Víctimas de la política

De súbditos bajo la dictadura, pasamos a ciudadanos bajo la democracia. De ciudadanos de pleno derecho, pasamos a ciudadanos en riesgo de ser convertidos otra vez en súbditos. Y un día, casi sin darnos cuenta,  pasamos de súbditos a víctimas de unos políticos sin escrúpulos que alimentan con nuestra sangre sus ansias de poder.

Hoy lloramos los muertos de Barcelona y nos dicen que podían haberse evitado si hubiera habido mayor coordinación entre todas las fuerzas de seguridad del estado. Pero no la hubo, no la hay. Lo que sí hay son muertos y familias destrozadas. ¿Qué evitó y sigue evitando la coordinación necesaria? Las ambiciones políticas.

Hoy, los políticos y sus voceros dicen que los muertos podían haberse evitado si el ayuntamiento hubiera puesto obstáculos para impedir el paso de vehículos por Las Ramblas. De haberse impedido el paso de vehículos por esas ramblas en particular, ¿no habría buscado un coche asesino cualquier otra aglomeración de viandantes para perpetrar su carrera mortal? Entonces, ¿por qué culpar al ayuntamiento? No por esa reacción ante el daño que lleva a la víctima a buscar un culpable en quien descargar su dolor. Se busca señalar culpables que convengan a las ambiciones políticas.

Hoy el morbo se exacerba viendo en primera línea de una manifestación a enemigos irreconciliables manifestándose juntos con caras de funeral. ¿Unidos por el dolor o por la voluntad de no quedar al margen en una manifestación pública de dolor cubierta por centenares de cámaras de todos los medios del país? Todos aquellos cuya carrera depende del voto de los ciudadanos tenían que dejarse ver juntos en estos días, movidos por sus ambiciones políticas.

Y aquellos que no dependen del voto, también. ¿Hay algo más obsceno que violar la intimidad de un herido en un hospital dejando entrar a las cámaras en una habitación para fotografiar a una autoridad en el acto de dar su mano poderosa a un infeliz postrado en la cama?  ¿Tan excelsos se creen los que ostentan autoridad máxima que atribuyen a su mano facultades taumatúrgicas? ¿O será más bien que esperan del herido y de todos los que contemplen la fotografía  el agradecimiento por la magnanimidad del gesto?¿Qué hubiera pasado si el lesionado invadido en su habitación le hubiera dicho al excelso: “Oiga, ya que está, ¿me trae una botella de agua, por favor, o algo. Si no, ¿para qué viene?”  Va porque a la máxima autoridad, electa o no, conviene  cualquier gesto que ayude a su ambición de ganar votos o de que se mantenga y fortalezca el régimen. Va porque conviene a sus ambiciones políticas.

Con la manifestación del sábado que ya llega se habrá acabado la función. Los enemigos irreconciliables descansarán de sus ímprobos esfuerzos por fingir la unión de circunstancias. A partir del sábado, toca dar la vuelta a la máscara bondadosa para poner la cara de expresión feroz.  Los fieles votantes de un bando y del otro esperan  una batalla a muerte entre sus capitanes que mantenga el flujo de adrenalina del que se nutren sus cerebros. Y los capitanes se lanzarán con todas las armas de sus ambiciones políticas.

Los catalanes tendrán que olvidar pronto a las víctimas del atentado de Barcelona ante la tropa de propagandistas de la independencia que invadirá ciudades y pueblos para preparar la manifestación más multitudinaria de todas la manifestaciones multitudinarias de todos los onces de septiembre que se han visto. No habrá referendo legal y vinculante. Eso lo saben desde antes del principio los políticos que decidieron agitar el sentimiento independentista de los catalanes para mantenerse en el poder. No puede haber simulacro de referendo como el del 9 de noviembre de 2014 porque después no pasó nada y los catalanes ya no se van a creer el cuento de que pasará algo trascendental. El único golpe de efecto que queda a los políticos independentistas es una manifestación que saque a la calle a millones, a tantos millones, que en España y en el extranjero se le dé valor de referendo. ¿Pero es posible conseguir algo así? No es difícil.

Los políticos independentistas, de toda la vida o conversos, descubrieron, tiempo ha, un método infalible para conseguir prosélitos y movilizar a fieles, dudosos y hasta a reacios; la propaganda agresiva barrio por barrio, pueblo por pueblo, colegio por colegio. En este pueblo se pone la bandera independentista porque, ¿quién se va a oponer a que se ponga? ¿Se van a oponer los padres a riesgo de enemistarse con los hijos? ¿Se van a oponer los hermanos, los cuñados, los tíos, los primos a riesgo de crear rencillas familiares? ¿Se van a oponer los amigos a riesgo de perder amigos? Si algo han conseguido los políticos catalanes independentistas es merecer el reconocimiento universal como los manipuladores más efectivos de sentimientos y emociones. Las campañas propagandísticas de grupos civiles como la Asamblea Nacional Catalana no tienen parangón. ¿Quién se atreve a ignorarles en la calle de un barrio o de un pueblo cuando entregan panfletos? ¿Quién se atreve a rechazarles cuando se acercan, como los santos de los últimos días, a predicar y recabar adhesión? ¿Quién se atreve a negarse a que incluyan su nombre en la lista de personas que llenarán un autobús para ir a manifestarse? En ese barrio o en ese pueblo se conocen todos. A ver quién es el guapo que se atreve a verse señalado como traidor a Cataluña.

Probablemente, la manifestación del próximo 11 de septiembre será la más multitudinaria de todas las multitudinarias que se han visto. ¿Pasará algo trascendental después? Por supuesto que no. Los políticos catalanes seguirán gritando a los siete vientos que Cataluña es víctima de un gobierno centralista, ladrón y antidemocrático. Los otros políticos españoles seguirán repitiendo que están para hacer cumplir la ley y que la ley no permite votar si se quiere o no se quiere romper la unidad de España. Pero ni España ni Cataluña, esos territorios que sin habitantes no tendrían ni nombre, serán las víctimas de la intransigencia de los políticos de un bando o del otro. Las víctimas de las ambiciones políticas que  están deshumanizando el país han sido, son y seguirán siendo los seres humanos que lo habitan.

En Cataluña, bajo el gobierno de la derecha,  empezaron a recortarse los fondos para garantizar una vida digna a los ciudadanos antes que en el resto de España. Cuando en el resto de España el pánico por la crisis lanzó a la mayoría a refugiarse en la derecha, empezaron los recortes en derechos y siguieron recortes en las libertades para impedir protestas. En Cataluña y en el resto de España, el miedo sigue asolando las voluntades de los que ven caer a parientes, amigos y vecinos en las cunetas de la exclusión para no volver a levantarse. La mayoría ignora a los caídos por miedo a caer con ellos. Las calles se llenan de muertos en vida que corren a trabajar, a consumir, a hacer lo mismo que hacen los demás por miedo a verse privados  de la sacrosanta compañía de la sociedad de gente de bien.

Hoy lloramos a un número de víctimas de un atentado terrorista causado materialmente por un puñado de fanáticos, empujados estos al crimen por un puñado de poderosos cuya voluntad solo responde a sus ambiciones políticas. Lloramos por el otro sin darnos cuenta de que somos víctimas todos los que tenemos vida y hacienda en manos de políticos sin escrúpulos, a quienes interesa deshumanizar a la sociedad  para convertir a los ciudadanos en autómatas al servicio de sus ambiciones políticas.

¿Saldrán algún día los ciudadanos a manifestarse por las víctimas del salvajismo del poder?

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Matarnos el alma

Matarnos el alma de miedo, de asco, de aburrimiento ha sido la estrategia de Mariano Rajoy Brey durante sus siete años de poder absoluto; siendo Mariano Rajoy Brey el estratega político más genial que ha dado este país. En uno de mis artículos, comparé su perspicacia con la de Napoleón, y el nuestro salía ganando.

Gracias a la torpeza con la que José Luis Rodríguez Zapatero gestionó la crisis y al seguidismo de Alfredo Pérez Rubalcaba, Mariano Rajoy tomó España el 20 de diciembre de 2011 con un formidable ejército de votos, y una vez instalado en la Moncloa, concibió una estrategia invencible para asegurarse de que ni dios le podría desalojar del poder.

Sabido es, desde tiempos inmemoriales, que el obstáculo más escabroso que encuentra un político en el desempeño de sus funciones de gobierno es la opinión pública, que dicen los periodistas; la vox populi, que dicen los antiguos; la voz de la plebe, para entendernos. Las críticas y exigencias de la masa ignorante, semi ignorante e ignorante con ínfulas de saber, compuesta esta última por leídos y titulados, son un coñazo. Cuando el político llega a un elevado nivel de mando, ya sabe lo que tiene que hacer, pero durante el tiempo que el mando le dura, se ve obligado a soportar el incordio de los que, sin entender un ápice de las interioridades de la política práctica, se creen con derecho a importunarle porque le han votado. Es por esta razón que no hay político con mando en plaza que no envidie, aún en lo más recóndito de su alma, gobernar con la tranquilidad inalterable de los dictadores.

Hay que ponerse en la piel de un político para comprender el engorro que supone saber su trabajo observado, controlado y criticado por los mindundis. Sólo así, con auténtica empatía, podremos comprender la nostalgia que sienten Mariano Rajoy y los suyos por el pasado franquista. Ay, qué tiempos aquellos en que, si alguien se movía, le sacaban de la foto a patadas o de un balazo, por lo que no había guapo que se moviera. Ay, qué tiempos aquellos en que la España nuestra era un remanso de paz.  Por eso, con la elevada intención de devolver la paz a los españoles, Mariano Rajoy se propuso, desde el primer momento en que la mayoría le sentó en el trono, recuperar la España una, grande y tranquila; librar a los españoles de la pesadilla de cuarenta años de democracia.

La tarea no resultó tan difícil como cabría pensar; no a un príncipe de los ingenios políticos como Rajoy. Se fijó dos objetivos: demoler las instituciones democráticas y neutralizar al principal partido de la oposición. El PSOE no suponía en aquellos momentos ningún peligro que no pudiera vencer la mayoría absoluta del PP, pero había que prepararse por si en algún momento dejaba de ser absoluta.

Rajoy y los suyos se aplicaron enseguida a la demolición de las instituciones con el esmero y la diligencia de hormigas.  Para evitar una enumeración de los actos que se llevaron a cabo con tal fin, actos que ya han pasado a la historia, dejo aquí el enlace al artículo en que los enumeré allá por el mes de junio de 2016. “Objetivo demolición”, se llamaba.

Pero la demolición, lenta y sin ruido, no se terminó hace un año. Llevamos unos días asistiendo al espectáculo del derrumbe de la Fiscalía. Resulta que el Fiscal Anticorrupción fue nombrado por su aprecio al PP, y resulta que el mismo propuso a los fiscales suspender uno de los registros practicados este miércoles en busca de pruebas para los casos de corrupción en el Canal de Isabel II, y resulta que impuso no acusar de organización criminal al principal imputado por el caso.  Si, mosqueados por la actuación de ciertos jueces, a los ciudadanos sólo les quedaba la confianza en el Ministerio Público, después de comprobar el contubernio entre el gobierno y los fiscales, ya no habrá cándido capaz de creer en la justicia, suponen.

En cuanto a la neutralización del PSOE, diríase que Mariano Rajoy y los suyos fueron favorecidos por un milagro de Dios. En la campaña electoral de 2015, ocurrió un fenómeno inaudito; inaudito en España y en cualquier parte del mundo. La élite del PSOE demostró públicamente su animadversión a su propio candidato. Cuando, a pesar de todo, el candidato saca, por dos veces, los votos suficientes para mantenerse como jefe de la oposición, la élite le obliga a dimitir. ¿Por qué? Porque Pedro Sánchez se negaba a imponer a los diputados del PSOE que se abstuvieran para permitir el gobierno del PP. Le sucede una Gestora que impone a los diputados la abstención para que Mariano Rajoy vuelva a ser presidente. El PSOE se divide y se desangra. Tan maltrecho le ha dejado la batalla interna que haría falta otro milagro para devolverle el prestigio y la posibilidad de que los ciudadanos vuelvan a considerarle una alternativa a la derecha. Hoy por hoy, la élite del PSOE ha conseguido evitar que el primer partido de la oposición amenace el poder de Mariano Rajoy y los suyos. ¿Milagro? Quien no crea en milagros puede entretenerse investigando antecedentes y consecuentes de los personajes involucrados, para elaborar su teoría de la conspiración.

Y bien, al día de hoy de 2017, las encuestas dicen que la mayoría de los ciudadanos ya está lo suficientemente ablandada a palos, abrumada por las noticias de corrupción, paralizada y enmudecida por el pánico a que le pueda caer algo peor. Las encuestas dicen que al gobierno del PP le esperan largos años de victoria. ¿Conseguirán en ese tiempo aprobar las leyes que faltan para que el país vuelva a ser el baluarte de la defensa de los valores que adornaban a la España de Franco? Visto lo visto, ¿por qué no?

Se oye la voz lejana de Pedro Sánchez ensalzando la libertad, la igualdad, la solidaridad; los valores del socialismo. ¿Cuántos oídos quedan abiertos a esa voz? Dicen que son miles los que la escuchan, aunque los medios de comunicación apenas se hacen eco y con sordina. Dicen que son millones los que repiten que, a pesar de todos los esfuerzos por matarnos el alma de miedo, de asco, de aburrimiento, nuestras almas aún no están muertas. Dicen que mientras hay vida, hay esperanza.

 

 

La otra Bella Durmiente

Buenos días, amigos. Hoy podemos sentirnos más buenos porque hemos reconocido la bondad.

En los últimos años hemos vivido muchos días negros, fétidos. Días en que salíamos a la calle para celebrar lo que se llama “fiesta de la democracia”, acercándonos a las urnas sin entusiasmo, sin alegría. Días que terminaban con recuentos de votos dando mayorías a candidatos imputados por corrupción, a candidatos a todas luces culpables que eludían la prisión gracias a triquiñuelas, a candidatos acostumbrados a mentir sin reparo alguno  aún sabiendo que la realidad les iba a desmentir poco después. Días en que la mayoría daba el poder a quienes desprecian los más elementales principios éticos, haciéndose cómplice de su inmoralidad.   Días en que la mayoría entregó su conciencia a quien le prometía dinero. En aquellos días, unos cuantos personajes viles nos envilecieron a todos.

Una tarde las calles atronaron con cientos de miles de voces que reivindicaban nuestra dignidad. El que pudo salió de su guarida.  El aire fresco empezó a ventilar la atmósfera pestilente creada por el miedo y el todo vale para sobrevivir. Todo pareció más limpio, más digno de seres humanos que se respetan a sí mismos.

La tarde en que a la dignidad se le agotaron los bemoles y salió a la calle a defenderse a gritos, un hombre agonizaba en un hospital preparado para llevarse al otro mundo el tesoro más valioso  que un ser humano puede anhelar: la certeza de haber merecido la vida. ¿Algo, alguien le mantuvo en vilo para que pudiera llegarle, por canales misteriosos, el eco de esas voces que volvían a despertar la dignidad del país?

El cuerpo de ese hombre se detuvo al día siguiente, cuando todos comentaban  la fiesta que había intentado devolver la esperanza a los españoles. Adolfo Suárez murió a las 3:00 de la tarde, dijeron los medios, y millones abrieron los ojos de golpe a otra realidad, para algunos vieja, para otros nueva; la nueva España vieja de los valores humanos.  

El alma de Adolfo Suárez, hombre de carne y huesos mortales, nacido para cristiano padre de familia con cargo y privilegios y garantías de buen pasar hasta el día de un entierro digno, salió de este mundo obrando  un milagro, unos de los milagros  colectivos más extraordinarios que se recuerdan desde los días de la ingenuidad. Su muerte despertó a España del sopor de Bella Durmiente en que la había sumido la bruja de la ambición. Y en España despertó la Libertad, agradecida al hombre que había rescatado a los españoles de la esclavitud de la dictadura; la Honestidad, luciendo su belleza limpia para volver a conquistar a la gente de bien; la Integridad, exhibiendo la fortaleza del valor inquebrantable; la Dignidad.

Ayer supimos que aunque maltrechos, algunos hasta rotos, seguíamos conservando en nuestras almas lo más valioso de lo que creíamos haber perdido.  Los que ayer recordamos los valores de nuestra juventud y rendimos tributo en público, en privado, a solas, al hombre que un día los resucitó para despertarnos del coma moral de la dictadura, hoy sabemos que son valores eternos, en cuanto eterna sea la humanidad a la que pertenecen; valores a los que no vamos a renunciar por más huecas y manzanas envenenadas que nos ofrezcan los siervos degenerados de Plutón.