Yo

Hace poco, un amigo de Facebook comentó una nota mía tildándola de “yoísta”. Tan impresionado había quedado el hombre por lo egocéntrico de mi escritura, que dijo no haber visto tanto “yoísmo” en su vida. Agradecí su comentario de corazón y sin ninguna ironía. Él no podía saberlo, pero estaba elogiando mi coherencia, una coherencia que me ha costado mucho esfuerzo y muchos años alcanzar.

En un libro que escribí y se publicó en España y América allá por el 87, dediqué el penúltimo capítulo a la explicación y defensa de lo que llamé perspectiva egocéntrica. No era un invento mío, por supuesto. Lo mío era el término y la manera de enfocar el asunto. Lo resumí así: “Es en el espacio interior de cada individuo donde se decide la búsqueda de información, su integración y todas las relaciones que establece con el espacio externo a él…El hombre sólo puede conocer y actuar en función de su conocimiento, desde una perspectiva egocéntrica”.

Cada uno de nosotros tiene una realidad interior distinta a la del espacio que le rodea; un mundo absolutamente propio y sólo parcialmente comunicable. Es en ese mundo interior donde habita eso que llamamos Yo, el yo que percibe, piensa, siente, se emociona; el yo que decide nuestros actos, nuestra relación con el mundo de afuera.  Sólo desde el yo se puede entender el mundo y decidir qué vamos a hacer en él.

Pero ocurre que las convenciones sociales han querido darle un significado peyorativo a palabras como ego, egocéntrico, egoísmo. Convencionalmente, al Yo se le presenta como enemigo de cualidades bien consideradas y bien vistas como la humildad, la generosidad, el altruismo. Es decir, que eso que somos por dentro y que no podemos dejar de ser, resulta que es malo, razón por la cual tenemos que aceptar que todos somos malos o, como dice la Iglesia, pecadores. Lo que convierte al mundo en un valle de lágrimas,  y a nuestra existencia, en una tragedia sin remisión ni solución.

¿A quién se le ocurrió la brillante idea de convencer al ser humano de que es un ente infecto incapaz de cosa buena si Dios no le ayuda; condenado a complicarse y amargarse la vida, complicándosela y amargándosela, por extensión, a los demás? Respuesta fácil. Pergeñó la idea eso que llamamos genéricamente el Poder, incluyendo en el nombre a todos los seres infectos que a lo largo de los siglos han utilizado su fuerza, la bruta o la de cualquier otra índole, para exprimir al más débil. Destruye el amor y el respeto que un ser humano debe sentir por sí mismo si quiere cumplir su obligación natural de ser feliz, y tendrás un individuo dócil que no se atreverá a cuestionar ninguna norma que le impongan.

¿Y por qué sociedades enteras han aceptado los conceptos que el Poder les ha inoculado con el fin de destruir el Yo, único gobernante legítimo del mundo interior de cada individuo humano? ¿Por qué la mayoría acepta convertir su mundo interior y el de los demás en mero depósito de conceptos, valores y creencias ajenos, incorporándose y obligando a sus iguales a incorporarse al rebaño que transita, sin pensar,  por las colladas que le designa el Poder? ¿Por qué los domesticados acuden prestos a aplastar a cualquiera que manifiesta un yo saludable, libre, que se niega a dejarse domesticar? Otras preguntas de fácil respuesta; por el miedo.

El Poder se ha impuesto siempre por el miedo. ¿Significa eso que la mayoría de la sociedad es cobarde? Significa que la mayoría se aferra a la supervivencia sin saber que eso que en ellos se empeña en sobrevivir es su yo. La gran tragedia de la existencia de la mayoría de las personas es precisamente la lucha constante del yo por sobrevivir contra la constante presión de aquellos que intentan destruirle. El yo sufre, se queja de los ataques que recibe y son sus quejas y su pataleo lo que nos angustia, nos agobia y nos impide conseguir el equilibrio, llegar a esa satisfacción con uno mismo que es la felicidad permanente. Pero el yo, a pesar de las convenciones sociales y el miedo a rebelarse contra ellas, sólo se destruye cuando el cuerpo se apaga para siempre. Todos conocemos el “Pienso, luego existo” que se atribuye a Descartes. ¿Quién piensa? Yo. Y si pienso que existo no cabe duda de que existo.  O lo que es lo mismo, mi existencia depende del Yo que la confirma. De aquí que quien vive acallando o intentando ignorar eso que piensa y siente dentro de sí mismo vive luchando contra su propia existencia, es decir, se condena a una angustia perpetua cuya causa ni siquiera consigue identificar.

La humildad sincera nace de la inteligencia cuando realmente consiste en el reconocimiento de las propias limitaciones y debilidades. Cuando la humildad se exhibe porque está bien vista, es falsa, como lo es la modestia. ¿Por qué está feo que yo diga que mi hijo es muy guapo o que escribo muy bien? Estaría feo decir lo contrario porque sería una mentira. Estaría feo callárselo por no molestar a quien molesta que otros ejerzan su derecho a reconocer públicamente sus cualidades o sus éxitos. Este suele ser un miserable aquejado por un complejo de inferioridad o por una carencia real de cualidades que, en lugar de esforzarse por superar sus problemas, padece segregaciones biliares ante la superioridad de un prójimo. ¿Merecen estos infelices que uno se oculte bajo una falsa humildad por miedo al rechazo social?

La generosidad es una cualidad loable que se da en los seres humanos que sienten empatía por el otro. El altruismo supone llevar la generosidad al extremo de procurar el bien del otro aún a costa del bien propio. Pero es falso que la generosidad y su extremo no cuenten con recompensa. La recompensa inmediata del que da es la satisfacción que le produce dar. Hay personas muy generosas que dejan de serlo en cuanto el beneficiado deja de cumplir sus expectativas. Hay personas aparentemente altruistas que dejan de serlo cuando se dan cuenta de que vivir para los demás no es el fin para el que un ser humano ha venido a este mundo. La generosidad auténtica es la que nace de una auténtica empatía y la empatía solo puede sentirla quien se ama a sí mismo.

Hace poco decía una política en la radio: “Me da miedo la gente que no duda, que tiene las cosas claras”.  A mí, a mi yo, le dan pánico los políticos que no tienen clara cosa alguna. La duda es necesaria en el sentido cartesiano porque es lo que nos conduce en busca de la verdad; busca que no debe cesar mientras dura la vida. Pero en el sentido ético y moral, no solo hay que tener las cosas muy claras,  hay que ser intransigente con aquello que es ética y moralmente incorrecto. El respeto a la libertad y a los derechos humanos, por ejemplo,  es un imperativo ético y moral en toda circunstancia. El ser humano debe exigírselo a sí mismo y a los demás. Si uno comulga con los valores llamados de izquierdas, no se vale condenar los atentados contra la libertad y los derechos humanos que perpetran gobiernos de derechas y abstenerse de condenarlos si los perpetran gobiernos supuestamente de izquierdas. Quien tiene esas cosas muy claras, no dudará a la hora de condenar a Trump y a Maduro por igual. El gran hombre que fue Albert Camus dio un ejemplo al respecto cuando, perteneciendo al Partido Comunista, se negó a silenciar la existencia de campos en los que se esclavizaba a los trabajadores  en la Unión Soviética. ¿Por qué sigue habiendo tanto estúpido empeñado en atacar al contrario y silenciar todo defecto en quien considera correligionario?

Las sociedades humanas, todas, han persistido y persisten a lo largo de los siglos en matar el Yo de sus individuos. La mayoría de los individuos se dejan matar el Yo por el miedo más antiguo que a todos aqueja; el terror a la soledad, a ser excluidos del grupo, a quedarse solos. Lo cierto, lo indiscutible es que todo en lo que la humanidad ha conseguido evolucionar, se ha debido a las conciencias solitarias que han reflexionado en su propio laboratorio interior, y que analizando y buscando soluciones desde su perspectiva egocéntrica, han conseguido ir mejorando el mundo.

Yo tengo muy poca paciencia con los cobardes que, incapaces siquiera de aceptar su propia cobardía, atentan contra la valentía del individuo que se niega a seguir al rebaño.

 

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¿Quién hundió al PSOE?

El PSOE se ha hundido en las encuestas. Esto es un hecho.

En diciembre de 2015, durante la campaña electoral, líderes destacados del PSOE acudieron a los medios de comunicación para ventilar su particular visión del país y su opinión particular sobre políticas y pactos. Sus intervenciones sonaban a lecciones magistrales impartidas desde un nivel de superioridad; nivel en el que se situaban por encima de su Secretario General y candidato, situando a Pedro Sánchez, por lo tanto,  en un nivel inferior. Esta postura de sabios que ejercen un control sobre el que se postula para asumir la presidencia del gobierno, transmitió a los votantes una idea fuerza: los líderes destacados del PSOE no confiaban en la aptitud de su propio candidato para desempeñar las tareas de gobierno. Esta campaña de esos líderes fue una contracampaña a la de su propio candidato que desbarataba sus esfuerzos por explicar su proyecto, su programa. Los medios de comunicación prefirieron destacar los problemas internos del PSOE ignorando las propuestas del PSOE para acabar con las políticas de la derecha que habían destrozado la vida de millones de personas y, por ende, la cohesión social en nuestro país.

El resultado de esta estrategia suicida fue que el PSOE obtuvo los peores resultados de su historia. La gran sorpresa, dadas las circunstancias, fue que el PSOE obtuvo más de cinco millones de votos permaneciendo como principal partido de la oposición.

Esos mismos líderes repitieron su estrategia en la campaña de junio de 2016 y en las campañas de las autonómicas de Galicia y Euskadi.

Una vez cosechados los previsibles resultados negativos en las cuatro elecciones, esos mismos líderes empezaron a reclamar la dimisión de Pedro Sánchez como único responsable de la pérdida de votos del PSOE.

Esto es un hecho.

Pedro Sánchez no se cansó de prometer a los votantes que el PSOE no permitiría bajo ningún concepto que la derecha volviera a gobernar. El 1 de octubre de 2016, el Comité Federal se desdice de  su propia decisión anterior de no abstenerse para que gobierne el PP, y el Secretario General, fiel a su compromiso con los votantes, dimite.

Libres del escollo principal que impedía que el PSOE se hiciera cómplice del gobierno de un partido acusado de corrupción que durante cuatro años había aplicado una política de austeridad contra los más débiles, la Gestora obliga a sus diputados a abstenerse para que la derecha vuelva a gobernar.

Esto es un hecho.

Es un hecho que por pactar con la derecha haciéndose cómplice de su política neoliberal, la socialdemocracia ha caído en toda Europa y, según las previsiones, seguirá cayendo en intención de voto. Entre un partido neoliberal que garantiza estabilidad y un partido socialista que va en contra de sus propios principios para apoyar a gobiernos neoliberales, la ciudadanía prefiere votar al neoliberal auténtico que a un partido que utiliza el nombre de socialista para engañar.

El socialismo es de izquierdas o no es socialismo.  Siendo de izquierdas, no puede contemporizar de ninguna manera con un gobierno que está en las antípodas de su ideología y, muchos menos utilizar los votos de los ciudadanos de izquierdas para permitir que gobierne la derecha. Cuando un líder del PSOE afirma que los problemas internos del partido no son ideológicos, está negando la diferencia entre los principios inquebrantables del socialismo y la actitud acomodaticia de un socialismo puramente nominal que no respeta los principios y valores del socialismo, pero que utiliza sus siglas para atraer el voto de los ciudadanos progresistas. El Partido Socialista Obrero Español está dividido entre quienes defienden los principios que inspiraron su fundación y quienes consideran que el nombre es solo un nombre que no tiene por qué condicionar la conducta de un político actual.

El PSOE está dividido entre una militancia y unos líderes que defienden el socialismo y unos líderes y una militancia que entienden que el PSOE debe pactar con la derecha por responsabilidad. Esto es un hecho.

De nada sirven ahora los discursos emotivos llamando a una unión imposible. Las llamadas al compañerismo por el bien del partido suenan a discurso infantil que ignora la situación crítica de millones de ciudadanos e indigna a la militancia socialista; militantes que en esos discursos perciben una intención de tomarlos por niños. A los  militantes, simpatizantes y votantes del PSOE, hoy no les mueve la necesidad de sentirse compañeros, de sentir que forman parte de un grupo. Son adultos, adultos que exigen líderes que entiendan los gravísimos problemas de millones de ciudadanos; la deriva de la sociedad hacia un individualismo egoísta, insolidario; la pérdida paulatina de los valores humanos. Líderes que entiendan esto y que, para solucionarlo, apliquen las medidas que se esperan del socialismo, tal como lo concibieron los fundadores del partido.

La dictadura, como todas las dictaduras, convirtió a los españoles en niños dependientes que a cambio de la protección paterna debían renunciar a la libertad. El miedo a perder lo que se tiene y el terror cotidiano a no tener lo necesario nos ha madurado a palos.  Hoy los militantes del PSOE no aceptan que se les exija lealtad y obediencia al aparato del partido. Exigen que el aparato del partido se ponga al servicio de la sociedad. No quieren monsergas, quieren compromiso con los valores de la izquierda hasta sus últimas consecuencias, aunque esas consecuencias supongan la pérdida de votos. Al militante del PSOE no le importa quién llega o no llega a obtener un escaño de diputado o senador y los beneficios concomitantes. Le importa que quien obtuvo un escaño trabaje por el bien común y utilice el Congreso y el Senado para difundir e imponer, pactando con partidos ideológicamente afines, políticas dictadas por la ideología socialista.

Hoy los militantes, simpatizantes y votantes  del PSOE somos adultos y estamos cabreados; tan cabreados que pasamos de discursos convencionales y no estamos dispuestos a prestar oídos a nadie que disimule la verdad echando mano de falacias y recursos retóricos. Al carajo los conceptos rimbombantes como lo de la postideología y la postverdad. En las casas se sigue necesitando comida, agua, luz, médicos, medicinas y hospitales, escuelas, institutos y universidades y una oferta cultural que no niegue a los pobres el derecho a humanizarse. Si esto lo dijera un político, le acusarían de demagogia. Pero esto lo dicen los ciudadanos hartos de los juegos florales de los políticos y de los opinantes con voz pública.

No es cierto que en el PSOE caben todos. Los que no estén dispuestos a defender los principios y valores del socialismo por encima de todo no caben, porque hunden.  

En fin, que en román paladino, lo que quiere el militante, simpatizante y votante de izquierdas es que los líderes del PSOE que por responsabilidad o cualquier otra cosa ajena a los intereses de los ciudadanos estén dispuestos a contemporizar como sea con el partido neoliberal, se vayan a centrarse en otro partido o funden uno nuevo de centro que les permita ir de aquí para allá sin traicionar a nadie. Y si, por las razones que sean, no se quieren marchar; y si es cierto que tanto les importa volver a unir al partido que ellos mismos dividieron, los militantes, simpatizantes y votantes del PSOE que exigen del PSOE lealtad con los principios y valores del Partido Socialista Obrero Español les están exigiendo que respeten los principios y valores socialistas y dejen de incordiar.

 

Pedro Sánchez entre el todo y la nada

Publicado en El Socialista Digital el 28 de febrero de 2016

 

“Separado de lo real, lo fantástico pierde también su contenido”. Michael Ende

Ende nos contó que la Nada estaba destruyendo el reino de Fantasía. Era un cuento. La Nada está destruyendo poco a poco nuestro reino y es pura realidad. Los españoles hemos ido perdiendo la ingenuidad; como los viejos, el pelo. Ya casi nadie cree en algo, en alguien. Un cinismo helado nos está dejando las glándulas secas y el alma en cueros; sin la fe, la esperanza y el amor que la hacen humana. ¿Exageración pesimista?

El miércoles 24 de febrero, Pedro Sánchez y Albert Rivera firmaron un acuerdo. Es un pacto de gobierno de progreso y reformista, dijo Sánchez. Es el inicio de una segunda transición para España, dijo Rivera. Es un pacto entre un partido de la derecha más derecha y un partido que aborrecen los partidos de la izquierda de verdad, dijeron los detractores del PSOE que, como es sabido, son de todas partes.

Lo que fuera el acuerdo le importó un pimiento a una gran mayoría de la población. Fue tal el regocijo que causó el escándalo de los pactantes, que nadie tuvo tiempo ni ganas de fijarse en lo pactado. Miles de tuiteros del PP, de Podemos y de izquierdas varias, corrieron a sus programas de foto y vídeo montaje y, asistidos por la musa del humor grueso, tan the fashion, se pusieron a parir viñetas y composiciones fotográficas criticando el acuerdo, que aún no había visto nadie más que los firmantes; frases insultantes contra Sánchez y en menor número contra Rivera; barbaridades contra el PSOE. Los periodistas corrieron a sus ordenadores a componer titulares exprimiéndose el ingenio para que resultaran atractivos y, al mismo tiempo, acordes con la línea editorial del periódico, siendo casi todas esas líneas, y casi sin el casi, contrarias al PSOE y a su secretario general. Casi todos los opinantes, los de opinión por escrito y en tertulias de radio y televisión, decidieron enseguida que no valía la pena comentar un texto de sesenta y seis páginas. Puede que alguno se lo leyera en diagonal, pero ¿para qué aburrir a lectores y audiencias con el contenido si de todas formas no serviría para nada porque sin los votos de Podemos, Sánchez no podría ser investido presidente, y Podemos no le iba a dar los votos si no les dejaba meter su caballo lleno de podemitas en el mismísimo centro neurálgico del gobierno; y Pedro Sánchez no les iba a dejar porque, como había demostrado sobradamente, el ansia de poder no le afectaba la razón?

Del acuerdo, del resultado de horas de trabajo de todos los expertos de los correspondientes equipos implicados en el esfuerzo de pactar un acuerdo de gobierno, sólo han hablado en profundidad algunos socialistas y algún opinante de los que siempre han supeditado a la objetividad y a la honestidad todo lo demás. Sirva de ejemplo el artículo de Odón Elorza,Mi opinión del acuerdo entre PSOE y C’s, en el que desglosa planes, compromisos concretos y objetivos que el acuerdo contiene, ofreciendo el número de las páginas donde los puede encontrar quien no tiene bastante con que le cuenten la película.

Pero bueno, ¿qué importancia puede tener un acuerdo que carece de cualquier posibilidad de ponerse en práctica? Políticamente, tal vez ninguna. Puede que sea cierto que sólo servirá para que los ciudadanos vean con claridad dónde está situado cada líder y qué puede esperarse de él. Y puede que al votante que no sufra de fanatismo o de simple estupidez le sirva para decidir su voto con mayor conocimiento de causa el día que le toque volver a votar. Aunque sólo fuera por eso, tal vez podría decirse que el esfuerzo valió la pena. Pero, ¿no habrá servido para algo más?

En el reino de Fantasía, unos cuantos personajes se ponen a luchar contra la Nada que todo lo destruye y amenaza convertirlo en un yermo gris. Es evidente que no se puede combatir una causa que se desconoce. La reacción al pacto de gobierno, ¿no nos estará advirtiendo de la invasión silenciosa de la Nada que quiere destruirnos moralmente, es decir, como seres humanos? Y esa advertencia, ¿no servirá para que algunos luchen por salvarse como individuos y por salvar a los más próximos de esa plaga de deshumanización?

El país que desde el miércoles disfruta en sesión continua el espectáculo de una horda de personajes corruptos declarando en tribunales; de una horda de descerebrados que se toman la política a chacota lanzando insultos y calumnias a los contrarios; de una horda de periodistas que salen del paso repitiendo frases hechas para evitarse el esfuerzo de profundizar en los asuntos buscando la verdad; de una horda de políticos a los que no da vergüenza alguna mostrar ante los ciudadanos que lo único que les mueve a involucrarse en la gestión pública es el ansia de poder; ese país es hoy el lugar donde luchan por sobrevivir millones de personas que lo han perdido todo, incluyendo la dignidad.

¿Cuántos de los que conservan lo necesario para ser considerados personas normales en este país han sentido la curiosidad de hojear un acuerdo en el que dos fuerzas políticas exponen lo que piensan hacer para rescatar a esos millones de desposeídos? ¿Cuántos se encogen de hombros porque el asunto no les concierne? ¿Cuántos se escudan tras la falsa superioridad del cinismo evitándose toda molestia con la excusa de que no creen en los políticos? Es posible que esa indiferencia o indolencia o las dos cosas parezca normal a la mayoría, una mayoría que hoy por hoy disfruta de una serie de aparatos que le permiten vivir desconectada del mundo que la rodea. Pero al margen de lo que parezca, la realidad es que esa indiferencia, esa indolencia, obedece a los estragos que la Nada va haciendo en el alma destruyendo la empatía que nos permite reconocernos en el otro; único modo que tenemos los humanos de reconocernos a nosotros mismos.

Y eso ¿qué consecuencias prácticas puede tener? Por ejemplo, el pasado 20 de diciembre más de siete millones de españoles votaron al partido que había hundido a millones en la pobreza y que amenazaba continuar recortando derechos y libertades para proporcionar a los empresarios un colchón de obreros pobres sobre el que poder descansar aumentando beneficios. A esos votantes se les dijo que el PSOE, que le había dado al país todo el estado de bienestar que los ciudadanos habíamos disfrutado durante décadas, nos había quitado de repente algo de todo eso; se les dijo que el PP, que en cuatro años nos había dejado sin casi nada, era la única garantía de que quienes tenían empleo, no perdieran al menos su seguridad salarial. Esos votantes creyeron lo que se les decía y volvieron a votar al PP. Es evidente que los millones de desposeídos sin recursos ni trabajo les traían sin cuidado.

A otros se les convenció fácilmente de que dispersaran su voto por aquí y por allá para evitar el bipartidismo. ¿A ninguno de esos se le ocurrió preguntarse qué pasaría si la profusión de partidos hacía ingobernable el país? Por la pantalla del televisor, del ordenador, del móvil se dijo a los ciudadanos que los dos partidos tradicionales eran iguales, y la mayoría se lo creyó porque hace ya mucho tiempo que para la mayoría, lo que aparece en las pantallas es la realidad más real. Y por eso el ciudadano, convertido en espectador, decidió votar por el político que más gracia le hacía en sus pantallas sin preocuparse de reflexionar sobre lo que ofrecía y cómo se comprometía a cumplir. Y por eso las relaciones de los políticos con los ciudadanos se han reducido en los últimos años a utilizar las pantallas para manipularles.

Por las pantallas salió la foto de Aylan, el niño muerto en una playa, y Europa entera se conmocionó. Por eso no conviene que salgan en las pantallas los cientos de niños que han seguido muriendo como Aylan y los millones que sobreviven como pueden al hambre, al frío, al abuso. No es bueno que se avive la empatía, la solidaridad. Las almas viven mejor, trabajan mejor sin sentimientos.

La Nada crece y se extiende como una marea gris cubriendo a España, a Europa. Si es inevitable que tengamos que volver a votar, ya se verá hasta qué punto ha conseguido deshumanizar el país como está deshumanizando el continente.

A la mierda, dijo

¿Quién no recuerda el grito del cabreo de un hombre que subía a la tribuna del Congreso sabiendo que la voz se la habían dado los ciudadanos para que hablara en su nombre? Grito de furia contra unos diputados que abucheaban y se reían de su voz porque no les interesaba lo que decía; porque para esos diputados, la voz del ciudadano solo importa el día de las elecciones, y una vez conseguido escaño, sueldo y privilegios, levantan el puente y cierran el portal de su castillo para que no entre la chusma. ¿Quiénes eran esos diputados? Los diputados del Partido Popular, y se tiene que decir si no quiere uno caer en la equidistancia que es, hoy por hoy, el peligro más grave que se cierne sobre nuestra democracia.

Todos sabemos que las elecciones del 26 de junio las ganará la abstención. Durante los cuatro meses que ha durado este interregno absurdo, la práctica totalidad de la prensa ha hecho una campaña soterrada a favor de la abstención inoculando en oyentes, lectores y espectadores una sola idea fija para que penetrara en los cerebros con la fuerza del más potente eslogan: todos los partidos, todos los líderes políticos  son iguales. Si todos son iguales, piensa el ciudadano medio, ¿para qué voy a votar? Parecería, pues, que la prensa quiere desmoralizar a los ciudadanos hasta el punto de conseguir que la inmensa mayoría se quede en su casa causando una catástrofe política que no podría resolverse sin aplicar medidas de emergencia nacional. ¿Es esto lo que la prensa pretende? No. Todos sabemos que la abstención beneficiará al partido del gobierno en funciones.

Hoy, el día después de que la imposibilidad de formar gobierno se aceptara como inevitable, todos los medios del país destacan el fracaso de la izquierda para ponerse de acuerdo, culpando del fracaso, a partes iguales, a todos los líderes de los partidos de izquierdas. Solo les ha faltado el valor para decirnos, abiertamente, “Oiga usted, si es de izquierdas, quédese en su casa, no vote, ¿para qué va a votar si todos han fracasado?” Y es aquí donde la equidistancia se rompe, pero de un modo tan encubierto, que el mensaje entra en los cerebros por carambola. Si todos los líderes de los partidos de izquierdas han fracasado, ¿quién es el ganador?  Mariano Rajoy, por supuesto.

No se puede decir que la prensa no sectaria haya ocultado los casos de corrupción en los que se inculpa al Partido Popular ni que hayan intentado ocultar o minimizar la responsabilidad de Mariano Rajoy en esos casos como presidente del partido. No se puede negar que la prensa no sectaria ha cumplido con la tarea de informar sobre la corrupción con puntualidad y exactitud. Entonces, ¿no se puede decir que eso pone a Mariano Rajoy y su partido al mismo nivel que los fracasados eliminándole como opción digna de ser votada? No.

Los resultados del 20D demostraron indiscutiblemente que los ciudadanos de este país no consideran que la corrupción sea motivo para no elegir a un político,  luego se puede ventilar la corrupción de quien sea, todo lo que se quiera, sin peligro de que influya en el resultado electoral. Lo que sí influye es destacar que hoy por hoy, el único valor seguro con el que cuentan los españoles es Mariano Rajoy por su firmeza, su entereza, su sapiencia, su conocimiento del patio y una cara tan granítica como su entrañas.

De la debacle de estos cuatro meses, el único triunfador ha sido quien se negó a que los españoles vieran su investidura derrotada y a quedar, por lo tanto, ante la opinión pública como un fracasado; quien se negó a entrar en negociación alguna con quien no le aceptara como triunfador en las elecciones y con derecho a imponer, por lo tanto, las políticas con que se tenía que gestionar el país; quien se tomó cuatro meses de descanso alejándose de cámaras y micrófonos, dejando que fuesen los líderes de izquierdas los que se quemaran, para reaparecer, en la nueva campaña,  con toda su lozanía, perfectamente en forma, vencedor de unos jóvenes inexpertos, incapaces, fracasados.

Toda la prensa ha destacado hoy el triunfo de la estrategia de Mariano Rajoy con el mismo ahínco con el que ha adjudicado el fracaso a los líderes de izquierdas, a todos por igual, metiéndolos a todos en el mismo saco de los perdedores.  Toda la prensa ha dedicado el primer día de la nueva campaña electoral a orientar el voto hacia la derecha a sabiendas de que un nuevo triunfo del Partido Popular significará cuatro años de sufrimiento para los millones de españoles que el gobierno del  Partido Popular dejó en la cuneta; de incertidumbre para otros tantos millones; y para todos, de servil acatamiento de las medidas neoliberales impuestas por los poderes que dirigen a la Unión Europea. Ante toda esa prensa, tranquila por estar dentro y a favor de la corriente, como aquellos diputados que se reían y abucheaban al salmón que desde la tribuna del Congreso les hablaba de las necesidades de las personas, uno vuelve a ver y a oír  a Labordeta, que en aquellos momentos era la voz de la dignidad humana, gritar a todos los políticos de derechas y a todos los que hoy han empezado a hacerles campaña para que vuelvan a ganar: “A la mierda. Váyanse ustedes a la mierda”. Grito para desahogar la impotencia que hoy podemos, además, disfrutar como venganza que la dura realidad nos sirve en frío y por adelantado. Porque esta vez, a la mierda nos iremos todos, desde el ciudadano más infeliz, al político y periodista más prominente. Aunque, bien pensado, no tendremos que ir a ninguna parte. Cuatro mil millones de razones caerán como otra plaga sobre nuestro país y el gobierno del Partido Popular les dará la bienvenida de tal modo, que para llegar a la mierda, los españoles no tendremos que dar ni un solo paso.

¡Milagro!

Buenos días, amigos
Ayer todos los problemas del país desaparecieron. A juzgar por la atención de los medios, la conciencia de España quedó totalmente ocupada por un único tema; el derecho de Cataluña a votar independencia sí o independencia no. El milagro que, desde las elecciones, ha permitido a Cataluña ignorar sus problemas más acuciantes, se concedió al resto de España por la magnánima voluntad de la derecha de los dos países. Ayer España entera fue capaz de olvidar todos sus problemas prosaicos -desempleo, sanidad, educación, pobreza- para elevar su pensamiento al excelso asunto de dirimir si los catalanes tienen derecho a decidir si quieren permanecer en España o no. El resultado del climatérico debate careció de interés por estar anunciado. Lo importante, lo crucial es que los dos paladines salieron fortalecidos. Cataluña se abrazará a los pies de Artur Mas y su partido para que la conduzca al cataclismo ferroviario que todos vaticinan. España entera marchará tras Mariano Rajoy, nuevo caudillo defensor de la unidad de la patria. Ante la magnitud del Armagedón que se avecina, ¿quién es el infeliz que se atreve a pedir a sus héroes que resuelvan problemas de nevera, de colegios, de corrupción?
Cabe concluir que los españoles, catalanes incluidos, somos geniales.

Podemos evitar el crimen

No es que huela a chamusquina. Es que ya se ve el fuego de un plan satánico para hundir el país. ¿Podemos apagarlo?

Tenemos un ministro de hacienda que hace el papel de tonto del pueblo cada vez que se encuentra con un micrófono delante. ¿Por qué? ¿Qué economista de probados conocimientos suelta urbi et orbe que la caja de España está vacía, que no hay dinero ni para pagar las nóminas? Cualquiera con tres dedos de frente podía predecir que tras semejante revelación pública la prima de riesgo y los intereses de la deuda se iban a disparar. Esta revelación no puede ser el error ingenuo de un novato ni la metedura de pata de un tonto. Tenía que estar calculado. Lo que tenemos que preguntarnos es, ¿a qué están jugando y por qué?

Suponiendo  que hay una intención deliberada de hundir el país, empecemos por hacernos la clásica la pregunta del detective en busca del culpable:  ¿Quién se beneficiaría del desastre total? Veamos.

Montoro suelta tres bombas en días consecutivos.  La de la falta de liquidez pone en peligro el crédito. Luego viene la de subir el IVA del material escolar y decir que no es necesario para ir a la escuela. Es otra forma de irritar aún más los ánimos. Para seguir dando vueltas de tuerca, anuncia que el paro crecerá y la recesión durará hasta más allá del 2013.

Resultado predecible: la agitación social crece a medida que la situación económica se deteriora cada vez más. Al borde de la ruina, el desorden se agrega a los problemas del país. Lo que queda de la clase media y los obreros con trabajo piden mano dura para evitar que el país caiga en la anarquía. Se convocan elecciones anticipadas y gana la derecha (v. Grecia) ofreciendo ley y orden. El PP inicia su segundo mandato ya legitimado para hacer y deshacer a su antojo. A la Iglesia se le otorga el poder que sobre las conciencias  permitiéndole imponer su doctrina a toda la sociedad. El gobierno elimina toda regulación sobre los generadores de dinero. La España arruinada, pero convertida ya en un bastión del neoliberalismo más brutal, recibe entonces toda la ayuda necesaria de una Europa que ha seguido el mismo proceso conducida por la derecha. 

Ya tenemos el posible culpable y cómo puede perpetrarse el delito. Ahora viene lo esencial para nuestra supervivencia como democracia. ¿Podemos evitarlo?

Primerísima evidencia: necesitamos olvidarnos de la retórica y ponernos a pensar cómo podemos evitar que la derecha nos aplaste. ¿Cómo?

El contrapoder lo tiene la izquierda. ¿Podemos confiar en que la izquierda nos salve? La izquierda, dividida como siempre, se está mirando el ombligo, como siempre. En vez de olvidar las conveniencias de partido para hacer piña con los socialistas, IU se apresuró a desmarcarse del gobierno de Zapatero para capitalizar el descontento. Radicaliza su discurso para ir arañando escaños. Sabe que no ganará frente al PP, pero da lo mismo, conseguirá más diputados y más subvención. El PSOE está demasiado ocupado tratando de recomponerse. Su objetivo es recuperar escaños, por pocos que sean, para que IU y los demás no acaben de arrollarlo. Conclusión: los ciudadanos estamos solos. Tenemos la calle, pero, ojo, la anarquía puede asustar a eso que llaman mayoría silenciosa y precipitar el triunfo definitivo del PP en unas elecciones anticipadas. Entonces, ¿hay solución?

Tenemos las redes sociales. Es lo único que tenemos. Podemos utilizarlas para aglutinar el descontento y convocar a manifestaciones. Puede ser útil si la sensatez de la mayoría se impone sobre los antisistemas violentos. Con la violencia, tolerancia cero. Sírvanos de escarmiento la anarquía que sirvió de excusa al ejército rebelde para derrocar al gobierno de la República.

¿Para que otra cosa nos pueden servir las redes sociales?  Podemos utilizarlas para exigir a los partidos de izquierdas una respuesta responsable a la crisis nacional. No es responsable hacer una oposición blanda o buscar el consenso con un gobierno que nos lleva al precipicio a sabiendas. La responsabilidad en estos momentos es renunciar a la política partidista; barrer de  los partidos a los elementos que militan para beneficiarse y  a quienes importa más el partido que el interés del país. La responsabilidad es responder al oscurantismo del gobierno informando a la ciudadanía en lenguaje claro y llano sobre todas las alternativas posibles. La responsabilidad es, en suma, ponerse a trabajar, no por defender el partido o el asiento; por defendernos a los que les pagamos. Exijamos la regeneración de los partidos.

¿Para qué más? Necesitamos una prensa libre, clara, rotunda. La derecha tiene sus medios y los medios de la derecha no tienen reparo alguno en recurrir a lo que sea para aupar al gobierno. A esa no la vamos a cambiar. Pero sí podemos exigir a los periodistas honestos que dejen sus habilidades literarias para mejores tiempo. No podemos perder tiempo en retórica vacía. Necesitamos información, análisis relevante -no el rosario de comentarios que se repiten y se repiten en las tertulias sin aportar absolutamente nada. Necesitamos alternativas, propuestas que devuelvan el ánimo a la ciudadanía para luchar por una salvación posible.

 

Nos queda muy poco tiempo antes de que la ruina nos instale en el poder a una derecha fortalecida que tardará muy poco en convertir el país en un bastión del neoliberalismo más puro y duro con una sociedad controlada por el nacional-catolicismo. Pongámonos a luchar en serio por defender nuestro bienestar y nuestras libertades antes de que nos arrebaten lo uno y lo otro a golpe de decretos.