Encuestas (y gritos de terror)

Cada día, la prensa muestra y analiza el mismo cuadro: un país tenebroso en el que se revuelven  la corrupción, la violencia, la precariedad, la pobreza con sus tintes más oscuros. A quien no tiene ni encuentra forma de evadirse de este paisaje infernal, la vida se le convierte en un grito de desesperación. Pero hay  una mayoría que sí puede, aunque sea a trancas y barrancas. Para esos, la publicidad diseña anuncios de la moda en grandes almacenes,  anuncios de coches, de viajes; anuncios para atiborrar la imaginación de cosas que se deben adquirir para evitar que el individuo se encuentre a solas ante la realidad y no le quede más remedio que ponerse a gritar de desesperación o lidiar con ella.

Esas dos alternativas preocupan a los que mandan, un poco o mucho según lo mucho o lo poco que les afecte. La primera podría acabar en suicidio, lo que no sería nada grave porque sólo afectaría a los interesados y sus familias. La segunda podría empujar  a la revuelta a un número considerable de individuos. Para estos, para los que cuentan por su cantidad, los que mandan han descubierto, entre otras cosas, el efecto sedante de las encuestas sobre intención de voto. Estas encuestas pueden tener un efecto devastador sobre la mente y los nervios de los individuos si les comunican que todo seguirá igual y que no hay nada que hacer para cambiar de cuadro. O pueden mantener despierta la esperanza que, como es lo único que no se pierde hasta el último suspiro, se supone que algo de ella tienen todos los vivos y que ningún vivo la quiere perder.  ¿Esperanza de cambio? Según convenga.

Hace unos tres años y medio, ese descubrimiento se utilizó para hacerle una brillante campaña a Podemos.  Pareció a los que mandan que la imagen y los discursos populacheros de esos chicos podían fumigar el ambiente con vapores de esperanza para acabar con el peligro de la revuelta social contra la pérdida de libertades, derechos y el pan nuestro de cada día. Además, podrían servir para atraer izquierdosos quitando votos al Partido Socialista, el verdadero terror de los que mandan.

Se diseñó una propaganda espectacular para convertir a Podemos en icono de salvación y a su líder en estrella mediática.  Y la prensa afín, por ideología o por miedo a los que mandan, presentó al nuevo partido de desenchaquetados como un soplo de frescura en la irrespirable atmósfera de la crisis, viciada por el tufo a garbanzos revenidos que exhalaban los políticos de siempre. Las encuestas dieron a Podemos otro empujón para asaltar los cielos. Tanto éxito tuvo la campaña, que Podemos metió a 5 diputados en el parlamento europeo y, poco después,  a 69 en el parlamento español. Los que mandan se quedaron atónitos ante su propio éxito y se asustaron;  se habían pasado. Se trataba de distraer a los desesperados con estimulantes psicotrópicos, no de abrirle el camino a un populismo que a veces sonaba a izquierda radical. La campaña mediática pro Iglesias se acabó. Podemos desapareció de los medios tan de repente como había llegado. Y por culpa del ninguneo y de su propia desorientación, Iglesias y su fenómeno se desinflaron como globos después de una fiesta.

Ahora le ha llegado el turno de recibir promoción gratuita a Ciudadanos, el comodín que la derecha se sacó de la manga en Cataluña, allá por el 2006, para reventar el catalanismo de izquierdas.  Escogieron a un chico fino y bien vestido de 26 años que tenía, además de imagen atractiva para la clase media y alta, un gran talento para hilvanar frases y una conciencia a prueba de escrúpulos dispuesta a no hacer ascos a la política antisocial de los neoliberales  y a tragarse la corrupción sistémica de la derecha. Cuando gracias a la financiación de sus mentores, Ciudadanos se extendió por todo el país, su líder puso sonrisa de anuncio y cara de chico formal. Desde entonces, ha mostrado tan amplio repertorio de caras que, al día de hoy, nadie sabe cuál es la suya de verdad; puede que ni él lo sepa.  Ahora la propaganda de la derecha dice que ese individuo proteico puede llegar a presidente del gobierno. Es probable que las encuestas amañadas de ciertos medios estén exagerando sin mesura, pero, ¿y si no? Ciudadanos ganó  las elecciones en Cataluña como adalid de la unidad de España y su líder se presenta como tal ante todo el país quitándole el puesto a Rajoy.  La pachorra de Rajoy y la peste del PP se han vuelto insoportables. Hasta los medios afines a la derecha por afición o por obligación, no tienen reparo en ventilar sus porquerías. ¿Cómo toleran tanta crítica el poder económico y los políticos a su servicio? No la toleran, la instigan. Parece que el poder económico ya tiene otro delfín; más joven, más dinámico y hasta más dócil que el rancio y apestoso Partido Popular. Se sospecha que los mentores de Ciudadanos son hoy por hoy Aznar y la FAES. Es posible. Por lo pronto y por si acaso, Mariano Rajoy y los suyos ya están lanzando el contrataque.

El gobierno acaba de exhibir un arma letal contra Cataluña con la esperanza de recuperar el mando de la tropa españolista. En un ataque frontal contra el catalán, propone otorgar a los padres la posibilidad de que sus hijos reciban la educación en español marcando una casilla. Otra vez, Mariano Rajoy y su gobierno confirman  su torpeza, apuntando, además, a la torpeza de quienes les votaron. Aunque también podría ser, como he señalado muchas veces,  que en vez de torpe, Mariano Rajoy sea un personaje simple y rotundamente maléfico.

Rajoy fue el mayor instigador del independentismo catalán, ya lo sabemos. Gracias a lo que hizo y a lo que no hizo, el independentismo latente en la mayoría de los catalanes despertó en cientos de miles para luchar en defensa de su nación. Se declaró la guerra y Rajoy creyó que le aclamarían como caudillo de España. Pero los catalanes no independentistas prefirieron a Ciudadanos. No pasa nada, se habrá dicho Rajoy. Si Ciudadanos ganó votos desde sus principios atacando la lengua, la mejor forma de arrebatárselos, en Cataluña y en el resto de España, será cargarse por decreto la educación en catalán. ¿Qué esa punzada en pleno corazón de los catalanes empuja a millones al independentismo? Mejor. Mientras más independentistas haya en Cataluña, más españolistas habrá en el resto del país. ¿Qué Cataluña se pierde? Problema de los catalanes en cualquier caso. Mientras los independentistas le pongan al gobierno en bandeja la aplicación de leyes que acaben con sus ínfulas y con su autonomía, más probabilidades tiene Rajoy de volver reforzado a la Moncloa. Dicen algunas  encuestas que Ciudadanos puede sorpasar al PP. Difícilmente. Al lado de Rajoy, Rivera es, simplemente, un aprendiz de brujo.

Entonces, ¿no asoma en esta España tenebrosa ni un rayo de sol que permita esperar la primavera? Dicen que un tal Pedro Sánchez recorre las ciudades de España explicando a la gente las alternativas que ofrece el socialismo. ¿Quién lo dice? Lo dicen las redes sociales. En los medios se repite una y otra vez que Sánchez ha desaparecido. Sólo se le menciona para destacar que los diputados de su partido en el Congreso no hacen nada y para criticar todo lo que no se puede negar que hacen. Los medios repiten, además, una idea fuerza: el socialismo ha fracasado en toda Europa. Para convencer aún más a la mayoría cateta de que para estar a la moda hay que someterse al poder económico, las encuestas dejan al PSOE en un triste tercer lugar. ¿A ver quién es el guapo que se atreve a nadar contra corriente? Por ahora, solo quienes se imponen el trabajo cotidiano de contar en las redes lo que hace y propone Pedro Sánchez; lo que el socialismo ofrece para volver a poner en pie a unos ciudadanos sometidos, a quienes el poder económico y los políticos a su servicio han condenado a la evasión o a la desesperación.

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Piensa mal

Me van las teorías de la conspiración; entre varios motivos, porque hasta ahora me han ido muy bien para mis predicciones. Desde que me puse a publicar mi opinión sobre la situación política de España, me he dejado llevar por un refrán que repetía mucho mi madre: “piensa mal y acertarás”. No me gustaba, aunque comprendía perfectamente sus motivos. Es muy difícil conservar la ingenuidad y el optimismo cuando te ha tocado pasar la infancia en una guerra y la adolescencia en una posguerra de oscuridad y hambre. Yo pude darme el lujo de cultivar a toda costa ambas cosas comparando los recuerdos de mi madre con las circunstancias privilegiadas en las yo iba creciendo. Hasta que, con muchos años encima, me ha tocado vivir en una España decorada de modernidad, pero tan oscura y famélica en el fondo como la que tuvieron que sufrir mis antepasados. Hace años que pienso mal sobre los poderes económicos y políticos de este país, y por eso, hace años que en mis análisis y en mis predicciones, acierto.

Como dije y escribí cuando Artur Mas se convirtió de súbito a la causa independentista, el asunto olía a pacto, explícito o sobrentendido, entre Mas y Rajoy. La crisis, y sus terribles consecuencias para millones de españoles, habían desgastado a los partidos que ambos lideraban; Convergencia y Partido Popular, idénticos en ideología y desprecio a la ética. Ambos se sentían fuertes y firmes sobre los fundamentos que les proporcionaba el apoyo de los poderes económicos españoles y extranjeros, pero les fallaban las piernas cuando analizaban encuestas. Habían recortado tantos derechos a los ciudadanos y habían robado tanto que empezaron a temer la venganza de los perjudicados. Porque España seguía siendo una democracia en el sentido moderno del término, es decir, un sistema en el que a los ciudadanos se les da voto cada cuatro años, más o menos, para elegir a sus gobernantes.  Y gracias a ese único derecho garantizado, los ciudadanos pueden obligar a los de arriba a tenerles en cuenta, aunque solo sea cuando les convierten en ingredientes de la gran masa que las encuestas cocinan para informar a los que mandan cómo lo tienen para seguir mandando.

Mariano Rajoy y Artur Mas lo tenían muy mal porque lo ciudadanos ya les veían como los causantes de su desgracia. Entonces se les ocurrió, por separado o en contubernio, eso nunca lo sabremos,  la brillante idea  de montarse una traca diaria para capturar la atención de la gente desviándola del análisis de su problemas, de los culpables de su problemas y de las posibles alternativas para sustituir a los culpables de sus problemas quitándoles el poder de amargarles la vida. Ninguno de los dos se puso a trabajar para atraer votantes y recuperar a los perdidos solucionando problemas sociales. En vez de ese esfuerzo, arriesgadísimo por muchos motivos, ambos decidieron ofrecer a la gente una fiesta perpetua, una especie de batalla de moros y cristianos  interminable. Y la estrategia se ha demostrado genial.

La traca la montó en Cataluña Artur Mas con el “España nos roba, vámonos de España” y en España la montó Rajoy con el “quieren romper a España y no lo voy a permitir”. Quien repita lo que ha pasado en estos cinco años pierde el tiempo escribiendo palabras que no le va a leer ni su abuela. Estamos hartos, todos estamos hartos de oír y leer las mismas crónicas de preámbulo que acaban con las mismas conclusiones. Lo esencial, lo importante es que la traca del desafío catalán convenció a los españoles de que los problemas como la corrupción y la calidad de su vida cotidiana eran asuntos insignificantes comparados con la tragedia de que a la España inmemorial, llamada a ser eterna por la gracia de Dios, le arrancaran el miembro más importante de su aparato locomotor; mientras la traca de la independencia conseguía lo mismo en Cataluña. Daba vergüenza ponerse a pensar en recortes al bienestar social de los catalanes y en la corrupción de sus gobernantes cuando Cataluña estaba a punto de convertirse en una República que manaría leche y miel, a la que correrían a invertir las empresas más importantes del mundo y que sería reconocida  por el mundo entero como modelo de libertad y prosperidad.

Dicen los que dicen siempre lo mismo que el error más gordo de Rajoy y el PP fue la recogida de firmas contra el estatuto catalán en 2006 y utilizar su influencia en el Tribunal Constitucional para que se cargara al susodicho. Falso. Fue su mayor acierto. Esa humillación brutal a los catalanes consiguió exacerbar el sentimiento independentista aún en aquellos que no se habían dado cuenta de que ese sentimiento suele venir de fábrica. Rajoy sí se había dado cuenta y por eso lo utilizó, con pleno conocimiento de causa, para conseguir su propósito. Dije y escribí en un artículo que se publicó el 28 de junio de 2015 que Mariano Rajoy es el hombre que mejor conoce a los habitantes de este país. Ese conocimiento le permite seguir convenciendo a la mayoría de que fuera de su amparo, España no tiene salvación. Ahora menos que nunca. (Ofrezco el enlace a ese artículo al final para no interrumpir la lectura de este).

Dicen que el gran error de Mas fue unir su voz y la de su gobierno al clamor de los catalanes humillados. Falso. El apoyo del gobierno catalán con su líder mesiánico a la cabeza  hizo del independentismo una causa nacional para librarse de un estado opresor, y de la independencia, una esperanza, con el triunfo garantizado a corto plazo. A partir de aquí, Rajoy, tranquilo, más tranquilo que nunca para seguir recortando derechos y libertades a placer, y Mas, convencido de que podía seguir con su política antisocial, tan tranquilo como Rajoy. ¿Y la corrupción? Nada. En este país casi todos piensan que el que no es corrupto es porque no puede. Se puede contar con el perdón general, por lo menos a la hora de votar, que es lo que importa.  Quien diga que esa estrategia era errónea o no sabe de lo que está hablando o no se atreve a decir lo que piensa.

Hoy, casi todos los analistas políticos de casi todos los medios acusan a Rajoy de haber judicializado la política pasando a la Justicia la solución de la crisis catalana, en vez de resolver el problema políticamente mediante el diálogo. Dicen, y con razón, que eso está haciendo un gran daño a las instituciones. A las instituciones sí, pero no a Rajoy y al PP. El 23 de noviembre de 2014 escribí y se publicó un artículo en el que afirmaba que el gobierno estaba llevando a cabo una demolición de las instituciones deliberada con el objetivo de perpetuarse en el poder. (Ofrezco el enlace a ese artículo al final).

Exactamente lo mismo hicieron, en Cataluña,  el sucesor de Artur Mas  y su gobierno con idéntico objetivo. El 6 y 7 de septiembre del año pasado, la mayoría independentista se cargó el prestigio del Parlament y de paso a la democracia aprobando la ley de transitoriedad y la ley del referéndum sin tener en cuenta a la mayoría de los catalanes. A partir de ese momento, Puigdemont se instala en una autocracia donde no vale  ley alguna que no sea la promulgada por su santa voluntad convertida, por su santa voluntad también, en la voluntad de todo el pueblo de Cataluña. Los analistas hablan de esperpento, de circo, y con razón. En lo que se equivocan es en suponer que se trata de un vodevil improvisado. Tanto Puigdemont como Rajoy saben perfectamente lo que están haciendo y no mueven pieza sin haber pensado muy bien la jugada.

Todos los analistas políticos confiesan que no saben lo que va a pasar. Los españoles, catalanes incluidos, se sumen en la incertidumbre. Hay miedo en Cataluña y en el resto de España porque ya han dicho que la crisis catalana va a afectar a la recuperación económica. ¿Qué mejor panorama que el de incertidumbre y miedo para que los ciudadanos vuelvan a votar al partido que garantiza la estabilidad, por precaria que sea, y que está dispuesto a lo que sea para evitar que España se rompa? ¿Y qué mejor panorama para que los independentistas catalanes sigan votando a los únicos partidos dispuestos a luchar contra el estado opresor, cueste lo que cueste y por lo medios que sea, para conseguir, por fin, la ansiada República de Catalunya?

Yo sí creo que sé lo que va a pasar y me arriesgo a decirlo porque no tengo nada que perder. Sí investirán a un president de Junts per Catalunya, que será una marioneta de Puigdemont como Puigdemont lo fue de Artur Mas.  Sí se comprometerán, el nuevo president y su govern, a continuar con el procés. Sí seguirán dando sorpresas. Sí seguiremos dando vueltas en el mismo bucle y oyendo y leyendo en la prensa lo que vaya ocurriendo en Cataluña, mientras todas las otras noticias, juicios por corrupción incluidos, pasan a segundo lugar. ¿Hasta cuándo durará esto?  Hasta las elecciones generales. ¿Y después? Ni los meteorólogos son capaces de predecir a tan largo plazo.

¿Es o no es una estrategia genial? Tan genial, que quien piensa mal, como yo, sospecha la intervención de inteligencias superiores. Porque el asunto tiene un doble fondo. Mientras la derecha, constitucionalista e independentista, mina la democracia y pervierte los valores de la sociedad, se asegura, al mismo tiempo, de que el socialismo vaya perdiendo fuelle en España, como lo ha ido perdiendo en todos los países del primer mundo; se asegura de que el socialismo  pronto deje  de ser un peligro para la derecha y  el gran capital que la sostiene.

América y Europa se rinden ante personajes populistas que predican la salvación por la insolidaridad; que denuestan los valores humanos. Esos personajes consiguen hipnotizar a millones con discursos populacheros convenciéndoles de que esos valores buenistas han sido  la causa de todos los problemas que les afligen. La Historia enseña que las grandes crisis producen las condiciones óptimas de las que se aprovechan los oportunistas para exacerbar las peores emociones de la masa. La crisis alemana que siguió a la primera guerra mundial, por ejemplo, brindó la gran oportunidad a Hitler y a su partido.

¿Y el socialismo español, dónde está? Ese será el tema de mi próximo artículo. La crisis de Cataluña ya no da para más, como no sea para seguir distrayendo al personal que no tiene bastante con el fútbol.

Así habló Mariano, el profeta

Objetivo demolición 

Cuestión de dignidad

Anoche, releyendo la novela de Kazuo Ishiguro “The Remains of the Day”, titulada en español Lo que queda del día, la mente se me fue a la tragicomedia absurda en la que los catalanes hemos sido obligados a participar como espectadores indefensos, todos, y como comparsa bulliciosa, algunos. El resto de los españoles también, pero llegaron tarde a la representación y los efectos sufridos se han limitado al hartazgo, hasta ahora.

¿Que tendrá que ver el relato en primera persona de un mayordomo inglés rememorando las vicisitudes de su trabajo en la mansión de un aristócrata a principios del siglo pasado, con el esperpento del ascenso y caída de la República de Cataluña?, cabría preguntarse. Creo que el mayordomo nos da la respuesta.

En la novela de Ishiguro, Mr. Stevens, sirviente vocacional, analiza en su diario  su particular concepto de la dignidad; cualidad que considera fundamental  para que alguien en el ejercicio de su profesión pueda alcanzar la excelencia. El análisis de la dignidad y su contraria puede llevarnos a comprender las causas del embrollo que nos acogota. Causas que pueden resumirse en un diagnóstico: hemos perdido la dignidad. Unos, por su propias elecciones; otros, porque nos la arrebataron, el caso es que nos hemos o nos han convertido en indignos. ¿Indignos de qué?

La primera legislatura de Mariano Rajoy y su partido fue una exhibición sin tapujos de flagrante indignidad, la indignidad de unos políticos que merecerían el más absoluto desprecio de un mayordomo inglés de primera clase. Pero no son los únicos políticos indignos de este país. Hace años ya que la mayoría de los políticos perdieron la dignidad de su profesión y las nuevas generaciones han accedido a sus cargos sin tener ni remota idea de lo que la dignidad de un político significa y de lo que exige. Es muy probable que ni siquiera acepten que se les compare con un mayordomo. Lo que revela hasta qué punto desconocen la naturaleza y las exigencias de su profesión.

Un político es un sirviente, un servidor de los ciudadanos. Esto no es una frase propagandística, aunque todos los políticos la utilizan para pescar votantes. Esto  es un hecho que solo puede negarse faltando a la democracia y a la decencia. Son los ciudadanos los que con su voto emplean al político; los que le pagan sueldo y prebendas. Esto da derecho al ciudadano, como a cualquier patrón, a exigir a su servidor que le sirva bien. En la realidad, sin embargo, los servidores políticos se sitúan por encima de los amos que les contratan para servirles. Son los servidores los que mandan en la casa y en todos sus habitantes. Son ellos los que deciden cuáles son sus obligaciones y cuánto tienen que pagarles por realizarlas. Son ellos los que deciden cuándo y cuánto se suben sus sueldos. Son ellos los que determinan el caso -mucho, poco o nada- que le hacen a su empleador.

Esta situación incongruente recuerda la de otro mayordomo, el de la novelita “El sirviente” de Robin Maugham. Aquí, un mayordomo manipulador consigue dominar a su amo hasta el punto de anular su voluntad y quedarse con su casa. ¿Cómo puede ocurrir algo así? Para que ocurra es necesario que el amo sea un infeliz con serios problemas psicológicos y una absoluta carencia de dignidad.

De este ejemplo podemos deducir que el número apabullante de políticos indignos que rigen todas las instituciones de este país responde a la falta de dignidad de una mayoría de ciudadanos que desconocen o no quieren asumir sus funciones; que ni siquiera asumen con responsabilidad la función suprema que les exige la democracia que es elegir  racionalmente a los políticos que designan para administrar su casa.

Nos dice el mayordomo de Ishiguro que la máxima ambición profesional de un miembro de su gremio es servir a personas de la más alta dignidad. Por dignidad no entiende el lugar en la escala social del empleador; se refiere a su valor moral. Y por valor moral no entiende asuntos relacionados con la vida privada; se refiere a los valores inspirados por el principio de la justicia. Nos dice que los mayordomos de su generación ambicionaban servir a personas que desearan contribuir a la creación de un mundo mejor; a personas comprometidas con promover el progreso de la humanidad. Esa aspiración suprema compartida por empleador y sirviente es el fundamento de una relación de confianza entre ambos, la relación que garantiza el progreso de cualquier empresa, de cualquier casa.

Hoy se dice que ya no tenemos políticos de elevado nivel intelectual y moral dispuestos a emplear todas sus facultades para gestionar lo mejor posible la casa de los ciudadanos. Lo que no se dice porque no suena bien, es que la carencia de políticos dignos y competentes revela la ineptitud de los empleadores en la elección de sus empleados.

España, nuestra casa común, muestra hoy un caos desolador. La mayoría de los ciudadanos se abandonó a la bartola, como un patrono irresponsable, dejando la administración de su casa en manos de los peores y dejando que los peores asumieran el mando de su vida y su hacienda. Un hombre, empleado para gestionar el país, ha vivido durante años permitiendo que el personal  a su cargo, designado por él mismo, robara a placer a los amos de la casa. Parece que hay indicios de que ha sido, más que cómplice por omisión, beneficiario del robo. Pero lo que realmente aterra por sus efectos destructivos es que la mayoría de los empleadores de este hombre, empobrecidos por el expolio, no tiene intención de despedirle. Esto significa que el ciudadano ha caído en una apatía angustiosa que arrastra a la casa de todos a la ruina moral.

Mientras en el resto de España la mayoría va a sus asuntos desentendiéndose de lo que ocurre a su alrededor, en Cataluña un gran número de ciudadanos se desentiende de sus asuntos  entregando su voluntad a mayordomos desquiciados por el fanatismo o por ambiciones personales disfrazadas de fanatismo.

Hechizados por la propaganda, dos millones, más o menos, de catalanes renuncian a los principios democráticos y de justicia que exhibían con orgullo como parte de su idiosincrasia, y se lanzan a defender a los mayordomos que decidieron ignorar las leyes por las que se regía la casa, creando un nuevo código e intentando imponerlo a todos los habitantes; a los hechizados y a los que aún conservan sana su facultad racional. Multitudes de hechizados se echan a la calle a exhibir banderas y gritar consignas, paralizan el país con huelgas, se niegan a aceptar la realidad de que están solos con su locura y de que su locura está destruyendo la economía y la convivencia; está destruyendo la casa de todos. Pero lo que más aterra por sus efectos destructivos, es que esos hechizados no tienen intención de despedir a los mayordomos que se apoderaron de su voluntad convirtiendo a una nación orgullosa de sus logros en una casa de locos.

Parece que el resultado de las próximas elecciones nos va a devolver al momento en que se produjo el brote psicótico. Parece que a nadie le importa seguir girando en un bucle sin escapatoria posible hasta que el caos total obligue a detener la programación por los medios que sean.  Parece que quien no está hechizado sufre la misma apatía que permite a los mayordomos corruptos gobernar en toda España.

Este desastre, ¿tiene solución? Si la tiene, ya no depende de la política; depende de la psicología. O los amos recuperan la dignidad y, con ella, el gobierno de su casa, echando a los sirvientes manipuladores, corruptos y ladrones, y haciendo un esfuerzo por contratar a mayordomos honestos y profesionales,  o España, Cataluña incluida, volverá a cubrirse con la niebla oscura y pestilente de las peores épocas de su historia.

Lo que me recuerda otra reflexión del mayordomo de Ishiguro que debe aplicarse a todo sirviente político. El profesionalismo en política no es engañar, manipular, servir a los dictados de la codicia y el beneficio propio. El profesionalismo en política exige obedecer a los dictados de la bondad y del deseo de que la justicia prevalezca en el mundo. Creer que esta aseveración es ingenua es síntoma de  una grave carencia de dignidad y de ningún sentido del honor. Exigir menos a los profesionales de la política es condenar la casa a la decadencia y a su eventual destrucción.

 

 

 

 

Que España se suicide

 

Vuelven a arreciar voces pidiendo a Pedro Sánchez que proponga una moción de censura contra el gobierno. Otra vez le tienden una trampa. La aritmética dice que no hay modo de ganarla. ¿Pactando con Podemos e independentistas catalanes? Eso supondría hacer concesiones, como aceptar el referéndum, por ejemplo.

La matraca del referéndum no para. Se escuda en una proposición que a cualquier amante de la libertad le parece indiscutible; el derecho a decidir. Lo que solo demuestra el uso interesado del lenguaje para manipular conciencias y emociones.

El referéndum es ilegal. Y lo es, no porque lo digan el PP y Ciudadanos y quien lo quiera decir. Lo dice el entendimiento que no esté obnubilado por los sentimientos y las emociones; por el fanatismo. No hay que irse por ninguna rama para entenderlo.

Si se concede a los catalanes el derecho a separarse de España, ¿por qué no a los vascos? ¿Por qué no a los gallegos o a los andaluces? ¿Por qué no dividir a España en minúsculas repúblicas independientes? Esas repúblicas dependerían las unas de las otras para sobrevivir, por supuesto, como también dependerían de lo que haya quedado del reino. Es decir, España se desintegraría dando un salto de pértiga al pasado anterior a la gloriosa creación de Alemania, de Italia; al romántico siglo XIX.

Pero no hace falta perderse en futuribles para augurar el suicidio de España.  La Constitución española manifiesta la unidad indivisible del Estado. Claro que la Constitución puede y debe reformarse, pero no para que permita la posibilidad de que España se suicide.

¿Pueden las diversas  naciones que constituyen España convivir en paz y a gusto? Claro que pueden y podrán con una Constitución que reconozca las diferencias de identidad y los derechos de cada una de esas naciones. Pueden como han podido los Länders de Alemania, los estados de los Estados Unidos de América. ¿Qué no se pueden comparar? Sí se puede y su realidad se puede adaptar a las necesidades propias de la realidad de España.

Que no nos vengan con cuentos utilizando cifras para confundir al personal. Aquí no hay ninguna comunidad que le robe a la otra. Lo que hay son políticos que nos roban a todos y que para ocultar sus chanchullos o los chanchullos de sus partidos, juegan a confundir a los ciudadanos tomándonos por imbéciles.

No habrá referéndum legal. Eso lo sabe cualquiera que piense. La Constitución no se va a reformar para legalizarlo antes del 1 de octubre. ¿Qué el govern saca las urnas por sus atributos provocando sanciones? El resultado beneficiaría a dos personajes: Rajoy como defensor de la unidad de España podría soñar con una nueva mayoría absoluta; Puigdemont tendría que irse a su casa, pero como héroe de la independencia, mártir libertador.

A quienes no beneficiará el referéndum catalán será a los catalanes anónimos. Unos cuantos contenedores quemados por independentistas antisistema no supondrán grandes perjuicios. Lo que sí ya ha perjudicado a todos los catalanes y nos continuará perjudicando es  la fractura social causada por quienes nos han dividido, etiquetando como buenos catalanes a los independentistas y como malos catalanes a quienes entendemos que segregarse de España es de una frivolidad infantil.

Gracias a Franco, los catalanes teníamos fama de intratables, antipáticos, insolidarios y cosas peores. Los independentistas del govern y otros partidos nos han devuelto la mala fama agregando la cualidad de coñazos. Después del 2 de octubre, si pasa algo el 1, tendremos que empezar de nuevo a curar las heridas en casa y a ganarnos la fama que nuestro esfuerzo limpió, desmintiendo las infamias franquistas.

¿Qué pasará después del 1 de octubre si antes no pasa nada que acabe con esta pesadilla? Pasará que todos querremos olvidar la pesadilla cuanto antes y nos pondremos a trabajar para olvidarla como hicimos tras el horror de la guerra civil y los cuarenta años de dictadura.

No hay que ser independentista para ser catalán, muy catalán. Para ser un buen catalán hay que ser fiel a la idiosincrasia que nos transmitieron nuestros antepasados; al cultivo del esfuerzo, del trabajo, de la creatividad y del entendimiento; al cultivo del seny.

España no se va a suicidar ni ninguna de las naciones que la constituyen le va a pedir que se suicide.

 

 

Las lenguas malas

No es lo mismo las lenguas malas que las malas lenguas. Se llama malas lenguas a las personas que inventan o difunden chismes sobre los demás, siendo chismes las noticias verdaderas o falsas que se murmuran sobre terceros. ¿A qué viene la explicación? La semana pasada, nuestro presidente del gobierno llamó chismes a las gravísimas acusaciones que pesan sobre la conducta de su Ministro de Justicia, de su Fiscal General del Estado y de su Fiscal Anticorrupción. No eran simples murmuraciones. Eran hechos demostrables que ponían en duda la independencia del Poder Judicial y, por ende, la existencia misma de la democracia en nuestro país.  ¿Cómo se le ocurre a un presidente despachar el asunto calificando a tan graves acusaciones de chismes? Si el presidente se llama Mariano Rajoy, no hay que asombrarse demasiado. Otras cosas muy serias ha despachado con un “ya tal”. Mariano Rajoy se cuenta en el grupo de las lenguas malas; gente que, conociendo perfectamente su idioma, utilizan las palabras, pervirtiendo su significado, para manipular. ¿Cómo sacarse de encima el peso de las evidencias que descubren como incompetentes y partidistas a un ministro y dos fiscales? Fácil. Dígasele al vulgo que no son más que chismes y el vulgo culpará a las malas lenguas de todo lo que se imputa a esos tres servidores públicos de trayectoria intachable.

Hay palabras que llevan, por obra de las convenciones sociales, una carga positiva, y hay otras condenadas. por el mismo motivo, a cargar con la contraria. Ejemplos de las primeras son amor, cariño, integración, unión; de las segundas, deslealtad, división, traición. Pero las palabras no tienen en sí mismas la virtud de decir verdad o mentira. Esa virtud corresponde a quien las utiliza. Todos sabemos que las palabras son tan mentirosas, falsas, hipócritas como quien las concibe, o todo lo contrario, claro.  Por eso pueden confundir y confunden. Y por eso, la inmensa mayoría de la población vive confundida por una progresiva perversión del lenguaje utilizada por la publicidad, la propaganda y, sobre todo, los políticos, con la intención de atontarnos para neutralizar nuestra capacidad crítica.

Hasta hace poco, nos vimos bombardeados durante días por declaraciones de amor. Susana Díaz repitió, en los cuatro puntos cardinales de España, que amaba a su partido; que sentía pasión por su partido;  que su partido era su vida y que por su partido dejaba la piel. Aún estaba en la memoria de todos el escándalo que el 1 de octubre de 2016 informó a todo el país de que la división interna del PSOE había estallado como una bomba molotov partiendo en dos el partido, y que la catástrofe había sido provocada por Susana Díaz, sus promotores  y sus seguidores. Entonces, ¿cómo hacer creíble su juramento de amor eterno tras haber exhibido una deslealtad que hasta hace poco sólo se concebía en los tránsfugas? Fácil. No fue deslealtad. Dividió el partido por diferentes razones, pero enseguida, con la desaparición de Pedro Sánchez, ella misma lo iba a coser, dijo. Pero la metáfora de la costura sólo le sirvió para llenar las redes de viñetas y comentarios sarcásticos. Un día dejó de ofrecerse como remendona y recurrió a una argucia más sofisticada, aunque más manida: derivar sus culpas a otro. Cara a cara, en televisión, le dijo a Pedro Sánchez. “El problema eres tú”. La asociación entre Pedro Sánchez y la palabra problema podía haber inducido a la deducción simplista de que todos los conflictos del partido se explicaban por la conducta de una sola persona con nombre y apellidos. Pero no coló. Hacía muchos meses que Pedro Sánchez iba explicando por toda España cuales eran los problemas del partido, no con palabras cargadas, sino con un relato franco y preciso que no menospreciaba la inteligencia de sus oyentes. Un relato que contaba lo que había sucedido y lo que tendría que suceder para solucionar los problemas; problemas que no podrían solucionarse con el simplismo de la frase: “El problema eres tú”.

En la noche aciaga en que Susana Díaz supo que el PSOE no había hecho caso alguno a sus protestas de amor, relegó la palabra al trastero de los arcaísmos y soltó otra en la que de verdad le iba la vida: unión. Esta sí tuvo una resonancia, diríase que telepática. Casi al mismo tiempo, los promotores y seguidores  de Díaz empezaron a clamar de norte a sur, de Asturias a Extremadura, “Unión, Pedro Sánchez, unión; sobre todas las cosas unión; “lo único de vital importancia es la unión” Sólo les faltó agregar “que todo lo demás son chismes”.

Quedarse con una palabra y dejar que el significado que convencionalmente se le otorga se nos introduzca en el cerebro por el oído, como esos gusanos carnívoros de las selvas del sur, puede ser mortalmente peligroso para el entendimiento de la víctima y, por extensión, para el de la mayoría de la sociedad.  Unión, por ejemplo. Decir unión es decir concordia, armonía. Se une el alma del místico a su Creador fundiendo su voluntad con la voluntad divina. Unen sus vidas los enamorados para eliminar la amenaza de la ausencia. La familia que reza unida permanece unida, decía aquel apóstol del rosario. ¿Hay vocablo que tenga connotación más positiva? Sin embargo, la palabra, dentro de un contexto, puede revelar una realidad de lo más perniciosa. El supuesto místico puede ser un fanático que endose a Dios los caprichos de su propia voluntad trastornada; los que un día se unieron por amor pueden acabar detestando la presencia constante del otro; las familias que imponían el rezo del rosario a sus miembros y hasta a los empleados domésticos podían no conseguir otra cosa que hacer ese momento detestable para todos los obligados. Lo que nos lleva a deducir que en un momento en el que imperan los mensajes cortos, las palabras fuera de contexto, la ausencia de relatos que nos permitan reflexionar y sacar conclusiones inteligentes, hay que desconfiar de las palabras con que las lenguas malas nos quieren confundir, por mejor que nos suenen.

¿Qué significa el llamamiento de las élites del PSOE a la unión? ¿Qué pretenden situando a la unión como máxima prioridad a la que el nuevo Secretario General, antes depuesto por los mismos, debe entregar todos sus desvelos? Algunos dicen que el partido se dividió por asuntos personales. Algo en la personalidad, en el talante de Pedro Sánchez causaba rechazo a los líderes pasados y a los cargos presentes, parece. Y hasta aquí el relato de los rebeldes. Pero a ninguna inteligencia normal puede bastar una explicación tan infantil. Algo más debe haber, se dice el ciudadano. Los líderes del PSOE no iban a arriesgarse a dividir un partido con más de cien años de historia sólo porque no les gustaba el Secretario General que habían elegido los militantes. ¿Seguro que sólo fue por eso? ¿No habría algo más profundo, más serio, como discrepancias en la ideología, por ejemplo? Uno de los líderes afirmó rotundamente en varios medios que las discrepancias no tenían nada que ver con la ideología.

Pero sólo caben dos explicaciones: o  los rebeldes se rebelaron por un berrinche infantil o la gran división del partido se produce por diferencias ideológicas. El militante o votante del PSOE que piensa opta por la razón más adulta. Entre Pedro Sánchez y su equipo y los líderes del aparato tienen que haber profundas diferencias ideológicas. Y son esas diferencias ideológicas las que producen la desafección de las bases por los líderes impuestos tras la dimisión forzada de Pedro Sánchez, y lo que luego lanzará a la mayoría de los militantes a devolver a Pedro Sánchez la Secretaría General.

Ese sencillo razonamiento conduce sin dificultad a la conclusión de que la primera prioridad del nuevo Secretario General no puede ser unificar, coser, integrar, tranquilizando y contentando a los rebeldes. La primera prioridad tiene que ser, necesariamente, devolver al partido los principios y valores que le distinguen de otras organizaciones políticas; devolver al partido la ideología que distingue a un partido socialdemócrata de los que no lo son. De lo que también se deduce, pensando un poquito más, que si el PSOE quiere continuar siendo el referente socialista del  país, de nada servirá integrar a los rebeldes fingiendo una unión falsa y, por lo tanto, endeble. No es cierta la frase que se está repitiendo desde el 21 de mayo, “En el PSOE caben todos”. Suena muy bien, muy positiva. Pero si el PSOE quiere volver a los principios y valores que inspiran a un partido socialdemócrata, es evidente que en él sólo pueden caber los hombres y mujeres firmemente convencidos de que la ideología socialdemócrata, sin diluciones, sin claudicaciones, sin componendas para tocar poder a toda costa, es requisito indispensable para pertenecer y trabajar en el Partido Socialista Obrero Español.

A la trituradora

El 1 de octubre de 2016 unos señores del PSOE se cargaron al PSOE. Omito los nombres para ahorrar espacio porque los conocemos todos. No hay encuesta de intención de voto que hoy no sitúe al que fue partido gobernante o primer partido de la oposición durante treinta y cinco años en tercer o cuarto lugar. La portavoz de los demoledores,  Susana Díaz, hoy recorre España prometiendo reconstruir el partido y llevarle al triunfo electoral.  Su discurso conmueve. Es como el de una niña que hubiera escacharrado un jarrón de valor incalculable y fuera gimiendo por toda la casa, con un tubo de pegamento en la mano: “No me castiguéis. Yo lo voy a arreglar”. Pero los adultos saben que el jarrón tardaría años en arreglarse aunque de ello se ocupara un equipo de los mejores restauradores.

La realidad es que a ningún político con poder de este país le interesa restaurar al PSOE, y menos que a ninguno, a quienes destrozaron el partido a golpes dejándole casi noqueado aquel 1 de octubre y rematándole unos días después en el discurso de investidura de Mariano Rajoy. Cada uno de los diputados que ese día se levantaron del escaño para decir “abstención” sabía que la palabra significaba una sentencia de muerte. ¿Por qué lo hicieron? Unos porque creían en la palabra de la que les había prometido “Esto lo arreglo yo”, y no era cosa de arriesgar cargo y sueldo contrariando a quienes tenían el poder de garantizarles ambos. Otros, porque estaban convencidos de que era necesario destruir al PSOE porque, como Cartago, la socialdemocracia en España constituía una amenaza permanente contra el Imperio, el imperio de los poderes fácticos de la España eterna. ¿Pero es posible que fueran los mismos próceres del PSOE los que decidieran destruir el partido? ¿Por qué?

A Felipe González le permitieron llegar al poder porque se comprometió a no tocar a los intocables. Y no los tocó. Para que pudiera encandilar a la plebe con un triunfo, le permitieron cobrarse la cabeza de Ruíz Mateos, un advenedizo a quien los patricios no podían ver. Y le dejaron ofrecer escuela pública, mientras  no incordiara a las concertadas. Y no las incordió. Y abrigar en su seno a intelectuales ateos y agnósticos mientras no tocara los acuerdos con la Santa Sede. Y tampoco los tocó. Cuando Felipe González salió de La Moncloa, le llevaron en coche con chófer a un nuevo destino que le garantizaba ingresos a pedir de boca  y la intocabilidad perpetua  siempre y cuando no los utilizara contra los intocables de siempre. Hasta el día de hoy, Felipe González, bien entrenado por sus años de brega,  ha cumplido sus compromisos con los neoliberales sin faltar.

Cuando un golpe aciago de la suerte llevó al poder a José Luis Rodríguez Zapatero, creyeron él y los suyos que los votos daban manos libres para hacer lo que quisieran. Los intocables no tardaron en llamarle a capítulo. Vale lo  de los homosexuales; son pocos y gastan mucho. Vale lo de la memoria histórica, que suena muy bien, pero ni un céntimo del estado para desenterrar huesos y nada de sacar papeles viejos que pudieran comprometer la memoria de los cuarenta años gloriosos que transformaron a España en modelo de virtudes. Zapatero no quiso o no se atrevió a mancillar ese recuerdo. Para hacerse perdonar veleidades socialistas, le subió a la Iglesia lo que cobraba del estado, de nosotros. Pero faltaba algo más, una demostración de que también estaba dispuesto a respetar los intereses de los intocables financieros. Para apaciguarles, Zapatero tuvo que promulgar una reforma laboral pro empresarios. Cuando Zapatero salió de La Moncloa, ni Franco le hubiera visto el rojo por ninguna parte.

Todo iba bien en un PSOE que aún tenía votos suficientes para  repartir cargos a los más importantes manteniendo el orden en la pajarera. Y todo podía haber seguido bien. Los vientos fétidos que empezaban a salir del Partido Popular estaban alejando a millones de votantes. La reforma laboral de Mariano Rajoy, más salvaje que la de Zapatero, y otras medidas sensatas de su gobierno, estaban dejando a media España en la pobreza. Sólo era cuestión de esperar a que Mariano Rajoy y los suyos se ahogaran en su propia cloaca o a que la mayoría no pudiera soportar la peste y la miseria por más tiempo. Entonces saldría a escena el PSOE con un candidato joven y guapo  que lanzaría promesas como rosas y, a lo mejor, devolvía al partido montones de actas de diputado para que muchos más estuvieran contentos y el partido pudiese disfrutar otros cuatro años de paz.

Pero resultó que el candidato joven y guapo cerró la puerta de su despacho a intocables del partido y se puso a programar y predicar reformas que pusieron nerviosos a los intocables de afuera. Dicen que no recibía ni le hacía caso a nadie. Lo que solo podía querer decir que estaba dispuesto a hacer de su capa un sayo. Esa capa y ese sayo eran tan rojos que no hubiera podido salir con ellos ni a la esquina de su casa en tiempos de Franco. Pedro Sánchez no atendía a razones porque ni siquiera daba pie a que se le explicaran las razones para mantener  en España el sistema económico y social del franquismo.  Tenía entre ceja y ceja reconvertir al PSOE en un partido socialista y obrero, y ni siquiera por la guinda se le podía coger en falta porque también  lo quería español. Su contumacia asustó a la Iglesia y convenció a los magnates de los negocios de que no se podían correr riesgos permitiendo en España la supervivencia de una socialdemocracia díscola que, no solo haría daño a la derecha española, sino que podía servir de ejemplo y estímulo a la agonizante socialdemocracia europea.

No hace falta repetir cómo derrocaron a Pedro Sánchez los próceres de su partido. Lo sabe todo el mundo y ya cansa. No hace falta repetir como el PSOE de la Gestora se transforma en muleta del Partido Popular superando en utilidad a Ciudadanos. Todos lo hemos visto, oído y leído. Y todo lo visto, oído y leído por los espectadores pasivos basta y sobra para que, en el inconsciente colectivo del país, el PSOE de la Gestora se haya constituido en símbolo de indecencia por apoyar  a un partido indecente. Ya pueden soltar los culpables todas las explicaciones que sea capaz de pergeñar su entendimiento. Todos sabemos desde niños que lo más fácil de encontrar en esta vida son excusas para justificar cuanto nos parezca que necesita justificación.

Pero como España es la cuna del esperpento, lo que no bastan son los argumentos racionales para explicar las causas y consecuencias de los gatuperios políticos. El éxito de un guiso depende del aliño y en esta olla podrida, el aliño no podía faltar. Apareció Podemos.

A Pablo Iglesias y su grupo inicial les descubrieron los ojeadores de varios equipos: el chavista para contar con una cuña en la Unión Europea; el neoliberal español y de allende para ofrecerse como el orden frente al caos. Unos bisoños profesores de Políticas manifestándose en la calle como radicales, con un cabecilla que podría protagonizar una serie de televisión acaparando todas las audiencias, podían hundir en la derrota a cualquier equipo que pretendiera cuestionar la supremacía de la derecha con un proyecto de socialismo moderado. ¿Quién financió el ascenso de aquella tribu hasta constituirla en partido político? ¿Quién lanzó a Pablo Iglesias a la apoteosis? Puede que nunca se sepa objetivamente. Pero las respuestas carecen de importancia ante los resultados de una estrategia genial. Podemos, unidos después a todas las tribus que Iglesias pudo recoger de aquí y allá, se llevaron al monte de las bienaventuranzas a todos los rojos desencantados con el rosa pálido, viejo, del PSOE. ¿Es que Unidos Podemos es de izquierdas? Según. Pablo Iglesias dice que no, y no miente. El narcisismo le hace verse por encima de toda dirección accidental. Pero por lo estrafalario de su indumentaria, de sus discursos y de su comportamiento en lugares serios, las masas le ponen la etiqueta de revolucionario de izquierdas  a falta de otro arquetipo al que asociarlo.

El día en que el PSOE de la Gestora culminó el desmantelamiento del socialismo permitiendo el gobierno del PP con su sonora abstención, Unidos Podemos quedó ante los españoles como el único partido de izquierdas de este país. Pablo Iglesias se vio como el héroe destinado a recibir la dignidad de Dios y decidió hacer todos los méritos posibles para hacerse ver, produciendo escenas y discursos que le garantizaban cobertura radiofónica y televisiva en prime time. En el último episodio, aparece flanqueado por su corte. Une las cejas. Fija las pupilas en una cámara, en otra, en otra. Va a hacer un anuncio trascendental que conmoverá los cimientos del país. Luego de una estudiada pausa que enardece la expectación, anuncia que va a presentar una moción de censura.

Quien sabe algo de política se queda con cara de bueno, vale. A los del PSOE de la Gestora les roza una ligera preocupación. Una cosa es que los votantes les manden al tercer lugar y otra que la debacle les lance al limbo en el que habitan Rosa Díez y compañía. ¿Qué tienen para competir con la estrella de la política española? Promesas socializantes, no, desde luego. No les creerían ni en sus casas. Tienen a Susana Díaz, pero su voz de coreuta de tragedia griega, tan antigua, tan engolada, tan plañidera, aburre hasta a sus mentores.  Como no se pongan  los gerifaltes del partido a manipular cuentas, avales, papeletas y voluntades, el rojo de bronce puede aplastarlos a todos  como el cinturón del sastrecillo valiente. Es posible que en eso estén.

¿Y en qué estamos los ciudadanos, esos ciudadanos que les mantenemos a todos, empresarios y políticos,  sin chistar? Esperando sin chistar a que el rojo de bronce aparezca como deus ex machina apagando la trituradora de voluntades hacia la que nos están empujando los esbirros del poder.

 

 

 

 

Matarnos el alma

Matarnos el alma de miedo, de asco, de aburrimiento ha sido la estrategia de Mariano Rajoy Brey durante sus siete años de poder absoluto; siendo Mariano Rajoy Brey el estratega político más genial que ha dado este país. En uno de mis artículos, comparé su perspicacia con la de Napoleón, y el nuestro salía ganando.

Gracias a la torpeza con la que José Luis Rodríguez Zapatero gestionó la crisis y al seguidismo de Alfredo Pérez Rubalcaba, Mariano Rajoy tomó España el 20 de diciembre de 2011 con un formidable ejército de votos, y una vez instalado en la Moncloa, concibió una estrategia invencible para asegurarse de que ni dios le podría desalojar del poder.

Sabido es, desde tiempos inmemoriales, que el obstáculo más escabroso que encuentra un político en el desempeño de sus funciones de gobierno es la opinión pública, que dicen los periodistas; la vox populi, que dicen los antiguos; la voz de la plebe, para entendernos. Las críticas y exigencias de la masa ignorante, semi ignorante e ignorante con ínfulas de saber, compuesta esta última por leídos y titulados, son un coñazo. Cuando el político llega a un elevado nivel de mando, ya sabe lo que tiene que hacer, pero durante el tiempo que el mando le dura, se ve obligado a soportar el incordio de los que, sin entender un ápice de las interioridades de la política práctica, se creen con derecho a importunarle porque le han votado. Es por esta razón que no hay político con mando en plaza que no envidie, aún en lo más recóndito de su alma, gobernar con la tranquilidad inalterable de los dictadores.

Hay que ponerse en la piel de un político para comprender el engorro que supone saber su trabajo observado, controlado y criticado por los mindundis. Sólo así, con auténtica empatía, podremos comprender la nostalgia que sienten Mariano Rajoy y los suyos por el pasado franquista. Ay, qué tiempos aquellos en que, si alguien se movía, le sacaban de la foto a patadas o de un balazo, por lo que no había guapo que se moviera. Ay, qué tiempos aquellos en que la España nuestra era un remanso de paz.  Por eso, con la elevada intención de devolver la paz a los españoles, Mariano Rajoy se propuso, desde el primer momento en que la mayoría le sentó en el trono, recuperar la España una, grande y tranquila; librar a los españoles de la pesadilla de cuarenta años de democracia.

La tarea no resultó tan difícil como cabría pensar; no a un príncipe de los ingenios políticos como Rajoy. Se fijó dos objetivos: demoler las instituciones democráticas y neutralizar al principal partido de la oposición. El PSOE no suponía en aquellos momentos ningún peligro que no pudiera vencer la mayoría absoluta del PP, pero había que prepararse por si en algún momento dejaba de ser absoluta.

Rajoy y los suyos se aplicaron enseguida a la demolición de las instituciones con el esmero y la diligencia de hormigas.  Para evitar una enumeración de los actos que se llevaron a cabo con tal fin, actos que ya han pasado a la historia, dejo aquí el enlace al artículo en que los enumeré allá por el mes de junio de 2016. “Objetivo demolición”, se llamaba.

Pero la demolición, lenta y sin ruido, no se terminó hace un año. Llevamos unos días asistiendo al espectáculo del derrumbe de la Fiscalía. Resulta que el Fiscal Anticorrupción fue nombrado por su aprecio al PP, y resulta que el mismo propuso a los fiscales suspender uno de los registros practicados este miércoles en busca de pruebas para los casos de corrupción en el Canal de Isabel II, y resulta que impuso no acusar de organización criminal al principal imputado por el caso.  Si, mosqueados por la actuación de ciertos jueces, a los ciudadanos sólo les quedaba la confianza en el Ministerio Público, después de comprobar el contubernio entre el gobierno y los fiscales, ya no habrá cándido capaz de creer en la justicia, suponen.

En cuanto a la neutralización del PSOE, diríase que Mariano Rajoy y los suyos fueron favorecidos por un milagro de Dios. En la campaña electoral de 2015, ocurrió un fenómeno inaudito; inaudito en España y en cualquier parte del mundo. La élite del PSOE demostró públicamente su animadversión a su propio candidato. Cuando, a pesar de todo, el candidato saca, por dos veces, los votos suficientes para mantenerse como jefe de la oposición, la élite le obliga a dimitir. ¿Por qué? Porque Pedro Sánchez se negaba a imponer a los diputados del PSOE que se abstuvieran para permitir el gobierno del PP. Le sucede una Gestora que impone a los diputados la abstención para que Mariano Rajoy vuelva a ser presidente. El PSOE se divide y se desangra. Tan maltrecho le ha dejado la batalla interna que haría falta otro milagro para devolverle el prestigio y la posibilidad de que los ciudadanos vuelvan a considerarle una alternativa a la derecha. Hoy por hoy, la élite del PSOE ha conseguido evitar que el primer partido de la oposición amenace el poder de Mariano Rajoy y los suyos. ¿Milagro? Quien no crea en milagros puede entretenerse investigando antecedentes y consecuentes de los personajes involucrados, para elaborar su teoría de la conspiración.

Y bien, al día de hoy de 2017, las encuestas dicen que la mayoría de los ciudadanos ya está lo suficientemente ablandada a palos, abrumada por las noticias de corrupción, paralizada y enmudecida por el pánico a que le pueda caer algo peor. Las encuestas dicen que al gobierno del PP le esperan largos años de victoria. ¿Conseguirán en ese tiempo aprobar las leyes que faltan para que el país vuelva a ser el baluarte de la defensa de los valores que adornaban a la España de Franco? Visto lo visto, ¿por qué no?

Se oye la voz lejana de Pedro Sánchez ensalzando la libertad, la igualdad, la solidaridad; los valores del socialismo. ¿Cuántos oídos quedan abiertos a esa voz? Dicen que son miles los que la escuchan, aunque los medios de comunicación apenas se hacen eco y con sordina. Dicen que son millones los que repiten que, a pesar de todos los esfuerzos por matarnos el alma de miedo, de asco, de aburrimiento, nuestras almas aún no están muertas. Dicen que mientras hay vida, hay esperanza.