¿Cuál es su color favorito?

Publicado en Publicoscopia el 20 de marzo de 2016

No era una carta de colores de la sección de pintura de una ferretería. Era el gráfico del resultado de las elecciones. El 21 de diciembre, desde la portada de todos los diarios, en papel y digitales, el gráfico anunciaba una España de colores brillantes. Los colores encendieron las redacciones, los estudios de radio, los platós. Los opinantes, deslumbrados, empezaron a manifestar su entusiasmo como niños con su primer juguete, en este caso un semicírculo con segmentos de colores. Y sentenciaron: el bipartidismo gris murió de viejo. Los ciudadanos han elegido un arco iris.

 

En España siguen mal viviendo millones de desempleados pobres, de infra empleados pobres, de niños y ancianos pobres. Pero nada que ver con la gris España franquista. Los ciudadanos han pintado de colores la realidad política del país y eso ha hecho de España un país alegre y moderno.

¿Quiere eso decir que la ciudadanía ya ha alcanzado la madurez democrática? Dicen muchos opinantes que sí. Dicen muchos opinantes que hemos sido nosotros, los ciudadanos, los que hemos inyectado al tronco político savia nueva, joven. Sí, hemos sido nosotros lo ciudadanos los que hemos creado un parlamento que no puede elegir a un presidente para que el presidente nombre un gobierno y se ponga a gobernar para solucionar nuestros problemas. Ya somos adultos, maduros y muy listos.

Fuimos los ciudadanos, dicen, los que nos dimos una constitución que casi nadie ha leído; una democracia que consiste en votar una vez cada cuatro años y dejar que las leyes que rigen nuestra existencia las conciban y promulguen individuos que no sabemos ni quiénes son, por los que tuvimos que votar porque iban en una lista confeccionada tomando en cuenta, no nuestras necesidades, sino los intereses del partido. Esos individuos que aparecen en la lista que votamos nos representan, dicen. Somos nosotros los que les otorgamos el poder de representarnos. Tan listos somos, que entregamos el poder a un montón de desconocidos y nos vamos a casa dispuestos a pagarles sueldazos para delegar en ellos los asuntos que afectan nuestra vida.

En España siguen mal viviendo millones de desempleados pobres, de infra empleados pobres, de niños y ancianos pobres. Y fuimos nosotros quienes, hace cuatro años, le dimos a un partido el poder absoluto para que promulgara las leyes que quisiera, y promulgó las que empobrecieron a los millones de compatriotas nuestros que hoy mal viven en este país.

Pero es que en España la mayoría se ha librado del desempleo, de la pobreza, del desahucio, y ha aprendido a vivir con el miedo a perder lo que tiene y a defender lo que tiene antes que a cualquier otra cosa o persona en el mundo. Y por eso la mayoría volvió a votar al mismo partido en diciembre porque ese partido dice que es el único que garantiza que lo que se tiene, no se va a perder.

¿Eso significa que los que votaron por los otros partidos no son listos? Guarde Dios a cualquiera de decir que hay electores estúpidos. La corrección política tiene que estar por encima de la verdad porque las formas son muy importantes; algunos dicen que lo más. Guarde Dios a cualquiera de decir que muy listo no es el que votó a un candidato que hablaba muy bien y salía muy bien en la tele y en las fotos y prometía acabar con la pobreza y todas las cosas malas que le pasan al que no tiene dinero y decía que su partido no tenía nada que ver con los partidos viejos. Cuando resultó que ese lo que quería era subir al gobierno y que prometía lo que no hay dinero con qué pagar, y que su partido tenía los mismos usos y costumbres que los viejos, algunos se arrepintieron de su ingenuidad y otros decidieron que votarían al mismo para no volver a votar a los otros o por no cargarse el color púrpura dejando al arco iris menos vistoso o porque sí, porque no es natural que un español se enmiende. ¿Y el que votó naranja? Lo mismo, más o menos.

Los que, según dicen, no tienen perdón de Dios son los que votaron al PSOE. Votar por un partido viejo que ni siquiera tiene poder para dejar las cosas como están no es serio ni es de sentido común, teniendo como tenemos un presidente serio que ha transformado a España en un país serio y que exhibe un sentido tan común que casi siempre se le entiende todo lo que dice. Además, después de dieciséis años bombardeando al PSOE con todas las infamias, ciertas y falsas, que la propaganda del PP y, más tarde, de todos los otros partidos fue capaz de imaginar y ventilar, había que ser muy cabezota para votar al PSOE. Hubo quien lo hizo porque el candidato prometía política social, y porque habiendo promulgado leyes sociales todas las veces en que había accedido al gobierno, no había razón para creer que no cumpliría. Pero como era partido viejo, muchos decidieron votar púrpura, que prometía lo mismo, pero era nuevo, fresco, democrático y de lo más ilusionante.

¿Y ahora qué? Ahora, nada. Al PP no se le quiere acercar nadie porque el tufo a podrido que desprende no se aguanta y es tan fuerte que impregna todo lo que toca. Hay un coro que pide Gran Coalición entre PP y PSOE, lo que significa que el PSOE se trague todos los sapos apestosos del PP para que entre los dos puedan infestar a España de parásitos inmorales. Pero ya pueden ser poderosas las voces que lo piden. Pedro Sánchez no parece tener ningún vestigio de tendencias suicidas; ni para acabar con su existencia ni con la existencia de su partido. O sea, que ni gobierno ni medida alguna que frene la caída cuesta abajo de tantos y rescate a los que ya cayeron y se hacinan en el fondo del despeñadero.¿Entonces? Pues nada, a votar otra vez.

Gemía Unamuno porque le dolía España y con él, toda una pléyade de sabios españoles se fueron a la otra dimensión quejándose del mismo dolor. Hoy no hace falta ser sabio para que España le duela a cualquiera que piense. Hoy ni siquiera hace falta pensar para que duela Europa, para que Europa le duela a cualquiera capaz de sentir un ápice de compasión. En tierra de nadie entre alambradas, personas de todas las edades se hacinan como reses porque los europeos no quieren compartir con ellos ni un trozo de tierra ni un poco de pienso. Y eso le duele a cualquier ser humano que vea la desesperación en los ojos de esos otros seres humanos que aparecen en fotografías y en televisión. ¿No duele, no horroriza a los padres pensar que dejarán a sus hijos un mundo de odio y dolor en el que cualquiera puede ser víctima de los peores sufrimientos o sufrir el horror, la vergüenza de ver los peores sufrimientos en los ojos de otras personas abandonadas como animales porque no se pueden pagar el respeto a su dignidad ni a su vida?

Tal vez los padres de la Europa rica creen que no hay motivo para preocuparse, y tal vez tengan razón. Nuestro continente va camino de llegar a la utopía del mundo feliz que describió Huxley; un mundo en el que todos trabajarán contentos para los amos. En el nuestro, las personas ni siquiera necesitarán pastillas y sexo para ser felices, como en el de la novela. Gracias a la tecnología, nuestros hijos ya tienen la panacea que les aísla y les aislará, cada vez con más alta definición, de la infelicidad de su entorno y de la infelicidad de su propio interior. Si el mundo se transforma en un lugar insoportable, nuestros hijos podrán escapar del mundo real, siempre que lo deseen, a través de las pantallas de sus televisores, de sus tabletas, de sus móviles. ¿Para qué nos tenemos que preocupar?

En cuanto al desgobierno de España, es asunto de políticos. La televisión está llena de programas divertidos, de series interesantes, de emocionantes deportes; el móvil está cargado de música y de chats. Quien no se distrae de tanta tragedia es porque no quiere. ¿Nos indignan los políticos europeos por lo que están haciendo con los refugiados? Pensemos que no hacen otra cosa que garantizar que nadie venga a disputarnos nuestra comida y nuestras pantallas. ¿Nos indignan los políticos españoles y nos da una pereza invencible escuchar sus ofertas y leer sus programas electorales? Pues nada; si nos convocan a nuevas elecciones, lo mejor que podemos hacer para evitarnos agobios es votar por colores. Total, el resultado no será muy diferente al que se obtiene si nos ponemos a pensar en siglas o en nombres. Las encuestas dicen que todo se quedará más o menos igual.

Así que no nos agobiemos preguntándonos qué podemos hacer por nuestro país. Eso lo dijo a los americanos un presidente que hablaba muy bien. Pero lo hizo en una época en que no había ni Internet ni whatsapp. El mundo ha cambiado muchísimo. Ante las urnas, hoy basta preguntarnos cuál es nuestro color favorito. ¿Para qué vamos a calentarnos más la cabeza?

 

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¡Milagro!

Buenos días, amigos
Ayer todos los problemas del país desaparecieron. A juzgar por la atención de los medios, la conciencia de España quedó totalmente ocupada por un único tema; el derecho de Cataluña a votar independencia sí o independencia no. El milagro que, desde las elecciones, ha permitido a Cataluña ignorar sus problemas más acuciantes, se concedió al resto de España por la magnánima voluntad de la derecha de los dos países. Ayer España entera fue capaz de olvidar todos sus problemas prosaicos -desempleo, sanidad, educación, pobreza- para elevar su pensamiento al excelso asunto de dirimir si los catalanes tienen derecho a decidir si quieren permanecer en España o no. El resultado del climatérico debate careció de interés por estar anunciado. Lo importante, lo crucial es que los dos paladines salieron fortalecidos. Cataluña se abrazará a los pies de Artur Mas y su partido para que la conduzca al cataclismo ferroviario que todos vaticinan. España entera marchará tras Mariano Rajoy, nuevo caudillo defensor de la unidad de la patria. Ante la magnitud del Armagedón que se avecina, ¿quién es el infeliz que se atreve a pedir a sus héroes que resuelvan problemas de nevera, de colegios, de corrupción?
Cabe concluir que los españoles, catalanes incluidos, somos geniales.

Combate de bárbaros

El PP celebra en Barcelona una convención contra la independencia de Cataluña. La ciudad  sufría humillaciones y miserias en un silencio tenso, apretando los dientes. Y llegaron los hunos.

Los señores y señoras del Partido Popular que han venido a ocupar el Palacio de Congresos de Cataluña este fin de semana peinan cabellos lavados y teñidos con los mejores productos, llevan las uñas manicurizadas, visten de marca, pero la voluntad y los propósitos que les mueven son los de una horda de bárbaros incendiarios dispuestos a asolar lo que haga falta para llevarse un tributo en votos convertibles en oro. ¿Cómo es posible tal barbaridad en nuestro tiempo?

Cuando hace unos años empezó a escribirse la tragedia de una Cataluña amenazada con los peores males por la epidemia de la crisis, apareció un actor que, cual Braveheart cinematográfico, se arrogó el papel de héroe nacional dispuesto a salvar la patria a toda costa.  Artur Más y su comparsa impulsaron y subvencionaron la restauración de antiguos libros de historia iluminando  los oros de viejas glorias, el carmín de la sangre de sus héroes y  mártires, el morado de sus pesares y  agravios. Recorrieron los cuatro rincones del país blandiendo la bandera del orgullo nacional, agitando las glándulas contra el invasor injusto. Y en una tarde memorable, las calles de Barcelona vibraron con el grito de “independencia”.  

Fue una estrategia digna de los mayores genios de la publicidad. De ahí en adelante, ni el desempleo ni la pobreza ni la conculcación de derechos fundamentales ni la corrupción rampante en las élites conseguiría eclipsar la reivindicación del derecho a decidir si independencia sí o independencia no. El Parlament de Catalunya pudo dejar de lado fatigosas tareas legislativas para entregarse al apasionante espectáculo de batallas verbales sobre la identidad y el futuro político del país. Los medios de comunicación descubrieron un tesoro de titulares morbosos y se dedicaron a  captar audiencia contando las vicisitudes del conflicto secesionista. Los tertulianos de radio y televisión encontraron un tema que ni pintado para soltar todo su repertorio de lugares comunes y repetirlos un día tras otro sin mayor esfuerzo seguros de que, dijeran lo que dijeran, sus palabras llegarían como dardos a los corazones patriotas de un bando y del otro.

Mientras tanto, en la capital del reino, los gobernantes esbozaron sonrisas sibilinas que pronto se convirtieron en risas de alborozo. Los catalanes, mira por donde, les estaban haciendo tal regalo que parecía cosa de la Divina Providencia. Contra el monstruo del secesionismo catalán, lucharía el adalid de la unidad de España. Todo el país concentraría su atención en el épico combate entre el Braveheart de los catalanes -pronto derrotado, por cierto- y el nuevo Cid Campeador -que ganó batallas hasta después de muerto y que en espíritu, bien pudo entrar en Granada con los Reyes Católicos. De ahí en adelante, ni el desempleo ni la pobreza ni la conculcación de derechos fundamentales ni la corrupción rampante en las élites conseguiría eclipsar la defensa de la unidad de la patria.

Si alguien aún se pregunta cómo han podido los gerifaltes de aquí y de allá hipnotizar a millones de ciudadanos apartando sus ojos del desastre que está destruyendo haciendas y vidas, la respuesta puede encontrarse fácilmente en cualquier campo de fútbol. El forofo vibra de entusiasmo durante noventa minutos enajenado de la realidad exterior al estadio. Las personas inoculadas con el germen del patriotismo fanático no ven otra cosa más transcendental que el orgullo patrio. ¿Pero es esto posible mientras la vida de millones se derrumba a la vista de todos y las estructuras del país se reforman para blindar los privilegios de las élites y asegurarse de que los inferiores se queden donde están?

Es posible. Los ancianos, jóvenes y niños que salieron a la calle aquel memorable 11 de septiembre de 2012 blandiendo senyeres iban alegres, bien vestidos y con cara y pinta de haber comido bien.  Aquella tarde no se vieron harapos ni rostros deshechos por la angustia. Los desesperados por falta de trabajo, recursos, medicamentos; por la amenaza de  corte inminente o por haberles cortado ya la luz y el agua en sus casas; por la  amenaza  de desahucio o por haber sido desahuciados ya no debían tener ánimos para sentirse patriotas de ninguna parte ni fe para creer que la independencia podría aliviar o revertir sus males. Al año siguiente, cuando las senyeres dieron la vuelta a Catalunya en una emotiva cadena humana que otra vez pedía la independencia, las televisiones de todo el estado y algunas extranjeras enseñaron familias y grupos de jóvenes cantando y comiendo alegremente como si estuviesen en una  romería. Era la Cataluña de adultos con nómina, de jóvenes con nómina o de jóvenes hijos de padres con nómina. Era eso que en España se llama, con la frase feliz de Nixon,  la mayoría silenciosa; mayoría, en realidad, indiferente a todo cuanto no tenga que ver con su casa; mayoría que pudiendo aún comprar lo que se anuncia, ir al cine, ir al fútbol, ¿para qué va a protestar?

Los estrategas calcularon bien al contar con que la mayoría satisfecha de un bando y del otro admiraría el valor de sus gobernantes y hasta les agradecería la distracción. Tantas desgracias en los medios acaban cansando, tantas manifestaciones en la calle son un engorro para el que se tiene que desplazar.

Parece, sin embargo, que los catalanes no calcularon hasta dónde llegaría el asunto. ¿Creyeron tal vez que en Cataluña el ardor patriótico se apagaría  en cuanto la negativa rotunda de España a permitirlo hiciera al  referéndum  ilegal y, por lo tanto, imposible? -Lo sentimos, chicos, no es culpa nuestra. Hemos hecho todo lo que hemos podido, pero los españoles no nos han dejado y no hay nada que hacer-. ¿Y si ese fervor se convierte en el odio enconado que destruye toda posibilidad de convivencia pacífica? Pues a lo mejor no iría tan mal. La división interna podría achacarse a la intransigencia de los gobernantes españoles y el tema se podría seguir aprovechando de elecciones en elecciones como se ha hecho hasta ahora.

Los defensores de la unidad de España hoy están en Cataluña para exhibir sus armas. Esperan que sus argumentos penetren en las mentes de aquellos que no quieren la secesión, y saben sin duda que  sus bravuconadas inspirarán a la minoría que detesta  la lengua y a quienes la hablan en el país en el que les ha tocado vivir. ¿Y si sus diatribas y arengas atizan la discordia y dividen la sociedad catalana en dos bandos beligerantes? Bien pensado, la división no les iría nada mal. Si los habitantes de Cataluña se enzarzan como perros furiosos, dejarán de incordiar a España, y si la cosa se pusiera  muy fea, proporcionaría  una excusa indiscutible para suspender una autonomía que a fin de cuenta no ha causado más que problemas.

Uno se pregunta si es posible tanta insensatez en adultos mentalmente sanos o, suponiendo que actúen a sabiendas, si es posible tanta inmoralidad. Tras siglos de guerras civiles, cuando parecía que tanta muerte, tanta miseria, tanto sufrimiento habían despertado las conciencias haciéndonos comprender que la vida humana  sólo puede existir y desarrollarse en la paz, ¿cómo pueden los gobernantes actuales de un país civilizado inducir a la división fratricida de los ciudadanos como medio para perpetuarse en el poder? ¿O será que no ven el asunto como tan serio ni las consecuencias como tan trágicas?

Objetivamente, la división  entre dos bandos  nacionalistas obedece a las mismas secreciones glandulares que enloquecen transitoriamente a los forofos de dos equipos  rivales de fútbol. El asunto se puede controlar con leyes que permitan más represión policial. Unas cuantas detenciones y multas servirán de escarmiento, y las bajas no pasarán de unos cuantos heridos leves. En cualquier caso, se trata de un efecto colateral desagradable que vale la pena asumir considerando los beneficios. Mientras los discursos incendiarios y la policía mantienen al pueblo entretenido, los gobernantes pueden seguir ocupándose de la tarea transcendental que los nuevos tiempos imponen; la profunda, clara, permanente división de la sociedad en dos grupos diferenciados, los ricos y los pobres, es decir, los que mandan y los que aceptan dócilmente  su cometido dejándose mandar.

Aún queda mucho por hacer para que resurja el orden social de siempre después de tantos años de experimentos igualitarios, pero los gobernantes no tienen duda de su victoria final. Para ello cuentan con el silencio de la mayoría ante la corrupción rampante en las élites; la mayoría indiferente al desempleo, a la pobreza, a la conculcación de los derechos fundamentales de los demás.