La nave de los estúpidos

El president de Cataluña y los suyos han dado una demostración espectacular del daño que pueden infligir a la sociedad unos individuos estúpidos.

Define el diccionario al estúpido como una persona necia, falta de inteligencia. No me circunscribo aquí a esa definición. El historiador económico Carlo Cipolla describió el fenómeno de la estupidez con mayor amplitud destacando el daño que los estúpidos infligen a la sociedad.  Aquí me baso en sus deducciones.

Una persona es estúpida, dice Cipolla,  si causa daño a otras personas o grupo de personas sin obtener al mismo tiempo un provecho para sí, o  incluso peor, provocándose daño a sí misma.

El Govern y el Parlament de Cataluña decidieron el 7 de septiembre forzar dos leyes que iban a causar un daño, hasta hoy incalculable, a toda la sociedad catalana, sin que hasta hoy pueda comprenderse muy bien qué ganancia pretendían obtener.

Es inútil intentar comprenderlo. Dice Cipolla que a las personas razonables les resulta difícil imaginar y entender un comportamiento estúpido. Es así, porque tal comportamiento escapa a la razón; porque responde al universo sin límites del absurdo. Las personas razonables se encuentran completamente desarmadas y a merced del estúpido, explica,  precisamente por la imposibilidad de comprender la estupidez. Es esta indefensión del razonable lo que hace que los estúpidos sean tan peligrosos y funestos.

Puigdemont y los suyos rompen con las leyes de España y proclaman, por ley, que en Cataluña rige, desde ese momento, una legalidad distinta. Amparándose en esa nueva legalidad, convocan un referéndum para legitimar con votos la separación de España y se comprometen a proclamar la independencia en cuanto se compruebe que la mayoría de los votos dicen que sí a la secesión.

Por el camino de la razón se llega sin ninguna dificultad a entender  que esas leyes catalanas no tienen otro fundamento que el voluntarismo de quienes las concibieron.  Por el camino de la razón se llega al muro infranqueable de la realidad contra la que, inexorablemente, acabarán estrellándose quienes las concibieron y pretenden imponerlas o sí o sí. Ese muro es la Constitución del estado español  en la que se proclama la unidad indivisible de España.

Una gran parte de los catalanes creen que la Constitución ya no rige en Cataluña, que los catalanes ya son independientes porque lo ha decretado su Parlament y ellos lo  han votado en referéndum. Esa parte de los catalanes que cree por fe cuanto dicen el govern y sus propagandistas, la ANC, Omnium Cultural, pertenece el grupo de individuos que Cipolla denomina los incautos o desgraciados, aquellos que benefician a los demás y se perjudican a sí mismos.

Debería bastar recordarles que el estado español tiene todos los recursos para evitar la secesión; entre ellos, el ejército, garante de la unidad de España por mandato constitucional. Pero es inútil. A cada argumento racional, el incauto responde con el argumentario que le dictan los líderes independentistas. Hace meses, un amigo me dijo que el gobierno de España no podría evitar el referéndum. Le respondí que sí podía y lo haría aunque tuviera que enviar a la Policía y a la Guardia Civil. Se rio a carcajadas.

Los líderes independentistas aseguraron a los catalanes que podrían votar sin ningún problema y que si votaban que sí, Cataluña sería independiente en 48 horas. Cuando el Tribunal Superior de Justicia ordena confiscar el material para la votación y cerrar cualquier local donde se pretendiera poner urnas, los líderes instigan a la gente a salir a la calle y a ponerse frente a las puertas de los locales donde se fuera a votar, para barrar el paso a las fuerzas del orden. Las fuerzas del orden sacan a la gente a porrazos. Los líderes siguen instigando a la gente a manifestarse contra las fuerzas del orden. Protestas multitudinarias. Huelga general. ¿Resultado? Cuantitativamente proporcional a la magnitud de la estupidez de los líderes: centenares de lesionados y millones en pérdidas para la economía del país.

Mientras tanto, Mariano Rajoy y su gobierno observan las protestas y las huelgas con parsimonia inalterable. ¿A quién perjudica esa exhibición de multitudes en las calles  y tiendas y negocios cerrados? A los catalanes, por supuesto, a nadie más que a los catalanes.

Porque Mariano Rajoy no es estúpido. Mariano Rajoy razona perfectamente. Pertenece al grupo que Cipolla llama los malvados, aquellos que perjudican a los demás para beneficiarse a sí mismos. Mientras los incautos catalanes corren de aquí para allá repitiendo los disparates que les dictan, Rajoy contempla cómo la cesta que ha puesto para pescar se va llenando de votos sin costarle más esfuerzo que aparecer de vez en cuando en los medios para recordar a todos  su firmeza en la defensa de la unidad de España. Pero, ¿no teme que, como dicen los líderes independentistas, la comunidad internacional le obligue a reconocer el derecho a la autodeterminación de los catalanes y la independencia que los catalanes pidieron en el referéndum?

Por supuesto que no. No hay líder europeo al que se le ocurra poner en peligro la unidad de su país y la solidez de la Unión Europea abriendo la puerta a todos los independentismos que puedan surgir dentro de sus fronteras. ¿Y los Estados Unidos? Menos. La caótica mente de Trump puede hacer que se pregunte qué pasaría si a los tejanos, que siempre han sido muy suyos,  se les va la pinza y deciden seguir el ejemplo catalán. No hay gobierno dispuesto a tomarse en serio un llamado referéndum que no pasó de sainete tragicómico; muy triste para quienes asistieron a la distancia analizándolo racionalmente.

Cuando Puigdemont anuncia el resultado de la votación rocambolesca llamándola referéndum con la misma cara pétrea con que ha anunciado tantas mentiras, sabe que estas mentiras llegarán a las glándulas de los incautos, y que los incautos saldrán a la calle arrebatados por la emoción dando la cara y el cuerpo por los líderes que les agitan. ¿Qué beneficio obtienen de todo el perjuicio que están causando a su país, siendo el peor la división de la sociedad catalana? Tal vez la satisfacción de sentirse mártires de la independencia, aunque esto es algo tan subjetivo que no se puede afirmar. Objetivamente, de toda esta locura ningún catalán puede esperar beneficio alguno.

¿Y la corrupción? ¿Y el desempleo y los salarios indignos y el trabajo precario y la pobreza? ¿Y la falta de personal y medios en los hospitales y en las residencias de ancianos? ¿Y las carencias en los colegios y universidades? En Cataluña, una palabra ha cubierto una gran parte de las conciencias como una estelada colosal: independencia. ¿Qué pasará cuando esa cubierta se retire y nos veamos todos a la intemperie? Lo peor que nos podría pasar es que Rajoy pusiera en práctica toda su maldad y dejara a los líderes independentistas seguir con su acción devastadora dejando a Cataluña sola, con una deuda descomunal y un bono basura, teniendo que volver a una economía primitiva para no morirnos de hambre. Pero esto, afortunadamente, no puede ocurrir porque Rajoy no es estúpido.

Algunos estúpidos, dice Cipolla, causan sólo perjuicios limitados, pero hay otros que llegan a ocasionar daños terribles, no ya a uno o a dos individuos, sino a comunidades o sociedades enteras.

Contaba Platón que en una nave, los marineros se volvieron locos, depusieron al capitán y los más locos se hicieron con el control del timón después de echar por la borda a quienes tenían idea de cómo navegar. Los locos que quedaron, tal vez simplemente estúpidos, llevaron a la nave al naufragio.

Tal vez los catalanes aún estemos a tiempo de que algo, alguien nos salve. Tal vez encontremos, como siempre, las fuerzas dentro de nosotros mismos para salvarnos. Pero costará muchos años reconstruir las ruinas en las que habrá quedado nuestra sociedad cuando termine esta travesía por la locura.

Las leyes fundamentales de la estupidez humana. Carlo M. Cipolla

 

 

 

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La victoria de la estupidez

Se acabó la fiesta que se montó en Cataluña para celebrar la Diada de 2015; una fiesta que duró quince días. Luces, colores, música, percepciones que penetraban por los poros y corrían con la sangre hasta los lacrimales. En vivo y en directo o en televisión, todo el pueblo pudo disfrutar del mayor espectáculo del mundo, incomparablemente superior al de cualquier otro espectáculo pasado o por venir. Porque en el apoteósico final, un solo hombre aparecía en el trapecio, colosal, majestuoso, dispuesto a lanzarse al vacío llevando bajo su capa a siete millones y medio de figurantes.

Toda fiesta termina con un apagón emocional semejante al que experimenta el cuerpo tras un orgasmo. Es el momento infausto de enfrentarse al merder, gráfico vocablo catalán que representa desde cualquier tipo de desorden en sentido literal o figurado, hasta el lugar donde se acumula la mierda. En la mañana gris, los ojos se enfrentan a los perfiles contundentes de una realidad asquerosa, y el alma, a la fugacidad de la alegría. Hay que ordenar y limpiar, no queda otra, y lo sabemos. Pero durante un momento más o menos largo, según la psicología de cada cual, nos invade la sensación paralizante de no saber por dónde empezar.

Empecemos.

Si hay un grupo humano que tiene algo claro sobre la situación de Cataluña antes, durante y después de la “fiesta democrática” de las elecciones es el de los analistas políticos. Todos coinciden en que la situación es de una enorme complejidad. Tienen razón, sin duda. Considerando que se convocaba a un plebiscito y no a unas elecciones autonómicas, pero que los resultados se contarían como elecciones autonómicas y no como plebiscito; considerando que el partido del sí no era un partido sino un grupo de políticos, representantes de asociaciones no políticas y personalidades varias que obligaba a los electores de izquierdas a votar por un partido de derechas y viceversa y a elegir en cualquier caso a un presidente de derechas de toda la vida, pero ahora de nada, porque no se trataba de elegir a quien iba a gobernarnos sino a quien iba a gestionar el sí; considerando que quien quisiera votar que sí, pero sin torturarse el cerebro intentando despejar las múltiples incógnitas de ese grupo poliideológico y multicultural, no tenía otra opción que la de echarse al monte votando por un partido antisistema; considerando que los electores del no tenían que elegir entre un partido de derecha radical, otro de derecha de centro o de extremo, según, y otro que ofrecía futuras reformas que nadie sabía dónde colocar por no tener ni pajorera idea de lo que le estaban proponiendo; considerando que a quien quisiera votar que sí a la independencia o que no sin encontrar su sitio en alguna de las anteriores opciones, solo le quedaba un partido que, como una especie de grupo sanguíneo universal, se presentaba como ni de izquierdas ni de derechas ni de sí ni de no; considerando todo esto, en fin, lo que sorprende es que los analistas se puedan tomar tal belén en serio y que pretendan explicarlo utilizando la lógica. El grado de irracionalidad al que ha llegado la política en Cataluña solo podría explicarse por los meandros de una lógica difusa compensatoria o por los del psicoanálisis. ¿Sabía el votante catalán qué programa político ofrecía Junts Pel Sí además del proceso para declarar la independencia?

Ahora resulta que la población de Cataluña se reduce al millón ochocientos mil catalanes que votaron por el sí, sumando Junts y CUP, y que dicen que la democracia exige que se siga con el proceso soberanista porque así lo mandan los ciudadanos. ¿Pero qué ciudadanos? Y los tres millones y medio que o no votaron por el sí o se abstuvieron, ¿qué tienen que hacer para que cuadre la cuenta, exiliarse? No cabe duda de que la democracia se ha transformado en una palabra huera bajo el poder y por la falta de respeto a los ciudadanos de los políticos del Partido Popular, sometidos éstos al poder omnímodo de los que tienen el dinero, pero si en lo que es una democracia, aunque solo sea oficialmente, la opinión de un millón ochocientos mil vale más que la de tres millones y medio, parece evidente que una de dos, o se revisa el significado del término o se le da un repaso de aritmética a los flamantes ganadores de las elecciones-plebiscito y a todos los que repiten su argumentario con fervor religioso. En cuanto a los analistas que repiten que el resultado de las elecciones ha dado un mandato claro a favor del soberanismo, no sabe uno qué recomendarles.

Ateniéndose a los hechos, del resultado de las elecciones no se puede deducir que haya una mayoría soberanista en Cataluña. Pero los independentistas son casi dos millones, se dice, no se les puede ignorar. Probablemente son mucho más que dos millones. El deseo de independencia, de ver a la nación catalana convertida en estado, nace con la gran mayoría de los catalanes, se alimenta en la familia y crece con la piel hasta la muerte. Es un sentimiento que forma parte sustancial de su idiosincrasia. Pero esto no significa de ninguna manera que el catalán nace y vive dispuesto a permitir que ese sentimiento prevalezca sobre su razón. Aceptando y respetando la realidad, el catalán ha aplicado sus facultades mentales al desarrollo propio y de su comunidad guardando y conservando sus deseos en el ámbito de las emociones. De donde tal vez nace el tópico de que los catalanes tienen al dinero como máxima prioridad. La máxima prioridad del catalán, como la de cualquier otra persona en cualquier parte de este mundo, es su propio bienestar y el de su familia. Puesto que en esta parte del mundo el bienestar no es posible sin dinero, los catalanes se aplican al trabajo para conseguirlo, como cualquier sociedad de personas equilibradas y responsables.

De pronto, sin embargo, las sustancias que producen las emociones parecen haber desbordado todos los diques anegando las facultades mentales de una gran parte de la población. ¿Qué ha pasado? Lo sabemos todos. De un lado, la crisis que de un modo u otro desestabilizó la existencia y el equilibrio emocional de todos; de otro lado, la malvada estupidez de Mariano Rajoy y su partido que detectaron muy pronto el rédito electoral que podían obtener oponiéndose al estatut refrendado por los catalanes; de otro, el oportunismo de Artur Mas y su partido que descubrieron, en el momento justo, el modo de utilizar la indignación de los catalanes para perpetuarse en el poder.

De repente, una parte muy importante de los catalanes olvidó las exigencias del bienestar, las reglas a respetar para obtener el dinero que el bienestar exige, su proverbial prudencia. Al grito coral, bien orquestado y dirigido, de independencia sí, el catalán lo olvidó todo, hasta el riesgo al que exponía la vida política, económica y social de su nación. Miren por donde, resultó que el amor a la pela por encima de todas las cosas no era tal. Que sí, grita la estupidez siempre tozuda. Que quieren irse porque no quieren compartir su dinero con el resto de España. Cierto que una de las formas de excitar las glándulas de los catalanes fue repetir que “España nos roba” manipulando cifras con la certeza de que muy pocos las iban a comprobar. Lo que el estúpido no consigue comprender es que ser expoliado se considera una consecuencia intolerable de la dependencia política de España, pero no es la causa que ha provocado la revolución del soberanismo. La causa fundamental es la negativa de algunos estúpidos a aceptar un hecho que el catalán vive como parte consustancial de su existencia; el hecho incontrovertible de que Cataluña es una nación.

En sus Leyes fundamentales de la estupidez humana, el economista Carlo M. Cipolla divide a todos los seres humanos en cuatro categorías fundamentales: los incautos, los inteligentes, los malvados y los estúpidos.

Llama incauto a quien sufre una pérdida con sus acciones al mismo tiempo que beneficia a otro. Quienes han sucumbido a la propaganda por la independencia ignorando los efectos del desgobierno y la corrupción que han destruido la cohesión social en Cataluña durante los últimos cinco años, sufrirán la pérdida de muchas cosas cuando se convenzan o les convenzan de que la independencia no es posible. Tendrán que aceptar que han sido incautos.

Malvado es el que realiza una acción que le beneficia perjudicando a otro. Artur Mas en Cataluña y Mariano Rajoy en España han supeditado el bien común a sus propios intereses y a los de sus partidos. Al daño que ambos han causado a las personas por su política de austeridad y privatizaciones, se une la descarnada manipulación de las emociones con que Artur Mas ha puesto en peligro la democracia, la convivencia y la estabilidad política de Cataluña, y el calculado inmovilismo de Rajoy que ha hecho imposible cualquier solución negociada.

“Una persona estúpida”, dice Cipolla, “es aquella que causa un daño a otra persona o grupo de personas sin obtener, al mismo tiempo, un provecho para sí, o incluso obteniendo un perjuicio”. Estúpidos son, por lo tanto, todos aquellos que pudiendo apaciguar y/o mediar en una situación tan crítica para Cataluña y para España, echan más gasolina al fuego; por ejemplo y entre otras cosas, defendiendo la igualdad entre comunidades que nadie ha puesto en duda; insultando de un modo u otro a los catalanes; negando a Cataluña el derecho a definirse como nación.

Partiendo de la premisa de que la mayor parte de las personas no actúa de un modo coherente, Cipolla demuestra cómo pueden darse diferentes combinaciones. Una persona inteligente, por ejemplo, puede en determinada circunstancia actuar como un incauto; un malvado puede ser inteligente o puede ser estúpido. Afirma, Cipolla, sin embargo, que “la mayoría de las personas estúpidas son, fundamentalmente y firmemente estúpidas; en otras palabras, insisten con perseverancia en causar daños o pérdidas a otras personas sin obtener ninguna ganancia para sí”. Y aún añade que “existen personas que con sus inverosímiles acciones, no sólo causan daño a otras personas, sino también a sí mismas. Estas personas”, dice, “pertenecen al género de los superestúpidos”.

Según estas leyes de Cipolla, es imposible que un estúpido analice la situación actual de Cataluña, de España entera con la racionalidad y la ecuanimidad que exige la situación socialmente desastrosa del país. Las encuestas siguen otorgándole la mayoría al partido que ocasionó el desastre y los malvados estúpidos siguen colaborando a su favor intentando dividir a las fuerzas que, unidas, podrían quitarle el poder. Concluye Cipolla advirtiendo de lo peligrosos que resultan los estúpidos: “Algunos estúpidos”, dice “…llegan a ocasionar daños terribles…a comunidades o sociedades enteras”. Hace cuatro años el Partido Popular obtuvo mayoría absoluta y con ella el poder absoluto para dejarnos como estamos hoy. Eliminando a aquellos que de su voto hayan obtenido algún beneficio, podríamos encontrarnos, siempre según Cipolla, con una multitud aterradora de superestúpidos que pueden volver a dar el poder a los mismos para que nos acaben de destruir el país.

Queda la última categoría; los inteligentes. “Inteligente es aquel que se procura un beneficio que beneficia a otro a la vez”, dice Cipolla. ¿Hay alguien? Pues como no se explique bien y convenza, no habrá quien impida que nos vayamos todos al garete.

Apañárselas sin porra. (Respuesta rápida y sencilla a un amigo heterosexual).

La supremacía del hombre se fundaba en un hecho muy simple: la fuerza física del hombre es varias veces superior a la fuerza física de una mujer. Un hombre puede matar a una mujer de un porrazo; la  inmensa mayoría de las mujeres no tienen la fuerza necesaria ni para defenderse de la agresión.

La tecnología ha mermado el poder de la fuerza física. Ya no es necesario enfrentarse cuerpo a cuerpo con porra o con lanza. Si tienes una pistola o un cuchillo largo y sabes cómo usarlos, te quitas al contrincante de en medio seas hombre o mujer, cachas o alfeñique. Los hombres que se autoproclaman heterosexuales -nadie más que ellos puede saber si lo son o no- asisten atónitos a la pérdida de ese poder que les daba la superioridad física y que les hizo sentirse superiores en todos los sentidos, aunque no lo eran. Ahora resulta que los hay más cortos, más estúpidos que una mujer, y que encima tienen que aguantar que la mujer lo diga y lo demuestre. Ahora resulta que los hay más cortos, más estúpidos y, en muchos aspectos, menos viriles -en cuanto a lo que convencionalmente se consideraban virtudes viriles- que un hombre que tiene relaciones sexuales con otros hombres,  y encima tienen que aguantar que esos homosexuales lo digan y lo demuestren.

Claro que llegará el día en que no será necesario celebrar el Orgullo Gay ni una celebración de heterosexuales -como algunos reclaman con cierta ironía- porque la inmensa mayoría de las personas  habrá entendido y aceptado que meter las narices en la sexualidad de los demás es de muy mal gusto.