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El poder de vivir

 

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En 1985 la Editorial Nueva Lente me publicó una obra en tres tomos a la que el editor llamó El poder de la mente. El poder de la mente se publicó en 48 fascículos que se vendieron en España y en América.

Con la llegada de Internet y las redes, algunos lectores me localizaron y empecé a recibir emails y mensajes diciéndome que la lectura de la obra les había ayudado a vivir mejor, a algunos en su adolescencia.

A partir de la próxima semana, empezaré a publicar una revisión de aquella obra, una puesta al día con la experiencia que me han proporcionado estos años.

El poder de vivir  consta de 16 capítulos que se entregarán semanalmente en PDF a quien se suscriba.

El precio de la suscripción es de 3,95€ mensuales por cuatro capítulos. Pueden suscribirse en  mirrocafort@gmail.com

Introducción a El poder de vivir

“Una introducción necesaria. ¿De qué estamos hablando?

Sabemos que el lenguaje es la facultad de la persona de expresar a sus semejantes lo que piensa o siente mediante un sistema de símbolos. Sabemos que no todos utilizamos los mismos símbolos para expresarnos ni queremos decir lo mismo cuando utilizamos un símbolo u otro. Y sabemos que por eso nos resulta tan difícil entendernos. Antes de empezar el trayecto que vamos a recorrer, es necesario, por lo tanto, definir algunos conceptos para entender desde el principio de qué estamos hablando.

Para empezar, se impone una puntualización. Por diversos motivos que estudiaremos aquí más adelante, en casi todas las sociedades humanas el hombre ha detentado el poder y a la mujer se le ha exigido la sumisión. Es una evidencia que hasta ahora no se ha conseguido, ni en las sociedades más avanzadas, que se reconozca la igualdad de derechos y deberes de los dos géneros. En la lucha por ese reconocimiento, se ha incluido la exigencia de transformar la lengua para hacer visible a la mujer, perdida siempre entre palabras genéricas que parecen términos masculinos. El resultado desde un punto de vista retórico y hasta semántico cae a veces en la repetición de unas evidencias  que pueden lastrar un texto y, lo que es peor, hacer dudosa su autenticidad. ¿Es necesario decir todos y todas? La respuesta es opinable. Quiero dejar claro desde el principio que el criterio que seguiremos aquí es el mismo que se presume en el Creador según el relato del autor del primer capítulo del Génesis. Dice: “Y creó Dios el hombre a imagen suya: a imagen de Dios le creó; macho y hembra, los creó”. Para el autor del primer relato de la creación, la palabra hombre no se refiere al macho de la especie; se refiere a la criatura que Dios trae al mundo con dos sexos distintos. No hay texto alguno en el que se declare con mayor rotundidad, como evidencia absoluta, el hecho incontrovertible de la igualdad esencial de macho y hembra. Podrá decirse que este relato no es válido para quien no crea en Dios. Sustituyamos la palabra Dios por la palabra Naturaleza y veremos que la superioridad de un sexo sobre el otro no puede ser otra cosa que una degeneración interesada del plan de Dios o de la Naturaleza para ese ser, único en su complejidad y en sus posibilidades, que es el ser humano.

Vivir

Se supone que vivir es lo que pasa entre el momento en que nacemos y el momento en que nuestro cuerpo se apaga. Es una evidencia que, desde el primer instante al último, vivir es un problema. Lo es para todos los animales. Pero a diferencia de los animales, el mayor problema del ser humano es saber que su vida es un problema de principio a fin.

Aparecemos como seres vivos en la condición de fetos marcados ya con una carga genética que va a determinar nuestra inteligencia, nuestra salud y puede que hasta el instante preciso de despedirnos de este mundo. A esa carga problemática se añade la de la mujer que, además de alimentarnos con su propio cuerpo, nos va transmitiendo sus propios problemas en forma de sustancias que determinan nuestra forma de vivir en su vientre. ¿Hay alguna diferencia esencial entre la vida uterina de un ser humano y la  de cualquier otro animal? La ciencia dice que no, pero una reflexión más allá del experimento científico nos dice que no podemos saberlo. Nadie puede acceder al recinto más profundo de una criatura humana que vive en silencio, trátese de un feto o de un enfermo de Alzheimer.

El ser humano se distingue de los animales por ser consciente de su  vida, por saberse vivo y viviendo; consciente de la vida de los otros seres humanos; consciente del entorno que vivirá analizando y valorando. Se distingue, además, por su relación con los otros, por la capacidad y necesidad de comunicarse con los otros. Algunos animales se comunican de diversas formas con diversos propósitos. Para el ser humano, sin embargo, la comunicación es una forma de reconocerse; reconociéndose a sí mismo en la comunicación consigo mismo  y reconociéndose en el reconocimiento que le otorgan los demás. Por último, el ser humano se distingue de los animales porque sabe que en un momento dado su cuerpo se apagará como una máquina que deja de funcionar. Ser conscientes de que la vida tiene un final inevitable también determina nuestro modo de vivir. Por eso es necesario asomarnos a ese fenómeno que llamamos  muerte para evitar que la carga dramática que le añadimos nos perjudique mientras estamos viviendo.

El poder de vivir trata de nuestra capacidad para entender que nuestra vida es un problema que tenemos que ir resolviendo momento a momento; de las facultades de las que disponemos como seres humanos para ir resolviendo nuestra vida y de los modos de utilizarlas; de la comunicación con nosotros mismos y con los demás que nos permite reconocernos. Se trata de recordarnos aquello que es necesario para tomar conciencia de que estamos viviendo y de que vivir a plenitud es un poder con el que todos nacemos  y que cada cual puede desarrollar en la medida en que desarrolle las facultades de que dispone. Nada más y nada menos.

¿Qué es el ser humano?

Para la ciencia, el homo sapiens es una especie de primate de la familia de los homínidos. Se distingue de los demás animales por fenómenos como el pensamiento, la creatividad, el raciocinio, la memoria y otras habilidades cognitivas. Estos fenómenos se atribuyen a la mente. Aquí no vamos a observar al ser humano con los ojos de la ciencia, tampoco de la filosofía ni de la religión, aunque tengamos que repasar los postulados de éstos ámbitos que puedan servirnos. Aquí, lo que nos interesa es descubrir en qué consiste la existencia humana y con qué herramientas nos dota la naturaleza para vivir como seres humanos, alcanzando la felicidad que la propia naturaleza nos exige. Por eso enfocaremos nuestra investigación, más que en definiciones,  en la experiencia  y  en las elecciones que  llevan al ser humano a relacionarse de un modo u otro  con las dos realidades en las que vive: la realidad exterior, lo que es en el mundo que nos rodea,  y la realidad interior, lo que ocurre bajo nuestra propia piel.

Nos queda una última puntualización, la más importante. ¿Ser humano es lo mismo que homo sapiens? Ambos términos se utilizan como sinónimos cuando se refieren a individuos de esta especie. Pero aquí nos interesan otras acepciones. Como adjetivo, humano significa compasivo, bondadoso, solidario. Es evidente que en este sentido no podemos decir que todos los homo sapiens son humanos. Por otra parte, se observa en algunos homo sapiens cierta tendencia a existir de un modo que no conviene a su especie. Algunos violentan parte de su naturaleza con fines espirituales y otros imitando conductas más propias de animales inferiores. Esto nos indica la presencia de la voluntad, la facultad que permite al homo sapiens elegir según su conciencia y actuar según sus elecciones. Cuando hablamos aquí de seres humanos queremos decir que  un ser humano es un homo sapiens consciente de lo que le exige su naturaleza, es decir, su condición humana,  y que orienta sus actos de acuerdo con esas exigencias.

Hace muchos siglos, los pensadores griegos empezaron a estudiar los actos conscientes de las personas intentando juzgar los que eran buenos y los que eran malos. A ese estudio se le llamó ética. La ética nos dice que cuanto conviene a nuestra naturaleza es bueno y que es malo lo que no conviene. ¿Para qué? Para ser felices. Consciente de la realidad exterior y de su propia realidad interna, consciente de la libertad que no sólo le permite sino que le obliga a elegir a cada momento lo que le conviene o no, el ser humano vive persiguiendo ese estado de gracia que llamamos felicidad.

¿Qué se entiende por felicidad?

Pocos se ponen de acuerdo en cómo se consigue ser feliz. Siendo la felicidad el objetivo de la existencia humana, esto podría sorprender, pero la confusión se comprende cuando consideramos que también hay discrepancias y confusiones sobre qué cosa es la felicidad.  Quien no sabe exactamente qué es lo que está buscando es imposible que lo encuentre. Empecemos, pues, por dejar claro qué es lo que queremos encontrar.

Los pensadores griegos más relevantes dieron tres definiciones distintas de la felicidad según el enfoque de  sus diferentes escuelas de pensamiento. Para Epicuro, la felicidad consiste en la búsqueda y experiencia de un placer racional y en huir de lo que pueda causar sufrimiento; para cínicos y estoicos, en la autosuficiencia; para Aristóteles, en alcanzar las metas propias del ser humano. En los tres casos vemos que hablan de la consecución o al menos de la búsqueda de un estado permanente. En el lenguaje convencional, sin embargo, la felicidad se confunde a menudo con la alegría, el sentimiento agradable que producen determinadas circunstancias y que es, por lo tanto, pasajero. Esta confusión es peligrosa. Si por felicidad entendemos un estado de ánimo que se enciende y se apaga como las luces de colores que animan una fiesta, es evidente que no podemos aspirar a disfrutarla como un estado de ánimo permanente que justifique nuestra existencia. ¿Pero es posible en realidad ese estado de felicidad permanente o sólo se sostiene en el ámbito de la teoría? Negar al ser humano la posibilidad de ser feliz es suponerle un fracaso de la naturaleza.

La naturaleza dota a todos los seres vivos de los mecanismos necesarios para vivir satisfactoriamente siendo lo que son. A un árbol no le cuesta ningún esfuerzo ser lo que es, y tampoco puede ser otra cosa distinta. Al homo sapiens, sin embargo, la naturaleza -o Dios, como se prefiera creer- le ha dotado de unas facultades que nadie ha logrado comprender plenamente: la conciencia que le permite saber lo que es él mismo y cuanto le rodea y distinguir aquello que es bueno de lo que es malo; la razón que le permite analizar la realidad del mundo exterior y la de su propio mundo interno; la voluntad que le permite dirigir sus actos con el objetivo de vivir una existencia satisfactoria; y, la más importante y misteriosa, la libertad, que le permite elegir el rumbo de su conciencia, de su razón y de su voluntad.  Una persona es consciente de lo que debe ser un ser humano, pero, a diferencia del árbol, es libre de elegir lo que conviene o no para llegar a ser lo que naturaleza quiso que fuera. Quien hace las elecciones convenientes alcanza las metas que su condición humana le exige y siente la satisfacción que proporciona alcanzarlas. Ese estado de satisfacción es lo que Aristóteles llamaba felicidad, y esa felicidad es permanente.

¿Cómo es entonces que la mayoría de las personas  realiza elecciones inconvenientes que complican su existencia y la existencia de cuantos tiene a su alrededor hasta el punto de hacer la felicidad imposible? Porque algunos están dispuestos a asumir la responsabilidad de ser felices y otros no. El homo sapiens, a lo largo de toda su historia ha preferido elegir caminos  tortuosos evadiendo la línea recta y limpia que ofrece la razón para analizar y aceptar la realidad como es. Ese  temor  a ver las cosas corno son,  a luchar por  modificar  lo razonablemente modificable y aceptar lo que  no puede cambiarse,  ha llevado  a evasiones de toda índole que indefectiblemente acaban en la frustración, con  su secuela  de trastornos psíquicos y físicos que  bloquean  las potencialidades de la persona impidiéndole conseguir una existencia satisfactoria, feliz.

Al hablar aquí de la felicidad, nos quedamos, pues, con la definición aristotélica, la que nos dice que la felicidad es el efecto de una profunda satisfacción con uno mismo,  de un amor auténtico por la vida y de la voluntad de vivir de acuerdo con las exigencias de la condición humana. Esta certeza es el punto de partida desde el que saldremos a explorar las vías que pueden conducirnos a alcanzarla. Para llegar a buen fin, nos debe acompañar por el camino la profunda convicción de que la felicidad está al alcance de cualquier ser humano  que utiliza su razón como herramienta  cotidiana y la realidad como materia  prima para ir construyendo  su propio destino con su propio esfuerzo.

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