A la trituradora

El 1 de octubre de 2016 unos señores del PSOE se cargaron al PSOE. Omito los nombres para ahorrar espacio porque los conocemos todos. No hay encuesta de intención de voto que hoy no sitúe al que fue partido gobernante o primer partido de la oposición durante treinta y cinco años en tercer o cuarto lugar. La portavoz de los demoledores,  Susana Díaz, hoy recorre España prometiendo reconstruir el partido y llevarle al triunfo electoral.  Su discurso conmueve. Es como el de una niña que hubiera escacharrado un jarrón de valor incalculable y fuera gimiendo por toda la casa, con un tubo de pegamento en la mano: “No me castiguéis. Yo lo voy a arreglar”. Pero los adultos saben que el jarrón tardaría años en arreglarse aunque de ello se ocupara un equipo de los mejores restauradores.

La realidad es que a ningún político con poder de este país le interesa restaurar al PSOE, y menos que a ninguno, a quienes destrozaron el partido a golpes dejándole casi noqueado aquel 1 de octubre y rematándole unos días después en el discurso de investidura de Mariano Rajoy. Cada uno de los diputados que ese día se levantaron del escaño para decir “abstención” sabía que la palabra significaba una sentencia de muerte. ¿Por qué lo hicieron? Unos porque creían en la palabra de la que les había prometido “Esto lo arreglo yo”, y no era cosa de arriesgar cargo y sueldo contrariando a quienes tenían el poder de garantizarles ambos. Otros, porque estaban convencidos de que era necesario destruir al PSOE porque, como Cartago, la socialdemocracia en España constituía una amenaza permanente contra el Imperio, el imperio de los poderes fácticos de la España eterna. ¿Pero es posible que fueran los mismos próceres del PSOE los que decidieran destruir el partido? ¿Por qué?

A Felipe González le permitieron llegar al poder porque se comprometió a no tocar a los intocables. Y no los tocó. Para que pudiera encandilar a la plebe con un triunfo, le permitieron cobrarse la cabeza de Ruíz Mateos, un advenedizo a quien los patricios no podían ver. Y le dejaron ofrecer escuela pública, mientras  no incordiara a las concertadas. Y no las incordió. Y abrigar en su seno a intelectuales ateos y agnósticos mientras no tocara los acuerdos con la Santa Sede. Y tampoco los tocó. Cuando Felipe González salió de La Moncloa, le llevaron en coche con chófer a un nuevo destino que le garantizaba ingresos a pedir de boca  y la intocabilidad perpetua  siempre y cuando no los utilizara contra los intocables de siempre. Hasta el día de hoy, Felipe González, bien entrenado por sus años de brega,  ha cumplido sus compromisos con los neoliberales sin faltar.

Cuando un golpe aciago de la suerte llevó al poder a José Luis Rodríguez Zapatero, creyeron él y los suyos que los votos daban manos libres para hacer lo que quisieran. Los intocables no tardaron en llamarle a capítulo. Vale lo  de los homosexuales; son pocos y gastan mucho. Vale lo de la memoria histórica, que suena muy bien, pero ni un céntimo del estado para desenterrar huesos y nada de sacar papeles viejos que pudieran comprometer la memoria de los cuarenta años gloriosos que transformaron a España en modelo de virtudes. Zapatero no quiso o no se atrevió a mancillar ese recuerdo. Para hacerse perdonar veleidades socialistas, le subió a la Iglesia lo que cobraba del estado, de nosotros. Pero faltaba algo más, una demostración de que también estaba dispuesto a respetar los intereses de los intocables financieros. Para apaciguarles, Zapatero tuvo que promulgar una reforma laboral pro empresarios. Cuando Zapatero salió de La Moncloa, ni Franco le hubiera visto el rojo por ninguna parte.

Todo iba bien en un PSOE que aún tenía votos suficientes para  repartir cargos a los más importantes manteniendo el orden en la pajarera. Y todo podía haber seguido bien. Los vientos fétidos que empezaban a salir del Partido Popular estaban alejando a millones de votantes. La reforma laboral de Mariano Rajoy, más salvaje que la de Zapatero, y otras medidas sensatas de su gobierno, estaban dejando a media España en la pobreza. Sólo era cuestión de esperar a que Mariano Rajoy y los suyos se ahogaran en su propia cloaca o a que la mayoría no pudiera soportar la peste y la miseria por más tiempo. Entonces saldría a escena el PSOE con un candidato joven y guapo  que lanzaría promesas como rosas y, a lo mejor, devolvía al partido montones de actas de diputado para que muchos más estuvieran contentos y el partido pudiese disfrutar otros cuatro años de paz.

Pero resultó que el candidato joven y guapo cerró la puerta de su despacho a intocables del partido y se puso a programar y predicar reformas que pusieron nerviosos a los intocables de afuera. Dicen que no recibía ni le hacía caso a nadie. Lo que solo podía querer decir que estaba dispuesto a hacer de su capa un sayo. Esa capa y ese sayo eran tan rojos que no hubiera podido salir con ellos ni a la esquina de su casa en tiempos de Franco. Pedro Sánchez no atendía a razones porque ni siquiera daba pie a que se le explicaran las razones para mantener  en España el sistema económico y social del franquismo.  Tenía entre ceja y ceja reconvertir al PSOE en un partido socialista y obrero, y ni siquiera por la guinda se le podía coger en falta porque también  lo quería español. Su contumacia asustó a la Iglesia y convenció a los magnates de los negocios de que no se podían correr riesgos permitiendo en España la supervivencia de una socialdemocracia díscola que, no solo haría daño a la derecha española, sino que podía servir de ejemplo y estímulo a la agonizante socialdemocracia europea.

No hace falta repetir cómo derrocaron a Pedro Sánchez los próceres de su partido. Lo sabe todo el mundo y ya cansa. No hace falta repetir como el PSOE de la Gestora se transforma en muleta del Partido Popular superando en utilidad a Ciudadanos. Todos lo hemos visto, oído y leído. Y todo lo visto, oído y leído por los espectadores pasivos basta y sobra para que, en el inconsciente colectivo del país, el PSOE de la Gestora se haya constituido en símbolo de indecencia por apoyar  a un partido indecente. Ya pueden soltar los culpables todas las explicaciones que sea capaz de pergeñar su entendimiento. Todos sabemos desde niños que lo más fácil de encontrar en esta vida son excusas para justificar cuanto nos parezca que necesita justificación.

Pero como España es la cuna del esperpento, lo que no bastan son los argumentos racionales para explicar las causas y consecuencias de los gatuperios políticos. El éxito de un guiso depende del aliño y en esta olla podrida, el aliño no podía faltar. Apareció Podemos.

A Pablo Iglesias y su grupo inicial les descubrieron los ojeadores de varios equipos: el chavista para contar con una cuña en la Unión Europea; el neoliberal español y de allende para ofrecerse como el orden frente al caos. Unos bisoños profesores de Políticas manifestándose en la calle como radicales, con un cabecilla que podría protagonizar una serie de televisión acaparando todas las audiencias, podían hundir en la derrota a cualquier equipo que pretendiera cuestionar la supremacía de la derecha con un proyecto de socialismo moderado. ¿Quién financió el ascenso de aquella tribu hasta constituirla en partido político? ¿Quién lanzó a Pablo Iglesias a la apoteosis? Puede que nunca se sepa objetivamente. Pero las respuestas carecen de importancia ante los resultados de una estrategia genial. Podemos, unidos después a todas las tribus que Iglesias pudo recoger de aquí y allá, se llevaron al monte de las bienaventuranzas a todos los rojos desencantados con el rosa pálido, viejo, del PSOE. ¿Es que Unidos Podemos es de izquierdas? Según. Pablo Iglesias dice que no, y no miente. El narcisismo le hace verse por encima de toda dirección accidental. Pero por lo estrafalario de su indumentaria, de sus discursos y de su comportamiento en lugares serios, las masas le ponen la etiqueta de revolucionario de izquierdas  a falta de otro arquetipo al que asociarlo.

El día en que el PSOE de la Gestora culminó el desmantelamiento del socialismo permitiendo el gobierno del PP con su sonora abstención, Unidos Podemos quedó ante los españoles como el único partido de izquierdas de este país. Pablo Iglesias se vio como el héroe destinado a recibir la dignidad de Dios y decidió hacer todos los méritos posibles para hacerse ver, produciendo escenas y discursos que le garantizaban cobertura radiofónica y televisiva en prime time. En el último episodio, aparece flanqueado por su corte. Une las cejas. Fija las pupilas en una cámara, en otra, en otra. Va a hacer un anuncio trascendental que conmoverá los cimientos del país. Luego de una estudiada pausa que enardece la expectación, anuncia que va a presentar una moción de censura.

Quien sabe algo de política se queda con cara de bueno, vale. A los del PSOE de la Gestora les roza una ligera preocupación. Una cosa es que los votantes les manden al tercer lugar y otra que la debacle les lance al limbo en el que habitan Rosa Díez y compañía. ¿Qué tienen para competir con la estrella de la política española? Promesas socializantes, no, desde luego. No les creerían ni en sus casas. Tienen a Susana Díaz, pero su voz de coreuta de tragedia griega, tan antigua, tan engolada, tan plañidera, aburre hasta a sus mentores.  Como no se pongan  los gerifaltes del partido a manipular cuentas, avales, papeletas y voluntades, el rojo de bronce puede aplastarlos a todos  como el cinturón del sastrecillo valiente. Es posible que en eso estén.

¿Y en qué estamos los ciudadanos, esos ciudadanos que les mantenemos a todos, empresarios y políticos,  sin chistar? Esperando sin chistar a que el rojo de bronce aparezca como deus ex machina apagando la trituradora de voluntades hacia la que nos están empujando los esbirros del poder.

 

 

 

 

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El PSOE aparatosamente aparatoso

Susana Díaz es candidata a Secretaria General del PSOE. La sopa de ajo lleva ajo. Y es la candidata oficial de los medios. Quien detesta el ajo no come sopa de ajo. Hoy, Pepa Bueno, en su programa de La SER, predecía a la candidata un triunfo arrollador por contar con el apoyo de casi todo el aparato del PSOE.  Y diríase que la predicción no es arriesgada porque el aparato pesa, deslumbra, arrastra a los militantes a los que verse en foto con famoso ilusiona mucho más que una ideología política y su aplicación. No es lo mismo ver en carne y hueso o en pantalla del televisor a los dioses del panteón socialista puestos en primera fila para aplaudir a su predilecta, que ver en la foto de un periódico a una multitud de desconocidos arropando a un candidato denostado, aislado, defenestrado y repudiado por todos los famosos del partido.

Por poco que sepa, todo el que algo sabe, sabe que las emociones arrastran más que todas las carretas cargadas de contenido intelectual. Y como lo sabe, Susana Díaz se ha construido un discurso cargado de frases concebidas para estimular las glándulas. Con ese discurso empezó a responder a la entrevista, y con ese discurso siguió respondiendo, le preguntara Pepa lo que le preguntara.

Así, el escándalo del 1 de octubre que dividió al PSOE y lo relegó, según todas las encuestas, a la cola de casi todos los partidos fue, para Susana, un dolor, mucho dolor, un dolor muy grande para todos los asistentes a ese aciago Comité Federal. Buena respuesta. Cuando uno se encuentra con una vecina del barrio o del pueblo que acaba de salir del hospital y le pregunta qué le pasó, no espera que le responda detallando el historial médico y el tratamiento aplicado. Si la vecina es consciente de las exigencias del trato social, se limitará a decir cómo se sintió y cómo se siente. Susana Díaz parece conocer muy bien a sus vecindarios.

Insistió Pepa Bueno en el asunto, intentado extraer de la entrevistada un análisis, una opinión, un producto de su intelecto que explicara qué fue aquello, por qué pasó.  Susana Díaz recurrió entonces a lo que recurren casi todos los políticos en caso de aprieto; al argumentario.

Montarse una justificación para un asunto que huele que apesta a manejo inconfesable, no es cosa que se pueda improvisar durante una entrevista. Los cerebros de un partido encargados de articular los argumentos que el político ha de ofrecer a la plebe, medios mediante o directamente en mítines, dedican largas horas a preparar lo que podría entenderse como la papilla con que se alimenta a la opinión pública. Los del PSOE oficial tienen que haberse exprimido el cerebro hasta la extenuación dedicando horas y días a elaborar justificaciones con visos de racionalidad que actuasen como preparados para mitigar tanto dolor.

El problema del argumentario del PSOE oficial sobre el cataclismo del 1 de octubre es que esos cerebros no han conseguido producir argumento alguno que la realidad no refute.

El argumento de que Pedro Sánchez hacía perder elecciones evoca rápidamente las críticas, las chulerías, los manifiestos, los consejos venenosos que las personalidades de su partido vertieron en todos los medios para evitar que Pedro Sánchez ganara las elecciones. Y, evidentemente, no conviene que los militantes recuerden esa contracampaña porque obligaría a los cerebros a exprimirse otra vez para explicar por qué las personalidades del partido querían que el PSOE perdiera las elecciones; las dos generales y las de Galicia y el País Vasco. Es por eso que los políticos oficiales del PSOE de la Gestora cada vez repiten menos lo de que Pedro Sánchez es un perdedor.

Susana Díaz recurrió en la entrevista a otro argumento menos comprometido. El PSOE es demócrata, ella es demócrata, todos los socialistas son demócratas. Los demócratas no pueden permitir que se bloquee el gobierno de un país por no querer votar a la lista más votada. Entiéndase, por lo tanto, que había que deshacerse de Pedro Sánchez porque Pedro Sánchez tenía bloqueado el gobierno del país por negarse rotundamente a permitir el gobierno del Partido Popular. Pero mentar al PP evoca algo todavía peor. ¿Ser demócrata exige entregar el gobierno del país a un partido imputado por corrupción; algo nunca antes visto? ¿Ser demócrata exige entregar el gobierno de un país al partido responsable de la pérdida de derechos de los trabajadores; de la precariedad laboral; de hacer de España otra vez un país de inmigrantes por volver a hacer de España un país con millones de pobres? ¿Ser demócrata exige entregar el gobierno de un país a un partido que en la legislatura anterior eliminó libertades fundamentales con la ley que hasta los del mismo partido llaman Ley Mordaza?  La evocación, para quienes tienen cierta cultura o la edad suficiente para evocar ciertas cosas, conduce a los tenebrosos días en que un anciano Paul Von Hindenburg entregó la cancillería de Alemania a Adolf Hitler porque el partido nacionalsocialista había sido el más votado en las elecciones al Reichstag. Se ve que los cerebros del PSOE oficial todavía no se han dado cuenta de que ese argumento también puede resultar contraproducente.

O ya se lo están pensando porque, a las últimas, Susana Díaz soltó otro que últimamente se está imponiendo en el argumentario. Vamos a ver, si se dice que fue necesario defenestrar a Pedro Sánchez porque quería convocar un Congreso en veinte días, puede que el personal se quede a cuadros y deje de rumiar. Debe ser muy malo eso de convocar un Congreso con urgencia. Aunque la mayoría no sepa por qué, puede que trague, como aceptaría la gravedad de su estado un paciente al que su médico le dijera que tiene una contracción del esternocleidomastoideo. ¿Y si a alguien se le ocurre preguntar para qué quería Pedro Sánchez convocar un Congreso a toda prisa? A esa pregunta se puede contestar: que la conteste Pedro Sánchez, introduciendo la sospecha de que Pedro Sánchez podía tener algún motivo oculto inconfesable. ¿Pero qué pasa si el entrevistador resulta más incisivo e insiste en que se explique el para qué? Él político entrevistado debe tener siempre en cuenta lo que, parafraseando un dicho de los tiempos de mi madre, dice: “contra el vicio de preguntar, está la virtud de contestar lo que te dé la gana”.

Susana Díaz tuvo el dicho como máxima durante toda la entrevista de Pepa Bueno, igual que ha demostrado tenerlo en todas las entrevistas que le han hecho. Ella lleva su guion memorizado, y si algún aguerrido periodista sale con una pregunta que en el guion no consta, Susana Díaz responde sin empacho como si le hubieran preguntado otra cosa. Pero Pepa Bueno no le preguntó el para qué y Susana Díaz y los redactores de su argumentario están convencidos de que muy pocos, poquísimos se lo preguntarán. Y lo que cuenta para ganar elecciones no es el grupo de los que se preguntan cosas; es la mayoría que se emociona con palabras y argumentos emocionantes. No hay más que escuchar las razones que los seguidores de Susana Díaz esgrimen para seguirla: es mujer, es buena gente, tiene la mirada limpia, quiere un partido unido lleno de esperanza y de ilusión, quiere ganar elecciones. Pero, se pregunta uno, ¿no habrá quién se plantee por qué quería Sánchez un Congreso exprés? ¿Había alguna urgencia? Hombre, según cómo se mire. Con el gobierno bloqueado porque Sánchez había prometido que al gobierno del PP no se le podía dar otra cosa que un no y porque Sánchez se empeñaba en cumplir su promesa contra viento y marea y terremotos y ataques de histeria, hacía falta un Congreso para que los militantes dijeran si querían permitir el gobierno del PP o arriesgarse a terceras elecciones o a las que hicieran falta con tal de que su PSOE, su partido socialista de toda la vida no cargara con la ignominia de haber permitido el gobierno de una derecha corrupta e inhumana.

Otra vez la abstención, se pongan como se pongan. No hay manera de evitar que, hagan lo que hagan y digan lo que digan, a los políticos del PSOE oficial les saquen el cadáver del armario. A alguno se le ocurrió el otro día culpar a Pedro Sánchez de no haber consultado a los militantes si querían la abstención. Pero no cuela. El fantasma del cadáver les sigue acusando sin compasión. Desesperando ya de justificar lo injustificable, a otro se le ocurrió amenazar con que, si gana el villano de Sánchez, él se va. Tampoco funcionó. En las redes sociales le montaron una despedida con agradecimiento.

En fin, que, volviendo al principio, a Susana Díaz solo se le puede predecir la victoria si triunfa el aparato, y el aparato solo puede triunfar, si la mayoría sigue hipnotizada por la impresión de ver junto a ella a los personajes más famosos del país.  Y es que, como diría nuestro sabio Rajoy, el aparato es mucho aparato y muy aparatoso,.

 

 

Calma chicha

Esta mañana, he tenido la tentación de buscar en mis archivos artículos publicados durante los últimos tres años y sacar frases de aquí y de allá para componer uno nuevo comentando los acontecimientos políticos de ayer. Me resultaría muy fácil vestir el nuevo de rabiosa actualidad. Bastaría cambiar la fecha y las referencias temporales, o sea, corregir un poco el maquillaje para que pareciera recién puesto. Porque lo cierto es que tras el espectáculo montado por los medios con un libreto cargado de lo que excita el morbo: animadversiones, desencuentros, amenazas, zancadillas, caídas, rupturas y  agüeros de lo peor; entre bambalinas no ha cambiado nada.

Hace tres años, Mariano Rajoy sesteaba en su palacio sin que llegara hasta él la bulla de la plebe; sin que turbara su descanso el moscardón de la incertidumbre ante su futuro. La Fortuna le había regalado dos talismanes todopoderosos. Uno, la Crisis, que le proporcionaba una excusa universal para hacer lo que le diera la gana, además del pánico que se iba apoderando de la plebe. El otro talismán;  Pablo Iglesias con su Podemos.  Ni el optimismo más delirante  hubiera podido imaginar el surgimiento de un partido, en principio de izquierdas, dispuesto a disputar votantes al PSOE; un partido liderado por un narcisista que, en su afán desenfrenado por convertirse en famoso mediático, soltaba disparates incendiarios que permitían situarle en el extremo de la radicalidad. Era tal el tirón del personaje que la pesca de votos podía ser impresionante, pero no había peligro alguno de que pudieran llegar a mayoría. De evitarlo, ya se encargaría el pánico.

Hubo un momento, a mediados de 2014, en que Mariano Rajoy vio amenazado su feliz descanso por una molesta inquietud. El PSOE, único rival a tener en cuenta por sus posibilidades de disputarle con éxito el poder, eligió a un nuevo Secretario General y al mismo como candidato a la presidencia del gobierno. Rajoy tuvo que interrumpir su reposo perenne para enterarse de quién era el tal Pedro Sánchez y con qué posibilidades contaba para poner en peligro la hegemonía neoliberal que tan contentos y tranquilos tenía a sus amigos de las finanzas.  Pero no por mucho tiempo ni con gran esfuerzo. Otra vez la Fortuna  le asistió. Cerca de las elecciones y en plena campaña electoral, sonoros compañeros de Sánchez empezaron a ponerlo en solfa ante cámaras y alcachofas. Los medios cantaron aleluya. Tan inaudito espectáculo, bien adobado, podía volver a conseguir que la política compitiera por la audiencia de los programas del corazón. Susana no quería a Pedro, pero los dos estaban condenados a fingirse amor si no querían demoler del todo la casa común.

A Rajoy no le sobresaltó demasiado el resultado de las elecciones. Cómo había predicho por su profundo conocimiento del hombre medio español, grupo genérico en el que se encuentra, la mayoría se decantó por lo malo conocido sin arriesgarse a lo extravagante por conocer.  Iglesias obtuvo un considerable número de votos, pero no los suficientes como para permitirle cortar y pinchar. En cuanto a Sánchez, gracias a los suyos se había quedado por debajo del mayor perdedor del PSOE. Pero había ocurrido algo que, hasta cierto punto preocupaba a Rajoy. El PP, sin mayoría absoluta, tendría que negociar con Ciudadanos y PSOE para que él pudiera conservar la presidencia. Pero he aquí que el tal Sánchez, que se había atrevido a llamarle indecente ante millones de espectadores, decía que no, que no a Rajoy, que no al PP, que no es no y que ahora y siempre seguiría siendo que no. Rajoy le dijo al rey que él no se subía a la tribuna del Congreso para que le dijeran que no y hete aquí que el tal Sánchez se atreve a decirle al rey que él sí está dispuesto a subirse le digan lo que le digan. De pronto, la indolencia innata de Mariano Rajoy le abandonó y una corriente de inquietud electrizó sus nervios. ¿Sería posible que Sánchez y el loco de la coleta le arrebataran el puesto? Pero otra vez, la inquietud le duró lo que las chispas de una bengala. Antes de que Sánchez terminara de hablar con el rey, el de la coleta se puso ante las cámaras y, con pose de winner con Oscar en la mano, le dijo a Sánchez que estaba dispuesto a a dejarle gobernar si le nombraba vicepresidente  y le daba ministerios y secretarías que pusieran bajo el control de su partido los centros más sensibles del gobierno, incluyendo la radio y la televisión, como no. Esa noche, Mariano Rajoy tiene que haberle prendido cuatro velas a la diosa Fortuna en señal de agradecimiento, y seguramente lo hizo, porque la diosa no le ha abandonado hasta hoy.

Nuevas elecciones en el verano de 2016. Otra vez los compañeros más sonoros de Pedro Sánchez se lanzan a las alcachofas para leerle  la cartilla en público. Otra vez Rajoy les deja hacerle la campaña con profundo agradecimiento por quitarle trabajo. Algo se mueve el hombre, pero no mucho, y algo se mira los discursos antes de soltarlos, pero no tanto. ¿Para qué? Le dices a la gente que un plato es un plato, se parten de risa y encima te agradecen que les hayas hecho reír. Los resultados vuelven a incomodarle, pero ligeramente. Sánchez saca menos diputados que la primera vez y sus compañeros y amigos empiezan a pedirle que dimita. Pero el tozudo dice que no y sigue diciendo que no a su investidura. Otra vez, la solución depende de la Fortuna y en ella confía Rajoy más que en la Virgen santísima. La Fortuna decide premiar a su devoto con un prodigio que sorprenderá al mundo y hará historia en los siglos por venir. En un domingo glorioso para Mariano Rajoy y su partido, los amigos y compañeros de Pedro Sánchez le defenestran y nombran en su lugar a una Gestora dispuesta a abstenerse para que Rajoy no se tenga que mudar de la Moncloa.  Mayor fortuna no se había visto nunca ni se verá. O ha tenido Mariano Rajoy la suerte de que, en su tiempo y espacio, le haya tocado lidiar con un PSOE  liderado por tontos de remate o ha tenido la suerte de encontrar en el PSOE políticos que comprenden que en este mundo de ahora y aquí, no hay guapo que quiera enemistarse con los dueños del dinero enrocándose en un socialismo rancio.

Ayer fue un día muy duro para la prensa.  En el congreso del PP no había ni rastro de sal y pimienta que permitiera aliñar el asunto para hacerlo del gusto del personal. Se intentó dar un toque dramático creando un conflicto entre la secretaria general y el nuevo coordinador del partido,  pero ninguno de los dos se prestó a representar la escena. A la desesperada, periodistas y comentaristas se centraron en la parte del discurso de Rajoy dedicada a la independencia de Cataluña, volviendo a echar carbón a la caldera de los trenes destinados a chocar. Pero el tren de los independentistas catalanes va por una vía y el de los salvadores de la unidad de España va por otra. Como ambos corren en círculo, de vez en cuando uno le pasa al otro por el lado, los ocupantes se gritan cosas y siguen su camino repitiendo cada cual su letanía. Eso lo sabe Rajoy, pero con algo tenía que llenar el discurso de aceptación del poder absoluto que el partido le acababa de renovar.

El Congreso de Unidos Podemos que tanto prometía, resultó un fiasco. Otro paseo triunfal y monólogo de Pablo Iglesias, más vistos que el Tenorio. Ni todos  los esfuerzos de la prensa por anunciar el evento como un encuentro a los puños entre Iglesias y Errejón consiguió estimular el entusiasmo del respetable. El resultado de la votación prometió una legislatura de protestas y mítines multitudinarios que mantendrán las calles animadas. Nada, en fin, que pueda inquietar a Rajoy o a sus socios de gobierno. Un partido radical puede llenar, en España, plazas y explanadas, pero no puede conseguir que le voten todos los que le aplauden. La mayoría es tan conservadora como el PP y el nuevo PSOE descafeinado de la Gestora.

¿Y no preocupa a Rajoy  lo que pueda ocurrir en el congreso y en las primarias del PSOE? Miles de militantes, simpatizantes y votantes del partido socialista luchan en las redes sociales y en las agrupaciones para que Pedro Sánchez recupere la secretaría general del partido y vuelva a girar el timón a la izquierda. Si Pedro Sánchez consigue resucitar a la socialdemocracia en España, ¿qué explicación va a dar Rajoy a los amigos neoliberales que le consideran adalid de la doctrina económica del sálvese quien pueda? Rajoy ni siquiera se molesta en montarse una explicación porque está convencido de que su poder absoluto no corre peligro. Unos cuantos miles de inconformistas no bastan para inquietarle. ¿Quién sabe de su existencia? Como si todos los medios de comunicación leyeran el pensamiento al presidente todopoderoso –los periodistas son muy telepáticos- no hay ninguno que mencione a los rebeldes que se oponen a Susana Díaz y a la Gestora. Pedro Sánchez dejó de existir para la mayoría de la prensa el día que le borraron del mapa político para eliminar a la socialdemocracia del panorama español.

 

La división del PSOE

Negar a estas alturas la división del PSOE es cerrar los ojos ante la realidad. El PSOE se ha escindido en dos grupos perfectamente diferenciados y antagónicos. Por un lado, el PSOE de la Gestora surgido de un Comité Federal rocambolesco en el que se hizo lo permitido y todo lo contrario para apear de la Secretaría General a Pedro Sánchez; Gestora que luego convierte al PSOE en cómplice del PP, absteniéndose para que Mariano Rajoy vuelva a ser presidente del Gobierno. Por otro lado, un número muy considerable, probablemente mayoritario, de militantes, simpatizantes y votantes del partido que no toleran de ninguna manera y por ningún motivo que el PSOE renuncie a sus principios socialdemócratas para apoyar a un partido neoliberal.

Quien habla de la posibilidad de coser un extremo que tira a la derecha con otro que tira a la izquierda, miente, y miente porque sabe, como sabemos todos, que se trata de extremos irreconciliables; porque pedir reconciliación entre ambos, es pedir que uno de los dos grupos renuncie a sus principios. Evidentemente, quienes pretenden imponer esa renuncia son los que detentan el poder.

Las mentiras como esta y muchas otras, repetidas hasta la saciedad por los políticos y los voceros de la propaganda, han conseguido que hoy se dé por hecho que vivimos en la era de la posverdad; lo que simplemente significa que la mentira se ha promovido, institucionalizado, aceptado; que la verdad ha quedado relegada al museo de las antiguallas. El recurso constante a la mentira, legitimado por la costumbre y la moral relativista, ha tenido el efecto colateral de minar la confianza. El cinismo se exhibe como señal de inteligencia y de madurez. Los políticos que mienten sin reparar a quién ni cómo ni dónde, como el mismísimo presidente del gobierno, han convertido a la sociedad en un conjunto de individuos que viven protegiéndose del otro, sospechando de todos, no fiándose de nadie.

En el caso del PSOE, Pedro Sánchez, a la sazón Secretario General del partido, prometió durante las campañas electorales de diciembre de 2015 y junio de 2016 que bajo ningún concepto utilizaría los votos que obtuviera el PSOE para permitir el gobierno del Partido Popular. Al hacerlo contaba con el respaldo del Comité Federal del partido.  Pues bien, la prueba incontrovertible de que el PSOE está dividido por un cisma profundo que no admite componendas es que Pedro Sánchez se negó a que su promesa electoral se convirtiera en mentira, mientras  la mayoría del Comité Federal que le depuso creyó que  las circunstancias libraban al partido de su compromiso con la verdad. ¿Pueden convivir en un partido político quienes están dispuestos a sacrificar principios, ideología asumiendo una moral de circunstancias, con quienes siguen respetando los principios, la ideología de un partido que se llama socialista?

El PSOE de la Gestora, convertido en primer partido de la oposición, justifica la abstención y los votos entregados luego al PP, proclamando su voluntad de contribuir a la gobernabilidad del país y su intención de conseguir que se deroguen las leyes más antisociales, inhumanas de la legislatura anterior. Para demostrar esa intención de socializar a la derecha, y los  éxitos conseguidos hasta la fecha,   los actuales líderes del PSOE afirman que han conseguido que se derogue la ley de educación y la ley mordaza; anuncian la modificación de la reforma laboral; proclaman subida del salario mínimo y de las pensiones. No se ha derogado ninguna ley y el PP anuncia que no está dispuesto a derogarlas. Anuncia el PP que la reforma laboral está muy bien y que algo que está bien no se debe modificar. Las pensiones han subido un 0,25%. Ningún asalariado puede exigir el salario mínimo porque la reforma laboral no obliga al convenio colectivo; ningún desempleado está en condiciones de exigir un salario determinado si quiere trabajar. ¿Pueden convivir en el PSOE quienes mienten sin escrúpulos para conseguir el fin que se han propuesto y quienes no están dispuestos a aceptar la mentira para camuflar el fin? El fin del PSOE de la Gestora es no perder votos, según confiesan sus promotores y seguidores. ¿Pueden convivir en el PSOE quienes conciben la política como medio para obtener y conservar el poder por cualquier medio, con quienes la conciben como gestión de los recursos en beneficio del bien común?

Los líderes están obligados a poner paz, a echar mano de frases como que nadie sobra, que es más lo que une que lo que separa. Ese discurso conciliador obliga a cualquier líder político que no quiera hacerse responsable de la división definitiva de un partido. Pero ciertamente no obliga a militantes, simpatizantes y votantes. El seguimiento a un partido supone una convicción, forma parte del criterio moral de una persona. Nadie tiene derecho a exigir, ni siquiera a pedir, que una persona renuncie a sus principios, a sus valores, a sus convicciones por el bien de un partido político, sea cual sea.

El cisma que divide al PSOE en este momento no tiene que ver con las personas. No se trata de o Pedro Sánchez o Susana Díaz. Se trata de dos conceptos opuestos de la acción política. ¿Pueden convivir en un partido quienes creen que la acción política debe regirse por criterios morales con quienes rechazan que los criterios morales informen la acción política?

Quienes el 1 de octubre forzaron la dimisión de Pedro Sánchez y dirigieron el PSOE hacia la connivencia con el Partido Popular, tenían que saber que estaban dividiendo el partido, y si no lo sabían, adolecen de una clamorosa incompetencia. Sea por incompetencia o por algún motivo inconfesable, el cisma es hoy por hoy un hecho que nadie puede negar. ¿Puede salvarse el PSOE de la división y del desprestigio que ya le sitúan como tercer partido en intención de voto y que podría relegarle a una posición aún peor?

Desde luego, es demasiado tarde para tratar el mal con paños tibios. En este momento solo vale la cirugía. Una de las dos facciones se tiene que amputar antes de que la gangrena acabe con todo el partido. Ante tanto despropósito, hay muchos que se preguntan si quienes han desviado el partido para acercarle al gobierno neoliberal, no persiguen, en realidad, eliminar a la socialdemocracia del panorama político siguiendo la tendencia que hoy impera en el mundo. Siendo el PSOE el único partido socialdemócrata del país, ¿no se trata de eliminar al PSOE?

No hay que ser sagaz para darse cuenta de que el destino del PSOE hoy depende de la ya batalla campal entre dos facciones: quienes están dispuestos a aferrarse al poder por todos los medios, sean morales o no, y el ejército de militantes, simpatizantes y votantes que luchan para que el PSOE, con más o menos votos, con más poder o con ninguno, siga siendo un partido socialista. Ya ni siquiera es cuestión de a ver quién gana. En esta lucha entre la mentira y la verdad; entre el relativismo cínico y la conducta informada por un criterio moral, ganará sin duda quien logre mantenerse fiel a los valores que confieren a su conciencia la cualidad de humana.

 

¿Con quién nos revolcamos?

Todos, menos los del PP, exigen hoy  que el gobierno y Federico Trillo pidan perdón por la negligencia de un ministro del  gobierno del PP que causó la muerte de sesenta y tres españoles. ¿Quiere esto decir que la culpa de Trillo y del partido que le protegió se saldaría con el perdón y no haría falta otra cosa para olvidar el tema? Lo que esto significa es que al acto de pedir perdón se le atribuye el efecto de dirimir la culpa y esto es, racional y éticamente indefendible. ¿Hay que perdonar a Pablo Iglesias Turrión por haberse negado a dar la investidura a Pedro Sánchez y un gobierno de izquierdas al país; por haber preferido que millones de españoles sigan siendo víctimas de la política neoliberal de la derecha? ¿Hay que perdonar a los promotores de la Gestora del PSOE y a la Gestora que entregaran el país al capitalismo salvaje del PP? Para responder a las preguntas, primero hay que tener muy claro qué se entiende por perdón.

 

Las palabras, eso que nos sirve para comunicar los conceptos que alberga nuestra mente, son el arma más poderosa que la naturaleza otorga al ser humano para superar sus insuficiencias. A la Palabra atribuye el evangelio de Juan la creación de todas las cosas cuando nada existía, lo que nos permite suponer que la Palabra también puede destruir todo lo que existe.

 

Al margen de la interpretación de la teología y de la fe de los creyentes, todos sabemos y nadie puede negar el poder creador y destructor de la palabra. Mediante la palabra, educa el ser humano a sus crías marcando, de un modo u otro, el rumbo de su vida adulta. Mediante la palabra, educan los jefes de las tribus a sus súbditos marcando el rumbo de la sociedad. Ante esta realidad indiscutible, sobrecoge pensar la ligereza con que la mayoría utiliza las palabras sin reparar en que, además del significado que objetivamente les corresponde, muchas conllevan significados impuestos por preceptos religiosos y convenciones sociales; sin darse cuenta de que al aceptar esos significados, está renunciando a su libertad intelectual, entregando a otros la formación  de su criterio, permitiendo que la moral ajena determine su pensamiento y sus costumbres.

 

Para librarnos de significados engañosos impuestos por voluntades ajenas, no queda otra que contrastar el concepto que la palabra representa con la carga de significados  que se le han adherido; no queda otra que poner en duda lo que nos dicen que una palabra dice hasta descubrir su verdadera relación con la realidad.

 

Tomemos, pues,  por ejemplo esa palabra de máxima actualidad a la que generalmente se atribuye una connotación positiva: perdón.

 

Perdonar se adjudica siempre a la  generosidad del que perdona, pero no siempre se perdona por generosidad. Luego algo hay de engañoso en el significado que se adhiere a la palabra. El acto de perdonar sitúa a la víctima a nivel de juez: juez que condena el daño, declara culpable al transgresor y, en un acto magnánimo, decide perdonarle. Evidentemente, resulta inadmisible ser juez y parte en un estado de derecho. ¿Puede admitirse en el ámbito de nuestra mente? Puede y se admite; lo que cabe preguntarse es si se debe. Muchas veces, bajo el perdón se encubre un acto de soberbia, de superioridad, de despecho. “Te perdono porque soy mejor que tú”, en cuyo caso tal demostración podría encubrir también una forma sutil de venganza.

 

Pedimos a Dios que perdone nuestras ofensas como nosotros perdonamos a los que nos ofenden. Pero dice la Iglesia que el perdón de Dios no exime del castigo al pecador. Dice que por sus pecados, ya absueltos en el confesionario o por acto de contrición, el pecador tendrá que sufrir la pena del Purgatorio. De aquí que la Iglesia ofrezca diversos medios de acortar la condena, como indulgencias y misas para pedir a Dios que se apiade del alma del difunto y la lleve a su gloria más pronto que tarde. A los mortales, sin embargo, se nos exige que olvidemos agravio y perjuicio porque sin olvido no es sincero el perdón. Pero todos sabemos que el olvido, como el amor,  no depende de la voluntad. ¿Puede una madre olvidar el asesinato de un hijo por más que su magnanimidad la lleve a perdonar al asesino?  Entonces, si perdona y no olvida, ¿quiere decir que su perdón es falso? ¿O será que son falsos los significados que se adhieren a la palabra perdón?

 

Si perdonar no significa olvidar el perjuicio porque eso es imposible, parece que el perdón es un concepto sin contenido  que solo sirve para pregonar la generosidad del que perdona. Lo que nos lleva a deducir que el perdón auténtico no puede ser otra cosa que la comprensión de las circunstancias que han forzado al culpable a portarse mal y, si la magnanimidad nos alcanza, a sentir compasión por el que nos ha agraviado. Pero para eso es necesario conocer las circunstancias particulares a las que pueda culparse de que una persona obre mal, haga daño a otro. Lo que, volviendo al tema que provocó el análisis, nos abre otras preguntas.

 

¿Cuántos conocen las circunstancias particulares que llevan a un político a corromperse sustrayendo dinero público que corresponde al bien común? Si el pobre sufrió una infancia traumática que le produce una incontrolable cleptomanía, ¿cómo podemos saberlo los ciudadanos anónimos; cómo se nos puede pedir que le perdonemos? ¿Cómo se puede pedir que perdonemos a un presidente del gobierno que lanzó a millones de españoles a la pobreza causando la fractura incurable de la sociedad? ¿Cómo podemos perdonar a quienes le votaron para que siguiera gobernando? ¿Cómo se puede pedir que comprendamos y nos compadezcamos del narcisismo de Pablo Iglesias Turrión que le impidió facilitar el gobierno a un partido socialista si no le ponían de vicepresidente?  ¿Cómo pueden pedir a los militantes y votantes del PSOE que perdonen a quienes no repararon en exhibir la división interna del partido poniéndolo en la picota ante todo el país para librarse de un Secretario General que amenazaba sus intereses particulares? ¿Cómo se nos puede pedir que perdonemos a un hombre que, por negligencia u otros motivos que no conocemos, condujo a la muerte a sesenta y tres compatriotas? ¿Cómo podemos perdonar al presidente del gobierno por ignorar esas muertes y librar de toda responsabilidad al responsable? ¿Cómo podemos perdonarle por dividir el país en un coto de privilegiados y un campo de batalla donde la mayoría lucha por sobrevivir, donde una tropa de millones tiene que luchar en condiciones infrahumanas? Solo en su casa, en el seno de su familia sabrán los traumas que llevan a los culpables a causar todo el daño que causan. A los demás, solo nos queda condenar.

 

Porque una cosa que hasta la Iglesia admite, es que el perdón no redime de la condena, de la pena que se debe aplicar al culpable. Para que esto quede bien claro, se inventan el Purgatorio y le atribuyen el invento al mismo Dios. Según este dogma de fe, la familia de los políticos inhumanos tendrían que pagar más misas para rescatar a sus almas de las que ordenó  Felipe II para rescatar a la suya.

 

Y aquí surge otra respuesta indiscutible. Perdonar es renunciar a la venganza, pero no a la condena. Hace poco, Rajoy dijo a los medios que eso de Trillo había pasado hace mucho tiempo y que no se debía actualizar. En un engaño interesado, Rajoy quiso confundir el perdón con el indulto, confusión también habitual a la que contribuye el diccionario definiendo indultar con el verbo perdonar. El indulto es gracia por la cual se remite total o parcialmente o se conmuta una pena. Esa gracia la concede el Jefe del Estado y, en España, el gobierno, y no hay nada más que juzgar. Es evidente que a los ciudadanos no se nos puede pedir que indultemos.

 

Los ciudadanos, cada persona en la intimidad de su mente, no pueden dejar de condenar los actos corruptos, los injustos y los negligentes de los políticos que les representan. No condenar lo que éticamente es malo lleva a la persona a la degeneración de su criterio moral, y si esas personas son mayoría, lleva a la degeneración moral de la sociedad entera. ¿Por qué entonces nos piden los políticos que no condenemos sus despropósitos? Evidentemente, porque la relajación moral hace a la persona cada menos exigente, cada vez más condescendiente con las lacras morales de los demás, y unos  ciudadanos cada vez menos exigentes y más condescendientes son el tipo de súbditos que desean los políticos que anteponen su poder a las necesidades de la ciudadanía.

 

Hoy el PSOE de la Gestora y Podemos exigen que Trillo y el gobierno pidan perdón por haber llevado a la muerte a sesenta y seis españoles por su negligencia. ¿Para qué? ¿Es que no saben que pedir perdón no significa absolutamente nada? ¿O es que, como el PP, conceden al perdón categoría de indulto y por eso con el perdón se conforman? ¿O es que quieren hacernos creer que son moralmente superiores solo porque exigen a los responsables que pidan perdón?

 

Hoy los de la Gestora del PSOE y sus seguidores exigen a los militantes que perdonen a quienes causaron la división del partido con el golpe del 1 de octubre. Hoy exigen que militantes y votantes superen el odio y el rencor y perdonen a quienes, faltando a  la promesa electoral, traicionaron a todos los españoles permitiendo el gobierno de un hombre y un partido que condenaron a la pobreza a millones y sumieron al resto en la incertidumbre, en el miedo a perder su bienestar.

 

Hoy los políticos con poder nos piden que les dejemos hacer lo que les parezca sin condenar lo que hacen porque las condenas causan división y la división es una palabra muy fea aunque Dios nos haya dicho que el día del Juicio Final, dividirá a su rebaño entre los buenos y los malos. O sea, que algunos políticos, y entre ellos muchos de los que presumen de católicos, apostólicos y romanos, nos piden que le enmendemos la plana a Dios.

 

Hoy los políticos repiten en todos los medios la frasecita que dice  que es más lo que nos une que lo que nos separa, y lo repiten para que dejemos de discriminar y aceptemos confundirnos  con la peor escoria perdiendo la capacidad de distinguir entre el bien y el mal. Hoy nos piden que nos unamos todos en fraternal abrazo sin mirar con quien para que todos nos habituemos a revolcarnos con todos en la misma mierda.

 

 

 

 

No somos memos

La encuesta llevada a cabo por la Cadena SER confirma unos resultados que cualquier persona de inteligencia media y algo interesada en la política pudo predecir el 1 de octubre pasado. No era necesario ser una lumbrera ni haber estudiado ciencias políticas para darse cuenta de que el escandaloso espectáculo del Comité Federal del PSOE que el 1 de octubre hizo dimitir al Secretario General del partido, llegaría a los votantes como señal de la división, debilidad e ineptitud del partido, eliminándolo como alternativa a la derecha.
No había sido esa la primera señal. Durante los dos años anteriores, los líderes de mayor influencia y poder del partido habían atacado sistemática y públicamente a su Secretario General de diversas maneras transmitiendo a los votantes su debilidad y su ineptitud en plenas campañas electorales, para luego culparle por la pérdida de votos.
Pedro Sánchez dimite y el Comité Federal impone una gestora que en el Congreso se abstiene para dar sus votos al PP faltando a la promesa electoral de Sánchez y al clamor de los militantes y simpatizantes del partido que exigen votar NO al partido corrupto que ha empobrecido a millones.
¿Verdaderamente había alguien entre esos líderes que supusiera que semejante gatuperio no pasaría factura al partido restándole credibilidad y votantes? Es imposible pensar que políticos con larga experiencia sean tan ignorantes, tan ingenuos. O los de la gestora y sus valedores son incurablemente memos o tenían y tienen la clara y firme intención de eliminar a la socialdemocracia como alternativa que pueda disputarle el gobierno al liberalismo del PP. En efecto, los encuestados para el Observatorio de la SER perciben a Susana Díaz como de derechas.
Pululan por las redes defensores de la gestora que echan la culpa de todo a Pedro Sánchez y de la división del partido, a los militantes que le defienden. Pues bien, esta encuesta de la SER les dice con toda claridad que los militantes y votantes del PSOE no son memos, que no se les puede engañar, que lo que hicieron los líderes que impusieron la gestora revelaron, sin lugar a dudas, la existencia en el PSOE de una quinta columna neoliberal decidida a frenar cualquier deriva del partido hacia la izquierda. ¿Para qué? Para que el partido, convertido a un seudosocialismo de centro, pueda tocar poder en coaliciones con los partidos conservadores que en este momento histórico imperan, desde los Estados Unidos al último rincón de Europa incluyendo a Rusia.
Y ahora, que siga haciendo el tonto quien no respete su propia inteligencia defendiendo lo indefendible. Los líderes que impusieron la gestora se han cargado al PSOE. Pero los ciudadanos seguirán hablando al margen de lo que les dicte la propaganda, porque los ciudadanos se han hecho mayores. Ya saben lo que buscan los políticos que persiguen, con la ceguera de perros en celo, cualquier cosa que les huela a poder. Lo saben, y contra ellos se reservan dar la batalla final con la única arma de que disponen, sus votos. Militantes y votantes del PSOE no les van a votar.

Hartos

Hartos de la propaganda de los golpistas y traidores que forzaron la dimisión de Pedro Sanchez y sustituyeron al líder del PSOE elegido por la militancia y a su equipo, por una gestora impuesta por el aparato de otros tiempos decidido a perpetuarse como sea, es hora de responder con toda claridad a la constante acusación de falta de compañerismo que los golpistas y sus seguidores esgrimen para callar a quienes se manifiestan contra quienes han intentado destruir al PSOE.
Gabriel Jiménez, por ejemplo, publica en FB la siguiente entrada

Gabriel Jiménez11 h · “Los sanchistas llaman a Compañeros cosas como “golpistas” y “traidores” como el que se fuma un cigarro después de un café. Pedro sanchez: Te has rodeado de lo mas culto y educado, hijo mio”.

Harta de este tipo de comentarios, como todos los hartos, respondo:
Maria Mir-Rocafort Pedro Sánchez no es hijo tuyo. Eso de “hijo mío” se utiliza para manifestar una cierta superioridad. ¿Te sientes superior a Pedro Sánchez? ¿Tienes motivos objetivos para sentirte superior personalmente, intelectualmente, profesionalmente, políticamente? Cuando sufrimos la tentación de sentirnos superior a otro, es bueno hacerse estas preguntas.
Por otra parte, se llama golpista a quien participa en un golpe de estado o lo apoya. Por extensión, en las presentes circunstancias del PSOE, se aplica a quienes se presentaron con 17 renuncias a la Ejecutiva para forzar la dimisión del Secretario General, y que para reafirmar su mayoría llegaron a contar miembros ausentes, incluyendo a personas fallecidas. Se aplica a quienes se apropiaron del Comité Federal del 1 de octubre, mediante maniobras diseñadas y organizadas previamente, para forzar la dimisión del Secretario General y poner una gestora afín que en días sucesivos procura eliminar a los seguidores del Secretario General. En todas estas maniobras, se violentan los estatutos forzando interpretaciones convenientes para quienes quieren eliminar al Secretario General. Por todo esto, puede llamarse golpe de estado a lo que se perpetró contra el Scretario General del PSOE , elegido por los militantes, y su equipo. Por todo esto, puede llamarse golpistas, sin faltar a la verdad, a quienes planearon y llevaron a cabo ese golpe.
Por otra parte, es lógico que quien se siente traicionado llame traidor a quien percibe que le traicionó. Pedro Sánchez prometió en su campaña electoral que no facilitaría el gobierno del PP bajo ningún concepto, y cumplió. Cuando la gestora se abstiene para hacer posible la investidura de Rajoy, está incumpliendo la promesa electoral del PSOE formulada por su candidato; es decir, está traicionando a quienes votaron al PSOE. Quienes se sienten traicionados, y objetivamente fueron traicionados, están en su pleno derecho de llamar traidores a quienes les traicionaron.
Por otra parte, en la entrada de Gabriel Jimenez aparece el comentario de otra que dice citar a Rubalcaba con la siguiente afirmación: “Rubalcaba : quienes llaman traidor a un compañero o no es socialista o no merece serlo”.
No me suena tamaño disparate a Pérez Rubalcaba ni creo que Pérez Rubalcaba hubiera cometido el error de concordancia entre el sujeto en plural y el verbo en singular. Respondo, pues, a quien le atribuye la frase:
El socialismo es una ideología que propugna los valores de justicia, igualdad y solidaridad. Su objetivo, repito para que se entienda, es una distribución de los recursos de un país determinada por principios de justicia social. Suponer que el objetivo del socialismo es tener un partido con buenos compañeros y que el que no sea buen compañero no puede llamarse socialista es de una estupidez que causa vergüenza ajena.
Dicho lo cual, resumo: los que perpetraron el golpe contra la directiva del PSOE elegida por los militantes pueden llamarse golpistas porque lo son.
Quienes traicionaron las expectativas de militantes y votantes permitiendo el gobierno de la derecha pueden llamarse traidores porque lo son.
Quienes niegan la integridad ideológica de quienes rechazan a los golpistas traidores, son, sencillamente y sin ambages, estúpidos del copón. 
Y ya está bien de esa pedagogía para imbéciles con la que golpistas y traidores pretenden engañar a la militancia, llamando sentido de la responsabilidad a lo que es, sencilla y evidentemente, el ansia de conservar el poder y sus privilegios de viejas glorias que actúan como si encarnaran al único PSOE posible, y el ansia de trepar hasta la cima que caracteriza a personajes como Susana Díaz y los barones que se aliaron para derrocar al Secretario General elegido por la militancia, desde el mismo momento en que la militancia le eligió.