Encuestas (y gritos de terror)

Cada día, la prensa muestra y analiza el mismo cuadro: un país tenebroso en el que se revuelven  la corrupción, la violencia, la precariedad, la pobreza con sus tintes más oscuros. A quien no tiene ni encuentra forma de evadirse de este paisaje infernal, la vida se le convierte en un grito de desesperación. Pero hay  una mayoría que sí puede, aunque sea a trancas y barrancas. Para esos, la publicidad diseña anuncios de la moda en grandes almacenes,  anuncios de coches, de viajes; anuncios para atiborrar la imaginación de cosas que se deben adquirir para evitar que el individuo se encuentre a solas ante la realidad y no le quede más remedio que ponerse a gritar de desesperación o lidiar con ella.

Esas dos alternativas preocupan a los que mandan, un poco o mucho según lo mucho o lo poco que les afecte. La primera podría acabar en suicidio, lo que no sería nada grave porque sólo afectaría a los interesados y sus familias. La segunda podría empujar  a la revuelta a un número considerable de individuos. Para estos, para los que cuentan por su cantidad, los que mandan han descubierto, entre otras cosas, el efecto sedante de las encuestas sobre intención de voto. Estas encuestas pueden tener un efecto devastador sobre la mente y los nervios de los individuos si les comunican que todo seguirá igual y que no hay nada que hacer para cambiar de cuadro. O pueden mantener despierta la esperanza que, como es lo único que no se pierde hasta el último suspiro, se supone que algo de ella tienen todos los vivos y que ningún vivo la quiere perder.  ¿Esperanza de cambio? Según convenga.

Hace unos tres años y medio, ese descubrimiento se utilizó para hacerle una brillante campaña a Podemos.  Pareció a los que mandan que la imagen y los discursos populacheros de esos chicos podían fumigar el ambiente con vapores de esperanza para acabar con el peligro de la revuelta social contra la pérdida de libertades, derechos y el pan nuestro de cada día. Además, podrían servir para atraer izquierdosos quitando votos al Partido Socialista, el verdadero terror de los que mandan.

Se diseñó una propaganda espectacular para convertir a Podemos en icono de salvación y a su líder en estrella mediática.  Y la prensa afín, por ideología o por miedo a los que mandan, presentó al nuevo partido de desenchaquetados como un soplo de frescura en la irrespirable atmósfera de la crisis, viciada por el tufo a garbanzos revenidos que exhalaban los políticos de siempre. Las encuestas dieron a Podemos otro empujón para asaltar los cielos. Tanto éxito tuvo la campaña, que Podemos metió a 5 diputados en el parlamento europeo y, poco después,  a 69 en el parlamento español. Los que mandan se quedaron atónitos ante su propio éxito y se asustaron;  se habían pasado. Se trataba de distraer a los desesperados con estimulantes psicotrópicos, no de abrirle el camino a un populismo que a veces sonaba a izquierda radical. La campaña mediática pro Iglesias se acabó. Podemos desapareció de los medios tan de repente como había llegado. Y por culpa del ninguneo y de su propia desorientación, Iglesias y su fenómeno se desinflaron como globos después de una fiesta.

Ahora le ha llegado el turno de recibir promoción gratuita a Ciudadanos, el comodín que la derecha se sacó de la manga en Cataluña, allá por el 2006, para reventar el catalanismo de izquierdas.  Escogieron a un chico fino y bien vestido de 26 años que tenía, además de imagen atractiva para la clase media y alta, un gran talento para hilvanar frases y una conciencia a prueba de escrúpulos dispuesta a no hacer ascos a la política antisocial de los neoliberales  y a tragarse la corrupción sistémica de la derecha. Cuando gracias a la financiación de sus mentores, Ciudadanos se extendió por todo el país, su líder puso sonrisa de anuncio y cara de chico formal. Desde entonces, ha mostrado tan amplio repertorio de caras que, al día de hoy, nadie sabe cuál es la suya de verdad; puede que ni él lo sepa.  Ahora la propaganda de la derecha dice que ese individuo proteico puede llegar a presidente del gobierno. Es probable que las encuestas amañadas de ciertos medios estén exagerando sin mesura, pero, ¿y si no? Ciudadanos ganó  las elecciones en Cataluña como adalid de la unidad de España y su líder se presenta como tal ante todo el país quitándole el puesto a Rajoy.  La pachorra de Rajoy y la peste del PP se han vuelto insoportables. Hasta los medios afines a la derecha por afición o por obligación, no tienen reparo en ventilar sus porquerías. ¿Cómo toleran tanta crítica el poder económico y los políticos a su servicio? No la toleran, la instigan. Parece que el poder económico ya tiene otro delfín; más joven, más dinámico y hasta más dócil que el rancio y apestoso Partido Popular. Se sospecha que los mentores de Ciudadanos son hoy por hoy Aznar y la FAES. Es posible. Por lo pronto y por si acaso, Mariano Rajoy y los suyos ya están lanzando el contrataque.

El gobierno acaba de exhibir un arma letal contra Cataluña con la esperanza de recuperar el mando de la tropa españolista. En un ataque frontal contra el catalán, propone otorgar a los padres la posibilidad de que sus hijos reciban la educación en español marcando una casilla. Otra vez, Mariano Rajoy y su gobierno confirman  su torpeza, apuntando, además, a la torpeza de quienes les votaron. Aunque también podría ser, como he señalado muchas veces,  que en vez de torpe, Mariano Rajoy sea un personaje simple y rotundamente maléfico.

Rajoy fue el mayor instigador del independentismo catalán, ya lo sabemos. Gracias a lo que hizo y a lo que no hizo, el independentismo latente en la mayoría de los catalanes despertó en cientos de miles para luchar en defensa de su nación. Se declaró la guerra y Rajoy creyó que le aclamarían como caudillo de España. Pero los catalanes no independentistas prefirieron a Ciudadanos. No pasa nada, se habrá dicho Rajoy. Si Ciudadanos ganó votos desde sus principios atacando la lengua, la mejor forma de arrebatárselos, en Cataluña y en el resto de España, será cargarse por decreto la educación en catalán. ¿Qué esa punzada en pleno corazón de los catalanes empuja a millones al independentismo? Mejor. Mientras más independentistas haya en Cataluña, más españolistas habrá en el resto del país. ¿Qué Cataluña se pierde? Problema de los catalanes en cualquier caso. Mientras los independentistas le pongan al gobierno en bandeja la aplicación de leyes que acaben con sus ínfulas y con su autonomía, más probabilidades tiene Rajoy de volver reforzado a la Moncloa. Dicen algunas  encuestas que Ciudadanos puede sorpasar al PP. Difícilmente. Al lado de Rajoy, Rivera es, simplemente, un aprendiz de brujo.

Entonces, ¿no asoma en esta España tenebrosa ni un rayo de sol que permita esperar la primavera? Dicen que un tal Pedro Sánchez recorre las ciudades de España explicando a la gente las alternativas que ofrece el socialismo. ¿Quién lo dice? Lo dicen las redes sociales. En los medios se repite una y otra vez que Sánchez ha desaparecido. Sólo se le menciona para destacar que los diputados de su partido en el Congreso no hacen nada y para criticar todo lo que no se puede negar que hacen. Los medios repiten, además, una idea fuerza: el socialismo ha fracasado en toda Europa. Para convencer aún más a la mayoría cateta de que para estar a la moda hay que someterse al poder económico, las encuestas dejan al PSOE en un triste tercer lugar. ¿A ver quién es el guapo que se atreve a nadar contra corriente? Por ahora, solo quienes se imponen el trabajo cotidiano de contar en las redes lo que hace y propone Pedro Sánchez; lo que el socialismo ofrece para volver a poner en pie a unos ciudadanos sometidos, a quienes el poder económico y los políticos a su servicio han condenado a la evasión o a la desesperación.

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Que España se suicide

 

Vuelven a arreciar voces pidiendo a Pedro Sánchez que proponga una moción de censura contra el gobierno. Otra vez le tienden una trampa. La aritmética dice que no hay modo de ganarla. ¿Pactando con Podemos e independentistas catalanes? Eso supondría hacer concesiones, como aceptar el referéndum, por ejemplo.

La matraca del referéndum no para. Se escuda en una proposición que a cualquier amante de la libertad le parece indiscutible; el derecho a decidir. Lo que solo demuestra el uso interesado del lenguaje para manipular conciencias y emociones.

El referéndum es ilegal. Y lo es, no porque lo digan el PP y Ciudadanos y quien lo quiera decir. Lo dice el entendimiento que no esté obnubilado por los sentimientos y las emociones; por el fanatismo. No hay que irse por ninguna rama para entenderlo.

Si se concede a los catalanes el derecho a separarse de España, ¿por qué no a los vascos? ¿Por qué no a los gallegos o a los andaluces? ¿Por qué no dividir a España en minúsculas repúblicas independientes? Esas repúblicas dependerían las unas de las otras para sobrevivir, por supuesto, como también dependerían de lo que haya quedado del reino. Es decir, España se desintegraría dando un salto de pértiga al pasado anterior a la gloriosa creación de Alemania, de Italia; al romántico siglo XIX.

Pero no hace falta perderse en futuribles para augurar el suicidio de España.  La Constitución española manifiesta la unidad indivisible del Estado. Claro que la Constitución puede y debe reformarse, pero no para que permita la posibilidad de que España se suicide.

¿Pueden las diversas  naciones que constituyen España convivir en paz y a gusto? Claro que pueden y podrán con una Constitución que reconozca las diferencias de identidad y los derechos de cada una de esas naciones. Pueden como han podido los Länders de Alemania, los estados de los Estados Unidos de América. ¿Qué no se pueden comparar? Sí se puede y su realidad se puede adaptar a las necesidades propias de la realidad de España.

Que no nos vengan con cuentos utilizando cifras para confundir al personal. Aquí no hay ninguna comunidad que le robe a la otra. Lo que hay son políticos que nos roban a todos y que para ocultar sus chanchullos o los chanchullos de sus partidos, juegan a confundir a los ciudadanos tomándonos por imbéciles.

No habrá referéndum legal. Eso lo sabe cualquiera que piense. La Constitución no se va a reformar para legalizarlo antes del 1 de octubre. ¿Qué el govern saca las urnas por sus atributos provocando sanciones? El resultado beneficiaría a dos personajes: Rajoy como defensor de la unidad de España podría soñar con una nueva mayoría absoluta; Puigdemont tendría que irse a su casa, pero como héroe de la independencia, mártir libertador.

A quienes no beneficiará el referéndum catalán será a los catalanes anónimos. Unos cuantos contenedores quemados por independentistas antisistema no supondrán grandes perjuicios. Lo que sí ya ha perjudicado a todos los catalanes y nos continuará perjudicando es  la fractura social causada por quienes nos han dividido, etiquetando como buenos catalanes a los independentistas y como malos catalanes a quienes entendemos que segregarse de España es de una frivolidad infantil.

Gracias a Franco, los catalanes teníamos fama de intratables, antipáticos, insolidarios y cosas peores. Los independentistas del govern y otros partidos nos han devuelto la mala fama agregando la cualidad de coñazos. Después del 2 de octubre, si pasa algo el 1, tendremos que empezar de nuevo a curar las heridas en casa y a ganarnos la fama que nuestro esfuerzo limpió, desmintiendo las infamias franquistas.

¿Qué pasará después del 1 de octubre si antes no pasa nada que acabe con esta pesadilla? Pasará que todos querremos olvidar la pesadilla cuanto antes y nos pondremos a trabajar para olvidarla como hicimos tras el horror de la guerra civil y los cuarenta años de dictadura.

No hay que ser independentista para ser catalán, muy catalán. Para ser un buen catalán hay que ser fiel a la idiosincrasia que nos transmitieron nuestros antepasados; al cultivo del esfuerzo, del trabajo, de la creatividad y del entendimiento; al cultivo del seny.

España no se va a suicidar ni ninguna de las naciones que la constituyen le va a pedir que se suicide.

 

 

La política y el politiqueo

Diversas definiciones, digamos clásicas, de la política dicen que se trata de una lucha de individuos para conquistar el poder. Es en el cómo y el para qué de esa conquista donde unos y otros difieren.

La ética nos dice a todos que la política tiene que ser la gestión de los recursos de una comunidad humana –estado, ciudad, pueblo-  teniendo siempre como fin el bien común.   Si el objeto de la ética es el estudio del bien y el mal, y si el bien es aquello que conviene a la felicidad de los seres humanos y el mal aquello que la impide, la política ética tiene que ser la utilización del poder para garantizar un ambiente económico y social que propicie la felicidad de los ciudadanos.

La humanidad tardó siglos en aceptar que la ética pudiese determinar los fines políticos. Eso se planteó casi antes de ayer y todavía no ha conseguido entrar en ciertas mentes. Hasta el día de hoy, la experiencia nos dice que el asunto queda muy bonito en papel, pero que en la práctica, a los políticos les sigue tirando la doctrina de Maquiavelo; el que manda no debe permitir que la ética o la moral determine sus fines.

Dicen que el libro más leído de todos los tiempos es el Quijote; puede.  Pero el libro que mayor adhesión ha suscitado entre los políticos es, sin duda, El Príncipe de Nicolás Maquiavelo; tanto si se lo han leído, como si no. Esa adhesión práctica  al paradigma del precursor de la llamada Ciencia Política  no se basa en el estudio racional, reflexivo de su doctrina. Se basa, con toda seguridad, en el hecho de que su paradigma encuentra eco en las profundidades más tenebrosas del alma humana; allí donde habitan pasiones como la codicia y la ambición de poder. Las reflexiones de Maquiavelo sentaron las bases de la política moderna, pero también engendraron el politiqueo en la acepción más peyorativa de la palabra.

Hace cuarenta años, España intentó quitarse de encima la mugre franquista introduciendo política democrática en la gestión del bien común. Ahora bien, para limpiarse después de tantos años viviendo en el estercolero de la dictadura, no bastaba con el jabón en esponja que le aplicaron los padres de la constitución; hacía falta echar desinfectante y rascar con piedra pómez. Pero nadie se atrevió a meter mano a fondo por miedo a que saltaran las fieras a defender su cochambre. La Constitución vistió  a la política de democracia, pero bajo el vestido, el politiqueo siguió bullendo en la gusanera de siempre.

Los partidos políticos, recién nacidos a la legalidad, pronto perdieron sus ideales clandestinos para convertirse en organizaciones endogámicas donde la lealtad y el peloteo a los cargos superiores superan el valor del talento,  la capacidad, la competencia, y hasta la honestidad. Los cargos y los lugares en las listas que se presentan a la elección de los ciudadanos, salen de un casting en el que se seleccionan los más dóciles al llamado aparato -a los que más mandan-  por mostrencos, cínicos, desvergonzados, inmorales, etc.,  que sean los aspirantes. Y así llegamos a una película protagonizada por políticos ineptos, mediocres y, en cantidad alarmante, deshonestos.

No hace falta que el ciudadano tenga estudios superiores para que pueda discernir el contenido de los discursos que los políticos sueltan en los medios y en sede parlamentaria. Cualquier hijo de vecino de cualquier vecindario se ha dado cuenta hace tiempo de que la mayoría de los políticos repiten un guion escrito por un grupo de expertos en comunicación; eufemismo que hoy maquilla lo que es, en realidad, manipulación, es decir, distorsionar cuanto haga falta la verdad o la justicia para convencer al personal.

La voluntad de tomar el pelo al público se ha ido haciendo cada vez más descarada y cada vez más evidente debido a que, en el casting para la selección de los expertos,  se han ido imponiendo las mismas normas que para la selección de los actores políticos. Lo mismo ocurre con los comentaristas políticos de la mayoría de los medios de comunicación. No se busca quien sepa exponer la verdad de un modo inteligente y comprensible. Se busca quien esté dispuesto a exprimirse los sesos para hacer pasar por verdad lo que no lo es. Así ha llegado el discurso político a un nivel rastrero. Y así sigue bajando el nivel intelectual de los discursos sin que a nadie se le ocurra intentar elevarlo. Los políticos, por brutos que sean,  siguen considerándose una clase superior a la plebe; a esos que los doctos de la Edad Media llamaban los simples por considerar que la falta de instrucción les convertía en incautos y mentecatos. Esto ha llevado a asesores, politólogos y  políticos a deducir que al simple se le puede echar cualquier cosa porque se traga cualquier cosa que le echen sin detenerse a pensar.

Pero, ay, que de repente, como tormenta de verano con truenos y centellas, las bases de un partido, los simples, eligen a uno que los discursos de políticos y medios de comunicación, es decir, los poderosos, habían declarado maldito. De repente los simples descubren su poder y lo utilizan para despreciar a los supuestos doctos que les despreciaban y dar su poder a quien les promete gobernar por y para ellos. De repente el principal partido de la oposición cae de cabeza y las élites se ven obligadas a mirar desde abajo a quienes, desde arriba, ahora les dictan cómo tiene que ser la política de un partido socialista y democrático. ¿Qué produjo el milagro? Que, de repente, apareció un político que decidió cumplir su  promesa electoral y que dimitió cuando las élites le impedían cumplirla.

Pedro Sánchez propuso una política que volvía del revés lo que para Maquiavelo era un axioma. Si los militantes le elegían para liderar el PSOE, sería la ética la que determinaría sus fines y la moral la que regularía el comportamiento de todo aquel que tuviera poder de decisión en el partido; es decir, de todos los militantes. Pedro Sánchez prometió  utilizar el poder para garantizar un ambiente económico y social que propiciara la felicidad de los ciudadanos y prometió a los ciudadanos, representados por los militantes, dotarles del poder de controlar la vida pública de todos los cargos. Prometió, en resumen, devolver la política al Partido Socialista Obrero Español y acabar con el politiqueo. Y los militantes le creyeron porque su promesas venían avaladas por su trayectoria de cumplir a toda costa. Y le eligieron.

No hace falta una larga reflexión para comprender el alcance de semejante cataclismo político y social en un país en que la corrupción se ha llegado a aceptar como una enfermedad crónica y el politiqueo como forma habitual de despachar los asuntos públicos. Solo los más ingenuos pueden dudar de que los políticos afincados en el régimen maquiavélico lucharán con uñas y dientes para defender sus predios y sus privilegios. La campaña contra Pedro Sánchez se inició al día siguiente de su elección como Secretario General y no cesará hasta el día siguiente a las próximas elecciones estatales.

¿Quién dirigirá esa campaña? Todos los partidos que ven amenazada su forma de funcionar; es decir, todos. Será más pública, evidente y comprensible la campaña del Partido Popular y sus medios afines, pero a ella se sumarán hasta los que predican la necesidad de unir a las izquierdas. Porque en un país donde los políticos han ido renunciando a los valores éticos en aras de conquistar el poder a toda costa, la dirección del nuevo PSOE resulta incómoda para todos porque a todos pone en evidencia.

El PSOE de Pedro Sánchez no cuenta ni contará con más apoyo que el de sus militantes. Pero la experiencia del 21 de mayo debería advertir a todos los políticos de que ese apoyo puede ser suficiente. Tal vez el poder efectivo de los simples consiga sacudir las conciencias o meter el miedo en los cuerpos de los políticos que se creían protegidos por la ignorancia y apatía de los votantes, y les haga ponerse a hacer política, política ética.

 

 

 

 

 

¡Alerta! No se ha ganado la guerra

Dice la definición más sencilla que un partido político es una asociación de personas que comparten principios, valores, proyectos y objetivos con el fin de acceder al gobierno y llevarlos a la práctica. Pero entienden hoy los simples, es decir, la plebe,  que un partido político es una organización jerárquica cuyo fin es acceder al gobierno del país o conseguir, por lo menos, el mayor número de diputados. ¿Para llevar a cabo su programa? Después de algunos años oyendo a todos los políticos de todos los partidos prometer más o menos lo mismo en campañas electorales y recurrir a todas las estratagemas para conseguir el poder, los simples se han vuelto escépticos. Por eso responderían a la pregunta que no; que los partidos persiguen elegir al mayor número de diputados para conseguir la mayor cantidad del dinero que el estado destina a subvencionar a los partidos por cada diputado electo. Así de simple.

Los partidos necesitan dinero, mucho dinero, y por eso necesitan ganar, ganar y ganar, como hace poco repetía una candidata a voz en grito convencida de que los simples, siempre perdedores, se arriman a los ganadores con la misma ilusión que les embelesa cuando se asoman a la vida de los ricos y famosos en revistas y televisión; la ilusión de que la gloria se contagia mirando. Ganar, ganar y ganar, repetía la señora, exhibiendo en la cúspide de su currículo haber ganado unas elecciones autonómicas y blandiendo ante todos el currículo de su contrincante como si fuera un trapo, un trapo ensuciado por la mancha indeleble de haber perdido dos elecciones generales.

Ni la señora ni sus promotores ni sus asesores comprendieron que en un país en el que millones lo han perdido todo y otros millones lo han perdido casi todo y otros millones viven con el pánico en los huesos a perder lo que tienen, proclamarse ganadora y hablar de ganar, ganar y ganar sonaba con la brutalidad humillante de una bofetada.

La plebe, los simples, los que no saben nada de ciencias políticas; los que ni siquiera sospechan y, menos, entienden que la política sea una ciencia, se han acostumbrado a perder, perder y perder. A perder lo que cobran con sus salarios escasos o sus escasas pensiones  cuando les toca pagar , pagar y pagar el IRPF, las facturas de la luz y el agua, el IVA que encarece hasta los artículos más necesarios, los alquileres que suben amenazando dejar a miles sin techo.

Pero la señora se atrevió a presumir de que lo suyo era ganar, y claro, perdió. Porque sus promotores y sus asesores  no se dieron cuenta de que los simples ya saben que nunca se les incluye en la repartición del bote. Porque los simples ya no se conforman con una victoria vicaria. Porque parece que los simples ya no son tan simples.

Los simples del PSOE, los militantes llenamítines y pegacarteles, no se dejaron engatusar ni por discursos melodramáticos ni por las recomendaciones de los líderes míticos. Votaron a uno que no había ganado elecciones, pero que había cumplido sus promesas. Simples que no saben cómo funciona un partido político, gruñen entre dientes los todopoderosos que el 21 de mayo se enteraron de que los simples les habían arrebatado el poder. Gruñen y seguirán gruñendo porque no se resignan a perder, perder y perder.

No se resignan y algunos lo han demostrado sin vergüenza ni pudor. Hoy, mientras los simples celebraban el triunfo del secretario general elegido por ellos, los perdedores se consolaban repitiéndose la manida frase de Napoleón; habremos perdido una batalla, pero no la guerra. ¿Consuelo con la intención de calmarse el dolor y nada más? O sentencia surgida de la seguridad de  que la batalla perdida ha sido solo un accidente que las próximas elecciones generales se encargarán de reparar. Los perdedores de las primarias saben que ganar la guerra puede ser muy fácil. Lo único que tienen que hacer es repetir la estrategia que convirtió a Pedro Sánchez en perdedor de elecciones.

Ya la han empezado a repetir. Felipe González no menciona a Pedro Sánchez en el vídeo en el que felicita al partido. Susana Díaz no esconde su disgusto. Se deja ver como ánima en pena y no asiste a la clausura para no sufrir la entronización de su enemigo. Ximo Puig lanza advertencias para que no le muevan en Valencia. Alfonso Guerra, contra la política conciliadora y federal impulsada por Sánchez, sale en televisión pidiendo que se suspenda la autonomía de Cataluña. Los delegados de Andalucía abandonan sus asientos la noche de la votación. ¿Y qué han conseguido? Han conseguido que los medios publiquen a toda prisa artículos que destacan la división del PSOE.

 

Nada aleja más a los votantes que un partido que es noticia cada día por sus conflictos internos. Los simples están hartos de ver sus asuntos relegados al trastero de lo que no interesa; hartos de ver a un partido que se llama socialista salir en prensa escrita, radio y televisión solo por las escaramuzas diarias entre los que tienen como principal objetivo defender su cuota personal de poder. Luego los perdedores de las primarias no tienen que hacer otra cosa más que dar carnaza a los medios para que del PSOE solo se escriba y se hable de sus follones internos. De aquí a las elecciones generales, el ruido de la carraca sobre la división habrá ahogado la ilusión y la esperanza que ha despertado entre los votantes el nuevo PSOE. Si los anti Sánchez  se esfuerzan en mantener la imagen de un partido ensimismado en sus problemas, saben que pueden conseguir hasta que el partido quede en tercer lugar. Pero esto ¿no les perjudica también a ellos? El ímpetu con que Susana Díaz se ofreció a salvar al partido  que ella misma, sus promotores y sus seguidores habían ayudado a hundir en las urnas, hacen ociosa la respuesta.

Es imprescindible que los nuevos líderes del partido insistan en la unidad, pero sin olvidar que eso no neutralizará a los que se empeñen en ventilar la división. ¿Cómo se les puede neutralizar? Otra vez dependerá de los simples, de los militantes, simpatizantes y votantes que creyeron en Pedro Sánchez y que en pocos meses han demostrado al país el poder del activismo en las redes. Tendrán que ser los socialdemócratas anónimos los que repitan sin descanso todas las medidas políticas que se propongan en el partido; todos los actos de los diputados socialistas en Congreso. Los medios no se van a ocupar de eso; de eso que solo importa a los simples que luchan por la supervivencia. Por eso los simples tienen que seguir en pie de guerra divulgando lo que interesa a los ciudadanos y silenciando todo lo que salga de los metebulla.

 

 

 

 

 

 

Las lenguas malas

No es lo mismo las lenguas malas que las malas lenguas. Se llama malas lenguas a las personas que inventan o difunden chismes sobre los demás, siendo chismes las noticias verdaderas o falsas que se murmuran sobre terceros. ¿A qué viene la explicación? La semana pasada, nuestro presidente del gobierno llamó chismes a las gravísimas acusaciones que pesan sobre la conducta de su Ministro de Justicia, de su Fiscal General del Estado y de su Fiscal Anticorrupción. No eran simples murmuraciones. Eran hechos demostrables que ponían en duda la independencia del Poder Judicial y, por ende, la existencia misma de la democracia en nuestro país.  ¿Cómo se le ocurre a un presidente despachar el asunto calificando a tan graves acusaciones de chismes? Si el presidente se llama Mariano Rajoy, no hay que asombrarse demasiado. Otras cosas muy serias ha despachado con un “ya tal”. Mariano Rajoy se cuenta en el grupo de las lenguas malas; gente que, conociendo perfectamente su idioma, utilizan las palabras, pervirtiendo su significado, para manipular. ¿Cómo sacarse de encima el peso de las evidencias que descubren como incompetentes y partidistas a un ministro y dos fiscales? Fácil. Dígasele al vulgo que no son más que chismes y el vulgo culpará a las malas lenguas de todo lo que se imputa a esos tres servidores públicos de trayectoria intachable.

Hay palabras que llevan, por obra de las convenciones sociales, una carga positiva, y hay otras condenadas. por el mismo motivo, a cargar con la contraria. Ejemplos de las primeras son amor, cariño, integración, unión; de las segundas, deslealtad, división, traición. Pero las palabras no tienen en sí mismas la virtud de decir verdad o mentira. Esa virtud corresponde a quien las utiliza. Todos sabemos que las palabras son tan mentirosas, falsas, hipócritas como quien las concibe, o todo lo contrario, claro.  Por eso pueden confundir y confunden. Y por eso, la inmensa mayoría de la población vive confundida por una progresiva perversión del lenguaje utilizada por la publicidad, la propaganda y, sobre todo, los políticos, con la intención de atontarnos para neutralizar nuestra capacidad crítica.

Hasta hace poco, nos vimos bombardeados durante días por declaraciones de amor. Susana Díaz repitió, en los cuatro puntos cardinales de España, que amaba a su partido; que sentía pasión por su partido;  que su partido era su vida y que por su partido dejaba la piel. Aún estaba en la memoria de todos el escándalo que el 1 de octubre de 2016 informó a todo el país de que la división interna del PSOE había estallado como una bomba molotov partiendo en dos el partido, y que la catástrofe había sido provocada por Susana Díaz, sus promotores  y sus seguidores. Entonces, ¿cómo hacer creíble su juramento de amor eterno tras haber exhibido una deslealtad que hasta hace poco sólo se concebía en los tránsfugas? Fácil. No fue deslealtad. Dividió el partido por diferentes razones, pero enseguida, con la desaparición de Pedro Sánchez, ella misma lo iba a coser, dijo. Pero la metáfora de la costura sólo le sirvió para llenar las redes de viñetas y comentarios sarcásticos. Un día dejó de ofrecerse como remendona y recurrió a una argucia más sofisticada, aunque más manida: derivar sus culpas a otro. Cara a cara, en televisión, le dijo a Pedro Sánchez. “El problema eres tú”. La asociación entre Pedro Sánchez y la palabra problema podía haber inducido a la deducción simplista de que todos los conflictos del partido se explicaban por la conducta de una sola persona con nombre y apellidos. Pero no coló. Hacía muchos meses que Pedro Sánchez iba explicando por toda España cuales eran los problemas del partido, no con palabras cargadas, sino con un relato franco y preciso que no menospreciaba la inteligencia de sus oyentes. Un relato que contaba lo que había sucedido y lo que tendría que suceder para solucionar los problemas; problemas que no podrían solucionarse con el simplismo de la frase: “El problema eres tú”.

En la noche aciaga en que Susana Díaz supo que el PSOE no había hecho caso alguno a sus protestas de amor, relegó la palabra al trastero de los arcaísmos y soltó otra en la que de verdad le iba la vida: unión. Esta sí tuvo una resonancia, diríase que telepática. Casi al mismo tiempo, los promotores y seguidores  de Díaz empezaron a clamar de norte a sur, de Asturias a Extremadura, “Unión, Pedro Sánchez, unión; sobre todas las cosas unión; “lo único de vital importancia es la unión” Sólo les faltó agregar “que todo lo demás son chismes”.

Quedarse con una palabra y dejar que el significado que convencionalmente se le otorga se nos introduzca en el cerebro por el oído, como esos gusanos carnívoros de las selvas del sur, puede ser mortalmente peligroso para el entendimiento de la víctima y, por extensión, para el de la mayoría de la sociedad.  Unión, por ejemplo. Decir unión es decir concordia, armonía. Se une el alma del místico a su Creador fundiendo su voluntad con la voluntad divina. Unen sus vidas los enamorados para eliminar la amenaza de la ausencia. La familia que reza unida permanece unida, decía aquel apóstol del rosario. ¿Hay vocablo que tenga connotación más positiva? Sin embargo, la palabra, dentro de un contexto, puede revelar una realidad de lo más perniciosa. El supuesto místico puede ser un fanático que endose a Dios los caprichos de su propia voluntad trastornada; los que un día se unieron por amor pueden acabar detestando la presencia constante del otro; las familias que imponían el rezo del rosario a sus miembros y hasta a los empleados domésticos podían no conseguir otra cosa que hacer ese momento detestable para todos los obligados. Lo que nos lleva a deducir que en un momento en el que imperan los mensajes cortos, las palabras fuera de contexto, la ausencia de relatos que nos permitan reflexionar y sacar conclusiones inteligentes, hay que desconfiar de las palabras con que las lenguas malas nos quieren confundir, por mejor que nos suenen.

¿Qué significa el llamamiento de las élites del PSOE a la unión? ¿Qué pretenden situando a la unión como máxima prioridad a la que el nuevo Secretario General, antes depuesto por los mismos, debe entregar todos sus desvelos? Algunos dicen que el partido se dividió por asuntos personales. Algo en la personalidad, en el talante de Pedro Sánchez causaba rechazo a los líderes pasados y a los cargos presentes, parece. Y hasta aquí el relato de los rebeldes. Pero a ninguna inteligencia normal puede bastar una explicación tan infantil. Algo más debe haber, se dice el ciudadano. Los líderes del PSOE no iban a arriesgarse a dividir un partido con más de cien años de historia sólo porque no les gustaba el Secretario General que habían elegido los militantes. ¿Seguro que sólo fue por eso? ¿No habría algo más profundo, más serio, como discrepancias en la ideología, por ejemplo? Uno de los líderes afirmó rotundamente en varios medios que las discrepancias no tenían nada que ver con la ideología.

Pero sólo caben dos explicaciones: o  los rebeldes se rebelaron por un berrinche infantil o la gran división del partido se produce por diferencias ideológicas. El militante o votante del PSOE que piensa opta por la razón más adulta. Entre Pedro Sánchez y su equipo y los líderes del aparato tienen que haber profundas diferencias ideológicas. Y son esas diferencias ideológicas las que producen la desafección de las bases por los líderes impuestos tras la dimisión forzada de Pedro Sánchez, y lo que luego lanzará a la mayoría de los militantes a devolver a Pedro Sánchez la Secretaría General.

Ese sencillo razonamiento conduce sin dificultad a la conclusión de que la primera prioridad del nuevo Secretario General no puede ser unificar, coser, integrar, tranquilizando y contentando a los rebeldes. La primera prioridad tiene que ser, necesariamente, devolver al partido los principios y valores que le distinguen de otras organizaciones políticas; devolver al partido la ideología que distingue a un partido socialdemócrata de los que no lo son. De lo que también se deduce, pensando un poquito más, que si el PSOE quiere continuar siendo el referente socialista del  país, de nada servirá integrar a los rebeldes fingiendo una unión falsa y, por lo tanto, endeble. No es cierta la frase que se está repitiendo desde el 21 de mayo, “En el PSOE caben todos”. Suena muy bien, muy positiva. Pero si el PSOE quiere volver a los principios y valores que inspiran a un partido socialdemócrata, es evidente que en él sólo pueden caber los hombres y mujeres firmemente convencidos de que la ideología socialdemócrata, sin diluciones, sin claudicaciones, sin componendas para tocar poder a toda costa, es requisito indispensable para pertenecer y trabajar en el Partido Socialista Obrero Español.

El poder es nuestro

Si en el futuro un historiador riguroso y sagaz se pone a buscar el punto de salida de la carrera que cambió la historia de España, lo encontrará el 21 de mayo de 2017. No por el hecho de que un hombre llamado Pedro Sánchez recuperara la Secretaría General del PSOE. El sorprendente retorno de Sánchez  demostró a todos, socialistas y no socialistas, que en la sociedad española  se había producido  lentamente, de un modo casi imperceptible, una auténtica revolución. Ese día nos enteramos todos de que el poder ya no es patrimonio exclusivo de las oligarquías, de los aparatos de los partidos, ni siquiera de las élites financieras. Ese día nos enteramos de que el poder es de todos; de que el poder es nuestro.

Casi nueve meses antes, la Ejecutiva y el Comité Federal del PSOE habían infligido a la mayoría de los militantes del partido una humillación sin precedentes. Ignorando a esa mayoría que había elegido a un secretario general, el llamado aparato realizó una serie de maniobras para deponerle, torciendo y hasta saltándose los estatutos. El propósito público del golpe era permitir la gobernabilidad del país absteniéndose en la investidura de Rajoy para que pudiera seguir gobernando con su PP. Lo que significaba humillar también a las 5.424.709 personas  que habían votado a Pedro Sánchez en las elecciones generales, confiando en su promesa de no permitir, bajo ningún concepto, el gobierno de un partido corrupto que en los cuatro años de la legislatura anterior, había condenado al 30% de los españoles a la pobreza y al 50% de los empleados, a la precariedad.

Cuando la élite del PSOE, consigue forzar la dimisión del Secretario General,  parece que la tragedia de la división del partido acaba con un final feliz; feliz para el aparato. Los militantes de base se darán cuenta y tendrán que aceptar que no son nadie, se dicen los poderosos del partido. Los militantes de base se darán cuenta de que su función es la de pagar su cuota; pegar carteles; repartir volantes; llenar mítines. Que a ninguno de esos mindundis se le ocurra que la militancia le da derecho a inmiscuirse en las políticas y en las estrategias que se deciden en las altas esferas. El militante, al fin y al cabo, no es más que un forofo que defiende al partido, pase lo que pase,  con la irracionalidad incondicional con que los forofos defienden a su equipo de fútbol. Algunos son figurones que hacen cualquier cosa por hacerse una foto al lado de un líder, para presumir, entre amigos y allegados, de su proximidad al poder. Otros quieren distinguirse, entre amigos y allegados, como miembros de un grupo político para dar color a su vida gris. Otros son, simplemente, ingenuos sin muchas luces. Sean como sean, es justo y necesario que disfruten de pequeñas compensaciones y es obligación de los líderes proporcionárselas repartiendo besos y abrazos, posando con los figurones para selfies y cosas así, sobre todo en períodos electorales. Pero el militante tiene que respetar el hecho incontrovertible de que en un partido político, en cualquier partido político, incluyendo un partido socialista, hay clases. A la plebe hay que dejarle muy claro que a la clase superior se accede o por contactos que están fuera del alcance de los inferiores, o trepando  con astucia y/o a codazos. Aquellos a quienes el destino ha confinado a la masa de los anónimos, en la masa se tienen que quedar respetando la distancia infinita que les separa de los políticos con nombre propio público y notorio. Dicen que esa distancia es la que ha causado la desafección que los ciudadanos sienten hacia los políticos que dicen representarles. ¿Y qué? El político experimentado sabe que los sentimientos de los mindundis se agitan en los mítines, y a agitarlos se ponen cuando necesitan sus votos. Como el mindundi tiene que saber que una vez haya votado, lo suyo es volverse a casa y no incordiar hasta la próxima campaña electoral.

Pero he aquí que el 1 de octubre de 2016, los militantes y simpatizantes del PSOE se rebelaron. He aquí que los anónimos se negaron a bajar la cabeza y morderse la lengua. Jóvenes y viejos, militantes, simpatizantes y votantes del PSOE,  se  lanzaron a Internet para hacerse oír en los cuatro puntos cardinales de España y en parte del extranjero, gritando su indignación por las marrullerías y la prepotencia de los líderes que habían derrocado al Secretario General. Cuando esos líderes decidieron que los diputados del PSOE tenían que abstenerse para permitir que gobernara Mariano Rajoy, la indignación se volvió incontrolable. Fueron miles los anónimos que se pusieron a escribir contra tamaña indecencia. Algunos con estudios y talento para construir comentarios y artículos; otros que apenas eran capaces de articular sus pensamientos; otros que los articulaban con graves errores ortográficos. Daba igual. La indignación y el ansia de justicia los igualaron a todos. Para todos, el PSOE ya no sería de una élite. Sería de todos los socialistas o dejaría de ser.

Los líderes del PSOE de la Gestora hicieron caso omiso, por supuesto. Ellos habían escrito el guion y no estaban dispuestos a permitir que los anónimos le cambiaran ni una coma. Que se desahogaran. Ya se cansarían. Y para dar tiempo a que se cansaran, la Gestora prolongó su interinidad nueve meses antes de convocar las primarias. No hay pataleo que pueda durar tanto, debieron pensar. Pero se equivocaron. A nadie se le ocurrió que unos escritos desperdigados por las redes sociales pudieran tener influencia alguna sobre la mayoría, ni, mucho menos, el poder de alterar decisiones tomadas por los líderes con nombres propios públicos y notorios. Ninguno de esos líderes se dio cuenta de que la tecnología había otorgado a los anónimos un poder que hasta ahora la plebe solo había conquistado en la calle con revoluciones sangrientas.  Los comentarios, notas, artículos de los anónimos no eran un pataleo infantil. En ellos, los que nunca habían tenido voz pública  comunicaban sus reflexiones estimulando a otros compañeros a reflexionar y comunicar, a su vez, el fruto de sus reflexiones.  Y fue así como el 21 de mayo de 2017, una militancia informada y activa como nunca antes se había visto, hizo que el aparato del PSOE se estrellara contra la realidad de que en el siglo XXI, ya no se puede ningunear a los anónimos.

Pedro Sánchez y los de su equipo no se estrellaron. Con la misma determinación  con que se habían negado a permitir el gobierno de un partido indecente, declararon desde el principio de la campaña para que Sánchez recuperara la Secretaría General, que el PSOE tenía que ser de la militancia; que los militantes, en un partido socialista, no podían ser meros espectadores pasivos obligados a tragar todas  las decisiones que tomaran los importantes. Pedro Sánchez y los de su equipo fueron repitiendo por toda España que en un partido socialista tienen que importar igual todos los que comparten el anhelo de regenerar la política del país; el anhelo de que los políticos trabajen por la justicia social devolviendo a los ciudadanos el protagonismo al que tienen derecho por ser ellos quienes les eligen y les pagan el sueldo. Pedro Sánchez y su equipo ganaron las primarias porque se dieron cuenta que el poder ya no era de una élite de intocables; porque se dieron cuenta de que el poder es de todos los que piensan y ya no están dispuestos a callar.

El PSOE roto. Populismo versus socialismo

Tras el debate de ayer, algunos comentaristas de prensa escrita y hablada han llegado a la conclusión de que el PSOE está dividido. Me hago cruces. Hay que ser lento, por Dios. El PSOE empezó a dar síntomas de división allá por diciembre de 2015, si no un poco antes, y esta humilde analista así lo entendió y escribió por aquellas fechas, y lo siguió escribiendo durante meses, y no lo ha dejado de escribir hasta hoy. La grieta empezaron a abrirla a golpe de martillo los ínclitos barones que se dedicaron a hacer una campaña paralela a la de Pedro Sánchez, su Secretario General, sugiriendo que Pedro Sánchez no era el candidato adecuado para que el PSOE disputara la presidencia del gobierno a Mariano Rajoy.

Sorprendía entonces a cualquier observador imparcial que los más aparatosos miembros del aparato del partido atacaran a su propio candidato. Cada vez que Fernández Vara, por ejemplo, se veía frente a una alcachofa, las dudas que vertía sobre la idoneidad de Pedro Sánchez conseguían más votos para el Partido Popular que los discursos para tontos de Mariano Rajoy. Pedro Sánchez se desayunaba cada día, en plena campaña electoral, con las líneas rojas y los consejos no solicitados que los aristócratas del PSOE le enviaban a través de los medios; aristócratas que se consideraban superiores al Secretario General y a los militantes que le habían elegido, y capacitados, por lo tanto, para enmendarle la plana a todo dios.  La guinda la puso más tarde, en las segundas elecciones, el mítico Felipe González, padre del PSOE, padre de todos los socialistas de este país. El padre todopoderoso empezó a sugerir en entrevistas y artículos que Pedro Sánchez no sabía por dónde iba ni adónde ir, y que por eso su divina majestad se veía obligado a descender al mundo de los mortales para indicar a Sánchez el camino correcto. Pero Sánchez tenía el corazón más duro que el del Faraón. Seguía a la suya. Felipe González decidió entonces obligarle por las malas a volver al camino de la fe verdadera, y si eso no era posible, conseguir al menos que el heresiarca no hiciera prosélitos. Felipe González firmó un artículo demoledor contra Pedro Sánchez y reveló a los medios que Pedro Sánchez le había engañado en una conversación privada.

Sorprendente, sin duda. Pero la mayor sorpresa se produjo la noche electoral y en los días siguientes cuando los aristócratas empezaron a subrayar con mina de plomo, en todos los medios, que el candidato de su partido había sacado los peores resultados de toda la historia del PSOE. No sorprendía tanto el hecho de que la élite del partido se echara basura encima. Lo más sorprendente de todo el asunto era el grado extremo de cinismo que esos notables eran capaces de exhibir. Después de su brutal contra campaña para que a nadie le cupiera duda de que el PSOE tenía un problema interno tan serio que difícilmente podría ocuparse de los problemas del país, ¿cómo se atrevían a  decir a la gente que Pedro Sánchez tenía la culpa de que el PSOE hubiera sacado los peores resultados de su historia? Sólo si tenían la certeza de que la gente es tan estúpida y desmemoriada como la calificó en sus diarios Joseph Goebbels, Ministro de Propaganda del Partido Nacional Socialista; en corto, Nazi.

Muy convencidos tenían que estar de que aquel genio de la propaganda tenía razón, porque desde los resultados de las elecciones de 2015, felizmente corroborados por las de junio de 2016, hasta el debate de ayer, los autoproclamados titanes del PSOE no han dejado de repetir ni un momento, como carracas de Viernes Santo, que Pedro Sánchez perdió las elecciones obteniendo el peor resultado de la historia del PSOE.

Y con la carraca fue Susana Díaz, portavoz de la élite, al debate de ayer en Ferraz. Como si el mismo espíritu de Goebbles la conminara a a repetir, “Repite, repite, repite, que así le entra a los tontos y no se van a preguntar nada más”, Susana Díaz repitió y repitió y repitió que Sánchez había sacado solo 85 diputados, el peor resultado en toda la historia del PSOE.

También Pedro Sánchez repitió como defensa que una vez desalojado de la Secretaría General, el PSOE utilizó esos diputados para abstenerse y permitir el gobierno del partido más corrupto que ha tenido España y, por supuesto, el resto del primer mundo.

A lo que Susana Díaz respondía diciendo que no se podía hacer otra cosa con los 85 diputados que había sacado Sánchez, el peor resultado de la historia del PSOE.

Todo lo que se dijo ayer en el debate se resumió en los medios con esas dos ideas fuerza. “Tú perdiste, cariño”; “La abstención no se puede justificar”. Y en  medio de los dos contendientes, Patxi López exhibiendo racionalidad y clamando por la paz. López, por lo visto,  no se ha enterado de que el PSOE hace tiempo que lo dividieron, probablemente por la mitad, y que hace falta mucho más que las buenas intenciones de un chico bueno para pegar los dos trozos.

Hoy Susana llevará su carraca a otra parte. Crecida por los elogios de los suyos, volverá a gemir y a gritar repitiendo lo que sus seguidores quieren oír: “100% PSOE; amo al PSOE; me dejaré la piel por el PSOE; yo gané, el otro perdió; yo siempre gano”. “Muy bien, Susana” dice el espíritu de Goebbles. “Al pueblo hay que darle lo que quiere oír y nada más. El pueblo es ignorante. No obligues a los tontos a pensar y te lo agradecerán”

Los titanes que derrocaron al Secretario General –por cierto, la palabra derrocar la utilizó Javier Fernández, presidente de la omnipotente Gestora- tienen las ideas muy claras; unos motivos racionalmente explicables. Alguien les convenció de que la única salida airosa que hoy tiene la socialdemocracia es unirse a la derecha, someterse al neoliberalismo triunfante, bien permitiendo sus gobiernos o bien entrando en coalición con ellos para tocar poder. Pero a la plebe no se le puede decir la verdad. A la plebe hay que decirle lo que la plebe quiere escuchar, es decir, que en vez de argumentos racionales, lo que hoy tiene la mayor posibilidad de convencer es el discurso populista; véanse los millones de votantes de Marine Le Pen y de Pablo Iglesias. No importa si ese discurso va de izquierdas o de derechas, de nacionalismo a lo grande o a lo más local. Lo que importa es que agite las glándulas, que emocione. Y para conseguirlo hace falta que el discurso sea lo más rastrero posible y que quien lo pronuncia tenga ciertas cualidades histriónicas.

El PSOE está dividido y quien lo niegue o es tonto o miente. La división es irreparable por más Patxis o terceras figuras que se ofrezcan a echar cemento. El PSOE está dividido entre dos extremos irreconciliables. En una esquina los que defienden un concepto de partido estructurado para administrar el poder, desde el gobierno o desde la oposición, con el fin de mantener a la familia del partido unida y en paz. En otra esquina, quienes se empeñan en luchar por una ideología, por unos valores, por una regeneración moral del partido con el fin de regenerar un país destrozado por la corrupción y la pérdida de derechos y libertades.

Dicen los titanes que esa segunda opción es anticuada. Tal vez tengan razón. Tal vez el primer mundo ya ha asimilado la doctrina del sálvese quien pueda como pueda y ya no interese nada más. Pero aún quedan muchos que no aceptan que la vida necesite el paliativo de la resignación hasta que llegue el último momento. ¿Muchos? ¿Cuántos? El PSOE lo sabrá el 22 de mayo. ¿Cuántos leerán hasta entonces las 54 páginas del programa de Pedro Sánchez? ¿Cuántos se conformarán con vibrar según las vibraciones de la voz de Susana Díaz? El 22 se verá. ¿Y si gana Pedro Sánchez y el PSOE se parte en dos? ¿Y si se parte en dos el PSOE porque gana Susana Díaz? Qué pesadez. El PSOE ya está partido en dos. Igual de claro está que tanto si ganan los populistas como si ganan los socialistas, uno de los dos bandos tendrá que abandonar el partido, a menos que los perdedores renuncien a sus convicciones para apuntarse al bando ganador.