Pienso, luego Iceta

Las últimas encuestas sobre las elecciones autonómicas en Cataluña nos plantean un misterio aparentemente  insondable. Los partidos independentistas vuelven a aproximarse a la mayoría absoluta.

Tras unos cinco años  de yermo político en el que solo sonaban las arengas,  los cánticos y los clamores de independencia; en el que solo  iluminaban el panorama desolador las estrellas de las esteladas; con el rastro infamante de los perjudicados que fueron cayendo por el camino, y que  tirados se quedaron porque no podían seguir caminando sin ayuda y nadie les ayudó, uno se pregunta, perplejo, qué clase de personas quieren seguir vagando sine die en este purgatorio.

La respuesta nos la da el documento EnfoCATs, que ahora navega por Internet al alcance de cualquiera. En él, los diseñadores de la hoja de ruta hacia la independencia  analizan por grupos los tipos de persona a los que tienen que venderles el “procés” y la forma de convencerles, o mantenerles convencidos, con más efectividad.

El primer grupo corresponde a los que en el documento se les llama “Convencidos hiperventilados”. Curiosa asociación la que establecen entre el seguidor del ideal de independencia  y un paciente aquejado del trastorno por el que aumenta la frecuencia de la respiración causando, entre otros síntomas, obnubilación de las facultades mentales. ¿Qué quieren decir? ¿Que el convencido de que la independencia de Cataluña es posible, aunque se opongan el gobierno español y el mundo entero, padece una disminución de su facultad racional? El mismo documento dice que este tipo de personas necesita conocer de hitos y celebrar hechos. De lo cual se deduce que las manifestaciones de protesta, de resistencia o de exhibición de agravios  se nutren de convencidos hiperventilados; que para convencidos hiperventilados se emiten los programas de la radio y televisión públicas catalanas y de otras emisoras subvencionadas; que para convencidos hiperventilados se escriben artículos en la prensa afín y se cuentan historias de una Historia de Cataluña adaptada a la necesidad de hitos y celebraciones que apremia a los convencidos hiperventilados.

Todos los otros grupos que se enumeran en el documento tienen su ¡qué!, pero los del último, los que definen como “Convencidos del NO”, parecen correr verdadero peligro. Dice el documento que para sumarse esencialmente, los del NO necesitan “Motivos de impacto personal inmediato”. ¿Y eso que es? Cualquier cosa impactante, supongo, desde un golpe en toda la cabeza con una porra o con lo que sea, a pedir a la madre hiperventilada del negativo que se le ponga de rodillas hecha una mar de lágrimas suplicándole que diga que sí a la independencia. El peligro más serio aparece en la columna que titulan “Qué tenemos que hacer”. La primera medida reza: “Activar sus entornos independentistas más cercanos”. ¿Para qué? ¿Para que parientes y amigos del negativo le destierren o le linchen si no abraza el independentismo o, nuevamente,  activar a su madre para que vaya llorando por la casa o amenace echarle o prohibirle la entrada si se emperra en su NO? La segunda medida recomienda “Desincentivar la participación”. ¿Cómo? ¿Qué los ayuntamientos independentistas nieguen  a los negativos subvenciones o participación de cualquier tipo en los actos de su pueblo o ciudad? ¿Convencerles de que no voten?

Este documento y el ya célebre cuaderno Moleskin de Josep Maria Jové, secretario general de Vicepresidencia, Economía y Hacienda  del gobierno independentista, nos revelan la voluntad de los líderes del “procés” de conseguir una población hiperventilada, irracional. Y nos revelan, además, que esa estrategia no obedeció  a la irracionalidad de los líderes. Quienes diseñaron en serias reuniones el EnfoCATs y quien anotaba escrupulosamente cuanto ocurría en esas reuniones eran racionalmente conscientes de lo que hacían. Sabían, y así lo manifestaron en diversas ocasiones, que el único modo de imponer la independencia contra la oposición del gobierno español, era poner de escudo a la gente. ¿Qué el referendum era ilegal? En una democracia,  la voluntad del pueblo está por encima de las leyes. ¿Qué el gobierno de España no permitiría votar el 1 de octubre? No podría impedirlo si se convocaba a la gente a plantarse ante las puertas de los recintos donde se iba a votar impidiendo el paso a las fuerzas de seguridad. ¿Qué la guardia civil emplearía la fuerza para abrirse paso e impedir la entrada  a los que iban a votar? Las imágenes de la violencia policial darían la vuelta al mundo inclinando a la opinión pública internacional a favor de los catalanes oprimidos por un gobierno totalitario que no respetaba los derechos humanos. ¿Qué la posterior  declaración unilateral de independencia era ilegal y podría provocar que el gobierno español interviniera la autonomía de Cataluña? El gobierno no se atrevería a hacer tal cosa contra la voluntad del pueblo que votó a favor de la independencia; unos dos millones según el “govern” aunque nunca se sepa de dónde salió esa cifra. En el documento, los líderes afirman que el éxito del “procés” depende de la conflictividad que se genere en Cataluña.

En resumen, la estrategia para conseguir que Cataluña se constituyera en república independiente consistía en movilizar a los “convencidos hiperventilados” provocando, con discursos y eventos, la secreción hormonal que producen las emociones, secreción que a su vez produce la hiperventilación. Es decir, que la independencia de Cataluña dependería del número de hiperventilados que se movilizaran para hacer en la calle el trabajo a los políticos. Es decir, que la República de Cataluña solo sería posible si la exigía un pueblo hiperventilado, irracional, enloquecido. Para mantenerle enloquecido podía recurrirse a la mentira, sin límite ni reparo moral, (ver “El Príncipe” de Nicolás Maquiavelo).Y sin límite, sin reparo moral ni de cualquier otra índole, sin ningún miedo al desmentido o al ridículo, los líderes independentistas, desde Mas a Puigdemont pasando por Junqueras y Rovira, se pusieron a mentir para mantener la hiperventilación, y aún siguen en ello.

La estrategia de los líderes del “procés” produjo resultados inmediatos. Los no hiperventilados decidieron poner pies en polvorosa por lo que pudiera pasar. Los bancos perdieron unos 9.000 millones en depósitos y cuentas a la vista; cerca de 3.000 empresas sacaron de Cataluña sus sedes sociales. Una población de hiperventilados bajo el control de líderes dispuestos a que su pueblo se enfrente a lo que sea  con tal de lograr sus fines, espanta a cualquiera que esté en pleno uso de sus facultades mentales. Pues bien, ese es el panorama que se comprometen a repetir Puigdemont y Junqueras si ganan las elecciones. La CUP promete, además, cargarse el sistema completo para empezar a reconstruir de cero, Dios sabe cómo, la gloriosa República de Cataluña. ¿Quiénes pueden votar para que se repita un panorama así? Los convencidos hiperventilados y los nuevos prosélitos captados por las mentiras.

Ante esta perspectiva terrorífica, dicen las encuestas que un gran número de electores está dispuesto a votar por Ciudadanos.

Ciudadanos también cuenta con convencidos hiperventilados. Están en ese grupo los que se emocionan ante una bandera de España con la misma intensidad con la que se emociona un independentista ante su estelada; los que se emocionan oyendo un pasodoble de Manolo Escobar tanto como a un independentista emociona el canto de Els segadors.

Además de esos convencidos hiperventilados, se dice que votarán a Ciudadanos quienes creen que ese partido impondrá una paz a la fuerza que acabe con la conflictividad forzada por los independentistas. Entre estos últimos están quienes, por diversos motivos, no entienden lo que significa Josep Lluis si no se lo traducen al castellano, y saben que Ciudadanos acabará con la inmersión en el catalán porque para eso lo fundaron; y están quienes quieren que en Cataluña mande un gobierno en todo similar al PP español para que Cataluña pueda disfrutar de la estabilidad sin sobresaltos que a España ofrece Mariano Rajoy.

Por supuesto, los líderes de Ciudadanos mienten tanto como los independentistas para convencer al cliente. Prometen moderación, transversalidad, voluntad de diálogo, políticas sociales, copiando de sus competidores lo que haga falta con tal de quitarles clientela, mientras en el Congreso apoyan con sus votos las medidas ultraconservadoras del PP, sus compañeros de ideología.

El éxito de la candidata de Ciudadanos depende, pues, del voto de los convencidos hiperventilados, de personas con dificultades para aprender idiomas y de personas tan escamadas con la conflictividad independentista que quieren la paz a toda costa. En España, las mayorías que ha obtenido el PP a pesar de su corrupción y de la ineptitud del gobierno, se explican por el miedo. En Cataluña, el voto de los escamados se va a Ciudadanos por la misma razón.

Hace siglos, un pensador, horrorizado por el daño que la irracionalidad hacía a la mente humana, decidió rechazar todas las ideas creadas e impuestas por otras mentes y reemplazarlas por los productos de su propio esfuerzo racional. René Descartes popularizó un principio que la inmensa mayoría conoce y repite aunque nunca haya oído hablar del filósofo francés: “pienso, luego existo”. El ser humano ha sido creado, por Dios o por la Naturaleza, para pensar, para analizar la realidad y orientarse en ella con su pensamiento.  La evolución del ser humano depende de que su pensamiento sea informado por su razón. Hoy, es la razón lo único que puede sacarnos del atolladero.

La situación actual de Cataluña requiere que todo aquel que quiera vivir en paz, en concordia; que todo aquel que entienda que la paz y la concordia sólo son posibles donde impera la solidaridad y la igualdad; que  todo aquel que quiera progresar mirando al frente, negándose rotundamente a cualquier cosa que le empuje a retroceder; que todo aquel que tiene en su mano sacar a Cataluña del bache en el que la ha hundido la irracionalidad, piense, razone antes de ejercer el derecho al voto, siendo el voto lo único que le otorga el poder efectivo para transformar su país.

Pensando, razonando, me pregunto, ¿qué candidato me ha dado pruebas, durante toda su trayectoria política y particularmente durante la última legislatura, de ser capaz de devolver a Cataluña la sociedad solidaria, igualitaria, progresista que puede volver a distinguirla como nación de vanguardia en el conjunto de las naciones de España? ¿Qué candidato me garantiza que en Cataluña volverá a imperar la racionalidad?

Pienso, luego Miquel Iceta Llorens.

https://es.scribd.com/document/361162525/EnfoCATs-Full-de-ruta-del-Govern-per-a-la-independencia

 

 

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Amenazados de muerte

España agoniza. Cataluña está en coma.

Con nueva bandera, constitución, congreso, nació una nueva España hace cuarenta años. Los pesimistas le auguraron vida corta; los realistas suspendieron el juicio. Hoy, cuarenta años después, la España que entonces era nueva agoniza con los días contados, y en el diagnóstico coinciden pesimistas y realistas. Al día de hoy, parece que no tiene salvación.

Con la liga de los partidos políticos que empezó hace cuarenta años, empezaron las trampas. Las elecciones se ganan con propaganda, y los aspectos más espectaculares de la propaganda cuestan mucho dinero. Los partidos políticos se dieron cuenta enseguida de que ese dinero no se podía recaudar por medios legales. Los dos partidos con mayores posibilidades de acceder al poder se lanzaron a por dinero zambulléndose en las cloacas donde bullen las transacciones oscuras. Puesto que el campeonato de la liga iba a ganarlo quien más dinero pudiese obtener, por los medios que fueran, para pagar la propaganda más eficaz que consiguiese convencer al mayor número de votantes, la ética se desterró de la política y los escrúpulos se convirtieron en freno de ingenuos. Fue así como la España nueva se vio atacada desde su nacimiento por bacterias patógenas que le negaron un desarrollo saludable.

Hace relativamente poco, la corrupción empezó a desbordar las cloacas. Todos sospechaban desde siempre financiamiento delictivo en los partidos. Todos sospechaban desde siempre que algunos políticos se llenaban sus cuentas bancarias con dinero público. Pero ninguno de los que tenía información comprobable se atrevía a soltarla poniendo su propio presente y futuro en peligro.  Hablaban los que habían oído algo por aquí y por allá, pero en plan cotilleo de bar. Un día la podredumbre ya no pudo ocultarse por más tiempo; puede que a alguien no le interesara que se siguiera ocultando. ¿A quién? A saber Dios, pero no parece un disparate suponer que fueron los mismos corruptos los que decidieron airearla. ¿Por qué? Porque en vez de ahuyentar el voto de la mayoría, podía tener un efecto contrario cuya causa no es tan difícil sospechar.

Un día subieron las tarifas de teléfono y las de la luz, por ejemplo.  Y Aznar y Felipe fueron a parar a los consejos de administración de empresas que los mismos habían ayudado en sus gobiernos. Mientras los ciudadanos se empobrecían a millones, los susodichos cobraban sueldos que para los pobres serían de infarto. Fue así como el español dejó de creer en los políticos y en la política misma. Fue así como el ciudadano se dio cuenta de que era solo  un trabajador al servicio de los políticos a quienes debía mantener con su trabajo. Si en los dos siglos anteriores la lucha del trabajador se dirigía contra el patrón de la fábrica que amasaba su fortuna a base de explotarles, este siglo le reveló que quienes le explotaban eran el poder financiero y los políticos.

Pero luchar contra los políticos, sin hacer distingos, no es lo mismo que enfrentarse a los explotadores de una fábrica. Luchar contra los políticos sin hacer distingos es luchar contra la política, y luchar contra la política es luchar contra la democracia. La alternativa a la política democrática es o la dictadura, la tiranía del más fuerte, o la anarquía, la tiranía del desorden, el caos total.  Quedan pocos que recuerden el caos de la guerra y sus horribles consecuencias, pero aún quedan muchos que oyeron de sus padres el relato de una infancia, adolescencia y juventud destrozadas por la muerte, el hambre y la dictadura. Nadie quiere anarquía y nadie quiere perder la democracia que tenemos; una democracia de mínimos, pero que al menos nos permite quejarnos sin miedo a la cárcel, a la tortura o al paredón. Los políticos que hoy se llevan los votos, corruptos o no, son los que prometen ley, orden, estabilidad, paz para que cada cual pueda ganarse la supervivencia como pueda. ¿No era eso lo que nos prometía Franco? Pues sí. O sea, que lo que nos ofrecen es ir minando poco a poco la democracia que tenemos, a cambio de paz y estabilidad, para que acabemos aceptando una dictadura encubierta, legitimada por los votos de los que tienen miedo a perder hasta el derecho a la supervivencia.

España agoniza de miedo y resignación.

Y Cataluña está en coma. Como una erupción volcánica, una lava corrosiva descendió desde las cumbres del poder hasta arrasar a toda la sociedad. Todos sabemos de dónde salió, pero nadie pensó que de aquella estrategia partidista sin escrúpulos y sin visos de responsabilidad, pudieran desatarse las fuerzas que han traído a Cataluña la desgracia y que amenazan convertir a la nación en zona de desastre.

La Generalitat y el partido de Artur Mas vieron en la agitación del sentimiento independentista de los catalanes una panacea que curara a su gobierno y a su partido de todos sus males; recortes y corrupción. Para que la agitación fuera efectiva, decidieron subvencionar generosamente a dos organizaciones dispuestas a entregarse al diseño y ejecución de una propaganda destinada a convencer a todos los catalanes de que todo catalán auténtico debía desear la independencia y de que lograr la independencia debía ser una aspiración que eclipsara a cualquier otro asuntom por importante que pudiera parecer,  porque la independencia iba a solucionar todos los problemas de todos los habitantes del país.

La Asamblea Nacional Catalana y Omnium Cultural se entregaron a la labor sin descanso y sin escrúpulos. Pueblo por pueblo, colegio por colegio, las dos organizaciones se dedicaron durante cinco años a adoctrinar a abuelos, padres e hijos; un adoctrinamiento pertinaz, repetitivo, psicológicamente tan agresivo como el lavado de cerebro. Para lograr el fin, no se puso a los medios ningún límite moral. Falsearon la historia y se utilizaron todas las mentiras que hicieran falta para dar apariencia de validez a sus argumentos.  Tantas fueron y a tanta gente convencieron, que en Cataluña se empezó a vivir y se sigue viviendo en un mundo paralelo al resto del mundo; un mundo incoherente donde las emociones  han suplantado a la razón y el cúmulo de premisas falsas grabadas en el cerebro por el adoctrinamiento conduce indefectiblemente a conclusiones erróneas.

La conclusión más grave a tanto argumento falso fue declarar legítimo y legal un referéndum, se hiciera como se hiciera, y declarar que el resultado, se obtuviera como se obtuviera, imponía un mandato de todo el pueblo catalán a sus políticos para que proclamaran la República de Cataluña. Dijo el govern que en la votación había participado el 43% de los catalanes llamados a votar. Dice la aritmética que el 43% no llega a la mitad de un todo. Dice el govern que todo el pueblo de Cataluña exige la independencia y que la aritmética no tiene nada que decir.

¿A quién llama el govern  “pueblo de Cataluña”? ¿Quiénes forman ese 43%? Hace años que la ANC va pueblo por pueblo, ciudad por ciudad,  barrio por barrio reclutando gente para llenar los autobuses que habrán de conducirla cada 11 de septiembre a la gran manifestación de la Diada, e instando a todo catalán auténtico a que asista aunque vaya en su propio vehículo. La respuesta ciudadana ha sido multitudinaria todos los años. ¿Quién se atreve en un pueblo, en una ciudad pequeña, en un barrio a hacer que sus vecinos y parientes duden de su auténtica catalanidad? La ANC y Omnium Cultural han conseguido movilizar unos dos millones de personas al año, más o menos, esparciendo por el mundo la imagen de un pueblo pacífico que llena las calles cantando “independencia” para ablandar a un gobierno opresor y recabar la ayuda de todos los países democráticos para lograr la libertad. Pues bien, de ese 43% que según el govern fue a votar resistiendo heroicamente los ataques salvajes de la policía del estado opresor; de ese 43% de catalanes auténticos y heroicos, depende la  independencia, el nacimiento de la República de Cataluña. Cuando alguien ajeno al delirio multitudinario intenta demostrar a un independentista que la independencia es imposible, el debate acaba siempre con un rotundo argumento final: saldrá a manifestarse tanta gente que nos tendrán que dar la independencia sí o sí.

La independencia de Cataluña, su presente y su futuro, dependen, pues,  de las multitudes dispuestas a defender en la calle cualquier decisión del govern, sea legal o no, sea o no antidemocrática; multitudes émulas de Gandhi que fuercen al gobierno español y a la comunidad internacional a reconocer la independencia de Cataluña, aunque sea por lástima de tanto pacífico suplicante. Los ciudadanos que se disuelven en esas multitudes movidos por la emoción no se plantean que su govern, dispuesto a ignorar las leyes y las normas que estructuran a la democracia, tanto las de España como las propias,  no les garantiza que la nueva república se base en leyes y normas democráticas que su govern se sienta obligado a cumplir. A esos ciudadanos no les importa que el capital huya del caos provocado por la constante agitación en las calles. No les importa que cientos de miles de compatriotas malvivan acosados por el desempleo y la pobreza. No les importa que un Parlament situado al margen de la democracia y de la ley se haya paralizado durante años sin ocuparse de los problemas cotidianos que exigen legislación. El lavado de cerebro produce en esos ciudadanos una respuesta condicionada. Si algo o alguien quiere impedir la independencia, hay que echarse a la calle porque a millones de manifestantes en la calle no puede vencerles ni un ejército. ¿Quién se va a atrever a disparar contra unos ciudadanos indefensos? Esos ciudadanos no se dan cuenta de que su govern les está utilizando como escudos humanos.

Cataluña está en coma. El govern y el  Parlament han asestado a la democracia un golpe mortal de necesidad. Como esos ilusos que se niegan a tratarse un cáncer con los medios que les ofrece la ciencia y confían su vida a un curandero, un 43% de los catalanes, en cifras del govern, ha confiado  todos los males de la Cataluña enferma al milagro de una independencia que ni existe ni existirá.

Tal vez, cuando las leyes del estado obliguen a todos a curarse el delirio mediante su facultad racional, comprendan que la soñada independencia no valía ninguno de sus esfuerzos. ¿Cataluña independiente para qué? ¿Para sufrir en solitario la misma corrupción, la misma democracia agonizante que afecta a toda España? ¿Para seguir confiando mayoritariamente  el gobierno de sus vidas a partidos de derechas para quienes el bienestar de los ciudadanos cuenta en último lugar, como el resto de los españoles? ¿Para acabar dándose cuenta de que los catalanes, después de más de 500 años de convivencia con las otras etnias de España, son, al fin y al cabo, tan idiosincráticamente españoles como el español que más? Para  volver a casa no hacía falta tanto ruido, tanta destrucción.

 

 

 

Víctimas de la política

De súbditos bajo la dictadura, pasamos a ciudadanos bajo la democracia. De ciudadanos de pleno derecho, pasamos a ciudadanos en riesgo de ser convertidos otra vez en súbditos. Y un día, casi sin darnos cuenta,  pasamos de súbditos a víctimas de unos políticos sin escrúpulos que alimentan con nuestra sangre sus ansias de poder.

Hoy lloramos los muertos de Barcelona y nos dicen que podían haberse evitado si hubiera habido mayor coordinación entre todas las fuerzas de seguridad del estado. Pero no la hubo, no la hay. Lo que sí hay son muertos y familias destrozadas. ¿Qué evitó y sigue evitando la coordinación necesaria? Las ambiciones políticas.

Hoy, los políticos y sus voceros dicen que los muertos podían haberse evitado si el ayuntamiento hubiera puesto obstáculos para impedir el paso de vehículos por Las Ramblas. De haberse impedido el paso de vehículos por esas ramblas en particular, ¿no habría buscado un coche asesino cualquier otra aglomeración de viandantes para perpetrar su carrera mortal? Entonces, ¿por qué culpar al ayuntamiento? No por esa reacción ante el daño que lleva a la víctima a buscar un culpable en quien descargar su dolor. Se busca señalar culpables que convengan a las ambiciones políticas.

Hoy el morbo se exacerba viendo en primera línea de una manifestación a enemigos irreconciliables manifestándose juntos con caras de funeral. ¿Unidos por el dolor o por la voluntad de no quedar al margen en una manifestación pública de dolor cubierta por centenares de cámaras de todos los medios del país? Todos aquellos cuya carrera depende del voto de los ciudadanos tenían que dejarse ver juntos en estos días, movidos por sus ambiciones políticas.

Y aquellos que no dependen del voto, también. ¿Hay algo más obsceno que violar la intimidad de un herido en un hospital dejando entrar a las cámaras en una habitación para fotografiar a una autoridad en el acto de dar su mano poderosa a un infeliz postrado en la cama?  ¿Tan excelsos se creen los que ostentan autoridad máxima que atribuyen a su mano facultades taumatúrgicas? ¿O será más bien que esperan del herido y de todos los que contemplen la fotografía  el agradecimiento por la magnanimidad del gesto?¿Qué hubiera pasado si el lesionado invadido en su habitación le hubiera dicho al excelso: “Oiga, ya que está, ¿me trae una botella de agua, por favor, o algo. Si no, ¿para qué viene?”  Va porque a la máxima autoridad, electa o no, conviene  cualquier gesto que ayude a su ambición de ganar votos o de que se mantenga y fortalezca el régimen. Va porque conviene a sus ambiciones políticas.

Con la manifestación del sábado que ya llega se habrá acabado la función. Los enemigos irreconciliables descansarán de sus ímprobos esfuerzos por fingir la unión de circunstancias. A partir del sábado, toca dar la vuelta a la máscara bondadosa para poner la cara de expresión feroz.  Los fieles votantes de un bando y del otro esperan  una batalla a muerte entre sus capitanes que mantenga el flujo de adrenalina del que se nutren sus cerebros. Y los capitanes se lanzarán con todas las armas de sus ambiciones políticas.

Los catalanes tendrán que olvidar pronto a las víctimas del atentado de Barcelona ante la tropa de propagandistas de la independencia que invadirá ciudades y pueblos para preparar la manifestación más multitudinaria de todas la manifestaciones multitudinarias de todos los onces de septiembre que se han visto. No habrá referendo legal y vinculante. Eso lo saben desde antes del principio los políticos que decidieron agitar el sentimiento independentista de los catalanes para mantenerse en el poder. No puede haber simulacro de referendo como el del 9 de noviembre de 2014 porque después no pasó nada y los catalanes ya no se van a creer el cuento de que pasará algo trascendental. El único golpe de efecto que queda a los políticos independentistas es una manifestación que saque a la calle a millones, a tantos millones, que en España y en el extranjero se le dé valor de referendo. ¿Pero es posible conseguir algo así? No es difícil.

Los políticos independentistas, de toda la vida o conversos, descubrieron, tiempo ha, un método infalible para conseguir prosélitos y movilizar a fieles, dudosos y hasta a reacios; la propaganda agresiva barrio por barrio, pueblo por pueblo, colegio por colegio. En este pueblo se pone la bandera independentista porque, ¿quién se va a oponer a que se ponga? ¿Se van a oponer los padres a riesgo de enemistarse con los hijos? ¿Se van a oponer los hermanos, los cuñados, los tíos, los primos a riesgo de crear rencillas familiares? ¿Se van a oponer los amigos a riesgo de perder amigos? Si algo han conseguido los políticos catalanes independentistas es merecer el reconocimiento universal como los manipuladores más efectivos de sentimientos y emociones. Las campañas propagandísticas de grupos civiles como la Asamblea Nacional Catalana no tienen parangón. ¿Quién se atreve a ignorarles en la calle de un barrio o de un pueblo cuando entregan panfletos? ¿Quién se atreve a rechazarles cuando se acercan, como los santos de los últimos días, a predicar y recabar adhesión? ¿Quién se atreve a negarse a que incluyan su nombre en la lista de personas que llenarán un autobús para ir a manifestarse? En ese barrio o en ese pueblo se conocen todos. A ver quién es el guapo que se atreve a verse señalado como traidor a Cataluña.

Probablemente, la manifestación del próximo 11 de septiembre será la más multitudinaria de todas las multitudinarias que se han visto. ¿Pasará algo trascendental después? Por supuesto que no. Los políticos catalanes seguirán gritando a los siete vientos que Cataluña es víctima de un gobierno centralista, ladrón y antidemocrático. Los otros políticos españoles seguirán repitiendo que están para hacer cumplir la ley y que la ley no permite votar si se quiere o no se quiere romper la unidad de España. Pero ni España ni Cataluña, esos territorios que sin habitantes no tendrían ni nombre, serán las víctimas de la intransigencia de los políticos de un bando o del otro. Las víctimas de las ambiciones políticas que  están deshumanizando el país han sido, son y seguirán siendo los seres humanos que lo habitan.

En Cataluña, bajo el gobierno de la derecha,  empezaron a recortarse los fondos para garantizar una vida digna a los ciudadanos antes que en el resto de España. Cuando en el resto de España el pánico por la crisis lanzó a la mayoría a refugiarse en la derecha, empezaron los recortes en derechos y siguieron recortes en las libertades para impedir protestas. En Cataluña y en el resto de España, el miedo sigue asolando las voluntades de los que ven caer a parientes, amigos y vecinos en las cunetas de la exclusión para no volver a levantarse. La mayoría ignora a los caídos por miedo a caer con ellos. Las calles se llenan de muertos en vida que corren a trabajar, a consumir, a hacer lo mismo que hacen los demás por miedo a verse privados  de la sacrosanta compañía de la sociedad de gente de bien.

Hoy lloramos a un número de víctimas de un atentado terrorista causado materialmente por un puñado de fanáticos, empujados estos al crimen por un puñado de poderosos cuya voluntad solo responde a sus ambiciones políticas. Lloramos por el otro sin darnos cuenta de que somos víctimas todos los que tenemos vida y hacienda en manos de políticos sin escrúpulos, a quienes interesa deshumanizar a la sociedad  para convertir a los ciudadanos en autómatas al servicio de sus ambiciones políticas.

¿Saldrán algún día los ciudadanos a manifestarse por las víctimas del salvajismo del poder?

La victoria de la estupidez

Se acabó la fiesta que se montó en Cataluña para celebrar la Diada de 2015; una fiesta que duró quince días. Luces, colores, música, percepciones que penetraban por los poros y corrían con la sangre hasta los lacrimales. En vivo y en directo o en televisión, todo el pueblo pudo disfrutar del mayor espectáculo del mundo, incomparablemente superior al de cualquier otro espectáculo pasado o por venir. Porque en el apoteósico final, un solo hombre aparecía en el trapecio, colosal, majestuoso, dispuesto a lanzarse al vacío llevando bajo su capa a siete millones y medio de figurantes.

Toda fiesta termina con un apagón emocional semejante al que experimenta el cuerpo tras un orgasmo. Es el momento infausto de enfrentarse al merder, gráfico vocablo catalán que representa desde cualquier tipo de desorden en sentido literal o figurado, hasta el lugar donde se acumula la mierda. En la mañana gris, los ojos se enfrentan a los perfiles contundentes de una realidad asquerosa, y el alma, a la fugacidad de la alegría. Hay que ordenar y limpiar, no queda otra, y lo sabemos. Pero durante un momento más o menos largo, según la psicología de cada cual, nos invade la sensación paralizante de no saber por dónde empezar.

Empecemos.

Si hay un grupo humano que tiene algo claro sobre la situación de Cataluña antes, durante y después de la “fiesta democrática” de las elecciones es el de los analistas políticos. Todos coinciden en que la situación es de una enorme complejidad. Tienen razón, sin duda. Considerando que se convocaba a un plebiscito y no a unas elecciones autonómicas, pero que los resultados se contarían como elecciones autonómicas y no como plebiscito; considerando que el partido del sí no era un partido sino un grupo de políticos, representantes de asociaciones no políticas y personalidades varias que obligaba a los electores de izquierdas a votar por un partido de derechas y viceversa y a elegir en cualquier caso a un presidente de derechas de toda la vida, pero ahora de nada, porque no se trataba de elegir a quien iba a gobernarnos sino a quien iba a gestionar el sí; considerando que quien quisiera votar que sí, pero sin torturarse el cerebro intentando despejar las múltiples incógnitas de ese grupo poliideológico y multicultural, no tenía otra opción que la de echarse al monte votando por un partido antisistema; considerando que los electores del no tenían que elegir entre un partido de derecha radical, otro de derecha de centro o de extremo, según, y otro que ofrecía futuras reformas que nadie sabía dónde colocar por no tener ni pajorera idea de lo que le estaban proponiendo; considerando que a quien quisiera votar que sí a la independencia o que no sin encontrar su sitio en alguna de las anteriores opciones, solo le quedaba un partido que, como una especie de grupo sanguíneo universal, se presentaba como ni de izquierdas ni de derechas ni de sí ni de no; considerando todo esto, en fin, lo que sorprende es que los analistas se puedan tomar tal belén en serio y que pretendan explicarlo utilizando la lógica. El grado de irracionalidad al que ha llegado la política en Cataluña solo podría explicarse por los meandros de una lógica difusa compensatoria o por los del psicoanálisis. ¿Sabía el votante catalán qué programa político ofrecía Junts Pel Sí además del proceso para declarar la independencia?

Ahora resulta que la población de Cataluña se reduce al millón ochocientos mil catalanes que votaron por el sí, sumando Junts y CUP, y que dicen que la democracia exige que se siga con el proceso soberanista porque así lo mandan los ciudadanos. ¿Pero qué ciudadanos? Y los tres millones y medio que o no votaron por el sí o se abstuvieron, ¿qué tienen que hacer para que cuadre la cuenta, exiliarse? No cabe duda de que la democracia se ha transformado en una palabra huera bajo el poder y por la falta de respeto a los ciudadanos de los políticos del Partido Popular, sometidos éstos al poder omnímodo de los que tienen el dinero, pero si en lo que es una democracia, aunque solo sea oficialmente, la opinión de un millón ochocientos mil vale más que la de tres millones y medio, parece evidente que una de dos, o se revisa el significado del término o se le da un repaso de aritmética a los flamantes ganadores de las elecciones-plebiscito y a todos los que repiten su argumentario con fervor religioso. En cuanto a los analistas que repiten que el resultado de las elecciones ha dado un mandato claro a favor del soberanismo, no sabe uno qué recomendarles.

Ateniéndose a los hechos, del resultado de las elecciones no se puede deducir que haya una mayoría soberanista en Cataluña. Pero los independentistas son casi dos millones, se dice, no se les puede ignorar. Probablemente son mucho más que dos millones. El deseo de independencia, de ver a la nación catalana convertida en estado, nace con la gran mayoría de los catalanes, se alimenta en la familia y crece con la piel hasta la muerte. Es un sentimiento que forma parte sustancial de su idiosincrasia. Pero esto no significa de ninguna manera que el catalán nace y vive dispuesto a permitir que ese sentimiento prevalezca sobre su razón. Aceptando y respetando la realidad, el catalán ha aplicado sus facultades mentales al desarrollo propio y de su comunidad guardando y conservando sus deseos en el ámbito de las emociones. De donde tal vez nace el tópico de que los catalanes tienen al dinero como máxima prioridad. La máxima prioridad del catalán, como la de cualquier otra persona en cualquier parte de este mundo, es su propio bienestar y el de su familia. Puesto que en esta parte del mundo el bienestar no es posible sin dinero, los catalanes se aplican al trabajo para conseguirlo, como cualquier sociedad de personas equilibradas y responsables.

De pronto, sin embargo, las sustancias que producen las emociones parecen haber desbordado todos los diques anegando las facultades mentales de una gran parte de la población. ¿Qué ha pasado? Lo sabemos todos. De un lado, la crisis que de un modo u otro desestabilizó la existencia y el equilibrio emocional de todos; de otro lado, la malvada estupidez de Mariano Rajoy y su partido que detectaron muy pronto el rédito electoral que podían obtener oponiéndose al estatut refrendado por los catalanes; de otro, el oportunismo de Artur Mas y su partido que descubrieron, en el momento justo, el modo de utilizar la indignación de los catalanes para perpetuarse en el poder.

De repente, una parte muy importante de los catalanes olvidó las exigencias del bienestar, las reglas a respetar para obtener el dinero que el bienestar exige, su proverbial prudencia. Al grito coral, bien orquestado y dirigido, de independencia sí, el catalán lo olvidó todo, hasta el riesgo al que exponía la vida política, económica y social de su nación. Miren por donde, resultó que el amor a la pela por encima de todas las cosas no era tal. Que sí, grita la estupidez siempre tozuda. Que quieren irse porque no quieren compartir su dinero con el resto de España. Cierto que una de las formas de excitar las glándulas de los catalanes fue repetir que “España nos roba” manipulando cifras con la certeza de que muy pocos las iban a comprobar. Lo que el estúpido no consigue comprender es que ser expoliado se considera una consecuencia intolerable de la dependencia política de España, pero no es la causa que ha provocado la revolución del soberanismo. La causa fundamental es la negativa de algunos estúpidos a aceptar un hecho que el catalán vive como parte consustancial de su existencia; el hecho incontrovertible de que Cataluña es una nación.

En sus Leyes fundamentales de la estupidez humana, el economista Carlo M. Cipolla divide a todos los seres humanos en cuatro categorías fundamentales: los incautos, los inteligentes, los malvados y los estúpidos.

Llama incauto a quien sufre una pérdida con sus acciones al mismo tiempo que beneficia a otro. Quienes han sucumbido a la propaganda por la independencia ignorando los efectos del desgobierno y la corrupción que han destruido la cohesión social en Cataluña durante los últimos cinco años, sufrirán la pérdida de muchas cosas cuando se convenzan o les convenzan de que la independencia no es posible. Tendrán que aceptar que han sido incautos.

Malvado es el que realiza una acción que le beneficia perjudicando a otro. Artur Mas en Cataluña y Mariano Rajoy en España han supeditado el bien común a sus propios intereses y a los de sus partidos. Al daño que ambos han causado a las personas por su política de austeridad y privatizaciones, se une la descarnada manipulación de las emociones con que Artur Mas ha puesto en peligro la democracia, la convivencia y la estabilidad política de Cataluña, y el calculado inmovilismo de Rajoy que ha hecho imposible cualquier solución negociada.

“Una persona estúpida”, dice Cipolla, “es aquella que causa un daño a otra persona o grupo de personas sin obtener, al mismo tiempo, un provecho para sí, o incluso obteniendo un perjuicio”. Estúpidos son, por lo tanto, todos aquellos que pudiendo apaciguar y/o mediar en una situación tan crítica para Cataluña y para España, echan más gasolina al fuego; por ejemplo y entre otras cosas, defendiendo la igualdad entre comunidades que nadie ha puesto en duda; insultando de un modo u otro a los catalanes; negando a Cataluña el derecho a definirse como nación.

Partiendo de la premisa de que la mayor parte de las personas no actúa de un modo coherente, Cipolla demuestra cómo pueden darse diferentes combinaciones. Una persona inteligente, por ejemplo, puede en determinada circunstancia actuar como un incauto; un malvado puede ser inteligente o puede ser estúpido. Afirma, Cipolla, sin embargo, que “la mayoría de las personas estúpidas son, fundamentalmente y firmemente estúpidas; en otras palabras, insisten con perseverancia en causar daños o pérdidas a otras personas sin obtener ninguna ganancia para sí”. Y aún añade que “existen personas que con sus inverosímiles acciones, no sólo causan daño a otras personas, sino también a sí mismas. Estas personas”, dice, “pertenecen al género de los superestúpidos”.

Según estas leyes de Cipolla, es imposible que un estúpido analice la situación actual de Cataluña, de España entera con la racionalidad y la ecuanimidad que exige la situación socialmente desastrosa del país. Las encuestas siguen otorgándole la mayoría al partido que ocasionó el desastre y los malvados estúpidos siguen colaborando a su favor intentando dividir a las fuerzas que, unidas, podrían quitarle el poder. Concluye Cipolla advirtiendo de lo peligrosos que resultan los estúpidos: “Algunos estúpidos”, dice “…llegan a ocasionar daños terribles…a comunidades o sociedades enteras”. Hace cuatro años el Partido Popular obtuvo mayoría absoluta y con ella el poder absoluto para dejarnos como estamos hoy. Eliminando a aquellos que de su voto hayan obtenido algún beneficio, podríamos encontrarnos, siempre según Cipolla, con una multitud aterradora de superestúpidos que pueden volver a dar el poder a los mismos para que nos acaben de destruir el país.

Queda la última categoría; los inteligentes. “Inteligente es aquel que se procura un beneficio que beneficia a otro a la vez”, dice Cipolla. ¿Hay alguien? Pues como no se explique bien y convenza, no habrá quien impida que nos vayamos todos al garete.

La rota España se rompe

(Publicado en Publicoscopia el 5 de octubre, 2014)

España se rompe por el flanco oriental, cosido desde siempre con poca traza. ¿Es la culpa, acaso, de quien la cosió? ¿O son culpables, por ventura, los prohombres que llevan centenarios estirando, unos  cap aquí (en el español de todos los españoles: hacia aquí) y otros hacia allá? Desdichada España que ha visto nacer tantos varones eminentes ligeros de meollo.

Diría Pero Grullo que en la brumosa España del otoño de 2014, tal parecería que la Señora Cordura ha abandonado el territorio nacional dejando a los  lóbulos cerebrales donde suele ubicarse la inteligencia,  con el aspecto de cadáveres exentos de vida, como decía el Licenciado Don Menchaca, discípulo uruguayo de nuestro ínclito profeta medieval. Uno que no ha alcanzado la perfecta simplicidad conceptual de Don Pero se pregunta, ¿cómo es que siguen hablando y gesticulando las gentes como si normales fueran, teniendo, como tienen, en apariencia y por diversas causas, el cerebro averiado?

Hace poco nos enterábamos por investigadores diversos de que no tenemos un solo cerebro; tenemos dos: uno en la cabeza, el conocido de toda la vida, y otro en el estómago. El del estómago no piensa, nos dicen, sólo emociona al resto del cuerpo provocándole una reacción más o menos intensa según el estado de salud de las glándulas.  A juzgar por la deriva de nuestro amado país, arrastrado por la violencia eólica de todos los vientos del mundo hacia una realidad distinta de la que por realidad conocíamos, la existencia de un cerebro en el estómago no parece cosa de investigadores desencaminados que hayan perdido el norte.

Estamos asistiendo a una serie de fenómenos cataclísmicos que  o bien indican la actividad esotérica de un cerebro estomacal en el organismo de nuestros gobernantes, o habría que atribuirlos  a una  preternatural  invasión de huestes satánicas, como si Dios, Nuestro Señor, hubiese permitido que Satanás se cebase en nuestro modélico país como  le permitió, tiempo ha, que perpetrase todo tipo de diabluras contra la hacienda, la familia y la salud  del Santo Job. Como han llovido tantas lluvias desde que Pero Grullo paseara su sabiduría entre nosotros y  por no volver a las creencias de aquella época tenebrosa, preferimos optar por la explicación más racional y moderna. Aceptemos, pues, como hipótesis de trabajo, que tenemos un cerebro en el estómago que puede alterar y altera todo el resto del cuerpo y que en circunstancias climatéricas puede segregar  sustancias  alteradoras en tal exceso,  que llegan a inundar la parte más noble de la cabeza donde habita el juicio, fundiendo, temporal o permanentemente, los nervios transmisores del pensamiento racional. Esto explicaría el último trance que nos acoquina.

España la una, la grande, espera, con el alma en vilo y el cerebro del estómago revuelto, un choque de trenes que todos los agoreros vaticinan, sin parar mientes o tal vez parándolas, en que la permanente espera de una catástrofe puede paralizar al personal  dejando a medio mundo muerto de miedo. ¿Llegará la sangre al río? todos se preguntan.

Tres protagonistas tiene el entuerto que nos acongoja. Entuerto que no siendo ni el primero ni el más grave de cuantos nos han caído encima en los últimos años, se ha situado a la cabeza de todos los demás, y allí se ha ido inflando y engordando de tal manera que ya no deja ver nada de cuanto tapa. “España se rompe” es hoy por hoy el grito de toda garganta patriótica. Unas cuantas gargantas advierten que no es esa la tribulación más grave que aflige al país, pero como son pocas, sus advertencias no llegan al grueso de los oídos. O sea, que mientras la patria se descompone comida por dentro por una gusanera de su propia crianza que puede acabar con ella para convertirla en algo peor, sus hijos sólo ven que por fuera amenaza descoserse por donde suelen descoserse las prendas de más uso, es decir, por las costuras que un día se cosieron mal sin tener en cuenta que tiraban las sisas. ¿Mucho hacer para nada? preguntaría un despistado anglosajón, por ejemplo; lo que en román paladino significa: ¿Tanto ruido para tan pocas nueces? Lo que se descose puede volverse a coser poniendo hilo a la aguja (fil a l’agulla, que dice el dicho catalán) y un poco de esmero para que esta vez la costura dure más inviernos. ¿Por qué, entonces, se empeñan, dirigentes y voceros, en convertir asunto de tan fácil arreglo en una tragedia griega con su Edipo, su Creonte  y su patética Antígona, envueltos todos ellos en drama tan horrendo que, como decían nuestros padres, al final muere hasta el apuntador?

Como es de todos sabido, tuvo nuestro país, antes de ayer, un presidente que iba para santo. Este señor pensaba con el cerebro del estómago que, al carecer de la facultad de la razón, es incapaz de pensar como piensa el cerebro que calcula, y produce, por lo tanto, reacciones tan insólitas y peligrosas como la de intentar gobernar un país sintiendo compasión por sus ciudadanos y destinando los dineros públicos al público bienestar, sin comprender lo que todo gobernante sensato comprende: que si se gastan los dineros públicos en el bienestar del público, las arcas públicas se quedan sin fondos con que pagar otros asuntos de mayor enjundia. Apabullante como pueda resultar tanta insensatez, el extraviado presidente aún hizo algo peor  llegando al colmo de lo tolerable; dijo a los catalanes que respetaría su voluntad.

Fue el principio del fin. Como lo que mal empieza no puede terminar de otra manera, el presidente de la cabeza averiada se marchó, dejándonos con una mano adelante y otra atrás como únicos medios con  que taparnos la vergüenza de ser tan pobres como lo habíamos sido en otros tiempos.

Y subió al sillón del que más manda el, hasta entonces, jefe de la oposición. Érase y es el presidente actual hombre de un solo cerebro, el de la cabeza,  cabalmente empeñado en conducir al país con la sensatez proverbial de los sensatos. Don Mariano Rajoy gobierna tranquilo, con esa paz propia de las sustancias de los sepulcros que algunos vivos disfrutan antes de convertirse en cadáveres por tener el cerebro estomacal medio muerto o haber nacido sin él. Como dicen los entendidos que no podía ser de otra manera, hizo desde el principio todo lo contrario de lo que había hecho el anterior. Gobierna sin aspavientos, encerrado en el  hermético silencio  en el que la plebe ha reconocido desde siempre al sabio o al idiota. No cabe duda alguna  de a cual de los dos grupos pertenece nuestro regidor. Miente con aplomo y defiende sus mentiras con tal convicción que ya casi no queda en el país vocero alguno que insista en interrogarle. Desde el principio de su mandato y con la firmeza inmutable que usualmente se atribuye a una roca o a una mula,  dijo a los catalanes que se guardaran su voluntad allí donde no pudiera incordiar a nadie. Y viendo que cuanto había hecho era bueno, se puso a descansar como Dios.

No descansan los que le circundan. Unos le apremian a que dialogue, otros a que mueva ficha, otros a que haga lo que sea. Pese a todo y a todos, el inmutable mandatario no se mueve, ni está dispuesto a moverse ni a hacer cosa alguna de las cosas raras que le piden que haga. ¿Para qué? Los ciudadanos le admiran. Admiran su roqueña firmeza hasta quienes no encontraban ningún otro motivo para admirarle.  Descansando en su imperturbable ataraxia, no sería de extrañar que Don Mariano sienta una ligera oscilación del ánimo cada vez que recuerda con agradecimiento el favor que le están haciendo los catalanes, evitando que otras cosas le hagan perder el sillón.

Mientras tanto, sentado en su esquina, el presidente de los catalanes también espera tranquilo, aunque no tanto. Conseller de Política Territorial i Obres Públiques, luego de Economia i Finances y mas tarde Conseller en Cap (Primer Consejero) antes de llegar a la cumbre, los antedichos cargos le sitúan en las arenas movedizas de la corrupción que desde recientes fechas está siendo investigada en varios juzgados. Hasta ahora Artur Mas ha recurrido al “yo no sabía nada” dando muestras de una cara tan diamantina como la de  Mariano Rajoy, al que también se parece en la sensatez y el hieratismo con que espera el natural devenir de las cosas.

Fiel a su ideología, Artur Mas empezó a gobernar recortando al estilo del más puro liberalismo, granjeándose la antipatía de todas las víctimas de sus recortes. Muy negras pintaban las encuestas para el susodicho y su partido cuando de pronto, en un tarde memorable del día de la Diada de Cataluña de hace dos años, se echaron a la calle más catalanes que lanzas tiene La Rendición de Breda, exigiendo el derecho a decidir si querían seguir formando parte de la España grande o acabar con el invento cortando los hilos que quedaran por cortar. Artur Mas, como el otro, se puso a la cabeza de sus ciudadanos iniciándose entre ambos lo que se llama un diálogo de besugos: uno que sí y el otro que no.  Los motivos por los que el presidente de los catalanes  descansa en paz son los mismos  que tranquilizan al presidente de todo los españoles, sólo que, gozando el primero de una mayor fluidez verbal en varias lenguas y de un gusto por las candilejas propio de un histrión, prodiga más que el último sus actuaciones declamando cuanto se le pasa por el magín cual redivivo Juan sin miedo. Si para que los votantes le devuelvan la confianza perdida hace falta hacerse independentista, uno se hace independentista y sanseacabó. Dicen los voceros que su arrojo y su obstinación  le han metido en un jardín del que no le saca ni la mare del Tano (madre de la mitología catalana de un personaje, mitólogico también, que sirve para todo, o como diría la madre de muchos españoles, que igual vale para un roto que para un descosido). Y si ni la mare del Tano le saca, debe pensar él, pues nada, que no se mueve de ahí. O sea que, en resumidas cuentas, ni Mas ni Rajoy se mueven aunque el primero realiza movimientos virtuales para que se le aprecie cierto contraste con el segundo.

Por último, el tercer personaje de la tragicomedia: los catalanes.  Los catalanes van, como iba el poeta, de su corazón a sus asuntos, aunque cada día que pasa les cuesta más pensar con la cabeza. Los que mandan les dicen “Votarem” (“votaremos”), y  las cálidas sustancias con que la emoción anega los cuerpos les sale hasta por los ojos. De política no quieren saber nada, sólo que votarán. Lo que más asusta a todos los españoles es que cada día que pasa aumentan los catalanes dispuestos a votar Sí, Sí, y hasta se teme que los más extremistas acaben proclamando unilateralmente la independencia de la República de Polaquia (se dice polaco de varios individuos que por diversos motivos recibieron el mote en los siglos XVIII, XIX y XX, entre ellos, los catalanes). ¿Pero cómo ha podido producirse tal desafección? ¿Tan distinta es Cataluña de España? Corruptos hay igual en ambas partes, como se ha demostrado. El interés por la pela (peseta) también ha demostrado ser el mismo entre los de allá que entre los de aquí. ¿Qué quieren entonces? ¿Una España en miniatura que sólo a los turistas interese?

El Espíritu de España  dice a Cataluña entre suspiros, “Hija mía, ¿por qué quieres abandonarme? ¿No ves que eres sangre de mi sangre?” A lo que la díscola responde “Vale. Soy tan hija de Putifar como tú, pero quiero serlo en mi propio piso y sin que metas tus narices en mi habitación”. (Putifar: personaje del libro del Éxodo. La relación con lo anterior  es  meramente onomatopéyica).

Por la razón que fuere, lo cierto es que los catalanes están de España, de su presidente, de sus ministros y de su Tribunal Constitucional  hasta la barretina.  Más o menos tanto como el resto de los españoles; estos, hasta la coronilla. Parece que ni Mas ni Rajoy les podrán contener si no pueden votar. ¿Cómo acabará tan doloroso conflicto?  Puede que los catalanes se conformen con meter su opinión en cualquier caja puesta en cualquier lugar o puede que no. Puede que les junten la elección del estado que quieren con la elección de los que quieren que lo dirija y puede que entonces se les enfríe el cerebro del estómago y les resucite el de la cabeza, que por algo se les considera gente de seny, o puede que no. Pase lo pase, no cabe duda de que pasará lo que Don Francisco de Quevedo vaticinara en Los Sueños remedando a Don Pero Grullo:

Muchas cosas nos dejaron

las antiguas profecías

dijeron que en nuestros días

será lo que Dios quisiere.

Quiera Dios o la diosa Fortuna que españoles todos nos pongamos de acuerdo para librarnos de histriones y mangantes, enviándoles con nuestro voto a sus casas, de las que  nunca debieron haber salido para amargarnos la vida.

Cataluña Nunca Jamás

Buenos días desde Cataluña, el país de Nunca Jamás. Aquí no pasa nada malo. No hay pobreza, no hay problemas con la sanidad ni con la educación, no hay desahucios. El desempleo  no es una tragedia, ¿a quién le importa?  Mientras España, nuestra triste  vecina,  sufre todos los males de un país gobernado por tiranos implacables que viven de la sangre de los pobres, en Cataluña todos los males desaparecen bajo el polvo mágico que esparce un hada todopoderosa llamada Independencia. Independencia admira al mundo entero. España la contempla con pasmo.  No se habla de otra cosa en sus tertulias de televisión, de radio; en sus artículos de prensa. Todos envidian en secreto la  suerte de un país  capaz de ignorar todos sus males gracias al sortilegio del hada maravillosa.

Lástima que la infancia no sea eterna, ni siquiera en Cataluña Nunca Jamás. Llegarán las sirenas Elecciones.  Y al día siguiente, volverán los piratas a imponer su ley. Independencia volverá al mundo de los sueños llevándose su polvo mágico. Los habitantes de Cataluña se encontrarán de pronto con un país en ruinas, lleno de niños pobres, de niños y adultos enfermos esparciendo sus gérmenes por las calles, de adultos vencidos haciendo cola en las oficinas de empleo o ante los contenedores de basura, de familias enteras sin techo, de jóvenes ocupados exclusivamente en buscar la manera de escapar a otro país. Los españoles, hundidos en su propia miseria, dejarán de hablar de Cataluña.