Carles Puigdemont: “Mi cabeza por un trono”

Carles Puigdemont recuerda a aquel  Carlos María Isidro de Borbón, hermano de Fernando VII, que vivió toda su vida adulta y se fue de este mundo aspirando a un trono que, según él, le habían robado ilegítimamente. Don Carlos nunca aceptó que su hermano, el rey, publicara la Pragmática Sanción, aprobada por las Cortes en 1789; ley que permitiría a su hija Isabel heredar el trono España. La Pragmática Sanción era legítima y legal desde el momento de su publicación, pero Don Carlos, con su particular idea de la legalidad, decidió negarle  validez y movió a sus partidarios a iniciar una guerra en tres etapas, con diversos alzamientos y guerrillas entre medio, que cubrió de sangre  el País Vasco, Navarra y Cataluña durante cuarenta y tres años.

¿Qué tendrá que ver con el infante Don Carlos un alcalde de provincias que llegó a la Generalitat de rebote? Se trata de una analogía que admite todas las salvedades posibles, por supuesto.

Elegido diputado por aparecer en el tercer lugar de la lista de JuntspelSí por Girona, Puigdemont fue elegido por Artur Mas para que fuera investido President, y lo fue el 10 de enero de 2016. Al día siguiente, el flamante President hacía su entrada solemne en el Palau de la Generalitat ante una escuadra de Mossos que le rendían honores como Comandante en Jefe de las fuerzas armadas catalanas. Tal vez  fue en  ese momento cuando, por misteriosas redes preternaturales, el espíritu de Don Carlos de Borbón descendió sobre  su alma poseyéndola plenamente.

Carles Puigdemont  se sintió cómodo en el trono desde el primer instante en que sus nalgas lo tocaron, tan cómodo que decidió que ningún poder de este mundo le iba a expulsar el culo de tan egregio lugar, aunque fuera el poder en pleno de todo el estado español. ¿Con qué fuerzas contaba para oponerse a las de España? Puigdemont y los suyos se pusieron a trabajar rápidamente para diseñar un Full de ruta en el que se detallara punto por punto la estrategia a seguir para ganar la guerra.

Tomando en cuenta la inferioridad numérica de los Mossos con respecto al ejército español y considerando que no era de esperar que potencia extranjera alguna ofreciera su ejército para  asistir a su  causa, Puigdemont y sus asesores comprendieron desde el principio que la guerra solo podría ganarla el poble de Catalunya. Concentraron, pues, sus esfuerzos en analizar la composición de tan abigarrado ejército, dividiendo a sus integrantes en grupos según su grado de adhesión. Los individuos que formarían la  tropa de vanguardia, la que se podía mandar al combate con solo pedírselo por redes y prensa, eran aquellos que, para entenderse, llamaron convencidos hiperventilados. Esos convencidos y otros que se pudieron convencer por el camino formaron la élite del ejército de la República de Cataluña tomando calles, carreteras, estaciones de tren, colegios electorales ilegales y hasta las calles de Bruselas. Es un ejército pacífico que se divierte agitando banderas, gritando consignas y cantando canciones patrióticas, pero resulta invencible ante las fuerzas del orden españolas; policías sin recursos para enfrentarse a los móviles de la multitud dispuesta sacar fotografías en cuanto un uniformado con material antidisturbios aparece blandiendo una porra.

¿Quiénes son los hiperventilados? ¿Quiénes forman el poble de Puigdemont? Curiosamente, una población muy similar a la de los carlistas del siglo XIX: pequeños propietarios, el clero, lo más tradicional y conservador del mundo rural. En lenguaje moderno, los carlistas serían la derecha en oposición a los liberales, que serían la izquierda.  Pero, ¿no obtuvo Puigdemont la investidura gracias a un partido de extrema izquierda radical? Cuando se trata de conservar el trono no se le hace ascos a nada ni a nadie.

Y fue así como se desató la primera guerra carlista en la Cataluña del siglo XXI. Hasta ahora no ha habido muertos. Todavía no está el poble para sangre de verdad. Pero en el momento en que Carles Puigdemont anuncia una pronta separación de España, se rompen las hostilidades entre los catalanes dividiendo familias, separando amigos, enemistando a vecinos. Se diría que el ambiente está preparado para estallar si Carles Puigdemont recupera su trono y sigue dirigiendo la guerra desde la presidencia de la Generalitat durante cuatro años más.

¿Es esto posible? Puigdemont cree que sí. Exiliado en Bélgica por voluntad propia, sigue considerándose President de la Generalitat, y como tal se presenta ante los gobiernos europeos esperando que le otorguen la legitimidad que las leyes españolas le niegan. Su futuro y el futuro de Cataluña siguen dependiendo del poble, ese poble mayoritariamente rural que, representado por sus alcaldes,  hace poco rindió honores en Bruselas a su President depuesto en una escena que, de haber ocurrido en otro recinto, nos hubiera catapultado hacia atrás, a los tiempos del medioevo.

Siglo XII o siglo XIX, qué más da. Puigdemont vive fuera del espacio y del tiempo. Algunos dicen que ha perdido la cabeza. También la perdió Don Carlos por el trono de España.

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Los tiempos del odio

Como cada domingo desde hace unas cuantas semanas, la radio me lleva años atrás, a los días tenebrosos en que la mayoría de los españoles renegaron de su condición humana y se transformaron en bestias. Miles de pueblos conservan hoy monumentos que cuentan esa bestialidad. En las fosas comunes, miles de huesos esperan que alguien les saque, que les ponga nombre, que les vuelva a llorar, que les vuelva a dar el amor que perdieron cuando el odio les arrancó de los suyos, de la vida. Hoy he llorado con las lágrimas de la anciana que se abrazaba a unos huesos rescatados de una de esas fosas  porque podrían ser los de su padre, pero aunque no lo fueran, porque en ese abrazo abrazaba a todas las víctimas de las banderías que enloquecieron a los españoles empujándoles a regar su tierra de sangre y lágrimas.

Hoy me he despertado con mi tierra envuelta en banderas; senyeras, esteladas, rojigualdas. Cada bandera identifica al portador con una bandería, con una facción  de las tantas que hoy dividen la tierra de los catalanes en bandos irreconciliables. Vuelvo a hacerme la pregunta que millones de españoles se han venido haciendo durante los últimos ochenta años. ¿Cómo ha podido pasar esto? ¿Por qué? Los interesados en justificar su postura ofrecen diferentes respuestas; respuestas superficiales, respuestas que no satisfacen la curiosidad del alma humana, porque no hay alma auténticamente humana que pueda comprender por qué unos seres humanos se lanzan contra otros  para defender una idea. Porque no hay alma auténticamente humana que comprenda por qué y cómo puede un ser humano deshumanizarse, convertirse de pronto en el salvaje que defiende su territorio a dentelladas y zarpazos como cualquier animal.

Mi pueblo está sembrado de lazos amarillos. Hay más de cinco mil adornando todas las barandillas de puentes, de paseos; el muro de la plaza de la iglesia, las ramas de algunos árboles. Nadie ha pedido permiso a los vecinos para que mi pueblo, como tantos otros pueblos, haga pública profesión de ingenuidad, de adhesión a una mentira. Tampoco se pidió permiso a los habitantes del pueblo para plantar en uno de sus límites una gran estelada en un mástil muy alto. Por la voluntad y el poder de quienes le rigen, mi pueblo está ostentosamente adscrito a una de las facciones en las que hoy se divide mi país; a una sola de las facciones que dividen a mi pueblo. Y uno hasta agradece que solo sean unos lazos y una bandera. Sobrecoge pensar qué pasaría si tanto fanático dispusiera de armas. Sobrecoge pensar que después de ochenta  años llorando muertos, de cuarenta luchando por la libertad, tantos catalanes hayan vuelto al principio de los tiempos del odio. ¿Cómo nos ha podido pasar esto?

Dios o la Naturaleza, como se prefiera, creó a un ser llamado a ser humano por la gracia de una facultad que le distingue de todas las especies; la facultad de la razón. Al mismo tiempo, Dios o la Naturaleza dotaron a ese ser de otra facultad desconocida en el reino animal; la voluntad. La voluntad permite y a la vez exige al ser humano ir construyendo su propia vida mediante sus elecciones. Y la voluntad le permite, además, dejar de ser humano cuando quiera. El ser humano es el único ser vivo sobre la tierra que puede dejar de ser lo que es ignorando lo que le hace ser lo que es. El ser humano puede deshumanizarse abdicando de la facultad de la razón. Es eso lo que pasó hace ochenta años; es eso lo que nos está pasando ahora.

El jueves 21 de diciembre se vuelven a poner las urnas para que los catalanes decidan a donde quieren ir y cómo. Esta vez no se trata de una farsa montada por unos políticos empeñados en hacer su santa voluntad sin contar con el amparo de la ley, ni siquiera con la voluntad de la mayoría de los catalanes. Esta vez las elecciones cuentan con la garantía de las leyes y de un recuento de votos que no dependerá del capricho de unos políticos inmaduros que nos han puesto en evidencia ante el mundo entero actuando como niños malcriados presos de una pataleta. El 21 de diciembre se decidirá el futuro inmediato de todos los catalanes. Y ese futuro depende del número de catalanes dispuestos a liberar su razón de la tiranía de sus emociones y sentimientos; dispuestos a votar como seres humanos, es decir, racionales; dispuestos a elegir racionalmente cómo quieren que sea su país durante los próximos cuatro años; cómo quieren que sean sus vidas y las de sus hijos.  

En las elecciones contienden dos bloques, dicen: independentista y constitucionalista. ¿Cuántos elegirán a un partido de su bloque porque dentro de su bloque es el que les inspira mayor simpatía? Ese número de seres obnubilados por sus emociones puede llevarnos a todos a la ruina; a la ruina moral, económica y social.

¿Cuántos elegirán a un partido negándose a aceptar la división en bloques, reflexionando sobre el programa y los candidatos que el partido presenta; sobre la garantía que la trayectoria y personalidad de esos candidatos les ofrecen para darles un voto de confianza? De estos últimos depende que los catalanes podamos dejar atrás la tentación de revivir los tiempos del odio y ponernos a trabajar para reconstruir lo que la política irracional ha destruido.

Sobra enumerar las evidencias de irracionalidad que han dado todos los partidos y asociaciones independentistas. Quien repase en su memoria sin pasión lo que estos han hecho, lo que han logrado durante cinco años, no necesitará más argumentos que los que ofrece la realidad para darse cuenta del daño que han hecho a Cataluña, a los catalanes, y que seguirán haciendo si salen elegidos.

Ciudadanos se fundó para oponerse a la inmersión lingüística que pretendía reparar el daño causado por la dictadura a los niños catalanes prohibiendo la enseñanza de su lengua. Su trayectoria de los primeros años en el Parlament y ante la opinión pública, consistió en erigirse en adalides en la defensa del español denunciando la discriminación de esa lengua en Cataluña, creando una conflictividad lingüística que no existía. Su salto a la política nacional ha ampliado sus intereses y sus ambiciones. En España, Ciudadanos se identifica con la política más conservadora rivalizando en derechismo con el Partido Popular. En Cataluña, se proponen ofreciendo  un programa social, es decir, desplazado a la izquierda, copiado más o menos del socialismo. ¿Es que hay dos Ciudadanos, uno  para aquí y otro para allá? Sea como sea, es lo de menos. Lo de más es que si gana las elecciones, si consigue formar o presidir el gobierno de la Generalitat y controlar el Parlament, tendremos confrontación para cuatro años más; volveremos a los tiempos del odio. Ciudadanos no solo pidió que se interviniera la autonomía de Cataluña, pidió que se hiciera con mucha más dureza de lo que se hizo. Por Ciudadanos no hubiera habido elecciones que devolvieran a los catalanes el gobierno de su autonomía tan pronto. Esto no lo olvidarán los independentistas y se pueden pasar cuatro años haciendo todo lo posible para que no lo olvidemos los demás. ¿Cuántos votarán a Ciudadanos con las vísceras porque el catalán no les gusta, por odio a los independentistas, por miedo a que los independentistas acaben de destruir el país? Ese voto hará que vivamos cuatro años más en una casa dividida donde unos por un lado y otros por el otro no hagan nada por sacar adelante  la casa común.

En cuanto al PP, más de lo mismo y cuanto se diga, sobra. Basta mirar al resto de España.

Los candidatos de los dos bloques han ignorado las necesidades de los catalanes durante toda la campaña, como las han estado ignorando durante cinco años y, si se quiere,  más. Todos se han comportado y se comportan como una gatería jugando con ovillos de lana, enmarañando la situación económica y social del país como si para conseguir sus objetivos, fuera necesario enredar todo lo posible a los catalanes.

Entonces, ¿a quién voto?, me pregunto. Tanto los independentistas como los del bloque PP-Ciudadanos atacan a un candidato que se niega a participar en su peculiar espectáculo de lucha libre; los comentaristas de impresionante currículum le ignoran; los tuiteros y feisbuqueros mandados por su bloque respectivo le ponen a parir. ¿Qué tiene Miquel Iceta que despierte tanta animadversión?

Hay algo que hoy parece estar absolutamente pasado de moda; el sentido de la responsabilidad. Miquel Iceta ofrece hacerse responsable de reconducir a los catalanes a la vía de toda la vida. La vía familiar por la que transitábamos sin más sobresaltos que los problemas cotidianos a los que todos nos tenemos que enfrentar.  La vía por la que íbamos haciendo lo que queríamos hacer: vivir en paz, trabajar para prosperar y ver prosperar a nuestros hijos; sentirnos ciudadanos del mundo o catalanistas  a morir o las dos cosas sin que ninguna de las opciones determinara nuestra relación con nosotros mismos y con los demás.

A Miquel Iceta no le quieren ninguno de sus compañeros candidatos porque se niega a engancharse del brazo del uno o del otro excluyendo a los de los otros partidos. No le quieren los medios porque no satisface el morbo de los morbosos  lanzando dardos y haciendo sangre para divertir al personal.  A Miquel Iceta no le quieren sus adversarios políticos porque en su programa y en cada uno de sus discursos pone en evidencia a quién entiende la política como medio para lograr sus fines. Miquel Iceta, sin alharacas, con absoluta sencillez, pero también con una firmeza que no admite discusión, recuerda a todos que la política es, debe ser, un servicio público; que la obligación de un gobierno es gestionar los recursos en beneficio del bien común.

Lo que ha dejado a Cataluña en el estado en que se encuentra y bajo la amenaza de ir a peor no ha sido la política, ha sido el politiqueo de politicastros.  Como estoy convencida de que solo un político responsable puede devolver a los catalanes la racionalidad que nos aleje del peligro mortal de los tiempos del odio, voy a votar a Miquel Iceta porque me lo dicta mi razón.

 

 

 

Pienso, luego Iceta

Las últimas encuestas sobre las elecciones autonómicas en Cataluña nos plantean un misterio aparentemente  insondable. Los partidos independentistas vuelven a aproximarse a la mayoría absoluta.

Tras unos cinco años  de yermo político en el que solo sonaban las arengas,  los cánticos y los clamores de independencia; en el que solo  iluminaban el panorama desolador las estrellas de las esteladas; con el rastro infamante de los perjudicados que fueron cayendo por el camino, y que  tirados se quedaron porque no podían seguir caminando sin ayuda y nadie les ayudó, uno se pregunta, perplejo, qué clase de personas quieren seguir vagando sine die en este purgatorio.

La respuesta nos la da el documento EnfoCATs, que ahora navega por Internet al alcance de cualquiera. En él, los diseñadores de la hoja de ruta hacia la independencia  analizan por grupos los tipos de persona a los que tienen que venderles el “procés” y la forma de convencerles, o mantenerles convencidos, con más efectividad.

El primer grupo corresponde a los que en el documento se les llama “Convencidos hiperventilados”. Curiosa asociación la que establecen entre el seguidor del ideal de independencia  y un paciente aquejado del trastorno por el que aumenta la frecuencia de la respiración causando, entre otros síntomas, obnubilación de las facultades mentales. ¿Qué quieren decir? ¿Que el convencido de que la independencia de Cataluña es posible, aunque se opongan el gobierno español y el mundo entero, padece una disminución de su facultad racional? El mismo documento dice que este tipo de personas necesita conocer de hitos y celebrar hechos. De lo cual se deduce que las manifestaciones de protesta, de resistencia o de exhibición de agravios  se nutren de convencidos hiperventilados; que para convencidos hiperventilados se emiten los programas de la radio y televisión públicas catalanas y de otras emisoras subvencionadas; que para convencidos hiperventilados se escriben artículos en la prensa afín y se cuentan historias de una Historia de Cataluña adaptada a la necesidad de hitos y celebraciones que apremia a los convencidos hiperventilados.

Todos los otros grupos que se enumeran en el documento tienen su ¡qué!, pero los del último, los que definen como “Convencidos del NO”, parecen correr verdadero peligro. Dice el documento que para sumarse esencialmente, los del NO necesitan “Motivos de impacto personal inmediato”. ¿Y eso que es? Cualquier cosa impactante, supongo, desde un golpe en toda la cabeza con una porra o con lo que sea, a pedir a la madre hiperventilada del negativo que se le ponga de rodillas hecha una mar de lágrimas suplicándole que diga que sí a la independencia. El peligro más serio aparece en la columna que titulan “Qué tenemos que hacer”. La primera medida reza: “Activar sus entornos independentistas más cercanos”. ¿Para qué? ¿Para que parientes y amigos del negativo le destierren o le linchen si no abraza el independentismo o, nuevamente,  activar a su madre para que vaya llorando por la casa o amenace echarle o prohibirle la entrada si se emperra en su NO? La segunda medida recomienda “Desincentivar la participación”. ¿Cómo? ¿Qué los ayuntamientos independentistas nieguen  a los negativos subvenciones o participación de cualquier tipo en los actos de su pueblo o ciudad? ¿Convencerles de que no voten?

Este documento y el ya célebre cuaderno Moleskin de Josep Maria Jové, secretario general de Vicepresidencia, Economía y Hacienda  del gobierno independentista, nos revelan la voluntad de los líderes del “procés” de conseguir una población hiperventilada, irracional. Y nos revelan, además, que esa estrategia no obedeció  a la irracionalidad de los líderes. Quienes diseñaron en serias reuniones el EnfoCATs y quien anotaba escrupulosamente cuanto ocurría en esas reuniones eran racionalmente conscientes de lo que hacían. Sabían, y así lo manifestaron en diversas ocasiones, que el único modo de imponer la independencia contra la oposición del gobierno español, era poner de escudo a la gente. ¿Qué el referendum era ilegal? En una democracia,  la voluntad del pueblo está por encima de las leyes. ¿Qué el gobierno de España no permitiría votar el 1 de octubre? No podría impedirlo si se convocaba a la gente a plantarse ante las puertas de los recintos donde se iba a votar impidiendo el paso a las fuerzas de seguridad. ¿Qué la guardia civil emplearía la fuerza para abrirse paso e impedir la entrada  a los que iban a votar? Las imágenes de la violencia policial darían la vuelta al mundo inclinando a la opinión pública internacional a favor de los catalanes oprimidos por un gobierno totalitario que no respetaba los derechos humanos. ¿Qué la posterior  declaración unilateral de independencia era ilegal y podría provocar que el gobierno español interviniera la autonomía de Cataluña? El gobierno no se atrevería a hacer tal cosa contra la voluntad del pueblo que votó a favor de la independencia; unos dos millones según el “govern” aunque nunca se sepa de dónde salió esa cifra. En el documento, los líderes afirman que el éxito del “procés” depende de la conflictividad que se genere en Cataluña.

En resumen, la estrategia para conseguir que Cataluña se constituyera en república independiente consistía en movilizar a los “convencidos hiperventilados” provocando, con discursos y eventos, la secreción hormonal que producen las emociones, secreción que a su vez produce la hiperventilación. Es decir, que la independencia de Cataluña dependería del número de hiperventilados que se movilizaran para hacer en la calle el trabajo a los políticos. Es decir, que la República de Cataluña solo sería posible si la exigía un pueblo hiperventilado, irracional, enloquecido. Para mantenerle enloquecido podía recurrirse a la mentira, sin límite ni reparo moral, (ver “El Príncipe” de Nicolás Maquiavelo).Y sin límite, sin reparo moral ni de cualquier otra índole, sin ningún miedo al desmentido o al ridículo, los líderes independentistas, desde Mas a Puigdemont pasando por Junqueras y Rovira, se pusieron a mentir para mantener la hiperventilación, y aún siguen en ello.

La estrategia de los líderes del “procés” produjo resultados inmediatos. Los no hiperventilados decidieron poner pies en polvorosa por lo que pudiera pasar. Los bancos perdieron unos 9.000 millones en depósitos y cuentas a la vista; cerca de 3.000 empresas sacaron de Cataluña sus sedes sociales. Una población de hiperventilados bajo el control de líderes dispuestos a que su pueblo se enfrente a lo que sea  con tal de lograr sus fines, espanta a cualquiera que esté en pleno uso de sus facultades mentales. Pues bien, ese es el panorama que se comprometen a repetir Puigdemont y Junqueras si ganan las elecciones. La CUP promete, además, cargarse el sistema completo para empezar a reconstruir de cero, Dios sabe cómo, la gloriosa República de Cataluña. ¿Quiénes pueden votar para que se repita un panorama así? Los convencidos hiperventilados y los nuevos prosélitos captados por las mentiras.

Ante esta perspectiva terrorífica, dicen las encuestas que un gran número de electores está dispuesto a votar por Ciudadanos.

Ciudadanos también cuenta con convencidos hiperventilados. Están en ese grupo los que se emocionan ante una bandera de España con la misma intensidad con la que se emociona un independentista ante su estelada; los que se emocionan oyendo un pasodoble de Manolo Escobar tanto como a un independentista emociona el canto de Els segadors.

Además de esos convencidos hiperventilados, se dice que votarán a Ciudadanos quienes creen que ese partido impondrá una paz a la fuerza que acabe con la conflictividad forzada por los independentistas. Entre estos últimos están quienes, por diversos motivos, no entienden lo que significa Josep Lluis si no se lo traducen al castellano, y saben que Ciudadanos acabará con la inmersión en el catalán porque para eso lo fundaron; y están quienes quieren que en Cataluña mande un gobierno en todo similar al PP español para que Cataluña pueda disfrutar de la estabilidad sin sobresaltos que a España ofrece Mariano Rajoy.

Por supuesto, los líderes de Ciudadanos mienten tanto como los independentistas para convencer al cliente. Prometen moderación, transversalidad, voluntad de diálogo, políticas sociales, copiando de sus competidores lo que haga falta con tal de quitarles clientela, mientras en el Congreso apoyan con sus votos las medidas ultraconservadoras del PP, sus compañeros de ideología.

El éxito de la candidata de Ciudadanos depende, pues, del voto de los convencidos hiperventilados, de personas con dificultades para aprender idiomas y de personas tan escamadas con la conflictividad independentista que quieren la paz a toda costa. En España, las mayorías que ha obtenido el PP a pesar de su corrupción y de la ineptitud del gobierno, se explican por el miedo. En Cataluña, el voto de los escamados se va a Ciudadanos por la misma razón.

Hace siglos, un pensador, horrorizado por el daño que la irracionalidad hacía a la mente humana, decidió rechazar todas las ideas creadas e impuestas por otras mentes y reemplazarlas por los productos de su propio esfuerzo racional. René Descartes popularizó un principio que la inmensa mayoría conoce y repite aunque nunca haya oído hablar del filósofo francés: “pienso, luego existo”. El ser humano ha sido creado, por Dios o por la Naturaleza, para pensar, para analizar la realidad y orientarse en ella con su pensamiento.  La evolución del ser humano depende de que su pensamiento sea informado por su razón. Hoy, es la razón lo único que puede sacarnos del atolladero.

La situación actual de Cataluña requiere que todo aquel que quiera vivir en paz, en concordia; que todo aquel que entienda que la paz y la concordia sólo son posibles donde impera la solidaridad y la igualdad; que  todo aquel que quiera progresar mirando al frente, negándose rotundamente a cualquier cosa que le empuje a retroceder; que todo aquel que tiene en su mano sacar a Cataluña del bache en el que la ha hundido la irracionalidad, piense, razone antes de ejercer el derecho al voto, siendo el voto lo único que le otorga el poder efectivo para transformar su país.

Pensando, razonando, me pregunto, ¿qué candidato me ha dado pruebas, durante toda su trayectoria política y particularmente durante la última legislatura, de ser capaz de devolver a Cataluña la sociedad solidaria, igualitaria, progresista que puede volver a distinguirla como nación de vanguardia en el conjunto de las naciones de España? ¿Qué candidato me garantiza que en Cataluña volverá a imperar la racionalidad?

Pienso, luego Miquel Iceta Llorens.

https://es.scribd.com/document/361162525/EnfoCATs-Full-de-ruta-del-Govern-per-a-la-independencia

 

 

¿Por qué al PSC? ¿Por qué a Miquel Iceta?

Otra vez en pleno desayuno, una noticia me revuelve el estómago. Noticia local, de Lleida. Ya hay tres aviones fletados para transportar a Bruselas participantes en la manifestación de los independentistas del próximo 7 de diciembre. Dispuestos a fletar un cuarto avión, dicen, porque el tercero ya está casi completo. El viaje de ida y vuelta cuesta 400€.

La noticia me dejó atónita. Empecé a ponerme morada de indignación por dentro. Porque yo no soy política ni analista política profesional. Soy una persona que se toma en serio la vida de las otras personas, nada más, y por eso y sólo por eso, soy política y analista política como cualquiera que entiende que es la política lo que determina en gran parte la vida de un ciudadano. Y también por eso me indigno y trino porque, como no me lo exige mi profesión, no tengo que controlar emociones ni medir palabras para quedar políticamente correcta y sesuda en una tertulia de radio o televisión o en un artículo de periódico. Lo único que me contiene en estos momentos es la buena educación porque lo que acude a mi mente me haría arrojar sapos y culebras.

¿Pero por qué me pongo así? Se trata de unos cuantos cientos de catalanes que viajan a Bélgica para pedir la liberación de sus compañeros encarcelados y el derecho de Cataluña a que se reconozca su república y se la libre de la opresión del estado español. Son gente pacífica, amantes de la libertad, que en los aviones, coches y trenes que les lleven a Bruselas, vivirán una experiencia única de alegría y confraternización que podrán recordar con orgullo el  resto de sus vidas.

Pues por eso me pongo así. Por eso se rebela dentro de mi todo lo que tengo de ser humano. Por eso me salto la norma social que exige que se respeten las opiniones de los demás; norma sensata y justa, pero que llevada a un extremo sin matices, encubre el relativismo moral de las conciencias degeneradas. Mi código me exige intransigencia con toda opinión que niegue o desprecie los valores humanos, siendo el primero el respeto al otro por respeto a su humanidad. Y por eso no respeto la opinión de los que creen que para conseguir la independencia de Cataluña hay que ignorar las necesidades de todos los catalanes.

Anoche, la radio  me arrancó de mi cama caliente cubierta por un nórdico estupendo y me tiró en el pasillo de la morgue de Barcelona sobre una colchoneta  de plástico. Tenía 15, 16, 17 años, y lloraba, lloraba sin parar recordando mi casa, mis padres, mi cama. Decía la radio que esos niños que están durmiendo en el suelo de la morgue están allí porque una denuncia obligó a la Generalitat a sacarles de un centro de internamiento en el que vivían en condiciones infrahumanas. Puede que en ese pasillo se sientan mejor. Ojalá, porque dice la Generalitat que no tiene dónde meter a todos los niños que  llegan a Cataluña  tras haber sido rescatados de una patera.

Esta mañana a las seis, como de costumbre, encendí la radio de mi mesilla antes de encender la luz. La radio me habló de la subida de precios de la electricidad y de la cantidad de gente, en Cataluña, que no se puede pagar el recibo que les permita iluminar y calentar su casa. Dos lucecitas me indicaron en la oscuridad que mi estufa estaba encendida. Me incorporé y me senté en la cama sin sentir frío, aunque la radio me dijo que mi pueblo estaba a 4ºC. Encendí la luz. Sólo tuve que estirar el brazo y buscar el interruptor con la mano para que la luz se encendiera. Me vi aterida de frío, buscando a tientas una vela para ir a la cocina a calentarme leche. ¿Tendrán leche en una casa sin nevera? ¿Tendrán gas para calentar lo que sea y agua para bañarse? Tendrán que ponerse la ropa a toda prisa en la habitación en penumbras mientras por dentro les hiela el terror a afrontar otro día de miseria. ¿Dónde habrá pasado la noche la familia que ayer desahuciaron de su casa por no poder pagar el alquiler? La Generalitat no ha podido pagar subsidios sociales. Alguien dice que por la intervención de las cuentas y el 155. Pero es que algunos hace meses que no se pagan. Ni subsidios ni subvenciones a las ONG que se encargan de los más necesitados ni nada que no fuera a financiar el proceso que habría de conducir a Cataluña a la gloria de la independencia.

Me vi y me sentí pobre, impotente, abandonada en un mundo en el que respiro dentro de un mundo que vive en una dimensión aparte porque el mundo que me rodea no sabe ni que existo ni quiere saberlo. Hablan de millones de pobres, de tantos desempleados, de tantos de tantos años, de tantos que trabajan sin que les llegue el sueldo para pagar el alquiler, el agua, la luz. Soy uno de tantos entre millones. No tengo nombre, ni siquiera un número propio que me identifique. Voy a pedir a una oficina del gobierno, porque eso es lo único que puede hacer un pobre, pedir. Y en la oficina me dicen que hay que esperar porque no hay fondos. ¿Y cómo se le dice al hambre, a la propia y a la de los hijos, que tiene que esperar porque antes de llenarle la barriga a un pobre hay miles de sueldos de políticos que pagar, y miles de gastos que cubrir para que el proceso  pueda culminar triunfante en la República de Cataluña?

Y en eso estaba cuando la radio me cuenta que ya hay tres aviones completos para llevar a los independentistas a Bruselas, que se fletará otro si hace falta y que el viaje cuesta 400€.

Sé que soy un ser humano porque puedo meterme en la piel de otro para sentir lo que siente. Puedo sentir el desamparo de un niño al que todos ignoran; la impotencia de un pobre excluido de todo lo que permite, aquí y ahora, vivir una vida digna. Puedo meterme en la piel de un independentista y sentir cómo se encienden sus emociones cuando alguien le dice que la tierra que ama podrá ver ondear  su propia bandera  entre las de todas las naciones independientes. Pero cuando dentro de esa piel siento que esas emociones son lo único que importa; que esa bandera, que esa independencia vale más, para su criterio, que lo que sienten y necesitan sus compatriotas, solo percibo frío y oscuridad. ¿Cómo puede un ser humano entregar su devoción a una entelequia ignorando a las personas de carne y hueso?

Ya ha empezado la precampaña para las elecciones autonómicas del 21 de diciembre. Ya han empezado los aspirantes a cargos a ofrecer y a criticar lo que ofrecen los otros. En Cataluña, los unos y los otros siguen girando en la noria maléfica de la independencia que arrancó hace unos cinco años y parece dispuesta a girar por toda la eternidad.

Unos confiesan que mintieron prometiendo a los ciudadanos una independencia imposible y piden el voto de los ciudadanos para seguir amparándose en la decisión de los ciudadanos para volver cargar a la independencia sobre sus hombros y volver a escalar la montaña del proceso hacia la independencia imposible hasta llegar a la cumbre donde la independencia volverá  a caer y a rodar cuesta abajo. Otros dicen que la independencia es imposible, que hay que respetar la Constitución, etc., etc.  Y mientras los unos y los otros siguen lanzándose a la cara la independencia, convertida en pelota electoral, la persona que vive y trabaja en Cataluña y necesita soluciones a los problemas que le impiden vivir como un ser humano sabe que tendrá que buscarse la vida como pueda porque hoy y el 22 de diciembre y todos los días sucesivos hasta nadie sabe cuándo, nadie se dignará ni a mirarle porque lo único que tiene que importar en Cataluña es la santa y sagrada independencia. Tendrán que buscarse la vida como puedan los pobres, pero no sólo los pobres. Dice uno de esos estudios que en Cataluña han aumentado los trastornos mentales, la depresión y las enfermedades derivadas del estrés por la incertidumbre que causa la situación política. Porque hay mucha gente que hasta ahora ha vivido bien y que ahora tiene miedo a perder el negocio o el trabajo que hasta ahora le ha permitido vivir bien. Una persona atenazada por la pobreza o por el miedo a la pobreza no puede vivir una vida plenamente humana.

Con la radio apagada hasta medio día, en el silencio que permite la reflexión y después de ir reflexionando para comunicar lo que pienso, llego a la misma conclusión a la que hace tiempo que vengo llegando. El 21 de diciembre votaré por quien me hable de los niños que están durmiendo en un pasillo de la morgue de Barcelona, de los que no tienen luz, de los que han perdido su casa, de los que buscan un empleo, de los que necesitan un salario digno, de lo que no quieren verse exhibiendo su enfermedad en una cama de hospital en medio de un pasillo. Voy a votar por el partido que se olvide de la independencia, aún sabiendo que es el tema de moda que atrae todos los oídos;  voy a votar por el candidato que se olvide hasta del partido que defiende. Voy a votar por el político capaz de meterse en la piel de los catalanes y dispuesto a gestionar el gobierno de Cataluña sintiendo y pensando en lo que los catalanes necesitan para vivir, física y emocionalmente, como seres humanos.

 

 

Pedro Sánchez vs Donald Trump

El título es provocador, sin duda. Ya estoy viendo en Twitter y Facebook los jajás de las ínclitas inteligencias de quienes carecen de argumentos y hasta de argumentario. ¿Cómo comparar a un pobre candidato español con el hoy presidente de los gloriosos Estados Unidos de América, y nada menos que para enfrentarlos? Chirriará la comparación a la particular especie de catetos que considera todo lo americano superior a lo español. Suena más serio Trump que Sánchez, como suena mejor coach que asesor o entrenador; tan mejor (yerro voluntario, por si acaso), que hasta la Real Academia de la Lengua admite coach por imperativo del uso. ¡A cuántos no dominadores del idioma anglosajón se les ha caído el alma a los pies al leer en castellano la letra de una canción que les emocionaba haciéndoles imaginar los significados más profundos!  “Cuando la noche ha venido y la tierra está oscura y la luna será lo único que veamos” ¿Será lo único que veamos cuándo? No importa, en inglés suena de fábula.

Pero hay otros a quienes el título les chirriará todavía más por una razón más profunda. ¿Cómo se puede comparar a un pobre perdedor con quien ha ganado, entre otras cosas,  las elecciones a presidente de los Estados Unidos? Es que en voto popular, es decir, democrático, Trump perdió, y si hoy la mayoría de los americanos asisten con miedo y vergüenza a su toma de posesión, es porque a la Casa Blanca le llevó una ley electoral de hace más de doscientos años que ignora a la mayoría y pone la elección de un candidato en manos del voto representativo. Es igual, Trump ganó como sea, y Sánchez perdió, lo cual le convierte en perdedor; lo cual justifica que un partido con 137 años de historia y una historia reciente de gloriosos triunfos, se haya ido al garete por hacerle dimitir. En la encarnizada lucha por eliminar a Pedro Sánchez del panorama político nacional, los compañeros de partido que le pusieron la zancadilla para que se fuera de bruces, justifican su gesto acusándole de lo peor que se puede acusar a un ser humano en estos tiempos: Sánchez era un perdedor, y un partido serio no puede ir por el mundo liderado por un perdedor.

Trump perdió por más de tres millones de votos populares. La mayoría no le quería como presidente. Hoy los Estados Unidos asisten a su toma de posesión insólitamente divididos. La mayoría se resiste a que un personaje que repugna física, intelectual, política y moralmente a la mayoría del mundo entero, represente, en el mundo entero, al país que la mayoría considera una gran nación, la más grande de las grandes naciones del mundo.

Sánchez no perdió más votos en las elecciones generales de diciembre y junio porque Dios no quiso. Todos los españoles fueron testigos de un fenómeno inaudito. Mientras todos los militantes y simpatizantes de los otros partidos hacían piña para ensalzar a su candidato, los personajes más relevantes del Partido Socialista Obrero Español hacían todo lo posible por cuestionar al suyo en público intentando, con sus dudas más o menos manifiestas,  convencer al personal de que no le votaran. Que más de cinco millones de votantes no les hicieran caso o bien fue un milagro divino, o un casi milagroso acceso de lucidez discriminatoria. Sánchez perdió las elecciones, no más faltaría, pero esos más de cinco millones de votos hacen que uno se pregunte cuántos votos habría ganado  sin la interferencia de quienes intentaron a toda costa hacerle perder.

Hubo un instante de luminosa esperanza; el momento en que Sánchez, con todo en contra, tuvo el valor de asumir la responsabilidad que el ganador había rechazado e intentó recabar los apoyos necesarios para llevar a su partido al gobierno. No hace falta decir que ese momento exigía el apoyo incondicional de todos los suyos. Pero, ¡cáspita! ¡zambomba! ¡cojones!, resulta que los personajes más relevantes de su partido no quieren que gobierne y le ponen unas condiciones imposibles para conseguir los votos que su investidura necesita en el Congreso y, por si no las cumple, se abren en canal ante los medios de comunicación diciendo que un perdedor que solo tiene cinco millones de votos no puede gobernar. ¿Dónde, demonios, se había visto, en toda la Historia Universal, que en un país democrático, la élite de un partido se dejara la piel para no  llegar al gobierno? En la historia de España, desde luego, no se había visto jamás. ¿Para qué existe un partido si no es para llevar a su candidato al poder con el fin de aplicar su programa? La razón de la existencia de un partido se explica en primero de Ciencias Políticas por si a algún alumno no se lo ha revelado el sentido común. Entonces, ¿es que la élite del PSOE, de política no tiene ni idea y de sentido común tampoco? Dice el sentido común que eso no puede ser.

El programa con el que Sánchez se presentó a las elecciones era, a las claras, socialdemócrata, y había sido aprobado por los órganos competentes del partido. Pues entonces, otra vez, ¿por qué no quiso la élite ayudar a Sánchez para que pudiera aplicarse ese programa? ¿Por qué le exigió a Sánchez que, en vez de intentar conseguir los pactos necesarios para formar gobierno con el fin de aplicar un programa socialista, permitiera el gobierno del PP para que pudiera aplicar su política neoliberal? ¿Porque Rajoy había obtenido más votos? Pues otra vez entonces, ¿por qué no ayudaron a Sánchez para que obtuviera más votos que Rajoy? ¿Por qué hicieron todo lo contrario? Solo hay dos respuestas posibles. Una, porque Rajoy consiguió, por medios misteriosos, hipnotizarlos a todos; otra, porque alguien convenció a esa élite de que al margen de la derecha, el mundo no tiene salvación. ¿Por qué, entonces, no abandonaron el Partido Socialista? Esta tiene una respuesta fácil. Porque en un partido nuevo no conseguirían los privilegios conquistados en el suyo. Pactar con la derecha les permitía convertirse en líderes de la oposición conservando rangos y sueldos; conservando el poder de otorgar rangos y sueldos a sus fieles para garantizarse su lealtad.

Hoy el mundo se debate en un negro estanque de dudas. Estanque, porque la sociedad europea, como la americana, parece haberse estancado, renunciando a la esperanza de seguir fluyendo en la corriente de la evolución intelectual y moral. Negro, porque en su fondo se deposita lo más negro, lo peor de la condición humana. Fue lo peor de sí mismos lo que llevó a los blancos pobres a votar por Donald Trump porque les prometió librarles de la competencia de los emigrantes. Fue lo peor lo que llevó a blancos racistas a votar por un hombre que reivindicó el racismo quitándole a la palabra lo que tenía de inconfesable. Ser racista puede ahora ser un orgullo para cualquier americano puesto que su presidente lo es y con orgullo lo proclama. Hoy, las alimañas que se revuelven en el estanque están contentas porque, con todos podridos, nadie va a notar lo podridas que están.

Y todo esto, ¿qué tiene que ver con Sánchez y qué justifica que se le enfrente a Trump?

Trump se yergue hoy ante el mundo como defensor  de lo más bajo que pueden inspirar los instintos. En España, que es lo que nos importa, Sánchez se ha erigido en defensor de los valores que distinguen al ser humano de las bestias; valores que inspiraron la fundación de partidos que anteponían el bienestar social al bienestar individual de los privilegiados; los valores que inspiraron la fundación del Partido Socialista Obrero Español.

Trump asume la presidencia de su país detestado por la mayoría de la población, causando una división interna como no se había visto desde la Guerra Civil. En España, que es lo que nos importa, Pedro Sánchez fue defenestrado contra la mayoría de los militantes que le habían votado para que fuera su Secretario General, causando una división interna que ha lanzado al partido en caída libre hacia su destrucción. Quien lo niegue, o miente, o es que ha perdido el sentido de la realidad.

Todos los medios de comunicación del país hoy tienen la toma de posesión de Trump como noticia principal. Todos los comentaristas tendrán algo que decir y enfatizarán, sobre todo, la incertidumbre que a todos hace contener la respiración en espera de lo que hará esa especie de monstruo. En España, un Mariano Rajoy que parece bendecido por los dioses de la buena suerte, no precisamente buenos, escucha satisfecho cómo se suavizan las críticas que suscitaba su política inhumana. Comparado con Trump, el de España resulta canonizable. Antes, la mayoría del país, el mayoritario por ciento que no le votó, veían a su gobierno como una plaga, una especie de castigo divino que amenazaba con ahogarnos a todos. Ahora, con la ayuda de un PSOE al que, para tenerlo dócil y contento, solo hay que permitir que se jacte en los medios de ostentar un cierto poder, Mariano Rajoy se enfrenta a un futuro plácido que puede ser larguísimo, tan largo como los años que dure el gobierno de Donald Trump y todos los gobiernos de derecha extrema que vayan apareciendo en el mundo.

Hoy solo hay dos grupos capaces de concebir optimismo y esperanza.  Son las mayorías. La mayoría que en Estados Unidos rechaza hasta la sombra de Donald Trump y está dispuesta a luchar lo que haga falta  para controlarle y echarle si se resiste a cualquier tipo de control. En España, la mayoría de izquierdas que no está dispuesta a permitir que el único partido socialdemócrata del país se entregue a la derecha.

Pedro Sánchez, lo que Pedro Sánchez significa, se enfrenta en nuestro país a todo lo que significa Donald Trump en el mundo. Así que al final resulta que el título de este artículo no es tan disparatado como a algunos les pueda parecer.

Un país indecente

Publicado en Publicoscopia el 16 de diciembre de 2015

 

En el gran debate, Sánchez llamó indecente a Rajoy. Discretos comentaristas dicen que se pasó; que hay que respetar las formas, la buena educación. Lo que hay que respetar es la objetividad en los conceptos que la razón elabora y traduce en palabras  que salen preñadas de los significados que se quieren comunicar. El español cuenta con una institución que se encarga de fijar esos significados. Dice la Real que indecencia es un dicho o hecho vituperable o vergonzoso. Indecente no es un insulto. Es decir que una persona carece de honestidad, de justicia; es decir que no obra dignamente. Al llamar indecente a Mariano Rajoy, Sánchez le aplicó un calificativo que condensa el juicio moral sobre su forma de obrar como ministro, como jefe de la oposición y como presidente del gobierno; un juicio en el que coinciden unánimemente propios y extraños aunque los primeros encuentren excusas para justificar su conducta indigna.

Nadie puede negar que la trayectoria de Rajoy ha sido vituperable. Que se haya lucrado con los tejemanejes corruptos de su partido y de muchos de sus cargos, está por verse; de lo que no cabe duda es de que los consintió. Ese consentimiento basta para calificarle de deshonesto. Al utilizar el dinero de todos los españoles -cuya mayoría la constituyen pobres y medio pobres- y el poder que le han conferido sus diversos cargos, para beneficiar a personas afines -los más favorecidos por la fortuna-, Rajoy merece el calificativo de injusto. Deshonesto e indigno es  hacer de la mentira un uso habitual con la intención de engañar a los ciudadanos a los que se representa. Rajoy mintió como ministro para tapar errores del gobierno minimizando una catástrofe ambiental de proporciones colosales, y para evitar las consecuencias negativas que pudiera tener para su partido un acto terrorista que costó miles de vidas humanas contando los muertos, los heridos, los incapacitados, los familiares destrozados por el dolor a perpetuidad.  Rajoy utilizó la mentira en su oposición brutal contra el gobierno de Rodríguez Zapatero, anteponiendo sus ambiciones políticas a la solución de conflictos como el terrorismo etarra y de una crisis internacional que amenazaba con hundir al país. Sus críticas al anterior jefe de gobierno, dentro y fuera del Parlamento, incluían sin ningún escrúpulo la difamación y la calumnia. Rajoy mintió sin límite ni freno proponiendo a la ciudadanía un programa electoral falso para acceder a la presidencia, mientras estaba dispuesto a aplicar otro totalmente distinto que, por sus medidas antisociales, podía costarle perder las elecciones. Rajoy siguió mintiendo durante sus cuatro años al frente del país siempre que le convino, sin que le detuviera la vergüenza de ser desmentido por los hechos o de tener que desmentirse a sí mismo. Rajoy acabó por contar con la credulidad y la idiotez de la gente hasta tal punto, que dejó de cuidar la coherencia de su discurso y se puso a decir disparates que se han convertido en risas públicas, deshonrando la dignidad de su cargo. Cuando en el debate Pedro Sánchez llama indecente a Mariano Rajoy, nadie puede acusarle de falta de objetividad.

Mariano Rajoy se presenta a las elecciones de 2011 con un abultado historial de conducta indecente. La crisis internacional golpeó a España con más brutalidad que a otros países porque los millones de  empleos que proporcionaba la construcción se convirtieron en millones de desempleados cuando la construcción se vino abajo. El fenómeno de la construcción desenfrenada lo había propiciado la ley del suelo bajo el gobierno de Aznar, gobierno en el que Rajoy era ministro. Entre los despropósitos que ya eran del dominio público, Rajoy contaba además con sus mentiras sobre el Prestige y los atentados del 11M. Sus calumnias contra Rodríguez Zapatero y su negativa a colaborar con el gobierno en un asunto tan grave como el terrorismo etarra y en un momento de emergencia nacional causada por la crisis, ya habían revelado su falta de responsabilidad como jefe de la oposición y su determinación de colocar sus ambiciones  políticas por encima de los intereses del país. Ese historial no se ocultaba en mentideros; era del dominio público. Y sin embargo, el 20 de noviembre de 2011, una gran mayoría de españoles otorgó a Mariano Rajoy el poder absoluto para que pudiera transformar el país a su antojo. Que los ciudadanos depositaran su confianza en un individuo con tales antecedentes, podría calificarse de ingenuidad o de estupidez. Es la explicación más sencilla y menos vergonzosa. Pero existe otra posibilidad mucho peor. Existe la posibilidad de que le votaran por ignorancia, por cobardía, por egoísmo y falta de solidaridad o hasta por compartir su indecencia.

Durante su primera legislatura, José Luis Rodríguez Zapatero redondeó el estado de bienestar y  justicia social que había empezado a instaurarse en España desde 1982 con el primer gobierno del PSOE. Los españoles pudieron disfrutar de un respeto a sus libertades y de un reconocimiento de sus derechos que se consideraron modélicos en Europa y América. En su primera medida de gobierno, Rodríguez Zapatero cumplió una promesa electoral retirando las tropas de Irak, donde las había enviado Aznar en contra de la voluntad de la mayoría de los españoles. Con visión de hombre de estado, Rodríguez Zapatero  propuso la Alianza de Civilizaciones buscando un diálogo para acabar con el terrorismo sin guerras con la participación de los países islámicos.

Mariano Rajoy y su partido ejercen una oposición feroz a todas las medidas del gobierno. Recurren ante el Tribunal Constitucional varias leyes, entre ellas las del matrimonio homosexual. Rodríguez Zapatero consigue pactar con Artur Mas el Estatut de Cataluña. Mariano Rajoy y su partido recogen firmas en toda España contra el Estatut y también lo recurren. La sentencia de este tribunal desprestigiado por su politización, causa un rechazo en Cataluña que años después se materializa en un independentismo radical, casi mayoritario.

Cuando estalla la crisis internacional causada por la bancarrota de Lehman Brothers, todos los medios de comunicación del país, mayoritariamente en manos de la derecha, empiezan a decir y a repetir que estamos en crisis. Rodríguez Zapatero se niega a aceptar el término en público. Oposición y periodistas se le echan encima como si el hecho de que el presidente aceptara públicamente que estábamos en crisis, pudiera hacer que el monstruo desapareciese por arte de magia. Un día el presidente se atreve a decir que se vislumbran brotes verdes, y prensa y oposición ponen el grito en los infiernos como si pidieran perdón a Satanás por albergar esperanzas. La esperanza es algo que la oposición quería erradicar de España para que los españoles, desesperados, se echaran en sus brazos. Y se echaron y votaron mayoritariamente al Partido Popular de Mariano Rajoy.

Hoy todas las encuestas dicen que el Partido Popular volverá a ganar las elecciones. Esas encuestas nos hablan de una mayoría que se resigna a la corrupción, que calla ante la indecencia que se revela en sus gobernantes; una mayoría que, con su silencio, se hace cómplice. Esas encuestas nos dicen que la mayoría de este país está acobardada, paralizada por el miedo a perder lo que tiene; una mayoría que por ese miedo renuncia a su principios, a sus valores morales. Esas encuestas nos dicen que la mayoría se ha encerrado en las valvas de su egoísmo, ignorando a los millones de compatriotas que las medidas de Mariano Rajoy y su partido empujaron a las cunetas donde ya nadie les mira para no verlos. Repugna, repugna profundamente imaginar a esa mayoría votando para dar otra vez el poder a un hombre y a un partido que exhiben sin ningún recato su indecencia. Repugna y horroriza pensar que vivimos en un país indecente.

Manifiesto del ciudadano jorobado

Publicado en El Socialista Digital el 4 de septiembre de 2016

ELECCIONES GENERALES, 26/06/2016.- Votaciones en el colegio electoral Infant Jesús de Barcelona. | EFE/Marta Pérez

 

Este va sin firmas. Nuestros nombres solo suenan en casa, en el trabajo, en el bar, en la peluquería. Encima, somos millones; tanto nombre solo cabe en el censo electoral. Pero que no lleve firmas de nombres rimbombantes no le resta importancia a este documento en este preciso instante de nuestra historia. Porque se da el caso de que es muy posible que tengamos que volver a votar, circunstancia que altera la epidermis de los políticos y les estimula la memoria.

 

Mientras dure la apasionante campaña electoral que parece que se avecina, siguiendo las instrucciones de sus asesores, los candidatos volverán a acordarse de sus abuelos, de sus padres, de sus hijos, de nuestros hijos, padres y abuelos y hasta de nosotros mismos en un esfuerzo ímprobo por parecernos cercanos. Lo que para los candidatos significa someterse a la tortura de abrazos; besitos; toquecitos en cabezas de niños justificadamente hostiles y hasta tomar en brazos a algún bebé superando el miedo a embarrarse con residuos ajenos; mensajes de amor a audiencias dándose golpecitos en el corazón, lo que puede ser un peligro para la salud al cabo de decenas de mítines; y lo peor de lo peor, someterse a selfies, a miles de selfies de quienes tienen la ilusión infantil de soñarse amigos de sus ídolos políticos y de quienes creen que podrán utilizar la foto para conseguir trabajo o algún privilegio, ilusión infantil también, pero patética –se dice que hay quien se está haciendo fotos con candidatos de todos los partidos para utilizar la que más oportunamente le convenga en caso de necesidad.

 

Demostrando que los ciudadanos jorobados no somos tan egoístas como se nos supone, declaramos, en primer lugar, nuestra profunda solidaridad con los candidatos que muy probablemente tendrán que volver a sufrir tan horrendas pruebas, tras un período de recuperación que ha resultado brevísimo por culpa de los diversos trastornos mentales que aquejan a todos los estamentos de nuestra sociedad y que hace tiempo causaron a la mayoría, políticos incluidos, la pérdida de sentidos varios, entre ellos, los de ubicación y orientación.

 

Somos conscientes de que muchos de los que aspiran a gobernar nuestras vidas, no saben, hoy, dónde están ni a dónde van. Los hay que tras haberse creído anclados a perpetuidad en tronos victoriosos, sienten cómo el terreno se estremece a sus pies sin que haya cemento que lo contenga. ¿Pero qué está pasando aquí? se preguntan con ojos de rapaces nocturnas hambrientas que sobrevolaran precipicios desprovistos de vida. Otros, que tampoco saben lo que está pasando, se han colgado de lianas para poder desplazarse de un extremo al otro de la selva hasta que pase el terremoto, pero con los intestinos contraídos por el miedo a que se caigan los árboles. Mientras otros aún, que se las prometían felices a bordo de una locomotora de alta velocidad, viéndose varados en una vía muerta increpan a los dioses de diestra y siniestra por haberles dejado allí. Alguien tendrá que asumir la responsabilidad de rescatarnos llevándonos a la gloria que merecemos, digo yo –grita su líder. Pero nadie le escucha porque sabido es que en una catástrofe, lo primordial es salvar el culo propio. En medio de la confusión, hay también alguno –como dicen ciertos políticos- que aguanta, en posición de firme y en el más conspicuo de los silencios, el clamor universal para que se convierta en salvador de la patria, entregándonos a todos a los traidores que quieren reducirnos a la esclavitud o embarcándose en una aventura que puede convertirle en César por unos meses y dejarle después exangüe en los brazos de algún Marco Antonio tras ser apuñalado por todos los demás, los Brutos incluidos.

 

Comprendemos con profunda compasión que en medio de tan negra incertidumbre, la inmensa mayoría de los políticos de este país estén dispuestos a sacrificar cualquier cosa; amigos, siglas y dignidad, para evitar a los ciudadanos, dicen, la insufrible tribulación que a todos causarían otras elecciones. Y porque somos conscientes de que la incertidumbre les carcome, queremos librarles al menos de la paternal preocupación por nosotros que les acora.

Los manifestantes de este manifiesto manifestamos con absoluta franqueza y sin restricción mental nuestra disposición a votar otra vez. En primer lugar, solo se trata de dar un paseo hasta el colegio electoral. Si hay cola, no tiene por qué suponer un contratiempo. La política nos ha dado este año materia de sobras para montarnos conversaciones amenas. Y verse en una cola para votar un día de Navidad es un acontecimiento tan insólito que ni los mudos se abstendrían de comunicar lo que piensan y sienten. En una sociedad que ha sucumbido a la incomunicación entre próximos que ha impuesto la tecnología, el súbito bullicio de voces humanas en bares, calles, colas, colegios electorales puede ser un hito en la historia de la humanidad.

 

Nos dice el evangelio de San Juan que en el principio existía la Palabra y que por la Palabra se hizo todo. El día de Navidad de 2016, mientras el mundo cristiano conmemora el nacimiento de la Palabra, los ciudadanos españoles podríamos volver a sentirnos como criaturas creadas a imagen y semejanza de Dios, creadores, gracias a la palabra, de una España reconstruida sobre las ruinas mefíticas de la sociedad franquista. Vale que la ilusión no nos duraría más de un día, pero para quien pueda sentirla, comprenderla y valorarla en todo su profundo significado, puede ser de esas ilusiones que justifican toda una vida.

 

Por eso, los ciudadanos jorobados, rebautizados por Galeano con el nombre de Nadies, no solo pedimos a los políticos que no se preocupen por librarnos de la molestia de votar otra vez. El síndrome del pastor que nos relató la escritora Victor Català en su “Soledad”, síndrome que a todos nos agobia con la horrible sensación de impotencia cuando comprobamos que nuestros representantes no nos escuchan ni nos dejan siquiera hablar con ellos, hace que siempre estemos dispuestos a votar porque el voto nos permite, al menos, sentirnos alguien mientras dura la farsa de las campañas y en el momento de elegir la papeleta con la que creemos poder mejorar nuestras vidas y las de nuestros conciudadanos.

No nos amordacéis. Dejadnos hablar. Dejad que el oprobio caiga sobre quien calle. Dejadnos soñar que nuestra palabra vale y que con ella podemos cambiar el mundo, el infinito aunque pequeño mundo en el que nos ha tocado vivir.

Decís que queréis nuestro bien, el bien de España. Por nuestro bien y por el bien de España, dejadnos hablar a nosotros ya que vosotros no os podéis entender. ¿Que teméis que nosotros volvamos a decir lo mismo que os ha metido a todos en este berenjenal? Bueno, ¿no decís que vivimos en una democracia y que los votantes nunca se equivocan y cosas así?

Pues bien, los ciudadanos jorobados os decimos, apechugad; acostumbraos a apechugar como nosotros hemos tenido que apechugar con nuestras desgracias, la mayor de las cuales no es, de ninguna manera, volver a votar. No sigáis utilizándonos como excusa para camuflar vuestros miedos. Si hay que volver a votar, se vota, porque para aguante, el nuestro, como lo hemos demostrado y lo seguimos demostrando hasta la saciedad.

Escritora y columnista.