Parte de guerra.

Breve nota para informar dónde estamos y a dónde vamos

Ante la realidad, comprobable en todas sus presentaciones, de que Susana Díaz se está cayendo con todo el equipo, el aparato del partido se está movilizando para impedir, por todos los medios, que gane Pedro Sánchez.

La Gestora, sus mentores y seguidores, saben por las encuestas que, con Susana Díaz como Secretaria General, el PSOE se derrumbaría al disminuir drásticamente el número de militantes y de votantes.

La obstinación de los poderes oficiales y de los fácticos por eliminar a Pedro Sánchez de la contienda y poner a Susana Díaz en la Secretaría General, indica con toda claridad que hay una deliberada intención de relegar al PSOE, a la socialdemocracia, a un lugar testimonial, irrelevante, que no ponga en peligro la supremacía de la doctrina del neoliberalismo que el poder financiero intenta imponer en el mundo.

Lo que hoy parece ser un humilde movimiento de las bases del PSOE para defender a su Secretario General derrocado, es, en realidad, una batalla en defensa de la socialdemocracia. Esta batalla hará historia. No solo se dirime entre dos conceptos políticos distintos. Se lucha por dos regímenes antagónicos: la democracia, el gobierno del pueblo para el pueblo, y la dictadura del Dinero, el gobierno para los intereses financieros que antepone los beneficios económicos a las necesidades de los ciudadanos.

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El voto que nos oprime

Son muchos en el mundo los que creen que el viernes 20 de enero se escenificó, ante el Capitolio de los Estados Unidos de América, el triunfo global del poder del Dinero. Mientras la socialdemocracia va en retirada en todas partes y la tropa derrotada se retira atacándose entre sí, como si quisieran  facilitar al vencedor su aniquilación total, el súbdito, indefenso, se encierra en su casa esperando lo peor; resignado a lo peor. Parece que se tratara del panorama de una batalla decimonónica de cualquiera de esas guerras que sacudían a determinadas poblaciones, hasta que la tecnología permitió los bombardeos masivos que no dejan casa donde guarecerse. Pero la similitud engaña. Hoy son los súbditos los que, afectados por un frenesí autodestructivo, ponen las armas en manos de quienes les atacan.  Hoy es la mayoría la que entrega el garrote a los esbirros para que a todos nos muelan a palos sin compasión.

Colocados en el poder por los votos de los infelices, lo primero que hacen los servidores del Dinero es cortar el flujo de dinero hacia todo lo que sea bienestar social. El bienestar de las personas no les reporta beneficios. Lo sabemos todos. Como sabemos todos que no hay nadie que, teniendo sano el entendimiento, no pueda entender las cifras que dibujan el panorama de pobreza y desigualdad en el que todos malvivimos desde que los servidores del Dinero nos gobiernan.  Entonces, ¿por qué siguen los votantes entregando el poder a  quienes instauran la miseria moral y económica como el ambiente adecuado para las masas?

Ayer se convirtió en viral, con más de un millón de visitas, un vídeo en el que un descerebrado regala a un mendigo unas galletas rellenas con pasta de dientes. Justificó la ocurrencia diciendo que con la pasta, el pobre se podría lavar los dientes, porque los pobres, supone, solo se los lavan cada dos días. Esto significa que convive con nosotros en esta sociedad un individuo que a los diecinueve años no ha logrado comprender el valor de un ser humano. Ha habido una oleada de condenas  a ese acto brutal, pero con toda la publicidad que ha recibido el asunto en todos los medios, es muy posible que el vídeo siga recibiendo visitas a millones. El individuo cobra según las visitas que reciba y de eso vive. Los beneficios que le reportará su última hazaña cinematográfica seguramente le harán olvidar las críticas. El dinero lo justifica todo. Pues bien, este individuo y los millones de personas que disfrutan viendo su vídeo y otros vídeos igualmente bestias, tienen derecho al voto; es decir, tienen derecho a imponer a la sociedad su visión del ser humano y del mundo.

Dicen las estadísticas que el Partido Popular obtiene el grueso de sus votos entre los mayores de sesenta años. Los comentaristas lo explican diciendo que los ancianos tienen como primera prioridad conservar sus pensiones. El PP les dice que conservar sus pensiones es la primera prioridad del gobierno, y los ancianos se lo creen porque saben que el PP no va a renunciar a la captura que obtiene en su mayor caladero. Hasta aquí, se comprende. La perplejidad surge cuando uno empieza a  preguntarse. ¿Es que esos ancianos no tienen hijos y nietos en paro? Si tienen hijos o nietos trabajando, ¿es que no ven la angustia diaria con la que sus hijos y sus nietos van a trabajar contando los días que faltan para que se les venza el contrato; anticipando el horror de volver a  enviar currículos y patear calles buscando otro trabajo que necesariamente será temporal porque no hay otra? ¿Es que no ven cómo la lucha por la supervivencia devora el tiempo de sus hijos y sus nietos negándoles el derecho a planear su futuro; el derecho a esperar que un día, en vez de centrar todos sus esfuerzos en sobrevivir, como los animales, puedan disfrutar de las facultades que Dios o la naturaleza otorgaron al ser humano para vivir como personas; el derecho a soñar en el momento en que el tiempo sea suyo para llenarlo como quieran cuando la pensión les garantice el derecho a vivir plenamente hasta el final? ¿Es posible que tantos ancianos vivan como tortugas, metidos en sus caparazones sin que les importe otra cosa que defender el caparazón que les protege? Por lo visto, sí, porque siguen votando por quienes les garantizan el caparazón aunque los mismos impidan el derecho a vivir como personas al resto del mundo, incluyendo a su familia. Porque esos ancianos con mentalidad de  quelonios tienen derecho al voto; tienen derecho a imponer a la sociedad su visión del ser humano y del mundo.

Resulta que la extrema derecha, en Estados Unidos y en Europa, está arrasando entre los obreros blancos pobres. Esos infelices, a los que hay que suponerles la madurez suficiente para darse cuenta de su fracaso, caen presa del resentimiento contra cualquier circunstancia o persona sobre la que puedan descargar la culpa por haber fracasado. La extrema derecha les ofrece a los culpables. El culpable es el emigrante, el refugiado, esos entes marrones y negros que se meten en sus casas a robarles lo poco que tienen.  El obrero blanco pobre se empina por encima de su fracaso y de su miseria cuando los populistas le arañan las glándulas hasta hacerlas sangrar y desvían su furia hacia otros que aún tienen menos porque no tienen nada, y la comparación les permite sentirse superiores. La culpa de su fracaso no es suya, es de los gobiernos de izquierdas que ayudan a quienes no tendrían que ayudar. Pues bien, estos pobres miserables que niegan el derecho a la vida a otros por ser más pobres que ellos, tienen derecho al voto; es decir, tienen derecho a imponer a la sociedad su visión del ser humano y del mundo.

La crisis ha hecho mucho daño a la clase media, pero no ha conseguido hacerla desaparecer del todo. La mayoría tiene aún trabajo con nómina y un sueldo que le permite cubrir las necesidades y, gracias a las tarjetas de crédito,  concederse algún lujo. Es a ellos a quienes van dedicados los anuncios y es a ellos a los que toman en cuenta los directores de programación de los medios para asegurarse la audiencia. El hombre, macho y hembra, de clase media, alta o baja, no suele interesarse por la política y sí suele manifestar, con cierto aire de superioridad, que la política no le interesa. El empleado y el empresario de clase media suele llegar a casa cansado sin ganas de hacer otra cosa que mirar la televisión. Cuando sale con sus amigos, habla de ropa, de deportes, de viajes, de series de moda. La política y la religión son temas tabú que nunca saca en las conversaciones quien aprecia su vida social. ¿Qué criterio determina el voto de esta clase de personas? Cabe deducir que les mueve cualquier cosa menos la ponderación sobre la figura del candidato que encabeza una lista y, menos aún, la reflexión profunda sobre el programa electoral de los partidos.   Eso sí, aunque por algún motivo caracterológico o familiar  se consideren de derechas o progresistas, suelen ser conservadores por la cuenta que les tiene. Conservar su nómina y su estilo de vida es su máxima prioridad, lo que les hace huir de los extremos. Razón por la cual todos los políticos que aspiran a conseguir mayoría de votos se proclaman de centro, de centro derecha o de centro izquierda, pero de centro. Pues bien, estas personas, con un negocito o un trabajo fijo bien o medianamente bien remunerado que les permite habitar en el dorado territorio medio de la sociedad, aislados de otros segmentos de menor fortuna, tienen derecho al voto; es decir, tienen derecho a imponer a toda la sociedad su visión del ser humano y del mundo.

Esto es lo que explica que en España se haya vuelto a elegir a Rajoy y que se haya elegido en los Estados Unidos a un bufón de dudosa cordura que tiene a medio mundo aterrorizado. Esto es lo que explica que medio mundo esté conteniendo la respiración ante la amenaza de la extrema de derecha de llegar al poder en países claves de la Unión Europea. Entonces, ¿la democracia es un peligro? Menor que la dictadura en todo caso. Al menos permite hablar y escribir de lo que se quiera sin parar en la cárcel; bueno, hasta cierto punto. La verdad es que ese nombre sacrosanto que a todos exige respeto es solo un nombre, un concepto respetable que no representa a la realidad. Todos los ciudadanos de los países llamados democráticos, estamos gobernados, en realidad por oligarquías. Mandan, en primer lugar, la oligarquía financiera, y en segundo, los políticos, en todo dependientes de la oligarquía financiera. Los políticos proceden de partidos gobernados también por oligarquías. El ciudadano que no pertenezca a ninguna de estas élites no tiene nada que hacer fuera de cumplir su responsabilidad votando. Y ya vemos cómo vota la mayoría de este país y de parte del extranjero.

¿Tiene esto remedio? Sí lo tiene, pero las oligarquías se han  propuesto hasta ahora y se seguirán proponiendo evitar que el remedio se aplique. El único remedio que puede evitar que los colectivos mencionados nos joroben a todos es la educación; educar a niños y adolescentes enseñando e inculcando los valores auténticamente democráticos; la necesidad de cumplir con la responsabilidad que todos tenemos como ciudadanos votando en conciencia por los candidatos y los programas de los que cabe esperar un auténtico compromiso de trabajar por el bien común.

¡Cuántos se llevarían las manos a la cabeza si se impusiera un test  para otorgar carnet de votante¡ Eso es elitismo antidemocrático, clamarían políticos, opinantes y plebe a la que no interesa la política.

Ante el panorama que nos amenaza, con la extrema derecha recortando derechos y libertades como sastres enloquecidos, es muy posible que muy pronto, los que nos joroban a todos con su voto irresponsable se vean tan jorobados como todos los demás.

 

 

Con Castro o sin Castro, un mundo inhabitable

Sabe mal tener que repetir lo que a estas horas sabe todo el mundo, pero en este caso no queda más remedio. Fidel Castro ha muerto. Cuba recibe la muerte en silencio en espera de lo que manden los que mandan. ¿Hay que manifestar públicamente el dolor? ¿Dónde? ¿A qué hora?

Fidel Castro, al mando de su tropa de guerrilleros derrocó el régimen brutal de Fulgencio Batista. Fidel Castro y su tropa fueron, en aquellos momentos, una promesa de libertad que el pueblo de Cuba recibió con intensa alegría.

Simplificando, Fidel Castro monta un gobierno comunista. Los ejes de su política son sanidad y educación públicas universales, igualdad y solidaridad. La igualdad se establece según el modelo comunista: todos los ciudadanos igualmente pobres, pero con sus necesidades cubiertas; ciertos privilegios reservados a los cargos del partido comunista; privilegios sin control a los líderes más importantes del partido.

También copiando al gobierno comunista de la Unión Soviética y de sus países satélites, el gobierno cubano elimina totalmente la libertad. Al principio del régimen se instituye el miedo mediante fusilamientos de contrarios tras juicios sumarísimos sin ninguna garantía para los acusados. En toda América se habla del paredón cubano como símbolo de la mordaza definitiva a cualquier disensión. Con los años, la frecuencia de los fusilamientos disminuye sustituyéndola por el método menos bárbaro del encarcelamiento. La prisión como castigo contra los disidentes sigue siendo la norma hasta el día de hoy. El gobierno se asegura el control absoluto de los ciudadanos mediante el adoctrinamiento sistemático de los niños en los colegios y de los adultos en la propaganda de todos los medios de comunicación. Además, se establecen comités de barrio y se premia la delación de los vecinos desafectos.

A pesar de la falta de libertad, de tratarse indiscutiblemente de un régimen totalitario, el gobierno de Fidel Casto se convierte en un símbolo que en los años 60 y 70 inspira las guerrillas contra regímenes dictatoriales y democráticos por igual en toda América del Sur. Hasta hoy, los partidos comunistas y los populistas de izquierdas de todo el mundo tienen al régimen cubano como modelo y evitan cualquier crítica. Criticar cualquier aspecto del gobierno cubano es, para estos fanáticos, señal de ser de derechas y, en países como España, señal de ser fascista.

Y bien, Fidel Castro ha muerto en su cama, como Franco. Y como a la muerte de Franco, hoy muchos analistas de diversa tendencia se preguntan qué pasará. Algunos dicen que no pasará nada porque Raúl Castro y el partido garantizan la continuidad del régimen. Los cambios se esperan del cambio de gobierno en los Estados Unidos. La bestia parda que accederá a la presidencia allí en enero puede alterar la situación de Cuba de diversas maneras. Una de ellas, la peor para los cubanos por supuesto, sería la asfixia del país mediante la reanudación del bloqueo económico.

Pero hay otro posible cambio que tendría repercusión mundial. Cabe la posibilidad de que el gobierno de Cuba decida ponerse al día y sintonizar con el resto de los países desarrollados, abrazando el liberalismo económico triunfante en todo el mundo “civilizado”, incluyendo a China.

Y bien, la socialdemocracia se muere. Los valores de justicia, igualdad y solidaridad en libertad se destierran de la política de todos los gobiernos. En España recibió un golpe mortal con la maniobra que el 1 de octubre expulsó del partido socialista a una ejecutiva elegida por lo militantes, para sustituirla por una gestora dispuesta a facilitar el gobierno de una derecha que en nuestro país acoge también a la ultraderecha.  La gestora que hoy dirige el PSOE sigue las órdenes de líderes que pretenden instaurar el liberalismo como ideología única y global.

Cuba acoge la muerte de Fidel Castro en silencio porque el ciudadano, que no conoce lo que es vivir sin cadenas, no puede reaccionar sin las previas órdenes del partido comunista. Miami acoge la muerte de Fidel Castro con una celebración obscena en la que están participando miles de exiliados cubanos con sus descendientes. Mientras tanto, Maduro y su gobierno supuestamente revolucionario, tiembla en Venezuela sabiendo que tiene los días contados.

La religión del Dinero triunfa en todo el mundo con mayor poder aún que el de la Iglesia en la Europa de la Edad Media. Quien no produzca y no tenga dinero no tiene nada que hacer en este mundo del siglo XXI, un mundo inhumano que durará hasta que la mayoría se dé cuenta de que el mundo en el que habita se ha vuelto insoportablemente inhabitable.

Hablemos del PSOE, con perdón

Publicado en Publicoscopia el 15 de febrero de 2015

Publico aquí uno de mis artículos más leídos y comentados, a pesar de ser de los más cortos o tal vez por eso,  esperando que vuelva a servir para reflexionar. Estamos viviendo uno de los momentos más críticos de nuestra historia de los últimos cuarenta años. Da miedo comprobar cómo la mayoría parece no darse cuenta de que está en peligro la democracia que nos costó años y esfuerzo consolidar y derechos que nos fuimos ganando a pulso en medio de enormes dificultades. Tal vez es el miedo el que hace que la mayoría trate de convencerse de que no pasa nada. Cuando el miedo se vuelve insoportable , una de las defensas de la mente es negar la amenaza. Esa es la reacción más peligrosa, porque la amenaza no desaparece y el miedo, en vez de impulsarnos a la defensa, nos hipnotiza y nos paraliza, como la sustancia que inyectan algunos depredadores a sus presas antes de devorarlas. Del miedo solo puede librarnos la voluntad; a la voluntad la mueven la razón y las emociones. Cuando la mueven las emociones, el movimiento, ciego, puede llevarnos al error. Cuando la mueve la razón, podemos calcular, valorar y decidir la solución más conveniente. Para calcular y valorar correctamente, es necesario  que hagamos acopio de toda la información posible.  El objetivo de este artículo era informar y por eso vuelvo a publicarlo.

Hablemos del PSOE, con perdón

Un día de 1982 los españoles decidieron meter guerra, posguerra y dictadura en el olvido y lanzarse a alcanzar a los europeos que ya hacía décadas que avanzaban por la vía del progreso dejando sus propias tragedias atrás.

 

No fue un milagro. El Partido Socialista Obrero Español. libre de la dogmática marxista y del ansia de aventuras revolucionarias, ofreció a los ciudadanos crear las estructuras y las leyes que a todos garantizasen el derecho a la sanidad, a la educación, a una vejez digna; el derecho a convivir como seres humanos en una sociedad más justa y democrática. Diez millones de españoles le creyeron y pronto empezamos todos  a aprender, a vivir, lo que era la socialdemocracia. No solo en las escuelas, en los hospitales, en las fábricas. La transformación de una sociedad oprimida por miedos y prejuicios ancestrales, dividida en una casta que acaparaba los privilegios y otra a la que correspondía el trabajo sin más beneficios que el salario a voluntad del patrón; la transformación que hizo del español un ciudadano se notó enseguida en la calle. La mayoría entendió que la igualdad tenía que ser para todos y que la libertad solo es posible donde se respetan la libertad y los derechos de los demás.

La historia de las décadas siguientes está en los libros y en la red a la que nada escapa. Quien no sepa lo que ocurrió en esos años en que vivíamos con la sensación de ir avanzando por una vía cada vez más amplia y más cómoda de transitar, es que, por razones diversas, no quiere recordar ni quiere aprender ni quiere saber nada de su propia historia. Saben los de entonces que en la euforia de la marcha nadie quería mirar atrás. Los salarios cubrían las necesidades básicas para vivir bien y el crédito daba acceso a lujos hasta entonces reservados a la clase superior. La profecía de Ortega se había cumplido. La masa exigió su lugar en los museos, en los teatros, en las pistas de esquí. Y los hijos de esa masa crecieron como los hijos de los ricos de toda la vida, creyendo que el dinero era un recurso natural inagotable y que el poder adquisitivo era cosa de familia que se transmitía de generación en generación.

Tan segura estaba la mayoría de que su estatus era irreversible que un día del 2000 decidió votar como los ricos dando el poder absoluto al partido que defendía los privilegios de la casta superior. Volvió la prepotencia del más fuerte, el gobierno por decreto. Empezó a desdibujarse el ciudadano para volver a la condición de súbdito que repite las consignas que dicta el poder. ¿Para qué rebelarse si los que mandaban habían puesto todo el suelo de España a disposición de los constructores, y los constructores ofrecían dinero a manos llenas a cualquiera que trabajara montando edificios en ese suelo? ¿Para qué rebelarse si los bancos multiplicaban el poder adquisitivo de los salarios prestando dinero como si los billetes fueran cromos? ¿Cómo iba a rebelarse una generación convencida de que el valor supremo de la existencia era el dinero y de que mientras mandaran los que tenían el dinero como valor supremo, el dinero no les iba a faltar? Pero aún no estaba convencida del todo. Una explosión de sangre y muerte despertó de pronto las conciencias. Volvimos a sentirnos solidarios, humanos. Recuperamos de golpe los valores del ciudadano de una sociedad democrática que no acepta el desprecio y la mentira de sus gobernantes. La mayoría frenó, dio marcha atrás y devolvió el gobierno al partido que garantizaba derechos y libertades, la posibilidad de vivir una existencia humana.

La historia de las dos últimas legislaturas del PSOE está en los libros y en la red de la que nada se escapa. La más reciente, la de esa estampida hacia la irracionalidad que llevó a la mayoría a poner sus casa, sus familias, sus vidas en manos del partido que ya había demostrado lo que era capaz de hacer con el poder absoluto ya no puede ignorarla nadie porque la estamos sufriendo todos; el que no tiene porque no tiene y el que tiene porque teme quedarse sin tener.

¿Tan fea era España? ¿Tan fea era y tan sucia antes de que la mayoría de hombres y mujeres intentaran convertirla en un país democrático, lugar de convivencia de una sociedad justa e igualitaria? ¿Qué ha pasado para que la mayoría siga tirando de su nómina y del crédito por su nómina ignorando a los millones que han perdido todo derecho a una existencia digna? ¿Qué ha pasado para que no le avergüence un gobierno que miente sin medida, un partido gobernante acusado de corrupción, un presidente sospechoso de corrupción también que no contesta o contesta con mentiras a los representantes de la soberanía popular? ¿Puede una sociedad caer más bajo? Puede.

Azuzados por una propaganda goebeliana que achaca al PSOE, desde su fundación, todos los males de España, miles de voceros del partido de gobierno, algunos a sabiendas y muchos sin saber siquiera lo que hacen, intentan convertir las siglas del único partido socialdemócrata del país en anatema. Hablar del PSOE hoy por hoy, son ganas de pifiarla. Si hablas mal, todavía tiene un pase, aunque mejor que no. Hay que conseguir que el día de las elecciones nadie se acuerde la existencia de ese partido; que sus siglas, por repetición, se fundan con las del PP para que el elector que va a votar vea PPSOE. Unos tienen la esperanza de que, visto así, el ciudadano agarre cualquier otra papeleta para cambiar el gobierno por lo que sea. Los del PP, a su vez, esperan que el ciudadano agarre esa papeleta y la meta en la urna por asco que le dé porque, ¿a quién va a votar si no que le garantice, al menos, que no va a perder lo poco o lo mucho que tiene? Al menos el PP sabe de qué va la Economía, ese ámbito esotérico donde las cosas parece que van bien aunque nadie lo perciba con ninguno de sus sentidos.

Hablar del PSOE y encima, no hablar mal ya es saltar de la pifia a lo escatológico. ¿A quién se le ocurre ir contracorriente y subirse al carro del perdedor? Pues mire usted, tal vez a quien no tiene nada que perder ni nada que ganar excepto la impagable sensación de sentirse libre diciendo sin miedo ni ambages lo que le dicta la razón.

Al paso que vamos, con los medios de comunicación empeñados en ningunear al PSOE salvo para destacar sus problemas internos, la mayoría se verá obligada a decidir entre dos opciones: una que nos ofrece seguir como estamos, en una sociedad desmoralizada, podrida hasta el tuétano en la que cada cual lucha por la supervivencia ignorando al vecino, renunciando a convivir en una sociedad regida por valores humanos; otra que nos ofrece cambiar por el cambio, por la ilusión, por la esperanza, cruzando los dedos para que a los ignorantes ciudadanos no se les ocurra pedir mayor concreción. ¿A quién votará el ciudadano que se siente responsable del bienestar de su familia y que no quiere arriesgar lo poco o mucho que tiene a la aventura que ofrecen unos que dicen que podemos no se sabe qué? Pues eso.

La bofetada de Dios

Publicado en Publicoscopia el 23 de abril de 2015

Escribí este artículo el año pasado. Centenares de emigrantes se acababan de ahogar en las aguas del Mediterráneo buscando la salvación en una tierra distinta a la suya. Soñaban con Europa. Europa era tierra de paz, de democracia, de respeto a los derechos humanos, de bienestar para todos.

Lo publico ahora aquí porque centenares de miles de seres humanos consiguieron sobrevivir a las aguas del Mediterráneo y llegar a una tierra donde esperaban la salvación. Soñaban con Europa sin saber que Europa era una gran mentira. Mentira la democracia, palabra que se usa para maquillar gobiernos corruptos, intereses inconfesables. Mentira el respeto a las leyes que los poderosos infringen cuando su cumplimiento se opone a su ambición. Mentira el respeto a los derechos humanos, porque solo reconocen los derechos de quien se los pueda pagar, y para ellos solo es humano el que tiene de sobras. Mentira el bienestar social porque solo está bien quien puede pagarse lo que cuesta vivir bien.

Y bien, ya no podemos engañarnos. Los que llegaron a Europa buscando refugiarse de guerras provocadas por los amos del dinero ya no nos permiten seguir viviendo en la inopia, creyendo todo lo que nos dicen, sin enterarnos de la realidad. Ahora todos sabemos la realidad, y la realidad son esas imágenes horrendas de dolor y muerte que nos enseñan por todas partes, que no podemos evitar.

Hace muchos días que me culpo por no decir nada. Pero los días pasan y no encuentro nada que decir porque el horror del sufrimiento de esos seres humanos que piden que les dejen vivir, y la ira contra quienes son capaces de abandonarles a su suerte, y el dolor de la impotencia lo dejan a uno sin palabras y hasta con vergüenza de ponerse a componer palabras. Hace un año pude escribir sobre la muerte de aquellos inmigrantes porque al llegar a tierra, los supervivientes se encontraron, al menos con una ayuda mínima. Los que hoy buscan refugio no encuentran ni eso.

El artículo del año pasado sigue vigente. Sólo hay que cambiar la palabra inmigrante por la palabra refugiado, y parece que estuviera hablando de lo que pasó esta mañana.

La bofetada de Dios

¿A qué adulto mentalmente sano le puede sorprender el hecho de que el dinero valga más que las personas? Siempre ha sido así. Pero era algo que uno descubría, consciente o inconscientemente, con las primeras experiencias vividas. Tal vez la mayoría ni siquiera se lo plantea. Percibe o siente que es así, lo acepta, como acepta las costumbres y los conocimientos que se le imponen, y actúa en consecuencia para no verse marginado de su grupo. Las cosas son como son; es lo que hay, son frases que repite el sentido común para conformarnos. La vida es así, dice la canción; no la he inventado yo.

 

Pero ahora, como recibimos noticias en tiempo real desde cualquier punto del planeta, la certeza de que el dinero vale más que las personas, aceptada como algo inevitable que nos servía para quejarnos o de estímulo para convertirnos en personas de provecho, se ha convertido en una bofetada; una bofetada tan fuerte que se diría propinada sobre todos nosotros por la mano de Dios.

Se han ahogado en el mar más de ochocientas personas. Trataban de encontrar refugio, vida. Salieron de sus casas pagando al dueño de un barco el derecho a vivir. No sabían que en la orilla a la que querían llegar, ese derecho no se les iba a reconocer porque no tenían con qué pagarlo.

Horas de radio y televisión, miles de páginas de opinión en todos los diarios en papel y digitales. Hay que hablar de esto, aunque no nos apetezca oírlo, verlo, escribir. Aunque no le apetezca a nadie que le llegue a la conciencia y le amargue el día. Nosotros no tenemos la culpa. No tenemos por qué cargar con el peso de esas muertes. En todo caso, su inmoralidad salpica a esos primitivos bestiales que alimentan su orgullo discriminando a extranjeros. Si no somos de esos, si en nuestro código de valores tenemos el respeto por todos los seres humanos, la justicia, la compasión, sentirnos culpables es ceder a la intención perversa de quienes quieren descargar sus culpas sobre todos para pasar desapercibidos entre la multitud.

No somos culpables de esas muertes ni de las políticas que están destruyendo la vida de millones de compatriotas en nuestra tierra. ¿Por qué entonces sentimos la bofetada? ¿Por qué nos golpea dejándonos aturdidos, incapaces de pensar, con el ánimo por los suelos?

Nos horroriza plantearnos con plena consciencia que el dinero vale más que las personas; que es así, que aceptamos que sea así, que en nuestra vida cotidiana actuamos de acuerdo con ese valor porque ese valor forma parte, lo aceptemos o no, de nuestro código de valores.

Tal vez no dejaríamos morir a un inmigrante que se estuviera ahogando. Pero tal vez hemos borrado de nuestras vidas al amigo que se quedó sin trabajo y sin subsidio. Esa persona a la que llamabas amigo se quedó de pronto sin dinero y se convirtió en un incordio. No hacía más que quejarse de su situación. Te sentías obligado a prestarle un billete que sabías que no te podría devolver. Una, dos, tres veces, pase. Pero a ti tampoco te sobra. Claro que podrías haberle dicho con toda franqueza que no podías ayudarle económicamente, pero que contara contigo para un consejo, para ayudarle en alguna gestión o simplemente para escucharle. Pero empezó a resultarte incómodo. Hacerle caso, sentarte con él en un café, invitarle a una comida en un sito público podía hacer que la gente pensara que tú estabas tan mal como él. Puede que esa gente no te conociera de nada, pero tu amigo no pudo renovar su ropa, y si llevaba algo nuevo, se notaba que era algo barato. La gente podía acabar juzgándote según ese refrán tan cierto: “Dime con quién andas y te diré quién eres”. Estás acostumbrado a tu círculo de clase media; media alta, tal vez. No se te puede pedir que cambies tus costumbres, que comprometas tu imagen por un amigo.

Tal vez no dejarías morir a un inmigrante, pero de repente tu pareja se transformó en un extraño que te resultaba insoportable. Cuando le conociste era un chico fuerte, valiente, con un buen trabajo, un buen sueldo, un porvenir sin más problemas que los problemas cotidianos que todos tenemos que lidiar. Te casaste enamorada. Un día echaron a tu hombre de la empresa. Le diste ánimo. Él mismo te dio ánimo a ti. Iba a conseguir trabajo muy pronto. Mientras tanto, con lo del finiquito, el subsidio y tu sueldo podríais tomar la situación como unas vacaciones para estar más tiempo juntos, como una segunda luna de miel. Pero pasaron los meses. El subsidio se acabó y lo del finiquito también. Tu hombre se fue apagando, deprimiendo. Se convirtió en un desgraciado que no hacía más que quejarse de su situación. Dejaste de reconocer en ese pobre infeliz al chico que te había enamorado. Nunca se te ocurrió que pudieras ser machista, que pudieras haber aceptado todos los tópicos que la sociedad inculca a los individuos de generación en generación. Un hombre tiene que ser fuerte, valiente; no se puede derrumbar. Pero esos tópicos penetran el cerebro y ahí se quedan, aunque no nos demos cuenta. Tu hombre, sin dinero ni perspectivas, ya ni siquiera te parecía un hombre. Y un día le dejaste para rehacer tu vida con otro. ¿Quién te lo podría reprochar?

Tal vez no dejarías morir a un inmigrante, pero cuando tu mujer pasó más de un año en el paro y en vez de aportar un sueldo, se convirtió en una carga, te hartaste. Empezaste a ver sus arrugas, sus ojeras; empezaste a ver cómo engordaba bajo los efectos del antidepresivo que tenía que tomar cada día para ir tirando; empezó a darte asco su desarreglo, el desarreglo de la casa. Cuando la conociste era una chica alegre, independiente, con un buen sueldo que os permitió comprar un piso, ir de vacaciones, cambiar de coche cada cinco años. Nada que ver con esa mujer envejecida, que chillaba por cualquier cosa y a la que encima tenías que mantener. Ya no te aportaba nada. El amor se acabó. No es de extrañar que te enamoraras de una mujer alegre, independiente, que estaba dispuesta a compartir su vida y su sueldo contigo sin causarte problemas. Y un día abandonaste a tu mujer para rehacer tu vida. ¿Quién te lo podría reprochar?

Los padres se divorcian y el que más tiene procura ganarse a los hijos comprándoles más cosas, y los niños disfrutan esas cosas y, sin darse cuenta, prefieren estar con el padre o con la madre que más cosas les pueden dar. Y en el colegio, los niños, sin saber por qué, prefieren ser amigos del compañero que viste mejor, del que mejor casa tiene, del que tiene el mejor móvil y el iPad y los mejores juegos. Los compañeros que no tienen cosas buenas porque sus padres no tienen con qué comprarlas, no son divertidos ni alegres. Los chicos con problemas son un tostón.

Se han ahogado en el mar más de ochocientas personas. Eran padres, madres, hijos. Malvivían porque en su país no tenían dinero ni forma de conseguirlo. Malvivían en medio de una guerra que amenazaba acabar con sus vidas. Más valía morir en el mar con esperanza, que ir muriendo en su tierra sin nada.

Y de pronto, al enterarnos de esas muertes, nos sentimos culpables aunque sabemos que nadie nos puede culpar. ¿Por qué? Tal vez por lo mismo que nos hace sentirnos culpables cuando nos recuerdan que en nuestro país hay millones de niños pobres, millones de hombres y mujeres, muchos de ellos padres y madres, sin trabajo ni subsidio. No dejaríamos que se ahogara un inmigrante, pero cuando nos preguntó un encuestador por teléfono a qué partido íbamos a votar, nos dimos cuenta de que votaríamos por el mismo que ha causado millones de pobres, millones de parados. Porque es el único partido que sabe cómo hacer las cosas para que los que tenemos no perdamos lo que tenemos, y porque en el fondo, lo único que nos importa es conservar el dinero que nos permite ser considerados personas, como es el dinero lo que nos hace considerar personas a los demás.

De pronto mueren ochocientos miserables de golpe, y todos los medios hacen caso a los muertos y nos machacan con imágenes, con artículos. Y nos quedamos atontados, como si hubiéramos recibido una bofetada propinada por la mano de Dios. Pero no es justo que nos culpemos. No tenemos la culpa de que el mundo sea así. No tenemos la culpa de estar dispuestos a cualquier cosa por sobrevivir, como esos que se echan al mar en una patera. No tenemos la culpa de estar dispuestos a sacrificar nuestra dignidad porque de dignidad no se vive. Las cosas son como son. Es lo que hay.

Pronto se cansarán de darnos la tabarra con esos muertos y podremos volver a sentirnos personas serias, personas de bien, personas con sentido común, personas que reconocen el valor del dinero sobre todas las cosas de este mundo, personas con dinero suficiente para pagarse el derecho a vivir. Y sobreviviremos. Mientras no nos dejemos arrastrar por valores ni escrúpulos ni sentimientos, sobreviviremos. Es lo único que nos importa y por lo que estamos dispuestos a sacrificarlo todo: hacer dinero como sea para ganarnos el derecho a vivir. Y nadie, ni Dios, puede pedirnos más.

Nos queda el amor…si nos queda

Y ahora resulta que las parejas se separan porque cuando el hambre entra por la puerta, el amor sale por la ventana. Y quien dice el hambre, dice los recibos que no se pueden pagar.

Y ahora resulta que algunas parejas no pueden separarse porque, aunque ya no se soporten,  tienen una hipoteca pendiente y ningún lugar en el que puedan permitirse vivir cada uno por su lado.

Y ahora resulta que el amor era un cuento que nos creíamos en la adolescencia hasta que el mundo adulto, es decir, el mundo del dinero, nos abrió los ojos a la realidad.

Qué pena de mundo, de este mundo donde las parejas se prometen amor eterno por el interés de independizarse, por el interés de comprarse un piso, por cualquier otro de interés ajeno al “te amo y me amas”, para descubrir de repente que ese otro que comparte nuestra vida es una persona que no nos interesa en absoluto.

Que pena de mundo, de este mundo  donde los niños mueren de hambre, pero no nos damos  cuenta hasta que tenemos la nevera vacía y no tenemos dinero con qué llenarla.

Qué pena de mundo, que pena de seres llamados a ser la cima de creación o del mundo animal, como quieran, convertidos en objetos inferiores al dinero del que dispongan para comprar el derecho a vivir su vida.

Porque ante una crisis de todo,  nos quedaba el amor, y el amor era indestructible. Pero llegaron los magnates del dinero y se rieron con tal ganas de todo lo que no fuera dinero y poder, que todos los que no tenían ninguna de las dos cosas quedaron acojonados por sus risas.

¿Y esto cuándo ocurrió? ¿En el 2008? Me viene a la memoria un amargo poema de Becquer escrito a finales del siglo XIX.

“Voy contra mi interés al confesarlo; 
pero yo, amada mía, 
pienso, cual tú, que una oda sólo es buena 
de un billete del Banco al dorso escrita. 
No faltará algún necio que al oírlo 
se haga cruces y diga: 
«Mujer al fin del siglo diecinueve, 
material y prosaica…» ¡Bobería! 
¡Voces que hacen correr cuatro poetas” 
que en invierno se embozan con la lira! 
¡Ladridos de los perros a la luna! 
Tú sabes y yo sé que en esta vida, 
con genio, es muy contado quien la escribe, 
y con oro, cualquiera hace poesía.”

¿Cuándo dejó el ser humano de ser un ser humano para convertirse en el único individuo inclinado a esclavizar y destruir a los de su propia especie? ¿Cuándo se convirtió el hombre en un lobo para el hombre? Hace tantos siglos que sólo unos cuantos, muy pocos, se acuerdan de que en cada momento de la historia ha habido y hay algunos, muy pocos, conscientes de lo que significa ser humano.

Y esos pocos, ¿qué son? ¿Bobos, poetas, locos, bufones  de los magnates y de sus acólitos? Tal vez, pero cuando al resto que tiembla ante el dinero ya no le queda nada más, a esos les queda el amor, la capacidad de amar al otro con plena consciencia, con plena humanidad.

Qué pena que sean, que hayan sido siempre tan pocos.

¿Somos cómplices, delincuentes en potencia?

Es probable que los miembros del gobierno y su partido funden su tranquilidad en la convicción de que la mayoría de los ciudadanos somos delincuentes en potencia o como mínimo, amorales. De otro modo, esa tranquilidad no tiene ninguna explicación racional.

El razonamiento que probablemente les tranquiliza es muy sencillo: “Podemos mentir, soltar verdades a medias, manipular, negarnos a explicar. No hace falta ensuciarnos confesando ni buscar chivos expiatorios ni movernos un milímetro. Simplemente tenemos que aguantar hasta que la crisis empiece a remitir, hasta que empiece a verse la luz al final del túnel, hasta que la gente empiece a tocar dinero.  A la mayoría no le importa si robamos o malversamos o nos apropiamos de comisiones para adjudicar a dedo saltándonos leyes y normas. Si los infelices no roban es porque no pueden. Lo saben, y por eso  comprenden y perdonan que el que pueda, robe.”

Y este razonamiento, ¿delata una negación de la realidad,  un delirante pensamiento mágico? No necesariamente.

La mayoría dio el poder absoluto a Jesús Gil, a Carlos Fabra Carreras, a Francisco Camps y a muchos otros gobernantes de circunscripciones menores cuando la corrupción en sus respectivos gobiernos era vox populi y cuando ya habían sido imputados por algún delito. Es evidente que a estas mayorías, la ética y la moralidad les tenían sin cuidado. Siguieron votando a esos hombres porque en aquellos momentos el dinero corría y estos hombres les garantizaban que bajo su gobierno, el dinero no dejaría de correr.  Esas mayorías fueron a votar con un único criterio: “Ande yo caliente y ríase la gente”.

Supongamos que el gobierno y su partido no yerran en esta valoración moral que ve a la mayoría de los ciudadanos de este país como miserables que contemplan con ansia y envidia cómo  los cerdos se refocilan en piaras desbordantes de cosas ricas. Entonces, este país sólo podría  recuperar la dignidad si llegamos al final de la legislatura igual o más pobres que ahora. Si el dinero siguiera sin correr.

Mezquino, repugnante país si fuera cierto que para conseguir la regeneración moral y política por la que clama una minoría fuera necesario llegar a tocar fondo, a la bancarrota, a una situación en la que muy pocos pudieran andar calientes.  

Mientras tanto, la sanidad, la educación, la cultura están cada vez más lejos del alcance de los que no tienen con que  pagarlos. Pero la mayoría aún  se queda en su casa sin hacer ruido. ¿Será porque  está dispuesta a esperar creyendo en la promesa del gobierno de que el dinero volverá a correr y todos podrán lanzarse a por él sin miedo y sin escrúpulos?

Puede que  el gobierno y su partido tengan razón y la mayoría de este país no tenga ni escrúpulos ni remedio. Pero cabe también que se equivoquen. Hay algo con lo que parece que el gobierno no cuenta: la dignidad, el orgullo de los españoles. Y la solidaridad, una actitud que cada día alumbra con luz más fuerte la oscuridad de la miseria que nos rodea; una actitud que cada vez nos hace más humanos, más buenos.