Yo

Hace poco, un amigo de Facebook comentó una nota mía tildándola de “yoísta”. Tan impresionado había quedado el hombre por lo egocéntrico de mi escritura, que dijo no haber visto tanto “yoísmo” en su vida. Agradecí su comentario de corazón y sin ninguna ironía. Él no podía saberlo, pero estaba elogiando mi coherencia, una coherencia que me ha costado mucho esfuerzo y muchos años alcanzar.

En un libro que escribí y se publicó en España y América allá por el 87, dediqué el penúltimo capítulo a la explicación y defensa de lo que llamé perspectiva egocéntrica. No era un invento mío, por supuesto. Lo mío era el término y la manera de enfocar el asunto. Lo resumí así: “Es en el espacio interior de cada individuo donde se decide la búsqueda de información, su integración y todas las relaciones que establece con el espacio externo a él…El hombre sólo puede conocer y actuar en función de su conocimiento, desde una perspectiva egocéntrica”.

Cada uno de nosotros tiene una realidad interior distinta a la del espacio que le rodea; un mundo absolutamente propio y sólo parcialmente comunicable. Es en ese mundo interior donde habita eso que llamamos Yo, el yo que percibe, piensa, siente, se emociona; el yo que decide nuestros actos, nuestra relación con el mundo de afuera.  Sólo desde el yo se puede entender el mundo y decidir qué vamos a hacer en él.

Pero ocurre que las convenciones sociales han querido darle un significado peyorativo a palabras como ego, egocéntrico, egoísmo. Convencionalmente, al Yo se le presenta como enemigo de cualidades bien consideradas y bien vistas como la humildad, la generosidad, el altruismo. Es decir, que eso que somos por dentro y que no podemos dejar de ser, resulta que es malo, razón por la cual tenemos que aceptar que todos somos malos o, como dice la Iglesia, pecadores. Lo que convierte al mundo en un valle de lágrimas,  y a nuestra existencia, en una tragedia sin remisión ni solución.

¿A quién se le ocurrió la brillante idea de convencer al ser humano de que es un ente infecto incapaz de cosa buena si Dios no le ayuda; condenado a complicarse y amargarse la vida, complicándosela y amargándosela, por extensión, a los demás? Respuesta fácil. Pergeñó la idea eso que llamamos genéricamente el Poder, incluyendo en el nombre a todos los seres infectos que a lo largo de los siglos han utilizado su fuerza, la bruta o la de cualquier otra índole, para exprimir al más débil. Destruye el amor y el respeto que un ser humano debe sentir por sí mismo si quiere cumplir su obligación natural de ser feliz, y tendrás un individuo dócil que no se atreverá a cuestionar ninguna norma que le impongan.

¿Y por qué sociedades enteras han aceptado los conceptos que el Poder les ha inoculado con el fin de destruir el Yo, único gobernante legítimo del mundo interior de cada individuo humano? ¿Por qué la mayoría acepta convertir su mundo interior y el de los demás en mero depósito de conceptos, valores y creencias ajenos, incorporándose y obligando a sus iguales a incorporarse al rebaño que transita, sin pensar,  por las colladas que le designa el Poder? ¿Por qué los domesticados acuden prestos a aplastar a cualquiera que manifiesta un yo saludable, libre, que se niega a dejarse domesticar? Otras preguntas de fácil respuesta; por el miedo.

El Poder se ha impuesto siempre por el miedo. ¿Significa eso que la mayoría de la sociedad es cobarde? Significa que la mayoría se aferra a la supervivencia sin saber que eso que en ellos se empeña en sobrevivir es su yo. La gran tragedia de la existencia de la mayoría de las personas es precisamente la lucha constante del yo por sobrevivir contra la constante presión de aquellos que intentan destruirle. El yo sufre, se queja de los ataques que recibe y son sus quejas y su pataleo lo que nos angustia, nos agobia y nos impide conseguir el equilibrio, llegar a esa satisfacción con uno mismo que es la felicidad permanente. Pero el yo, a pesar de las convenciones sociales y el miedo a rebelarse contra ellas, sólo se destruye cuando el cuerpo se apaga para siempre. Todos conocemos el “Pienso, luego existo” que se atribuye a Descartes. ¿Quién piensa? Yo. Y si pienso que existo no cabe duda de que existo.  O lo que es lo mismo, mi existencia depende del Yo que la confirma. De aquí que quien vive acallando o intentando ignorar eso que piensa y siente dentro de sí mismo vive luchando contra su propia existencia, es decir, se condena a una angustia perpetua cuya causa ni siquiera consigue identificar.

La humildad sincera nace de la inteligencia cuando realmente consiste en el reconocimiento de las propias limitaciones y debilidades. Cuando la humildad se exhibe porque está bien vista, es falsa, como lo es la modestia. ¿Por qué está feo que yo diga que mi hijo es muy guapo o que escribo muy bien? Estaría feo decir lo contrario porque sería una mentira. Estaría feo callárselo por no molestar a quien molesta que otros ejerzan su derecho a reconocer públicamente sus cualidades o sus éxitos. Este suele ser un miserable aquejado por un complejo de inferioridad o por una carencia real de cualidades que, en lugar de esforzarse por superar sus problemas, padece segregaciones biliares ante la superioridad de un prójimo. ¿Merecen estos infelices que uno se oculte bajo una falsa humildad por miedo al rechazo social?

La generosidad es una cualidad loable que se da en los seres humanos que sienten empatía por el otro. El altruismo supone llevar la generosidad al extremo de procurar el bien del otro aún a costa del bien propio. Pero es falso que la generosidad y su extremo no cuenten con recompensa. La recompensa inmediata del que da es la satisfacción que le produce dar. Hay personas muy generosas que dejan de serlo en cuanto el beneficiado deja de cumplir sus expectativas. Hay personas aparentemente altruistas que dejan de serlo cuando se dan cuenta de que vivir para los demás no es el fin para el que un ser humano ha venido a este mundo. La generosidad auténtica es la que nace de una auténtica empatía y la empatía solo puede sentirla quien se ama a sí mismo.

Hace poco decía una política en la radio: “Me da miedo la gente que no duda, que tiene las cosas claras”.  A mí, a mi yo, le dan pánico los políticos que no tienen clara cosa alguna. La duda es necesaria en el sentido cartesiano porque es lo que nos conduce en busca de la verdad; busca que no debe cesar mientras dura la vida. Pero en el sentido ético y moral, no solo hay que tener las cosas muy claras,  hay que ser intransigente con aquello que es ética y moralmente incorrecto. El respeto a la libertad y a los derechos humanos, por ejemplo,  es un imperativo ético y moral en toda circunstancia. El ser humano debe exigírselo a sí mismo y a los demás. Si uno comulga con los valores llamados de izquierdas, no se vale condenar los atentados contra la libertad y los derechos humanos que perpetran gobiernos de derechas y abstenerse de condenarlos si los perpetran gobiernos supuestamente de izquierdas. Quien tiene esas cosas muy claras, no dudará a la hora de condenar a Trump y a Maduro por igual. El gran hombre que fue Albert Camus dio un ejemplo al respecto cuando, perteneciendo al Partido Comunista, se negó a silenciar la existencia de campos en los que se esclavizaba a los trabajadores  en la Unión Soviética. ¿Por qué sigue habiendo tanto estúpido empeñado en atacar al contrario y silenciar todo defecto en quien considera correligionario?

Las sociedades humanas, todas, han persistido y persisten a lo largo de los siglos en matar el Yo de sus individuos. La mayoría de los individuos se dejan matar el Yo por el miedo más antiguo que a todos aqueja; el terror a la soledad, a ser excluidos del grupo, a quedarse solos. Lo cierto, lo indiscutible es que todo en lo que la humanidad ha conseguido evolucionar, se ha debido a las conciencias solitarias que han reflexionado en su propio laboratorio interior, y que analizando y buscando soluciones desde su perspectiva egocéntrica, han conseguido ir mejorando el mundo.

Yo tengo muy poca paciencia con los cobardes que, incapaces siquiera de aceptar su propia cobardía, atentan contra la valentía del individuo que se niega a seguir al rebaño.

 

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La política y el politiqueo

Diversas definiciones, digamos clásicas, de la política dicen que se trata de una lucha de individuos para conquistar el poder. Es en el cómo y el para qué de esa conquista donde unos y otros difieren.

La ética nos dice a todos que la política tiene que ser la gestión de los recursos de una comunidad humana –estado, ciudad, pueblo-  teniendo siempre como fin el bien común.   Si el objeto de la ética es el estudio del bien y el mal, y si el bien es aquello que conviene a la felicidad de los seres humanos y el mal aquello que la impide, la política ética tiene que ser la utilización del poder para garantizar un ambiente económico y social que propicie la felicidad de los ciudadanos.

La humanidad tardó siglos en aceptar que la ética pudiese determinar los fines políticos. Eso se planteó casi antes de ayer y todavía no ha conseguido entrar en ciertas mentes. Hasta el día de hoy, la experiencia nos dice que el asunto queda muy bonito en papel, pero que en la práctica, a los políticos les sigue tirando la doctrina de Maquiavelo; el que manda no debe permitir que la ética o la moral determine sus fines.

Dicen que el libro más leído de todos los tiempos es el Quijote; puede.  Pero el libro que mayor adhesión ha suscitado entre los políticos es, sin duda, El Príncipe de Nicolás Maquiavelo; tanto si se lo han leído, como si no. Esa adhesión práctica  al paradigma del precursor de la llamada Ciencia Política  no se basa en el estudio racional, reflexivo de su doctrina. Se basa, con toda seguridad, en el hecho de que su paradigma encuentra eco en las profundidades más tenebrosas del alma humana; allí donde habitan pasiones como la codicia y la ambición de poder. Las reflexiones de Maquiavelo sentaron las bases de la política moderna, pero también engendraron el politiqueo en la acepción más peyorativa de la palabra.

Hace cuarenta años, España intentó quitarse de encima la mugre franquista introduciendo política democrática en la gestión del bien común. Ahora bien, para limpiarse después de tantos años viviendo en el estercolero de la dictadura, no bastaba con el jabón en esponja que le aplicaron los padres de la constitución; hacía falta echar desinfectante y rascar con piedra pómez. Pero nadie se atrevió a meter mano a fondo por miedo a que saltaran las fieras a defender su cochambre. La Constitución vistió  a la política de democracia, pero bajo el vestido, el politiqueo siguió bullendo en la gusanera de siempre.

Los partidos políticos, recién nacidos a la legalidad, pronto perdieron sus ideales clandestinos para convertirse en organizaciones endogámicas donde la lealtad y el peloteo a los cargos superiores superan el valor del talento,  la capacidad, la competencia, y hasta la honestidad. Los cargos y los lugares en las listas que se presentan a la elección de los ciudadanos, salen de un casting en el que se seleccionan los más dóciles al llamado aparato -a los que más mandan-  por mostrencos, cínicos, desvergonzados, inmorales, etc.,  que sean los aspirantes. Y así llegamos a una película protagonizada por políticos ineptos, mediocres y, en cantidad alarmante, deshonestos.

No hace falta que el ciudadano tenga estudios superiores para que pueda discernir el contenido de los discursos que los políticos sueltan en los medios y en sede parlamentaria. Cualquier hijo de vecino de cualquier vecindario se ha dado cuenta hace tiempo de que la mayoría de los políticos repiten un guion escrito por un grupo de expertos en comunicación; eufemismo que hoy maquilla lo que es, en realidad, manipulación, es decir, distorsionar cuanto haga falta la verdad o la justicia para convencer al personal.

La voluntad de tomar el pelo al público se ha ido haciendo cada vez más descarada y cada vez más evidente debido a que, en el casting para la selección de los expertos,  se han ido imponiendo las mismas normas que para la selección de los actores políticos. Lo mismo ocurre con los comentaristas políticos de la mayoría de los medios de comunicación. No se busca quien sepa exponer la verdad de un modo inteligente y comprensible. Se busca quien esté dispuesto a exprimirse los sesos para hacer pasar por verdad lo que no lo es. Así ha llegado el discurso político a un nivel rastrero. Y así sigue bajando el nivel intelectual de los discursos sin que a nadie se le ocurra intentar elevarlo. Los políticos, por brutos que sean,  siguen considerándose una clase superior a la plebe; a esos que los doctos de la Edad Media llamaban los simples por considerar que la falta de instrucción les convertía en incautos y mentecatos. Esto ha llevado a asesores, politólogos y  políticos a deducir que al simple se le puede echar cualquier cosa porque se traga cualquier cosa que le echen sin detenerse a pensar.

Pero, ay, que de repente, como tormenta de verano con truenos y centellas, las bases de un partido, los simples, eligen a uno que los discursos de políticos y medios de comunicación, es decir, los poderosos, habían declarado maldito. De repente los simples descubren su poder y lo utilizan para despreciar a los supuestos doctos que les despreciaban y dar su poder a quien les promete gobernar por y para ellos. De repente el principal partido de la oposición cae de cabeza y las élites se ven obligadas a mirar desde abajo a quienes, desde arriba, ahora les dictan cómo tiene que ser la política de un partido socialista y democrático. ¿Qué produjo el milagro? Que, de repente, apareció un político que decidió cumplir su  promesa electoral y que dimitió cuando las élites le impedían cumplirla.

Pedro Sánchez propuso una política que volvía del revés lo que para Maquiavelo era un axioma. Si los militantes le elegían para liderar el PSOE, sería la ética la que determinaría sus fines y la moral la que regularía el comportamiento de todo aquel que tuviera poder de decisión en el partido; es decir, de todos los militantes. Pedro Sánchez prometió  utilizar el poder para garantizar un ambiente económico y social que propiciara la felicidad de los ciudadanos y prometió a los ciudadanos, representados por los militantes, dotarles del poder de controlar la vida pública de todos los cargos. Prometió, en resumen, devolver la política al Partido Socialista Obrero Español y acabar con el politiqueo. Y los militantes le creyeron porque su promesas venían avaladas por su trayectoria de cumplir a toda costa. Y le eligieron.

No hace falta una larga reflexión para comprender el alcance de semejante cataclismo político y social en un país en que la corrupción se ha llegado a aceptar como una enfermedad crónica y el politiqueo como forma habitual de despachar los asuntos públicos. Solo los más ingenuos pueden dudar de que los políticos afincados en el régimen maquiavélico lucharán con uñas y dientes para defender sus predios y sus privilegios. La campaña contra Pedro Sánchez se inició al día siguiente de su elección como Secretario General y no cesará hasta el día siguiente a las próximas elecciones estatales.

¿Quién dirigirá esa campaña? Todos los partidos que ven amenazada su forma de funcionar; es decir, todos. Será más pública, evidente y comprensible la campaña del Partido Popular y sus medios afines, pero a ella se sumarán hasta los que predican la necesidad de unir a las izquierdas. Porque en un país donde los políticos han ido renunciando a los valores éticos en aras de conquistar el poder a toda costa, la dirección del nuevo PSOE resulta incómoda para todos porque a todos pone en evidencia.

El PSOE de Pedro Sánchez no cuenta ni contará con más apoyo que el de sus militantes. Pero la experiencia del 21 de mayo debería advertir a todos los políticos de que ese apoyo puede ser suficiente. Tal vez el poder efectivo de los simples consiga sacudir las conciencias o meter el miedo en los cuerpos de los políticos que se creían protegidos por la ignorancia y apatía de los votantes, y les haga ponerse a hacer política, política ética.

 

 

 

 

 

Un mundo nuevo

Quien no oiga, lea, vea o hable del futbolista que muerde, no vive en este mundo, parece. Aunque un poco apartadilla, yo sí vivo aquí. El castigo que le han impuesto al hombre por morder a un colega ha causado un cataclismo mundial. ¿Es excesivo? ¿No es excesivo? En una emisora de radio hasta regalaban algo por opinar. Opino, pues, pero no sobre el uso que el futbolista da a sus dientes ni sobre la proporción del castigo.  Lo que me ha impresionado sobre el asunto ha sido la reacción, empezando por la del mordedor.

 “Yo no he mordido a nadie”, dice.  Pero, oiga, que le han filmado mordiendo; que la víctima tiene sus prominentes incisivos y caninos marcados en su carne. “Yo no he mordido a nadie”, repite. Los otros, empezando por el presidente de la república del futbolista y acabando por la mismísima víctima han reaccionado al unísono: “La sanción es  excesiva”, sentencian. Bueno, pero ¿qué le parece la actitud del futbolista?  “La sanción es excesiva”, insisten. Pero, vamos a ver, ¿está mal o no está mal que un chico vaya mordiendo a sus contrincantes cada vez que se le cruzan los cables? “Se hacen cosas peores. La sanción es excesiva”, cortan. Tan excesiva que el presidente del país del castigado considera que es una agresión contra todo el país y, en especial, contra todos los niños del país.

Para quedarse con la boca abierta pensando si es para morirse de pena o para morirse de miedo.

Resulta que si usted pertenece a la casta de los privilegiados, no importa si comete una falta o un delito, por grave que sea. Diga que no lo hizo aunque tenga el cuchillo en la mano chorreando sangre y  el instante del crimen se haya grabado en vídeo y el vídeo se haya convertido en viral con millones de descargas en YouTube. Da lo mismo. Todos sus pares van a exculparle con una razón que no se puede discutir. “Él dice que no lo hizo, luego no lo hizo”. Rajoy, por ejemplo, ante el Parlamento: “Ni mi partido ni yo hemos cometido ninguna irregularidad”. Lo que quiere decir que no la cometieron, ¿lógico, no?

Si no tiene la cara tan dura como para pronunciar una negación rotunda de la realidad probada, le queda, en su defensa, otro argumento igualmente incontestable: “Se han hecho cosas peores”.  Claro, desde los comienzos de la humanidad. ¿Quién se lo va a poner en duda?

Y si esta no colara porque se encuentra usted con un juez intransigente que no entiende razones, no se preocupe. Déjele que le juzgue. En cuanto salga la sentencia, sus pares pondrán el grito en el cielo: “Es excesiva”.  Y gritarán y machacarán tanto con su grito que al cabo de unos días todos estarán juzgando al juez que le juzgó y ya nadie se acordará del motivo por el usted fue condenado. Lo más probable es que la reacción  espante a los jueces que considerarán su recurso, y que sentencien a su favor para no ser condenados por excesivos.  Pero si no fuera así; si, considerando el peor de los escenarios posibles, le deniegan el recurso, siempre le queda el indulto, y como el indulto depende de sus pares, puede estar seguro de que le indultarán. Garantizando la impunidad de uno, se garantiza la impunidad de todos. O lo que es lo mismo: ”No hagas a los demás lo que no te gustaría que te hicieran a ti”, y viceversa. 

Es la nueva lógica para explicar una nueva ética. Estamos saliendo del túnel para entrar a un mundo nuevo que exige una nueva moral. Aunque,  como dijo hace muchos siglos el Cohelet en el Eclesiastés, no hay nada nuevo bajo el sol. Ese mundo nuevo, con sus nuevas normas y sus nuevas costumbres no es más que el retorno a un mundo seguro en el que todos vivíamos en paz con unas cuantas  reglas: “Zapatero a sus zapatos”; “No estires más el brazo que la manga”; “Vive y dejar vivir”; “A buen hambre no hay pan duro”; “Ande yo caliente, ríase la gente”; “Sobre lo que no se puede hablar, es mejor callar”.

El nuevo orden garantiza la felicidad de todos. En silencio, dedicándose cada cual a lo suyo sin incordiar a los demás y sin incordiarse a sí mismo deseando lo que no le corresponde, todos viviremos felices y contentos en un país auténticamente democrático en el que cada cuatro años podremos votar sin calentarnos la cabeza con programas, diciendo a los políticos que elegimos para que nos gobiernen: “Dame pan y llámame tonto”.

La otra Bella Durmiente

Buenos días, amigos. Hoy podemos sentirnos más buenos porque hemos reconocido la bondad.

En los últimos años hemos vivido muchos días negros, fétidos. Días en que salíamos a la calle para celebrar lo que se llama “fiesta de la democracia”, acercándonos a las urnas sin entusiasmo, sin alegría. Días que terminaban con recuentos de votos dando mayorías a candidatos imputados por corrupción, a candidatos a todas luces culpables que eludían la prisión gracias a triquiñuelas, a candidatos acostumbrados a mentir sin reparo alguno  aún sabiendo que la realidad les iba a desmentir poco después. Días en que la mayoría daba el poder a quienes desprecian los más elementales principios éticos, haciéndose cómplice de su inmoralidad.   Días en que la mayoría entregó su conciencia a quien le prometía dinero. En aquellos días, unos cuantos personajes viles nos envilecieron a todos.

Una tarde las calles atronaron con cientos de miles de voces que reivindicaban nuestra dignidad. El que pudo salió de su guarida.  El aire fresco empezó a ventilar la atmósfera pestilente creada por el miedo y el todo vale para sobrevivir. Todo pareció más limpio, más digno de seres humanos que se respetan a sí mismos.

La tarde en que a la dignidad se le agotaron los bemoles y salió a la calle a defenderse a gritos, un hombre agonizaba en un hospital preparado para llevarse al otro mundo el tesoro más valioso  que un ser humano puede anhelar: la certeza de haber merecido la vida. ¿Algo, alguien le mantuvo en vilo para que pudiera llegarle, por canales misteriosos, el eco de esas voces que volvían a despertar la dignidad del país?

El cuerpo de ese hombre se detuvo al día siguiente, cuando todos comentaban  la fiesta que había intentado devolver la esperanza a los españoles. Adolfo Suárez murió a las 3:00 de la tarde, dijeron los medios, y millones abrieron los ojos de golpe a otra realidad, para algunos vieja, para otros nueva; la nueva España vieja de los valores humanos.  

El alma de Adolfo Suárez, hombre de carne y huesos mortales, nacido para cristiano padre de familia con cargo y privilegios y garantías de buen pasar hasta el día de un entierro digno, salió de este mundo obrando  un milagro, unos de los milagros  colectivos más extraordinarios que se recuerdan desde los días de la ingenuidad. Su muerte despertó a España del sopor de Bella Durmiente en que la había sumido la bruja de la ambición. Y en España despertó la Libertad, agradecida al hombre que había rescatado a los españoles de la esclavitud de la dictadura; la Honestidad, luciendo su belleza limpia para volver a conquistar a la gente de bien; la Integridad, exhibiendo la fortaleza del valor inquebrantable; la Dignidad.

Ayer supimos que aunque maltrechos, algunos hasta rotos, seguíamos conservando en nuestras almas lo más valioso de lo que creíamos haber perdido.  Los que ayer recordamos los valores de nuestra juventud y rendimos tributo en público, en privado, a solas, al hombre que un día los resucitó para despertarnos del coma moral de la dictadura, hoy sabemos que son valores eternos, en cuanto eterna sea la humanidad a la que pertenecen; valores a los que no vamos a renunciar por más huecas y manzanas envenenadas que nos ofrezcan los siervos degenerados de Plutón.

El dilema del nuevo pobre

La lucha por la supervivencia muchas veces conduce a  la degradación moral. Los nuevos pobres surgidos del mercantilismo brutal han descubierto lo que los pobres de siempre ya sabían: que la ética, juicio de lo que es bueno y lo que es malo,  y la moral, rectitud del comportamiento, son privilegio de ricos.  No porque los ricos juzguen mejor lo que conviene o no a un ser humano y actúen moralmente en consecuencia, sino porque si quisieran, su situación desahogada les permitiría juzgar y comportarse bien.  El pobre, sin embargo, no puede permitírselo aunque quiera.

Se levanta por la mañana el que tiene un empleo precario con un sueldo que apenas le alcanza para mantener a su familia. Llega al trabajo con miedo a perderlo.  Es un miedo impreciso, como un dolor crónico que un día se le instaló en el alma para pasar la vida con él. Porque resulta que, en el fondo, este hombre o mujer tiene suerte. Resulta que su jefe se está apropiando de fondos públicos o de fondos de la empresa o está defraudando a la Seguridad Social. El o ella lo sabe y el jefe sabe que lo sabe y que de su silencio y vista gorda depende que pueda seguir robando. Este equilibrio de fuerzas le tranquiliza. Para conservar el trabajo, sólo tiene que callar.

Este hombre o esta mujer era, hasta hace poco, una persona decente, de ideas políticamente correctas,  con valores comunes a la gente de bien. Era una persona bien vista, y mientras mejor vista se creía, mejor creía verse a sí misma. Pero ahora, nueva pobre,  ya no puede estar segura de cómo la ven. El sueldo apenas le alcanza para mantener a su familia. Hay que pagar comida, agua, luz. A la hipoteca no llega nunca y tiene que empezar a dar sablazos. Cuando el jefe le da en negro unos billetes para compensarle por horas extraordinarias o en pago por un trabajo marginal o para compensar su silencio, le besaría las manos si se lo pidiera. Porque, ¿qué importa el orgullo, qué significa la dignidad cuando tu pareja y tus hijos están esperando que les garantices una vida normal, al menos durante un mes,  este mes?

En el piso de abajo se levanta el que no tiene nómina ni subsidio. Sólo le quedan sus manos para hacer chapuzas y las piernas para llevarle a buscarlas. Oye por la radio eso de la economía sumergida ¿Eso es malo? Es lo que está manteniendo a flote a su familia.

Alguien se levanta en el sótano. Ni nómina ni subsidio ni chapuzas. Lo único que tiene en común con el resto de la sociedad es el hambre. La comida no está en la nevera. Está en el banco de alimentos, en el comedor de caridad, en el contenedor de basura. ¿El orgullo? Se le murió del corazón. El día que el amigo le dijo que ya no podía seguir prestándole dinero, que se buscara un trabajo. El día que le dijeron en la tienda que ya no le podían fiar más. ¿Robar una bandeja de jamón cocido en el supermercado es malo? La familia tiene que comer, ¿o no? Y ese móvil que alguien se dejó olvidado en la mesa de una terraza, y esa cartera en el suelo. ¿Ladrón? Hay que sobrevivir como sea. Es lo que hay.

¿Dónde quedó aquello de “pobre, pero honrado”? Atrás, muy atrás, en un pasado ingenuo. Hoy, ser honrado es una rémora., una rémora que la economía del país no se puede permitir. Lo dicen los que mandan: “Somos corruptos, pero ya ven, os estamos salvando del abismo de la miseria. Dicen las encuestas que estamos mal vistos, pero es mentira. Se os alegra la cara cuando os hacéis una foto con nosotros, se os ahueca el pecho cuando presumís ante los amigos de que conocéis personalmente a alguno de nosotros y, prueba irrefutable, nos votáis, mientras más nos corrompemos, mientras más os mentimos, más nos votáis. Porque comprendéis que la ética y la moral son cosa de filósofos y que los filósofos, como no vivan enchufados a una cátedra, se mueren de hambre. De la conciencia se ocupan los curas, pero a esos les pagamos para que nos hablen de cosas celestiales en domingos y fiestas de guardar. La conciencia no da de comer y, según cómo se use, hasta  puede impedirnos comer bien. Para sobrevivir hay que ser sensatos.”

Y fue así como la marea negra empezó a descender de las alturas y se fue colando en las casas lenta, silenciosamente, sin que apenas la notaran, mientras las familias distraían sus penas viendo anuncios en el televisor. Aún queda en el país gente guapa que compra coche nuevo, que invierte en Letras del Tesoro,  que instala alarmas en su casa, que estrena moda.

Cuando teníamos tarjetas éramos como ellos, vestíamos como ellos, íbamos a los sitios donde iban ellos, estábamos tan bien vistos como ellos lo están. Ahora, con el sueldo cortado por la mitad, sin tarjetas, sin adelanto de nómina, ¿cómo nos van a mirar cuando la ropa de hace cinco años lleve remiendos o se caiga a trozos y nos obligue a ponernos birrias de mercadillo?

Más vale no pensar. Más vale jugar al juego de los espejos en los que cada cual se acicala para ocultar su miseria al vecino y se engaña haciéndose creer que el vecino le ve bien. Porque ya es lo único que le queda al superviviente; ser visto, bien visto, para que le acepten en la sociedad de los que pueden comprar, para no quedarse en la cuneta royendo las sobras, como ratas.

Un día las calles sea animan. Grupos de mal vestidos pasan gritando, cantando, haciendo ruido camino de una plaza donde todos juntos parecerán más de los que son. El nuevo pobre cierra puertas y ventanas. Esos que chillan en la calle son ingenuos, ¿qué van a conseguir? Y son peligrosos; ¿cómo van a sacarnos de esta miseria los que saben y mandan si les causamos problemas? Y están mal vistos, tan mal vistos, que mejor no acercarse, no sea que te tomen por un pobre  agitador. Porque mira que agitan, un día y otro día. Y cada vez son más. Y qué barbaridad de policía. Puede pasar cualquier cosa.

Pasa que cada día parece peor visto estar con los que mandan. Pasa que los de la calle se han vuelto multitud. El nuevo pobre ya no sabe si entrar o salir o correr hacia un lado o hacia el otro como una rata aterrorizada bajo la amenaza de la escoba que la quiere barrer. ¿Y si sale y pierden los de afuera? ¿Y si se encierra en casa y cuando salga ya no le reconoce nadie?

El nuevo pobre sale al balcón. Sonríe, condescendiente. Sólo ha salido a ver el espectáculo.  También sonríe igual el vecino de enfrente y el de al lado. No hay peligro. Total, no pasa nada por mirar. “Marcha de la dignidad” dice una pancarta. Qué ilusos. Una de esas cosas que no se come, como la conciencia, la moral. ¿y si un día volviera  a estar mal visto no tener dignidad?