Ya hemos llegado

Pedro Sánchez arrasa entre los militantes, simpatizantes y votantes socialistas de tal manera, que ya los medios empiezan a mencionar su nombre por miedo a hacer un escandaloso ridículo en las próximas primarias del PSOE. Presentó su programa en un Círculo de Bellas Artes lleno hasta el techo que vibraba de fervor socialista,  ante quienes tuvieron que escucharlo en otra sala porque en el teatro no cabían y ante quienes le escucharon en la calle por el mismo motivo. La Cadena SER no se atrevió a ignorar el evento, pero tampoco a tratarlo con imparcialidad. Tomemos como ejemplo el tratamiento que del acto ofreció la emisora a sus oyentes, suponiendo que no deferirá mucho de otros medios que quieran presumir de imparciales.

Al día siguiente del acontecimiento en el Círculo de Bellas Artes, la SER ofrece, en el programa Hoy  por hoy,  corte de Pedro Sánchez en el que expone las claves fundamentales de su proyecto; crear una gran alianza de fuerzas progresistas que acabe con el neoliberalismo, y el reconocimiento de la plurinacionalidad de España. A este corte sigue uno de Patxi López diciendo que algunos han convertido el “No es No” en un proyecto; que el “No es No” no puede ser un proyecto y que el proyecto socialista tiene que ser el “Sí es Sí”.

Hay que ser más corto que un tubo de radio -como se decía en la época de las radios con tubos- para no ver la diferencia entre las manifestaciones de un candidato y el otro. Pedro Sánchez propone en pocas frases un proyecto que pretende transformar el país de acuerdo con los principios de la socialdemocracia. Patxi López suelta el discurso del político convencido del bajísimo nivel intelectual de quienes le escuchan, tan bajo que hay que explicarles que el “No es No” no es un proyecto, para, a renglón seguido, meterles en la mollera que el proyecto del PSOE tiene que ser el “Sí es Sí”. Confieso la precariedad de mis entendederas por no entender por qué el “No” no es proyecto y el “Sí”, sí lo es. La única razón que se me ocurre me lleva a imaginar que Patxi López termina diciendo in mentem: “Porque lo digo yo” o “Porque lo dice la Gestora” o “Porque lo dicen los que dicen a la Gestora lo que tiene que decir”.

Sin embargo, la SER manifiesta su equidistancia –término que ya todos entendemos con una acepción que la Real Academia aún se resiste a registrar. “Aquí tenéis las voces de los dos candidatos a la Secretaría General del PSOE. Igual tiempo, igual importancia, ningún comentario”. Tomando en cuenta que los cortes inician un tramo de análisis político, ¿no merecería un comentario, por somero que fuese, la abismal diferencia entre lo que un candidato y el otro entienden por proyecto? Considerando, además, la presunción de ignorancia que se otorga a la mayoría, ¿no sería una obra de misericordia enseñar al personal lo que la palabra proyecto significa? Porque la verdad es que hace mucho tiempo que muchos vivimos confundidos.

Resulta que Pedro Sánchez se pasó la campaña electoral de 2015 proponiendo y explicando su proyecto para el gobierno del país, proyecto contenido, además, en el programa del PSOE que podía leerse en Internet. Pedro Sánchez volvió a proponer y explicar su proyecto durante los días previos a las elecciones de junio de 2016. Pedro Sánchez siguió proponiendo y explicando su proyecto en las campañas a las autonómicas de Galicia y el País Vasco. Pedro Sánchez sigue proponiendo y explicando su proyecto en todos los actos que ha realizado por diversas ciudades de la geografía nacional, o sea España, desde que el Comité Federal del 1 de octubre le obligó a dimitir. Y resulta que después de tantas propuestas y explicaciones, hay políticos y comentaristas que siguen repitiendo que Pedro Sánchez no tiene proyecto.  O sea que, o los que creemos haber escuchado y leído el proyecto de Pedro Sánchez padecemos de alucinaciones, o los que nos dicen que tal proyecto no existe quieren convencernos de que alucinamos. Pero puede haber otra  explicación. En su afán por convencer al personal de que Pedro Sánchez no ofrece absolutamente nada digno de nuestra atención, es probable que quienes en tal cosa se afanan no tengan ni tiempo de, ni interés en procurar enterarse de nada de lo que Pedro Sánchez escribe o dice.

Por fin esta semana, demostrando una gran sagacidad, uno de los políticos del PSOE reconvertido por el interés de España en ayudante del PP, acepta públicamente que Pedro Sánchez ya tiene un proyecto y descubre que es rojo. ¡Cáspita! ¿Pero el PSOE no era rojo de toda la vida?  ¿Qué era entonces? Como dicen los comentaristas, el asunto no es baladí.

Lo de rojos fue un invento de los golpistas de Franco que tras dividir el país en dos bandos enfrentando a los españoles en una guerra civil, todavía tuvieron el humor de colorearlos. Los azules, color del cielo de los justos, llamaron rojos peyorativamente a quienes consideraban huestes del infierno. Todos sabemos lo que significó ser tildado de rojo tras la victoria de Franco ayudado por Hitler y Musolini: para unos, la muerte; para otros, la prisión; para otros, el exilio; para otros, arrastrar su miseria toda la vida en un país en el que se le cerraban todas las puertas porque en todas las casas se vivía con el temor de molestar a los victoriosos y omnipotentes azules.

También con temor, uno se pregunta, ¿dónde estamos?, ¿cuándo? Hay que estar muy desinformado y sin ganas algunas de enterarse de lo que pasa para no haberse dado cuenta de que en los últimos cinco años el gobierno del Partido Popular nos ha estado llevando a rastras por el túnel del tiempo hacia atrás. La corrupción, la impunidad de los corruptos, los intentos de manipular a la justicia, la imposición subrepticia de autocensura en los medios, la asfixia de los trabajadores con salarios de miseria y condiciones de trabajo rayando la esclavitud, la división del país entre una élite económica minúscula que acapara todos los privilegios y una mayoría que trabaja para sobrevivir, nos ha ido devolviendo a la época de la dictadura.  Y sale un preboste y llama rojo a quien pretende frenar la marcha atrás. Entonces, ¿es que ya hemos llegado a aquellos días en que, muerto el Caudillo, el Ministerio del Interior velaba  para evitar que España cayera en las garras satánicas de la democracia?  ¿Ya hemos vuelto a la época fratricida en que una victoriosa España azul llamaba rojos a quienes habían luchado y seguían luchando en la clandestinidad por una sociedad libre, justa, solidaria?

Pues sí, ya hemos llegado. Aunque uno pueda decir o escribir lo que piensa sin que le metan en la cárcel. Hay muchas formas de imponer la censura. El miedo a perder trabajo y sueldo suele ser uno de los modos más eficaces de controlar las lenguas; otro, el miedo a perder contactos; a enemistarse con los repartidores de cargos; a verse expulsado a los márgenes de la sociedad.

Ya hemos llegado. Las homilías y declaraciones de obispos contra la igualdad de hombres y mujeres y la satanización de la homosexualidad se airean en los medios sin que se aplique ninguna de las leyes vigentes para atajar la incitación al machismo y a la homofobia.

Ya hemos llegado. Aunque se permita a dos partidos nuevos hacer una oposición mucho más aparente que efectiva. Rivera e Iglesias no presentan más peligro que el de dos actores en una representación teatral. Ambos contribuyen a hacernos creer que vivimos en una democracia. Ambos pueden protestar cuanto quieran y se les agradece porque distraen al personal.

La realidad es que aquí mandan los azules; los del PP y los que llaman rojos a quienes se atreven a presentar un proyecto progresista y a quienes no nos resignamos a retroceder renunciando a nuestros derechos de ciudadanos libres. Ya hemos llegado a la pretransición. Ahora nos toca ganarnos el derecho a la democracia como se lo ganaron nuestros antecesores.

 

 

 

Anuncios

Calma chicha

Esta mañana, he tenido la tentación de buscar en mis archivos artículos publicados durante los últimos tres años y sacar frases de aquí y de allá para componer uno nuevo comentando los acontecimientos políticos de ayer. Me resultaría muy fácil vestir el nuevo de rabiosa actualidad. Bastaría cambiar la fecha y las referencias temporales, o sea, corregir un poco el maquillaje para que pareciera recién puesto. Porque lo cierto es que tras el espectáculo montado por los medios con un libreto cargado de lo que excita el morbo: animadversiones, desencuentros, amenazas, zancadillas, caídas, rupturas y  agüeros de lo peor; entre bambalinas no ha cambiado nada.

Hace tres años, Mariano Rajoy sesteaba en su palacio sin que llegara hasta él la bulla de la plebe; sin que turbara su descanso el moscardón de la incertidumbre ante su futuro. La Fortuna le había regalado dos talismanes todopoderosos. Uno, la Crisis, que le proporcionaba una excusa universal para hacer lo que le diera la gana, además del pánico que se iba apoderando de la plebe. El otro talismán;  Pablo Iglesias con su Podemos.  Ni el optimismo más delirante  hubiera podido imaginar el surgimiento de un partido, en principio de izquierdas, dispuesto a disputar votantes al PSOE; un partido liderado por un narcisista que, en su afán desenfrenado por convertirse en famoso mediático, soltaba disparates incendiarios que permitían situarle en el extremo de la radicalidad. Era tal el tirón del personaje que la pesca de votos podía ser impresionante, pero no había peligro alguno de que pudieran llegar a mayoría. De evitarlo, ya se encargaría el pánico.

Hubo un momento, a mediados de 2014, en que Mariano Rajoy vio amenazado su feliz descanso por una molesta inquietud. El PSOE, único rival a tener en cuenta por sus posibilidades de disputarle con éxito el poder, eligió a un nuevo Secretario General y al mismo como candidato a la presidencia del gobierno. Rajoy tuvo que interrumpir su reposo perenne para enterarse de quién era el tal Pedro Sánchez y con qué posibilidades contaba para poner en peligro la hegemonía neoliberal que tan contentos y tranquilos tenía a sus amigos de las finanzas.  Pero no por mucho tiempo ni con gran esfuerzo. Otra vez la Fortuna  le asistió. Cerca de las elecciones y en plena campaña electoral, sonoros compañeros de Sánchez empezaron a ponerlo en solfa ante cámaras y alcachofas. Los medios cantaron aleluya. Tan inaudito espectáculo, bien adobado, podía volver a conseguir que la política compitiera por la audiencia de los programas del corazón. Susana no quería a Pedro, pero los dos estaban condenados a fingirse amor si no querían demoler del todo la casa común.

A Rajoy no le sobresaltó demasiado el resultado de las elecciones. Cómo había predicho por su profundo conocimiento del hombre medio español, grupo genérico en el que se encuentra, la mayoría se decantó por lo malo conocido sin arriesgarse a lo extravagante por conocer.  Iglesias obtuvo un considerable número de votos, pero no los suficientes como para permitirle cortar y pinchar. En cuanto a Sánchez, gracias a los suyos se había quedado por debajo del mayor perdedor del PSOE. Pero había ocurrido algo que, hasta cierto punto preocupaba a Rajoy. El PP, sin mayoría absoluta, tendría que negociar con Ciudadanos y PSOE para que él pudiera conservar la presidencia. Pero he aquí que el tal Sánchez, que se había atrevido a llamarle indecente ante millones de espectadores, decía que no, que no a Rajoy, que no al PP, que no es no y que ahora y siempre seguiría siendo que no. Rajoy le dijo al rey que él no se subía a la tribuna del Congreso para que le dijeran que no y hete aquí que el tal Sánchez se atreve a decirle al rey que él sí está dispuesto a subirse le digan lo que le digan. De pronto, la indolencia innata de Mariano Rajoy le abandonó y una corriente de inquietud electrizó sus nervios. ¿Sería posible que Sánchez y el loco de la coleta le arrebataran el puesto? Pero otra vez, la inquietud le duró lo que las chispas de una bengala. Antes de que Sánchez terminara de hablar con el rey, el de la coleta se puso ante las cámaras y, con pose de winner con Oscar en la mano, le dijo a Sánchez que estaba dispuesto a a dejarle gobernar si le nombraba vicepresidente  y le daba ministerios y secretarías que pusieran bajo el control de su partido los centros más sensibles del gobierno, incluyendo la radio y la televisión, como no. Esa noche, Mariano Rajoy tiene que haberle prendido cuatro velas a la diosa Fortuna en señal de agradecimiento, y seguramente lo hizo, porque la diosa no le ha abandonado hasta hoy.

Nuevas elecciones en el verano de 2016. Otra vez los compañeros más sonoros de Pedro Sánchez se lanzan a las alcachofas para leerle  la cartilla en público. Otra vez Rajoy les deja hacerle la campaña con profundo agradecimiento por quitarle trabajo. Algo se mueve el hombre, pero no mucho, y algo se mira los discursos antes de soltarlos, pero no tanto. ¿Para qué? Le dices a la gente que un plato es un plato, se parten de risa y encima te agradecen que les hayas hecho reír. Los resultados vuelven a incomodarle, pero ligeramente. Sánchez saca menos diputados que la primera vez y sus compañeros y amigos empiezan a pedirle que dimita. Pero el tozudo dice que no y sigue diciendo que no a su investidura. Otra vez, la solución depende de la Fortuna y en ella confía Rajoy más que en la Virgen santísima. La Fortuna decide premiar a su devoto con un prodigio que sorprenderá al mundo y hará historia en los siglos por venir. En un domingo glorioso para Mariano Rajoy y su partido, los amigos y compañeros de Pedro Sánchez le defenestran y nombran en su lugar a una Gestora dispuesta a abstenerse para que Rajoy no se tenga que mudar de la Moncloa.  Mayor fortuna no se había visto nunca ni se verá. O ha tenido Mariano Rajoy la suerte de que, en su tiempo y espacio, le haya tocado lidiar con un PSOE  liderado por tontos de remate o ha tenido la suerte de encontrar en el PSOE políticos que comprenden que en este mundo de ahora y aquí, no hay guapo que quiera enemistarse con los dueños del dinero enrocándose en un socialismo rancio.

Ayer fue un día muy duro para la prensa.  En el congreso del PP no había ni rastro de sal y pimienta que permitiera aliñar el asunto para hacerlo del gusto del personal. Se intentó dar un toque dramático creando un conflicto entre la secretaria general y el nuevo coordinador del partido,  pero ninguno de los dos se prestó a representar la escena. A la desesperada, periodistas y comentaristas se centraron en la parte del discurso de Rajoy dedicada a la independencia de Cataluña, volviendo a echar carbón a la caldera de los trenes destinados a chocar. Pero el tren de los independentistas catalanes va por una vía y el de los salvadores de la unidad de España va por otra. Como ambos corren en círculo, de vez en cuando uno le pasa al otro por el lado, los ocupantes se gritan cosas y siguen su camino repitiendo cada cual su letanía. Eso lo sabe Rajoy, pero con algo tenía que llenar el discurso de aceptación del poder absoluto que el partido le acababa de renovar.

El Congreso de Unidos Podemos que tanto prometía, resultó un fiasco. Otro paseo triunfal y monólogo de Pablo Iglesias, más vistos que el Tenorio. Ni todos  los esfuerzos de la prensa por anunciar el evento como un encuentro a los puños entre Iglesias y Errejón consiguió estimular el entusiasmo del respetable. El resultado de la votación prometió una legislatura de protestas y mítines multitudinarios que mantendrán las calles animadas. Nada, en fin, que pueda inquietar a Rajoy o a sus socios de gobierno. Un partido radical puede llenar, en España, plazas y explanadas, pero no puede conseguir que le voten todos los que le aplauden. La mayoría es tan conservadora como el PP y el nuevo PSOE descafeinado de la Gestora.

¿Y no preocupa a Rajoy  lo que pueda ocurrir en el congreso y en las primarias del PSOE? Miles de militantes, simpatizantes y votantes del partido socialista luchan en las redes sociales y en las agrupaciones para que Pedro Sánchez recupere la secretaría general del partido y vuelva a girar el timón a la izquierda. Si Pedro Sánchez consigue resucitar a la socialdemocracia en España, ¿qué explicación va a dar Rajoy a los amigos neoliberales que le consideran adalid de la doctrina económica del sálvese quien pueda? Rajoy ni siquiera se molesta en montarse una explicación porque está convencido de que su poder absoluto no corre peligro. Unos cuantos miles de inconformistas no bastan para inquietarle. ¿Quién sabe de su existencia? Como si todos los medios de comunicación leyeran el pensamiento al presidente todopoderoso –los periodistas son muy telepáticos- no hay ninguno que mencione a los rebeldes que se oponen a Susana Díaz y a la Gestora. Pedro Sánchez dejó de existir para la mayoría de la prensa el día que le borraron del mapa político para eliminar a la socialdemocracia del panorama español.

 

¿Hemos fracasado?

Respondamos a la pregunta sin preámbulos. ¿Hemos fracasado? Periodistas y comentaristas han decretado que sí.

La palabra fracaso encarna todo lo dañino que imaginarse pueda superando su fuerza negativa a cualquier otro concepto con excepción de muerte. El fracaso es el fin deshonroso de algo o de alguien que nació con la esperanza de triunfar; es el fin de la esperanza que solo con la muerte se pierde, dicen; es la muerte de algo. Si el fracaso se predica de alguien que aún sigue viviendo, es el diagnóstico de su muerte social.

Acaba de fracasar, dicen, una legislatura que ha durado cuatro meses.  Ha fracasado porque el triunfo dependía de sumar un número de diputados que se pusieran de acuerdo para formar gobierno, y ese número no se alcanzó; cuestión de simple aritmética. Se trataba simplemente de sumar diputados, vinieran de aquí o de allá, con asambleas o círculos o comités o presidencias, todos con sus bases, unos de su padre y otros de su madre, pero todos con derecho a opinar. ¿Qué cómo se las apañaría toda esa tropa para legislar cualquier cosa? Esa pregunta no tocaba; tocaba sumar. Y como no consiguieron sumarse, la sentencia indiscutible e inapelable es que la legislatura fracasó.

Se da el caso, sin embargo, de que en esta legislatura se han debatido y aprobado muchas medidas de interés vital para los ciudadanos de este país; medidas de urgencia para paliar los efectos trágicos que la austeridad ha causado a millones, por ejemplo. ¿Cómo es que no las enumera la prensa? ¿Cómo es que nadie las comenta? ¿Será porque la máxima prioridad de algunos políticos y de la prensa que les sirve de altavoz no es el interés vital de los ciudadanos de este país?

En vez de destacar que en estos cuatro meses el Congreso asistió a los esfuerzos de varios partidos por cambiar el rumbo de un país abocado al garete, los medios de comunicación se han lanzado a predicar el fracaso de políticos y partidos con la alegría de unos cerdos que se refocilan en una pocilga a rebosar de deshechos. ¿Por qué? Las  empresas que viven del interés del público saben que el fracaso tiene el morbo que excita a los cotillas y a quienes les escuchan fingiendo que cotillas no son, aunque el cotilleo les divierte. El cotilleo divierte a la mayoría, y si no divierte, entretiene. Eso no se puede negar. Los periodistas y comentaristas de este país han visto en el fracaso un filón que les dará carnaza para cotillear, entreteniendo a su  público, hasta junio.

Está podría ser una razón de peso. Y también se les podría conceder  otra excusa con que salvar su honestidad. ¿De qué sirven, dicen, todas las medidas que se han aprobado en esta legislatura si no se pueden transformar en leyes porque la legislatura ha fracasado y hay que volver a votar? Visto así, uno casi les da la razón. Pero la razón del que está acostumbrado a utilizarla arguye: pues oiga, usted, sirven para saber qué medidas ha presentado quién y quiénes han aprobado o votado en contra de qué. Sirven muchísimo para ayudar a la gente a  decidir su voto; para que el 26 de junio, el votante tenga más información y razones más racionales que le ayuden a votar más racionalmente que en las elecciones pasadas.

Ya. Dígale tal cosa a algunos políticos y a la prensa de este país  y sentirán por su intelecto el mismo respeto que nos merece el de un  niño de pecho. Vamos a ver, tonto del haba, dirían al arguyente si se atrevieran, ¿quién le ha dicho a usted que alguien quiere que la gente elija racionalmente a quienes la van a gobernar?  ¿No se ha dado cuenta de que las precampañas y las campañas electorales son un concurso en el que gana quien haya convencido a más para que le voten, no a base de razones, sino de colores, diseños, musiquitas, estilismos, posturas, frases y estrategias que no apelan a la razón sino a las glándulas? ¿Y sabe por qué? Porque los políticos saben que las razones aburren y que a la mayoría no le importan más razones que las que cada cual engendra en su cabeza. Las razones del prójimo, por más que uno pueda estar de acuerdo, no dejan de ser un tostón.

Seamos, pues, indulgentes con la prensa. Los medios viven del público y el público acude, como moscas, a un suceso, a una tragedia, a un drama personal, a un fracaso sonoro. Háblesele de programas electorales, de perspectivas ideológicas, de proposiciones no de ley y cambiarán de canal, de emisora, de periódico. Las buenas noticias no suelen ser noticia salvo en el fútbol. La gran noticia en nuestro empobrecido y, en muchos sentidos pobre país, será hasta junio el fracaso de quienes, por diversos motivos,  se negaron a formar parte de una macedonia de siglas para constituir un gobierno condenado a fracasar más pronto que una coalición italiana.

Entonces, ¿hemos fracasado? Todavía no.

El triunfador indiscutible de esta primera vuelta es Mariano Rajoy. Negándose a jugar, ha conseguido que nadie pueda incluirle en el grupo de los perdedores sentenciándole culpable del mismo fracaso que a los demás. Eso le señala como gran favorito en las elecciones de junio. En España, el pícaro goza de mayor predicamento que cualquier pobre pero honra’o. Mariano Rajoy puede seguir descansando porque si le faltan votos el 26 de junio, Rivera se los dará de mil amores el 27.

Pero eso significa que nos esperan más reformas estructurales, lo que quiere decir más recortes en libertades, en derechos, en servicios básicos; menos empleo digno, menos condiciones de trabajo humanas. Entonces, no cabe otra, hemos fracasado, todos.

Todavía no.

Sin ningún reparo, los opinantes de casi todos los medios están consumiendo casi todo su tiempo en proclamar el fracaso de Pedro Sánchez, los conflictos internos del PSOE, las luchas de poder dentro del partido, la dificultad de montar listas, todo detalle, en fin, grande o pequeño, que convenza al público de que Pedro Sánchez es un fracasado, un cadáver político que el 26 de junio será enterrado en el anonimato para siempre. ¿Pero por qué tanto empeño en cargarse a Sánchez y al PSOE? ¿Qué tienen este hombre y su partido que para sacarles de circulación se recurre a historias de hace treinta años, a decisiones de otros con los que Sánchez no tiene nada que ver porque contra Sánchez no encuentran nada que decir? Por lo que parece, Sánchez es el líder político más peligroso de este país porque es el único que podría ganarle al PP si los suyos no sucumben a la propaganda por la abstención y se deciden a votar en masa.

Sin ninguna vergüenza, los opinantes más sonoros del país proclaman a Podemos sucesor del PSOE como representante de la izquierda, aunque el mismo Iglesias ha dicho y repetido que de izquierdas no es. Según ellos, quien se sienta de izquierdas solo tiene dos opciones; votar a Podemos o quedarse en su casa acogiéndose a su derecho a la abstención, haciendo un favor a los ganadores que, si no encuentra recompensa, tampoco encontrará castigo. Cuando el PP acabe definitivamente con la España de progreso que disfrutaron dos generaciones, el que se abstenga tendrá el consuelo de poder decir, mientras se está ahogando, que no les votó.

¿Entonces, hemos fracasado?

Todavía no.

Todavía podemos exigir que los medios nos digan y expliquen qué proyectos no de ley se presentaron en el Congreso en estos cuatro meses; quién los presentó, cómo los defendió; quiénes votaron en contra y quiénes a favor. Y si los medios no nos hacen caso, podemos buscar la información y publicarla en las redes. El favor de informar a los demás será favor que nos hagamos a nosotros mismos por evitar el fracaso de todos.

Todavía podemos creer que la mayoría de los españoles conserva la cordura. Cuando la mayoría de los votantes se encuentre con la papeleta de un partido que le ofrece dos renglones de siglas, algunas de las cuales ni siquiera consigue identificar, es posible se dé cuenta  de que hablar y cantar y gesticular con el poder de convicción de un líder religioso, y ser capaz de reunir multitudes de fieles devotos como las que reunía Clemente en el Palmar de Troya, por poner un ejemplo,  no hace a una persona idónea para gobernar un país. Es posible que entonces, el miedo a jugarse su futuro y el futuro de sus hijos a la aventura, alerte su razón y decida votar por quien le ofrece el gobierno que mejor pueda cuidar de su futuro y del futuro de sus hijos. Es posible que entonces se dé cuenta de que del voto que depositará en la urna puede depender el triunfo o el fracaso de su propia vida.

Que nadie nos diga que hemos fracasado, todavía no.

La demoledora equidistancia o ¡que vamos a peor, joer!

 

 

Que el Partido Popular se proponía una demolición controlada de las instituciones se puso de manifiesto desde el principio de la legislatura. (Ver Objetivo demolición). Crear en los españoles la opinión de que todos los partidos son iguales, si no es un intento deliberado de demoler lo que nos queda de democracia, lo parece.

 

Decir que todos los partidos son iguales es incitar a la abstención. La abstención perjudicaría proporcionalmente al PSOE y ayudaría a ganar las elecciones al Partido Popular. Luego incitar a la abstención es poner las cosas más fáciles a Mariano Rajoy para que vuelva a ganar las elecciones.

 

Es así de sencillo e indiscutible. ¿Por qué, entonces, casi todos los medios y opinantes de este país se empeñan en sostener la equidistancia insistiendo en que todos los partidos son iguales; igualmente  corruptos, igualmente concentrados exclusivamente en sus intereses ignorando los intereses de los ciudadanos? Oyes una tertulia en cualquier medio y junto al comentario ineludible sobre los casos de corrupción descubiertos ante  la opinión pública el día anterior con sonoras noticias sobre registros, tribunales, prisión preventiva, no hay una sola en que no salga algún tertuliano diciendo que esto ha pasado en todos los partidos y sacando algún trapo sucio del PSOE de hace veinte años. Uno espera que en cualquier momento suelten algún escandalete del Partido Socialista anterior a la guerra civil.  ¿Por qué le da a todos los opinantes por hacer memoria? Es evidente. Porque no tienen nada contra Pedro Sánchez y el equipo actual del PSOE que les pueda servir para nivelar la balanza de atrocidades. ¿Y por qué hay que nivelarla?

 

Durante estos últimos días marcados por las pelotas de porquería del Partido Popular que los medios disparan a diario porque son noticia y no queda otro remedio, de Sánchez apenas se ha dicho más que destacar que no brindó con Susana Díaz en la Feria de Abril. ¿Esto es serio? Ya no queda medio en este país que se preocupe por ser o al menos parecer serio. Se trata, en primerísimo lugar, de obtener audiencia, y en segundo, de envolverse en una nube de confusión para que no puedan señalar a nadie como responsable de nada. La nube, tan espesa  como la del humo en una habitación cerrada donde media docena de colegas fuman porros, está intoxicando y confundiendo hasta a periodistas y comentaristas de indudable prestigio por su imparcialidad y su lucidez.

 

Ayer  Iñaki Gabilondo, en su columna hablada de la Cadena SER, preguntaba  que, si en este país hubiera segunda vuelta, a quién creemos que votaría Podemos e IU. Extrapolando a las elecciones, el mismo respondía que todo iba a quedar más o menos igual, como ahora. Pero esa no es la única respuesta posible. Hay otra que muchos otros consideran probable aunque nadie se atreva a ventilar. Y es que los votantes de Podemos, Unidad Popular y afines, ante la certeza de que no pueden ganar, ante la sospecha de que no vale la pena volver a atomizar  el voto para acabar otra vez donde estábamos al principio de este vodevil, ante la animadversión insuperable contra el Partido Socialista que tanto tiempo de propaganda ha inoculado en todos los que no son militantes incondicionales del Parido Socialista, acaben votando al PP o a Ciudadanos.

 

Hoy por hoy, a pesar del tufo a cloaca que se extiende por todo el país, el enemigo a derrotar no es el PP, es el PSOE. Y si no hay forma de que la porquería actual le alcance, hay que sacar la de años ha o componer el discurso con exquisita simetría para que la gente entienda que tanta mierda hay en un lado como en el otro. Y este empeño, ¿por qué? ¿Tan estúpidos somos que estamos dispuestos a renunciar a más derechos y libertades para castigar lo que no nos gustó de Zapatero? Demasiada estupidez para ser creíble. Tiene que haber otra razón.

 

Desde que el comunismo dejó de ser un peligro real para los amos del Dinero, lo que les amenaza, el enemigo a derrotar es la socialdemocracia. En estos momentos y en Europa, el partido que se rige por la ideología socialdemócrata es el Partido Socialista. En España, el único partido socialdemócrata es el PSOE por más que últimamente y a toda prisa, en su desesperación por arañar votos, Pablo Iglesias se haya convertido a la socialdemocracia ante determinadas audiencias. El PSOE es el único partido en este país dispuesto a plantar cara al neoliberalismo brutal, inhumano del Partido Popular, con alguna probabilidad de derrotarlo.

 

Si hay que seguir demoliendo lo que queda de nuestra democracia, de las instituciones que garantizan nuestras libertades y nuestros derechos; si hay que seguir demoliendo lo que nos queda del estado de bienestar, hay que acabar con el PSOE. Y la única manera de acabar con el PSOE en una democracia que aún no permite el encarcelamiento de la oposición, es convenciendo a la ciudadanía de que PP y PSOE son iguales y de que más vale votar al primero porque es el que tiene poder.

 

¿Y no teme la gente que bajo el Partido Popular las cosas puedan ponerse aún más negras? La resignación general en esta sociedad apática indica que la gente está convencida de que ya nada puede ir a peor.

 

¿Y no podrían ir a mejor con el PSOE? ¿Cómo vamos a saberlo si en este país no hay politólogo ni opinante que se atreva a sugerir que sí comentando las medidas que Sánchez se ha comprometido a tomar de inmediato si accede al gobierno?

 

Pena de prensa. Pena de país.

 

 

 

 

 

¿Quién es fascista?

Publicado en Publicoscopia el 13 de diciembre de 2015

La falta de cultura lleva a simplificaciones brutales. Aquí, en España, el fascismo se identifica con Franco y, por extensión, fascista se utiliza como sinónimo de reaccionario y, a tontas y a locas, como insulto contra el adversario político. Este uso del término hace que se ignoren la carga ideológica y las prácticas políticas que define y que a la mayoría se le escape el carácter fascista de movimientos y líderes actuales que en España empujan para hacerse con el poder, presentados por la propaganda como productos rabiosamente modernos. Arrancando de la línea de salida desde una premisa falsa, se intenta y se consigue que la mayoría llegue a una conclusión errónea: si estos partidos son nuevos, no pueden ser fascistas. Pero una cosa es la realidad palpable y otra la lógica. La una es el poste que tienes delante y contra el que te la vas a pegar si no corriges el rumbo. La otra es una forma de discurrir, y cada cual puede discurrir como quiera; respetando la realidad palmaria o analizando la realidad desde la perspectiva de los cerros de Úbeda.

 

Europa está en crisis, una profunda crisis económica y social. Es el clima perfecto para plantar el fascismo y verlo florecer. Marine Le Pen y su Frente Nacional recogieron cosecha la semana pasada. Amanecer Dorado, los neonazis griegos, sientan diputados en su Parlamento y en el Parlamento Europeo. Viktor Orbán, primer ministro de Hungría, brilló recientemente como defensor del nacionalismo xenófobo negando la entrada en su país a los refugiados sirios. Pero no nos distraigamos viajando. España también tiene su fenómeno fascista y, según algunas encuestas, está a punto de recoger millones de votos en las próximas elecciones generales.

Ciertos deslices de Ciudadanos y su líder, Albert Rivera, han conseguido revelar, ya sin lugar a dudas, la ideología radicalmente liberal y de derechas de ese partido. Se le pueden encontrar, en programa y actitudes, claras analogías con el tardo franquismo, por lo que muchos les ponen el epíteto de fascistas en sentido peyorativo, que no literal. Pero en rigor, Albert Rivera no responde al perfil del líder fascista y la ideología de su partido no coincide exactamente con los objetivos y medios que al fascismo definen. Artur Mas y Convergència apelaron al sentimiento nacionalista de los catalanes revistiendo al líder de aureola mesiánica y utilizando símbolos y propaganda a la usanza fascista. Pero este fenómeno, por su ámbito local, debe tratarse en otra parte. Hoy toca centrarnos en España, la nación donde la mayoría de los españoles decidirán el 20 de diciembre en qué tipo de sociedad quieren vivir.

En España solo hay un partido que se guía por los principios del fascismo en sentido estricto, con un líder que exhibe las características del líder fascista de manual, y que pretende asaltar el poder con medios típicamente fascistas adaptados a las exigencias actuales. Ese partido es Podemos.

Dejemos la historia y la teoría política y económica para espacios más extensos y analicemos aquí cómo Pablo Iglesias y Podemos encajan, en su ideología y en sus prácticas, con el movimiento que convulsionó el panorama político en la Europa de entreguerras.

Ideológicamente, el fascismo se sitúa por encima de la derecha y de la izquierda. Rechaza el liberalismo económico de la derecha y rechaza el socialismo de la izquierda radical. Desde ese lugar, libre de ataduras, el fascismo compone un sistema nuevo a base de retales que va cogiendo de aquí y de allá con aportaciones propias que varían según lo que cada líder y colaborador tenga en la cabeza.

Los fundadores de Podemos arrancan llevando en la mochila las convicciones ideológicas del comunismo hasta que se encuentran en un escenario que no esperaban. La mayoría de los españoles, como la mayoría de los europeos, no quiere saber nada de una izquierda radical anticapitalista que quiera destruir el sistema para instaurar un estado totalitario que dirija sus vidas, por más que le digan que el estado se orienta al bien común. Las personas piensan en el bien de su familia. No quieren vivir en una sociedad que a todos uniforme por abajo; en la que todos vivan como pobres. Quieren que el estado les garantice los servicios necesarios que les permitan una vida digna, y la igualdad de oportunidades que les permita soñar con una vida mejor.

Pablo Iglesias y los suyos se dan cuenta de que una cosa es indignarse contra la política liberal y la austeridad dictadas por la Unión Europea y concentrarse a protestar en una plaza y organizar asambleas para que todos puedan opinar sobre el tipo de estado que quieren, el tipo de economía, el tipo de sociedad; y otra cosa muy distinta es incorporarse a la contienda electoral aspirando a pescar el mayor número posible de votos. El pragmatismo se impone. Los fundadores de Podemos tiran sus mochilas y sacan sus antenas para escuchar qué quieren los votantes. Es así como Pablo Iglesias acaba diciendo que lo de derechas e izquierdas es cosa de trileros. Ellos ya no son de allá, son de donde les mande el barómetro. Y es así como se van deslizando de un lugar a otro hasta que descubren dónde se tienen que parar. Los españoles no quieren extremos, quieren centro, que es donde se ubica la estabilidad. Pero el centro no puede ser neutro. La gente pide política social, luego ese centro es la socialdemocracia; al menos hasta obtener los votos que necesitan para imponer la ideología que guardan in pectore. Pero resulta que el espacio está ocupado por el Partido Socialista Obrero Español. ¿Qué hacer?

El fascismo dice que su concepto del estado y de la sociedad puede defenderse por cualquier medio. Este postulado se tradujo en la violencia del fascismo de Mussolini, del fascismo franquista y de su versión nazi en Alemania. En la Cuba de Castro, al principio del régimen, se elimina a los disidentes y, más tarde, se modernizan los métodos limitándose a la encarcelación. En la Venezuela de Chávez y luego de Maduro se aplican los mismos métodos de censura y de represión común a todos los casos y se recurre también a la encarcelación de los disidentes sometiéndoles a los tribunales bajo diversas acusaciones sin garantías legales de defensa. En España no se puede llegar al poder a lo bestia; hay que pasar por las urnas. Pero para asegurarse de que el resultado sea favorable, cualquier cosa vale. Está claro que hay que eliminar al PSOE porque el gobierno desastroso de Rajoy puede pasarle factura y dar la mayoría a los socialdemócratas. Podemos se declara socialdemócrata y utiliza todos los medios de comunicación para atacar al PSOE. Al candidato socialista no se le puede acusar de corrupción o de mal gobierno porque es nuevo, pero técnicas tiene la propaganda que permiten convencer al personal de que Sánchez Castejón no tiene ni personalidad ni nombre propio, por lo que se le pueden achacar todos los defectos y culpar de todas las equivocaciones de los presidentes anteriores de su partido. Que la gente trague dependerá de la propaganda y de la capacidad de convicción del líder.

Y es aquí donde Pablo Iglesias demuestra estar a la altura de todos los líderes fascistas históricos y actuales. Dotado de fotogenia, soltura histriónica y facilidad de palabra, Iglesias consigue colocarse en los medios de comunicación y subir rápidamente al estrellato. Libre de escrúpulos, en cada aparición pública arremete contra el enemigo de sus ambiciones sin permitir que el respeto a la verdad limite sus diatribas. En el último debate por televisión le vimos y oímos acusar a un asesor del PSOE de pertenecer al Consejo de una multinacional cuyo nombre se inventó, acusar a Felipe González de usuario de la trillada puerta giratoria sin especificar que entró en la empresa privada años después de haber dejado el gobierno, y acusar de lo mismo a una antigua ministra del gobierno de Zapatero, repitiendo la acusación a pesar de las protestas de Sánchez. Trinidad Jiménez no está trabajando en la Telefónica.

El fascismo de todos los tipos ha utilizado siempre la censura y la propaganda, escudándose en la necesidad de defender su ideología y su política. En las hemerotecas de diversos diarios y en vídeos de YouTube, se pueden encontrar a los tres fundadores de Podemos defendiendo la censura cuando los enemigos utilizan los medios contra el estado, ya que el estado representa el pensamiento y el sentir de la mayoría. YouTube guarda las pruebas más palmarias de la ideología fascista de Pablo Iglesias y sus colaboradores más próximos. Se les puede ver defendiendo el régimen chavista y manifestando su deseo de importarlo a España. Pablo Iglesias se manifiesta clasista llamando gentuza a quienes están por debajo de su clase social. Monedero defiende la censura. Iglesias contemporiza con los nacionalismos radicales de Cataluña y el País Vasco.

¿Cómo se manifiesta todo eso en el programa electoral de Podemos? No se manifiesta. Los líderes y asesores del partido confían en que la mayoría no se tomará la molestia de leer artículos y entrevistas en hemerotecas ni de ponerse a ver vídeos. La mayoría se quedará con las arengas de Pablo Iglesias sin esperar, tal vez sin desear, explicaciones que convertirían un mitin en un tostón.

Pues bien, el 20de diciembre, de la mayoría depende devolver la dignidad a España como país moderno, justo, solidario, o ponerla a nivel de la Francia que hace poco confesó su cobardía dando mayoritariamente el voto a un partido xenófobo, reaccionario, que promete devolverla al periodo tenebroso en el que en Europa triunfaron los fascismos.

La fábrica de odio

crisis-de-inmigrantes-en-europa-2112662w640Publicada en Publicoscopia el 16 de marzo de 2016

El amor no se puede fabricar aunque diga Monedero que en Podemos, se puede. Debe referirse a un amor sintético. El amor natural, auténtico, entendido como afecto que nos mueve hacia el otro, sea este una persona, un grupo o la humanidad entera, nace en el núcleo de nuestra alma o no nace. Nace, cuando nace, preñado de sentimientos, de emociones, componentes que junto a la razón y otras facultades de la mente son esenciales para distinguir a un ser humano. ¿Puede un ser humano vivir sin amar? Puede que pueda según ciertas definiciones, porque el amor tiene muchas. Algunos dirán que una persona que no ama es como una caldera sin combustible. Otros intuyen que quien no ama es un ser carente de humanidad.

 

El amor no se puede fabricar, pero el odio sí. España, como Europa, cuenta hoy con varias fábricas de odio. En la España dividida entre ricos, pobres e inconscientes, parte integrante de una Europa que pregona su degeneración moral, como si renunciar a la ética fuera un signo de madurez evolutiva, la desigualdad, la injusticia, el miedo a perder lo que se tiene han ido deshaciendo la cohesión interna del individuo y, por ende, la cohesión de la sociedad. Solo nos faltaba el odio para componer una tragedia griega.

Estamos girando en un remolino oscuro donde la sangre de millones se revuelve con los excrementos de lo peor de cada cual. Lo peor es el instinto asesino que defiende la supervivencia propia ignorando el derecho a la supervivencia de los demás. Todos lo compartimos en mayor o menor medida. Es el vestigio de aquel momento de la historia de la Tierra en que a un animal se le dotó de conciencia y fue llamado a hacer suyas todas las cosas. Entre aquellos animales, unos apreciaron el valor de sus piernas y empezaron a caminar hacia adelante para crearse un mundo a su medida. Otros no dejaron nunca de añorar y de alimentar su condición de animales. Otros se quedaron en el medio, con la apariencia y las costumbres humanizadas a la fuerza por la civilización, y el instinto de animal depredador oculto en su alma, dispuesto a inspirar sus peores acciones.

En todas partes conviven con el resto criaturas monstruosas en las que se combina el animal, que hace millones de años descubrió que podía someter a todas las especies con su ingenio, y el ser que descubrió el pensamiento, y con el pensamiento, la perfección y el modo de alcanzarla. Ese monstruo de apariencia humana ha sustituido la porra por el dinero, un arma capaz de matar a millones de un solo golpe y de someter al resto de la humanidad mediante el terror. Con el poder del dinero, esos monstruos se han convertido en amos de todas las tribus, tiranos que convierten a todos los demás en sus esclavos. Tienen una característica en común; la falta de empatía, la falta de amor. Y eso les ha permitido descubrir la utilidad del odio.

El odio se puede fabricar y a fabricarlo se pusieron los monstruos psicópatas con la misma diligencia con que trabajan para aumentar sus ingresos. Durante un tiempo, permitieron que sus súbditos adquirieran bienes que les hicieron creer que habían ascendido en la escala social y que podían comprar su libertad. Hasta que tanta libertad les pareció a los amos una amenaza. En 2008, los monstruos tiranos provocaron una crisis mundial para devolver a sus súbditos a la condición de esclavos. Hubo pánico general. Algunos se lanzaron a la calle para protestar, defender su libertad, exigir sus derechos. Pero solo fueron unos cuantos. La mayoría aceptó nuevamente el yugo a cambio de que le permitieran dormir bajo su propio techo y sin hambre.

A los monstruos tiranos no les arredraron las protestas callejeras. Sabían que a los protestantes se les podía comprar fácilmente con un trabajo o un cargo, y los compraron. Había otra amenaza más peligrosa y difícil de vencer; la oposición organizada contra su tiranía, una oposición que a lo largo de más de dos siglos había discutido sus privilegios exigiendo una distribución justa del dinero. De nada había servido a los tiranos la represión violenta de los disidentes. Acababan con unas organizaciones y surgían otras con el mismo fin; como si se pasaran de generación en generación la antorcha para seguir defendiendo la libertad, la igualdad y la fraternidad. Hasta que un día los tiranos descubrieron un nuevo medio de acabar con toda clase de oposición.

En 2008 acusaron de ser causante de la crisis que había empobrecido a la mayoría, a un político empeñado en recordar a los súbditos su condición de ciudadanos libres y trabajadores con derecho a una retribución justa. Una propaganda bien diseñada y con fondos ilimitados para llegar por todos los medios a todos los rincones del país, empezó a fabricar odio entre los que lo habían perdido todo o casi todo y entre los que temían perder lo que tenían; odio contra un culpable real y perfectamente identificable. La propaganda dio resultado y poco después caía el político señalado con su sambenito encima y todo su equipo.

Los monstruos psicópatas volvieron a descansar expoliando y robando con una oposición tan tocada que nadie le hacía caso. Se acercaron nuevas elecciones y la oposición presentó una cara nueva; alguien que no podía asociarse a la crisis ni a la corrupción rampante sin caer en delito de difamación. Pero la fábrica del odio no podía detenerse por algo tan despreciable como la verdad. Si no había nada contra el nuevo jefe de la oposición que pudiera encender el odio de los súbditos, habría que recurrir al recuerdo de todos los errores cometidos por sus antecesores en el liderazgo de su partido, cargando las tintas para destacar su ineptitud y su maldad; demostrando como fuera que sus errores les hacía culpables de la crisis de 2008 aunque fuera con veinte años de antelación. A Felipe González, el presidente que culminó la transición a la democracia y cuyas legislaturas implantaron en el país el estado de bienestar del que se beneficiaron dos generaciones, se le acusó y se le sigue acusando de todo; desde enterrar cadáveres de terroristas en cal viva, hasta de irse de vacaciones en un yate con su mujer muchos años después de haber dejado el gobierno.

La mayoría siguió odiando a quienes la propaganda les señalaba, como si el odio tuviese la propiedad de calmar el sufrimiento. Pero los monstruos tiranos no querían dejar cabo sin atar.

Los catalanes se habían instalado en un cómodo ejercicio del bilingüismo una vez recuperados el uso público y la enseñanza de su lengua materna. Con sus instituciones ya bien consolidadas, los líderes catalanes exigían un nuevo estatuto y con él, una repartición más justa de los impuestos. Los dueños del dinero decidieron utilizar el resentimiento y el odio para desestabilizar a los catalanes fabricando más odio. Crearon y financiaron a Ciudadanos, un nuevo partido con la misión de atizar el odio entre los defensores del catalán y los defensores del español. La petición de una distribución más justa del dinero les permitió asustar a andaluces y extremeños y utilizar la rivalidad para generar más odio.

De entre los protestantes callejeros que tan fácilmente se habían podido neutralizar, salió un grupo que consiguió divulgar su indignación en una televisión digital de su propiedad. El afán de protagonismo de su líder y su vena histriónica le convirtió en un peón manipulable que los amos decidieron utilizar enseguida como habían utilizado la ambición de Albert Rivera. Pablo Iglesias fue aupado por los medios al servicio de los amos hasta convertirle en estrella mediática. Su discurso, de un populismo marxista leninista muy sui generis, empezó a calar en los espectadores con la intensidad del trance hipnótico. Esperanza e ilusión fueron las palabras más repetidas en todos los confines del país. Pablo Iglesias prometía acabar con los privilegios de los amos y distribuir sus beneficios entre los ciudadanos más pobres, y la gente le creía con la fe con que seguían al Cristo los judíos oprimidos por los romanos. Dedujeron los amos con acierto que Iglesias no conseguiría convencer a los más conservadores de la población, reacios a embarcarse en aventuras peligrosas. Le dejaron hacer porque en su afán por convertirse en único paladín de la izquierda, Iglesias concentraba sus discursos en atizar el odio contra la oposición, único enemigo al que los amos se tomaban en serio.

Y así hemos llegado hasta aquí, desequilibrados por la incertidumbre, las privaciones, las pérdidas materiales, el terror a perder aún más; desmoralizados por el cinismo y la pérdida de los valores humanos; enardecidos solo por el odio contra los amos, contra los culpables reales o ficticios, contra los diferentes que puedan desestabilizar el orden, contra el extranjero que nos pueda quitar lo poco que nos queda. Solo nos viene a consolar que en nuestra degeneración, en nuestra miseria moral y material, no estamos solos.

Somos europeos, un país importante miembro del grupo selecto, dicen, de la gran Unión Europea. Nuestro presidente, tan penoso el pobre, se codea, a pesar de todo, con los amos de la tierra. Somos europeos. En nuestro país bulle el odio como en los países más desarrollados. Francia tiene su Frente Nacional; Alemania, su Partido Nacional Democrático; Holanda, Dinamarca, Finlandia, todos, hasta Grecia pueden presumir de líderes que admiran a aquel hombre genial que durante unos años gloriosos situó a Europa en el centro del mundo bajo la capa protectora del gran Reich. Somos europeos de la nueva Europa que comienza a renacer alimentada por el odio al extranjero. Todavía no son gran cosa nuestros grupos de ultraderecha, pero con la protección de los amos, crecerán. Junto a las fronteras de grandes países se hacinan cientos de miles de emigrantes muriendo de hambre, de frío, de sed. Pero no tenemos nada que envidiarles. Nosotros también podemos exhibir fotografías de negros colgando de las concertinas de nuestras vallas como gallinas. Somos europeos.

Dicen los que analizan el callejón sin salida en que nos metió el voto irreflexivo, que habrá nuevas elecciones, y dicen las encuestas que, a pesar de todo, los monstruos psicópatas volverán a ganarlas porque el miedo y el odio conseguirán que la mayoría no vuelva a aventurarse a tontas y a locas. No se trata de pedir y esperar una vida digna que merezca agradecerse. Se trata de que nos procuren una supervivencia sin sobresaltos. Somos europeos y como buenos europeos, queremos que nos gobierne quien nos garantice, al menos, que nuestra existencia no irá a peor. Quien quiera otra cosa, que patalee. Total, nadie le va hacer caso. En este mundo mandan los monstruos psicópatas y la mayoría que les admira en secreto con la secreta esperanza de que le agradezcan, de alguna manera, su admiración.