¡Alerta! No se ha ganado la guerra

Dice la definición más sencilla que un partido político es una asociación de personas que comparten principios, valores, proyectos y objetivos con el fin de acceder al gobierno y llevarlos a la práctica. Pero entienden hoy los simples, es decir, la plebe,  que un partido político es una organización jerárquica cuyo fin es acceder al gobierno del país o conseguir, por lo menos, el mayor número de diputados. ¿Para llevar a cabo su programa? Después de algunos años oyendo a todos los políticos de todos los partidos prometer más o menos lo mismo en campañas electorales y recurrir a todas las estratagemas para conseguir el poder, los simples se han vuelto escépticos. Por eso responderían a la pregunta que no; que los partidos persiguen elegir al mayor número de diputados para conseguir la mayor cantidad del dinero que el estado destina a subvencionar a los partidos por cada diputado electo. Así de simple.

Los partidos necesitan dinero, mucho dinero, y por eso necesitan ganar, ganar y ganar, como hace poco repetía una candidata a voz en grito convencida de que los simples, siempre perdedores, se arriman a los ganadores con la misma ilusión que les embelesa cuando se asoman a la vida de los ricos y famosos en revistas y televisión; la ilusión de que la gloria se contagia mirando. Ganar, ganar y ganar, repetía la señora, exhibiendo en la cúspide de su currículo haber ganado unas elecciones autonómicas y blandiendo ante todos el currículo de su contrincante como si fuera un trapo, un trapo ensuciado por la mancha indeleble de haber perdido dos elecciones generales.

Ni la señora ni sus promotores ni sus asesores comprendieron que en un país en el que millones lo han perdido todo y otros millones lo han perdido casi todo y otros millones viven con el pánico en los huesos a perder lo que tienen, proclamarse ganadora y hablar de ganar, ganar y ganar sonaba con la brutalidad humillante de una bofetada.

La plebe, los simples, los que no saben nada de ciencias políticas; los que ni siquiera sospechan y, menos, entienden que la política sea una ciencia, se han acostumbrado a perder, perder y perder. A perder lo que cobran con sus salarios escasos o sus escasas pensiones  cuando les toca pagar , pagar y pagar el IRPF, las facturas de la luz y el agua, el IVA que encarece hasta los artículos más necesarios, los alquileres que suben amenazando dejar a miles sin techo.

Pero la señora se atrevió a presumir de que lo suyo era ganar, y claro, perdió. Porque sus promotores y sus asesores  no se dieron cuenta de que los simples ya saben que nunca se les incluye en la repartición del bote. Porque los simples ya no se conforman con una victoria vicaria. Porque parece que los simples ya no son tan simples.

Los simples del PSOE, los militantes llenamítines y pegacarteles, no se dejaron engatusar ni por discursos melodramáticos ni por las recomendaciones de los líderes míticos. Votaron a uno que no había ganado elecciones, pero que había cumplido sus promesas. Simples que no saben cómo funciona un partido político, gruñen entre dientes los todopoderosos que el 21 de mayo se enteraron de que los simples les habían arrebatado el poder. Gruñen y seguirán gruñendo porque no se resignan a perder, perder y perder.

No se resignan y algunos lo han demostrado sin vergüenza ni pudor. Hoy, mientras los simples celebraban el triunfo del secretario general elegido por ellos, los perdedores se consolaban repitiéndose la manida frase de Napoleón; habremos perdido una batalla, pero no la guerra. ¿Consuelo con la intención de calmarse el dolor y nada más? O sentencia surgida de la seguridad de  que la batalla perdida ha sido solo un accidente que las próximas elecciones generales se encargarán de reparar. Los perdedores de las primarias saben que ganar la guerra puede ser muy fácil. Lo único que tienen que hacer es repetir la estrategia que convirtió a Pedro Sánchez en perdedor de elecciones.

Ya la han empezado a repetir. Felipe González no menciona a Pedro Sánchez en el vídeo en el que felicita al partido. Susana Díaz no esconde su disgusto. Se deja ver como ánima en pena y no asiste a la clausura para no sufrir la entronización de su enemigo. Ximo Puig lanza advertencias para que no le muevan en Valencia. Alfonso Guerra, contra la política conciliadora y federal impulsada por Sánchez, sale en televisión pidiendo que se suspenda la autonomía de Cataluña. Los delegados de Andalucía abandonan sus asientos la noche de la votación. ¿Y qué han conseguido? Han conseguido que los medios publiquen a toda prisa artículos que destacan la división del PSOE.

 

Nada aleja más a los votantes que un partido que es noticia cada día por sus conflictos internos. Los simples están hartos de ver sus asuntos relegados al trastero de lo que no interesa; hartos de ver a un partido que se llama socialista salir en prensa escrita, radio y televisión solo por las escaramuzas diarias entre los que tienen como principal objetivo defender su cuota personal de poder. Luego los perdedores de las primarias no tienen que hacer otra cosa más que dar carnaza a los medios para que del PSOE solo se escriba y se hable de sus follones internos. De aquí a las elecciones generales, el ruido de la carraca sobre la división habrá ahogado la ilusión y la esperanza que ha despertado entre los votantes el nuevo PSOE. Si los anti Sánchez  se esfuerzan en mantener la imagen de un partido ensimismado en sus problemas, saben que pueden conseguir hasta que el partido quede en tercer lugar. Pero esto ¿no les perjudica también a ellos? El ímpetu con que Susana Díaz se ofreció a salvar al partido  que ella misma, sus promotores y sus seguidores habían ayudado a hundir en las urnas, hacen ociosa la respuesta.

Es imprescindible que los nuevos líderes del partido insistan en la unidad, pero sin olvidar que eso no neutralizará a los que se empeñen en ventilar la división. ¿Cómo se les puede neutralizar? Otra vez dependerá de los simples, de los militantes, simpatizantes y votantes que creyeron en Pedro Sánchez y que en pocos meses han demostrado al país el poder del activismo en las redes. Tendrán que ser los socialdemócratas anónimos los que repitan sin descanso todas las medidas políticas que se propongan en el partido; todos los actos de los diputados socialistas en Congreso. Los medios no se van a ocupar de eso; de eso que solo importa a los simples que luchan por la supervivencia. Por eso los simples tienen que seguir en pie de guerra divulgando lo que interesa a los ciudadanos y silenciando todo lo que salga de los metebulla.

 

 

 

 

 

 

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El miedo nunca falla

Mañana, domingo 26 de marzo de 2017, tendrá lugar la solemne presentación de la candidatura de Susana Díaz Pacheco a la Secretaría General del Partido Socialista Obrero Español. Conferirá solemnidad al evento la asistencia de personajes históricos del partido, históricos por haber ganado elecciones; lo que a algunos llevó a ostentar el máximo poder político del país y a otros, el máximo de sus comunidades autónomas. La asistencia de estas personalidades comunica con claridad e indudable eficacia que se trata de una candidatura ganadora, a la vez que cuela la noción de que cualquier otra candidatura que se presente está abocada al fracaso. Mañana se escenificará, ante la militancia del partido y la opinión pública, lo que ha de ser la idea fuerza de la campaña de Susana Díaz: los militantes tienen dos únicas opciones; votar por una ganadora arropada por ganadores ilustres o votar por un perdedor.

Sabido es que la potencia dramática de una escena absorbe toda la atención del público relegando a la irrelevancia cuanto queda fuera del foco. Mañana, todos los medios destacarán la presencia en el acto de Felipe González, Alfonso Guerra, José Luis Rodríguez Zapatero y de un buen puñado de presidentes autonómicos, alcaldes y altos cargos electos. Las cámaras enfocarán las caras de los próceres; esas caras saldrán en todos los medios de comunicación; el mensaje que comunicarán esas caras se repetirá ad nauseam hasta el día de las primarias: Susana, ganadora; Sánchez, perdedor. Y si el recurso funciona como ha funcionado desde tiempos bíblicos, la mayoría concentrará su atención en esas caras y aceptará el mensaje con docilidad hipnótica sin reparar en nada más.

¿Puede una falacia, instrumentada con los más modernos recursos audiovisuales, producir un efecto hipnótico tal que anule por completo la memoria y la capacidad crítica de las personas? Puede, y a conseguir que pueda se dedicarán la candidata, todo el equipo de su campaña y todos los que, por diversos motivos, la siguen. Pero es erróneo decirlo en futuro. Para comprobarlo no hará falta esperar al lunes.  La estrategia empezó a utilizarse en cuanto el nombre de Pedro Sánchez apareció en las redes sociales como fantasma vengador. ¿Vengador de qué? De un pasado que hay que borrar de la memoria de los militantes para que un mal recuerdo no condicione su voto. Lo que determina la introducción en los discursos de la candidata de otra idea fuerza: hay que olvidar el pasado para construir el PSOE del futuro. Ambas ideas encajan a la perfección. El PSOE del pasado perdió; el del futuro va a ganar.

Que el pasado al que se refieren sea el de antes de ayer no tiene importancia si la idea cuenta con la probadísima efectividad de la repetición y la habilidad histriónica de la oradora. El tono persuasivo, emotivo, dramático de la voz, y la intensidad de los gestos de cara y manos causan un impacto que se graba en la memoria desplazando toda reflexión crítica. Y de Susana Díaz se puede discutir racionalmente cuanto se quiera, pero nadie puede negar la eficacia de su voz y sus gestos para sugestionar al personal. Eso lo saben sus promotores y es por eso que la prefieren a Patxi López; más racional, tal vez, pero emocionalmente inerte. Quienes hicieron todo lo posible por hundir el partido desde la campaña de diciembre de 2015 hasta el 1 de octubre de 2016, saben muy bien que el recuerdo del daño causado sólo puede borrarlo un choque emocional que evite que los militantes recuerden.

Que evite que recuerden que Felipe González perdió las elecciones tras permitir que el partido cayera en la corrupción para financiarse y que los encargados de acabar con el terrorismo recurrieran a la guerra sucia y que el poder financiero consiguiera obligarle a unas reformas que fueron el principio del fin del estado de bienestar y de la justicia social que él mismo y sus gobiernos habían traído a España. Que evite que recuerden que el giro copernicano que dio su política ocasionó el desencanto de gran número de votantes y nos sometió a ocho años de gobierno de Aznar.

Que evite que recuerden que Alfonso Guerra tuvo que dimitir como vicepresidente del gobierno, pero siguió teniendo una influencia capital en el partido, manifiesta en el llamado sector guerrista. Que evite que recuerden que su talante poco democrático quedó muy bien reflejado en la célebre frase con la que advirtió a sus compañeros que quien se moviera, no saldría en la foto.

Que evite que recuerden que Rodríguez Zapatero, después de una legislatura modélica por su fidelidad a los valores socialistas, reaccionó a la crisis recortando gastos sociales e introduciendo en la Constitución, con el apoyo del PP, un artículo que anteponía el control del déficit al bienestar de los ciudadanos.

Que evite que recuerden que, castigado por los votantes desencantados con la política neoliberal de la segunda legislatura de Zapatero, Pérez Rubalcaba obtuvo, en las elecciones de 2011, los peores resultados que había tenido el PSOE en unas elecciones generales.

Que evite que recuerden que Felipe González, Rodríguez Zapatero, Pérez Rubalcaba, Susana Díaz, Fernández Vara y otros barones autonómicos airearon públicamente desacuerdos con Pedro Sánchez, llamadas de atención y consejos que eran comentados por todos los medios como indicadores de conflictos internos en el partido. Que evite que recuerden que, en las dos campañas electorales, los comentarios constantes sobre los conflictos internos del PSOE causaron al partido una mayor pérdida de votos. Que evite que recuerden el cinismo con que todos ellos no han dejado de culpar a Pedro Sánchez por haber obtenido los peores resultados electorales de todos los tiempos.

Que evite que recuerden las maniobras para deshacerse del Secretario General elegido por la militancia y el sonoro escándalo que produjeron en todo el país.

Que evite que recuerden que, libres ya de Pedro Sánchez, la Gestora obligó a los diputados del PSOE a abstenerse para permitir el gobierno de Mariano Rajoy faltando a la palabra dada por Sánchez a los votantes en todas las campañas electorales.

En estos días, está en plena promoción un libro que elogia el olvido y analiza las desventajas de la memoria histórica. Dice el autor que el daño que se ha hecho pertenece al pasado y que lo sano es mirar al futuro, concluyendo que la necesidad de paz lo justifica todo. Es el argumento que Susana Díaz, sus promotores y seguidores utilizarán mañana y repetirán en los días por venir. El objetivo es que ese argumento, insertado en un discurso emotivo que llame a los militantes a trabajar por la unión del partido, poniendo al partido por encima de cualquier otra consideración, se incrustre con tal firmeza en las mentes de los militantes que nadie pueda contradecirlo sin sentirse culpable.

¿Y la justicia? ¿Y los valores? ¿Y la moral? ¿Es posible que se diga sin empacho que un partido político, cualquier partido político, debe estar por encima de toda ética, de toda consideración surgida de una conciencia humana? Es posible, y se dice y se hace. Tenemos un ejemplo en la firme cohesión interna del PP y en la adhesión de sus cargos y militantes a su líder. Y es ese el ejemplo que anhelan Susana Díaz y sus promotores por lo que, a partir de mañana, todos repetirán a una los sencillos argumentos con que Mariano Rajoy despacha sin inmutarse todos los asuntos que ensucian moralmente a su partido. Cualquier fallo, por grave que fuere, pertenece al pasado, y lo sensato, lo maduro, lo correcto es olvidar.

¿Qué podría pasar si los militantes se niegan a olvidar y eligen al candidato que cumplió con su promesa electoral aún a costa de su carrera política? También escucharemos a partir de mañana el cataclismo que tal suceso produciría; la división definitiva del PSOE. Porque, por si no fuera suficiente con poner a Pedro Sánchez la etiqueta de perdedor y por si no se consiguiera que los militantes olviden quién dividió el partido, conviene que Susana Díaz y los suyos procuren también infundir pavor a los militantes indecisos. El miedo nunca falla.

 

 

 

 

 

 

 

 

¿Tendremos salvación?

La socialdemocracia agoniza, dicen. Ha ido perdiendo peso en todas partes. En unas se ha quedado en los huesos, delgadez cadavérica que la ha dejado sin pretendientes ni esperanzas. En otras, ya ha pasado a mejor vida; la vida de los recuerdos, malos y buenos,  que de vez en cuando desempolvamos con cierta nostalgia para aliviar la tensión del presente. ¿Qué le pasó a la socialdemocracia para caer desde el reino luminoso de la ilusión a las tinieblas de la insignificancia?

Las mejores respuestas suelen encontrarse en lo más simple aunque la petulancia prefiera enredarse en las lianas de lo más complejo.

Los partidos que obtuvieron mayoría en las urnas prometiendo una distribución más justa de la riqueza sin secuestrar la libertad de los ciudadanos, sin deshumanizar al individuo en aras de la colectividad, como hacía el comunismo, se vieron de pronto arrastrados por los vientos de la economía mundial y las ambiciones personales de sus dirigentes.

Para descender de lo metafórico a lo concreto, tomemos el ejemplo de los gobiernos de Felipe González y Rodríguez Zapatero.

En 1979, González abdica del marxismo y abraza la socialdemocracia. Su objetivo al obtener la presidencia del gobierno es modernizar a España y situarla en  las instituciones internacionales que corresponden a un país desarrollado. Bajo su mandato entramos en la OTAN y en la Comunidad Económica Europea.

González entiende que los tiempos y el nuevo lugar de España en el mapa piden una economía liberal. Y se lanza sin escrúpulos a medidas propias de la derecha como la  reconversión industrial, el recorte de las pensiones o la flexibilización del mercado de trabajo; echándose encima a los sindicatos que responden con huelgas generales.  Aunque introducen reformas propias de la ideología socialdemócrata, los gobiernos de González se van derechizando paulatinamente hasta llegar al final calados hasta las cejas en los estanques inmundos donde nadan los vicios que secularmente se atribuyen a la derecha: nepotismo, clientelismo, abuso de poder, corrupción.

Hartos los ciudadanos de tanto despropósito, acaban dándole el gobierno a la derecha en dos legislaturas consecutivas.

Rodríguez Zapatero llega al gobierno como la gran esperanza de  revertir los efectos de la política reaccionaria del Partido Popular y devolver el país a la senda de progreso en la que le habían situado, a pesar de todos sus fallos, los gobiernos del PSOE. Las esperanzas de los ciudadanos se ven realizadas durante su primer mandato. Una ristra de leyes que reconocen derechos y amplían libertades hasta entonces desconocidos en España y hasta en el mundo, nos convierten en modelo de progreso social. Y entonces llega la crisis, y entonces se materializan las ideas de la Nueva Vía; el pragmatismo que lleva a asumir la imposiciones del libre mercado. Es decir, el gobierno de Zapatero, como antes el de Felipe González, se derechiza. Se recorta el gasto social en 15.000 millones de euros. Se reducen sueldos de funcionarios y se congelan pensiones; se recortan 6.000 millones en inversiones públicas y otra reforma laboral precariza aún más el empleo y los derechos de los trabajadores. Rodríguez Zapatero transita tranquilo por la ruta que se ha marcado la socialdemocracia europea; Tercera Vía en la nomenclatura de Tony Blair y Nuevo Centro en la del canciller socialdemócrata alemán Gerhard Schröder. El socialismo se desvanece.

Felipe González, ya entregado del todo al liberalismo, es recompensado por  su conversión con el nombramiento de Presidente del Grupo de Reflexión sobre el Futuro de Europa, formado por nueve personalidades del ámbito político y académico. Su misión consistía en presentar en 2010 un informe sobre el rumbo y objetivos de la Unión Europea en cuanto al modelo económico y social, el estado de derecho, el medio ambiente, la inmigración.

No hace falta analizar a fondo el rumbo que ha tomado Europa y por qué camino piensa seguir transitando hacia el futuro. Ya lo saben hasta los menos informados y los más indiferentes. Eliminados los escrúpulos, expulsados los valores morales del criterio que decide las medidas políticas, Europa sufre una paulatina degeneración que la aboca a convertirse en otra  guarida del capitalismo salvaje.

¿Y cómo reaccionan los ciudadanos ante esta debacle de los partidos que prometían ocuparse de sus asuntos para transformar el mundo en un lugar habitable donde imperase la justicia, la igualdad, la solidaridad? Aplastados por la resignación, el miedo y el desencanto, los ciudadanos abandonan a los partidos que les han engañado y se entregan a los partidos de derechas, de los cuales cabe esperar todos los desmanes, pero que, al menos, no hacen concebir falsas esperanzas, mientras que garantizan la estabilidad. Las promesas electorales que sueltan, siempre socializantes, resultan tan falsas como las de la llamada izquierda; pero esas promesas en boca de quienes ignoran por principios el bienestar de los ciudadanos, mueven a risa, mientras que las promesas incumplidas de la izquierda mueven a indignación. Ya nadie cree en la existencia del socialismo fuera de las mentes de algunos idealistas.

De pronto, en España aparece Pedro Sánchez ofreciendo girar el PSOE a babor. Otra vez la ilusión intenta reanimar a la socialdemocracia moribunda. Después de tanto desengaño, al votante le cuesta creer que esta vez sea verdad el giro que el PSOE renovado promete. Pero los que sí se lo creen a pie juntillas son Felipe González, otros líderes de su generación y los presidentes de comunidades autónomas que han ascendido gracias a la influencia de esos líderes. Su reacción es tranquilizar a empresarios y financieros de España y de Europa. Que no cunda el pánico. A ese político nuevo que no se ha enterado de que en el mundo impera el liberalismo habrá que demostrarle quien es el jefe, y si no entra por el aro, se le defenestra y se acabó.

Fue así como los ciudadanos asistimos atónitos al espectáculo de la guerra a muerte contra Sánchez declarada por los líderes de su propio partido; guerra a muerte contra un enemigo que, en realidad, es la socialdemocracia que Sánchez intenta reanimar. De la socialdemocracia de González,  de Zapatero,  de sus compañeros de quinta gubernamental y de los líderes actuales que les deben su triunfo político, solo queda ese sucedáneo de las nuevas y terceras vías y de los centrismos. Con ese remedo, que de socialismo solo tiene el nombre, los taimados líderes creen que podrán conservar sus partidos en lo más alto de la oposición y tocar poder entrando en coalición con la derecha, como los alemanes, o llegando a pactos que garanticen su gobierno, como han hecho en España.

Cuando vaya transcurriendo la legislatura, con los ciudadanos cada vez más agobiados por las medidas antisociales del PP, pero reconociendo, sugestionados por la propaganda, que habrían sido mucho peores sin la intervención moderadora del PSOE, los sueños de regeneración y socialización de la política se verán, cada vez más, como locuras de juventud. Las nuevas tecnologías contribuirán a formar una ciudadanía más madura que comprenda las exigencias de la modernidad aceptando la escasez de empleo, la precariedad laboral y la pérdida de los derechos de las trabajadores como males inevitables de la vida misma. Una ciudadanía que aprenda a sobrevivir resignada, aceptando que la igualdad solo es posible en el reino de los muertos.

¿No queda otra? ¿Quién le hubiera dicho a los zares que los iban a derrocar? Pero hoy por hoy, la mayoría no está tan loca como para dar la vida por una revolución que, como todas, costaría miles de  víctimas inocentes para traer, al final, la pérdida de la libertad y de más derechos. ¿Quién le iba a decir a ciertos dictadores que el empuje de los ciudadanos, sin armas y sin sangre, acabaría echándoles de sus palacios presidenciales?  Hoy por hoy, tan enorme ejercicio de racionalidad que produzca una movilización en masa parece imposible. La derecha gana en todas partes, gana en todas partes la resignación, como si la mayoría hubiera renunciado a la posibilidad de una vida moral y materialmente digna. Y sin embargo, no se apaga el rumor de los que aún siguen luchando por mantener a flote sus valores y sus esperanzas.

Dicen que por toda España se están haciendo escuchar las voces de los militantes que se niegan a entregar el PSOE a la gestora que derrocó a Sáchez y pactó con el PP. Dicen que militantes y votantes del PSOE están defendiendo, por todos los medios a su alcance, al hombre que fue depuesto de la secretaría general del partido por querer devolverle al partido su ideología socialdemócrata. Dicen que muchos españoles no se resignan a la deshumanización de la sociedad en la que viven y en la que tendrán que sobrevivir sus hijos. ¿Serán suficientes para derrocar en las urnas la dictadura del liberalismo? Esa pregunta solo puede responderla el tiempo.

Otra vez Zapatero

 

Zapatero es un hombre honesto. Esto es indiscutible. Zapatero se presentó a las elecciones de 2004 creyendo que podría cumplir un programa electoral profundamente socialdemócrata que prometía reconocimiento y ampliación de libertades y derechos y medidas sociales orientadas a conseguir una sociedad más igual, más solidaria. Lo cumplió desde el primero hasta el último día de la legislatura. Esto se tiene que reconocer, y si la ignorancia y el fanatismo impiden hoy que se lo agradezca la mayoría, entre ella muchísimos que se beneficiaron con sus medidas, ya se lo reconocerá la historia, sin ninguna duda.

 

En 2008, Zapatero se encontró con una crisis mundial que superó en gravedad a la de 1929. No supo reaccionar. El pánico a ver a su país intervenido le llevó a suicidarse políticamente y a hundir a su partido. Jamás político alguno en España, y hasta me atrevo a decir en el mundo, había llegado a tal grado de sacrificio personal. Pocos comprendieron las motivaciones de tal sacrificio y pocos se lo perdonaron. El PSOE aun está pagando las consecuencias de una gestión de la crisis que fue mala, aunque nadie le puede negar la buena intención.

Zapatero parece seguir sufriendo de un miedo patológico a los poderes fácticos, como si ese temor se le hubiera vuelto crónico y, como en su segunda legislatura, se ha atrincherado en la prudencia como si fuera el único modo de seguir viviendo con su miedo a cuestas. Mientras Felipe González parece haber sucumbido al viejo recurso de que si no puedes vencerles, únete a ellos, Zapatero intenta seguir siendo fiel a sus principios, aunque el miedo se los difumina y la prudencia le impide defenderlos.

Hoy, el miedo y la prudencia parecen haber sumido a Zapatero en una confusión que se evidencia en sus actos y en su lenguaje. Le da una cierta ayuda a Maduro porque es de izquierdas, sin querer aceptar que su régimen es de populismo fascista, que ha destruido a Venezuela y que ha declarado una lucha sin cuartel contra la democracia. Da consejos no pedidos a Pedro Sánchez que, de ser aceptados, podrían hundir al PSOE aun más en la ignominia; consejos envueltos en una prudencia que no les vale como camuflaje ante unos políticos y una prensa dispuestos a magnificar cualquier disidencia contra la postura oficial de partido defendida por su secretario general.

Como nos ocurre con las declaraciones intempestivas de Felipe González, uno no puede dejar de preguntarse qué empuja a Zapatero a ventilar públicamente sus opiniones, a sabiendas de estar introduciendo una polémica que afecta negativamente al secretario general de su partido y a su partido mismo; una polémica que solo puede hacer daño al PSOE y beneficiar al Partido Popular. ¿Se encuentran ambos bajo la amenaza de los poderes fácticos y, cada cual de mejor o peor gana, hace lo que explícita o implícitamente le mandan? La respuesta solo permite una opinión, ya que a ciencia cierta es probable que no podamos descubrirla nunca.

En este momento, lo que importa es que Pedro Sánchez sigue defendiendo sus principios con una firmeza y un valor épicos, sostenido por una militancia y unos votantes que han recuperado la dignidad y el orgullo. Ante semejante tropa tras semejante capitán, la voz de antiguas glorias se pierde en la niebla gris de un pasado de película. Sus opiniones ya solo importan a quien puede utilizarlas para encender la hoguera que le tienen preparada al capitán hereje y a su PSOE.

http://www.elsocialistadigital.es/noticias-nacionales/item/11677-zapatero-llama-al-pacto-entre-partidos-antes-de-unas-terceras-elecciones.html

 

 

¿Qué le ha pasado a Felipe?

Hace unos días que el pragmatismo apareció en escena, cínico, brutal, y empezó a pegarnos bofetadas, de esas que un padre bruto, pero bueno en el fondo, pegaba en otra época a los hijos para prepararles a resistir la brutalidad del mundo. Apareció disfrazado de nombres sonoros, de los que no se pueden ignorar.  Y empezó a hablar con voces tan investidas de superioridad, que en este país no hay mortal que pueda fingir no escucharlas.

Primero fueron las voces de ex ministros de otra época. Resonaron, pero con el eco de los cementerios tras el ocaso. Son voces que ya no tienen nada que ver con los afanes cotidianos de quienes sobreviven en sus barrios, lejos de Europa, muy lejos de esos salones de conferencias que salen en los telediarios, llenos de viejos bien vestidos a quienes ya nada sienta bien, ni las sonrisas ni las risas estentóreas que les deforman la cara más aún que su decrepitud. Tras ellas, la voz del Gran Anciano, del artífice que convirtió la España de los extremos en medio laica, medio moderna, medio americana, medio europea –no pudo pasar del medio porque el pragmatismo se lo impidió. Convencido de su autoridad suprema por haber superado las fronteras de España, siempre casi africana y algo palurda, para ocupar un sitio vip entre la élite internacional, Felipe González habló como último recurso para infundir pragmatismo en el obtuso y terco cerebro de los españoles; y su voz conmocionó, sobre todo a quienes le tenían por salvador de la patria por la izquierda.

El 7 de julio del año en curso, Felipe González escribió un artículo en El País que el diario resumió con las siguientes frases: “El Partido Socialista debe aceptar el diálogo que le ofrece el candidato del PP, aun dejando claro que no tiene intención de integrarse en una coalición. Y las fuerzas políticas que no pueden formar Gobierno no deben obstaculizar su constitución”.

El resto del artículo sobra de principio a fin porque, sorprendentemente, no contiene ni una palabra ni una reflexión que los analistas de prensa escrita, de radio y televisión no hubieran repetido ad nauseam desde el 27 de junio; ni una palabra ni una reflexión que no se le hubiera ocurrido ya a un español pensante, que aunque parezca mentira, haberlos, los hay. Ya cerca del final, González sugiere que por fin va a revelar algún secreto  de su mente. Dice: “Los ciudadanos podrán entender que, a estas alturas de mi vida, se haya reafirmado en mi pensamiento…” El pulso del lector se acelera esperando la revelación. Pero González sigue: “la prioridad de los intereses generales de España y sus ciudadanos sobre cualquier otra. Y es precisamente esto lo que me lleva a pensar que el Partido Socialista ni puede ni debe entrar en coalición con el PP”.

¿Pero es que se le había ocurrido a algún dirigente socialista la posibilidad de tal coalición? ¿Era necesario que Felipe González nos atrajera con el engaño de permitirnos echar un vistazo al hermético contenido de su mente, para acabar revelándonos, como cualquier charlatán de feria,  que un plato es un plato? Es decir, que el artículo es de una presunción que irrita y una mediocridad que abruma. Tras un primer párrafo que da vergüenza ajena por recurrir a la resobadísima metáfora de “crónica de una muerte anunciada” que, en un día aciago de hace muchos años,  un plumífero le pilló a García Márquez queriendo dar más empaque a la sencilla frase de “como se esperaba”, Felipe González utiliza su nombre para dar lustre a una serie de reflexiones cuya repetición en bucle por todos los comentaristas ya había convertido en lo más común de los lugares comunes. ¿Qué tenía, pues, ese artículo de particular para que de él se hicieran eco todos los medios de este país y algunos del extranjero? Obviamente, la firma y el estar escrito en primera persona por alguien convencido de gozar en España, y hasta en Europa, del mismo predicamento que la reina de Inglaterra en Inglaterra; convicción que no se aleja mucho de la realidad.

Como si todos los medios de comunicación hubieran estado preparados para lanzar a los siete vientos, con amplificadores a tope, las palabras de González, todos los comentaristas empezaron a comentarlas momentos antes de su publicación.  Algunos sonaban como la sirena que anuncia un bombardeo; otros como amanuenses de un comunicado histórico. En un momento de emergencia nacional, ante la imperiosa necesidad de desatascar el sumidero por el que discurren las aguas residuales de la política española, antes de que sus efluvios y el tufo a podrido nos enfermen a todos, Felipe González iba a enviarnos, desde el Valhalla en el que habita en compañía de los héroes de las finanzas y  de los políticos amigos de los héroes de las finanzas, un mensaje rotundo con las instrucciones precisas para que Pedro Sánchez y el PSOE supieran lo que tenían que hacer.

La envergadura de la operación propagandística, empezando por crear expectación, hacía sospechar que la intervención de González se había acordado en un gabinete de crisis. Su futilidad nos recordaría poco después a aquel gabinete de crisis inolvidablemente histórico en el que el presidente Aznar y cinco ministros decidieron que el ejército asaltara a los seis soldados que ocupaban el islote de Perejil. Porque a pesar de todos los esfuerzos de la propaganda por anunciar la declaración de González  con fanfarria y concluirla con los rotundos acordes wagnerianos que anuncian el fin de la batalla del fin del mundo, su efecto no tardó en ser el mismo que había producido el  ampuloso informe  de Trillo sobre la épica gesta que devolviera Perejil  al dominio de España. A pesar de todos los esfuerzos de los medios y contra todo pronóstico, las palabras de  González cayeron, junto al discurso de Trillo, en el infamante foso del ridículo.

No merecían mejor destino. Primero, por la dejadez en el redactado del artículo que hace sospechar  la intervención de algún escribidor interpuesto. Segundo, por la soberbia de González de creer que su fama y autoridad aún tendrían el mismo peso veinte años después de haber desaparecido de la política cotidiana. Tercero, por ignorar que el vapuleo sufrido por el PSOE desde el desencadenamiento de la crisis y, particularmente y más bestia, por Sánchez desde su elección como candidato a la presidencia del gobierno, en vez de debilitar al partido y a su secretario general,  les habían curtido, endurecido, fortalecido; madurado al punto de empujarles a tomar sus propias decisiones y hacerse responsables de ellas  sin depender de consejos paternales. Pedro Sánchez, en nombre del PSOE, dio las gracias a Felipe González por sus consejos y le recordó que la decisión oficial de la Ejecutiva socialista era votar que no a la investidura de Rajoy.

Puede que González se quedara, tras la respuesta,  con el mismo estupor que demudó los semblantes de sus incondicionales tras enterarse de su apoyo a un nuevo gobierno del Partido Popular. ¿Qué le ha pasado al PSOE que ya no me escucha? se pregunta González. ¿Qué le ha pasado a Felipe? se pregunta el socialista de toda la vida cayendo en cuenta de que su ídolo es un simple  mortal.

A Felipe le pasó que, en cuanto se vio en la Moncloa, comprendió el significado del posibilismo y se desprendió de todo vestigio de integrismo ideológico para aplicarse a la tarea de modernizar una sociedad deshecha por cuarenta años de dictadura de los privilegiados, dotándola de un bienestar legislado por un estado garante de la cohesión social. Y la modernizó.

A Felipe le pasó que cuando dos histéricos obsesionados por su ambición empezaron a hacerle blanco de sus ataques para deribarle a toda costa, prefirió alejarse de una España cuya atmósfera  volvían a contaminar los aires rancios de la derecha inflexible y de la izquierda intransigente, la España que querían Aznar y Anguita. Y se dedicó a viajar para consolidar en el extranjero la imagen de la España moderna  que había superado la transición.

A Felipe le pasó que, consciente de que el capitalismo no se podía derrotar en un mundo entregado al dogma de que sin capital no hay bienestar, dedicó sus últimos esfuerzos como gobernante a paliar los efectos inhumanos del neoliberalismo hasta donde fuera posible. Pero tuvo que recortar, que liberalizar, tuvo que plegarse para evitar que la marea negra ahogara cuanto se había conseguido hasta entonces, consiguiendo con ello la más rotunda y universal incomprensión.

Y puede que, a partir de entonces, harto  de las miserias de una política empeñada en devolver España a su condición de miserable, decidiera dedicar el resto de su vida a ejercer el derecho a vivir como le diera la gana.

¿Cómo se le ocurrió entonces meterse de repente en la gallera para comprometer a su partido lanzandole por vía pública un consejo contrario al parecer de su ejecutiva y de la mayoría de sus militantes, simpatizantes y votantes? Tal vez porque alguien muy significativo le pidió que interviniera a ver si Rajoy salía de sus vacaciones en funciones de una puñetera vez y se ponía a cumplir los compromisos contraídos con Bruselas. Tal vez porque le pareció que una sociedad que aceptaba sin apenas protestas que unos estúpidos populistas, muy sonrientes y cariñosos ellos, resumieran la ingente tarea de sus cuatro legislaturas con el asunto de los GAL y su cal viva, no merecía mucho esfuerzo. ¿A quién, viéndose vilipendiado y difamado en las redes sociales y en cierta prensa,  no le entran ganas de encogerse de hombros y pronunciar un olímpico “que les den”?

Sólo Felipe sabe lo que le ha pasado a Felipe y con la conciencia de Felipe lo tendrá que resolver. Lo más razonable en estos momentos es que todos los seres pensantes de este país se pregunten qué nos ha pasado a nosotros, para averiguar si aún podemos retroceder a aquellos tiempos en que cada día era un paso hacia el progreso, hacia la mayor confianza en nosotros mismos, hacia un nuevo motivo de orgullo suministrado por nuestros esfuerzos.

Mientras tanto, empieza a ser noticia la firmeza de Pedro Sánchez y su ejecutiva. El PSOE demuestra su renovación y se gana el respeto de quienes le observan con objetividad sin dejarse manipular por la prensa. Mientras tanto, aún podemos albergar esperanzas.