Parte de guerra.

Breve nota para informar dónde estamos y a dónde vamos

Ante la realidad, comprobable en todas sus presentaciones, de que Susana Díaz se está cayendo con todo el equipo, el aparato del partido se está movilizando para impedir, por todos los medios, que gane Pedro Sánchez.

La Gestora, sus mentores y seguidores, saben por las encuestas que, con Susana Díaz como Secretaria General, el PSOE se derrumbaría al disminuir drásticamente el número de militantes y de votantes.

La obstinación de los poderes oficiales y de los fácticos por eliminar a Pedro Sánchez de la contienda y poner a Susana Díaz en la Secretaría General, indica con toda claridad que hay una deliberada intención de relegar al PSOE, a la socialdemocracia, a un lugar testimonial, irrelevante, que no ponga en peligro la supremacía de la doctrina del neoliberalismo que el poder financiero intenta imponer en el mundo.

Lo que hoy parece ser un humilde movimiento de las bases del PSOE para defender a su Secretario General derrocado, es, en realidad, una batalla en defensa de la socialdemocracia. Esta batalla hará historia. No solo se dirime entre dos conceptos políticos distintos. Se lucha por dos regímenes antagónicos: la democracia, el gobierno del pueblo para el pueblo, y la dictadura del Dinero, el gobierno para los intereses financieros que antepone los beneficios económicos a las necesidades de los ciudadanos.

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El pasado y el futuro del PSOE

Ahora resulta que las voces oficiales y oficialistas del PSOE no quieren un PSOE del pasado, quieren un PSOE del futuro. Hay que ver, hay que oír para creer. Porque resulta que el Partido Socialista Obrero Español fue fundado en el pasado por Pablo Iglesias Posse. Tan en el pasado que fue allá por el 1879, o sea, poco menos de siglo y medio atrás. ¿Nada que ver con el momento actual?

Pablo Iglesias Posse fundó el PSOE impelido por una infancia y una juventud de miseria que, en lugar de marcarle con las cicatrices del resentimiento, colmó su alma de empatía, de intensa compasión por los que sufrían como él. Era la época en que la mayoría de los hombres, machos y hembras, trabajaban hasta la extenuación, sin horarios laborales regulados, por unos salarios que les garantizaban la pobreza de por vida. ¿Algo que ver con el momento actual?

Inspirado en la filosofía marxista -no comunista como la que impusiera Lenin en la Unión Soviética- Pablo Iglesias luchó, con riesgo de su libertad y de su vida, por los derechos de los más pobres, de los trabajadores. Luchó primero en la asociación de tipógrafos y luego en el partido fundado por él mismo y otros compañeros. Luchó desde las páginas de El Socialista, periódico fundado por él mismo también que hasta hace poco fue el eco escrito de sus valores. Luchó desde la Unión General de Trabajadores de la cual también fue fundador. Esta vida de lucha fue su pasión, su única pasión, porque su auténtica pasión fue siempre el prójimo que sufría, que sufría entonces las consecuencias de una política entendida como gestión para proteger los privilegios de unos cuantos a costa del trabajo de los más. ¿Tiene algo que ver con el momento actual?

Dicen las voces públicas de un PSOE oficial que del original solo tiene el nombre, que no quieren un PSOE del pasado, es decir, que no quieren el PSOE que concibió Pablo Iglesias para dar voz a los trabajadores. Entonces, ¿qué quieren?

En diciembre de 2015 esas voces se lanzaron contra el candidato de su partido, elegido por la militancia, poniendo en duda, públicamente, su idoneidad. ¿Por qué? ¿Porque Pedro Sánchez representaba ese pasado que a los cargos con sueldos importantes ya no les convenía revivir?

La transición permitió gobernar al PSOE durante muchos años. Quienes ocuparon cargos públicos durante todo ese tiempo se retiraron de la política con pensiones a las que ningún asalariado podría aspirar; con cargos en la empresa privada dotados de sueldos y beneficios que en la situación actual de la mayoría resultan obscenos; con un prestigio que les permitió introducirse en el circuito de conferencias cotizándose con el caché de artistas y deportistas famosos.  Este ingreso de ex políticos del PSOE en la esfera de los privilegiados tuvo y tiene un precio evidente; su renuncia al PSOE del pasado, al partido fundado para acabar con la desigualdad instituyendo una sociedad justa y solidaria. Pero lo cierto es que en vez de renunciar al partido, esos a los que los votantes del PSOE elevaron a altos cargos proporcionándoles pingües beneficios, lo que pretenden es modificar los principios, los valores, los objetivos por los que Pablo Iglesias Posse fundó el Partido Socialista Obrero Español. ¿Por qué? ¿Porque la precariedad laboral, la falta de derechos de los trabajadores, la pobreza rampante, la indecente desigualdad son fenómenos que pertenecen a la época de la fundación del partido, fenómenos superados que nada tienen que ver con el momento actual?

No quieren un PSOE del pasado, dicen las voces oficiales y oficialistas. Quieren un PSOE del futuro. ¿Qué futuro? El pánico causado por la crisis e inoculado en la mayoría por la propaganda de la derecha ha conseguido que cada cual se refugie dentro de las valvas de su egoísmo y vote por los partidos que, en vez de justicia social, prometen la supervivencia individual; es decir, millones de empleos que, aunque causen incertidumbre y pobreza vitalicia, garantizan, al menos, un modo de sobrevivir. La socialdemocracia, o bien cayó en el descrédito de lo que ahora se llama buenismo, o presa del pánico también, se alió a los partidos de derechas para no perder todos sus réditos. Hoy, desde el gigante americano a los países más pequeños de Europa, exhiben gobiernos neoliberales o encuestas que pronostican el triunfo de los partidos de derecha y ultraderecha en próximas elecciones. La mayoría se rinde ante los que prometen creación de riqueza sin querer darse cuenta de que esa riqueza sólo llegará a los contados bolsillos de los privilegiados de siempre. Según esas encuestas, el mundo del futuro inmediato será neoliberal; es decir, conservador; o sea, conservador y garante de los privilegios de la minoría adinerada. ¿Es ese el futuro que dicen querer los que dicen que quieren que el PSOE no sea el PSOE del pasado sino el PSOE del futuro? ¿Un partido nominalmente socialdemócrata que sirva de comodín a la derecha para poder gobernar contando con que la derecha les devuelva el favor si, por hartazgo del personal, un día consiguen unos cuantos votos más que les permita reclamar el gobierno?

Ese es el panorama que nos ofrecen quienes se están desmelenando por convencer a los militantes del PSOE que ellos son el futuro de un partido a cuyo pasado hay que renunciar. ¿Pero qué pasa con el presente? ¿Es que la voces oficiales y oficialistas no se dan cuenta o no quieren que el personal se dé cuenta de que la vida se vive aquí y ahora?

Aquí y ahora, hay  un hombre que exige volver a los principios y valores del PSOE del pasado; un hombre que se niega a que la socialdemocracia se convierta en instrumento del neoliberalismo para que el neoliberalismo siga gobernando y se afiance como única alternativa posible en el futuro. Aquí y ahora hay unos militantes, simpatizantes y votantes socialistas que se niegan a renunciar al socialismo desnudo, sin maquillaje, sin disfraz; al socialismo que Pablo Iglesias Posse introdujo en el panorama político de la España del diecinueve para exigir igualdad, justicia, solidaridad.

Nunca como ahora estuvo la sociedad española tan necesitada de aquel Partido Socialista Obrero Español que nació para dar voz a los asalariados, a los desposeídos. Esa voz hoy quiere darla un candidato a la Secretaría General del PSOE que aquí y ahora pretende que el partido sea una auténtica alternativa a la derecha corrupta e inhumana que la mayoría estamos sufriendo. Por eso, porque la mayoría vivimos lo que cada día nos depara sin tiempo ni ganas de mirar más allá, cada vez son más lo militantes y simpatizantes que esperan de Pedro Sánchez la resurrección del PSOE del pasado que nos ofrezca un instrumento para luchar por nuestra libertad y nuestros derechos en este presente y garantizar a nuestros hijos y nuestros nietos un futuro en el que la dignidad propia y la de los demás esté por encima de toda ambición de dinero y de poder.

La olla podrida

Allá por la Edad Media, pobres y ricos ponían al fuego una olla y le  echaban todo lo habido. En la de los pobres había muy poco, casi todo vegetal, y casi todo lo vegetal, hierbas del campo. En la de los ricos hervían toda clase de carnes. Dicen los etimólogos que el calificativo proviene de poderida porque era la olla de los poderosos, de los que podían llenarla de chicha. Venga el nombre de donde venga y por delicioso que sea el plato castellano, podrida la llamó el vulgo y podrida la llamo aquí ignorando el maquillaje de la etimología para servirme de la metáfora.

El mundo desarrollado y el no desarrollado, pero con mucho dinero,  es, hoy por hoy, una olla en la que hierven degenerados, corruptos, psicópatas, toda una serie de entes que niegan, con su conducta, los valores humanos, por lo que la contradicción entre su conciencia y su apariencia les convierte en monstruos. Podría decirse que en cualquier parte de este mundo siempre han convivido monstruos así con seres humanos evolucionados. Lo grave en estos momentos es que en esa olla, poderida según  la etimología, hierven los poderosos que gobiernan la tierra; que en esa olla, que con el vulgo llamamos podrida,  hierven los degenerados morales que pueden intoxicar a millones de millones enfermando a sociedades enteras. La bacteria que hoy amenaza con intoxicarnos a todos es el neoliberalismo.

Dicen los neoliberales de hace décadas y los neoliberalizados de circunstancias que denostar a la ideología neoliberal es una gran injusticia. El neoliberalismo propugna que el Estado deje hacer al sector privado sin inmiscuirse con regulaciones y controles; propugna que el gasto público se reduzca; propugna  que el bien común se sustituya por el individualismo y la competitividad, es decir, por el sálvese quien pueda.  Y dicen los susodichos que esas medidas favorecen a toda la comunidad porque crean riqueza y empleo. Y es verdad.

Desde el triunfo del neoliberalismo, que ha ido ganando batallas con los tanques de la crisis, la riqueza de los ricos ha  aumentado considerablemente; al mismo ritmo que aumentaba la pobreza de los pobres.  Y también es verdad que se está creando empleo con gran profusión. Mediante reformas laborales que dan vía libre a los empresarios y eliminan el poder de los sindicatos, los gobiernos neoliberales  compiten por atraer a las grandes empresas a sus países reduciendo impuestos, ofreciendo leyes que permiten los salarios más exiguos y las peores condiciones de trabajo. Vengan a España, señores, que aquí van a ganar tanto dinero como en Bangladesh, pero con mejor clima y más comodidades. Ofrezcan los sueldos que quieran, que van a tener una cola de dos manzanas para quitarles el empleo de las manos.  Porque como dijo nuestro ministro de economía, más vale ganar 500€ mensuales que no ganar nada, y eso lo entienden todos los españoles porque saben que el que no quiera trabajar por 500 se joroba  porque detrás viene otro dispuesto a trabajar por 450. ¿Que cómo es posible que los españoles hayan aceptado sin chistar la vuelta a las condiciones de trabajo y a la fractura social del siglo XIX? Efectos de la intoxicación. La bacteria afecta a las estructuras cerebrales convenciendo a la mayoría de que es justo y necesario que se acepten las leyes darwinianas y todos compitan con todos por la supervivencia y sobreviva el más fuerte que, en el caso de los trabajadores, será el dispuesto a hacer los mayores esfuerzos por el peor de los sueldos. ¿Y en el caso de los poderosos? El que medre, explote, estafe, defraude y robe más y mejor.

En el 2008, aprovechando la ola de pánico que se extendió por el mundo, el neoliberalismo decidió lanzarse a una guerra económica y política total para globalizar su imperio. Siguiendo las directrices de la insuperable propaganda de Goebbles y la estrategia de Adolf Hitler, se dedicó,  en todos los países de Europa y en los Estados Unidos, a apoyar a los políticos afines con todos los medios a su alcance y a destruir a su enemigo; la socialdemocracia.  Su medio más eficaz fue, por supuesto, la propaganda a través de los medios de comunicación. Los medios de extrema derecha y conservadores siguieron con su tónica afín a los postulados neoliberales, naturalmente. Lo antinatural fue que los medios supuestamente afines a la izquierda, hicieron lo mismo, aireando lo que al neoliberalismo le interesaba airear y silenciando lo que podría perjudicarle. ¿Por qué esa anuencia con una ideología aparentemente contraria?  La respuesta salta con un simple vistazo a los nombres de los accionistas dueños de los medios: multinacionales, inversores internacionales, bancos. En cuanto a los periodistas, humanos son y, como cualquier animal, necesitan techo y comida;  los más privilegiados necesitan, además, que no decaiga su notoriedad. Uno de los efectos más serios de la bacteria es que los intoxicados, convencidos de que enemistarse con los de la olla podrida equivale a una sentencia de muerte laboral y social, caen presas del pánico. Por pánico a la muerte social hay en España autores, actores, actrices que trabajan sin cobrar para que su nombre no se olvide si alguna vez termina la pesadilla que quiere condenarles al anonimato o, peor aún, a la invisibilidad de los pobres. ¿Cómo no va a haber periodistas que se autocensuren?

El resultado de la estrategia fue espectacular. Dos ejemplos para economizar espacio. España exhibe un presidente que no se corta a la hora de recortar y privatizar lo que haga falta para garantizar la libertad a enriquecerse de todo el que pueda, ahorrándole impuestos e invitándole al pastel del dinero público; un presidente cuyo partido consta como sospechoso de corrupción sistémica; un presidente que se permite mentir hasta en sede parlamentaria y soltar disparates cuando no se le ocurre nada lógico qué decir; un presidente que ante cualquier incidencia, leve, grave o gravísima, tiene como consigna el dolce far niente. La propaganda y otras circunstancias esperpénticamente rocambolescas consiguieron que tal hombre volviera a ganar las elecciones. Pero no duró mucho  su fama de bufón amoral. Donald Trump ha eclipsado la fama de todos los bufones inmorales que en el mundo han sido. Su triunfo en las elecciones de los Estados Unidos ha demostrado el poder de la  bacteria.

El neoliberalismo ha conseguido extenderse por el mundo entero revelándose mucho más peligroso y mortífero que la bacteria causante de la peste negra que eliminó a millones en el  siglo XIV.  Aquella bacteria mataba los cuerpos; el neoliberalismo se aloja en el alma humana y destruye los constituyentes de su humanidad. ¿Exagerado?

La conducta de los poderosos y los valores que divulgan sirven de ejemplo a los individuos intelectualmente más vulnerables y ese ejemplo se va extendiendo por toda la sociedad como una epidemia. Por ese mecanismo, los que dictan la moda consiguen que hombres y mujeres se compren ropa nueva cada año en los colores que, quienes dictan, dicen que se van a llevar. Por ese mecanismo, se instilan en las mentes acríticas creencias como que una raza es inferior a otra; una religión es maléfica; los homosexuales son degenerados; las mujeres son inferiores; los refugiados y los inmigrantes vienen a quitar empleos, servicios y ayudas a los nacionales; los que no encuentran trabajo es porque no quieren y los que cobran subsidio de desempleo son defraudadores que no quieren trabajar o que trabajan en negro y cobran del estado robando sus impuestos a todos los españoles; no se puede ayudar a los refugiados que se están muriendo de hambre y de frío porque en España hay muchos pobres;  no se puede ayudar a los pobres porque si han fracasado en la vida, por su culpa será.

Y es así como una sociedad entera acaba presentando todos los síntomas de la bacteria, con sus individuos convertidos en seres egoístas, psicópatas por su falta de empatía; individuos que se corrompen sin escrúpulo alguno y que si no se corrompen, es porque no pueden; individuos degenerados por conceptos perversos que pervierten el lenguaje. Es así como acaban hirviendo en la olla podrida todos los que no quieren quedarse a la intemperie. Es así como la bacteria del neoliberalismo va haciendo del mundo un lugar inhabitable donde los valores humanos sean cosa de la Historia y aquí solo queden monstruos; humanos en apariencia, en conciencia no muy distintos de cualquier depredador.

Y a todo esto, ¿qué hay de la socialdemocracia? Ahogada en todas partes por la ultraderecha, por la derecha extrema, por socialistas  intoxicados que se lanzan y lanzan a sus partidos en la olla podrida, parece condenada a la extinción. Esos socialistas intoxicados han conseguido en todas partes que los votantes les nieguen el voto dejándoles en minoría. Sobreviven llamándose socialistas y pactando con las derechas, que les permiten llamarse como quieran porque ayudan a hacer más simpáticos y tragables los gobiernos neoliberales. Por miedo a extinguirse, se han convertido en comodines para que la derecha pueda gobernar.

¿Y qué pasa con los líderes socialistas que se niegan a pactar, que se empeñan en defender los valores socialdemócratas, que se presentan a las elecciones empecinados en proponer programas de izquierdas?  Se les condena a la intemperie en compañía de todos los seres humanos que no se han dejado intoxicar.