Aristocracia

(Publiqué este articulo esta mañana en Cosas de la vieja de la montaña. Va de gobierno, por lo que también puede considerarse opinión política)

Llamaron los griegos aristocracia al gobierno de los mejores, considerando mejores a quienes sobresalían en el uso de sus facultades mentales. Pero nunca fue ese tipo de excelencia la que determinó que unos fueran mejores que otros. Siempre se consideraron los mejores quienes detentaban el poder de someter al resto de sus coterráneos. Era el mejor entre los primitivos quien tenía la porra más mortífera gracias a su mayor fuerza o habilidad. Cuando los sapiens decidieron mudarse de las cuevas a casas estables y organizar sus comunidades, siguieron considerándose los mejores quienes mataban más y mejor.

El sapiens fue evolucionando a medida que descubría modos más cómodos de vivir. Surgieron los palacios donde habitaba el mejor de los mejores; el que por mayor fuerza o astucia conseguía imponer su liderato sobre los demás. Para legitimar su liderato, esos reyes se arrogaron pronto el designio divino, cuando no se declararon dioses ellos mismos. Fueron ellos quienes concedieron título de mejor a los mejores iniciando la aristocracia. Durante siglos, los aristócratas defendieron al rey, a las cosas del rey y a sus propias cosas matando adversarios, y de ese modo obtuvieron tierras y construyeron castillos, luego palacios que, además de aumentar sus comodidades, daban fe de su superioridad.

Sobre la trayectoria de la aristocracia en la Edad Media, Carlo Cipolla escribió un ensayo sumamente recomendable por la sencillez con que explica todo lo que todos deberíamos saber y, sobre todo, porque sus escasas páginas nos hacen leerlas sonriendo. Allegro ma non troppo empieza con una explicación de lo que es humorismo. Dice Cipolla en su introducción a los ensayos: “Tengo la profunda convicción de que siempre que se presente la ocasión de practicar el humorismo es un deber social impedir que tal ocasión se pierda”. Sus ensayos no pierden esa ocasión al ilustrarnos sobre la historia del gobierno de los “mejores” con tal maestría que quien los lea con detenimiento y voluntad de reflexión, acabará comprendiendo  la evolución política de la sociedad, desde su punto de partida hasta su desastre actual.

La aristocracia, tal como se entiende históricamente, ya no manda. Manda la democracia, dicen, el gobierno del pueblo. Pero no hay nadie en sus cabales, ni tonto de pueblo ni de ciudad, que hoy se crea que el pueblo manda en algún lugar políticamente organizado de la tierra. Hace mucho tiempo que los aristócratas de antigua cepa viven de sus rentas pagando al rey un tributo por su título y sin hacer otra cosa en su vida que aquello que la conciencia le dicte a quien de ellos la tenga. Los de nuevo cuño tienen el honor de que los títulos se siguen concediendo por servicios prestados y que esos servicios hoy no tienen nada que ver con la espada y la sangre, pero  son títulos honoríficos que no reportan beneficio alguno a quienes los ostentan, fuera del lustre. ¿No cabría, entonces, llamar hoy aristócratas a nuestros gobernantes ya que los ha elegido el pueblo y se supone que el pueblo elige a los mejores? Es broma.

Lo que sí es necesario preguntarse es si los sapiens han evolucionado hasta convertirse en seres humanos. Es evidente que todos, no. El individuo humano se caracteriza por su habilidad en el uso  de su facultad racional. Considerando la irracionalidad rampante, resulta que los individuos humanos son minoría entre una masa de sapiens no evolucionados.

Basta un somero vistazo a la casa de los sapiens y a los efectos de la conducta de los sapiens en toda la sociedad para que la realidad confirme la afirmación anterior.

¿En qué realidad objetiva se funda la creencia que decreta al hombre superior a la mujer? En la fuerza que le proporciona la testosterona. Sin necesidad de porra, con la sola fuerza de sus manos, el primitivo podía someter a golpes a su congénere femenina. Muchísimos hombres siguen haciéndolo. No han adquirido la habilidad que permite utilizar la razón adecuadamente. De ahí que la lucha contra la violencia de género no consiga erradicarla. A un sapiens habituado a satisfacer sus necesidades mediante el uso de la fuerza, solo puede detenerle una fuerza superior a la suya. Los asesinatos de mujeres se acabarían el día en que toda mujer amenazada llevara a todas horas un guardaespaldas cachas que le hiciera al sapiens violento la cara nueva en cuanto infringiera una orden de alejamiento. Pero la solución es prácticamente imposible. Todos los guardaespaldas pagados por el gobierno están ocupados protegiendo a políticos.

Esa violencia primitiva no es exclusiva de los sapiens machos. Algunas sapiens hembras, trastornadas por su brutal sometimiento o simplemente por imitación de la conducta de los machos, solucionan la educación de sus hijos a base de mamporros y bofetadas. Lo que a su vez puede conducir a un niño a agredir a un compañero más débil, amparándose en su fuerza o en la fuerza de un grupo.

¿Se trata de conductas aisladas en el seno doméstico o en el ámbito escolar? Solo la fuerza de la ley evita que las calles de los países civilizados se diferencien de las cuevas donde habitaban los trogloditas o de los campos de batalla donde los primitivos de diferentes épocas se cortaban las cabezas para obtener sus deseos. El ansia de violencia sigue agitando las glándulas de los sapiens y si no van por la vida matándose los unos a los otros es gracias al cine, las series, los juegos. El sapiens recurre a las pantallas para recibir las dosis de adrenalina y otras hormonas que su cerebro necesita viendo como unos personajes se torturan y se descuartizan, y hasta participando, los que pueden, en torturas y descuartizamientos gracias a la tecnología que permite actuar en la realidad virtual.  ¿Qué pasaría si se prohibiera la violencia en películas y juegos? O aumentaría exponencialmente el número de lectores  con los millones de sapiens que buscarían compulsivamente escenas violentas en los libros, o las calles se volverían tan inseguras como vías medievales infestadas de bandidos.

Desde una perspectiva racional, los mejores de la especie son los que han evolucionado desde el estadio de sapiens al de seres humanos, personas  que rigen su conducta por un criterio moral informado por su razón. El ser humano es el único que objetivamente merece el nombre que dieron los griegos a los mejores: aristo; excelente. Pero sobra el sufijo crata, de cratos; poder. El poder del ser humano suele circunscribirse a sí mismo.

En una democracia, todos los ciudadanos tienen derecho a elegir a sus gobernantes, y componiéndose la sociedad de una inmensa mayoría de sapiens, seres cuya conducta la determinan, prioritariamente, sus vísceras y los valores impuestos por razones ajenas, los candidatos elegidos son aquellos que consiguen satisfacer las necesidades viscerales de los electores. Podría decirse, pues, que la democracia es el gobierno de los sapiens, pero como todos sabemos, en la realidad no es así. Una vez elegido, el gobernante desprecia olímpicamente a sus electores. La mayoría de sapiens que le ha llevado al poder cae en una inmensa maquinaria donde toda personalidad es triturada para convertirla en un número. Los políticos no pueden gobernar para personas porque no son las personas las que van a mantenerle en el poder; es el número de votos.

Llevó la razón a algunos pensadores griegos y romanos a concluir que el mejor sistema de gobierno era la república aristocrática. Ese gobierno ideal nunca ha logrado encarnarse en la realidad. Su reino se encuentra en el ámbito de cada conciencia. Es en su propia mente donde el ser humano ejerce su poder, un poder que nadie puede arrebatarle. No hay político ni mercachifle ni estafador que consiga derribar las puertas del castillo donde manda la razón de un ser humano. Ante la calamidad en que los gobernantes han convertido a las sociedades, al mundo, el único refugio que queda al ser humano autenticamente aristócrata es la república aristocrática de su casa.

 

(Escudo de la Repúbica Aristocrática de Triago obra de Su Excelencia Alfonso Morena del Alamo, Embajador Plenipotenciario de la República).

 

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Volver a empezar

Los analistas, expertos y blabladores varios que llevamos años escuchando y leyendo en radio y prensa para que nos ayuden a comprender lo que está pasando y va a pasar en Cataluña, llevan meses girando y girando y girando en torno a los mismos argumentos, como trompos de pilas inagotables, como si no encontraran nada nuevo que decir. Uno acaba sospechando que giran y giran porque tienen pánico a detenerse y decir las cosas como son, les caiga lo que les caiga. Algunos, muy pocos, se han armado de valor y algo dicen que se aproxima y nos aproxima a la realidad. Uno siente como en esos casos  le salen del corazón los efluvios del agradecimiento, como al leer el artículo de hoy de Javier Marías en El País.  En el lamentable estado moral y psicológico de España entera, incluyendo a Cataluña, que es la que peor está, una verdad se recibe como un chorro de agua  milagrosa en el desierto.

No voy a dar aquí mi opinión sobre el horror desatado por el anuncio de la aplicación del tiránico artículo de la constitución que debería cortar por lo sano la locura independentista. No tengo nada que decir que no se haya dicho, y la locura, a pesar del artículo lapidario,  aún está por desatarse  con toda su virulencia en las calles, que Dios no me oiga. Así que voy a analizar el momento histórico supremo que ayer nos regalaron Rajoy y Puigdemont reduciendo mi perspectiva al espacio minúsculo de mi propio jardín; o sea, desde mi propia perspectiva egocéntrica (ver mi artículo anterior: “Yo”)

Mi padre era un nacionalista radical. Lo más sagrado en su alma eran su madre y su país. Pero cuando decía “su país” no se refería a España. A Cataluña, tampoco. Se refería al Pallars Sobirà, la tierra que por el sur empieza al atravesar la puerta del desfiladero de Collegats y se extiende hacia al norte hasta la frontera de Francia. Aunque a decir verdad, para mi padre, su país se reducía a la capital de la comarca: el pueblo de Sort. Muchas veces, sobre todo antes de un viaje de cinco horas por las carretas infernales de antaño,  le oí decir que lo único de malo que tenía su país era que estaba en el culo del mundo. Curiosamente, no entendía el nacionalismo de su hermana pequeña, nacionalismo catalán de toda la vida que de toda la vida comparte la mayoría de los catalanes. Fue mi tía la que me contó la horrible derrota de Cataluña en la Guerra de Sucesión y el brutal Decreto de Nueva Planta que privó a los catalanes de todos sus derechos. Fue ella la que me enseñó hasta qué punto puede conmover el sentimiento una sardana prohibida por Franco y finalmente autorizada a finales de los 50. Diez años después, mi tía aún lloraba recordando el día en que pudo cantar la Santa Espina en una plaza de Lleida. “Som i serem gent catalana tan si es vol com si no es vol”, somos y seremos gente catalana, tanto si se quiere, como si no se quiere. También fue mi tía la que me enseñó que la mierda de la montaña no huele mal, y que al puput se le oye cantar en primavera. Y también fue ella la que me enseñó a bailar sardanas.

Yo venía del extranjero, de educarme en otra lengua. No logré comprender racionalmente ni el nacionalismo de mi padre ni el de mi tía, pero la intensidad de su amor por su tierra  se me arraigó en lo más profundo del alma con la fuerza con que se graban las emociones. Lo que hoy me hace comprender, racionalmente y de todas las maneras, el grado de estupidez que aqueja a los políticos que se creen que a los catalanes hay que tratarles a lo Felipe V para tenerlos a raya.  Eso creyó Franco y prohibió la lengua. El día que los catalanes olvidaran su lengua infernal, se incorporarían al rebaño de las ovejas del Señor en el sagrado predio de España. Pues bien, el individuo no lo consiguió en todos sus largos años de represión, y muy probablemente no lo hubiera conseguido ni viviendo más vidas que Tomás, mi gato. Por cierto, para seguir en la línea autobiográfica, mi padre siempre habló en dialecto pallarés y en dialecto daba sus conferencias en Barcelona a los profesionales cosmopolitas que asistían a sus cursos. Que yo sepa, todos le entendían.  Un día un pallarés me preguntó si a mi padre no le daba vergüenza que le notaran por el dialecto que era de pueblo. ¿Cómo iba a darle vergüenza hablar en la lengua de su país?

El catalán lleva el catalanismo tan arraigado en el alma como llevaban los judíos el recuerdo de la patria perdida que no habían pisado ni pisarían nunca. Ama su lengua con la pasión con que el gitano venera su romaní y en él su orgullo indoeuropeo.  Extraña analogía, porque el catalán nunca fue expulsado de su tierra. Me recuerda el caso de los puertorriqueños. Nadie les ha echado nunca de su país. En él pudieron seguir hablando español después de la guerra que les convirtió en territorio de los Estados Unidos. En él pudieron mimar y desarrollar su propia cultura, híbrido de la indígena, la española y la africana. ¿Se sentían oprimidos por los americanos? La inmensa mayoría, no. Por pertenecer al gigante del norte, Puerto Rico se libró de la miseria y las dictaduras que han asolado a casi todos los países de Latinoamérica. Y sin embargo, siempre ha habido un partido y un movimiento independentista. Estados Unidos ha concedido varias veces un referéndum para que los puertorriqueños manifiesten libremente si quieren  la independencia. La inmensa mayoría de los puertorriqueños han dicho siempre que no. Pero solo el muy frío deja de emocionarse cuando oye el himno de su isla y la letra de Verde luz de Antonio Cabán Vale.

Isla mía, flor cautiva,
para ti quiero tener.
Libre tu cielo,
sola tu estrella
isla doncella, quiero tener.

Solo quien carece de empatía, eso que nos hace identificarnos con el otro y compartir sus sentimientos, eso que nos hace humanos; sólo quien carece de empatía, repito, es incapaz de entender la profundidad y la intensidad del sentimiento nacionalista. Ese sentimiento es más terco que el dolor por un amor perdido; tan terco es,  que solo se apaga cuando se apaga el cuerpo. Ahí están los gallegos, los vascos, los andaluces, el cántabro que va presumiendo de sus anchoas por do quiera que puede colar sus loores, y sigue contando.  Sí, señor, España es una nación de naciones. Hay quien se escandaliza de que se llame nación a un territorio de España, hay quien se asusta viendo en la palabra una amenaza contra la unidad del país. Ese escándalo, ese susto delata un entendimiento muy pobremente iluminado. El nacionalista como mi padre, como mi tía, como el boricua orgulloso de serlo, no es nacionalista contra nada ni contra nadie. Es nacionalista porque la tierra llama, cela, exige lo que considera suyo mediante fuerzas misteriosas del alma que nadie puede aniquilar. Esos que salen con banderas de aquí o de allá defendiendo su nación como prehistóricos defendiendo el territorio de su tribu no son nacionalistas; son seres que se han quedado atrás en la vía de la evolución. En cuanto a esos señores y señoras bien vestidos que, en un despacho o ante un micrófono, defienden con ardor que nación solo puede ser España y a las otras hay que agregarles las letras alidad para que se vea que no es lo mismo, ¿qué se puede decir de su cortedad de miras? Hay quien nace tocanarices y ni los más altos cargos ni las más serias responsabilidades les quitan la mala costumbre.

Y bien, la democracia nos permitió vivir tranquilos y felices con nuestro nacionalismo, viendo y disfrutando con el resto de España cómo España iba progresando dentro de la Comunidad, luego Unión Europea. Cuarenta años de libertad, de democracia, de progreso. Hasta que  unos cuantos, por intereses perversos o por fanatismo, utilizaron el nacionalismo de los catalanes para ofrecerles una independencia imposible.

No voy a relatar las causas de las plagas  que se abatieron sobre nuestra nación hace cinco años. Me he cansado de escribirlas en mis artículos y de leerlas en otros. A quienes han causado la devastación a la que ahora nos enfrentamos, les juzgará la historia. A estas alturas, muchos de los que cayeron en el engaño tras cinco años de mentiras, ya se han dado cuenta de lo que nos han hecho esos paisanos nuestros que presumían de auténticos catalanes. Porque, no volvamos a engañarnos, quienes nos han hecho perder nuestras instituciones esta vez no han sido pérfidos españoles, han sido catalanes. Han sido catalanes los que esta vez nos  han vuelto a dejar vencidos y humillados.

Y esto no terminará dentro de una semana.  Lo más probable es que la destrucción continúe con manifestaciones constantes que desestabilicen y paralicen el país. No hay más que oír las barbaridades que los que aún nos gobiernan siguen pregonando para movilizar a la gente.  Pero tarde o temprano, de mejor o peor manera, la tormenta pasará. Lo que entonces debe importarnos por encima de todo es enfrentarnos al desastre con la firme voluntad de empezar otra vez de cero y la seguridad de que llegaremos tan lejos como llegamos y estábamos antes de que la locura independentista nos arrancara el suelo de los pies.

 

Blablableo

El blablableo de políticos y analistas nos tiene refritos y echando humo.

La palabra más pronunciada en los últimos días: “diálogo”. Instada por políticos y analistas, la gente se ha puesto a repetir “diálogo” con la misma ceguera irracional con que los de la estelada repiten “indépendéncià”. Entre los repetidores, están los aquejados de buenismo, los aquejados de bobismo y quienes intentan dar un viso de racionalidad a toda esta locura.

Nadie se atreve a precisar sobre qué se tiene que dialogar. Que se sienten y hablen, dicen todos, que parlem. Vale, parlem, pero ¿de qué? ¿De la selección española? ¿De la sequía pertinaz que está convirtiendo zonas de España en desiertos? ¿Es que no hay forma de que en este país políticos y analistas se pongan a comunicar, a informar como adultos? ¿O es que el miedo les ha encogido a todos dejándoles en posición fetal?

Pues habrá que recordarles algunas evidencias, a ver si crecen.

No se puede dialogar con una de las partes exigiendo independencia. La independencia la prohíben la Constitución y la razón. España no puede renunciar a un trozo de territorio sin peligro de que se le quieran independizar otros trozos. Europa no puede permitir que un trozo de España se independice, porque otros países se pueden empezar a trocear, troceando a Europa entera.

A lo que sigue que no se puede dialogar sobre un referéndum pactado. Si la independencia no es posible, tampoco lo es que el gobierno de España se  juegue la unidad del país en un referéndum. El gobierno de España no puede arriesgar la unidad de España de ninguna manera. Fue elegido por ciudadanos que aceptan la Constitución, y juró defenderla. La Constitución declara explícitamente que la unidad del estado no se puede romper. ¿Hay alguien que no lo sepa? ¿Qué pasa? ¿Qué en el fondo todos se han puesto en la onda de independentistas y antisistema y sugieren que todas las leyes son susceptibles de cargárselas?

Cuando se pide al presidente que dialogue con el president, ¿se le está pidiendo que se salte también la Constitución? Pues, si es eso, que lo digan los que están con lo de diálogo para arriba y para abajo. Y si no es eso, que lo digan también y bien claro para que Puigdemont y los suyos no se hagan ilusiones.

Lo de repetir que se dialogue suena muy bien, pero no va a detener la fuga de capitales ni va a evitar que se enquiste la situación económica y socialmente desastrosa que estamos viviendo en Cataluña. ¿O es que están pidiendo que el gobierno y el govern dialoguen porque mientras están sentaditos dialogando nos pueden seguir moliendo a palos o a sustos y disgustos hasta que a los ciudadanos no nos queden fuerzas para quejarnos ni para exigir cosa alguna?

Dice Puigdemont que es independentista desde chiquitito. Pero es que ahora no es chiquitito. Es que tiene en sus manos el presente y el futuro de Cataluña y el bienestar de los catalanes. Cataluña no es Disneyland París. Los catalanes no pueden vivir saliendo a manifestarse todos los días con esteladas y cantando canciones emotivas. Para superar fijaciones infantiles está el psicoanálisis. No se puede exigir a los catalanes que soporten el infantilismo de sus líderes como si fuéramos psicoanalistas. A los psicoanalistas les pagan. Nosotros les pagamos a ellos. ¿Es que pretenden que aceptemos ir de burros y, encima, apaleados?

Dice Rajoy que tomará todas las medidas necesarias para hacer cumplir la ley. Eso no se anuncia, se hace. ¿O es que también ha entrado en el juego de casitas? “Si no te comes la verdura, te doy una colleja”. ¿Y nos extraña que en Cataluña independentistas y antisistema estén haciendo lo que les da la gana, riéndose en las barbas del gobierno español? El espectáculo de las urnas y papeletas escondidas que de repente aparecen y desaparecen y los mossos levantando actas y dejando hacer y la policía abriéndose camino a palos entre la gente y la gente metiendo votos a puñados en la calle no se le consentiría a ningún presidente de un país democrático. Pero tenemos uno, que además de presidente del gobierno, es presidente de un partido imputado por corrupción. Si no se atreve a actuar con mayor contundencia es porque él mismo sabe que carece de toda autoridad moral para imponer el respeto a la ley.

De todo lo cual se deduce que lo que España necesita para no convertirse en un país moral y legalmente fallido no es diálogo ni mediación ni buenismo ni bobismo ni infantilismo ni líderes políticos ni influenciadores de los medios blablablando para aburrir al personal. Lo que Cataluña y España necesitan son elecciones autonómicas y generales de inmediato antes de que los políticos infantiloides y los simplemente inmorales acaben con nuestro país, o sea, con nosotros.

 

 

 

 

 

 

Derecho a no votar

Harta, como casi todos, de tanto análisis de tanto analista escribiendo y blablablando sobre el alzamiento de los caudillos independentistas catalanes y la respuesta del obtuso caudillo de la unidad de España, voy a tratar el asunto desde mi perspectiva personal, que a lo mejor no le interesa a nadie, pero que a mí sí me apetece contarla.

Dice la primera estrofa de un poema mío: “Yo nací en primavera/ y desde entonces me lo conmemoran/ las hojas muertas”. No es totalmente metafórico. Nací en el octubre de Buenos Aires y nunca más volvió a sorprenderme octubre bajo la estrella del sur. Llegué a Barcelona con dos años, más o menos, después de una gira artística de mis padres por todas las Américas, tan fructífera, que de ella volvieron a su tierra con una estela de sonados éxitos, pingües ingresos y una nueva persona metida en una cesta. Ese primer yo que no recuerdo fue recibido en la familia como la nena argentina.

Creo que fue en esos primeros momentos de mi vida  cuando se me declaró un despiste crónico que había de durarme hasta el día de hoy. De ahí en adelante, me tocó visitar varios aeropuertos y vivir en varios internados, lo que significó adaptarme, o intentar adaptarme, a nuevas arquitecturas, nuevas comidas, nuevas compañías y hasta nueva lengua y nuevos lenguajes. La parte positiva del asunto le tocó a mi intelecto al recibir un suministro de conocimientos  que difícilmente hubiera podido adquirir en un pueblo. De la parte negativa, dan fe otros versos míos, y cito: “Sin tierra ni cielos que llamara míos/ fui por todas partes como por asilos”.

Mi trajinar tuvo otras consecuencias que aún no sé si colocar en la columna de los pros o en la de los contras. La más seria fue una empatía casi enfermiza que me ha llevado toda la vida por la calle de la amargura porque no hay ser humano con el que no me solidarice y no hay ser humano que no tenga una amargura con la que solidarizarse. Y ahora cito la paráfrasis de una frase de Terencio que escribiera  Unamuno: “Soy hombre, a ningún otro hombre estimo extraño”. Sólo quien padece del mismo mal puede comprender cómo se vive llevando a cuestas a millones de refugiados que viven muriendo en miles de campos de concentración o a los millones de pobres que en este país malviven a la vuelta de cada esquina, por poner dos ejemplos.

Después de llegar a mi juventud del modo más azaroso, a los 35 años decidí plantarme en la tierra de mi padre para echar raíces. A esta tierra me he aferrado como una criatura hambrienta al pecho de su madre. Fui antifranquista durante la transición, ¿cómo no iba a serlo cuando mi propia madre había sufrido en su infancia y adolescencia los zarpazos de un régimen que nació y se alimentó  con la sangre de sus compatriotas? Fui independentista en Cataluña, ¿cómo no iba a serlo cuando por fin podía llamar mía a una nación vilipendiada en el resto de España?

Ser independentista en la Cataluña de los ochenta y hasta hace muy poco era defender una identidad; los derechos de una nación que solo podían negar las mentes más cerriles o los políticos más perversamente interesados en seguir alimentando la catalanofobia franquista. Contra la nación catalana se alzaban, todavía se alzan, los más indignos representantes del nacionalismo español; esos que, incapaces de lograr cosa alguna que les permita sentirse orgullosos de sí mismos, se aferran al orgullo vicario que les merecen las hazañas de Hitler y de Franco. Ser independentista significaba defenderse de la escoria que cifra su propia estimación en el ataque a quienes tienen una cultura distinta a la suya.

¿Ser independentista significaba, entonces, querer separarse de España? Rotundamente, no. No lo quería el primer President de la Generalitat de la restauración democrática; no lo querían ninguno de los Presidents elegidos después; no lo querían quienes salieron a pedir Estatut de Autonomía en 1977; no lo querían quienes celebraban cada año en la calle la Diada bajo un cielo de senyeres. A lo largo de todos estos años, sólo un puñado de teóricos ha planteado en serio la posibilidad de la secesión y sólo un puñado de fanáticos ha hecho ruido de vez en cuando para exigirla.

Y entonces llegó, como un fantasma del pasado más negro, un hombre dispuesto a sacrificar a los españoles para alcanzar el poder y cimentarlo tan bien cimentado que nadie se lo pudiese arrebatar en vida. Y como si un poder diabólico hubiera alineado los astros para favorecerle,  Mariano Rajoy se encontró con dos colaboradores impagables: la crisis y Artur Mas. No hace falta repetir lo que ha hecho Rajoy en su partido y en España. Todos los días lo repiten  columnistas y tertulianos de todos los colores; unos con alabanzas y otros con críticas y hasta con denuestos. Cualquier enumeración de esas barbaridades resultaría ociosa.

Y llegó Artur Mas con el encargo de salvar a su partido a toda costa de las consecuencias de su corrupción, y la necesidad de salvarse a sí mismo del castigo de los votantes por haber recortado el presupuesto sólo por donde más daño podía hacer a los pobres y medio pobres. Y a toda costa quiso decir a toda costa. A costa de la paralización del gobierno, a costa de arriesgar la autonomía, a costa de alterar la paz en Cataluña  y la convivencia entre los catalanes. Y como se trataba de que fuera a toda costa, puso la propaganda del secesionismo en manos de la Asociación Nacional de Cataluña, fanáticos expertos en fanatizar, y puso de encargado de la Generalitat a otro fanático secesionista que carecía, y carece, de la más mínima noción de lo que es y de lo que exige la tarea política.

Y volviendo a lo mío, cuento otro efecto secundario de mi vida errante. Detesto las fronteras, esas líneas que trazaron los vencedores de guerras poniéndose a dibujar después de haber asesinado a miles para que el dibujo quedara a su gusto. Ahora resulta que los secesionistas me quieren confinar a Cataluña dentro de sus fronteras convirtiéndola en un país pequeño gobernado por mentes estrechas que predican la necesidad de estrecharse. Ahora resulta que Cataluña, acrisoladora de etnias, siempre abierta a todas las innovaciones, siempre a la vanguardia de todas las vanguardias; mundo de seres humanos  que vivían con la sagrada norma de dejar vivir, de caminar siempre hacia adelante sin  obstruir el camino a los demás; ahora resulta que, por el capricho de las glándulas de unos fanáticos, tiene que convertirse  en una mota  que  mancille el límpido azul de Europa. Muchas medidas de Mariano Rajoy y los suyos advierten de su intención de retrotraer a los españoles al pasado gris de la edad de plomo franquista. La propaganda de los secesionistas nos quiere arrastrar al diecinueve de los nacionalismos, y su brazo radical antisistema aún más atrás; a la selva del buen salvaje.

Me niego. Me niego a que me obliguen a decidir si quiero convertir a Cataluña en colonia recién liberada que tenga que aprender a caminar por los derroteros de la independencia  enterándose de lo que vale el experimento, como  hoy se siguen enterando las ex colonias africanas; o a decidir que no quiero ese experimento porque con Cataluña no juego. Claro que cualquiera tiene derecho a lanzarse por un risco, como también tiene derecho a exigir que no le tomen por tonto o por loco. Yo me niego a que me obliguen a decidir; me niego por amor a Cataluña y por respeto a mi inteligencia y a mi facultad racional.

Y para terminar con mi nota autobiográfica, haré una confesión. Mi empatía ha estado siempre acompañada por una ingenuidad patética. Me precio de que en asuntos del intelecto nadie me la da con queso. Pero admito que en cuanto concierne a mi inteligencia emocional, me la dan con cualquier cosa. Es por eso que, en estos días tumultuosos, me distraigo de la preocupación y la amargura que me causa lo que ocurre, soñando despierta que todos los millones de catalanes que se manifiestan con esteladas, y muchos millones más, se lanzan a la calle a exigir a los políticos de Cataluña y del resto de España que pongan fin al sufrimiento de los millones de compatriotas que la crisis hundió en la pobreza; soñando que todos los millones de catalanes entienden, por fin, que Cataluña no es un nombre y un dibujo en un papel, sino el espacio en el que habitan millones de hermanos infinitamente más importantes que las ambiciones políticas de todos los caudillos que en el mundo ha habido y que estén por haber.

 

 

 

La dictadura independentista

Desde ayer ya sabemos que el Govern de Catalunya tiene una ley en la que se basará la proclamación y el desarrollo de la República de Catalunya. Y desde ayer saben, los que se hayan tomado la molestia de leer las 45 páginas de esa ley, que el Govern de Catalunya y el Parlament a su servicio tienen la intención de separarse de España y hacer de Cataluña un estado bajo un régimen totalitario en discordancia con los países democráticos de Europa.  Un simple ejemplo: la imaginaria República de Catalunya ignorará la separación de poderes.

Dejo a los analistas el análisis en profundidad de la  Llei de transitorietat jurídica i fundacional de la república. Para eso les pagan. Baste decir que el documento es un disparate desde el punto de vista lógico, jurídico y hasta semántico. ¿No hay en Cataluña filósofos, juristas, lingüistas capaces de redactar un documento tan trascendental de un modo, al menos, formalmente correcto? Claro que los hay, y de prestigio internacional,  pero, o no les llamaron a contribuir en el diseño político del nuevo estado, o no hubo erudito dispuesto a poner su prestigio en entredicho   participando en una pantomima que ya ha trascendido el ridículo para convertirse en debate de  alienados.

Lo que interesa al lector anónimo para quien escribo, al lego en los intríngulis jurídicos y políticos, es cómo puede afectar esa ley a los catalanes y al resto de los españoles. Cómo nos afecta ya desde hace tiempo aunque hasta ayer  ha estado durmiendo en un cajón y hasta hoy no se ha presentado a trámite en ninguna parte.

Hace años que los catalanes vivimos bajo la dictadura del Govern y el Parlament independentistas.  La Asamblea Nacional Catalana, el brazo propagandístico más importante y sonoro del gobierno, ya ha abierto locales en los pueblos, ya pone paradas en los mercados  y en las calles preparando la manifestación del 11 de septiembre. No se puede decir que intente manipular con su propaganda; lo que hace es presionar a la gente con un descaro absoluto y una descarada prepotencia. Son pocos los que en las ciudades y pueblos de Cataluña se atreven a declararse públicamente contrarios a la independencia por miedo a enemistarse con parientes y amigos; por miedo a lo que más teme la gente corriente: el rechazo. El catalán al que repugnan la ideología de la extrema derecha de los nacionalistas españoles, el anti catalanismo de Ciudadanos, la política del Partido Popular, se ve incluido en esos grupos por los independentistas que no aceptan ni la más mínima razón contra la independencia. O eres independentista y aceptas sin cuestionar todo lo que declare o decrete el govern y todo lo que apruebe la mayoría en el parlament –mayoría en diputados, pero no en votos- o eres un traidor a Cataluña.

Todos sabemos, todos, todos menos los que han caído en el trance provocado por la sugestión colectiva inducida durante cinco años por los políticos que se dicen independentistas; todos sabemos, repito, incluyendo a todos los políticos de todos los pelajes, que ni habrá referéndum vinculante ni Cataluña se separará de España para constituirse en república independiente. ¿Por qué se empeñan entonces, el govern y los partidos que le apoyan en dar por hecho algo que es, rotundamente, imposible? ¿Por qué siguen  engañando a los catalanes independentistas y obligando a callar a quienes no lo son? Un brevísimo repaso al pasado más reciente permite comprender lo que sin explicación parece un episodio de locura colectiva.

Artur Mas decretó por sus fueros que las elecciones del 27 de septiembre de 2015 tuvieran carácter de plebiscito. Las elecciones al Parlament las ganó Junts pel sí, amalgama de grupos y personalidades independentistas.  El plebiscito lo perdió la independencia. La suma de las opciones no independentistas obtuvo más votos.  

Todos sabemos que la mayoría del pueblo catalán no quiere la independencia. Esto se habría manifestado en un referendo que  habría zanjado el asunto. Pero Mariano Rajoy y su gobierno se emperraron en negar a los catalanes el derecho a votar, como se emperraron en echar por tierra el Estatut de 2006 que había aprobado el Parlamento español y que aprobó la mayoría de los catalanes en referendo. Podía haberse encontrado alguna fórmula para dejar que los catalanes expresaran su voluntad sin violar la constitución, pero no quisieron. No quisieron porque no les interesaba. Si la mayoría de los catalanes hubiera manifestado su voluntad de permanecer en España, como sin duda hubiera ocurrido, el problema se habría terminado, pero ni al gobierno español ni al gobierno catalán interesaba que se acabara el ruido. 

Desde 2012, Artur Mas y después su encargado, Carles Puigemont,  han exhibido una voluntad inquebrantable de mantener la pugna contra el gobierno español exigiendo que Cataluña se convierta en una república independiente. Desde 2012, Mariano Rajoy y su partido han exhibido la voluntad inquebrantable de dejar que los políticos independentistas catalanes pataleen todo lo que quieran. El ruido acapara la atención de los ciudadanos para desviarla de la corrupción que hizo de Convergència i Unió y del Partido Popular unas organizaciones inmorales e inhumanas en las que su financiación y el lucro personal de sus cargos estaban por encima de los intereses de los ciudadanos. Uno en Cataluña y el otro en España se encargaron de degenerar a la sociedad convenciendo a la mayoría de los votantes, durante años, que a los políticos no hay que exigirles coherencia ética; que la corrupción no tiene por qué castigarse en  las urnas; que un país se puede convertir moralmente en una cloaca inmunda en la que solo los ingenuos se sientan incómodos y avergonzados.

Y así llegamos al día después de las últimas elecciones catalanas. Sin el más mínimo escrúpulo democrático, el govern y el Parlament de Cataluña, con Puigdemont y Forcadell a la cabeza, declararon su voluntad de gobernar y legislar única y exclusivamente  para los independentistas. El resto de los catalanes, es decir, la mayoría, no contaba según la premisa: los que no quieren que Cataluña sea una república independiente  no merecen ser considerados catalanes; luego govern y Parlament no tienen por qué tomarles en cuenta a la hora de gobernar y legislar.  No se ha gobernado ni legislado administrando los fondos públicos para el bien común. No se ha procurado solucionar o paliar los problemas que aquejan a una sociedad depauperada que va sobreviviendo en precario; unos, porque no tienen ni lo necesario para vivir dignamente; otros, porque no tienen la certeza de poder conservar lo que tienen. Todos los problemas se solucionarán cuando Cataluña sea una república independiente, dicen. Y quienes se han dejado hipnotizar por una propaganda brutal, se lo creen. Para financiar esa propaganda brutal a favor de la independencia, se han utilizado fondos que corresponderían a todos los catalanes. O sea, que todos, independentistas y no independentistas hemos tenido que financiar la propaganda con que a todos nos intentan manipular para que se vuelva independentista el que no lo es.

Convergència Democràtica de Catalunya, ya libre de  Unió, consiguió su propósito. Hasta ahora ningún político de ese partido ha tenido que pagar sus delitos ni, por supuesto, devolver el dinero robado a todos los contribuyentes. Cuando la cosa se le puso muy fea a un partido que llegó  a erigirse en fundador del país, se cambió el nombre creyendo que los catalanes aceptarían al Partit Demòcrata Europeu Català como formación nueva, sin lastre ni rastro de corrupción. Es decir, atribuyendo a los catalanes una ingenuidad rayana en la imbecilidad.  Tan convencidos estaban sus dirigentes de las pocas luces de los catalanes que no dudaron en nombrar presidente del nuevo partido a Artur Más. Seguro que nadie los iba a asociar a la antigua Convergència. Jugada genial. Si Cataluña consiguiera constituirse en república independiente, su nueva ley amnistiaría a todos los independentistas. ¿Y quién duda del independentismo de los políticos de Convergència? Con la república, la responsabilidad por el 3% quedaría borrada por la magnánima firma de quien fuera presidente del flamante estado.

En cuanto a la corrupción del PP, ¿a quién importa? ¿A quién va a importar estando en peligro la unidad de España? Pero, ¿verdaderamente está en peligro la unidad de España? Ni por asomo. En cuanto aparezcan las urnas o lo que se habilite para votar en alguna parte, sea donde sea, el Tribunal Constitucional, a instancias del gobierno, anulará la votación.  ¿Entrará en vigor la Llei de transitorietat? No en este mundo. En cuanto se registre en el Parlamente, el Tribunal Constitucional declarará su inconstitucionalidad. ¿Entonces? Entonces puede pasar una de dos cosas. O los más radicales de la CUP se ponen a quemar contenedores y los fanáticos más desequilibrados salen con palos a la calle a atacar a lo que sea que represente a España o no pasa nada que no haya pasado ya. Habrá elecciones anticipadas en Cataluña y, según las encuestas, será president de la Generalitat Oriol Junqueras y nos pasaremos cuatro años más dentro del bucle de pesadilla que llevamos años padeciendo.

¿Y los ciudadanos? Como los ciudadanos españoles. No cuentan. Los ciudadanos nunca contamos cuando los políticos se juegan el sillón, sean españoles de Cataluña o del resto de España.

 

 

 

Visca Barcelona! Visca Catalunya! ¡Viva España!

(Publiqué este comentario a un recuerdo de Facebook  en la sección de notas. Alguien consiguió eliminar la nota y romper el enlace. Sólo ha conseguido causarme el ligerísimo inconveniente de tener que publicarla aquí)

Hace siete años salí a las calles de Barcelona con una senyera. Fue una manifestación popular, familiar, pacífica, como todas las del 11 de septiembre. Fue como siempre, aunque llevábamos clavada la humillación más brutal que se le puede hacer a un pueblo en una democracia.

A pesar de que el Parlamento español había aprobado el Estatut de Cataluña y a pesar de que los catalanes lo habíamos aprobado en referendum por amplia mayoría, el Tribunal Constitucional había derogado sus artículos más importantes, algunos de ellos no cuestionados en los estatutos de otras autonomías. Nos sentimos despreciados como ciudadanos y como catalanes.

El jueves, la inmensa mayoría de los españoles nos transmitió su solidaridad y su apoyo. Los ciudadanos de toda España cerraron la fractura causada por el golpe de los políticos irresponsables. Los carteles y los mensajes llegados de todo el país diciendo “Somos Barcelona”, “Somos Cataluña” han provocado una respuesta en la mayoría de los catalanes: “Somos españoles”.

Ha habido voces discordantes, como siempre. Gentes de un bando y otro que no han tenido reparo alguno en utilizar a los muertos para hacer propaganda de su bandera. También con ellos hay que convivir esperando que el ejemplo de empatía, de solidaridad, algún día penetre en sus mentes; que algún día la razón arroje luz en esa zona oscura en la que bullen los prejuicios, los odios.

Hace siete años nos dividía el rencor. Hoy el dolor nos ha unido. Que mañana nos una aún más la voluntad de construir juntos una España más humana en la que podamos comprendernos, respetarnos y abrazarnos los ciudadanos de todas las naciones que componen el estado indivisible que a todos nos hermana.

Amigos

Cuando recibí un mensaje de mi hijo el jueves, entre las 5 y 6 de la tarde, diciéndome que estaba corriendo por una calle de Barcelona, sólo pude contestarle: “Corre”. Su mensaje decía: “Cagant llets, mama. Cap a casa.”  Luego aparecieron frases de las que sólo capté palabras. Ni metro ni autobús. Ambulancias. Helicóptero. Collons.

No quise llamarle para preguntar. Mi alma estaba en sus piernas.  No quise detener sus piernas ni un instante. Esas piernas tenían que correr por donde fuera. Que nada interrumpiera su carrera por su vida.

Se me hizo un silencio absoluto, un instante de ese silencio que en la tierra no existe. Por un instante mi cerebro se encerró  como en una de esas cámaras que aíslan de todo sonido exterior. Un instante después, mi mente empezó a llenar el vacío con una avalancha de imágenes y mi cuerpo a reaccionar con una avalancha de sensaciones. El instinto de supervivencia de mi mente me llevó a la pantalla que tenía delante. Busqué Facebook. Escribí: “Mi hijo está bien aunque corriendo hacia su casa” o algo así. Empecé a clicar en todos los avisos de los periódicos a los que estoy suscrita. Me puse a compartir noticias teniendo de fondo a la Cadena SER. Tenía que mantener mi mente ocupada en algo que sirviera para algo. Ese era el único razonamiento que movía mi voluntad.

Y de repente, poco minutos, tal vez segundos después, empezaron a llegarme, en Facebook y Twitter, los comentarios de los amigos; amigos virtuales,  esos que los petulantes desprecian considerando falsa la amistad en las redes. Uno tras otro me comunicaba su alegría, me animaba, me aseguraba que mi hijo llegaría bien a su casa, todas esas frases que decimos para animar o consolar a un amigo cuando no podemos hacer otra cosa. Durante la espera infinita hasta que mi hijo llegó a su casa y me apareció su cara en la pantalla y su voz sonó diciendo que estaba bien, no estuve sola.

Mi hijo y yo hablamos,  mientras sonaban las sirenas, intentando librarnos del peso que nos asfixiaba. Cuando terminó la conversación, pensé enseguida en los amigos que me habían acompañado. Escribí rápidamente que mi hijo estaba a salvo y di las gracias a todos lamentando que no pudiesen ver hasta qué punto sentía el agradecimiento. Otra vez me abrumó una cantidad de comentarios de quienes compartían mi alegría. Otra vez, como tantas otras veces, reconocí en cada nombre, algunos conocidos por habituales y otros nuevos, a una persona, a un ser humano, que a solas en su casa se comunica con otro  para decirle que se ha puesto en su piel, que sabe y que comprende lo que siente, que está a su lado; lo más cerca que podemos estar uno del otro.

Al cabo de un rato, cuando la mente, agotada por la tensión, empezó a razonar en frío, aparecieron en mi memoria otros nombres, otras caras,  las del puñado de personas que debían haber aparecido y no aparecieron ni para preguntar; esas que, a saber por qué motivo, se declaran amigos para siempre, un para siempre que resulta ser un para siempre y cuando no interfiera en sus intereses, de la índole que sean. Aunque a algunos nos parezca increíble, fueron muchos los que ayer no se sintieron aludidos por lo que pasó el jueves en las Ramblas, muchos para los que la noticia fue una más de las que salen por la tele, una más que no tiene nada que ver con la minúscula parcela de sus vidas.

Comprendí que lo peor que podía hacer conmigo misma era dar pábulo a pensamientos dolorosos que se sumaran al horror por lo que había ocurrido. Me subí al coche como si me estuvieran persiguiendo y bajé a Lo Pont, el restaurante familiar donde como cada día. Allí volví a encontrar a los amigos. Cargados de trabajo, con el restaurante lleno, me prepararon una mesa y me dieron el calor que buscaba. De allí me fui al hotel Pessets buscando los ojos de una amiga en los que siempre he encontrado comprensión. Encontré lo que buscaba y algo más. Estaba por casualidad con su familia un hombre en el que siempre reconozco el pelo blanco brillante y abundante de mi abuela. El día me regalaba alguien de mi propia sangre, y el alma lo agradece porque la sangre fluye por un misterioso cauce común. Hablamos un rato en la terraza del hotel, y un rato aún más largo con su mujer y unos turistas de Barcelona que tomaban una copa en otra mesa; ambos empleados de El Corte Inglés a quienes no había pescado el horror porque ese mismo día habían empezado sus vacaciones en Sort. Volví a casa a una hora para mi intempestiva. Y a pesar de todo, pude dormir gracias a la receta del hijo mayor de los dueños de Lo Pont, una manzanilla con anís.

La tarde del jueves, el mundo no se detuvo en Las Ramblas. España tampoco. Brotó la solidaridad y la amistad con la fuerza de las emociones, pero también brotó el odio, la estupidez, la imbecilidad. A algunos les salieron los detritos que guardan en sus almas oscuras: xenofobia, etnocentrismo, nacionalismo,  antagonismos políticos; miserias de las que no pueden librarse ni un instante pase lo que pase.  Sus comentarios ensuciaron periódicos, Facebook, Twitter. Necesitan respuesta, no por la esperanza de hacerles razonar sino por la esperanza de que otros no caigan y se contagien de las mismas enfermedades. Pero será mañana. Hoy toca llorar de dolor por todos los que han perdido un ser amado y llorar de alegría por una buena noticia.

Hoy ha aparecido en un hospital Julian Cadman, el niño australiano de siete años que había desaparecido en el atentado de Las Ramblas. También su madre está en otro hospital, pero fuera de peligro. El padre está viajando hacia Barcelona. Quedémonos con este y con la certeza de que Barcelona está muy bien protegida, no solo por las fuerzas de seguridad. Está muy bien protegida por su gente. Ayer, unos vecinos de La Ramblas se enfrentaron a los neonazis que pretendían manifestarse contra los musulmanes.

El jueves, hoy y siempre, la vida nos va recordando que, a pesar de todo y de muchos, quien busca amor, lo encuentra, y que quien da y recibe amor vive, día a día, la mayor gloria de la condición humana.

PS. Después de noticias y desmentidos, hoy han confirmado que Julian Cadman está entre los fallecidos. No quiero eliminar el párrafo en el que celebré su aparición. Julian Cadman nos regaló un momento de alegría, una sonrisa, tan franca como la suya, cuando creímos que se había salvado. Quedémonos con esa sonrisa