Piensa mal

Me van las teorías de la conspiración; entre varios motivos, porque hasta ahora me han ido muy bien para mis predicciones. Desde que me puse a publicar mi opinión sobre la situación política de España, me he dejado llevar por un refrán que repetía mucho mi madre: “piensa mal y acertarás”. No me gustaba, aunque comprendía perfectamente sus motivos. Es muy difícil conservar la ingenuidad y el optimismo cuando te ha tocado pasar la infancia en una guerra y la adolescencia en una posguerra de oscuridad y hambre. Yo pude darme el lujo de cultivar a toda costa ambas cosas comparando los recuerdos de mi madre con las circunstancias privilegiadas en las yo iba creciendo. Hasta que, con muchos años encima, me ha tocado vivir en una España decorada de modernidad, pero tan oscura y famélica en el fondo como la que tuvieron que sufrir mis antepasados. Hace años que pienso mal sobre los poderes económicos y políticos de este país, y por eso, hace años que en mis análisis y en mis predicciones, acierto.

Como dije y escribí cuando Artur Mas se convirtió de súbito a la causa independentista, el asunto olía a pacto, explícito o sobrentendido, entre Mas y Rajoy. La crisis, y sus terribles consecuencias para millones de españoles, habían desgastado a los partidos que ambos lideraban; Convergencia y Partido Popular, idénticos en ideología y desprecio a la ética. Ambos se sentían fuertes y firmes sobre los fundamentos que les proporcionaba el apoyo de los poderes económicos españoles y extranjeros, pero les fallaban las piernas cuando analizaban encuestas. Habían recortado tantos derechos a los ciudadanos y habían robado tanto que empezaron a temer la venganza de los perjudicados. Porque España seguía siendo una democracia en el sentido moderno del término, es decir, un sistema en el que a los ciudadanos se les da voto cada cuatro años, más o menos, para elegir a sus gobernantes.  Y gracias a ese único derecho garantizado, los ciudadanos pueden obligar a los de arriba a tenerles en cuenta, aunque solo sea cuando les convierten en ingredientes de la gran masa que las encuestas cocinan para informar a los que mandan cómo lo tienen para seguir mandando.

Mariano Rajoy y Artur Mas lo tenían muy mal porque lo ciudadanos ya les veían como los causantes de su desgracia. Entonces se les ocurrió, por separado o en contubernio, eso nunca lo sabremos,  la brillante idea  de montarse una traca diaria para capturar la atención de la gente desviándola del análisis de su problemas, de los culpables de su problemas y de las posibles alternativas para sustituir a los culpables de sus problemas quitándoles el poder de amargarles la vida. Ninguno de los dos se puso a trabajar para atraer votantes y recuperar a los perdidos solucionando problemas sociales. En vez de ese esfuerzo, arriesgadísimo por muchos motivos, ambos decidieron ofrecer a la gente una fiesta perpetua, una especie de batalla de moros y cristianos  interminable. Y la estrategia se ha demostrado genial.

La traca la montó en Cataluña Artur Mas con el “España nos roba, vámonos de España” y en España la montó Rajoy con el “quieren romper a España y no lo voy a permitir”. Quien repita lo que ha pasado en estos cinco años pierde el tiempo escribiendo palabras que no le va a leer ni su abuela. Estamos hartos, todos estamos hartos de oír y leer las mismas crónicas de preámbulo que acaban con las mismas conclusiones. Lo esencial, lo importante es que la traca del desafío catalán convenció a los españoles de que los problemas como la corrupción y la calidad de su vida cotidiana eran asuntos insignificantes comparados con la tragedia de que a la España inmemorial, llamada a ser eterna por la gracia de Dios, le arrancaran el miembro más importante de su aparato locomotor; mientras la traca de la independencia conseguía lo mismo en Cataluña. Daba vergüenza ponerse a pensar en recortes al bienestar social de los catalanes y en la corrupción de sus gobernantes cuando Cataluña estaba a punto de convertirse en una República que manaría leche y miel, a la que correrían a invertir las empresas más importantes del mundo y que sería reconocida  por el mundo entero como modelo de libertad y prosperidad.

Dicen los que dicen siempre lo mismo que el error más gordo de Rajoy y el PP fue la recogida de firmas contra el estatuto catalán en 2006 y utilizar su influencia en el Tribunal Constitucional para que se cargara al susodicho. Falso. Fue su mayor acierto. Esa humillación brutal a los catalanes consiguió exacerbar el sentimiento independentista aún en aquellos que no se habían dado cuenta de que ese sentimiento suele venir de fábrica. Rajoy sí se había dado cuenta y por eso lo utilizó, con pleno conocimiento de causa, para conseguir su propósito. Dije y escribí en un artículo que se publicó el 28 de junio de 2015 que Mariano Rajoy es el hombre que mejor conoce a los habitantes de este país. Ese conocimiento le permite seguir convenciendo a la mayoría de que fuera de su amparo, España no tiene salvación. Ahora menos que nunca. (Ofrezco el enlace a ese artículo al final para no interrumpir la lectura de este).

Dicen que el gran error de Mas fue unir su voz y la de su gobierno al clamor de los catalanes humillados. Falso. El apoyo del gobierno catalán con su líder mesiánico a la cabeza  hizo del independentismo una causa nacional para librarse de un estado opresor, y de la independencia, una esperanza, con el triunfo garantizado a corto plazo. A partir de aquí, Rajoy, tranquilo, más tranquilo que nunca para seguir recortando derechos y libertades a placer, y Mas, convencido de que podía seguir con su política antisocial, tan tranquilo como Rajoy. ¿Y la corrupción? Nada. En este país casi todos piensan que el que no es corrupto es porque no puede. Se puede contar con el perdón general, por lo menos a la hora de votar, que es lo que importa.  Quien diga que esa estrategia era errónea o no sabe de lo que está hablando o no se atreve a decir lo que piensa.

Hoy, casi todos los analistas políticos de casi todos los medios acusan a Rajoy de haber judicializado la política pasando a la Justicia la solución de la crisis catalana, en vez de resolver el problema políticamente mediante el diálogo. Dicen, y con razón, que eso está haciendo un gran daño a las instituciones. A las instituciones sí, pero no a Rajoy y al PP. El 23 de noviembre de 2014 escribí y se publicó un artículo en el que afirmaba que el gobierno estaba llevando a cabo una demolición de las instituciones deliberada con el objetivo de perpetuarse en el poder. (Ofrezco el enlace a ese artículo al final).

Exactamente lo mismo hicieron, en Cataluña,  el sucesor de Artur Mas  y su gobierno con idéntico objetivo. El 6 y 7 de septiembre del año pasado, la mayoría independentista se cargó el prestigio del Parlament y de paso a la democracia aprobando la ley de transitoriedad y la ley del referéndum sin tener en cuenta a la mayoría de los catalanes. A partir de ese momento, Puigdemont se instala en una autocracia donde no vale  ley alguna que no sea la promulgada por su santa voluntad convertida, por su santa voluntad también, en la voluntad de todo el pueblo de Cataluña. Los analistas hablan de esperpento, de circo, y con razón. En lo que se equivocan es en suponer que se trata de un vodevil improvisado. Tanto Puigdemont como Rajoy saben perfectamente lo que están haciendo y no mueven pieza sin haber pensado muy bien la jugada.

Todos los analistas políticos confiesan que no saben lo que va a pasar. Los españoles, catalanes incluidos, se sumen en la incertidumbre. Hay miedo en Cataluña y en el resto de España porque ya han dicho que la crisis catalana va a afectar a la recuperación económica. ¿Qué mejor panorama que el de incertidumbre y miedo para que los ciudadanos vuelvan a votar al partido que garantiza la estabilidad, por precaria que sea, y que está dispuesto a lo que sea para evitar que España se rompa? ¿Y qué mejor panorama para que los independentistas catalanes sigan votando a los únicos partidos dispuestos a luchar contra el estado opresor, cueste lo que cueste y por lo medios que sea, para conseguir, por fin, la ansiada República de Catalunya?

Yo sí creo que sé lo que va a pasar y me arriesgo a decirlo porque no tengo nada que perder. Sí investirán a un president de Junts per Catalunya, que será una marioneta de Puigdemont como Puigdemont lo fue de Artur Mas.  Sí se comprometerán, el nuevo president y su govern, a continuar con el procés. Sí seguirán dando sorpresas. Sí seguiremos dando vueltas en el mismo bucle y oyendo y leyendo en la prensa lo que vaya ocurriendo en Cataluña, mientras todas las otras noticias, juicios por corrupción incluidos, pasan a segundo lugar. ¿Hasta cuándo durará esto?  Hasta las elecciones generales. ¿Y después? Ni los meteorólogos son capaces de predecir a tan largo plazo.

¿Es o no es una estrategia genial? Tan genial, que quien piensa mal, como yo, sospecha la intervención de inteligencias superiores. Porque el asunto tiene un doble fondo. Mientras la derecha, constitucionalista e independentista, mina la democracia y pervierte los valores de la sociedad, se asegura, al mismo tiempo, de que el socialismo vaya perdiendo fuelle en España, como lo ha ido perdiendo en todos los países del primer mundo; se asegura de que el socialismo  pronto deje  de ser un peligro para la derecha y  el gran capital que la sostiene.

América y Europa se rinden ante personajes populistas que predican la salvación por la insolidaridad; que denuestan los valores humanos. Esos personajes consiguen hipnotizar a millones con discursos populacheros convenciéndoles de que esos valores buenistas han sido  la causa de todos los problemas que les afligen. La Historia enseña que las grandes crisis producen las condiciones óptimas de las que se aprovechan los oportunistas para exacerbar las peores emociones de la masa. La crisis alemana que siguió a la primera guerra mundial, por ejemplo, brindó la gran oportunidad a Hitler y a su partido.

¿Y el socialismo español, dónde está? Ese será el tema de mi próximo artículo. La crisis de Cataluña ya no da para más, como no sea para seguir distrayendo al personal que no tiene bastante con el fútbol.

Así habló Mariano, el profeta

Objetivo demolición 

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Frenazo o empujón

Como presidenta de la Assamblea Nacional Catalana, Carme Forcadell desató una campaña nunca vista para convencer a los catalanes de que la independencia era posible y de que todo patriota catalán estaba obligado a luchar por conseguirla con manifestaciones multitudinarias que conmoverían al mundo y harían que la presión internacional forzara al gobierno de España a permitir la secesión de Cataluña.

La propaganda, utilizando todos los recursos de sugestión y manipulación, convenció a un gran número de catalanes de que los efectos de la crisis económica eran culpa de España, de que bajo la independencia todos esos efectos desaparecerían y de que Cataluña volvería a ser un país próspero, digno miembro de la Unión Europea, que iba a recibirla con los brazos abiertos.

Todo era mentira.

Después de permitir que la Ley del Referendum y la Ley de Transitoriedad Jurídica y Fundacional de la República fuesen aprobadas contra las órdenes del Tribunal Constitucional, y saltándose el reglamento de la cámara para neutralizar a la oposición. Carme Forcadell, premiada con la presidencia del Parlament por su labor al frente de la ANC, proclamó ambas leyes imponiendo una legalidad catalana al margen y en contra de la legalidad del estado. Los catalanes se encontraron de pronto en un estado nuevo bajo un nuevo sistema legal que los obligaba a todos, tanto a la minoría independentista, como a la mayoría que no lo era.

En la práctica, se abolió la democracia.

Las consecuencias de todo el proceso hacia la independencia fueron la división de la sociedad catalana con deterioro de la convivencia, el deterioro de los servicios sociales, la escapada de empresas asustadas por la incertidumbre, la disminución de puestos de trabajo y la caída del PIB.

Ahora Forcadell, para librarse de la cárcel, dice al Supremo que la proclamación de la independencia fue simbólica, sin ningún efecto jurídico. Es decir, que todo fue un teatro que se hizo para complacer a aquellos que se habían tragado sus mentiras. Y dice, además, que acepta la aplicaciòn del artículo 155 de la Constitución por medio del cual Cataluña ha perdido su autonomía hasta la celebración de las elecciones el 21 de diciembre.

Cataluña sale del procés humillada ante España y ante el mundo, más empobrecida, partida por la mitad. ¿Cómo salen los que organizaron este desastre?

Puigdemont monta su teatro particular en Bélgica auto proclamándose presidente de una república que no existe, aprovechando cualquier ocasión para desprestigiar a España y, por ende, a Cataluña.

Forcadell paga una fianza de 150.000€ para eludir la cárcel.

Evidentemente, los políticos independentistas no sufren las mismas estrecheces económicas que los ciudadanos.

Artur Mas aprovecha entrevistas para pedir a los catalanes que contribuyan con su dinero para pagar los dos millones y medio de euros que le exige el tribunal por haber financiado de forma indebida el remedo de referéndum que se hizo el 9-N de 2014. O sea que todos los catalanes, independentistas y no independentistas, tuvieron que pagar por esa consulta ilegal y ahora Mas les pide que vuelvan a pagar para evitar que le embarguen sus bienes.

Todos los catalanes tuvieron que pagar todos los gastos que ocasionó el referéndum del 1 de octubre. Cuando se hayan cuantificado y se carguen a quienes promovieron y llevaron a cabo ese referéndum, se pedirá a todos los catalanes que lo vuelvan a pagar para que sus políticos no sufran las consecuencias de sus actos.

La locura independentista llegó esta semana a su punto álgido. La entrada en prisión de parte del ex govern movilizó a multitudes de independentistas, instigadas por Puigdemont en el “exilio” y todos los demás líderes, para pedir la libertad de los que llaman presos políticos.

Esas multitudes cerraron carreteras y vías de tren impidiendo a la mayoría de los catalanes acceder a los puestos de trabajo y a sus casas; causando perjuicios a los transportistas, muchos de ellos autónomos, que intentaban llevar sus mercancías para ganarse el pan. Hoy amenazan con cerrar las fronteras hasta conseguir sus fines. ¿A quién perjudican estas manifestaciones?

La paralización del país no perjudica a nadie más que a los catalanes. El procés independentista ha sido una estrategia maléfica que ha estado a punto de hundir a Cataluña, o sea, a todos los que viven y trabajan en su territorio.

¿Podemos decir que con las elecciones Cataluña se habrá salvado, que empezará la reconstrucción de tanto destrozo y que caminará hacia la normalidad? No; rotundamente, no.

Carme Forcadell puede empezar a decir que dijo lo que dijo ante el Supremo para no tener que ir a la cárcel. Que la validez de declaración de independencia la da la gente y que en una democracia es la gente la que tiene que decidir. Es la falacia que han utilizado durante cinco años para sacar adelante su procés.

Esquerra Republicana de Cataluña ha sido siempre independentista y no dejará de serlo ahora por más que Oriol Junqueras salga de la cárcel con el halo de mártir. Dicen las encuestas que ganará las elecciones del 21 de diciembre. Para ganarlas sabe que no puede espantar a los votantes independentistas renunciando a un referéndum de autodeterminación, y sabe que no puede seguir con el rollo independentista si no quiere volver a prisión por repetición del delito. Pero no le resultará difícil conjugar ambas cosas. Acostumbrados como están esos lideres al uso de mentiras y falacias para inocular sus mensajes, Junqueras se dedicará a prometer reformas sociales en concordancia con la palabra esquerra que lleva el nombre de su partido. Pocos le recordarán que nada hizo por la justicia social en Cataluña, obsesionado como estaba por la ejecución del procés. Junqueras confía en que la manipulación realizada durante cinco años de propaganda haya inhabilitado totalmente la facultad racional de suficientes catalanes como para garantizarle el triunfo electoral.

Así que hacia las elecciones se dirigen ERC en una esquina y Ciudadanos, exhibiendo musculatura de derecha matona, en la otra. En el medio, Miquel Iceta Llorens y el Partit Socialista de Cataluña. Difícil posición de árbitro en medio de dos contrincantes dispuestos a todo por ganar la pelea.

Miquel Iceta ocupa, en efecto, la posición más ingrata, menos comprendida y que menos arrastra. Donde hay guerra, predica y promete paz. Donde hay odio, predica y promete escuchar al contrario y llegar a una síntesis que convenza a las partes. Donde hay resignación y desencanto, predica y promete volver a ocuparse de los problemas que afectan al ciudadano: el empleo, la justicia social.

Miquel Iceta predica la necesidad del esfuerzo; de empezar, chino chano, la larga caminata que nos espera para reconstruir todo lo que se ha destruído. 

Predicar la necesidad del esfuerzo por limpiar y reparar los destrozos que ocasionó el carnaval, ¿conseguirá atraer los votos necesarios para evitar la repetición de la pesadilla independentista? La irresponsabilidad de los líderes independentistas, algunos conversos como Artur Mas,  hizo de la política catalana, durante cinco años, un programa propio de la telebasura, agitando emociones que estimularan las glándulas del espectador, proporcionando a los fans el placer de la diversión.

¿Podrá la mayoría de los catalanes recuperar el uso de su facultad racional y comprender la necesidad del esfuerzo, por árido que sea, para reconstruir su maltrecho país? Si no lo recuperan, la decadencia de Cataluña seguirá conduciendo a todos precipicio abajo hasta tocar fondo. Y no será Cataluña la que se estrelle. Cataluña es solo el nombre de una nación. Los que se estrellarán serán los catalanes que la habitan.

Las elecciones del 21 de diciembre pueden ser el frenazo que evite la caída o puede ser el empujón definitivo al fondo del pozo.

 

 

 

 

El timo de los tres siglos

(Este artículo lo escribí y se publicó en Publicoscopia el 2 de agosto de 2014. Podía haberlo escrito ayer. Lo dediqué a una de las víctimas mortales de la crisis como representante de los miles de compatriotas empobrecidos por la inmoralidad infrahumana de los políticos en el poder y de sus beneficiados).

 

In memoriam Don Gustavo Arguellas, activista de STOP DESAHUCIOS de Granada, padre de dos hijos, que se quitó la vida a los 37 años al habérsele notificado el proceso de desahucio de su casa por el Banco Mare Nostrum.

Sin preámbulos: el gobierno de Cataluña y el partido del gobierno, con la complicidad de todos los otros partidos que exigen la celebración de una consulta para que los catalanes decidan si quieren la independencia o no,  y  con la aquiescencia del gobierno de España y del partido que le sostiene, han engañado a la mayoría de España y de Cataluña con lo que ha sido un timo de tal enormidad que no existe comparación posible con caso alguno en toda la historia de Cataluña y España.

Sin rodeos: para disminuir el déficit, el gobierno de Convergència i Unió, fiel a su ideología de derechas, empezó a recortar  el presupuesto para política social antes de que la derecha española empezara a hacer lo mismo en el estado español. Como de costumbre, se vendió a la ciudadanía que la causa de las terribles consecuencias de la crisis era el expolio al que España sometía a Cataluña desde siempre. Como de costumbre, la mayoría aceptó esa transferencia de la culpa que los políticos catalanes han utilizado desde siempre para eludir su responsabilidad.  Sólo que esta vez, con más del 20% de desempleados y el 29% de pobres, por empezar la larga lista de horrores que sufre Cataluña y que todos conocemos,   a los catalanes no les basta con culpar  a España; exigen la separación.

El 11 de septiembre de 2012 casi dos millones de personas pidieron la independencia en las calles de Barcelona. Durante más de dos décadas, Jordi Pujol Soley, desde el trono de CiU,  se había investido con la dignidad de defensor de Cataluña, pero sin exigir el derecho a la autodeterminación. La tarde de aquella Diada fue el pueblo el que salió a la calle a defender a Cataluña sin intermediarios. A Artur Mas, el nuevo rey, empujado por la marea humana hasta las orillas del Mar Rojo, se le subió el Moisés a la cabeza y se proclamó líder del camino hacia la independencia con un discurso grandilocuente que emocionaba a propios y a extraños.  Faltaban dos meses para las elecciones al Parlament.  Aquella reacción del pueblo indignado era como un regalo del cielo. Mas se veía en la cumbre del Sinaí, tan alto e inaccesible como Pujol, su padre político; demasiado alto  como para que nadie se atreviera a culparle de los desastres causados por su gobierno. El malo culpable era otro y estaba en Madrid. Pero pasó que el pueblo de Cataluña resultó ser tan desagradecido como el pueblo judío que tuvo que sufrir Moisés, y en vez de adorarle como había adorado a su padre, le dio un repaso en las elecciones que le dejó turulato. Mientras, agazapado entre los juncos, un nuevo líder esperaba, aún espera, que Moisés baje del monte para subir él. Artur Mas reaccionó, eso sí, como un catalán de pura cepa: se puso a trabajar, pero no en la reconstrucción del país devastado por su salvaje política de austeridad. Como si Dios mismo desde la zarza ardiente le hubiese dado el báculo de libertador de Cataluña, Mas se ha dedicado a incordiar una y otra vez al Faraón y a quien quiera escucharle con la cantinela: se va a celebrar una consulta legal para que el pueblo decida si quiere la independencia o no.

Hasta aquí, la historia; ahora, sin preámbulos ni rodeos, la realidad de este momento. España es un país empobrecido, corrupto, cutre. Cataluña quiere independizarse de España para convertirse en un país empobrecido, corrupto, cutre, pero miles de veces más pequeño que España. ¿Qué posibilidades tiene Cataluña de lograr la independencia? Ninguna.  La Constitución otorga al gobierno del estado todas las prerrogativas y establece todas las medidas que han de tomarse  para garantizar la unidad de España, desde la suspensión de una Autonomía, hasta la intervención del Ejército in extremis. El gobierno de Cataluña le ha hecho creer a los catalanes que el gobierno del estado no podrá ignorar un voto masivo de los catalanes a favor de la independencia. Es falso; puede ignorarlo y lo haría en caso de que tal voto se produjera. El gobierno de Cataluña le ha hecho creer a los catalanes que se hará una consulta legal sí o sí. Media verdad. Si se llega a hacer una consulta, se hará cubierta por unas elecciones o se hará a pie de calle o en locales cedidos por ayuntamientos o por asociaciones, es decir, una consulta casera sin más trascendencia que la que quieran darle los medios de comunicación durante los días en que el asunto se considere noticiable. ¿Qué pasará después? Artur Mas, su gobierno y su partido seguirán repitiendo su lista de agravios y reivindicaciones, como los discos rallados de otra época, hasta que los ciudadanos les quiten los micrófonos.  Mariano Rajoy seguirá presentándose ante los españoles como garante de la constitución y de la unidad de la patria con la esperanza de que los ciudadanos admiren su firmeza y le perdonen todo lo demás.

El anunciadísimo  choque de trenes entre Cataluña y España, feliz metáfora más sobada que un abrigo de diez inviernos, no es otra cosa que los  amagos de Artur Mas contra la resistencia roqueña  de Mariano Rajoy. Puestos a soltar metáforas trilladas podemos decir que la sangre no llegará al río. Los españoles de todas las naciones de España  ya tragaron, durante la guerra y la posguerra, toda la sangre que podían tragar. La tierra de España con todas sus naciones está sembrada de fosas comunes donde yacen los huesos de los asesinados por un régimen que instauró el terror para defender los privilegios de unos cuantos. El superviviente más saludable y longevo de aquella salvajada fue el miedo. Es el miedo lo que aún impide que esas fosas se abran y se exhumen los restos de lo que fueron personas, ciudadanos españoles cuyas vidas importaron un bledo a los compatriotas que los asesinaron. Nadie quiere más sangre, más terror, más salvajismo. Ni los españoles han caído, a pesar de todo, en tal grado de imbecilidad como para recurrir a la violencia ni los catalanes s’han begut l’enteniment,  se han bebido el entendimiento, como reza la frase de la gente de seny.

Mariano Rajoy, Artur Mas y viceversa no han tenido reparo alguno en utilizar un sentimiento tan intenso y profundo como el nacionalismo de sus respectivos pueblos para tapar sus vergüenzas y las de los  partidos que les llevaron al poder. ¿Nacionalistas? ¿Nacionalistas de qué? De dos naciones empobrecidas, no por la irresponsabilidad de los ciudadanos ni por expolios mutuos; empobrecidas por los bancos que se dedicaron a robar a sus clientes y por los políticos que endeudaron a todos los ciudadanos para rescatar a los bancos; empobrecidas por leyes laborales que han dado a los empresarios todo tipo de facilidades para jugar a su favor con el temor al desempleo y esclavizar a sus empleados cuando deciden dar trabajo; empobrecidas porque sus ciudadanos se han visto privados de servicios fundamentales y asistencia social por los empresarios y políticos que han sacado su dinero del país para no contribuir con sus impuestos al bienestar de todos. ¿Nacionalistas de qué? ¿De entelequias de naciones deshabitadas?

En su conferencia de prensa del 1 de agosto, Mariano Rajoy anunciaba que España ha salido de la crisis y ya ha entrado en el feliz terreno de las cifras macroeconómicas positivas. Y decía que ese triunfo se había logrado gracias al esfuerzo de todos los españoles. ¿Esfuerzo de qué? Si unos ladrones asaltan a un infeliz en la calle, ¿vamos a decir que gracias al esfuerzo del infeliz por llevar dinero en los bolsillos, los ladrones lograron huir con su botín? ¿En qué mundo vivimos y en qué lenguas estamos hablando? Las cifras mejoran porque políticos, empresarios y banqueros nos han robado; porque han hecho correr  dinero negro bajo las mesas de notarios, registradores, alcaldes, regidores, diputados provinciales, autonómicos, estatales, directores y secretarios generales  y todo bicho viviente con acceso al poder, mientras que el dinero que arrancan a las nóminas de los asalariados se utiliza para tapar los agujeros que han causado la ambición desmedida y la ineptitud de un ejército de desaprensivos sin patriotismo, sin compasión, con las emociones blindadas bajo sus chaquetas y sus corbatas.

Saldremos adelante. Los ciudadanos de todas las naciones de España saldremos como salimos de una guerra y de cuarenta años de oscuridad. Saldremos adelante con nuestro esfuerzo, pero no gracias a la reestructuración que nos han impuesto a lo bestia; si no a pesar de ella. Saldremos adelante y sacaremos adelante a nuestras naciones y con ellas a España, sin manifestaciones, sin discursos,  sin alharacas  nacionalistas, porque el nacionalismo no se vocea; se siente y se trabaja.

Habrá quien ingenua o interesadamente nos diga que a pesar de todas las evidencias no se puede dudar del patriotismo español de Mariano Rajoy ni del patriotismo catalán de Artur Mas. A ellos,  a sus partidos y a todo lo que representan cabe decirles las palabras inmortales de Clark Gable a Vivian Leigh en Lo que el viento se llevó: Lo que ustedes sientan o dejen de sentir ya “no podría importarnos menos”.