No hay derecho

No hay derecho a decidir, por intereses espurios, llevar a Cataluña al desastre y amenazar con el desastre a España entera.

No hay nadie medianamente informado y capaz de razonar que no sepa que las consecuencias, económicas y de otra índole, de una ruptura serían gravísimas para Cataluña y para España. ¿Por qué se empeñan, entonces, el gobierno de España y el govern de Cataluña en llevarnos al desastre? Error de perspectiva. En el desastre estamos hace años, sin gobierno al que recurrir para que declare esta miseria de país zona catastrófica y nos dé las ayudas que requiere volver a ponerlo en pie.

Ante la desastrosa realidad, ambos gobiernos reaccionaron con una brillante idea. Si este desastre no se puede arreglar -y no conviene que a alguno se le ocurra y se le permita arreglarlo-, lo que se puede hacer  para evitar el pago de responsabilidades es amenazar a la gente con un desastre mayor. Si alguien tiene que elegir entre que le corten las dos piernas o dejar que la gangrena le corte la vida, cualquiera en su sano juicio se conforma con el mal menor.

Éxito total. Pensando en el posible desastre por venir, la mayoría ha conseguido desviar la atención del presente, y una mayoría de la mayoría ha llegado a pensar que, al fin y al cabo, la realidad actual no es tan desastrosa.

No hay derecho  a que los políticos en el poder de España, Cataluña incluida, hayan pervertido el criterio moral de una sociedad que había descubierto los valores que permiten evolucionar al hombre, macho y hembra, hacia la plena condición humana.

Las medidas políticas aplicadas por la derecha triunfante en España, Cataluña incluida, consiguieron convertir a todo el territorio nacional en tierra del sálvese quien pueda. Quien tenía los medios para salvarse aceptó esas medidas sin objeción. Quien no los tenía aceptó todo lo que le cayera encima con tal de que le permitieran sobrevivir. Los que lo perdieron todo se quedaron sin voz para quejarse y engrosaron, y siguen engrosando, las filas de los que nunca han tenido nada y que, por lo tanto, para nada pueden contar. España, Cataluña incluida, logró ponerse a la altura de los Estados Unidos.

Una clase rica, cada vez más rica, contribuye al orgullo nacional con el glamour que distingue a los países desarrollados. Las clases inferiores trinan contra los dueños de lujos y privilegios, pero como siempre han trinado y de trinar no pasan, sus trinos no inquietan a nadie.  Las mujeres de las clases inferiores agradecen las fotos de mansiones, joyas, ropa de alta costura que les permiten pasar el tiempo en la peluquería mientras les coge el tinte. Los hombres agradecen las fotos de cochazos que pasan del millón, de los aviones privados de los futbolistas, de las hembras colosales que llevan a sus fiestas y con las que se casan.  A casi nadie se le ocurre reivindicar el valor del trabajo exigiendo salarios proporcionales al esfuerzo y a su contribución real a la economía del país. Cuando se convoca una huelga o una manifestación, sólo van los directamente implicados. Son manifestaciones sin banderas, sin himnos, sin gritos que emocionen. Aburren, ¿para qué se van a manifestar quienes ni ganan ni pierden con el asunto?

Una clase media, cada vez más baja, agradece poder ir a la peluquería, poder pagar a plazos un coche de gama media o baja, según, poder ir de vacaciones a donde va la gente de su clase. La mayoría no encuentra motivos para participar activamente en la exigencia de justicia social. El mundo siempre ha sido injusto. Lo que más injusto les parece es que les obliguen a contribuir para mejorar la vida de quienes no han tenido su suerte, y si se trata de refugiados o de extranjeros huyendo del hambre, para de contar.

De los de la clase más baja, de los que tienen que vivir de subvenciones, cada vez más escasas, o de la caridad, no hay nada que decir. Ni se ven ni se oyen.

Parece un dato curioso que la mayoría de los nacionalistas catalanes que apoyan la independencia son los de salarios más altos, entre 4.500€ y 5.000€ mensuales, mientras que la mayoría de los que quieren permanecer en España percibe salarios que rozan el umbral de la pobreza. Pero, bien mirado, el asunto se entiende. Cataluña ha sido gobernada durante tres décadas por una burguesía nacionalista que pudo mantener una tensión controlada con el gobierno de España para obtener beneficios, mientras  alimentaba la catalanidad con el nacionalismo cultural que alguien bautizó como catalanismo de “espardenya” (alpargata). La siembra dio el fruto de Omnium Cultural y Asamblea Nacional Catalana, y ambas instituciones, con la ayuda generosa del gobierno, se dedicaron a predicar el ansia y el derecho a la independencia por todos los confines de la nación. A quien la prédica no le ha arrebatado el entendimiento, le cuesta muy poco descubrir los sofismas, medias verdades y mentiras completas que conforman el argumentario de los predicadores. Es un conjunto de enunciados muy simples, al alcance de los entendimientos con menos luces, en todo observante de las reglas del que fuera ministro de propaganda  del Tercer Reich.

No hay derecho a haber intoxicado la mente de una gran cantidad de catalanes con discursos y arengas dirigidas a estimular las glándulas para que la adrenalina les obnubile la razón. Viendo a los padres llevar a sus hijos pequeños a los colegios para evitar los desalojos de la policía, uno se pregunta si la sugestión colectiva puede trastornar a medio país hasta ese punto. Otra vez responde el genio de la propaganda nazi que logró enloquecer a la mayoría de los alemanes; la propaganda, cuidadosamente diseñada para apelar a lo más primitivo del ser humano, sí puede; puede siempre que encuentre mentes desprotegidas por carecer de criterio propio. Esa falta generalizada de un criterio alimentado con valores humanos, falta causada por una educación deficiente, ha permitido a los gobernantes de Cataluña, como a los de España, romper la integridad moral del ciudadano y, por ende, de la sociedad. En Cataluña, específicamente, los gobernantes independentistas han podido hacer barbaridades en el Parlament y tomar decisiones que rozan la demencia, poniendo en ridículo a toda la nación, sin que una gran parte de los ciudadanos pudiera detectar sus desafueros.

No hay derecho a destruir el prestigio nacional e internacional de la nación catalana. Orgullosos desde siempre, por motivos indiscutibles, de nuestra sensatez, de nuestra capacidad de trabajo, de nuestra disposición al esfuerzo constante por mejorar, por avanzar, los catalanes aparecemos hoy como fanáticos irresponsables que se niegan a acatar la Constitución española y hasta el Estatut de Cataluña; como enajenados que aceptan la decisión de su propio Parlament de acabar con la democracia; como ignorantes que claman por salir de España y, por ende, de Europa, para quedarnos solos, aislados, sin los recursos de que ahora disponemos para seguir luchando por la recuperación económica.

No habrá referéndum mañana. El referéndum fue anulado y cualquier cosa que se haga para votar, será cualquier cosa menos un referéndum. No habrá independencia. No la habría aunque votara la mayoría del censo y votara sí el cien por cien.  Eso lo saben perfectamente los gobernantes que han sacado a la gente a la calle a realizar un simulacro patético ofreciendo a Cataluña al escarnio público. Hoy nadie sabe cómo acabará el sainete, pero Mariano Rajoy en España y Carles Puigdemont en Cataluña descansan seguros de que los medios seguirán discutiendo el asunto y de que el larguísimo balablablá seguirá distrayendo al personal para que nadie recuerde la corrupción y el mal gobierno.

No hay derecho.

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Pedro Sánchez no tiene salvación

Publicado en El Socialista Digital el 2 de septiembre de 2016

 

Pedro Sánchez no tiene salvación. Se lanzó a la campaña de diciembre y a la de junio prometiendo cambio, y unos ocho millones de españoles le dijeron quita, quita, estamos bien así. Pero Pedro no entendió, no ha podido entender aún que tanta gente quiera aferrarse a un destino infame; que tanta gente prefiera vivir en la atmósfera sórdida y maloliente de una cueva, a dar un paso adelante para salir a la luz y al aire fresco.

El 31 de agosto, fecha para la historia, vestido con oscura discreción, Pedro Sánchez subió al escenario del Congreso y con semblante circunspecto y voz comedida, empezó a enumerar las razones por las cuales su partido no estaba dispuesto a permitir, con sus votos o su abstención, que un partido corrupto de ideología inhumana volviera a gobernar el país.

Las razones caían a plomo sobre quienes le escuchaban en el hemiciclo. A excepción de las caras de dos o tres aduladores oficiales del partido de gobierno que sonreían con expresión de idiotas, el resto de los diputados mostraban un rostro a juego con la gravedad del momento. Los menos habituados a la simulación parecían estar musitándose: joder. Porque cada una de esas razones arrancaba a España jirones de pelo, de máscara, de ropas, hasta dejarla cual impúdica maja desnuda tumbada en su canapé, exhibiendo ante el mundo un cuerpo devastado por ochenta años de mal vivir. Por la cuenta que le tenía, Mariano Rajoy la había pintado el día anterior con el mimo del retratista de Dorian Gray. Pedro Sánchez destrozó el cuadro a puñaladas de realismo y ni la encendida paleta de adjetivos de Wilde alcanzaría a describir la repulsiva visión de la España real cuando Sánchez hubo hecho trizas la de mentira.

Pedro Sánchez no tiene salvación. Mariano Rajoy le escuchó, incapaz de contener las muecas que le provocaban el odio, la indignación y a veces parecía que hasta la vergüenza –aunque puede ser discutible la existencia de tal sentimiento en el personaje. Al llegar su turno de réplica, Rajoy se vengó, según su costumbre, echando mano del sarcasmo para ridiculizar la quijotada de Sánchez. Con la cara descompuesta por sonrisas forzadas, mientras emitía frases jocosas, sus ojos lanzaban una sentencia de muerte; “Pedro Sánchez, no tienes salvación. Nadie te va a perdonar que hayas restregado en la cara de todos la realidad del país, dejándoles a todos sin la excusa de la ignorancia para disculpar su complicidad”.

Cuando Sánchez terminó su intervención, periodistas, analistas y comentaristas se miraron un instante con estupor y de alguna garganta salió lo que pensaban. Sánchez ha quemado las naves. Sánchez ha roto los puentes. Ahora sí que parece que el “No” va a seguir siendo que “No”. Pero en ciertas profesiones como las susodichas, las exigencias de la realidad se imponen a toda reacción emocional. En pocos minutos, los diarios ya tenían sus titulares en los que no se hacía ni la más somera mención a las razones ventiladas por Sánchez. Los tertulianos empezaron de inmediato a comentar la finísima ironía de Rajoy, su cintura endurecida por décadas de política activa, sus dotes de brillante parlamentario. De Sánchez se mencionó su rotundidad, su dureza, su empecinamiento en no dejar ni una puerta abierta por donde atisbar una posible solución, pero nadie mencionó siquiera la minuciosa autopsia en la que Sánchez había expuesto todos los males de una sociedad dividida, empobrecida, encanallada.

Cuando apareció Iglesias en su popular papel de deus ex machina, desviando la atención de visiones y consideraciones demasiado serias y aburridas para cualquier audiencia, todos se olvidaron de Pedro Sánchez. De Iglesias siempre se espera espectáculo y nunca defrauda, pero ayer, tal vez para liberar la tensión que Sánchez le causara, Mariano Rajoy se prestó a darle la réplica y se la dio cual genial característico. Sus intercambios dialécticos rezumaban romanticismo hasta el punto de evocar una escena del sofá de Zorrilla versión bufa. Sus palabras, sus gestos, sus sonrisas, su sintonía suministraron ayer a todos los medios material suficiente y adecuado para librar del muermo a los programas de política, permitiéndoles seguir compitiendo con los del corazón en la caza de audiencias.

¿Qué dijo Rajoy? ¿Qué dijo Sánchez? ¿Qué dijo Iglesias? ¿Y a quién le importa? Lo que importa, dicen todos, es que hay que tener responsabilidad y visión de estado y patriotismo, etcétera, para dejar gobernar a Rajoy o sí o sí. Y que el único que no tiene nada de eso en este país es Pedro Sánchez porque parece ser el único que se ha tomado la molestia de analizar las cosas como son; el único que no entiende que los políticos no pueden hablar con la franqueza de los de a pie; el único que se atreve a decir que el gobierno del país no se le puede entregar al presidente de un partido procesado por corrupción; el único, en fin, que no tiene ni pajolera idea de lo que es la política en un país tan culto que no hay político que ignore los consejos de Maquiavelo encareciendo al príncipe a no permitir que la ética informe y controle sus actos.

De lo que dijo Pedro Sánchez lo único relevante es que dijo que no, lo que le hace más malo que malo; pésimo. Oiga usted, le gritan desde todas partes, que a Rajoy y a su partido les votó la mayoría de los españoles y estamos en una democracia. ¿El 33% es la mayoría de los españoles? Al PSOE solo le votó un 22%. Por eso insiste Sánchez en que el PSOE debe estar en la oposición. Pero es que si no deja gobernar a Rajoy, no habrá gobierno, y sin gobierno no puede haber oposición. ¡Toma falacia!

Ante el atascamiento de la situación y la temeridad de Pedro Sánchez, los nervios se desatan en los cuartos oscuros donde, en el guirigay del día y en el silencio de la noche, la ambición trabaja sin descanso. Visto lo visto y oído lo oído, a Sánchez solo le doblega el Comité Federal, dicen, y salen cuatro de su mismo partido a exigir que el comité se reúna cuanto antes a ver si desautorizan al niño nuevo que está poniendo la política española patas arriba. ¿Pero quién es el guapo que se atreve a desautorizar a los millones de militantes y votantes que apoyan la firmeza de Sánchez y le conminan a seguir diciendo que no? ¿Quién es el inconsciente que intente empujar al PSOE a la abstención para que la claudicación le cueste verse de vieja gloria en el grupo mixto?

Pedro Sánchez no tiene salvación a menos que el 25 de diciembre los cielos confundan la Navidad con Pentecostés y la mayoría de los españoles reciba ciencia y valentía infusas y en vez de culpar a Sánchez por el deplorable estado de España, reconozca a los verdaderos culpables y les mande a la vice oposición, por detrás de Unidos Podemos. Lo que supone esperar una intervención sobrenatural.

Lo cierto y natural es que muy pocos españoles saben lo que Pedro Sánchez hizo y dijo para demostrar que ningún político decente podía permitir otros cuatro años de desastre para el país. Casi nadie ha visto a España en cueros vivos tal como está. Lo natural y previsible es que o le desautorice el comité de su propio partido, o le desautorice la mayoría volviendo a votar por el PP porque no ha visto ni oído ni leído razón alguna que racionalmente le convenza de que debe cambiar su voto por el propio bien de cada uno de los españoles y por el decoro de esta pobre España nuestra.

Pedro Sánchez no tiene salvación a menos que los militantes y votantes del PSOE que le siguen se conviertan en Fuente Ovejuna y se hagan oír por todos los medios a su alcance, infundiendo más miedo que todos los comendadores juntos.

Al grano:que NO es NO

Al grano. Nos están conduciendo, como ovejas al matadero, a una realidad política y social dirigida por una ideología única.

 

Hay tertulianos y comentaristas que presumen de no caer en lo que hoy se llama conspiranoia. Su objetividad les exige limitarse a comentar los hechos que objetivamente pueden observar. Pero hoy y aquí, los hechos que nos dejan observar, las declaraciones que nos permiten oír forman el decorado y los diálogos de una obra de teatro concebida para distraernos mientras los poderes que rigen el país configuran el tipo de sociedad en el que nos tocará vivir; la clase de vida que nos tocará sobrellevar hasta que entreguemos el relevo a otra generación aun más atontada, aun más dócil que la nuestra. Por eso, quien se niegue a levantarse de su butaca de observador para colarse entre bambalinas, con espíritu de sabueso, a investigar qué es lo que está pasando, qué es lo que están tramando, será todo lo objetivo que quiera, pero es, además, o cómplice de los que mandan o un ingenuo del copón.

Al grano. En una situación insólita, hasta hoy desconocida en los regímenes democráticos, Pedro Sánchez Pérez-Castejón, cargado con el Partido Socialista que le apoya, ha sido arrastrado hasta el centro del escenario nacional para someterle ante el público a una andanada de reconvenciones y exigencias para que abdique de sus principios socialdemócratas, de su programa electoral, de su compromiso con los millones que le votaron. El aluvión le cae de todas partes. Diríase que el clamor que le conmina a claudicar para dar vía libre a un gobierno corrupto dirigido por la más salvaje política neoliberal es el clamor unánime de todos los españoles. Pero eso es falso.

Todos los que acusan a Pedro Sánchez de antidemocrático por no entregar el poder al partido más votado; todos los que le acusan de inmovilista, de irresponsable y de cuanto se les pasa por el magín para sacudirle, tienen algo en común. Las voces salen de distintos partidos, incluyendo el PSOE, pero de gargantas empeñadas en decir cualquier cosa con tal de defender los privilegios de su clase; una clase política sometida al servicio de quienes garantizan la estabilidad del statu quo.

¿Y cuál es el statu quo? Partidos con organización a cargo de organizadores intocables que se aseguran su intocabilidad amenazando a los replicantes con lanzarlos a las tinieblas del anonimato y prometiendo a los aspirantes dóciles la inclusión en listas y cargos que hagan brillar sus nombres propios -donde dice cargos, léase sueldos-. Partidos cuya buena vida depende del Capital que les sostiene a cambio de que apliquen políticas favorables al Capital cuando lleguen al poder.

Ya pueden protestar de su honestidad, responsabilidad, visión de estado todos cuantos protestan de todo eso para justificar el ansia de que Rajoy vuelva a gobernar. Todas esas palabras nobles se revelan burdas mentiras cuando se utilizan para encubrir la voluntad de que nada cambie; de que zapateros a sus zapatos; es decir, empleados a sus trabajos para mantener a los que mandan como manda el dios de los que mandan; y los que mandan, a hacer lo posible para que a los empleados no les falte techo y comida para que puedan mantener a los que mandan sin problemas mayores. Zapateros a sus zapatos; que los españolitos vayan a lo suyo y dejen a los dirigentes dirigirlos en paz sin incordiar. ¿Pueden presumir de honestidad, responsabilidad y visión de estado los políticos y los opinantes empeñados en entregar el gobierno del país a un partido corrupto que se rige por la salvaje ideología neoliberal que ha partido en dos a la sociedad española, los que tienen y los que no tienen, creando una desigualdad de tiempos que creíamos antiguos y desaparecidos para nunca volver?

Harían bien en ahorrarse mentiras y eufemismos que no hacen ninguna falta porque ya todos nos sabemos la cartilla. Las cosas son como son y así las dejó Francisco Franco confiando en que la mayoría de los españoles haría lo que fuera para conservar la paz, aunque fuera la paz de los sepulcros; y garantizarse la supervivencia, aunque fuera la de una vida sin dignidad –la dignidad no se come-. Para no repetir la receta de la sopa de ajo, dejo aquí enlace para que los espíritus curiosos que no han tenido tiempo ni medios para dedicarse a la lectura por ser de los que trabajan para mantener a los solventes, se empapen bien de lo que es y significa el franquismo sociológico, la sociedad en la que viven o malviven la mayoría de los españoles. Quien se reconozca en el rebaño que Franco dejó bien domesticado podrá al menos optar por una de dos opciones: rebelarse y luchar por un auténtico cambio o asumir su cobardía y entregarse a la resignación para que le permita irse muriendo en paz.

Al grano. Pedro Sánchez Pérez-Castejón y sus asesores cometieron un error que no le quieren perdonar ni los bien colocados ni los colocados tan mal que viven temiendo que su colocación empeore.

El PSOE lanzó su campaña electoral previa a las elecciones del 20D prometiendo cambio. No repararon en que decir cambio es como mentarle la bicha a unos españoles domesticados, entrenados para desconfiar de cuanto les altere la rutina; a los que su rutina les resulta favorable porque ya les va bien, y a los que viven una rutina de pena porque les podría ir peor. Cierto que el PSOE de 1982 arrasó prometiendo cambio, pero eso ocurrió hace treinta y cuatro años y lo que se quería cambiar entonces era una situación inestable, de incertidumbre, de amenaza de sables y pistolas. Cierto que el PP de 2011 también ganó prometiendo cambio, pero lo que entonces se quería cambiar era una situación de crisis económica que había llevado a miles de empresas a la banca rota y a millones de personas al desempleo. En 2015, hablar de cambio era decir a los españoles que había que cambiar a un gobierno que había creado cientos de miles de puestos de trabajo y que tranquilizaba al personal, como un potente psicótropo, con cifras macroeconómicas que casi nadie entendía, pero que demostraban que España iba muy bien. Pero mire usted, que la inmensa mayoría de esos puestos de trabajo son por horas, por días, por un par de meses, sin derecho alguno a exigir condiciones dignas, con sueldos de miseria; que ofrecer un trabajo de esos es como darle al hambriento una piruleta porque usted va a trabajar toda su vida, pero se va a pasar toda su vida a verlas venir, aterrado por la incertidumbre sobre si encontrará trabajo cuando se le acabe el contrato que tiene, si es que tiene contrato; con la única certeza de que, con lo que gana, está usted metido en el círculo de la pobreza del que ya no va a salir en toda su miserable existencia. Puede que el vapuleado y resignado español dudara unos días mientras le llegaban de aquí y de allá las promesas electorales de costumbre. Pero en el último momento, un 28, 72% de los votantes, que resultó mayoritario, se acordó de la mal llamada y peor entendida, pero universalmente popular Ley de Murphy, y volvió a coger la papeleta del PP por si a las moscas. El número de los anticambio se incrementó el 26J hasta el 33%.

Al grano. Pedro Sánchez empezó por el intento de cambiar a un partido anquilosado para transformarlo en un organismo vivo y activo en el que las voces de militantes, simpatizantes y hasta votantes se atrevieran a hablar y se escucharan con el mismo volumen, más o menos, que las voces de los dirigentes. Con lo que se echó en contra a algunos dirigentes para siempre jamás.

Pedro Sánchez se atrevió a apelar al patriotismo y a la responsabilidad de todos los diputados presentando en el Congreso un programa socialdemócrata concebido para reconstruir la sociedad española sobre fundamentos de igualdad, justicia y solidaridad. Claro que sabía que los votos de los diputados no se consiguen apelando a sus valores morales o al interés general; se consiguen con pactos y los pactos, como hasta los comentaristas repiten y todos sabemos, suelen ser cambios de cromos dirigidos por los intereses y las ambiciones de los partidos pactantes. ¿Cómo pedirle a un líder que anteponga el interés general a su esperanza de sorpasar a todos los partidos, por ejemplo? En fin, que una muestra de valor y firmeza como pocas se habían visto en la política española, fue considerada y presentada ante la opinión pública como un fracaso. Pero el acto de valor de Pedro Sánchez puso en evidencia los actos de los demás.

Al grano. Pedro Sánchez se niega a permitir con la abstención del PSOE que el 33% de los votantes condene a todos los ciudadanos de este país a acatar con resignación cuatro años más de recortes de libertades y derechos. Pedro Sánchez se niega a ignorar el NO al Partido Popular del 67% de los votantes. Pedro Sánchez se mantiene firme insistiendo en que una minoría no puede vencer a la mayoría en una democracia. ¿Que solo queda pactar con los que representan a ese 67%? ¿Que si eso no puede ser por las razones que no pudo ser la investidura de Sánchez en marzo, habría que volver a votar, con el más gasto y el cansancio que se les causaría a los pobrecitos españolitos –término de Casado? Conmueve el súbito interés por el bienestar de los españolitos de quienes han hecho todo lo posible por jorobarles la vida y de quienes no han hecho nada para evitarlo. Hoy millones agradecen ese interés, pero dicen, no, gracias.

Al grano. Millones de militantes, simpatizantes y votantes del PSOE de Pedro Sánchez, sin miedo al cambio, sin miedo a votar, están gritando por todos los medios a su alcance que el NO a gobierno del Partido Popular siga siendo NO aunque haya que seguir votando hasta el día de juicio. Porque ya no hay falacia ni engañifa que les haga aceptar que hay que resignarse a vivir donde te haya hecho nacer el destino en una sociedad dividida entre los que mandan y los que trabajan para que esos puedan seguir mandando. Porque en una democracia manda la mayoría y la mayoría ya ha dicho dos veces que no a Rajoy, a su partido y a la política de otros tiempos. Millones de españoles con Pedro Sánchez a la cabeza siguen y seguirán contestando a los metemiedo y a los cobardes que NO es NO.

La pura y dura verdad

Diálogo, pactos, responsabilidad, patriotismo, palabrería repetida un día y otro y a todas horas en la prensa escrita, hablada, vista; palabras de un padrenuestro pagano que políticos y politólogos y charlistas con vocación de pedagogos vocacionales repiten y repiten y repiten a los ignorantes indígenas del gran pueblo idiota para convertirles a la nueva religión; religión que ya no es de Dios ni del demonio, que es del Dinero y de sus intermediarios en la tierra, regidos todos por el Pragmatismo, al margen del cual no hay salvación.

Alerta máxima. Campanas tocan y sirenas suenan para enterarnos a todos del estado de emergencia nacional. La vida de cuarenta y seis millones de españoles depende de que un hombre se someta a un debate de investidura y de que todos aquellos de quienes depende que le invistan, le invistan como sea para que ese hombre nos pueda gobernar, porque si no le dejamos que nos gobierne, España,  con todos sus españoles,   será asolada por la más catastrófica de las catástrofes que jamás haya contemplado la historia nacional, porque no puede haber catástrofe más catastrófica que la de vernos forzados a soportar unas terceras elecciones –­­­­juro por lo más sagrado que la exageración no es mía sino del presidente de una comunidad autónoma que acabo de oír en la radio alertando de tal catastrófica catástrofe, sic erat dictum-.

¿Pero esto qué es? Diríase que una obra de teatro con pretensiones dialécticas que no pasa del absurdo improvisado de cuatro locos. ¿Sólo eso? Quien quiera podrá escuchar la voz de Brecht conminándonos a detenernos y pensar. -Todo esto no es más que puro teatro. Simples tablas y una luna de cartón –nos dice desde el mundo eterno-. Pero los mataderos que se encuentran detrás, ésos sí que son reales.

Pensemos. Descubramos esos mataderos antes de que nos veamos todos dentro discurriendo por la línea que nos lleva al despiece.

¿Cómo es posible que en un régimen democrático un solo hombre pueda paralizar la vida política de un país a su antojo hasta que todos los políticos con capacidad de decisión decidan darle el gobierno? ¿Por qué tantos personajes políticos de antigua trayectoria y dirigentes políticos en activo alertan de horribles peligros si no se pliegan todos a su voluntad de gobernar? ¿Es que están todos ellos verdaderamente convencidos de que la única alternativa que tiene el país para evitar la ruina absoluta es entregar el gobierno al presidente de un partido procesado, él mismo sospechoso de corrupción, que miente sin recato y sin recato ignora la constitución, el tribunal que regula su cumplimiento y hasta leyes internacionales si hace falta? Eso por no mencionar su política antisocial, argumento tan sobado que se cae a pedazos y que sobra volver a mencionar porque, en realidad, le importa a muy pocos. ¿Es posible que el futuro de España dependa, sin remisión, de un hombre como Mariano Rajoy y de un gobierno como el de su Partido Popular?

La realidad objetiva está tan enmarañada que no hay modo de encontrar en ella respuestas lógicas; tan confusa, que ni se encuentra analogía alguna en parte alguna del mundo que nos permita comprenderla. ¿Qué nos queda entonces que nos permita analizar? Nos queda la realidad interior; los meandros de la mente de los autores de esta ópera bufa, autores que son al mismo tiempo sus protagonistas. ¿Qué le ha pasado a todos estos políticos para haber caído en tal estado de histeria?

Vamos a ver. Se desata una crisis económica. Millones se quedan en la ruina, más o menos total. El resto de los millones cae presa de un pánico crónico. De pronto, en medio de todas las tragedias personales que hacen brotar en todas las conciencias la certeza de la precariedad de la fortuna, empiezan a estallar las cloacas revelando en su fondo una red de ladrones que nos han estado esquilmando el fruto de nuestro trabajo. A estas alturas, las aguas fecales han crecido y siguen creciendo hasta el punto de asustar. Si siguen bajando los sueldos, si sigue golpeando a los más vulnerables la precariedad laboral o la carencia de empleo, si la pobreza sigue arrastrando a los que aún se aferran a sus puertas pequeño burguesas ¿cuánto puede tardar en producirse una revuelta social?

Hay que reconducir a esa gente, reconciliarla con sus dirigentes antes de que les ronde la idea de la rebelión. ¿Y cómo reconciliarla? El exceso de información ha vuelto escépticos a los idiotas. Ya no se creen los discursos bonitos, las promesas. Mirad lo que le pasó al partido que vendía sonrisas, abrazos y golpecitos en el corazón. En la España de hoy, ya puede predicar un Bautista y hacer milagros un Mesías que quien no les ignore para irse al fútbol, puede emprenderla a pedradas para descargar en ellos su indignación. ¿Qué hacer entonces? Alguien tuvo una idea genial –las ideas geniales suelen surgir de un único individuo-. Hay que hacer que el pueblo idiota acepte a sus dirigentes sin juzgarles. ¿Cómo? Mediante la empatía.

Hoy por hoy se ha hecho evidente que una gran mayoría de los dirigentes políticos de este país tiene una urgencia perentoria de convencer a todos los adultos españoles de que aceptemos hacernos culpables y cómplices de corrupción; de que aceptemos que todos somos indecentes y que no tenemos, por lo tanto, derecho a  sentirnos moralmente superiores a quienes nos gobiernan; que no tenemos derecho a exigir decencia a nadie.

¿Y cómo van a convencer a la mayoría de los adultos de este país para que se sientan parte del grupo esquilmador sin que les caiga ninguno de sus beneficios? Muy fácil. El Partido Popular fue el más votado en las pasadas elecciones. Solo obtuvo poco más del 30% de los votos, pero mucho más de los votos que obtuvo el PSOE solo. Por consiguiente, hay que permitir que ese partido gobierne porque es lo más democrático, responsable, patriótico, etcétera que se puede hacer. Pero es que eso solo es posible si el PSOE se abstiene. Exacto. Si el PSOE se abstiene, Mariano Rajoy volverá a gobernar sin problemas; el pueblo idiota seguirá aguantando lo que le caiga con alguna que otra protesta aislada, pero nada que pueda desestabilizar el país;  Bruselas podrá descansar sin sobresaltos mirando con cariño a la dócil España neoliberal. ¿Y la oposición? ¿Qué oposición? ¿Los de las sonrisas y los corazones? Esos salen a la calle a pasárselo bien hasta que se descubren la primera cana en la cabeza y el primer achaque en la espalda, advertencias de que ha llegado la hora de buscar el enchufe de papá o de algún contacto para procurarse un buen empleo. ¿Y el PSOE? ¿Qué va a decir el PSOE si al abstenerse está tan pringado como el resto de los políticos? ¿Y el pueblo idiota? Eso, idiotizado, dócil y dispuesto para seguir votando a los que le vapulean y le roban.  España, la España eterna, pícara y sadomasoquista, podrá seguir disfrutando de sus esencias durante cuarenta años más sin que nadie se atreva a incordiarla con monsergas éticas.

Suena fatal, tan mal, que aun hay millones que se resisten a bajar la cabeza para que se la rebanen; millones que siguen empujando a quienes aun pueden acusar de indecencia a los indecentes sin sonrojarse para que no den ni un paso atrás.  Porque al día de hoy, a pesar de todos los esfuerzos realizados por corruptos y cómplices y aspirantes de cómplices, aun quedan millones en este país que no se tragan la estratagema; millones que exigen un NO rotundo a quienes pretenden pringarnos para que en España no quede nada limpio, nada que destaque la mugre que nos rodea; millones de valientes que exigen la verdad y la decencia.

Suena fatal, pero la voz de Brecht nos conmina: “Cuando la hipocresía comienza a ser de muy mala calidad, es hora de empezar a decir la verdad.”

Otro manifiesto contra otro manifiesto o a punto de apagar y vamonós

 

Acaba de salir otro manifiesto.

El otro día eran estrellas socialistas de la época del cine en blanco y negro junto a colegas de la derecha, unidos todos por una profunda responsabilidad de estado, para recordarle a Pedro Sánchez y al PSOE rojo de hoy  que hay que hacer posible la gobernabilidad de España sea como sea, aunque sea pringándose de mierda indeleble, porque ir a terceras elecciones y dejar que los ciudadanos decidan cómo se sale del atolladero, es un absurdo.

El manifiesto de hoy está suscrito por 450 estrellas comunistas, también antañonas; actores revelación de mareas, compromisos, verdes, activistas; sindicalistas, economistas alternativos; escritores, humoristas, pintores. La cosa, por lo menos, pinta más divertida.

Como en el anterior manifiesto de autoridades, éste persigue recordar a los líderes que hay otra opción de gobierno que evita tener que embarrarse con el PP. Sus firmantes, tal vez con más alto nivel de intelectualidad y justicia que los otros, no intentan, subrepticiamente,  que el personal se quede con la idea de que han tenido que salir a la palestra porque al pobre Sánchez no se le ocurre nada. Estos, por lo menos, reparten sus consejos no solicitados alícuotamente entre todos los líderes, por si a todos falta la creatividad que los firmantes se suponen con su invento.

El invento consiste en recordar a todos que el PP no tiene mayoría absoluta y que la suma de todos los demás partidos sí tiene. Razón por la cual, sumando los votos de los demás partidos, se puede conseguir un gobierno alternativo al PP; un gobierno formado por PSOE, Unidos Podemos y Ciudadanos ¿Pero no es eso lo que intentó Pedro Sánchez en marzo? Bueno, sí, pero como nadie le hizo caso, los 450 firmantes del manifiesto de hoy lo presentan como una idea nueva y rompedora a ver si, gracias a su patrocinio, esta vez engancha y cuela.

Y otra vez en nombre del ciudadano anónimo, la que aquí suscribe se pone a contestar a tan ilustres manifestantes en este contra manifiesto firmado por mí y por los millones de ciudadanos que piensan como yo, pero a los que solo se les escucha en sus casas y en sus bares.

Vamos a ver. En este día del Señor, la situación es la siguiente. El rey llama a Rajoy. Puede pasar que Rajoy sufra un ataque de responsabilidad y valentía y acepte soltar su discurso de investidura sabiendo que le van a derrotar. Harto improbable. El sentido de responsabilidad y la valentía no son virtudes que puedan adquirirse en un instante. Lo más razonable es suponer que Rajoy le dirá al rey que con sus 137 diputados no va a ninguna parte; que los otros son muy malos y han dicho que le votarán que no y que, por lo tanto, lo más serio es no aceptar la propuesta de su majestad de formar gobierno, aunque se agradece.

Rajoy comunica su negativa a la prensa. (Dentro música de suspense). ¿Y ahora qué? Ahora, o se desemperra Sánchez y dice que no es sí porque no queda otro remedio, o  nuevas elecciones porque si no, el caos, dice Rajoy.

Supongamos que Pedro Sánchez decide hacer caso a los ex ministros de su partido y se presenta ante la prensa para anunciar que el PSOE se abstiene, por sentido de la responsabilidad, para que gobierne la lista más votada, el Partido Popular. (Dentro algo así como la Fanfarria para el hombre común  de  Aaron Copland). Los medios interpretan el anuncio como la despedida de Pedro Sánchez de la vida política y el principio de la agonía terminal del PSOE. Mientras Sánchez, ya casi descuartizado, se retira a la inopia a contar los días que le quedan de vida, los líderes a quienes tocará reanimar al partido se lanzan frenéticos a recabar apoyos para  el próximo congreso que habrá de devolver el partido al aparato, porque se acabó el experimento de dejar las decisiones serias en manos de los militantes, que después mira lo que pasa. (Dentro El vuelo del moscardón de Rimsky-Korsakov).

Pocos minutos después aparece ante la prensa Pablo Iglesias, triunfante, resplandeciente. Dentro (Also sprach Zaratustra de Richard Strauss). Tras unos segundos de silencio para intensificar la expectación, Pablo Iglesias se proclama único líder de la oposición al Partido Popular.

España se divide en dos bandos; es decir, vuelve a ser lo que era. Por un lado, el gobierno serio del PP empieza a navegar plácidamente, sin sacudidas. Siguen saliendo asuntos de corrupción con redadas policiales, imputaciones, juicios. Pero ni Rajoy ni su partido se inmutan. La gente ya se ha acostumbrado a dejar a los políticos robar en paz. Los de la parte más delgada de la cuerda paran en la cárcel un tiempito para que no quepa duda de que la justicia funciona. Cuando el asunto pierde novedad, se les deja salir con una fianza que no tienen problema en pagar, y a vivir tranquilamente porque con tan poco juez y tan escasos medios, antes les llegará la muerte que el juicio.

Por el otro lado, Unidos Podemos y sus satélites y confluencias toman las calles con Iglesias, de Jack Sparrow, a la cabeza. Mientras Errejón protesta contra los recortes en el Parlamento y Rajoy los firma repantigado en su butaca, Iglesias organiza asambleas, manifestaciones, mareas que llenan de sonido y color las calles de nuestras ciudades; y happenings con tetas y culos al aire que divierten al personal. No hay día ni prime time en que no aparezca en todas las televisiones algún acontecimiento espectacular liderado por la electrizante figura de Pablo Iglesias. Mientras tanto, los asesores de Unidos Podemos preparan una moción de censura para cuando llegue el momento oportuno; el momento glorioso en que Pablo Iglesias arrebate el poder a Mariano Rajoy y  logre la investidura como presidente del gobierno.

¿Y si Sánchez no se abstiene? ¿Si resulta que el No no era sí, sino que era No? Aquí es donde entra lo del Manifiesto de los 450. Supongamos que Iglesias les hace caso y se traga el sapo gordo de Albert Rivera para conseguir un pacto. ¿Pero tragará Albert Rivera al líder revolucionario y a ratos soberanista? Sin duda. Rivera nació bifronte, como Jano, y como a Jano le da igual que la fortuna llegue por la izquierda que por la derecha. Bifronte, como Jano, se pondrá en el centro entre Iglesias y Sánchez, con los cuatro ojos de su doble cara fijos en los dos, para correr a los brazos del uno o del otro cuando quede claro  cuál de los dos se queda con el pastel. Supongamos que Sánchez traga saliva amarga y por el bien de España se aviene a pactar con Ciudadanos y Unidos Podemos. ¿Qué le pasará a nuestro país?

Por más que puedan escandalizar su nueva estética y sus nuevas formas, los líderes de Unidos Podemos son de lo más ranciamente español que se pueda desear. Pablo Iglesias no tiene empacho en confesar su clasismo en una entrevista televisada. Para él, la sociedad se divide en gentuza y élite culta. Por otra parte, tampoco oculta su machismo; un machismo de broma y, por lo tanto, inofensivo que no tiene otra intención que la de divertir a  los que padecen de exceso de testosterona. Célebres eran en la universidad los zascas sarcásticos que soltaba a sus alumnas femeninas excitando la hilaridad de los varones. Célebres sus interrupciones a periodistas femeninas mencionando su atuendo para restar seriedad a sus preguntas. Muy célebre ha sido  su broma en condicional a una inefable presentadora de televisión diciendo que la azotaría hasta sacarle sangre. Esa violencia contenida entre dientes apretados, como protagonista de westerns antiguos, conecta divinamente con la mayoría de los machos de este país y les hace soñar con una sociedad más libre cuando Iglesias proclama, en su programa de televisión, que el derecho a portar armas es de lo más democrático.  Por otra parte, Echenique demuestra un profundo conocimiento de la idiosincrasia y proceder de los españoles y una muy empática comprensión de sus costumbres que le lleva a pagar muy poco a un asistente y a no pagarle seguridad social, que es lo que hacen millones de españoles que no pueden pagar tantos impuestos. Si encima resulta que Echenique tiene un sueldo muy superior al de la mayoría, más que mejor. Como muchos empresarios españoles, se ahorra lo que puede en sueldos e impuestos demostrando su plena integración. O sea, que de los líderes de Unidos Podemos no hay que temer ninguna renovación ni regeneración que nos vaya a poner todo patas arriba. Su presencia en un gobierno garantiza más lo mismo de lo mismo, o sea, estabilidad, respeto al statu quo  para que nadie se agobie.

Lo que conduce a pensar que tal vez los 450 firmantes no vayan tan desencaminados. La presencia estéticamente y oratoriamente revolucionaria de Iglesias y los suyos puede ser un potente tratamiento contra la depresión que nos amenaza, mientras que su razonable plegamiento a  tradiciones y costumbres nos garantiza tranquilidad.  Albert Rivera es el chico bueno que no le causa problemas a nadie. Entonces, ¿por qué manifestarnos en contra de tan sensato manifiesto?

Manía que tienen algunos de confundir la política con la ética. Manía de no resignarse a tanta mentira, tanta falsedad.  Manía de creer que un político debe ser un trabajador que asume la responsabilidad de hacer su trabajo lo mejor posible, siendo su trabajo velar por el bien de los ciudadanos que le han elegido y que le pagan el sueldo con su trabajo. Manía de creer que con todas sus imperfecciones, el mejor régimen posible es la democracia y manía de creer que la democracia no es efectiva sino busca la justicia social. Manía de creer que una situación como la que vivimos solo pueden arreglarla con honestidad nuevas elecciones. Que si quieren los financieros, los empresarios, los taurinos, los ancianos con pocas luces que vuelva a ganar el PP y esta vez por mayoría absoluta, sea; apaga y vámonos, y cada cual a su casa para arreglar su mundo como pueda  porque el mundo exterior seguirá siendo un asco.

Los que padecemos de esas manías decimos a los 450 señores firmantes que preferimos seguir luchando hasta el último momento con Sánchez y el PSOE rojo para poder vivir en una España decente y responsable, aunque eso suponga hacer el ímprobo esfuerzo de acercarnos al colegio electoral y, al borde del agotamiento, levantar el brazo para meter nuestro voto en una urna, y regresar a casa maltrechos, pero con la profunda satisfacción de no haber permitido que líder ni manifiesto alguno quebraran nuestro espíritu. Amén

Yo acuso

Escribí este artículo el 3 de enero de este año. Tuve que publicarlo en mis notas porque el director del periódico en el que publicaba creyó que podía causar problemas legales.Hoy, todo lo que aquí escribí sigue vigente. Todo el dolor que el PP causó a millones durante la pasada legislatura, hará aun más daño a muchos más.Publico esto otra vez para que quienes insisten de buena fe en que el PSOE se abstenga y permita gobernar al PP, reflexionen y entiendan por qué Pedro Sánchez y el PSOE no pueden contribuir, ni por acción ni por omisión, a que un partido inmoral e inhumano que ha destruido la vida de millones, pueda seguir destruyendo.

Yo acuso

“¡Oh, a qué espectáculo asistimos desde hace tres semanas y que días tan trágicos, tan inolvidables acabamos de vivir! No recuerdo otros que hayan despertado en mi mayor solidaridad, angustia y generosa ira. He sentido exasperación, odio hacia la necedad, mala fe, y he tenido tanta sed de verdad y justicia que he comprendido hasta qué punto los más generosos impulsos pueden llevar a un pacífico ciudadano al martirio”. Emile Zola
El 20 de diciembre de 2015, la mayoría de los españoles que ejercieron su derecho al voto volvieron a elegir al Partido Popular para que siguiera gobernando el país. Encabezaba la lista Mariano Rajoy Brey, presidente del gobierno, un hombre sospechoso de corrupción por haber consentido la corrupción en su partido; un hombre acostumbrado a mentir en mítines, entrevistas y hasta en sede parlamentaria; un hombre que durante cuatro años había sido el máximo responsable de destrozar la vida de millones de españoles con una reforma laboral y unos recortes al bienestar social que hicieron de la pobreza una pandemia. Estos datos incuestionables bastan para concluir que quienes le votaron:
1. consideran que la moralidad no es requisito para gestionar los asuntos del estado.
2. consideran que las necesidades y el bienestar de los demás no les incumbe.
A su vez, estas conclusiones irrefutables conducen a un diagnóstico: la sociedad española está enferma de inmoralidad y de egoísmo. ¿Tiene remedio? Para encontrarlo, es necesario descubrir la causa de que una crisis económica se convirtiera en una peste que ha diezmado las oportunidades, las ilusiones, las esperanzas de gran parte de la sociedad. Esa causa tiene un nombre. El germen asesino se llama liberalismo, una ideología que defendida con falacias impostoras disfrazadas de sentido común, dicta “medidas carentes de humanidad que causan severos daños, tanto psíquica como físicamente, y que además son cometidos como parte de un ataque integral o sistemático contra una comunidad”. (El entrecomillado corresponde a la definición de crímenes de lesa humanidad contemplados en el Estatuto de Roma).
Pero, naturalmente, una doctrina no se aplica sola. Los culpables de aplicarla fueron, durante la legislatura que acaba de concluir, Mariano Rajoy Brey, los miembros de su gobierno y los presidentes y gobiernos de comunidades autónomas regidas por el Partido Popular.
Como ciudadana anónima afectada por las medidas que, en aras del liberalismo que nos impuso la austeridad, me han privado de derechos y libertades reconocidos como patrimonio inviolable de todo ser humano, yo acuso.
Yo acuso a Mariano Rajoy Brey de haber traicionado a España y a los españoles cediendo a las órdenes de las potencias que dictan el rumbo económico de la Unión Europea; órdenes de que en España se aplicasen medidas de estricta austeridad presupuestaria sin tomar en cuenta las gravísimas consecuencias que esas medidas tendrían en la vida de los españoles. Por indolencia, cobardía o por afinidad ideológica, el presidente del gobierno español se plegó a las órdenes de la Unión, capitaneada por Alemania, sin hacer el más mínimo esfuerzo por conseguir concesiones que paliaran los efectos devastadores de esas medidas sobre los ciudadanos más vulnerables.
Yo acuso a Mariano Rajoy Brey y a los miembros de su gobierno de someter a todos los trabajadores de España a la voluntad de los empresarios mediante unas leyes laborales que no garantizan sueldos dignos ni dignas condiciones de trabajo. La reforma laboral del gobierno del Partido Popular se diseñó para atraer inversores abaratando costos. Los costos se abaratan rebajando sueldos, barajando contratos temporales, exigiendo al trabajador horas extraordinarias que no se pagan. Al eliminar los derechos adquiridos por los trabajadores en los últimos treinta años, la reforma laboral les devuelve a la indefensión de la época pre democrática y vuelve a establecer en la sociedad la figura del trabajador pobre que aún trabajando todas las horas que el empresario le exige, no gana lo suficiente para cubrir sus necesidades. Las leyes laborales del gobierno del Partido Popular han convertido a los trabajadores en peones de un juego cuyas reglas establece el empresario con el único objetivo de ganar.
Yo acuso a Mariano Rajoy Brey y a los miembros de su gobierno de abandonar a su suerte a los desempleados de larga duración, a los casi cuatro millones de desempleados que no reciben prestación alguna, a los casi siete millones de familias en las que todos sus miembros carecen de empleo.
Yo acuso a Mariano Rajoy Brey y a su gobierno de forzar la emigración de los jóvenes que no encuentran en España un trabajo digno.
Yo acuso a Mariano Rajoy Brey y a su gobierno de cómplices del terrorismo machista por recortar el presupuesto para la prevención de la violencia de género, para la atención a las víctimas y para las actuaciones judiciales; cómplices, por ello, de los asesinatos de mujeres a manos de sus parejas.
Yo acuso a Mariano Rajoy Brey y a su gobierno de ser causantes de las muertes ocasionadas por el deterioro de la atención sanitaria y por no suministrar a tiempo, a los enfermos crónicos, medicamentos que no se podían pagar.
Yo acuso a Mariano Rajoy Brey, a los miembros de su gobierno y de los gobiernos de su partido en las comunidades autónomas, a los diputados, senadores, alcaldes, a los altos cargos del Partido Popular de haber derrochado dinero público a conveniencia en proyectos innecesarios y de beneficiarse de sueldos y privilegios económicos excesivos sin aplicarse las medidas de austeridad con que se ahogaba al resto de los españoles.
Yo acuso a Mariano Rajoy Brey de haber permitido el enriquecimiento ilícito de miembros de su partido y de no aclarar las sospechas de que él mismo se enriqueció ilegalmente.
Yo acuso a los más de siete millones de españoles que votaron por el Partido Popular el 20 de diciembre de ser cómplices de la corrupción sistémica que se ha practicado en el partido por costumbre y de la política aplicada por sus gobiernos; de ser, por ello, corresponsables de las consecuencias trágicas que esa política seguirá teniendo en la vida de millones de españoles durante cuatro años más si Mariano Rajoy Brey vuelve a ser investido presidente del gobierno.
La ideología opuesta al liberalismo es la socialdemocracia. Sus valores troncales son la igualdad y justicia social. En España, el único partido que ha gobernado el país aplicando la política socialdemócrata es el Partido Socialista Obrero Español.
Yo acuso a Mariano Rajoy Brey de realizar una oposición desleal, infamante y calumniadora contra José Luis Rodríguez Zapatero y el PSOE durante sus años como jefe de la oposición.
Yo acuso a los responsables de la propaganda del Partido Popular de hacer una campaña desleal, infamante y calumniadora contra Pedro Sánchez Pérez-Castejón, candidato del PSOE a la presidencia del gobierno.
Yo acuso a los voluntarios del Partido Popular de realizar una campaña de calumnias contra el PSOE en las redes que ignoraba a Pedro Sánchez y destacaba errores, ciertos y falsos, de Felipe González y Rodríguez Zapatero como si ambos fueran los candidatos del partido a la presidencia.
Yo acuso a los medios de comunicación de sumarse a la propaganda del Partido Popular contra el PSOE ignorando a Pedro Sánchez, a sus esfuerzos por explicar el programa del partido en todo el territorio; destacando su nombre solo en relación con los conflictos internos del partido y el rechazo que algunos socialistas manifestaban a su liderazgo. Los medios han magnificado esos conflictos. Antes de las elecciones, una entrevistadora llegó a preguntar a Pedro Sánchez cinco veces consecutivas cómo era su relación con Susana Díaz cuando el candidato intentaba explicar sus propuestas políticas. Proporcionalmente al menosprecio a Pedro Sánchez, los medios promocionaron la imagen de Pablo Iglesias y Albert Rivera, antes y durante la campaña electoral, convirtiéndoles en lo que se llama fenómenos mediáticos.
Yo acuso a todos los miembros del PSOE que no estuvieron de acuerdo con la elección de Pedro Sánchez y ventilaron su desacuerdo y sus críticas en medios de comunicación; les acuso de hacer daño a su partido a sabiendas y de beneficiar a sabiendas al Partido Popular. Es tal su afán por eliminar a Pedro Sánchez como secretario general y candidato a la presidencia, que no les importa entregar la suerte de los ciudadanos al gobierno inhumano del Partido Popular durante cuatro años más.
Yo acuso a Alberto Garzón y a otros miembros de Izquierda Unida de haber concentrado una gran parte de su campaña en críticas contra el PSOE intentando convencer a los ciudadanos de que el partido socialista no era de izquierdas, de que las políticas sociales que IU prometía en su programa eran de su exclusiva invención; políticas que el PSOE empezó a implantar en España en 1982 y que forman parte del programa del PSOE de Pedro Sánchez para reconstruir el estado de bienestar y la cohesión social que el Partido Popular destrozó.
Yo acuso a Podemos y a sus partidos afines de lo mismo.
Yo acuso a Artur Mas, a la antigua Convergència, a Junts pel Sí, a la actual Democràcia i Llibertat, a todos los políticos y partidos que en Cataluña han atizado el sentimiento independentista de los ciudadanos haciéndoles creer en una independencia imposible; les acuso de haber ayudado a Mariano Rajoy aumentando su prestigio y su aceptación como defensor y garante de la unidad de España.
Yo acuso a todos los políticos de todos los partidos que pregonan su negativa a aceptar que Cataluña es una nación, la nación de los catalanes; les acuso de rechazar una realidad indiscutible que debería recoger la Constitución; les acuso de agitar la unidad de España como si fuera un banderín para aparecer también como defensores de la patria. La consecuencia inmediata de esa negativa estúpida e injustificable es que la incomprensión entre los catalanes y el resto de los españoles se encona, empeorando el problema y beneficiando indirectamente a Mariano Rajoy.
Gracias a la ignorancia, a la cobardía, al egoísmo de la mayoría, Mariano Rajoy Brey y el Partido Popular han vuelto a ganar las elecciones. Han vuelto a ganar a pesar de su inmoralidad, a pesar de la enormidad del daño y el desprecio que infligieron a los ciudadanos durante sus cuatro años de gobierno. Dice el Eclesiástico que todo pueblo tiene el gobierno que merece. Es verdad solo a medias.
No se merecen un nuevo gobierno de Mariano Rajoy Brey y su Partido Popular los ciudadanos que dedican su tiempo a aliviar la penuria de los más afectados por su política inhumana: voluntarios que trabajan en comedores sociales; animando barrios deprimidos con actividades culturales; divirtiendo a los niños en los hospitales; transportando a los hospitales a niños enfermos y familias a quienes no se les ha proporcionado ambulancia; voluntarios que intentan suplir de diversas formas la dejación de responsabilidades por parte del estado.
No se merecen un nuevo gobierno de Mariano Rajoy Brey y de su partido los activistas anónimos que dedican su tiempo a hacer que la verdad circule por las redes para proporcionar la información que el gobierno se guarda y que los medios ofrecen muy breve o desvirtuada por titulares tendenciosos o adulterada por la opinión.
No se merecen un nuevo gobierno de Mariano Rajoy Brey y su partido los hombres y mujeres que en el seno de diversas asociaciones y organizaciones luchan por la igualdad y la justicia.
Cargados de indignación, pero también de razones, los que no nos merecemos el gobierno corrupto e inhumano que ha querido imponernos la mayoría seguiremos trabajando por España, nación que seguirá conservando su dignidad mientras en ella habiten españoles que no estén dispuestos a venderla por un plato de lentejas.
Nota: Por si a las moscas, quede claro que al acusar de cómplices y causantes me refiero a una complicidad moral, no material. Es mi opinión que para matar a alguien no hace falta un arma, basta, por ejemplo, con empujarle al suicidio por desahuciarle de su casa.

Los monstruos de las cloacas

He leído un artículo que ha reforzado ciertas conclusiones que he venido archivando en el magín desde hace un tiempo. Se trata de un artículo académicamente impecable, bien desarrollado, pero que no aporta nada. Artículos como este abundan como mosquitos en verano –perdón por el símil ripioso-, y como los mosquitos en verano hacen pensar que sobran.

Dice el autor  de éste al que me refiero, lo que cada hijo de vecino pensante sabe desde hace tiempo: que la oposición tiene que ser oposición o si no, no es oposición. Cita a dos economistas célebres para demostrarlo. Pues bueno, pero no hacía falta. Todos sabemos, más o menos, que si un partido está en todo de acuerdo con el partido de gobierno, no podrá realizar su labor de control y crítica por lo que su existencia como oposición es irrelevante e innecesaria.

Sigue a esta revelación, lo que todos sabemos sobre la situación del PSOE en estos momentos y sus alternativas.

A estas alturas, son muchos los que siguen empeñados en repetir al personal que la alternativa más responsable consiste en que el PSOE se abstenga para permitir el gobierno del PP, y se retire a hacer una oposición responsable. Nadie menciona que permitir gobernar a un partido corrupto con unos líderes que utilizan la mentira en sus discursos como si se tratara de una figura retórica de obligada utilización, supone convertirse en cómplice de la corrupción y la mentira del gobierno. Es decir, la oposición responsable en este caso consistiría en permitir que en este país siga rampando impunemente la degeneración moral, constituyéndose en oposición responsable para  desde allí trinar contra la degeneración y ofrecer a la ciudadanía que vote a la oposición en las próximas elecciones para que pueda empezar la regeneración moral del país. Todo muy indecente, vamos, como está mandado, porque lo demás es buenismo y el buenismo no casa con la política porque acabas como Zapatero.

La abundancia de información al alcance de todos ha permitido que los legos descubriéramos con este siglo que el cinismo forma parte inseparable de la política. De la indignación inicial que nos produjo tal revelación, pasamos a la aceptación resignada, porque las cosas son como son y no las vamos a poder cambiar. Es decir, nos volvimos algo cínicos. Pero la inmundicia de una corrupción sistémica y la voluntad de los comentaristas de tratarla como si fuera asunto de sucesos que mueven las glándulas solo mientras se describen los hechos, sin mencionar jamás cómo ese estado séptico afecta a las personas y a todo el tejido social de un país, ha llegado a un punto en que cualquier ciudadano con un mínimo de principios éticos se horroriza. No todos los ciudadanos hemos tenido que aceptar y adaptarnos al cinismo que tiene que aceptar y al que tiene que adaptarse alguien que quiere dedicarse a la política, como se adapta un torero a trabajar con un traje incomodísimo, pongamos por ejemplo.  Casi todos nos resistimos a aceptar que hemos traído a nuestros hijos a un mundo irremediablemente podrido en el que solo sobrevive bien el que hace la vista gorda a la podredumbre del vecino mientras se esfuerza por aprender las formas de pudrirse. A casi todos nos emocionan y nos convencen los políticos que nos prometen regeneración; la posibilidad de vivir en un país limpio y bueno donde la dignidad no sea una figura literaria.

Pues bien, artículos como el que hoy comento nos dicen, en el fondo, que la dignidad es cosa de novelas del dieciocho. Que el PSOE sancione la inmundicia del gobierno del Partido Popular permitiéndole que siga gobernando; enviando a los ciudadanos el mensaje de que se puede ser inmundo y vivir en la inmundicia relativamente bien; que critique desde sus escaños todo lo criticable y espere a ver si, en las próximas elecciones, los ciudadanos le compran la promesa de regenerar el país o si resulta que los ciudadanos ya están tan acostumbrados a la inmundicia que vuelven a votar a los inmundos porque, total, tan malos no pueden ser cuando el primer partido de la oposición les permitió gobernar.

Sobran artículos y tertulias en los que se vende ese mensaje putrefacto disimulado en la tripa de discursos bien articulados para hacer que los ciudadanos se los traguen como si fueran salchichas. El PSOE, con Pedro Sánchez a la cabeza, ha dicho que no va a permitir con sus votos que siga gobernando el Partido Popular; que no hay motivo alguno por el que se le deba conceder al Partido Popular el derecho a seguir empobreciendo el país económica y moralmente.

A todos esos que esgrimen la democracia, el número de votos obtenidos, como único valor absoluto e indiscutible para justificar cuatro años más de inmundicia y de políticas inhumanas, el PSOE les está diciendo y seguirá diciendo que se equivocan. Primero y principal, marear a los electores con una propaganda diseñada para aupar a un partido y hundir a otro utilizando estratagemas inmundas, no produce un resultado democrático. Lo que ocurrió el 26J no fue la manifestación libre de las ideas políticas de un electorado consciente; fue la expresión de millones de ciudadanos que sucumbieron al miedo instilado por el partido del gobierno y el empeño de los medios en presentar como única alternativa a la tropa impresentable de Podemos con su espectáculo de abrazos, besos, lágrimas, sonrisas y corazones.

La única alternativa fiable y responsable; la única referencia socialdemócrata de este país es el PSOE, y a quien se le ocurra que este PSOE se dejará contaminar y pudrir durante cuatro años más en una oposición cómplice, deliran. Y quien crea que a este PSOE no le quedará otra que tragar porque es un partido dividido, con un líder débil encadenado por ambiciosos de su propio partido, también deliran.  Como deliran también los ambiciosos del mismo partido que creen tener al líder encadenado.

Pedro Sánchez cuenta con la mayoría de militantes, simpatizantes y votantes del PSOE; ciudadanos dignos que prefieren mil veces volver a votar antes que arrodillarse ante los monstruos de las cloacas.

Así que todos esos académicos eruditos que anteponen lo que dijo fulano y lo que dijo zutano a lo que dice, con toda sencillez, la ética, que se vayan enterando de que este país no se ha entregado todavía a la antimoralidad. La dignidad, el orgullo de ser personas todavía vive sobre los escombros de todo lo que una economía y política infrahumanas han destruido. Si hay que ir a votar, se irá sin aspavientos. A ver si a los medios les entra un ataque de decencia y no hacen su campaña electoral para volver a engañar a los ciudadanos más intelectualmente vulnerables.