El horror de ser socialista.

Decidí ser escritora a los siete años. A todos les hizo mucha gracia y la verdad es que me estimularon elogiando todo lo que escribía. Al terminar el bachillerato tenía muy claro que quería estudiar Filosofía y Letras; más por la filosofía que por las letras. Mi padre sufrió un disgusto muy serio cuando se lo dije. Mi elección demostraba mi absoluta carencia de sentido práctico y eso, naturalmente, le preocupó. Mi madre, por su parte, no concebía que yo pudiera ser otra cosa que abogada porque era la profesión en la que más podía ayudarme por sus conexiones. La universidad americana, con su sistema de créditos, me permitió optar por un camino intermedio: “mayor”en Ciencias Políticas y “minor” en Literatura Inglesa.

En el segundo semestre de mi primer año de universidad descubrí que era socialista. Descubrí también que mi socialismo era cosa de mi conciencia, de mi pensamiento, de mis emociones, pero que no tenía nada de práctico. Pronto me golpeó el desprecio de mis compañeros socialistas, entusiasmados, todos ellos, con la revolución cubana. ¿El socialismo aceptaba la supresión de todas las libertades, las constantes ejecuciones que convertían en chiste la palabra “paredón”, los comités de vigilancia que imponían la pureza ideológica en los barrios, el adoctrinamiento desde la más tierna infancia? Mi pregunta provocaba sonrisas de condescendencia. Era muy joven, era mujer, era natural que sólo se me ocurrieran tonterías. Uno tuvo a bien explicarme lo que era pragmatismo y que el pragmatismo en política tenía que estar por encima de cualquier ideología. ¿Por encima del bienestar, de la vida de los seres humanos?, pregunté. Me respondió que en política yo nunca llegaría a ninguna parte, y acertó. Pero yo, terca de nacimiento, seguí con mi idea del socialismo, un socialismo democrático que no tenía nada que ver con el mal llamado comunismo. En cuanto al pragmatismo, a algunos les sirvió en España para convertirse en “beautiful people”. El hecho de no tenerlo me sirvió a mi para ir convirtiéndome en más persona mientras más me preocupaban las personas, fueran beautiful o no. Eso que he ganado.

Hace poco más de tres años me pidieron que colaborara en un periódico. Empecé muy bien, muy filosófica. Me pusieron los artículos en la sección de Sociedad. Pero poco a poco, fui derivando hacia la política y descendiendo a lo concreto, y tan concreta me volví, que acabé defendiendo al PSOE abiertamente en la campaña electoral de 2015. Según las encuestas, yo apostaba por el partido perdedor. Pero bueno, lo de pragmatismo no me había entrado nunca, repito.

Algo empezó a sonarme mal en aquella campaña. No sólo eran los adversarios del candidato socialista los interesados en hacerle perder. Dentro del mismo partido sonaban, día sí y día también, voces que ponían en duda, de un modo u otro, sus aptitudes para ser presidente del gobierno. Ya te vale, me dije, así no hay quien gane. Pero como carezco de sentido práctico y contra eso no hay nada que hacer, mi conciencia, mis convicciones y mis emociones me obligaron a defender a Pedro Sánchez a capa y espada cuando perdió las elecciones, cuando perdió la investidura, cuando algunos compañeros suyos lo destronaron y cuando los militantes lo volvieron a entronar. Y en esas sigo. ¿Qué gano? Una satisfacción personal que no tiene precio.

Sigo siendo socialista a pesar de todos los tuits que cada día me recuerdan los errores que cometió el PSOE hace diez, veinte, cuarenta años y cuando Pablo Iglesias Posse apoyó la dictadura de Primo de Rivera, dice uno. ¿Qué hubiera hecho el PSOE en la conquista de América? El caso es que nunca he tenido carnet del PSOE ni me interesan los que siguen a un partido como si fuera un equipo de fútbol. Me interesa la persona que con hechos y palabras me demuestra que está en política porque le interesan las personas. Y por eso me metí en el fregado de defender a capa y espada a Miquel Iceta cuando ser socialista en Cataluña se convirtió en un horror. Pero no es que sea masoquista. Es que siento un profundo respeto por las facultades mentales que me tocaron en la lotería genética, y mis facultades mentales me dicen que, como están las cosas en Cataluña, es la única elección si una quiere votar con responsabilidad.

Si miramos a la izquierda más siniestra, nos encontramos con una pandilla que confunde la política y las instituciones con un espectáculo. En Cataluña, la CUP no habla de propuestas sociales ni explica su programa de gobierno. Hay que acabar con el sistema, dicen, exhibiendo banderas y eslóganes en camisetas y cartelitos, vestidos y despeinados como si estuvieran en un desierto empujando una furgoneta averiada. Para empezar, hay que sacar a Cataluña de España sea como sea, aunque haya que tirar la furgoneta por un precipicio. Ya se empezará a reconstruir cuando se haya destruido todo. Y la reconstrucción será muy divertida bailando un mambo.

En cuanto a sus afines ideológicos, los de ERC tampoco tienen tiempo para ocuparse de los problemas de la gente. Por encima de todo está la independencia, también como sea y cueste lo que cueste. Sus diputados en el Congreso dan la campanada todos los días como si todos los días fueran fin de año. Uno, tronando con lo que le salga mientras agita su cabellera de león; otro, ofreciendo al respetable su particular versión de la comedia con atrezo y todo. En Cataluña no ofrecen programa para las elecciones. Confían la parte más importante de su campaña a los cartelitos que hay por todos los pueblos y ciudades  del territorio moviendo a los corazones a apiadarse de los que llaman presos políticos y a exigir su liberación. Exigiendo a la juez que encarceló a los encarcelados por violar la ley, demuestran su falta de respeto por la judicatura; lo que demuestra, a su vez, que coherencia no les falta. Al votar por la declaración unilateral de independencia se cargaron sin reparo alguno la Constitución española y el Estatut de Cataluña de un plumazo. ¿Qué respeto les puede merecer lo que digan un fiscal y una jueza? Encima nos dicen que si gana ERC y Junqueras sigue en la cárcel, será presidenta de la Generalitat Marta Rovira, una señora que no tiene reparo en acusar al gobierno español de haber  amenazado al govern con llenar las calles de Barcelona de sangre y muertos si se proclamaba la independencia. Y aún así la proclamaron.  Si los del “cutre look” divierten al estilo de la familia Adams, los de ERC dan más miedo que una película de zombies.

Del PdeCat, antes CiU, ahora Junts por Cataluña, sobra todo lo que se pueda decir porque ya se encarga de decir suficientes disparates su president en el exilio. Otra vez, de sus preocupaciones brillan por su ausencia los catalanes. Lo único que importa es separarse de España, que Puigdemont pueda ser president de la Generalitat cuando regrese, glorioso, del exilio, y si Europa no le quiere reconocer la hazaña, otro referéndum para sacar a Cataluña de Europa con las mismas garantías de que los catalanes votarán sí o sí que tuvo  el llamado referéndum del 1 de octubre.

Pero hay otra alternativa. Hace ya más de diez años, surgió en Cataluña un partido defensor de quienes le tenían manía al catalán. La manía, naturalmente, se extendió al catalanismo, al Estatut, a todo lo que pusiera en peligro las esencias de España, una, grande y libre. ¿Hay algo en Ciudadanos que permita suponer que con Arrimadas en la presidencia de la Generalitat alguien, por fin, empezará a ocuparse de gestionar el país en beneficio de los catalanes? Imposible deducirlo de sus discursos de pre campaña. Su principal objetivo, su manía actual, es convencer al PSC para que le dé sus votos a Arrimadas. “No pongáis palos en las ruedas”, clama la aspirante a presidenta de la Generalitat. ¿Y qué piensa hacer si llega a la ansiada cumbre? ¿Moler a palos a los dos millones de catalanes, más o menos, que seguirán defendiendo su lengua y su nación? Lo único que no necesitan los catalanes en este momento es que continúe la agitación social que nos está llevando a la ruina.

Me he equivocado en muchísimas cosas  en esta vida. Pero no me equivoqué al elegir al socialismo democrático como faro de mis convicciones políticas. No me equivoqué al defender a Pedro Sánchez porque al final, contra toda teoría sobre el funcionamiento tradicional de los partidos, los militantes corrigieron al aparato y le devolvieron la secretaría general.

No me equivoqué al decidir que defendería al PSC y a Miquel Iceta y que le daría mi voto aunque muchos me pusieran a parir. Porque sigo respetando mi inteligencia, como don recibido sin mérito propio, que me obliga a ser agradecida desarrollándola mediante el uso de mi facultad racional. Porque amo a Cataluña con la intensidad, tal vez también heredada, de mis antepasados. Porque no tiene ningún sentido amar a Cataluña, que es solo un segmento en un mapa, si lo que de Cataluña se ama no son las personas que la habitan.

Porque me amo y me importo sobre todas las cosas y a los otros como a mí misma, por la cuenta que me tiene, voy a votar por quien creo que asume y practica los mismos principios y valores que informan mi criterio. A quien creo que como president de la Generalitat gestionará los asuntos de las personas teniendo en cuenta el bien de las personas y nada más. Así que hasta el 21 de diciembre defenderé a Miquel Iceta y al PSC aunque la propaganda de independentistas y españolistas integristas hayan hecho que ser socialista en Cataluña sea un horror.

 

 

 

 

 

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Que se separen ellos

Quien empiece a leer esto buscando un sesudo análisis político sobre la situación de Cataluña, se ha equivocado de sitio. Que se vaya a uno de los periódicos con nombre y apellidos; están llenos del asunto. Aquí voy a contar una experiencia personal, personalísima, del estado en que ha quedado mi masa cerebral después de ver un vídeo en el que se promociona el Sí en el referéndum del 1 de octubre; ese fantasma que nadie ha visto ni verá, pero del que todos hablan.

Llego a mi despacho, abro el ordenador y el primer aviso que me encuentro es de El Independiente. Lo abro porque hoy se me hizo tarde y todavía estoy con la taza de café con leche en la mano y ya es hora de ponerme a leer.

Lo abro y me encuentro un vídeo de campaña por el Sí de la CUP, el partido antisistema e independentista que gobierna en Cataluña con el PdCat.

Creo que me ha dado un pasmo. No me atrevo a hablar en voz alta por si me he quedado sin voz. Tengo miedo a que se me vaya a quedar para siempre la cara de estúpida que se me ha puesto. Miro el café con leche y me pregunto, ¿podré cerrar la boca para tomarme un sorbito?

Decido contarlo a ver si me vuelve a subir la sangre de los pies al cerebro. Así que, lo cuento.

Sale una especie de tribu del desierto, pero vestidos a lo guarrindongo moderno,  empujando una furgoneta por un yermo de rocas y polvo. Unos de la tribu dicen que llevan dos años empujando y que eso es el “procés”. Finalmente logran empujar la furgo hasta la cima de un risco, y con otro empujón, la despeñan.

Ahí es donde me quedo yo como un témpano. ¿Querrá eso decir que no van a parar hasta que nos zumben por un precipicio y nos descacharren?

Asoman las caras de unos de la tribu para ver el estropicio de la furgoneta. Uno de ellos pregunta si eso es Itaca. Imagino que va a salir Lluis Llach con su gorrito cantando la canción, pero no. Sale una casi anciana de la tribu y dice en tono declamatorio contenido que Itaca la hace el pueblo. Otro, más práctico, pregunta que ahora qué. Y entonces aparece por detrás una chica que sale mucho en medios porque es diputada y portavoz, y anuncia, sonriente, que ahora empieza el mambo.

Y sí. Empieza la música de Pérez Prado, tan cubana, y por eso, tan catalana. Sale uno muy sucio, tan sucio como todos los demás, revienta un huevo, lo echa en un bolito y empieza a batirlo mientras a su alrededor la tribu baila. Mambo, empieza el mambo, la alegría descocada, la rauxa sin fin.

¿Qué nos están diciendo? ¿Que Itaca, la Cataluña en utópico, va a empezar de la nada en medio de ninguna parte, con el pueblo vestido a lo buen salvaje 2.0, comiendo tortilla, pero bailando contentos al son de lo que toquen?

Ay. madre, ¿y ahora qué?, me digo yo. Yo, que después del susto de la enfermedad que casi se me lleva a la otra dimensión, con la secreta esperanza de que la vida me diera otra oportunidad, me propuse y cumplí no salir de mi habitación por la mañana sin haberme maquillado y vestido muy combinada y muy elegante; yo,  que hago encaje de bolillos con las cuentas para poderme pagar la peluquería porque decía mi padre que el pelo realza todo lo demás, ¿qué hago yo cuando resulta que ahora hay que hacer Itaca en chanclas, con cualquier cosa para taparse las partes de abajo y cualquier camiseta para taparse las de arriba? Yo que me compré una body milk para estar perfumadita y suavecita después de la ducha, porque la esperanza es lo último que se pierde, ¿qué hago yo entre las caras sucias y los pelos despeinados o rapados de los constructores de la nueva Itaca; sentirme para los restos como modelo de las revistas de los tiempos de mi madre?

Cuando las sacudidas de la vida me desbordan, vuelvo mis ojos y mi pensamiento a las fotos de un mueble que tengo junto a mi escritorio. En ellas, las caras de mi abuela, de mis padres, de mi tía que iba para santa y  del hermanito que se fue de esta dimensión a los cinco años, me recuerdan que, por obra y gracia de mi fe, no estoy sola. Hoy les he mirado buscando alivio a mi desasosiego y he visto una cara más, otra cara que vi en otra parte.

Allá en el pueblo de Peramea, un hombre hizo pintar su cara en la piedra que corona la fachada de una casa. Bajo su cara, un nombre: Ian Rocafort, y una fecha, 1516. Es una cara tosca, pelo largo y flequillo. Seguramente no se parecía al dueño. Debía ser más bien un modelo de las caras de entonces. Caras de hombres duros, curtidos por el trabajo, por una vida sin blanduras. Esos hombres, machos y hembras, vivieron construyendo un país. Es muy probable que no hubieran oído hablar de Itaca ni supieran lo que era una utopía. Vivían inmersos en la naturaleza, en una realidad que exigía todo su esfuerzo sin darles tiempo a ignorarla imaginando mundos imposibles.

La cara de Ian Rocafort me ha devuelto la cara de mi abuela, una cara que parece tallada en piedra. La cara de una mujer que no dejó de trabajar por su casa hasta el mismo día en que se fue a los 92 años. Y su cara me ha devuelto la de mi padre, tan parecida a la suya. La cara de un hombre que salió de su última clase cojeando, a los 83 años, cuando el cáncer ya no le dejó seguir trabajando. Y esas caras me hacen verme a mí, trabajando a los 68 porque unos buenos amigos me dicen que mi trabajo sirve para algo.

¿Y ahora vienen unos niñatos y no tan niñatos a decirnos que el pueblo tiene que empezar a construir Itaca?

Y una mierda.

Hemos construido Cataluña, una Cataluña seria, formal, que no ha dejado de luchar en las circunstancias más adversas para seguir siendo Cataluña; la Cataluña de los catalanes que hablan en catalán y en castellano y muchos en otra lengua más; de la Cataluña que ha crecido con la ayuda de las gentes de toda España que vinieron aquí a trabajar con y como nosotros; de la Cataluña abierta al mundo que llevó por el mundo comerciantes, empresarios, artistas que enriquecieron el mundo, y que del mundo se trajo  todo cuanto pudiera enriquecerla. ¿Y ahora nos dicen que tenemos que construir otro país con nuevas reglas que pisotean a las que hasta ahora nos han regido?

Y una mierda.

Búsquense un desierto. Vivan en furgonetas o despéñenlas. Coman tortilla si es que saben cómo criar gallinas. Bailen mambo o reggae o lo que les roti. Pero no intenten destruir la realidad de un país que ha costado siglos de esfuerzo y sufrimiento ir transformando hasta convertirlo en la Cataluña que hoy sigue luchando para no retroceder ante el empuje de los políticos que quieren arrancarla del mundo  civilizado para convertirla en un yermo donde habría que empezar a construir nadie sabe el qué.

Quien se quiera separar que se separe y se vaya con sus banderas y sus mambos a otra parte.

 

 

 

 

 

 

 

La derrota por la división

Media España disfruta en las playas, en las montañas, aquí o en el extranjero. La otra media soporta como puede calor y penurias en sus casas agradeciendo el techo que aún les cobija, con el miedo, más o menos consciente, al día en que ya no lo tendrán. Una media ignora a la otra media. La primera, porque no es cosa de amargarse las vacaciones con problemas ajenos. La otra, porque no es cosa de agravarse su amargura pensando en lo que tienen los demás.

El principal partido de la oposición, el que podría disputar el poder a la derecha que nos gobierna con leyes inhumanas, está dividido. Una mujer que no acepta la derrota de su ambición por gobernar el Partido Socialista, se atrinchera en su feudo montando una guerrilla que desgaste al partido durante los próximos dos años para que en las próximas elecciones su Secretario General no tenga posibilidad alguna de triunfo, y su fracaso le permita a ella volver a ofrecerse para coser los harapos de un partido deshecho. Esa mujer es hoy por hoy el mejor aliado con el que cuenta la derecha para que el socialismo no le amenace el poder.

Cataluña se rompe. Un gobierno formado por un batiburrillo de grupos y personalidades independentistas que no obtuvo ni votos ni escaños suficientes para gobernar, asistido por los votos de un partido radicalmente independentista y anti sistema, se erige en defensor a las bravas de la independencia, ignorando a más de la mitad de la población que rechaza, tanto la secesión, como los métodos que el gobierno impone  para conseguirla. El govern ya no es el govern de todos los catalanes. Es el govern de los catalanes que quieren separarse de España; a los otros, que les den.

Venezuela espera en capilla a que se abra el matadero para que empiece a correr la sangre. Mientras  en Venezuela los odios se enconan y las salvajadas se multiplican, en nuestro país se invoca el nombre de Venezuela para poner etiquetas en un ejercicio de frivolidad imbécil. Venezuela, clama la derecha a tiempo y a destiempo para atacar a Podemos. Los irresponsables de Podemos, fieles a quienes les ayudaron a meterse en la política profesional, se niegan a condenar al bárbaro que, en su ambición demente por convertirse en dictador bananero,  ha empujado a la ruina a uno de los países más ricos del mundo. Venezuela, claman unos imbéciles que van de socialistas, defendiendo cualquier locura del aspirante a dictador, proclamándole defensor del socialismo a lo Cuba soviética y tratando de fascista a cualquiera que se oponga a la entronización del bruto inmaduro que quiere destruir el país. El vulgo, sin detenerse en consideraciones,  se divide entre los que defienden a la oposición venezolana porque la derecha los defiende y quienes defienden al tirano en ciernes porque los defiende la supuesta izquierda de Unidos Podemos.

Los Estados Unidos de América se descomponen. Los más ignorantes de la gran nación, defensores fanáticos de los intereses de su raza y de su credo, enemigos acérrimos de cualquiera que les dispute el privilegio de considerarse los únicos hijos de Dios, eligieron a un fanático de su tribu para gobernar los destinos del país y garantizar la supremacía de su país en el mundo. Ese fanático ha convertido a la primera potencia mundial en hazmerreír de todo el orbe y ha obsequiado a los políticos y anónimos más responsables con un motivo constante de preocupación. A nadie le cabe duda ya de que el presidente de los Estados Unidos padece un grave desequilibrio mental que pone en peligro la supervivencia del mundo entero.

¿A qué se debe esta epidemia universal de división que amenaza con desintegrar los fundamentos de la sociedad humana? El dinero colocó en los gobiernos a los defensores de la libertad sin límites para  hacer dinero; los gobiernos demolieron todos los diques que contenían la ambición de los amos del gran capital; la ambición se desbordó y los amos enloquecieron venciendo todos los escrúpulos y cualquier obstáculo que les impidiese aumentar su riqueza. No tuvieron en cuenta que, en su locura, estaban invocando a la Discordia para ofrecerle el reino de la tierra. O sí lo tuvieron en cuenta, pero no les importó.

Y fue así como la Discordia, madre de las Mentiras, del Desorden, de la Insensatez, de la Pena, del Dolor, de las Disputas, de las Batallas, de las Matanzas, de la Ruina, del Hambre  respondió a la invocación y volvió, con toda su prole,  a instalarse entre los mortales. Nunca estuvo lejos. La Discordia se alimenta de la estupidez, y estúpidos ha habido siempre.  Pero cuando en un momento dado se produce  en la tierra una superabundancia de estúpidos, la Discordia y sus hijos se desmelenan  poniendo al mundo patas arriba.

Media España disfruta en las playas, en las montañas, aquí o en el extranjero. La otra media soporta como puede calor y penurias en sus casas. A la mayoría de los que componen alguna de las dos mitades no le importa lo que pase en Cataluña ni en Venezuela ni en cualquier parte del mundo, España incluida. La mayoría no sabe quiénes  eran  la Discordia y sus hijos, no sabe de esas fantasías con que los griegos precristianos intentaban explicarse cielos y tierra sin dejar a las generaciones futuras otra tarea que la de racionalizar los productos de su imaginación. La mayoría no se pone a racionalizar cosa alguna que no sea lo imprescindible para sobrevivir, para ir viviendo en su valva con el menor esfuerzo posible. A la hora de elegir a quienes entregarán el gobierno de sus vidas durante unos cuantos años, votarán a quien mayor estabilidad les ofrezca. Si esos que prometen estabilidad la consiguen destrozando las vidas  de la mitad del prójimo, la otra mitad repite la pregunta de Caín: “¿Soy, acaso, el guardián de mi hermano?”  El mandamiento del Cristo ha caído en desuso. Difícilmente puede amar al prójimo como a sí mismo quien ha sacrificado razón, voluntad, sentimientos y emociones al culto del dinero.

El gran capital no ha logrado imponerse como amo único del mundo por la pericia financiera de sus magnates. Se ha impuesto dividiendo al género humano, mediante sus operaciones, en ricos y pobres; y dividiendo a los pobres en medio pobres, pobres excluidos de la sociedad y pobres sentenciados a morir de hambre. Hecha la división, encarga a sus medios de comunicación de masas que divulguen  urbi et orbi, con absoluta crudeza, las consecuencias de pertenecer a un grupo o al otro. El pánico a caer de categoría se apodera de los medio pobres; el pánico lanza a los excluidos a una lucha bestial por la supervivencia. Los unos y los otros se encierran en un egoísmo maligno que les ciega a todo cuanto ocurre a todos los que sobreviven a su alrededor.

Divide y vencerás, dicen que dijo Julio César y no ha habido quien quiera vencer que no le haya hecho caso.  Divide a un partido político, y ganará el contrario. Divide a la sociedad y ninguna de las partes tendrá fuerza suficiente para vencer al enemigo común. Dividiendo a la sociedad, fragmentándola en una miríada de individuos aislados e indefensos, el gran capital se ha asegurado su supremacía invencible.

Toda la España rica y poderosa disfruta en el mar o en la montaña, aquí o en el extranjero,  ajena a los problemas de quienes no pertenecen al círculo exclusivo de los ricos y poderosos. Estos también creen que lo que ocurre fuera de su círculo no les concierne. Estos creen que mientras mande el gran capital, tendrán sus privilegios garantizados; como creen los medio pobres que mientras mande el gran capital no les puede ir peor; como creen los excluidos que mientras mande el gran capital pueden seguir albergando la esperanza de que haya sobras para repartir y de que algunas les caigan por caridad.

Entonces, ¿tendremos que vivir, nosotros y nuestros descendientes, bajo la férula de los amos del dinero sin esperanza alguna de liberarnos, de integrarnos en una sociedad de seres humanos solidarios que se ayudan, los unos a los otros, a evolucionar? Suenan voces chillonas que dicen que hay que destruir el sistema. ¿Para sustituirlo por qué? Algunas de esas voces dicen que por la anarquía, vía libre al salvajismo prehistórico. Otras dicen que se tiene que imponer la dictadura de los más desfavorecidos, lo que significa la tiranía del populista que convence a los más desfavorecidos de que sin él no hay salvación. Estos gritones gesticulantes solo consiguen agravar el miedo de la mayoría, un miedo que les fuerza a preferir que  las cosas se queden como están.

Entonces, ¿no hay esperanza? Si la derrota del bien, de los valores que movieron a una mayoría sana a  luchar por una sociedad más justa y solidaria la perpetró la división, la única solución posible no puede ser más evidente: la unión. Lo único que puede derrotar al capitalismo salvaje es la unión de quienes estén dispuestos a combatirlo defendiendo los  valores y los derechos humanos.

Lo único que puede evitar la pèrdida  definitiva de los derechos y las libertades de todos es la unión del socialismo contra las consecuencias sociales del capitalismo salvaje. Hay que hacer entender a quienes dividen por intereses personales, que sus intereses están en peligro, como los de todos; que quienes dividen  debilitando al conjunto, no tienen lugar entre los que luchan por unir para vencer.

Lo único que puede evitar la derrota de todos los españoles es la unión de todos los españoles para devolver a la sociedad la dignidad que solo es posible cuando se observa una moral dirigida por la ética. Una unión que solo se puede conseguir sin miedos, sin complejos, sin falsos patriotismos, cuando todos los que se sienten auténticamente españoles abracen sin recelos, con pleno sentido de la propiedad, las culturas de todas las naciones que forman el estado indivisible que se llama España.

Lo único que puede evitar la derrota de todos los españoles es la defensa de los derechos humanos, aquí y en todo el mundo, y la condena rotunda y sin ambigüedades de la violación de esos derechos, ocurra donde ocurra, con la autoridad moral que otorga la decencia.

O nos unimos los decentes, los humanos, para combatir a los amos del capital o se nos meriendan y nos convierten en desechos. No hay otra.