Ni tirar de la cadena

Hace algo más de un año, estaba yo comiendo en un restaurante cuando entró un grupo de unas doce personas. Les habían preparado una mesa al lado de la mía. Yo casi estaba terminando. Había ido a comer tarde.  Cuando el grupo llegó, el único cliente que quedaba en el restaurante era yo.

Estaba con mi postre cuando alguien del grupo levantó la voz y se presentó al resto de comensales diciendo su nombre y su cargo en un partido político. Siguió con un discurso corto. Luego se presentó una mujer que también dijo nombre y cargo y que también soltó un discurso.

Mis orejas se convirtieron en antenas y las manos se me fueron sin permiso a mi pluma y al cuaderno de notas que llevo a todas partes. Mi mente repetía: “Joder, joder, joder” mientras los discursantes iban soltando reflexiones interesantísimas. Tardé pocos minutos en enterarme de que se trataba de una reunión de  un partido político de nuevo cuño y de que quienes se habían presentado y soltaban discursos eran cargos llegados de Barcelona para instruir a políticos locales sobre el argumentario y las estrategias de la nueva formación.

Puse cara de vieja pánfila e inofensiva y empecé a transcribir todo lo que oía con la concentración y el rigor de un taquígrafo de tribunal. La acústica del local casi vacío y el hecho de que nadie bajara la voz por notar mi presencia, me permitieron oírlo todo y apuntarlo todo.

Tanta excitación y tanto interés por mi parte se debían al hecho de que el partido no tenía de nuevo más que el nombre. No conocía a los cargos de la metrópolis, pero a algunos comensales sí les conocía de vista. Eran todos políticos de Convergència i Unió; algunos de ellos, alcaldes de los pueblos de la comarca. Todos ellos estaban allí para demostrar su adhesión al nuevo nombre del partido de siempre: PdeCat, Partido Demócrata Europeo Catalán.

Los discursos y preguntas duraron mientras los comensales iban picando entremeses. Cuando llegó el primer plato de verdad, se hizo el casi silencio que consigue el hambre. Pensé quedarme a esperar que  los efectos del vino volvieran a mover las lenguas a la conversación. Pero empecé a sentir que me había hecho daño la comida y que la imaginación me estaba revolviendo las tripas como suele hacerlo en ciertas circunstancias: de la mesa de al lado me llegaba un insoportable olor a mierda.

Al salir de restaurante, la adrenalina me hizo volar a casa con la intención de escribir un artículo citando literalmente lo que más me había impresionado. El aire del camino me apagó el incendio. ¿Para qué divulgar todo aquello? ¿A quién podía beneficiar?  En cualquier caso, solo conseguiría buscarme problemas por pura estupidez. ¿Quién iba a creer a una vieja pánfila con ínfulas de periodista aguerrida?

Año y pico llevan mis notas de ese día encerradas en un cuaderno, encerrado éste en un armario con el resto de cuadernos llenos.  De esas notas saqué reflexiones que luego sí vertí en artículos. Tal como pensé aquel día, mis reflexiones no han servido para nada, como no hubiera servido que hubiese citado palabra por palabra lo que oí, incluyendo nombres. Hoy he vuelto a leer aquella transcripción. Ha perdido actualidad, pero la lectura volvió a revolcarme las tripas.

Durante aquella comida de trabajo de un partido nacionalista catalán al que la mayoría de catalanes consideró durante décadas defensor de la nación y de sus ciudadanos, no se mencionó ni una sola vez a Cataluña; no se mencionó ni una sola vez  a los catalanes. Los cargos llegados de Barcelona venían a instruir a sus representantes comarcales sobre el modo de pescar votos y sobre todo, de no perder los ya pescados.  Se les instó a hacer una lista con los nombres de quienes se dejarían pescar con facilidad porque bastaría con una llamada telefónica para que mordieran el anzuelo.  Se les instruyó sobre los argumentos que debían utilizar  para asegurarse la pesca. Para esa gente, los ciudadanos de este país valían lo mismo  que las truchas de nuestro río y ganar las elecciones no era el modo de llegar al poder para implantar medidas sociales; era como ganar un campeonato de pesca.

Hoy, la justicia nos ha demostrado, finalmente, que Convergència Democràtica de Catalunya, partido fundado por un hombre que durante décadas se consideró el padre de la patria catalana, era un garito donde ladrones sinvergüenzas se dedicaron durante décadas a robar impuestos pagados por todos los catalanes, mientras negaban a todos los catalanes los beneficios que pagaban con sus impuestos. ¿Y qué? Eso ya lo sabíamos todos hace mucho tiempo, pensarán muchos. ¿Que por qué la mayoría continuaba votando a ese partido? Porque ese partido pagaba muy bien con cargos, empleos, subvenciones a quienes se demostraban fieles votantes acallando todo escrúpulo moral a la hora de darle el voto. ¿Que todos esos votantes contribuyeron a perpetuar una sociedad injusta, mercantilista, inhumana? ¿Y qué? Ande yo caliente, dice el dicho, y el resto que espabile. Si Dios bajara del cielo a pedirles cuentas, la respuesta la podían encontrar en la Biblia, en las palabras de Caín: “¿Acaso soy el guardián de mi hermano?”.

Del nacionalismo pragmático, Convergència saltó al independentismo radical cuando su presidente, Artur Mas, decidió que el follón que armaría un secesionismo combatiente, podría ocultar toda la podredumbre de su partido. Pero por si no lo conseguía, Artur Mas hizo una leva de independentistas famosos y los metió, con Convergència y Esquerra Republicana de Catalunya en una lista cuyo nombre nadie asociaría a la corrupción: Junts pel Sí. Todos, Oriol Junqueras y los suyos incluidos, mordieron el cebo. ¿Que Convergència era un nido de ladrones? ¿Y qué? Todo catalán que se preciara y tuviera miedo de que no le apreciaran los demás, votaría Sí a la independencia aunque ese sí estuviera embarrado de mierda.

De mierda se embarraron Oriol Junqueras y todos los suyos. Esquerra presume de no haber tenido un solo caso de corrupción en sus ochenta y siete años de vida. Tan laxa e hipócrita se ha vuelto la sociedad que gobernar con corruptos no se considera corrupción. Pues bueno, Junqueras saltó a la vicepresidencia de la Generalitat dispuesto a embarrarse con quien fuera con tal de conseguir la independencia de Cataluña. ¿Independencia para qué? ¿Para seguir robando a la catalana con mucho más botín que robar por no tener que regalar impuestos que pudieran robar los políticos españoles? Da igual. Independencia. Aunque el president se llame Puigdemont y esté, a todas luces, como un cencerro; aunque el partido de Pujol y de Mas se llame ahora Junts per Catalunya. Esquerra se apunta por si la justicia absuelve a Junqueras y puede llegar a la Generalitat como héroe de la gloriosa gesta que proclamó la independencia de la República de Catalunya. ¿Que no hubo tal gesta, que no hubo tal república, que sólo hubo un contubernio de empecinados que no se detuvieron a sopesar el daño que le estaban haciendo al país y a los catalanes? ¿Y qué? Más de dos millones de catalanes volvieron a votar por la independencia porque a ellos tampoco les importa lo que pueda suceder al país y a todos sus habitantes.

Cambiemos los varios nombres de Convergència por Partido Popular; los de sus líderes, por Mariano Rajoy y los suyos; el nombre de Cataluña, por el nombre de España. ¿Alguna diferencia? La estupidez reina dentro de todas las coordenadas de nuestro país. Manda el dinero y la desesperación por conseguirlo a toda costa; aún a costa de todos los demás.

Una sociedad entrenada por el miedo no le hace ascos ni a nada ni a nadie. Nada frena a los individuos en su lucha por sobrevivir. La moral, la compasión se vuelven accesorios. Y hasta la hipocresía deja de considerarse necesaria para maquillar la fealdad. El día ha llegado ya en que nadie se molesta siquiera en tirar de la cadena para que su mierda no apeste a toda la casa. Total, nos hemos acostumbrado tanto al olor de la mierda que ya no nos molesta.

Anuncios

El timo de los tres siglos

(Este artículo lo escribí y se publicó en Publicoscopia el 2 de agosto de 2014. Podía haberlo escrito ayer. Lo dediqué a una de las víctimas mortales de la crisis como representante de los miles de compatriotas empobrecidos por la inmoralidad infrahumana de los políticos en el poder y de sus beneficiados).

 

In memoriam Don Gustavo Arguellas, activista de STOP DESAHUCIOS de Granada, padre de dos hijos, que se quitó la vida a los 37 años al habérsele notificado el proceso de desahucio de su casa por el Banco Mare Nostrum.

Sin preámbulos: el gobierno de Cataluña y el partido del gobierno, con la complicidad de todos los otros partidos que exigen la celebración de una consulta para que los catalanes decidan si quieren la independencia o no,  y  con la aquiescencia del gobierno de España y del partido que le sostiene, han engañado a la mayoría de España y de Cataluña con lo que ha sido un timo de tal enormidad que no existe comparación posible con caso alguno en toda la historia de Cataluña y España.

Sin rodeos: para disminuir el déficit, el gobierno de Convergència i Unió, fiel a su ideología de derechas, empezó a recortar  el presupuesto para política social antes de que la derecha española empezara a hacer lo mismo en el estado español. Como de costumbre, se vendió a la ciudadanía que la causa de las terribles consecuencias de la crisis era el expolio al que España sometía a Cataluña desde siempre. Como de costumbre, la mayoría aceptó esa transferencia de la culpa que los políticos catalanes han utilizado desde siempre para eludir su responsabilidad.  Sólo que esta vez, con más del 20% de desempleados y el 29% de pobres, por empezar la larga lista de horrores que sufre Cataluña y que todos conocemos,   a los catalanes no les basta con culpar  a España; exigen la separación.

El 11 de septiembre de 2012 casi dos millones de personas pidieron la independencia en las calles de Barcelona. Durante más de dos décadas, Jordi Pujol Soley, desde el trono de CiU,  se había investido con la dignidad de defensor de Cataluña, pero sin exigir el derecho a la autodeterminación. La tarde de aquella Diada fue el pueblo el que salió a la calle a defender a Cataluña sin intermediarios. A Artur Mas, el nuevo rey, empujado por la marea humana hasta las orillas del Mar Rojo, se le subió el Moisés a la cabeza y se proclamó líder del camino hacia la independencia con un discurso grandilocuente que emocionaba a propios y a extraños.  Faltaban dos meses para las elecciones al Parlament.  Aquella reacción del pueblo indignado era como un regalo del cielo. Mas se veía en la cumbre del Sinaí, tan alto e inaccesible como Pujol, su padre político; demasiado alto  como para que nadie se atreviera a culparle de los desastres causados por su gobierno. El malo culpable era otro y estaba en Madrid. Pero pasó que el pueblo de Cataluña resultó ser tan desagradecido como el pueblo judío que tuvo que sufrir Moisés, y en vez de adorarle como había adorado a su padre, le dio un repaso en las elecciones que le dejó turulato. Mientras, agazapado entre los juncos, un nuevo líder esperaba, aún espera, que Moisés baje del monte para subir él. Artur Mas reaccionó, eso sí, como un catalán de pura cepa: se puso a trabajar, pero no en la reconstrucción del país devastado por su salvaje política de austeridad. Como si Dios mismo desde la zarza ardiente le hubiese dado el báculo de libertador de Cataluña, Mas se ha dedicado a incordiar una y otra vez al Faraón y a quien quiera escucharle con la cantinela: se va a celebrar una consulta legal para que el pueblo decida si quiere la independencia o no.

Hasta aquí, la historia; ahora, sin preámbulos ni rodeos, la realidad de este momento. España es un país empobrecido, corrupto, cutre. Cataluña quiere independizarse de España para convertirse en un país empobrecido, corrupto, cutre, pero miles de veces más pequeño que España. ¿Qué posibilidades tiene Cataluña de lograr la independencia? Ninguna.  La Constitución otorga al gobierno del estado todas las prerrogativas y establece todas las medidas que han de tomarse  para garantizar la unidad de España, desde la suspensión de una Autonomía, hasta la intervención del Ejército in extremis. El gobierno de Cataluña le ha hecho creer a los catalanes que el gobierno del estado no podrá ignorar un voto masivo de los catalanes a favor de la independencia. Es falso; puede ignorarlo y lo haría en caso de que tal voto se produjera. El gobierno de Cataluña le ha hecho creer a los catalanes que se hará una consulta legal sí o sí. Media verdad. Si se llega a hacer una consulta, se hará cubierta por unas elecciones o se hará a pie de calle o en locales cedidos por ayuntamientos o por asociaciones, es decir, una consulta casera sin más trascendencia que la que quieran darle los medios de comunicación durante los días en que el asunto se considere noticiable. ¿Qué pasará después? Artur Mas, su gobierno y su partido seguirán repitiendo su lista de agravios y reivindicaciones, como los discos rallados de otra época, hasta que los ciudadanos les quiten los micrófonos.  Mariano Rajoy seguirá presentándose ante los españoles como garante de la constitución y de la unidad de la patria con la esperanza de que los ciudadanos admiren su firmeza y le perdonen todo lo demás.

El anunciadísimo  choque de trenes entre Cataluña y España, feliz metáfora más sobada que un abrigo de diez inviernos, no es otra cosa que los  amagos de Artur Mas contra la resistencia roqueña  de Mariano Rajoy. Puestos a soltar metáforas trilladas podemos decir que la sangre no llegará al río. Los españoles de todas las naciones de España  ya tragaron, durante la guerra y la posguerra, toda la sangre que podían tragar. La tierra de España con todas sus naciones está sembrada de fosas comunes donde yacen los huesos de los asesinados por un régimen que instauró el terror para defender los privilegios de unos cuantos. El superviviente más saludable y longevo de aquella salvajada fue el miedo. Es el miedo lo que aún impide que esas fosas se abran y se exhumen los restos de lo que fueron personas, ciudadanos españoles cuyas vidas importaron un bledo a los compatriotas que los asesinaron. Nadie quiere más sangre, más terror, más salvajismo. Ni los españoles han caído, a pesar de todo, en tal grado de imbecilidad como para recurrir a la violencia ni los catalanes s’han begut l’enteniment,  se han bebido el entendimiento, como reza la frase de la gente de seny.

Mariano Rajoy, Artur Mas y viceversa no han tenido reparo alguno en utilizar un sentimiento tan intenso y profundo como el nacionalismo de sus respectivos pueblos para tapar sus vergüenzas y las de los  partidos que les llevaron al poder. ¿Nacionalistas? ¿Nacionalistas de qué? De dos naciones empobrecidas, no por la irresponsabilidad de los ciudadanos ni por expolios mutuos; empobrecidas por los bancos que se dedicaron a robar a sus clientes y por los políticos que endeudaron a todos los ciudadanos para rescatar a los bancos; empobrecidas por leyes laborales que han dado a los empresarios todo tipo de facilidades para jugar a su favor con el temor al desempleo y esclavizar a sus empleados cuando deciden dar trabajo; empobrecidas porque sus ciudadanos se han visto privados de servicios fundamentales y asistencia social por los empresarios y políticos que han sacado su dinero del país para no contribuir con sus impuestos al bienestar de todos. ¿Nacionalistas de qué? ¿De entelequias de naciones deshabitadas?

En su conferencia de prensa del 1 de agosto, Mariano Rajoy anunciaba que España ha salido de la crisis y ya ha entrado en el feliz terreno de las cifras macroeconómicas positivas. Y decía que ese triunfo se había logrado gracias al esfuerzo de todos los españoles. ¿Esfuerzo de qué? Si unos ladrones asaltan a un infeliz en la calle, ¿vamos a decir que gracias al esfuerzo del infeliz por llevar dinero en los bolsillos, los ladrones lograron huir con su botín? ¿En qué mundo vivimos y en qué lenguas estamos hablando? Las cifras mejoran porque políticos, empresarios y banqueros nos han robado; porque han hecho correr  dinero negro bajo las mesas de notarios, registradores, alcaldes, regidores, diputados provinciales, autonómicos, estatales, directores y secretarios generales  y todo bicho viviente con acceso al poder, mientras que el dinero que arrancan a las nóminas de los asalariados se utiliza para tapar los agujeros que han causado la ambición desmedida y la ineptitud de un ejército de desaprensivos sin patriotismo, sin compasión, con las emociones blindadas bajo sus chaquetas y sus corbatas.

Saldremos adelante. Los ciudadanos de todas las naciones de España saldremos como salimos de una guerra y de cuarenta años de oscuridad. Saldremos adelante con nuestro esfuerzo, pero no gracias a la reestructuración que nos han impuesto a lo bestia; si no a pesar de ella. Saldremos adelante y sacaremos adelante a nuestras naciones y con ellas a España, sin manifestaciones, sin discursos,  sin alharacas  nacionalistas, porque el nacionalismo no se vocea; se siente y se trabaja.

Habrá quien ingenua o interesadamente nos diga que a pesar de todas las evidencias no se puede dudar del patriotismo español de Mariano Rajoy ni del patriotismo catalán de Artur Mas. A ellos,  a sus partidos y a todo lo que representan cabe decirles las palabras inmortales de Clark Gable a Vivian Leigh en Lo que el viento se llevó: Lo que ustedes sientan o dejen de sentir ya “no podría importarnos menos”.