Tragar sapos

Al grano.

Los militantes, simpatizantes y votantes del PSOE han estado tragando sapos desde la campaña electoral de 2015. Cada declaración, cada entrevista, cada manifiesto que en aquellos momentos salía de próceres del PSOE contra el candidato de su propio partido era un sapo que se tenía que tragar el ciudadano socialista viendo con estupor e impotencia cómo las perspectivas de voto disminuían a medida que arreciaban las declaraciones contra Pedro Sánchez. Esas declaraciones, ventiladas por todos los medios, sembraron dudas, confusión entre la gente de izquierdas. ¿Y cómo no? Si personajes tan sonoros del partido socialista dudaban en público de su propio candidato, aún a costa de hundir a su propio partido, debía haber razones de mucho peso contra Sánchez, de tanto peso que la élite del PSOE consideraba preferible que el partido se hundiera en las urnas antes de que un hombre tan nefasto llegara al poder.  ¿Es posible?, se preguntaba el ciudadano que acostumbra a preguntarse el contenido y los ingredientes de lo que le echan para deglutir, ¿es posible que algo tan grave como el hundimiento de un partido centenario responda simplemente a un asunto de animadversión personal? Cuesta creer que el presidente de una comunidad autónoma como Fernández Vara, por poner un ejemplo, o la mismísima encarnación histórica del PSOE como Felipe González, por poner otro, decidieran poner en grave peligro al partido sólo porque su Secretario General no les hacía caso. Son legión los que aún se preguntan: ¿es posible que personajes de ese calibre sean tan estúpidos como para ponerse zancadillas a sí mismos?

La confusión consiguió que muchos votantes socialistas se abstuvieran y que otros votaran por un partido de ideología semejante que no presentaba tan alarmantes signos de división. Los sapos se les atragantaron. Pero a pesar de todo, cinco millones de socialistas votaron por el PSOE de Pedro Sánchez consiguiendo mantenerle como jefe de la oposición. La cifra indicaba la fortaleza de un partido y de un candidato capaces de resistir el insólito y brutal ataque de los suyos. Pero, bien manipulado y ventilado el asunto, también podía exhibirse como el fracaso de Sánchez y el triunfo de los que habían prevenido a los votantes en su contra. Los críticos anti Sánchez se centraron en un solo argumento para seguir criticándole y exigiendo su dimisión: había conseguido los peores resultados de la historia del PSOE. Que esto no fuera del todo cierto, que fuera, en realidad, una falacia, no importaría a nadie. Lo único que importaba a los críticos era que los cinco millones de fieles se tragaran el sapo aceptando que, con la dimisión de Sánchez, el PSOE recuperaría todo su esplendor.

Pero Sánchez se negó a dimitir. Mostrando una valentía, una firmeza y un aguante extraordinarios, Sánchez manifestó su voluntad de continuar siendo el Secretario General del partido y de cumplir sus promesas electorales como jefe de la oposición. Los críticos intentaron minarle criticándole cada vez más en los medios. Las cualidades que hacían de Sánchez un líder sólido y creíble se ventilaron como pura obstinación en conservar el poder. Pero Sánchez resistía la avalancha con la cabeza afuera. ¿Qué hacer? Si se hubiera tratado de un asunto puramente personal, los críticos, sin otra alternativa, habrían esperado a que el díscolo y antipático personaje se quemara, friccionado a la derecha por el PP, y a la izquierda por Podemos. Pero había algo más, algo mucho más serio. Algo tan serio, que el 28 de septiembre los críticos consiguen que diecisiete miembros de la Ejecutiva dimitan para forzar la dimisión del Secretario General. El número no alcanza y la desfachatez de sumarse a los ausentes no cuela. Pedro Sánchez no dimite. Lo que hace es convocar al Comité Federal para proponer la celebración de un Congreso que permita a los militantes decidir lo que quieren hacer con el partido.

En dos días, los críticos deciden aprovechar el Comité Federal para lanzarse a por todas. Lanzarse a por todas significaba poner al PSOE en la picota: ventilar sus conflictos internos exponiéndole al escarnio público; ahondar su descrédito a sabiendas de que el partido resultante del cataclismo podía tardar décadas en recuperar su prestigio, su credibilidad y su peso social. ¿Estarían dispuestos los militantes a tragarse tan gigantesco sapo? Puede que ni siquiera se hiciesen esa pregunta. Ya no importaba quién ni cuántos estarían dispuestos a tragar. En ese Comité Federal se reveló finalmente la causa que animaba la histeria de los críticos. El PSOE tenía que abstenerse para permitir el gobierno del PP aún a costa de su propia supervivencia. Pedro Sánchez se negaba sin atender a otro argumento que no fuera cumplir con su promesa electoral de oponerse al gobierno de la derecha. Luego había que sacar a Pedro Sánchez de en medio costara lo que costara, aunque costara hundir al PSOE en la ignominia.

Y el Comité Federal consiguió que Sánchez dimitiera. Los militantes se encontraron de pronto con otro sapo que tragar: la Gestora. Entrando a saco, con la proverbial prepotencia de Alfonso Guerra, la Gestora empezó a apretar todo tornillo suelto para asegurarse la sumisión de todos los cargos del partido, encomendando a los cargos que atornillaran a los inferiores. A los militantes no les quedó otra que tragarse el sapo.

La Gestora, apoyada por los críticos, obligó a los diputados del PSOE a abstenerse. Otra vez el diputado Pedro Sánchez demostró su dignidad y su integridad entregando el acta antes que hacerse cómplice de una decisión que despreciaba la voluntad de cinco millones de votantes. Once diputados tuvieron el valor de votar que no arrostrando cualquier consecuencia. Los militantes, atónitos, tuvieron que tragarse el sapo de la abstención. A partir de aquí, el PSOE podía descansar de tanto barullo, alcanzando pactos puntuales con el PP y acompañando con fanfarrias cualquier logro en políticas sociales arrancado al gobierno, dando por triunfos consumados lo que eran solo proposiciones de ley.  ¿Quién lo iba a cuestionar? Los militantes habían tragado ya tantos sapos, algunos colosales, que no venía de uno más.

La Gestora tardó todo lo que quiso en convocar las primarias para elegir un nuevo Secretario General. Por un lado, se había anunciado como candidato Patxi López, abstencionista leal al aparato que, por lo tanto,  no suponía ningún problema para los próceres.  Pero he aquí que, por otro, el incombustible Pedro Sánchez se lanzaba otra vez a la lid con un ejército de militantes fieles que iba engrosando de población en población por donde Sánchez pasaba.

Los próceres perdieron los nervios. Pedro Sánchez volvía a amenazar el compromiso del aparato socialista con los poderes neoliberales de España y Europa; el compromiso de dejar hacer para que les dejarán vivir.  Si Pedro Sánchez conseguía hacer imposible el gobierno de Rajoy, las consecuencias caerían sobre las cabezas de quienes no hubieran podido impedir su segundo ascenso al poder del PSOE.

La histeria hizo presa de los próceres, y los próceres empezaron a quedarse en cueros haciendo locuras. Lanzan a Susana Díaz como candidata, asistiendo al espectáculo de su presentación y exhibiendo el poder de su elegida con la presencia en el acto de casi todo el aparato del partido. Están seguros de que los militantes, ante tanto poderío, se tragarán el sapo sin chistar. Pero Pedro Sánchez sigue convocando a multitudes. Parece que la mayoría de militantes ya no tragan. De nada sirve que Susana Díaz vaya de ciudad en ciudad quejándose del amargo dolor que le causa la desunión en el partido desde el escándalo del 1 de octubre. Los militantes se niegan a tragar. No hay corto que no sepa que Susana Díaz participó, que no sepa cómo participó en la conjura que asestó al PSOE un golpe de muerte.  Susana Díaz lleva por doquier un mensaje de compañerismo, de unión que la mayoría de los militantes rechaza por ver en sus discursos otro sapo que les quieren hacer tragar. Y ya no tragan. No tragan la neutralidad de la Gestora ni sus esfuerzos por obstaculizar el voto de los militantes afines a Pedro Sánchez. No tragan la pureza de Patxi López, autoproclamado candidato de compromiso para evitar que el partido se rompa. El partido está roto desde el 1 de octubre y quien no lo acepta abiertamente está ofreciendo a la militancia otro sapo a tragar. Y ya no traga. No traga que la Gestora no haya tomado medida alguna contra Miguel Heredia, hombre de confianza de Susana Díaz, grabado mientras soltaba una barbaridad tras otra ante Juventudes del partido. Para ocultar las más gordas, se da la orden de destacar la única que, siendo desagradable, no tiene la trascendencia de las demás. Heredia llamó hijaputa a Margarita Robles. Echad esto a la plebe y acudirán al escándalo como las moscas a la mierda. Pero los militantes no tragaron. De las palabras de Heredia, lo que saltó fue la calumnia contra Pedro Sánchez atribuyéndole pactos ocultos y el recurso a la mentira poniendo por testigo a Ignacio Fernández Toxo. Susana Díaz reaccionó declarando no estar de acuerdo con las palabras de Heredia. La Gestora también le desautoriza, y ya está. Lo demás, que se lo traguen los militantes como se han tragado todos los sapos hasta hoy. Pero los militantes ya no tragan. La mayoría de los militantes exigen en las redes, a diario, la dimisión de Heredia. Nadie les hace caso, por supuesto. Un aparato que ignoró sin empacho la voluntad de cinco millones de votantes, ¿cómo va a tomar en cuenta las exigencias de unos cuantos miles de tuiteros y feisbuqueros?

Miles de militantes manifiestan a diario en las redes que ya no están dispuestos a tragar más sapos; que ya no tragan ni los discursos apaciguadores de Patxi López ni los lacrimógenos de Susana Díaz. Que no van a tragar ningún chanchullo perpetrado por los próceres, la Gestora, Susana Díaz o todos los Tronos y Potestades del mundo preternatural para evitar que Pedro Sánchez gane las primarias. Contra quienes esparcen miedo como en algunos pueblos se esparcía sal contra las brujas, diciendo que si gana Sánchez se divide el PSOE, la mayoría de los militantes gritan que ya no tragan, que quien no sepa a estas alturas que el partido se dividió el 1 de octubre y se acabó de dividir el día de la abstención, es que es tonto de remate.

Tontos de remate parecen los que no se han dado cuenta de que los tragasapos ya no tragan. ¿Que por sabe Dios qué medios gana López o Díaz las primarias contra todas las encuestas y predicciones fiables? Si eso ocurre, son miles los militantes que manifiestan su voluntad de abandonar el partido y cabe suponer que millones de votantes le dejarán de votar. Puede que los próceres lo consideren un sacrificio necesario para proteger a las grandes empresas, a la economía global. Pero, ¿tendrán las mismas miras tan internacionalmente elevadas quienes trabajan en el PSOE esperando la justa recompensa a sus desvelos? ¿Qué pasará cuando empiecen los personajes y personajillos a pelearse por un lugar en las listas conscientes de que pueden quedar solo diez o, con suerte, veinte actas de diputado para repartir? Multiplíquese el número de las víctimas políticas de la hecatombe por el número de cargos en ayuntamientos, diputaciones, comunidades autónomas que exigirán su parte de un pastel que ya no existe porque próceres, Gestora y seguidores tragasapos se lo han comido. Pasará entonces que el follón en el PSOE será más violento y sonoro que todos los que se han visto y oído hasta hoy. A lo que el militante que ya no traga sapos responde que ya verán lo que hacen.

Ni próceres ni Gestora ni afines pueden ya confiar en que los militantes sigan tragando por su amor al PSOE. Los militantes socialistas, rojos según Lambán, hoy están dispuestos a enjugarse las lágrimas, apretar los dientes y abandonar el partido porque PSOE desnaturalizado ya no es el de sus padres, ya no es el que podría encandilar a sus hijos. Pedro Sánchez les dice que el PSOE es de los militantes y los militantes responden que, si no llega a serlo, se convertirá en una olla de grillos irrelevante, como otros partidos socialistas europeos, porque la mayoría de los militantes y votantes ya no está dispuesta a tragar.

 

 

 

 

 

 

Los próceres pasaron olímpicamente de esos cinco millones de votantes.

 

El PSOE sigue y seguirá dividido entre una élite oficial que preconiza una socialdemocracia de centro, dispuesta a pactar o a coalicionar con la derecha, y la socialdemocracia de siempre, de izquierdas, es decir, socialista.

Los partidarios de la versión descafeinada que hoy detentan el poder al haberse adueñado del partido, copian a la derecha la estrategia de prevenir contra radicalismos rompedores llegando a utilizar lenguaje franquista. Quien se aleja de la ortodoxia oficial es rojo. Eso sí, denuestan a cualquiera que cuestione su socialismo, acusándole de incurrir en el insulto y provocar la desunión.

Los socialistas de toda la vida que no están dispuestos a ceder el partido para que lo transformen en cara amable de la derecha están dando la batalla desde afuera. Cada vez son más los militantes que hablan en las redes de un cisma inevitable. Cada vez son más los que se atreven a decir con claridad que quien quiera pertenecer a un PASOK o a un SPDA que lo funde, pero que no se apropie de las siglas del PSOE para llevarlo a engrosar el limbo de la socialdemocracia europea.

 

 

 

 

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¿Qué le ha pasado a Felipe?

Hace unos días que el pragmatismo apareció en escena, cínico, brutal, y empezó a pegarnos bofetadas, de esas que un padre bruto, pero bueno en el fondo, pegaba en otra época a los hijos para prepararles a resistir la brutalidad del mundo. Apareció disfrazado de nombres sonoros, de los que no se pueden ignorar.  Y empezó a hablar con voces tan investidas de superioridad, que en este país no hay mortal que pueda fingir no escucharlas.

Primero fueron las voces de ex ministros de otra época. Resonaron, pero con el eco de los cementerios tras el ocaso. Son voces que ya no tienen nada que ver con los afanes cotidianos de quienes sobreviven en sus barrios, lejos de Europa, muy lejos de esos salones de conferencias que salen en los telediarios, llenos de viejos bien vestidos a quienes ya nada sienta bien, ni las sonrisas ni las risas estentóreas que les deforman la cara más aún que su decrepitud. Tras ellas, la voz del Gran Anciano, del artífice que convirtió la España de los extremos en medio laica, medio moderna, medio americana, medio europea –no pudo pasar del medio porque el pragmatismo se lo impidió. Convencido de su autoridad suprema por haber superado las fronteras de España, siempre casi africana y algo palurda, para ocupar un sitio vip entre la élite internacional, Felipe González habló como último recurso para infundir pragmatismo en el obtuso y terco cerebro de los españoles; y su voz conmocionó, sobre todo a quienes le tenían por salvador de la patria por la izquierda.

El 7 de julio del año en curso, Felipe González escribió un artículo en El País que el diario resumió con las siguientes frases: “El Partido Socialista debe aceptar el diálogo que le ofrece el candidato del PP, aun dejando claro que no tiene intención de integrarse en una coalición. Y las fuerzas políticas que no pueden formar Gobierno no deben obstaculizar su constitución”.

El resto del artículo sobra de principio a fin porque, sorprendentemente, no contiene ni una palabra ni una reflexión que los analistas de prensa escrita, de radio y televisión no hubieran repetido ad nauseam desde el 27 de junio; ni una palabra ni una reflexión que no se le hubiera ocurrido ya a un español pensante, que aunque parezca mentira, haberlos, los hay. Ya cerca del final, González sugiere que por fin va a revelar algún secreto  de su mente. Dice: “Los ciudadanos podrán entender que, a estas alturas de mi vida, se haya reafirmado en mi pensamiento…” El pulso del lector se acelera esperando la revelación. Pero González sigue: “la prioridad de los intereses generales de España y sus ciudadanos sobre cualquier otra. Y es precisamente esto lo que me lleva a pensar que el Partido Socialista ni puede ni debe entrar en coalición con el PP”.

¿Pero es que se le había ocurrido a algún dirigente socialista la posibilidad de tal coalición? ¿Era necesario que Felipe González nos atrajera con el engaño de permitirnos echar un vistazo al hermético contenido de su mente, para acabar revelándonos, como cualquier charlatán de feria,  que un plato es un plato? Es decir, que el artículo es de una presunción que irrita y una mediocridad que abruma. Tras un primer párrafo que da vergüenza ajena por recurrir a la resobadísima metáfora de “crónica de una muerte anunciada” que, en un día aciago de hace muchos años,  un plumífero le pilló a García Márquez queriendo dar más empaque a la sencilla frase de “como se esperaba”, Felipe González utiliza su nombre para dar lustre a una serie de reflexiones cuya repetición en bucle por todos los comentaristas ya había convertido en lo más común de los lugares comunes. ¿Qué tenía, pues, ese artículo de particular para que de él se hicieran eco todos los medios de este país y algunos del extranjero? Obviamente, la firma y el estar escrito en primera persona por alguien convencido de gozar en España, y hasta en Europa, del mismo predicamento que la reina de Inglaterra en Inglaterra; convicción que no se aleja mucho de la realidad.

Como si todos los medios de comunicación hubieran estado preparados para lanzar a los siete vientos, con amplificadores a tope, las palabras de González, todos los comentaristas empezaron a comentarlas momentos antes de su publicación.  Algunos sonaban como la sirena que anuncia un bombardeo; otros como amanuenses de un comunicado histórico. En un momento de emergencia nacional, ante la imperiosa necesidad de desatascar el sumidero por el que discurren las aguas residuales de la política española, antes de que sus efluvios y el tufo a podrido nos enfermen a todos, Felipe González iba a enviarnos, desde el Valhalla en el que habita en compañía de los héroes de las finanzas y  de los políticos amigos de los héroes de las finanzas, un mensaje rotundo con las instrucciones precisas para que Pedro Sánchez y el PSOE supieran lo que tenían que hacer.

La envergadura de la operación propagandística, empezando por crear expectación, hacía sospechar que la intervención de González se había acordado en un gabinete de crisis. Su futilidad nos recordaría poco después a aquel gabinete de crisis inolvidablemente histórico en el que el presidente Aznar y cinco ministros decidieron que el ejército asaltara a los seis soldados que ocupaban el islote de Perejil. Porque a pesar de todos los esfuerzos de la propaganda por anunciar la declaración de González  con fanfarria y concluirla con los rotundos acordes wagnerianos que anuncian el fin de la batalla del fin del mundo, su efecto no tardó en ser el mismo que había producido el  ampuloso informe  de Trillo sobre la épica gesta que devolviera Perejil  al dominio de España. A pesar de todos los esfuerzos de los medios y contra todo pronóstico, las palabras de  González cayeron, junto al discurso de Trillo, en el infamante foso del ridículo.

No merecían mejor destino. Primero, por la dejadez en el redactado del artículo que hace sospechar  la intervención de algún escribidor interpuesto. Segundo, por la soberbia de González de creer que su fama y autoridad aún tendrían el mismo peso veinte años después de haber desaparecido de la política cotidiana. Tercero, por ignorar que el vapuleo sufrido por el PSOE desde el desencadenamiento de la crisis y, particularmente y más bestia, por Sánchez desde su elección como candidato a la presidencia del gobierno, en vez de debilitar al partido y a su secretario general,  les habían curtido, endurecido, fortalecido; madurado al punto de empujarles a tomar sus propias decisiones y hacerse responsables de ellas  sin depender de consejos paternales. Pedro Sánchez, en nombre del PSOE, dio las gracias a Felipe González por sus consejos y le recordó que la decisión oficial de la Ejecutiva socialista era votar que no a la investidura de Rajoy.

Puede que González se quedara, tras la respuesta,  con el mismo estupor que demudó los semblantes de sus incondicionales tras enterarse de su apoyo a un nuevo gobierno del Partido Popular. ¿Qué le ha pasado al PSOE que ya no me escucha? se pregunta González. ¿Qué le ha pasado a Felipe? se pregunta el socialista de toda la vida cayendo en cuenta de que su ídolo es un simple  mortal.

A Felipe le pasó que, en cuanto se vio en la Moncloa, comprendió el significado del posibilismo y se desprendió de todo vestigio de integrismo ideológico para aplicarse a la tarea de modernizar una sociedad deshecha por cuarenta años de dictadura de los privilegiados, dotándola de un bienestar legislado por un estado garante de la cohesión social. Y la modernizó.

A Felipe le pasó que cuando dos histéricos obsesionados por su ambición empezaron a hacerle blanco de sus ataques para deribarle a toda costa, prefirió alejarse de una España cuya atmósfera  volvían a contaminar los aires rancios de la derecha inflexible y de la izquierda intransigente, la España que querían Aznar y Anguita. Y se dedicó a viajar para consolidar en el extranjero la imagen de la España moderna  que había superado la transición.

A Felipe le pasó que, consciente de que el capitalismo no se podía derrotar en un mundo entregado al dogma de que sin capital no hay bienestar, dedicó sus últimos esfuerzos como gobernante a paliar los efectos inhumanos del neoliberalismo hasta donde fuera posible. Pero tuvo que recortar, que liberalizar, tuvo que plegarse para evitar que la marea negra ahogara cuanto se había conseguido hasta entonces, consiguiendo con ello la más rotunda y universal incomprensión.

Y puede que, a partir de entonces, harto  de las miserias de una política empeñada en devolver España a su condición de miserable, decidiera dedicar el resto de su vida a ejercer el derecho a vivir como le diera la gana.

¿Cómo se le ocurrió entonces meterse de repente en la gallera para comprometer a su partido lanzandole por vía pública un consejo contrario al parecer de su ejecutiva y de la mayoría de sus militantes, simpatizantes y votantes? Tal vez porque alguien muy significativo le pidió que interviniera a ver si Rajoy salía de sus vacaciones en funciones de una puñetera vez y se ponía a cumplir los compromisos contraídos con Bruselas. Tal vez porque le pareció que una sociedad que aceptaba sin apenas protestas que unos estúpidos populistas, muy sonrientes y cariñosos ellos, resumieran la ingente tarea de sus cuatro legislaturas con el asunto de los GAL y su cal viva, no merecía mucho esfuerzo. ¿A quién, viéndose vilipendiado y difamado en las redes sociales y en cierta prensa,  no le entran ganas de encogerse de hombros y pronunciar un olímpico “que les den”?

Sólo Felipe sabe lo que le ha pasado a Felipe y con la conciencia de Felipe lo tendrá que resolver. Lo más razonable en estos momentos es que todos los seres pensantes de este país se pregunten qué nos ha pasado a nosotros, para averiguar si aún podemos retroceder a aquellos tiempos en que cada día era un paso hacia el progreso, hacia la mayor confianza en nosotros mismos, hacia un nuevo motivo de orgullo suministrado por nuestros esfuerzos.

Mientras tanto, empieza a ser noticia la firmeza de Pedro Sánchez y su ejecutiva. El PSOE demuestra su renovación y se gana el respeto de quienes le observan con objetividad sin dejarse manipular por la prensa. Mientras tanto, aún podemos albergar esperanzas.

¿Por qué quieren destruir al PSOE?

Si nos hacemos la pregunta pensando en el PP o en Podemos, la respuesta puede darla cualquier adulto normal con un mínimo de conocimientos sobre la política de este país y un mínimo de sagacidad. No parece tan sencilla si nos preguntamos por qué intentan destruir al PSOE dirigentes del partido y militantes que les siguen. Esa respuesta exige, probablemente, desde una información de la que carecemos la mayoría, hasta un análisis de la psicología de los personajes que a la mayoría también se nos escapa. No hay modo, por lo tanto de llegar objetivamente a una respuesta. Tendremos que conformarnos con lo que, en realidad, importa a los ciudadanos; ver si hay algún modo de detener el trabajo de demolición interna en el que esos líderes parecen empeñados.
Es evidente que tiene que haber cuanto antes un PSOE unido y disciplinado con políticos para quienes el bienestar de los españoles esté por encima de sus intereses y ambiciones personales. El PSOE es el único referente de una auténtica izquierda sin adulteraciones; tiene que ser referente de decencia en un país en el que la mayoría ha votado a un partido indecente.
 
Los militantes de base, a quienes Pedro Sánchez ha entregado el derecho a participar en las decisiones del partido, deberían pedir a sus dirigentes que dejen de hacer declaraciones públicas que perjudican el partido y sirven a los demás para destacar su división interna. Para hacer uso del derecho a opinar libremente, no hace falta hacerlo ante un medio de comunicación. Eso es ampararse en la libertad de expresión para hacer daño a un Secretario General que no responde a lo que ellos quieren.
 
Esos dirigentes que miran por sus intereses antes que por los de los ciudadanos, insisten machaconamente en que Pedro Sánchez obtuvo el peor resultado histórico del PSOE. A ese resultado contribuyeron los comentarios inoportunos de los mismos dirigentes que acudían a micrófonos y escribían dando consejos a Pedro Sánchez o cuestionando sus decisiones. Cada vez que uno de ellos lo hacía, sus palabras eran utilizadas por todos los medios para atacar a Sánchez y su equipo y para destacar los conflictos internos del partido, cosa que como todos saben, aleja a los votantes.  Los 85 diputados obtenidos por el PSOE fueron, en realidad, un triunfo sorprendente, considerando que Pedro Sánchez y el PSOE que lidera sufrieron durante más de dos años un ataque brutal desde todos los flancos, externos e internos. Solo la valentía y la tenacidad del Secretario General evitaron que el partido quedara relegado al lugar que le daban las encuestas.  
 
Ahora esos mismos líderes le piden a Sánchez que se abstenga para que pueda gobernar el PP. En primer lugar, abogan por un relativismo moral que permita al PSOE tragarse todos los sapos de la corrupción. En segundo lugar, saben perfectamente que con los recortes y los nuevos casos de corrupción que se avecinan, haber permitido gobernar al PP haría que los ciudadanos culparan al PSOE; confirmaría la campaña de difamación que durante años ha querido meter en los cerebros que PP y PSOE son los mismo; destruirían el partido socialista y con él la única posiblidad de que la socialdemocracia vuelva a regir los destinos de este país.
Pues bien, ya sabemos lo que hacen.  El por qué lo hacen solo lo saben ellos. Pero en estos momentos de auténtica emergencia para millones de ciudadanos abandonados a su desgracia  por el estado, las razones que puedan tener esos líderes no importan. Lo que importa por encima de todo es que dejen de dinamitar los esfuerzos de Pedro Sánchez y de su equipo por regenerar el país y mejorar la vida de los ciudadanos. A esta tarea deberían dedicarse todos los militantes manifestando su apoyo a su Secretario General y solicitando a todos sus líderes lealtad al partido y que se concentren en el trabajo que les corresponde  
preocupándose por los ciudadanos y no por sus propios asuntos.

A la mierda, dijo

¿Quién no recuerda el grito del cabreo de un hombre que subía a la tribuna del Congreso sabiendo que la voz se la habían dado los ciudadanos para que hablara en su nombre? Grito de furia contra unos diputados que abucheaban y se reían de su voz porque no les interesaba lo que decía; porque para esos diputados, la voz del ciudadano solo importa el día de las elecciones, y una vez conseguido escaño, sueldo y privilegios, levantan el puente y cierran el portal de su castillo para que no entre la chusma. ¿Quiénes eran esos diputados? Los diputados del Partido Popular, y se tiene que decir si no quiere uno caer en la equidistancia que es, hoy por hoy, el peligro más grave que se cierne sobre nuestra democracia.

Todos sabemos que las elecciones del 26 de junio las ganará la abstención. Durante los cuatro meses que ha durado este interregno absurdo, la práctica totalidad de la prensa ha hecho una campaña soterrada a favor de la abstención inoculando en oyentes, lectores y espectadores una sola idea fija para que penetrara en los cerebros con la fuerza del más potente eslogan: todos los partidos, todos los líderes políticos  son iguales. Si todos son iguales, piensa el ciudadano medio, ¿para qué voy a votar? Parecería, pues, que la prensa quiere desmoralizar a los ciudadanos hasta el punto de conseguir que la inmensa mayoría se quede en su casa causando una catástrofe política que no podría resolverse sin aplicar medidas de emergencia nacional. ¿Es esto lo que la prensa pretende? No. Todos sabemos que la abstención beneficiará al partido del gobierno en funciones.

Hoy, el día después de que la imposibilidad de formar gobierno se aceptara como inevitable, todos los medios del país destacan el fracaso de la izquierda para ponerse de acuerdo, culpando del fracaso, a partes iguales, a todos los líderes de los partidos de izquierdas. Solo les ha faltado el valor para decirnos, abiertamente, “Oiga usted, si es de izquierdas, quédese en su casa, no vote, ¿para qué va a votar si todos han fracasado?” Y es aquí donde la equidistancia se rompe, pero de un modo tan encubierto, que el mensaje entra en los cerebros por carambola. Si todos los líderes de los partidos de izquierdas han fracasado, ¿quién es el ganador?  Mariano Rajoy, por supuesto.

No se puede decir que la prensa no sectaria haya ocultado los casos de corrupción en los que se inculpa al Partido Popular ni que hayan intentado ocultar o minimizar la responsabilidad de Mariano Rajoy en esos casos como presidente del partido. No se puede negar que la prensa no sectaria ha cumplido con la tarea de informar sobre la corrupción con puntualidad y exactitud. Entonces, ¿no se puede decir que eso pone a Mariano Rajoy y su partido al mismo nivel que los fracasados eliminándole como opción digna de ser votada? No.

Los resultados del 20D demostraron indiscutiblemente que los ciudadanos de este país no consideran que la corrupción sea motivo para no elegir a un político,  luego se puede ventilar la corrupción de quien sea, todo lo que se quiera, sin peligro de que influya en el resultado electoral. Lo que sí influye es destacar que hoy por hoy, el único valor seguro con el que cuentan los españoles es Mariano Rajoy por su firmeza, su entereza, su sapiencia, su conocimiento del patio y una cara tan granítica como su entrañas.

De la debacle de estos cuatro meses, el único triunfador ha sido quien se negó a que los españoles vieran su investidura derrotada y a quedar, por lo tanto, ante la opinión pública como un fracasado; quien se negó a entrar en negociación alguna con quien no le aceptara como triunfador en las elecciones y con derecho a imponer, por lo tanto, las políticas con que se tenía que gestionar el país; quien se tomó cuatro meses de descanso alejándose de cámaras y micrófonos, dejando que fuesen los líderes de izquierdas los que se quemaran, para reaparecer, en la nueva campaña,  con toda su lozanía, perfectamente en forma, vencedor de unos jóvenes inexpertos, incapaces, fracasados.

Toda la prensa ha destacado hoy el triunfo de la estrategia de Mariano Rajoy con el mismo ahínco con el que ha adjudicado el fracaso a los líderes de izquierdas, a todos por igual, metiéndolos a todos en el mismo saco de los perdedores.  Toda la prensa ha dedicado el primer día de la nueva campaña electoral a orientar el voto hacia la derecha a sabiendas de que un nuevo triunfo del Partido Popular significará cuatro años de sufrimiento para los millones de españoles que el gobierno del  Partido Popular dejó en la cuneta; de incertidumbre para otros tantos millones; y para todos, de servil acatamiento de las medidas neoliberales impuestas por los poderes que dirigen a la Unión Europea. Ante toda esa prensa, tranquila por estar dentro y a favor de la corriente, como aquellos diputados que se reían y abucheaban al salmón que desde la tribuna del Congreso les hablaba de las necesidades de las personas, uno vuelve a ver y a oír  a Labordeta, que en aquellos momentos era la voz de la dignidad humana, gritar a todos los políticos de derechas y a todos los que hoy han empezado a hacerles campaña para que vuelvan a ganar: “A la mierda. Váyanse ustedes a la mierda”. Grito para desahogar la impotencia que hoy podemos, además, disfrutar como venganza que la dura realidad nos sirve en frío y por adelantado. Porque esta vez, a la mierda nos iremos todos, desde el ciudadano más infeliz, al político y periodista más prominente. Aunque, bien pensado, no tendremos que ir a ninguna parte. Cuatro mil millones de razones caerán como otra plaga sobre nuestro país y el gobierno del Partido Popular les dará la bienvenida de tal modo, que para llegar a la mierda, los españoles no tendremos que dar ni un solo paso.