Amenazados de muerte

España agoniza. Cataluña está en coma.

Con nueva bandera, constitución, congreso, nació una nueva España hace cuarenta años. Los pesimistas le auguraron vida corta; los realistas suspendieron el juicio. Hoy, cuarenta años después, la España que entonces era nueva agoniza con los días contados, y en el diagnóstico coinciden pesimistas y realistas. Al día de hoy, parece que no tiene salvación.

Con la liga de los partidos políticos que empezó hace cuarenta años, empezaron las trampas. Las elecciones se ganan con propaganda, y los aspectos más espectaculares de la propaganda cuestan mucho dinero. Los partidos políticos se dieron cuenta enseguida de que ese dinero no se podía recaudar por medios legales. Los dos partidos con mayores posibilidades de acceder al poder se lanzaron a por dinero zambulléndose en las cloacas donde bullen las transacciones oscuras. Puesto que el campeonato de la liga iba a ganarlo quien más dinero pudiese obtener, por los medios que fueran, para pagar la propaganda más eficaz que consiguiese convencer al mayor número de votantes, la ética se desterró de la política y los escrúpulos se convirtieron en freno de ingenuos. Fue así como la España nueva se vio atacada desde su nacimiento por bacterias patógenas que le negaron un desarrollo saludable.

Hace relativamente poco, la corrupción empezó a desbordar las cloacas. Todos sospechaban desde siempre financiamiento delictivo en los partidos. Todos sospechaban desde siempre que algunos políticos se llenaban sus cuentas bancarias con dinero público. Pero ninguno de los que tenía información comprobable se atrevía a soltarla poniendo su propio presente y futuro en peligro.  Hablaban los que habían oído algo por aquí y por allá, pero en plan cotilleo de bar. Un día la podredumbre ya no pudo ocultarse por más tiempo; puede que a alguien no le interesara que se siguiera ocultando. ¿A quién? A saber Dios, pero no parece un disparate suponer que fueron los mismos corruptos los que decidieron airearla. ¿Por qué? Porque en vez de ahuyentar el voto de la mayoría, podía tener un efecto contrario cuya causa no es tan difícil sospechar.

Un día subieron las tarifas de teléfono y las de la luz, por ejemplo.  Y Aznar y Felipe fueron a parar a los consejos de administración de empresas que los mismos habían ayudado en sus gobiernos. Mientras los ciudadanos se empobrecían a millones, los susodichos cobraban sueldos que para los pobres serían de infarto. Fue así como el español dejó de creer en los políticos y en la política misma. Fue así como el ciudadano se dio cuenta de que era solo  un trabajador al servicio de los políticos a quienes debía mantener con su trabajo. Si en los dos siglos anteriores la lucha del trabajador se dirigía contra el patrón de la fábrica que amasaba su fortuna a base de explotarles, este siglo le reveló que quienes le explotaban eran el poder financiero y los políticos.

Pero luchar contra los políticos, sin hacer distingos, no es lo mismo que enfrentarse a los explotadores de una fábrica. Luchar contra los políticos sin hacer distingos es luchar contra la política, y luchar contra la política es luchar contra la democracia. La alternativa a la política democrática es o la dictadura, la tiranía del más fuerte, o la anarquía, la tiranía del desorden, el caos total.  Quedan pocos que recuerden el caos de la guerra y sus horribles consecuencias, pero aún quedan muchos que oyeron de sus padres el relato de una infancia, adolescencia y juventud destrozadas por la muerte, el hambre y la dictadura. Nadie quiere anarquía y nadie quiere perder la democracia que tenemos; una democracia de mínimos, pero que al menos nos permite quejarnos sin miedo a la cárcel, a la tortura o al paredón. Los políticos que hoy se llevan los votos, corruptos o no, son los que prometen ley, orden, estabilidad, paz para que cada cual pueda ganarse la supervivencia como pueda. ¿No era eso lo que nos prometía Franco? Pues sí. O sea, que lo que nos ofrecen es ir minando poco a poco la democracia que tenemos, a cambio de paz y estabilidad, para que acabemos aceptando una dictadura encubierta, legitimada por los votos de los que tienen miedo a perder hasta el derecho a la supervivencia.

España agoniza de miedo y resignación.

Y Cataluña está en coma. Como una erupción volcánica, una lava corrosiva descendió desde las cumbres del poder hasta arrasar a toda la sociedad. Todos sabemos de dónde salió, pero nadie pensó que de aquella estrategia partidista sin escrúpulos y sin visos de responsabilidad, pudieran desatarse las fuerzas que han traído a Cataluña la desgracia y que amenazan convertir a la nación en zona de desastre.

La Generalitat y el partido de Artur Mas vieron en la agitación del sentimiento independentista de los catalanes una panacea que curara a su gobierno y a su partido de todos sus males; recortes y corrupción. Para que la agitación fuera efectiva, decidieron subvencionar generosamente a dos organizaciones dispuestas a entregarse al diseño y ejecución de una propaganda destinada a convencer a todos los catalanes de que todo catalán auténtico debía desear la independencia y de que lograr la independencia debía ser una aspiración que eclipsara a cualquier otro asuntom por importante que pudiera parecer,  porque la independencia iba a solucionar todos los problemas de todos los habitantes del país.

La Asamblea Nacional Catalana y Omnium Cultural se entregaron a la labor sin descanso y sin escrúpulos. Pueblo por pueblo, colegio por colegio, las dos organizaciones se dedicaron durante cinco años a adoctrinar a abuelos, padres e hijos; un adoctrinamiento pertinaz, repetitivo, psicológicamente tan agresivo como el lavado de cerebro. Para lograr el fin, no se puso a los medios ningún límite moral. Falsearon la historia y se utilizaron todas las mentiras que hicieran falta para dar apariencia de validez a sus argumentos.  Tantas fueron y a tanta gente convencieron, que en Cataluña se empezó a vivir y se sigue viviendo en un mundo paralelo al resto del mundo; un mundo incoherente donde las emociones  han suplantado a la razón y el cúmulo de premisas falsas grabadas en el cerebro por el adoctrinamiento conduce indefectiblemente a conclusiones erróneas.

La conclusión más grave a tanto argumento falso fue declarar legítimo y legal un referéndum, se hiciera como se hiciera, y declarar que el resultado, se obtuviera como se obtuviera, imponía un mandato de todo el pueblo catalán a sus políticos para que proclamaran la República de Cataluña. Dijo el govern que en la votación había participado el 43% de los catalanes llamados a votar. Dice la aritmética que el 43% no llega a la mitad de un todo. Dice el govern que todo el pueblo de Cataluña exige la independencia y que la aritmética no tiene nada que decir.

¿A quién llama el govern  “pueblo de Cataluña”? ¿Quiénes forman ese 43%? Hace años que la ANC va pueblo por pueblo, ciudad por ciudad,  barrio por barrio reclutando gente para llenar los autobuses que habrán de conducirla cada 11 de septiembre a la gran manifestación de la Diada, e instando a todo catalán auténtico a que asista aunque vaya en su propio vehículo. La respuesta ciudadana ha sido multitudinaria todos los años. ¿Quién se atreve en un pueblo, en una ciudad pequeña, en un barrio a hacer que sus vecinos y parientes duden de su auténtica catalanidad? La ANC y Omnium Cultural han conseguido movilizar unos dos millones de personas al año, más o menos, esparciendo por el mundo la imagen de un pueblo pacífico que llena las calles cantando “independencia” para ablandar a un gobierno opresor y recabar la ayuda de todos los países democráticos para lograr la libertad. Pues bien, de ese 43% que según el govern fue a votar resistiendo heroicamente los ataques salvajes de la policía del estado opresor; de ese 43% de catalanes auténticos y heroicos, depende la  independencia, el nacimiento de la República de Cataluña. Cuando alguien ajeno al delirio multitudinario intenta demostrar a un independentista que la independencia es imposible, el debate acaba siempre con un rotundo argumento final: saldrá a manifestarse tanta gente que nos tendrán que dar la independencia sí o sí.

La independencia de Cataluña, su presente y su futuro, dependen, pues,  de las multitudes dispuestas a defender en la calle cualquier decisión del govern, sea legal o no, sea o no antidemocrática; multitudes émulas de Gandhi que fuercen al gobierno español y a la comunidad internacional a reconocer la independencia de Cataluña, aunque sea por lástima de tanto pacífico suplicante. Los ciudadanos que se disuelven en esas multitudes movidos por la emoción no se plantean que su govern, dispuesto a ignorar las leyes y las normas que estructuran a la democracia, tanto las de España como las propias,  no les garantiza que la nueva república se base en leyes y normas democráticas que su govern se sienta obligado a cumplir. A esos ciudadanos no les importa que el capital huya del caos provocado por la constante agitación en las calles. No les importa que cientos de miles de compatriotas malvivan acosados por el desempleo y la pobreza. No les importa que un Parlament situado al margen de la democracia y de la ley se haya paralizado durante años sin ocuparse de los problemas cotidianos que exigen legislación. El lavado de cerebro produce en esos ciudadanos una respuesta condicionada. Si algo o alguien quiere impedir la independencia, hay que echarse a la calle porque a millones de manifestantes en la calle no puede vencerles ni un ejército. ¿Quién se va a atrever a disparar contra unos ciudadanos indefensos? Esos ciudadanos no se dan cuenta de que su govern les está utilizando como escudos humanos.

Cataluña está en coma. El govern y el  Parlament han asestado a la democracia un golpe mortal de necesidad. Como esos ilusos que se niegan a tratarse un cáncer con los medios que les ofrece la ciencia y confían su vida a un curandero, un 43% de los catalanes, en cifras del govern, ha confiado  todos los males de la Cataluña enferma al milagro de una independencia que ni existe ni existirá.

Tal vez, cuando las leyes del estado obliguen a todos a curarse el delirio mediante su facultad racional, comprendan que la soñada independencia no valía ninguno de sus esfuerzos. ¿Cataluña independiente para qué? ¿Para sufrir en solitario la misma corrupción, la misma democracia agonizante que afecta a toda España? ¿Para seguir confiando mayoritariamente  el gobierno de sus vidas a partidos de derechas para quienes el bienestar de los ciudadanos cuenta en último lugar, como el resto de los españoles? ¿Para acabar dándose cuenta de que los catalanes, después de más de 500 años de convivencia con las otras etnias de España, son, al fin y al cabo, tan idiosincráticamente españoles como el español que más? Para  volver a casa no hacía falta tanto ruido, tanta destrucción.

 

 

 

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La palabra maldita

Hoy, por fin, se reúne el Comité Federal del PSOE. Uno se pregunta para qué, porque resulta que los medios se han pasado desde el 27 de junio ventilando la opinión de los barones que buscaban micrófonos para ventilar, interrogando a los directivos de la directiva, interpretando las opiniones y las respuestas de los unos y de los otros; volviendo a ventilar, volviendo a preguntar lo mismo. La repetición y la reiteración han sido tales que opiniones, preguntas y respuestas se convirtieron en una letanía interminable con sus kyrieeleisons  que los españoles repiten, unos consciente, otros inconscientemente, como suspiros que salen del alma: Señor, ten piedad de nosotros.

Desde el 27 de junio, en vivo, en indirecto, en redes, por tierra, mar y aire los socialistas de todos los niveles dicen y repiten que NO es NO. ¿Que NO es qué? NO. ¿Cómo dice? Que NO. ¿Y si pasa esto? NO. ¿Y si pasa lo otro? NO. ¿Qué significa NO? Que NO. Y así llegamos al 9 de julio con todos los medios pendientes de que los barones del PSOE salgan de su Comité Federal diciendo que NO y cientos de periodistas dispuestos a lanzarse como una marabunta sobre Sánchez para que les diga que NO. Pero González ha dicho que a lo mejor, ¿usted qué dice? Que NO. Y mañana dirán, ¡ay, lo que ha dicho! ¿Qué ha dicho? Que NO. Y algún medio habrá que titule en portada que en el Comité Federal del PSOE se constata la división de opiniones. Y algún lector habrá que se decida a seguir leyendo más allá del titular para encontrarse con que en el cuerpo del artículo el analista dice que todos dijeron que NO, pero que a saber qué querían decir, porque NO puede querer decir muchas cosas menos NO. Y por eso es muy probable que a partir del lunes todos los analistas y opinantes de este país llenen sus columnas y tertulias analizando y opinando sobre qué quiere decir NO.

Aquí y allá, aún queda alguna persona de la especie pensante que a solas se pregunta cómo es posible que cueste tanto entender que NO es NO. La respuesta conduce  a una realidad tan lóbrega que para atreverse a contemplarla hace falta un valor heroico.

Rajoy y su gobierno se dedicaron durante cuatro años a demoler, poco a poco y concienzudamente, las instituciones; a degenerar los valores morales de la sociedad; a utilizar su poder para destruir la credibilidad de la prensa. Después del bombardeo, con la razón y la voluntad de los españoles yaciendo moribundas bajo los escombros, ¿qué más da que las voces públicas nos sigan contando lo mismo y que el presidente siga siendo Mariano Rajoy? Nadie quiere que algo cambie porque nadie sabe si puede cambiar a peor y, por si acaso, que no cambie nada o solo el atrezo, como el cambio de presentadora en Gran Hermano. Nadie quiere respuestas rotundas que puedan causar una conmoción. Como dicen los anglosajones, que de sentido práctico tienen un rato, “no hagáis olas”, queriendo decir que nadie cause turbulencias. Cuenta una leyenda que cuando el alma de un condenado llega a un determinado círculo del infierno que consiste en un tanque lleno de mierda líquida, todas las almas que allí penan le suplican en coro: “No hagas olas”.

¿Y todavía se preguntan los del PSOE cómo es posible que hayan perdido votos después de que Sánchez se dejara el trasero y las suelas de los zapatos y las palmas de las manos y la piel de las mejillas recorriendo España para aproximarse a la gente y explicar su programa para cambiar el país? La respuesta la han dado a voz en grito más de siete millones de españoles. Hace cuatro años, el PP prometió cambiar las cosas y cumplió su promesa y las cambió y mira cómo estamos. A ver si ahora, por querer cambiar lo que hay, resulta que en vez de flotar en el tanque, nos vamos al fondo. Quite, quite, mire lo poco que se mueve Mariano Rajoy y lo rozagante que está que ni se inmuta por paladas de basura que la realidad le eche encima.

Y encima, Sánchez se atreve a decir y repetir con locura temeraria una palabra que no hay trabajador ni aspirante a trabajador que se atreva a pronunciar en este país. Con razón dicen que el PSOE ha dejado de ser el partido de los obreros. Sánchez y los suyos no quieren darse cuenta de que el tiempo de la dignidad y el orgullo ya pasó. Que uno de los triunfos más rotundos de Mariano Rajoy y su gobierno es haber conseguido que todos los obreros de España se hayan acostumbrado a decir a todo que sí.

Mientras Sánchez y el PSOE se emperren en decir que no; que Rajoy, no; que la España de Rajoy, no, los medios seguirán empeñados en decir que NO no puede ser NO porque no puede ser que después de un bombardeo tan brutal que no ha quedado piedra sobre piedra de lo que antes era España y sus muchos españoles, aún sobrevivan quijotes capaces decir que no.

 

¡Estamos en España, coño!

Hace unos días no enteramos de que el Ministro del Interior utilizaba su poder para que se investigara a adversarios políticos a fin de hundirles política y personalmente. Dice el Ministro del Interior que el Presidente del Gobierno lo sabía. Rajoy y Fernández Díaz reaccionan atacando a quienes se atrevieron a revelar su falta de escrúpulos y de respeto a la democracia. Mariano Rajoy y Jorge Fernández Díaz siguen en sus cargos como si no hubiera pasado nada.

Hoy es día de reflexión y mañana día de elecciones en el que se decide si seguimos sometidos durante cuatro años más a un partido corrupto que seguirá recortando nuestras libertades y nuestros derechos o si damos el gobierno a un conglomerado de doce partidos con un líder populista que ha fundado su campaña en la mentira cambiando de ideología de un día a otro según el lugar y la gente que acude a su mítines o a un partido que ofrece un socialismo moderado proponiendo soluciones posibles a los problemas que afectan a los ciudadanos.

El programa “A vivir que son dos días” de la Cadena SER dedica
tres horas esta mañana a hablar del Brexit inglés.

El Brexit inglés consigue que en España, en víspera de elecciones, la prensa dirija la atención de los españoles a otro país olvidando lo que está ocurriendo aquí para que la corrupción y los atentados contra la democracia no influyan en el voto que tenemos que emitir mañana.

Puede que a partir de mañana, gracias a una prensa comprada por el poder financiero y a la ignorancia de la mayoría, continúe el proceso de demolición de la democracia y del estado de bienestar que obtuvimos con la transición. Puede que a partir se mañana sigamos lamentándonos por no haber tenido el valor suficiente para luchar por lo que es nuestro y puede que nuestros lamentos no sirvan para nada.

¿Qué podríamos hacer? Por ejemplo, colapsar los correos de la prensa diciéndoles que hoy no nos interesa lo que está pasando en el Reino Unido ni cómo se sienten los ingleses porque estamos en España, coño, y mañana somos los españoles los que nos jugamos la vida.

Palo de madrugada

Entrada escrita a toda prisa en mi muro de Facebook

Buenos días, amigos y compañeros.

Las cinco de la mañana. Llego a mi despacho porque el día va a ser movidito y me va a exigir todas las horas que pueda dedicar a poner en palabras lo que pienso. Abro mi instrumento de trabajo y me encuentro con un mensaje de mi amigo Odón Elorza.        -Qué rollo-, dice, y me envía a un enlace. Voy, leo, y me quedo a cuadros. En primer lugar porque el autor me lleva al territorio de las matemáticas en el que inevitablemente me pierdo. No sé hacer un ocho con dos canutos. Que le vamos a hacer, nadie es perfecto. Mi estupor surge de las profundas consideraciones filosóficas que han configurado mi código moral.

Me explico. Para mi, España, como cualquier territorio entre fronteras, es una cáscara vacía, como dije en un artículo escrito hace tiempo. Lo que da vida al país, a cualquier país, es la vida de la gente que lo habita. España es hoy un territorio donde una mayoría vive en la incertidumbre, y por lo tanto con miedo, intentando defender lo que tiene como puede. Junto a estos, otros que tienen muy poco y otros que no tienen casi nada y otros que dejaron de tener. Son una minoría de millones. Los unos esperan de los futuros gobernantes que alivien su zozobra con medidas que les garanticen que la cosa no va a ir a peor. Los otros esperan que los futuros gobernantes alivien las penurias causadas por un gobierno que se pasó cuatro pueblos porque, aún sabiendo que en España hay muchos españoles, se puso a gobernar pasándose a los españoles por el forro.

¿Y qué tiene que ver con esto el artículo que Odón  me ha enviado hoy de madrugada? Tiene que resulta que estamos en campaña para elegir a los políticos que nos van a gobernar. Tiene que los españoles estamos pendientes de unos candidatos de los que depende que el país empiece a rehabilitarse o que se vaya definitivamente y por muchas décadas al garete. Pendientes estamos, con el alma en un ay, de que nos digan qué piensan hacer para rescatar a los que cayeron al abismo, a los que están a punto de caer y a los que viven con miedo de caerse.

Y he aquí que los políticos están hablando de pactos para sumar votos que les den escaños con sus subvenciones y prebendas y que votos y escaños les den poder. O sea, un rollo.

Aquí os dejo el enlace al artículo que me envió Odón Elorza. Decidme si las profundas reflexiones del articulista son las que se esperan de un político que vive en un país lleno de gente agobiada que necesita desesperadamente soluciones que nos devuelvan una vida normal, normalmente humana. Decidme donde percibís humanidad en este rollo. Yo no la encuentro.

http://pabloechenique.info/los-puestos-de-salida-asi-a-palo-seco-no-existen/

La rota España se rompe

(Publicado en Publicoscopia el 5 de octubre, 2014)

España se rompe por el flanco oriental, cosido desde siempre con poca traza. ¿Es la culpa, acaso, de quien la cosió? ¿O son culpables, por ventura, los prohombres que llevan centenarios estirando, unos  cap aquí (en el español de todos los españoles: hacia aquí) y otros hacia allá? Desdichada España que ha visto nacer tantos varones eminentes ligeros de meollo.

Diría Pero Grullo que en la brumosa España del otoño de 2014, tal parecería que la Señora Cordura ha abandonado el territorio nacional dejando a los  lóbulos cerebrales donde suele ubicarse la inteligencia,  con el aspecto de cadáveres exentos de vida, como decía el Licenciado Don Menchaca, discípulo uruguayo de nuestro ínclito profeta medieval. Uno que no ha alcanzado la perfecta simplicidad conceptual de Don Pero se pregunta, ¿cómo es que siguen hablando y gesticulando las gentes como si normales fueran, teniendo, como tienen, en apariencia y por diversas causas, el cerebro averiado?

Hace poco nos enterábamos por investigadores diversos de que no tenemos un solo cerebro; tenemos dos: uno en la cabeza, el conocido de toda la vida, y otro en el estómago. El del estómago no piensa, nos dicen, sólo emociona al resto del cuerpo provocándole una reacción más o menos intensa según el estado de salud de las glándulas.  A juzgar por la deriva de nuestro amado país, arrastrado por la violencia eólica de todos los vientos del mundo hacia una realidad distinta de la que por realidad conocíamos, la existencia de un cerebro en el estómago no parece cosa de investigadores desencaminados que hayan perdido el norte.

Estamos asistiendo a una serie de fenómenos cataclísmicos que  o bien indican la actividad esotérica de un cerebro estomacal en el organismo de nuestros gobernantes, o habría que atribuirlos  a una  preternatural  invasión de huestes satánicas, como si Dios, Nuestro Señor, hubiese permitido que Satanás se cebase en nuestro modélico país como  le permitió, tiempo ha, que perpetrase todo tipo de diabluras contra la hacienda, la familia y la salud  del Santo Job. Como han llovido tantas lluvias desde que Pero Grullo paseara su sabiduría entre nosotros y  por no volver a las creencias de aquella época tenebrosa, preferimos optar por la explicación más racional y moderna. Aceptemos, pues, como hipótesis de trabajo, que tenemos un cerebro en el estómago que puede alterar y altera todo el resto del cuerpo y que en circunstancias climatéricas puede segregar  sustancias  alteradoras en tal exceso,  que llegan a inundar la parte más noble de la cabeza donde habita el juicio, fundiendo, temporal o permanentemente, los nervios transmisores del pensamiento racional. Esto explicaría el último trance que nos acoquina.

España la una, la grande, espera, con el alma en vilo y el cerebro del estómago revuelto, un choque de trenes que todos los agoreros vaticinan, sin parar mientes o tal vez parándolas, en que la permanente espera de una catástrofe puede paralizar al personal  dejando a medio mundo muerto de miedo. ¿Llegará la sangre al río? todos se preguntan.

Tres protagonistas tiene el entuerto que nos acongoja. Entuerto que no siendo ni el primero ni el más grave de cuantos nos han caído encima en los últimos años, se ha situado a la cabeza de todos los demás, y allí se ha ido inflando y engordando de tal manera que ya no deja ver nada de cuanto tapa. “España se rompe” es hoy por hoy el grito de toda garganta patriótica. Unas cuantas gargantas advierten que no es esa la tribulación más grave que aflige al país, pero como son pocas, sus advertencias no llegan al grueso de los oídos. O sea, que mientras la patria se descompone comida por dentro por una gusanera de su propia crianza que puede acabar con ella para convertirla en algo peor, sus hijos sólo ven que por fuera amenaza descoserse por donde suelen descoserse las prendas de más uso, es decir, por las costuras que un día se cosieron mal sin tener en cuenta que tiraban las sisas. ¿Mucho hacer para nada? preguntaría un despistado anglosajón, por ejemplo; lo que en román paladino significa: ¿Tanto ruido para tan pocas nueces? Lo que se descose puede volverse a coser poniendo hilo a la aguja (fil a l’agulla, que dice el dicho catalán) y un poco de esmero para que esta vez la costura dure más inviernos. ¿Por qué, entonces, se empeñan, dirigentes y voceros, en convertir asunto de tan fácil arreglo en una tragedia griega con su Edipo, su Creonte  y su patética Antígona, envueltos todos ellos en drama tan horrendo que, como decían nuestros padres, al final muere hasta el apuntador?

Como es de todos sabido, tuvo nuestro país, antes de ayer, un presidente que iba para santo. Este señor pensaba con el cerebro del estómago que, al carecer de la facultad de la razón, es incapaz de pensar como piensa el cerebro que calcula, y produce, por lo tanto, reacciones tan insólitas y peligrosas como la de intentar gobernar un país sintiendo compasión por sus ciudadanos y destinando los dineros públicos al público bienestar, sin comprender lo que todo gobernante sensato comprende: que si se gastan los dineros públicos en el bienestar del público, las arcas públicas se quedan sin fondos con que pagar otros asuntos de mayor enjundia. Apabullante como pueda resultar tanta insensatez, el extraviado presidente aún hizo algo peor  llegando al colmo de lo tolerable; dijo a los catalanes que respetaría su voluntad.

Fue el principio del fin. Como lo que mal empieza no puede terminar de otra manera, el presidente de la cabeza averiada se marchó, dejándonos con una mano adelante y otra atrás como únicos medios con  que taparnos la vergüenza de ser tan pobres como lo habíamos sido en otros tiempos.

Y subió al sillón del que más manda el, hasta entonces, jefe de la oposición. Érase y es el presidente actual hombre de un solo cerebro, el de la cabeza,  cabalmente empeñado en conducir al país con la sensatez proverbial de los sensatos. Don Mariano Rajoy gobierna tranquilo, con esa paz propia de las sustancias de los sepulcros que algunos vivos disfrutan antes de convertirse en cadáveres por tener el cerebro estomacal medio muerto o haber nacido sin él. Como dicen los entendidos que no podía ser de otra manera, hizo desde el principio todo lo contrario de lo que había hecho el anterior. Gobierna sin aspavientos, encerrado en el  hermético silencio  en el que la plebe ha reconocido desde siempre al sabio o al idiota. No cabe duda alguna  de a cual de los dos grupos pertenece nuestro regidor. Miente con aplomo y defiende sus mentiras con tal convicción que ya casi no queda en el país vocero alguno que insista en interrogarle. Desde el principio de su mandato y con la firmeza inmutable que usualmente se atribuye a una roca o a una mula,  dijo a los catalanes que se guardaran su voluntad allí donde no pudiera incordiar a nadie. Y viendo que cuanto había hecho era bueno, se puso a descansar como Dios.

No descansan los que le circundan. Unos le apremian a que dialogue, otros a que mueva ficha, otros a que haga lo que sea. Pese a todo y a todos, el inmutable mandatario no se mueve, ni está dispuesto a moverse ni a hacer cosa alguna de las cosas raras que le piden que haga. ¿Para qué? Los ciudadanos le admiran. Admiran su roqueña firmeza hasta quienes no encontraban ningún otro motivo para admirarle.  Descansando en su imperturbable ataraxia, no sería de extrañar que Don Mariano sienta una ligera oscilación del ánimo cada vez que recuerda con agradecimiento el favor que le están haciendo los catalanes, evitando que otras cosas le hagan perder el sillón.

Mientras tanto, sentado en su esquina, el presidente de los catalanes también espera tranquilo, aunque no tanto. Conseller de Política Territorial i Obres Públiques, luego de Economia i Finances y mas tarde Conseller en Cap (Primer Consejero) antes de llegar a la cumbre, los antedichos cargos le sitúan en las arenas movedizas de la corrupción que desde recientes fechas está siendo investigada en varios juzgados. Hasta ahora Artur Mas ha recurrido al “yo no sabía nada” dando muestras de una cara tan diamantina como la de  Mariano Rajoy, al que también se parece en la sensatez y el hieratismo con que espera el natural devenir de las cosas.

Fiel a su ideología, Artur Mas empezó a gobernar recortando al estilo del más puro liberalismo, granjeándose la antipatía de todas las víctimas de sus recortes. Muy negras pintaban las encuestas para el susodicho y su partido cuando de pronto, en un tarde memorable del día de la Diada de Cataluña de hace dos años, se echaron a la calle más catalanes que lanzas tiene La Rendición de Breda, exigiendo el derecho a decidir si querían seguir formando parte de la España grande o acabar con el invento cortando los hilos que quedaran por cortar. Artur Mas, como el otro, se puso a la cabeza de sus ciudadanos iniciándose entre ambos lo que se llama un diálogo de besugos: uno que sí y el otro que no.  Los motivos por los que el presidente de los catalanes  descansa en paz son los mismos  que tranquilizan al presidente de todo los españoles, sólo que, gozando el primero de una mayor fluidez verbal en varias lenguas y de un gusto por las candilejas propio de un histrión, prodiga más que el último sus actuaciones declamando cuanto se le pasa por el magín cual redivivo Juan sin miedo. Si para que los votantes le devuelvan la confianza perdida hace falta hacerse independentista, uno se hace independentista y sanseacabó. Dicen los voceros que su arrojo y su obstinación  le han metido en un jardín del que no le saca ni la mare del Tano (madre de la mitología catalana de un personaje, mitólogico también, que sirve para todo, o como diría la madre de muchos españoles, que igual vale para un roto que para un descosido). Y si ni la mare del Tano le saca, debe pensar él, pues nada, que no se mueve de ahí. O sea que, en resumidas cuentas, ni Mas ni Rajoy se mueven aunque el primero realiza movimientos virtuales para que se le aprecie cierto contraste con el segundo.

Por último, el tercer personaje de la tragicomedia: los catalanes.  Los catalanes van, como iba el poeta, de su corazón a sus asuntos, aunque cada día que pasa les cuesta más pensar con la cabeza. Los que mandan les dicen “Votarem” (“votaremos”), y  las cálidas sustancias con que la emoción anega los cuerpos les sale hasta por los ojos. De política no quieren saber nada, sólo que votarán. Lo que más asusta a todos los españoles es que cada día que pasa aumentan los catalanes dispuestos a votar Sí, Sí, y hasta se teme que los más extremistas acaben proclamando unilateralmente la independencia de la República de Polaquia (se dice polaco de varios individuos que por diversos motivos recibieron el mote en los siglos XVIII, XIX y XX, entre ellos, los catalanes). ¿Pero cómo ha podido producirse tal desafección? ¿Tan distinta es Cataluña de España? Corruptos hay igual en ambas partes, como se ha demostrado. El interés por la pela (peseta) también ha demostrado ser el mismo entre los de allá que entre los de aquí. ¿Qué quieren entonces? ¿Una España en miniatura que sólo a los turistas interese?

El Espíritu de España  dice a Cataluña entre suspiros, “Hija mía, ¿por qué quieres abandonarme? ¿No ves que eres sangre de mi sangre?” A lo que la díscola responde “Vale. Soy tan hija de Putifar como tú, pero quiero serlo en mi propio piso y sin que metas tus narices en mi habitación”. (Putifar: personaje del libro del Éxodo. La relación con lo anterior  es  meramente onomatopéyica).

Por la razón que fuere, lo cierto es que los catalanes están de España, de su presidente, de sus ministros y de su Tribunal Constitucional  hasta la barretina.  Más o menos tanto como el resto de los españoles; estos, hasta la coronilla. Parece que ni Mas ni Rajoy les podrán contener si no pueden votar. ¿Cómo acabará tan doloroso conflicto?  Puede que los catalanes se conformen con meter su opinión en cualquier caja puesta en cualquier lugar o puede que no. Puede que les junten la elección del estado que quieren con la elección de los que quieren que lo dirija y puede que entonces se les enfríe el cerebro del estómago y les resucite el de la cabeza, que por algo se les considera gente de seny, o puede que no. Pase lo pase, no cabe duda de que pasará lo que Don Francisco de Quevedo vaticinara en Los Sueños remedando a Don Pero Grullo:

Muchas cosas nos dejaron

las antiguas profecías

dijeron que en nuestros días

será lo que Dios quisiere.

Quiera Dios o la diosa Fortuna que españoles todos nos pongamos de acuerdo para librarnos de histriones y mangantes, enviándoles con nuestro voto a sus casas, de las que  nunca debieron haber salido para amargarnos la vida.

Rey o no rey, nuestra prioridad, el ser humano

Buenos días, amigos, por encima de todo. Ahora lo segundo importante: el rey abdica. Y ahora mi opinión:calma, mucha calma.

Cada persona o familia que se queda en la calle tras un desahucio, cada persona o familia que tiene que buscar la comida en un contenedor o en un comedor de caridad, cada persona o familia que no tiene un sueldo a cobrar que les alivie la angustia; cada persona o familia que se acueste y se levante sufriendo ante un futuro negro es infinitamente más importante, son infinitamente más importantes que lo que pase en la Casa Real.

Dejemos que hagan lo que les de la gana. Lo van a hacer de todos modos.

No es nuestra prioridad. No olvidemos lo que está pasando aquí, en el día a día, en la casa de los que sufren y en el alma de los que sufren en la calle. No nos dejemos distraer.

Monarquía o república, sí, tenemos que luchar para que nos permitan decidir, pero mientras tanto, no olvidar que somos personas obligadas por nuestra propia naturaleza a ser solidarios con otras personas.

Por los que sufren y por nosotros mismos, luchemos por exigir que la primera prioridad de este país sea el ser humano.

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