¿Por qué al PSC? ¿Por qué a Miquel Iceta?

Otra vez en pleno desayuno, una noticia me revuelve el estómago. Noticia local, de Lleida. Ya hay tres aviones fletados para transportar a Bruselas participantes en la manifestación de los independentistas del próximo 7 de diciembre. Dispuestos a fletar un cuarto avión, dicen, porque el tercero ya está casi completo. El viaje de ida y vuelta cuesta 400€.

La noticia me dejó atónita. Empecé a ponerme morada de indignación por dentro. Porque yo no soy política ni analista política profesional. Soy una persona que se toma en serio la vida de las otras personas, nada más, y por eso y sólo por eso, soy política y analista política como cualquiera que entiende que es la política lo que determina en gran parte la vida de un ciudadano. Y también por eso me indigno y trino porque, como no me lo exige mi profesión, no tengo que controlar emociones ni medir palabras para quedar políticamente correcta y sesuda en una tertulia de radio o televisión o en un artículo de periódico. Lo único que me contiene en estos momentos es la buena educación porque lo que acude a mi mente me haría arrojar sapos y culebras.

¿Pero por qué me pongo así? Se trata de unos cuantos cientos de catalanes que viajan a Bélgica para pedir la liberación de sus compañeros encarcelados y el derecho de Cataluña a que se reconozca su república y se la libre de la opresión del estado español. Son gente pacífica, amantes de la libertad, que en los aviones, coches y trenes que les lleven a Bruselas, vivirán una experiencia única de alegría y confraternización que podrán recordar con orgullo el  resto de sus vidas.

Pues por eso me pongo así. Por eso se rebela dentro de mi todo lo que tengo de ser humano. Por eso me salto la norma social que exige que se respeten las opiniones de los demás; norma sensata y justa, pero que llevada a un extremo sin matices, encubre el relativismo moral de las conciencias degeneradas. Mi código me exige intransigencia con toda opinión que niegue o desprecie los valores humanos, siendo el primero el respeto al otro por respeto a su humanidad. Y por eso no respeto la opinión de los que creen que para conseguir la independencia de Cataluña hay que ignorar las necesidades de todos los catalanes.

Anoche, la radio  me arrancó de mi cama caliente cubierta por un nórdico estupendo y me tiró en el pasillo de la morgue de Barcelona sobre una colchoneta  de plástico. Tenía 15, 16, 17 años, y lloraba, lloraba sin parar recordando mi casa, mis padres, mi cama. Decía la radio que esos niños que están durmiendo en el suelo de la morgue están allí porque una denuncia obligó a la Generalitat a sacarles de un centro de internamiento en el que vivían en condiciones infrahumanas. Puede que en ese pasillo se sientan mejor. Ojalá, porque dice la Generalitat que no tiene dónde meter a todos los niños que  llegan a Cataluña  tras haber sido rescatados de una patera.

Esta mañana a las seis, como de costumbre, encendí la radio de mi mesilla antes de encender la luz. La radio me habló de la subida de precios de la electricidad y de la cantidad de gente, en Cataluña, que no se puede pagar el recibo que les permita iluminar y calentar su casa. Dos lucecitas me indicaron en la oscuridad que mi estufa estaba encendida. Me incorporé y me senté en la cama sin sentir frío, aunque la radio me dijo que mi pueblo estaba a 4ºC. Encendí la luz. Sólo tuve que estirar el brazo y buscar el interruptor con la mano para que la luz se encendiera. Me vi aterida de frío, buscando a tientas una vela para ir a la cocina a calentarme leche. ¿Tendrán leche en una casa sin nevera? ¿Tendrán gas para calentar lo que sea y agua para bañarse? Tendrán que ponerse la ropa a toda prisa en la habitación en penumbras mientras por dentro les hiela el terror a afrontar otro día de miseria. ¿Dónde habrá pasado la noche la familia que ayer desahuciaron de su casa por no poder pagar el alquiler? La Generalitat no ha podido pagar subsidios sociales. Alguien dice que por la intervención de las cuentas y el 155. Pero es que algunos hace meses que no se pagan. Ni subsidios ni subvenciones a las ONG que se encargan de los más necesitados ni nada que no fuera a financiar el proceso que habría de conducir a Cataluña a la gloria de la independencia.

Me vi y me sentí pobre, impotente, abandonada en un mundo en el que respiro dentro de un mundo que vive en una dimensión aparte porque el mundo que me rodea no sabe ni que existo ni quiere saberlo. Hablan de millones de pobres, de tantos desempleados, de tantos de tantos años, de tantos que trabajan sin que les llegue el sueldo para pagar el alquiler, el agua, la luz. Soy uno de tantos entre millones. No tengo nombre, ni siquiera un número propio que me identifique. Voy a pedir a una oficina del gobierno, porque eso es lo único que puede hacer un pobre, pedir. Y en la oficina me dicen que hay que esperar porque no hay fondos. ¿Y cómo se le dice al hambre, a la propia y a la de los hijos, que tiene que esperar porque antes de llenarle la barriga a un pobre hay miles de sueldos de políticos que pagar, y miles de gastos que cubrir para que el proceso  pueda culminar triunfante en la República de Cataluña?

Y en eso estaba cuando la radio me cuenta que ya hay tres aviones completos para llevar a los independentistas a Bruselas, que se fletará otro si hace falta y que el viaje cuesta 400€.

Sé que soy un ser humano porque puedo meterme en la piel de otro para sentir lo que siente. Puedo sentir el desamparo de un niño al que todos ignoran; la impotencia de un pobre excluido de todo lo que permite, aquí y ahora, vivir una vida digna. Puedo meterme en la piel de un independentista y sentir cómo se encienden sus emociones cuando alguien le dice que la tierra que ama podrá ver ondear  su propia bandera  entre las de todas las naciones independientes. Pero cuando dentro de esa piel siento que esas emociones son lo único que importa; que esa bandera, que esa independencia vale más, para su criterio, que lo que sienten y necesitan sus compatriotas, solo percibo frío y oscuridad. ¿Cómo puede un ser humano entregar su devoción a una entelequia ignorando a las personas de carne y hueso?

Ya ha empezado la precampaña para las elecciones autonómicas del 21 de diciembre. Ya han empezado los aspirantes a cargos a ofrecer y a criticar lo que ofrecen los otros. En Cataluña, los unos y los otros siguen girando en la noria maléfica de la independencia que arrancó hace unos cinco años y parece dispuesta a girar por toda la eternidad.

Unos confiesan que mintieron prometiendo a los ciudadanos una independencia imposible y piden el voto de los ciudadanos para seguir amparándose en la decisión de los ciudadanos para volver cargar a la independencia sobre sus hombros y volver a escalar la montaña del proceso hacia la independencia imposible hasta llegar a la cumbre donde la independencia volverá  a caer y a rodar cuesta abajo. Otros dicen que la independencia es imposible, que hay que respetar la Constitución, etc., etc.  Y mientras los unos y los otros siguen lanzándose a la cara la independencia, convertida en pelota electoral, la persona que vive y trabaja en Cataluña y necesita soluciones a los problemas que le impiden vivir como un ser humano sabe que tendrá que buscarse la vida como pueda porque hoy y el 22 de diciembre y todos los días sucesivos hasta nadie sabe cuándo, nadie se dignará ni a mirarle porque lo único que tiene que importar en Cataluña es la santa y sagrada independencia. Tendrán que buscarse la vida como puedan los pobres, pero no sólo los pobres. Dice uno de esos estudios que en Cataluña han aumentado los trastornos mentales, la depresión y las enfermedades derivadas del estrés por la incertidumbre que causa la situación política. Porque hay mucha gente que hasta ahora ha vivido bien y que ahora tiene miedo a perder el negocio o el trabajo que hasta ahora le ha permitido vivir bien. Una persona atenazada por la pobreza o por el miedo a la pobreza no puede vivir una vida plenamente humana.

Con la radio apagada hasta medio día, en el silencio que permite la reflexión y después de ir reflexionando para comunicar lo que pienso, llego a la misma conclusión a la que hace tiempo que vengo llegando. El 21 de diciembre votaré por quien me hable de los niños que están durmiendo en un pasillo de la morgue de Barcelona, de los que no tienen luz, de los que han perdido su casa, de los que buscan un empleo, de los que necesitan un salario digno, de lo que no quieren verse exhibiendo su enfermedad en una cama de hospital en medio de un pasillo. Voy a votar por el partido que se olvide de la independencia, aún sabiendo que es el tema de moda que atrae todos los oídos;  voy a votar por el candidato que se olvide hasta del partido que defiende. Voy a votar por el político capaz de meterse en la piel de los catalanes y dispuesto a gestionar el gobierno de Cataluña sintiendo y pensando en lo que los catalanes necesitan para vivir, física y emocionalmente, como seres humanos.

 

 

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Se acabó

Una Olga Guillot desgarrada cantó por toda América su bolero “Se acabó”. Lola Flores electrizó al público de toda España gritando esas palabras definitivas.

“Se acabó. Mi amor lo mataste. Se acabó. No voy a escucharte. Ya me agotan las mismas mentiras que a diario repites. Me enfureces, me enloqueces, Es mejor evitar que después lamentar lo que pueda pasar. Se acabó”.

Pues eso. Que como dice la amante cabreada, se acabó la comedia, el bolero, el tango. Se acabó el sainete esperpéntico que convirtió a Cataluña en  hazmereír de España y del mundo.

Cinco años duró la representación, más o menos. Cinco años en los que los catalanes se quedaron sin leyes con que paliar los efectos de la depresión; sin gobierno que se ocupara de mejorar la situación de los enfermos, de los desempleados y subempleados, de los medio pobres y de los pobres totales.  Cinco años sin hacer ni caso a las asociaciones, organizaciones, columnistas que día tras día clamaban para que se vieran y se escucharan los problemas que destrozan a los que  eufemísticamente se llama los desfavorecidos, para no decir abandonados a su suerte por el gobierno.

El “poble”, la voz divina que Puigdemont y los suyos dicen oír y cuyos mandatos dicen sentirse obligados a cumplir por encima de cualquier consideración humana, no incluye a los desechos de  la sociedad. El “poble” está formado por los ciudadanos acomodados del país y sus vástagos. En el “poble” no hay gente de izquierdas. Cataluña no necesita partidos que reivindiquen la justicia social porque en la República de Cataluña no habrá pobreza que requiera asistencia ni riqueza a repartir. Todos serán ricos cuando España ya no pueda seguir robando a los catalanes como robaban los moros en la Edad Media, que solo aparecían para exigir tributos.  En el “poble” solo hay independentistas.

Por eso fue el “poble” el que salió a votar el 1 de octubre y su rotunda voz se escuchó en todos los confines de la tierra. Los que no fueron a votar no son “poble”. Los cinco millones de individuos que se negaron a ignorar las leyes votando en una cosa que ya no era referéndum porque el referéndum había sido anulado por el Tribunal Constitucional, dejaron de existir. Solo el “poble” suena y manda y lo que manda es independencia “peti qui peti”. ¿Y cuántos forman el “poble”? Preguntarlo es una blasfemia. El “poble”, como Dios, es uno y lo que dice solo pueden interpretarlo sus intermediarios en la tierra que son los políticos independentistas y sus brazos propagandísticos, la ANC y Omnium Cultural.

Desde el 1 de octubre España se convirtió en una dictadura brutal que apalea a gente inocente en la calle, que encarcela a valientes independentistas  por manifestar su opinión, que invadirá Cataluña o la República de Cataluña la semana que viene para imponer su tiranía al “poble”. Mariano Rajoy, un señor más bien plasta, que hasta antes de ayer solo se ocupaba de tapar la mierda de su partido y hacer la supervivencia más difícil a los abandonados, de pronto va a convertirse en frenético Erdogan que transformará España en Turquía. O sea, que la semana que viene, en Cataluña todos kurdos.

Porque sí, la semana que viene se acabó. Porque ya no hay quien aguante tanta mentira, tanta locura; ni siquiera el gallego tranquilo. Se acabó. Porque resulta que estamos hartos de hacer el ridículo proclamando imposibles, de que la fama de sensatez y laboriosidad que teníamos los catalanes se trueque en fama de mentirosos, de que la obcecación de los gobernantes se acabe entendiendo como trastorno mental, Porque estamos hartos de que los actores se hayan adueñado del teatro y se nieguen a abandonar el escenario en el que han estado representando durante cinco años una tragicomedia tan absurda que habría matado de envidia a Beckett, a Ionesco y a todos sus imitadores juntos. Estamos tan hartos que cuando lleguen los gestores de Madrid a desalojar a los actores y la realidad se imponga con toda su crudeza, cuando veamos a vecinos y alcaldes arriar sus esteladas y masticar su decepción y su resentimiento, los que no somos ese “poble” del que hablan los políticos respiraremos aliviados aunque por dentro también nos lacere el dolor.

Era esto lo que buscaban los partidos independentistas por sus propios motivos perversos. Pues bien, lo han conseguido. Se acabó la autonomía de Cataluña, el orgullo de los catalanes, la concordia. Se acabó. Lo que no sabemos cuándo se acabará es la revuelta que empezará a sacudir nuestras calles a partir del sábado cuando salga el “poble” a defender su tiranía.

 

 

 

 

 

 

Miénteme más

El mundo se ha vuelto feo, muy feo. Música, moda, cine, televisión se aleja cada vez más de lo que hasta ahora considerábamos bello. Cierto que la apreciación de la belleza es, o parece ser, subjetiva. Había, siglos ha, unos cánones que fueron cambiando por épocas. Pero los cambios eran superficiales. En el núcleo del asunto estaba la Belleza, inconmovible, y todos los cambios buscaban aproximarse a ella o, al menos, no contradecirla.

El siglo XXI ya no busca cambios que adornen, con la Belleza mandando desde el lugar luminoso de las ideas. Ya no prevalece el buen gusto sobre los gustos cambiantes. Hoy parece que la Fealdad hubiera desterrado a la Belleza definitivamente, y que, con la misma ansia con que hasta hace poco, con más o menos  acierto, se pretendía realzar lo bello, se persigue superar cada vez más a lo anteriormente considerado como más feo.

Este viraje no es hijo del capricho. Nace de digresiones ideológicas, homogeneizadas y etiquetadas para su venta con la marca de una palabra que la publicidad ha dotado de virtudes prodigiosas: libertad.

La libertad, derecho supremo de todos los seres humanos, a todos nos permite eso que a todos nos hace sentirnos en la cúspide de la creación: ser nosotros mismos. La libertad finalmente nos libra de  engorrosos esfuerzos para superarnos, para evolucionar. Sé tú mismo. Si te molesta peinarte, enróllate el pelo en la coronilla de cualquier manera o rápatelo a cero; estírate en público, sácate los mocos, huélete las axilas, húrgate los dedos de los pies, coge los cubiertos como te dé la gana, y si te estorban, come con los dedos. En el fondo de ti mismo vive prisionero el hombre que la naturaleza parió y que la llamada civilización fue encadenando y amordazando. Pero está vivo dentro de ti mismo. Déjale salir, déjale hablar. Sé libre. Sé tú mismo.

Ejemplo de los prodigios que la libertad podía obrar en el hombre, macho y hembra, el más espectacular fue la libertad sexual de las mujeres a finales de los sesenta; en España tal vez un poco más tarde. A la mujer, oprimida por siglos de pacatería, se le dijo que era libre de dar rienda suelta a sus deseos sexuales; que podía acostarse con cualquiera, vaya, sin que nadie tuviera derecho a afear su conducta. Lo que no se le dijo fue que el asunto, además de tener efectos secundarios, no era tan fácil como parecía. Por defender la libertad de las mujeres, los machos empezaron a invitar a sus camas o a sus coches a cualquier mujer que les apeteciera. Las mujeres descubrieron muy pronto que eran libres de tener relaciones sexuales con quien fuera, pero que no eran libres de decir que no.  La que decía que no, se ganaba el apelativo de estrecha que por entonces empezó a resultar tan insultante y tan socialmente excluyente como hoy resulta la palabra fascista. Total, que la relación sexual de las mujeres resultó un chollo para los hombres porque pudieron ahorrarse un pastón en prostitutas y evitarse el aburrido trámite de la masturbación para liberarse del apremio de sus hormonas.  ¿Quiénes promocionaron la libertad sexual de las mujeres? No hace falta documentarse para acertar. Lo que hoy importa a efectos prácticos es que las mujeres tragaron el anzuelo y decidieron ser ellas mismas, o sea, volver a su naturaleza primitiva.  ¿Y cómo eran las hembras primitivas? En la casi generalidad de las tribus,  criaturas sometidas a la voluntad del más fuerte.

Este ejemplo puede aplicarse a todos los ámbitos de las relaciones humanas, incluyendo a la política, por supuesto. Hoy el cebo más efectivo para atraer al cardumen es la libertad. Ofrecer libertad es algo que no falla en los mensajes publicitarios y en la propaganda política. La masa corre a abrazarla con la ceguera de esos peces que nadan alegres hacia la boca abierta de los tiburones y alegres llegan a sus barrigas sin enterarse siquiera de donde se han metido. Los peces engullidos no pueden protestar, claro. No pueden quejarse ni denunciar la propaganda engañosa que les llevó a la perdición. Como no puede quejarse esa pobre amiga mía que se pasó la juventud diciendo que sí a cualquiera que le propusiera ir con él a la cama o al coche o al huerto. Me quedé de piedra el día que me dijo que no disfrutaba en absoluto del trajín. ¿Por qué lo haces entonces?, pregunté. Porque si no, no me llamaría nadie y me quedaría sin nadie con quien salir.  ¿Libertad?

El ejemplo más dramático de la mentira que se esconde tras la panacea del siglo lo están sufriendo Cataluña y España entera. Unas organizaciones, supuestamente privadas y realmente politizadas hasta el tuétano, esparcieron por todo el territorio nacional, pueblo por pueblo, el cebo irresistible. ¡Libertad!, clamaron en reuniones, conferencias, presentaciones de libros, romerías, festivales, fiestas mayores y menores. La consigna de sus bien entrenados miembros era sacar la palabra, viniera o no viniera a cuento, a fin de enardecer uno de los instintos primitivos más potentes: la territorialidad. La estrategia era tan simple como la del ejemplo anterior y fundada en la misma proposición. Dígasele a los catalanes que jamás podrán ser ellos mismos hasta que sean libres; dígaseles que tienen derecho a serlo y, cuando estén bien encandilados, dígaseles lo que tienen que hacer para adquirir la libertad.

Se buscan y se encuentran razones muy válidas para justificar la rebeldía radical que ha arrastrado a un gran número de catalanes del seny (sensatez) a la rauxa (arrebato). No se puede decir que la indignación de los catalanes carece de fundamento justo.  Lo que sí se puede decir y comprobar objetivamente, es que la propaganda consiguió quitar de la cabeza de un gran número de catalanes la esperanza de conseguir reparación a sus agravios a través de la negociación racional.

Esa multitud de catalanes, ya convertidos al independentismo, siguieron a quienes les prometían libertad con el entusiasmo y la ceguera con que las mujeres empezaron a entregarse al sexo, sin sospechar que las estaban empujando a otra forma de esclavitud.

Dice la Constitución que la unidad de España tiene que prevalecer sobre cualquier otra consideración. Nos cargaremos la Constitución y no pasará nada, dijeron los propagandistas. Nos cargaremos todas las leyes españolas y nadie podrá impedirlo porque millones de catalanes saldrán a la calle a defender su libertad y no habrá policías ni porras ni pelotas de goma ni pistolas ni tanques ni cañones que puedan dispersar a tantos millones. ¿Y si van cayendo como moscas y cada vez son menos los que pueden salir a manifestarse? Europa y el mundo nos defenderán. ¿Y si no quieren defendernos? Querrán. Nadie se atreve contra la libertad.

Todavía hay millones de catalanes que se lo creen, aunque entre esos millones, cada vez hay más que se han cansado del jaleo. Todavía salen en multitud a la calle porque a muchos les pasa como a mi amiga, que tienen miedo a  quedarse solos, a no tener con quién salir; a que les llamen fascistas.

A pocos días de que el president declare la independencia unilateral de Cataluña, si es que respeta la Ley de Transitoriedad que se supone que sustituya a las leyes del estado español, la gente empieza a detectar el engaño de lo que le han vendido como panacea. Las grandes empresas han empezado a huir de Cataluña en estampida porque los grandes empresarios no tragan cebos. Hace dos días, los propagandistas –en Cataluña todos los políticos independentistas lo son- negaban rotundamente que empresa alguna se fuera con su sede social a otra parte.  Algunas grandes empresas ya habían comunicado al gobierno que se irían, pero con el entendimiento obnubilado por sus propias mentiras, convencidos de poder transformar la realidad con la magia de su pensamiento, el president, el vice president y, de los reyes abajo, todo dios, se atrevieron a decir al público que las empresas no se iba, y uno hasta se atrevió a decir que las empresas se pelearían por invertir en Cataluña.

El catalán dispuesto a hacer un esfuerzo de racionalidad por encima de sus sentimientos ya se ha dado cuenta de la jugada, ha pronunciado un rotundo no, gracias, y ha vuelto a sus asuntos esperando que las cosas, esas cosas que afectan a su vida y a la vida de su familia, no vayan a peor.

Pero todavía hay muchos catalanes, muchísimos, que no se resignan a todo lo que a veces tiene de desagradable aceptar las cosas como son. Son los que aceptan que ahora les digan que no se preocupen si todas las grandes empresas se van. Es temporal, les dicen; cuando seamos independientes volverán. Y se lo creen porque dudar puede conducirles al abatimiento y si el equipo pierde la moral, pierde el partido. De la moral, del empuje de la gente depende la victoria, les dicen. Y si la única manera de conservar la moral es tragando más mentiras, pues se tragan y ya está.

 

No hay derecho

No hay derecho a decidir, por intereses espurios, llevar a Cataluña al desastre y amenazar con el desastre a España entera.

No hay nadie medianamente informado y capaz de razonar que no sepa que las consecuencias, económicas y de otra índole, de una ruptura serían gravísimas para Cataluña y para España. ¿Por qué se empeñan, entonces, el gobierno de España y el govern de Cataluña en llevarnos al desastre? Error de perspectiva. En el desastre estamos hace años, sin gobierno al que recurrir para que declare esta miseria de país zona catastrófica y nos dé las ayudas que requiere volver a ponerlo en pie.

Ante la desastrosa realidad, ambos gobiernos reaccionaron con una brillante idea. Si este desastre no se puede arreglar -y no conviene que a alguno se le ocurra y se le permita arreglarlo-, lo que se puede hacer  para evitar el pago de responsabilidades es amenazar a la gente con un desastre mayor. Si alguien tiene que elegir entre que le corten las dos piernas o dejar que la gangrena le corte la vida, cualquiera en su sano juicio se conforma con el mal menor.

Éxito total. Pensando en el posible desastre por venir, la mayoría ha conseguido desviar la atención del presente, y una mayoría de la mayoría ha llegado a pensar que, al fin y al cabo, la realidad actual no es tan desastrosa.

No hay derecho  a que los políticos en el poder de España, Cataluña incluida, hayan pervertido el criterio moral de una sociedad que había descubierto los valores que permiten evolucionar al hombre, macho y hembra, hacia la plena condición humana.

Las medidas políticas aplicadas por la derecha triunfante en España, Cataluña incluida, consiguieron convertir a todo el territorio nacional en tierra del sálvese quien pueda. Quien tenía los medios para salvarse aceptó esas medidas sin objeción. Quien no los tenía aceptó todo lo que le cayera encima con tal de que le permitieran sobrevivir. Los que lo perdieron todo se quedaron sin voz para quejarse y engrosaron, y siguen engrosando, las filas de los que nunca han tenido nada y que, por lo tanto, para nada pueden contar. España, Cataluña incluida, logró ponerse a la altura de los Estados Unidos.

Una clase rica, cada vez más rica, contribuye al orgullo nacional con el glamour que distingue a los países desarrollados. Las clases inferiores trinan contra los dueños de lujos y privilegios, pero como siempre han trinado y de trinar no pasan, sus trinos no inquietan a nadie.  Las mujeres de las clases inferiores agradecen las fotos de mansiones, joyas, ropa de alta costura que les permiten pasar el tiempo en la peluquería mientras les coge el tinte. Los hombres agradecen las fotos de cochazos que pasan del millón, de los aviones privados de los futbolistas, de las hembras colosales que llevan a sus fiestas y con las que se casan.  A casi nadie se le ocurre reivindicar el valor del trabajo exigiendo salarios proporcionales al esfuerzo y a su contribución real a la economía del país. Cuando se convoca una huelga o una manifestación, sólo van los directamente implicados. Son manifestaciones sin banderas, sin himnos, sin gritos que emocionen. Aburren, ¿para qué se van a manifestar quienes ni ganan ni pierden con el asunto?

Una clase media, cada vez más baja, agradece poder ir a la peluquería, poder pagar a plazos un coche de gama media o baja, según, poder ir de vacaciones a donde va la gente de su clase. La mayoría no encuentra motivos para participar activamente en la exigencia de justicia social. El mundo siempre ha sido injusto. Lo que más injusto les parece es que les obliguen a contribuir para mejorar la vida de quienes no han tenido su suerte, y si se trata de refugiados o de extranjeros huyendo del hambre, para de contar.

De los de la clase más baja, de los que tienen que vivir de subvenciones, cada vez más escasas, o de la caridad, no hay nada que decir. Ni se ven ni se oyen.

Parece un dato curioso que la mayoría de los nacionalistas catalanes que apoyan la independencia son los de salarios más altos, entre 4.500€ y 5.000€ mensuales, mientras que la mayoría de los que quieren permanecer en España percibe salarios que rozan el umbral de la pobreza. Pero, bien mirado, el asunto se entiende. Cataluña ha sido gobernada durante tres décadas por una burguesía nacionalista que pudo mantener una tensión controlada con el gobierno de España para obtener beneficios, mientras  alimentaba la catalanidad con el nacionalismo cultural que alguien bautizó como catalanismo de “espardenya” (alpargata). La siembra dio el fruto de Omnium Cultural y Asamblea Nacional Catalana, y ambas instituciones, con la ayuda generosa del gobierno, se dedicaron a predicar el ansia y el derecho a la independencia por todos los confines de la nación. A quien la prédica no le ha arrebatado el entendimiento, le cuesta muy poco descubrir los sofismas, medias verdades y mentiras completas que conforman el argumentario de los predicadores. Es un conjunto de enunciados muy simples, al alcance de los entendimientos con menos luces, en todo observante de las reglas del que fuera ministro de propaganda  del Tercer Reich.

No hay derecho a haber intoxicado la mente de una gran cantidad de catalanes con discursos y arengas dirigidas a estimular las glándulas para que la adrenalina les obnubile la razón. Viendo a los padres llevar a sus hijos pequeños a los colegios para evitar los desalojos de la policía, uno se pregunta si la sugestión colectiva puede trastornar a medio país hasta ese punto. Otra vez responde el genio de la propaganda nazi que logró enloquecer a la mayoría de los alemanes; la propaganda, cuidadosamente diseñada para apelar a lo más primitivo del ser humano, sí puede; puede siempre que encuentre mentes desprotegidas por carecer de criterio propio. Esa falta generalizada de un criterio alimentado con valores humanos, falta causada por una educación deficiente, ha permitido a los gobernantes de Cataluña, como a los de España, romper la integridad moral del ciudadano y, por ende, de la sociedad. En Cataluña, específicamente, los gobernantes independentistas han podido hacer barbaridades en el Parlament y tomar decisiones que rozan la demencia, poniendo en ridículo a toda la nación, sin que una gran parte de los ciudadanos pudiera detectar sus desafueros.

No hay derecho a destruir el prestigio nacional e internacional de la nación catalana. Orgullosos desde siempre, por motivos indiscutibles, de nuestra sensatez, de nuestra capacidad de trabajo, de nuestra disposición al esfuerzo constante por mejorar, por avanzar, los catalanes aparecemos hoy como fanáticos irresponsables que se niegan a acatar la Constitución española y hasta el Estatut de Cataluña; como enajenados que aceptan la decisión de su propio Parlament de acabar con la democracia; como ignorantes que claman por salir de España y, por ende, de Europa, para quedarnos solos, aislados, sin los recursos de que ahora disponemos para seguir luchando por la recuperación económica.

No habrá referéndum mañana. El referéndum fue anulado y cualquier cosa que se haga para votar, será cualquier cosa menos un referéndum. No habrá independencia. No la habría aunque votara la mayoría del censo y votara sí el cien por cien.  Eso lo saben perfectamente los gobernantes que han sacado a la gente a la calle a realizar un simulacro patético ofreciendo a Cataluña al escarnio público. Hoy nadie sabe cómo acabará el sainete, pero Mariano Rajoy en España y Carles Puigdemont en Cataluña descansan seguros de que los medios seguirán discutiendo el asunto y de que el larguísimo balablablá seguirá distrayendo al personal para que nadie recuerde la corrupción y el mal gobierno.

No hay derecho.

El timo de los tres siglos

(Este artículo lo escribí y se publicó en Publicoscopia el 2 de agosto de 2014. Podía haberlo escrito ayer. Lo dediqué a una de las víctimas mortales de la crisis como representante de los miles de compatriotas empobrecidos por la inmoralidad infrahumana de los políticos en el poder y de sus beneficiados).

 

In memoriam Don Gustavo Arguellas, activista de STOP DESAHUCIOS de Granada, padre de dos hijos, que se quitó la vida a los 37 años al habérsele notificado el proceso de desahucio de su casa por el Banco Mare Nostrum.

Sin preámbulos: el gobierno de Cataluña y el partido del gobierno, con la complicidad de todos los otros partidos que exigen la celebración de una consulta para que los catalanes decidan si quieren la independencia o no,  y  con la aquiescencia del gobierno de España y del partido que le sostiene, han engañado a la mayoría de España y de Cataluña con lo que ha sido un timo de tal enormidad que no existe comparación posible con caso alguno en toda la historia de Cataluña y España.

Sin rodeos: para disminuir el déficit, el gobierno de Convergència i Unió, fiel a su ideología de derechas, empezó a recortar  el presupuesto para política social antes de que la derecha española empezara a hacer lo mismo en el estado español. Como de costumbre, se vendió a la ciudadanía que la causa de las terribles consecuencias de la crisis era el expolio al que España sometía a Cataluña desde siempre. Como de costumbre, la mayoría aceptó esa transferencia de la culpa que los políticos catalanes han utilizado desde siempre para eludir su responsabilidad.  Sólo que esta vez, con más del 20% de desempleados y el 29% de pobres, por empezar la larga lista de horrores que sufre Cataluña y que todos conocemos,   a los catalanes no les basta con culpar  a España; exigen la separación.

El 11 de septiembre de 2012 casi dos millones de personas pidieron la independencia en las calles de Barcelona. Durante más de dos décadas, Jordi Pujol Soley, desde el trono de CiU,  se había investido con la dignidad de defensor de Cataluña, pero sin exigir el derecho a la autodeterminación. La tarde de aquella Diada fue el pueblo el que salió a la calle a defender a Cataluña sin intermediarios. A Artur Mas, el nuevo rey, empujado por la marea humana hasta las orillas del Mar Rojo, se le subió el Moisés a la cabeza y se proclamó líder del camino hacia la independencia con un discurso grandilocuente que emocionaba a propios y a extraños.  Faltaban dos meses para las elecciones al Parlament.  Aquella reacción del pueblo indignado era como un regalo del cielo. Mas se veía en la cumbre del Sinaí, tan alto e inaccesible como Pujol, su padre político; demasiado alto  como para que nadie se atreviera a culparle de los desastres causados por su gobierno. El malo culpable era otro y estaba en Madrid. Pero pasó que el pueblo de Cataluña resultó ser tan desagradecido como el pueblo judío que tuvo que sufrir Moisés, y en vez de adorarle como había adorado a su padre, le dio un repaso en las elecciones que le dejó turulato. Mientras, agazapado entre los juncos, un nuevo líder esperaba, aún espera, que Moisés baje del monte para subir él. Artur Mas reaccionó, eso sí, como un catalán de pura cepa: se puso a trabajar, pero no en la reconstrucción del país devastado por su salvaje política de austeridad. Como si Dios mismo desde la zarza ardiente le hubiese dado el báculo de libertador de Cataluña, Mas se ha dedicado a incordiar una y otra vez al Faraón y a quien quiera escucharle con la cantinela: se va a celebrar una consulta legal para que el pueblo decida si quiere la independencia o no.

Hasta aquí, la historia; ahora, sin preámbulos ni rodeos, la realidad de este momento. España es un país empobrecido, corrupto, cutre. Cataluña quiere independizarse de España para convertirse en un país empobrecido, corrupto, cutre, pero miles de veces más pequeño que España. ¿Qué posibilidades tiene Cataluña de lograr la independencia? Ninguna.  La Constitución otorga al gobierno del estado todas las prerrogativas y establece todas las medidas que han de tomarse  para garantizar la unidad de España, desde la suspensión de una Autonomía, hasta la intervención del Ejército in extremis. El gobierno de Cataluña le ha hecho creer a los catalanes que el gobierno del estado no podrá ignorar un voto masivo de los catalanes a favor de la independencia. Es falso; puede ignorarlo y lo haría en caso de que tal voto se produjera. El gobierno de Cataluña le ha hecho creer a los catalanes que se hará una consulta legal sí o sí. Media verdad. Si se llega a hacer una consulta, se hará cubierta por unas elecciones o se hará a pie de calle o en locales cedidos por ayuntamientos o por asociaciones, es decir, una consulta casera sin más trascendencia que la que quieran darle los medios de comunicación durante los días en que el asunto se considere noticiable. ¿Qué pasará después? Artur Mas, su gobierno y su partido seguirán repitiendo su lista de agravios y reivindicaciones, como los discos rallados de otra época, hasta que los ciudadanos les quiten los micrófonos.  Mariano Rajoy seguirá presentándose ante los españoles como garante de la constitución y de la unidad de la patria con la esperanza de que los ciudadanos admiren su firmeza y le perdonen todo lo demás.

El anunciadísimo  choque de trenes entre Cataluña y España, feliz metáfora más sobada que un abrigo de diez inviernos, no es otra cosa que los  amagos de Artur Mas contra la resistencia roqueña  de Mariano Rajoy. Puestos a soltar metáforas trilladas podemos decir que la sangre no llegará al río. Los españoles de todas las naciones de España  ya tragaron, durante la guerra y la posguerra, toda la sangre que podían tragar. La tierra de España con todas sus naciones está sembrada de fosas comunes donde yacen los huesos de los asesinados por un régimen que instauró el terror para defender los privilegios de unos cuantos. El superviviente más saludable y longevo de aquella salvajada fue el miedo. Es el miedo lo que aún impide que esas fosas se abran y se exhumen los restos de lo que fueron personas, ciudadanos españoles cuyas vidas importaron un bledo a los compatriotas que los asesinaron. Nadie quiere más sangre, más terror, más salvajismo. Ni los españoles han caído, a pesar de todo, en tal grado de imbecilidad como para recurrir a la violencia ni los catalanes s’han begut l’enteniment,  se han bebido el entendimiento, como reza la frase de la gente de seny.

Mariano Rajoy, Artur Mas y viceversa no han tenido reparo alguno en utilizar un sentimiento tan intenso y profundo como el nacionalismo de sus respectivos pueblos para tapar sus vergüenzas y las de los  partidos que les llevaron al poder. ¿Nacionalistas? ¿Nacionalistas de qué? De dos naciones empobrecidas, no por la irresponsabilidad de los ciudadanos ni por expolios mutuos; empobrecidas por los bancos que se dedicaron a robar a sus clientes y por los políticos que endeudaron a todos los ciudadanos para rescatar a los bancos; empobrecidas por leyes laborales que han dado a los empresarios todo tipo de facilidades para jugar a su favor con el temor al desempleo y esclavizar a sus empleados cuando deciden dar trabajo; empobrecidas porque sus ciudadanos se han visto privados de servicios fundamentales y asistencia social por los empresarios y políticos que han sacado su dinero del país para no contribuir con sus impuestos al bienestar de todos. ¿Nacionalistas de qué? ¿De entelequias de naciones deshabitadas?

En su conferencia de prensa del 1 de agosto, Mariano Rajoy anunciaba que España ha salido de la crisis y ya ha entrado en el feliz terreno de las cifras macroeconómicas positivas. Y decía que ese triunfo se había logrado gracias al esfuerzo de todos los españoles. ¿Esfuerzo de qué? Si unos ladrones asaltan a un infeliz en la calle, ¿vamos a decir que gracias al esfuerzo del infeliz por llevar dinero en los bolsillos, los ladrones lograron huir con su botín? ¿En qué mundo vivimos y en qué lenguas estamos hablando? Las cifras mejoran porque políticos, empresarios y banqueros nos han robado; porque han hecho correr  dinero negro bajo las mesas de notarios, registradores, alcaldes, regidores, diputados provinciales, autonómicos, estatales, directores y secretarios generales  y todo bicho viviente con acceso al poder, mientras que el dinero que arrancan a las nóminas de los asalariados se utiliza para tapar los agujeros que han causado la ambición desmedida y la ineptitud de un ejército de desaprensivos sin patriotismo, sin compasión, con las emociones blindadas bajo sus chaquetas y sus corbatas.

Saldremos adelante. Los ciudadanos de todas las naciones de España saldremos como salimos de una guerra y de cuarenta años de oscuridad. Saldremos adelante con nuestro esfuerzo, pero no gracias a la reestructuración que nos han impuesto a lo bestia; si no a pesar de ella. Saldremos adelante y sacaremos adelante a nuestras naciones y con ellas a España, sin manifestaciones, sin discursos,  sin alharacas  nacionalistas, porque el nacionalismo no se vocea; se siente y se trabaja.

Habrá quien ingenua o interesadamente nos diga que a pesar de todas las evidencias no se puede dudar del patriotismo español de Mariano Rajoy ni del patriotismo catalán de Artur Mas. A ellos,  a sus partidos y a todo lo que representan cabe decirles las palabras inmortales de Clark Gable a Vivian Leigh en Lo que el viento se llevó: Lo que ustedes sientan o dejen de sentir ya “no podría importarnos menos”.

 

 

La victoria de la estupidez

Se acabó la fiesta que se montó en Cataluña para celebrar la Diada de 2015; una fiesta que duró quince días. Luces, colores, música, percepciones que penetraban por los poros y corrían con la sangre hasta los lacrimales. En vivo y en directo o en televisión, todo el pueblo pudo disfrutar del mayor espectáculo del mundo, incomparablemente superior al de cualquier otro espectáculo pasado o por venir. Porque en el apoteósico final, un solo hombre aparecía en el trapecio, colosal, majestuoso, dispuesto a lanzarse al vacío llevando bajo su capa a siete millones y medio de figurantes.

Toda fiesta termina con un apagón emocional semejante al que experimenta el cuerpo tras un orgasmo. Es el momento infausto de enfrentarse al merder, gráfico vocablo catalán que representa desde cualquier tipo de desorden en sentido literal o figurado, hasta el lugar donde se acumula la mierda. En la mañana gris, los ojos se enfrentan a los perfiles contundentes de una realidad asquerosa, y el alma, a la fugacidad de la alegría. Hay que ordenar y limpiar, no queda otra, y lo sabemos. Pero durante un momento más o menos largo, según la psicología de cada cual, nos invade la sensación paralizante de no saber por dónde empezar.

Empecemos.

Si hay un grupo humano que tiene algo claro sobre la situación de Cataluña antes, durante y después de la “fiesta democrática” de las elecciones es el de los analistas políticos. Todos coinciden en que la situación es de una enorme complejidad. Tienen razón, sin duda. Considerando que se convocaba a un plebiscito y no a unas elecciones autonómicas, pero que los resultados se contarían como elecciones autonómicas y no como plebiscito; considerando que el partido del sí no era un partido sino un grupo de políticos, representantes de asociaciones no políticas y personalidades varias que obligaba a los electores de izquierdas a votar por un partido de derechas y viceversa y a elegir en cualquier caso a un presidente de derechas de toda la vida, pero ahora de nada, porque no se trataba de elegir a quien iba a gobernarnos sino a quien iba a gestionar el sí; considerando que quien quisiera votar que sí, pero sin torturarse el cerebro intentando despejar las múltiples incógnitas de ese grupo poliideológico y multicultural, no tenía otra opción que la de echarse al monte votando por un partido antisistema; considerando que los electores del no tenían que elegir entre un partido de derecha radical, otro de derecha de centro o de extremo, según, y otro que ofrecía futuras reformas que nadie sabía dónde colocar por no tener ni pajorera idea de lo que le estaban proponiendo; considerando que a quien quisiera votar que sí a la independencia o que no sin encontrar su sitio en alguna de las anteriores opciones, solo le quedaba un partido que, como una especie de grupo sanguíneo universal, se presentaba como ni de izquierdas ni de derechas ni de sí ni de no; considerando todo esto, en fin, lo que sorprende es que los analistas se puedan tomar tal belén en serio y que pretendan explicarlo utilizando la lógica. El grado de irracionalidad al que ha llegado la política en Cataluña solo podría explicarse por los meandros de una lógica difusa compensatoria o por los del psicoanálisis. ¿Sabía el votante catalán qué programa político ofrecía Junts Pel Sí además del proceso para declarar la independencia?

Ahora resulta que la población de Cataluña se reduce al millón ochocientos mil catalanes que votaron por el sí, sumando Junts y CUP, y que dicen que la democracia exige que se siga con el proceso soberanista porque así lo mandan los ciudadanos. ¿Pero qué ciudadanos? Y los tres millones y medio que o no votaron por el sí o se abstuvieron, ¿qué tienen que hacer para que cuadre la cuenta, exiliarse? No cabe duda de que la democracia se ha transformado en una palabra huera bajo el poder y por la falta de respeto a los ciudadanos de los políticos del Partido Popular, sometidos éstos al poder omnímodo de los que tienen el dinero, pero si en lo que es una democracia, aunque solo sea oficialmente, la opinión de un millón ochocientos mil vale más que la de tres millones y medio, parece evidente que una de dos, o se revisa el significado del término o se le da un repaso de aritmética a los flamantes ganadores de las elecciones-plebiscito y a todos los que repiten su argumentario con fervor religioso. En cuanto a los analistas que repiten que el resultado de las elecciones ha dado un mandato claro a favor del soberanismo, no sabe uno qué recomendarles.

Ateniéndose a los hechos, del resultado de las elecciones no se puede deducir que haya una mayoría soberanista en Cataluña. Pero los independentistas son casi dos millones, se dice, no se les puede ignorar. Probablemente son mucho más que dos millones. El deseo de independencia, de ver a la nación catalana convertida en estado, nace con la gran mayoría de los catalanes, se alimenta en la familia y crece con la piel hasta la muerte. Es un sentimiento que forma parte sustancial de su idiosincrasia. Pero esto no significa de ninguna manera que el catalán nace y vive dispuesto a permitir que ese sentimiento prevalezca sobre su razón. Aceptando y respetando la realidad, el catalán ha aplicado sus facultades mentales al desarrollo propio y de su comunidad guardando y conservando sus deseos en el ámbito de las emociones. De donde tal vez nace el tópico de que los catalanes tienen al dinero como máxima prioridad. La máxima prioridad del catalán, como la de cualquier otra persona en cualquier parte de este mundo, es su propio bienestar y el de su familia. Puesto que en esta parte del mundo el bienestar no es posible sin dinero, los catalanes se aplican al trabajo para conseguirlo, como cualquier sociedad de personas equilibradas y responsables.

De pronto, sin embargo, las sustancias que producen las emociones parecen haber desbordado todos los diques anegando las facultades mentales de una gran parte de la población. ¿Qué ha pasado? Lo sabemos todos. De un lado, la crisis que de un modo u otro desestabilizó la existencia y el equilibrio emocional de todos; de otro lado, la malvada estupidez de Mariano Rajoy y su partido que detectaron muy pronto el rédito electoral que podían obtener oponiéndose al estatut refrendado por los catalanes; de otro, el oportunismo de Artur Mas y su partido que descubrieron, en el momento justo, el modo de utilizar la indignación de los catalanes para perpetuarse en el poder.

De repente, una parte muy importante de los catalanes olvidó las exigencias del bienestar, las reglas a respetar para obtener el dinero que el bienestar exige, su proverbial prudencia. Al grito coral, bien orquestado y dirigido, de independencia sí, el catalán lo olvidó todo, hasta el riesgo al que exponía la vida política, económica y social de su nación. Miren por donde, resultó que el amor a la pela por encima de todas las cosas no era tal. Que sí, grita la estupidez siempre tozuda. Que quieren irse porque no quieren compartir su dinero con el resto de España. Cierto que una de las formas de excitar las glándulas de los catalanes fue repetir que “España nos roba” manipulando cifras con la certeza de que muy pocos las iban a comprobar. Lo que el estúpido no consigue comprender es que ser expoliado se considera una consecuencia intolerable de la dependencia política de España, pero no es la causa que ha provocado la revolución del soberanismo. La causa fundamental es la negativa de algunos estúpidos a aceptar un hecho que el catalán vive como parte consustancial de su existencia; el hecho incontrovertible de que Cataluña es una nación.

En sus Leyes fundamentales de la estupidez humana, el economista Carlo M. Cipolla divide a todos los seres humanos en cuatro categorías fundamentales: los incautos, los inteligentes, los malvados y los estúpidos.

Llama incauto a quien sufre una pérdida con sus acciones al mismo tiempo que beneficia a otro. Quienes han sucumbido a la propaganda por la independencia ignorando los efectos del desgobierno y la corrupción que han destruido la cohesión social en Cataluña durante los últimos cinco años, sufrirán la pérdida de muchas cosas cuando se convenzan o les convenzan de que la independencia no es posible. Tendrán que aceptar que han sido incautos.

Malvado es el que realiza una acción que le beneficia perjudicando a otro. Artur Mas en Cataluña y Mariano Rajoy en España han supeditado el bien común a sus propios intereses y a los de sus partidos. Al daño que ambos han causado a las personas por su política de austeridad y privatizaciones, se une la descarnada manipulación de las emociones con que Artur Mas ha puesto en peligro la democracia, la convivencia y la estabilidad política de Cataluña, y el calculado inmovilismo de Rajoy que ha hecho imposible cualquier solución negociada.

“Una persona estúpida”, dice Cipolla, “es aquella que causa un daño a otra persona o grupo de personas sin obtener, al mismo tiempo, un provecho para sí, o incluso obteniendo un perjuicio”. Estúpidos son, por lo tanto, todos aquellos que pudiendo apaciguar y/o mediar en una situación tan crítica para Cataluña y para España, echan más gasolina al fuego; por ejemplo y entre otras cosas, defendiendo la igualdad entre comunidades que nadie ha puesto en duda; insultando de un modo u otro a los catalanes; negando a Cataluña el derecho a definirse como nación.

Partiendo de la premisa de que la mayor parte de las personas no actúa de un modo coherente, Cipolla demuestra cómo pueden darse diferentes combinaciones. Una persona inteligente, por ejemplo, puede en determinada circunstancia actuar como un incauto; un malvado puede ser inteligente o puede ser estúpido. Afirma, Cipolla, sin embargo, que “la mayoría de las personas estúpidas son, fundamentalmente y firmemente estúpidas; en otras palabras, insisten con perseverancia en causar daños o pérdidas a otras personas sin obtener ninguna ganancia para sí”. Y aún añade que “existen personas que con sus inverosímiles acciones, no sólo causan daño a otras personas, sino también a sí mismas. Estas personas”, dice, “pertenecen al género de los superestúpidos”.

Según estas leyes de Cipolla, es imposible que un estúpido analice la situación actual de Cataluña, de España entera con la racionalidad y la ecuanimidad que exige la situación socialmente desastrosa del país. Las encuestas siguen otorgándole la mayoría al partido que ocasionó el desastre y los malvados estúpidos siguen colaborando a su favor intentando dividir a las fuerzas que, unidas, podrían quitarle el poder. Concluye Cipolla advirtiendo de lo peligrosos que resultan los estúpidos: “Algunos estúpidos”, dice “…llegan a ocasionar daños terribles…a comunidades o sociedades enteras”. Hace cuatro años el Partido Popular obtuvo mayoría absoluta y con ella el poder absoluto para dejarnos como estamos hoy. Eliminando a aquellos que de su voto hayan obtenido algún beneficio, podríamos encontrarnos, siempre según Cipolla, con una multitud aterradora de superestúpidos que pueden volver a dar el poder a los mismos para que nos acaben de destruir el país.

Queda la última categoría; los inteligentes. “Inteligente es aquel que se procura un beneficio que beneficia a otro a la vez”, dice Cipolla. ¿Hay alguien? Pues como no se explique bien y convenza, no habrá quien impida que nos vayamos todos al garete.

¡Alirón!

Buenos días, amigos.

Estoy atónita. Resulta que la independencia de Cataluña no puede esperar a que se resuelvan asuntos como el desempleo, la pobreza, el recorte en prestaciones sociales, etc., etc., etc. Pero llega la copa del Rey y los independentistas y republicanos culés se olvidan de la independencia y de la República.Si ayer hubiera ganado el Barça, hubieran ondeado miles de senyeres y esteladas para celebrarlo.

Los miles de pobres de Cataluña nadan con sus últimas fuerzas, estirando el cuello para no ahogarse, mientras otros miles van al fútbol pagando entradas y viaje y lo que haga falta con la esperanza de que el capitán del Barça reciba una copa de manos del rey de España. ¡Hay que jorobarse!

Las contradicciones son devastadoras, sobre todo para la autoestima. Menos mal que el Barça perdió ahorrándole al país una foto vergonzosa, expresión gráfica de la pérdida del “seny”.

Gracias al Real Madrid, ahora ya puede el culé independentista o republicano o las dos cosas volver a preocuparse por la independencia o la república o las dos cosas mientras el país sigue hundiéndose gracias a los paladines de la independencia o de la república o de las dos cosas. Gracias al Real Madrid  todos, convergentes y unidos, zquierdosos y republicanos podemos seguir esperando tranquilamente el milagro soberanista sin que nadie nos restregue la copa y el rey por las narices.

Mientras tanto, los pobres sin empleo o sin casa o sin ninguna de las dos cosas pasan de siglas, de informes, de paladines. Acaban de despertarse a un jueves que será como todos los días, una lucha de sol a sol para llevar algo a la mesa de su familia.

 

 A lo mejor porque las circunstancias de la vida me obligaron a pasar mucho tiempo sin otra cosa en la cabeza que la necesidad perentoria de llenar el estómago de mi familia con el terror como único acicate, siento que cada día me queda menos paciencia para soportar a tanto listo ladrón y a tanto tonto útil. A todos los culés independentistas que hoy se lamentan de la pérdida de la copa del Rey les digo con toda el alma: que os den…!!!

Y porque en este mundo todos barren para su casa, os dejo un poema que escribí en una de esas noches en que esperaba la salida del sol exprimiéndome el cerebro en busca de una idea para conseguir desayuno para mi hijo y mi pareja. Fue hace años y salimos de aquel hoyo, pero me juré a mi misma que no lo olvidaría nunca. He cumplido.

LA BESTIA 

   Despierta.

Gruñe el dolor, el hambre.

Hay algo que le tira en la entrepierna.

¿Y eso que pincha el párpado?

La luz. Ya sale el día.

Ojos, boca y olfato

se orientan a la presa.

Se levanta.

Cargado de fatiga

se dobla el espinazo.

Quiere rendirse el ánimo,

pero le brama el vientre

y el vientre de las crías.

Como le manda el hábito,

vuelve a arrastrar los pasos

por el mismo camino,

vuelve a pararlos en el mismo sitio,

vuelve a elevar los ojos, la cabeza

y, como cada día,

el mundo se detiene, sorprendido.

La cara del espejo es cara humana.

Le parece mentira.