El PSOE roto. Populismo versus socialismo

Tras el debate de ayer, algunos comentaristas de prensa escrita y hablada han llegado a la conclusión de que el PSOE está dividido. Me hago cruces. Hay que ser lento, por Dios. El PSOE empezó a dar síntomas de división allá por diciembre de 2015, si no un poco antes, y esta humilde analista así lo entendió y escribió por aquellas fechas, y lo siguió escribiendo durante meses, y no lo ha dejado de escribir hasta hoy. La grieta empezaron a abrirla a golpe de martillo los ínclitos barones que se dedicaron a hacer una campaña paralela a la de Pedro Sánchez, su Secretario General, sugiriendo que Pedro Sánchez no era el candidato adecuado para que el PSOE disputara la presidencia del gobierno a Mariano Rajoy.

Sorprendía entonces a cualquier observador imparcial que los más aparatosos miembros del aparato del partido atacaran a su propio candidato. Cada vez que Fernández Vara, por ejemplo, se veía frente a una alcachofa, las dudas que vertía sobre la idoneidad de Pedro Sánchez conseguían más votos para el Partido Popular que los discursos para tontos de Mariano Rajoy. Pedro Sánchez se desayunaba cada día, en plena campaña electoral, con las líneas rojas y los consejos no solicitados que los aristócratas del PSOE le enviaban a través de los medios; aristócratas que se consideraban superiores al Secretario General y a los militantes que le habían elegido, y capacitados, por lo tanto, para enmendarle la plana a todo dios.  La guinda la puso más tarde, en las segundas elecciones, el mítico Felipe González, padre del PSOE, padre de todos los socialistas de este país. El padre todopoderoso empezó a sugerir en entrevistas y artículos que Pedro Sánchez no sabía por dónde iba ni adónde ir, y que por eso su divina majestad se veía obligado a descender al mundo de los mortales para indicar a Sánchez el camino correcto. Pero Sánchez tenía el corazón más duro que el del Faraón. Seguía a la suya. Felipe González decidió entonces obligarle por las malas a volver al camino de la fe verdadera, y si eso no era posible, conseguir al menos que el heresiarca no hiciera prosélitos. Felipe González firmó un artículo demoledor contra Pedro Sánchez y reveló a los medios que Pedro Sánchez le había engañado en una conversación privada.

Sorprendente, sin duda. Pero la mayor sorpresa se produjo la noche electoral y en los días siguientes cuando los aristócratas empezaron a subrayar con mina de plomo, en todos los medios, que el candidato de su partido había sacado los peores resultados de toda la historia del PSOE. No sorprendía tanto el hecho de que la élite del partido se echara basura encima. Lo más sorprendente de todo el asunto era el grado extremo de cinismo que esos notables eran capaces de exhibir. Después de su brutal contra campaña para que a nadie le cupiera duda de que el PSOE tenía un problema interno tan serio que difícilmente podría ocuparse de los problemas del país, ¿cómo se atrevían a  decir a la gente que Pedro Sánchez tenía la culpa de que el PSOE hubiera sacado los peores resultados de su historia? Sólo si tenían la certeza de que la gente es tan estúpida y desmemoriada como la calificó en sus diarios Joseph Goebbels, Ministro de Propaganda del Partido Nacional Socialista; en corto, Nazi.

Muy convencidos tenían que estar de que aquel genio de la propaganda tenía razón, porque desde los resultados de las elecciones de 2015, felizmente corroborados por las de junio de 2016, hasta el debate de ayer, los autoproclamados titanes del PSOE no han dejado de repetir ni un momento, como carracas de Viernes Santo, que Pedro Sánchez perdió las elecciones obteniendo el peor resultado de la historia del PSOE.

Y con la carraca fue Susana Díaz, portavoz de la élite, al debate de ayer en Ferraz. Como si el mismo espíritu de Goebbles la conminara a a repetir, “Repite, repite, repite, que así le entra a los tontos y no se van a preguntar nada más”, Susana Díaz repitió y repitió y repitió que Sánchez había sacado solo 85 diputados, el peor resultado en toda la historia del PSOE.

También Pedro Sánchez repitió como defensa que una vez desalojado de la Secretaría General, el PSOE utilizó esos diputados para abstenerse y permitir el gobierno del partido más corrupto que ha tenido España y, por supuesto, el resto del primer mundo.

A lo que Susana Díaz respondía diciendo que no se podía hacer otra cosa con los 85 diputados que había sacado Sánchez, el peor resultado de la historia del PSOE.

Todo lo que se dijo ayer en el debate se resumió en los medios con esas dos ideas fuerza. “Tú perdiste, cariño”; “La abstención no se puede justificar”. Y en  medio de los dos contendientes, Patxi López exhibiendo racionalidad y clamando por la paz. López, por lo visto,  no se ha enterado de que el PSOE hace tiempo que lo dividieron, probablemente por la mitad, y que hace falta mucho más que las buenas intenciones de un chico bueno para pegar los dos trozos.

Hoy Susana llevará su carraca a otra parte. Crecida por los elogios de los suyos, volverá a gemir y a gritar repitiendo lo que sus seguidores quieren oír: “100% PSOE; amo al PSOE; me dejaré la piel por el PSOE; yo gané, el otro perdió; yo siempre gano”. “Muy bien, Susana” dice el espíritu de Goebbles. “Al pueblo hay que darle lo que quiere oír y nada más. El pueblo es ignorante. No obligues a los tontos a pensar y te lo agradecerán”

Los titanes que derrocaron al Secretario General –por cierto, la palabra derrocar la utilizó Javier Fernández, presidente de la omnipotente Gestora- tienen las ideas muy claras; unos motivos racionalmente explicables. Alguien les convenció de que la única salida airosa que hoy tiene la socialdemocracia es unirse a la derecha, someterse al neoliberalismo triunfante, bien permitiendo sus gobiernos o bien entrando en coalición con ellos para tocar poder. Pero a la plebe no se le puede decir la verdad. A la plebe hay que decirle lo que la plebe quiere escuchar, es decir, que en vez de argumentos racionales, lo que hoy tiene la mayor posibilidad de convencer es el discurso populista; véanse los millones de votantes de Marine Le Pen y de Pablo Iglesias. No importa si ese discurso va de izquierdas o de derechas, de nacionalismo a lo grande o a lo más local. Lo que importa es que agite las glándulas, que emocione. Y para conseguirlo hace falta que el discurso sea lo más rastrero posible y que quien lo pronuncia tenga ciertas cualidades histriónicas.

El PSOE está dividido y quien lo niegue o es tonto o miente. La división es irreparable por más Patxis o terceras figuras que se ofrezcan a echar cemento. El PSOE está dividido entre dos extremos irreconciliables. En una esquina los que defienden un concepto de partido estructurado para administrar el poder, desde el gobierno o desde la oposición, con el fin de mantener a la familia del partido unida y en paz. En otra esquina, quienes se empeñan en luchar por una ideología, por unos valores, por una regeneración moral del partido con el fin de regenerar un país destrozado por la corrupción y la pérdida de derechos y libertades.

Dicen los titanes que esa segunda opción es anticuada. Tal vez tengan razón. Tal vez el primer mundo ya ha asimilado la doctrina del sálvese quien pueda como pueda y ya no interese nada más. Pero aún quedan muchos que no aceptan que la vida necesite el paliativo de la resignación hasta que llegue el último momento. ¿Muchos? ¿Cuántos? El PSOE lo sabrá el 22 de mayo. ¿Cuántos leerán hasta entonces las 54 páginas del programa de Pedro Sánchez? ¿Cuántos se conformarán con vibrar según las vibraciones de la voz de Susana Díaz? El 22 se verá. ¿Y si gana Pedro Sánchez y el PSOE se parte en dos? ¿Y si se parte en dos el PSOE porque gana Susana Díaz? Qué pesadez. El PSOE ya está partido en dos. Igual de claro está que tanto si ganan los populistas como si ganan los socialistas, uno de los dos bandos tendrá que abandonar el partido, a menos que los perdedores renuncien a sus convicciones para apuntarse al bando ganador.

 

 

Anuncios

Tragar sapos

Al grano.

Los militantes, simpatizantes y votantes del PSOE han estado tragando sapos desde la campaña electoral de 2015. Cada declaración, cada entrevista, cada manifiesto que en aquellos momentos salía de próceres del PSOE contra el candidato de su propio partido era un sapo que se tenía que tragar el ciudadano socialista viendo con estupor e impotencia cómo las perspectivas de voto disminuían a medida que arreciaban las declaraciones contra Pedro Sánchez. Esas declaraciones, ventiladas por todos los medios, sembraron dudas, confusión entre la gente de izquierdas. ¿Y cómo no? Si personajes tan sonoros del partido socialista dudaban en público de su propio candidato, aún a costa de hundir a su propio partido, debía haber razones de mucho peso contra Sánchez, de tanto peso que la élite del PSOE consideraba preferible que el partido se hundiera en las urnas antes de que un hombre tan nefasto llegara al poder.  ¿Es posible?, se preguntaba el ciudadano que acostumbra a preguntarse el contenido y los ingredientes de lo que le echan para deglutir, ¿es posible que algo tan grave como el hundimiento de un partido centenario responda simplemente a un asunto de animadversión personal? Cuesta creer que el presidente de una comunidad autónoma como Fernández Vara, por poner un ejemplo, o la mismísima encarnación histórica del PSOE como Felipe González, por poner otro, decidieran poner en grave peligro al partido sólo porque su Secretario General no les hacía caso. Son legión los que aún se preguntan: ¿es posible que personajes de ese calibre sean tan estúpidos como para ponerse zancadillas a sí mismos?

La confusión consiguió que muchos votantes socialistas se abstuvieran y que otros votaran por un partido de ideología semejante que no presentaba tan alarmantes signos de división. Los sapos se les atragantaron. Pero a pesar de todo, cinco millones de socialistas votaron por el PSOE de Pedro Sánchez consiguiendo mantenerle como jefe de la oposición. La cifra indicaba la fortaleza de un partido y de un candidato capaces de resistir el insólito y brutal ataque de los suyos. Pero, bien manipulado y ventilado el asunto, también podía exhibirse como el fracaso de Sánchez y el triunfo de los que habían prevenido a los votantes en su contra. Los críticos anti Sánchez se centraron en un solo argumento para seguir criticándole y exigiendo su dimisión: había conseguido los peores resultados de la historia del PSOE. Que esto no fuera del todo cierto, que fuera, en realidad, una falacia, no importaría a nadie. Lo único que importaba a los críticos era que los cinco millones de fieles se tragaran el sapo aceptando que, con la dimisión de Sánchez, el PSOE recuperaría todo su esplendor.

Pero Sánchez se negó a dimitir. Mostrando una valentía, una firmeza y un aguante extraordinarios, Sánchez manifestó su voluntad de continuar siendo el Secretario General del partido y de cumplir sus promesas electorales como jefe de la oposición. Los críticos intentaron minarle criticándole cada vez más en los medios. Las cualidades que hacían de Sánchez un líder sólido y creíble se ventilaron como pura obstinación en conservar el poder. Pero Sánchez resistía la avalancha con la cabeza afuera. ¿Qué hacer? Si se hubiera tratado de un asunto puramente personal, los críticos, sin otra alternativa, habrían esperado a que el díscolo y antipático personaje se quemara, friccionado a la derecha por el PP, y a la izquierda por Podemos. Pero había algo más, algo mucho más serio. Algo tan serio, que el 28 de septiembre los críticos consiguen que diecisiete miembros de la Ejecutiva dimitan para forzar la dimisión del Secretario General. El número no alcanza y la desfachatez de sumarse a los ausentes no cuela. Pedro Sánchez no dimite. Lo que hace es convocar al Comité Federal para proponer la celebración de un Congreso que permita a los militantes decidir lo que quieren hacer con el partido.

En dos días, los críticos deciden aprovechar el Comité Federal para lanzarse a por todas. Lanzarse a por todas significaba poner al PSOE en la picota: ventilar sus conflictos internos exponiéndole al escarnio público; ahondar su descrédito a sabiendas de que el partido resultante del cataclismo podía tardar décadas en recuperar su prestigio, su credibilidad y su peso social. ¿Estarían dispuestos los militantes a tragarse tan gigantesco sapo? Puede que ni siquiera se hiciesen esa pregunta. Ya no importaba quién ni cuántos estarían dispuestos a tragar. En ese Comité Federal se reveló finalmente la causa que animaba la histeria de los críticos. El PSOE tenía que abstenerse para permitir el gobierno del PP aún a costa de su propia supervivencia. Pedro Sánchez se negaba sin atender a otro argumento que no fuera cumplir con su promesa electoral de oponerse al gobierno de la derecha. Luego había que sacar a Pedro Sánchez de en medio costara lo que costara, aunque costara hundir al PSOE en la ignominia.

Y el Comité Federal consiguió que Sánchez dimitiera. Los militantes se encontraron de pronto con otro sapo que tragar: la Gestora. Entrando a saco, con la proverbial prepotencia de Alfonso Guerra, la Gestora empezó a apretar todo tornillo suelto para asegurarse la sumisión de todos los cargos del partido, encomendando a los cargos que atornillaran a los inferiores. A los militantes no les quedó otra que tragarse el sapo.

La Gestora, apoyada por los críticos, obligó a los diputados del PSOE a abstenerse. Otra vez el diputado Pedro Sánchez demostró su dignidad y su integridad entregando el acta antes que hacerse cómplice de una decisión que despreciaba la voluntad de cinco millones de votantes. Once diputados tuvieron el valor de votar que no arrostrando cualquier consecuencia. Los militantes, atónitos, tuvieron que tragarse el sapo de la abstención. A partir de aquí, el PSOE podía descansar de tanto barullo, alcanzando pactos puntuales con el PP y acompañando con fanfarrias cualquier logro en políticas sociales arrancado al gobierno, dando por triunfos consumados lo que eran solo proposiciones de ley.  ¿Quién lo iba a cuestionar? Los militantes habían tragado ya tantos sapos, algunos colosales, que no venía de uno más.

La Gestora tardó todo lo que quiso en convocar las primarias para elegir un nuevo Secretario General. Por un lado, se había anunciado como candidato Patxi López, abstencionista leal al aparato que, por lo tanto,  no suponía ningún problema para los próceres.  Pero he aquí que, por otro, el incombustible Pedro Sánchez se lanzaba otra vez a la lid con un ejército de militantes fieles que iba engrosando de población en población por donde Sánchez pasaba.

Los próceres perdieron los nervios. Pedro Sánchez volvía a amenazar el compromiso del aparato socialista con los poderes neoliberales de España y Europa; el compromiso de dejar hacer para que les dejarán vivir.  Si Pedro Sánchez conseguía hacer imposible el gobierno de Rajoy, las consecuencias caerían sobre las cabezas de quienes no hubieran podido impedir su segundo ascenso al poder del PSOE.

La histeria hizo presa de los próceres, y los próceres empezaron a quedarse en cueros haciendo locuras. Lanzan a Susana Díaz como candidata, asistiendo al espectáculo de su presentación y exhibiendo el poder de su elegida con la presencia en el acto de casi todo el aparato del partido. Están seguros de que los militantes, ante tanto poderío, se tragarán el sapo sin chistar. Pero Pedro Sánchez sigue convocando a multitudes. Parece que la mayoría de militantes ya no tragan. De nada sirve que Susana Díaz vaya de ciudad en ciudad quejándose del amargo dolor que le causa la desunión en el partido desde el escándalo del 1 de octubre. Los militantes se niegan a tragar. No hay corto que no sepa que Susana Díaz participó, que no sepa cómo participó en la conjura que asestó al PSOE un golpe de muerte.  Susana Díaz lleva por doquier un mensaje de compañerismo, de unión que la mayoría de los militantes rechaza por ver en sus discursos otro sapo que les quieren hacer tragar. Y ya no tragan. No tragan la neutralidad de la Gestora ni sus esfuerzos por obstaculizar el voto de los militantes afines a Pedro Sánchez. No tragan la pureza de Patxi López, autoproclamado candidato de compromiso para evitar que el partido se rompa. El partido está roto desde el 1 de octubre y quien no lo acepta abiertamente está ofreciendo a la militancia otro sapo a tragar. Y ya no traga. No traga que la Gestora no haya tomado medida alguna contra Miguel Heredia, hombre de confianza de Susana Díaz, grabado mientras soltaba una barbaridad tras otra ante Juventudes del partido. Para ocultar las más gordas, se da la orden de destacar la única que, siendo desagradable, no tiene la trascendencia de las demás. Heredia llamó hijaputa a Margarita Robles. Echad esto a la plebe y acudirán al escándalo como las moscas a la mierda. Pero los militantes no tragaron. De las palabras de Heredia, lo que saltó fue la calumnia contra Pedro Sánchez atribuyéndole pactos ocultos y el recurso a la mentira poniendo por testigo a Ignacio Fernández Toxo. Susana Díaz reaccionó declarando no estar de acuerdo con las palabras de Heredia. La Gestora también le desautoriza, y ya está. Lo demás, que se lo traguen los militantes como se han tragado todos los sapos hasta hoy. Pero los militantes ya no tragan. La mayoría de los militantes exigen en las redes, a diario, la dimisión de Heredia. Nadie les hace caso, por supuesto. Un aparato que ignoró sin empacho la voluntad de cinco millones de votantes, ¿cómo va a tomar en cuenta las exigencias de unos cuantos miles de tuiteros y feisbuqueros?

Miles de militantes manifiestan a diario en las redes que ya no están dispuestos a tragar más sapos; que ya no tragan ni los discursos apaciguadores de Patxi López ni los lacrimógenos de Susana Díaz. Que no van a tragar ningún chanchullo perpetrado por los próceres, la Gestora, Susana Díaz o todos los Tronos y Potestades del mundo preternatural para evitar que Pedro Sánchez gane las primarias. Contra quienes esparcen miedo como en algunos pueblos se esparcía sal contra las brujas, diciendo que si gana Sánchez se divide el PSOE, la mayoría de los militantes gritan que ya no tragan, que quien no sepa a estas alturas que el partido se dividió el 1 de octubre y se acabó de dividir el día de la abstención, es que es tonto de remate.

Tontos de remate parecen los que no se han dado cuenta de que los tragasapos ya no tragan. ¿Que por sabe Dios qué medios gana López o Díaz las primarias contra todas las encuestas y predicciones fiables? Si eso ocurre, son miles los militantes que manifiestan su voluntad de abandonar el partido y cabe suponer que millones de votantes le dejarán de votar. Puede que los próceres lo consideren un sacrificio necesario para proteger a las grandes empresas, a la economía global. Pero, ¿tendrán las mismas miras tan internacionalmente elevadas quienes trabajan en el PSOE esperando la justa recompensa a sus desvelos? ¿Qué pasará cuando empiecen los personajes y personajillos a pelearse por un lugar en las listas conscientes de que pueden quedar solo diez o, con suerte, veinte actas de diputado para repartir? Multiplíquese el número de las víctimas políticas de la hecatombe por el número de cargos en ayuntamientos, diputaciones, comunidades autónomas que exigirán su parte de un pastel que ya no existe porque próceres, Gestora y seguidores tragasapos se lo han comido. Pasará entonces que el follón en el PSOE será más violento y sonoro que todos los que se han visto y oído hasta hoy. A lo que el militante que ya no traga sapos responde que ya verán lo que hacen.

Ni próceres ni Gestora ni afines pueden ya confiar en que los militantes sigan tragando por su amor al PSOE. Los militantes socialistas, rojos según Lambán, hoy están dispuestos a enjugarse las lágrimas, apretar los dientes y abandonar el partido porque PSOE desnaturalizado ya no es el de sus padres, ya no es el que podría encandilar a sus hijos. Pedro Sánchez les dice que el PSOE es de los militantes y los militantes responden que, si no llega a serlo, se convertirá en una olla de grillos irrelevante, como otros partidos socialistas europeos, porque la mayoría de los militantes y votantes ya no está dispuesta a tragar.

 

 

 

 

 

 

Los próceres pasaron olímpicamente de esos cinco millones de votantes.

 

El PSOE sigue y seguirá dividido entre una élite oficial que preconiza una socialdemocracia de centro, dispuesta a pactar o a coalicionar con la derecha, y la socialdemocracia de siempre, de izquierdas, es decir, socialista.

Los partidarios de la versión descafeinada que hoy detentan el poder al haberse adueñado del partido, copian a la derecha la estrategia de prevenir contra radicalismos rompedores llegando a utilizar lenguaje franquista. Quien se aleja de la ortodoxia oficial es rojo. Eso sí, denuestan a cualquiera que cuestione su socialismo, acusándole de incurrir en el insulto y provocar la desunión.

Los socialistas de toda la vida que no están dispuestos a ceder el partido para que lo transformen en cara amable de la derecha están dando la batalla desde afuera. Cada vez son más los militantes que hablan en las redes de un cisma inevitable. Cada vez son más los que se atreven a decir con claridad que quien quiera pertenecer a un PASOK o a un SPDA que lo funde, pero que no se apropie de las siglas del PSOE para llevarlo a engrosar el limbo de la socialdemocracia europea.

 

 

 

 

Candidatos de partido y un candidato de país

(Escribí estas líneas muy temprano en Facebook dentro de mi saludo habitual a los amigos y compañeros. Luego las pasé a Notas para poder compartirlas. Ahora la paso aquí porque, aunque no es un artículo, sino solo una nota espontánea, creo que conviene que se lea y aquí apela a más lectores).
Vale la pena leer este artículo de Inma Carretero en cadenaser.com sobre el hormiguero en que se ha convertido el PSOE tras el golpe que defenestró a Pedro Sánchez.
No se aprecia la más mínima deriva hacia el ex Secretario General; podría decirse que todo lo contrario. Lo que presenta, de principio a fin, es un partido ensimismado en la lucha de poder, con líderes enfrascados en evitar a toda costa que Pedro Sánchez vuelva a ser elegido por la militancia poniendo en peligro el futuro político de los que viven del partido.
Otra vez, ni una sola palabra sobre proyectos, sobre las propuestas de unos y otros para enfrentarse a la catástrofe social del país. Lo que importa a los medios no son las soluciones que el PSOE pueda aportar, sino la lucha interna que ha convertido el presente del partido en un culebrón.
Ante esto, los militantes y simpatizantes socialistas siguen con su lucha anónima utilizando las redes para divulgar los actos de Pedro Sánchez, sus propuestas, su proyecto.
Un hecho fundamental diferencia a Pedro Sánchez del otro candidato y de la candidata posible.
Susana Díaz montó un escándalo el 1 de octubre para eliminar al Secretario General sabiendo que la imagen del partido quedaría tocada de muerte ante la opinión pública. No le importó. Mantuvo a toda costa la estrategia de Montoro: que el país se hunda, ya lo levantaremos nosotros.
Patxi López obedeció a la Gestora y se abstuvo en el Congreso para permitir el gobierno del Partido Popular. Que ahora intente copiar el compromiso socialdemócrata de Pedro Sánchez, no cuela. Hoy gobierna en España un partido de derechas asistido por un PSOE cómplice de su política antisocial gracias a la abstención de Patxi López y de todos los hombres y mujeres que traicionaron los principios socialistas poniendo por encima de todo su condición de hombres y mujeres de partido.
Lo que el artículo no dice, tal vez porque no puede, es que los partidarios de Pedro Sánchez no quieren un PSOE ganador; no quieren un candidato con cultura de partido que anteponga el clientelismo a cualquier otra consideración. Quieren un Secretario General socialista que proponga a los españoles una alternativa al desempleo, al empleo precario, a la pobreza que ha arrastrado a la mayoría a un pasado de corrupción, de privilegios intocables para una minoría; a un país donde impera , por encima de todo y de todos, una lucha brutal por la supervivencia.
Leed el artículo. Hace un buen análisis; un análisis certero de un partido que daría pena si no fuera por el entusiasmo épico con que militantes y simpatizantes están luchando por defender los principios y valores socialistas que defiende Pedro Sánchez.
 

Ya hemos llegado

Pedro Sánchez arrasa entre los militantes, simpatizantes y votantes socialistas de tal manera, que ya los medios empiezan a mencionar su nombre por miedo a hacer un escandaloso ridículo en las próximas primarias del PSOE. Presentó su programa en un Círculo de Bellas Artes lleno hasta el techo que vibraba de fervor socialista,  ante quienes tuvieron que escucharlo en otra sala porque en el teatro no cabían y ante quienes le escucharon en la calle por el mismo motivo. La Cadena SER no se atrevió a ignorar el evento, pero tampoco a tratarlo con imparcialidad. Tomemos como ejemplo el tratamiento que del acto ofreció la emisora a sus oyentes, suponiendo que no deferirá mucho de otros medios que quieran presumir de imparciales.

Al día siguiente del acontecimiento en el Círculo de Bellas Artes, la SER ofrece, en el programa Hoy  por hoy,  corte de Pedro Sánchez en el que expone las claves fundamentales de su proyecto; crear una gran alianza de fuerzas progresistas que acabe con el neoliberalismo, y el reconocimiento de la plurinacionalidad de España. A este corte sigue uno de Patxi López diciendo que algunos han convertido el “No es No” en un proyecto; que el “No es No” no puede ser un proyecto y que el proyecto socialista tiene que ser el “Sí es Sí”.

Hay que ser más corto que un tubo de radio -como se decía en la época de las radios con tubos- para no ver la diferencia entre las manifestaciones de un candidato y el otro. Pedro Sánchez propone en pocas frases un proyecto que pretende transformar el país de acuerdo con los principios de la socialdemocracia. Patxi López suelta el discurso del político convencido del bajísimo nivel intelectual de quienes le escuchan, tan bajo que hay que explicarles que el “No es No” no es un proyecto, para, a renglón seguido, meterles en la mollera que el proyecto del PSOE tiene que ser el “Sí es Sí”. Confieso la precariedad de mis entendederas por no entender por qué el “No” no es proyecto y el “Sí”, sí lo es. La única razón que se me ocurre me lleva a imaginar que Patxi López termina diciendo in mentem: “Porque lo digo yo” o “Porque lo dice la Gestora” o “Porque lo dicen los que dicen a la Gestora lo que tiene que decir”.

Sin embargo, la SER manifiesta su equidistancia –término que ya todos entendemos con una acepción que la Real Academia aún se resiste a registrar. “Aquí tenéis las voces de los dos candidatos a la Secretaría General del PSOE. Igual tiempo, igual importancia, ningún comentario”. Tomando en cuenta que los cortes inician un tramo de análisis político, ¿no merecería un comentario, por somero que fuese, la abismal diferencia entre lo que un candidato y el otro entienden por proyecto? Considerando, además, la presunción de ignorancia que se otorga a la mayoría, ¿no sería una obra de misericordia enseñar al personal lo que la palabra proyecto significa? Porque la verdad es que hace mucho tiempo que muchos vivimos confundidos.

Resulta que Pedro Sánchez se pasó la campaña electoral de 2015 proponiendo y explicando su proyecto para el gobierno del país, proyecto contenido, además, en el programa del PSOE que podía leerse en Internet. Pedro Sánchez volvió a proponer y explicar su proyecto durante los días previos a las elecciones de junio de 2016. Pedro Sánchez siguió proponiendo y explicando su proyecto en las campañas a las autonómicas de Galicia y el País Vasco. Pedro Sánchez sigue proponiendo y explicando su proyecto en todos los actos que ha realizado por diversas ciudades de la geografía nacional, o sea España, desde que el Comité Federal del 1 de octubre le obligó a dimitir. Y resulta que después de tantas propuestas y explicaciones, hay políticos y comentaristas que siguen repitiendo que Pedro Sánchez no tiene proyecto.  O sea que, o los que creemos haber escuchado y leído el proyecto de Pedro Sánchez padecemos de alucinaciones, o los que nos dicen que tal proyecto no existe quieren convencernos de que alucinamos. Pero puede haber otra  explicación. En su afán por convencer al personal de que Pedro Sánchez no ofrece absolutamente nada digno de nuestra atención, es probable que quienes en tal cosa se afanan no tengan ni tiempo de, ni interés en procurar enterarse de nada de lo que Pedro Sánchez escribe o dice.

Por fin esta semana, demostrando una gran sagacidad, uno de los políticos del PSOE reconvertido por el interés de España en ayudante del PP, acepta públicamente que Pedro Sánchez ya tiene un proyecto y descubre que es rojo. ¡Cáspita! ¿Pero el PSOE no era rojo de toda la vida?  ¿Qué era entonces? Como dicen los comentaristas, el asunto no es baladí.

Lo de rojos fue un invento de los golpistas de Franco que tras dividir el país en dos bandos enfrentando a los españoles en una guerra civil, todavía tuvieron el humor de colorearlos. Los azules, color del cielo de los justos, llamaron rojos peyorativamente a quienes consideraban huestes del infierno. Todos sabemos lo que significó ser tildado de rojo tras la victoria de Franco ayudado por Hitler y Musolini: para unos, la muerte; para otros, la prisión; para otros, el exilio; para otros, arrastrar su miseria toda la vida en un país en el que se le cerraban todas las puertas porque en todas las casas se vivía con el temor de molestar a los victoriosos y omnipotentes azules.

También con temor, uno se pregunta, ¿dónde estamos?, ¿cuándo? Hay que estar muy desinformado y sin ganas algunas de enterarse de lo que pasa para no haberse dado cuenta de que en los últimos cinco años el gobierno del Partido Popular nos ha estado llevando a rastras por el túnel del tiempo hacia atrás. La corrupción, la impunidad de los corruptos, los intentos de manipular a la justicia, la imposición subrepticia de autocensura en los medios, la asfixia de los trabajadores con salarios de miseria y condiciones de trabajo rayando la esclavitud, la división del país entre una élite económica minúscula que acapara todos los privilegios y una mayoría que trabaja para sobrevivir, nos ha ido devolviendo a la época de la dictadura.  Y sale un preboste y llama rojo a quien pretende frenar la marcha atrás. Entonces, ¿es que ya hemos llegado a aquellos días en que, muerto el Caudillo, el Ministerio del Interior velaba  para evitar que España cayera en las garras satánicas de la democracia?  ¿Ya hemos vuelto a la época fratricida en que una victoriosa España azul llamaba rojos a quienes habían luchado y seguían luchando en la clandestinidad por una sociedad libre, justa, solidaria?

Pues sí, ya hemos llegado. Aunque uno pueda decir o escribir lo que piensa sin que le metan en la cárcel. Hay muchas formas de imponer la censura. El miedo a perder trabajo y sueldo suele ser uno de los modos más eficaces de controlar las lenguas; otro, el miedo a perder contactos; a enemistarse con los repartidores de cargos; a verse expulsado a los márgenes de la sociedad.

Ya hemos llegado. Las homilías y declaraciones de obispos contra la igualdad de hombres y mujeres y la satanización de la homosexualidad se airean en los medios sin que se aplique ninguna de las leyes vigentes para atajar la incitación al machismo y a la homofobia.

Ya hemos llegado. Aunque se permita a dos partidos nuevos hacer una oposición mucho más aparente que efectiva. Rivera e Iglesias no presentan más peligro que el de dos actores en una representación teatral. Ambos contribuyen a hacernos creer que vivimos en una democracia. Ambos pueden protestar cuanto quieran y se les agradece porque distraen al personal.

La realidad es que aquí mandan los azules; los del PP y los que llaman rojos a quienes se atreven a presentar un proyecto progresista y a quienes no nos resignamos a retroceder renunciando a nuestros derechos de ciudadanos libres. Ya hemos llegado a la pretransición. Ahora nos toca ganarnos el derecho a la democracia como se lo ganaron nuestros antecesores.