio y apestoso Partido Popular. Se sospecha que los mentores de Ciudadanos son hoy por hoy Aznar y la FAES. Es posible. Por lo pronto y por si acaso, Mariano Rajoy y los suyos ya están lanzando el contrataque.

El gobierno acaba de exhibir un arma letal contra Cataluña con la esperanza de recuperar el mando de la tropa españolista. En un ataque frontal contra el catalán, propone otorgar a los padres la posibilidad de que sus hijos reciban la educación en español marcando una casilla. Otra vez, Mariano Rajoy y su gobierno confirman  su torpeza, apuntando, además, a la torpeza de quienes les votaron. Aunque también podría ser, como he señalado muchas veces,  que en vez de torpe, Mariano Rajoy sea un personaje simple y rotundamente maléfico.

Rajoy fue el mayor instigador del independentismo catalán, ya lo sabemos. Gracias a lo que hizo y a lo que no hizo, el independentismo latente en la mayoría de los catalanes despertó en cientos de miles para luchar en defensa de su nación. Se declaró la guerra y Rajoy creyó que le aclamarían como caudillo de España. Pero los catalanes no independentistas prefirieron a Ciudadanos. No pasa nada, se habrá dicho Rajoy. Si Ciudadanos ganó votos desde sus principios atacando la lengua, la mejor forma de arrebatárselos, en Cataluña y en el resto de España, será cargarse por decreto la educación en catalán. ¿Qué esa punzada en pleno corazón de los catalanes empuja a millones al independentismo? Mejor. Mientras más independentistas haya en Cataluña, más españolistas habrá en el resto del país. ¿Qué Cataluña se pierde? Problema de los catalanes en cualquier caso. Mientras los independentistas le pongan al gobierno en bandeja la aplicación de leyes que acaben con sus ínfulas y con su autonomía, más probabilidades tiene Rajoy de volver reforzado a la Moncloa. Dicen algunas  encuestas que Ciudadanos puede sorpasar al PP. Difícilmente. Al lado de Rajoy, Rivera es, simplemente, un aprendiz de brujo.

Entonces, ¿no asoma en esta España tenebrosa ni un rayo de sol que permita esperar la primavera? Dicen que un tal Pedro Sánchez recorre las ciudades de España explicando a la gente las alternativas que ofrece el socialismo. ¿Quién lo dice? Lo dicen las redes sociales. En los medios se repite una y otra vez que Sánchez ha desaparecido. Sólo se le menciona para destacar que los diputados de su partido en el Congreso no hacen nada y para criticar todo lo que no se puede negar que hacen. Los medios repiten, además, una idea fuerza: el socialismo ha fracasado en toda Europa. Para convencer aún más a la mayoría cateta de que para estar a la moda hay que someterse al poder económico, las encuestas dejan al PSOE en un triste tercer lugar. ¿A ver quién es el guapo que se atreve a nadar contra corriente? Por ahora, solo quienes se imponen el trabajo cotidiano de contar en las redes lo que hace y propone Pedro Sánchez; lo que el socialismo ofrece para volver a poner en pie a unos ciudadanos sometidos, a quienes el poder económico y los políticos a su servicio han condenado a la evasión o a la desesperación.

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Piensa mal

Me van las teorías de la conspiración; entre varios motivos, porque hasta ahora me han ido muy bien para mis predicciones. Desde que me puse a publicar mi opinión sobre la situación política de España, me he dejado llevar por un refrán que repetía mucho mi madre: “piensa mal y acertarás”. No me gustaba, aunque comprendía perfectamente sus motivos. Es muy difícil conservar la ingenuidad y el optimismo cuando te ha tocado pasar la infancia en una guerra y la adolescencia en una posguerra de oscuridad y hambre. Yo pude darme el lujo de cultivar a toda costa ambas cosas comparando los recuerdos de mi madre con las circunstancias privilegiadas en las yo iba creciendo. Hasta que, con muchos años encima, me ha tocado vivir en una España decorada de modernidad, pero tan oscura y famélica en el fondo como la que tuvieron que sufrir mis antepasados. Hace años que pienso mal sobre los poderes económicos y políticos de este país, y por eso, hace años que en mis análisis y en mis predicciones, acierto.

Como dije y escribí cuando Artur Mas se convirtió de súbito a la causa independentista, el asunto olía a pacto, explícito o sobrentendido, entre Mas y Rajoy. La crisis, y sus terribles consecuencias para millones de españoles, habían desgastado a los partidos que ambos lideraban; Convergencia y Partido Popular, idénticos en ideología y desprecio a la ética. Ambos se sentían fuertes y firmes sobre los fundamentos que les proporcionaba el apoyo de los poderes económicos españoles y extranjeros, pero les fallaban las piernas cuando analizaban encuestas. Habían recortado tantos derechos a los ciudadanos y habían robado tanto que empezaron a temer la venganza de los perjudicados. Porque España seguía siendo una democracia en el sentido moderno del término, es decir, un sistema en el que a los ciudadanos se les da voto cada cuatro años, más o menos, para elegir a sus gobernantes.  Y gracias a ese único derecho garantizado, los ciudadanos pueden obligar a los de arriba a tenerles en cuenta, aunque solo sea cuando les convierten en ingredientes de la gran masa que las encuestas cocinan para informar a los que mandan cómo lo tienen para seguir mandando.

Mariano Rajoy y Artur Mas lo tenían muy mal porque lo ciudadanos ya les veían como los causantes de su desgracia. Entonces se les ocurrió, por separado o en contubernio, eso nunca lo sabremos,  la brillante idea  de montarse una traca diaria para capturar la atención de la gente desviándola del análisis de su problemas, de los culpables de su problemas y de las posibles alternativas para sustituir a los culpables de sus problemas quitándoles el poder de amargarles la vida. Ninguno de los dos se puso a trabajar para atraer votantes y recuperar a los perdidos solucionando problemas sociales. En vez de ese esfuerzo, arriesgadísimo por muchos motivos, ambos decidieron ofrecer a la gente una fiesta perpetua, una especie de batalla de moros y cristianos  interminable. Y la estrategia se ha demostrado genial.

La traca la montó en Cataluña Artur Mas con el “España nos roba, vámonos de España” y en España la montó Rajoy con el “quieren romper a España y no lo voy a permitir”. Quien repita lo que ha pasado en estos cinco años pierde el tiempo escribiendo palabras que no le va a leer ni su abuela. Estamos hartos, todos estamos hartos de oír y leer las mismas crónicas de preámbulo que acaban con las mismas conclusiones. Lo esencial, lo importante es que la traca del desafío catalán convenció a los españoles de que los problemas como la corrupción y la calidad de su vida cotidiana eran asuntos insignificantes comparados con la tragedia de que a la España inmemorial, llamada a ser eterna por la gracia de Dios, le arrancaran el miembro más importante de su aparato locomotor; mientras la traca de la independencia conseguía lo mismo en Cataluña. Daba vergüenza ponerse a pensar en recortes al bienestar social de los catalanes y en la corrupción de sus gobernantes cuando Cataluña estaba a punto de convertirse en una República que manaría leche y miel, a la que correrían a invertir las empresas más importantes del mundo y que sería reconocida  por el mundo entero como modelo de libertad y prosperidad.

Dicen los que dicen siempre lo mismo que el error más gordo de Rajoy y el PP fue la recogida de firmas contra el estatuto catalán en 2006 y utilizar su influencia en el Tribunal Constitucional para que se cargara al susodicho. Falso. Fue su mayor acierto. Esa humillación brutal a los catalanes consiguió exacerbar el sentimiento independentista aún en aquellos que no se habían dado cuenta de que ese sentimiento suele venir de fábrica. Rajoy sí se había dado cuenta y por eso lo utilizó, con pleno conocimiento de causa, para conseguir su propósito. Dije y escribí en un artículo que se publicó el 28 de junio de 2015 que Mariano Rajoy es el hombre que mejor conoce a los habitantes de este país. Ese conocimiento le permite seguir convenciendo a la mayoría de que fuera de su amparo, España no tiene salvación. Ahora menos que nunca. (Ofrezco el enlace a ese artículo al final para no interrumpir la lectura de este).

Dicen que el gran error de Mas fue unir su voz y la de su gobierno al clamor de los catalanes humillados. Falso. El apoyo del gobierno catalán con su líder mesiánico a la cabeza  hizo del independentismo una causa nacional para librarse de un estado opresor, y de la independencia, una esperanza, con el triunfo garantizado a corto plazo. A partir de aquí, Rajoy, tranquilo, más tranquilo que nunca para seguir recortando derechos y libertades a placer, y Mas, convencido de que podía seguir con su política antisocial, tan tranquilo como Rajoy. ¿Y la corrupción? Nada. En este país casi todos piensan que el que no es corrupto es porque no puede. Se puede contar con el perdón general, por lo menos a la hora de votar, que es lo que importa.  Quien diga que esa estrategia era errónea o no sabe de lo que está hablando o no se atreve a decir lo que piensa.

Hoy, casi todos los analistas políticos de casi todos los medios acusan a Rajoy de haber judicializado la política pasando a la Justicia la solución de la crisis catalana, en vez de resolver el problema políticamente mediante el diálogo. Dicen, y con razón, que eso está haciendo un gran daño a las instituciones. A las instituciones sí, pero no a Rajoy y al PP. El 23 de noviembre de 2014 escribí y se publicó un artículo en el que afirmaba que el gobierno estaba llevando a cabo una demolición de las instituciones deliberada con el objetivo de perpetuarse en el poder. (Ofrezco el enlace a ese artículo al final).

Exactamente lo mismo hicieron, en Cataluña,  el sucesor de Artur Mas  y su gobierno con idéntico objetivo. El 6 y 7 de septiembre del año pasado, la mayoría independentista se cargó el prestigio del Parlament y de paso a la democracia aprobando la ley de transitoriedad y la ley del referéndum sin tener en cuenta a la mayoría de los catalanes. A partir de ese momento, Puigdemont se instala en una autocracia donde no vale  ley alguna que no sea la promulgada por su santa voluntad convertida, por su santa voluntad también, en la voluntad de todo el pueblo de Cataluña. Los analistas hablan de esperpento, de circo, y con razón. En lo que se equivocan es en suponer que se trata de un vodevil improvisado. Tanto Puigdemont como Rajoy saben perfectamente lo que están haciendo y no mueven pieza sin haber pensado muy bien la jugada.

Todos los analistas políticos confiesan que no saben lo que va a pasar. Los españoles, catalanes incluidos, se sumen en la incertidumbre. Hay miedo en Cataluña y en el resto de España porque ya han dicho que la crisis catalana va a afectar a la recuperación económica. ¿Qué mejor panorama que el de incertidumbre y miedo para que los ciudadanos vuelvan a votar al partido que garantiza la estabilidad, por precaria que sea, y que está dispuesto a lo que sea para evitar que España se rompa? ¿Y qué mejor panorama para que los independentistas catalanes sigan votando a los únicos partidos dispuestos a luchar contra el estado opresor, cueste lo que cueste y por lo medios que sea, para conseguir, por fin, la ansiada República de Catalunya?

Yo sí creo que sé lo que va a pasar y me arriesgo a decirlo porque no tengo nada que perder. Sí investirán a un president de Junts per Catalunya, que será una marioneta de Puigdemont como Puigdemont lo fue de Artur Mas.  Sí se comprometerán, el nuevo president y su govern, a continuar con el procés. Sí seguirán dando sorpresas. Sí seguiremos dando vueltas en el mismo bucle y oyendo y leyendo en la prensa lo que vaya ocurriendo en Cataluña, mientras todas las otras noticias, juicios por corrupción incluidos, pasan a segundo lugar. ¿Hasta cuándo durará esto?  Hasta las elecciones generales. ¿Y después? Ni los meteorólogos son capaces de predecir a tan largo plazo.

¿Es o no es una estrategia genial? Tan genial, que quien piensa mal, como yo, sospecha la intervención de inteligencias superiores. Porque el asunto tiene un doble fondo. Mientras la derecha, constitucionalista e independentista, mina la democracia y pervierte los valores de la sociedad, se asegura, al mismo tiempo, de que el socialismo vaya perdiendo fuelle en España, como lo ha ido perdiendo en todos los países del primer mundo; se asegura de que el socialismo  pronto deje  de ser un peligro para la derecha y  el gran capital que la sostiene.

América y Europa se rinden ante personajes populistas que predican la salvación por la insolidaridad; que denuestan los valores humanos. Esos personajes consiguen hipnotizar a millones con discursos populacheros convenciéndoles de que esos valores buenistas han sido  la causa de todos los problemas que les afligen. La Historia enseña que las grandes crisis producen las condiciones óptimas de las que se aprovechan los oportunistas para exacerbar las peores emociones de la masa. La crisis alemana que siguió a la primera guerra mundial, por ejemplo, brindó la gran oportunidad a Hitler y a su partido.

¿Y el socialismo español, dónde está? Ese será el tema de mi próximo artículo. La crisis de Cataluña ya no da para más, como no sea para seguir distrayendo al personal que no tiene bastante con el fútbol.

Así habló Mariano, el profeta

Objetivo demolición 

En serio

Dice uno de sus abogados  que Puigdemont pedirá una autorización al Supremo para acudir al pleno de investidura.  ¿Por carta? Si alguien conoce un caso igual que me lo cuente.

Sigue diciendo el abogado que “cuando se dice Puigdemont o Puigdemont, se está diciendo democracia o democracia”. ¿Que democracia?

Los catalanes no votaron por Puigdemont en 2015; lo puso Mas. La mayoría de los catalanes no votó por Puigdemont en diciembre ni dice Puigdemont o Puigdemont. Pero tras largos años de experiencia, los políticos independentistas son expertos en la manipulación de conceptos. Cataluña es Puugdemont, como antes lo fue Pujol. Puigdemont es la democracia porque en la República de Cataluña no hay ley ni democracia extranjera que valgan. La nueva república tiene sus propias leyes, sus propios conceptos, y no reconoce ley ni concepto alguno que no sean los propios. ¿Los propios de quién? Dice Puigdemont que del “poble”. Puigdemont llama “poble” a la minoría que le vota y esa minoría es la que manda lo que dice Puigdemont porque lo dice Puigdemont.

La prensa internacional empieza a reconocer que Puigdemont está trastornado. ¿Lo están quienes le votan y quienes le siguen? El personaje fascina por su juego de estrategias para burlar las leyes de la democracia española y ridiculizar a su gobierno.

Muchísimos catalanes, resentidos por siglos de humillaciones, se ven reivindicados por el juego de Puigdemont. Pero quien conserva el uso pleno de su razón comprende que, por poca o mucha gracia que hagan sus locuras, las consecuencias de esos juegos para Cataluña, para los catalanes, son terribles. A ese se le han acabado las sonrisas que Puigdemont le provocaba al principio. Le ha vencido el hartazgo y la precupación por su futuro y el futuro de sus hijos.

Los incondicionales siguen riéndole las gracias, llenando las calles de esteladas y lacitos amarillos, manifestándose por cualquier cosa que les pidan Omnium Cultural y la Asamblea Nacional Catalana. La propaganda ha conseguido desatarles la histeria del adolescente que se niega a crecer, que se niega aceptar el paso del tiempo con su imposición de arrugas, canas y de responsabilidad de adultos. Es, en el fondo, la histeria que enloquecía a los adolescentes en los conciertos de Elvis Presley, por ejemplo; en los mítines de Adolf Hitler. Da miedo recordar  que esa histeria fanática persiste hasta que al personaje idolatrado le retiran las circunstancias.

¿Qué circunstancias retirarán a Puigdemont?

Dice que pedirá permiso al Supremo para asistir al pleno de su investidura. ¿Y si no lo pide? ¿Y si, arrastrado por su pasión al espectáculo, decide colarse entre las miles de caretas con su cara que se manifestarán ante el Parlament el día de autos? ¿Se imaginan el bombazo mediático que estallaría en el mundo entero si cientos de guardias civiles corrieran desesperados quitando caretas y, antes de que consiguieran revisar todas las caras, Puigdemont apareciera triunfal en el hemiciclo y se quitara la careta con un gesto dramático, bienvenido por el estruendoso aplauso de los suyos? La risa puede ser universal, acompañada por esa alegría empática que produce el triunfo del “underdog”.

¿Y después qué? Nadie puede predecirlo porque la siguiente jugada depende de una mente irracional. Lo que sí se puede predecir sin ningún temor a equivocarse es que a Cataluña, a los catalanes, no habrá quien vuelva a tomarnos en serio hasta que desaparezcan de este mundo los últimos que puedan recordar esta etapa esperpéntica de nuestra historia.

Ni tirar de la cadena

Hace algo más de un año, estaba yo comiendo en un restaurante cuando entró un grupo de unas doce personas. Les habían preparado una mesa al lado de la mía. Yo casi estaba terminando. Había ido a comer tarde.  Cuando el grupo llegó, el único cliente que quedaba en el restaurante era yo.

Estaba con mi postre cuando alguien del grupo levantó la voz y se presentó al resto de comensales diciendo su nombre y su cargo en un partido político. Siguió con un discurso corto. Luego se presentó una mujer que también dijo nombre y cargo y que también soltó un discurso.

Mis orejas se convirtieron en antenas y las manos se me fueron sin permiso a mi pluma y al cuaderno de notas que llevo a todas partes. Mi mente repetía: “Joder, joder, joder” mientras los discursantes iban soltando reflexiones interesantísimas. Tardé pocos minutos en enterarme de que se trataba de una reunión de  un partido político de nuevo cuño y de que quienes se habían presentado y soltaban discursos eran cargos llegados de Barcelona para instruir a políticos locales sobre el argumentario y las estrategias de la nueva formación.

Puse cara de vieja pánfila e inofensiva y empecé a transcribir todo lo que oía con la concentración y el rigor de un taquígrafo de tribunal. La acústica del local casi vacío y el hecho de que nadie bajara la voz por notar mi presencia, me permitieron oírlo todo y apuntarlo todo.

Tanta excitación y tanto interés por mi parte se debían al hecho de que el partido no tenía de nuevo más que el nombre. No conocía a los cargos de la metrópolis, pero a algunos comensales sí les conocía de vista. Eran todos políticos de Convergència i Unió; algunos de ellos, alcaldes de los pueblos de la comarca. Todos ellos estaban allí para demostrar su adhesión al nuevo nombre del partido de siempre: PdeCat, Partido Demócrata Europeo Catalán.

Los discursos y preguntas duraron mientras los comensales iban picando entremeses. Cuando llegó el primer plato de verdad, se hizo el casi silencio que consigue el hambre. Pensé quedarme a esperar que  los efectos del vino volvieran a mover las lenguas a la conversación. Pero empecé a sentir que me había hecho daño la comida y que la imaginación me estaba revolviendo las tripas como suele hacerlo en ciertas circunstancias: de la mesa de al lado me llegaba un insoportable olor a mierda.

Al salir de restaurante, la adrenalina me hizo volar a casa con la intención de escribir un artículo citando literalmente lo que más me había impresionado. El aire del camino me apagó el incendio. ¿Para qué divulgar todo aquello? ¿A quién podía beneficiar?  En cualquier caso, solo conseguiría buscarme problemas por pura estupidez. ¿Quién iba a creer a una vieja pánfila con ínfulas de periodista aguerrida?

Año y pico llevan mis notas de ese día encerradas en un cuaderno, encerrado éste en un armario con el resto de cuadernos llenos.  De esas notas saqué reflexiones que luego sí vertí en artículos. Tal como pensé aquel día, mis reflexiones no han servido para nada, como no hubiera servido que hubiese citado palabra por palabra lo que oí, incluyendo nombres. Hoy he vuelto a leer aquella transcripción. Ha perdido actualidad, pero la lectura volvió a revolcarme las tripas.

Durante aquella comida de trabajo de un partido nacionalista catalán al que la mayoría de catalanes consideró durante décadas defensor de la nación y de sus ciudadanos, no se mencionó ni una sola vez a Cataluña; no se mencionó ni una sola vez  a los catalanes. Los cargos llegados de Barcelona venían a instruir a sus representantes comarcales sobre el modo de pescar votos y sobre todo, de no perder los ya pescados.  Se les instó a hacer una lista con los nombres de quienes se dejarían pescar con facilidad porque bastaría con una llamada telefónica para que mordieran el anzuelo.  Se les instruyó sobre los argumentos que debían utilizar  para asegurarse la pesca. Para esa gente, los ciudadanos de este país valían lo mismo  que las truchas de nuestro río y ganar las elecciones no era el modo de llegar al poder para implantar medidas sociales; era como ganar un campeonato de pesca.

Hoy, la justicia nos ha demostrado, finalmente, que Convergència Democràtica de Catalunya, partido fundado por un hombre que durante décadas se consideró el padre de la patria catalana, era un garito donde ladrones sinvergüenzas se dedicaron durante décadas a robar impuestos pagados por todos los catalanes, mientras negaban a todos los catalanes los beneficios que pagaban con sus impuestos. ¿Y qué? Eso ya lo sabíamos todos hace mucho tiempo, pensarán muchos. ¿Que por qué la mayoría continuaba votando a ese partido? Porque ese partido pagaba muy bien con cargos, empleos, subvenciones a quienes se demostraban fieles votantes acallando todo escrúpulo moral a la hora de darle el voto. ¿Que todos esos votantes contribuyeron a perpetuar una sociedad injusta, mercantilista, inhumana? ¿Y qué? Ande yo caliente, dice el dicho, y el resto que espabile. Si Dios bajara del cielo a pedirles cuentas, la respuesta la podían encontrar en la Biblia, en las palabras de Caín: “¿Acaso soy el guardián de mi hermano?”.

Del nacionalismo pragmático, Convergència saltó al independentismo radical cuando su presidente, Artur Mas, decidió que el follón que armaría un secesionismo combatiente, podría ocultar toda la podredumbre de su partido. Pero por si no lo conseguía, Artur Mas hizo una leva de independentistas famosos y los metió, con Convergència y Esquerra Republicana de Catalunya en una lista cuyo nombre nadie asociaría a la corrupción: Junts pel Sí. Todos, Oriol Junqueras y los suyos incluidos, mordieron el cebo. ¿Que Convergència era un nido de ladrones? ¿Y qué? Todo catalán que se preciara y tuviera miedo de que no le apreciaran los demás, votaría Sí a la independencia aunque ese sí estuviera embarrado de mierda.

De mierda se embarraron Oriol Junqueras y todos los suyos. Esquerra presume de no haber tenido un solo caso de corrupción en sus ochenta y siete años de vida. Tan laxa e hipócrita se ha vuelto la sociedad que gobernar con corruptos no se considera corrupción. Pues bueno, Junqueras saltó a la vicepresidencia de la Generalitat dispuesto a embarrarse con quien fuera con tal de conseguir la independencia de Cataluña. ¿Independencia para qué? ¿Para seguir robando a la catalana con mucho más botín que robar por no tener que regalar impuestos que pudieran robar los políticos españoles? Da igual. Independencia. Aunque el president se llame Puigdemont y esté, a todas luces, como un cencerro; aunque el partido de Pujol y de Mas se llame ahora Junts per Catalunya. Esquerra se apunta por si la justicia absuelve a Junqueras y puede llegar a la Generalitat como héroe de la gloriosa gesta que proclamó la independencia de la República de Catalunya. ¿Que no hubo tal gesta, que no hubo tal república, que sólo hubo un contubernio de empecinados que no se detuvieron a sopesar el daño que le estaban haciendo al país y a los catalanes? ¿Y qué? Más de dos millones de catalanes volvieron a votar por la independencia porque a ellos tampoco les importa lo que pueda suceder al país y a todos sus habitantes.

Cambiemos los varios nombres de Convergència por Partido Popular; los de sus líderes, por Mariano Rajoy y los suyos; el nombre de Cataluña, por el nombre de España. ¿Alguna diferencia? La estupidez reina dentro de todas las coordenadas de nuestro país. Manda el dinero y la desesperación por conseguirlo a toda costa; aún a costa de todos los demás.

Una sociedad entrenada por el miedo no le hace ascos ni a nada ni a nadie. Nada frena a los individuos en su lucha por sobrevivir. La moral, la compasión se vuelven accesorios. Y hasta la hipocresía deja de considerarse necesaria para maquillar la fealdad. El día ha llegado ya en que nadie se molesta siquiera en tirar de la cadena para que su mierda no apeste a toda la casa. Total, nos hemos acostumbrado tanto al olor de la mierda que ya no nos molesta.

Aristocracia

(Publiqué este articulo esta mañana en Cosas de la vieja de la montaña. Va de gobierno, por lo que también puede considerarse opinión política)

Llamaron los griegos aristocracia al gobierno de los mejores, considerando mejores a quienes sobresalían en el uso de sus facultades mentales. Pero nunca fue ese tipo de excelencia la que determinó que unos fueran mejores que otros. Siempre se consideraron los mejores quienes detentaban el poder de someter al resto de sus coterráneos. Era el mejor entre los primitivos quien tenía la porra más mortífera gracias a su mayor fuerza o habilidad. Cuando los sapiens decidieron mudarse de las cuevas a casas estables y organizar sus comunidades, siguieron considerándose los mejores quienes mataban más y mejor.

El sapiens fue evolucionando a medida que descubría modos más cómodos de vivir. Surgieron los palacios donde habitaba el mejor de los mejores; el que por mayor fuerza o astucia conseguía imponer su liderato sobre los demás. Para legitimar su liderato, esos reyes se arrogaron pronto el designio divino, cuando no se declararon dioses ellos mismos. Fueron ellos quienes concedieron título de mejor a los mejores iniciando la aristocracia. Durante siglos, los aristócratas defendieron al rey, a las cosas del rey y a sus propias cosas matando adversarios, y de ese modo obtuvieron tierras y construyeron castillos, luego palacios que, además de aumentar sus comodidades, daban fe de su superioridad.

Sobre la trayectoria de la aristocracia en la Edad Media, Carlo Cipolla escribió un ensayo sumamente recomendable por la sencillez con que explica todo lo que todos deberíamos saber y, sobre todo, porque sus escasas páginas nos hacen leerlas sonriendo. Allegro ma non troppo empieza con una explicación de lo que es humorismo. Dice Cipolla en su introducción a los ensayos: “Tengo la profunda convicción de que siempre que se presente la ocasión de practicar el humorismo es un deber social impedir que tal ocasión se pierda”. Sus ensayos no pierden esa ocasión al ilustrarnos sobre la historia del gobierno de los “mejores” con tal maestría que quien los lea con detenimiento y voluntad de reflexión, acabará comprendiendo  la evolución política de la sociedad, desde su punto de partida hasta su desastre actual.

La aristocracia, tal como se entiende históricamente, ya no manda. Manda la democracia, dicen, el gobierno del pueblo. Pero no hay nadie en sus cabales, ni tonto de pueblo ni de ciudad, que hoy se crea que el pueblo manda en algún lugar políticamente organizado de la tierra. Hace mucho tiempo que los aristócratas de antigua cepa viven de sus rentas pagando al rey un tributo por su título y sin hacer otra cosa en su vida que aquello que la conciencia le dicte a quien de ellos la tenga. Los de nuevo cuño tienen el honor de que los títulos se siguen concediendo por servicios prestados y que esos servicios hoy no tienen nada que ver con la espada y la sangre, pero  son títulos honoríficos que no reportan beneficio alguno a quienes los ostentan, fuera del lustre. ¿No cabría, entonces, llamar hoy aristócratas a nuestros gobernantes ya que los ha elegido el pueblo y se supone que el pueblo elige a los mejores? Es broma.

Lo que sí es necesario preguntarse es si los sapiens han evolucionado hasta convertirse en seres humanos. Es evidente que todos, no. El individuo humano se caracteriza por su habilidad en el uso  de su facultad racional. Considerando la irracionalidad rampante, resulta que los individuos humanos son minoría entre una masa de sapiens no evolucionados.

Basta un somero vistazo a la casa de los sapiens y a los efectos de la conducta de los sapiens en toda la sociedad para que la realidad confirme la afirmación anterior.

¿En qué realidad objetiva se funda la creencia que decreta al hombre superior a la mujer? En la fuerza que le proporciona la testosterona. Sin necesidad de porra, con la sola fuerza de sus manos, el primitivo podía someter a golpes a su congénere femenina. Muchísimos hombres siguen haciéndolo. No han adquirido la habilidad que permite utilizar la razón adecuadamente. De ahí que la lucha contra la violencia de género no consiga erradicarla. A un sapiens habituado a satisfacer sus necesidades mediante el uso de la fuerza, solo puede detenerle una fuerza superior a la suya. Los asesinatos de mujeres se acabarían el día en que toda mujer amenazada llevara a todas horas un guardaespaldas cachas que le hiciera al sapiens violento la cara nueva en cuanto infringiera una orden de alejamiento. Pero la solución es prácticamente imposible. Todos los guardaespaldas pagados por el gobierno están ocupados protegiendo a políticos.

Esa violencia primitiva no es exclusiva de los sapiens machos. Algunas sapiens hembras, trastornadas por su brutal sometimiento o simplemente por imitación de la conducta de los machos, solucionan la educación de sus hijos a base de mamporros y bofetadas. Lo que a su vez puede conducir a un niño a agredir a un compañero más débil, amparándose en su fuerza o en la fuerza de un grupo.

¿Se trata de conductas aisladas en el seno doméstico o en el ámbito escolar? Solo la fuerza de la ley evita que las calles de los países civilizados se diferencien de las cuevas donde habitaban los trogloditas o de los campos de batalla donde los primitivos de diferentes épocas se cortaban las cabezas para obtener sus deseos. El ansia de violencia sigue agitando las glándulas de los sapiens y si no van por la vida matándose los unos a los otros es gracias al cine, las series, los juegos. El sapiens recurre a las pantallas para recibir las dosis de adrenalina y otras hormonas que su cerebro necesita viendo como unos personajes se torturan y se descuartizan, y hasta participando, los que pueden, en torturas y descuartizamientos gracias a la tecnología que permite actuar en la realidad virtual.  ¿Qué pasaría si se prohibiera la violencia en películas y juegos? O aumentaría exponencialmente el número de lectores  con los millones de sapiens que buscarían compulsivamente escenas violentas en los libros, o las calles se volverían tan inseguras como vías medievales infestadas de bandidos.

Desde una perspectiva racional, los mejores de la especie son los que han evolucionado desde el estadio de sapiens al de seres humanos, personas  que rigen su conducta por un criterio moral informado por su razón. El ser humano es el único que objetivamente merece el nombre que dieron los griegos a los mejores: aristo; excelente. Pero sobra el sufijo crata, de cratos; poder. El poder del ser humano suele circunscribirse a sí mismo.

En una democracia, todos los ciudadanos tienen derecho a elegir a sus gobernantes, y componiéndose la sociedad de una inmensa mayoría de sapiens, seres cuya conducta la determinan, prioritariamente, sus vísceras y los valores impuestos por razones ajenas, los candidatos elegidos son aquellos que consiguen satisfacer las necesidades viscerales de los electores. Podría decirse, pues, que la democracia es el gobierno de los sapiens, pero como todos sabemos, en la realidad no es así. Una vez elegido, el gobernante desprecia olímpicamente a sus electores. La mayoría de sapiens que le ha llevado al poder cae en una inmensa maquinaria donde toda personalidad es triturada para convertirla en un número. Los políticos no pueden gobernar para personas porque no son las personas las que van a mantenerle en el poder; es el número de votos.

Llevó la razón a algunos pensadores griegos y romanos a concluir que el mejor sistema de gobierno era la república aristocrática. Ese gobierno ideal nunca ha logrado encarnarse en la realidad. Su reino se encuentra en el ámbito de cada conciencia. Es en su propia mente donde el ser humano ejerce su poder, un poder que nadie puede arrebatarle. No hay político ni mercachifle ni estafador que consiga derribar las puertas del castillo donde manda la razón de un ser humano. Ante la calamidad en que los gobernantes han convertido a las sociedades, al mundo, el único refugio que queda al ser humano autenticamente aristócrata es la república aristocrática de su casa.

 

(Escudo de la Repúbica Aristocrática de Triago obra de Su Excelencia Alfonso Morena del Alamo, Embajador Plenipotenciario de la República).

 

¿Y ahora qué hacemos?

La mayoría de los catalanes decidió ayer votar con el sentimiento, las emociones; es decir, las gándulas. Pues bien, cuatro años más en que se profundizará la división, en que la grieta se puede convertir en un abismo. Mientras la política seguirá dando vueltas en la noria -independencia sí, independencia no- el catalán, la persona que lucha cada día para llegar al día siguiente, se encontrará cada vez más solo para enfrentarse a los problemas que le plantea el país tal como está. Pero es lo que ha elegido la mayoría, ignorar los problemas sociales tapándolo todo con banderas y lacitos.

¿Y ahora qué hacemos? Elegir. Seguimos a la manada blandiendo banderas, gritando, cantando o tomamos conciencia de nuestras facultades, de lo que somos y de lo que podemos llegar a ser dedicando nuestros mayores esfuerzos a evolucionar como seres humanos. Podemos dejar nuestras vidas en manos de una masa que se niega a razonar o la ponemos en manos de nuestra facultad racional decidiendo a cada momento dar una paso adelante para ser cada vez más personas. Si dejamos la solución a nuestros problemas en manos de los demás; si dejamos que sea la mayoría la que determine lo que es normal y lo  que no lo es, lo que es o no legítimo, lo que debe estar bien visto o mal visto, habremos perdido para siempre la oportunidad de ser lo que veníamos a ser cuando llegamos a este mundo.

A quienes tienen decidido tomar el timón y ser patrones de su propio barco, pase lo que pase y por picado que esté el mar, buen viaje. Nosotros, solo nosotros -y con razón me incluyo- ganamos ayer la elecciones.

Carles Puigdemont: “Mi cabeza por un trono”

Carles Puigdemont recuerda a aquel  Carlos María Isidro de Borbón, hermano de Fernando VII, que vivió toda su vida adulta y se fue de este mundo aspirando a un trono que, según él, le habían robado ilegítimamente. Don Carlos nunca aceptó que su hermano, el rey, publicara la Pragmática Sanción, aprobada por las Cortes en 1789; ley que permitiría a su hija Isabel heredar el trono España. La Pragmática Sanción era legítima y legal desde el momento de su publicación, pero Don Carlos, con su particular idea de la legalidad, decidió negarle  validez y movió a sus partidarios a iniciar una guerra en tres etapas, con diversos alzamientos y guerrillas entre medio, que cubrió de sangre  el País Vasco, Navarra y Cataluña durante cuarenta y tres años.

¿Qué tendrá que ver con el infante Don Carlos un alcalde de provincias que llegó a la Generalitat de rebote? Se trata de una analogía que admite todas las salvedades posibles, por supuesto.

Elegido diputado por aparecer en el tercer lugar de la lista de JuntspelSí por Girona, Puigdemont fue elegido por Artur Mas para que fuera investido President, y lo fue el 10 de enero de 2016. Al día siguiente, el flamante President hacía su entrada solemne en el Palau de la Generalitat ante una escuadra de Mossos que le rendían honores como Comandante en Jefe de las fuerzas armadas catalanas. Tal vez  fue en  ese momento cuando, por misteriosas redes preternaturales, el espíritu de Don Carlos de Borbón descendió sobre  su alma poseyéndola plenamente.

Carles Puigdemont  se sintió cómodo en el trono desde el primer instante en que sus nalgas lo tocaron, tan cómodo que decidió que ningún poder de este mundo le iba a expulsar el culo de tan egregio lugar, aunque fuera el poder en pleno de todo el estado español. ¿Con qué fuerzas contaba para oponerse a las de España? Puigdemont y los suyos se pusieron a trabajar rápidamente para diseñar un Full de ruta en el que se detallara punto por punto la estrategia a seguir para ganar la guerra.

Tomando en cuenta la inferioridad numérica de los Mossos con respecto al ejército español y considerando que no era de esperar que potencia extranjera alguna ofreciera su ejército para  asistir a su  causa, Puigdemont y sus asesores comprendieron desde el principio que la guerra solo podría ganarla el poble de Catalunya. Concentraron, pues, sus esfuerzos en analizar la composición de tan abigarrado ejército, dividiendo a sus integrantes en grupos según su grado de adhesión. Los individuos que formarían la  tropa de vanguardia, la que se podía mandar al combate con solo pedírselo por redes y prensa, eran aquellos que, para entenderse, llamaron convencidos hiperventilados. Esos convencidos y otros que se pudieron convencer por el camino formaron la élite del ejército de la República de Cataluña tomando calles, carreteras, estaciones de tren, colegios electorales ilegales y hasta las calles de Bruselas. Es un ejército pacífico que se divierte agitando banderas, gritando consignas y cantando canciones patrióticas, pero resulta invencible ante las fuerzas del orden españolas; policías sin recursos para enfrentarse a los móviles de la multitud dispuesta sacar fotografías en cuanto un uniformado con material antidisturbios aparece blandiendo una porra.

¿Quiénes son los hiperventilados? ¿Quiénes forman el poble de Puigdemont? Curiosamente, una población muy similar a la de los carlistas del siglo XIX: pequeños propietarios, el clero, lo más tradicional y conservador del mundo rural. En lenguaje moderno, los carlistas serían la derecha en oposición a los liberales, que serían la izquierda.  Pero, ¿no obtuvo Puigdemont la investidura gracias a un partido de extrema izquierda radical? Cuando se trata de conservar el trono no se le hace ascos a nada ni a nadie.

Y fue así como se desató la primera guerra carlista en la Cataluña del siglo XXI. Hasta ahora no ha habido muertos. Todavía no está el poble para sangre de verdad. Pero en el momento en que Carles Puigdemont anuncia una pronta separación de España, se rompen las hostilidades entre los catalanes dividiendo familias, separando amigos, enemistando a vecinos. Se diría que el ambiente está preparado para estallar si Carles Puigdemont recupera su trono y sigue dirigiendo la guerra desde la presidencia de la Generalitat durante cuatro años más.

¿Es esto posible? Puigdemont cree que sí. Exiliado en Bélgica por voluntad propia, sigue considerándose President de la Generalitat, y como tal se presenta ante los gobiernos europeos esperando que le otorguen la legitimidad que las leyes españolas le niegan. Su futuro y el futuro de Cataluña siguen dependiendo del poble, ese poble mayoritariamente rural que, representado por sus alcaldes,  hace poco rindió honores en Bruselas a su President depuesto en una escena que, de haber ocurrido en otro recinto, nos hubiera catapultado hacia atrás, a los tiempos del medioevo.

Siglo XII o siglo XIX, qué más da. Puigdemont vive fuera del espacio y del tiempo. Algunos dicen que ha perdido la cabeza. También la perdió Don Carlos por el trono de España.