Amenazados de muerte

España agoniza. Cataluña está en coma.

Con nueva bandera, constitución, congreso, nació una nueva España hace cuarenta años. Los pesimistas le auguraron vida corta; los realistas suspendieron el juicio. Hoy, cuarenta años después, la España que entonces era nueva agoniza con los días contados, y en el diagnóstico coinciden pesimistas y realistas. Al día de hoy, parece que no tiene salvación.

Con la liga de los partidos políticos que empezó hace cuarenta años, empezaron las trampas. Las elecciones se ganan con propaganda, y los aspectos más espectaculares de la propaganda cuestan mucho dinero. Los partidos políticos se dieron cuenta enseguida de que ese dinero no se podía recaudar por medios legales. Los dos partidos con mayores posibilidades de acceder al poder se lanzaron a por dinero zambulléndose en las cloacas donde bullen las transacciones oscuras. Puesto que el campeonato de la liga iba a ganarlo quien más dinero pudiese obtener, por los medios que fueran, para pagar la propaganda más eficaz que consiguiese convencer al mayor número de votantes, la ética se desterró de la política y los escrúpulos se convirtieron en freno de ingenuos. Fue así como la España nueva se vio atacada desde su nacimiento por bacterias patógenas que le negaron un desarrollo saludable.

Hace relativamente poco, la corrupción empezó a desbordar las cloacas. Todos sospechaban desde siempre financiamiento delictivo en los partidos. Todos sospechaban desde siempre que algunos políticos se llenaban sus cuentas bancarias con dinero público. Pero ninguno de los que tenía información comprobable se atrevía a soltarla poniendo su propio presente y futuro en peligro.  Hablaban los que habían oído algo por aquí y por allá, pero en plan cotilleo de bar. Un día la podredumbre ya no pudo ocultarse por más tiempo; puede que a alguien no le interesara que se siguiera ocultando. ¿A quién? A saber Dios, pero no parece un disparate suponer que fueron los mismos corruptos los que decidieron airearla. ¿Por qué? Porque en vez de ahuyentar el voto de la mayoría, podía tener un efecto contrario cuya causa no es tan difícil sospechar.

Un día subieron las tarifas de teléfono y las de la luz, por ejemplo.  Y Aznar y Felipe fueron a parar a los consejos de administración de empresas que los mismos habían ayudado en sus gobiernos. Mientras los ciudadanos se empobrecían a millones, los susodichos cobraban sueldos que para los pobres serían de infarto. Fue así como el español dejó de creer en los políticos y en la política misma. Fue así como el ciudadano se dio cuenta de que era solo  un trabajador al servicio de los políticos a quienes debía mantener con su trabajo. Si en los dos siglos anteriores la lucha del trabajador se dirigía contra el patrón de la fábrica que amasaba su fortuna a base de explotarles, este siglo le reveló que quienes le explotaban eran el poder financiero y los políticos.

Pero luchar contra los políticos, sin hacer distingos, no es lo mismo que enfrentarse a los explotadores de una fábrica. Luchar contra los políticos sin hacer distingos es luchar contra la política, y luchar contra la política es luchar contra la democracia. La alternativa a la política democrática es o la dictadura, la tiranía del más fuerte, o la anarquía, la tiranía del desorden, el caos total.  Quedan pocos que recuerden el caos de la guerra y sus horribles consecuencias, pero aún quedan muchos que oyeron de sus padres el relato de una infancia, adolescencia y juventud destrozadas por la muerte, el hambre y la dictadura. Nadie quiere anarquía y nadie quiere perder la democracia que tenemos; una democracia de mínimos, pero que al menos nos permite quejarnos sin miedo a la cárcel, a la tortura o al paredón. Los políticos que hoy se llevan los votos, corruptos o no, son los que prometen ley, orden, estabilidad, paz para que cada cual pueda ganarse la supervivencia como pueda. ¿No era eso lo que nos prometía Franco? Pues sí. O sea, que lo que nos ofrecen es ir minando poco a poco la democracia que tenemos, a cambio de paz y estabilidad, para que acabemos aceptando una dictadura encubierta, legitimada por los votos de los que tienen miedo a perder hasta el derecho a la supervivencia.

España agoniza de miedo y resignación.

Y Cataluña está en coma. Como una erupción volcánica, una lava corrosiva descendió desde las cumbres del poder hasta arrasar a toda la sociedad. Todos sabemos de dónde salió, pero nadie pensó que de aquella estrategia partidista sin escrúpulos y sin visos de responsabilidad, pudieran desatarse las fuerzas que han traído a Cataluña la desgracia y que amenazan convertir a la nación en zona de desastre.

La Generalitat y el partido de Artur Mas vieron en la agitación del sentimiento independentista de los catalanes una panacea que curara a su gobierno y a su partido de todos sus males; recortes y corrupción. Para que la agitación fuera efectiva, decidieron subvencionar generosamente a dos organizaciones dispuestas a entregarse al diseño y ejecución de una propaganda destinada a convencer a todos los catalanes de que todo catalán auténtico debía desear la independencia y de que lograr la independencia debía ser una aspiración que eclipsara a cualquier otro asuntom por importante que pudiera parecer,  porque la independencia iba a solucionar todos los problemas de todos los habitantes del país.

La Asamblea Nacional Catalana y Omnium Cultural se entregaron a la labor sin descanso y sin escrúpulos. Pueblo por pueblo, colegio por colegio, las dos organizaciones se dedicaron durante cinco años a adoctrinar a abuelos, padres e hijos; un adoctrinamiento pertinaz, repetitivo, psicológicamente tan agresivo como el lavado de cerebro. Para lograr el fin, no se puso a los medios ningún límite moral. Falsearon la historia y se utilizaron todas las mentiras que hicieran falta para dar apariencia de validez a sus argumentos.  Tantas fueron y a tanta gente convencieron, que en Cataluña se empezó a vivir y se sigue viviendo en un mundo paralelo al resto del mundo; un mundo incoherente donde las emociones  han suplantado a la razón y el cúmulo de premisas falsas grabadas en el cerebro por el adoctrinamiento conduce indefectiblemente a conclusiones erróneas.

La conclusión más grave a tanto argumento falso fue declarar legítimo y legal un referéndum, se hiciera como se hiciera, y declarar que el resultado, se obtuviera como se obtuviera, imponía un mandato de todo el pueblo catalán a sus políticos para que proclamaran la República de Cataluña. Dijo el govern que en la votación había participado el 43% de los catalanes llamados a votar. Dice la aritmética que el 43% no llega a la mitad de un todo. Dice el govern que todo el pueblo de Cataluña exige la independencia y que la aritmética no tiene nada que decir.

¿A quién llama el govern  “pueblo de Cataluña”? ¿Quiénes forman ese 43%? Hace años que la ANC va pueblo por pueblo, ciudad por ciudad,  barrio por barrio reclutando gente para llenar los autobuses que habrán de conducirla cada 11 de septiembre a la gran manifestación de la Diada, e instando a todo catalán auténtico a que asista aunque vaya en su propio vehículo. La respuesta ciudadana ha sido multitudinaria todos los años. ¿Quién se atreve en un pueblo, en una ciudad pequeña, en un barrio a hacer que sus vecinos y parientes duden de su auténtica catalanidad? La ANC y Omnium Cultural han conseguido movilizar unos dos millones de personas al año, más o menos, esparciendo por el mundo la imagen de un pueblo pacífico que llena las calles cantando “independencia” para ablandar a un gobierno opresor y recabar la ayuda de todos los países democráticos para lograr la libertad. Pues bien, de ese 43% que según el govern fue a votar resistiendo heroicamente los ataques salvajes de la policía del estado opresor; de ese 43% de catalanes auténticos y heroicos, depende la  independencia, el nacimiento de la República de Cataluña. Cuando alguien ajeno al delirio multitudinario intenta demostrar a un independentista que la independencia es imposible, el debate acaba siempre con un rotundo argumento final: saldrá a manifestarse tanta gente que nos tendrán que dar la independencia sí o sí.

La independencia de Cataluña, su presente y su futuro, dependen, pues,  de las multitudes dispuestas a defender en la calle cualquier decisión del govern, sea legal o no, sea o no antidemocrática; multitudes émulas de Gandhi que fuercen al gobierno español y a la comunidad internacional a reconocer la independencia de Cataluña, aunque sea por lástima de tanto pacífico suplicante. Los ciudadanos que se disuelven en esas multitudes movidos por la emoción no se plantean que su govern, dispuesto a ignorar las leyes y las normas que estructuran a la democracia, tanto las de España como las propias,  no les garantiza que la nueva república se base en leyes y normas democráticas que su govern se sienta obligado a cumplir. A esos ciudadanos no les importa que el capital huya del caos provocado por la constante agitación en las calles. No les importa que cientos de miles de compatriotas malvivan acosados por el desempleo y la pobreza. No les importa que un Parlament situado al margen de la democracia y de la ley se haya paralizado durante años sin ocuparse de los problemas cotidianos que exigen legislación. El lavado de cerebro produce en esos ciudadanos una respuesta condicionada. Si algo o alguien quiere impedir la independencia, hay que echarse a la calle porque a millones de manifestantes en la calle no puede vencerles ni un ejército. ¿Quién se va a atrever a disparar contra unos ciudadanos indefensos? Esos ciudadanos no se dan cuenta de que su govern les está utilizando como escudos humanos.

Cataluña está en coma. El govern y el  Parlament han asestado a la democracia un golpe mortal de necesidad. Como esos ilusos que se niegan a tratarse un cáncer con los medios que les ofrece la ciencia y confían su vida a un curandero, un 43% de los catalanes, en cifras del govern, ha confiado  todos los males de la Cataluña enferma al milagro de una independencia que ni existe ni existirá.

Tal vez, cuando las leyes del estado obliguen a todos a curarse el delirio mediante su facultad racional, comprendan que la soñada independencia no valía ninguno de sus esfuerzos. ¿Cataluña independiente para qué? ¿Para sufrir en solitario la misma corrupción, la misma democracia agonizante que afecta a toda España? ¿Para seguir confiando mayoritariamente  el gobierno de sus vidas a partidos de derechas para quienes el bienestar de los ciudadanos cuenta en último lugar, como el resto de los españoles? ¿Para acabar dándose cuenta de que los catalanes, después de más de 500 años de convivencia con las otras etnias de España, son, al fin y al cabo, tan idiosincráticamente españoles como el español que más? Para  volver a casa no hacía falta tanto ruido, tanta destrucción.

 

 

 

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Víctimas de la política

De súbditos bajo la dictadura, pasamos a ciudadanos bajo la democracia. De ciudadanos de pleno derecho, pasamos a ciudadanos en riesgo de ser convertidos otra vez en súbditos. Y un día, casi sin darnos cuenta,  pasamos de súbditos a víctimas de unos políticos sin escrúpulos que alimentan con nuestra sangre sus ansias de poder.

Hoy lloramos los muertos de Barcelona y nos dicen que podían haberse evitado si hubiera habido mayor coordinación entre todas las fuerzas de seguridad del estado. Pero no la hubo, no la hay. Lo que sí hay son muertos y familias destrozadas. ¿Qué evitó y sigue evitando la coordinación necesaria? Las ambiciones políticas.

Hoy, los políticos y sus voceros dicen que los muertos podían haberse evitado si el ayuntamiento hubiera puesto obstáculos para impedir el paso de vehículos por Las Ramblas. De haberse impedido el paso de vehículos por esas ramblas en particular, ¿no habría buscado un coche asesino cualquier otra aglomeración de viandantes para perpetrar su carrera mortal? Entonces, ¿por qué culpar al ayuntamiento? No por esa reacción ante el daño que lleva a la víctima a buscar un culpable en quien descargar su dolor. Se busca señalar culpables que convengan a las ambiciones políticas.

Hoy el morbo se exacerba viendo en primera línea de una manifestación a enemigos irreconciliables manifestándose juntos con caras de funeral. ¿Unidos por el dolor o por la voluntad de no quedar al margen en una manifestación pública de dolor cubierta por centenares de cámaras de todos los medios del país? Todos aquellos cuya carrera depende del voto de los ciudadanos tenían que dejarse ver juntos en estos días, movidos por sus ambiciones políticas.

Y aquellos que no dependen del voto, también. ¿Hay algo más obsceno que violar la intimidad de un herido en un hospital dejando entrar a las cámaras en una habitación para fotografiar a una autoridad en el acto de dar su mano poderosa a un infeliz postrado en la cama?  ¿Tan excelsos se creen los que ostentan autoridad máxima que atribuyen a su mano facultades taumatúrgicas? ¿O será más bien que esperan del herido y de todos los que contemplen la fotografía  el agradecimiento por la magnanimidad del gesto?¿Qué hubiera pasado si el lesionado invadido en su habitación le hubiera dicho al excelso: “Oiga, ya que está, ¿me trae una botella de agua, por favor, o algo. Si no, ¿para qué viene?”  Va porque a la máxima autoridad, electa o no, conviene  cualquier gesto que ayude a su ambición de ganar votos o de que se mantenga y fortalezca el régimen. Va porque conviene a sus ambiciones políticas.

Con la manifestación del sábado que ya llega se habrá acabado la función. Los enemigos irreconciliables descansarán de sus ímprobos esfuerzos por fingir la unión de circunstancias. A partir del sábado, toca dar la vuelta a la máscara bondadosa para poner la cara de expresión feroz.  Los fieles votantes de un bando y del otro esperan  una batalla a muerte entre sus capitanes que mantenga el flujo de adrenalina del que se nutren sus cerebros. Y los capitanes se lanzarán con todas las armas de sus ambiciones políticas.

Los catalanes tendrán que olvidar pronto a las víctimas del atentado de Barcelona ante la tropa de propagandistas de la independencia que invadirá ciudades y pueblos para preparar la manifestación más multitudinaria de todas la manifestaciones multitudinarias de todos los onces de septiembre que se han visto. No habrá referendo legal y vinculante. Eso lo saben desde antes del principio los políticos que decidieron agitar el sentimiento independentista de los catalanes para mantenerse en el poder. No puede haber simulacro de referendo como el del 9 de noviembre de 2014 porque después no pasó nada y los catalanes ya no se van a creer el cuento de que pasará algo trascendental. El único golpe de efecto que queda a los políticos independentistas es una manifestación que saque a la calle a millones, a tantos millones, que en España y en el extranjero se le dé valor de referendo. ¿Pero es posible conseguir algo así? No es difícil.

Los políticos independentistas, de toda la vida o conversos, descubrieron, tiempo ha, un método infalible para conseguir prosélitos y movilizar a fieles, dudosos y hasta a reacios; la propaganda agresiva barrio por barrio, pueblo por pueblo, colegio por colegio. En este pueblo se pone la bandera independentista porque, ¿quién se va a oponer a que se ponga? ¿Se van a oponer los padres a riesgo de enemistarse con los hijos? ¿Se van a oponer los hermanos, los cuñados, los tíos, los primos a riesgo de crear rencillas familiares? ¿Se van a oponer los amigos a riesgo de perder amigos? Si algo han conseguido los políticos catalanes independentistas es merecer el reconocimiento universal como los manipuladores más efectivos de sentimientos y emociones. Las campañas propagandísticas de grupos civiles como la Asamblea Nacional Catalana no tienen parangón. ¿Quién se atreve a ignorarles en la calle de un barrio o de un pueblo cuando entregan panfletos? ¿Quién se atreve a rechazarles cuando se acercan, como los santos de los últimos días, a predicar y recabar adhesión? ¿Quién se atreve a negarse a que incluyan su nombre en la lista de personas que llenarán un autobús para ir a manifestarse? En ese barrio o en ese pueblo se conocen todos. A ver quién es el guapo que se atreve a verse señalado como traidor a Cataluña.

Probablemente, la manifestación del próximo 11 de septiembre será la más multitudinaria de todas las multitudinarias que se han visto. ¿Pasará algo trascendental después? Por supuesto que no. Los políticos catalanes seguirán gritando a los siete vientos que Cataluña es víctima de un gobierno centralista, ladrón y antidemocrático. Los otros políticos españoles seguirán repitiendo que están para hacer cumplir la ley y que la ley no permite votar si se quiere o no se quiere romper la unidad de España. Pero ni España ni Cataluña, esos territorios que sin habitantes no tendrían ni nombre, serán las víctimas de la intransigencia de los políticos de un bando o del otro. Las víctimas de las ambiciones políticas que  están deshumanizando el país han sido, son y seguirán siendo los seres humanos que lo habitan.

En Cataluña, bajo el gobierno de la derecha,  empezaron a recortarse los fondos para garantizar una vida digna a los ciudadanos antes que en el resto de España. Cuando en el resto de España el pánico por la crisis lanzó a la mayoría a refugiarse en la derecha, empezaron los recortes en derechos y siguieron recortes en las libertades para impedir protestas. En Cataluña y en el resto de España, el miedo sigue asolando las voluntades de los que ven caer a parientes, amigos y vecinos en las cunetas de la exclusión para no volver a levantarse. La mayoría ignora a los caídos por miedo a caer con ellos. Las calles se llenan de muertos en vida que corren a trabajar, a consumir, a hacer lo mismo que hacen los demás por miedo a verse privados  de la sacrosanta compañía de la sociedad de gente de bien.

Hoy lloramos a un número de víctimas de un atentado terrorista causado materialmente por un puñado de fanáticos, empujados estos al crimen por un puñado de poderosos cuya voluntad solo responde a sus ambiciones políticas. Lloramos por el otro sin darnos cuenta de que somos víctimas todos los que tenemos vida y hacienda en manos de políticos sin escrúpulos, a quienes interesa deshumanizar a la sociedad  para convertir a los ciudadanos en autómatas al servicio de sus ambiciones políticas.

¿Saldrán algún día los ciudadanos a manifestarse por las víctimas del salvajismo del poder?

El voto que nos oprime

Son muchos en el mundo los que creen que el viernes 20 de enero se escenificó, ante el Capitolio de los Estados Unidos de América, el triunfo global del poder del Dinero. Mientras la socialdemocracia va en retirada en todas partes y la tropa derrotada se retira atacándose entre sí, como si quisieran  facilitar al vencedor su aniquilación total, el súbdito, indefenso, se encierra en su casa esperando lo peor; resignado a lo peor. Parece que se tratara del panorama de una batalla decimonónica de cualquiera de esas guerras que sacudían a determinadas poblaciones, hasta que la tecnología permitió los bombardeos masivos que no dejan casa donde guarecerse. Pero la similitud engaña. Hoy son los súbditos los que, afectados por un frenesí autodestructivo, ponen las armas en manos de quienes les atacan.  Hoy es la mayoría la que entrega el garrote a los esbirros para que a todos nos muelan a palos sin compasión.

Colocados en el poder por los votos de los infelices, lo primero que hacen los servidores del Dinero es cortar el flujo de dinero hacia todo lo que sea bienestar social. El bienestar de las personas no les reporta beneficios. Lo sabemos todos. Como sabemos todos que no hay nadie que, teniendo sano el entendimiento, no pueda entender las cifras que dibujan el panorama de pobreza y desigualdad en el que todos malvivimos desde que los servidores del Dinero nos gobiernan.  Entonces, ¿por qué siguen los votantes entregando el poder a  quienes instauran la miseria moral y económica como el ambiente adecuado para las masas?

Ayer se convirtió en viral, con más de un millón de visitas, un vídeo en el que un descerebrado regala a un mendigo unas galletas rellenas con pasta de dientes. Justificó la ocurrencia diciendo que con la pasta, el pobre se podría lavar los dientes, porque los pobres, supone, solo se los lavan cada dos días. Esto significa que convive con nosotros en esta sociedad un individuo que a los diecinueve años no ha logrado comprender el valor de un ser humano. Ha habido una oleada de condenas  a ese acto brutal, pero con toda la publicidad que ha recibido el asunto en todos los medios, es muy posible que el vídeo siga recibiendo visitas a millones. El individuo cobra según las visitas que reciba y de eso vive. Los beneficios que le reportará su última hazaña cinematográfica seguramente le harán olvidar las críticas. El dinero lo justifica todo. Pues bien, este individuo y los millones de personas que disfrutan viendo su vídeo y otros vídeos igualmente bestias, tienen derecho al voto; es decir, tienen derecho a imponer a la sociedad su visión del ser humano y del mundo.

Dicen las estadísticas que el Partido Popular obtiene el grueso de sus votos entre los mayores de sesenta años. Los comentaristas lo explican diciendo que los ancianos tienen como primera prioridad conservar sus pensiones. El PP les dice que conservar sus pensiones es la primera prioridad del gobierno, y los ancianos se lo creen porque saben que el PP no va a renunciar a la captura que obtiene en su mayor caladero. Hasta aquí, se comprende. La perplejidad surge cuando uno empieza a  preguntarse. ¿Es que esos ancianos no tienen hijos y nietos en paro? Si tienen hijos o nietos trabajando, ¿es que no ven la angustia diaria con la que sus hijos y sus nietos van a trabajar contando los días que faltan para que se les venza el contrato; anticipando el horror de volver a  enviar currículos y patear calles buscando otro trabajo que necesariamente será temporal porque no hay otra? ¿Es que no ven cómo la lucha por la supervivencia devora el tiempo de sus hijos y sus nietos negándoles el derecho a planear su futuro; el derecho a esperar que un día, en vez de centrar todos sus esfuerzos en sobrevivir, como los animales, puedan disfrutar de las facultades que Dios o la naturaleza otorgaron al ser humano para vivir como personas; el derecho a soñar en el momento en que el tiempo sea suyo para llenarlo como quieran cuando la pensión les garantice el derecho a vivir plenamente hasta el final? ¿Es posible que tantos ancianos vivan como tortugas, metidos en sus caparazones sin que les importe otra cosa que defender el caparazón que les protege? Por lo visto, sí, porque siguen votando por quienes les garantizan el caparazón aunque los mismos impidan el derecho a vivir como personas al resto del mundo, incluyendo a su familia. Porque esos ancianos con mentalidad de  quelonios tienen derecho al voto; tienen derecho a imponer a la sociedad su visión del ser humano y del mundo.

Resulta que la extrema derecha, en Estados Unidos y en Europa, está arrasando entre los obreros blancos pobres. Esos infelices, a los que hay que suponerles la madurez suficiente para darse cuenta de su fracaso, caen presa del resentimiento contra cualquier circunstancia o persona sobre la que puedan descargar la culpa por haber fracasado. La extrema derecha les ofrece a los culpables. El culpable es el emigrante, el refugiado, esos entes marrones y negros que se meten en sus casas a robarles lo poco que tienen.  El obrero blanco pobre se empina por encima de su fracaso y de su miseria cuando los populistas le arañan las glándulas hasta hacerlas sangrar y desvían su furia hacia otros que aún tienen menos porque no tienen nada, y la comparación les permite sentirse superiores. La culpa de su fracaso no es suya, es de los gobiernos de izquierdas que ayudan a quienes no tendrían que ayudar. Pues bien, estos pobres miserables que niegan el derecho a la vida a otros por ser más pobres que ellos, tienen derecho al voto; es decir, tienen derecho a imponer a la sociedad su visión del ser humano y del mundo.

La crisis ha hecho mucho daño a la clase media, pero no ha conseguido hacerla desaparecer del todo. La mayoría tiene aún trabajo con nómina y un sueldo que le permite cubrir las necesidades y, gracias a las tarjetas de crédito,  concederse algún lujo. Es a ellos a quienes van dedicados los anuncios y es a ellos a los que toman en cuenta los directores de programación de los medios para asegurarse la audiencia. El hombre, macho y hembra, de clase media, alta o baja, no suele interesarse por la política y sí suele manifestar, con cierto aire de superioridad, que la política no le interesa. El empleado y el empresario de clase media suele llegar a casa cansado sin ganas de hacer otra cosa que mirar la televisión. Cuando sale con sus amigos, habla de ropa, de deportes, de viajes, de series de moda. La política y la religión son temas tabú que nunca saca en las conversaciones quien aprecia su vida social. ¿Qué criterio determina el voto de esta clase de personas? Cabe deducir que les mueve cualquier cosa menos la ponderación sobre la figura del candidato que encabeza una lista y, menos aún, la reflexión profunda sobre el programa electoral de los partidos.   Eso sí, aunque por algún motivo caracterológico o familiar  se consideren de derechas o progresistas, suelen ser conservadores por la cuenta que les tiene. Conservar su nómina y su estilo de vida es su máxima prioridad, lo que les hace huir de los extremos. Razón por la cual todos los políticos que aspiran a conseguir mayoría de votos se proclaman de centro, de centro derecha o de centro izquierda, pero de centro. Pues bien, estas personas, con un negocito o un trabajo fijo bien o medianamente bien remunerado que les permite habitar en el dorado territorio medio de la sociedad, aislados de otros segmentos de menor fortuna, tienen derecho al voto; es decir, tienen derecho a imponer a toda la sociedad su visión del ser humano y del mundo.

Esto es lo que explica que en España se haya vuelto a elegir a Rajoy y que se haya elegido en los Estados Unidos a un bufón de dudosa cordura que tiene a medio mundo aterrorizado. Esto es lo que explica que medio mundo esté conteniendo la respiración ante la amenaza de la extrema de derecha de llegar al poder en países claves de la Unión Europea. Entonces, ¿la democracia es un peligro? Menor que la dictadura en todo caso. Al menos permite hablar y escribir de lo que se quiera sin parar en la cárcel; bueno, hasta cierto punto. La verdad es que ese nombre sacrosanto que a todos exige respeto es solo un nombre, un concepto respetable que no representa a la realidad. Todos los ciudadanos de los países llamados democráticos, estamos gobernados, en realidad por oligarquías. Mandan, en primer lugar, la oligarquía financiera, y en segundo, los políticos, en todo dependientes de la oligarquía financiera. Los políticos proceden de partidos gobernados también por oligarquías. El ciudadano que no pertenezca a ninguna de estas élites no tiene nada que hacer fuera de cumplir su responsabilidad votando. Y ya vemos cómo vota la mayoría de este país y de parte del extranjero.

¿Tiene esto remedio? Sí lo tiene, pero las oligarquías se han  propuesto hasta ahora y se seguirán proponiendo evitar que el remedio se aplique. El único remedio que puede evitar que los colectivos mencionados nos joroben a todos es la educación; educar a niños y adolescentes enseñando e inculcando los valores auténticamente democráticos; la necesidad de cumplir con la responsabilidad que todos tenemos como ciudadanos votando en conciencia por los candidatos y los programas de los que cabe esperar un auténtico compromiso de trabajar por el bien común.

¡Cuántos se llevarían las manos a la cabeza si se impusiera un test  para otorgar carnet de votante¡ Eso es elitismo antidemocrático, clamarían políticos, opinantes y plebe a la que no interesa la política.

Ante el panorama que nos amenaza, con la extrema derecha recortando derechos y libertades como sastres enloquecidos, es muy posible que muy pronto, los que nos joroban a todos con su voto irresponsable se vean tan jorobados como todos los demás.

 

 

El poder de las palabras

Publicado  en Cosas. Lo publico también aquí porque también es política y Cosas no tiene tantos seguidores.

Se me ha ocurrido volver a leer “La olla podrida”, un artículo que publiqué hace poco en Veoveo.. Siguió el proceso de todos los artículos: escribirlo, promocionar su lectura, dejarlo dormir en un archivo sustituido por uno nuevo. Pero al leer éste otra vez, después de la toma de posesión de Trump, se me han revuelto las tripas y más; se me ha revuelto el alma. La realidad confirma letra por letra lo que el artículo dice, y lo que dice da pavor.

Por diversos motivos, algunos muy evidentes, “La olla podrida” no se puede ni se podrá leer en ningún periódico. O sea, que si no fuera por la explosión democrática que han permitido las redes, no lo habría leído nadie. Claro que otros articulistas que sí tienen acceso a los medios convencionales han tratado el mismo tema de diversas maneras. Pero lo que dice mi artículo y cómo lo dice, habría quedado solo para mi. También por motivos diversos, algunos sospechables, los dos periódicos digitales en los que publicaba llevan cerrados varias semanas sin fecha de reapertura. Pero aquí están las redes, dando voz a quien quiera manifestarse, quejarse, vociferar. Aquí no hay otra forma de callarnos que no sea bloqueando una cuenta; lo que se puede subsanar fácilmente abriendo otra.

“La olla podrida” no llegó ni llegará a ningún kiosco ni papelería, pero sí llegó y sigue llegando casa por casa a quien pinchó el enlace en su ordenador. Como llegan las opiniones cortas o largas de quienes quieren compartir con los compañeros de redes lo que les agita la cabeza o las tripas.

Nunca antes estuvo la democracia tan amenazada como en estos momentos, y nunca antes tuvo en sus manos un arma tan poderosa para defenderse, como las redes por donde circula nuestra voz; la voz de todos. Lo que nos insta a todos a no dejar de utilizarla; a no rendirnos. Nos puede parecer que nuestros esfuerzos son inútiles ante un enemigo que supera en poder y extensión a todo concepto de Goliat. Nos puede parecer que lo que escribimos es una piedrecilla insignificante que no llega ni a rozar a un coloso al que no derribaría ni la roca más grande del mundo. Pero no es una roca lo que le puede derribar.

Al gigante que hoy amenaza nuestra libertad, nuestros derechos, se le puede vencer por agotamiento, y se le puede agotar repitiendo, un día tras otro, las verdades que dicta la razón. Para acabar con un tirano como Hitler tuvieron que morir millones de personas. Hoy, la tecnología nos permite derrocar a cualquier tirano con millones de palabras. Y las palabras no se agotan mientras viva nuestra mente, como descubrió Blas de Otero en un momento de brillante lucidez en medio de un paisaje tenebroso.

Si he perdido la vida, el tiempo, todo
lo que tiré, como un anillo, al agua,
si he perdido la voz en la maleza,
me queda la palabra.

Si he sufrido la sed, el hambre, todo
lo que era mío y resultó ser nada,
si he segado las sombras en silencio,
me queda la palabra.

Si abrí los labios para ver el rostro
puro y terrible de mi patria,
si abrí los labios hasta desgarrármelos,
me queda la palabra.

Nos queda la palabra. Y si por la Palabra se crearon todas las cosas, según el evangelio de Juan, por la palabra podemos seguir creando, y regenerando todo lo que existe.

Aquí dejo un puñado de mis palabras y me voy, como cada día, a leer las palabras de los demás para fortalecerme en la certeza de que no estoy sola, de que nadie lo está, de que somos millones luchando por crear un mundo como Dios o la Natrualeza lo quiseron al ponerlo en manos del hombre, macho y hembra.

Tranquilo, socialista, también se han cargado a España

Dicen que mal de muchos, consuelo de tontos. Pero habiéndose puesto en evidencia objetivamente y sin discusión posible la generalizada idiotificación del país, ya no queda otra que recurrir al consuelo universal para no morirnos  de asco, de vergüenza.

La parte más  poderosa de la élite socialista trabajó sin descanso durante dos años para ir eliminando a un Secretario General elegido por la militancia.  Se había presentado al Congreso con un proyecto socialdemócrata, y en la Europa del siglo XXI, la socialdemocracia es la herejía a erradicar.

Los llamados barones se pusieron a ello ahogando las campañas electorales de Pedro Sánchez con comentarios escandalosos contra su propio candidato que conseguían los mejores tiempos y las mejores páginas en todos los medios. Estaba tan bien organizada la propaganda para convencer a los votantes de que el PSOE era un partido inestable, sin proyecto, que los emergentes consiguieron arrebatarle millones de votos. A lo que la élite del aparato del PSOE reaccionó con alborozo. Pedro Sánchez consiguió consecutivamente los peores resultados de la historia del PSOE, repetían los barones como discos rallados con el entusiasmo de forofos celebrando una copa. Y llegaron las elecciones gallegas y con ellas, más de lo mismo usando de altavoz a un alcalde del PSOE de toda la vida con largo palmarés de mayoría absolutas; y más de lo mismo en Euskadi, repitiendo a todo decibelio que de autodeterminación, nada, y de federalismo tampoco porque no se sabe lo que es, y tampoco de diálogo porque no hay nada de qué hablar.  En fin, que los pesos pesados del PSOE, orientados por las vacas sagradas, hicieron al PP y a Podemos  unas campañas tan eficaces que si Pedro Sánchez no se derrumbó con todo su equipo, fue gracias a una militancia que entendió su proyecto y se esforzó por difundirlo. Pedro Sánchez no obtuvo los peores resultados; los obtuvieron quienes hicieron campaña contra él, incluyendo, por supuesto a los   de la élite socialista. Los votos que logró Pedro Sánchez, y fueron millones, sí los logró él a pesar de todos.

El miércoles  28 de septiembre  diecisiete pesos pesados dieron un golpe en la Comisión Ejecutiva para cargarse a Sánchez por las malas, ya que por las buenas era imposible. El sábado 1 de octubre remataron su trabajo logrando la defenestración de Sánchez en el Comité Federal. ¿A qué tanta prisa? Tenía prisa Rajoy por  seguir con la política de recortes y la reestructuración del país que impone la Unión Europea. ¿Qué es eso? Hacer de España un bastión del neoliberalismo donde empresarios y financieros se sientan tan a gusto invirtiendo como en Tailandia o en Bangladesh, por ejemplo. La firmeza de Pedro Sánchez con su NO es NO le estaba haciendo ganar puntos entre el electorado a pesar de la propaganda en contra de propios y extraños. Había que detenerle antes de que consiguiera inocular la esperanza socialdemócrata entre los votantes. Entonces,   ¿los pesos pesados del PSOE dieron el golpe por complacer a Rajoy y beneficiar al PP? Calumnia infame e irresponsable, dicen. El PSOE no se ha derechizado, protestan.  No hay buenos ni malos, sentencian.

Nos quieren vender como sea que los barones del PSOE echaron a Sánchez por sentido de la responsabilidad, por el bien de España y de sus ciudadanos. Vale.  ¿Y por esos propósitos tan elevados se pasaron dos años tratando de hundir a su propio partido hasta que, hartos de esperar a que Sánchez se largara por extenuación, montaron  un espectáculo para que no le cupiera duda a nadie de que el PSOE está dividido, descabezado y ya no sirve para otra cosa que para colaborar con el PP y con los amos de las grandes finanzas que mandan al PP? Hasta el más idiotizado de los idiotas de este país se ha dado perfecta cuenta de la jugada. Ya nos pueden decir misa; la mayoría dirá amén porque ya no sabe qué decir, pero ya no se cree ni el Padrenuestro. Claro que  a las grandes fortunas y grandes políticos de este país les importa un bledo que les crean o no. Una vez se me ocurrió defender las bondades de la ética ante un multimillonario de dudosa reputación. Me contestó con loable sinceridad que quienes decían de él que era un hijo de puta tenían toda la razón, pero que el hecho indiscutible era que él estaba forrado, mientras que sus detractores no tenían dónde caerse muertos.

O sea, que el pragmatismo ha logrado imponerse como doctrina, ideología, norma única de comportamiento, barriendo abstracciones como la ética, la moral,  la justicia y todo el etcétera de principios, valores e ideales que no se comen.

¿Cómo consiguieron los políticos que la sociedad española llegara a tal grado de degeneración? Empezando hace cinco años por una paulatina demolición de todas las instituciones. El PP utilizó su mayoría absoluta para demostrar a los españoles que no podían confiar en ninguno de los poderes del país, ni oficiales ni fácticos. En noviembre de 2014 escribí un artículo advirtiéndolo. Dejo aquí el enlace por si a alguien le interesa recordar el origen de la descomposición moral de los españoles que, gracias a la colaboración de los golpistas del PSOE, ahora está a punto de consumarse. Objetivo demolición. El artículo, por cierto, no tuvo demasiado éxito. Los que más éxito tienen son los que en el título prometen satisfacer el morbo con la versión política de un programa del corazón. Los españoles siguen premiando el entretenimiento y castigando a todo lo que les suene a bodrio. Ya que todos tienen que morirse, más vale  morir contentos, se debe decir esa mayoría que ha permitido con su desinterés que en los últimos cinco años los políticos, con el mazo en la mano,  nos arrastraran por los pelos a las cavernas franquistas.

Pues bien, ya casi estamos llegando. El PP hizo un trabajo impecable de demolición y las vacas sagradas del PSOE, con sus vidas muy bien financiadas por el Gran Capital, acabaron por amputar el miembro del partido afectado por la socialdemocracia para evitar que la gangrena se pudiera extender. De democracia aún queda algo, aunque más estético que otra cosa. Nos harán creer que legislan en nuestro nombre porque les votamos. Nos dejarán volver a votar, pero no sin antes someternos a la pedagogía de la propaganda hasta asegurarse de que estamos lo suficientemente idiotizados como para votar lo que quieran los más poderosos. Siempre quedarán rebeldes, revolucionarios que no acepten que los disuelvan en la masa. A esos les queda votar por un partido al que ya no le da ni vergüenza reconocerse como populista, o manifestarse en las redes, o salir a la calle en grupos organizados para exigir los derechos de las personas sin interferencias de ningún partido.

En fin, socialistas, no lloréis por un secretario general defenestrado, ni siquiera por el partido de vuestros amores. Llorad por vuestro país, por vuestros hijos y por los nietos que ni siquiera sabrán cómo era la España de ilusión y de esperanza de progreso en la que habitaban seres humanos dispuestos a esforzarse para vivir mejor. Llorad por lo que hicisteis y por lo que dejasteis de hacer para que España volviera a la época en la que los derechos y las libertades solo importaban a quienes no los tenían; la época en que la injusticia sublevó a personas como Pablo Iglesias Posse empujándole a luchar por la justicia social.  Llorad por vosotros mismos, por todos nosotros.

 

La bofetada de Dios

Publicado en Publicoscopia el 23 de abril de 2015

Escribí este artículo el año pasado. Centenares de emigrantes se acababan de ahogar en las aguas del Mediterráneo buscando la salvación en una tierra distinta a la suya. Soñaban con Europa. Europa era tierra de paz, de democracia, de respeto a los derechos humanos, de bienestar para todos.

Lo publico ahora aquí porque centenares de miles de seres humanos consiguieron sobrevivir a las aguas del Mediterráneo y llegar a una tierra donde esperaban la salvación. Soñaban con Europa sin saber que Europa era una gran mentira. Mentira la democracia, palabra que se usa para maquillar gobiernos corruptos, intereses inconfesables. Mentira el respeto a las leyes que los poderosos infringen cuando su cumplimiento se opone a su ambición. Mentira el respeto a los derechos humanos, porque solo reconocen los derechos de quien se los pueda pagar, y para ellos solo es humano el que tiene de sobras. Mentira el bienestar social porque solo está bien quien puede pagarse lo que cuesta vivir bien.

Y bien, ya no podemos engañarnos. Los que llegaron a Europa buscando refugiarse de guerras provocadas por los amos del dinero ya no nos permiten seguir viviendo en la inopia, creyendo todo lo que nos dicen, sin enterarnos de la realidad. Ahora todos sabemos la realidad, y la realidad son esas imágenes horrendas de dolor y muerte que nos enseñan por todas partes, que no podemos evitar.

Hace muchos días que me culpo por no decir nada. Pero los días pasan y no encuentro nada que decir porque el horror del sufrimiento de esos seres humanos que piden que les dejen vivir, y la ira contra quienes son capaces de abandonarles a su suerte, y el dolor de la impotencia lo dejan a uno sin palabras y hasta con vergüenza de ponerse a componer palabras. Hace un año pude escribir sobre la muerte de aquellos inmigrantes porque al llegar a tierra, los supervivientes se encontraron, al menos con una ayuda mínima. Los que hoy buscan refugio no encuentran ni eso.

El artículo del año pasado sigue vigente. Sólo hay que cambiar la palabra inmigrante por la palabra refugiado, y parece que estuviera hablando de lo que pasó esta mañana.

La bofetada de Dios

¿A qué adulto mentalmente sano le puede sorprender el hecho de que el dinero valga más que las personas? Siempre ha sido así. Pero era algo que uno descubría, consciente o inconscientemente, con las primeras experiencias vividas. Tal vez la mayoría ni siquiera se lo plantea. Percibe o siente que es así, lo acepta, como acepta las costumbres y los conocimientos que se le imponen, y actúa en consecuencia para no verse marginado de su grupo. Las cosas son como son; es lo que hay, son frases que repite el sentido común para conformarnos. La vida es así, dice la canción; no la he inventado yo.

 

Pero ahora, como recibimos noticias en tiempo real desde cualquier punto del planeta, la certeza de que el dinero vale más que las personas, aceptada como algo inevitable que nos servía para quejarnos o de estímulo para convertirnos en personas de provecho, se ha convertido en una bofetada; una bofetada tan fuerte que se diría propinada sobre todos nosotros por la mano de Dios.

Se han ahogado en el mar más de ochocientas personas. Trataban de encontrar refugio, vida. Salieron de sus casas pagando al dueño de un barco el derecho a vivir. No sabían que en la orilla a la que querían llegar, ese derecho no se les iba a reconocer porque no tenían con qué pagarlo.

Horas de radio y televisión, miles de páginas de opinión en todos los diarios en papel y digitales. Hay que hablar de esto, aunque no nos apetezca oírlo, verlo, escribir. Aunque no le apetezca a nadie que le llegue a la conciencia y le amargue el día. Nosotros no tenemos la culpa. No tenemos por qué cargar con el peso de esas muertes. En todo caso, su inmoralidad salpica a esos primitivos bestiales que alimentan su orgullo discriminando a extranjeros. Si no somos de esos, si en nuestro código de valores tenemos el respeto por todos los seres humanos, la justicia, la compasión, sentirnos culpables es ceder a la intención perversa de quienes quieren descargar sus culpas sobre todos para pasar desapercibidos entre la multitud.

No somos culpables de esas muertes ni de las políticas que están destruyendo la vida de millones de compatriotas en nuestra tierra. ¿Por qué entonces sentimos la bofetada? ¿Por qué nos golpea dejándonos aturdidos, incapaces de pensar, con el ánimo por los suelos?

Nos horroriza plantearnos con plena consciencia que el dinero vale más que las personas; que es así, que aceptamos que sea así, que en nuestra vida cotidiana actuamos de acuerdo con ese valor porque ese valor forma parte, lo aceptemos o no, de nuestro código de valores.

Tal vez no dejaríamos morir a un inmigrante que se estuviera ahogando. Pero tal vez hemos borrado de nuestras vidas al amigo que se quedó sin trabajo y sin subsidio. Esa persona a la que llamabas amigo se quedó de pronto sin dinero y se convirtió en un incordio. No hacía más que quejarse de su situación. Te sentías obligado a prestarle un billete que sabías que no te podría devolver. Una, dos, tres veces, pase. Pero a ti tampoco te sobra. Claro que podrías haberle dicho con toda franqueza que no podías ayudarle económicamente, pero que contara contigo para un consejo, para ayudarle en alguna gestión o simplemente para escucharle. Pero empezó a resultarte incómodo. Hacerle caso, sentarte con él en un café, invitarle a una comida en un sito público podía hacer que la gente pensara que tú estabas tan mal como él. Puede que esa gente no te conociera de nada, pero tu amigo no pudo renovar su ropa, y si llevaba algo nuevo, se notaba que era algo barato. La gente podía acabar juzgándote según ese refrán tan cierto: “Dime con quién andas y te diré quién eres”. Estás acostumbrado a tu círculo de clase media; media alta, tal vez. No se te puede pedir que cambies tus costumbres, que comprometas tu imagen por un amigo.

Tal vez no dejarías morir a un inmigrante, pero de repente tu pareja se transformó en un extraño que te resultaba insoportable. Cuando le conociste era un chico fuerte, valiente, con un buen trabajo, un buen sueldo, un porvenir sin más problemas que los problemas cotidianos que todos tenemos que lidiar. Te casaste enamorada. Un día echaron a tu hombre de la empresa. Le diste ánimo. Él mismo te dio ánimo a ti. Iba a conseguir trabajo muy pronto. Mientras tanto, con lo del finiquito, el subsidio y tu sueldo podríais tomar la situación como unas vacaciones para estar más tiempo juntos, como una segunda luna de miel. Pero pasaron los meses. El subsidio se acabó y lo del finiquito también. Tu hombre se fue apagando, deprimiendo. Se convirtió en un desgraciado que no hacía más que quejarse de su situación. Dejaste de reconocer en ese pobre infeliz al chico que te había enamorado. Nunca se te ocurrió que pudieras ser machista, que pudieras haber aceptado todos los tópicos que la sociedad inculca a los individuos de generación en generación. Un hombre tiene que ser fuerte, valiente; no se puede derrumbar. Pero esos tópicos penetran el cerebro y ahí se quedan, aunque no nos demos cuenta. Tu hombre, sin dinero ni perspectivas, ya ni siquiera te parecía un hombre. Y un día le dejaste para rehacer tu vida con otro. ¿Quién te lo podría reprochar?

Tal vez no dejarías morir a un inmigrante, pero cuando tu mujer pasó más de un año en el paro y en vez de aportar un sueldo, se convirtió en una carga, te hartaste. Empezaste a ver sus arrugas, sus ojeras; empezaste a ver cómo engordaba bajo los efectos del antidepresivo que tenía que tomar cada día para ir tirando; empezó a darte asco su desarreglo, el desarreglo de la casa. Cuando la conociste era una chica alegre, independiente, con un buen sueldo que os permitió comprar un piso, ir de vacaciones, cambiar de coche cada cinco años. Nada que ver con esa mujer envejecida, que chillaba por cualquier cosa y a la que encima tenías que mantener. Ya no te aportaba nada. El amor se acabó. No es de extrañar que te enamoraras de una mujer alegre, independiente, que estaba dispuesta a compartir su vida y su sueldo contigo sin causarte problemas. Y un día abandonaste a tu mujer para rehacer tu vida. ¿Quién te lo podría reprochar?

Los padres se divorcian y el que más tiene procura ganarse a los hijos comprándoles más cosas, y los niños disfrutan esas cosas y, sin darse cuenta, prefieren estar con el padre o con la madre que más cosas les pueden dar. Y en el colegio, los niños, sin saber por qué, prefieren ser amigos del compañero que viste mejor, del que mejor casa tiene, del que tiene el mejor móvil y el iPad y los mejores juegos. Los compañeros que no tienen cosas buenas porque sus padres no tienen con qué comprarlas, no son divertidos ni alegres. Los chicos con problemas son un tostón.

Se han ahogado en el mar más de ochocientas personas. Eran padres, madres, hijos. Malvivían porque en su país no tenían dinero ni forma de conseguirlo. Malvivían en medio de una guerra que amenazaba acabar con sus vidas. Más valía morir en el mar con esperanza, que ir muriendo en su tierra sin nada.

Y de pronto, al enterarnos de esas muertes, nos sentimos culpables aunque sabemos que nadie nos puede culpar. ¿Por qué? Tal vez por lo mismo que nos hace sentirnos culpables cuando nos recuerdan que en nuestro país hay millones de niños pobres, millones de hombres y mujeres, muchos de ellos padres y madres, sin trabajo ni subsidio. No dejaríamos que se ahogara un inmigrante, pero cuando nos preguntó un encuestador por teléfono a qué partido íbamos a votar, nos dimos cuenta de que votaríamos por el mismo que ha causado millones de pobres, millones de parados. Porque es el único partido que sabe cómo hacer las cosas para que los que tenemos no perdamos lo que tenemos, y porque en el fondo, lo único que nos importa es conservar el dinero que nos permite ser considerados personas, como es el dinero lo que nos hace considerar personas a los demás.

De pronto mueren ochocientos miserables de golpe, y todos los medios hacen caso a los muertos y nos machacan con imágenes, con artículos. Y nos quedamos atontados, como si hubiéramos recibido una bofetada propinada por la mano de Dios. Pero no es justo que nos culpemos. No tenemos la culpa de que el mundo sea así. No tenemos la culpa de estar dispuestos a cualquier cosa por sobrevivir, como esos que se echan al mar en una patera. No tenemos la culpa de estar dispuestos a sacrificar nuestra dignidad porque de dignidad no se vive. Las cosas son como son. Es lo que hay.

Pronto se cansarán de darnos la tabarra con esos muertos y podremos volver a sentirnos personas serias, personas de bien, personas con sentido común, personas que reconocen el valor del dinero sobre todas las cosas de este mundo, personas con dinero suficiente para pagarse el derecho a vivir. Y sobreviviremos. Mientras no nos dejemos arrastrar por valores ni escrúpulos ni sentimientos, sobreviviremos. Es lo único que nos importa y por lo que estamos dispuestos a sacrificarlo todo: hacer dinero como sea para ganarnos el derecho a vivir. Y nadie, ni Dios, puede pedirnos más.

Un mundo nuevo

Quien no oiga, lea, vea o hable del futbolista que muerde, no vive en este mundo, parece. Aunque un poco apartadilla, yo sí vivo aquí. El castigo que le han impuesto al hombre por morder a un colega ha causado un cataclismo mundial. ¿Es excesivo? ¿No es excesivo? En una emisora de radio hasta regalaban algo por opinar. Opino, pues, pero no sobre el uso que el futbolista da a sus dientes ni sobre la proporción del castigo.  Lo que me ha impresionado sobre el asunto ha sido la reacción, empezando por la del mordedor.

 “Yo no he mordido a nadie”, dice.  Pero, oiga, que le han filmado mordiendo; que la víctima tiene sus prominentes incisivos y caninos marcados en su carne. “Yo no he mordido a nadie”, repite. Los otros, empezando por el presidente de la república del futbolista y acabando por la mismísima víctima han reaccionado al unísono: “La sanción es  excesiva”, sentencian. Bueno, pero ¿qué le parece la actitud del futbolista?  “La sanción es excesiva”, insisten. Pero, vamos a ver, ¿está mal o no está mal que un chico vaya mordiendo a sus contrincantes cada vez que se le cruzan los cables? “Se hacen cosas peores. La sanción es excesiva”, cortan. Tan excesiva que el presidente del país del castigado considera que es una agresión contra todo el país y, en especial, contra todos los niños del país.

Para quedarse con la boca abierta pensando si es para morirse de pena o para morirse de miedo.

Resulta que si usted pertenece a la casta de los privilegiados, no importa si comete una falta o un delito, por grave que sea. Diga que no lo hizo aunque tenga el cuchillo en la mano chorreando sangre y  el instante del crimen se haya grabado en vídeo y el vídeo se haya convertido en viral con millones de descargas en YouTube. Da lo mismo. Todos sus pares van a exculparle con una razón que no se puede discutir. “Él dice que no lo hizo, luego no lo hizo”. Rajoy, por ejemplo, ante el Parlamento: “Ni mi partido ni yo hemos cometido ninguna irregularidad”. Lo que quiere decir que no la cometieron, ¿lógico, no?

Si no tiene la cara tan dura como para pronunciar una negación rotunda de la realidad probada, le queda, en su defensa, otro argumento igualmente incontestable: “Se han hecho cosas peores”.  Claro, desde los comienzos de la humanidad. ¿Quién se lo va a poner en duda?

Y si esta no colara porque se encuentra usted con un juez intransigente que no entiende razones, no se preocupe. Déjele que le juzgue. En cuanto salga la sentencia, sus pares pondrán el grito en el cielo: “Es excesiva”.  Y gritarán y machacarán tanto con su grito que al cabo de unos días todos estarán juzgando al juez que le juzgó y ya nadie se acordará del motivo por el usted fue condenado. Lo más probable es que la reacción  espante a los jueces que considerarán su recurso, y que sentencien a su favor para no ser condenados por excesivos.  Pero si no fuera así; si, considerando el peor de los escenarios posibles, le deniegan el recurso, siempre le queda el indulto, y como el indulto depende de sus pares, puede estar seguro de que le indultarán. Garantizando la impunidad de uno, se garantiza la impunidad de todos. O lo que es lo mismo: ”No hagas a los demás lo que no te gustaría que te hicieran a ti”, y viceversa. 

Es la nueva lógica para explicar una nueva ética. Estamos saliendo del túnel para entrar a un mundo nuevo que exige una nueva moral. Aunque,  como dijo hace muchos siglos el Cohelet en el Eclesiastés, no hay nada nuevo bajo el sol. Ese mundo nuevo, con sus nuevas normas y sus nuevas costumbres no es más que el retorno a un mundo seguro en el que todos vivíamos en paz con unas cuantas  reglas: “Zapatero a sus zapatos”; “No estires más el brazo que la manga”; “Vive y dejar vivir”; “A buen hambre no hay pan duro”; “Ande yo caliente, ríase la gente”; “Sobre lo que no se puede hablar, es mejor callar”.

El nuevo orden garantiza la felicidad de todos. En silencio, dedicándose cada cual a lo suyo sin incordiar a los demás y sin incordiarse a sí mismo deseando lo que no le corresponde, todos viviremos felices y contentos en un país auténticamente democrático en el que cada cuatro años podremos votar sin calentarnos la cabeza con programas, diciendo a los políticos que elegimos para que nos gobiernen: “Dame pan y llámame tonto”.