A la trituradora

El 1 de octubre de 2016 unos señores del PSOE se cargaron al PSOE. Omito los nombres para ahorrar espacio porque los conocemos todos. No hay encuesta de intención de voto que hoy no sitúe al que fue partido gobernante o primer partido de la oposición durante treinta y cinco años en tercer o cuarto lugar. La portavoz de los demoledores,  Susana Díaz, hoy recorre España prometiendo reconstruir el partido y llevarle al triunfo electoral.  Su discurso conmueve. Es como el de una niña que hubiera escacharrado un jarrón de valor incalculable y fuera gimiendo por toda la casa, con un tubo de pegamento en la mano: “No me castiguéis. Yo lo voy a arreglar”. Pero los adultos saben que el jarrón tardaría años en arreglarse aunque de ello se ocupara un equipo de los mejores restauradores.

La realidad es que a ningún político con poder de este país le interesa restaurar al PSOE, y menos que a ninguno, a quienes destrozaron el partido a golpes dejándole casi noqueado aquel 1 de octubre y rematándole unos días después en el discurso de investidura de Mariano Rajoy. Cada uno de los diputados que ese día se levantaron del escaño para decir “abstención” sabía que la palabra significaba una sentencia de muerte. ¿Por qué lo hicieron? Unos porque creían en la palabra de la que les había prometido “Esto lo arreglo yo”, y no era cosa de arriesgar cargo y sueldo contrariando a quienes tenían el poder de garantizarles ambos. Otros, porque estaban convencidos de que era necesario destruir al PSOE porque, como Cartago, la socialdemocracia en España constituía una amenaza permanente contra el Imperio, el imperio de los poderes fácticos de la España eterna. ¿Pero es posible que fueran los mismos próceres del PSOE los que decidieran destruir el partido? ¿Por qué?

A Felipe González le permitieron llegar al poder porque se comprometió a no tocar a los intocables. Y no los tocó. Para que pudiera encandilar a la plebe con un triunfo, le permitieron cobrarse la cabeza de Ruíz Mateos, un advenedizo a quien los patricios no podían ver. Y le dejaron ofrecer escuela pública, mientras  no incordiara a las concertadas. Y no las incordió. Y abrigar en su seno a intelectuales ateos y agnósticos mientras no tocara los acuerdos con la Santa Sede. Y tampoco los tocó. Cuando Felipe González salió de La Moncloa, le llevaron en coche con chófer a un nuevo destino que le garantizaba ingresos a pedir de boca  y la intocabilidad perpetua  siempre y cuando no los utilizara contra los intocables de siempre. Hasta el día de hoy, Felipe González, bien entrenado por sus años de brega,  ha cumplido sus compromisos con los neoliberales sin faltar.

Cuando un golpe aciago de la suerte llevó al poder a José Luis Rodríguez Zapatero, creyeron él y los suyos que los votos daban manos libres para hacer lo que quisieran. Los intocables no tardaron en llamarle a capítulo. Vale lo  de los homosexuales; son pocos y gastan mucho. Vale lo de la memoria histórica, que suena muy bien, pero ni un céntimo del estado para desenterrar huesos y nada de sacar papeles viejos que pudieran comprometer la memoria de los cuarenta años gloriosos que transformaron a España en modelo de virtudes. Zapatero no quiso o no se atrevió a mancillar ese recuerdo. Para hacerse perdonar veleidades socialistas, le subió a la Iglesia lo que cobraba del estado, de nosotros. Pero faltaba algo más, una demostración de que también estaba dispuesto a respetar los intereses de los intocables financieros. Para apaciguarles, Zapatero tuvo que promulgar una reforma laboral pro empresarios. Cuando Zapatero salió de La Moncloa, ni Franco le hubiera visto el rojo por ninguna parte.

Todo iba bien en un PSOE que aún tenía votos suficientes para  repartir cargos a los más importantes manteniendo el orden en la pajarera. Y todo podía haber seguido bien. Los vientos fétidos que empezaban a salir del Partido Popular estaban alejando a millones de votantes. La reforma laboral de Mariano Rajoy, más salvaje que la de Zapatero, y otras medidas sensatas de su gobierno, estaban dejando a media España en la pobreza. Sólo era cuestión de esperar a que Mariano Rajoy y los suyos se ahogaran en su propia cloaca o a que la mayoría no pudiera soportar la peste y la miseria por más tiempo. Entonces saldría a escena el PSOE con un candidato joven y guapo  que lanzaría promesas como rosas y, a lo mejor, devolvía al partido montones de actas de diputado para que muchos más estuvieran contentos y el partido pudiese disfrutar otros cuatro años de paz.

Pero resultó que el candidato joven y guapo cerró la puerta de su despacho a intocables del partido y se puso a programar y predicar reformas que pusieron nerviosos a los intocables de afuera. Dicen que no recibía ni le hacía caso a nadie. Lo que solo podía querer decir que estaba dispuesto a hacer de su capa un sayo. Esa capa y ese sayo eran tan rojos que no hubiera podido salir con ellos ni a la esquina de su casa en tiempos de Franco. Pedro Sánchez no atendía a razones porque ni siquiera daba pie a que se le explicaran las razones para mantener  en España el sistema económico y social del franquismo.  Tenía entre ceja y ceja reconvertir al PSOE en un partido socialista y obrero, y ni siquiera por la guinda se le podía coger en falta porque también  lo quería español. Su contumacia asustó a la Iglesia y convenció a los magnates de los negocios de que no se podían correr riesgos permitiendo en España la supervivencia de una socialdemocracia díscola que, no solo haría daño a la derecha española, sino que podía servir de ejemplo y estímulo a la agonizante socialdemocracia europea.

No hace falta repetir cómo derrocaron a Pedro Sánchez los próceres de su partido. Lo sabe todo el mundo y ya cansa. No hace falta repetir como el PSOE de la Gestora se transforma en muleta del Partido Popular superando en utilidad a Ciudadanos. Todos lo hemos visto, oído y leído. Y todo lo visto, oído y leído por los espectadores pasivos basta y sobra para que, en el inconsciente colectivo del país, el PSOE de la Gestora se haya constituido en símbolo de indecencia por apoyar  a un partido indecente. Ya pueden soltar los culpables todas las explicaciones que sea capaz de pergeñar su entendimiento. Todos sabemos desde niños que lo más fácil de encontrar en esta vida son excusas para justificar cuanto nos parezca que necesita justificación.

Pero como España es la cuna del esperpento, lo que no bastan son los argumentos racionales para explicar las causas y consecuencias de los gatuperios políticos. El éxito de un guiso depende del aliño y en esta olla podrida, el aliño no podía faltar. Apareció Podemos.

A Pablo Iglesias y su grupo inicial les descubrieron los ojeadores de varios equipos: el chavista para contar con una cuña en la Unión Europea; el neoliberal español y de allende para ofrecerse como el orden frente al caos. Unos bisoños profesores de Políticas manifestándose en la calle como radicales, con un cabecilla que podría protagonizar una serie de televisión acaparando todas las audiencias, podían hundir en la derrota a cualquier equipo que pretendiera cuestionar la supremacía de la derecha con un proyecto de socialismo moderado. ¿Quién financió el ascenso de aquella tribu hasta constituirla en partido político? ¿Quién lanzó a Pablo Iglesias a la apoteosis? Puede que nunca se sepa objetivamente. Pero las respuestas carecen de importancia ante los resultados de una estrategia genial. Podemos, unidos después a todas las tribus que Iglesias pudo recoger de aquí y allá, se llevaron al monte de las bienaventuranzas a todos los rojos desencantados con el rosa pálido, viejo, del PSOE. ¿Es que Unidos Podemos es de izquierdas? Según. Pablo Iglesias dice que no, y no miente. El narcisismo le hace verse por encima de toda dirección accidental. Pero por lo estrafalario de su indumentaria, de sus discursos y de su comportamiento en lugares serios, las masas le ponen la etiqueta de revolucionario de izquierdas  a falta de otro arquetipo al que asociarlo.

El día en que el PSOE de la Gestora culminó el desmantelamiento del socialismo permitiendo el gobierno del PP con su sonora abstención, Unidos Podemos quedó ante los españoles como el único partido de izquierdas de este país. Pablo Iglesias se vio como el héroe destinado a recibir la dignidad de Dios y decidió hacer todos los méritos posibles para hacerse ver, produciendo escenas y discursos que le garantizaban cobertura radiofónica y televisiva en prime time. En el último episodio, aparece flanqueado por su corte. Une las cejas. Fija las pupilas en una cámara, en otra, en otra. Va a hacer un anuncio trascendental que conmoverá los cimientos del país. Luego de una estudiada pausa que enardece la expectación, anuncia que va a presentar una moción de censura.

Quien sabe algo de política se queda con cara de bueno, vale. A los del PSOE de la Gestora les roza una ligera preocupación. Una cosa es que los votantes les manden al tercer lugar y otra que la debacle les lance al limbo en el que habitan Rosa Díez y compañía. ¿Qué tienen para competir con la estrella de la política española? Promesas socializantes, no, desde luego. No les creerían ni en sus casas. Tienen a Susana Díaz, pero su voz de coreuta de tragedia griega, tan antigua, tan engolada, tan plañidera, aburre hasta a sus mentores.  Como no se pongan  los gerifaltes del partido a manipular cuentas, avales, papeletas y voluntades, el rojo de bronce puede aplastarlos a todos  como el cinturón del sastrecillo valiente. Es posible que en eso estén.

¿Y en qué estamos los ciudadanos, esos ciudadanos que les mantenemos a todos, empresarios y políticos,  sin chistar? Esperando sin chistar a que el rojo de bronce aparezca como deus ex machina apagando la trituradora de voluntades hacia la que nos están empujando los esbirros del poder.

 

 

 

 

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La excomunión de los noesnoístas

 

En medio de la mediocridad rampante, un tertuliano de la SER ha rozado esta mañana la genialidad soltando un nuevo palabro: noesnoísmo.

Se trata de una nueva herejía que hoy atenta contra la recta doctrina del neoliberalismo, defendida ésta ejemplarmente por el PP y el PSOE de la Gestora. Como todas las herejías que en el mundo han sido desde que el Poder se arrogó el derecho a establecer los dogmas y a decidir la ortodoxia, el noesnoísmo aparece en pleno siglo XXI como  la nueva amenaza de las huestes infernales que se lanzan sobre España para arrebatar las almas al Bien Supremo. Y es que España, como hija predilecta de Dios, ha sido siempre codiciada por el demonio.

¿Qué expresa ese concepto que hoy merece incorporarse a nuestro léxico auspiciado por Satanás? Nada menos que el peligrosísimo e intolerable radicalismo que consiste en conceder a la masa anónima el poder de controlar al Poder.

¿Y quiénes forman el Poder; quienes son los que hoy constituyen ese núcleo sagrado con potestad para controlar la vida y hacienda de todos los españoles? La Iglesia, como siempre, aunque obligada por el signo de los tiempos a gobernar en la sombra. El presidente del Gobierno con su corte de Ministros y un partido de monolítica fidelidad a su Jefe. Un partido de la oposición cuyos diputados fueron necesarios para permitir que el gobierno siguiera gobernando y siguen siendo necesarios para que gobierne. Unos partidos que se apiñan bajo la mesa presidencial luchando a dentelladas por pillar algunas sobras y a los que de vez en cuando se les deja pillar algo para que no incordien demasiado. Y por encima de todos, mandando a todos, los grandes financieros y empresarios que ponen el dinero sin el cual no puede existir el Poder; ninguna forma de poder.  ¿Y el rey? Con su familia en la Zarzuela sin meterse en nada que pueda poner en peligro el palacio y todo lo demás.

En cuanto a los herejes, surgieron en el seno del PSOE cuando unos dirigentes de sonoro nombre decidieron que el partido tenía que aliarse al partido más poderoso para no verse excluidos del Poder, y una masa de anónimos decidió sostener a toda costa el grito de No es No.  Los herejes no tienen nombre propio. Por ser masa anónima no admiten otro nombre que el que les diera Lope de Vega en su Fuenteovejuna. Son plebe afiliada al PSOE y plebe que votó al PSOE por creer en las promesas electorales de su candidato. Plebe ignorante, dice la ortodoxia, sin cultura de partido y con desconocimiento total de lo que significa el pragmatismo; de la necesidad vital del pragmatismo para contentar a los que hacen posible y distribuyen el poder. Su herejía consiste en exigir que las promesas electorales se cumplan; que los dirigentes que dijeron que el no al partido del gobierno anterior iba a ser no, sigan diciendo no pase lo que pase.

¿Cómo se le va a otorgar a esa masa de ignorantes poder de decisión sobre asuntos cruciales como decidir candidato a presidente del gobierno; decidir principios que definan el proyecto del partido; decidir qué políticas se incluyen en el programa electoral y controlar el cumplimiento del programa? Hacerlo solo se le ocurre a los iluminados sin cultura de partido ni sentido pragmático; líderes radicales que amenazan la estabilidad que a  los súbitos permite vivir conformes con lo que les depara el destino  y a los poderosos decidir el destino de los súbditos.

La crisis hizo que en España la masa empezara a prestar atención a los discursos incendiarios de esos iluminados. Tronando contra el sistema, es decir, contra el Poder que estaba condenando a millones a la miseria, unos cuantos radicales de diverso pelo consiguieron atraer a cientos de miles oídos. El más notorio, el que al principio se erigió en heresiarca de la nueva doctrina, fue Pablo Iglesias Turrión. Su Podemos exigió el derecho de la masa a expresarse y decidir en círculos y asambleas donde se otorgaba voz y voto a los anónimos que quisieran dejarse oír. Pero pronto Podemos se transformó en partido copiando de los partidos tradicionales organización, cargos, distribución de poder. Los círculos se cerraron. Las decisiones de las asambleas se volvieron, por diversos medios, no vinculantes. El gobierno y el partido de la oposición, que secularmente se turnaban su puesto en la cima, constataron con alivio que Pablo Iglesias Turrión era otro pragmático más  dispuesto a cambiar de objetivos y de discurso con tal de llegar a la cumbre.

Pero el alivio duró poco. El heresiarca, el auténtico heresiarca surgió donde menos se esperaba; en un PSOE firmemente afincado en el sistema, en el que hacía décadas que todos los cargos sabían y aceptaban la consigna de que quien se apartara de la ortodoxia no salía en la foto.

Pedro Sánchez, llamado a ser uno más en la ancestral tropa de trepadores dispuestos a cualquier cosa por defender la insignia de los poderosos que les alimentan, se erigió en defensor de la honra villana. Fue elegido en primarias por los militantes. Se lanzó a la campaña electoral jurando que bajo ninguna circunstancia entregaría sus votos para que pudiera seguir gobernando el partido de los recortes a libertades y derechos. Aceptó el encargo del rey de formar gobierno y pactó con un partido comodín una serie de medidas para arrancar a la política de las manos de los poderosos que la utilizaban para sus intereses particulares y devolverle la dignidad como gestora del bien común.  Y para dar al pacto legitimidad indiscutible, pidió a la masa anónima de su partido que manifestará su opinión sobre tal pacto. Una gran mayoría de esa masa  lo aprobó.

Y entonces se desató la locura. El terror a que el heresiarca, apoyado por la masa, consiguiera alterar el sistema hizo que los poderosos y los aspirantes al poder tocaran a rebato en toda España y más allá de sus fronteras. La crisis había conseguido en todas partes marginar a la socialdemocracia y a cualquier corriente que fluyera hacia la izquierda. La eufemísticamente llamada pedagogía había conseguido enseñar a los súbditos que fuera del dinero no había salvación y que para salvarse de la quema había que votar a los partidos amigos del Dinero. Eso lo había entendido y aceptado hasta el último secretario general del PSOE elegido dos veces para presidir el país. Rodríguez Zapatero se suicidó políticamente en su segunda legislatura con la esperanza de que sus veleidades socialdemócratas le fueran perdonadas por los poderosos, seguramente convencido de que solo los poderosos podían evitar que España se precipitara al abismo. ¿De dónde había salido entonces ese iluminado que, con pinta de joven sensato y bien domesticado por su ambición y las exigencias del sistema, se erigía en radical defensor del socialismo?

Pedro Sánchez si era una amenaza real a tener en cuenta y eliminar por todos los medios. Mientras el Reino Unido volvía a ponerse en manos de los conservadores y los Estado Unidos de la gloriosa América  no le hacían ascos a Donald Trump; mientras en la gran Alemania se augura el nuevo triunfo de Merkel y en la Francia, sempiterno emblema de los valores revolucionarios, se pronostica el ascenso al gobierno de la derecha extrema de François Fillon, ¿cómo podía permitirse que  España se descolgara del neoliberalismo del siglo XXI movilizando a la masa para que se enfrentara al Poder?

Pedro Sánchez mantuvo su No es No contra todas las amenazas de defenestrarle. Y defenestrado fue. Pero su defenestración no acalló el grito del No es No que sus fieles siguieron y siguen repitiendo. ¿Podrá esa masa de  ignorantes e incultos vencer a los que se adueñaron del PSOE para devolverle al redil del pragmatismo? ¿Podrá el heresiarca vencer a la ortodoxia que garantiza la estabilidad a cambio del silencio dócil de los súbditos? ¿Podrán librarse los herejes excomulgados de la condena a las tinieblas exteriores en las que nadie escuchará siquiera su llanto y el crujir de sus dientes?

Hoy por hoy, todas las voces públicas del país han excomulgado a los noesnoístas y su líder mencionando apenas su existencia y solo para menospreciarles. Hoy los propagandistas del Poder se empeñan en lo que llaman pedagogía para enseñar a la plebe que manifestarse y decidir políticas con su voto es un engorro que los políticos serios les tienen que ahorrar. ¿No están bien las cosas como están para quienes están bien? ¿Para qué poner su bienestar en peligro por rescatar a los que están mal? ¿No irán las cosas mejor a los que están mal si siguen en el gobierno quienes saben gobernar sin alterar el sistema?

No, dicen los noesnoístas dispuestos a afrontar el asedio de los ortodoxos; dispuestos a eliminarse del partido si los ortodoxos vencen, como en la Numancia cervantina, para no ser exhibidos como trofeo de triunfo por quienes defenestraron a su líder.

Todavía no ha llegado el momento de la batalla final.

 

 

 

Pedro Sánchez no tiene salvación

Publicado en El Socialista Digital el 2 de septiembre de 2016

 

Pedro Sánchez no tiene salvación. Se lanzó a la campaña de diciembre y a la de junio prometiendo cambio, y unos ocho millones de españoles le dijeron quita, quita, estamos bien así. Pero Pedro no entendió, no ha podido entender aún que tanta gente quiera aferrarse a un destino infame; que tanta gente prefiera vivir en la atmósfera sórdida y maloliente de una cueva, a dar un paso adelante para salir a la luz y al aire fresco.

El 31 de agosto, fecha para la historia, vestido con oscura discreción, Pedro Sánchez subió al escenario del Congreso y con semblante circunspecto y voz comedida, empezó a enumerar las razones por las cuales su partido no estaba dispuesto a permitir, con sus votos o su abstención, que un partido corrupto de ideología inhumana volviera a gobernar el país.

Las razones caían a plomo sobre quienes le escuchaban en el hemiciclo. A excepción de las caras de dos o tres aduladores oficiales del partido de gobierno que sonreían con expresión de idiotas, el resto de los diputados mostraban un rostro a juego con la gravedad del momento. Los menos habituados a la simulación parecían estar musitándose: joder. Porque cada una de esas razones arrancaba a España jirones de pelo, de máscara, de ropas, hasta dejarla cual impúdica maja desnuda tumbada en su canapé, exhibiendo ante el mundo un cuerpo devastado por ochenta años de mal vivir. Por la cuenta que le tenía, Mariano Rajoy la había pintado el día anterior con el mimo del retratista de Dorian Gray. Pedro Sánchez destrozó el cuadro a puñaladas de realismo y ni la encendida paleta de adjetivos de Wilde alcanzaría a describir la repulsiva visión de la España real cuando Sánchez hubo hecho trizas la de mentira.

Pedro Sánchez no tiene salvación. Mariano Rajoy le escuchó, incapaz de contener las muecas que le provocaban el odio, la indignación y a veces parecía que hasta la vergüenza –aunque puede ser discutible la existencia de tal sentimiento en el personaje. Al llegar su turno de réplica, Rajoy se vengó, según su costumbre, echando mano del sarcasmo para ridiculizar la quijotada de Sánchez. Con la cara descompuesta por sonrisas forzadas, mientras emitía frases jocosas, sus ojos lanzaban una sentencia de muerte; “Pedro Sánchez, no tienes salvación. Nadie te va a perdonar que hayas restregado en la cara de todos la realidad del país, dejándoles a todos sin la excusa de la ignorancia para disculpar su complicidad”.

Cuando Sánchez terminó su intervención, periodistas, analistas y comentaristas se miraron un instante con estupor y de alguna garganta salió lo que pensaban. Sánchez ha quemado las naves. Sánchez ha roto los puentes. Ahora sí que parece que el “No” va a seguir siendo que “No”. Pero en ciertas profesiones como las susodichas, las exigencias de la realidad se imponen a toda reacción emocional. En pocos minutos, los diarios ya tenían sus titulares en los que no se hacía ni la más somera mención a las razones ventiladas por Sánchez. Los tertulianos empezaron de inmediato a comentar la finísima ironía de Rajoy, su cintura endurecida por décadas de política activa, sus dotes de brillante parlamentario. De Sánchez se mencionó su rotundidad, su dureza, su empecinamiento en no dejar ni una puerta abierta por donde atisbar una posible solución, pero nadie mencionó siquiera la minuciosa autopsia en la que Sánchez había expuesto todos los males de una sociedad dividida, empobrecida, encanallada.

Cuando apareció Iglesias en su popular papel de deus ex machina, desviando la atención de visiones y consideraciones demasiado serias y aburridas para cualquier audiencia, todos se olvidaron de Pedro Sánchez. De Iglesias siempre se espera espectáculo y nunca defrauda, pero ayer, tal vez para liberar la tensión que Sánchez le causara, Mariano Rajoy se prestó a darle la réplica y se la dio cual genial característico. Sus intercambios dialécticos rezumaban romanticismo hasta el punto de evocar una escena del sofá de Zorrilla versión bufa. Sus palabras, sus gestos, sus sonrisas, su sintonía suministraron ayer a todos los medios material suficiente y adecuado para librar del muermo a los programas de política, permitiéndoles seguir compitiendo con los del corazón en la caza de audiencias.

¿Qué dijo Rajoy? ¿Qué dijo Sánchez? ¿Qué dijo Iglesias? ¿Y a quién le importa? Lo que importa, dicen todos, es que hay que tener responsabilidad y visión de estado y patriotismo, etcétera, para dejar gobernar a Rajoy o sí o sí. Y que el único que no tiene nada de eso en este país es Pedro Sánchez porque parece ser el único que se ha tomado la molestia de analizar las cosas como son; el único que no entiende que los políticos no pueden hablar con la franqueza de los de a pie; el único que se atreve a decir que el gobierno del país no se le puede entregar al presidente de un partido procesado por corrupción; el único, en fin, que no tiene ni pajolera idea de lo que es la política en un país tan culto que no hay político que ignore los consejos de Maquiavelo encareciendo al príncipe a no permitir que la ética informe y controle sus actos.

De lo que dijo Pedro Sánchez lo único relevante es que dijo que no, lo que le hace más malo que malo; pésimo. Oiga usted, le gritan desde todas partes, que a Rajoy y a su partido les votó la mayoría de los españoles y estamos en una democracia. ¿El 33% es la mayoría de los españoles? Al PSOE solo le votó un 22%. Por eso insiste Sánchez en que el PSOE debe estar en la oposición. Pero es que si no deja gobernar a Rajoy, no habrá gobierno, y sin gobierno no puede haber oposición. ¡Toma falacia!

Ante el atascamiento de la situación y la temeridad de Pedro Sánchez, los nervios se desatan en los cuartos oscuros donde, en el guirigay del día y en el silencio de la noche, la ambición trabaja sin descanso. Visto lo visto y oído lo oído, a Sánchez solo le doblega el Comité Federal, dicen, y salen cuatro de su mismo partido a exigir que el comité se reúna cuanto antes a ver si desautorizan al niño nuevo que está poniendo la política española patas arriba. ¿Pero quién es el guapo que se atreve a desautorizar a los millones de militantes y votantes que apoyan la firmeza de Sánchez y le conminan a seguir diciendo que no? ¿Quién es el inconsciente que intente empujar al PSOE a la abstención para que la claudicación le cueste verse de vieja gloria en el grupo mixto?

Pedro Sánchez no tiene salvación a menos que el 25 de diciembre los cielos confundan la Navidad con Pentecostés y la mayoría de los españoles reciba ciencia y valentía infusas y en vez de culpar a Sánchez por el deplorable estado de España, reconozca a los verdaderos culpables y les mande a la vice oposición, por detrás de Unidos Podemos. Lo que supone esperar una intervención sobrenatural.

Lo cierto y natural es que muy pocos españoles saben lo que Pedro Sánchez hizo y dijo para demostrar que ningún político decente podía permitir otros cuatro años de desastre para el país. Casi nadie ha visto a España en cueros vivos tal como está. Lo natural y previsible es que o le desautorice el comité de su propio partido, o le desautorice la mayoría volviendo a votar por el PP porque no ha visto ni oído ni leído razón alguna que racionalmente le convenza de que debe cambiar su voto por el propio bien de cada uno de los españoles y por el decoro de esta pobre España nuestra.

Pedro Sánchez no tiene salvación a menos que los militantes y votantes del PSOE que le siguen se conviertan en Fuente Ovejuna y se hagan oír por todos los medios a su alcance, infundiendo más miedo que todos los comendadores juntos.

Lo que no se dice

Publicado en El Socialista Digital el 21 de junio de 2016

Muy adecuado para un día de reflexión

 

Ningún candidato dice con quien va a pactar el 27J. No hay opinante público en este país que no sepa que eso no se dice antes de las elecciones y que no hay candidato alguno que lo vaya a decir. Pero el hecho de que Pedro Sánchez no lo diga puede ser materia opinable que refuerce la idea de que no sabe a dónde va ni con quién porque es el candidato de un partido que los poderes fácticos decidieron hace muchos años que tenía que desaparecer. El complot anti González se ha podido revivir desde que Sánchez apareció en el PSOE, con toda la intensidad de una película nostálgica. Parece que fue ayer.

Pero no es ayer; es hoy, un día de necesidades acuciantes para los millones que a esta hora no saben qué se van a llevar a la boca a la hora de comer. ¿A alguien le importa? A ellos, claro, pero a pocos más; a lo mejor están tan hundidos los pobres que ni votan. Es hoy, y hoy es un día más de angustia para el desempleado y el enfermo crónico y el estudiante que dejó de serlo el último día de clase de este curso porque ya no hay más matrícula gratuita que le permita seguir estudiando y. Y a cortar en seco el rollo de penas porque es hoy y estamos a seis días de las elecciones y lo único que importa a políticos, periodistas y opinantes es cómo se va a repartir el poder.

En España, con su corte de los milagros, sus pícaros, sus cínicos de todo pelaje para quienes todo es según el color del cristal con que se mira, lo que significa que nadie es truhán ni señor; en España, cuna de las maravillas, donde las sardinas pueden nadar por los montes y correr las liebres por los mares y contar los cuentistas cualquier trola con la certeza de encontrar ingenuos ansiosos de dejarse engañar; en España, donde las Vírgenes, cual otrora Santiago, protegen a las tropas de asalto y los obispos convierten a Dios en fisgón de alcobas; en España, donde la salvajada puede brillar desde la cúspide del arte y cuatro líneas con un coño se convierten en poesía porque para eso sobra a los españoles imaginación; en esa España de Españas que incita al más ciego de los amores, tan ciego que millones la adoran aunque nadie sabe decir a ciencia cierta qué es y cómo es; en esa España desquiciada de toda la vida gracias a sus muchos españoles desquiciados, el próximo domingo se va a elegir al rey que en este país manda mucho más que el rey porque el rey no manda nada.

Demos las encuestas por ciertas. Gana el Partido Popular. Sorprende en grado sumo que habiendo tanto poeta por estos lares aún no le haya dado a algún ingenio por componer una tragedia griega o como mínimo una oda al masoquismo de los españoles. Millones acudirán el domingo a las urnas como fieles súbditos que reconocen la autoridad del gobierno en funciones y a ella se someten con obediencia ejemplar aceptando el orden impuesto y la merecida represión de toda conducta díscola. Están todos advertidos de que pronto el nuevo gobierno del PP volverá a castigarles con nuevos recortes y reestructuraciones que harán su vida aún más insoportable. Pero la conciencia anhela y disfruta el castigo para librarse de la culpa por haber vivido como no tenía que vivir. Nada más español que un penitente. No le pidáis razones razonables a quien cifra su felicidad en ir por la vida de mísero infelice. No necesita causa para aceptar la justicia y rigor con que se le castiga. ¿Puede haber delito mayor que haber nacido? De nada sirve decirle que lo nacieron sus padres. –Ah, no -responderá envalentonado de pronto por su furia española-. Yo vine porque quise.

Porque otro de los placeres del español consiste en amenizarse la vida con sus contradicciones y nada le ahuyenta más que los sermones cargados con palabras plúmbeas como coherencia, integridad y otras por el estilo.

Demos las encuestas por ciertas. El Partido Popular no podrá gobernar en solitario y necesita pactar con otro. ¿Con quién? Ciudadanos le mira desde su cuarto puesto con todo el dolor que le cabe en el alma. Porque resulta que los votos que ha sacado no le sirven a nadie para alcanzar el poder, por lo que nadie se digna ni recordar su existencia. Unidos Podemos ha llegado a un segundo lugar casi glorioso, pero de la gloria le separan aún, como al Partido Popular, unos votos que Ciudadanos no tiene, pero el PSOE, sí. Desde el mismo momento en que se acaba el escrutinio de los votos y se da el resultado, Mariano Rajoy y Pablo Iglesias se lanzan a los micrófonos para enviar a Pedro Sánchez mensajes que ora le apremian, ora le conminan, ora le cantan promesas sirénidas. Han pasado pocas horas, pero después de tanto meses, hasta Rajoy está perdiendo la paciencia e Iglesias está a punto de sufrir un infarto cerebral porque solo de imaginarse en La Moncloa, se le va la sangre a los pies.

Pedro Sánchez descansa. Después de casi dos años de resistencia estoica, recibiendo golpes de diestra y siniestra, de afuera y de dentro; después de casi dos años defendiendo a un partido manchado y gastado por años de propaganda infame dirigida por una derecha que tuvo que recurrir al complot para acabar con la hegemonía socialista; después de casi dos años de peregrinaje plaza por plaza para recuperar al militante desencantado y agrupar a los fieles de siempre animándoles a reconstruir el partido y el país; después de casi dos años luchando por convencer a propios y extraños de que solo el PSOE podía abrir de nuevo la vía hacia el progreso que cerraron los financieros y los políticos a su servicio, Pedro Sánchez descansa. No hay prisa para ver lo que se avecina.

¿A quién dará su voto Pedro Sánchez? A quién se lo va dar. El Partido Popular no es decente. Ya no hay nadie que pueda reivindicar su decencia sin recurrir a sofismas y mentiras que solo puede soltar quien tenga los músculos de la cara muy endurecidos. Mariano Rajoy es el presidente del Partido Popular y, aunque solo fuera por eso, no puede arrogarse una inocencia que su partido no tiene. Unidos Podemos ha dado en un par de años muestras tales de incoherencia; de frivolidad; de todo vale; de ante todo ganar y ya se verá; de si no controlamos, no pactamos; de si el dinero hace falta no importa de donde venga porque la política es así; de que hay que revolucionar; de que no; de que el referéndum catalán es innegociable y de que todo se puede negociar si hay buena voluntad para dejar que más de una docena de partidos con más de una docena de programas inspirados por más de una docena de ideologías distintas gobiernen el país. ¿A Unidos Podemos va a dar Sánchez los votos que Iglesias necesita para coronarse presidente y formar gobierno con sabe Dios quiénes procedentes de Dios sabe dónde? Sánchez finalmente anuncia que votará contra la investidura de Rajoy y contra la de Iglesias también.

¿Qué hacer? Mariano clava sus ojos en los negros ojos de Pablo Manuel. Los dos son buenos. Ninguno de los dos puede tolerar que el malo obligue a los pobres españoles a votar por tercera vez. Además, dada la terquedad idiosincrática del español, lo más probable es que cada cual volviera a votar lo mismo prolongando el interregno hasta el día del juicio final. Tal vez a Mariano le queda un vestigio de escrúpulo. –Oye –le dice a Pablo-, eso de socialdemócrata y tal. Pablo le tranquiliza. –Sí, como los que gobiernan con la señora Merkel. –Ah vale. ¿Y eso de los bancos públicos y de que paguen los que se rescataron? Pablo responde –Todo se puede hablar. Finalmente, Mariano suelta con cierto miedo lo que más le costaba soltar. –Referendum, no, ¿eh? Eso, ni hablar. –Tranquilo, Mariano. Ya verás que les convenzo de que no quieren referéndum. Me han votado en masa y tontos no son. –Qué listo eres, Pablito. –No más que tú. ¿Y ahora qué? ¿Nos ponemos a lo del gobierno? Ya sabes que vicepresidencia, televisión, CNI, policía, jueces. –Eh! –le interrumpe Mariano-. Jueces, no. Que hay muchos asuntos delicados por ahí. No es el momento, ¿comprendes? –Bueno, bueno, no te sobresaltes –le dice Pablo con una sonrisa de comprensión-. Ya encontraremos algo que compense. Todo sea por los ciudadanos. –Sí señor –replica muy digno Mariano Rajoy-. Todo sea por los ciudadanos.

Lo que no se dice es que los votantes se pueden equivocar y mucho. Lo que no se dice es lo que decía el cínico de Winston Churchill: “el mayor argumento contra la democracia es una conversación de cinco minutos con el votante medio”. Lo que no se dice es que un gobierno del PP con Unidos Podemos tardaría muy poco en convertirnos en el hazmerreír del mundo supuestamente civilizado, y muy poco más en saltar por los aires convirtiendo a los españoles en los primeros votantes crónicos de la historia de la humanidad.

Pero aún faltan seis días y Pedro Sánchez aún no se ha cansado ni se han cansado los socialistas empeñados en resucitar al PSOE a pesar de los esfuerzos de todos los poderes fácticos del país por asfixiarle. Quedan seis días para convencer a los indecisos -que por el hecho de serlo demuestran tener la mente abierta-, de que España tiene remedio, de que todos los españoles tenemos remedio y merecemos tenerlo aunque solo sea por lo que estamos sufriendo y luchando, aunque tantos no se den cuenta de lo que nos puede caer encima, tal vez porque muy pocos se atreven a decir lo que tendrían que decirnos.

Políticos trileros

Publicado en El Socialista Digital el 8 de mayo de 2016

¿Dónde está la bolita? ¿Está a la izquierda, está la derecha, está en el centro? La imagen del trile se le ocurrió al ingenio de Pablo Iglesias y, la verdad, es que fue una ocurrencia feliz. Enseguida le imaginé tras una de esas mesas que abundaban en las Ramblas de Barcelona, protegidas sus espaldas por una muralla de cargos de su partido, frente a una multitud expectante.

—¿Dónde está Podemos? -vibraba su voz en mi escena mientras sus manos raudas desplazaban los cubiletes a una velocidad que a los ojos les costaba seguir-. Aquí lo tenemos, a la derecha. ¿Os extraña que esté a la derecha? -gritaba pronunciando las palabras con perfección de locutor, pero más rápido aún de lo que volaban sus manos-. ¿De qué os extrañáis? Los amigos griegos de Syriza tuvieron que pactar con la extrema derecha y pactaron y ahí los tenéis, gobernando tan ricamente.

Vuelan las manos, vuelan los cubiletes. —¿Y ahora dónde está? –pregunta Pablo meneando los hombros y la cabeza con gracia caribeña.-

Uno de los incautos de primera fila con ojos de inteligencia de canica se atreve a tocar el cubilete de la derecha otra vez. Pablo lo levanta. —Anda -exclama sorprendido-, ya no está.

Vuelven los cubiletes a volar. —¿Dónde está la bolita? ¿Dónde está el partidito? ¿Dónde está Podemos? Levanta el cubilete de la derecha; vacío. Levanta el del centro; también. La bolita aparece a la izquierda. —Aquí está -exclama Pablo, triunfante-. Podemos está a la izquierda. Podemos es la izquierda, la única izquierda de este país. La izquierda que aglutina a todas las izquierdas. ¿Quién puede negar que somos la izquierda cuando Izquierda Unida nos ha suplicado unirse a nosotros?

Una señora muy decidida levanta la voz por encima de todos los rumores. —Entonces Podemos es comunista.

-No, señora, no -replica Pablo y vuelve a manipular los cubiletes de aquí para allá-. Izquierda Unida es ahora Podemos. ¿Qué importa lo que era antes? El pasado no importa. Lo que importa es el presente para construir nuestro futuro con ilusión.

¿Dónde está Podemos? -vuelve a preguntar al público, pasando de la señora, mientras baraja cubiletes tan rápido que ni se ven-.

Las manos se detienen, levantan cubiletes y la bolita aparece bajo el del centro. —Aquí está Podemos -grita Pablo-. Podemos está en el centro, es el centro al cual todos los otros convergen. Somos la socialdemocracia, la única socialdemocracia del país.

—¿Y el PSOE? -vuelve a incordiar la señora.

—El PSOE es de derechas -grita Pablo muy serio demostrando que le horroriza que pronuncien el nombre de ese partido en su presencia-. El PSOE se retrató al pactar con Ciudadanos, un partido de ultraderecha.

—¿Pero no acaba de decir que Tsipras pactó con la extrema derecha griega y que están gobernando tan ricamente? ¿Usted no pactaría con el PP si le ofrece la vicepresidencia?

—Mire, señora -grita Pablo con cara de Júpiter tronante-. Eso de izquierdas y derechas es cosa de trileros. Qué más da donde esté la bolita. Lo único que importa es que vamos a ganar. No podemos perder. Si los votos de Podemos no alcanzan para gobernar, tenemos los de Izquierda Unida, los de las Mareas, de los Compromisos, de los partidos anarquistas, alternativos, ecológicos, los de los animalistas caerán en cuanto les prometamos subvenciones para todas las perreras y gateras, se olvidarán de los toros, ya lo veréis, tenemos los votos de todas las fundaciones, organizaciones y asociaciones de todos los desencantados de este país que atraerán el voto de todos los desencantados que no saben a quién votar.

—Usted es un trilero -le espeta la mujer-.

—¿Y ahora se entera? -replica Pablo con sonrisa displicente-. Sus gafas son muy bonitas, señora, pero parece que no ve usted muy bien.

Carcajadas y aplausos de la multitud que va dejando monedas y billetes en un sombrero que pasan unos voluntarios del partido. Sabido es que Podemos se financia únicamente con los fondos que aportan sus fieles.

Si Pablo Iglesias y los suyos han calculado bien, es posible que el 27 de junio nos enteremos de que nos gobierna una coalición cuyo nombre completo es demasiado largo para una memoria normal. Podría llamarlo Podemos et al., queda muy universitario y muy culto y puede abarcar todo lo que le echen. ¿Y se puede gobernar con tanto partido? Claro que sí. No pasa nada. Los griegos están en las mismas, y aunque su enfermedad se agrava de día en día, aún no se han muerto ni se van a morir. In extremis, la Unión Europea les incluirá en algún programa humanitario de suministro de alimentos.

Pablo Iglesias tiene razón. Lo de izquierdas y derechas es de trilero y quien no se entere de que la mayoría de los políticos con posibilidades de triunfo son trileros es porque lleva gafas que no dejan ver y orejeras que no dejan oír. Ciudadanos, un partido que ha hecho y dicho cosas de la derecha más ultra, pactó un acuerdo con los socialistas. El Partido Popular, la derecha más rancia que ha visto Europa, se proclama de centro y la mayoría de la prensa no lo pone en duda. Al único partido que no se le puede perdonar que se mueva un palmo es al PSOE, pero por la sencilla razón de que al PSOE no se le puede perdonar ni su existencia.

Los medios de este país sentencian que la imposibilidad de pactar entre partidos es un fracaso. A menos que se trate del pacto entre Ciudadanos y el PSOE. Eso es una traición de Sánchez que los socialistas no le van a perdonar. Pero bueno, ¿quién no sabe a estas alturas que la consigna del neoliberalismo es destruir a la socialdemocracia en el mundo entero para poder olvidarse de regulaciones y cortapisas? Nadie, a excepción de quién no sabe nada de la vida que no tenga que ver con su parcela ni le importa enterarse. Tan sabido es el asunto que hasta da un poco de vergüenza volverlo a repetir.

En fin, que el 20D pasado, España se sumió en una profunda incertidumbre. Lo único que se pudo sacar en claro de las elecciones es que la mayoría del país padece de estupidez, según la definición de Carlo Cipolla. Dice el economista en suLeyes fundamentales de la estupidez humana que el estúpido es una persona “que causa un daño a una persona o grupo de personas sin obtener, al mismo tiempo, un provecho para sí o incluso obteniendo un perjuicio.” Más de siete millones de españoles votaron al partido que durante cuatro años nos sometió a casi todos a brutales recortes en derechos y libertades creando las condiciones para que el 29% viva en la pobreza. Excluyendo a aquellos que podrían derivar algún beneficio si el Partido Popular volviera al gobierno, ¿por qué le votaron los demás? Hemos pasado muchos días buscando una explicación. Dice Cipolla: “En realidad no existe tal explicación –o mejor dicho- solo hay una explicación: la persona en cuestión es estúpida”. La persona en cuestión en este caso es la mayoría de los que votaron.

Más de cinco millones de españoles votaron a un partido cuyos principios e intenciones están perfectamente definidos por su líder en vídeos que se encuentran al alcance de la inmensa mayoría en YouTube. En estos vídeos, Pablo Iglesias explica una y otra vez, detalladamente, por qué admira al régimen bolivariano de Venezuela, por qué cree que debe importarse a España y por qué y cómo lo piensa implantar aquí si llega al gobierno. Ese régimen, por corrupción e ineptitud, ha destruido uno de los países más ricos de América. El gobierno culpa del desastre total, con escasez de alimentos, cortes de luz, caos laboral, inseguridad y corrupción rampantes, al imperialismo de los Estados Unidos inventando delirantes golpes de estado que nunca se llegan a producir, pero que le sirven para encarcelar a la oposición. Pues bien, aunque los simpatizantes de Podemos pueden escuchar por boca de su líder su profunda admiración por el régimen revolucionario venezolano y su intención de emular a otros regímenes revolucionarios de Latinoamérica, culpan de los vídeos no a quien los grabó y en ellos dice lo que dice, si no a la ultra derecha por divulgarlos. Exceptuando a quienes esperan beneficios de un gobierno de Podemos, ya dice Cipolla por qué le votaron los demás.

Desde el día después de las elecciones los comentaristas empezaron a opinar sobre la situación del país en lenguaje de trileros. A la derecha, el PP. A la izquierda, Podemos. ¿Y el PSOE? Haciendo el ridículo en sus esfuerzos por hacerse un lugar. No quiso pactar con el PP, como si la indecencia fuera óbice para formar gobierno en un país que sufre septicemia moral. No quiso dejar que Podemos se le metiera en el gobierno para controlar instituciones y servicios estratégicos siguiendo el ejemplo de los revolucionarios que llegaron al gobierno por las urnas y acabaron controlando haciendas y conciencias. El PSOE no quiso aceptar la revolución y el próximo 26J se va a quedar en la cola viendo cómo la revolución nos sorpasa a todos. Los auténticos revolucionarios de izquierdas de su partido van a mandar a Sánchez a su casa, de donde nunca debió salir. A lo mejor Iglesias se apiada de ellos y les permite al menos salvar los muebles como ha hecho con el pobre Garzón.

Dicen las encuestas que así será si Iglesias consigue recoger todos los votos sueltos del país. Si no lo consigue, dicen las encuestas que todos volveremos a sufrir las consecuencias de otros cuatro años de gobierno popular que comenzarán de inmediato con los recortes que ya le ha exigido Bruselas. ¿Y qué dice Cipolla? Dice que “…en un país en decadencia… se observa, sobre todo, entre los individuos que están en el poder, una alarmante proliferación de malvados con un elevado porcentaje de estupidez…y entre los que no están en el poder, un igualmente alarmante crecimiento del número de los incautos… Tal cambio en la composición de la población… refuerza, inevitablemente, el poder destructivo de los estúpidos y conduce al país a la ruina”.

Y el PSOE, ¿qué dice? Nos quedan dos meses a los socialdemócratas de este país para conseguir que los españoles seamos capaces de pasar de largo por delante de las mesas de los trileros; dos meses para que seamos capaces de demostrar a nuestras familias y a nosotros mismos que entendemos el valor y las consecuencias de nuestro voto; dos meses para enmendar las terribles conclusiones de las leyes de Cipolla. Puede que seamos incautos, puede que seamos estúpidos, pero también puede que el 27J podamos enorgullecernos de no ser ni irresponsables ni insolidarios.

Eliminar a Pedro Sánchez

Hay una operación pensada y diseñada para eliminar del panorama político español al peligro que supone el PSOE y su secretario general. Suena paranoico, lo que no significa necesariamente que sea fruto de  una imaginación extraviada. Veamos.

Un programa de gran audiencia dedica casi todo el tiempo de una tertulia a desmenuzar el fracaso de Pedro Sánchez en su intento por formar gobierno. El desmenuzamiento pasa por destacar  que en su propio partido no le quieren  y argumentar la afirmación tirando de cuanta palabra o gesto de personaje socialista sirva para demostrarla.  Valga de ejemplo, por ser el más notorio, el mil veces anunciado y minuciosamente analizado divorcio entre Pedro Sánchez y Susana Díaz. Las supuestamente tumultuosas relaciones de la pareja  han ocupado tanto tiempo y espacio en la prensa que no ha habido hueco para informar al personal sobre las medidas que Pedro Sánchez se propone tomar si accede al gobierno.

Fue Pedro Sánchez a Sevilla y expuso y explicó sus propuestas en un acto ante militantes y simpatizantes de su partido. ¿Qué contó la prensa? Que Pedro Sánchez fue a Sevilla y coincidió con Susana Díaz y en vez de dos besos se dieron uno solo y en la comida no se sentaron juntos. Se dirá que no se puede  censurar a los periodistas  por elegir,  entre la ingente cantidad de material que produjo la campaña de Pedro Sánchez en Andalucía, una anécdota tan impactante y reveladora. Los periodistas, como los artistas, se deben al público, y al público le atraen los contenidos de  Sálvame, Gran Hermano y otros programas por el estilo, muchísimo más que un programa de gobierno. Es lo que hay. Si alguien deduce de la noticia que la rivalidad entre Susana Díaz y Pedro Sánchez va a destruir un partido más que centenario,  como la rivalidad entre Julio César y  Cleopatra destruyó a Egipto, es que es idiota. ¿Y si millones perciben que el partido está en las últimas por conflictos internos, son idiotas también? Calibrar la idiotez del público no es función de la prensa; eso le corresponde a los diversos especialistas en propaganda.

Pedro Sánchez aceptó el encargo del rey para formar gobierno. De pronto el político ninguneado por la prensa salió de la sombra y se puso en primera línea a la fuerza, demostrando un valor que este país machista asocia a los atributos masculinos  poniéndoselos de corona de laurel a quien demuestra tenerlos, metafóricamente, más grandes y bien puestos, y honrándole como a un héroe. Los medios ya no le podían ignorar sin ponerse en evidencia. ¿Qué decir? Hace siglos que los sofistas enseñaron cómo defender una premisa y su contraria. Algo haría mal Pedro Sánchez que les permitiera cargar las tintas para desinflarle.

Y vaya si lo hizo; llegó a un acuerdo con Ciudadanos. Constaba dicho acuerdo de sesenta y seis páginas con doscientas medidas sobre política social que intentaban reparar los desastres más trágicos causados en este país por los cuatro años de gobierno del Partido Popular. ¿Informaron los periodistas algo sobre estas medidas? ¿Las comentaron? Imposible. Estaban en las hemerotecas, audiotecas y videotecas buscando todas las frases de Sánchez contra Rivera y de Rivera contra Sánchez que se hubieran registrado, para demostrar  que un acuerdo entre tan acérrimos enemigos no podía ser otra cosa que un apaño hipócrita para hacerse con el poder. Estaban redactando artículos para demostrar que Pedro Sánchez y el PSOE se habían desplazado a la derecha dejando a la izquierda bajo la custodia exclusiva de Pablo Iglesias y Podemos.  Estaban componiendo fotos, vídeos y cortes de voz para exhibir todos los gazapos y flaquezas que fueran desinflando ante el público los atributos que el público le había atribuido a Pedro Sánchez. ¿Qué tiempo iban a tener para valorar objetivamente lo sustancial del acuerdo que había requerido horas de trabajo de las comisiones negociadoras de los dos partidos? Cuando Pablo Iglesias descendió sobre el escenario como Deus ex machina, ya ningún periodista tuvo tiempo para fijarse en otra cosa que sus gestos, su voz, su cuerpo, su ropa. Pablo Iglesias es a la prensa de este país lo que Justin Beaver al mundo adolescente planetario.

Pedro Sánchez fracasó en su intento de formar gobierno, como aritméticamente no podía ser de otra manera. La prensa ignoró todo el valor de su intento para destacar el fracaso mostrando, incluso, su enfado por haber tardado tanto en fracasar; enfado que, por supuesto, atribuyó a todos los españoles. Sobre tan rotundo, monumental, histórico fracaso se ha dicho y se ha escrito de todo y nada bueno. Aceptar el encargo del rey fue un fraude a las instituciones. Intento circense. Ópera bufa. Vodevil. El futuro de Sánchez es negro, negrísimo. Susana Díaz acecha para obligarle a dimitir si saca un diputado menos de noventa. Cuando Sánchez despertó de su sueño, lo primero que hizo fue pedir perdón a Mariano Rajoy por haberle llamado indecente.

Esto último tuvo tal impacto que la noticia se estuvo repitiendo en los informativos de diversos medios durante todo un día. Pedro Sánchez, en medio de una entrevista y en respuesta a una pregunta, aceptó haberse equivocado en la elección del término.  No es lo mismo que pedir perdón, pero sirve para lo  mismo; demostrar que Pedro Sánchez escora a la derecha preparándose para pactar con Mariano Rajoy cuando el PP vuelva a ganar las elecciones. Al pedir disculpas, Pedro Sánchez declara tácitamente que ya no le parecen indecentes ni Mariano Rajoy ni su partido ni su gobierno, lo que revela que está dispuesto a incorporarse a la Gran Coalición. ¿Es esto cierto? No. Lo que sí es cierto e indiscutible es que quien aconseja a Pedro Sánchez que pacte con el PP porque lo importante es que haya gobierno, declara que la decencia no le parece necesaria para gobernar y que este país puede tener gobernantes y sufrir políticas indecentes porque no se merece nada mejor.

¿Qué sería lo mejor? Desde luego, no una ristra de partidos, mareas, movimientos, organizaciones y lo que aparezca, más Izquierda Unida. Una coalición así no sería una coalición aunque se disfrazará con una sola sigla. Eso lo sabe la gente por menos que sepa. Eso lo sabe la prensa por más que intente presentar al potipoti mezclado con cemento virtual para construir un sólido bloque de izquierdas. Al frente del galimatías, Pablo Iglesias, el hombre que ha patinado por todos los colores del espectro político diciendo que lo de  izquierdas y derechas es cosa de trileros, levanta el vasito para hacer su aparición como el líder supremo de la única izquierda de España. ¿Y qué dice la prensa? Que sí, que es verdad, que los polos en este país se llaman Iglesias y Rajoy. ¿Y Pedro Sánchez? Iglesias, magnánimo, dice que tiende su mano para que Sánchez pacte con su ínclita persona cuando los ciudadanos le otorguen el poder.  ¿Cuándo? En estas elecciones, no, por supuesto. La mayoría de este país no está por la aventura de votar para verlas venir.

Podemos nunca ha sido un verdadero peligro por más vagones que le agreguen al carro. Iglesias puede atraer audiencia como un artista a un concierto, pero a la hora de votar, la mayoría no está dispuesta a jugarse su futuro. El peligro es Pedro Sánchez. Es el PSOE el que, aún sacando el peor resultado de su historia, no bajó en las pasadas elecciones del segundo lugar. Es el PSOE el que sacó noventa diputados a pesar de la brutal campaña que el PP y la prensa hicieron contra su candidato, campaña que en algunos casos llegó a embarrarse con la difamación. No pudiendo encontrar contra Pedro Sánchez nada que le implicara personalmente en algo sucio, PP, prensa y operadores de redes, voluntarios y pagados, se han enfrascado en culpar a Sánchez de la existencia de Felipe González y de la existencia de José Luis Rodríguez Zapatero.

Muy bien, hasta aquí parece claro que alguna intención hay en eliminar a Pedro Sánchez del panorama. Pero no se puede demostrar un crimen sin móvil ni descubrir al criminal sin preguntarse a quién beneficia la muerte de la víctima.

En este caso, eso es lo más fácil. No es ningún secreto que el neoliberalismo mundial intenta acabar con la socialdemocracia por ser la única ideología que pretende frenar las ambiciones del capital. En España, la franquicia del neoliberalismo se llama PP; la de la socialdemocracia, PSOE. Mariano Rajoy y el PP han comprendido, desde hace muchos años, que la única manera de evitar que el PSOE gane una elecciones es inoculando el desencanto entre sus votantes para que, o bien cambien el voto, o dejen de votar.  El PP lleva gastados millones del erario público en un gigantesco aparato de propaganda cuyo objetivo es eliminar toda amenaza real que les impida hacerse con el poder.

La prensa que cumple las directrices de los que mandan lo tiene claro y fácil. Se trata simplemente de convencer a los votantes de que todos los partidos son iguales, y de no caer en ningún debate serio sobre las políticas que necesitan desesperadamente los ciudadanos de este país. Si entre todos consiguen que gane la abstención, nadie podrá culpar a nadie del desastre económico y moral que se abatirá sobre la mayoría.

Veo un enorme titular que ocupa casi toda la portada de un diario nacional: “El PSOE teme una alta abstención que haga subir al PP”.   Ya puede temer. Hasta el 26 de junio, salvo honrosas excepciones, todos los medios del país pondrán su granito de arena para eliminar a Pedro Sánchez y mandar al PSOE a la cola. Si la mayoría cae en la trampa y se abstiene, millones irán a la cola del paro, del comedor de caridad. Es lo que hay.

La España encanallada

Publicado en Publicoscopia el 24de abril de 2016

 

Alguien dijo que, políticamente, España se ha vuelto Italia, pero sin italianos. El símil nos compara a un país en el que la atomización del voto forma parlamentos multicolores y gobiernos de corta duración, y cuyas instituciones funcionan a pesar de la inestabilidad y de una corrupción sistémica.

 

España no se ha vuelto ni puede volverse Italia por muchísimos motivos, pero aceptemos que se ha vuelto italiana en cuanto a inestabilidad política y corrupción. Habrá catetos -condición que se da en todos los estamentos y niveles de educación- que lo consideren un honor porque Italia, a pesar de todos los pesares, ha sido siempre uno de los países más importantes de Europa. Pero se da el caso de que la semejanza que encontramos a nuestro país con el de los italianos no alude a cualidades positivas; alude al encanallamiento.

La sociedad italiana, sintiéndose incapaz de luchar contra políticos corruptos instalados en un mundo aparte al de los ciudadanos anónimos, decidió encogerse de hombros y dejarles hacer. De la sociedad surgieron soluciones imaginativas para paliar las necesidades básicas de los ciudadanos de las que no se ocupaba el estado; la mafia, la camorra. La sociedad aprendió y se acostumbró a depender de canallas y los que pudieron, se encanallaron. Rotas las barreras morales, predominó sobre toda otra consideración el sentido práctico grabado en sus genes romanos. Ya que no se podía esperar que la solución a los problemas de los ciudadanos viniese de los políticos, de solucionarlos se encargaron las familias.

¿Semejanza con la España de hoy? Sin duda. Cuando un juez imputa al partido de gobierno afirmando que actuaba como organización mafiosa, solo se escandalizan unas cuantas voces. La mayoría, calla. El PP puede robar todo lo que quiera, pero sigue siendo el partido con mayor número de afiliados, 865,000 entre militantes y simpatizantes, dicen. El PP sigue siendo el partido más votado; más de 7.000.000 de votos. Las razones para tal seguimiento son múltiples, pero la que menos se menciona es la que más nos asemeja a la tendencia italiana. En tiempo de crisis, las soluciones solo pueden venir de la familia.

Una gran cantidad de españoles se afilia a la gran familia Popular creyendo que el parentesco les facilitará el acceso a algún tipo de ayuda. La pertenencia a la familia en el poder produce también efectos psicológicos; la autoestima del pobre se viene arriba solo por sentir que pertenece a la familia en el poder. ¿Les sirve de algo? A la mayoría, no, pero siguen siguiendo al PP como aquellos primeros cristianos seguían a Pedro porque decían que la sombra de su cuerpo tenía propiedades curativas; y los desesperados necesitan, al menos, algo en qué creer.

El gobierno del PP, el más vil que ha conocido España porque hoy prensa y redes no permiten ocultar la inmundicia bajo los sobrios trajes de los dirigentes, ha envilecido a la sociedad. La pobreza envilece, y la ineptitud y la falta de conciencia social del gobierno han producido millones de pobres. La falta de conciencia social envilece, y el ejemplo del gobierno ha dado una coartada a quienes solo se preocupan por el estado de sus propias barrigas. El gobierno, los gobiernos del Partido Popular, desde la presidencia del estado hasta los ayuntamientos, pasando por el Parlamento y las diputaciones e instituciones regionales análogas, han encanallado el país.

A una dirigente política todopoderosa se la investiga por corrupción, y el gobierno la nombra senadora. A un ministro se le descubren intentos de evadir impuestos, dimite, y sus compañeros de partido le montan una despedida amorosa en la que se elogian sus cualidades y se agradecen sus servicios. Al Ministro de Hacienda le preguntan por el bloqueo político que sufre España, y se parte de risa. Durante toda la legislatura, los escaños de la derecha del Parlamento se han visto sacudidos por las risotadas de los diputados del Partido Popular. ¿De qué se reían? De los esfuerzos inútiles de la oposición por conseguir que humanizaran las leyes que nos afectaban a todos; botón de muestra, las risas que provocó el “que se jodan” que el entusiasmo arrancó a una diputada mientras se anunciaba el recorte a la prestación por desempleo. ¿Qué concluye el ciudadano medio, conscientemente o a nivel subliminal? Que es la canallada lo que en este país percibe las mayores recompensas; que son los canallas los que ríen más y mejor.

No se puede decir que el presidente del gobierno haya hecho grandes esfuerzos por limpiar su imagen y la de su partido. Se ha limitado y se sigue limitando a repetir un argumentario plagado de falsedades y mentiras, modelo del más descarado cinismo. El estratega Rajoy sabe muy bien que el ejemplo convence con más fuerza que cualquier argumento. Puede que al principio le inquietara la cantidad y magnitud de los casos de corrupción que afectaban a su partido, pero seguramente tardó poco en tranquilizarse. Tal vez no sería del todo contraproducente que la gente se enterara de la conducta habitual de ricos poderosos, valga la redundancia. Así como la mayoría sucumbe a la tiranía de la moda llevando lo que se lleva, sucumbirá a la inmoralidad rampante si se convence de que es la conducta que se lleva en los estamentos superiores. Y si la prensa ventila que la corrupción afecta a varios miembros de una misma familia, mejor. El padre o madre corruptos enseña a sus hijos a corromperse, facilita que se corrompan y hasta les asocian a su corrupción. ¿Cómo van a querer unos padres algo malo para sus hijos? Del rey abajo, todos los padres aspiran a dar a sus hijos el ejemplo que consideran más conveniente para triunfar en la vida.

Así pues, mientras más se convenza la mayoría de que la mayoría de los políticos triunfadores son canallas, más intentará encanallarse, y mientras más encanallada se encuentre la sociedad, menos cuentas pedirá a los canallas que la gobiernan.

Por más que escandalice, el razonamiento es de una lógica aplastante y explica la indolencia de Rajoy y su habilidad como estratega. El 20 de diciembre la mayoría volvió a votar por su partido. ¿A alguien puede extrañar que en estos momentos dramáticos Rajoy se limite a esperar a las próximas elecciones sin inmutarse? Rajoy sabe que la mayoría, encanallada, le volverá a votar. Y las encuestas le dan la razón.

Además del ejemplo y el argumentario, el Partido Popular goza de la ayuda impagable de la prensa.

He aquí que Rajoy declina el encargo del rey para formar gobierno y se va a su casa a esperar, con la bienaventuranza de un bendito, a que se estrellen los demás. Y he aquí que el encargo lo acepta un hombre que no puede ganar. Pedro Sánchez Pérez-Castejón, candidato del Partido Socialista asume la responsabilidad de intentar formar gobierno. Antes de que le dé tiempo a empezar, Pablo Iglesias anuncia que su colaboración depende de que Sánchez le deje tocar poder y se pliegue a sus exigencias. De ahí en adelante, Iglesias y los suyos se dedicarán a criticar y ridiculizar los intentos de Sánchez con la evidente intención de que fracase para cobrar los réditos en votos. A Sánchez no le queda otro remedio que pactar con el partido que se confiesa con estructura de ameba, es decir, dispuesto a tomar la forma de donde mejor le pongan. Sánchez logra un acuerdo con Ciudadanos aún sabiendo que le lloverán de todas partes las críticas de aquellos que quieren atribuir a Ribera una sólida ideología de derechas. Sánchez se somete a un debate de investidura sabiendo que, diga lo que diga, no serán sus propuestas lo que se tome en cuenta, sino el hecho de no reunir apoyos suficientes. Sánchez sigue insistiendo, buscando el acuerdo imprescindible con Podemos. Pero a Podemos tampoco le interesan las medidas que Sánchez propone para enfrentarse de inmediato a los problemas de los ciudadanos de este país. Todos los trabajos y los esfuerzos del líder socialista se estrellan contra la muralla de los otros líderes cuya prioridad no es facilitar un gobierno que quite al Partido Popular el poder de hacer daño a la ciudadanía durante cuatro años más. Pablo Iglesias y Albert Rivera no tienen más prioridad que la de arrancar votos al PSOE para crecer a su costa.

La prensa refleja, de un modo u otro, la realidad de un país. Tiene que hacerlo. La prensa en España, con casi unanimidad, destaca que el único que ha fracasado en todo este juego de sillones ha sido Pedro Sánchez Pérez-Castejón. Sánchez ha perdido, y nada valen ni las intenciones ni los trabajos ni los esfuerzos de un perdedor. Porque en un país encanallado solo vale triunfar, y solo se triunfa emulando a los canallas.