La otra Bella Durmiente

Buenos días, amigos. Hoy podemos sentirnos más buenos porque hemos reconocido la bondad.

En los últimos años hemos vivido muchos días negros, fétidos. Días en que salíamos a la calle para celebrar lo que se llama “fiesta de la democracia”, acercándonos a las urnas sin entusiasmo, sin alegría. Días que terminaban con recuentos de votos dando mayorías a candidatos imputados por corrupción, a candidatos a todas luces culpables que eludían la prisión gracias a triquiñuelas, a candidatos acostumbrados a mentir sin reparo alguno  aún sabiendo que la realidad les iba a desmentir poco después. Días en que la mayoría daba el poder a quienes desprecian los más elementales principios éticos, haciéndose cómplice de su inmoralidad.   Días en que la mayoría entregó su conciencia a quien le prometía dinero. En aquellos días, unos cuantos personajes viles nos envilecieron a todos.

Una tarde las calles atronaron con cientos de miles de voces que reivindicaban nuestra dignidad. El que pudo salió de su guarida.  El aire fresco empezó a ventilar la atmósfera pestilente creada por el miedo y el todo vale para sobrevivir. Todo pareció más limpio, más digno de seres humanos que se respetan a sí mismos.

La tarde en que a la dignidad se le agotaron los bemoles y salió a la calle a defenderse a gritos, un hombre agonizaba en un hospital preparado para llevarse al otro mundo el tesoro más valioso  que un ser humano puede anhelar: la certeza de haber merecido la vida. ¿Algo, alguien le mantuvo en vilo para que pudiera llegarle, por canales misteriosos, el eco de esas voces que volvían a despertar la dignidad del país?

El cuerpo de ese hombre se detuvo al día siguiente, cuando todos comentaban  la fiesta que había intentado devolver la esperanza a los españoles. Adolfo Suárez murió a las 3:00 de la tarde, dijeron los medios, y millones abrieron los ojos de golpe a otra realidad, para algunos vieja, para otros nueva; la nueva España vieja de los valores humanos.  

El alma de Adolfo Suárez, hombre de carne y huesos mortales, nacido para cristiano padre de familia con cargo y privilegios y garantías de buen pasar hasta el día de un entierro digno, salió de este mundo obrando  un milagro, unos de los milagros  colectivos más extraordinarios que se recuerdan desde los días de la ingenuidad. Su muerte despertó a España del sopor de Bella Durmiente en que la había sumido la bruja de la ambición. Y en España despertó la Libertad, agradecida al hombre que había rescatado a los españoles de la esclavitud de la dictadura; la Honestidad, luciendo su belleza limpia para volver a conquistar a la gente de bien; la Integridad, exhibiendo la fortaleza del valor inquebrantable; la Dignidad.

Ayer supimos que aunque maltrechos, algunos hasta rotos, seguíamos conservando en nuestras almas lo más valioso de lo que creíamos haber perdido.  Los que ayer recordamos los valores de nuestra juventud y rendimos tributo en público, en privado, a solas, al hombre que un día los resucitó para despertarnos del coma moral de la dictadura, hoy sabemos que son valores eternos, en cuanto eterna sea la humanidad a la que pertenecen; valores a los que no vamos a renunciar por más huecas y manzanas envenenadas que nos ofrezcan los siervos degenerados de Plutón.

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El dilema del nuevo pobre

La lucha por la supervivencia muchas veces conduce a  la degradación moral. Los nuevos pobres surgidos del mercantilismo brutal han descubierto lo que los pobres de siempre ya sabían: que la ética, juicio de lo que es bueno y lo que es malo,  y la moral, rectitud del comportamiento, son privilegio de ricos.  No porque los ricos juzguen mejor lo que conviene o no a un ser humano y actúen moralmente en consecuencia, sino porque si quisieran, su situación desahogada les permitiría juzgar y comportarse bien.  El pobre, sin embargo, no puede permitírselo aunque quiera.

Se levanta por la mañana el que tiene un empleo precario con un sueldo que apenas le alcanza para mantener a su familia. Llega al trabajo con miedo a perderlo.  Es un miedo impreciso, como un dolor crónico que un día se le instaló en el alma para pasar la vida con él. Porque resulta que, en el fondo, este hombre o mujer tiene suerte. Resulta que su jefe se está apropiando de fondos públicos o de fondos de la empresa o está defraudando a la Seguridad Social. El o ella lo sabe y el jefe sabe que lo sabe y que de su silencio y vista gorda depende que pueda seguir robando. Este equilibrio de fuerzas le tranquiliza. Para conservar el trabajo, sólo tiene que callar.

Este hombre o esta mujer era, hasta hace poco, una persona decente, de ideas políticamente correctas,  con valores comunes a la gente de bien. Era una persona bien vista, y mientras mejor vista se creía, mejor creía verse a sí misma. Pero ahora, nueva pobre,  ya no puede estar segura de cómo la ven. El sueldo apenas le alcanza para mantener a su familia. Hay que pagar comida, agua, luz. A la hipoteca no llega nunca y tiene que empezar a dar sablazos. Cuando el jefe le da en negro unos billetes para compensarle por horas extraordinarias o en pago por un trabajo marginal o para compensar su silencio, le besaría las manos si se lo pidiera. Porque, ¿qué importa el orgullo, qué significa la dignidad cuando tu pareja y tus hijos están esperando que les garantices una vida normal, al menos durante un mes,  este mes?

En el piso de abajo se levanta el que no tiene nómina ni subsidio. Sólo le quedan sus manos para hacer chapuzas y las piernas para llevarle a buscarlas. Oye por la radio eso de la economía sumergida ¿Eso es malo? Es lo que está manteniendo a flote a su familia.

Alguien se levanta en el sótano. Ni nómina ni subsidio ni chapuzas. Lo único que tiene en común con el resto de la sociedad es el hambre. La comida no está en la nevera. Está en el banco de alimentos, en el comedor de caridad, en el contenedor de basura. ¿El orgullo? Se le murió del corazón. El día que el amigo le dijo que ya no podía seguir prestándole dinero, que se buscara un trabajo. El día que le dijeron en la tienda que ya no le podían fiar más. ¿Robar una bandeja de jamón cocido en el supermercado es malo? La familia tiene que comer, ¿o no? Y ese móvil que alguien se dejó olvidado en la mesa de una terraza, y esa cartera en el suelo. ¿Ladrón? Hay que sobrevivir como sea. Es lo que hay.

¿Dónde quedó aquello de “pobre, pero honrado”? Atrás, muy atrás, en un pasado ingenuo. Hoy, ser honrado es una rémora., una rémora que la economía del país no se puede permitir. Lo dicen los que mandan: “Somos corruptos, pero ya ven, os estamos salvando del abismo de la miseria. Dicen las encuestas que estamos mal vistos, pero es mentira. Se os alegra la cara cuando os hacéis una foto con nosotros, se os ahueca el pecho cuando presumís ante los amigos de que conocéis personalmente a alguno de nosotros y, prueba irrefutable, nos votáis, mientras más nos corrompemos, mientras más os mentimos, más nos votáis. Porque comprendéis que la ética y la moral son cosa de filósofos y que los filósofos, como no vivan enchufados a una cátedra, se mueren de hambre. De la conciencia se ocupan los curas, pero a esos les pagamos para que nos hablen de cosas celestiales en domingos y fiestas de guardar. La conciencia no da de comer y, según cómo se use, hasta  puede impedirnos comer bien. Para sobrevivir hay que ser sensatos.”

Y fue así como la marea negra empezó a descender de las alturas y se fue colando en las casas lenta, silenciosamente, sin que apenas la notaran, mientras las familias distraían sus penas viendo anuncios en el televisor. Aún queda en el país gente guapa que compra coche nuevo, que invierte en Letras del Tesoro,  que instala alarmas en su casa, que estrena moda.

Cuando teníamos tarjetas éramos como ellos, vestíamos como ellos, íbamos a los sitios donde iban ellos, estábamos tan bien vistos como ellos lo están. Ahora, con el sueldo cortado por la mitad, sin tarjetas, sin adelanto de nómina, ¿cómo nos van a mirar cuando la ropa de hace cinco años lleve remiendos o se caiga a trozos y nos obligue a ponernos birrias de mercadillo?

Más vale no pensar. Más vale jugar al juego de los espejos en los que cada cual se acicala para ocultar su miseria al vecino y se engaña haciéndose creer que el vecino le ve bien. Porque ya es lo único que le queda al superviviente; ser visto, bien visto, para que le acepten en la sociedad de los que pueden comprar, para no quedarse en la cuneta royendo las sobras, como ratas.

Un día las calles sea animan. Grupos de mal vestidos pasan gritando, cantando, haciendo ruido camino de una plaza donde todos juntos parecerán más de los que son. El nuevo pobre cierra puertas y ventanas. Esos que chillan en la calle son ingenuos, ¿qué van a conseguir? Y son peligrosos; ¿cómo van a sacarnos de esta miseria los que saben y mandan si les causamos problemas? Y están mal vistos, tan mal vistos, que mejor no acercarse, no sea que te tomen por un pobre  agitador. Porque mira que agitan, un día y otro día. Y cada vez son más. Y qué barbaridad de policía. Puede pasar cualquier cosa.

Pasa que cada día parece peor visto estar con los que mandan. Pasa que los de la calle se han vuelto multitud. El nuevo pobre ya no sabe si entrar o salir o correr hacia un lado o hacia el otro como una rata aterrorizada bajo la amenaza de la escoba que la quiere barrer. ¿Y si sale y pierden los de afuera? ¿Y si se encierra en casa y cuando salga ya no le reconoce nadie?

El nuevo pobre sale al balcón. Sonríe, condescendiente. Sólo ha salido a ver el espectáculo.  También sonríe igual el vecino de enfrente y el de al lado. No hay peligro. Total, no pasa nada por mirar. “Marcha de la dignidad” dice una pancarta. Qué ilusos. Una de esas cosas que no se come, como la conciencia, la moral. ¿y si un día volviera  a estar mal visto no tener dignidad?