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Derecho a no votar

Harta, como casi todos, de tanto análisis de tanto analista escribiendo y blablablando sobre el alzamiento de los caudillos independentistas catalanes y la respuesta del obtuso caudillo de la unidad de España, voy a tratar el asunto desde mi perspectiva personal, que a lo mejor no le interesa a nadie, pero que a mí sí me apetece contarla.

Dice la primera estrofa de un poema mío: “Yo nací en primavera/ y desde entonces me lo conmemoran/ las hojas muertas”. No es totalmente metafórico. Nací en el octubre de Buenos Aires y nunca más volvió a sorprenderme octubre bajo la estrella del sur. Llegué a Barcelona con dos años, más o menos, después de una gira artística de mis padres por todas las Américas, tan fructífera, que de ella volvieron a su tierra con una estela de sonados éxitos, pingües ingresos y una nueva persona metida en una cesta. Ese primer yo que no recuerdo fue recibido en la familia como la nena argentina.

Creo que fue en esos primeros momentos de mi vida  cuando se me declaró un despiste crónico que había de durarme hasta el día de hoy. De ahí en adelante, me tocó visitar varios aeropuertos y vivir en varios internados, lo que significó adaptarme, o intentar adaptarme, a nuevas arquitecturas, nuevas comidas, nuevas compañías y hasta nueva lengua y nuevos lenguajes. La parte positiva del asunto le tocó a mi intelecto al recibir un suministro de conocimientos  que difícilmente hubiera podido adquirir en un pueblo. De la parte negativa, dan fe otros versos míos, y cito: “Sin tierra ni cielos que llamara míos/ fui por todas partes como por asilos”.

Mi trajinar tuvo otras consecuencias que aún no sé si colocar en la columna de los pros o en la de los contras. La más seria fue una empatía casi enfermiza que me ha llevado toda la vida por la calle de la amargura porque no hay ser humano con el que no me solidarice y no hay ser humano que no tenga una amargura con la que solidarizarse. Y ahora cito la paráfrasis de una frase de Terencio que escribiera  Unamuno: “Soy hombre, a ningún otro hombre estimo extraño”. Sólo quien padece del mismo mal puede comprender cómo se vive llevando a cuestas a millones de refugiados que viven muriendo en miles de campos de concentración o a los millones de pobres que en este país malviven a la vuelta de cada esquina, por poner dos ejemplos.

Después de llegar a mi juventud del modo más azaroso, a los 35 años decidí plantarme en la tierra de mi padre para echar raíces. A esta tierra me he aferrado como una criatura hambrienta al pecho de su madre. Fui antifranquista durante la transición, ¿cómo no iba a serlo cuando mi propia madre había sufrido en su infancia y adolescencia los zarpazos de un régimen que nació y se alimentó  con la sangre de sus compatriotas? Fui independentista en Cataluña, ¿cómo no iba a serlo cuando por fin podía llamar mía a una nación vilipendiada en el resto de España?

Ser independentista en la Cataluña de los ochenta y hasta hace muy poco era defender una identidad; los derechos de una nación que solo podían negar las mentes más cerriles o los políticos más perversamente interesados en seguir alimentando la catalanofobia franquista. Contra la nación catalana se alzaban, todavía se alzan, los más indignos representantes del nacionalismo español; esos que, incapaces de lograr cosa alguna que les permita sentirse orgullosos de sí mismos, se aferran al orgullo vicario que les merecen las hazañas de Hitler y de Franco. Ser independentista significaba defenderse de la escoria que cifra su propia estimación en el ataque a quienes tienen una cultura distinta a la suya.

¿Ser independentista significaba, entonces, querer separarse de España? Rotundamente, no. No lo quería el primer President de la Generalitat de la restauración democrática; no lo querían ninguno de los Presidents elegidos después; no lo querían quienes salieron a pedir Estatut de Autonomía en 1977; no lo querían quienes celebraban cada año en la calle la Diada bajo un cielo de senyeres. A lo largo de todos estos años, sólo un puñado de teóricos ha planteado en serio la posibilidad de la secesión y sólo un puñado de fanáticos ha hecho ruido de vez en cuando para exigirla.

Y entonces llegó, como un fantasma del pasado más negro, un hombre dispuesto a sacrificar a los españoles para alcanzar el poder y cimentarlo tan bien cimentado que nadie se lo pudiese arrebatar en vida. Y como si un poder diabólico hubiera alineado los astros para favorecerle,  Mariano Rajoy se encontró con dos colaboradores impagables: la crisis y Artur Mas. No hace falta repetir lo que ha hecho Rajoy en su partido y en España. Todos los días lo repiten  columnistas y tertulianos de todos los colores; unos con alabanzas y otros con críticas y hasta con denuestos. Cualquier enumeración de esas barbaridades resultaría ociosa.

Y llegó Artur Mas con el encargo de salvar a su partido a toda costa de las consecuencias de su corrupción, y la necesidad de salvarse a sí mismo del castigo de los votantes por haber recortado el presupuesto sólo por donde más daño podía hacer a los pobres y medio pobres. Y a toda costa quiso decir a toda costa. A costa de la paralización del gobierno, a costa de arriesgar la autonomía, a costa de alterar la paz en Cataluña  y la convivencia entre los catalanes. Y como se trataba de que fuera a toda costa, puso la propaganda del secesionismo en manos de la Asociación Nacional de Cataluña, fanáticos expertos en fanatizar, y puso de encargado de la Generalitat a otro fanático secesionista que carecía, y carece, de la más mínima noción de lo que es y de lo que exige la tarea política.

Y volviendo a lo mío, cuento otro efecto secundario de mi vida errante. Detesto las fronteras, esas líneas que trazaron los vencedores de guerras poniéndose a dibujar después de haber asesinado a miles para que el dibujo quedara a su gusto. Ahora resulta que los secesionistas me quieren confinar a Cataluña dentro de sus fronteras convirtiéndola en un país pequeño gobernado por mentes estrechas que predican la necesidad de estrecharse. Ahora resulta que Cataluña, acrisoladora de etnias, siempre abierta a todas las innovaciones, siempre a la vanguardia de todas las vanguardias; mundo de seres humanos  que vivían con la sagrada norma de dejar vivir, de caminar siempre hacia adelante sin  obstruir el camino a los demás; ahora resulta que, por el capricho de las glándulas de unos fanáticos, tiene que convertirse  en una mota  que  mancille el límpido azul de Europa. Muchas medidas de Mariano Rajoy y los suyos advierten de su intención de retrotraer a los españoles al pasado gris de la edad de plomo franquista. La propaganda de los secesionistas nos quiere arrastrar al diecinueve de los nacionalismos, y su brazo radical antisistema aún más atrás; a la selva del buen salvaje.

Me niego. Me niego a que me obliguen a decidir si quiero convertir a Cataluña en colonia recién liberada que tenga que aprender a caminar por los derroteros de la independencia  enterándose de lo que vale el experimento, como  hoy se siguen enterando las ex colonias africanas; o a decidir que no quiero ese experimento porque con Cataluña no juego. Claro que cualquiera tiene derecho a lanzarse por un risco, como también tiene derecho a exigir que no le tomen por tonto o por loco. Yo me niego a que me obliguen a decidir; me niego por amor a Cataluña y por respeto a mi inteligencia y a mi facultad racional.

Y para terminar con mi nota autobiográfica, haré una confesión. Mi empatía ha estado siempre acompañada por una ingenuidad patética. Me precio de que en asuntos del intelecto nadie me la da con queso. Pero admito que en cuanto concierne a mi inteligencia emocional, me la dan con cualquier cosa. Es por eso que, en estos días tumultuosos, me distraigo de la preocupación y la amargura que me causa lo que ocurre, soñando despierta que todos los millones de catalanes que se manifiestan con esteladas, y muchos millones más, se lanzan a la calle a exigir a los políticos de Cataluña y del resto de España que pongan fin al sufrimiento de los millones de compatriotas que la crisis hundió en la pobreza; soñando que todos los millones de catalanes entienden, por fin, que Cataluña no es un nombre y un dibujo en un papel, sino el espacio en el que habitan millones de hermanos infinitamente más importantes que las ambiciones políticas de todos los caudillos que en el mundo ha habido y que estén por haber.

 

 

 

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¡Que no hay fuego, coño!

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Y hoy vuelvo a mi ámbito personal porque lo que está pasando en Cataluña afecta a mi familia, a mi casa, a mi vida; me afecta a mí como persona. Las consideraciones políticas y legales son necesarias para justificar acciones y reacciones. Intelectualizan el asunto y hay que intelectualizarlo para no acabar lelos del todo, pero la verdad, la pura verdad, es que cada cual es un individuo que contempla el mundo desde su perspectiva interior y que, pase lo que pase, solo le importa en cuanto le afecte personalmente.

¿Qué está pasando en Cataluña? Más o menos lo mismo que en el resto de España.

Me viene a la memoria una anécdota de quien fue el mejor hipnotizador de este país y del extranjero, que en el mundo del espectáculo se conoció con el nombre de profesor Fassman.

Una mañana, en una arteria muy concurrida de la Barcelona de los años veinte, todos los clientes que llenaban una barbería salieron precipitadamente a la calle impelidos por el grito de ¡fuego! que soltó varias veces un adolescente alterado por el pánico. Ya en la calle, el chico volvió a gritar -¡Hay que apagarlo!

Algunos clientes volvieron a entrar en el local echando agua al suelo, a las paredes, al techo, con todos los recipientes que encontraron. El tumulto despertó la solidaridad de los comerciantes vecinos. En un santiamén, cientos de cubos y palanganas salidas de todas partes bombardearon con agua el local y su vitrina. Cuando llegaron los bomberos, del fuego  no había ni rastro. Entonces el chico que había desatado el pánico y sus consecuencias con su grito, informó a la concurrencia que nunca había habido  fuego; que el fuego solo había existido en la imaginación de quienes se habían afanado en apagarlo. Se trataba simplemente de un experimento, explicó, un experimento de sugestión colectiva.

El experimento tuvo serias consecuencias para el chico, que entonces se llamaba José Mir Rocafort, pero esa es otra historia. Ya adulto y con su seudónimo, Fassman volvió a repetir el “experimento”  varias veces a lo largo de su larga vida en diferentes locales con el mismo éxito.  Ya no lo hacía para experimentar. La certeza del resultado convertía el acto en una travesura. El éxito le proporcionaba, además de satisfacción, el asombro que nunca perdió ante la evidencia de que algunas personas están dispuestas a entregar su voluntad a otro hasta el punto de permitir que las órdenes ajenas alteren su percepción física e intelectual de la realidad.

¿Quién no sabe, a estas alturas, que  los medios utilizan técnicas de sugestión para vender un producto, una idea? Basta decir que un determinado color se va a llevar este otoño, para que todo el que puede renovar vestuario corra a comprarse ese color que se va a poner de moda. Pero, ¿quién decide qué se va a poner de moda? Nadie se lo pregunta. Una o varias voluntades ajenas han decidido apropiarse de la voluntad de los individuos para quienes sentirse aceptados en su círculo social es un valor que merece el sacrificio de su propia voluntad.

Como todos sabemos, la sugestión colectiva para obtener la adhesión de la sociedad a una ideología o política determinada se realiza mediante la propaganda, propaganda destinada a ejercer la persuasión coercitiva, o en términos populares, a someter a los individuos al lavado de cerebro.

Lo que hoy está pasando en Cataluña es, ni más ni menos, un  fenómeno de sugestión colectiva.  Al día de hoy, una gran parte de los catalanes repite que habrá referendum el 1 de octubre y República de Cataluña el día después. De nada sirve intentar, mediante argumentos racionales, convencerles de que la ley del referéndum se ha anulado; de que los únicos que creerán que Cataluña se ha convertido en una república independiente serán los que sigan bajo los efectos del trance hipnótico, como aquellos que veían fuego en una barbería inundada de agua. Habrá referéndum, habrá independencia, repiten creyendo que la propaganda que a ellos les convenció será suficiente para convencer al mundo entero.

¿Y qué pasará a quienes concibieron y aplicaron esa propaganda para sugestionar a los catalanes manipulando sus sentimientos? En el peor de los casos, el President de la Generalitat y la Presidenta del Parlament  serán inhabilitados y sacados de ambas dependencias por la fuerza pública si se niegan a salir. Diríase que es lo que persiguen con su obstinación irracional, esperando que el shock de ver a sus máximas autoridades arrestadas por la Guardia Civil saque a millones de catalanes a la calle; a tantos millones que ni España ni el mundo los puedan ignorar. Carles Puigdemont, Carme Forcadell y los suyos confían en que los catalanes sigan viendo fuego, cada vez más fuego.

Quienes no han escatimado medios y técnicas propagandísticas para traernos hasta aquí, olvidan que los catalanes lucharon durante muchos años por sobreponerse a todas las derrotas conquistando día a día, esfuerzo a esfuerzo, la paz para sí mismos y sus familias. Mañana se manifestará una multitud. Irán cientos de miles de familias en una manifestación festiva que ya se ha vuelto tradicional el día de la Diada. Gritarán independencia, sí, y el grito les saldrá del alma y les emocionará, pero cuando la manifestación concluya, cada cual volverá a su casa, a sus asuntos. En cuanto al 1 de octubre y los días siguientes, solo protestarán en la calle los que no recuerdan lo que perdieron sus abuelos y lo que les costó recuperarlo a su padres; esos o los que no tienen nada que perder.

¿Y qué ganarán los que gritaron fuego? Oriol Junqueras y su partido esperan recoger las lágrimas del desencanto, de la vergüenza  y de la indignación ganando las próximas elecciones autonómicas. Mariano Rajoy  y su partido esperan recuperar votos, tal vez hasta volver a la mayoría absoluta, en las próximas elecciones generales. Ningún político, ninguna ideología podrá borrar de la mente de los españoles la gloriosa estampa de los salvadores de la patria. Porque también la mayoría de los españoles ha sucumbido a la sugestión colectiva, y por más que les roben y les quiten, siguen creyendo que solo Rajoy y el PP les puede garantizar la supervivencia.

¿Hay algún modo de evitar todo esto aquí y allá? Ante la eficacia del lavado de cerebro al que han sometido a los ciudadanos, no parece que  la sugestión pueda ser revertida por ningún argumento racional. Tal vez haría falta que la voz de Fassman gritara con potencia de ultratumba: ¡Que no hay fuego, coño! Pero los de la otra dimensión solo se manifiestan en sesiones espiritistas y para verles u oirles hay que tener fe en la doctrina espírita.

Para terminar, permítanme un inciso, que no una disculpa. Soy tan malhablada como lo era mi padre porque él decía que soltar palabrotas inofensivas era muy bueno para la salud.

 

 

 

 

 

 

 

 

Que se separen ellos

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Quien empiece a leer esto buscando un sesudo análisis político sobre la situación de Cataluña, se ha equivocado de sitio. Que se vaya a uno de los periódicos con nombre y apellidos; están llenos del asunto. Aquí voy a contar una experiencia personal, personalísima, del estado en que ha quedado mi masa cerebral después de ver un vídeo en el que se promociona el Sí en el referéndum del 1 de octubre; ese fantasma que nadie ha visto ni verá, pero del que todos hablan.

Llego a mi despacho, abro el ordenador y el primer aviso que me encuentro es de El Independiente. Lo abro porque hoy se me hizo tarde y todavía estoy con la taza de café con leche en la mano y ya es hora de ponerme a leer.

Lo abro y me encuentro un vídeo de campaña por el Sí de la CUP, el partido antisistema e independentista que gobierna en Cataluña con el PdCat.

Creo que me ha dado un pasmo. No me atrevo a hablar en voz alta por si me he quedado sin voz. Tengo miedo a que se me vaya a quedar para siempre la cara de estúpida que se me ha puesto. Miro el café con leche y me pregunto, ¿podré cerrar la boca para tomarme un sorbito?

Decido contarlo a ver si me vuelve a subir la sangre de los pies al cerebro. Así que, lo cuento.

Sale una especie de tribu del desierto, pero vestidos a lo guarrindongo moderno,  empujando una furgoneta por un yermo de rocas y polvo. Unos de la tribu dicen que llevan dos años empujando y que eso es el “procés”. Finalmente logran empujar la furgo hasta la cima de un risco, y con otro empujón, la despeñan.

Ahí es donde me quedo yo como un témpano. ¿Querrá eso decir que no van a parar hasta que nos zumben por un precipicio y nos descacharren?

Asoman las caras de unos de la tribu para ver el estropicio de la furgoneta. Uno de ellos pregunta si eso es Itaca. Imagino que va a salir Lluis Llach con su gorrito cantando la canción, pero no. Sale una casi anciana de la tribu y dice en tono declamatorio contenido que Itaca la hace el pueblo. Otro, más práctico, pregunta que ahora qué. Y entonces aparece por detrás una chica que sale mucho en medios porque es diputada y portavoz, y anuncia, sonriente, que ahora empieza el mambo.

Y sí. Empieza la música de Pérez Prado, tan cubana, y por eso, tan catalana. Sale uno muy sucio, tan sucio como todos los demás, revienta un huevo, lo echa en un bolito y empieza a batirlo mientras a su alrededor la tribu baila. Mambo, empieza el mambo, la alegría descocada, la rauxa sin fin.

¿Qué nos están diciendo? ¿Que Itaca, la Cataluña en utópico, va a empezar de la nada en medio de ninguna parte, con el pueblo vestido a lo buen salvaje 2.0, comiendo tortilla, pero bailando contentos al son de lo que toquen?

Ay. madre, ¿y ahora qué?, me digo yo. Yo, que después del susto de la enfermedad que casi se me lleva a la otra dimensión, con la secreta esperanza de que la vida me diera otra oportunidad, me propuse y cumplí no salir de mi habitación por la mañana sin haberme maquillado y vestido muy combinada y muy elegante; yo,  que hago encaje de bolillos con las cuentas para poderme pagar la peluquería porque decía mi padre que el pelo realza todo lo demás, ¿qué hago yo cuando resulta que ahora hay que hacer Itaca en chanclas, con cualquier cosa para taparse las partes de abajo y cualquier camiseta para taparse las de arriba? Yo que me compré una body milk para estar perfumadita y suavecita después de la ducha, porque la esperanza es lo último que se pierde, ¿qué hago yo entre las caras sucias y los pelos despeinados o rapados de los constructores de la nueva Itaca; sentirme para los restos como modelo de las revistas de los tiempos de mi madre?

Cuando las sacudidas de la vida me desbordan, vuelvo mis ojos y mi pensamiento a las fotos de un mueble que tengo junto a mi escritorio. En ellas, las caras de mi abuela, de mis padres, de mi tía que iba para santa y  del hermanito que se fue de esta dimensión a los cinco años, me recuerdan que, por obra y gracia de mi fe, no estoy sola. Hoy les he mirado buscando alivio a mi desasosiego y he visto una cara más, otra cara que vi en otra parte.

Allá en el pueblo de Peramea, un hombre hizo pintar su cara en la piedra que corona la fachada de una casa. Bajo su cara, un nombre: Ian Rocafort, y una fecha, 1516. Es una cara tosca, pelo largo y flequillo. Seguramente no se parecía al dueño. Debía ser más bien un modelo de las caras de entonces. Caras de hombres duros, curtidos por el trabajo, por una vida sin blanduras. Esos hombres, machos y hembras, vivieron construyendo un país. Es muy probable que no hubieran oído hablar de Itaca ni supieran lo que era una utopía. Vivían inmersos en la naturaleza, en una realidad que exigía todo su esfuerzo sin darles tiempo a ignorarla imaginando mundos imposibles.

La cara de Ian Rocafort me ha devuelto la cara de mi abuela, una cara que parece tallada en piedra. La cara de una mujer que no dejó de trabajar por su casa hasta el mismo día en que se fue a los 92 años. Y su cara me ha devuelto la de mi padre, tan parecida a la suya. La cara de un hombre que salió de su última clase cojeando, a los 83 años, cuando el cáncer ya no le dejó seguir trabajando. Y esas caras me hacen verme a mí, trabajando a los 68 porque unos buenos amigos me dicen que mi trabajo sirve para algo.

¿Y ahora vienen unos niñatos y no tan niñatos a decirnos que el pueblo tiene que empezar a construir Itaca?

Y una mierda.

Hemos construido Cataluña, una Cataluña seria, formal, que no ha dejado de luchar en las circunstancias más adversas para seguir siendo Cataluña; la Cataluña de los catalanes que hablan en catalán y en castellano y muchos en otra lengua más; de la Cataluña que ha crecido con la ayuda de las gentes de toda España que vinieron aquí a trabajar con y como nosotros; de la Cataluña abierta al mundo que llevó por el mundo comerciantes, empresarios, artistas que enriquecieron el mundo, y que del mundo se trajo  todo cuanto pudiera enriquecerla. ¿Y ahora nos dicen que tenemos que construir otro país con nuevas reglas que pisotean a las que hasta ahora nos han regido?

Y una mierda.

Búsquense un desierto. Vivan en furgonetas o despéñenlas. Coman tortilla si es que saben cómo criar gallinas. Bailen mambo o reggae o lo que les roti. Pero no intenten destruir la realidad de un país que ha costado siglos de esfuerzo y sufrimiento ir transformando hasta convertirlo en la Cataluña que hoy sigue luchando para no retroceder ante el empuje de los políticos que quieren arrancarla del mundo  civilizado para convertirla en un yermo donde habría que empezar a construir nadie sabe el qué.

Quien se quiera separar que se separe y se vaya con sus banderas y sus mambos a otra parte.

 

 

 

 

 

 

 

A ver si nos respetan de una puñetera vez

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No nos respetan, ni los políticos en el poder ni las autoridades designadas por los políticos en el poder. Eso lo saben y lo aceptan casi todos como borregos. Aceptaron una reforma laboral que convertía a casi todos en casi esclavos de los empresarios. Esa aceptación reveló el miedo que atenazaba y sigue atenazando a la mayoría de la población. El miedo obligó a casi todos a doblar la cerviz y, con la cerviz doblada, casi todos se perdieron el respeto a sí mismos. ¿Quién les iba a respetar?

Un hecho reciente y gravísimo nos revela hasta qué punto se ha convertido la mayoría de los ciudadanos de este país en mindundis. Por supuesto, el hecho reciente más grave que hemos sufrido ha sido el atentado en La Rambla de Barcelona, y ningún ejemplo más revelador.

“Si alguien quiere insinuar que el atentado se podía haber evitado, que lo diga”, dijo en rueda de prensa Josep Lluís Trapero, el Mayor de los Mossos d’Esquadra. Y el Sindicato de Mossos d’Esquadra dijo que insinuar que el atentado de Las Ramblas podía haberse evitado era “ruin”.

Pues bien, yo digo que el atentado de Las Ramblas podía haberse evitado, y lo digo porque no acepto que nadie me calle retándome a asumir consecuencias negativas o a cargar con el sambenito de la ruindad. Podía haberse evitado, repito, si al leer la advertencia sobre un posible atentado en Las Ramblas, que el 25 de mayo envió a los cuerpos y fuerzas de seguridad del estado de España, el National Counterterrorism Center, NCTC, en el que se integran las principales agencias de información de EEUU como la CIA, el NSA o el FBI; podía haberse evitado, vuelvo a repetir, si ante esa advertencia se hubiera tomado alguna medida, aunque solo fuera por si acaso, impidiendo el acceso de vehículos a la zona peatonal de Las Ramblas, por ejemplo; informando, al menos, al ayuntamiento de Barcelona por si quería tomar alguna medida por si acaso, aunque solo fuera por si acaso.

Pero nos dicen que no se le dio credibilidad al documento. Y con eso nos tenemos que quedar; eso nos tenemos que tragar y a callar. Porque ni siquiera se dignaron pedir disculpas por haberse equivocado al evaluar un documento que podía haber salvado dieciséis vidas humanas.  ¿Tan terrible habría sido que Trapero compareciera ante los medios aceptando haber recibido la advertencia; aceptando que todos los jefes de la lucha antiterrorista se equivocaron al evaluar su credibilidad; librando de toda responsabilidad a los Mossos d’Esquadra cuya conducta ejemplar nadie pone en duda; y, finalmente, presentando su renuncia irrevocable por su parte de responsabilidad en el error cometido?

Pero en vez de actuar con la dignidad exigible a una persona de su cargo, Trapero ataca al periódico que dio la noticia y reta al resto de la humanidad a que se atreva a decir que el atentado terrorista podría haberse evitado. El sindicato de su cuerpo le secunda y va más allá sentenciando que quien se atreva es ruin, o sea, vil, bajo, despreciable. ¿Y cómo reacciona el resto de los ciudadanos a esta falta de respeto chulesco?

Cuanto comentarista hay en este país se apresura a repetir una y otra vez que la culpa del atentado es de los terroristas por si lectores y escuchantes resultan ser tan imbéciles que no se han enterado o para evitar que les tachen de ruines, anticatalanes o conspiradores a sueldo del gobierno central. Reaccionan con miedo, un miedo que tapan balbuceando obviedades.  Corren tuiteros a poner verde al periódico que publicó la advertencia; a denunciar una conspiración contra los mossos y contra toda Cataluña. Esos no parecen tener miedo porque se sienten amparados por los poderosos que en Cataluña ordenan y mandan, aunque a lo mejor están de parte del poder porque también tienen miedo, miedo a ser expulsados del grupo en el que fundan su seguridad habiéndose dejado convencer de que ese grupo lo forma la mayoría. Otros tuiteros contestan tratando de argumentar el asunto racionalmente, pero son muy pocos, poquísimos. ¿Y el resto? Silencio. Son cosas de Cataluña, del coñazo catalán que sólo a los catalanes concierne. Son cosas de la política, eso que a todos acogota, pero contra lo que ningún ciudadano puede rebelarse; eso que no interesa a los ciudadanos normales porque contra un enfermedad crónica, ¿qué vas a hacer? Acostumbrarte a sufrirla mientras no te mata.

No se podría haber evitado un atentado en la Sagrada Familia o en el Parque Güell o el Paseo de Gracia, por ejemplo. No se podía haber evitado el de Cambrils. Pero digo y repito que el de Las Ramblas  sí se podía haber evitado. Y digo que me importa un cuerno que un sindicato me llame ruin por decirlo o que me caiga la amenaza del Mayor que insinúa “a ver quién es el guapo que se atreve a decirlo”.

Me atrevo yo, bloguera y activista que, según los baremos de evaluación al uso, no soy nadie. Pues alguien soy porque tengo voz y voto y porque estoy harta de me ninguneen los que se consideran importantes y lo son porque ganan sueldazos que les pagamos los millones de españoles a los que, por ser anónimos y no ganar sueldazos, nos consideran nadies sin más derecho que oír, ver y callar. Aunque, para ser más precisos, es evidente, a la vista de lo visto y oído,  que preferirían que fuéramos ciegos y sordos.

Como ciegos y sordos ha asistido la mayoría de los ciudadanos a la comparecencia de Mariano Rajoy en un pleno en el que debía explicar su actuación como máxima autoridad de su partido en casos de corrupción como el Gürtel. Mariano Rajoy se dio el lujo de no mencionar el asunto para el que se le había exigido comparecer con una desfachatez que confirma la absoluta falta de respeto que le merecen los nadies. Los nadies no increpan, no exigen, haga lo que haga. ¿Para qué hacer entonces o dejar de hacer teniendo en cuenta su opinión? La opinión ya la dan en las urnas sus votantes que le siguen y le seguirán votando haga lo que haga, diga lo que diga o no diga lo que no le dé la gana de decir, porque no se respetan a sí mismos; porque lo único que merece su respeto es su miedo, miedo  a que alguien o algo pueda sacudir los cimientos de su casa.

A pesar de este panorama trágico, patético, de individuos que van a la suya ignorando cuanto acontece al margen de sus barrigas, un puñado de nadies se niega a permanecer ciego y sordo; se niega a permanecer mudo. Son los comentaristas de las redes sociales que se informan para compartir información, que comentan  para compartir sus reflexiones y mover a los demás a reflexionar. Pero así como hay nadies que se creen álguienes despreciando la política por bodrio, los hay que desprecian las redes por cosa de jóvenes tontos o de viejos que no tienen nada que hacer. Y es cierto que las redes sociales están llenas de tontos y desocupados y de energúmenos que se excitan las suprarrenales insultando y de otro tipo de energúmenos que pueden resultar hasta peligrosos.

Pero también hay activistas políticos y sociales; jóvenes y viejos que asumen su responsabilidad como ciudadanos haciendo lo que la mayoría, por miedo o por pereza, se niega a hacer. Son estos los que día a día reivindican el derecho de los ciudadanos a ser respetados por los políticos que viven de sus impuestos. Son estos los que partiendo del respeto a sí mismos intentan reanimar el respeto a sí mismo de cada individuo para que la sociedad pueda exigir respeto a los políticos; el respeto que exige una auténtica democracia.

Somos relativamente pocos los que utilizamos las redes como arma de combate contra la política mercantilista, inhumana que está acabando con los derechos de los ciudadanos en el mundo entero. Pero cada día somos más, un poco más de voluntades que prenden como esquejes en el árbol social. Los políticos saben que esos esquejes pueden acabar en selva que les sofoque. Saben que puede llegar el día no muy lejano en que una cantidad considerable de ciudadanos informados y combativos les exijan respeto  si es que quieren ser elegidos y seguir cobrando. El trabajo, la función de los que día a día utilizamos las redes para orientarnos y orientar es conseguir que quienes gestionan nuestro dinero tengan que respetarnos de una puñetera vez.

 

 

 

La dictadura independentista

Desde ayer ya sabemos que el Govern de Catalunya tiene una ley en la que se basará la proclamación y el desarrollo de la República de Catalunya. Y desde ayer saben, los que se hayan tomado la molestia de leer las 45 páginas de esa ley, que el Govern de Catalunya y el Parlament a su servicio tienen la intención de separarse de España y hacer de Cataluña un estado bajo un régimen totalitario en discordancia con los países democráticos de Europa.  Un simple ejemplo: la imaginaria República de Catalunya ignorará la separación de poderes.

Dejo a los analistas el análisis en profundidad de la  Llei de transitorietat jurídica i fundacional de la república. Para eso les pagan. Baste decir que el documento es un disparate desde el punto de vista lógico, jurídico y hasta semántico. ¿No hay en Cataluña filósofos, juristas, lingüistas capaces de redactar un documento tan trascendental de un modo, al menos, formalmente correcto? Claro que los hay, y de prestigio internacional,  pero, o no les llamaron a contribuir en el diseño político del nuevo estado, o no hubo erudito dispuesto a poner su prestigio en entredicho   participando en una pantomima que ya ha trascendido el ridículo para convertirse en debate de  alienados.

Lo que interesa al lector anónimo para quien escribo, al lego en los intríngulis jurídicos y políticos, es cómo puede afectar esa ley a los catalanes y al resto de los españoles. Cómo nos afecta ya desde hace tiempo aunque hasta ayer  ha estado durmiendo en un cajón y hasta hoy no se ha presentado a trámite en ninguna parte.

Hace años que los catalanes vivimos bajo la dictadura del Govern y el Parlament independentistas.  La Asamblea Nacional Catalana, el brazo propagandístico más importante y sonoro del gobierno, ya ha abierto locales en los pueblos, ya pone paradas en los mercados  y en las calles preparando la manifestación del 11 de septiembre. No se puede decir que intente manipular con su propaganda; lo que hace es presionar a la gente con un descaro absoluto y una descarada prepotencia. Son pocos los que en las ciudades y pueblos de Cataluña se atreven a declararse públicamente contrarios a la independencia por miedo a enemistarse con parientes y amigos; por miedo a lo que más teme la gente corriente: el rechazo. El catalán al que repugnan la ideología de la extrema derecha de los nacionalistas españoles, el anti catalanismo de Ciudadanos, la política del Partido Popular, se ve incluido en esos grupos por los independentistas que no aceptan ni la más mínima razón contra la independencia. O eres independentista y aceptas sin cuestionar todo lo que declare o decrete el govern y todo lo que apruebe la mayoría en el parlament –mayoría en diputados, pero no en votos- o eres un traidor a Cataluña.

Todos sabemos, todos, todos menos los que han caído en el trance provocado por la sugestión colectiva inducida durante cinco años por los políticos que se dicen independentistas; todos sabemos, repito, incluyendo a todos los políticos de todos los pelajes, que ni habrá referéndum vinculante ni Cataluña se separará de España para constituirse en república independiente. ¿Por qué se empeñan entonces, el govern y los partidos que le apoyan en dar por hecho algo que es, rotundamente, imposible? ¿Por qué siguen  engañando a los catalanes independentistas y obligando a callar a quienes no lo son? Un brevísimo repaso al pasado más reciente permite comprender lo que sin explicación parece un episodio de locura colectiva.

Artur Mas decretó por sus fueros que las elecciones del 27 de septiembre de 2015 tuvieran carácter de plebiscito. Las elecciones al Parlament las ganó Junts pel sí, amalgama de grupos y personalidades independentistas.  El plebiscito lo perdió la independencia. La suma de las opciones no independentistas obtuvo más votos.  

Todos sabemos que la mayoría del pueblo catalán no quiere la independencia. Esto se habría manifestado en un referendo que  habría zanjado el asunto. Pero Mariano Rajoy y su gobierno se emperraron en negar a los catalanes el derecho a votar, como se emperraron en echar por tierra el Estatut de 2006 que había aprobado el Parlamento español y que aprobó la mayoría de los catalanes en referendo. Podía haberse encontrado alguna fórmula para dejar que los catalanes expresaran su voluntad sin violar la constitución, pero no quisieron. No quisieron porque no les interesaba. Si la mayoría de los catalanes hubiera manifestado su voluntad de permanecer en España, como sin duda hubiera ocurrido, el problema se habría terminado, pero ni al gobierno español ni al gobierno catalán interesaba que se acabara el ruido. 

Desde 2012, Artur Mas y después su encargado, Carles Puigemont,  han exhibido una voluntad inquebrantable de mantener la pugna contra el gobierno español exigiendo que Cataluña se convierta en una república independiente. Desde 2012, Mariano Rajoy y su partido han exhibido la voluntad inquebrantable de dejar que los políticos independentistas catalanes pataleen todo lo que quieran. El ruido acapara la atención de los ciudadanos para desviarla de la corrupción que hizo de Convergència i Unió y del Partido Popular unas organizaciones inmorales e inhumanas en las que su financiación y el lucro personal de sus cargos estaban por encima de los intereses de los ciudadanos. Uno en Cataluña y el otro en España se encargaron de degenerar a la sociedad convenciendo a la mayoría de los votantes, durante años, que a los políticos no hay que exigirles coherencia ética; que la corrupción no tiene por qué castigarse en  las urnas; que un país se puede convertir moralmente en una cloaca inmunda en la que solo los ingenuos se sientan incómodos y avergonzados.

Y así llegamos al día después de las últimas elecciones catalanas. Sin el más mínimo escrúpulo democrático, el govern y el Parlament de Cataluña, con Puigdemont y Forcadell a la cabeza, declararon su voluntad de gobernar y legislar única y exclusivamente  para los independentistas. El resto de los catalanes, es decir, la mayoría, no contaba según la premisa: los que no quieren que Cataluña sea una república independiente  no merecen ser considerados catalanes; luego govern y Parlament no tienen por qué tomarles en cuenta a la hora de gobernar y legislar.  No se ha gobernado ni legislado administrando los fondos públicos para el bien común. No se ha procurado solucionar o paliar los problemas que aquejan a una sociedad depauperada que va sobreviviendo en precario; unos, porque no tienen ni lo necesario para vivir dignamente; otros, porque no tienen la certeza de poder conservar lo que tienen. Todos los problemas se solucionarán cuando Cataluña sea una república independiente, dicen. Y quienes se han dejado hipnotizar por una propaganda brutal, se lo creen. Para financiar esa propaganda brutal a favor de la independencia, se han utilizado fondos que corresponderían a todos los catalanes. O sea, que todos, independentistas y no independentistas hemos tenido que financiar la propaganda con que a todos nos intentan manipular para que se vuelva independentista el que no lo es.

Convergència Democràtica de Catalunya, ya libre de  Unió, consiguió su propósito. Hasta ahora ningún político de ese partido ha tenido que pagar sus delitos ni, por supuesto, devolver el dinero robado a todos los contribuyentes. Cuando la cosa se le puso muy fea a un partido que llegó  a erigirse en fundador del país, se cambió el nombre creyendo que los catalanes aceptarían al Partit Demòcrata Europeu Català como formación nueva, sin lastre ni rastro de corrupción. Es decir, atribuyendo a los catalanes una ingenuidad rayana en la imbecilidad.  Tan convencidos estaban sus dirigentes de las pocas luces de los catalanes que no dudaron en nombrar presidente del nuevo partido a Artur Más. Seguro que nadie los iba a asociar a la antigua Convergència. Jugada genial. Si Cataluña consiguiera constituirse en república independiente, su nueva ley amnistiaría a todos los independentistas. ¿Y quién duda del independentismo de los políticos de Convergència? Con la república, la responsabilidad por el 3% quedaría borrada por la magnánima firma de quien fuera presidente del flamante estado.

En cuanto a la corrupción del PP, ¿a quién importa? ¿A quién va a importar estando en peligro la unidad de España? Pero, ¿verdaderamente está en peligro la unidad de España? Ni por asomo. En cuanto aparezcan las urnas o lo que se habilite para votar en alguna parte, sea donde sea, el Tribunal Constitucional, a instancias del gobierno, anulará la votación.  ¿Entrará en vigor la Llei de transitorietat? No en este mundo. En cuanto se registre en el Parlamente, el Tribunal Constitucional declarará su inconstitucionalidad. ¿Entonces? Entonces puede pasar una de dos cosas. O los más radicales de la CUP se ponen a quemar contenedores y los fanáticos más desequilibrados salen con palos a la calle a atacar a lo que sea que represente a España o no pasa nada que no haya pasado ya. Habrá elecciones anticipadas en Cataluña y, según las encuestas, será president de la Generalitat Oriol Junqueras y nos pasaremos cuatro años más dentro del bucle de pesadilla que llevamos años padeciendo.

¿Y los ciudadanos? Como los ciudadanos españoles. No cuentan. Los ciudadanos nunca contamos cuando los políticos se juegan el sillón, sean españoles de Cataluña o del resto de España.

 

 

 

Víctimas de la política

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De súbditos bajo la dictadura, pasamos a ciudadanos bajo la democracia. De ciudadanos de pleno derecho, pasamos a ciudadanos en riesgo de ser convertidos otra vez en súbditos. Y un día, casi sin darnos cuenta,  pasamos de súbditos a víctimas de unos políticos sin escrúpulos que alimentan con nuestra sangre sus ansias de poder.

Hoy lloramos los muertos de Barcelona y nos dicen que podían haberse evitado si hubiera habido mayor coordinación entre todas las fuerzas de seguridad del estado. Pero no la hubo, no la hay. Lo que sí hay son muertos y familias destrozadas. ¿Qué evitó y sigue evitando la coordinación necesaria? Las ambiciones políticas.

Hoy, los políticos y sus voceros dicen que los muertos podían haberse evitado si el ayuntamiento hubiera puesto obstáculos para impedir el paso de vehículos por Las Ramblas. De haberse impedido el paso de vehículos por esas ramblas en particular, ¿no habría buscado un coche asesino cualquier otra aglomeración de viandantes para perpetrar su carrera mortal? Entonces, ¿por qué culpar al ayuntamiento? No por esa reacción ante el daño que lleva a la víctima a buscar un culpable en quien descargar su dolor. Se busca señalar culpables que convengan a las ambiciones políticas.

Hoy el morbo se exacerba viendo en primera línea de una manifestación a enemigos irreconciliables manifestándose juntos con caras de funeral. ¿Unidos por el dolor o por la voluntad de no quedar al margen en una manifestación pública de dolor cubierta por centenares de cámaras de todos los medios del país? Todos aquellos cuya carrera depende del voto de los ciudadanos tenían que dejarse ver juntos en estos días, movidos por sus ambiciones políticas.

Y aquellos que no dependen del voto, también. ¿Hay algo más obsceno que violar la intimidad de un herido en un hospital dejando entrar a las cámaras en una habitación para fotografiar a una autoridad en el acto de dar su mano poderosa a un infeliz postrado en la cama?  ¿Tan excelsos se creen los que ostentan autoridad máxima que atribuyen a su mano facultades taumatúrgicas? ¿O será más bien que esperan del herido y de todos los que contemplen la fotografía  el agradecimiento por la magnanimidad del gesto?¿Qué hubiera pasado si el lesionado invadido en su habitación le hubiera dicho al excelso: “Oiga, ya que está, ¿me trae una botella de agua, por favor, o algo. Si no, ¿para qué viene?”  Va porque a la máxima autoridad, electa o no, conviene  cualquier gesto que ayude a su ambición de ganar votos o de que se mantenga y fortalezca el régimen. Va porque conviene a sus ambiciones políticas.

Con la manifestación del sábado que ya llega se habrá acabado la función. Los enemigos irreconciliables descansarán de sus ímprobos esfuerzos por fingir la unión de circunstancias. A partir del sábado, toca dar la vuelta a la máscara bondadosa para poner la cara de expresión feroz.  Los fieles votantes de un bando y del otro esperan  una batalla a muerte entre sus capitanes que mantenga el flujo de adrenalina del que se nutren sus cerebros. Y los capitanes se lanzarán con todas las armas de sus ambiciones políticas.

Los catalanes tendrán que olvidar pronto a las víctimas del atentado de Barcelona ante la tropa de propagandistas de la independencia que invadirá ciudades y pueblos para preparar la manifestación más multitudinaria de todas la manifestaciones multitudinarias de todos los onces de septiembre que se han visto. No habrá referendo legal y vinculante. Eso lo saben desde antes del principio los políticos que decidieron agitar el sentimiento independentista de los catalanes para mantenerse en el poder. No puede haber simulacro de referendo como el del 9 de noviembre de 2014 porque después no pasó nada y los catalanes ya no se van a creer el cuento de que pasará algo trascendental. El único golpe de efecto que queda a los políticos independentistas es una manifestación que saque a la calle a millones, a tantos millones, que en España y en el extranjero se le dé valor de referendo. ¿Pero es posible conseguir algo así? No es difícil.

Los políticos independentistas, de toda la vida o conversos, descubrieron, tiempo ha, un método infalible para conseguir prosélitos y movilizar a fieles, dudosos y hasta a reacios; la propaganda agresiva barrio por barrio, pueblo por pueblo, colegio por colegio. En este pueblo se pone la bandera independentista porque, ¿quién se va a oponer a que se ponga? ¿Se van a oponer los padres a riesgo de enemistarse con los hijos? ¿Se van a oponer los hermanos, los cuñados, los tíos, los primos a riesgo de crear rencillas familiares? ¿Se van a oponer los amigos a riesgo de perder amigos? Si algo han conseguido los políticos catalanes independentistas es merecer el reconocimiento universal como los manipuladores más efectivos de sentimientos y emociones. Las campañas propagandísticas de grupos civiles como la Asamblea Nacional Catalana no tienen parangón. ¿Quién se atreve a ignorarles en la calle de un barrio o de un pueblo cuando entregan panfletos? ¿Quién se atreve a rechazarles cuando se acercan, como los santos de los últimos días, a predicar y recabar adhesión? ¿Quién se atreve a negarse a que incluyan su nombre en la lista de personas que llenarán un autobús para ir a manifestarse? En ese barrio o en ese pueblo se conocen todos. A ver quién es el guapo que se atreve a verse señalado como traidor a Cataluña.

Probablemente, la manifestación del próximo 11 de septiembre será la más multitudinaria de todas las multitudinarias que se han visto. ¿Pasará algo trascendental después? Por supuesto que no. Los políticos catalanes seguirán gritando a los siete vientos que Cataluña es víctima de un gobierno centralista, ladrón y antidemocrático. Los otros políticos españoles seguirán repitiendo que están para hacer cumplir la ley y que la ley no permite votar si se quiere o no se quiere romper la unidad de España. Pero ni España ni Cataluña, esos territorios que sin habitantes no tendrían ni nombre, serán las víctimas de la intransigencia de los políticos de un bando o del otro. Las víctimas de las ambiciones políticas que  están deshumanizando el país han sido, son y seguirán siendo los seres humanos que lo habitan.

En Cataluña, bajo el gobierno de la derecha,  empezaron a recortarse los fondos para garantizar una vida digna a los ciudadanos antes que en el resto de España. Cuando en el resto de España el pánico por la crisis lanzó a la mayoría a refugiarse en la derecha, empezaron los recortes en derechos y siguieron recortes en las libertades para impedir protestas. En Cataluña y en el resto de España, el miedo sigue asolando las voluntades de los que ven caer a parientes, amigos y vecinos en las cunetas de la exclusión para no volver a levantarse. La mayoría ignora a los caídos por miedo a caer con ellos. Las calles se llenan de muertos en vida que corren a trabajar, a consumir, a hacer lo mismo que hacen los demás por miedo a verse privados  de la sacrosanta compañía de la sociedad de gente de bien.

Hoy lloramos a un número de víctimas de un atentado terrorista causado materialmente por un puñado de fanáticos, empujados estos al crimen por un puñado de poderosos cuya voluntad solo responde a sus ambiciones políticas. Lloramos por el otro sin darnos cuenta de que somos víctimas todos los que tenemos vida y hacienda en manos de políticos sin escrúpulos, a quienes interesa deshumanizar a la sociedad  para convertir a los ciudadanos en autómatas al servicio de sus ambiciones políticas.

¿Saldrán algún día los ciudadanos a manifestarse por las víctimas del salvajismo del poder?

Visca Barcelona! Visca Catalunya! ¡Viva España!

(Publiqué este comentario a un recuerdo de Facebook  en la sección de notas. Alguien consiguió eliminar la nota y romper el enlace. Sólo ha conseguido causarme el ligerísimo inconveniente de tener que publicarla aquí)

Hace siete años salí a las calles de Barcelona con una senyera. Fue una manifestación popular, familiar, pacífica, como todas las del 11 de septiembre. Fue como siempre, aunque llevábamos clavada la humillación más brutal que se le puede hacer a un pueblo en una democracia.

A pesar de que el Parlamento español había aprobado el Estatut de Cataluña y a pesar de que los catalanes lo habíamos aprobado en referendum por amplia mayoría, el Tribunal Constitucional había derogado sus artículos más importantes, algunos de ellos no cuestionados en los estatutos de otras autonomías. Nos sentimos despreciados como ciudadanos y como catalanes.

El jueves, la inmensa mayoría de los españoles nos transmitió su solidaridad y su apoyo. Los ciudadanos de toda España cerraron la fractura causada por el golpe de los políticos irresponsables. Los carteles y los mensajes llegados de todo el país diciendo “Somos Barcelona”, “Somos Cataluña” han provocado una respuesta en la mayoría de los catalanes: “Somos españoles”.

Ha habido voces discordantes, como siempre. Gentes de un bando y otro que no han tenido reparo alguno en utilizar a los muertos para hacer propaganda de su bandera. También con ellos hay que convivir esperando que el ejemplo de empatía, de solidaridad, algún día penetre en sus mentes; que algún día la razón arroje luz en esa zona oscura en la que bullen los prejuicios, los odios.

Hace siete años nos dividía el rencor. Hoy el dolor nos ha unido. Que mañana nos una aún más la voluntad de construir juntos una España más humana en la que podamos comprendernos, respetarnos y abrazarnos los ciudadanos de todas las naciones que componen el estado indivisible que a todos nos hermana.

Amigos

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Cuando recibí un mensaje de mi hijo el jueves, entre las 5 y 6 de la tarde, diciéndome que estaba corriendo por una calle de Barcelona, sólo pude contestarle: “Corre”. Su mensaje decía: “Cagant llets, mama. Cap a casa.”  Luego aparecieron frases de las que sólo capté palabras. Ni metro ni autobús. Ambulancias. Helicóptero. Collons.

No quise llamarle para preguntar. Mi alma estaba en sus piernas.  No quise detener sus piernas ni un instante. Esas piernas tenían que correr por donde fuera. Que nada interrumpiera su carrera por su vida.

Se me hizo un silencio absoluto, un instante de ese silencio que en la tierra no existe. Por un instante mi cerebro se encerró  como en una de esas cámaras que aíslan de todo sonido exterior. Un instante después, mi mente empezó a llenar el vacío con una avalancha de imágenes y mi cuerpo a reaccionar con una avalancha de sensaciones. El instinto de supervivencia de mi mente me llevó a la pantalla que tenía delante. Busqué Facebook. Escribí: “Mi hijo está bien aunque corriendo hacia su casa” o algo así. Empecé a clicar en todos los avisos de los periódicos a los que estoy suscrita. Me puse a compartir noticias teniendo de fondo a la Cadena SER. Tenía que mantener mi mente ocupada en algo que sirviera para algo. Ese era el único razonamiento que movía mi voluntad.

Y de repente, poco minutos, tal vez segundos después, empezaron a llegarme, en Facebook y Twitter, los comentarios de los amigos; amigos virtuales,  esos que los petulantes desprecian considerando falsa la amistad en las redes. Uno tras otro me comunicaba su alegría, me animaba, me aseguraba que mi hijo llegaría bien a su casa, todas esas frases que decimos para animar o consolar a un amigo cuando no podemos hacer otra cosa. Durante la espera infinita hasta que mi hijo llegó a su casa y me apareció su cara en la pantalla y su voz sonó diciendo que estaba bien, no estuve sola.

Mi hijo y yo hablamos,  mientras sonaban las sirenas, intentando librarnos del peso que nos asfixiaba. Cuando terminó la conversación, pensé enseguida en los amigos que me habían acompañado. Escribí rápidamente que mi hijo estaba a salvo y di las gracias a todos lamentando que no pudiesen ver hasta qué punto sentía el agradecimiento. Otra vez me abrumó una cantidad de comentarios de quienes compartían mi alegría. Otra vez, como tantas otras veces, reconocí en cada nombre, algunos conocidos por habituales y otros nuevos, a una persona, a un ser humano, que a solas en su casa se comunica con otro  para decirle que se ha puesto en su piel, que sabe y que comprende lo que siente, que está a su lado; lo más cerca que podemos estar uno del otro.

Al cabo de un rato, cuando la mente, agotada por la tensión, empezó a razonar en frío, aparecieron en mi memoria otros nombres, otras caras,  las del puñado de personas que debían haber aparecido y no aparecieron ni para preguntar; esas que, a saber por qué motivo, se declaran amigos para siempre, un para siempre que resulta ser un para siempre y cuando no interfiera en sus intereses, de la índole que sean. Aunque a algunos nos parezca increíble, fueron muchos los que ayer no se sintieron aludidos por lo que pasó el jueves en las Ramblas, muchos para los que la noticia fue una más de las que salen por la tele, una más que no tiene nada que ver con la minúscula parcela de sus vidas.

Comprendí que lo peor que podía hacer conmigo misma era dar pábulo a pensamientos dolorosos que se sumaran al horror por lo que había ocurrido. Me subí al coche como si me estuvieran persiguiendo y bajé a Lo Pont, el restaurante familiar donde como cada día. Allí volví a encontrar a los amigos. Cargados de trabajo, con el restaurante lleno, me prepararon una mesa y me dieron el calor que buscaba. De allí me fui al hotel Pessets buscando los ojos de una amiga en los que siempre he encontrado comprensión. Encontré lo que buscaba y algo más. Estaba por casualidad con su familia un hombre en el que siempre reconozco el pelo blanco brillante y abundante de mi abuela. El día me regalaba alguien de mi propia sangre, y el alma lo agradece porque la sangre fluye por un misterioso cauce común. Hablamos un rato en la terraza del hotel, y un rato aún más largo con su mujer y unos turistas de Barcelona que tomaban una copa en otra mesa; ambos empleados de El Corte Inglés a quienes no había pescado el horror porque ese mismo día habían empezado sus vacaciones en Sort. Volví a casa a una hora para mi intempestiva. Y a pesar de todo, pude dormir gracias a la receta del hijo mayor de los dueños de Lo Pont, una manzanilla con anís.

La tarde del jueves, el mundo no se detuvo en Las Ramblas. España tampoco. Brotó la solidaridad y la amistad con la fuerza de las emociones, pero también brotó el odio, la estupidez, la imbecilidad. A algunos les salieron los detritos que guardan en sus almas oscuras: xenofobia, etnocentrismo, nacionalismo,  antagonismos políticos; miserias de las que no pueden librarse ni un instante pase lo que pase.  Sus comentarios ensuciaron periódicos, Facebook, Twitter. Necesitan respuesta, no por la esperanza de hacerles razonar sino por la esperanza de que otros no caigan y se contagien de las mismas enfermedades. Pero será mañana. Hoy toca llorar de dolor por todos los que han perdido un ser amado y llorar de alegría por una buena noticia.

Hoy ha aparecido en un hospital Julian Cadman, el niño australiano de siete años que había desaparecido en el atentado de Las Ramblas. También su madre está en otro hospital, pero fuera de peligro. El padre está viajando hacia Barcelona. Quedémonos con este y con la certeza de que Barcelona está muy bien protegida, no solo por las fuerzas de seguridad. Está muy bien protegida por su gente. Ayer, unos vecinos de La Ramblas se enfrentaron a los neonazis que pretendían manifestarse contra los musulmanes.

El jueves, hoy y siempre, la vida nos va recordando que, a pesar de todo y de muchos, quien busca amor, lo encuentra, y que quien da y recibe amor vive, día a día, la mayor gloria de la condición humana.

PS. Después de noticias y desmentidos, hoy han confirmado que Julian Cadman está entre los fallecidos. No quiero eliminar el párrafo en el que celebré su aparición. Julian Cadman nos regaló un momento de alegría, una sonrisa, tan franca como la suya, cuando creímos que se había salvado. Quedémonos con esa sonrisa

 

 

Yo

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Hace poco, un amigo de Facebook comentó una nota mía tildándola de “yoísta”. Tan impresionado había quedado el hombre por lo egocéntrico de mi escritura, que dijo no haber visto tanto “yoísmo” en su vida. Agradecí su comentario de corazón y sin ninguna ironía. Él no podía saberlo, pero estaba elogiando mi coherencia, una coherencia que me ha costado mucho esfuerzo y muchos años alcanzar.

En un libro que escribí y se publicó en España y América allá por el 87, dediqué el penúltimo capítulo a la explicación y defensa de lo que llamé perspectiva egocéntrica. No era un invento mío, por supuesto. Lo mío era el término y la manera de enfocar el asunto. Lo resumí así: “Es en el espacio interior de cada individuo donde se decide la búsqueda de información, su integración y todas las relaciones que establece con el espacio externo a él…El hombre sólo puede conocer y actuar en función de su conocimiento, desde una perspectiva egocéntrica”.

Cada uno de nosotros tiene una realidad interior distinta a la del espacio que le rodea; un mundo absolutamente propio y sólo parcialmente comunicable. Es en ese mundo interior donde habita eso que llamamos Yo, el yo que percibe, piensa, siente, se emociona; el yo que decide nuestros actos, nuestra relación con el mundo de afuera.  Sólo desde el yo se puede entender el mundo y decidir qué vamos a hacer en él.

Pero ocurre que las convenciones sociales han querido darle un significado peyorativo a palabras como ego, egocéntrico, egoísmo. Convencionalmente, al Yo se le presenta como enemigo de cualidades bien consideradas y bien vistas como la humildad, la generosidad, el altruismo. Es decir, que eso que somos por dentro y que no podemos dejar de ser, resulta que es malo, razón por la cual tenemos que aceptar que todos somos malos o, como dice la Iglesia, pecadores. Lo que convierte al mundo en un valle de lágrimas,  y a nuestra existencia, en una tragedia sin remisión ni solución.

¿A quién se le ocurrió la brillante idea de convencer al ser humano de que es un ente infecto incapaz de cosa buena si Dios no le ayuda; condenado a complicarse y amargarse la vida, complicándosela y amargándosela, por extensión, a los demás? Respuesta fácil. Pergeñó la idea eso que llamamos genéricamente el Poder, incluyendo en el nombre a todos los seres infectos que a lo largo de los siglos han utilizado su fuerza, la bruta o la de cualquier otra índole, para exprimir al más débil. Destruye el amor y el respeto que un ser humano debe sentir por sí mismo si quiere cumplir su obligación natural de ser feliz, y tendrás un individuo dócil que no se atreverá a cuestionar ninguna norma que le impongan.

¿Y por qué sociedades enteras han aceptado los conceptos que el Poder les ha inoculado con el fin de destruir el Yo, único gobernante legítimo del mundo interior de cada individuo humano? ¿Por qué la mayoría acepta convertir su mundo interior y el de los demás en mero depósito de conceptos, valores y creencias ajenos, incorporándose y obligando a sus iguales a incorporarse al rebaño que transita, sin pensar,  por las colladas que le designa el Poder? ¿Por qué los domesticados acuden prestos a aplastar a cualquiera que manifiesta un yo saludable, libre, que se niega a dejarse domesticar? Otras preguntas de fácil respuesta; por el miedo.

El Poder se ha impuesto siempre por el miedo. ¿Significa eso que la mayoría de la sociedad es cobarde? Significa que la mayoría se aferra a la supervivencia sin saber que eso que en ellos se empeña en sobrevivir es su yo. La gran tragedia de la existencia de la mayoría de las personas es precisamente la lucha constante del yo por sobrevivir contra la constante presión de aquellos que intentan destruirle. El yo sufre, se queja de los ataques que recibe y son sus quejas y su pataleo lo que nos angustia, nos agobia y nos impide conseguir el equilibrio, llegar a esa satisfacción con uno mismo que es la felicidad permanente. Pero el yo, a pesar de las convenciones sociales y el miedo a rebelarse contra ellas, sólo se destruye cuando el cuerpo se apaga para siempre. Todos conocemos el “Pienso, luego existo” que se atribuye a Descartes. ¿Quién piensa? Yo. Y si pienso que existo no cabe duda de que existo.  O lo que es lo mismo, mi existencia depende del Yo que la confirma. De aquí que quien vive acallando o intentando ignorar eso que piensa y siente dentro de sí mismo vive luchando contra su propia existencia, es decir, se condena a una angustia perpetua cuya causa ni siquiera consigue identificar.

La humildad sincera nace de la inteligencia cuando realmente consiste en el reconocimiento de las propias limitaciones y debilidades. Cuando la humildad se exhibe porque está bien vista, es falsa, como lo es la modestia. ¿Por qué está feo que yo diga que mi hijo es muy guapo o que escribo muy bien? Estaría feo decir lo contrario porque sería una mentira. Estaría feo callárselo por no molestar a quien molesta que otros ejerzan su derecho a reconocer públicamente sus cualidades o sus éxitos. Este suele ser un miserable aquejado por un complejo de inferioridad o por una carencia real de cualidades que, en lugar de esforzarse por superar sus problemas, padece segregaciones biliares ante la superioridad de un prójimo. ¿Merecen estos infelices que uno se oculte bajo una falsa humildad por miedo al rechazo social?

La generosidad es una cualidad loable que se da en los seres humanos que sienten empatía por el otro. El altruismo supone llevar la generosidad al extremo de procurar el bien del otro aún a costa del bien propio. Pero es falso que la generosidad y su extremo no cuenten con recompensa. La recompensa inmediata del que da es la satisfacción que le produce dar. Hay personas muy generosas que dejan de serlo en cuanto el beneficiado deja de cumplir sus expectativas. Hay personas aparentemente altruistas que dejan de serlo cuando se dan cuenta de que vivir para los demás no es el fin para el que un ser humano ha venido a este mundo. La generosidad auténtica es la que nace de una auténtica empatía y la empatía solo puede sentirla quien se ama a sí mismo.

Hace poco decía una política en la radio: “Me da miedo la gente que no duda, que tiene las cosas claras”.  A mí, a mi yo, le dan pánico los políticos que no tienen clara cosa alguna. La duda es necesaria en el sentido cartesiano porque es lo que nos conduce en busca de la verdad; busca que no debe cesar mientras dura la vida. Pero en el sentido ético y moral, no solo hay que tener las cosas muy claras,  hay que ser intransigente con aquello que es ética y moralmente incorrecto. El respeto a la libertad y a los derechos humanos, por ejemplo,  es un imperativo ético y moral en toda circunstancia. El ser humano debe exigírselo a sí mismo y a los demás. Si uno comulga con los valores llamados de izquierdas, no se vale condenar los atentados contra la libertad y los derechos humanos que perpetran gobiernos de derechas y abstenerse de condenarlos si los perpetran gobiernos supuestamente de izquierdas. Quien tiene esas cosas muy claras, no dudará a la hora de condenar a Trump y a Maduro por igual. El gran hombre que fue Albert Camus dio un ejemplo al respecto cuando, perteneciendo al Partido Comunista, se negó a silenciar la existencia de campos en los que se esclavizaba a los trabajadores  en la Unión Soviética. ¿Por qué sigue habiendo tanto estúpido empeñado en atacar al contrario y silenciar todo defecto en quien considera correligionario?

Las sociedades humanas, todas, han persistido y persisten a lo largo de los siglos en matar el Yo de sus individuos. La mayoría de los individuos se dejan matar el Yo por el miedo más antiguo que a todos aqueja; el terror a la soledad, a ser excluidos del grupo, a quedarse solos. Lo cierto, lo indiscutible es que todo en lo que la humanidad ha conseguido evolucionar, se ha debido a las conciencias solitarias que han reflexionado en su propio laboratorio interior, y que analizando y buscando soluciones desde su perspectiva egocéntrica, han conseguido ir mejorando el mundo.

Yo tengo muy poca paciencia con los cobardes que, incapaces siquiera de aceptar su propia cobardía, atentan contra la valentía del individuo que se niega a seguir al rebaño.

 

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La derrota por la división

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Media España disfruta en las playas, en las montañas, aquí o en el extranjero. La otra media soporta como puede calor y penurias en sus casas agradeciendo el techo que aún les cobija, con el miedo, más o menos consciente, al día en que ya no lo tendrán. Una media ignora a la otra media. La primera, porque no es cosa de amargarse las vacaciones con problemas ajenos. La otra, porque no es cosa de agravarse su amargura pensando en lo que tienen los demás.

El principal partido de la oposición, el que podría disputar el poder a la derecha que nos gobierna con leyes inhumanas, está dividido. Una mujer que no acepta la derrota de su ambición por gobernar el Partido Socialista, se atrinchera en su feudo montando una guerrilla que desgaste al partido durante los próximos dos años para que en las próximas elecciones su Secretario General no tenga posibilidad alguna de triunfo, y su fracaso le permita a ella volver a ofrecerse para coser los harapos de un partido deshecho. Esa mujer es hoy por hoy el mejor aliado con el que cuenta la derecha para que el socialismo no le amenace el poder.

Cataluña se rompe. Un gobierno formado por un batiburrillo de grupos y personalidades independentistas que no obtuvo ni votos ni escaños suficientes para gobernar, asistido por los votos de un partido radicalmente independentista y anti sistema, se erige en defensor a las bravas de la independencia, ignorando a más de la mitad de la población que rechaza, tanto la secesión, como los métodos que el gobierno impone  para conseguirla. El govern ya no es el govern de todos los catalanes. Es el govern de los catalanes que quieren separarse de España; a los otros, que les den.

Venezuela espera en capilla a que se abra el matadero para que empiece a correr la sangre. Mientras  en Venezuela los odios se enconan y las salvajadas se multiplican, en nuestro país se invoca el nombre de Venezuela para poner etiquetas en un ejercicio de frivolidad imbécil. Venezuela, clama la derecha a tiempo y a destiempo para atacar a Podemos. Los irresponsables de Podemos, fieles a quienes les ayudaron a meterse en la política profesional, se niegan a condenar al bárbaro que, en su ambición demente por convertirse en dictador bananero,  ha empujado a la ruina a uno de los países más ricos del mundo. Venezuela, claman unos imbéciles que van de socialistas, defendiendo cualquier locura del aspirante a dictador, proclamándole defensor del socialismo a lo Cuba soviética y tratando de fascista a cualquiera que se oponga a la entronización del bruto inmaduro que quiere destruir el país. El vulgo, sin detenerse en consideraciones,  se divide entre los que defienden a la oposición venezolana porque la derecha los defiende y quienes defienden al tirano en ciernes porque los defiende la supuesta izquierda de Unidos Podemos.

Los Estados Unidos de América se descomponen. Los más ignorantes de la gran nación, defensores fanáticos de los intereses de su raza y de su credo, enemigos acérrimos de cualquiera que les dispute el privilegio de considerarse los únicos hijos de Dios, eligieron a un fanático de su tribu para gobernar los destinos del país y garantizar la supremacía de su país en el mundo. Ese fanático ha convertido a la primera potencia mundial en hazmerreír de todo el orbe y ha obsequiado a los políticos y anónimos más responsables con un motivo constante de preocupación. A nadie le cabe duda ya de que el presidente de los Estados Unidos padece un grave desequilibrio mental que pone en peligro la supervivencia del mundo entero.

¿A qué se debe esta epidemia universal de división que amenaza con desintegrar los fundamentos de la sociedad humana? El dinero colocó en los gobiernos a los defensores de la libertad sin límites para  hacer dinero; los gobiernos demolieron todos los diques que contenían la ambición de los amos del gran capital; la ambición se desbordó y los amos enloquecieron venciendo todos los escrúpulos y cualquier obstáculo que les impidiese aumentar su riqueza. No tuvieron en cuenta que, en su locura, estaban invocando a la Discordia para ofrecerle el reino de la tierra. O sí lo tuvieron en cuenta, pero no les importó.

Y fue así como la Discordia, madre de las Mentiras, del Desorden, de la Insensatez, de la Pena, del Dolor, de las Disputas, de las Batallas, de las Matanzas, de la Ruina, del Hambre  respondió a la invocación y volvió, con toda su prole,  a instalarse entre los mortales. Nunca estuvo lejos. La Discordia se alimenta de la estupidez, y estúpidos ha habido siempre.  Pero cuando en un momento dado se produce  en la tierra una superabundancia de estúpidos, la Discordia y sus hijos se desmelenan  poniendo al mundo patas arriba.

Media España disfruta en las playas, en las montañas, aquí o en el extranjero. La otra media soporta como puede calor y penurias en sus casas. A la mayoría de los que componen alguna de las dos mitades no le importa lo que pase en Cataluña ni en Venezuela ni en cualquier parte del mundo, España incluida. La mayoría no sabe quiénes  eran  la Discordia y sus hijos, no sabe de esas fantasías con que los griegos precristianos intentaban explicarse cielos y tierra sin dejar a las generaciones futuras otra tarea que la de racionalizar los productos de su imaginación. La mayoría no se pone a racionalizar cosa alguna que no sea lo imprescindible para sobrevivir, para ir viviendo en su valva con el menor esfuerzo posible. A la hora de elegir a quienes entregarán el gobierno de sus vidas durante unos cuantos años, votarán a quien mayor estabilidad les ofrezca. Si esos que prometen estabilidad la consiguen destrozando las vidas  de la mitad del prójimo, la otra mitad repite la pregunta de Caín: “¿Soy, acaso, el guardián de mi hermano?”  El mandamiento del Cristo ha caído en desuso. Difícilmente puede amar al prójimo como a sí mismo quien ha sacrificado razón, voluntad, sentimientos y emociones al culto del dinero.

El gran capital no ha logrado imponerse como amo único del mundo por la pericia financiera de sus magnates. Se ha impuesto dividiendo al género humano, mediante sus operaciones, en ricos y pobres; y dividiendo a los pobres en medio pobres, pobres excluidos de la sociedad y pobres sentenciados a morir de hambre. Hecha la división, encarga a sus medios de comunicación de masas que divulguen  urbi et orbi, con absoluta crudeza, las consecuencias de pertenecer a un grupo o al otro. El pánico a caer de categoría se apodera de los medio pobres; el pánico lanza a los excluidos a una lucha bestial por la supervivencia. Los unos y los otros se encierran en un egoísmo maligno que les ciega a todo cuanto ocurre a todos los que sobreviven a su alrededor.

Divide y vencerás, dicen que dijo Julio César y no ha habido quien quiera vencer que no le haya hecho caso.  Divide a un partido político, y ganará el contrario. Divide a la sociedad y ninguna de las partes tendrá fuerza suficiente para vencer al enemigo común. Dividiendo a la sociedad, fragmentándola en una miríada de individuos aislados e indefensos, el gran capital se ha asegurado su supremacía invencible.

Toda la España rica y poderosa disfruta en el mar o en la montaña, aquí o en el extranjero,  ajena a los problemas de quienes no pertenecen al círculo exclusivo de los ricos y poderosos. Estos también creen que lo que ocurre fuera de su círculo no les concierne. Estos creen que mientras mande el gran capital, tendrán sus privilegios garantizados; como creen los medio pobres que mientras mande el gran capital no les puede ir peor; como creen los excluidos que mientras mande el gran capital pueden seguir albergando la esperanza de que haya sobras para repartir y de que algunas les caigan por caridad.

Entonces, ¿tendremos que vivir, nosotros y nuestros descendientes, bajo la férula de los amos del dinero sin esperanza alguna de liberarnos, de integrarnos en una sociedad de seres humanos solidarios que se ayudan, los unos a los otros, a evolucionar? Suenan voces chillonas que dicen que hay que destruir el sistema. ¿Para sustituirlo por qué? Algunas de esas voces dicen que por la anarquía, vía libre al salvajismo prehistórico. Otras dicen que se tiene que imponer la dictadura de los más desfavorecidos, lo que significa la tiranía del populista que convence a los más desfavorecidos de que sin él no hay salvación. Estos gritones gesticulantes solo consiguen agravar el miedo de la mayoría, un miedo que les fuerza a preferir que  las cosas se queden como están.

Entonces, ¿no hay esperanza? Si la derrota del bien, de los valores que movieron a una mayoría sana a  luchar por una sociedad más justa y solidaria la perpetró la división, la única solución posible no puede ser más evidente: la unión. Lo único que puede derrotar al capitalismo salvaje es la unión de quienes estén dispuestos a combatirlo defendiendo los  valores y los derechos humanos.

Lo único que puede evitar la pèrdida  definitiva de los derechos y las libertades de todos es la unión del socialismo contra las consecuencias sociales del capitalismo salvaje. Hay que hacer entender a quienes dividen por intereses personales, que sus intereses están en peligro, como los de todos; que quienes dividen  debilitando al conjunto, no tienen lugar entre los que luchan por unir para vencer.

Lo único que puede evitar la derrota de todos los españoles es la unión de todos los españoles para devolver a la sociedad la dignidad que solo es posible cuando se observa una moral dirigida por la ética. Una unión que solo se puede conseguir sin miedos, sin complejos, sin falsos patriotismos, cuando todos los que se sienten auténticamente españoles abracen sin recelos, con pleno sentido de la propiedad, las culturas de todas las naciones que forman el estado indivisible que se llama España.

Lo único que puede evitar la derrota de todos los españoles es la defensa de los derechos humanos, aquí y en todo el mundo, y la condena rotunda y sin ambigüedades de la violación de esos derechos, ocurra donde ocurra, con la autoridad moral que otorga la decencia.

O nos unimos los decentes, los humanos, para combatir a los amos del capital o se nos meriendan y nos convierten en desechos. No hay otra.